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Arquitectura

> por CAMILA BENGOA

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s común que algunos proyectos queden en las repisas o en los archivos. Este proyecto es para Gonzalo Mardones Viviani uno de sus trabajos más preciados. Ganador del concurso para el Centro de Formación Espiritual Monte Schoenstatt, que finalmente no se llevo a cabo, sumándose a la lista de “sueños de arquitectos”. Su arquitectura es el reflejo de su inspiración espiritual y su integra aplicación en lo terrenal.

conjunto una gran amplitud y libertad en su recorrido.

El proyecto incorpora un concepto que nace desde la tierra y emerge en su peregrinar final, hacia la visión del valle y el cielo abierto. Con una intensidad espiritual que conmueve, nos invita a conocer la entrega de este arquitecto y su inspiración, que se manifiesta como “un diálogo espiritual a los pies de la Cordillera de los Andes”, donde arriba está el cielo y abajo se observa el valle de Santiago.

La iglesia y la plaza del cielo dominan así las vistas sobre el entorno haciendo resaltar el santuario como el centro del conjunto. Desde allí la obra desciende hundiéndose y emergiendo desde las comisuras del terreno, estableciendo un gran eje visual que conecta a la comunidad con la naturaleza y el santuario “como el punto de equilibrio entre el hombre y Dios.”

Mardones proyectó la obra como hundimiento en los pliegues del terreno y que luego surge desde la tierra hacia lo alto. Los edificios, las pasarelas, las habitaciones, van reflejando un gesto humano como concepción arquitectónica, que recoge estas formas naturales y las revela, con la devoción de quien abre la mano en una caricia. La obra recorre el terreno sin imponerse, más bien abraza el entorno, emulando pliegues de un manto. Las construcciones del proyecto incorporan la unidad del paisaje con lo humano, otorgando al

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Los elementos El cerro es el manto que desde sus pliegues, desde su claroscuro, establece el abrazo de la luz y de la tierra, “desde María a los pies de la Cruz, para los hombres que contemplan en cada ángulo los paisajes, el color, la ciudad y el valle.”

Una serie de explanadas y miradores representan a la familia que recorre el camino al santuario. Los 14 descansos del camino van conectando los volúmenes arquitectónicos, que simbolizan las 14 estaciones de la Pasión. Este camino establece espacios íntimos que abiertos permanentemente al cielo invitan al recogimiento y al retiro.

res de los edificios, los ondulados tajos permiten la entrada vertical o diagonal de la luz y nos muestran continuamente el cielo y su aura, antes de abrirse a la vista de la inmensidad del paisaje y del valle de Santiago. Los edificios entran y salen siguiendo las pendientes y son los pliegues los que configuran los espacios públicos exteriores e interiores. El color pasto seco del hormigón a la vista de las obras, nos hace presente los paisajes del valle central de Chile, recogiendo la mimesis de toda obra humana como parte de la obra divina. La arquitectura es en definitiva el ademán que recoge la permanencia y la santidad del paisaje. Abajo la ciudad de los hombres, es vista desde una obra de arquitectura, según su autor, que invita sobre todo a la enseñanza de “la mirada de la Madre que nos revela al Hijo”. Santiago surge así desde una mirada de amor y recogimiento que se abre, desde los pliegues hundidos del cerro, a la contemplación del cielo y del universo. Quienes se ubican en ella salen desde los dobleces, desde este manto que une el cielo con la tierra, que une a la Madre con el Hijo y a Dios con los hombres. La obra permite que la luz del cielo se encuentre con los hombres en la tierra.

Como recuerdo de la Redención, la luz del cielo permanentemente entra en las entrañas del cerro. Los corredo-

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DISEÑO+ARQUITECTURA Nº 1  

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