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Profesiones, trabajos o vocaciones hay muchas. Muchas veces escuchamos alguna anécdota que revela un oficio extraño, que nos llama la atención y nos provoca curiosidad. Recuerdo cuando 15 años atrás vi en una plaza a un hombre con un dibujo en su antebrazo. Era raro, como viejo y borroneado. Me llamó la atención que alguien tuviese un tatuaje, pero lo que recuerdo preguntarme fue: “Quién se anima a dibujarle en la piel a otro, sabiendo que le queda para siempre...”. La palabra inglesa “tattoo” proviene del maorí tatau, sonido que produce el martillo que acciona a la aguja con tinta, que se hunde en la piel para marcarla. En la gran mayoría de las culturas aborígenes donde hay tatuaje ornamental, éste cumple una función que va más allá de lo estético. La marca en la piel viene después de algún evento extraordinario que marca el cambio, el pasaje del ser de un estado a otro. Un punto de inflexión. El pasaje de la pubertad a la adultez, el guerrero que vuelve invicto de la guerra, o el que va por vez primera a la batalla. El tatuaje corporal o facial indica un estado espiritual nuevo, un status social, un cambio que debe ser visible para todos. Entre quienes aparecen trabajando en estas imágenes, los acontecimientos parecieron suceder de manera inversa. A partir del primer tatuaje (realizado o recibido) se produce un cambio. Un nuevo sentido, irreversible, es tomado. De lo profundo surge la necesidad de llevar el arte al límite, a marcarlo en la piel. Se pierde el miedo, se pierde el mito. Está escrito en la piel, no hay vuelta atrás. El tatuador es el puente que hace realidad el deseo de que todos vean la experiencia, el nombre, el dolor, el amor, el ser extremo en la piel. Dibuja, crea y trabaja a tinta y sangre, el artista que no usa lienzo ni pincel. Algunos hacen sus propias máquinas, todos estudian sus herramientas. Dibujan desde chicos o jóvenes, otros no, algunos estudiaron como realizar un tatuaje, otros no. En la práctica, en el esfuerzo está el secreto”. Más allá de las modas, más allá de la fama y sobre todo, de las apariencias. Las modas juegan como un arma de doble filo: te dan laburo por un lado, y desvirtúan un poco a la profesión por otro. La gente cree que esta vida es un rock and roll. Yo trabajo la misma cantidad de horas (o más) y le pongo el mismo esfuerzo a lo que hago que cualquiera que ama su trabajo”. En lugar de un lienzo o un papel, los detalles, los colores y las más delicadas líneas aparecen en la piel. Quiénes son estos plomeros glorificados? Esta clase obrera de sangre azul? Casi unánimemente, se definen: Artista? No sé, prefiero sólo tatuador. Artista si querés, pero de clase trabajadora”.

Luciana Motta nació en Rosario, Santa Fe. Se licenció en ciencias biológicas en la Universidad de Buenos Aires, especializándose en conservación de ambientes acuáticos. Trabajó en estos temas en el paì­s y el exterior, siempre acompañando sus viajes y profesión con su pasión por el arte y la fotografía. Vive en Bariloche desde marzo de 2012. tasmacetus@gmail.com

Bex 16  

Bex Magazine 16 Revista de fotografia de la patagonia Abriendo espacios a la fotografía latinoamericana

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