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La manta multicolor Como cada tarde, Miguel se sentó a ver las noticias del mediodía pero no en aquel sofá; nunca supo por qué le llamaban chearslonge, quizás porque era más largo de lo habitual y hacia rincón sobresaliendo en ángulo recto para albergar más invitados, o estar más cómodo. Ese rincón era el preferido de toda la familia, por el que a veces incluso discutían Cristina (su mujer) y su hija. A él no le importaba demasiado porque tenía su trono en forma de sillón azul abatible con orejeras, donde dormitaba casi siempre el telediario de las tres. Aquel día sin embargo después de un rato, cuando ya asomaba el mapa meteorológico en la pantalla, se levantó algo somnoliento y se acurrucó en aquel rincón, muy cerca de su mujer, buscando su cariño y su calor. Juntos, hundidos en aquel tejido suave de color crema adornado de cojines que rellenaban placenteramente cada hueco vacío de sus cuerpos y arropados por aquella manta multicolor hecha a mano y comprada en Morella en una excursión que siempre recordarían, fijaron su vista en la pantalla plana del televisor, aun medio dormidos sin saber muy bien que hacer. Ella le acogió en sus brazos pues sabía de su dolor y se esforzaba en reconfortarle intentando mitigarlo con ternura. Aún no superaba el mazazo desgarrador de la muerte anunciada de su padre. Ángel había sido un hombre sencillo, siempre a la sombra de una esposa cariñosa, entregada a la familia pero pesimista y de difícil carácter. No era demasiado comunicativo. No era de esos padres que se acercan y te dicen te quiero, eso siempre lo había echado de menos, pero daba igual, sus gestos y su mirada hablaban en su nombre, su presencia siempre lo animaba todo y quizás por ello Miguel había aprendido desde muy joven a interpretar los rostros, las posturas y los gestos de la gente buscando las palabras que nunca se dicen. Su padre era, como diría un amigo suyo, tan sencillo como un “botijo”,

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sin dobleces, franco y tranquilo, optimista por naturaleza, despreocupado, bromista y dicharachero, un hombre que con todo el mundo hablaba y a todos caía bien. ¡Cuánto de él había aprendido sin darse cuenta!. La vida laboral de Ángel había sido dura, de transportista y conductor, siempre callejeando por Madrid. Con la furgoneta DKW azul cielo del reparto, recogía todos los días a su hijo de aquel colegio Salesiano que tanto esfuerzo les costaba pagar, para volverlo a llevar después de comer. Tras la jubilación emprendió otra carrera: la de actor... Bueno, en realidad trabajaba para una agencia que le llamaba de vez en cuando para hacer pequeños papeles, muchas veces sin dialogo alguno. Por su carácter, había sido capaz de entrar en el mundo de la farándula con gran facilidad. Era guapo, fuerte, con unas manos grandes y carnosas, moldeadas a base de cargar con pesados paquetes y fardos siempre envueltos en papel de estraza, ojos color miel y un bigote inconfundible que solo se quitó una vez para interpretar un papel por exigencias del guión. Ese bigote le hacia singular. Espeso, blanco ya por la edad, retorcidas las puntas hacia arriba, marcaban su aspecto y su fisonomía. Sin él parecía otra persona y casi nadie le reconoció cuando le vieron afeitado. Se divertía interpretando el papel de revisor de un tren en una película de Berlanga, y paseando por los decorados de la ficticia calle de “Farmacia de guardia”, o aplaudiendo y riendo como público, las ocurrencias de Jesús Puente en el concurso de “Su media naranja”, aunque decepcionado de comprobar cómo en televisión todo es mentira, artificial y forzado para resultar atractivo. Su mejor papel fue el que hizo en uno de esos programas de “inocente inocente”. Fue el gancho perfecto de la broma que le gastaron a dos jóvenes actores protagonistas de una serie de actualidad. Su vida y la de todos cambió bruscamente aquel jueves de octubre cuando le detectaron un cáncer de colon. Él no se vino abajo a pesar de todo, de las complicadas

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pruebas, de su bolsa de evacuación en el abdomen, de sus cuatro operaciones, de la quimioterapia que le envenenaba la sangre, -si estoy hecho un chaval- acostumbraba a decir a todo el mundo. Siguió luchando y creyendo que podría superarlo. Solo al final, tras dos duros y largos años, empezó a aceptar su final, aunque como siempre hizo, no habló con nadie de lo que pensaba. Se tragó él solo todo su final, toda su amargura. Cargó a cuestas con sus pensamientos, con sus sentimientos. Carmen, su mujer, aun llora por ello, por no haber sabido arrancar de sus labios una conversación profunda, por no poder escuchar de sus labios cómo se sentía. Miguel maldecía cada uno de los 500 kilómetros que le habían separado tantos años de su presencia, de no haber podido tenerle más cerca y sujetarle la mano en los momentos más duros. Sin embargo desde que había muerto, solo un mes antes, le daba la sensación de que su alma le acompañaba. Seguramente es un mecanismo que activa todo el mundo. Imaginas que el espíritu flota invisible cerca de ti. No se puede ver pero intuyes su presencia. A veces cae un objeto y piensas que ha sido él, para llamar la atención, otro día una bombilla deja de lucir y al rato vuelve a encenderse, y ahí esta otra vez, piensa uno. -Son engaños que inventa la mente-, se decía a si mismo, después de sentirse ridículo mientras miraba el pela-patas balancearse, sin explicación alguna aparente, en su colgador y hablarle a su padre como si pudiera oírle, como si estuviera allí. Ghost y Patrick Swayze habían hecho creer a la gente muchas de estas cosas. Cristina encogió un poco los pies para que la manta se los cubriera también mientras Miguel apoyaba la cabeza en su hombro. Aquella manta de colores vivos y lana virgen había sido una buena compra. Todos los días del invierno la usaban y les recordaba la imagen de aquella pareja de amigos con la que hicieron aquella última excursión juntos, antes de su despedida y cambio de residencia hacía ya más de tres años.

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Era un día gris y Juan Fran conducía malhumorado el Renault 5 en el que viajaban camino de Morella. -¿Te lo dije o no te lo dije?- le recriminaba a Diana su esposa, por algo que ella había olvidado. Mientras, Miguel cantaba una nueva canción de moda que ya se podía escuchar en la radio, para intentar suavizar el ambiente –aserejé a eje ejebe tudejebe de seminouba majabi ande bugui ande güinidibi.....- El genio de Juan Fran lo compensaba Diana con creces con su sonrisa y su alegría. Ella y Miguel habían sido scouts y durante el viaje de vuelta, imaginando que el pequeño coche se transformaba en uno de aquellos autocares destartalados con las cortinas llenas de humo y mugre, comenzaron a cantar y recordar viejas canciones de campamento. Hizo mucho frio durante todo el día pero eso no les impidió subir al Castillo y recorrer sus monumentales calles, testigos mudos del paso por aquella zona del “tigre del Maestrazgo”, el temido y famoso general Cabrera que se hizo fuerte en la ciudad durante más de dos años, teniendo en jaque a las tropas liberales, hasta que Espartero (con los huevos del caballo seguramente también) destruyó casi la mitad de la bella ciudad amurallada y entró por la puerta de San Miguel que tantos años después los 4 también habían atravesado. De vuelta en su casa, las dos parejas se sentaron en otro sofá y se taparon, compartiendo su amistad y su calor, con la misma manta que ahora les cobijaba y que aquel día habían comprado en un taller artesanal de la ciudad. Aquel momento quedó inmortalizado en una foto que guardan con especial cariño. Y es curioso, casi siniestro pensar, cómo el cáncer parece elegir a las mejores víctimas, a las personas que más necesitamos o queremos. Juan Fran y Diana por fin después de varios años, habían tenido un hijo. Miguel en su correo electrónico había recibido una foto del bebé. Pero tras el parto y la alegría, la terrible noticia también llegó. Diana tenía cáncer de mama y desde entonces lucha, como antes lo hizo el padre de Miguel…, por la vida.

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Bajo la manta, el mando a distancia del decodificador de Vía Satélite digital, enviaba la señal de cambio de cadena. Un primo de su mujer había fabricado una tarjeta pirata con la que se podían sintonizar la totalidad de los canales, más de 80 incluyendo las películas de pago. Miguel navegaba por aquella jungla de imágenes mientras Cristina esperaba pacientemente a que él se decidiera por alguno. Las posibilidades de elección eran enormes pero en aquella hora tonta de después del café y la pequeña siesta nada parecía poder captar su atención. Finalmente y sin saber por qué su dedo se detuvo y en el televisor apareció el canal FDF (factoría de ficción) especializado en la emisión de series televisivas españolas y extranjeras. Cayetana Guillén Cuervo, con unos cuantos años menos, interpretaba a la protagonista de una serie que años atrás se mantuvo en antena durante un tiempo pero que no tuvo éxito. “Raquel busca su sitio” se llamaba. Ninguno de los dos había visto nunca un solo capítulo de aquella extraña serie, pero durante casi 5 minutos quedaron viendo aquellas escenas. Raquel (Cayetana) abría la puerta de la habitación de una residencia de ancianos donde le esperaba una mujer de pelo cano, bien peinada y perfectamente maquillada, recostada en su cama. En la mesilla de noche el teléfono, un reloj, un pequeño jarrón con flores y una botella de agua mineral aún medio llena. -Que alegría Raquel, ¡Cuánto tiempo! Se abrazan y se besan mientras Raquel se sienta en el borde de la cama. Cambia el plano acercando la escena a la mesilla, la cabecera de la cama y las dos mujeres. - Hola abuela que guapa te veo, ya tenía muchas ganas de verte, pero ¿Por qué estas en la cama? - Ah nada importante, solo estoy algo cansada. Tú si que estas guapa condenada. Cuéntame, que tal con Sergio ¿no ha podido venir contigo?

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-Calla, últimamente esta muy raro, no se que le pasa. Si no fuera porque se que me quiere tanto... Pero te veo muy arreglada y hasta maquillada ¿no estarás enamorada? La abuela con una sonrisa en los labios y los ojos grandes y luminosos dirige su mirada hacia la puerta que había quedado abierta, alza el brazo y señalando hacia ella dice: -Si. Hay alguien que me quiere. Raquel vuelve la cabeza para mirar hacia la puerta. Cambio de plano. Desde la habitación se observa, en el pasillo tras la puerta abierta, la figura de un hombre. Viste chaqueta y corbata y un sombrero gris de fieltro. No dice nada, sonríe y mira con ternura; con su mano derecha coge el sombrero y mientras se lo quita muy despacio saluda con el gesto de su cabeza sabiendo que se habla de él. Es la persona que ama y quiere y en esa breve escena se congela el tiempo y las lágrimas brotan a raudales y caen por las mejillas de Cristina y Miguel mientras contemplan a través del televisor los ojos color miel, las manos fuertes y el bigote grande, espeso, blanco ya por la edad, retorcidas las puntas hacia arriba, de aquel actor que fue su padre, saludando con un sombrero. Desde aquella tarde, no esta tan triste. En su corazón y su retina quedó grabada esa breve escena que nunca antes había visto ni conocía. –Si, yo se que me quieres papá, y me lo vuelves a decir una vez más sin palabras, solo con un gesto, desde la distancia.Y Miguel no ha vuelto a creer nunca más en la casualidad; no ha querido creer que solo una coincidencia pudo hacer que aquella tarde de abril, mientras descansaba bajo su manta multicolor, pudiese ver una escena de 5 segundos tan importante para él entre las imágenes que durante 24 horas al día emiten 80 cadenas de televisión al mismo tiempo.

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la manta multicolor  

breve relato

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