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MEDELLÍN: CIUDAD DE SANTOS, HECHIZOS Y MALEFICIOS

Texto y fotos por: Dina Hernández

Una consulta anónima. Tomé el pequeño papelito de tinta roja. Seguí al hombre misterioso que estaba parado frente a la iglesia San José; de espaldas al Santo que otorga buenos esposos, entregaba a los transeúntes cientos de esos mismos papelitos volteados hacia abajo. A mi alrededor había muchos hombres como él, mirando a los ojos, descubriendo el corazón de los que iban de prisa, el olfato les guiaba a desenmarañar sus deseos siniestros.

El viejo hombre me miró, asintió con la cabeza “venga conmigo” me dijo tartamudeando. Su rostro ennegrecido por el sol, unas arrugas muy pronunciadas y una pierna coja, me indicaron que superaba los 60 años. Se abría paso entre la multitud con más destreza que yo. Tal vez porque su baja estatura y su cuerpo holgado, le permitía mezclarse con el tumulto que cruzaba, justo a las dos de la tarde, la Avenida Oriental.

No le perdí la pista. Entramos a un edificio de diez pisos. Los porteros lo reconocieron, para mi dicha. Subimos el ascensor hasta el 4 piso, durante el minuto de escalada cruzó un par de palabras con una mujer joven, me señaló y ella, al igual que él, asintió. Me llevó por un pasillo con muchas puertas, en una de ellas, un sastre perdido entre paños y telas, en otra, un par de muchachos con batas de laboratorio y en la penúltima, me entregó, para mi sorpresa, a la mujer del ascensor.

El olor a incienso y a cera derretida, impregnaba las paredes del lugar. – ¿Venís para consulta?- me preguntó, yo le señalé la parte inferior del papelito en donde decía “En 48 horas le garantizo el regreso de su ser amado, sin que se

entere, ni causarle daño, lo postro a sus pies pidiendo perdón”

Detrás de ella, había un cuadro de tres pirámides egipcias y a su mano derecha, dos oficinas, cada una con un “maestro”. El consultorio estaba adornado con dos cuadros de San Miguel Arcángel, decenas de pócimas de colores dentro de una vitrina y algunos velones amarillos. Al interior de la primera oficina, me recibió un tal “Pedro”, un hombre joven y de contextura gruesa. Me dijo que el trabajo que allí se hacía era cien por ciento garantizado, cuando le pregunté sobre la imagen de la santísima Trinidad colgada en la pared, el crucifijo frente a la puerta y de nuevo, el Arcángel San Miguel. “Si prefieres podemos trabajar sólo con los santos, para que estés más segura… ellos nos ayudan en lo sentimental” además, me mostró un par de muñecos en cera roja, un hombre y una mujer, los puso de frente y me explicó que así se alineaban para traer de vuelta al ser amado.

No logré identificar la tendencia del lugar. Su aspecto era similar a un cuarto de rezanderos cruzado con elementos exotéricos. Parecía un altar a lo santo y lo profano, a lo pagano y a lo culto. En la misma tarjeta roja decía “alejo amantes y malos vecinos” “si usted ha sido víctima de brujería, satanismo, maleficios y malos espíritus no sufra más, yo le tengo la solución”, para estos casos, es común decir el refrán “en la guerra y en el amor todo se vale”. Pude recordar una noticia de 1999 que leí en internet, hablaba de los hechizos de guerra entre paramilitares y guerrilleros de Urabá, la Sierra Nevada, el Cauca, Los Llanos y el Alto Sinú, para no ser muertos en combate.

El embrujo más usado es el “Niño en Cruz” y como su nombre lo indica, es una mezcla de ritual religioso con brujería y algo de chamanismo. Los militantes, que deben ser hombres, toman de un árbol, una higa en forma de puño y la


introducen en diferentes partes del cuerpo con la marca de la cruz grabada en ella, al medio día del Viernes Santo.[1] Y también, la costumbre de los sicarios en Medellín de rezar las balas y ofrecerle el tiro a María Auxiliadora, para que den justo en el blanco y los libre de los peligros.

La mezcla entre rezos y sortilegios es una herencia del encuentro entre nuestros antepasados indígenas y la España católica. Los conquistadores católicos se ocuparon de derribar altares a deidades paganas, destrozar santuarios y edificar lugares de adoración a Dios. Sin embargo, los esfuerzos se sostuvieron a medias, y el resultado fue una amalgama de creencias encontradas en donde las vírgenes conceden deseos siniestros, los Santos Patronos exigen sacrificios oscuros y las oraciones se recitan con misterio exotérico.

El rezo milagroso Salí de la consulta algo confundida. Aún no podía encontrar el Santo que aliviara mis ruegos ni reconocer la diferencia entre un brujo y un santero. A unas pocas cuadras me topé con un lugar parecido, pero de mayor tamaño. Al lado izquierdo de la iglesia San Ignacio se encuentra una tienda de objetos “santos”, allí puedes encontrar desde una pequeña medalla de la Virgen hasta esculturas en yeso de más de 650 000 pesos.

Los ojos de las estatuas parecían mirarme fijamente, con sus párpados fríos y petrificados esperan al siguiente comprador, a ese “Aladín” que frote sus pies para que ellos, satisfechos, atiendan a sus deseos y ruegos. Se aglomeraban dentro de las vitrinas, escogiendo a los clientes: San Antonio las prefiere solteras y sin compromisos; María Auxiliadora, temerarios; San Gregorio, enfermos y con mala racha; San Pancracio, sin empleo y “salados” y Santa Ana, pobres y sin casa.

Los ojos de la mujer que me recibió parecieron salir de sus órbitas cuando confesé que no conocía la oración a la Santa Cruz. Con cincuenta y tantos años, tiene un esposo hace 18 que “se lo debe a San José” y dos hijas aún adolescentes que “se las debe a María Auxiliadora” porque ella, a los 43 años resultó embarazada y en el momento de dar a luz prometió a la Virgen llevar veinticinco rosas rojas a su altar si le concedía un parto natural. Damaris, ya pagó sus votos.

Es robusta, ágil para vender y siempre lleva marcada una sonrisa en sus labios. Me muestra cada Santo y entre ellos reconozco a la Santísima Trinidad, La Santa Cruz y el Arcángel San Miguel, los mismos que unos minutos antes, dominaban el recinto de los “maestros”, esos que me prometieron alejar los malos espíritus y maleficios de brujería. Damaris regresó de su asombro cuando me enseñó a repetir: “Renuncia Satanás, conmigo no contarás porque el día de la Santa Cruz dije mil veces Jesús, Jesús, Jesús, Jesús, Jesús, Jesús, Jesús, Jesús…” y así hasta que le dé diez vueltas a un rosario de cien pepitas. – Cuando vaya por una calle muy sola y tenga miedo, encomiéndese a la Santa

Cruz, que ella la hace invisible en caso de que le quieran hacer algo malo…ahhh… y no olvide rezar la oración que le dije el 3 de mayo- me dijo muy devota.

Me contó que hace un par de años, al esposo de una amiga suya lo iban a secuestrar. Lo subieron a un carro con otras personas dentro y en el momento en que él se encomendó a la Santa Cruz, los secuestradores no lo vieron más. Él, sentado en el carro y con los brazos cruzados sobre su pecho, escuchaba que ellos, furiosos, preguntaban “pa´onde carajos se había ido”.


Damaris no dijo nada sobre esto, pero ésta oración es en realidad un “secreto” de brujería para hacerse invisible ante los enemigos, más conocida como la oración al “Justo Juez”. Me imagino al amigo de Damaris dentro de ese carro, muerto del miedo recitando: “Con tres te veo, con cinco te ato, la sangre te riego y el corazón te parto. Cristo,

mírame y líbrame de todo mal ... Ahí viene el enemigo. Oh, Justo Juez: si trae ojos, que no me vea; si trae manos, que no me toquen; si trae armas, que no me hagan daño. Santa Cruz de Mayo, a mi casa vas, líbrame de males y de Satanás. Amén ...”[2]. Los créditos al final, no se sabe para quién son.

La Fe del Sahumerio

Así como con las estatuas, la línea que define el horizonte entre la magia y lo eclesial se desdibuja. En el imaginario de los habitantes de una ciudad tan tradicional como Medellín, aún se encuentran grabadas algunas creencias de antaño sobre rituales ocultos para proteger o aliviar los males. Es un mundo paralelo en donde los roles se cambian y en donde los que son débiles se vuelven fuertes a costa de hechizos y maleficios. El mundo de lo espiritual.

Una calle llena de tradiciones citadinas, me conecta con el Parque Simón Bolívar. Cientos de vendedores de cachivaches, productos servibles e inservibles, flores, películas piratas, ropa, seda de dientes, ganchos para atesar las sábanas, mecatos, collares, vibradores, pirámides para la buena suerte, comida chatarra y zapatos, se cruzan a mi paso ofreciendo lo que no he pedido.

En buena hora llego a mi destino. Un olor a plantas disecadas, aromáticas, flores y velas, me conduce hasta Hugo, que hace tan solo dieciocho meses entró al negocio de productos naturales y plantas medicinales. A sus veinticinco años, encontró en la botánica su pasión, en un intento por compensar la confianza que su tío, dueño de varias tiendas como éstas, le tuvo para entregarle la tienda más grande del sector hace un par de meses.

Colgados entre pitas, hay cientos de manojos de plantas multiusos, algunas peligrosas, otras no tanto. – con ésta sólo te puedes bañar del cuello hacia abajo- me dice mostrando una planta - la Cicuta es peligrosa si se ingiere, es muy toxica- la Sacasal o Cicuta es usada por brujos para traer suerte a las personas, alejar los malos espíritus y dar prosperidad. Las plantas aromáticas como la Albahaca, Yerbabuena, Manzanilla, Cidrón y Toronjíl son llamadas “dulces” porque si son usadas en baños, atraen las buenas energías, mientras que las plantas amargas como la Desatrancadera, la Abrecaminos, la Cicuta, la Salvia, la Altamiza, la Verbena y la Ruda son plantas “amargas” que deben ser usadas en riegos y baños antes de las “dulces”.

El tiempo trascurre lento. Miro el reloj colgado en una de las paredes de la tienda y hace varios minutos marca la misma hora, 1:55 pm. Hugo se disculpa y me dice que no sirve, pero en realidad no importa. La lluvia repentina detuvo a más de cinco clientes, incluyéndome a mí, que ingresaron por fortuna a comprar algún elemento de su interés. En cuestión de minutos, los pedidos variaban entre plantas para aliviar la hinchazón, para la próstata, para dietas y una que otra pócima para la suerte.

De inmediato reconocí los frascos de colores que estaban en la vitrina principal, eran los mismos que no alcancé a leer en la sala de consulta de aquel edificio; todos con aspecto similar, letreros curiosos y con una cinta de colores en forma de cruz. Hugo me dijo cada nombre: Quiéreme, Sígueme, Venamí, Pega- Pega, Amansaguapos, Liga Del Dólar, Afrodita, Señora de la Suerte, Divino-Niño, entre otros frasquitos que lucían impecables detrás del vidrio.


Las plantas colgadas, las pirámides, los Santos, las pócimas, los rezos, los “maestros”, la devota, el naturista, todos se fundían dentro de mi cabeza en una misma imagen, como intuyendo un origen no muy distante. Ahora, la creencia no es una, sino varias, y de tanto en tanto aparecen otras nuevas que reemplazan a las veteranas; sin embargo, los habitantes de la ciudad resisten todo, un dios más, o uno menos da igual. Es el universo del sincretismo donde Damaris le vende santos al maestro de la Oriental, él le compra pócimas a Hugo, y éste venderá a Damaris las palmas que usará para la Virgen en semana Santa.


MEDELLIN: CIUDAD DE SANTOS, HECHIZOS Y MALEFICIOS  

Crónica del sincretismo religioso en la ciudad de Medellín- Colombia

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