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JUGUETES ROTOS

Línea Pensamiento Nómada Dilatando Mentes Editorial


JUGUETES ROTOS José A. Bonilla

Ilustrado por Cecilia G. F. Ensayo de José Ángel de Dios

Dilatando Mentes Editorial


JUGUETES ROTOS Primera edición, Octubre de 2016 Línea Pensamiento Nómada Dilatando Mentes Editorial dilatandomenteseditorial.blogspot.com.es facebook/dilatandomenteseditorial dilatandomenteseditorial@gmail.com C/ Rey Jaime I, 7, Ondara (Alicante) Editora: Maite Aranda Morata Coordinación editorial: José Ángel de Dios García © de Juguetes Rotos José A. Bonilla © de la portada e ilustraciones interiores Cecilia G. F. © de la presentación Dilatando Mentes © del ensayo Mi vida antes que Dios -Génesis de un mitoJosé Ángel de Dios. © de la maquetación, la corrección y la edición Dilatando Mentes Editorial © fotografía de la página cuatro: José A. Bonilla Tipografía empleada: “Caslon Antique”, obra Freeware de Alan Carr. Imprime Byprint Las ilustraciones e imágenes del apartado “Miscelánea”, son propiedad de sus respectivos dueños y autores, utilizádose tan solo como acompañamiento al texto, como referencia visual a las citas. Al final de dicha sección, están escritos los © de cada una de las imágenes. ISBN: 978-84-945203-3-4 Depósito Legal: A 475-2016 Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta edición sin permiso previo y por escrito de la editorial y los autores.


índice - Presentación . . . . . . . . . . 13 - Juguetes Rotos (por José A. Bonilla) - I: SMSL - II: Horizontes Lejanos - III: Decisiones - IV: Cuestión de familia - V: Proyecto Erasmus - VI: Alex - VII: El maravilloso mundo del Señor Brown -VIII: El fantasma de la City - IX: Un día en el museo - X: Espíritus de Lluvia - XI: Lamentaciones - XII: Primera plana - XIII: Recortes y desapariciones - XIV: Una aguja en un pajar

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- XV: Leyendas y sonajeros - XVI: Las nornes y el destino del vikingo - XVII: Visita inesperada - XVIII: Secretos inconfesables - XIX: Cabeza de turco - XX: El hombre del saco - XXI: El patio de Monipodio - XXII: Acta est fabula - XXIII: Caso cerrado - XXIV: De vuelta a casa - XXV: Epílogo

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-Apéndice 1: Notas del autor . . . . . . . . . . 301 -Apéndice 2: Agradecimientos . . . . . . . . . . 307 -Mi vida antes que Dios -Génesis de un mito(por José Ángel de Dios) . . . . . . . . . . 313 -Miscelánea . . . . . . . . . . 321 -Ilustraciones (por Cecilia G. F.) . . . . . . . . . . 6-7, 17, 77, 119, 181


MĂşsica recomendada para ambientar la lectura de este libro:


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Presentación «Por el grosor del polvo en los libros de una biblioteca pública, puede medirse la cultura de un pueblo», John Ernest Steinbeck.

-nómada 1.-que va de un lugar a otro y no se establece en ningún sitio de forma permanente. Decía Emily Dickinson que «para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro», y es esta frase, en gran parte, la culpable de que tú, lector, tengas esta obra, “Juguetes Rotos”, entre las manos. Transitar por los caminos que el cambiante e impredecible panorama literario va desplegando paulatinamente, es algo tan dificultoso, como emocionante, y publicar esta maravillosa obra de José A. Bonilla, supone para nosotros, además de un nuevo reto con el que enfrentarnos al caprichoso mundo editorial, motivo por el que sentirnos orgullosos por partida doble: por un Presentación -13-


lado, por el hecho de contar con José A. Bonilla en nuestro catálogo; por el otro, porque con este libro, Dilatando Mentes trata de ampliar el espectro de posibles amantes de la literatura con un nueva línea que hemos bautizado como “Pensamiento Nómada”. En ella, tendrán cabida aquellos libros que vayan destinados a un público joven-adulto (adscritas siempre, eso sí, a la fantasía, el terror y la ciencia ficción), pero que pueden (y deben) ser igualmente disfrutados por los lectores más veteranos y experimentados. Es innegable que la literatura juvenil (LJ) goza de una salud envidiable en nuestro país (en realidad, en todo el mundo) de unos años a esta parte, lo que indica que hay una necesidad más que evidente por parte de un amplio espectro de la población lectora que sería casi un pecado obviar. No es menos cierto, según han concluido diferentes estudios y análisis sobre el tema, que gran parte de la LJ que se publica cada año (por suerte para nosotros, los lectores, no toda), no atesora la calidad que el lector le presuponía en un primer momento (dichos estudios revelan unos resultados similares en lo que a la literatura infantil se refiere), llegando a utilizarse la etiqueta de LJ como un simple reclamo editorial con el que asegurarse una cantidad de ventas que, tal vez, otros títulos no le proporcionarían. También es cierto, y eso es algo que queremos dejar claro desde el primer momento, que no es ese el motor que nos ha impulsado a emprender este camino haciéndole un pequeño hueco en nuestro catálogo a la LJ. No. Nuestra meta es otra bien distinta: lo que nosotros perseguimos es fomentar la pasión por la lectura en los más jóvenes porque, además de saciar con el resto de nuestras publicaciones el apetito literario de aquellos que ya son (somos) lectores consumados, también hay que llegar a nuevos horizontes por medio de las sendas correctas, y debemos tratar de conseguir que, aquellos que algún día nos sucederán en el tiempo y en el espacio, o aquellos que ya están aquí pero que nunca han sentido la necesidad de saltar al interior de un libro, desarrollen el placer de la lectura, que creen un hábito lector y que descubran, igual que nosotros lo hicimos en su día, lo maravilloso que es sumergirse en las páginas

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de un libro y dejarse llevar por su marea de tinta y celulosa. ¿Cómo? Eso, amigos, ya es más complicado, porque no existe una fórmula mágica que establezca los “ingredientes” esenciales para que un libro (juvenil o no) consiga el reconocimiento entre los lectores. Nosotros, por nuestra parte, vamos a construir nuestro catálogo juvenil del mismo modo en el que lo hemos hecho con el del público adulto: mostrando respeto hacia los lectores a los que van dirigidos estos libros, independientemente de su edad, no confundiendo a un lector joven con uno inmaduro, porque literatura de corte juvenil, o joven-adulto, no tiene por qué ser sinónimo de historias repetitivas, fáciles, ramplonas o de calidad discutible; por ello, y esa es la principal razón por la que nos hemos lanzado a publicar esta obra de José A. Bonilla, creemos que la vía gracias a la que uno desarrolla el interés por la lectura viene dada por medio de factores como el leer cosas que merezcan la pena, que resulten interesantes y que llamen la atención. De otro modo, no sería más que un intento estéril por “atrapar” a una juventud que tiene cuanto desea y que está demasiado condicionada y es dependiente hasta el paroxismo del ocio pasivo y tecnológico que tienen a su alrededor. José A. Bonilla, natural de Sabadell, es Licenciado en Biología y en Bioquímica por la Universidad Autónoma de Barcelona, y es un gran aficionado al cine, los cómics, los videojuegos y a la narrativa, principalmente de temáticas cercanas al terror y a la ciencia ficción; afición esta que se ha convertido, con el paso de los años, en algo mucho más grande de lo que el propio autor podía llegar a imaginar años ha; y es que es innegable que quien firma obras tan asombrosas como la epopeya de ciencia ficción “La Inconquistable”, la novela de corte steampunk sita en la Barcelona de 1888 “Pétalos de Acero”, o esta “Juguetes Rotos”, finalista en el III Premio de Novela Corta de Terror “Ciudad de Utrera” del año 2015, posee un don, un talento innato para la literatura. Sus obras son adictivas, y entretienen a la par que cultivan la mente del lector; sin ir más lejos, en estas páginas que siguen, viviremos aventuras, misterios, momentos de terror, pero también aprenderemos muchas cosas de nuestra historia universal como puedan ser... bueno, mejor guardamos silencio para no desvelaros ninguna sorpresa, y dejamos que seáis vosotros mismos Presentación -15-


quienes descubráis los prodigios literarios de este autor sabadellense con el que, es nuestro deseo, podamos colaborar durante años y años. No quisiéramos terminar la presentación de esta novela, sin hacer mención, aunque sea de manera breve, al nombre de la línea que la acoge: Pensamiento Nómada. Como viajeros de la mente que somos, visitando nuevos parajes con cada libro que leemos, vagando de un mundo a otro, de un universo a otro, somos como nómadas de las letras y de las historias que se nos cuentan; y ahí está el germen del nombre con el que hemos bautizado a esta línea. Si a ello, además, le sumamos lo inquieta que es la mente del ser humano cuando es adolescente (e incluso cuando estrena su cualidad de adulto), saltando de un pensamiento a otro, de una idea a otra, de una meta a otra, pero sin permanecer demasiado tiempo en una en concreto, no podíamos por menos que rendirnos a la evidencia y llamar a esta línea, “Pensamiento Nómada”. Ojalá que en lo que se refiere a editoriales a visitar, dejéis de ser nómadas de nosotros para convertiros en lectores sempiternos de Dilatando Mentes. Ojalá que en lo que a autores se refiere, José A. Bonilla se convierta en uno recurrente en vuestros hábitos lectores. Ojalá que esto lo esté leyendo alguien que sea un nuevo lector y que, gracias a lo que sigue, reincida en este vicio tan poco perjudicial. Ojalá disfrutéis tanto de “Juguetes Rotos” como lo hemos hecho nosotros. Gracias por estar al otro lado.

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A mis amig@s y amigos que incondicionalmente siempre estĂĄn ahĂ­.


«Los monstruos son reales, los fantasmas también, ellos viven dentro nuestro, y algunas veces, ellos ganan.» Stephen King «El mayor número de los males que sufre el hombre proviene del hombre mismo.» Plinio el Joven


Capítulo I

SMSL

La casa se quedó a oscuras. Un chasquido de lengua denotó fastidio. La joven que acababa de emitir aquella sonora queja dejó a un lado la revista que tenía entre sus manos, no sin antes doblar una esquina de la página del artículo sobre piercing que estaba leyendo antes del inesperado apagón. Miró a través de la ventana que se abría a sus espaldas. La oscuridad se había adueñado del barrio, y apenas se distinguía la silueta recortada de los edificios bañados por los débiles rayos de una luna que colgaba expectante en el horizonte. Distinguió el resplandor fantasmagórico de varias velas en las ventanas de las viviendas cercanas desplazándose como si flotaran ingrávidas, y sintió un estremecimiento al pensar en almas en pena recorriendo esqueletos de Juguetes rotos -19-


ladrillo y cemento. Se abrazó con la intención de hacer desaparecer la sensación de desasosiego que le había embargado. ¿Dónde guardaría la doctora Vélez las velas? Piensa, piensa. Se levantó del sofá y, utilizando la función linterna de su móvil de última generación, se dirigió a la cocina. Tras buscar un buen rato, descubrió un viejo mechero y varias velas usadas en uno de los cajones. Cogió la más grande y la encendió, reconfortándose con su anaranjada y cálida luminosidad. En el exterior, una gran nube apagó la luna y sumió el fantástico apartamento de la doctora Vélez en la más completa negrura. Y fue entonces cuando, por algún extraño motivo, por alguna de esas premoniciones que su madre en ocasiones le atribuía, o quizás porque odiaba la oscuridad y verse sumergida en un océano negro y desconocido que le robaba el ánima, el corazón se le desbocó en el pecho y el miedo le atenazó la garganta con un nudo invisible, amenazante. Cuando la doctora la llamó el día anterior preguntándole si aquella noche podía hacer de canguro de su hijo, ella aceptó sin dudarlo. La doctora era amiga de su madre, vivía a escasas manzanas de su casa y, lo más importante, pagaba bien. Además, Biel era un bendito de poco más de un año que, tras el biberón con cereales de la noche, solía dormir de un tirón, lo que ella aprovechaba para estudiar, hacer los deberes del instituto, ver su serie preferida en el magnífico televisor de cincuenta pulgadas de la doctora, o leer cualquiera de las múltiples e interesantes revistas que descansaban en la mesita de su salón. En el último mes, la doctora la había llamado un par de veces. El que se hubiera separado hacía casi un año, que su familia más cercana estuviera a setecientos kilómetros de distancia, y que su profesión le instara en numerosas ocasiones a asistir a reuniones y cenas de trabajo, le habían obligado a tomar la decisión de contratar a una canguro. Y solo había tenido que ver lo contento y tranquilo que Biel se había encontrado José A. Bonilla -20-


en manos de la joven Laura para que una semana más tarde volviera a llamarla. Y así había sido hasta aquel singular día. Sí, singular y extraño, porque a Biel le había costado más de lo habitual tomarse su biberón, dignándose a acabar poco menos de la mitad. Luego, le había cambiado el pañal y le había puesto su pijama preferido, el de ositos, pero a pesar de ello había rezongado durante un rato. Incluso temió que pudiera tener un poco de fiebre, después de romper a llorar durante unos diez minutos como si le doliera algo. Le tomó diligentemente la temperatura poniéndole el termómetro de infrarrojos en su pequeña sien, pero ni tan siquiera tenía febrícula. Al final había logrado calmarle y el niño se había dormido en sus brazos, buscando un hueco en su regazo. Cuando su respiración se normalizó, le llevó a la cuna y le dejó en la habitación. Un móvil de estrellas proyectó bonitas luces sobre la pared acompañadas de una dulce melodía, y los peluches custodiaron al pequeño hasta que se acomodó, adquiriendo su posición habitual: boca arriba y con los bracitos en alto. Antes de salir de la habitación escuchó las acompasadas succiones del chupete. A veces eran tan fuertes que las oía desde el salón, pero no aquella noche, y una angustiosa desazón arraigó en la boca de su estómago. La maldita nube que había traído consigo la penumbra parecía haber arropado para siempre a la luna, y solo el resplandor trémulo de la vela se le antojó a Laura escasa iluminación ya que, aun habiendo estado antes en la casa, no estaba tan familiarizada con ella para atinar a recordar cada uno de sus recovecos. Aguzó el oído dando un paso tras otro. ¿Por qué el corazón le latía tan rápido? ¿Por qué le temblaban las manos cuando la luz de la vela se entretenía dibujando caprichosas sombras sobre las paredes del apartamento? ¿Por qué un miedo irracional e incomprensible le atenazaba la garganta? ¿Qué hacía diferente esa noche a las demás? No lo sabía, pero la certeza de que algo malo iba a ocurrir Juguetes rotos -21-


no dejaba de rondarle por la cabeza. Distinguió al fondo del pasillo la blanca puerta entreabierta de la habitación de Biel. Tras recorrer los escasos metros que la separaban de ella, con la mano izquierda acabó de abrirla del todo, intentando que la vela no se apagara, lográndolo a duras penas. Si a la luz del día, o en la penumbra del atardecer, aquella estancia resultaba una agradable y acogedora habitación infantil, en la oscuridad forzada de la noche se transformaba en algo mucho más inquietante, repleta de formas espectrales que danzaban hipnóticamente a la luz del cabo de la vela. —¿Biel? —susurró. Escuchar su propia voz resquebrajando el silencio de la habitación le puso los pelos de punta. ¿Qué esperaba que sucediera? Si el niño estaba dormido no la habría oído y, si se había despertado con el ruido que había hecho al merodear por el piso buscando algo con lo que iluminarse, no respondería mucho más allá de unas balbuceantes sílabas aún sin sentido. Sin embargo, la única respuesta que obtuvo a su pregunta fue la sepulcral quietud que invadía la habitación. Y eso la llenó de angustia. Esperaba oír la suave y rápida respiración del bebé, el débil silbido del aire escapando por sus regordetes labios, la atronadora succión del chupete rasgando la noche, el imperceptible susurrar de las sabanitas resbalando por encima del pijama al moverse y, por el contrario, solo el silencio era más profundo que la lóbrega sensación que la rodeaba. Parpadeó varias veces, deseando que sus ojos se acostumbraran con mayor rapidez a la oscuridad o que, al fin, condescendientes, los rayos de la luna entraran por las rendijas abiertas de la persiana, suavizando la negrura de la habitación. Mas no sucedió nada de eso. Estaba a menos de un metro de la cuna cuando su repentino reflejo en el espejo que había junto a la cómoda le hizo dar un respingo, asustándose tanto que la vela resbaló de su mano. José A. Bonilla -22-


—¡Ay! —la cera líquida y ardiente le quemó la yema de los dedos, pero consiguió de milagro que la llama no se apagara, evitando quedar sumida en el epicentro de un vasto agujero negro. La chispa incandescente vibró por un instante y recobró su viveza, volviendo a iluminar la estancia. En el momento en que asomaba la cabeza por encima de la baranda de madera, como si todo hubiera estado previsto desde el principio en un acto de grandilocuente guiñol, la luna se deshizo de su abrigo de nubes volviendo a recobrar su fulgor, sus rayos plateados atravesando la persiana y la cortina adornada con infantiles detalles circenses, revelando el interior de la cuna con un halo mortecino. El niño seguía allí, tumbado boca arriba, con los bracitos levantados, pero algo hacía que la habitual postura del bebé se hubiera convertido en irreal; quizás fueran sus labios amoratados, o la boca un poco entreabierta, quizás aquellos ojos entelados que la miraban a través de la muerte con el chupete yaciendo inerte a su lado… Le hubiera gustado poder hacer algo por él, pero de su garganta solo emergió un hondo y doloroso grito de impotencia y horror. Luego, la realidad se truncó en una mortaja de tinieblas. *** El diagnóstico fue SMSL. Cuando se lo explicaron a Laura, ésta se encontraba en la cama de un hospital. Según su madre, tras descubrir que el niño había muerto, había sufrido un desvanecimiento. Minutos más tarde debía haber recuperado la consciencia lo suficiente para llamar con el móvil, aunque no lograba acordarse de haberlo hecho. La incoherencia de sus palabras, y el inesperado mutismo eléctrico a través de la línea segundos después, la alertaron y decidió ir a buscarla. Por el camino había llamado al 112, el teléfono de emergencias. No sabía lo que había sucedido, pero la extraña conversación mantenida con Juguetes rotos -23-


su hija le había alarmado de tal forma que se las apañó para que enviaran una patrulla a la dirección indicada. El reloj se acercaba a las once de la noche de aquel execrable viernes cuando coincidieron delante de la puerta del edificio una patrulla de agentes de los mossos d’esquadra, la madre de Laura y la doctora Vélez, que regresaba de haber asistido a una emergencia en el hospital. Los encontraron uno al lado del otro. Laura estaba tendida en el suelo, inconsciente. Su teléfono móvil junto a ella, aún encendido. Y el niño, acariciado por la luna, reposando sin vida en el interior de la cuna. *** Un médico con un Ipad en su mano entró en la habitación cuando las agujas del reloj se acercaban a la una de la madrugada. Laura, acompañada por sus padres, notaba la pegajosa sedación de los fármacos que debían haberle suministrado aturdiendo sus sentidos, pero aún estaba lo suficientemente lúcida para comprender las implicaciones de lo que el doctor había venido a decirle. —Creemos que se ha tratado de un caso de Síndrome de muerte súbita del lactante. De hecho solo nos queda la autopsia para corroborarlo. Es lo que en términos médicos se conoce como SMSL de Grupo A. —Pero... —Laura sintió una repentina sensación de presión en su estómago que le produjo unas repugnantes náuseas—, tenía entendido que eso ocurría en niños más pequeños. El doctor, un hombre de cabellos canos, alto y apuesto, rondando la cincuentena, movió la cabeza con un lento gesto de asentimiento. —Tienes razón, pero no siempre es así. El noventa por ciento de las muertes súbitas se produce durante el primer semestre de vida. Aún así, José A. Bonilla -24-


hay un diez por ciento restante que suele ocurrir antes del mes o después del año. Eso es lo que parece haber sucedido en esta ocasión. —Esta noche... —le era difícil aguantar el compungido nudo de pena que le cerraba la garganta—, Biel estaba raro... Se comportaba de una forma distinta a la habitual. Le costó cenar y no quería dormirse... El doctor frunció los labios con pesar. —El niño murió a consecuencia de un repentino ataque de apnea del que no consiguió recuperarse y que le produjo una parada cardiorrespiratoria. Si existió alguna otra causa, la autopsia nos lo revelará, aunque estoy casi seguro que no determinará nada nuevo. —Y... ¿y la doctora Vélez? —preguntó Laura, mirando a su madre, con los ojos enrojecidos. Nunca la había visto tan triste y afligida. —Debes comprender que se tratan de momentos duros para ella —explicó el doctor, prudente—. Hemos tenido que administrarle unos tranquilizantes y ahora está dormida en una habitación del hospital. No te preocupes... —consultó el Ipad, donde encontró el dato que buscaba—... Laura. Acabará por entenderlo. Ella es médico, vive situaciones similares a esta en terceras personas con cierta cotidianidad. De todas formas, reconozco que requerirá de mucho tiempo para superarlo. —Yo no… no pude evitarlo… —las lágrimas invadieron los ojos de Laura. Se llevó las manos al rostro, cubriendo su dramática impotencia. Su madre la abrazó, con la mirada enturbiada por el dolor. —Esto que voy a decirte es muy importante, Laura. Quiero que lo escuches y que lo entiendas bien. Tú no has tenido la culpa de lo que ha pasado esta noche —con un paternal gesto, le cogió las manos con dulzura, como si se tratara de su propia hija—. Ese niño hubiera muerto de todas formas y no debes sentirte culpable por lo sucedido. Las causas del SMSL se desconocen. Algunos de los últimos estudios refieren un problema genético en un diez por ciento de los casos. Y, si bien es cierto que existen factores ponderables de riesgo que pueden favorecer Juguetes rotos -25-


su aparición, ninguno de ellos estaba presente en este caso. Simple y desgraciadamente ha sucedido. Mírame con esos bonitos ojos —Laura le hizo caso—, y recuerda lo siguiente. Quizás la gente diga cosas terribles sobre este lamentable suceso. No les hagas caso. Los humanos podemos ser muy crueles y regocijarnos de las desgracias ajenas, hundiendo nuestro dedo en la más dolorosa de las heridas y, muy a nuestro pesar, ésta es una de las que tardará mucho en cicatrizar —el médico hizo una pausa—. Has sido muy fuerte, Laura. Tus padres deben sentirse muy orgullosos de ti. Ahora, relájate y duerme un poco. El doctor se despidió con una sonrisa de la joven, instando a sus padres con una sutil seña a que le siguieran. En cuanto el médico salió al pasillo y cerró a sus espaldas la puerta de la habitación, el rostro, dulce y sereno del doctor, se transformó en una máscara seria y circunspecta. El cambio de actitud fue tan brusco que los progenitores de la muchacha se miraron asustados. —¿Qué ocurre, doctor? —las palabras de la madre de Laura sonaron trémulas, nerviosas. —Miren, no puedo engañarles. La experiencia que ha vivido su hija esta noche ha sido muy traumática. Es un recuerdo que perdurará durante años en su mente y es posible que llegue a afectarla en el ámbito anímico y emocional para el resto de su vida. No debemos precipitarnos, pero es probable que así sea. El hospital tiene un grupo de psicólogos que podría ayudarla, y espero que Laura tenga la fuerza suficiente para superar esta dura prueba —el médico se calló de golpe, como si no lograra encontrar las palabras adecuadas. Al final pareció hallarlas y siguió hablando, aunque con mucha más cautela—. Por otro lado, la doctora Vélez está convencida de que su hija ha cometido alguna negligencia durante su canguraje, provocando la muerte del niño. —Eso no es posible… No puede ser verdad —el padre de Laura se quedó lívido. José A. Bonilla -26-


—Pero... —intentó decir su esposa, desesperada. El doctor levantó una mano en actitud tranquilizadora. —Son los nervios del momento. Tanto el equipo médico como los agentes de la policía que han intervenido en el caso coincidimos en que, por desgracia, su hija ha sido víctima del infortunio. Me atrevería a decirles que la doctora Vélez no tardará en darse cuenta del error de sus infundadas acusaciones en cuanto lea el diagnóstico y el informe de la autopsia. Aún así, no debería extrañarles el hecho de que se abriera una investigación y hubiera una denuncia. —Y, ¿qué… qué podemos hacer para ayudar a nuestra hija? —la madre de Laura casi no podía articular palabra, y las preguntas se le amontonaban en los labios con torpeza. —Lo mejor para ella sería que pudiera recuperar su vida lo antes posible. No está de más que durante un par de días repose en casa, pero luego sería preferible que regresara a la normalidad. Es importante mantenerla ocupada y evitar que rememore los acontecimientos de esta noche. Que vea a sus amigos y que hable del tema, si es preciso. Relativizar el problema quizá le ayude a asumirlo. Por el momento es lo único que podemos hacer. Le recetaré unos ansiolíticos y un somnífero suave para que pueda descansar. Deberá tomarlos durante una temporada. En quince o veinte días me gustaría volver a verla. El doctor se despidió, alejándose por uno de los largos corredores del hospital, desapareciendo entre un grupo de enfermeras que hacían el cambio de guardia. Cuando los padres de Laura volvieron a entrar en la aséptica habitación en la que se encontraba su hija, Laura estaba despierta y ansiosa. —¿Qué os ha dicho el doctor? Y Anna Martí, quien siempre había proclamado la sinceridad como uno de sus principales valores, algo que diferenciaba a los humanos del resto de los seres vivos, mintió. Y lo hizo consciente de que lo hacía, Juguetes rotos -27-


porque sabía que en aquella aciaga noche, como bien había dicho el doctor, se había producido un punto de inflexión en la vida de su hija, un punto temporal que, como en un macabro y funesto circo, la había colocado en la inestable cuerda de un funambulista ebrio a punto de caer al pozo de la locura. —Que todo está bien, cariño. Que es esencial que reposes y duermas. —No podré hacerlo, mamá —le contestó su hija, clavándole una angustiosa mirada en las pupilas. —Debes intentarlo. Mañana verás esta pesadilla de otro modo —intentó tranquilizarla su padre. Yo tampoco podré hacerlo, mi cielo, le hubiera gustado decirle. Pero no pudo. —Verás como al final lo consigues, cariño mío. Necesitas descansar. Todos lo necesitamos. *** La autopsia confirmó el diagnóstico. Biel Gomis pasó a engrosar las estadísticas de los niños fallecidos a consecuencia del fatídico y misterioso SMSL. No hubo denuncias, no hubo investigación, solo el recuerdo del silencio y de la muerte. *** Un teléfono móvil sonaba en algún lugar, pero la oscuridad era tan densa que Laura tan solo podía guiarse por el incesante y atronador sonido que torturaba sus oídos. Una mueca de dolor cubrió su rostro al golpearse la espinilla con un inesperado y afilado saliente. Poco a poco, la apremiante José A. Bonilla -28-


llamada del teléfono se hizo más intensa, más hiriente. Estaba cerca. Debía estarlo. Tendió una tímida mano hacia el frente, hundiéndola en la opaca y casi tangible negrura que la envolvía, buscando un camino que le condujera hasta él. Sus pies se arrastraban centímetro a centímetro sobre el invisible suelo, con la torpeza de un muerto en vida. Volvió a golpearse, esta vez en un hombro. Ahogó un grito. Súbitamente, a su izquierda, una especie de rayo de luz rasgó las tinieblas, un halo plateado que apuntaba hacia el centro del vacío más absoluto. La maliciosa trampa iluminaba el solitario teléfono, colocado encima de un taburete desde donde continuaba con su quejumbrosa llamada flotando en las sombras. Laura expiró, liberando parte de la angustia que aplastaba sus costillas. Al menos sabía que no se había quedado ciega. De pronto, anulada su voluntad, se sintió atraída hacia el móvil de forma hipnótica, perversa, como los insectos a la incandescencia de una bombilla desnuda… o peor aún, hacía una de aquellas trampas de luz de la que jamás podrían escapar. Sentía que no debía atender la llamada, pero no podía evitar hacerlo, el aparato paciente como un depredador hambriento, esperando a su presa. Antes de acercar el auricular a su oído intuyó lo que hallaría al otro extremo de la línea. Eso le produjo tal escalofrío que hizo temblar hasta la más pequeña de sus células. El desesperado llanto de un bebé emergía desde el interior del aparato. A Laura le faltó la respiración. El lloro del niño se desvaneció para dejar paso a un silencio mortal, tan opresivo y doloroso que la muchacha podía escuchar el latir de su corazón galopándole con fuerza en el pecho, un sordo golpe con cada suspiro que se escapaba junto a su aliento. Y luego, no por esperada menos terrorífica, una perversa voz que le hundía los dedos en la garganta, asfixiándola, lenta pero inexorablemente, materializándose desde las profundidades de un insondable abismo. —¿Por qué? ¿Por qué me abandonaste? —las palabras retumbaron en Juguetes rotos -29-


el interior de su cabeza, comprimiendo su cerebro como una prensa de acero—. Perdí mi futuro por tu irresponsabilidad. —No... no es cierto —susurró ella con temor—. No… no podía hacer nada por ayudarte. —Sabes que no lo intentaste con todas tus fuerzas —se intuía la rabia y la indignación en el tono de aquella voz infantil que hablaba como si las palabras procedieran de la garganta de un monstruoso verdugo, vengador y terrible. —Nunca imaginé que... —No importa lo que pudiste imaginar. Ahora ya no existo y tú, por el contrario, sigues viviendo, gozando de una vida que me arrebataste — no había conmiseración alguna en la voz de su interlocutor. —¿Qué… qué puedo hacer para compensarte? —gemía Laura, entre pucheros y sollozos, regueros de lágrimas trazando dolientes surcos sobre sus pálidas mejillas. —Ojo por ojo, diente por diente —la ley del Talión sonó como un fúnebre epitafio en sus oídos. —¿Mo… morir? Silencio. Un silencio que otorgaba con seguridad un destino inequívoco. Un silencio que acabó truncándose en una ominosa carcajada, en un gorjeo de triunfo infinito que reverberó atronador en su débil mente. —No, por favor... —rogó la joven a la voz. —Es muy tarde para lamentaciones —un líquido viscoso comenzó a brotar por los agujeros del auricular del teléfono resbalando entre los dedos de Laura, cayendo en gruesas gotas hacia el suelo. La muchacha se limpió las manos en la camiseta, asqueada, y esta quedó impregnada de un sucio escarlata. Era sangre, la sangre de los inocentes. Soltó el teléfono, que se destrozó al golpear contra el suelo, convirtiéndose en una miríada de piececitas de las que siguió manando aún más sangre, de forma descontrolada, salvaje, brutal… José A. Bonilla -30-


*** Un alarido de pánico. —No, déjame en paz, yo no hice nada... ¡Yo no hice nada! La luz de la habitación se encendió, sumergiendo a Laura en un desconcertante y brillante océano. Su madre se acercó a la cama corriendo y abrazó a su hija con fuerza, sintiendo a través de las ropas el frenético latido de su desbocado corazón. Le acarició el pelo, empapado en sudor, dedicándole una desesperada mirada a Joan, su marido, quien les observaba bajo el dintel de la puerta de la habitación con un velo de amargura ensombreciendo su desconsolado rostro. Habían transcurrido casi dos meses desde la muerte de Biel y rara era la noche que Laura no despertaba intentando deshacerse de sus horribles pesadillas entre gritos de un terror casi paroxístico. Las visitas al psicólogo del hospital no parecían haber dado resultados productivos, y la muchacha solía llegar de las sesiones en un estado de gran nerviosismo. Joan, con el corazón encogido, incapaz de dejar de contemplar la tristeza de las personas que más amaba en el mundo, hundidas en la mayor de las desesperaciones, tuvo dificultades para no estallar también con ellas en un angustioso sollozo. Aquella situación se estaba prolongando más de lo que habían imaginado y, por primera vez en todo aquel proceso, temió que su hija, a la que siempre había considerado con la fuerza suficiente para superar aquella terrible adversidad, no pudiera hacerlo, ahogándose en la amenazadora marea de una profunda depresión. Los ojos de su mujer y los suyos propios volvieron a cruzarse a medio camino, los de ella empañados por un húmedo manto de incomprensión, los suyos mostrando la impotencia de ver como su familia Juguetes rotos -31-


se veía abocada a un intrincado laberinto del cual no lograba hallar la anhelada salida. No obstante, no era momento de rendirse. Debían conseguir que el tiempo se convirtiera en su aliado, y encontrar la luz con la que deshacerse de las tinieblas… antes de que ellas les engulleran definitivamente, liberando a los monstruos que se escondían en su interior.

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Horizontes Lejanos

Capítulo II

Faltaban tres semanas para las vacaciones de Navidad y, aunque aún lejanas, los aires navideños comenzaban a filtrarse a través de los muros de ladrillo del instituto como divertidos y revoltosos poltergeist. Los árboles se habían desprendido de sus uniformes de hojarasca, convirtiéndose en disolutos esqueletos que custodiaban el patio del centro cual soldados de un inocuo ejército, mientras el cielo se arriesgaba a adquirir una tonalidad metálica que presagiaba la pronta llegada del invierno. Aquel grisáceo día de principios de diciembre, la profesora de matemáticas había decidido alegrar la mañana a la clase de cuarto de ESO con un magnífico examen sorpresa de trigonometría. Tras el inesperado Juguetes rotos -33-


«—Es que la tienda del señor Brown es muy especial. —¿Qué puede tener de especial un colmado antiguo? —preguntó Sandra, mohína. No obtuvo respuesta, pues un bolazo de nieve lanzado por Mary se le estampó en la cara y todos estallaron en una carcajada. Pronto tendrían ocasión de descubrirlo.»

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MI VIDA ANTES QUE DIOS -Génesis de un mitoJosé Ángel de Dios

Lo que bien podría parecerle al lector una simple leyenda urbana, un cuento de nuestros mayores para asustar a los niños –como sucede con la figura del “sacamantecas” a la que hace alusión José A. Bonilla, el autor de la novela que sostienen tus manos, y que ha sido utilizada por abuelos y padres del pasado con el fin de atemorizar, incomodar, hacer sentir la necesidad de protección y, en la mayoría de los casos, provocar servilismo y obediencia entre sus hijos y nietos-, tiene una base tan real, tan palbable, que no hace sino corroborar esa máxima que asegura que la realidad siempre supera a la ficción. Así, nuestra realidad está tristemente plagada de monstruos con rostro terrenal, no muy diferentes del tuyo o del mío, lector: seres despiadados y carentes de sentimientos, sanguinarios asesinos de niños, bebedores de sangre y comerciantes de grasa humana. El origen de la figura del “sacamantecas” en España, personaje del que tantos y tantos ciegos y buhoneros cantaron y hablaron a lo largo y ancho de toda la geografía española años ha1, lo encontramos a comien1 En los siglos XIX y XX (hasta poco después de la posguerra), las calles y plazas de los pueblos españoles se atestaban de gente para escuchar de boca de ciegos, buhoneros y

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zos del siglo XX (concretamente podemos situar su génesis el 28 de junio de 1910) en la abrupta sierra almeriense, esa que dio cobijo durante años a bandoleros y maquis, en la región de Gádor, un pequeño pueblo del Valle de Andarax, a unos escasos quince kilómetros de la capital. A pesar de los muchos años transcurridos, las gentes del lugar todavía recuerdan tan cruel, espantoso, indeleble e irracional crimen con pesar y miedo. Mucho miedo. Decía el psicólogo norteamericano John B. Watson que había tres emociones humanas no aprendidas, fundamentales y comunes en toda la especie humana: el amor, la ira y el miedo. Estos sentimientos, explicaba Watson, pueden vincularse a distintos arquetipos a través del condicionamiento de estímulo y respuesta, con lo que es posible condicionar a las personas a nuestro antojo para obtener de ellas las respuestas emocionales que deseamos. Extrapolando todo esto a la literatura de “terror” o “suspense”, tal y como sucede también en los cuentos infantiles, se podría decir que estas juegan con aquellos arquetipos, haciéndolos suyos, manejándolos a su antojo, moldeándolos para obtener como fruto una sensación de horror o terror generalizados en todos y cada uno de los lectores que decidan sumergirse en las páginas de un libro. Esto, es fruto de la reiterada utilización de temáticas comunes e inherentes al género, independientemente de su lugar de procedencia, como puedan ser: la intrusión de lo anormal en nuestra realidad, la posibilidad de la vida tras la muerte, la pérdida de la identidad propia o de quienes nos rodean, los peligros inesperados que ponen en riesgo nuestra vida, las manifestaciones imposibles e ilógicas que invaden nuestro hogar... en definitiva, miedos comunes latentes, heredados de nuestra Historia, de nuestro código genético y de la conciencia otros vendedores ambulantes, toda clase de historias de tintes folletinescos, narradas como una retahíla, y con el apoyo visual de unos cuadros con escenas de lo narrado.

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colectiva. Si el lector se decidiera a transitar por entre los incontables manuscritos de psicología, filosofía, sociología y antropología que versan sobre el miedo y lo que este provoca en nosotros, podría concluir sin temor a equivocarse que, el miedo, no es sino el sentimiento que aflora, ni más, ni menos, de la incapacidad de racionalizar lo que estamos viendo o intuyendo; no es extraño, pues, siendo así, que siempre tendamos a personificar el miedo, a conferirle una forma tangible con el firme propósito de conseguir concretarlo, racionalizarlo y, por ende, combatirlo. Es así como surge, al igual que muchas otras lo han hecho a lo largo de nuestra historia, la figura del conocido como “sacamantecas” (el “coco”, el asustachicos”, el “hombre del saco”, el “tío del saín”, el “ropaovejero”, el “sajinero”, el “arranca untos”,... incontables son los nombres que sirven para calificar a tan siniestro ser). En el folklore patrio, en su tradición oral, en los conocimientos culturales autóctonos que se transmitían de generación a generación, siempre ha existido una figura cercana a la del “hombre del saco” atemorizando a niños de diferentes épocas, aunque dicho personaje no es exclusivo de nuestras latitudes2, que ahí está, por ejemplo, el famoso Flautista de Hamelín (Der Rattenfänger von Hameln) de los hermanos Grimm… ¿Cómo es posible entonces que, aunque hablemos de variantes, haya figuras recurrentes como la del “hombre del saco” por todas las latitudes del planeta? ¿Será una consecuencia lógica del concepto de memoria 2 Se cuenta que, durante los primeros estadios de la Revolución Industrial y ante la gran cantidad de maquinaria que esta trajo consigo, sus detractores, sus contrarios, sus opositores, comenzaron a hacer circular el rumor de que quienes trabajaban con las diferentes máquinas, preferían engrasarlas con grasa humana, puesto que esa grasa, debido a su densidad, producía un resultado mucho más satisfactorio y duradero que la animal que se usaba con regularidad para esos menesteres, surgiendo así la figura de un hombre de aspecto desaliñado que iba de un lado a otro con un saco a sus espaldas en el que meter al primer niño perdido que encontrara en su camino.

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En la página anterior: “Que viene el coco”, de Francisco de Goya. Aguafuerte de la serie “Caprichos” (1799) En esta página: Erwin Oskar Ding-Schuler (1912-1945). Cirujano alemán oficial de las Walfen-SS que se hizo tristemente célebre por sus experimentos con prisioneros en el Campo de concentración de Buchenwald. (Esta foto se encuentra en la sección 4/36 del Museo Buchenwald Memorial. Fotrografía © Heinrich Stürzl) En la página siguiente: Campo de concentración de Buchenwald. Fotografía © Jürgen Ludwig, tomada el 25 de agosto de 1983 y propiedad del German Federal Archives. Miscelánea -322-


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Arriba: Página de “La Unión Ilustrada” del 31 de julio de 1910. Abajo: Recorte del periódico “La Época”, del 2 de julio de 1910.

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JOSÉ A. BONILLA José A. Bonilla Hontoria (Sabadell, 1969). Licenciado en Biología y en Bioquímica por la Universidad Autónoma de Barcelona, actualmente trabaja como Gestor de Asuntos Académicos en la misma Facultad. Aficionado al cine, los cómics y los videojuegos, dedica gran parte de su tiempo a su principal afición, la narrativa de género, especialmente en las temáticas de ciencia ficción y el terror. Entre sus obras destacan su primera novela La Inconquistable (Núm. 1 Colección Quasar, Editorial Autores Premiados, diciembre 2014), finalista del XXI Premio Domingo Santos de Ciencia Ficción, del V Premio de Literatura de Terror “Villa de Maracena” y del II Premio Novela Corta de Terror “Ciudad de Utrera”. También ha sido nominada a los Premios Ignotus 2015 promovidos por la AEFCFT en las categorías de mejor novela y de mejor cubierta. Además, ha sido galardonado con los accésits del Premio UPC de Ciencia Ficción de los años 1994, 1995 y 1997, y finalista en el I Premio de Literatura Fantástica “Ciudad de Maracena” (2010), con su novela Las flores de Perséfone. Reciente finalista en el III Premio de Novela Corta de Terror “Ciudad de Utrera” del año 2015 con la novela Juguetes rotos. Su segunda novela Pétalos de acero, un viaje steampunk a la Barcelona de la Exposición Universal de 1888, ha sido publicada por Editorial Hermenaute (Colección Icarus, núm. 1) en marzo de 2016. **** CECILIA G. F. Nacida en Málaga en 1990, historiadora del arte por la Universidad de Málaga, siempre estuvo interesada en el arte, aprendiendo a dibujar de forma autodidacta. Trabaja de forma independiente pero también realiza encargos tanto de forma personal, como para editoriales. Amante de varios géneros (fantasía, terror, ciencia ficción,...) que pueden ser vistos en su obra. Ganadora del 3º Premio del IV Concurso de Pintura en el Jardín Botánico de la Concepción y ganadora del 2º Premio del I Concurso de Halloween del Webzine Horror Vacui Project. Entre otras, podemos ver su trabajo en: “Vuelo de Cuervos. Especial San


Valentín” (Portada), “La promesa de los Dioses. Ep. 1: La profecía.” (Portada), “Supermalia” (ilustraciones interiores), “Hijos del mal” (ilustraciones interiores), “Deriva” (Portada), “H. P. Lovecraft: El caminante de Providence” (Portada), “La cosecha del arco iris” (ilustraciones interiores), “Proyecto Dante: Andorra” (Portada), “Todos somos poesía” (Portada),...


Este libro fue enviado a imprenta en septiembre de 2016, mismo mes en el que, 43 años atrás (concretamente el 2 de septiembre), fallecería John Ronald Reuel Tolkien, escritor británico autor de, entre otras obras, “El Señor de los Anillos”.


Juguetes Rotos previo  

Un vistazo al interior del libro "Juguetes Rotos", de José Bonilla, editado por Dilatando Mentes Editorial.

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