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el final de algo

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el final de algo Baldomero Bandini


A Elías lo despertó el calor antes que la luz. Una punzada de dolor le atravesó el rostro e involuntariamente se llevó la mano a la quijada. Cerró los ojos tratando en vano de reprimirlo y entonces volvió a oír la algarabía, a ver el culo de la botella venir hacia él y a sentir el golpe que lo mandó de cara contra el pavimento. El cimbronazo le estremeció todo el cuerpo, pero no se detuvo a lamentarse. Sabía que había dejado peor al Vivo, y eso le bastaba. Se puso de pie aferrándose a los nudos del chinchorro y, arrastrando una nube de polvo, se dirigió a la ventana sin marco. Allí estaba la motocicleta arrojada de medio lado sobre la gravilla. La había recuperado. Se lavó el rostro tiznado y la sangre encostrada de la boca en la alberca e hizo lo posible por refrescarse con el agua tibia. Mientras se restregaba la roña de la nuca bajo el chorro, carraspeó con fuerza y expectoró una flema negra y grumosa en el fregadero de concreto. Algo se había enraizado dentro de él. 1


Se dio la vuelta secándose con un trapo y su mirada se posó de nuevo sobre la estufa de gas. Las hornillas permanecían inmaculadas y relucientes, como el día en que se mudaron. Hacía ya tres años de eso, pero su madre todavía se rehusaba a usarla. Elías se volvió a mirar a través de la puerta trasera, donde el sol resplandecía sobre el yermo cuarteado. Como siempre, su madre estaba bajo la pequeña enramada que él le había construido para que montara su fogón de tres piedras, atareada con el desayuno. Elías salió al calor abrasador. Aquí el sol lo azotaba a uno con rabia, como si quisiera calarle los huesos, pero sin duda se estaba más fresco que adentro. Tan pronto le vio el rostro magullado su madre bajó la mirada y siguió soplando sobre los rescoldos, animándolos con su aliento. Antes solía recibirlo con una sonrisa y preguntarle qué había soñado. Ahora se limitaba a mascullar sus penas mientras le preparaba un desayuno frugal con las cosas que él traía del mercado, y a empujarle el plato sobre el tablón de la mesa con desgana. Él comprendía su indignación. Ella, después de todo, nunca había tenido que pagar por su comida, mucho menos que cumplir con un horario laboral, pero, a fin de cuentas, ambos sabían que ya no se podía depender de esta tierra sedienta y resentida. Él confundía la sabia obstinación de su madre con un mero sentimiento de nostalgia, y ella, la inocente resignación de su hijo con un acto de cobardía, así que cada uno había decidido ignorar completamente el consentimiento del otro. Elías barrió la grasa de los fríjoles con un trozo de arepa, se tragó los restos de su desayuno con un sorbo de café y salió de la enramada sin despedirse. Era mejor así, sin remecer los sentimientos. Y de cualquier manera, hacía tiempo que sus sueños no le decían nada. 2


La moto berreó, una, dos veces, y luego se mantuvo encendida, ronroneando en medio del caserío. Elías echó un vistazo alrededor: las casas de ladrillo adosadas, los nuevos tejados de zinc, las antenas parabólicas, los recipientes plásticos donde las mujeres habían plantado unas flores, aquellas flores marchitándose y sus hojas cubiertas con una fina capa de carbón. La primera detonación tronó a lo lejos. Elías levantó la mirada, afianzó ambos pies y remontó la pequeña pendiente. Tan pronto salió del recinto aceleró a fondo por la trocha, a lo largo del río. A medio camino, avistó a un grupo de niños trepándose a las ramas muertas de un árbol que yacía sobre la ribera, y justo cuando pasó junto a ellos, uno brincó de la parte más alta y cayó en medio del agua. Cuando era niño, él y su hermano solían deambular por aquel mismo meandro en las tardes, tras ayudarle a su padre a arrear los chivos hasta el redil. Recordó el intenso palpitar de las cigarras, a los perros nadando junto a ellos en el río y a su hermano enseñándole a hacer una trampa para cangrejos. Había abierto un hueco profundo con una estaca en la orilla, surcado un estrecho corredor de tierra que salía del agua y desembocaba dentro de él y cebado el recorrido con algunos trozos de guabino. Al poco tiempo, emergió un cangrejo, avanzó a tientas de un cebo a otro y se precipitó al fondo del agujero. Cuando regresaron al día siguiente y levantaron las ramas de encima, la trampa estaba llena de ellos. Negros e irisados y unos caminando encima de otros. Los sacaron uno por uno, agarrándolos con las manos metidas entre las camisetas para protegerse de sus pequeñas tenazas. De regreso a casa por la orilla, inmersos en los reflejos de la tarde, su hermano cogió a uno del balde y se lo arrojó a uno de los perros, que lo atajó de un mordisco en el aire. 3


Acelerando por la vereda, Elías pensaba en su hermano y se lo imaginaba junto a aquella enorme fuente de agua de la fotografía, con su pulcro uniforme militar y abrazado de aquella hermosa mujer, también uniformada. Su hermano siempre se había destacado por su astucia y Elías estaba orgulloso de él, pero también le guardaba rencor. Él habría sabido qué hacer cuando el río enfermó y contagió a su padre, cuando otras familias comenzaron a enriquecerse y ellos a hundirse en la miseria, cuando aquellos hombres vinieron con una oferta para reubicar la ranchería, primero con trucos, luego con órdenes y finalmente con amenazas, o cuando después regresaron al caserío a ofrecerles trabajo en la mina. Pero su hermano era mucho más astuto de lo que pensaba; tan pronto desaparecieron los cangrejos, él desapareció también. Su padre también conocía los temperamentos de la tierra y, anticipando la inclemencia de sus represalias, lo había instigado para que siguiera los pasos de su hermano. Elías, sin embargo, sabía que una formación castrense lo haría más susceptible de ser reclutado por los grupos armados que merodeaban por la región, y el recuerdo de aquel joven que se negó a enmontarse y luego apareció con las manos atadas a un árbol y estrangulado con un pedazo de alambre lo convenció de que debía arreglárselas de otra manera. Al final optó por invertir la mayor parte de la indemnización que su familia recibió por reubicarse en una motocicleta. En su caso, dejar la mula no representó ninguna encrucijada. Aquel animal siempre le pareció demasiado reacio y Elías nunca estuvo seguro de haberlo desbravado del todo. La moto, en cambio, era una creatura más dócil, a la que no tenía que amansar para sacarle provecho. Por eso mismo, su madre había insistido en que solo 4


la mula podía amansarlo a él, pero Elías nunca entendió a qué se refería con eso. Tener una motocicleta no solo le había permitido presentarse a tiempo en el tajo todas las mañanas, sino ganarse un dinero extra en los piques. Estos se realizaban en un puente de acero que la misma compañía había construido para franquear un valle de trescientos metros en la carretera hacia la costa, y con ello agilizar la salida del carbón a los muelles. Los motoristas de los caseríos aledaños solían reunirse por las noches en la cima del barranco, y tras beberse las primeras botellas de churro, comenzaban a hacer rugir sus motores y retarse unos a otros. Aparte de los vigilantes que la compañía había apostado en esa remota vía, quienes también aprovechaban para jugarse unos pesos, nunca hubo ninguna autoridad en aquellos parajes, así que no tenían que andar precavidos. Una noche, sin embargo, Elías fue testigo de cómo un muchacho, acelerando a toda velocidad para obtener la delantera en el último trecho, se estampó contra algo tras salir al otro lado. El chirrido de las llantas y el sonido del metal reverberaron a través del valle, pero no fue hasta que se encendieron dos focos de luz y se disipó el polvo que todos comprendieron lo que había sucedido. Un camión de remolque con otra excavadora para la mina. En los muelles acababan de desembarcar un cargamento con varias de ellas, y el conductor, presionado a transportarlas todas al siguiente día, había decidido adelantar la mayor parte del primer trayecto y estacionarse allí a pasar la noche. Al ver que podía ahorrar algo de dinero, Elías comenzó a pensar en abandonar el caserío tan pronto arrasaran con el último filón, e incluso en llevarse a Maira con él. A falta de los quince 5


chivos para la dote, pronto tendría los doscientos mil pesos con los que se conformaría el padre. Mientras tanto, para mantenerla alejada del Vivo, y complacido ante las reacciones que sus palabras suscitaban en ella, no podía evitar hacerla cómplice de sus planes: un carro para surtir colmenas en la plaza, una pieza en el pueblo, su propia casa, un viaje en avión… La mina le había permitido soñar con un mundo más allá de esta tierra árida y sobada, pero pronto descubrió que la realidad siempre hallaba la manera de zarandearlo hasta volverlo a despertar. Una noche sofocante, tras haber derrochado su dinero en apuestas y botellas de churro, un arrebato de celos lo llevó a apostarle su motocicleta al Vivo. Ambos habían estado bebiendo desde que terminó la jornada y Elías tenía la esperanza de que un accidente le arruinara la vida a su adversario. Los dos arrancaron a destiempo tras el chiflido de salida y se tambalearon a toda velocidad a lo largo del puente. El guardabarros del Vivo chispeó un par de veces contra la baranda de metal y entonces Elías fijó la mirada en el retrovisor, esperando ver aquella silueta precipitarse al fondo del barranco. Pero fue él quien terminó perdiendo el control del manubrio y rodando varios metros por las chapas de acero, con los ojos puestos en el Vivo, que llegó tranquilamente al otro lado. Desde entonces se vio obligado a forrajear aquí y allá, haciendo todo tipo de arduos y a la larga infructuosos trabajos para los pocos campesinos que quedaban en la zona. Recolectando maíz mustio, arando tierra que no daba ni espinas y enmallando peces con ojos enfermizos, finalmente pudo reunir suficiente dinero para apostar el valor de su motocicleta. Anoche la había recuperado, pero su experiencia lo había llevado a comprender que todo esto 6


era pasajero, que tan pronto se terminara la concesión no tendrían ni dónde caerse muertos, pues, por más de que rellenaran aquel agujero, ya le habían esquilmado la vida a la tierra. La moto iba trazando una oleada de polvo a lo largo de la vereda. Las ramas de los árboles se arqueaban sobre la mayor parte del camino, pero hacía tiempo que aquel dosel había perdido su follaje. Al llegar a la entrada por la que se accedía al tajo, Elías desaceleró para darle paso a una caravana de volquetas; cinco de ellas, con las cajas llenas hasta rebosar y cubiertas a medias con lonas de plástico. Las volquetas remontaron la vereda y arrancaron en la dirección contraria, meciéndose de acuerdo a las ondulaciones del camino y expulsando bocanadas de polvillo con cada sacudida. El capataz de turno estaba de pie ante el socavón escalonado, dándole la espalda. Frente a él se extendía aquella inmensa y escabrosa abertura, como si algo le hubiera dado un mordisco a la tierra. Demasiado tarde, las excavadoras ya estaban bajando por el camino de arrastre, descendiendo a lo lejos hasta el frente de corte, donde un grupo de barreteros ya había retirado los escombros de la última detonación. Tendría que conformarse con apilar. Tan pronto bajó de la motocicleta, el calor lo apresó de nuevo. No había brisa y la polvareda ascendía en línea recta desde el fondo del cráter, como una garganta vuelta hacia arriba, exhalando un último vaho de aliento. El capataz, mirando a lo lejos por unos binoculares, permanecía atento a los movimientos de las excavadoras, con el radioteléfono en la mano, en caso de que alguno de los operadores diera señas de no haber comprendido sus instrucciones. Dentro de una de aquellas máquinas debía de encontrarse el Vivo, con el rostro reventado y los oídos zumbándole todavía. Sin volverse a mirarlo, el capataz le hizo un ademán a Elías para que se acercara. 7


–Escuche –dijo sin bajar la mirada de los binoculares–, no es mi problema lo que pase entre ustedes afuera de aquí, solo que cumplan con su horario. Tenemos una orden que despachar, así que ya sabe qué hacer. Sin dar excusas, Elías se dio la vuelta y arrancó enseguida. –Elías –lo detuvo el capataz como si hubiera recordado algo–, me alegra que esté de nuevo con nosotros. Ya sabe que nada de esto sería posible sin ustedes. Elías asintió, se dio la vuelta y se dirigió hacia la planicie donde se hallaban varias pilas de carbón de varios metros de altura, una al lado de otra. Desenrolló una de las mangueras y comenzó a irrigar una por una, caminando a su alrededor, tratando de mantenerlas compactas e hidratadas, tanto para que el viento no barriera el polvillo de sus laderas como para protegerlas de los despiadados rayos del sol. Lo primero era simplemente una de las tantas peticiones de las comunidades locales que la compañía se esforzaba vagamente por llevar a cabo; lo otro, lo realmente importante, puesto que ponía en riesgo el mineral y, por lo tanto, su trabajo. El carbón mojado refulgía bajo el sol y al mirarlo Elías se imaginaba el fondo del río. Un enorme trozo del mineral había sido descubierto bajo su lecho, así que querían desplazar su cauce un par de kilómetros para alcanzarlo. Hace unos años, la sola idea de mover un río le habría parecido absurda, pero después de ver cómo se había erigido una represa descomunal para abastecer de agua de riego a la mina, pavimentado la carretera hasta la costa en tan solo un par de semanas y construido un muelle del que zarpaban buques con más de cien mil toneladas, la hazaña no le parecía tan imposible. 8


Previendo el revuelo que la mera mención de sus intenciones provocaría, la compañía había puesto en acción una serie de estrategias para ganarse la simpatía de los locales antes de que se llevara a cabo la consulta regional. La más popular había sido utilizar carrotanques para abastecer de agua potable a las comunidades que, debido al embalse del río y al vertimiento de las aguas residuales de la mina, habían visto sus pozos secarse y tornarse mortecinos, como el rostro de un familiar asolado paulatinamente por una enfermedad desconocida. Para poder cumplir con la demanda de agua, la compañía se vio obligada a instalar una desalinizadora junto a la costa. De esta manera, mediante un proceso tan simple como dispendioso, prometieron hacer lo que todos los habitantes de este territorio tan solo se habían osado a soñar: saciar su sed con las inagotables aguas del mar. A pesar del recelo de algunos, la planta fue inaugurada en presencia del gobernador y algunas líderes comunitarias. Hubo una gran ceremonia y se sacrificaron tres chivos para agradecer a quienes, con este gesto milagroso y compasivo, los habían salvado a todos de una muerte segura. Incluso vino un canal de noticias, que se aseguró de capturar a los niños bebiendo directamente del surtidor de uno de los tanques, con la válvula completamente abierta y el chorro de agua dulce precipitándose sobre sus rostros satisfechos. La planta superó las expectativas de la empresa y operó sin problemas durante casi cinco meses, hasta que la corrosión del salitre, como un brote de gangrena, se propagó al interior de la maquinaria. 9


A partir de entonces continuó rindiendo a medias, según la disposición de la compañía para cubrir los costos de mantenimiento. No obstante, advirtiendo que estos eran cada vez mayores, y temiendo perder la credibilidad de los votantes en vísperas de la consulta, esta comenzó a adoptar medidas cada vez más desesperadas. Así fue como terminó solicitándole a los profesores de la nueva escuela local, financiada por ella misma y donde la mayoría de los niños acudían ahora y aprendían español, que la apoyaran en su campaña. Un domingo en la mañana, todas las familias del caserío de Elías fueron convocadas bajo la gran enramada que la comunidad había levantado para festejar matrimonios y velar a sus muertos. Un río de cartón azul yacía sobre la tierra y la historia comenzaba con unos niños disfrazados de animales nadando sobre sus aguas y conviviendo con una familia que habitaba en una de las riberas. Después el río era empujado a un costado del escenario por otro niño, que llevaba puesto un casco y un overol de la empresa, con lo cual se revelaba el yacimiento de papel negro y brillante bajo su lecho. Mientras el obrero y la familia recolectaban los pedazos de papel, los animales empacaban sus pertenencias en unas mochilas, caminaban unos pasos y se zambullían felices en su nuevo hogar. La madre de Elías se había incorporado en medio de los aplausos, agarrado el primer pedazo de madera que encontró a la mano y amenazado con zamparles un tablazo a los delegados de la mina si no se dejaban de tonterías y comenzaban a tratarlos con respeto. Ella no necesitaba saber su idioma para leerles el alma, ni para dejarles claro lo que pensaba sobre sus intenciones. Aquellos hombres no volvieron por allí, pero después de unos días comenzaron a abordar a los más jóvenes, sobre todo a los 10


que se habían convertido en empleados de la mina. Todo indicaba que ganarían la consulta y que a la compañía se le concedería el permiso para hacer el río a un lado. El agua escurría por las laderas de los montículos y regresaba ennegrecida a los pies de Elías, donde se acumulaba hasta formar unos charcos que se esparcían lentamente sobre la tierra, liberando pequeños arroyos que reptaban por el suelo y desaparecían tras la linde del terreno allanado, entre la maleza. Al cabo de una hora se aproximaron dos excavadoras. La primera descargó el mineral sobre las laderas del montículo más pequeño. En la segunda venía el Vivo, con el rostro vapuleado por su nudillos. Sus miradas se cruzaron, y mientras su excavadora desparramaba una cascada de carbón, el Vivo se volvió hacia Elías y le rugió a través de la ventana: –Eh, maricón. Esta noche. No te arrugues. –Llego tarde –replicó Elías recogiendo una de las palas–. Me está esperando la Maira. El Vivo no había terminado de tragarse esto cuando ambos tuvieron que volverse ante unos gritos de alarma. El sol había hostigado uno de los montículos de carbón hasta encender algunos trozos y las llamas ya se esparcían por sus laderas. Elías se abalanzó sobre su manguera y acudió corriendo. El chorro de agua siseó sobre la lumbre, pero el montículo entero ya ardía con fuerza y amenazaba con encender a los demás a su alrededor. Una columna de humo más negra que el carbón mismo comenzó a izarse en medio del lote, y en cuestión de minutos, varios obreros estaban allí, regando el incendio a lo que daban las mangueras y arrojando baldados de arena al pie del montículo para evitar que el fuego se propagara. 11


No habían terminado de aplacarlo cuando otro montículo combustionó en el otro extremo del lote. Elías arrancó a correr inmediatamente, entrecerrando los ojos y cubriéndose la boca con el brazo para poder penetrar en la densa humareda. No alcanzaba a ver el montículo, pero sí a sentir el calor frente a él, y hacia allí apuntó y descargó su manguera. La oscuridad a su alrededor se hacía cada vez más impenetrable y la cantidad de voces a sus espaldas fue incrementando hasta volverse un bullicio incompresible. Poco a poco, el sonido de sus inhalaciones fue cediendo a un estertor agonizante, cada vez más anheloso, cada vez más débil. De repente, sus piernas colapsaron y su cuerpo entero se vino abajo, pero en lugar de desplomarse sobre la tierra, se hundió dentro de un vacío negro y profundo. Aleteó los brazos tratando de aferrarse a algo, pero no halló ningún asidero y sus dedos rasguñaron una superficie húmeda y resbaladiza. Un rumor crepitante comenzó a elevarse desde el fondo, un sonido como el repicar de unas pinzas resonando al interior de una gruta, emitiendo ecos que iban y venían en todas las direcciones, aumentado hasta un volumen ensordecedor. Precipitándose a la oscuridad, Elías sintió que un viento helado le soplaba en medio del rostro y levantó ambas manos delante de sus ojos. La penumbra le impedía verlas, pero podía sentir cómo se abrían y se cerraban mecánicamente, como un par de tenazas. Se despertó con un embate de tosidos, a la sombra de un trupillo. En el lote los obreros le ganaban la batalla al fuego y a su alrededor llovían copos de ceniza. Trató de incorporarse, pero lo venció la fatiga y, aferrándose al árbol para recuperar el aliento, esputó otro gargajo oscuro sobre la tierra. 12


El último chivo que había sacrificado su padre tenía los pulmones colmados de hollín, renegridos y chamuscados, como los escombros de una fogata. El capataz, de pie junto a él, le lanzó una mirada con más desprecio que reprobación y lo envió a la enfermería. Tras una revisión rutinaria de sus pulmones y sus reflejos pupilares, el enfermero lo mandó a casa y le dijo que lo irían a buscar en unos días. Elías sabía lo que eso significaba. La compañía no podía evitar que cada nueva víctima del pulmón negro se sumara a las estadísticas que el sindicato utilizaba en su contra, pero sí argumentar que se habían tomado las precauciones reglamentarias y que la afección no se había contraído en los predios de la mina. Tendría que esperar un par de semanas, presentarse de nuevo en el tajo con buen aspecto. Era buen trabajador, lo reincorporarían inmediatamente. La luz de la motocicleta iba alumbrando a trechos el camino de regreso, virando hacia los lados cada que vez que aparecía un bache en la trocha. Elías iba pensando en lo que le diría a Maira para no perderla. La convencería de que el plan seguía en pie, pero en el fondo sabía que tendría que jugárselo todo esta noche. Un perro emergió corriendo de una zanja y se le abalanzó ladrando a la llanta delantera. Elías frenó en seco para no arrollarlo y por poco sale expulsado de su asiento. Mientras se incorporaba azuzando con rabia al animal se volvió a mirar el meandro del río. La gresca había enmudecido a las cigarras y el sol se ponía tras las copas de los árboles, en medio de un resplandor rojizo. Su padre le había dicho que el río era su ancestro y que todos provenían de él. Todo provenía del río pero solo a ellos se les había revelado este secreto. Saber esto los había vuelto libres, pero también más vulnerables, y si querían sobrevivir a su libertad ten13


drían que recordarlo siempre. Antes de morir, su mirada se había vuelto cada vez más remota e incluso parecía haber olvidado su nombre. Elías parqueó la motocicleta a un costado de la trocha, bajó caminando a la orilla y se acuclilló sobre el pedregal. El perro ladraba a sus espaldas y los últimos rayos de luz se extinguían en silencio sobre el caudal. Tenía la sensación de que estaba presenciado el final de algo, pero no sabía de qué. Trepó el cadáver del árbol, saltó en medio del río y se sumergió en su oscuridad. El perro continuó ladrándole a las aguas agitadas, donde algo había desaparecido.

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Bogotรก - 2018


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el final de algo  

por Baldomero Bandini

el final de algo  

por Baldomero Bandini

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