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No se como empezar, si por el principio o bien por el final. Creo que intercalaré, no es muy habitual pero es la única manera de empezar a escribir mi historia. Me imagino que muchos han escrito una historia, ya sea real o inventada, pero la han escrito. ¿Porqué escribo este libro?, simplemente tenía ganas pero también miedo. Me parecía, que explicar algo en unas hojas escritas sólo lo podían realizar seres humanos con un nivel de formación lingüística excepcional y que tenían una especial belleza estructural a la hora de escribir. Pues bien, no tengo ni la menor idea de escribir, es la primera vez que lo intento y espero que no sea la última. Siempre me he preguntado de donde vengo, (no, no es una reflexión filosófica) o de donde soy, vamos donde he nacido. Mi madre, me comentó que nací en Vigo provincia de Pontevedra, como ya todos sabéis; también me dijo que había nacido en Barcelona. Claro está que cuando uno es pequeño, a los 6 años, empieza un poco a preocuparse que es lo que tiene que decir en cuanto al lugar de nacimiento y cuando alguien se lo pregunta. De alguna manera yo iba capeando el temporal o por el contrario sonreía y esperaba que alguien dijese: -que niño más majo, ¿es un poquito tímido, verdad?; a lo cual mí madre siempre respondía afirmativamente. Según me comentó mi hermana, venimos a Barcelona cuando yo tenía 2 o 3 meses (realmente era muy pequeñito), decía que era un niño muy bonito (bueno que va decir la hermana mayor) y además era simpático. Lo que sí es cierto es que mí hermana a su manera me quiere mucho. Me vienen recuerdos que tengo grabados en mi cabeza, de esa temprana edad de 4 a 6 años. Vivíamos en una pensión (no en una casa) en la Ronda de San Pedro en Barcelona. El dueño era un tal Miguel, una persona bajita , rechoncho con gafas, y que a mí temprana edad ya me empezaba a caerme un poquito gordo; ya que siempre hacía las mismas bromas: -¡corre, corre que te cojo el culete!.

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A principio echaba a correr, pero día tras día y mes tras mes, llegaba un momento que cansaba, y yo la verdad, estaba cansado de correr cada vez que lo veía. En el mismo edificio donde estaba la pensión, existía otro personaje no menos destacado que el Sr. Miguel y era mi más ni menos que la ¡PORTERA! del edificio. Era una mujer de unos 60 años largos, delgada con el rostro lleno de arrugas. Llevaba un vestido negro con un delantal a cuadros, que le rodeaba la cintura y siempre, siempre la recuerdo con la escoba en la mano. Se pasaba el día barriendo, sino era la escalera, era la acera de la calle, pero siempre con la escoba en la mano, aunque estuviese sentada en aquella silla de madera que tenían el asiento de mimbre, hacía guardia con su escoba. Yo le tenía miedo, no me gustaba nada pero lo que es nada…, pues eso nada. Cuando mi madre y yo salíamos a comprar, tenía pánico de cruzarme en el portal de la escalera con la portera. Pues bien, siempre estaba la “risueña portera”, esperándome a que bajase por la escalera y dándome con la escoba en mí culete: -¡Ay, que te cojo, mira que te doy con la escoba, je, je, je…! ¿Pero que tenía mi “culete”?, que todo el mundo le quería dar. Yo no tenía culpa de tenerlo detrás de mí, me seguía fuese a donde fuese y era mío, lo tenía que defender de todos ellos. Para hacerme enfadar, la portera siempre decía que era una niña muy guapa, pero ella sabía de cierto que era un varón, se lo demostré en más de una ocasión, enseñándole mis pequeños atributos, y por supuesto ella se reía con ganas. Mi madre por el contrario, me recriminaba haber hecho semejante acción. Pero a mí, me daba absolutamente lo mismo, tenía que demostrar a esa señora que estaba totalmente equivocada. Durante la época otoñal, en Barcelona ya empezaba hacer frío por la calle, lo cual hacía que los niños y la gente se refugiase temprano en casa. Recuerdo cuando mí madre escuchaba en una pequeña radio que teníamos, el programa de Elena Francis. ¡Si, hombre!, aquel que hablaba una mujer y que relataba radiofónicamente las cartas de las oyentes. Pues mi madre la escuchaba y no me dejaba hacer nada de ruido, era notorio que yo todavía era un niño, y que el hecho de hacer ruido era natural de esa edad. Era imposible jugar sin hacer sonidos onomatopéyicos , me preguntaba si esto los mayores no lo entendían y

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también como podían jugar cuando eran niños en el más absoluto silencio. Bien a esa edad la inocencia es lo que cuenta, ya que uno de mis graves problemas con mí hermana era la comunicación. Supongo que cuando se es la hermana o hermano mayor, la intimidad es un problema y si además tienes un hermano de 5 años, que tiene la obsesión de ver el culete de tu hermana mayor, el problema se agrava. Cuando mí hermana se iba a duchar, avisaba a mí madre: -¡Mama, estoy en el baño, voy a ducharme!, que el Javi no entre. Mi madre respondía.- bien nena, bien. ¡Javi ven con mama!. Era evidente, que no me quedaba otra alternativa que irme junto a mi madre, hasta que ésta se despistase y me pudiese escabullir. Cuando tenía la menor oportunidad, me escapaba y miraba por debajo de la puerta del baño, mi mirada se dirigía al espejo del lavabo el cual reflejaba la ducha y podía ver a mi hermana ducharse. Lo malo es que mí madre al cabo de uno o dos minutos ya me estaba buscando y por supuesto llamándome a gritos, con lo cual hacía alertar a mi hermana de que su hermano la estaba espiando. A mí no me quedaba muchas alternativas, bien escaparme antes que transcurriesen esos minutos sin que nadie se percatase de mi ausencia, o bien esperar a que se agotasen esos instantes de curiosidad, con la consiguiente regañina, castigo etc. Lo único que podía salvar a mi hermana que no la espiase era; primero que yo me enterase que tenía chiclets o bien que tuviese hambre, con lo cual todo lo demás pasaba en segundo plano. Lo primero era lo primero, saciar mis ganas de comer. En el caso de los chiclets, era bastante complicado, tenía que averiguar y controlar que mi hermana no estaba en la habitación o bien estuviese duchándose. Si alguna de las anteriores circunstancias se cumplían realizaba un exhaustivo registro por sus cajones donde podría guardar tal deliciosos chuches. Y una vez localizados los famosos “bazocas” desaparecerían para siempre. El novio de mi hermana Cuando nuestros hermanos mayores dejan de hacernos caso o no quieren discutir o bien te tratan con cierta dulzura esporádica, es que algo pasa, pero ¿el qué?. No lo llegaba a entender, no se enfadaba con facilidad , no se irritaba, ni

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tampoco me chillaba a excepción de cuando se duchaba que era algo que se ponía de los nervios. Algo le estaba ocurriendo a mí hermana, mi madre la vigilaba más, le preguntaba de donde venía y quien era ese chico de la moto y otras preguntas las cuales yo no estaba por la labor. Bastante tenía yo en combatir con mis ejércitos de soldados pequeños que estaban ubicados encima de la cama de mí madre, y a los cuales tenía que derrotar para que no entrasen en mí territorio. Iba yo a estar por lo de mi hermana, ¡si hombre!, ¡faltaría más, bastante trabajo tenía yo!. Además, el problema no era quien ganase la batalla, ni tampoco las preguntas que le hacía mi madre a mi hermana. El problema que a mí me daba vueltas en la cabeza mientras jugaba, era quien iba a recoger mis soldados, porque claro está que no eran diez o doce soldados por cada bando, no ni muchísimo menos, eran cincuenta o sesenta y además había que añadir tanques, jeeps, cañones etc. Sólo deciros que montar y desplegar todas esas unidades de combate me podía suponer de unos veinte a treinta minutos y tan sólo jugaba quince minutos. Por tanto podréis comprender que estaba tan agotado del despliegue realizado, que no me quedaban fuerzas para recoger, solo el hecho de pensarlo me estresaba. Por lo tanto aprendí, lo importante que es delegar el trabajo en otros. Disculpad, me he desviado del tema. Cuando observas que tu hermana mayor no te hace ni puñetero caso y mi madre no hace más que preguntar a su hija ¿dónde has estado?, ¿quién es?, ¿cómo se llama?, etc. Es que algo está ocurriendo. Y ese algo se trataba de un melenudo, ¡si, si!, un melenudo que no se le veía los ojos. Fíjate que yo pensaba que sólo las chicas llevaban el pelo largo, pues no. En aquella época se llevaba el pelo largo, pantalones de pana, chirucas y un bolso cruzado, pero no sólo lo llevaban las chicas, sino también los chicos. Claro está que yo entendía a mí madre, ¿cómo ese chico iba a llevar a mi hermana en moto?, si no se veía ni siquiera un semáforo con la cantidad de pelo que le cubría los ojos. Cuando se acercaban las siete de la tarde, mi hermana estaba cerca del teléfono por si el melenudo llamaba y claro está poderlo coger antes que nadie. Pero en más de una ocasión el susodicho peludo, se retrasaba o por el contrario mí hermana en aquel mismo instante no estaba, a lo que solo habían dos

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personas que podía coger el teléfono, bien mi madre o yo. Si lo cogía mi madre, hombre la conversación era un poco más cohibida por parte del melenudo porque le daba mas corte, pero si lo cogía yo la conversación era totalmente distinta. Distinta en la brevedad, porque en cuanto preguntaba que quien era y sabía que era el melenudo; solamente había una opción y era colgar abocajarro. Yo no quería saber nada de ese individuo que había transformado a mí hermana y que sólo hablaba de él a todas horas. -¿sabes, mama?, los padres mi novio tienen una torre en tal sitio, y además tienen un negocio propio. Están guapo mi novio, tan listo, tan….tan….tan…. A mí, claro está… el pobre melenudo me empezaba a cargar un poquito. Yo no tenía torre, ni tampoco negocio, ni nada de lo que él tenía lo tenía yo. Pero lo que sí estaba seguro es que él no tenía una bolsa llena de soldados ni tampoco tanques ni nada por el estilo. Transcurridos unos meses en los cuales se había consolidado la relación de la pareja. Mi hermana sutilmente pregunto a mi madre: -Mama ¿me das permiso para ir este sábado con mi novio a la playa? -¿A qué playa? –respondió mi madre. -Pues habíamos pensado ir a Sant Pol de Mar – contestó mi hermana -Bueno hija, ¿y dónde está esa playa?, y ¿cómo vais a ir? -Está en la costa brava, pero cerca de Barcelona, iremos en moto. Después de unos minutos y después de pensarlo detenidamente, mi madre le dio permiso para ir a la playa con su novio. Pero con una sola condición innegociable y es que yo también fuera con ellos. No os podéis imaginar el lío que se formó entre mi hermana y mi madre. Mi hermana decía que yo les iba a estropear el día, que no era justo, que ella lo que quería era pasar un día agradable con su novio en la playa. Y mi madre decía que si no iba yo ella tampoco iría con su novio a la playa. A todo esta discusión que mantenían mi madre y mi hermana; yo estaba totalmente absorto

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en mis pensamientos. Mi cabeza no hacía más que pensar a mil por hora. Tenía que elegir cuidadosamente aquellos juguetes que me quería llevar a la playa. Era martes todavía tenía tiempo para elegir, pero, ¡cuidado!, debía de portarme bien, porque sino probablemente no iría a la playa. Por tanto tenía que concentrarme muy bien en lo que hacía y decía por qué de lo contrario ya sabía lo que me ocurriría. Mi hermana insistía día tras día de que no quería llevarme a la playa y no hacía más que decírselo a mi madre, pero mi madre le repetía una tras otra, la condición que había. Por fin ¡llego el día!, yo estaba reluciente mi madre me había puesto unas sandalias marrones que yo odiaba, bueno la verdad es que no me gustaban ningún tipo de sandalias y me puso un suéter azul y unos pantalones cortos con tirantes. Yo el día anterior me preparé una mochila con todo aquello que un niño de cinco años debía de llevar a la playa y que era totalmente indispensable: unos cuantos soldados para poder hacer batallas en la arena, un botijo de plástico de color naranja (no se porqué lo cogí, todavía me pregunto que finalidad tenía aquel botijo), una pelota inflada de nivea, un flotador, un barco pequeño de plástico y algún otro trasto que no recuerdo. Había algo que me inquietaba y ese algo era: ¿cómo íbamos a subir tres “homo sappiens” en una vespa?. Para un niño de cinco años siempre existía una solución, pero para los adultos era algo más complicado. De una manera u otra se tenía que llegar a la playa, yo no estaba dispuesto a perderme ese día tan esperado teniendo en cuenta además el trajín que llevaba de toda la semana eligiendo que juguetes me iba a llevar, necesitaba respirar la brisa marina del mar. Salimos algo temprano, serían las nueve de la mañana. La distribución de los asientos de la moto era los siguientes; primero el melenudo, luego yo y en la parte trasera mi hermana; es decir yo iba en medio de la parejita. Por supuesto mi hermana ya empezaba a enfadarse por que íbamos muy cargados y claro está una de sus responsabilidades eran mis juguetes. Mi vida estaba en esa mochila si algo le ocurriese…..

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Llegamos aproximadamente a las once y media de la mañana, pensaba que nunca llegábamos pero al final pude ver con mis pequeños ojos oscuros, ese mar de verde turquesa. Yo estaba deseando llegar a la playa para poder descargar todos aquellos juguetes, y sólo pensaba en la batalla que con mis soldados iba a realizar. Pero ¡aaamigos..!, cual fue mi gran sorpresa que al melenudo se le ocurrió la brillante idea de tomar el sol en las rocas. Pero ¡¡Señores!!, ¿cómo podía jugar yo en las rocas?, no había arena ni tampoco agua además yo era un niño de cinco años y me podía lastimar sino andaba con mucho sigilo. Así que aprendí otra lección; me tenía que arriesgar. Así pues cogí el botijo naranja (ahora recuerdo, la utilidad de aquel utensilio) y con mucho cuidado baje por las rocas, hasta llegar a la arena. Mis pequeños pies se hundían, a mí aquello me gustaba, por que daba un cierto cosquilleo en las plantas de los pies. Una vez en la arena me senté en la orilla, donde rompe el mar y lo estuve observando durante un período de dos o tres minutos. Era impresionante, era algo hermoso de ver y a la vez me daba miedo el ruido de las olas, pero cuando se acercaban a la orilla dejaba un rastro de una espuma blanca y burbujeante. Pero no podía estar mirando durante mucho tiempo el mar, tenía trabajo que hacer. Había que recoger toda aquella arena que cupiese en el botijo y seguidamente tenía que escalar aquellas rocas. Necesitaba urgentemente esa arena, ¡ mis soldados estaban esperando!, y no podía defraudarlos. Después de varios viajes arriba y abajo cogiendo arena, empezó mi estomago a rugir. Eso era hambre con lo cual me dirigí a mi hermana a reclamar el bocadillo que me había hecho. Mi hermana como era la mayor de los dos tenía la obligación de alimentarme, como si fuera un polluelo. Pero cual fue mi sorpresa que de ese enorme capazo que llevaba, sacó un bocadillo de unos 10 cm de longitud. Pero ¿qué se suponía, que iba hacer yo con ese bocadillo?, ¿dárselo a las palomas?. En fin, no me quedaba más remedio que comérmelo. En uno de esos viajes de ir a buscar arena, observé que cerca de nosotros había una familia, que estaban rodeados de niños más mayores que yo, quizás algunos de edades comprendidas entre los siete u ocho años. Al verlos que estaban jugando, me acerqué y empezamos ha entablar conversaciones de adultos, que como te llamas, pues esta playa tiene mucha arena, que hay mucho agua en el mar y está

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muy salada, que si mi cubo es mejor que el tuyo (eso estaba claro, porque yo no llevaba cubo). Al cabo de unos minutos de mantener esa conversación, fue interrumpida por una la voz de una mujer; ¡niños a desayunar!, ¡venga daros prisa, que sino, no os bañareis!. A mí personalmente, solo recordé las tres primeras palabras de esa señora, con lo que me sentí muy identificado. Yo que era un niño muy educado me presenté junto con el resto de los niños, al desayuno que aquella señora (que no tenía ni la menor idea de quien era) nos iba a deleitar. No os podéis imaginar que cantidad de comida que había; queso, chorizos, salchichón, gaseosa, mirinda (una bebida refrescante, como la fanta de ahora), manzanas, naranjas, melón. Vamos aquello era inexplicable, mi inocencia era tal que pensé que esa familia habían salido de Barcelona al menos dos días antes que yo para poder preparar todo aquello. Aquella señora tan amable, empezó a repartir unos enormes bocadillos de unos treinta centímetros, (no como el de mi hermana), hasta que llegué yo que evidentemente también estaba en la cola; la mujer se extrañó, en primer lugar porque no era uno de sus hijos (me imagino), y en segundo lugar me miró y observó la simpatía que irradiaba de mis ojos y eso le convenció para que la mujer muy amablemente me ofreciese un bocadillo. Yo de forma tímida alcé mi mano a ese jugoso bocadillo. Recuerdo que fue el mejor bocadillo de aquel verano. Después de habernos comido los bocadillos, volvimos a jugar todos los niños a la orilla de la playa. Transcurría el tiempo y yo me lo estaba pasando genial, se me había olvidado casi por completo de mis soldados y como no de mi hermana y el melenudo. Pero al cabo de un tiempo, empecé a oír mi nombre por la playa. ¿quién iba a ser?, era mi hermana y el melenudo que me estaban buscando. Yo por descontado no les hice el menor caso y seguía jugando con aquellos niños que me lo estaba ¡pasando en grande!. Observaba de reojo a mi hermana mientras jugaba, y veía como preguntaba a la gente si habían visto un niño con unas características similares a las mías. Algunos de los playeros señalaban hacia

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donde estaba yo, pero mi cuerpo cada vez se alejaba más y se escondía detrás del grupo familiar que había invadido la playa con sus enormes bocadillos. La cosa se estaba poniendo fea. Sabía que si aparecía por arte de magia y le hacía una sonrisa a mi hermana la cosa no iba a funcionar. La razón principal por la cual deduje que no daría resultado es que mi hermana estaba en un estado de histeria, nervios y desesperación en DEFCON 1. Al final me encontraron y pidieron disculpas a la familia con la que yo había pasado toda la mañana y por el contrario a mí me dieron una monumental bronca y me castigaron de no bañarme en el resto de la mañana. A mi me pareció exagerado el castigo pero no quedó más remedio que aceptarlo. De alguna forma eso me hizo ganar tiempo para preparar mi posterior venganza. Eran las tres de la tarde, cuando la parejita decidieron recoger y regresar a Barcelona. Yo estaba enfadado porque ese día de playa que se suponía iba a pasármelo en grande, lo fue parcialmente. Volvimos hacer el mismo peregrinaje pero en dirección contraria, hacía muchísima calor, estaba muy acalorado y pensé que sería fabuloso tomarse un polo de hielo concretamente un drácula. Pero yo no osaba pedírselo a mí hermana; así que pasamos por una heladería y a medida que la íbamos dejando atrás, mi cabeza giraba como si de un búho se tratase. De pronto el melenudo le comentó a mi hermana, - Oye, ¿porqué, no le compramos un helado a Javi?. A lo que mí hermana respondió: - ¡ ni hablar!, ¿es qué nos has visto como se ha portado? El melenudo le contestó: - Hombre, tampoco es para tanto, no deja de ser un niño, se ha despistado. Mientras oía la conversación, pensaba que el tal melenudo no era tan raro, todo lo contrario empezaba a caerme un poquito bien. Ahora bien, mi hermana seguía dentro de mis planes de venganza ya que no me compró el helado que yo tanto anhelaba.

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Cuando nos subimos por fin a la moto, mi hermana seguía súper enfadada conmigo, pero a mí daba exactamente igual. Se colocó el melenudo el primero yo en medio y mi hermana detrás. Llegamos aproximadamente a las cinco y media de la tarde, estaba reventado y con mucha hambre. Mi madre nos estaba observado por la ventana que daba a la calle. Después de despedirse mí hermana del melenudo y de darse un besito me cogió de la mano y entramos en el portal de la casa. ¡Y como no!, estaba la portera con su famosa escoba entre las manos que parecía que me estaba esperando, para volver hacer la misma broma de cada día. Pero yo no tenía fuerzas para luchar con esa mujer, las piernas no actuaban, mi corazón no sufría palpitaciones de estress. Así que le dejé que me diese con la escoba en mi culete , el cual ya estaba acostumbrado a que le diesen de vez en cuando. Cuando subía por las escaleras pude observar que mi madre estaba en el pasillo quedaba a la puerta de la habitación, esperándonos tanto a mi hermana como a mí. Nada más verla fui corriendo y le di un gran abrazo, como si hubiese estado un año sin verla (todo ello formaba plan de venganza hacia mi hermana). Mi madre muy cariñosa, me dio un beso en la mejilla sonrojada que tenía del sol y otro beso se lo dio a mi hermana con mucho cariño. Me preguntó que como me lo había pasado y yo le respondí: - No muy bien, mama. - Y ¿cómo es eso, hijo? –preguntó - ¡La nena no me dio de comer, y tuve que pedir comida por la playa!, - Tampoco han jugado conmigo, me han castigado sin bañarme. - Tenía ganas de tomarme un helado y la nena NO a querido. A mi hermana se le giraba la cabeza como la niña del exorcista, empezó a decir la versión de ella. Cada vez que mi hermana le decía algo a mi madre de mi comportamiento yo lo negaba todo. Pero mi madre a quien iba a creer, a mi que según dicen los niños y los borrachos siempre dicen la verdad o por el contrario a mi hermana que llevaba unos meses saliendo con un melenudo que calzaba chirucas . Si os digo la verdad , no lo recuerdo. Sólo se que mi hermana durante unos días no quiso ni que me acercase a ella.

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La mudanza Una tarde observe que mi madre y mi hermana estaban preocupadas y nerviosas. No hacían más que hablar con el casero el Sr. Miguel y hablaban de cosas que yo no entendía; se referían a el pago de la habitación y que mi madre se había retrasado unas semanas. Transcurrieron unos días más tarde y esos nervios seguían a flor de piel, mi madre preparaba una maleta y empezaba a meter ropa a dentro, pequeños enseres. Mi hermana estaba muy triste, yo preguntaba que es lo que pasaba pero sólo me decían que no me preocupase que me fuese a jugar que era cosa de mayores. Una noche mi madre me despertó y me dijo que me vistiera y que sobre todo no hiciese ruido, estaba tan dormido que ni se me ocurrió decir ni palabra. Poco a poco nos dirigimos mi madre, mi hermana y yo a la puerta de la pensión, con intención de irnos a la calle. Cuando salimos a la calle, noté que hacía mucho frío. Mi pequeña nariz estaba helada y mi hermana me apretaba las manos mientras nos alejábamos apresuradamente de aquella pensión. Mi madre por el contrario se encargaba de llevar una maleta grande en la cual estaba repleta de recuerdos y dos bolsas del sepu . Nos cruzamos con el sereno que hacía la ronda, y mi madre le pregunto por una dirección. Estuvimos andando aproximadamente unos tres cuartos de hora, hasta que llegamos a otra pensión ubicada en la Ronda de San Antonio. Allí nos alojamos aquella noche. Al día siguiente cuando me desperté, mi hermana no estaba y pregunte a mi madre que ¿qué hacíamos en esta casa?, ¿dónde estaba mi hermana? (para mí, durante muchos años las pensiones eran mis hogares. Pensaba que todas las personas vivían así y que era lo más natural del mundo), mi madre no respondió a la pregunta que le formulé. Pasaron muchos días, pero mi hermana no volvió jamás a estar con nosotros. Durante el tiempo que permanecí en ese nuevo hogar y que recuerdo su nombre PENSION MONTSENY, estaba en frente de

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una plaza que se llamaba LA PLAZA DEL PESO DE LA PAJA. Era una pensión muy grande, con muchas habitaciones y una escalera en forma de caracol. Aquí no había portera con la cual tuviese que discutir, pero por el contrario había una casera bastante antipática que se llamaba SRA. CARMEN. Durante mucho tiempo pasaba las horas en la calle y en la habitación de dicha pensión. Mi vida transcurría en soledad y jugando conmigo mismo, no tenía amigos y ya tenía cierta edad para empezar a tenerlos. Mi madre se pasaba las mañanas durmiendo y por la tarde se iba a trabajar y venía de madrugada. Yo no sabía en que trabajaba, solo sé que se pasaba las mañanas en la cama. Recuerdo que en la misma habitación teníamos un lavabo con ducha y mi madre en alguna ocasión compró un hornillo de alcohol y me hacía la comida al mediodía. Teníamos que cerrar la puerta del lavabo para que no saliera el humo, ya que estaba totalmente prohibido hacer comidas en las habitaciones. En más de alguna ocasión venía la casera a llamar la atención a mi madre, recordándole que estaba totalmente prohibido hacer comidas. Pero a mi madre le daba igual, ella hacía lo que quería. A medida que pasaban los meses empecé a tener amigos. Y los amigos los conseguía dejándoles mis espadas y pistolas de juguetes, con los cuáles nos pasábamos horas jugando a indios y vaqueros en la calle. Cuando era la hora de cenar los niños volvían a sus casas , yo recogía todos mis juguetes y volvía a mi habitación de aquella pensión. Cada vez me hacía más maduro y observaba que todas las mañanas y por las tardes aquellos amigos míos se iban con unas carteras y unas bolsas de merienda. Iban a la escuela. Pero ¿porqué?. Yo no tenía ni la menor idea que a cierta edad tenías que ir obligatoriamente al colegio. Allí era un lugar donde te enseñaban a escribir y a leer. Pero no sólo eso sino también se estudiaban otras disciplinas como; sociales, literatura, manualidades, naturales, etc. Una tarde le pregunté a mi madre que todos mis amigos se iban al colegio por la mañana y un rato por la tarde. Mi madre me contestó que no me preocupase que ella me enseñaría a leer y

ha escribir. Yo me puse muy

contento y pensé que tenía mucha suerte porque así podría seguir jugando y no debía de estar tantas horas en la escuela.

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Pero mis inquietudes iban más allá. Un día le pregunte porque yo no tenía papa como todos mis amigos. Mi madre se puso a llorar y me dijo que mí papa había fallecido de un accidente de coche. Yo la abracé, y le dije que no se preocupase que no pasaba nada. Que para mi ella era mi mama y mi papa. Al cabo de unos meses apareció mi hermana por la pensión y yo me puse a llorar de alegría, había pasado mucho tiempo sin saber nada de ella. Ella se puso muy contenta al verme, me decía que había crecido y que estaba muy guapo y que me echaba de menos. Y que por ese motivo decidió venir a verme. Me contó que estaba trabajando y que vivía en una residencia de estudiantes por la calle del carmen. Yo no sabía donde estaba eso, pero no me importaba. Lo verdaderamente importante es que estaba con mi hermana. Me preguntó por mama y yo le dije que estaba durmiendo, ya que trabajaba mucho y estaba muy cansada. Mi hermana me comentó que fuera a buscarla que la esperaba en la calle y que tenía que darle una noticia. Fui corriendo por la escalera de caracol subiendo los escalones de dos en dos. Y avisé a mi madre que mi hermana la estaba esperando en la calle. Mi madre enseguida se vistió y bajó a verla. Ambas se dieron un fuerte abrazo. Y empezaron hablar. A principio muy bien, pero a medida que transcurría la conversación algo me decía que no iba a terminar bien. Y efectivamente, después de tanto tiempo sin verse seguían como el perro y el gato. Mi madre se marchó a su habitación y mi hermana se quedó conmigo y me comento que ya era hora que fuese al colegio. Ella se había preocupado de buscarme un colegio cerca de la pensión y que estaría muy bien allí. Además me enseñarían a leer y a escribir, que me haría nuevos amigos y sobre todo que aprendería muchas cosas buenas. Aquello me hacía mucha ilusión, podría ir a la escuela como mis amigos de la calle.

El primer día de escuela La semana anterior mi hermana me compró un estuche, una maleta para llevar los libros. También tenía una bata de colegio para no ensuciarme en la escuela. Estaba muy nervioso, tenía hormiguillas en el estómago y me llevó mi madre de la mano hasta el colegio. El colegio se llamaba YALE, estaba en la

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misma ronda cerca de la plaza Goya. La escuela estaba situada en un piso de un edificio. Mi madre me acompañó hasta la mismísima puerta y habló con la profesora y el director, que se mostraron muy amables. Entré en la clase y solo veía que los demás niños se fijaban en mí y se reían. La primera impresión no me gustó nada de nada. Ya que eso que se riesen de uno, a nadie le hace la menor gracia. Me dio la impresión que no era el primer día de cole, sino que aquellos niños ya llevaban algunos meses de ventaja. Aquellos niños eran terribles, ya sabían casi escribir a la perfección. Mientras yo no tenía ni la menor idea. Me di cuenta en aquel instante que debería hacer un gran esfuerzo para ponerme en línea de mis compañeros. Un día por la tarde antes de irnos a casa la profesora, nos dijo que para el día siguiente, teníamos que traer una cartulina. Yo no tenía ni la menor idea que era aquello. Fui del camino de la escuela hasta la pensión, pensando en esa dichosa palabra, cartulina ¿qué podría ser aquello?. En cuanto llegué a casa lo primero que fue es comentárselo a mi madre: -Mama, mañana por la mañana tengo que llevar al cole una cartulina Pensé que mi madre sabía lo que era, porque lo que es yo no tenía ni la menor ida. Mi madre me respondió: -No te preocupes hijo, aquí la tienes. ¡Claro!, que tonto, una cartulina era un trozo de cartón pequeño. Como no se me ocurrió pensar en ello. Mí madre sí que sabía y no yo. Al día siguiente me fui al colegio más contento que un chincho. Subí las escaleras de la escuela, llegué a mi clase y me senté en mi pupitre. En cuanto llegó la profesora, le dimos los buenos días todos lo niños y ella preguntó si habíamos traído las cartulinas. Todos asintamos con la cabeza. Y pensé que hoy sí que no se reirían de mí. Pero no fue así en cuantos todos sacaron de sus pupitres la cartulina y observé que todas eran iguales menos la mía. Todos los niños volvieron a reírse de mí. Mí cartulina no era como la de ellos, mí cartulina era un trozo de cartón marrón y pequeño. Aún recuerdo esa anécdota como si hubiese sido ayer. Nunca la olvidaré. A partir de aquel día no quise volver a la

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escuela, ponía cualquier excusa para no ir. Un día porque le decía a mi madre que era fiesta, otro porque estaba enfermo. La cuestión era no volver a ese colegio. No quería que nadie se volviese a reír de mi. De todas formas, tampoco fue una situación traumática para mi madre. Ya que ella tenía previsto sacarme de esa escuela. No, por lo que a mí me estaba ocurriendo. Sino porqué no había dinero para pagar el colegio. Teníamos que pagar la pensión cada día, y no nos podíamos permitir el lujo de que yo fuese al colegio. Durante algún tiempo estuve sin ir a la escuela. Me dedique otra vez a jugar y a estar sólo. Era un niño y como tal, buscaba siempre estar con más niños de misma edad, pero la verdad es que no los encontraba. Mi pensamiento siempre estaba perdido en mis cosas, mis juegos, mis aventuras solitarias. Pasaba muchas horas sólo. Mi madre estaba durmiendo por la mañana y no la podía molestar. Y por la tarde se iba a trabajar y cuando ella volvía yo ya estaba en la habitación durmiendo. Muchos de vosotros lectores os preguntaréis como me alimentaba cuando mí madre no estaba. Pues había días que simplemente no me alimentaba, o solo comía cuando mía madre se escapaba del trabajo y se acordaba de mí. Nadie estaba pendiente de mí, yo sólo era un niño. A quien le importaba, no me quejaba, no lloraba y pasaba inadvertido para casi todo el mundo. Ni siquiera la casera me decía nada. Un día me levanté con mucho dolor de cuello, no me encontraba muy bien parecía fatigado y me dolía todo el cuerpo. Mi madre no estaba había salido a trabajar. Me vestí como pude y me fui otra vez a la calle. Pero cual fue mi sorpresa que bajando las escaleras de caracol de aquella pensión me crucé con un hombre joven de color. Era la primera vez que veía una persona con una pigmentación diferente a la mía. El hombre me dedicó una sonrisa y un ¡Buenos días!. Tenía un acento raro, no hablaba como nosotros. Le seguí con mis ojos a donde se dirigía, y observé que se metió en una habitación. Yo seguí mi camino pero no dejaba de pensar en aquel hombre todo oscuro y una sonrisa blanca.

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Cada vez me encontraba peor, no tenía fuerzas para sujetar mis juguetes y empezaba a sudar. Al lado de la pensión había una panadería, la cual era regentada por una familia muy catalana. Había un chica que le llamaban Lali (diminutivo de Eulália). Era una chica joven de unos veinte años y era la hija de los dueños. Era estupenda, cada vez que me veía me preguntaba como estaba y me regalaba algo: una pasta, o un bocadillo. A veces me quedaba con ella un ratito. Ya que a la habitación no podía ir, porque la estaban limpiando y no dejaban entrar a nadie. Aquel mismo día Lali observó que no hacía buena cara y me preguntó si me encontraba bien. Yo le respondí que no. Y me tocó la frente y me dijo que estaba ardiendo. Me seguía haciendo mucho daño el cuello. Me preguntó donde estaba mi madre. Yo le respondí, que estaba trabajando. Al cabo un rato la panadería empezó a llenarse de gente. Y pensé que era el momento de marcharme y volver a la pensión. En cuanto entré por la puerta de la pensión y empecé a subir la escaleras noté que me cansaba y perdía fuerzas, así que me senté en un escalón. En aquel mismo instante oí los pasos de alguien que bajaba los escalones. Me giré y era aquel hombre de color. Me preguntó si me encontraba bien. Yo le respondí que no, que me hacía daño el cuello. El hombre me tocó la frente y me tocó el cuello. Al cabo de unos instantes me dijo que le acompañase a la habitación. Yo me negué. Le dije que mi madre no me dejaba ir con desconocidos. El sonrió y me dijo que no me moviese de ahí. Transcurridos unos minutos, volvió aparecer aquel hombre y portaba en su mano un maletín negro abombado. Se situó enfrente mío. Y me dijo que abriese la boca y dijese:¡ahahah!. Yo le hice caso, no sé porque me daba confianza. Abrió su maletín, sacó una pequeña linterna y un palito. Me dijo que no tuviera miedo que era médico y que se llamaba Paul. Y que me iba a mirar las amígdalas. Una palabra que en mi vida la había oído. Una vez me hizo la exploración, sacó una especie de spray y me lo puso en la boca. Me picaba a horrores, se me saltaron las lágrimas de los ojos. Paul me tranquilizó y a la vez que me hablaba, sacó un pañuelo de su bolsillo y me limpió las lágrimas que resbalaban sobre mis mejillas. Mientras me iba limpiando, me explicó que tenía dos hijos pequeños en su país y que había venido a pasar unos días a Barcelona para realizar un cursillo de medicina. Y esperaba que nos hiciésemos amigos.

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Al día siguiente, alguien picó a la puerta de la habitación. Pregunté que quien era. Y me contestó que era Paul. Abrí la puerta. Y ahí estaba él sonriendo y preguntándome como había pasado la noche. Yo le conteste que muy bien que ya no me dolía nada. Me comentó que hacía muy buena cara y que ahora tenía que volverme a dar el spray. Yo le dije que ya no hacía falta que estaba muy bien. Pero el insistió. Y me explicaba que siempre cuando uno está enfermo tiene que tomarse la medicación durante un período de tiempo, porque de lo contrario volvería a enfermar. Yo le hice caso. Y me dejé que me pusiera el spray. Me comentó que si había desayunado. Yo le contesté que no. Entonces me dijo que le acompañase a la panadería y que nos íbamos a comer unos croissants. Enfrente de la panadería había un banco para sentarse. Él me dijo que me esperase sentado. Al instante vino con un par de croissants. Se sentó al lado mío y nos los fuimos comiendo mientras hablábamos. Era increíble, ¡estaba hablando con una persona mayor!. De tú a tú. Paul fue mi primer amigo adulto de mi infancia. No se reía de mi. Nunca pretendió ser mi amigo por mis juguetes. Durante el tiempo que estuvo en la pensión, Paul siempre se preocupaba por mi salud y siempre que podía me hacía compañía. Supongo que nos hacíamos mutuamente compañía. Él también estaba solo, y de alguna manera le recordaba a sus hijos que tenían la misma edad que la mía. Transcurrió un tiempo en que aquél médico de color despareció y no volví a saber nada más de él. Supongo que acabó sus estudios o vete a saber qué. Pero la verdad es que no supe nada más de aquella buena persona. Como es natural mis preocupaciones me hicieron olvidar aquel hecho y yo seguía mi vida tan feliz como siempre.

La boda Al cabo de unos meses mí madre me comunicó que se iba a casar, y que a la nueva persona la tenía que llamar papa. Yo no entendía nada de nada. No sabía si era mi padre de verdad o no; mi cabeza no hacía más que dar vueltas todo el día. Me preguntaba cómo sería esta persona; alta, calvo, gordito, delgado etc.

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Vamos me hacía muchas preguntas y sobre todo si íbamos a vivir en una casa nueva o bien seguiríamos en la pensión. Mi madre me sacó de dudas, yo sin preguntar me comentó que nos íbamos de la pensión y que iríamos a vivir en una casa en Hospitalet de Llobregat. A mí me pareció una muy buena noticia. ¡por fin, iba tener una casa y un padre nuevo!. Quizás para muchos niños de mi entorno tener una casa y un padre era lo más normal del mundo pero para mí era un sueño hecho realidad. La misma semana antes de la boda, mi madre se presentó en la pensión con un traje marrón horrible, me dijo que me tenía que ponerlo el domingo, ya que se celebraba la famosa boda. La verdad es que no lo veía nada claro el ponerme ese dichoso traje porque claro está no estaba acostumbrado a ese tipo de vestimenta. Lo único que me convenció es que era sólo un rato que tenía que llevarlo y accedí a ello (bueno accediese o no tenía que llevarlo). Por fin llegó el domingo, no podía hablar con mi madre ya que tenía los nervios a flor de piel. Yo pensaba que no era el día idóneo para hacer ninguna trastada. Por tanto no hacía nada más que ver como mi madre iba de un lugar de la habitación a otro vistiéndose. Yo permanecía quieto sentado en una silla viéndola pasar y no osaba decir nada, estaba seguro que si decía algo la bronca sería monumental, así que esperé hasta que acabase de arreglarse y que ella me dijera algo. Cuando salimos de la pensión, mi madre no hacía más que recibir felicitaciones de todos los vecinos que nos conocían de la calle. Yo me sentía ridículo con el traje que llevaba, me molestaba por los sobacos y me apretaba el pantalón en la cintura, me daba la sensación que parecía una morcilla en vez de un niño. El trayecto de la pensión a la iglesia lo hicimos andando. A mí me parecía bien ya que hacía un día fabuloso. Si no recuerdo mal estábamos en la estación de otoño, yo iba con un cuello alto y con unas chirucas marrones (claro está iba todo marrón, parecía una hoja de un árbol, coincidía con el entorno). Cuando

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entramos en la iglesia mi futuro padre estaba esperando en el altar junto con el cura y mi madre me dijo que me sentara delante del todo, ya que ella tenía que entrar más tarde.¡ No entendía nada!, pero porqué tenía que entrar más tarde a que esperaba, aquel hombre y el cura llevaban un rato esperando. Entonces lo vi claro. Mi madre iba cogida del brazo con el melenudo y al son de la marcha nupcial. Cuando acabó la ceremonia pensé que ya me podía quitar el dichoso traje así que ponerme unos pantalones normales con unas bambas y un jersey. ¡Pues no!, seguidamente teníamos que ir al restaurante a comer. Bueno tampoco remugue demasiado tenía bastante hambre y ella podía cambiar mi humor en pocos segundos. ¡Hombre! la verdad es que no había mucho que elegir en el restaurante. ¡Eso sí! lo poco que había estaba de miedo. Después de terminar con todo este protocolo que a mí se me hacía interminable, se decidió que teníamos que dar por concluida dicha jornada. ¡menos mal!, ya no podía mas con ese traje. Mi padre llamo a un taxi y nos subimos en él los tres. El taxista preguntó.¿A dónde les llevo?. Y mi padre respondió: a pubillas casas.

Mí nuevo hogar Jamás llegué a pensar que me haría tanta ilusión, tener una casa para mí sólo y no os digo más que tener una habitación, en la cual podía colgar en las paredes cualquier poster de mis ídolos favoritos. La casa no era muy grande, pero para mí era como un gran palacio. Tenía 3 habitaciones, una cocina, un baño y un comedor. No os puedo hablar de un recibidor, porque no lo tenía; ya que nada más entrar de la puerta de la calle me metía dentro del comedor. Quizás lo más difícil fue la primera noche, no estaba acostumbrado a tener una habitación para mí sólo y mucho menos una cama con una mesita de noche

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a mí izquierda; la cual tenía una pequeña lámpara que me permitía leer mis tebeos favoritos; mortadelo y Filemón, rompetechos, las hermanas Gildas….etc. Durante todo el período que pasé desde los ocho años hasta los veinticuatro, fecha en la cual me casé. Viví muchas anécdotas, desde que los vecinos se quejaban y venían a casa, porque mis padres discutían, hasta que incluso tuvo que venir en alguna ocasión la guardia urbana, porque mi “esplendorosa madre” realizaba denuncias a mí padre, las cuales no tenían ningún tipo de fundamento y los guardias se echaban a reír una vez salían de mí casa. Ahora cuando miro la vista atrás me río, pero cuando lo vivía lo vivía con miedo e inseguridad. A la edad de 14 años tuve que elegir estudiar bachillerato o formación profesional. Si os digo la verdad, no tuve mucha elección y realice mis estudios en formación profesional en la especialidad de administración. Para el bachillerato se tenía que ser un fuera de serie; y por supuesto yo no pertenecía a esa élite de prodigiosos. Mi primer año en la Escuela Industrial, no fue exitosa. De hecho casi me expulsan. El hecho es que estudiar en aquel preciso instante no era lo que tenía en mente; todo lo contrario sólo me gustaba la música. Y todo el tiempo que tenía libre se lo dedicaba. Así que cuando llegaron las notas de junio (final de curso), me lleve una grata sorpresa. Me habían suspendido en todas las asignaturas menos en gimnasia (cosa que nunca llegué a entender, porque jamás me había gustado el deporte). De hecho mi padre en una ocasión me apuntó en una escuela de fútbol, para que yo aprendiese a jugar y rebajase de paso algunos kilos de más que tenía mi cuerpo. La sorpresa se la llevó mi padre, cuando una noche le llamaron para decirle que tenían que darle una triste noticia; y es que me daban de baja del equipo por incompetente. Claro está a mí padre esa noticia del fútbol y las notas que sacaba en los estudios, no le ilusionaban demasiado. De hecho creo que en más de alguna ocasión, se arrepentía de haberse casado con mi madre y tenerme a mí como una joya. ¡Menuda suerte, le tocó al hombre!.

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En mí segundo año de estudios. Algo cambió en mí. El qué no lo sé todavía. Pero la verdad, es que me encontré con otro curso encima y al cuál volví a no prestarle ninguna atención. Volví a suspender otras cuantas asignaturas, además tenía que recuperar otras cuantas más del primer curso, las cuales no superé. Un día el jefe de estudios me llamó a su despacho. Estaba temblando, pensaba que algo había hecho en la escuela y se había enterado. Entré en su despacho y me senté frente a él. La conversación empezó muy cordial. Hasta que empezamos hablar de los progresos que había realizado en mis estudios (ninguno, claro está). Me invitó a que dejase la escuela ese mismo septiembre, sino era capaz de aprobar las 22 asignaturas pendientes que tenía de primero y de segundo de formación profesional. Ya que para seguir cursando el grado superior, debía de superar todas las asignaturas y no tener nada pendiente de cursos anteriores. Claro está, que si no era capaz de sacármelas una por una durante los cursos. Era casi imposible, aprobar todas aquellas asignaturas en septiembre. Estuve algunos días pensando en mis estudios, no sabía si continuar o por el contrario dejarlo. Pensaba que aprobar todas aquellas asignaturas era imposible en los 2 meses de vacaciones que tenía por delante. Tuve que elegir y tomar una decisión entre la música o continuar con mis estudios. Y elegí la última. No os podéis imaginar, lo que llegué a estudiar aquél verano. Creo que jamás llegué a estudiar tanto en toda mi vida. ¡Y llegó septiembre!, estaba temblando no sabía que asignaturas me tocaban al día. Durante una semana en que duraron los exámenes, cada día me caían cuatro o cinco. Una vez finalizados todos y cada uno de los exámenes. Me quedaba la espera de los resultados. Sabía que los resultados tenían que estar la siguiente semana. Pero no sabía el día. Era una espera inquietante.

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Al cabo de unos días, recibí la llamada del jefe de estudios. Me comentó que quería verme al día siguiente en su despacho a las 9:30 de la mañana. Y que tenía que hablar conmigo de un asunto. Recuerdo aquel día como uno de mis peores pesadillas. No sabía de que quería hablarme, si era de los exámenes o por el contrario de alguna otra cosa que yo ignoraba. Esa noche no dormí. Lo pasé fatal, esperando a que llegase el día. Como ya os he comentado, no dormí así que llegué a la escuela antes de la cita. Me quedé pensando en la calle de la escuela, de que quería hablar el jefe de estudios conmigo. Me encontré a algunos compañeros de clase y estuvimos hablando de la vacaciones y donde habían estado. Que si unos se habían con sus padres a Italia, otros a la playa…..hasta que me tocó a mí explicar donde había estado. La verdad es que yo pasaba bastante de ese tipo de gente, pero la contestación que les día fue rotunda. ¡ he estado en mi casa!. Se trataba de hacer tiempo, hasta que llegase la hora de ir a ver al jefe de estudios. Así que empecé a despedirme de mis compañeros. Y me dirigí al despacho del “jefe”. Una vez allí, piqué la puerta y pedí permiso para entrar a su despacho. El Jefe de estudios, muy amablemente me invitó a entrar y sentarme. La verdad es que estaba muy asustado, no sabía de que se trataba. Y cuando menos me lo esperaba, me dijo: - Castro, ¡FELICIDADES!. Lo ha conseguido. La verdad es que no sabía de que me estaba hablando, no sabía si se trataba de que me expulsaban, o por el contrario, de que me habían aprobado. Le pregunté, que porque me felicitaba. Y él me comentó, que había aprobado todas las asignaturas y que ni él mismo se podía imaginar que alguien podría llegar a realizar tal proeza. De hecho estaba más contento él que yo, ya que me sentía tan exhausto y cansado por todo aquel esfuerzo que no podía dar crédito a lo que me estaba diciendo.

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Este tipo de esfuerzo se le denomina fuerza de voluntad.

En los siguientes años, establecí un planning de trabajo diario. El cuál cada día tenía que estudiar unas determinadas asignaturas y durante un tiempo determinado. Nunca más volvieron a suspenderme. Y aprobé el segundo grado de administración. Así que durante los 5 años que duró la FP. Obtuve 2 títulos; auxiliar administrativo y el de técnico administrativo. Mis padres no se lo podían creer, hasta que no vieron las notas del último curso. Estaban súper orgullosos. A esto se le denomina constancia. Durante mis estudios de FP, conocí a mi novia y que actualmente es mi esposa. Es la persona más importante de mi vida. La que siempre he tenido, me ha mimado, me ha consolado, me ayudado. Es junto a mis hijos el claro de luz que cada día cuando me levanto, le doy gracia a dios por tenerla. Mi María Ángeles, como así la llamo. Es la persona más inteligente que jamás he conocido. Es prudente, inquieta, simpática, alegre…..etc. Y es sobretodo y por encima de todo una estupenda madre. Quiere a nuestros hijos, con pasión y devoción. Son sus pilares más altos. No escatima su tiempo para estar con ellos. De hecho, tiene algunos años de retraso en el sueño, porque siempre mis pequeños hijos, han sido un poco nocturnos. Pero bueno, ella siempre a disfrutado estando con ellos. Pues bien después de hacer una breve descripción de sentimientos hacia mi María Ángeles, voy a continuar. Una vez acabados los estudios de FP, estuve algún tiempo apuntado en el desempleo (como todos los jóvenes de mí época). Estar en el desempleo, no servía de nada. Puesto que no percibías ninguna prestación de la seguridad social. Sólo servía para incrementar de alguna manera los índices del paro.

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Claro estaba, yo por aquel tiempo tenía aproximadamente unos 20 años, a punto como aquel que dice para realizar la famosa “mili”. Y claro está quien iba a contratar a alguien que al cabo de un tiempo tenía que dejar de trabajar, para enrolarse a filas. Por el contrario Ángeles sí encontró trabajo, poco después de salir de los estudios de administración. Yo me alegré muchísimo, ya que al menos alguno de nosotros, encontró un trabajo. Transcurridos algunos meses después de haber finalizado los estudios. Recibí la llamada de una profesora que tenía en contabilidad (por cierto de las más duras, nos daba contabilidad de sociedades y analítica), me alegró muchísimo y me comentó que tenía que hablar con ella. Yo le dije que por supuesto. Pensé que se trataba de dar clases de contabilidad a nivel particular a algunos alumnos de la escuela. Pero no fue así. Me comentó que si quería trabajar en la empresa de su hermano. Yo le dije que por supuesto. Que sería un gran placer. De hecho fue mi primer trabajo serio dentro del mundo de mí profesión. Estuve destinado durante 4 o 5 meses en Caldas, un pueblecito cerca de Barcelona. Realicé el inventario valorado de toda la empresa. En un tiempo record. Ese era el propósito. Y yo lo cumplí. Esto es el objetivo.

Nuevas ambiciones Una vez finalizado el servicio militar, me reincorporé a la empresa dónde tuvo lugar mis andaduras. Estuve hablando con Angeles y le comenté la posibilidad de buscar un nuevo trabajo y plantear el asunto de la boda. Bueno la verdad es que debíamos de ir despacio. Sólo tenía la edad de 22 años y ya me parecía que el mundo se terminaba. No sé me daba esa sensación, de que si no lo hacía lo antes posible en el tiempo, jamás lo volvería hacer.

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Angeles y yo teníamos la misma edad y la verdad que también las mismas ambiciones. Aunque éramos jóvenes nos sentíamos a traídos por aprender y trabajar al mismo tiempo. Podíamos hacer varias cosas en el mismo tiempo (sobretodo ella, que es una crack). Tenía la sensación que con la FP2 de administración, no era suficiente para abrirse camino en este caótico mundo laboral. Por lo tanto me planté entrar en la Universidad. Eso de entrar en la Universidad, me parecía algo que sólo era para algunos. Ya que particularmente no era un crack en lo que se refiere a los estudios. Sí, era cierto que lo aprobaba todo con unas notas de notable, pero me daba la sensación que no era sólo estudiar, habría que esforzarse mucho más y había que compaginar el trabajo con la universidad. Después de un tiempo cambié de empresa. Me aburría pensar que siempre iba hacer lo mismo, durante mucho tiempo. Y eso no era para mí. Yo quería algo nuevo, algo que me hiciese sentir realizado (al menos con los estudios que había terminado). Realicé unas pruebas, en una empresa multinacional para el departamento de contabilidad. Y al cabo de un tiempo, empecé a trabajar en esa compañía. No tenía nada que ver con la anterior. Sólo en contabilidad éramos 9 personas y cada una de ellas desempeñando tareas distintas pero que al final nos afectaba a todos. Había muy buena colaboración y predisposición por parte de los compañeros en enseñarme lo que debía de aprender. La verdad es que al principio fue un poco duro, pero la verdad es que me hice con el trabajo, y al mismo tiempo compaginé mis estudios con la universidad. Durante el tiempo, que estuve en esa empresa pude sacar mis estudios universitarios y posteriormente un postgrado y un MBA.

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Recuerdo que había un chico de la misma empresa que estudiaba la misma carrera. La diferencia es que la empresa se la pagaba y a mí no. ¿Por qué?. Pues porque él estaba en RRHH y yo estaba en Finanzas, es obvio ¿no?. Unos gastan y los otros ahorramos. La verdad es que no me importó nada. Yo ya sabía que tenía que realizar el esfuerzo tanto económico como intelectual. Por tanto no me supuso ningún trauma. Recuerdo que por aquella misma época, Ángeles y yo nos planteamos el dar el paso para casarnos. La verdad es que no nos podíamos quejarnos, teníamos trabajo y estudiábamos. Sólo nos quedaba rizar el rizo (como se dice). Vamos hacerlo algo más difícil todavía. Si os digo la verdad es que no miramos ningún piso. Nosotros no sabemos lo que es buscar piso. Pero teníamos las cosas muy claras los dos. Tenía que ser en sitio que nos gustase, buena combinación, colegios, centros sanitarios, metro, autobús, etc.. Y además en Barcelona ciudad. Bueno, la verdad es que era un poco difícil, pero lo logramos. Al cabo un tiempo el padre de Ángeles, nos comentó que había encontrado un piso muy bonito y muy bien ubicado. Recuerdo que durante ese tiempo Ángeles y yo estábamos preparando un examen de derecho procesal (bastante duro). Y la verdad es que nos daba un poco de “palo”, ir a ver el piso. Pero fuimos. La verdad es que el piso era muy bonito, yo ya me había imaginado, los muebles, el suelo, el estilo, los baños etc… Ángeles tenía un poco de miedo. Pero para mí era una oportunidad más de intentar hacer de aquello nuestro sueño.

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Tuvimos que hacer muchos números, para poder pagar las obras. Pero se consiguió todo. También era verdad que tanto Ángeles como yo estuvimos ahorrando. Nadie nos ayudó. Sólo estábamos ella y yo. Y os recuerdo que proveníamos de familias obreras y muy currantes. Bueno, hasta aquí os he podido explicar algo de mí pequeña historia. Posiblemente no es una de los mejores relatos que hayáis podido leer, pero para mí ha sido todo una experiencia. He podido compartir con todos vosotros aquellas pequeñas cosas que en la vida me han hecho muy feliz. También os tengo que decir, que no ha sido nada fácil para un servidor el escribir estas pequeñas líneas. Como ya os comenté a principio de mi historia, que la verdad no sabía cómo comenzar. De hecho no se todavía qué título ponerle a estas cortas líneas. Pero tiene que ser algo divertido y curioso encontrar un nombre acertado. Si, ¡¡claro!!, pero ¿cuál?. Sí tuviese a mis hijos seguro que le les ocurre algún título motivador y sugerente. Creo que lo más acertado, es que pongáis vosotros mismos el título de este libro. Yo en principio lo titularé, “SIN TÍTULO” .

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No se como empezar  

No se como empezar