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Una Iglesia Católica Renovada Propuesta de Cambios Dedicado a la Memoria de Su Santidad el Beato Juan XXIII

Dr. Adolfo Miranda Sáenz (Nació en Granada, Nicaragua. Doctor en Derecho con especialidad en Derechos Humanos. Graduado en Ciencias de la Comunicación con especialidad en Periodismo. Ha ejercido como abogado, notario, juez, periodista y escritor. Reside en Managua)

"Los fieles tienen el derecho, y a veces incluso el deber, en razón de su propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestarlo a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres, la reverencia hacia los Pastores y habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas." (Código de Derecho Canónico, canon 212. § 3). CONTENIDO Introducción Necesidad de Renovación Posibilidad de disenso y renovación según criterios Expresados por el Card. Ratzinger (Benedicto XVI) Las propuestas de un laico Los temas concretos Aclaración del concepto “Infierno” Aclaración del concepto “Purgatorio” Cómo entender un doble juicio: privado y público Necesidad de clarificar a los fieles sobre las devociones populares Opción Fundamental y el Sacramento de la Reconciliación Actualizar los conceptos sobre el cuerpo y la sexualidad humana Necesidad de nuevas normas sobre el celibato Mayor participación de los laicos El caso de los divorciados y vueltos a casar Situación de los homosexuales La ordenación de mujeres

Epílogo


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Introducción Desde pocos días después de mi nacimiento, a partir de mi bautismo, soy miembro de la Santa Iglesia Católica y Apostólica (conocida también –a veces- como Romana por considerar al obispo de Roma, o sea al Papa, como su principal guía y autoridad en la Tierra en su calidad de sucesor del apóstol San Pedro escogido por Jesucristo como principal entre los apóstoles). Aprendí desde niño el amor a Jesús y el amor a su Iglesia, y a través del tiempo ese amor ha crecido. Como sucede en la vida de muchos tuve mis épocas de alejamiento, de confusión, de dudas, de búsqueda… pero siempre volviendo, regresando a mi Iglesia. Soy un católico “practicante” y de niño, adolescente, joven y adulto he sido muy religioso. Como algunos dicen hoy, “un laico comprometido”. Soy también de ideas liberales (o como a veces se dice, “progresista”). No soy conservador, sino más bien abierto a examinarlo todo y quedarme con lo bueno.” (1 Tesalonicenses 5.19-21). Creo en las doctrinas fundamentales de nuestra Iglesia que considero son las verdaderas doctrinas cristianas contenidas en la SANTA BIBLIA y en la TRADICIÓN APOSTÓLICA que son las enseñanzas dadas por Jesucristo y el Espíritu Santo a los apóstoles, no todas escritas al comienzo sino trasmitidas verbalmente. Existe también una “tradición eclesiástica” teológica, disciplinar, litúrgica o devocional que no debe confundirse con “la enseñanza de los apóstoles” o sea la Tradición Apostólica, y que no tiene el mismo valor. (No. 83 del Catecismo de la Iglesia Católica cuya publicación fue dispuesta por Su Santidad Juan Pablo II el 11 de octubre de 1992). Las verdades fundamentales están en la SANTA BIBLIA y en la TRADICIÓN APOSTÓLICA y constituyen el Depositum fidei (Depósito de la fe) que fue confiado por los apóstoles al conjunto de la Iglesia de la cual todos los bautizados somos miembros, como dice el Nº 84 del Catecismo de la Iglesia Católica. (Ver también los Nos. 50-83 y 101-108 del Catecismo). Me refiero a las “doctrinas fundamentales”, las “verdades fundamentales”, a lo “esencial de la fe”, pues la Santa Iglesia Católica y Apostólica ha declarado sabiamente que no todas las doctrinas tienen la misma importancia. El Catecismo de la Iglesia Católica en el Nº 90 dice que “existe un orden o jerarquía de las verdades de la doctrina católica, pues ES DIVERSA SU CONEXIÓN CON EL FUNDAMENTO DE LA FE CRISTIANA”. Por consiguiente, si hay verdades más importantes otras son necesariamente menos importantes. Lo cual implica que algunas doctrinas o verdades son fundamentales y otras no. Nuestra Iglesia, pues, enseña en el Catecismo antes citado que el “Depósito de la fe” fue confiado por los apóstoles a todos nosotros, a todos los miembros de la Iglesia, aunque da especial importancia al Magisterio encomendado a los obispos en comunión con el obispo de Roma, es decir a los sucesores de los apóstoles unidos al Papa, sucesor de San Pedro (Catecismo Nº 85). Este Magisterio debe ser para todo católico digno de especial respeto pues lo ejercen los llamados a ser nuestros pastores.


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Pero la importancia que indudablemente tiene el Magisterio de la Iglesia ejercido por los obispos en comunión con el Papa (y por extensión sus inmediatos colaboradores que son los presbíteros y diáconos, sacerdotes ordenados como ministros de la Iglesia) de ninguna manera disminuye ni mucho menos excluye la dignidad y la condición que todo católico como cristiano bautizado tiene como miembro de la Iglesia de Jesucristo, o sea del pueblo de Dios al cual –en su conjunto- le ha sido confiado el “Depósito de la fe”, recibiendo todos y cada uno de sus miembros los dones y los frutos del Espíritu Santo y constituidos como linaje real, profetas y sacerdotes. A veces esto pasa desapercibido sin darnos cuenta quizá de toda la profundidad que encierra. ¿De veras que todos los católicos, incluyendo a los laicos –varones y mujeres- somos sacerdotes? ¡Sí! ¿No son sacerdotes sólo los Padres que presiden nuestras iglesias? ¡No! ¿Y participamos del linaje real y de la misión profética de Jesús? ¡Sí! Entonces, todos somos parte de un pueblo de sacerdotes y profetas? ¡Sí! Todos los laicos católicos somos sacerdotes y también profetas? ¡Sí! ¡NO HAY LA MENOR DUDA! Como profetas me refiero a los que tenemos una palabra que decir para anunciar el Evangelio de Jesucristo y denunciar el mal; no debemos interpretarlo como “pronosticadores del futro” o “adivinos”. En el Antiguo Testamento contenido en la Santa Biblia los profetas eran aquellos pocos que tenían una palabra que decir “en nombre de Dios” para orientar, guiar y corregir, denunciar el mal y también iluminar al primer “pueblo de Dios”, el pueblo hebreo, incluyendo profecías que anunciaban la futura llegada del Mesías y cómo reconocerlo. En el Antiguo Testamento Dios hizo una alianza con el pueblo hebreo de donde saldría el Mesías: Dios hecho hombre, Dios verdadero y hombre verdadero, que pagaría la deuda de toda la humanidad pecadora con su muerte en la Cruz para que pudiéramos ser “hijos del Padre” (no solo “criaturas de Dios”) y obtener LA VIDA ETERNA CON JESUCRISTO, lo cual habíamos perdido por el pecado desde los albores de la humanidad. Antes de la venida y del Sacrificio de Cristo no podía el hombre tener ACCESO DIRECTO a Dios sino únicamente por medio de los sacerdotes del pueblo hebreo que sacrificaban animales y alimentos como una imagen imperfecta del grande, definitivo y hermoso sacrificio de Cristo, DIOS-HOMBRE clavado en la Cruz. ¡La más maravillosa y excelsa muestra del amor de Dios por nosotros! Gracias al Sacrificio de la Cruz, a la muerte y resurrección de Jesús el Cristo (el Mesías) pagando con su sangre por los pecados de la humanidad, los que somos miembros de su pueblo (el nuevo pueblo, ya no solamente formado por los hebreos sino por todos los cristianos bautizados) somos ahora POR EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO ungidos y consagrados como “linaje real”, hermanos de Jesucristo, de DIOS HIJO constituido Rey del Universo (“…y su reino no tendrá fin”, como dice el Credo) o sea que somos hermanos del Rey…¡PRINCIPES Y PRINCESAS! Somos “hijos de Dios” y por lo tanto con ACCESO DIRECTO AL PADRE gracias a la mediación de Jesucristo Dios, único mediador entre Dios y el hombre. (1 Timoteo 2.5). Y por consiguiente “somos sacerdotes” que pudiendo acercarnos directamente al Padre con la confianza de un hijo que le llama “abá” (papá) podemos hablar con él y ofrecernos nosotros mismos como ofrenda grata a Dios, junto con el sacrificio de Cristo, y consagrar y santificar al mundo con nuestras vidas y obras. (Romanos 12.1). Siendo la salvación de Cristo UNIVERSAL para toda la humanidad, aún los que no forman parte del pueblo de Dios (cristianos bautizados) no están excluidos de ella. La Santa Biblia


4 dice que la ley de Dios está escrita en todos los corazones y que al final Dios juzgará a cada cual según su conciencia. (Romanos 2.14-16). Los textos bíblicos sobre todos estos puntos son abundantes y he decidido no citarlos todos por su gran número ya que lo dicho son temas ampliamente aceptados y reconocidos –con mínimas excepciones- tanto por la Iglesia Católica como por nuestros hermanos separados ortodoxos y protestantes (evangélicos o reformados), y son doctrinas tan conocidas que no hace falta mencionar aquí, para nuestro propósito, la abundancia de respaldo bíblico que tienen. Jesucristo COMPLETÓ en su propia persona toda la revelación de Dios necesaria para nuestra salvación. Ya no debemos esperar “nuevas revelaciones” hasta que venga la resurrección de los muertos, la segunda y definitiva venida de Jesucristo y el Juicio Final. Todo está ya contenido en la Santa Biblia y la Tradición Apostólica (de nuevo: no confundirla con la tradición eclesiástica arriba explicada). El Magisterio de la Iglesia nos brinda el servicio de explicar, aclarar, interpretar, aunque nunca contradecir tal revelación (Catecismo No. 86). Incluso, los “dogmas de fe” no son nuevas verdades, sino expresiones, definiciones, de verdades ya contenidas en la Revelación divina (SANTA BIBLIA Y TRAICION APOSTÓLICA) que se proclaman como luces en el camino de nuestra fe. (Catecismo Nos. 88 y 89) Algunas llamadas “revelaciones privadas” (afirmaciones que algunas personas han hecho sobre apariciones de Jesús, de la Santísima Virgen María, visiones, mensajes, etc…) deben ser minuciosamente y cuidadosamente examinadas y el Magisterio de la Iglesia pudiera decir (como lo ha hecho en algunos casos) que no objeta que EL QUE QUIERA las acepte como “posibles de ser creídas” (pero nunca la Iglesia ha dicho ni dirá que deben OBLIGATORIAMENTE ser creídas); éstas pueden dar algunas “ayudas” para vivir la fe, pero jamás “mejorar” o “completar” la REVELACION DEFINITIVA DE CRISTO. (Es muy importante tener esto en cuenta y saber que está claramente explicado en los Nos. 66 y 67 del Catecismo de la Iglesia Católica). Esta son verdades que siempre ha enseñado y sostenido la Iglesia en base a las doctrinas de la Santa Biblia y la Tradición Apostólica: todos los bautizados somos sacerdotes porque participamos del sacerdocio real de Jesucristo. Los sacerdotes que presiden en nuestros templos son sacerdotes como nosotros los laicos, porque son bautizados como nosotros. Pero ellos, además, tienen la consagración especial del Orden, otro Sacramento diferente del Bautismo, que los constituye sacerdotes-ministros, servidores del Pueblo Sacerdotal de Dios. Desempeñan un cargo, un ministerio, un servicio muy digno, sagrado, santificador para ellos y necesario y provechoso para nosotros. Pero los laicos como sacerdotes que somos tenemos acceso al Padre mediante Jesucristo y podemos presentarle junto al sacrificio de Cristo nuestras plegarias, nuestras vidas y nuestro trabajo, consagrando a Dios y santificando el mundo donde vivimos, nuestras familias, nuestras labores, nuestras diversiones, nuestra nación. Y como profetas tenemos la misión de predicar a todos el mensaje de Jesús, anunciar el Evangelio, la buena nueva de Salvación y denunciar el mal. Aunque hayan ministros consagrados con facultades específicas en el sacerdocio ministerial mediante el Sacramento del Orden, los laicos no estamos impedidos de ejercer nuestro sacerdocio ni nuestra función profética. Pero todo debe hacerse con ORDEN, como Dios nos lo manda por medio de


5 San Pablo en la Santa Biblia: “Háganlo todo decentemente y con orden.” (1 Corintios 14.40). No se trata de caer en una anarquía o en un desconocer la autoridad legítima del Magisterio de la Iglesia. Eso no sería hacer las cosas “decentemente y con orden”. Como tampoco lo sería el otro extremo, o sea considerar a los laicos solo llamados a ser dóciles cumplidores de lo que ordenan los pastores, sin derecho a pensar, discernir, opinar, ser consultados, participar de las decisiones, ejercer sus carismas otorgados por el Espíritu Santo, su sacerdocio y su misión profética, o reducirlos a espacios muy limitados y reducidos. O sea, caer en un CLERICALISMO que no se puede considerar sano ni conveniente para la vida de nuestra Santa Madre Iglesia. El Concilio Ecuménico Vaticano II en el Nº 34 de la Constitución Gadiun et spes (Gozo y esperanza) y en el capítulo IV de la Constitución Lumen gentiun (Luz de los pueblos), y después el Catecismo de la Iglesia Católica (Nos. 901-913), destacan el papel de los laicos como miembros del Pueblo de Dios, desde nuestro bautismo CONSAGRADOS a Jesucristo y UNGIDOS por el Espíritu Santo con sus dones, preparados para producir los frutos abundantes del Espíritu y partícipes del sacerdocio, de la realeza y de la misión profética de Cristo. San Pablo en la Palabra de Dios, la Santa Biblia, nos dice a todos los cristianos: “Por Cristo tenemos los unos y los otros el poder de acercarnos al Padre en un mismo Espíritu. Por tanto, ya no son extranjeros y huéspedes, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas, siendo piedra angular el mismo Cristo Jesús, en quien bien afianzada se alza toda la edificación para templo santo en el Señor, en quien ustedes también son edificados para morada de Dios en el Espíritu.” (Efesios 2.18-22). “El cuerpo humano, aunque está formado por muchas partes, es un solo cuerpo. Así también Cristo. De la misma manera, todos nosotros, judíos o no judíos, esclavos o libres, fuimos bautizados para formar un solo cuerpo por medio de un solo Espíritu; y a todos se nos dio a beber de ese mismo Espíritu.” (1 Corintios 12.12-13). En la Declaración Dignitates humanae (Dignidad de la persona humana) sobre La Libertad Religiosa, nos dice el Concilio Ecuménico Vaticano II: “Los hombres de nuestro tiempo se hacen cada vez más conscientes de la dignidad de la persona humana, y aumenta el número de aquellos que exigen que los hombres en su actuación gocen y usen del propio criterio y libertad responsables, guiados por la conciencia del deber y no movidos por la coacción.” … “Confiesa asimismo el santo Concilio que estos deberes afectan y ligan la conciencia de los hombres, y que la verdad no se impone de otra manera, sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra suave y fuertemente en las almas.” (Dignitates humanae Nº 1). … “Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas, es decir, dotados de razón y de voluntad libre, y enriquecidos por tanto con una responsabilidad personal, están impulsados por su misma naturaleza y están obligados además moralmente a buscar la verdad, sobre todo la que se refiere a la religión. Están obligados, asimismo, a aceptar la verdad conocida y a disponer toda su vida según sus exigencias.” (Dignitates humanae Nº 2).


6 Si la Iglesia demanda eso del mundo, con mayor razón lo practicará internamente entre sus miembros. No podemos esperar de nuestra Santa Iglesia otra cosa que no sea el respeto a la dignidad humana, al criterio y libertad responsables, a lo que le dicte su conciencia a cada persona, al derecho de cada cual a usar su razón y su inteligencia para buscar la verdad. Sin menoscabo del servicio que como guía confiable y digna de respeto tiene el Magisterio de la Iglesia. El Concilio en el Nº 12 de la Constitución Lumen Gentium (Luz de los pueblos) se refiere a “El sentido de la fe y los carismas en el pueblo cristiano”, afirmando que el Espíritu Santo reparte entre toda clase de fieles dones provechosos para la renovación y edificación de la Iglesia, y exhorta al Magisterio a NO APAGAR EL ESPÍRITU probándolo todo y quedándose con lo bueno. Todo de acuerdo con la Palabra de Dios que dice: “Los dones que recibimos son diversos, pero el que los concede es un mismo Espíritu. Hay diversas maneras de servir, pero todas lo son por encargo de un mismo Señor. Y hay diversos poderes para actuar, pero es un mismo Dios el que lo realiza todo en todos. Dios da a cada uno alguna prueba de la presencia del Espíritu, para provecho de todos. Pero todas estas cosas las hace el mismo y único Espíritu, DANDO A CADA CUAL LO QUE A ÉL MEJOR LE PARECE.” (1 Corintios 12.4-7 y 11). “No apaguen el fuego del Espíritu, no desprecien la profecía, examínenlo todo y quédense con lo bueno.” (1 Tesalonicenses 5.19-21). Por eso no son saludables aquellos criterios evidentemente erróneos que algunas veces se han sostenido y a veces todavía algunos sostienen mandando a los fieles laicos de la Iglesia “a callar y obedecer” en nombre de la sumisión al Magisterio exigiendo siempre una aceptación CIEGA E INCONDICIONAL, aún en los casos en que la persona es interpelada por su propia conciencia que le indica como camino correcto la no aceptación de alguna enseñanza o simplemente de una costumbre o de una práctica, es decir, el disenso. Tomar posiciones autoritarias como ha sucedido a veces en la vida de la Iglesia sobre todo en el pasado pero algunas veces y en algunos casos en el presente, además de contradecir lo revelado y ordenado por Dios en La Santa Biblia y las enseñanzas del citado Concilio Ecuménico Vaticano II, implica cierto menosprecio hacia los laicos que, repito, formamos junto con los llamados al sacerdocio ministerial, o sea el clero, un mismo pueblo de linaje real, de sacerdotes y de profetas sobre los cuales se ha derramado el mismo Santo Espíritu repartiendo a todos sus dones “como a él mejor le parece”. Someter al fiel laico a una mera actitud pasiva de obediencia ciega es alienante y va contra la dignidad de hijo de Dios. Según la Palabra de Dios y las enseñanzas del Concilio que es Magisterio de la Iglesia en una instancia principalísima- los laicos tenemos derecho a pensar, a discernir y en algunas ocasiones a disentir del Magisterio de la Iglesia cuando no se trata de verdades fundamentales. El P. Flaviano Amatulli Valente, FMAP, sacerdote de origen italiano radicado en México y de la orden Fraternidad Misionera Apóstoles de la Palabra, autor de unas 90 obras entre libros y folletos sobre Biblia, apologética, evangelización, catequesis, religiosidad popular y antropología, en su libro “HACIA UN NUEVO MODELO DE IGLESIA” (Apóstoles de la Palabra –México 2006- www.padreamatulli.net) comenta:


7 “El laico en la Iglesia: ¿Cuál es su papel? - Escuchar, acatar y cumplir. Una Iglesia como reflejo de la sociedad civil en un concepto monárquico: señores y servidores, los de arriba y los de abajo, los que mandan y los que obedecen. Muchos problemas que actualmente existen en la Iglesia, tienen como fondo esta mentalidad, propia de una época pasada.” (Pag. 197). El padre Amatulli reflexiona en su libro que vivimos en una Iglesia “constantiniana” porque a partir de la conversión del emperador romano Constantino, el cristianismo copió la organización monárquica y verticalista de la Roma imperial -no siendo así al principio- lo que hoy resulta anacrónico y contraproducente: una dictadura donde el que está “más abajo” es el laico. (Digo yo: tiene una buena dosis de razón el padre Amatulli, y quizá la conversión del emperador Constantino –aparte de que cesó la persecución contra los cristianos- lo único bueno que nos dejó fue consolidar el latín como lengua oficial de la Iglesia, pues es muy importante y útil contar con un lenguaje común, que aunque ahora no se use tanto como en épocas anteriores, es un referente para más de mil millones de católicos en el mundo). Sobre el trato recibido por el laicado católico de parte de algunos miembros del clero (DE NINGÚN MODO SE PUEDE GENERALIZAR) tomemos como ejemplo una simple expresión que encierra todo un concepto errado: personalmente considero ofensivo para nosotros los laicos que en la Iglesia se utilice de manera corriente el concepto de “REDUCIR AL ESTADO LAICAL” a un sacerdote ordenado cuando por alguna razón éste debe dejar de ejercer el sacerdocio ministerial (por habérsele dado autorización, por una medida disciplinaria, etc.). ¿Por qué reducir? Es decir, ¿ser laico es tener UN ESTADO “REDUCIDO” en nuestra iglesia? ¿Los laicos somos CATÓLICOS REDUCIDOS? ¿DISMINUIDOS? ¿DE SEGUNDA CLASE? ¿INFERIORES? Es incorrecto y muy desafortunado ese lenguaje que ofende nada menos que a más del 99.9% de los católicos. REDUCIR en este caso, no se puede aplicar como “volver al estado que tenía antes” porque quien recibe “el Sacramento del Orden” para consagrarse al sacerdocio ministerial es MINISTRO SACERDOTE PARA SIEMPRE. No puede “volver” al estado anterior, aunque no pueda “ejercer sus funciones”. Por lo tanto, REDUCIR, en este caso, se usa como DISMINUIR. Y con todo el amor, admiración y respeto que siento por mis hermanos diáconos, presbíteros y obispos, no creo que ningún católico sea más reducido o disminuido que otros, por su estado o vocación. Todos somos miembros del pueblo de Dios, sacerdotes, profetas y de linaje real. Y todos somos igualmente HIJOS DE DIOS, con la misma dignidad que da tal TITULO, no existiendo ningún título más grande que ese: HIJO DE DIOS. No he mencionado específicamente entre los clérigos a los Arzobispos, pues ellos son obispos de una diócesis importante o grande llamada arquidiócesis y su ordenación es igualmente episcopal; ni a los Cardenales pues es un nombramiento honorífico como colaboradores cercanos del Obispo de Roma, el Papa, que –además de eso- no da más derechos que el de elegir al nuevo Santo Padre. El Sacramento del Orden tiene tres grados: diaconado, presbiterado y episcopado. Retomando lo de REDUCIR AL ESTADO LAICAL, es bueno saber que al decir semejante cosa se quiere expresar lo que dice el Derecho Canónico en el canon 290: “Sin embargo, un clérigo PIERDE EL ESTADO CLERICAL… (y a continuación expresa cómo esto puede ocurrir).”


8 El Código de Derecho Canónico nunca usa “REDUCIR AL ESTADO LAICAL”, sino “PERDER EL ESTADO CLERICAL”, que significa estar impedido de ejercer su sacerdocio ministerial. Ojalá que se deje de utilizar el concepto de REDUCIR AL ESTADO LAICAL que además de ofensivo al laicado es incorrecto teológica, eclesial y canónicamente. Por otra parte, los laicos somos más del 99.9% de los miembros de la Santa Iglesia Católica. Desde cualquier perspectiva que se vea es absurdo considerar que menos del 1%, ni siquiera el 0.5%, ni tampoco el 0.05%, sino que apenas alrededor del 0.04% de sacerdotes ministeriales ordenados (el clero) sean los únicos con capacidad de pensar, razonar, discernir, opinar, dirigir, decidir en todo, y más del 99.9% seamos incapaces de opinar y disentir. O peor aún, que no tengamos tal derecho. Además, es un atributo y un derecho que nos ha dado el mismo Dios (como está escrito en su Sagrada Palabra ya citada). ¡Qué pobre pueblo tendría Dios si solo 4 de cada diez mil fueran los únicos capaces de pensar, razonar, opinar, etc…! Pero, ¡cuidado! No menospreciemos el Sacramento del Orden que es el sacramento del “ministerio apostólico” (Catecismo 1536). Los obispos (y el de Roma el principal entre ellos como sucesor de San Pedro) son los que hoy ejercen el ministerio de los apóstoles; y sus colaboradores los sacerdotes consagrados: presbíteros y diáconos, también han recibido ese sacramento mediante el cual el Espíritu Santo les otorga una gracia especial para ser los pastores del pueblo. El Magisterio de la Iglesia es necesario e importante para que haya una autoridad que sea un referente, una guía, un vínculo que garantice la unidad para conservar, practicar y profesar la fe recibida. (Catecismo No. 84). La falta de esa autoridad que garantice la unidad llevaría a un profundo divisionismo, desorden y confusión que incluso resultaría un mal testimonio ante el mundo. Lo observamos en nuestros hermanos separados los protestantes, evangélicos o cristianos reformados (según prefieran llamarse) que se dividen y subdividen en centenares de denominaciones y tienen tantas doctrinas diferentes como centenares de denominaciones existen. Lo que debemos procurar es un EQUILIBRIO, una concordia de pastores y fieles, entendiendo lo específico de cada cual, pero entendiendo también que la imagen del pastor guiando al rebaño de ovejas es “una imagen” y no la fotografía de una realidad en la que los laicos seamos borregos conducidos como animalitos sin capacidad de razonar. Y entendiendo que el Magisterio de la Iglesia es un servicio de amor y no una dictadura. Que a veces nuestra Iglesia ha caído en un excesivo “clericalismo” y que la Iglesia Católica no es únicamente la Jerarquía Eclesiástica, sino el 100% de sus miembros, incluyendo a más del 99.9% de laicos (la inmensa mayoría). Debemos entender que lo ESPECÍFICO de cada cual no excluye lo GENERAL o COMÚN de todos. No debemos caer en el error de limitar al laico SOLO A “LO ESPECÍFICO” DEL LAICADO despojándolo de hacer o participar en otras cosas que son parte de LO GENERAL o COMÚN de todos los que forman el pueblo real, sacerdotal y profético. (Entre los laicos incluyo a los “religiosos” y “religiosas” (monjes o frailes y monjas) llamados católicos de “vida consagrada”, pues no son –evidentemente- clérigos que hayan recibido el Sacramento del Orden; excepto aquellos religiosos que son también sacerdotes ministeriales y forman parte del 0.04% de ministros ordenados).


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Cuando hablo del derecho de un laico al disenso, no me refiero a una actitud de rechazo irresponsable y mucho menos sistemático de las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia sobre todos los temas que no implican verdades fundamentales. Todas las enseñanzas del Magisterio deben ser generalmente recibidas con respeto y obediencia aún cuando no las comprendamos totalmente y aún cuando nos susciten algunas dudas. Los miembros de la Iglesia debemos tener hacia ellas un asentimiento obediente interno y externo de mente y voluntad considerando que tienen presunción de verdaderas y se han de valorar como opiniones seguras y bien fundadas (Lumen gentium No. 25. Canon No. 752 del Código de Derecho Canónico) aunque NO ESTÉN GARANTIZADAS como verdaderas, insustituibles y mucho menos infalibles. Al no ser verdades fundamentales su recepción no es la misma que la que se da a éstas, sino que son recibidas con un asentimiento de “fe eclesiástica” (de respeto a la autoridad eclesiástica) diferente al asentimiento de “fe divina” con que recibimos y creemos en las verdades fundamentales. (Gerar van Noort, “Teología Dogmática”. (Westminster, Md.: Newman, 1961) pp. 188, 265-270). Cuando hablo de disentir me refiero a la EXCEPCIÓN, no a la REGLA; y se trata del derecho de disentir cuando hay un convencimiento pleno sobre un asunto de importancia que EN CONCIENCIA consideramos no aceptable después de haberlo estudiado y consultado por todos los medios a nuestro alcance. Un disentir humilde y respetuoso, prudente y ecuánime, siempre abierto al diálogo y a un estudio más profundo de las cuestiones, y en todo momento cuidando no provocar escándalo ni confusión en los demás fieles católicos, ni dañar en nada a nuestra amada Iglesia ni la autoridad de sus pastores. Tampoco se trata de disentir de las verdades fundamentales contenidas en la Santa Biblia y la Tradición Apostólica definidas en los artículos del Credo, en las resoluciones de los grandes concilios y en los dogmas solemnemente proclamados. Este tipo de disenso nos llevaría a un cisma o a quedar de hecho fuera de la Iglesia Católica. Aunque, como veremos más adelante, sin negar ninguna de las doctrinas fundamentales, éstas siempre son sujetas de constante estudio y análisis por los biblistas, teólogos, exegetas y otros expertos, y por el católico en general interesado en estudiar a fondo su fe; y se pueden encontrar nuevos enfoques y perspectivas en relación a ellas incluyendo nuevos modos de comprenderlas o entenderlas. (Sobre esto volveré después). En cuanto a materia moral hemos de tener en cuenta que –tal como es ampliamente sabido- la mayoría de los teólogos morales católicos sostienen que las normas morales específicas no pueden ser enseñadas infaliblemente. Como católico considero – basándome en la opinión de la mayoría de teólogos morales- que en materia moral, cuando surgen dudas razonables, en la intimidad de cada uno debe prevalecer lo que cada persona, creada por Dios con inteligencia, capacidad de razonar y libre albedrío, juzgue correcto según su conciencia, la cual debe ser iluminada por la consulta a los guías espirituales y pastores, y por una investigación y estudio responsable y de buena fe con los medios a su alcance. Pero, en todo caso, SIEMPRE LA CONCIENCIA TENDRÁ LA ÚLTIMA PALABRA pues en última instancia Dios nos va a juzgar según nuestra conciencia, como lo dice San Pablo en Romanos 2.12-16. Finalmente cierro esta amplia introducción mencionando que nuestra Iglesia tradicionalmente ha reconocido que existe legítimamente lo que se conoce como el “SENSUS FIDELIUM” (el sentir de los fieles) que saben discernir y acoger las verdades de Cristo. Cito textualmente lo que dice el Concilio en el No. 12 de la Lumen gentium (a lo


10 que alude el No. 91 del Catecismo). (Los énfasis en negritas son míos). Dice la Lumen gentium: “12. El Pueblo santo de Dios participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad y ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza, que es fruto de los labios que confiesan su nombre (cf. Hb 13.15). La totalidad de los fieles, que tienen la unción del Espíritu Santo (cf. 1 Jn 2,20 y 27), no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando «desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos» presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres. Con este sentido de la fe, que el Espíritu de verdad suscita y mantiene, el Pueblo de Dios se adhiere indefectiblemente «a la fe confiada de una vez para siempre a los santos» (Judas 3), penetra más profundamente en ella con juicio certero y le da más plena aplicación en la vida, guiado en todo por el sagrado Magisterio, sometiéndose al cual no acepta ya una palabra de hombres, sino la verdadera palabra de Dios (cf. 1 Ts 2,13). “Además, el mismo Espíritu Santo no sólo santifica y dirige el Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los misterios y le adorna con virtudes, sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1 Co 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: «A cada uno... se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad» (1 Co 12,7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más comunes y difundidos, deben ser recibidos con gratitud y consuelo, porque son muy adecuados y útiles a las necesidades de la Iglesia. Los dones extraordinarios no deben pedirse temerariamente ni hay que esperar de ellos con presunción los frutos del trabajo apostólico. Y, además, el juicio de su autenticidad y de su ejercicio razonable pertenece a quienes tienen la autoridad en la Iglesia, a los cuales compete ante todo no sofocar el Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno (cf. 1 Ts 5,12 y 19-21).” (Lumen gentium No. 12) Dos conclusiones de lo anterior: 1) Si no hay un CONSENTIMIENTO UNIVERSAL (incluyendo a los laicos), sino que hay una cantidad CONSIDERABLE de fieles (clérigos y/o laicos) que DISIENTEN de una enseñanza sobre fe y costumbres, dicha enseñanza no podría considerarse válida, pues al carecer de una recepción positiva del “SENSUS FIDELIUM” (el sentir de los fieles) debe de interpretarse equivocada, pues “La totalidad de los fieles, que tienen la unción del Espíritu Santo (cf. 1 Jn 2,20 y 27), no puede equivocarse cuando cree.” Obviamente no podemos tomar la palabra TOTALIDAD como el 100% (por simple lógica). Aquí debemos entender una aceptación o un rechazo tan amplio que se considere GENERALIZADO (sobre todo si participan del mismo biblistas, teólogos, exegetas o personas estudiosas de la materia o quienes tienen sincero interés en el tema, y con mayor razón si se incluyen obispos, presbíteros y diáconos). 2) Queda claro el derecho de los laicos a ser escuchados con la debida atención en sus planteamientos sobre asuntos de fe y costumbre por parte del Magisterio de la Iglesia.


11 Debo recordar, por su importancia, por su peso, que la Lumen gentium es la CONSTITUCION DOGMATICA DE LA IGLESIA surgida del CONCILIO ECUMENICO VATICANO II presidido por SU SANTIDAD EL PAPA PAULO VI, quien la firma junto con todos los Padres Conciliares (obispos de toda la Iglesia).

Necesidad de renovación A través de los siglos la Iglesia ha enseñado diferentes doctrinas o tomado disposiciones o decisiones que posteriormente ha rectificado, corregido o modificado. No se trata solamente de asuntos referidos a las costumbres, a la liturgia o a doctrinas de poca importancia. Los asuntos a veces han sido de mayor profundidad. Veamos unos ejemplos (algunos vinculados entre sí): --La interpretación literal (fundamentalista) de la Santa Biblia --La doctrina sobre la creación del mundo en seis días solares --La existencia real (geográfica) del “Jardín del Edén” --La justificación de la esclavitud --La licitud de la usura --La enseñanza de la Tierra como el centro del universo --La condena a Copérnico por afirmar que la tierra se mueve (gira) --La condena a la teoría de la evolución --La responsabilidad del pueblo judío por la muerte de Jesucristo --La existencia del “Limbo” para los no bautizados --La imposibilidad de “entrar al Cielo” para los no bautizados --Perseguir y condenar a penas infamantes a los “hermanos separados” --La justificación de la pena de muerte --Considerar que Cielo e Infierno son “lugares” y no situaciones o estados en que se encuentran las personas --Considerar que la masturbación siempre constituye un pecado mortal De especial relevancia es el Syllabus errorum (Lista de Errores) decretado por el Papa Pío XI en 1864 junto con la encíclica Quanta cura condenando entre otras cosas, como perversas y depravadas:      

La libertad de pensamiento La libertad religiosa La desobediencia u oposición al rey La separación entre Iglesia y Estado La forma de gobierno liberal (democracia, separación de Poderes) La investigación científica

Estas doctrinas que evidentemente repugnan a la inteligencia y la razón cobran mucha importancia porque fueron dictadas, establecidas, ordenadas con el peso de toda la autoridad del Papa (“en virtud de nuestra autoridad apostólica” –dijo Pío XI-). Textualmente el Papa afirmó en la encíclica: “En medio de tanta perversidad de opiniones depravadas, teniendo Nos muy presente nuestro apostólico ministerio, y solícitos en extremo por nuestra santísima Religión, por la sana doctrina y por la salud de las almas encargadas divinamente a nuestro cuidado, y por el bien de la misma sociedad humana, hemos creído conveniente levantar de nuevo


12 nuestra voz Apostólica. Así pues en virtud de nuestra autoridad Apostólica reprobamos, proscribimos y condenamos todas y cada una de las perversas opiniones y doctrinas singularmente mencionadas en estas Letras, y queremos y mandamos que por todos los hijos de la Iglesia católica sean absolutamente tenidas por reprobadas, proscritas y condenadas.” ¿Condenadas la libertad de pensamiento, de religión, la democracia, la ciencia…? ¡Y condenadas como perversas y depravadas! Todo lo ordenó el Papa “en virtud de su autoridad apostólica”. ¡Algunas de esas cosas condenadas son “Derechos Humanos”! Por supuesto que hoy la Iglesia ha cambiado al respecto; pero existen otros temas en que debería cambiar. La Iglesia ha rectificado ciertamente en muchas cosas. Si lo hizo antes en varios asuntos, ¿por qué no cambiar ahora en otros? Evidentemente disentir de la condena de Pío XI era no solamente un derecho, sino un deber de conciencia. A ese tipo de “disentimiento” (que incluso ameritaba un disentimiento público de obispos y teólogos de la época) es al que yo apelo para expresar la necesidad de una renovación en la Iglesia, pues hoy también –para mí- necesitan RENOVARSE otras enseñanzas, costumbres y prácticas. Al menos así me lo dicta mi conciencia. El Conclio Ecuménico Vaticano II –como dijo al convocarlo Su Santidad el Beato Juan XXIII- abrió las ventanas de la Iglesia para que entrara “aire fresco”. La Iglesia necesitaba renovarse en todo sentido, pues aunque las verdades fundamentales permanecen inalterables ellas mismas pueden y deben ser estudiadas una y otra vez pues siempre se pueden encontrar nuevos enfoques, nuevas perspectivas, nuevos ángulos sin variar en lo esencial. Sin embargo el Concilio Ecuménico Vaticano II no ha producido todo el avance esperado según lo observamos en varias reacciones y afirmaciones de muchos obispos que se han mostrado –en diferentes momentos y sobre diferentes aspectos- inconformes (incluyendo las conferencias episcopales de algunos países, como por ejemplo Holanda, Alemania o los Estados Unidos). El sector más conservador de la Iglesia empezó a frenar la renovación a partir de la muerte de Su Santidad el Beato Juan XXIII; posteriormente Su Santidad Pablo VI siendo progresista sufrió inmensas presiones que le impidieron avanzar en el Concilio todo lo que hubiese querido y aún se vio presionado a tomar posiciones conservadoras en algunos temas. Posteriormente las posiciones conservadoras han continuado imponiéndose sobre las progresistas (excepto en lo social donde el avance es notable y encomiable), incluso fueron “neutralizados” en sus posiciones progresistas algunos cardenales muy influyentes como Su Eminencia Carlo María Martini, arzobispo de Milán, o Su Eminencia Godfried Danneels, arzobispo de Malinas-Bruselas (ambos fueron considerados “papables” en su momento y hoy están jubilados). Todo esto lo sabemos con solo conocer la historia reciente de nuestra Santa Iglesia. Sin embargo es REFRESCANTE y también ALENTADOR saber que eminentes cardenales de nuestra Iglesia han sostenido, y otros cardenales hoy sostienen, posiciones más progresistas que las normas más conservadores que por ahora prevalecen. Así como también hay importantes manifestaciones progresistas de algunas conferencias episcopales, como la de Alemania. ¡HAY ESPERANZA DE RENOVACIÓN! URGE UNA RENOVACIÓN. No uso la palabra REFORMA que se aplicaría a otras situaciones –que estarían muy lejanas a estas propuestas- como fue la Reforma Protestante


13 que originó una ruptura o separación. Uso, en cambio –como Su Santidad el Beato Juan XXIII-, el término RENOVACIÓN que implica cambios sin rupturas ni cismas.

Posibilidad de disenso y renovación según criterios expresados por el Card. Ratzinger (Benedicto XVI) El entonces cardenal Joseph Ratzinger, hoy Su Santidad Benedicto XVI, expresó en el libro “La Sal de la Tierra” que contiene una entrevista que le hizo Peter Seewald (Libros Palabra. Madrid. 1997) que la infalibilidad del Papa significa que tiene autoridad para decidir, con carácter vinculante, en las cuestiones esenciales, que –como mencioné antes- incluso ellas siempre pueden verse desde nuevas perspectivas como lo dijo textualmente él y reproduzco a continuación en las partes conducentes: “Todo es posible. … La fe es de dimensiones tan profundas que siempre puede esconder algún elemento nuevo. … Tenemos que contar con ese tipo de acontecimientos.” (Pag. 280). “Lo que realmente ha sido definido … como dogma no puede ser después falso o equivocado … Pero sí pueden surgir nuevas perspectivas que den una nueva luz. Los sacramentos … permanecen igual, aunque en épocas diversas se vivan de modo diverso … El sacramento de la penitencia ha sufrido muchos cambios en el transcurso de la historia. … Ni la teología sacramentaria del Concilio de Trento (1545-1563) ni su doctrina sobre la gracia (el debate sobre la justificación en la Reforma protestante) son falsas, no pueden serlo, pero sí han evolucionado. La estabilidad y la movilidad, como demuestra la historia, son perfectamente conciliables.” (Pag. 286) “Antes en teología se hablaba de distintos grados de certeza … Actualmente algunos creen que deberíamos volver a esa costumbre. … “Jerarquía de las verdades” lo que quiere decir es que no todas tienen la misma importancia. … la Iglesia no es inamovible, tiene la identidad del ser vivo que permanece fiel a sí mismo a medida que evoluciona”. (Pag. 225) El entonces Card. Ratzinger –refiriéndose al teórico caso de una definición con pretensión de infalible que no tenga aceptación en un considerable grupo de católicos practicantes y comprometidos que tienen serias dudas sobre su autenticidad, o sea que no tiene una receptividad positiva del sensus fidelius (sentir de los fieles) arriba explicado- dijo también lo siguiente: “Donde no hay consenso por parte de la Iglesia universal ni un testimonio claro en las fuentes, no es posible una decisión vinculante. Si tal decisión se hiciese formalmente, carecería de las condiciones necesarias y la cuestión de LA LEGITIMIDAD de la decisión tendría que ser examinada.” (Das Neue Vollk Gottes (Düsseldorf: Patmos, 1969) p. 144). Cito –si se quiere hacer una comprobación mayor- otras referencias específicamente sobre la disidencia. Los siguientes documentos se refieren a su legitimidad: 1) Carta Pastoral de los Obispos Alemanes (1967). Citado por el teólogo Karl Rahner en “Investigaciones Teológicas” (N.Y.: Seabury, 1976), XIV:87. 2) Acta Synodalia sacrosancti concilii oecumenici Vaticani II (Ciudad del Vaticano:


14 Typis Poliglottis Vaticanis, 1967), vol. III, parte 8, 88, Nº 159. 3) Carta Pastoral de los obispos estadounidenses sobre la encíclica Humanae vitae de Pablo VI: “Vida Humana en Nuestros Días”. 1968). Por consiguiente, es claro que un católico tiene el derecho –y en algunas ocasiones el deber ante su conciencia, que en última instancia es ante Dios- de disentir de algunas cosas que no son parte de las doctrinas fundamentales aunque provengan del Magisterio de la Iglesia. Y aún en el caso de doctrinas fundamentales no está vedado encontrar y PROPONER nuevos enfoques y perspectivas.

Las propuestas de un laico Yo PROPONGO la renovación de algunas enseñanzas, costumbres y prácticas, y también PROPONGO nuevos enfoques sobre algunas enseñanzas fundamentales. Esta exposición no quiere ser una manifestación de inconformidad ni una mera expresión de disenso, sino más bien la presentación humilde y respetuosa de unas PROPUESTAS que surgen desde “la base de la pirámide”; de uno de los granitos de arena que forman un ladrillo de los que están más lejos de la punta, de la cúspide. No de un teólogo, mucho menos de un pastor. Sino de un laico que habla con respeto y humildad reconociendo sus grandes limitaciones, pero convencido de que por el Sacramento del Bautismo es parte de la familia real del Señor, sacerdote y profeta, que ha recibido la efusión del Espíritu Santo en su bautismo y en el Sacramento de la Confirmación, y que Dios le ha dado la capacidad de pensar, discernir, opinar, disentir y proponer en temas de fe y conducta DENTRO DE SU IGLESIA de acuerdo a lo que enseñan la Santa Biblia y la Tradición Apostólica, y de conformidad con las propias enseñanzas del Magisterio de la Iglesia. Muchas veces he sentido temor de expresar mis opiniones en este campo tradicionalmente inaccesible para los laicos católicos. No tengo títulos ni diplomas en teología ni en filosofía. Me gradué de doctor en derecho con especialidad en Derechos Humanos y también obtuve un diploma en ciencias de la comunicación con especialidad en periodismo. He ejercido como abogado, notario, juez, periodista y escritor. Y aunque he leído y estudiado por mi cuenta temas religiosos, teología y filosofía, estoy lejos de ser un experto en ciencias religiosas y mucho menos teólogo o filósofo. Pero creo en la Santa Biblia, creo en las palabras de Jesús que nos dice que el Padre dará el Espíritu Santo a quien se lo pida (Lucas 11.13) y si unos pescadores, un cobrador de impuestos y algunos otros obreros humildes, gente sencilla, muchos de ellos laicos, varones humildes y mujeres de oficios de su hogar, pudieron dar razón de su fe con valor al recibir el Espíritu Santo (Hechos 2), ¿por qué yo debería temer expresar mi opinión, mis propuestas, si he recibido ese mismo Espíritu en mi bautismo, en mi confirmación y en otras ocasiones en mi vida, cuando le he abierto a Dios mi corazón y mi mente, aunque sea un vil pecador? Yo creo en la Santa Biblia que nos dice que Dios actúa en nosotros incluso dándonos las palabras que vamos a decir (Mateo 10.19). Por supuesto que lo anterior no es ninguna garantía de que mis propuestas sean acertadas. Son propuestas sinceras y bien intencionadas fruto del estudio, la reflexión, consultas y oración. Creo que lo que propongo cuenta con el auxilio del Espíritu Santo,


15 igual que el Espíritu Santo acude en auxilio de todo cristiano que lo pide. Pero otra cosa distinta es que yo haya logrado escuchar con claridad e interpretar fielmente al Espíritu Santo. Yo puedo haber entendido mal las cosas. No pretendo ser portador de ninguna “revelación” ni afirmo haber tenido ninguna “visión sobrenatural”. Solo sé que como cristiano y católico miembro de la Iglesia tengo el derecho y el deber, encomendándome al Espíritu Santo, de exponer lo que en conciencia considero son propuestas buenas y necesarias, aunque reconociendo humildemente mis limitaciones y aceptando con humildad que puedo estar equivocado. Ya vendrá después el discernimiento de quién o de quiénes ante estas propuestas las analicen sin prejuicios y de buena fe. Yo solo las expongo pues carezco de autoridad eclesial para dar otro paso más adelante. Será el Espíritu Santo quien permita o no que esto sea conocido y por quién o quienes, leído o ignorado, quizá discernido “aceptando lo bueno y desechando lo malo”, según las Escrituras Sagradas.

Los temas concretos Aclaración del concepto “Infierno” PROPONGO aclarar el concepto INFIERNO ETERNO para una comprensión más exacta del mismo y en concordancia con el concepto del Dios misericordioso y compasivo que nos enseñó Jesús. El concepto de un lugar llamado Infierno Eterno, con crueles torturas y con un fuego ardiente que por siglos y siglos… por toda la eternidad castigará con sufrimientos inimaginables a los condenados, es una figura repugnante que ahora casi no se usa; sin embargo se usa el concepto de una situación para toda la eternidad “sin Dios”, lo cual implica de todas maneras una situación de angustia, infelicidad y al fin de cuentas de tormento eterno. No otra cosa significa “sin Dios” o “sin la presencia de Dios” pues “gozar de la presencia de Dios es la felicidad”. Lo contrario sería, pues, la “infelicidad eterna”. Y la palabra eterna se dice fácil pero tiene un sentido inimaginable de “para siempre”, de que “jamás acaba”, que ligado al sufrimiento es de una connotación terrible. Un suplicio que si yo, siendo un humano pecador e inclinado a la maldad, no se lo aplicaría ni permitiría sufrirlo a nadie, ni aún al ser más perverso, no puedo concebir que Dios lo haga. No puedo creer que Dios misericordioso haya dispuesto, mande o permita esa condenación de sufrimiento por los siglos de los siglos… por toda la eternidad. Por más que se me diga que eso es “justicia” o que “cada cual se condena solo” es para mi conciencia inaceptable que el Dios en quien creemos los cristianos, revelado en la Santa Biblia como AMOROSO, CLEMENTE, COMPASIVO y MISERICORDIOSO permita tal cosa. Los condenados son hijos del Padre cuya definición es AMOR. Dios es Amor nos dice la Santa Palabra por medio de San Juan en su primera carta (1 Juan 4.8). Un padre que ama a sus hijos, por perversos que tales hijos sean, jamás va a destinar para ellos toda una eternidad de sufrimiento. Y eso siendo nosotros “malos” como dice Jesús. ¡Menos nuestro Padre querido, Dios! Claro que quien rechaza libre y voluntariamente la salvación que nos ofrece Cristo mediante su sacrificio en la Cruz para pagar él por todos nuestros pecados, no podrá salvarse. Dios no puede obligar a nadie a salvarse. Quien no quiere salvarse se condena; no


16 podrá gozar de la VIDA ETERNA EN LA PRESENCIA DE DIOS, o sea lo que llamamos “Cielo”. Entonces se condenan, y se condenan para siempre, para toda la eternidad. No tendrán otra oportunidad. Si los que se salvan obtienen LA VIDA ETERNA, los que se condenan obtienen LA MUERTE ETERNA. Pero esa MUERTE que se ha visto como “simbólica” o como “muerte espiritual” o de otras maneras diferentes a lo que la Santa Biblia dice tantas veces: MUERTE; es nada más que eso, lo que dice la Escritura Sagrada: muerte es muerte. No es un lugar o una situación donde los condenados estarán allí POR TODA LA ETERNIDAD SUFRIENDO. Aunque lo que propongo aparenta ser contrario a la doctrina tradicional católica, en realidad NO CONTRADICE LA ENSEÑANZA DE NUESTRA SANTA IGLESIA. Es una forma diferente de comprender la misma verdad enseñada por el Magisterio de la Iglesia sobre el CASTIGO ETERNO o el INFIERNO ETERNO, pues los condenados MUEREN PARA SIEMPRE, o sea PARA TODA LA ETERNIDAD. Después del Juicio Final ellos mueren sin esperanza alguna de ninguna resurrección. Muere su cuerpo y muere su espíritu. Así que es un CASTIGO ETERNO o INFIERNO ETERNO. En numerosos pasajes de la Santa Biblia se dice que la paga, la consecuencia o el castigo por el pecado es LA MUERTE. En cambio la fe en Cristo y su muerte expiatoria de nuestros pecados nos da la gracia de LA VIDA ETERNA. El concepto de que todas las almas son absolutamente inmortales no es un concepto bíblico ni de la tradición de los apóstoles, sino fruto de la “influencia griega” (helenismo) que entró en la Iglesia con los Santos Padres (sabios estudiosos de inicios del cristianismo) en los siglos II y III cuando estos fueron influidos por el estudio de los filósofos griegos. El concepto de ALMA INMORTAL en un sentido ABSOLUTO (que implica la imposibilidad de que Dios decida –en su soberanía- que un alma deje de existir) es original del filósofo griego Platón (427-347 a. C.) no de la Santa Biblia ni de la enseñanza de los apóstoles. Platón es quien en su obra, Fedón o Sobre el Alma –uno de sus famosos Diálogos- elabora los argumentos acerca de que el alma sigue viviendo después de la muerte del cuerpo, acorde a como haya sido su conducta en este mundo. La concepción platónica se refiere a la inmortalidad del ALMA no del CUERPO, lo cual causa un problema pues contradice el concepto bíblico de que Dios creó al hombre como un ser compuesto de cuerpo y alma (espíritu) y que LOS HOMBRES RESUCITAREMOS CON NUESTRO CUERPO Y ALMA INSEPARABLES FORMANDO UN SOLO SER INTEGRAL. Platón enseñó un INMENSO DESPRECIO por la parte corporal del hombre. Los Santos Padres, bajo esa influencia, destacan y elaboran sobre la INMORTALIDAD DEL ALMA ASUMIENDO EL CONCEPTO PLATÓNICO DE QUE EL CUERPO ES UNA PRISION DEL ALMA, lo cual dificulta conciliar la doctrina de Platón con la doctrina bíblica de LA RESURRECCION DE LOS MUERTOS. La filosofía nos ayuda a razonar y es muy importante como instrumento de la teología puesto que la Iglesia debe hablarle al mundo usando el razonamiento filosófico para dar razón de nuestra fe, y los Santos Padres en los primeros siglos del cristianismo desarrollaron una argumentación útil y provechosa para nuestras doctrinas, valiéndose con frecuencia –y acertadamente- de algunos métodos y enseñanzas de los filósofos griegos – que fueron los padres de la filosofía-. Pero también recibieron de estos filósofos conceptos y aún doctrinas erróneas que se introdujeron en la Iglesia como verdades y han hecho –sin quererlo- daño. Algunos padres de la Iglesia de los primeros siglos combatieron con verdadero celo cristiano varios errores de tales filosofías, pero no se escaparon de cierta


17 contaminación. Un ejemplo de ello es el concepto platónico de la inmortalidad absoluta de todas las almas. No quisiera detenerme por ahora más en este tema del “helenismo” o influencia griega en los primeros siglos del cristianismo, al que volveré cuando me refiera a las doctrinas relativas al cuerpo y la sexualidad humana. La Santa Biblia, ciertamente, nos enseña que Dios nos creó para vivir eternamente (no solo el alma, sino toda nuestra persona que es cuerpo y alma) pero debido al pecado perdimos esa gracia que Dios nos había dado y fuimos condenados a muerte, pero Jesús al encarnarse y morir para pagar con su sangre nuestra redención, venciendo a la muerte con su resurrección, ha hecho posible que todos los muertos resuciten para el Juicio Final. Unos para gozar de LA VIDA ETERNA (del cuerpo y del alma, de la PERSONA humana como un todo) y otros para ser condenados a LA MUERTE ETERNA (también del cuerpo y del alma, de la PERSONA humana como un todo). La Biblia habla de una MUERTE ETERNA como contraposición a la primera muerte que experimentamos antes de la “resurrección de los muertos”; es decir, la primera muerte es temporal pues vamos a resucitar; pero después del Juicio Final los condenados serán castigados con una MUERTE ETERNA, es decir que JAMÁS VOLVERAN A VIVIR. Las citas bíblicas son abundantes al respecto, desde el Génesis hasta el Apocalipsis en que se menciona el Lago de Fuego como “la muerte segunda” donde serán arrojados los condenados igual que Satanás y sus demonios. (Génesis capítulos 1-3; Romanos 5.12; 1 Corintios 15.26; Apocalipsis 20.11-15). De especial claridad es el texto de Romanos 6:23: “El pago por el pecado es la muerte, pero el don de Dios es la vida eterna en unión con Cristo Jesús, Nuestro Señor.” O como lo encontramos en Juan 3.16: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo aquel que en él crea no muera, sino que tenga vida eterna.” A lo cual todo mi ser responde con gran fe, entusiasmo, júbilo y convencimiento: ¡AMÉN! Además, algunas versiones de la Santa Biblia traducen como INFIERNO la palabra griega GEENA, nombre del sitio en las afueras de Jerusalén donde se quemaba la basura para destruirla; para deshacerse de ella quemándola, no para “conservar siempre la basura”. También se traducen a veces como INFIERNO la palabra griega HADES y la palabra hebrea SHEOL, que significan “lugar de los muertos”. No se define en la Santa Biblia INFIERNO como un lugar de suplicio o sufrimiento por toda la eternidad. Con la ACLARACIÓN del concepto INFIERNO también de una vez quedaría clara la confusión de no pocos católicos que dicen el Credo y no saben exactamente por qué afirman creer que Jesucristo “descendió a los infiernos” cuando “fue al lugar de los muertos”. La voluntad de Dios fue la de darnos un alma (espíritu) y un cuerpo que juntos forman nuestra persona creada para que viviera eternamente. La muerte del cuerpo y la separación TEMPORAL del alma (el espíritu) esperando la resurrección de los muertos, y la posterior muerte del alma y del cuerpo que sufrirán los condenados después del Juicio Final (llamada en el Apocalipsis “la muerte segunda”) son ambas muertes consecuencias del pecado; una muerte del cuerpo que es temporal para los que seremos salvos y luego definitiva del cuerpo y del alma para los que con su conducta rechazan la redención.


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Dios ejerce su soberanía divina para suprimir la condición de inmortalidad del cuerpo y del alma con que los hombres fuimos creados. O sea que en esta propuesta no se niega la INMORTALIDAD DEL ALMA, sino la INMORTALIDAD ABSOLUTA DE TODAS LAS ALMAS (o sea el concepto de Platón), reafirmando al mismo tiempo el concepto bíblico de que la naturaleza humana fue creada como un ser con cuerpo y alma, ambos inmortales y ambos sujetos a perder esa inmortalidad por el pecado (según la absoluta soberanía de Dios), como lo dice el Génesis. Queda la pregunta: ¿mientras viene el Juicio Final los muertos están conscientes? Yo no lo veo claro en la Santa Biblia. Hay textos aparentemente contradictorios y confusos. Pero acepto la doctrina del Magisterio de la Iglesia de que SÍ LO ESTÁN, esperando la resurrección y el Juicio Final. Esta enseñanza la recibo con un asentimiento eclesiástico obediente interno y externo de mente y voluntad considerando que tiene presunción de verdadera y se ha de valorar como opinión segura y bien fundada (Lumen gentium No. 25. Canon No. 752 del Código de Derecho Canónico). Algunos están en una situación (no lugar) de “purgatorio”, otros en una situación (no lugar) de “cielo” que es lo mismo que estar con Dios, y otros en una situación de apartados de la presencia de Dios que es la situación (no lugar) de “infierno”. Como recientemente lo ha dicho Su Santidad Benedicto XVI se trata de SITUACIONES, no de LUGARES. En la dimensión espiritual no hay “LUGARES” como lo entendemos nosotros (como cuando decimos: en este país, en el fondo del mar, en una montaña, en el fondo de un cráter, en las nubes, bajo la tierra, etc.). También el Santo Padre ha dicho que desde esta vida terrenal actual podemos “estar en el infierno”, o sea en una “situación de infierno” sufriendo una vida infernal al optar por rechazar a Dios, lo cual produce una inmensa infelicidad, una vida de angustia. Así como otros podemos gozar desde ya de una parte de “cielo” al estar viviendo con Dios, al optar por Dios, al aceptar la salvación que nos ofrece Nuestro Señor Jesucristo recibiendo los dones y los frutos del Espíritu Santo entre los cuales están el gozo y la paz, viviendo los problemas del mundo con fe y esperanza, no con desesperación. Jesús dijo: “En el mundo tendrán aflicciones, pero confíen: yo he vencido al mundo.” (Juan 16.33). Aclaración del concepto “Purgatorio” PROPONGO aclarar el concepto PURGATORIO para una comprensión más exacta del mismo y en concordancia con el concepto del Dios misericordioso y compasivo que nos enseñó Jesús, así como en concordancia con el valor infinito de su redención. Si el infierno no es una tortura interminable, un quemarse sin consumirse nunca, el purgatorio tampoco es “un poquito de infierno” o un infierno “a fuego manso”. No es de ninguna manera una situación de tortura para pagar (purgar) por lo que en este mundo quedamos debiendo. Ya por la fe en Jesucristo él nos ha otorgado la gracia de la vida eterna mediante su muerte expiatoria, su redención, y hemos sido perdonados. Ya Jesucristo pagó todo por nosotros. No quedamos debiendo nada pues la muerte de Cristo tiene UN VALOR INFINITO. Afirmar que la redención de Cristo no vale lo suficiente para PAGAR POR TODOS NUESTROS PECADOS Y SUS CONSECUENCIAS es inconcebible pues le restaría valor. Un “purgatorio” para pagar por nuestros pecados es otro concepto contrario a la naturaleza amorosa de Dios y al poder de su sangre redentora. Más bien debemos


19 considerar al llamado “purgatorio” como un estado de preparación (un “preparatorio”) antes de presentarse ante Dios; para lograr una mejor comprensión del amor infinito del Padre y del sacrificio de Jesucristo, ayudados por la luz del Espíritu Santo. Si en esta vida por diversas circunstancias no entendimos todo, no comprendimos bien algunas cosas, no conocimos todo lo que debíamos conocer, estará esa instancia en que el Espíritu Santo nos iluminará para estar mejor preparados, listos para pasar ante la presencia de Dios. Por supuesto que su duración no se puede medir en días ni años, pues es otra dimensión donde el espacio y el tiempo no existen como los conocemos o experimentamos aquí. Estaremos allí en un estado de felicidad, gozando de un poco de “cielo” mientras pasamos plenamente a la presencia de Dios y gozar de la vida eterna junto a él. En este caso, ¿cómo entender las “indulgencias”? ¿Para qué oraciones y Misas por los difuntos? Bajo el concepto de COMUNIÓN DE LOS SANTOS todos intercedemos unos por otros, y Dios tiene un infinito e inagotable manantial de GRACIAS. Nuestros hermanos difuntos que gozan de un estado de “cielo” o de “preparatorio” interceden por nosotros y nosotros por ellos para que Dios derrame su gracia abundante sobre cada uno. Las “indulgencias” habremos de entenderlas como “gracias” o “bendiciones” que la Iglesia en uso de “las llaves dadas a San Pedro” nos otorga a nosotros y a nuestros hermanos difuntos, y nuestras plegarias van dirigidas a ganar para nosotros y para ellos mayores bendiciones de esa fuente inagotable de nuestro Padre querido. Cómo entender un doble juicio: privado y público Así como hubo un tiempo en que los católicos creíamos en el “limbo” donde supuestamente iban todos los que morían sin ser bautizados (y por eso corríamos a bautizar con “agua de socorro” a los bebés que nacían enfermitos), y hoy el Santo Padre Benedicto XVI ha dicho que el “limbo” no es más que una “elucubración teológica”, o sea que no existe y que los no bautizados también pueden “ir al cielo”, hubo un tiempo en que los cristianos creíamos que el “infierno” era un lugar donde las almas de los condenados “entraban” (a veces se lo imaginaban en las entrañas de la Tierra) y el “cielo” como un sitio ubicado arriba de las nubes, lo cual ha sido aclarado por el Santo Padre Benedicto XVI, quien ha afirmado que no existen tales “lugares o sitios”, sino que son ESTADOS O SITUACIONES, sobre todo porque en la dimensión espiritual no hay “espacios determinados ni limitados” como lo entendemos en esta vida material. Igualmente se ha manejado el concepto de un DOBLE JUICIO, dándose el “juicio privado o particular” en un momento determinado (al momento de morir el cuerpo) y transcurrido un tiempo se da “el juicio público o final” (después de la segunda venida de Jesucristo y la resurrección de los muertos). Constituye un problema tratar de entender que Dios para juzgarnos necesite practicar dos juicios, uno cuando morimos y otro cuando resucitamos para el Juicio Final. Pero tal cosa no sucede como lo imaginamos aquí en la Tierra. A Dios le basta un solo “instante” en las dimensiones no materiales para nuestro juicio personal y para el Juicio Final, pues en la “dimensión espiritual” no existe el tiempo como lo medimos aquí. Gracias a la ciencia hoy conocemos que aún en nuestro mundo los conceptos de TIEMPO y ESPACIO son RELATIVOS y están vinculados A LA MATERIA, como lo comprobó Albert Einstein. Con mayor razón, fuera de la materia, en el mundo espiritual, NO EXISTEN EL TIEMPO Y EL ESPACIO COMO NOSOTROS LO


20 EXPERIMENTAMOS Y ENTENDEMOS AQUÍ, PORQUE ALLÁ NO EXISTE MATERIA. El tiempo entre la muerte del cuerpo y su resurrección nosotros lo entendemos y estamos experimentando como una línea que tiene un inicio, una trayectoria en determinado espacio que se lleva determinado tiempo recorrer, y un final. Una línea en el tiempo. Es el transcurso de algo que tiene una duración, una continuidad, como cuando se traza una raya en un papel o una línea continua en una carretera. Pero más bien, para imaginarnos como sucede en la realidad del mundo espiritual, todo lo debemos ver como UN PUNTO (no como una raya). Un punto donde no hay tiempo como aquí lo experimentamos. Por eso nuestros muertos están ya en “su futuro definitivo”. En la dimensión espiritual no hay ayer, hoy ni mañana como los concebimos en este mundo. Eso es válido solo en el mundo material -y aún aquí el tiempo y el espacio siempre son relativos según lo descubrió la ciencia-. No obstante, nosotros vivimos nuestro presente y esperamos la futura venida de Jesucristo, la resurrección de los muertos y el Juicio Final, e intercedemos apropiadamente por nuestros muertos y pedimos a ellos su intercesión en la comunión de los santos, puesto que en nuestro presente no se ha cumplido aún la resurrección de los muertos y el retorno de Cristo. Nosotros tenemos que vivir nuestra realidad con nuestro tiempo y espacio. ¿Cómo será en la dimensión espiritual? Es diferente, como expliqué, pero lo sabremos con exactitud solo cuando lo experimentaremos al llegar allá. De lo que podemos estar seguros es que no hay doble juicio. No hay un juicio “al comienzo de la línea y otro al final de la línea” porque no hay línea. Es un punto. Por eso, PROPONGO QUE LA CUESTIÓN SOBRE LOS DOS JUICIOS SEA ACLARADA en base a estos aportes de la ciencia: Se da todo en un instante de eternidad, por lo que no existe esa espera en la dimensión espiritual. Sé que no es fácil de comprender y que no lo podemos entender con exactitud. Solo después de nuestra muerte lo vamos a comprender totalmente, al experimentarlo en forma personal. En este mundo todavía muchas cosas, como dice San Pablo, las vemos turbias, como en un espejo. (1 Corintios 13.12). En aquellos tiempos los espejos eran de metal y el reflejo era borroso. Necesidad de clarificar a los fieles sobre las devociones populares Sin disminuir en nada nuestro amor y veneración a la madre de nuestro Señor y Salvador, PROPONGO evitar el excesivo culto que en algunas ocasiones se da a la Santísima Virgen María, pues se ha llegado a caer en excesos que incluso en algunos casos se transforman en idolatría al ponerla a la par de Dios o bien sustituyendo a Dios. No digo suprimir, sino evitar el exceso. Con frecuencia se dan prácticas devocionales marianas con tanta profusión que se dejan de lado las prácticas cristianas. Y unas no pueden sustituir a las otras. NO CREO QUE ESO SEA DEL AGRADO DE LA SANTISIMA MADRE DE JESÚS. El cristianismo es cristocéntrico. La devoción a la Virgen María tiene su lugar importante y adecuado que no debe sustituir o desviar el CRISTOCENTRISMO de nuestra fe. La liturgia oficial de la Iglesia para la administración de los sacramentos, las celebraciones eucarísticas (Santa Misa), los ritos de la Pascua y Pentecostés, la Liturgia de


21 las Horas, etc. Lo que constituye LA LITURGIA OFICIAL es CRISTOCÉNTRICA, dándole a la Virgen María un lugar apropiado. Donde se dan los excesos es en las devociones populares que propongo sean moderadas por el Magisterio de la Iglesia. El culto a los santos, por las mismas razones dadas en relación al culto a la Virgen María, propongo que sea reducido al mínimo y reducir también al mínimo las imágenes en nuestros templos pues hay a veces un culto idolátrico a las mismas (sobre todo en las comunidades más sencillas -especialmente en América Latina- donde se observan personas que pasan junto al Santísimo Sacramento ignorándolo para ir a arrodillarse ante la imagen de un santo o de la Santísima Virgen). En la liturgia oficial hay un lugar apropiado para los santos. Existe el Santoral y cada día está dedicado a venerar o pedir la intersección de uno o varios santos en la Santa Misa (como también hay días dedicados a la Santísima Virgen). Los santos deben recibir culto como hermanos venerables cuyo ejemplo de vida nos debe motivar a ser mejores cristianos y que estando en la presencia de Dios pueden interceder por nosotros, como puede interceder la Virgen María. Como nosotros mismos en este mundo intercedemos unos por otros. Hay muchas desviaciones idolátricas en que los fieles dejan de orar a Dios y a confiar en él, poniendo toda su fe y su confianza en un santo que se vuelve “su dios particular”. Nuestra Santa Iglesia Católica es CRISTOCÉNTRICA y así debe enfatizarse. Propongo hablar claro a los fieles explicándoles que un católico no tiene obligación de creer en las apariciones de Jesús ni de la Virgen María. Que creer o no es siempre opcional, aún en los casos en que el Magisterio de la Iglesia ha manifestado que PUEDE creerse. Ni que tampoco es obligatorio creer en la eficacia de ciertas prácticas piadosas: rezo del rosario, de la coronilla a la Divina Misericordia, o de las novenas, por ejemplo. Que tales prácticas pueden ser buenas pero creer en su eficacia no es obligatorio, y que nunca deben sustituir o ponerse por encima de la Santa Misa. Que no debemos creer en “poderes” de estampas, crucifijos, medallas o reliquias que se usan a veces como amuletos u objetos mágicos. Que son objetos de “devoción” que podrían o no ser útiles en nuestra piedad, pero que no se les deben atribuir “poderes mágicos”. Que no se debe creer en las “revelaciones privadas” mientras el Magisterio de la Iglesia no diga que se puede creer (no que se debe creer, pues nunca dice tal cosa). Se cometen muchas desviaciones que no son suficientemente corregidas y a veces son excesivamente toleradas. Por eso propongo que especialmente nuestros obispos y presbíteros, como ministros ordenados hablen más claro y frecuentemente de estos asuntos. Especialmente los obispos y los párrocos. De niño y de adolescente me enseñaron mis profesores de doctrina católica, sin duda sacerdotes santos y bien intencionados de colegios católicos, que si comulgaba nueve primeros viernes seguidos tenía asegurada mi salvación eterna. Hoy no puedo ver la lógica de eso y no lo creo. ¿He dejado de ser católico por no creer en tal cosa? ¡Obviamente no! ¿De dónde surgió tal creencia de “los nueve primeros viernes”? Pues simplemente de una monja francesa llamada María Margarita de Alacoque quien afirmó que se le apareció Jesús varias veces a partir de 1673 y que entre otras muchísimas cosas y promesas que le dijo, le expresó: “Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor omnipotente concederá a todos aquellos que comulguen nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: No morirán en desgracia mía, ni sin recibir sus sacramentos, y mi Corazón divino será su refugio en aquel último momento”. Esta monja fue la propagadora de la devoción al “Sagrado Corazón de Jesús” cuyo cuadro entronizado en una casa supuestamente garantiza bendiciones y protecciones especiales, según Jesucristo se lo prometió a ella cuando se le apareció. Fue declarada santa


22 (canonizada) en 1920. Esta monjita seguramente creyó haber recibido esa revelación. Yo no lo creo. No digo que fuera una mentirosa, pero -para mí- fueron alucinaciones. La Iglesia permite creer en esa revelación a quien así lo quiera, pero no lo obliga. Sin embargo por años los sacerdotes lo fomentaron y propagaron profusamente y al hacerlo lo exponían como algo sin duda cierto, verdadero, incuestionable. Yo lo recibí de los sacerdotes de aquellos tiempos como una verdad tan cierta como la encarnación de Jesucristo o la naturaleza de la Santísima Trinidad. Hoy surgió “la competencia” con las supuestas revelaciones recibidas por la monja polaca María Faustina Kowalska quien a partir de 1925 afirmó que se le aparecía Jesús y le mandó a propagar la devoción a su imagen de “La Divina Misericordia” y a rezar diario con las cuentas del rosario “la coronilla a la Divina Misericordia”, de preferencia a las tres de la tarde porque a esa hora murió Jesús. Todo eso acompañado de promesas de abundantes bendiciones, gracias y milagros. Fue canonizada en el año 2000. Ella era de Cracovia, de donde fuera arzobispo el Card. Karol Wojtyla, después Su Santidad Juan Pablo II, quien la beatificó e inició el proceso de su canonización. Por supuesto, creo que la buena monjita tuvo alucinaciones. Igualmente oigo a los sacerdotes propagar tales devociones sin hacer diferencia en lo que un católico DEBE CREER y en lo que es OPCIONAL CREER O NO. Se predica, celebra, bendice y fomenta la devoción a la Divina Misericordia y las supuestas revelaciones de la monjita canonizada santa, con la misma fuerza y entusiasmo con que se predica la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Ahora tenemos la “competencia” entre “El Sagrado Corazón de Jesús” y “La Divina Misericordia”. Y como si fuera poco ahora sale una nueva “dupleta” de competidores: la devoción a “Los Sagrados Corazones de Jesús y María”. ¿Qué devoción seguir? ¿Cuál es más segura y milagrosa? ¿Quitamos de las casas el “Corazón de Jesús” y ponemos en su lugar a “La Divina Misericordia”? Hacemos los nueve primeros viernes o rezamos “la coronilla”? ¿O hacemos las dos cosas, además del rosario diario, la novena a los “Sagrados Corazones”, la novena al “Divino Niño” y la del santo tal o cuál…? (¿Es “sagrado” el corazón de la Santísima Virgen María? Creo que uno puede decir que es santo, puro, bendito el corazón de la Virgen, pero, ¿llamarlo sagrado –igual, a la par del de Jesús- no es divinizarlo? ¿Y poner de igual a igual a Jesús y María en la devoción a “Los Sagrados Corazones” no cae en herejía?). Lo digo con todo respeto y con amor a mi Iglesia. Por supuesto que también con un gran amor a la Santísima Virgen María, la madre de mi Señor y Salvador, “bendita entre todas las mujeres”. Y también respeto el derecho de creer en todo eso por aquellos que así lo creen. Respeto sus creencias, pero se debe dejar bien claro que NO ES OBLIGATORIO CREERLO PARA UN CATÓLICO. Que yo respete a quienes creen en todo eso no significa que me parezca lo más apropiado. Yo no comparto dichas creencias. De acuerdo con lo expresado por el padre Amatulli, cuyo libro cité antes, todas estas devociones son pietismos y “revelaciones” en que algunos de nuestros hermanos fieles católicos FUNDAMENTAN SU FE y supuestamente la FORTALECEN, porque no están acostumbrados a recurrir a la fuente de donde deben beber: La Santa Biblia. Son prácticas de piedad para conseguir una salvación más fácil y segura, o para conseguir algún milagro. Un fenómeno que ha proliferado en nuestra Iglesia como infantilismo religioso,


23 pietismo e intimismo, propio de épocas pasadas cuando se apartó a los fieles del estudio y lectura de la Santa Biblia. A falta de tener la Palabra de Dios que orientara sus vidas y satisficiera la necesidad de una sana devoción cristocéntrica, surgieron muchas “revelaciones” y devociones para llenar un vacío que hoy debería ser llenado por las Sagradas Escrituras. Incluso hay una especie de “competencia” de santos y advocaciones de la Santísima Virgen María, y hasta de Jesús mismo, que no es sana. El Magisterio de la Iglesia debe orientar y hablar claro sobre estas cosas. (Pag. 191). Muchos católicos sencillos suponen que si no creen que la Santísima Virgen María apareció en tal o cual lugar cometen pecado mortal. Que si dudan que el Santo Rosario tiene poder para una u otra cosa cometen una ofensa grave a la Virgen y a Dios o les puede caer “una maldición”. Que no pueden ser católicos si no creen en todos o algunos de los milagros de los santos o en la protección que brinda un escapulario… etc… Es necesario DECIRLES LA VERDAD: Eso no es obligatorio creerlo para ser un buen católico, aunque pudieran ser devociones provechosas para el que crea en ellas. Lo que he dicho al respecto lo respaldo con el Catecismo de la Iglesia Católica y el fundamento de ello está en sus Nos. 65, 66 y 67. En el Catecismo se aclara que esas “revelaciones” y sus subsecuentes devociones NO MEJORAN NI COMPLETAN la Revelación ya COMPLETADA por Jesucristo y contenida en la Santa Biblia y la Tradición Apostólica. Por lo tanto, mi PROPUESTA es que el Magisterio de la Iglesia enfatice más en la lectura y estudio de la Palabra de Dios, en la Santa Misa, en el amor a la Eucaristía y en el estudio de nuestra Doctrina (con mayúscula), que en tales otras cosas cuya utilidad es cuestionable y me atrevo a afirmar que incluso a veces resultan perjudiciales. PROPONGO UNA RENOVACION CATEQUÉTICA EN QUE NUESTROS PASTORES ACLAREN Y ORIENTEN “HABLANDO CLARO” SOBRE ESTE TEMA. Volvamos a la SANTA BIBLIA como sucedió a raíz del Concilio Vaticano II cuando se despertó un gran entusiasmo por la lectura y estudio de la Palabra de Dios. Hoy hay un “enfriamiento” de aquel entusiasmo bíblico y dejando de lado la SANTA BIBLIA, se vuelve a las devociones pietistas y “revelaciones” olvidando la fuente de donde debemos beber. Quizá deberíamos plantearnos: ¿por qué no invitar a todos los católicos a acudir a la Santa Misa con la Santa Biblia en la mano y buscar en ella directamente las lecturas del día? Opción Fundamental y el Sacramento de la Reconciliación PROPONGO aceptar plenamente la teología de “LA OPCION FUNDAMENTAL”, según la cual eminentes teólogos moralistas católicos han explicado que cada persona –en un momento determinado de su vida- toma una opción con respecto a Dios que tiene un carácter radical en cuanto marca la decisión sobre cómo vivir su vida. Esa opción puede ser: decidir amarlo y obedecerlo, o decidir rechazarlo. Dependiendo de esa OPCION FUNDAMENTAL así vivirá cada uno su vida, procurando sinceramente no romper ni dañar su relación de amor con Dios mediante el pecado, o bien escogiendo libremente vivir “sin Dios” entregándose abierta y completamente al pecado aún contra los dictados de su conciencia. Pero quien toma la OPCION FUNDAMENTAL de amar y obedecer a Dios no está libre de la inclinación al mal que todos tenemos (consecuencia del pecado original), pues nacemos


24 con una naturaleza humana pecadora. San Pablo nos dice que sufría porque el bien que quería no lo hacía y hacía el mal que odiaba. (Romanos 7.15) Quien cae en pecados aislados por su debilidad, independientemente de su gravedad en cuanto a materia y libre decisión, no llega a pecar mortalmente pues no rompe su vínculo de amor con Dios, mientras su OPCION FUNDAMENTAL se mantenga. Caemos en una situación de PECADO MORTAL (que rompe nuestra relación de amor con Dios) solamente cuando libre y conscientemente tomamos la decisión de RECHAZAR A DIOS COMO LA OPCION FUNDAMENTAL DE NUESTRA VIDA. Cuando un cristiano toma como la OPCION FUNDAMENTAL DE SU VIDA obedecer a Dios y aceptar la salvación de Jesucristo, procurará vivir una vida de acuerdo con el Evangelio evitando el pecado. No obstante, nuestra naturaleza pecadora puede llevarnos a veces a caer en el pecado por nuestra debilidad. Tales pecados cuando sean cometidos estando conscientes de su gravedad, dándose las condiciones que tradicionalmente se han considerado que constituyen un pecado GRAVE (materia grave, pleno conocimiento y pleno consentimiento), aún así, mientras el pecador no haya cambiado su OPCIÓN FUNDAMENTAL DE AMAR Y OBEDECER A DIOS, no habrá cometido PECADO MORTAL, pues UN ACTO pecaminoso, aún GRAVE, cometido en un momento de debilidad, no premeditado, no rompe nuestra relación con Dios, aunque la daña. Es pecado y es grave. Pero no es mortal. Aclaremos: Los pecados cometidos como actos aislados en momentos de debilidad SON REALMENTE PECADOS, y pueden ser VENIALES o pueden ser GRAVES; pero AL SEGUIR FIRME NUESTRA OPCION FUNDAMENTAL POR DIOS no son PECADOS MORTALES que impiden nuestra salvación, que por ello merezcamos la MUERTE ETERNA (que es lo que significa “mortal”). Nuestra conciencia sentirá el remordimiento de FALLARLE A DIOS, nos arrepentiremos y haremos lo posible por no hacerlo más (aunque a veces reincidamos). Al respecto hay que diferenciar los actos aislados (aunque sean más o menos frecuentes dependiendo de la debilidad y madurez de cada persona) de las situaciones permanentes de pecado, que implican haber tomado la OPCIÓN FUNDAMENTAL de vivir pecando o en situación permanente de pecado, o sea que implica que hay un rechazo consciente y voluntario de Dios. Los pecados en estos casos surgen de la OPCION FUNDAMENTAL DE ESCOGER UNA VIDA DE PECADO que habríamos tomado y así estaremos VIVIENDO EN PECADO MORTAL. Cuando caemos en PECADO MORTAL rompemos nuestra relación con Dios y perdemos la Vida Eterna. Imaginemos que una persona buena vive luchando contra su inclinación al mal y raramente comete un pecado GRAVE. Si se considerase que el pecado GRAVE es equivalente a MORTAL, y esa persona por debilidad cae en un pecado GRAVE y fallece ese día repentinamente, o en el momento de cometer el pecado, o sin tiempo de arrepentirse y menos de confesarse, ESTARIA CONDENADO A LA MUERTE ETERNA. Eso no tiene sentido. La salvación y la condenación se volvería un asunto de “suerte”. Pudiera ser que una persona pase años sin cometer un pecado GRAVE y el día en que llega a cometerlo muere… Según la teología tradicional SE CONDENA ETERNAMENTE. ¡No puede ser! La salvación y la condenación eterna no pueden depender de ACTOS DE PECADO sino más bien de UNA VIDA DE PECADO (de la OPCION FUNDAMENTAL de rechazo a Dios).


25 Para caer en pecado MORTAL, lo cual significa merecer la condenación eterna, se necesita optar por una vida de pecado, no pecados aislados. Todos somos pecadores, como San Pablo lo dijo, pero una cosa es optar por una vida de pecado y otra radicalmente diferente es optar por una vida luchando por no pecar, aunque a veces pequemos. ESE ES EL SENTIDO DE LA OPCION FUNDAMENTAL. No obstante, hay que aclarar que ciertos pecados GRAVES que se pudieran cometer “aisladamente”, pudieran significar que YA CAMBIAMOS NUESTRA OPCION FUNDAMENTAL Y DEJAMOS DE OBEDECER Y AMAR A DIOS. Quien comete un asesinato premeditado pasó un tiempo planeándolo, rumiando su odio en el corazón, cultivando una actitud contraria a Dios que desembocó en ese crimen. Igualmente, aquel que comete un adulterio no lo hace casualmente o repentinamente sino después de haber transitado un camino sin Dios, primero ha de haber sentido atracción por otra persona que no es su cónyuge y permitió que esa atracción se convirtiera en deseo, luego ese deseo lo fue cultivando y fue creando las condiciones propicias para desembocar en el acto adúltero. En ambos ejemplos LA OPCION FUNDAMENTAL DE LA PERSONA NO ES OBEDECER NI AMAR A DIOS y por consiguiente su PECADO GRAVE es también MORTAL. En realidad, esas personas (de los ejemplos) habrían vivido en situación de pecado mortal desde el momento en que decidieron darle la espalda a Dios y escogieron el camino del pecado. Sabemos que la Santa Iglesia nos manda confesar al sacerdote en el Sacramento de la Reconciliación nuestros PECADOS MORTALES (que rompen nuestra relación con Dios y nos hacen merecedores de la condenación eterna). Según la teología de la OPCION FUNDAMENTAL no es obligatorio para el católico recibir el Sacramento de la Reconciliación (confesarse con el sacerdote) sino en el caso de haber tomado una OPCION FUNDAMENTAL DE RECHAZO A DIOS. La “confesión” sería necesaria solo en el caso del pecador arrepentido de haber tomado una OPCION FUNDAMENTAL de rechazo a Dios, porque solo entonces se estaría en condición de PECADO MORTAL (condenado a la muerte eterna) y se necesita acudir al Sacramento de la Reconciliación confesándose con el sacerdote para reconciliarse con Dios y también con la Iglesia, reintegrándose a la comunidad eclesial, al pueblo de Dios, de conformidad con lo que Jesucristo estableció: “Reciban al Espíritu Santo, a quienes les perdonen los pecados les serán perdonados y a quienes no se los perdonen no les serán perdonados.” (Juan 20.22 y 23). Sin embargo, debe quedar abierto el Sacramento para quienes deseen acudir a él aún sin haber cometido el pecado mortal de tomar la OPCION FUNDAMENTAL DE RECHAZO A DIOS. Acudir al confesor en caso de pecados GRAVES o VENIALES sería una práctica saludable pero no obligatoria. En caso de haber cometido pecado grave o pecado venial bastaría un arrepentimiento sincero ante Dios, especialmente en el Acto Penitencial dentro de la Santa Misa. En el caso de quienes no son cristianos sabemos que tienen la ley natural escrita en sus corazones y que serán juzgados según su propia conciencia. (Romanos 2.14-16). En tal caso la redención de Cristo también es para ellos si viven una vida de bien, pero pueden optar por la OPCION FUNDAMENTAL de rechazar “al Dios que no conocen” al decidir consciente y deliberadamente optar por una vida contraria a su propia conciencia, una vida no de bien, sino de hacer el mal. Referencias: (Diccionario Enciclopédico de Teología Moral. Ediciones Paulinas. Segunda Edición. Madrid. 1974. Voz: Opción Fundamental: Severino Dianich, Profesor de Teología


26 Dogmática, Universidad Gregoriana, Roma. Consejero de la Asociación Italiana de Profesores de Moral. Voz: Pecado (Nuevas matizaciones) Adolfo Díaz-Navas, Profesor de Teología Moral en la Universidad de Comillas, Secretario de la Asociación Española de Teólogos Moralistas). Actualizar los conceptos sobre el cuerpo y la sexualidad humana Para comprender mejor este tema –tan delicado- debo extenderme un poco e iniciar desde la historia de los primeros siglos de nuestra Iglesia. Por eso ruego su comprensión si me detengo mucho en estas explicaciones en aras de una exposición más clara de las propuestas que deseo presentar. La teología moral católica ha sido muy influenciada por concepciones propias del pensamiento griego introducidas en los primeros siglos del cristianismo por los llamados “Santos Padres”, personas con gran cultura y sabiduría algunos de los cuales también son llamados “Doctores de la Iglesia”. Ellos –además de la Santa Biblia y la Tradición de los Apóstoles- estudiaron otras cosas, principalmente a “los padres de la filosofía” como fueron los filósofos de la antigua Grecia. Orígenes –uno de los Santos Padres fundadores de lo que hoy se conoce como “la patrística” o enseñanzas de los Santos Padres- nacido hacia 185 en Alejandría- fue el fundador de un “sistema filosófico cristiano” al que incorporó elementos platónicos, neoplatónicos y gnósticos. Definió la orientación filosófica que luego siguieron otros santos padres y doctores de la Iglesia en “la patrística” y posteriormente en la Edad Media en la llamada “escolástica”. Por supuesto que había que estudiar a los filósofos griegos y desarrollar una “filosofía cristiana”. Eso no estaba mal. Los cristianos tenían que predicar y dialogar con un mundo que estructura el pensamiento en base a categorías filosóficas. No se puede hablar de Dios a la humanidad ignorando la filosofía. Su mismo nombre nos indica su importancia, pues es una palabra formada de dos términos griegos que significan “amor” y “sabiduría”. Ese concepto fue inventado por Pitágoras cuando al preguntarle si era un sabio, contestó: “No, pero soy un amante de la sabiduría (filósofo)”. La palabra filosofía comprende “los esfuerzos generales del hombre para entender el mundo en que vive y su propio lugar en ese mundo” –según dijo el mismo Pitágoras-. La filosofía es la ciencia que estudia las últimas causas de todas las cosas, es la ciencia que trata de dar una guía que nos ayude a encontrar la verdad sobre todos los interrogantes que el hombre se hace. La reflexión teológica utiliza como uno de sus instrumentos a la filosofía. Es importante, es muy necesario saber razonar adecuadamente, filosóficamente, para dar razón de nuestra fe. Pero en esa noble tarea de reflexión filosófica y teológica nuestros antiguos padres y doctores de la Iglesia asumieron como válidos algunos conceptos errados de los filósofos griegos. Voy a referirme en este momento tan solo a dos temas en que erraron a todas luces, tal como el pensamiento moderno y la ciencia actualmente lo comprueban y la teología moderna y el Magisterio de la Iglesia lo confirman: el desprecio por el cuerpo humano y la abominación de la sexualidad. La patrística llegó a su culminación con San Agustín, y quizá él sea el mayor exponente de los grandes y valiosísimos aportes de los santos padres y doctores de la Iglesia que iluminan nuestra fe, que ayudan a conciliar nuestra fe con la razón, que nos ayudan a


27 entender mejor, a acercarnos a cosas tan trascendentales y difíciles como los grandes misterios de la fe (por ejemplo, sobre la Santísima Trinidad). Sin restarle nada a su importancia, a sus méritos y al valor de sus aportes, lamentablemente San Agustín y otros santos padres de los primeros siglos del cristianismo compartían similares ideas equivocadas respecto al cuerpo humano y al sexo. Gracias a Dios en los tiempos modernos, gracias al Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica ha superado bastante la moral que San Agustín nos heredó, pues algo bueno creado por Dios –como es el sexo- lo condenó como sucio, perverso y depravado. Siendo San Agustín el más importante de los santos padres y doctores de la Iglesia, su pensamiento sobre este tema influyó por siglos en la doctrina que en materia de sexología la Santa Iglesia Católica ha sostenido y considero que no lo ha logrado superar totalmente. San Agustín nació en el Norte de África en 334. Fue Obispo de Hipona desde el 396 hasta su muerte acaecida en 430. Sus obras más importantes son las Confesiones y La Ciudad de Dios. No hay duda de que fue un gran padre de la Iglesia y sus aportes teológicos son valiosísimos para nuestra teología cristiana. Pero –humano al fin- aunque brillante en teología dogmática, en materia de teología moral se equivocó y su influencia ha sido muy negativa. Él pensaba que los cristianos debían repudiar el sexo; pero mantenía que muchos eran incapaces de hacerlo por “su debilidad”. Para éstos, entonces, el matrimonio era una alternativa como un mal menor, y además bajo el supuesto de que el sexo debía servir para el único propósito de tener hijos, y para ello debía consumarse el acto sexual entre esposo y esposa en forma rápida y procurando el menor placer posible, pues era un acto repugnante que cargaba la humanidad como una consecuencia del pecado original, pues antes del mismo no era necesario el acto sexual para reproducirse. Estaba convencido de que el sexo es intrínsecamente perverso y lo llama “excitación diabólica de los genitales”. Su idea acerca de las mujeres era sorprendente y extremadamente misógina, increíblemente machista en grado superlativo. Decía: “Las mujeres no deben ser iluminadas ni educadas en forma alguna. De hecho, deben ser segregadas, ya que son causa de insidiosas e involuntarias erecciones en los santos varones.” Consideraba el acto sexual como una consecuencia nefasta de la que Eva fue la culpable. Afirmó: “Es Eva, la tentadora, de quien debemos cuidarnos en toda mujer.” “No alcanzo a ver de qué utilidad puede servir la mujer para el hombre, si se excluye la función de concebir niños”. ¿De dónde sacaron San Agustín y otros padres y doctores de la Iglesia semejantes ideas? No de las raíces del cristianismo, ciertamente; sino de la filosofía griega. Es por causa de esa influencia griega, principalmente del platonismo y del neo-platonismo, que San Agustín erró con respecto a la moral sexual. Otros padres y doctores de la Iglesia recibieron también la influencia de filosofías no cristianas como el dualismo, el estoicismo y el gnosticismo, que los condujeron a graves errores teológicos en materia moral, los cuales la Iglesia modernamente los ha ido, en gran medida, superando, aunque todavía falta mucho por avanzar. Aunque los padres de la Iglesia ciertamente combatieron el dualismo, el estoicismo y el gnosticismo, acabaron siendo fuertemente influidos por esas corrientes de las que adoptaron varios conceptos como la dualidad espíritu-materia con marcado desprecio por lo material, así como lo relativo a los instintos humanos considerados como instintos


28 naturalmente perversos. De allí las ideas bárbaras de “castigar” al cuerpo con torturas auto infligidas (como dándose latigazos o usar cilicios -fajas de cerdas o de cadenillas de hierro con puntas, ceñidas al cuerpo junto a la carne para mortificarse o sacos o vestiduras ásperas usadas para “penitencia”-). Todo lo relativo al “placer de los sentidos” (comer, beber, divertirse… pero principalmente el placer sexual) ha sido exageradamente –e injustamente- condenado, reprimido, castigado, censurado, prohibido y distorsionado en forma OBSESIVA por muchos moralistas cristianos, bajo esa influencia. La adopción de concepciones propias de los filósofos griegos condujo a que se considerara al cuerpo como una cárcel que aprisiona al espíritu, el cual “se libera” de ese indeseable cuerpo después de la muerte. Pero el desprecio por el cuerpo y el repudio al sexo están en contradicción con las enseñanzas bíblicas, con la cultura hebrea y con la esencia de la doctrina cristiana, que entre otras cosas enseñan que el ser humano fue creado desde el principio como un ser con sexo: varón y mujer; que nuestros cuerpos son “templos vivos del Espíritu Santo”; y que el ser humano está destinado a ser eternamente un ser con cuerpo. Por eso esperamos y creemos en “la resurrección de los muertos” o en la “resurrección de la carne”; y esto es dogma de fe, parte del Credo de los Apóstoles y del Credo Nicenoconstantinopolitano. Después de la patrística, en la Edad Media surgió la “escolástica”, que dio continuidad a la patrística tratando de conciliar la fe con la razón subordinando la filosofía a la teología. Su mayor exponente fue Santo Tomás de Aquino. De la escolástica hay que decir algo similar a lo dicho de la patrística: es una inmensa y provechosa sabiduría aportada a la Iglesia, muy provechosa para entender mejor nuestra doctrina; pero lamentablemente tan equivocada como la patrística en el tema de la sexualidad humana. Si la influencia de San Agustín fue inmensa, no lo fue menos la de Santo Tomás de Aquino, otra de las columnas del pensamiento cristiano. Con ocho siglos de diferencia, en el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino reforzó las concepciones de San Agustín con sus propios conceptos, tomados ya no de Platón como San Agustín, sino de la filosofía de Aristóteles, quien mucho influyó en su pensamiento. De Santo Tomás debo decir lo mismo que dije de San Agustín: Su aporte a la teología es inmensa y valiosísima, pero en cuanto a moral sexual cometió grandes errores. Veamos tan solo un ejemplo: Aristóteles llama a la mujer arren peperomenon (varón mutilado), consecuentemente con eso, Santo Tomás de Aquino dice en su máxima obra, Summa Theologiae, que las mujeres son “algo que no ha sido querido en sí, sino que dimana de un defecto”. Es fácil, pues, comprender cómo las enseñanzas morales de la Iglesia por siglos fueron influidas por los errores de los filósofos griegos introducidos por estos grandes pensadores cristianos, que tuvieron extraordinarias luces en otros temas. Contrario al pensamiento de los filósofos griegos que tanta influencia tuvieron en la teología moral agustina y tomista, los más prestigiosos teólogos católicos actualmente afirman que el hombre (utilizo la palabra hombre, como en los documentos de la Iglesia, en su sentido genérico más amplio, como varón y mujer, o sea el ser humano, el género humano) fue creado por Dios, desde el principio, varón y mujer, con igual dignidad y “a su imagen y semejanza”. Cada ser humano fue creado como un ser “único”


29 constituido por cuerpo y espíritu y no como un ser “dual” con dos naturalezas destinadas a separarse. El hombre no sería hombre si no tuviese espíritu; sería para siempre un cadáver o un animal. Pero tampoco el hombre sería hombre sin su cuerpo. Los ángeles son seres espirituales, pero los hombres no. Los hombres somos seres con cuerpo y espíritu. Somos cuerpo y espíritu para toda la eternidad. Y si bien es cierto que al morir en este mundo el cuerpo se descompone y el espíritu sigue viviendo, el espíritu vive en espera de recuperar su cuerpo y tanto el cuerpo como el espíritu esperan la resurrección de la carne. La separación del espíritu del cuerpo no es algo bueno. No es una “liberación del espíritu de la cárcel del cuerpo” sino una separación dolorosa que Dios no la quiere y que sucede como una consecuencia del pecado desde sus orígenes, o sea del pecado original. Precisamente Jesucristo, Dios hecho hombre –que no tuvo, sino que tiene un cuerpo humano- se ofreció en sacrificio para librarnos de las consecuencias del pecado, entre ellas, de la muerte no solo del espíritu sino también del cuerpo. Esa separación del espíritu de la carne es algo terriblemente malo y fuera de los planes originales de Dios. Es algo doloroso pero afortunadamente transitorio. Nuestros cuerpos están llamados a vivir de nuevo, unidos para siempre cuerpo y espíritu, porque Jesucristo ya venció a la muerte. Dios nos creó con un cuerpo, o sea con la carne; y Dios “todo lo hizo bien”, como leemos en las primeras páginas del Génesis. Es cierto que nuestros cuerpos hoy son “corruptibles” y resucitarán “incorruptibles”; serán diferentes en algunas cosas pero iguales en otras: serán siempre cuerpos. Si no, ¿para qué resucitarán? Si nuestros cuerpos fueran a resucitar para ser iguales que nuestros espíritus, ¿no bastaría que siguieran existiendo solo nuestros espíritus? ¿Qué sentido tendría la resurrección de la carne? Por lo tanto, debemos tener nuestros CUERPOS en gran estima. Nuestros cuerpos completos, no solo el cerebro, el corazón, las manos… sino todo nuestro cuerpo… nuestros estómagos, nuestros pies, nuestros órganos genitales… Todo nuestro cuerpo es una maravillosa y bella creación de Dios. Y todo nuestro cuerpo, absolutamente todo, es bueno, es digno, ES TEMPLO DEL ESPIRITU SANTO. ¡Todo el cuerpo de cada varón y de cada mujer! (1 Corintios 6.19). Y nuestros cuerpos fueron diseñados por Dios con reacciones físicas y químicas, con glándulas que segregan sustancias químicas que influyen en nuestros deseos, como el deseo de comer, el deseo sexual, el deseo de ser amado, el deseo de obtener placer… Así lo diseñó Dios y como dice su Santa Palabra en el Génesis el vio que “todo lo que creó era bueno”. Sobre nuestro instinto sexual hay que aclarar que no es una consecuencia del pecado original, sino que fue la voluntad de Dios crearnos dotados con él desde el principio. El sexo es una creación de Dios. El dijo –como leemos en el Génesis- “CREZCAN Y MULTIPLIQUENSE Y PUEBLEN LA TIERRA” ¿Cómo obedecerían varones y mujeres a Dios sin tener relaciones sexuales? DIOS MANDO TENER RELACIONES SEXUALES. ¿Cómo puede ser el sexo algo malo, sucio, repugnante, etc., si es algo que Dios lo creó y mandó que se usara? Sabemos que podemos disfrutar de todo lo que Dios creó. Podemos admirar la belleza humana espiritual y corporal como una obra magnífica de Dios y agradecerle por ello. Dios nos manda a alimentarnos, a comer, porque debemos conservar y cuidar nuestra vida y para eso es necesario comer. Dios hizo de comer algo agradable. Es sabroso comer. Es una delicia saborear una buena comida. Y no nos avergonzamos de comer ni lo consideramos algo malo, sucio, repugnante, etc.


30 Pero claro que si abusamos de la comida, si comemos como no es debido, entonces estamos haciendo mal y no es eso lo que Dios quiere; y sufrimos consecuencias malas por ello, nos enfermamos y hasta podemos morir. Igualmente, el sexo es bueno y Dios quiere que nos produzca placer y que lo disfrutemos. No es nada malo. Pero como sucede si abusamos de la comida si usamos el sexo como no es debido, entonces hacemos mal y eso es contrario a la voluntad de Dios, nos daña y daña a otros, y eso es pecado. En los planes de Dios la consumación natural del acto sexual tiene su lugar apropiado dentro del matrimonio, que implica la mutua entrega de un varón y una mujer basada en un auténtico amor, en la estabilidad de una unión con un compromiso serio de la pareja para el auxilio mutuo y la procreación y educación de los hijos en un hogar permanente. Ahora bien, por el pecado original tenemos la inclinación al mal. Nace en nosotros la tentación de usar mal las cosas buenas. Y al hacerlo voluntariamente, libremente y conscientemente, pecamos porque violamos la ley natural que Dios puso en nuestros corazones. El sexo es bueno, pero desordenado o mal usado no lo es. Todo lo que Dios nos ha dado es bueno, incluyendo los instintos y las pasiones, nada es malo; pero todo hay que usarlo adecuadamente. Sin embargo sabemos que el Magisterio de la Iglesia considera que en cuanto a todos los mandamientos de Dios hay materia grave y materia no-grave (parvedad de materia). Una mentira puede ser grave o no-grave (una “mentirita”). Sobre la vida humana (“no matarás”) hay materia grave como asesinar, menos grave como matar por imprudencia, mucho menos grave darle un puñetazo a otro, no-grave pudiera ser una agresión verbal, etc… No es lo mismo robar el salario de un mes a un pobre que unos centavos a un rico. Así en todos los mandamientos se considera que hay materia grave y materia no-grave… ¡MENOS EN RELACION AL SEXO! Se considera que todo pecado relacionado con el sexo es siempre materia grave. ¿Por qué? NO DEBE SER ASÍ. Son resabios de la OBSESIVA repugnancia contra el sexo (que no pocas veces degeneró en hipocresía y doble moral). Es verdad que algo se avanzó en el Catecismo de la Iglesia Católica cuando al hablar de la masturbación en el No. 2352, a pesar de que se dice que “es un acto intrínseca y gravemente desordenado” (o sea, materia grave) lo que implica “pecado mortal” (o según la teología de la “Opción Fundamental” al menos “pecado grave”), también aclara que para juzgar si el que se masturba comete pecado grave o venial o no comete ningún pecado “ha de tenerse en cuenta la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores síquicos o sociales QUE REDUCEN, E INCLUSO ANULAN LA CULPABILIDAD MORAL.” O sea que hay ocasiones en que si una persona se masturba (aunque sea considerado “materia grave” de pecado) no comete pecado grave o incluso ningún pecado, considerando las circunstancias particulares que pueden darse en cada caso. ¡Un buen avance…! Y así fue ordenado publicarse por Su Santidad Juan Pablo II en el Catecismo de la Iglesia Católica. Pero… ¡SORPRESA! Pronto salió una “CORRECCION” al Catecismo. Los sectores conservadores de la Iglesia movieron sus influencias e hicieron retroceder nada menos que al Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Card. Ratzinger, bajo cuya Dirección se preparó el Catecismo, y al propio Santo Padre el papa Juan Pablo II que lo


31 mandó a publicar. Levantaron sus voces airadas diciendo: ¡Quien comete un acto tan perverso, sucio, indigno, vergonzoso, intrínsecamente malo como es la masturbación JAMAS PUEDE DEJAR DE SER CULPABLE! ¡Tienen que CORREGIR eso en el Catecismo! Tiene tanto poder el sector conservador dentro de la Iglesia que obligaron al Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y futuro papa Benedicto XVI, y al papa Juan Pablo II, a “rectificar”; y tristemente se publicó una CORRECCION. Donde decía: QUE REDUCEN, E INCLUSO ANULAN LA CULPABILIDAD MORAL. Ordenaron que se corrigiera: QUE PUEDEN ATENUAR O TAL VEZ REDUCIR AL MÍNIMO LA CULPABILIDAD MORAL. Es decir, en vez de REDUCEN, pusieron “pueden atenuar” En vez de ANULAN, pusieron “tal vez reducir al mínimo” Esto nos da una idea de cómo en las mentes conservadoras de nuestra Santa Iglesia prevalecen aún los conceptos arcaicos y errados sobre el sexo que de la antigüedad nos llegan originados en conceptos filosóficos griegos, no cristianos. Por supuesto que un varón o una mujer que viven su matrimonio sin ningún impedimento para tener relaciones sexuales entre ellos, están obligados a practicar el sexo mutuamente sin ninguna limitación, mientras sea todo con el consentimiento de ambos miembros de la pareja. En ese caso, masturbarse sería traicionar a su pareja buscando el placer sexual al margen de la otra persona a quien se le estaría privando de algo que le pertenece. Es muy claro que los esposos se deben fidelidad mutua en lo afectivo y en lo sexual. En tales casos la masturbación sería normalmente un pecado. Pero hay otras situaciones: --Los adolescentes y jóvenes --Los solteros en general --Los viudos --Los que están divorciados o separados sin culpa --Los que por diferentes razones no tienen acceso a su esposo o esposa, por ejemplo: -Los prisioneros -Los inmigrantes -Los ausentes por largos períodos de tiempo por razones de trabajo o estudio -Los que sufren el rechazo de su esposo o esposa -Los que sufren la impotencia de su esposo o la incapacidad física o sicológica de relacionarse sexualmente con su esposo o esposa -Otras varias causas que pudieran darse sin culpa


32 No existe ninguna razón bajo la luz de la ciencia que indique que la masturbación sea dañina desde un punto de vista científico (médico o sicológico). Incluso la ciencia moderna, tanto desde el punto de vista médico como sicológico considera recomendable la masturbación para las personas que sintiendo el deseo sexual no tienen esposo o esposa con quien realizar el acto sexual o cualquier otra práctica sexual compensatoria. La represión –que se ha visto tradicionalmente como virtud- puede incluso ser dañina. Por consiguiente, ¿por qué va a considerarse materia grave de pecado o imputarse responsabilidad pecaminosa alguna a los que estando en estos casos se masturben? ¿A quién hacen daño? ¡A nadie! ¿Querrá Dios en su inmenso amor y misericordia que esas personas sufran bajo esa tensión y angustia la represión de lo que su cuerpo –sobre el cual no tienen control en esos momentos- demanda por medio de las reacciones químicas y físicas que se producen a causa de sus hormonas, puestas en sus cuerpos por el mismo Padre Celestial? Creo que no. También hoy sabemos que Dios dotó al varón de una sobreabundancia de espermatozoides y que mientras no se unan un óvulo con un espermatozoide no hay fecundación. Es hasta que el óvulo es fecundado por un espermatozoide que se inicia una nueva vida, de tal forma que mientras eso no ocurra no hay una nueva vida humana. Por eso el arcaico concepto de que el varón que se masturba “asesina” vidas humanas, carece de toda veracidad. Así como no tiene sentido hablar de “desperdiciar” los espermatozoides dada la sobreabundancia que de ellos tiene cada varón fértil y sano. Por supuesto que en el caso de las mujeres no hay ningún argumento de este tipo contra la masturbación. Volvemos, por tanto, al punto de que el único caso en que la masturbación constituye pecado es cuando el esposo o la esposa al masturbarse sustituyen voluntaria e innecesariamente el acto sexual que deberían realizar con su cónyuge (fuera de los casos especiales y excepcionales arriba ya descritos). Es más, la masturbación en muchos casos evita que el adolescente, el soltero, el emigrante, etc., recurra a la prostitución o –peor aún- a cometer otros actos más graves como violación o pederastia. El problema radica en que –como resabio de las doctrinas erradas sobre el sexo que nos llegaron de los filósofos griegos- sigue considerándose erradamente que todo acto sexual solo se puede realizar legítimamente dentro del matrimonio y siempre con la posibilidad de que surja del acto un embarazo (entre personas fértiles). Si no es dentro del matrimonio y se evita la posibilidad de embarazo, todo acto sexual se considera que es pecado, que es siempre “materia grave” y que siempre conlleva algún nivel de culpabilidad pecaminosa (se permite solo el muy poco confiable método del ritmo para evitar embarazos). Por ese mismo concepto se condena siempre la masturbación, el uso de anticonceptivos, la esterilización, y por el mismo concepto es que se prohibe que un esposo con SIDA use preservativo para no contagiar de tal enfermedad a su propia esposa o a un posible hijo. No se concibe el sexo –aún dentro del matrimonio- por simple placer. El placer se acepta, pero “condicionado”. Humildemente PROPONGO revisar el concepto heredado de los santos padres y doctores de la Iglesia influenciados por la filosofía griega y sin los conocimientos que ahora en el siglo XXI aporta la ciencia moderna. Debe considerarse natural y no pecaminosa la


33 masturbación en los casos arriba señalados y debe permitirse la planificación familiar por razones económicas y de salud, así como el uso de métodos anticonceptivos y preservativos. No es lo mismo cerrarse a la vida negándose a tener hijos para una pareja del primer mundo que cuenta con todos los recursos para procrear niños que bien pueden criar y mantener, y no lo hacen por egoísmo; que para una pareja del tercer mundo, pobres, quizá desempleados, que ya tienen varios niños mal nutridos. Incluso no puede ser igual para una familia que aún teniendo recursos económicos han procreado el número de hijos que en conciencia ellos consideran que pueden criar, formar y atender debidamente. No puede ser igual. Dios no creo que lo vea igual. Dios no puede querer esa rigidez de normas que no son compasivas. En vez de PROHIBICIONES se deben hacer llamados a las conciencias para que cada cual decida lo justo ante Dios, que juzgará cada caso en particular. En cuanto a que siempre en materia sexual se considera que existe MATERIA GRAVE, PROPONGO que sea renovado el concepto, pues nunca será igual que una pareja de solteros tengan relaciones sexuales a que la tenga un casado con quien no es su cónyuge, en cuyo caso sería adulterio y sería –por supuesto- pecado grave. Es cierto que en el primer caso hay un acto que no se está realizando dentro de un matrimonio, como debería ser, pero ni el grado de culpa, ni la gravedad o la parvedad del acto realizado es siempre igual, sino que habría que ver cada caso en particular. No será lo mismo un acto de prostitución o bien fornicar con quien apenas se conoce, en forma indiscriminada, promiscua, cada vez que se tenga la ocasión simplemente porque se desea buscar el placer, al caso de una pareja que llegan a hacerlo después de una relación donde ha surgido el amor y realizan el acto sexual en un momento de pasión a veces difícil de controlar. Hay diferencias marcadas y no se pueden juzgar todos los casos como iguales. ¿Qué decir de los novios que estando decididos a casarse son llevados por la pasión a caricias muy íntimas e incluso a tener relaciones antes de su “luna de miel”? Yo no me atrevería a decir que esa pareja sean un par de pervertidos pecadores. Tampoco digo que está bien… pero hay diferentes situaciones o circunstancias que pueden atenuar, reducir al mínimo e incluso anular la culpa. Nuevamente digo: habría que ver cada caso concreto en particular. Los varones y las mujeres de hace más de dos mil años estaban preparados para formar parejas, tener relaciones sexuales y procrear alrededor de los 14 años de edad. Los muchachos, pastores o agricultores, obreros o soldados, podían sostener sus familias adecuadamente. Las muchachas sabían a esa edad como cuidar del hogar, de los niños y del esposo. ¿Qué más necesitaban? ¡Nada! A la edad en que sus hormonas sexuales empezaban a funcionar adecuadamente, empezaban a sentir la atracción sexual y simplemente se casaban y vivían plena y saludablemente su sexualidad. Pero la vida fue cambiando y se volvieron más complicadas las cosas. Hoy a los 14 años un muchacho o una muchacha apenas –con suerte y entre el sector de la población más económicamente desarrollado- están a mitad de sus estudios secundarios o de educación media; dedicarse a trabajar les impediría estudiar y poder lograr un nivel de vida adecuado. La vida moderna les dice… ¡esperen! ¡No pueden contraer matrimonio! En el siglo XXI a esa edad se les considera “niños” y la edad normal para casarse (por haber terminado sus estudios y obtenido un trabajo apropiado) es cada vez más alejada de aquellos 14 años de hace miles de años atrás. ¡Pero las hormonas sexuales están activas y el instinto y la pasión (naturales y muy normales) están en su pleno vigor! ¿Qué pueden hacer estos jóvenes de hoy? La respuesta más fácil es por la que se ha optado en la Iglesia “sin meterse en


34 complicaciones”: ¡Abstinencia! ¡Castidad! ¡Pureza! Pero… ¿es eso realmente posible? No dudo que existan casos excepcionales en que sea posible, pero si somos sinceros debemos reconocer que TODO EL MUNDO SABE que normalmente no es posible. ¡Lo saben en primerísimo lugar los sacerdotes confesores, consejeros y guías espirituales de jóvenes! Ante esta realidad, considerando que para que haya pecado GRAVE se necesita pleno consentimiento, o sea actuar con plena libertad, y que el poderoso instinto sexual no permite que la decisión sobre estos casos sea tomada sin la inmensa presión del mismo gracias a unas reacciones químicas y físicas QUE DIOS PUSO EN EL SER HUMANO que LIMITAN LA LIBERTAD DE DECISIÓN, no pueden considerarse pecados GRAVES todos los pecados sexuales cometidos bajo esas circunstancias. Incluso, NO SIEMPRE HABRÁ MATERIA GRAVE EN TODO PECADO SEXUAL. (En la sicología moderna se debate científicamente si el instinto sexual es más fuerte incluso que el instinto de conservación). Y me he limitado solo al aspecto “instintivo” del sexo; no he hablado del amor que puede surgir entre enamorados o novios (como de hecho surge) y que –según Dios así lo ha querido- ese amor (el EROS) incentiva, despierta y acrecienta la fuerza del instinto sexual. PROPONGO que en todo pecado por actos sexuales se tomen en cuenta las circunstancias en que se dé, considerándose graves algunos actos como sería el adulterio, pero tomando en cuenta que existen otros actos realizados en infinitas diferentes situaciones, circunstancias, edades, niveles de compromiso, de madurez, etc. cuyos casos no se debe generalizar, sino verse pastoralmente en forma individual. Tales actos pudieran ser pecados graves, veniales y aún no ser pecados. Otro problema en este tema es que ciertos teólogos de la antigüedad tomaron en forma literal, fundamentalista, algunas palabras de San Pablo fuera del contexto histórico y cultural, y sin tomar en cuenta las particularidades del propio apóstol. San Pablo esperaba que Jesucristo viniera muy pronto, mientras él vivía, y aunque conocía lo que dijo el propio Jesucristo y creía que “nadie sabe el día ni la hora” su ferviente deseo de verlo llegar pronto y la situación de persecución cruel en que vivían los primeros cristianos, lo llevó a afirmar que es mejor permanecer soltero que casado. ¿Para qué casarse si Cristo ya viene y con Él una nueva creación? ¡Mejor esperarlo y dedicarse por entero a preparar su venida sin distraernos en otros menesteres! Pero San Pablo también dijo otras cosas que sabemos que no podemos interpretarlas al pie de la letra, como aquello de que las mujeres en la Iglesia debían permanecer calladas, pero hoy muchas mujeres son lectoras de la Palabra de Dios durante la Santa Misa; y dijo también San Pablo que las mujeres se cubrieran la cabeza en la Iglesia en señal de sumisión al hombre, pero la Iglesia suprimió esa norma entre las reformas del Concilio Ecuménico Vaticano II. Entonces, no podemos ser fundamentalistas y tomar literalmente todo lo que San Pablo escribió, sin ponerlo en la correcta perspectiva del contexto histórico y cultural en que lo dijo y sin tener en cuenta las circunstancias propias de él, como nos orienta el Magisterio de la Iglesia hoy. Sería como interpretar literalmente las palabras de Jesús cuando dijo que quien mira a una mujer deseándola, adultera con ella en su corazón. Si pretendiéramos aplicar eso a cada mirada como si fuese un pecado mortal exacta y literalmente igual de grave que la consumación del adulterio mismo, estaríamos actuando en forma fundamentalista (el fundamentalismo es uno de los errores frecuentes de algunos hermanos separados que aplican literalmente la Biblia sin tomar en cuenta el contexto). Jesús, en ese lenguaje hiperbólico propio del pueblo hebreo en aquella época, nos orienta a no cultivar, a no


35 darle alas a un deseo o a una pasión que no está permitida, a no propiciar que anide y crezca en nuestro corazón aquello que nos puede conducir al grave pecado del adulterio. No podemos interpretarlo como si por una mirada mereciéramos la muerte eterna. Si tomáramos literalmente ese pasaje deberíamos también tomar literalmente lo que sigue inmediatamente después, cuando a renglón seguido Jesús nos dice que si un ojo es ocasión de pecar, debemos arrancarlo; y si una mano es ocasión de pecar, debemos cortarla. De ser así, ¡los cristianos seríamos un conglomerado de tuertos y mancos! Jesús hablaba en ese estilo hiperbólico, como se acostumbraba entre los judíos de su época, para enfatizar una enseñanza, pero no para ser tomado literalmente. Al tocar este tema no estoy proponiendo un sexo irresponsable, libertino, desenfrenado. Creo que la plenitud de la unión sexual tiene su lugar dentro del matrimonio, cuando nos unimos para ser “una sola carne”. Creo que esa unión, como máxima expresión del amor de una pareja, tiene varios fines: Es para procurarse el placer sexual mutuamente y sin reservas, para auxiliarse el uno al otro en un íntimo compañerismo, y para procrear. Pero ¡no solo para procrear! como lo concebían erróneamente algunos de los santos padres y doctores de la Iglesia en la antigüedad, como los influyentes San Agustín y Santo Tomás de Aquino. Dios nos dio el sexo también como un precioso don para que disfrutemos del placer sexual por el placer mismo, como algo muy bueno. Los jóvenes enamorados que no están listos para el matrimonio, ni físicamente, ni emocionalmente, ni económicamente, deben responsablemente guardar la plena entrega sexual del uno al otro para el matrimonio, que supone la existencia de un amor maduro, de la fidelidad y de un serio compromiso para formar una familia en forma permanente y estable. Sin embargo, debemos considerar diferentes factores para no caer en juicios demasiados severos cuando el ideal de realizar la unión sexual dentro del matrimonio –que debe procurarse y fomentarse- no se logra por diferentes razones que habría que ver según cada caso en particular. No podemos ignorar que desde temprano en la vida de los varones y las mujeres se presenta con mucha fuerza el deseo sexual y la atracción física, y que sentirlo no es sucio, ni degradante, ni mucho menos pecado. Que desde la pubertad se siente la atracción sexual y se presentan casos de excitación sexual que son normales. Que los jóvenes en su inmensa mayoría practican la masturbación, unos más y otros menos, e incluso la practican muchos adultos que sufren de soledad y de otras situaciones particulares a veces muy complejas; y que los enamorados practican los besos y caricias más o menos intensas según las diferentes etapas de su crecimiento y también según los distintos niveles de relación y compromiso mutuo, algunos próximos al matrimonio. No son pervertidos la inmensa mayoría de los adolescentes del mundo ni aquellos adultos que viviendo en situaciones especiales se masturban, ni son depravados los novios que practican algunas caricias o acaso llegan a tener relaciones sexuales (sin que sea lo ideal y recomendable). Esas situaciones no debemos verlas todas como iguales, ni catalogarlas siempre como actitudes de rechazo a Dios, ni como indefectibles violaciones graves a la ley de Dios. Así como en otras materias la Iglesia considera que hay pecados graves y pecados veniales, no es justo catalogar como “pecado grave” todo pensamiento, todo deseo y toda acción desordenados relacionados con el sexo. Igual que con el resto de mandamientos debemos considerar que también hay casos de parvedad en cuanto a la materia, y no considerar que todo “pecado sexual” implique necesariamente materia grave. Por la influencia agustina y tomista (y de otros santos padres) se ha exagerado en esta materia.


36 El matrimonio es un sacramento que consagra una unión estable entre un hombre y una mujer. Sin embargo, quienes no son católicos tienen otras formas de establecer sus uniones estables, por ejemplo mediante bodas celebradas en los ritos de otras religiones, mediante actos civiles o legales, etc. La Iglesia debe respetar las opciones de quienes no comparten nuestra fe pero sus uniones no son simplemente relaciones pasajeras, temporales, sin compromiso formal, sino que implican un compromiso mutuo y estable de la pareja, en cualquier forma que sea reconocida por la ley civil. Sin embargo, un católico no debe formar pareja con otra persona fuera del Sacramento del Matrimonio, debiendo permitirse en tales casos los matrimonios mixtos en presencia y con la bendición del ministro católico y del ministro de la fe del otro cónyuge (no olvidemos que los “ministros celebrantes” del Sacramento del Matrimonio no son los sacerdotes, sino los propios contrayentes). Necesidad de nuevas normas sobre el celibato El celibato sacerdotal no es un tema de doctrina. Es simplemente una “norma” que en determinado momento de la antigüedad estableció la Iglesia. Sabemos que entre los primeros cristianos, incluyendo a los apóstoles, lo natural, lo normal, lo esperado y lo más respetado era que los que se dedicaban a ser ministros ordenados fuesen casados y tuvieran hijos. Aunque San Pablo –como ya cité- por razones especiales opinaba que era mejor la soltería, no estaba con eso estableciendo una norma para los ministros de la Iglesia. No me voy a detener más en esto por tratarse de algo que doy por sabido. Después de haber visto arriba lo relativo a la moral sexual, creo que cae por su propio peso entender que en la Iglesia se introdujo una especie de repugnancia hacia el sexo que influyó en una exaltación del no-sexo: la virginidad y el celibato. De allí se desprenden y se comprenden muchísimas cosas que se dan en la vida de la Iglesia. No niego que si una persona decide consagrarse por entero renunciando al matrimonio para poder dedicarse por completo a la noble y loable tarea de servirle a Dios, igual que servir a la Iglesia y al prójimo, hace algo excelente. Pero igual de excelente es lo que hace una persona que decide contraer matrimonio, fundar un hogar, tener hijos, criarlos, formarlos y trabajar en un oficio o profesión sirviendo a Dios, a la Iglesia y al prójimo, a su comunidad y a su nación, desde el lugar y el ambiente donde se desenvuelve su vida, contribuyendo con su trabajo al desarrollo normal de la vida del mundo y santificándolo. Ambas cosas son igualmente buenas. Ninguna es mejor que la otra. Ni más, ni menos buena, meritoria y santa. Un hombre célibe dedicado al servicio de Dios, la Iglesia, el prójimo no es ni más ni menos virtuoso que un hombre casado, trabajador honesto, que mantiene un hogar cristiano y es un laico ejemplo de virtudes en su comunidad. El tener o no tener relaciones sexuales no hace ni más ni menos digna a la persona. Una mujer que se mantiene virgen no es más ni menos pura y santa que una mujer casada que tiene relaciones sexuales con su esposo. Como decía un amigo médico que contribuía en las charlas de preparación al matrimonio: ante el lecho de los esposos cuando estos realizan el acto sexual se podrían poner dos cirios encendidos pues allí está presente Dios y lo que hacen es puro y santo, bueno y saludable, bendito y provechoso, ordenado por Dios; se está realizando un acto que deviene de un Sacramento de la Iglesia.


37 Muchas madres abnegadas que han criado con sacrificio y a veces con dolores y angustias a sus hijos, son más santas que muchas monjas consagradas a la vida religiosa (sin por eso despreciar los méritos de muchas monjitas). Pero no se ha entendido así en la historia de la Iglesia pues por siglos se consideró “sucio e indigno” tener relaciones sexuales aún entre casados, y todo lo vinculado al sexo se consideró denigrante. Es natural que concluyamos que el celibato sacerdotal tiene su origen en tales concepciones equivocadas. Aunque en las iglesias ortodoxas y en las iglesias católicas orientales (en comunión con el obispo de Roma, o sea el Papa) los ministros ordenados de la Iglesia se casan. Y cuando los sacerdotes anglicanos o episcopales (cuyas ordenaciones la Iglesia Católica reconoce válidas cuando han sido ordenados por obispos ordenados sin interrupción de la sucesión apostólica) se pasan a la Iglesia Católica Romana, son aceptados como sacerdotes casados, con sus esposas e hijos, y celebran o presiden los sacramentos igual que los sacerdotes célibes católicos romanos. ¿Por qué –entonces- se mantiene el celibato? ¿Resabios del pasado? ¿Razones económicas? ¿Presiones del sector conservador? ¿Cuál es, HOY, la razón? Sinceramente no comprendo por qué se insiste en mantener una norma que considero sin sentido. No voy a hablar sobre la vida sexual del clero ni recurrir a los casos escandalosos magnificados por los medios de comunicación y los enemigos de la Iglesia, para argumentar a favor de la propuesta de reformar la norma del celibato sacerdotal. Pero para mí es claro -más que evidente- que no funciona el celibato como hoy se manda. Los argumentos a favor y en contra abundan y se han planteado en diferentes foros. No tiene caso repetirlos ahora. Me limitaré a expresar que estoy a favor de eliminar tal prohibición como algo absoluto y permanente. Por eso propongo una renovación en la línea sugerida por el padre Amatulli – ampliamente citado aquí-. Dice el padre Amatulli -y yo estoy de acuerdo- que a los sacerdotes diocesanos (llamados a vivir generalmente solos en sus parroquias) debería permitírseles ser casados (no es conveniente que hayan sacerdotes solteros o célibes viviendo solos o sacerdotes “diocesanos” solteros en general); mientras quienes deseen ser sacerdotes célibes deberían integrarse en una comunidad religiosa. (Recomiendo la lectura completa de su libro: (P. Flaviano Amatulli Valente, FMAP. - “HACIA UN NUEVO MODELO DE IGLESIA” (Apóstoles de la Palabra –México) 2006www.padreamatulli.net). No comparto todas las propuestas del padre Amatulli, pero coincido con la mayoría de ellas. Yo agrego lo siguiente: Al ser ordenados como sacerdotes e integrarse plenamente como miembros de la respectiva orden religiosa, los religiosos deben hacer su voto de castidad (celibato) y pobreza por un período de tres años (puede discutirse el tiempo, tres o cinco años, etc), y renovar sus votos por otro período igual cada vez que se venza. Cuando consideren que no están en capacidad de continuar célibes, deben pedir su retiro de la orden e incorporarse (incardinarse) como sacerdotes diocesanos y casarse. Igualmente, las mujeres que deseen incorporarse a una comunidad religiosa u orden religiosa (monjas) deben hacer sus votos por determinados años y renovarlos cada vencimiento. PROPONGO que no deben hacerse votos de castidad ni de pobreza perpetuos.


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PROPONGO también que (además de practicarse más profusamente la ordenación de DIÁCONOS PERMANENTES CASADOS, lo que a veces sin razón es evitado) se ordenen como presbíteros a casados de la tercera edad que tengan un buen testimonio de vida matrimonial y moral en general, que hayan cumplido sus obligaciones de padres con sus hijos ya independientes y que cuenten con el consentimiento, respaldo y apoyo de sus esposas. Estos sacerdotes de la tercera edad pueden cumplir una gran labor llenando el vacío de poder celebrar la Eucaristía y otros sacramentos donde no lo pueden hacer otros por falta de suficientes sacerdotes. La Eucaristía es centro y culmen de la vida cristiana y es muy triste que millones de católicos se vean privados de ella, habiendo personas aptas y dispuestas a ser ordenadas para dar ese servicio. Muchas personas de la tercera edad son jubilados con pensión y no representarían carga económica a la Iglesia. No es lo mismo que se lleve la Santa Comunión o se den Celebraciones de la Palabra en comunidades donde no puede oficiar cada domingo un sacerdote ordenado, a que SE CELEBRE LA SANTA MISA. Con estas propuestas me sumo a todo un gran movimiento que sobre la abolición del celibato obligatorio existe en nuestra Iglesia Católica.

Mayor participación de los laicos PROPONGO que los laicos no solo sean llamados a ayudar a los presbíteros como Ministros Extraordinarios de la Comunión, Delegados de la Palabra o Catequistas. Los laicos deben participar más en la vida de la Iglesia, en sus decisiones a todos los niveles, en la administración de la misma. Se trata de SU Iglesia, al fin y al cabo. A nivel de diócesis, cada Consejo Diocesano debe integrarse al menos con un tercio de sus miembros laicos. Estos no deben ser solamente “consultores” sino miembros plenos. Para cada pastoral de la diócesis debe haber un comité o comisión donde al menos un tercio de sus miembros (no colaboradores simplemente) sean laicos (Pastoral Social, Pastoral Vocacional, Pastoral Juvenil, Pastoral Familiar, Pastoral de Cárceles, Pastoral de Enfermos, etc.). Y toda Comisión ad-hoc que sea creada debe contar con al menos un tercio de sus miembros laicos. Insisto: No “colaboradores” sino miembros. En cuanto a las PARROQUIAS debe existir un CONSEJO PARROQUIAL que sea el administrador de la parroquia. Debe ocuparse de todos los asuntos administrativos, de las finanzas, del salario del párroco y del vicario. Este consejo debe atender todos los asuntos materiales (construcciones, actividades, adquisiciones). De esa manera los ministros sacerdotes podrán estar más dedicados a su labor pastoral sin inmiscuirse tanto en los asuntos materiales y administrativos que le quitan mucho tiempo. Este consejo debe ser electo en una asamblea anual de fieles de la parroquia y rendir cuentas a la comunidad parroquial. El párroco puede presidirlo, pero sin convertir al Consejo Parroquial en “mero ayudante” o en “consultivo” únicamente. Sino que el párroco debe tomar las decisiones en consenso con su Consejo Parroquial.


39 El caso de los divorciados y vueltos a casar PROPONGO que los divorciados y vueltos a casar civilmente y que cumplan ciertos requisitos que indiquen que su nueva unión es honesta y estable, sean recibidos por la Iglesia con pleno derecho a recibir todos los sacramentos, incluso el del matrimonio. Para eso, una vía de solución del problema de la “indisolubilidad” del matrimonio sería considerar que “la nulidad” de muchos matrimonios que se celebran está evidenciada por el fracaso de los mismos. No puede limitarse la “nulidad” a causales siempre explícitas, evidentes y taxativas. Hay nulidades “ocultas” que se manifiestan cuando el amor mutuo y la fidelidad de la pareja simplemente no se manifiestan, no existen. Y si “aparentaban” existir era simplemente eso: apariencia. Debe entonces asumirse que nunca hubo verdadero matrimonio y declararse la nulidad. El Derecho Canónico debe contemplar la figura jurídica de PRESUNCION DE NULIDAD POR LOS EFECTOS EN LOS MATRIMONIOS FRACASADOS. No me refiero a casos de primeros matrimonios en que se dan problemas aislados como situaciones más o menos excepcionales, crisis matrimoniales que podrían ser superadas. Debe entonces prevalecer la reconciliación, el perdón y el olvido. No se deben escatimar esfuerzos por SALVAR EL MATRIMONIO. Pero diferente son los casos en que la actitud de uno o de ambos cónyuges manifiesta en forma evidente que allí no existe respeto, fidelidad ni amor. Casos en que los pastores a veces incluso recomiendan la separación a fin de evitar daños mayores a la pareja y/o a los niños. Aquí me refiero a ese tipo de casos. Si ese tipo de unión termina en divorcio y hay un segundo matrimonio civil, debería declararse por el obispo u ordinario del lugar, a solicitud fundamentada del párroco, la NULIDAD del primer matrimonio dándose la PRESUNCIÓN DE INVALIDEZ por su fracaso, asumiendo que hubo algún vicio oculto al momento de celebrarse, lo que posteriormente produjo su fracaso. Es un caso en que la Iglesia debe usar el poder dado por Jesucristo de “atar y desatar”.

Situación de los homosexuales Los homosexuales no son personas depravadas. La ciencia moderna nos aclara que esa condición es involuntaria. Ellos no escogieron esa condición y no deberían sufrir por algo que Dios permitió sin la voluntad de quien así es sin “culpa”. En el No. 2358 del Catecismo se da un gran paso en relación a la comprensión y aceptación de las personas homosexuales al decir que “deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza.” Pero en el No. 2359 se establece que los homosexuales están llamados a “la castidad”, lo cual significa que no pueden tener nunca relaciones sexuales. Surge la pregunta lógica: ¿es esto posible para una persona que no tiene vocación de célibe? Me parece que no. Entonces, ¿no resulta cruel exigir una conducta IMPOSIBLE de cumplir, o al menos casi-imposible? ¿No contradice la indicación de “acogerlos con COMPASIÓN” el obligarlos –bajo pena de considerarlos pecadores- a un celibato forzoso y cruel?


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¿Cómo, entonces, van a vivir su sexualidad? EXIGIRLES que sean CÉLIBES A LA FUERZA, no me parece una solución. Repito, es cruel que por no cumplir con una conducta imposible de cumplir se les señale como PECADORES. El problema no es sencillo y tengo más preguntas que respuestas. Es decir, más bien tengo como PROPUESTA que este tema sea objeto de atención, estudio y discusión sin prejuicios. Por ahora no tengo capacidad de ver una solución. Pero ha de existir… y se debe buscar con la ayuda de Dios. No debe ser un tema cerrado. Al menos por ahora, con los elementos que conozco, los MATRIMONIOS HOMOSEXUALES no los considero convenientes porque además de que no está claro –al menos para mí- que sea natural un matrimonio que no implique la unión de un varón y una mujer, la posibilidad de adoptar niños por parejas homosexuales no es adecuada a la realidad de la vida, hoy por hoy al menos. ¿Por qué? Porque los homosexuales no están en este momento preparados para ello ya que forman parejas muy inestables y son muy promiscuos (según se ha comprobado científicamente mediante estadísticas que lo comprueban); y también porque la sociedad no está preparada para tratar con niños “hijos” de una pareja homosexual sin herirlos. En este tema está en primer lugar, ante todo, el bienestar de los niños. Aunque sea culpa de la sociedad misma –en términos generales- tener esa actitud discriminatoria y ofensiva hacia esos niños, no se les debe someter a tales sufrimientos y traumas. Complacer el deseo de tener hijos de parte de una pareja homosexual (aún suponiéndolo un deseo legítimo en todo sentido) no justifica que para complacer tal deseo se pongan niños en peligro. Los homosexuales que desean comprensión y compasión para sí, deben tenerla para esos niños y renunciar a adoptarlos. Lo contrario lo considero una actitud egoísta. Por otra parte, ¿podría la Iglesia permitir las “uniones” homosexuales sin matrimonio? Creo que –al menos por ahora- no se puede pronunciar la Iglesia en términos generales sobre esas situaciones, aunque pastoralmente podría analizarse cada caso en particular y de manera privada. ¿Qué hacer? El asunto es delicado y de por medio debe estar “la compasión”, como dice el No. 2358 del Catecismo. La compasión es un elemento que jamás puede estar ausente en toda discusión sobre materia moral entre los cristianos, pues nuestra religión es una fe BASADA EN EL AMOR, y un AMOR sin COMPASIÓN no puede ser auténtico. Personalmente creo que las uniones homosexuales de hecho, de parejas estables, no serían “pecado mortal”, ni “pecado grave” cuando está de por medio la OPCION FUNDAMENTAL POR DIOS. (Ya vimos antes que tal opción fundamental se da aún en un ateo, aún no estando consciente de ello). ¿Acaso es preferible que los homosexuales sean promiscuos y un día tengan relación con una persona y después con otra y otra? La experiencia dice que eso sería INEVITABLE. Habrán casos excepcionales, pero es falso que la inmensa mayoría de los seres humanos, homosexuales o heterosexuales, pueda controlar el instinto sexual y cumplir con una vida de “castidad o pureza”. Es establecer una regla que no se va a cumplir y que induce a una vida de hipocresía o de sufrimiento. En tal caso creo que si una pareja homosexual escoge el camino de una unión de hecho estable para vivir su sexualidad privadamente con discreción y prudencia, estaría optando por un mejor camino que la promiscuidad –no digamos inevitable para no excluir posibles casos excepcionales, pero casi inevitable, si somos sinceros y realistas-.


41 Pero la Iglesia no podría declarar tal cosa en forma general, sino tratarlo casuísticamente por la vía pastoral, atendiendo caso por caso. Estaríamos ante decisiones personales que dependerían de la conciencia de cada individuo. Yo no me atrevería a proponer condenarlo ni a declararlo legítimo en forma general. Pero respetaría una decisión que responda a lo más íntimo de la conciencia de cada persona. Una decisión que solo Dios -que juzga la conciencia de cada cual- podría aprobar o desaprobar y en la cual tocará a los pastores aconsejar y orientar individualmente en cada caso en particular, tomando en consideración el elemento de la compasión y también la conducta general de la persona homosexual en todos los ámbitos. Creo que a los demás nos tocaría respetar, siempre que de por medio exista de parte de la pareja homosexual discreción y prudencia en sus vidas privadas, contrarias a la toma de actitudes desafiantes, ostentosas o escandalosas que a veces se dan (no creo que esa sea la vía más apropiada para reclamar con eficiencia los derechos de los homosexuales). No abogo por una actitud “hipócrita” sino prudente. Si se hacen esfuerzos en la Iglesia para considerar la homosexualidad de conformidad con los conocimientos científicos de los tiempos actuales, y tener ante ellos –además de la actitud que indica el Catecismo de “acogerlos con respeto, compasión y delicadeza”- una actitud de aceptación y respeto a su comportamiento sexual íntimo o privado, se les debe pedir a los homosexuales en cambio su colaboración esforzándose en actuar con la prudencia que nos ayude a la comunidad cristiana católica a avanzar en este nuevo enfoque ante una sociedad que a pesar de todo apenas empieza a asimilar esta nueva concepción. Discreción no sería, en este caso, hipocresía. En todo caso, como decía, el problema es complejo y tengo más preguntas que respuestas. Estoy muy claro del planteamiento, pero no de la solución. Apenas he esbozado algunas ideas que pudieran ser útiles y es lo que yo creo según me dicta mi conciencia. Por eso, PROPONGO que este tema se mantenga abierto a la discusión y sea más estudiado por diferentes especialistas. Que no se dé una declaración definitiva sin antes encontrar una solución que sea MORAL Y COMPASIVA al mismo tiempo.

La ordenación de mujeres PROPONGO que el tema de la ordenación de mujeres no sea un tema cerrado como se ha declarado. Este asunto merece analizarse, estudiarse, discutirse más. No encuentro razón alguna para no ordenar mujeres. Me parece muy pobre, insuficiente, sin base sólida el argumento hasta hoy sostenido de que Jesús no escogió a mujeres como apóstoles, pues aquello fue en otra época y bajo otras circunstancias. Jesús se adaptó a su tiempo y a las circunstancias culturales del pueblo hebreo del cual era parte, lo cual era prudente. Ciertamente no lo hizo entonces, ¡pero no lo dejó prohibido! ¿Existen otras razones? Si las hay deben ser reveladas, expuestas, analizadas, discutidas abiertamente. ¿Qué razones? ¿Económicas? ¿Sicológicas? ¿Culturales “todavía”? Si es así, debe continuar discutiéndose este tema con toda franqueza y con amplia participación, sin prejuicios y sin discriminación. De lo contrario, deberían ser ordenadas al sacerdocio ministerial las mujeres igual que los hombres sin más demora.


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Epílogo He presentado aquí mis propuestas con franqueza y con humildad, con respeto y con amor, procurando ajustarme a lo que indica el canon 212. § 3 del Código de Derecho Canónico. Soy fiel a mi Iglesia y respetuoso del Magisterio. Mi intención es contribuir como miembro del Pueblo de Dios al debate que dentro de la comunidad católica se da a nivel mundial alrededor de estos temas. Son propuestas que pueden ser acertadas o erradas, pero bien intencionadas. He pedido a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que guíen mis pensamientos y mis manos para escribirlas y las presento con todo respeto a aquellos que han sido puestos por Dios como pastores para guiar a su pueblo: el Magisterio de la Iglesia. Queda, pues, este trabajo sujeto a su discernimiento, seguro de que sabrán, conforme dice la Santa Biblia, examinarlo todo y quedarse con lo bueno.” (1 Tesalonicenses 5.21).

Managua, Nicaragua Julio, 2012

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UNA IGLESIA CATOLICA RENOVADA