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Desde algún lugar, en un punto oscuro del universo, desde la estrella fugaz que pasa a millones de kilómetros de la tierra, desde ese lugar oculto en la imaginación del abismo interplanetario, incomprensible para nuestros diminutos cerebros, desde allí es que daré fe de lo que aconteció: Cuando salí de casa, un sentimiento calificado como angustia y nervios ya se hallaba impregnado en mí. Tantas veces pensé acerca de la lógica y la razón, y de tanto pensar en aquellas palabras que dicen todo y no dicen nada, creí volverme loco, me sentí un paranoico, y hasta acepté acercarme a la misma esquizofrenia. Y si es que digo que la razón y la lógica a veces no dicen nada, es porque si existiera lógica y razón, las cosas serían diferentes en ese mundo rastrero repleto de seres humanos carroñeros del espíritu ajeno, de la oportunidad, y del ansia de alcanzar la deseada razón. Al llegar a la vereda, lo primero que hice fue mirar a cada lado: primero al lado derecho, y luego al izquierdo. -Nadie me sigue- pensé Siempre buscando algún signo que me indique que definitivamente estaban tras mis pasos. Luego lancé el vistazo de rigor sobre la pista comprobando que en el interior de los autos estacionados al lado de la calzada, no existiera persona alguna agazapada que me esté espiando, y, registrando de alguna manera mis movimientos. Luego proyecté la vista a la vereda de en frente, justo en el restaurante donde solía comer ñoquis y pastas, tratando de escudriñar entre los comensales dispuestos en las mesas del exterior a algún sujeto que me infundiese sospecha para determinar si estaba allí para seguirme, fotografiarme, o simplemente avisar a otro sujeto, quizá apostado en la siguiente esquina, que yo ya salía. Sin embargo, ¡Qué va! No fue así, nadie en realidad me esperaba, tampoco me seguía, menos aún registraban mis movimientos. Tras cerciorarme que todo iba en orden en mis derredores, recuperé la compostura, regulé el ritmo respiratorio, y decidí salir caminando sin ocupar mi mente en tales delirios de persecución. Estaba sobre la misma avenida las Heras, el día era tibio, 1


soleado, y hasta los pájaros trinaban en las copas de los árboles de la avenida por ser época primaveral. Buenos Aires es una hermosa ciudad, colmada de personas y personajes, de una alegría inusual que invita al pensamiento y el estudio del género humano, diverso por cierto. La verdad, amaba pasear por aquella ciudad cargada de miles de cafés, restaurantes con mesas en el exterior, y un estilo bastante europeo que evocaba mi vida en el Viejo Mundo. Caminé por la avenida con dirección al Jardín Botánico, y en la marcha, no me cansaba de observar todo y a todos: la observación es un ejercicio maravilloso para el alma. De cuando en cuando, interrumpía mis observaciones del paisaje, arquitecturas, y personas para admirar a los canes que caminaban con sus dueños, ambos plenos de orgullo, y ese espectáculo de fusión humano animal, siempre fue digno de análisis y estudio particular, en cualquier ciudad que lo halla experimentado, ¡claro! menos en las zonas populares del Perú o en el África donde los perros son prisioneros en las azoteas de las casas, o sencillamente deambulan esqueléticos buscando alimento donde quiera que sea. Tras unos minutos de suave caminata, llegué hasta el Botánico en Palermo, que aunque parezca mentira, es el único barrio de Buenos Aires que verdaderamente llegué a conocer, pues solía caminar y repasar cada calle, pasaje, callejuela o avenida, y a parte de mirar y admirar a las mujeres hermosas que por allí deambulaban, era gratificado con el mismo entorno que acompañaba mi vista. Aquel día cuando estuve frente al Botánico, me acerqué a las rejas y advertí que la puerta principal estaba cerrada con una enorme cadena y allí mismo colgaba un cartelito que anunciaba que el jardín se hallaba cerrado por reparaciones. Me asomé y profundicé mi vista en el interior y descubrí muchos gatos tendidos sobre el pasto lamiéndose, o simplemente en actitudes felinas que trajeron a colación en mi mente aquellas familias leoninas que vemos en los documentales de los parques nacionales del devastado continente africano. Pasé unos quince minutos admirando a los gatos tan relajados e impersonales, siempre independientes y ajenos al mundo que los rodea, dotados de una personalidad particular y única que los distingue de los demás animales domésticos, no obstante, todos esos gatos que vivían y aún deben vivir en el Jardín Botánico de Buenos Aires, con seguridad no son dignos de ser 2


considerados domésticos, pues viven en una forma de salvajismo animal de parque ciudadano, el cual comparten con las aves y otros animales que no detecta la vista humana con facilidad. Luego de observar a toda la familia gatuna del Botánico, emprendí la caminata con dirección a la Plaza Italia. Respiré llenando mis pulmones de aire relativamente fresco pues los buses que por ahí rodaban expulsaban harto monóxido de carbono el cual todo transeúnte debía respirar obligatoriamente. Pasé frente al zoológico y sentí un golpe salvaje de olores de excrementos de animales inmensos como los elefantes, las jirafas, y los mismos leones; sus prisiones perpetuas estaban a la vista y veía sus perfiles rondar en su encierro: el elefante balanceándose tristemente mientras despertaba curiosidad en los niños y familias que visitaban la prisión del reino animal. Peculiarmente, aquellos efluvios de olor excremental despertaban en mi una sensación de libertad salvaje, sentía que era trasportado por medio de aquellos aromas fecales a un mundo alejado de la mecánica y la estupidez, y sin esperarlo, mi propia mente me arrojaba a la realidad: caminaba en una vereda, cerca de una enorme reja que a su vez circundaba un inmenso, alegre y desagradable parque donde se recluían seres vivientes fuera de su habitad para que sean contemplados por otros seres más bestiales aún. Cuando casi llegué a la puerta principal del Zoológico de Palermo, contemplé con mayor tristeza las turísticas carrozas con esos supuestos corceles listos para pasear turistas alrededor del zoológico; alegóricos carruajes, tirados por infelices equinos sometidos a la tortura humana. Volví la cabeza, y observé la fila de visitantes antes de entrar al parque zoológico, un preámbulo vigorizado por la exaltación de la curiosidad: grupos de niños escolares, familias enteras con hijos gritones, vendedores ambulantes que ofrecían recuerdos baratos del zoológico, dulces, golosinas, sombreritos, y toda esa retahíla de artilugios comerciales que se llevan a casa y terminan olvidados en algún rincón innecesario. De un instante a otro, descubrí en la vereda de enfrente un sujeto que parecía mirar en la dirección donde yo me hallaba, entonces, hice un ademán de soltura para emprender nuevamente mi caminata; al llegar a la Plaza Italia, me volví con cautela e identifiqué nuevamente al mismo individuo que había visto en la puerta del zoológico, me hice el desentendido, el 3


caminante, y tratando de ser discreto repasé la zona con la vista, y, otro sujeto se acercó al hombre que ya había descubierto, ambos conversaron y se volvieron a la vez para mirarme, ahora sí que eran ellos y me seguían. Presa de la emoción que emana del temor, aceleré el paso buscando la entrada del Subte, caminé discreta y rápidamente, y justo antes de introducirme en las escaleras que conducen a las bóvedas bajo la tierra, divisé a los dos sujetos caminando velozmente, me seguían, definitivamente me seguían. Me lancé literalmente escaleras abajo, tropezándome con la gente agobiada por el tráfago humano, por los olores corporales y subterráneos que dominan esos lugares, hasta llegar a la expendedor de boletos de viaje, pagué, y salí corriendo para insertarlo en la máquina de paso y entrar a túnel de espera, miré para atrás nuevamente y los dos hombres estaban entrando tras de mi: uno vestía de negro, con traje y una camiseta informal, el otro llevaba una casaca de cuero lustroso, y zapatillas llamativas; no tenían la clásica apariencia de los policías, menos aún de detectives encubiertos, y mucho menos la de personas normales, más bien, su aspecto de bribones era resaltante, sin menoscabar a las personas que se puedan vestir de tal manera, no sé si el hábito hace o no hace al monje como reza el dicho popular, empero, el rostro, la combinación de indumentaria, y las maneras de cada personas hacen a su personalidad, empleo, actividad o pasatiempo, y este par de tipos, eran definitivamente personajes extraños, y lo peor, me seguían. Caminé hasta el extremo del túnel, y me volví para dirigirles una mirada descarada, ellos, ante la obviedad de la situación, y al verse descubiertos, pretendieron hacerse los ajenos a mi, no obstante no pudieron, en su actuación, mientras que fingían conversar naturalmente soltaban miraditas de soslayo que capturaban mi presencia, poco a poco más gente se fue aglomerando en el túnel: mujeres interesantes, viejos de miradas vidriosas, sujetos taciturnos, otros estrafalarios, y uno que otro ejecutivo de expresión frustrada por no estar en el auto del año y verse obligado a viajar en un medio público y común; mis apreciaciones del grupo humano eran cada vez más rápidas; los años me enseñaron a entender al mundo disparatado, al género humano radicado en las metrópolis, y esa agudeza parecía aumentar día a día con las situaciones que tenía que vivir. Finalmente, la oscuridad del túnel fue rápidamente diluida por las luces del tren 4


que iba llegando, las cuales fueron precedidas por el sonido metálico y el chirrido de las ruedas sobre los rieles. El armatoste de hierro emergió con violencia y conmocionó naturalmente a todos los que esperaban quienes se empezaron a mover nerviosamente: una especie de ritual de insectos parientes de las hormigas esperando a la cucaracha gigante para subirse a ella y ser trasportados, algunos se acercaban a los bordes de la canaleta donde pasaba el tren, otros se retiraban con precaución, algunos otros se cercioraban de tener todo en su lugar y otros tantos cerraban los teléfonos en donde estaban hablando; las puertas de tren se abrieron automáticamente y una turba de personas salió violentamente atropellando a los despistados que no se ubicaran al lado de las puertas, miré entre la multitud, y, advertí que los dos sujetos me espiaban, uno le decía algo al otro, y, sorteando a las personas que tenían en frente se empezaron a acercar a mí, la situación me infundó temor aunque se diga que entre las multitudes existe mayor seguridad. Pasé al interior del vagón, estaba repleto de personas, difícilmente se podía caminar en el interior, todos apiñados, aún así, a empujones, me abrí paso hacía el otro extremo del vagón, entonces me di cuenta que los vagones estaban interconectados por una especie de acordeón de goma, sinceramente no me había percatado de las características del tren; era de última generación, e incluso los olores corporales se diluían con el aire acondicionado que soplaba un dispositivo adherido al techo, empuje, pisé callos, lancé codazos hasta llegar al tubo de goma que interconectaba los vagones tratando de pasar al siguiente vagón, había personas hasta en las uniones del vagón, el tren rebozaba su propia capacidad. Los dos individuos continuaron siguiéndome, se acercaban descaradamente, y yo, me ponía aún más nervioso. No podía tenerlos muy cerca, corría peligro, quizá una daga oculta, o simplemente un largo estilete acabaría con la persecución, yo me desplomaría inadvertidamente y ellos escaparían impunes de su acto, y recién en el piso, la gente advertiría que algo había sucedido no si antes caminar sobre mí. Llegamos a la estación de Ministro Carranza, al abrirse las puertas imagino que mi salida se asemejó a la expulsión de un objeto, el hecho es que salí corriendo, y tras de mi, los dos hombres hicieron lo propio, fue un error pues en aquella estación no suele haber mucha gente. Las escaleras mecánicas que conducían a la superficie estaban vacías, sólo unos cuantos cristianos se 5


hallaban en la bóveda, corrí y corrí desesperado, y ellos corrían tras de mi, me volví y pude ver que uno de ellos esgrimía un arma, los malandrines corrían en silencio, yo jadeaba, imprimí mayor velocidad a mis pasos, el entrenamiento en el boxeo y la gimnasia me daban una marcada ventaja, aún así los nervios y el miedo hacían su trabajo. Me encontré en la superficie, el sol alumbraba todo, y salí corriendo por un corredor que pasaba al lado de un desnivel donde pasó un ferrocarril traqueteante, ruidoso, que en ese preciso instante tocaba su sonora bocina, corrí y salí a un parque muy pequeño flanqueado por restaurantes y mesas con comensales, el tiempo de observancia del mundo en esos instantes había expirado, miré a un lado y al otro buscando por dónde escapar de mis persecutores, me volví y observé que el que llevaba el arma la guardaba discretamente entre su ropa mientras que dibujaba una sonrisa maligna, me empecé a sentir aterrado, se acercaban, no sabía que hacer, si correr o simplemente quedarme a enfrentarlos. Estaba paralizado, desarmado, me di vuelta y quedé mirándolos fijamente, ellos aminoraron el paso y se fueron acercando a mí. -¿Qué quieren?- pregunté Uno de ellos tenía una larga cicatriz que atravesaba su mejilla derecha y era bastante más pequeño que yo, el otro era de mi misma talla y sonreía, se aproximaron hasta estar prácticamente cerca de mi cuerpo. -¿No digas nada?- intimó el más pequeño mientras que el otro me enseñaba discretamente el arma que tenía oculta en el cinto. -Vas a venir con nosotros- conminó el más alto No tenía alternativa, no conocía a esos sujetos, tampoco podía determinar el grado de peligrosidad que poseían. Caminé con ellos. Fueron un par de cuadras, hasta llegar a un lugar donde había pocas personas caminando, allí uno de ellos, el más pequeño quien parecía tutelar el trabajo, ordenó: -Espera-

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Ambos miraban sus derredores como esperando algo. El más alto extrajo un teléfono de su bolsillo, se apartó dándome una palmada en la espalda mientras me dedicaba una especie de sonrisa amistosa, era una de esas sonrisas que reflejan una amistad dudosa, la sonrisa que enuncia la acción indescifrable del impulso humano. Tras finiquitar su llamada se acercó a mi, y extrajo la pistola, la levanto y alcancé a escuchar una detonación seca que se fue trasformando en eco, las fuerzas me abandonaron, y un sentimiento de velocidad mental cruzó todo mi pensamiento, alcancé a sentir que las piernas me flaqueaban y el sol se fue alejando para ser reemplazado por un silencio continuo que excedió todo razonamiento.---------------------- Finis ----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------He cumplido con mi trabajo- pensé -No es fácil hacer estas cosas- le dije al enano y él me contestó -Bueno ya esta hecho, ahora empuja al fiambre y vámonos de aquí.Ya había llamado para que nos recojan, y el disparo con seguridad había sido escuchado por los vecinos; efectivamente, pronto empezaron a asomarse a las puertas todos esos chismosos de mierda. Me dieron ganas de sacar la pistola y barrer a todos esos sapos a balazos. El enano empezó a farfullar no sé qué, no le hice el mínimo caso, y seguí caminando, total, él me tenía siempre que seguir. Yo soy al que contratan, él es que el hace el negocio con los clientes por lo que todos creen y piensan que él es el jefe. A veces le da por abrir la boca más de la cuenta, termina dando la impresión de que él es el que maneja las situaciones. Para hacer nuestro trabajo tenemos que tener la sangre muy fría, porque cuando despachas a una persona al otro mundo, como en este caso, se necesita mucho coraje y estar curtido. Los ruegos, las caras de miedo, las lágrimas y ni siquiera la diaforesis o una meada espontánea, tienen que conmoverte. -Bien entonces cuánto te debo- preguntó Filomeno mientras que viajábamos en su auto de lujo con olor a nuevo. 7


-Ya te lo dije- conteste a secas. .La verdad odio estar repitiendo las cosas una y otra vez. Cuando se hace negocios con la gente, especialmente en este rubro, siempre se presentan problemas a la hora de cobrar, por eso prefiero cobrar por adelantado, o por lo menos la mitad del trabajo. No me gusta hacer negociaciones de último minuto, ni que me pregunten qué fue lo que paso, o cómo hice mi trabajo, menos aún relatar e ilustrar la cara que puso el salame de turno. Sólo sé que si hago el trabajo de fiambrera, no hay cupo para estar hablando pelotudeces y discurrir temas intrascendentes que no vienen al caso. Filomeno extrajo su abultada billetera y me entregó los cinco mil dólares que faltaban, y cuando abrió la boca para rellenar el ambiente de preguntas emotivas, o tal vez queriendo paliar su consciencia sucia de asesino, lo corté en seco y sin dar vueltas dije: -Me voy, otro día te cuento- Me pagó, me apeé de su auto y desaparecí para siempre de su vida asesina Si mañana más tarde muriera, y me llevaran al juicio final, seguro que me preguntarían con voz celestial -¿Fuiste tú el que despacho a fulano, sultano y mengano?Yo contestaría que ni cagando fui yo, fue el que me mandó a hacerlo. Por eso en la justicia humana existe el autor material, y el intelectual que es el malo, el instigador y el cobarde de campeonato que no tiene los cojones para meterle un plomazo en la cabeza a la persona que odia, ama, o detesta. Las condenas para los instigadores son siempre mayores, y esa es la ventaja que tenemos nosotros ante la pérfida justicia humana. Imagino, que siendo todo tan confuso, en el juicio final, allá en el olimpo azul y diáfano del cielo, vendrá un representante del Todo Poderoso y me imputará de autor material con la consiguiente condena Light. En la tierra es así, los sicarios materiales son pobrecitos con poco cerebro y muchos cojones, sin apego a la vida y generalmente, sujetos excluidos y marginales que no sirven ni siquiera para hacer bolitas de mierda con ellos. 8


Ese día regresé a mi casa, y mi pequeño hijo aguardaba mi llegada en la puerta. El perro salió, movió su cola, y me lamió las manos. Mi mujer esperaba en la cocina, guisando el potaje de mí agrado, cuyo olor flotaba volátil hasta la calle. MI auto quedó estacionado en la puerta de la casa, y antes de entrar en ella le eché un vistazo orgulloso. Solía mirar, también, embelesado mi morada, pues me había costado mucho esfuerzo construirla, fueron años de trabajo arduo gatillando mis armas y despachando morosos, traidores, amantes, tramposos, y toda una colección de personajes que tenían la sentencia escrita en el cielo, firmada por puño y letra por el creador, para que luego la mande y sea transferida por algún infeliz que me contrataba para ejecutarla. Al final de cuentas yo sólo obedecía y obedezco órdenes, aunque, ahora, ya esté retirado, sigo trabajando de cierto modo bajo las órdenes de algo. La consciencia te ordena cundo haces un mal y si es el bien, entonces, para el entendimiento general, te lo manda el corazón. ¿Hilarante no? El jefe te ordena. El Estado nos ordena. Los preceptos ordenan, Las leyes ordenan. Las mujeres ordenan. Todo en este puto mundo deviene de una orden que emanada de algún hijo de puta, y esa orden llega siempre de arriba. La policía dio con mi paradero, y cuando me di cuenta que estaban cerca ya era tarde, la casa estaba rodeada, los patrulleros bloqueaban la calle, cubrían cada flanco de la casa, y los policías apuntaban sus armas sin cuidado alguno, sin considerar que dentro de casa estaba mi hijo, mi mujer y el perro. Gritaban, esas puñeteras órdenes por un megáfono, y me conminaban a salir con las manos en alto. Yo por supuesto, tenía en casa, una buena colección de armas, digamos en términos policiales, un arenal del carajo. No me voy a poner a describir todas las armas que poseía, porque no viene al caso. El hecho es que en un momento se me pasó por la cabeza, bajar al sótano, abrir mi caja de seguridad inmensa y extraer unas cuantas armas y cagar a tiros a los cerdos de la policía, tan arrogantes, uniformados e hijos de la gran puta. Hubiera sido interesante porque lo había visto en las películas, y la idea me atraía. Al mismo tiempo, tenía que pensar en mi mujer que no conocía mi verdadero trabajo, menos aún mi hijo, y por supuesto el perro que lo ignoraba todo y con mayor certeza. Sería vergonzoso para mi familia, para las hermanas de mi mujer y los compañeritos de colegio de mi hijo, enterarse de mi muerte en manos de los 9


puercos en un brutal tiroteo en mi propio domicilio. Mientras escuchaba el ulular de las sirenas y los destellos de luz de los autos policiales entraban por las ventanas, pensé: -¿Qué puedo hacer?Finalmente le rogué a mi mujer se metiera a la habitación explicándole que debía ser un mal entendido y que corríamos peligro porque la policía es muy brutal, y ven mucha televisión, y habían matado mucha gente por errores de procedimiento, le insistí que era una equivocación. Ella me miró desconcertada porque las mujeres siempre tienen un sexto sentido que no tenemos nosotros que somos tan elementales en comparación a ellas. Insistí e insistí que era una equivocación, todo acontecía mientras que los gritos magnificados por el megáfono de la policía irrumpían en nuestro hogar poniendo la situación más tensa aún. Terminó metiéndose en la habitación y yo me asomé tímidamente por la ventana. En ese momento ya no me interesó la vida y le agradecí al jefe que me de la oportunidad de confrontar esa tremenda situación tipo película de Hollywood, también le agradecí al jefe que me diera la vida y me hubiera protegido todo ese tiempo. Le agradecí la casa, el perro, y los bellos momentos con mi hijo. Le agradecí tanto pero tanto que me eché a llorar como un niño en su primer día de clase, sólo me faltaba llamar a mamá. Saqué mi pañuelito blanco y lo agité sonriéndole a los puercos, y en contestación escuché un disparó que me peinó con raya al medio. Alcancé a divisar al jefe del escuadrón mientras recriminaba al impulsivo que había disparado, y ese incidente me dio tiempo de correr al sótano y tomar un bello revolver calibre 38, subí, me asomé a la ventana, y sin previó aviso lo puse en mi sien y apreté el gatillo: alcancé a escuchar el eco de la detonación, y la luz se tornó en oscuridad, mis piernas flaquearon y sentí en la lejanía la ingravidez del cuerpo. Mi razonamiento se hizo ligero…………………………..Finis………………………….. No sabemos a ciencia cierta si en realidad el jefe lo esperó Ivo Moran Albonico Gasparotto 2012

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