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CRACK Vol. 1

CRACK Vol. 1

Didier Andres Castro Ricardo Limassol Miguel Avero


Edici贸n, Dise帽o de cubierta y Maquetaci贸n: Caterina Scicchitano Ilustraciones: Vicente Monroy, Miguel Rual y Sandra Mart铆nez Textos de: Didier Andres Castro, Ricardo Limassol y Miguel Avero febrero de 2015

Licencia Creative Commons


CRACK Vol. 1


CRACK Vol. 1

Didier Andres Castro Ricardo Limassol Miguel Avero


Prologo Maria Yuste

Fuera de Juego Cae la tarde en el estadio y los jugadores salen al campo cogidos de la mano de unos niños. Algunos entran de un salto, otros tienen la superstición de pisar primero con el pie derecho. La afición silba, la banda se llena de prensa y los jugadores de ambos equipos se alinean de cara a la grada para escuchar los himnos. Todos se dan la mano. Los capitanes se reparten a suertes las porterías y un balón fabricado en Pakistán. Todo está listo. El árbitro pita, parpadean los flashes, fluyen los millones... Pero eso sucede tan solo a un lado del estadio. Al otro, al otro lado del televisor, dos amigos ven, acompañados por dos prostitutas indonesias, la final de un mundial que se juega entre dos equipos que no son los suyos. Hablan y beben. Hablan de sexo. Hablan de fútbol. Hablan de la vida. Muy lejos, en un bar, un grupo de amigos celebran la victoria rodeados de cientos de desconocidos. Durante unos segundos todos se conocen, durante unos minutos todo es euforia. Durante una noche entera se les permite ser dioses pero la realidad sigue presente en la calle para todo el que aún esté dispuesto a mirar... porque en cualquier casa, en cualquier parte, con o sin fútbol, alguien pierde el partido al mismo tiempo que la fe. Acompañados de las ilustraciones de Vicente Monroy (Toledo, 1989), Miguel Rual (España, 1992) y Sandra Martínez (España, 1995), los escritores Miguel Avero (Uruguay, 1984), Didier Andrés Castro (Colombia, 1986) y Ricardo Limassol (México, 1987)


juntan sus plumas y unen sus fuerzas intentando combatir la depresión posmundial. Buscando en el fútbol una excusa para seguir escribiendo, buscando en la literatura una excusa para seguir hablando de fútbol. O, tal vez, buscando entre todos la excusa perfecta para retratar el fútbol sonando de fondo a lo largo de nuestras vidas como esa radio que alguien olvidó apagar. ¡Que empiece la primera parte! María Yuste


Miguel Avero.

La del cincuenta

Y es el final del Mundial el comienzo de la insatisfacción. Cuatro años parecen irse por el caño dejando pocas cosas memorables, a menos que… a menos que hayas salido campeón o como mínimo hayas realizado una gesta heroica que quede grabada para siempre en las enciclopedias futbolísticas. Es comparable, en cierta medida, a esas relaciones sexuales cuyo juego previo tiene características de sublime, pero que a la hora de culminar, el orgasmo resulta pobre, escueto, simple. Esa comparación se la debo a mi amigo Javier Enrique, quien además sostiene que la selección uruguaya es el ejemplo más claro de la ausencia de lógica en el fútbol. Mientras Javier festejaba la victoria de Alemania en la gran final contra Argentina -entre dos prostitutas indonesias en un boliche de la Ciudad Vieja- me comentaba que esta selección del maestro Tabárez tenía todo para hacer un mundial estupendo y, justamente por esa razón no lo logró. Javier se ilusionó con la derrota sufrida ante Costa Rica; en aquel catastrófico debut me dijo que ahora sí existía la posibilidad de figurar en el mundial: “tenemos la soga al cuello, ahora le vamos a romper el culo a alguno”. Fue así que le ganamos a Inglaterra primero y a Italia después, en el recordado partido del Diente Suarez. Javier asegura que perdimos contra Colombia porque es un rival con menos historia futbolística. Recuerdo retrucarle –mientras fumábamos unos porritos colombianos- con el argumento de que perdimos porque la


selección “cafetera” tiene un volumen de juego muy superior al nuestro y que el dispositivo táctico elaborado por el maestro resultó un suicidio colectivo, pero Javier me respondió que yo no sabía nada de fútbol, y mucho menos de fumar un puto porro que de colombiano no tenía nada. Esa misma noche en la Whiskeria Kadabra, Javier me contó cuestiones personales relativas a su relación de pareja. Con lágrimas en los ojos me confesó que se ausentaba de su casa todas las noches por orgullo o por vergüenza. Me dijo “cada vez que me voy a garchar a mi mujer el amigo no me responde, entendés, no se me para!”. Le dije que seguramente sería una cuestión anímica o alguna insatisfacción, algo sin resolver, “en la farmacia venden unas pastillitas que te pueden ayudar”. Él sacudió la cabeza y sentenció “es la garra charrúa, pajero! Por qué te pensás que me revuelco con estas putas? Es como jugar finales! Coger con la mujer de uno, la de todos los días, es como jugar siempre en primera fase! A mi dame finales! Un polvo en la cocina de la empresa con una compañera de trabajo, una mamada en el último asiento del autobús de la medianoche, eso es la garra charrúa, pelotudo!” La voz del Javi comenzó a quebrarse, lo saqué del boliche nocturno prendido de mi hombro y le dije que lo arrimaba hasta la casa. Cuando llegamos vimos que Raquel, su esposa, se subía –extremadamente producida- a un taxi y se perdía rumbo al centro. Javier miró la hora pero no dijo una palabra, eran las 3 de la mañana. Sin despedirse bajó de mi Ford Falcon, y emprendió una marcha zigzagueante por el jardín. Cuentan los vecinos que antes de desparramarse en una laguna de vómito entonó muy afinadamente el himno nacional. Y al amanecer, su mujer, que ya estaba de regreso, le encajó la del cincuenta.


Didier Andrés Castro.

EL Hincha de la Multitud.

Fueron los noventa minutos más gratificantes de mi vida. Habiendo ganado, todos se volcaron a las calles. Yo me abrazaba a Carlos y Claudia y me sentía realmente feliz, pedimos más cerveza, cantamos juntos y era como si fuéramos uno. Por primera vez no me sentí retraído ni imbécil entre tanta gente. Carlos me decía “¡hermano!, este equipo es grande” y me besaba en la mejilla. En medio del regocijo me detengo a observar la celebración en la calle: la multitud se baña en espuma y harina mientras baila. Las banderas se ondean como debieron ondearse el día en que se dio el grito de independencia. Todo esto me hacía feliz. En una esquina, entre caras sonrientes y extrañas, veo aparecer el rostro de un muchacho herido, moribundo, terriblemente dañado, lleva la camiseta manchada de sangre. Algo en mi pecho se estremece. Veo, también, como si la multitud lo matara, como si lo atropellara, como si toda la orgía de manos alzándose en el aire fueran en verdad puños airosos queriendo golpearlo. No podía creerlo. Bebí un trago largo de cerveza y cerré los ojos. Le dije a Carlos que si veía lo que yo. Lo tomé por la camisa, lo acerqué al ventanal enorme del bar. “¿Lo ves?”, le pregunté. “Sí, qué graciosa celebración de la gente”, contestó con una sonrisa. No, el chico, lo matan. Pero él no vio a nadie. Me giré porque hasta entonces había estado viendo el rostro de Carlos esperando ver una señal del mutismo que sentía me invadía. No había


nada más que algarabía y canto. Había hinchas celebrando, nada más. Pero estaba seguro de lo que había visto, nunca he necesitado usar lentes. Claudia me ve algo nervioso y pregunta que qué me pasa. Le digo que nada, que me traiga otra cerveza. Ella cree que me siento raro por algún asunto estadístico. Pero es muy tonto que en medio de una celebración yo esté pensando en esas cosas. Claudia no me conoce lo suficiente todavía. Para distraerme, reparo a unos hinchas en un lugar de la calle opuesto al anterior en el que vi al chico moribundo. Y allí estaba de nuevo, con una expresión que pedía auxilio, su camiseta y rostro estaban ensangrentados igual que la primera vez. Veía como la celebración le arañaba las ropas, era como el cristo de Mel Gibson ante los oficiales romanos. Me pegué a la ventana y tuve el impulso de salir corriendo a parar aquello, pero dude. Dudé y pasé las manos por mi rostro, me  temblaban. Le dije a Carlos que me sentía mal. Dijo que dejara de beber, pero no quería dejar de beber y cuando Claudia trajo la cerveza me la bebí toda de un sorbo. “Me gusta verte mejor”, me dijo Claudia. Ella no me conoce aún. La tercera vez que vi aquel rostro moribundo pareció burlarse, pero aun así algo en mí se conmovió. Fue en otro punto, otro lugar en dónde la multitud comenzaba a reunirse para saltar y gritar y echar espuma y harina a la caravana de motociclistas que orquestaba con sus pitos un ruido grotesco. Esta vez al verlo salí corriendo porque quería ayudarlo, me angustiaba ver aquella escena. Quería parar aquella celebración asesina, no puede ser que esto terminé en tragedia después de todo. Corrí y me vi inmerso en una lluvia de espuma y harina que me hirió los ojos. Sin encontrar nada caí al suelo, recibí algunos pisotones. No sé quién me ayudó a levantar. Estaba sentado en un andén sintiendo un miedo terrible sobre todo cuando Carlos y Claudia me encontraron, dijeron que me estuvieron buscando por todas partes. “¿No estás feliz porque tu equipo ganó?”, preguntó Claudia. No respondí palabra alguna. Pensaba en el chico que vi ser asesinado en aquella multitud, y que


tal vez nunca existió. Fue tan vívido aquello, que me cuestiono todo. A veces pienso que fue una premonición, lo que siguió con las victorias nacionales fue una ola de asesinatos. La alcaldía prohibió el alcohol, luego la espuma, luego la harina, luego los autos y las motocicletas. Como si con estas acciones no hubiera más que el intento por dominar una bestia que se ha salido de control. Desde mi ventana veo pasar a los hinchas y me lleno de miedo y asco.


Ricardo Limassol.

Donde Hay Fùtbol se dan patadas.

Estoy a punto de sacarme los ojos. Los católicos atacan de nuevo: ahora utilizan jugadores de fútbol para transmitir su mensajes; esas estrellas del balompié que también aparecen en anuncios de refrescos o de telefonía celular o de pan blanco o de videojuegos. Comienzo a gritar fraude como enloquecido. Luego entro al sitio de Internet: “¿Quién es el AntiCatólico del mes?” Yo. “¿Cuáles son las mejores armas contra el diablo?” Retarlo a un duelo de violín en Georgia. “Una sola familia: la natural.” Por supuesto que es maravilloso tener tres gatos. “El aborto y la perspectiva de género son demoníacos.” Parafraseando a Leonard Cohen: destruyamos más fetos, al cabo que ni nos gustan los niños. “Hoy dios te ha llamado, ¿te has dado cuenta?” Mierda, se me pasó, ¿qué quería esta vez, el viejillo? Nuestra selección perdió su partido más importante porque los jugadores miraron el cielo y no la pelota. Yo recomendaría quebrar sus


piernas por haber fracasado. Tanto que exigieron nuestra confianza para que salieran con lo mismo de siempre. No volveré a ver otro mundial. Qué bueno que el siguiente es en Rusia. Me siento como ese compatriota que se lanzó al mar desde el piso 15 de un crucero; gritó que haría historia, que detendría el barco. El barco no se detuvo, solo la búsqueda de su cuerpo. El resto de la tripulación llegó a Brasil y disfrutaron del mundial. Todos ganadores de un concurso realizado por una marca de cerveza. Llevaba años tratando de matar mi gusto por el fútbol y por fin lo he conseguido. Un juego muy hermoso pero también muy aburrido.


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