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1ra parte:

Los Sue単os de Lorenzo


::: Grandes Temas de la Literatura :::

Los sueños de Lorenzo Aproximaciones íntimas de una mente líquida

Lorenzo Verdasco


Primera edición en la Argentina bajo este sello.

Autor: Lorenzo Verdasco Diseño de tapa: Mateo Carabajal Edición General: Natalia Acosta Dichosa Editorial Diciembre de 2011 San Miguel de Tucumán, Tucumán. Argentina.


Lorenzo Verdasco , escritor, autor del libro Informe sobre señores, ha ganado el 1º Premio de poesía en el Julio cultural 2001. Otorgado por la Universidad Nacional de Tucumán. Ha pergeñado el curioso ensayo En torno a la muerte de Iván Ilich, donde se evidencia la ingente obsesión de nuestro autor por la lengua rusa. Parte de sus poemas, porque este hombre también versifica, han sido traducidos al francés y aparecen en una antología editada por Abrapampa Editions, París 2006. Compartió la revista El astrolabio con Aldo Alvarado y Federico Soler. También coordina el taller literario El dolmen croata, en el centro Baraja Cultura y co‐dirige el taller Desde los escombros en compañía de la Magíster Amira Juri en la Sociedad sirio libanesa de Tucumán.


Los sueños de Lorenzo Aproximaciones íntimas de una mente líquida Lorenzo Verdasco


PRÓLOGO Los relatos que componen este libro no son todos eróticos. No todos hablan de muerte, ni todos tratan de despiadada supervivencia. Estas tres cosas, empero, se combinan, se superponen, se yuxtaponen en el hilo conductor ‐ equívoco por definición ‐ de los sueños. "Sueño" es otro modo de decir "ficción". Pero he aquí que el modificador indirecto de "los sueños" los vuelve, al menos, particulares. Los sueños son "de Lorenzo", y esto nos pone ante la pregunta acerca de quién es ése que sueña y por qué sus sueños debieran de importarnos. Puedo en este prólogo avanzar sobre esta última cuestión y poner la primera al cuidado de la imaginación del lector. Los sueños de Lorenzo nos hablan de la condición humana. El lenguaje hace posible codificar lo soñado y volverlo claro. Se ha dicho que este tipo de acciones nos alejan de abismos ontológicos. No sé si es el caso. Creo que Lorenzo arrastra al lector y no se puede estar seguro de que este arrastrar sea meramente simbólico. A los personajes también les pasa. El libro comienza con un hombre al que no dejan dormir y termina con un hombre dormido. En ambos casos, el uno desde la vigilia y el otro desde el sueño, hay una situación de aniquilación. Ambos personajes pierden un modo de estar y obtienen otro, más fantasmal acaso. En el transcurrir del libro se suceden este tipo de aniquilaciones o caídas en abismos, más o menos realistas, más o menos fantásticos. Pasaremos por alto el sentido metafísico del tema de los sueños: la cuestión de si acaso no será un sueño la vida toda. Para hablar de Los sueños de Lorenzo, prefiero rescatar del gran Calderón: el frenesí, la ilusión, la sombra y la ficción. Porque más que un somnífero, cada relato de Lorenzo es un supositorio. Más que un coqueteo con la irrealidad del mundo exterior, Lorenzo nos da un garrotazo para despertar y verle la cara no lavada a la calle. Tucumán es un lugar bastante onírico y sombrío si lo miramos distinto, si salimos a patear la calle de la mano de Verdasco ‐ un Virgilio bastante menos etéreo que nos pasea por unos infiernos muy familiares‐ a la hora en que casi todo el mundo "duerme", es decir, se clausura a su propia ficción individual. Ese Tucumán, de Los sueños de Lorenzo, puede ser cualquier lugar, en tanto interior y marginal. ¿Y qué es lo que nos muestra nuestro guía? Ya lo verán. Pero puedo adelantarles que el tono es épico: Marginalidad o derrota. Verdasco gusta de polemizar acerca de las márgenes de lo instituido. Por eso hace añicos la idea tradicional de "familia" y sus figuras: madre, padre, hermanos, abuelos. Por eso el énfasis en modos amatorios homosexuales, para los cuales elabora un erotismo que no tiene nada de bucólico, ni de gimnástico, ni de las maneras plumíferas de glamour gay que nos arroja a veces el imaginario 4 mediático. Ni siquiera alude a los matices standard de una relación homosexual

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"burguesa", que hubiera adoptado los códigos de su sociedad. Tal vez estemos ante un manifiesto gay obrero. Estamos hablando de seres concisos, como han de serlo los revolucionarios, premisa que le robo a uno de los personajes inmersos en este libro. Sin artificios. Desnudos y francos, ásperos y despiadados. Éste es el sentido antropológico de la literatura verdasquiana. Una última advertencia, sr. lector: no busque en esas páginas la paz ni el solaz, ni el mensaje edificante y ni el aura de lo solemne. Que el cuidado de la prosa de Lorenzo no lo engañe: espere en sus líneas la inquietud y el abismo. En el medio de todo, tal vez, rompa a reír, que esto es lo que provoca a veces el énfasis puesto por el autor en las debilidades, fierezas y miserias humanas.

Natalia Acosta. Editora.

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1ra Parte:

Los sue単os de Lorenzo

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El libro sagrado

Yo había construido una cabaña en la punta de una loma muy escarpada. Cosa que nadie pudiera subir a molestarme. Me puse a leer un libro enorme con caracteres hindúes, o algo así. Era difícil que alguien me interrumpiera porque una catástrofe nuclear había matado a la humanidad. Pero un día aparecieron dos adolescentes. Luciana de 16 y Mariel de 14. Yo les calculo las edades porque en su lengua el concepto de edad no existía. El invierno casi las congela. Compartí con ellas la casa y la fogata. Me acuerdo que hacían cosas raras con sus cuerpos cerca del fuego. Yo trataba de mantener mis ojos en el libro. Hasta que me pidieron ayuda. Eran las únicas dos lucadias que quedaban vivas. Si no se embarazaban su raza desaparecería. La más grande, ya completamente desarrollada, tomó mis manos y las colocó en sus pechos desnudos. Me dijo en su lengua algo así como, que me tomara mi tiempo. Al no conocer la palabra viejo, ella me decía enfermo. La otra de 14 aguardaba sentada en una piedra cruzando la pierna; parecía que estuviera en la sala de espera del dentista. Evoqué un recuerdo de cuando era niño para excitarme, y me tomé casi una hora para suministrarle a la más grande lo que ella precisaba. No sé cuanto tiempo dormí por el agotamiento. De pronto abro los ojos y veo a la de 14 zamarreándome con violencia: "ya descansaste bastante, Enfermo". Se montó con premura sobre mi pelvis y tuvimos una larga copulación destructiva, al menos para mí. Mariel tenía unos labios carnosos, pecas, la piel lechosa (como si no le diera el sol) y ojos de vieja. Era más ardiente que la otra y más despiadada. Con posterioridad, me conseguían unos líquenes para fortificarme el sexo y no me dejaban leer el libro sagrado. La actividad reproductora nos ocupaba por completo. Me encantaba el hecho de que casi no parecieran gozar. Era simplemente un mandato biológico. Terminé por conformarme aunque, cada vez que tomaba mi libro, se me cayera la cabeza de sueño. Deben haber pasado dos años porque había como 4 o 5 bebés. No sé, todo era demasiado confuso.Y un día aparecieron tres chicos de su raza. "No sabíamos que el ala H había sobrevivido" gritó con alegría Luciana. Entonces Mariel tomó un garrote bien grande. "Vamos a matar a estas crías, ya que ahora podemos tener prole químicamente 7


pura" –dijo la mocosa. "Mejor los ahoguemos en el río" –dijo riendo uno de los pibes nuevos. Ellos se fueron momentaneamente. Yo busqué mi libro e intentaba meterme dentro de sus páginas sin éxito. Arañaba las páginas cada vez más grandes. Me desperté rasguñando las sábanas.

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El enviado de Kandahar

Cada tanto llegaba a mi departamento un enviado del gobierno de Venezuela. Era éste un hombre canoso con una valija de piel de camello. Yo le quitaba la camisa, finísima, y lo ataba a la silla del comedor. Luego de esto él empezaba a hablar toda suerte de incoherencias en voz muy alta. Yo sabía que eran mensajes encriptados. Pero mi tarea terminaba allí. Sacarle la camisa y atarlo. Después yo preparaba la comida y empezaban a llegar personas morochas y humildes que hablaban de grandes temas. Yo me acostaba con una dama de la alta sociedad, en la habitación de al lado. Esto último era para despistar a la inteligencia enemiga. Inesperadamente, en uno de esos encuentros sexuales, la mujer se transforma en una sirvienta con la que yo me acostaba hace como treinta años. Yo nunca más la vi, pero mi mente, en el sueño, ha hecho la progresión cronológica avejentándola convenientemente según los tiempos que corren. De la boca de la anciana sale una voz de hombre que me pone los pelos de punta, mientras ella permanece como en un trance mediumnímico. "Yo no tuve nada que ver con las Torres gemelas. –dice la voz‐ Pero no me ocupé de desmentirlo para no humillar al Islam ante la canalla occidental". Me parece que todavía escucho la voz del saudí.

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Reencuentro

Yo estaba sentado en el living de mi casa, construyendo un castillo de naipes. De pronto, un hombre desnudo, con el pene erecto, avanzó hacia mí. Y yo tuve miedo de que se golpeara los genitales con los muebles de la habitación. No sé por qué, pero me angustiaba pensar que, al acercarse a la mesa donde yo estaba con mi castillo de naipes, se iba a lesionar sus partes íntimas con el ángulo de madera lustrosa del mueble. Me agarraba la cabeza y no lo podía resistir. Pero no: su miembro, en cambio, derrumbó, de un solo toque, el castillo de naipes que yo había construido. Un jack de corazones aterrizó entre mis piernas abiertas (yo también estaba desnudo), y comprobé con horror que tenía genitales femeninos. Me los acaricié, estupefacto. Entonces entendí qué era lo que ese pene erecto estaba aguardando. Cuando lo fui a besar, miré la cara de mi ocasional amante. Volví a sorprenderme. Era una novia que yo había tenido hace mucho; y a la que abandoné sin decirle nada. Huyendo como hago siempre. Estaba más hermosa que nunca, con su miembro amenazante. Me senté en la mesa resignado al coloquio nuevo que se me imponía. Ella me penetró con naturalidad. Pasé toda la noche soñando diversos coitos de este género. Cuando nos separamos yo creía que ella se iba a vestir de hombre, pero no, se vistió de mujer; y yo me vestí de hombre. Íbamos por la calle saludando al vecindario, los amigos nos hacían regalos porque éramos una pareja feliz. Pero nadie jamás sabría nuestro secreto.

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El androide

Era un negro canoso y semi calvo que bailoteaba muy cerca de mi boca. Asumía la actitud del boxeador. Yo estaba molesto, mis huesos me dolían pero él me obligaba al combate. Me gastaba bromas estúpidas. Sobre todo me chocaba su buen humor. Como el negro era viejo, ya los músculos faciales se le habían soltado, y era como si la cara se le derramara por el pecho. Cuando me abrazaba y me daba un beso en un ojo, yo estallaba de furia y le propinaba puñetazos en las mejillas caídas. Pero en el sueño yo no tenía fuerza para dañarlo, ni para deshacerme de él. De modo que el negro sacaba su lengua pastosa y me la pasaba por toda la cara como un maldito bulldog mientras yo lo golpeaba con mis puñitos de muchacha. Un mediodía estaba haciéndome algo muy malo arriba del sofá. No recuerdo si, en el sueño, yo ya era mujer, o si seguía siendo un chico. Pero lo que hacíamos era muy cuestionable. Yo sentía la cara caliente de vergüenza. De pronto, en la base de su cuello descubrí un pequeño enchufe. Y lo único que hice fue tirar de él. El negro quedó inmóvil con los ojos abiertos, como un muñeco; y me costó gran trabajo sacar de encima mío su cuerpo inservible. Llegada la noche, lo extrañé y quise conectarlo. Pero el negro no se movió. Llamé a un vecino, técnico en televisores, y me dijo que esas fichas, una vez desconectadas, no tienen retorno. No sé por qué el vecino se veía muy divertido cuando me explicaba que el androide no funcionaría más. La mirada vidriosa del negro fue la última imagen que vi. Desperté acariciando la sábana, en el lugar donde el negro solía dormir.

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Todos los abismos son sociales

Mi sueño es muy sencillo, si uno se pone a sacar algo en limpio; y muy complicado, desde el punto de vista de la percepción. Yo me sueño vestido con equipo Grafa color arena, con un par de largavistas de gran alcance. Contemplo desde abajo un acantilado que debe estar por arriba de los 500 metros, pizca más pizca menos. Desde el borde un hombre se descuelga con una soga y comienza a realizar todo tipo de piruetas. Pero de pronto, yo soy el hombre y estoy manoteando una estructura de mimbre para no caerme del acantilado; y el mimbre está reseco, y se me quiebra una rama, y se me quiebra otra y lucho por mi vida. Cuando me contemplo desde 500 metros más abajo no veo el mimbre, sólo las piruetas circenses del hombre. Existe una mente lúcida en off que va extrayendo conclusiones: "Sólo el que está en la acción ve la estructura". Desde abajo, mirando por el largavistas, yo me siento profundamente angustiado por el destino de ese desconocido. Cuando me siento allá arriba luchando por mi vida, no tengo tiempo de angustiarme. Moraleja de la mente lúcida en off: "Sólo se angustia el que está fuera del proyecto". Debo haber caído unos 80 metros, frenado por el mimbre quebradizo. A mi lado pasan orangutanes y sirenas (sí, esas mujeres con cola de pescado); luchan por no caerse. Como yo. Son mis compañeros de infortunio. Desde mis largavistas, 500 metros más abajo no advierto esa fauna, veo al hombre en soledad. A veces mi pierna es utilizada por un orangután o una sirena para no caer, yo también los utilizo a ellos. Moraleja: "Todo espectador ve sólo al individuo; pero el que está en la acción se concatena con el otro". Me despierto con la certeza de haber resuelto el enigma de nuestro destino sudamericano.

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Una mujer auténtica

Ella es terrible y chiquita, sus ojos son dos tajos en la piel. Por otro lado es mala, siempre intenta clavarme las agujas. En esos casos, no tengo más remedio que inmovilizarla y, por ahí, le doy un beso en la boca, que ella rechaza. Me gusta verla limpiarse mi saliva con el dorso de la mano mientras me mira con furia, y si le dejo cerca algún dedo me lo muerde. Una sola vez, en el garage, mi pene entró un centímetro en ella. Calculo que permaneció allí dos segundos inolvidables. Fue como un calorcito muy breve que nos acercó. Sí. Nos acercó. Ella titubeó también dos segundos. Dejó de luchar, y en su pupila pude ver las facetas lunares. Por dos segundos fui aceptado en la caverna de niebla y musgo. Después, su puñito aterrizó en mi nariz, y la sangre brotó generosa. Mi pene continuaba allí, pero ahora era tratado como "persona non grata". Los bordes de su sexo se fueron afilando como navajas, mientras sus puñitos se hundían en mi barriga como adoquines. Una patada bien dada en la ingle la liberó del bulto obstinado en que yo me había convertido, y se escondió en el dormitorio. Después de "aquello" se encerraba mucho, y empezó a comerse la tierra de las macetas. Parió, a fin de año, una mujer diminuta como ella. Más chiquita todavía. Ahora ambas gatean sobre la enorme cama matrimonial. Yo no tengo ningún derecho. Sólo el café con leche con una tortilla. Para llegar a su réplica, ella tiene que gatear y gatear por el enorme desierto del colchón de dos plazas. Cuando finjo dormir, ese extraño ser más pequeño se acerca y me explora. Yo preferiría que viniera ella, aunque más no fuera pa clavarme las agujas. Pero nunca más pudimos repetir lo del garage. Tengo que conformarme con espiar su pezón solitario.

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Sueño con piano

Sueño que soy un actor. Me presentan a una actriz que va a trabajar conmigo y que en la realidad es mi psicóloga. Tenemos que representar, ante el público, una escena de sexo oral. Específicamente yo debo succionarle, o simular que le succiono, la vagina. Entre nosotros nos tratamos de Ud. ‐ Señora –le pregunto‐ ¿prefiere que el acto lo ejecutemos de un modo fingido o real? – y agrego con tonito de escribano‐ ¿tiene Ud algún inconveniente?. ‐ No tengo problema en que lo hagamos real –me responde con seriedad profesional. Se quita el vestido y deja ver una piel muy blanca. Se saca la ropa interior con movimientos prácticos. Se acomoda sobre el sofá. Abre las piernas. Me enseña la almeja lampiña que deberé degustar. La excita con el dedo. Todo mi vestuario es un calzón violeta y un babero beige enorme. Pero cuando voy a encarar el trabajo de escena, un empleado toca el piano y comenta: "Está desafinado. Se suspende la función". Con tristeza miro cómo mi psicóloga se viste lentamente y se va. Entonces me doy vuelta y sorprendo al empleado utilizando el pene para martillar las teclas del piano. ‐Desgraciado –le digo‐ ¿por qué me traicionaste? ‐¡Pero si sigue ahí! –me dice riéndose‐ ¿No la ve? En efecto, desde una cama de dos plazas, ubicada sobre el escenario, la actriz me convoca. Mi lengua se conmueve al tomar contacto con la panocha de la mujer. Pero el sabor no es el mismo. Entiendo que jamás lo volveré a sentir. Desde la platea, un único espectador aplaude.

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Origen de los cultos lunares

Soñé que vivíamos tres amigos en una especie de isla. Nos refugiábamos en un galpón para dormir. Pero todos los días eran igualmente nocturnos y con una luna permanente. Lalo era rubio y con un aspecto de adonis bondadoso. Poli tenía el pelo negro, era obeso, alto y un poco desgarbado. Yo era el personaje que todos ustedes conocen, quizá un poco más mujer. Después de cenar, siempre pasaba lo mismo: Poli me tomaba de la mano y le decía a Lalo "voy a sacarla un rato a mirar la luna". Lalo, se quedaba callado con su mirada lejana. Entonces Poli se internaba conmigo por unos trigales. Practicábamos larguísimas copulaciones bajo la luna. Juegos eróticos contra natura. Yo libaba toda la luz entre las piernas de mi amante. El falo blanco de Poli era una condensación de la luna. Hay que pensar que, fuera de nosotros, no había nadie en la isla; y todas las jornadas eran idénticas hasta el infinito. Cada vez que hacíamos el amor, reproducíamos el mismo ejercicio absurdo y variado: Poli montado sobre mi grupa recordándole a mi cuerpo la idéntica medida de su unicornio de marfil. Me preocupaba Lalo. Él ni siquiera tenía esto. A veces lo descubría espiándonos ¿qué otra cosa le quedaba en el universo? Una vez, entre los pastizales, en medio de una masturbación frenética, pude vislumbrar la perfección de su semen. También su leche era una condensación lunar. Todo esto llegué a ver. Y un día al final se lo planteé a Poli: por qué no hacemos un trío con él, dale. ¿Pero te lo bancarás a él? me preguntó. Mirá que es de la raza Omphalos. En el sueño, la raza Omphalos se caracterizaba por penes de tamaño industrial de un color verde esmeralda. Y…probemos nada más que la puntita. Lo buscamos todo el día a Lalo. Lo encontramos detrás de unos dromedarios. De tanto masturbarse mirándonos se le había ido toda la sangre a su sexo. Estaba muerto. Impresionaba la palidez de su cuerpo sin sangre. El miembro le había quedado de un metro veinte más o menos, todo violáceo y gordísimo tipo debresina: toda la sangre de Lalo estaba concentrada en él. Como ya no tenía sentido copular sin un testigo, comenzamos con Poli la construcción del templo lunar. Desperté con el sol en la cara. Lalo inclinado sobre mí me avisaba que Poli había muerto. ʺahora sos viudaʺ, me dijo. 15


El buda

Dormimos con mi pareja en una camita estrecha. Ella siempre lleva puesta una malla negra enteriza. Trabaja mucho todo el día y cae rendida por la noche. Sólo quiere dormir. Yo soy el vago que se queda en casa. Pero esta noche me visita en el otro cuarto una mujer que me gusta mucho. Tiene 55 años, es alta, hermosa. Me entrega una bolsa anaranjada de polietileno. Adentro de la bolsa se mueven cosas. Siento que estoy haciendo algo incorrecto al recibir la bolsa, temo los celos de mi pareja. Luego salgo a la calle, llego a una plaza, etc. Cosas de los sueños. Sólo he podido sacar de la bolsa anaranjada un papel arrugado. Está escrito en japonés. Son instrucciones para cantar y reproducir todos los sonidos del universo. Ooooooooooooo...La gente comienza a reunirse en torno a mí. Son multitudes. Cuando detengo mi canto, encuentro que los evangelistas han copado todo a mi alrededor. Han aprovechado la multitud para encuadrarla hacia su conveniencia. Han instalado micrófonos y está hablando su predicador. Yo descubro que me han robado la bolsa. Comienzo a buscarla desesperadamente, interrumpo al pastor, armo mi propio podio y doy mi propio discurso contra los evangelistas. Y de pronto veo a mi mujer, con su malla enteriza negra y sus cabellos despeinados. Ella me dice: "No has entendido nada: la mujer, la bolsa, la plaza llena de gente, no tenían importancia. Simplemente estaban ahí…". Todavía no he tenido tiempo de angustiarme, y ya se qué ella va a desaparecer en el aire. No importa lo que yo haga.

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Sueño con mujer después de fumarme una tuca

En el sueño estoy enamorado de una petisa, delgadita, de ojos japoneses. Aunque de origen tucumano. Como está casada, compro una muñeca idéntica a ella y empiezo a penetrarla. Cuando la penetro, la siento fría como a una muerta. Le hago el amor por atrás, para no mirar sus pupilas muertas. Por atrás, pero por adelante ¿se entiende? Pellizco sus pequeñas tetas: no hay reacción. Por una brutalidad mía, sin querer, le arranco la cabeza (las mujeres son complicadas para coger). Lloro sobre su cuello que no sangra, pero la sigo cogiendo. Al final digo "La maté, ahora sí que la maté": y sollozo. Y veo que su bracito me retiene, como pidiéndome que no interrumpa el coito. Por la matriz, le baja un líquido caliente que cocina mis genitales. Huevos fritos con chucrut y salchicha. Me pregunto si no será la sangre de alguna hemorragia interna. Pero no. Se trata de un líquido negro como la brea, pero más chirle. La cabeza arrancada se hunde en el mar de brea. Alcanzo a ver la última pupila con un brillo irónico. Como diciendo: "nunca vas a saber lo que sentí". Su bracito me sigue reteniendo, como implorándome que no vaya a cometer el imperdonable switch off. Pienso en insectos gigantes que agonizan en roperos olvidados. Despierto confundido, como cuando salgo del mar. Nunca he visto una mujer así en mi vida. Jamás he estado en el mar.

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Yo mirándome

Se trata de un sueño muy pobre. Un ser de sexo femenino a la que llamaremos Kudrieva es como la guía del sueño, la que me da instrucciones, la que va narrando de algún modo, o más bien, describiendo. Yo estoy al lado de Kudrieva y ella me dice que tenga cuidado con el cuerpo. ¿Qué cuerpo? –pregunto‐. Entonces me veo a mí mismo durmiendo desnudo arriba de una colchoneta. "Ese cuerpo tuyo no se tiene que golpear. Porque ahora no vas a sentir nada, pero cuando entres a él, si hay hematomas, te va a doler mucho –dice Kudrieva. Hablamos una lengua parecida a la rusa pero donde no reconozco ni una palabra. Mi cuerpo es como una enorme bolsa de huesos y órganos. Después ella me indica que tome con firmeza los genitales del durmiente, para controlar los movimientos del cuerpo a la deriva. A los genitales los llama kuklitsi. Hago lo que me dice, y el cuerpo empieza a girar suavemente: ¿Ves? Tu sexo es el timón de tu cuerpo. Todo lo que Kudrieva me dice, me lo dice con la mente, aunque mueva los labios. De pronto, en un giro, los ojos del cuerpo se abren. Son efectivamente mis ojos, pero hay tanta indiferencia en ellos que aparto la vista. Quedo horrorizado por esa mirada desprovista de toda voluntad. Miro a Kudrieva. Ella me dice en perfecto castellano: "Soy la guardiana de la nave sustituta". Después se disuelve de a poco en la noche. La colchoneta está vacía, y ahora puedo por fin verme las manos: están temblando.

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Sueño con huevos fritos

Soñé que un compañero de colegio se despatarraba sobre un sillón de terciopelo y me invitaba a abandonar mi trasero sobre su pelvis. Yo accedía a la travesura y mis uñas se clavaban en la felpa dibujando marcas desesperadas, mientras mi cadera subía y bajaba para disfrutar mejor el ancla de mi amigo. Nuestras ropas se entremezclaban sobre el piso de la cocina, hasta las más íntimas. Las milanesas se chamuscaban sobre la sartén, ya sin remedio. Los pelos de aquel cuerpo yo los podía sentir en cada milímetro cuadrado de mi piel. Pinchaban. Entonces, quise volar, para no quemarme con el caldo que ascendía ya sin consideración alguna. Pero no pude. De mi compañero, o lo que fueron sus manos, sólo quedan hoy dos candados que me atan al suelo. La única llave liberadora no se puede conseguir. Está dentro de mí, y sigue ardiendo.

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El profesor a control remoto

Soy una nena de once años. Tengo un profesor que me da ejercicios de mínimo común múltiplo para que los resuelva. A veces me tose en la cara, y esto es desagradable y hasta algo repugnante, pero es simpático y lo tolero. Un día se apareció con un objeto que semejaba un habano de acero. Cuando lo apretó, el aparato hizo "clack", y el profesor se puso a levitar. Flotaba en el aire a un metro del suelo en forma horizontal. Yo le ofrecí un té con escones, siempre recurría a esto cuando dejaba de comprenderlo. El té era para él como un cable a tierra. Pero esta vez salió por la ventana, cual un misil, o un pajarraco. El día estaba hermoso. El profesor revoloteó entre unos álamos mientras no paraba de darme instrucciones que yo no llegaba a escuchar del todo bien. Me hacía morisquetas. Se burlaba de mí, como diciendo, si hicieras los deberes como una niña buena podrías volar como yo. Sermones. De pronto observo que su pie se está metiendo en la línea de alta tensión. El saco verde del profesor, agitado por el viento, le daba el aspecto de un loro italiano. Grité con todas mis fuerzas ¡el cable! ¡ el cable! Y agitaba la mano. Cuando empezó el chisporroteo me desperté toda sudada. "Nunca tuve un profesor particular –pensé‐ pero lo más extraño de todo: jamás he sido una nena".

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Cetáceos en la niebla

Soñé que me querían casar con una ballena. Justo a mí que salí tan bajita no sé a quién. Ya habían traído al cura y todo. Alguien hubo mandado un juego de sábanas de regalo y una de esas planchitas de manija plegable para viajes. Estúpidos. Corrí por el muelle y me tiré al agua. Si no hacés caso va a ser peor, sentí, antes de hundirme, que gritaba mi madre. Nadé, nadé y nadé todo lo que pude. Hasta que llegué a una isla cubierta de hermosas palmeras. Me alimentaba con dátiles y de noche hacía fuego. La ballena me quería tanto, que nunca me avisó que la isla era ella. Se conformaba con que yo viviera sobre su piel de elefante y callaba. Sólo muchos años después fui enterada de su dolor por las quemaduras de las fogatas, y cómo la pinchaban las palmeras postizas. Le habían echado raíces en la carne.

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El viejo que tenía el color de las uvas

Yo tenía un vestido largo de raso negro. Algo escotado. Estaba en una cena muy distinguida. Se me había acercado un viejo bastante presumido. Me relataba su vida en una lengua gutural. Cuando él reía, yo asentía con la cabeza por educación, pero permanecía seria. Yo sabía que mi risa iba a ser el pretexto para que él se propasara. Ponía cara de enojada. Lo dejaba que me llenara la copa. La cena era en realidad un funeral. Las clases altas (en el sueño) organizaban los funerales con toques vanguardistas. En este caso, habían vestido al muerto de smoking, como a un comensal más, y lo habían sentado en una silla de ruedas en el centro del salón. Pensé en que así era más fácil transportarlo. El viejo me seguía dando conversación y señalaba al muerto como explicándome algo. El hombre empezó a mover las mandíbulas. Imaginé que era un efecto post mortem de los músculos faciales. Pero después el finado comenzó un largo discurso. Nadie le prestaba atención, pues sabían que estaba muerto. "Cuando yo vaya a Colombia…" fue lo último que pronunció y quedó en silencio. "Sí, esperá tranquilo que a Colombia te van a llevar" dijo socarrón el viejo que me hacía la corte, señalando pícaramente el techo con el pulgar (como diciendo que el muerto se iba a ir al cielo). Al escuchar, a mí se me escapó una carcajada muy breve que intenté reprimir. Pero mi pretendiente ya se había dado cuenta y acercó su boca a mi cara. Entonces sentí la angustia de haberme convertido en su esclava por culpa de una estúpida risa. Desperté con el horror en la piel: ahora su jeta apergaminada recorría mi cuerpo sobre la mesa del festín, haciendo tintinear las copas y derribando la vajilla. Los anfitriones ambientaron con una cumbia.

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El rozamiento

Lo que contemplé en la calle me hizo pensar que estaba soñando. Las personas caminaban en la vereda pero no avanzaban. Las ruedas de los automóviles giraban y giraban pero los vehículos permanecían en los mismos lugares. El roce se había extinguido en el mundo y ahora habría que replantear todas las cosas. Con el paso de los días la gente comenzó a soplar y, de este modo, lograba algún mediocre desplazamiento. A los autos se les improvisaron velas. Nos despedíamos de un mundo, para ingresar en otro. Yo me mordí el dedo hasta hacerlo sangrar. Me dolió y comprobé que no estaba soñando. O se trataba de un sueño muy obstinado. ¿Y qué es la vida, sino eso? Una porfiada pesadilla. Las serpientes inundaban las ciudades porque la falta de roce las había expulsado de los matorrales. La gente comenzó a verlas como un plato nutritivo. Los edificios se deconstruían a sí mismos lentamente. Y la cópula en humanos cesó de ser algo atractivo. El pene dejó de tener las tradicionales anfractuosidades para convertirse en un falo liso de acero al tungsteno. El sexo de la mujer dejó de ser una caverna, y pasó a ser un lugar bien iluminado y tranquilo. Procrear sin rozamiento es un acto que carece de un mínimo placer. La reproducción humana se convirtió así en un acto de patriotismo. Yo pensé que la raza se extinguiría. Pero no. La humanidad se acostumbró también a esto.

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Artrópodos

No me podía dormir, pero estaba en el umbral. Cuando cerrás los ojos, y en esa oscuridad, ves manchas más negras o más claras que la tiniebla total. Empecé a pensar en la solidaridad, en la amistad, los buenos sentimientos. Y una voz me contestaba que estaba todo muy bien, y compartía mis ideas (no recuerdo los complicados planteos éticos que yo elaboraba). Mientras tanto, había como una gran luna arriba, pero no era una luna, era una abertura y al otro lado estaba el día: un cielo azul soleado. Compartimos con mi interlocutor la necesidad de salir y seguir hablando a la luz de esa jornada. Pero una vez afuera, mis brazos y mis piernas eran segmentos de ciempiés que no tenían fin. Mi amigo era idéntico a mí. Yo no podía mirarme la cabeza, era obvio, pero me bastaba con mirar la de él: una aglomeración caótica de seudópodos. Por él conocí mi propia monstruosidad. Ya no podíamos continuar hablando de los mismos temas, eso también se caía de maduro. De pronto los segmentos de mi amigo se aglomeraron e iniciaron la forma de un jinete sobre un caballo. Después parecía un guerrero, o un gaucho. Pero yo ya había conocido el secreto de nuestra raza, y me invadió un horror...espantoso. Me levanté de la cama. Fui a orinar. Tomé agua. Volví a acostarme, apagué la luz y cerré los ojos. Me despertaba choqueado cada vez que se empezaban a formar las aglomeraciones en la tiniebla, porque ya sabía en qué se convertirían. Más insoportable que ver al bicho en carne propia, era ver al hombre conociendo lo que era internamente. Por fin, en algún momento, calculo que me desplomé en el sueño profundo.

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Indice Prólogo……………………………………………………………..……………………….…… 3 Los sueños de Lorenzo El libro sagrado………………………………………………………………………….…….…7 El enviado de Kandahar………….........………………………………………………..………9 Reencuentro………………………………………………………………………......………...10 El androide……………………………………………………………………………….....…..11 Todos los abismos son sociales………………………………………………………………..12 Una mujer auténtica……………………………………………………………………………13 Sueño con piano………………………………………………………………………………...14 Origen de los cultos lunares…………………….………………………………………...…..15 El buda ……………………………………………………………………………………….....16 Sueño con mujer después de fumarme una tuca…………………………………..…….….17 Yo mirándome…………………………………………………………………………..….…...18 Sueño con huevos fritos………………………………………………………………………..19 El profesor a control remoto……………………………………………………………….….20 Cetáceos en la niebla…………………………………………………………………..……….21 El viejo que tenía el color de las uvas………………………………………………..…..…. .22 El rozamiento……………………………………………………………………….…………..23 Artrópodos……………………………………………………………………………...………24


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