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Policía / Othón P. Blanco

Viernes 18 de enero de 2013 diario Respuesta

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PELIGRO. La cifra de muertes en accidentes viales aumentó 33 decesos más que en el 2011

Marca al 2012 el índice de muerte

» El número de decesos en el año que concluyó aumentó a comparación del 2011; accidentes viales feron la principal causa Abraham Cohuó DIARIO RESPUESTA

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ás de 180 decesos se registraron durante el año pasado, informó la Dirección de Servicios Periciales de la Procuraduría General de Justicia, quien informó detalladamente cuantos fueron registrados con violencia. El Director General de Servicios Periciales de la Procuraduría General de Justicia del Estado (PGJ), Sergio Gómez Izquierdo, en un recuento informó que al cierre del año 2012 se registraron un total de 181 muertes por diversos motivos. Explicó que de éstos, 25 fueron homicidios, en tanto que se registraron 30 suicidios, pero fue en el tema de los accidentes vehiculares dónde se registró el mayor número de decesos, pues incluso se registró un incremento en comparación que en el 2011, ya que el año que recién concluyo registraron 72 defunciones, por este hecho 33 más en comparación con el año anterior. En cambio por complicaciones de salud por edad avanzada, fallecieron 10 personas, mientras que por enfermedad  hubo 48 casos, las muertes sin clasificar fueron 3 en el 2012, número similar registrado en el periodo anterior. Al concluir el 2012, el porcentaje de muertes se elevó aproximadamente en un 10 por ciento en comparación del año 2011 y hubo 46 muertes más.

muertes

25 30 72 10 48 3 homicidios

suicidios

muertes por accidentes viales

por edad avanzada

por enfermedad

sin clasificar

Esperan a líder de PEP Abraham Cohuó

DIARIO RESPUESTA

La Secretaría de Seguridad Pública, está a la espera de los resultados de los exámenes de control y confianza que se le practicaron al mayor, Paul Hernández Ruiz, para que sea nombrado oficialmente, comisionado de la Policía Estatal Preventiva (PEP) en la Zona Sur del estado, aunque operativamente y ante la tropa, ya entró en funciones. Como se recordará, en días pasados se filtró que el mayor Eduardo Guadarrama Díaz, se separó del cargo por motivos personales, entre los que se encontraban reincorporarse a sus actividades en la Zona Norte del país, por lo que el secretario de Seguridad Pública determinó que fuera Hernández Ruiz, quien asumiera el

cargo en mención, pues éste conocía la zona de trabajo, ya que en meses pasados había fungido como subsecretario de Seguridad Pública de la Zona Sur del estado. Aunque Guadarrama Díaz, ya realizó la entrega de la oficina e incluso en el sistema gubernamental “Sentre” a su sucesor Hernández Ruiz, de manera oficial no se le ha podido nombrar, pues uno de los requisitos esenciales es que apruebe satisfactoriamente los exámenes de control y confianza. De acuerdo con información recabada por Diario Respuesta, Hernández Ruiz desde la semana pasada comenzó a despachar en la Policía Estatal, pero además se encuentra realizando operativos permanentes en los puntos que considera más conflictivos y mantiene vigilancia en todas las partidas policiacas.

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i marido se empeñó en que le acompañara en ese inesperado viaje de trabajo. Su única combinación posible era en tren. Preparé lo imprescindible y después de un día complicado, estaba deseando dormir durante la noche de viaje que nos esperaba. Una vez instalados en el vagón, y mientras mí marido dormía, me dispuse a ir al W.C. situado al final de un estrecho y larguísimo pasillo. Antes de cerrar la puerta tras de mí, ya mi marido dormía plácidamente. No quise volver a entrar al percatarme que había salido sin bata y, aunque el camisón era minúsculo, me animé a recorrer el pasillo segura de que, a esas horas, todo estaba ya tranquilo y desierto. Así fue, pero al salir del W.C., un hombre, apoyado con su espalda en la ventanilla del pasillo, fumaba sin prisas, jugando con las bocanadas de humo. Intenté, de forma refleja, tirar de la escasa tela del camisón hacia abajo, pero me fijé que ese hombre tenía cierta edad y me inspiró más confianza que alguien más joven y descarado. Aunque se percibía, con cierta facilidad, toda mi anatomía por las transparencias de la vestimenta, me decidí a regresar a mi departamento, cansada y sin paciencia para esperar a que este viajero dejara el camino libre. Muy educadamente abandonó su pose relajada sobre la ventanilla para incorporarse, firmemente, intentando dejarme el mayor espacio posible para que pasara con un amable “buenas noches”. Un inesperado movimiento del tren, seguramente al cambiar de vía, precipitó sus manos sobre mí, quemándome con el cigarrillo en el hombro. Con una pequeña pero molesta quemadura, me insistió a acompañarle a su departamento en el vagón para aplacar la quemazón. Me transmitió tanta confianza por su amabilidad y por su profesión de sanitario, que accedí con la misma seguridad con la que me dirijo a la consulta del médico. En la litera superior leía su compañero de viaje, apreciablemente, más joven que él, que saltó de la cama, al verme, únicamente con unos slips de los que no pude evitar inspeccionar el volumen que tan generosamente los rellenaban. Explicado el incidente, los tres nos encontrábamos en el estrecho espacio del departamento, mientras buscaban lo necesario para desinfectar y aplicar una crema analgésica. El joven, sin mediar palabra, me bajó el tirante del camisón, fijando descaradamente la vista en lo que se apreciaba debajo. Se aproximó a mí de tal manera, que pude sentir palpitar su pene apretado contra mis piernas. Al aplicarme la crema, dejó a la vista, prácticamente, mis pechos a la vez que le lanzaba una mirada cómplice a su compañero. Aplicada la crema sobre la quemadura, siguió extendiendo lo que había quedado entre sus dedos por mi pecho buscando los pezones que ya estaban to-

talmente erectos. Una corriente eléctrica se desplazó desde mis tetas a mi vagina que comenzó a palpitar sintiendo, al instante, como se iba humedeciendo. Sus manos ya habían dejado al descubierto mis tetas que masajeaba con insistencia. Su compañero, situado detrás, empezaba a acariciarme el trasero, mientras me besaba en el cuello. Pensé en mi marido, un breve instante, pero era ya tal la excitación y el deseo de que me penetraran que sólo me podía centrar en las palpitaciones de clítoris. Mientras el joven me chupaba las tetas, el viejo me giraba la cabeza para comerme la boca con una lengua cálida y excitante. Mi lengua se entrelazaba, generosa, con la de aquel hombre. El otro ya se deslizaba, despacio, hacia mi conchita, apartando la tanga y encontrando un exuberante clítoris que pedía ser lamido, chupado, succionado, mordido… Aparté mi lengua de la del viejo para recuperar la respiración y dejar escapar un intenso jadeo. Mi mano buscó el pene deseando, ansiosa, chupárselo. Estaba caliente, con la punta húmeda y me pareció exquisito al tacto y de un tamaño más consistente del que yo estaba acostumbrada. Me situé en la litera inferior, con las pernas abiertas, para que ese joven me siguiera comiendo de la forma que lo estaba haciendo que me volvía loca. El viejo se situó a la altura de mi boca con un pene duro y arqueado deseando que se la chupara. Sin esperarlo, sentí mi orificio totalmente lleno por un pene que me calmaba la quemazón que sentía por dentro. Ahogué un intenso grito de placer chupando con más insistencia lo que tenía metido en la boca. El pene del joven embestía, con rapidez, mientras yo chupaba, con la misma insistencia, el palo del viejo, que me dirigía con un vaivén de su mano sobre mi nuca. Quería gritar de placer, me movía, locamente, para que me penetrara hasta que me reventara. Apretaba mis manos contra sus huevos para que el pene del viejo no se desplazara ni un milímetro fuera de mi coño. Mi trasero se apretaba, con desesperación, en cada embestida que me daba. El placer me invadía hasta las piernas, explotando cuando sentí su leche que chorreaba desde mi clítoris hasta los muslos. Estuve boca abajo, sobre la cama unos minutos inmovilizada. Con total mimo me limpiaban su leche. Les oía, como a lo lejos, hablar entre ellos mientras yo disfrutaba de las suaves oleadas de placer que parpadeaban en entrepierna. Cuando me recuperé se presentaron: Juan y su hijo, el mayor, del que no recuerdo su nombre. Volví a mi departamento en el vagón. Mi marido dormía y yo, a pesar de mi agotamiento, tardé en dormirme disfrutando, una y otra vez, de las escenas que acababa de vivir con dos desconocidos.

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