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DiarioLibre.

Miércoles 26 de octubre de 2011

Noticias de Economía Invertir durante la crisis. Los inversionistas lo han pasado mal últimamente. El futuro inmediato no luce más promisorio.

Incluye contenido de The Economist

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enga pena de los ahorrantes mundiales. Los economistas y otros entrometidos los reprenden por no gastar más para de esa manera estimular la economía. Entretanto los esquemas de planes de pensiones cada vez son menos generosos, un proceso que les exigirá ahorrar más, no menos, si desean disfrutar de un retiro confortable. Los británicos que se jubilen ahora con pensiones privadas recibirán un ingreso 30% menos de los que dejaron de trabajar hace tres. Cuando los ahorrantes tratan de encontrar un lugar para su dinero, diariamente enfrentan titulares sobre rescates, crisis de deuda soberana y la posibilidad de otra recesión. Dado el alcance de los riesgos, los inversionistas no están recibiendo grandes ofertas en términos de compensación. En gran parte del mundo desarrollado, el rendimiento sobre el dinero es de 1.5% o menos. Los mercados de bonos gubernamentales más líquidos (los de Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania y Japón) ofrecen un rendimiento de 2.5% o menos. En ambos casos esos pobres retornos son parte de una política deliberada: los gobiernos y los bancos centrales desean que las empresas que crean empleos empiecen a tomar prestado de nuevo. Hasta las acciones estadounidenses, a pesar de un récord deprimente en la última década, ofrecen un rendimiento por dividendos de solo 2.1%, un nivel que históricamente ha sido asociado a bajos rendimientos durante varios años futuros. Ese es un legado de las valoraciones

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Sería mejor para la economía mundial si los ahorrantes apilaran su dinero en acciones y bonos corporativos ahora, en lugar de esperar por mejores noticias. Pero es comprensible que los ahorrantes estén renuentes a comprar ante la vacilación de los políticos. estratosféricas alcanzadas por Wall Street en el pico de la burbuja de dotcom. El peligro para los ahorrantes no es sencillamente un retorno deprimente, sino de golpes devastadores a su riqueza. Justo después de la Segunda Guerra Mundial, los bonos del gobierno británico (gilts) ofrecían rendimientos similares a los de hoy; aquellos que los compraron perdieron tres cuartas partes de su dinero, en términos reales, para el 1974. A los inversionistas con mayor apetito por arriesgarse les irá aún peor. Los que compraron acciones japonesas durante el pico de 1989 están sufriendo ahora una pérdida nominal de 80%. Brille su bola de cristal La elección de los inversionistas se basará en cómo creen ellos que la crisis evolucionará. La mejor esperanza es que las autoridades “saldrán del paso”: estabilizarán la crisis de la deuda soberana en Europa, conducirán las economías desarrolladas de vuelta a un crecimiento anual de 2-3% mientras que simultáneamente elaboran planes realistas para reducir

la deuda gubernamental en el mediano plazo. Pero si esa prometedora perspectiva no se materializa - y las posibilidades están en su contra - el mundo está frente a tres escenarios. Una posibilidad es que el mundo desarrollado intente eliminar la deuda, quizás con cada vez más grandes dosis de flexibilización cuantitativa. Una oleada en los precios de las mercancías en el 2010 y principios de 2011 ha empujado la inflación más alta de lo que era hace un año en cada uno de los países del G7, y en Brasil, Rusia y China también (India es la excepción entre los BRIC 1). Usualmente la inflación sugiere que los inversionistas deben invertir en oro. Pero su precio estratosférico y el hecho de que la mayoría de las economías piensan que la inflación disminuirá mientras la economía mundial se desacelera, sugieren que no. Una segunda posibilidad es que las autoridades europeas hagan un cálculo fatalmente erróneo, permitiendo que Grecia caiga en un incumplimiento caótico, sin respaldar adecuadamente los

bancos de la región y sin proteger a economías más grandes como las de Italia y España de daños colaterales. El resultado podría ser una drástica caída del PIB europeo, con un efecto multiplicador en el resto del mundo rico. Ese escenario favorece la inversión en bonos del tesoro de Estados Unidos. Este periódico persiste en creer que los políticos europeos no pueden ser tan estúpidos para permitir el colapso del euro; pero, al igual que sus igualmente aburridos pares en los Estados Unidos, es poco probable que hagan mucho para ayudar al crecimiento de las economías occidentales. De manera que sospechamos que el mundo rico enfrenta un tercer escenario: estancamiento al estilo japonés. Las recesiones es probable que sean más frecuentes de lo que lo fueron en las décadas de 1980 y 1990, y una tasa general de crecimiento lenta. Este resultado haría muy difícil que el mundo desarrollado pueda cancelar sus deudas; más países caerán en una trampa de deuda similar a la del Japón. Cuotas diferentes para gente diferente Según las apariencias, una perspectiva deprimente, argumenta en favor de los bonos del tesoro. Durante recesiones generalmente han sido una buena opción, con un retorno positivo promedio de 10.4% mientras que las acciones han tenido un rendimiento promedio negativo de 15.3%. Pero eso depende de inflación insignificante; y considerando que la tasa actual en los Estados Unidos es de 3.8% y que la tasa promedio desde el 1990 ha sido 3.1%, esto representa un gran riesgo para los inversionistas. Fue la inf lación la que arruinó a los tenedores británicos de bonos dorados 2 después de la Segunda Guerra Mundial. Las acciones ofrecen una mayor garantía contra la inflación, pero las acciones estadounidenses lucen caras. En una medida cíclica de ganancias ajustadas a precios, que suavizan las ganancias en un período de diez años, se comercian en un múltiplo de 19.4, comparado con un promedio histórico de 16.4. Las acciones europeas, que en promedio han tenido un desempeño menor que las estadounidenses, lucen más atractivas: la relación precio ganancias en la eurozona es 11. Pero hay razones para retener el efectivo ba-

sado en que la situación puede empeorar antes de mejorar. Si los mercados continúan la tendencia a la baja, las acciones podrían ser una ganga el próximo año; ya algunas compañías con marcas mundiales comercian sobre rendimientos de dividendos de más de 5%. Muchas grandes compañías están sentadas sobre grandes pilas de efectivo y se están beneficiando del crecimiento continuo de Asia. Una apuesta más pura sobre los mercados emergentes sería comprar acciones en la China y la India; pero Asia no será inmune a una recesión mundial y sus mercados todavía son opacos. Por el momento muchos de los mejores refugios se encuentran en los bonos corporativos. Los bonos de alto rendimiento europeos pagan 10 puntos porcentuales más que los emitidos por los gobiernos, a pesar de que las tasas de incumplimiento son actualmente muy bajas: en el año hasta septiembre solo un 1.9% de los emitidos cayó en incumplimiento. Pero, por igual, si la economía se estanca, hasta los bonos corporativos podrían hacerse más baratos. Sería mejor para la economía mundial si los ahorrantes apilaran su dinero en acciones y bonos corporativos ahora, en lugar de esperar por mejores noticias. Pero es comprensible que los ahorrantes estén renuentes a comprar ante la vacilación de los políticos; ya sea el fracaso de Europa para resolver la crisis griega o el fracaso de Washington para diseñar un plan que combine un estimulo a la economía a corto plazo junto con un plan a largo plazo para disminuir el déficit. Esa es otra razón para que los políticos acaben de actuar: el hacerlo estimulará a los ahorrantes a sacar el dinero de debajo de los colchones y a invertirlo en activos productivos.

BRIC - Brasil, Rusia, India y China Bonos emitidos por algunos gobiernos nacionales. El término es de origen británico y se refería originalmente a la deuda de valores emitidos por el Banco de Inglaterra que tenía un borde dorado, también se les conoce como “cerdas jóvenes”. 1

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© 2011 The Economist Newspaper Limited. All rights reserved. De The Economist, traducido por Diario Libre y publicado bajo licencia. El artículo original en inglés puede ser encontrado en www.economist.com

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