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DiarioLibre.

Sábado 6 de marzo de 2010

LECTURAS Noticias HISTORIA Y MEMORIA POR FRANK MOYA PONS

DEMOGRAFÍA DOMINICANA (1795-1844)

L

os historiadores dominicanos desde Américo Lugo a Antonio Del Monte y Tejada han insistido en que las emigraciones que se produjeron a raíz del Tratado de Basilea, y a causa de las invasiones haitianas de Toussaint y Dessalines en 1801 y 1804, despojaron la colonia de Santo Domingo de “la flor y nata de las familias dominicanas”. Releyendo algunos libros de historia dominicana referidos a este período éstos dan la impresión de que esas emigraciones solamente afectaron los núcleos aristocráticos de Santo Domingo. Pero cuando se examinan con detenimiento los legajos del Archivo de Indias la imagen que resulta es otra y lo que se observa es que la emigración afectó a todos los grupos sociales de la colonia de Santo Domingo pues se trató de un éxodo masivo. En dichos legajos aparecen relaciones de embarques masivos de familias dominicanas que fueron a parar a diferentes puntos de Venezuela, especialmente Coro y Maracaibo a partir de la entrega de la parte española a Francia en interpretación de lo dispuesto en el Tratado de Basilea. Además de esas informaciones, hay otras que hablan de la emigración de familias hacia Cuba y Puerto Rico. Consideradas en su conjunto estas noticias, y tomando como base las listas de emigrados dominicanos hacia Venezuela solamente, se llega a la conclusión de que de la isla emigraron unas 100.000 personas entre los años 1795 y 1812. En apoyo de esta estimación podemos mostrar el “Resumen de la población de Santo Domingo en 1812” recogido en el libro 8, documento número 38, del Archivo Real de Bayaguana, en donde se consigna que la población total de la isla era de 11.984 vecinos, alcanzando apenas 60.012 personas en ese año. La cifra es sorprendentemente alta, pero al estudiar en su conjunto el movimiento global de la población sobre la base de los censos finales del siglo XVIII –esto es, los de 1769 y 1782- contrastados con el censo general de 1819 realizado durante la gobernación de Sebastián de Kindelán, entonces queda en evidencia la magnitud real de esta crisis que bien podría ser calificada de una verdadera catástrofe demográfica. Los datos de 1819, más detallados que los de 1812, arrojan una población de 71.223 personas en

toda la parte española. En comparación con las 119.600 de 1782, estos datos significan que por lo menos el 35% de la población desapareció en el lapso de unos 37 años. Si la comparación se realiza con las 180.000 personas que debían vivir en la colonia en vísperas del Tratado de Basilea, entonces los resultados son ciertamente dramáticos, pues encontraríamos que la merma no sería de un 35% sino de un 60%. Las noticias de esos años no hablan de epidemias y, aparte de los degüellos y crímenes de Dessalines y Cristóbal en Moca y Santiago en 1805, que apenas mataron unos cientos de personas, que tampoco hay muchas evidencias de que las muertes en la guerra tuvieran mucho que ver con este impresionante descenso de la población dominicana a principios del siglo XIX. A juzgar por los documentos del período, la despoblación tuvo como causa inmediata la emigración, Ahora bien, ante estas cifras tan bajas, cualquiera podría preguntar: ¿sería que mucha gente quedó fuera del alcance de los empadronadores de los censos de 1812 y 1819? El examen detenido de ambos recuentos no apoya esta impresión pues en esos censos quedaron registrados hasta aquellos lugares que fueron poblados por la gente que salió huyendo de los haitianos desde Santiago en 1805, como la común de San José de las Matas. De ahí que mientras no aparezcan pruebas en contra, podemos admitir que más de un 50% de la población dominicana abandonó la isla o desapareció entre los años de 1795 y 1819. Con todo, el siglo XIX fue un período de rápida recuperación demográfica. Al igual que en los siglos anteriores, los censos son más bien aproximaciones basadas en los padrones eclesiásticos y en recuentos puntuales ordenados por las autoridades civiles que no llegaban nunca a ser exactos debido a la extensión territorial y, seguramente, a que mucha gente quedaba sin ser contabilizada por vivir dispersa por los campos. A pesar de las limitaciones, los esfuerzos por determinar el tamaño de la población continuaron. Uno de los análisis más tempranos orientado a determinar la tasa de crecimiento demográfico fue realizado por Charles Mackenzie, el cónsul británico en Puerto Príncipe cuando toda la isla estaba unificada políticamente. Según los

datos entregados al cónsul por el gobierno haitiano, en 1825 la población total de la isla ascendía a 422.042 personas, de las cuales 71.223 residían en la parte dominicana, antes española. La distribución censal se realizó por comunes y arrojó los siguientes resultados: Montecristi con 1.029 habitantes; Puerto Plata con 4.534; Azua con 3.208; Neiba con 3516; Santo Domingo con 28.357; Baní, 2.321; El Seibo con 5.364; Higüey, 1.655; Samaná, 754; San Cristóbal, 4.020; Los Llanos, 1.142; Bayaguana, 1.702; y Sabana de la Mar, 194. Por su parte, La Vega tenía 5.650 habitantes; Moca 3.437; San Francisco 3.357; Cotuí 1.776; Santiago 11.056; San Juan de la Maguana 3.386 y Las Matas 1.917. Otro viajero inglés, John Candler, que llegó a la isla en 1840 registró una población mayor en la parte dominicana para el año 1838, esta vez ascendente a 100.086 personas agrupadas en las 18 comunes de los Departamentos del Cibao y del Ozama. Según las cifras ofrecidas a este viajero por el Presidente del Senado de Haití, Santo Domingo tenía 14.674 habitantes; Monte Plata 1.885; Bayaguana 957; San Cristóbal 6.380; Higüey 2.320; Seibo 8.091; Samaná 1.508; Los Llanos 2.291; y Baní 4.002. Por su parte, Santiago tenía 18.567 habitantes; La Vega 8.323; Moca 8.642; Cotuí 3.074; Montecristi 1.421; Puerto Plata 6.757; San José de las Matas 4.263; San Francisco de Macorís 5.220; y Altamira 1.711. Estas cifras resultan compatibles con las tasas de crecimiento de la población que estimó en 1826 el Cónsul Mackenzie cuando estuvo en Santiago y visitó las oficinas del estado civil para comparar los nacimientos y las defunciones registradas. Según pudo constatar el Cónsul, en esta común la población crecía un 3,61 por ciento al año. Un cálculo similar realizado a partir de los nacimientos y defunciones registrados en la mayoría de los pueblos de la parte dominicana de la isla en 1838 arroja una tasa de crecimiento anual del 3,8 por ciento. Por otra parte, el censo agropecuario nacional realizado por el gobierno haitiano en toda la isla en 1839, aunque no precisa muchos detalles demográficos, sugiere un intenso proceso de colonización de tierras, particularmente en la parte dominicana de la isla y una abundante producción de alimentos que debió servir

En 1825 la población total de la isla ascendía a 422.042 personas, de las cuales 71.223 residían en la parte dominicana, antes española. de base para mantener el crecimiento sostenido de la población. La estabilidad política y la creciente producción de víveres durante la dominación haitiana facilitaron que la población aumentara sin interrupción. No existe un recuento poblacional para la fecha en que la República Dominicana alcanzó su independencia de Haití en 1844, pero sí tenemos un cálculo realizado en 1888 basado en los padrones eclesiásticos. Su autor fue José Ramón Abad, quien en su Reseña General Geográfico-Estadística de la Republica Dominicana registra los resultados totales de los dos padrones más recientes: el de 1887 y el de 1863. Tomando como base los datos del censo de 1819 y estos dos censos eclesiásticos, Abad estimó por extrapolación la población dominicana de 1844 en unas 126.000 personas. De haber sido así, esto significa que una vez que la población empezó a recuperarse logró hacerlo a una tasa cumulativa anual del 2,3% durante la Dominación Haitiana (1822-1844). Es esta una tasa razonable que podemos aceptar pues durante ese período el flujo emigratorio quedó limitado a aquellas familias que no aceptaban el régimen haitiano. Esas familias fueron pocas. Su número se redujo a los miembros de la élite burocrática criolla más españolizados, como fue el caso de las familias Fernández de Castro y Núñez de Cáceres. Así, mientras que la emigración posterior al Tratado de Basilea y a las invasiones de Toussaint y Dessalines fue una migración que afectó a todos los niveles y clases de la población, incluyendo a los esclavos, la emigración que provocó la llegada de las tropas del Presidente Jean Pierre Boyer fue una migración de elite, de la “flor y nata” mencionada por los historiadores dominicanos tradicionales. Hoy sabemos que al detenerse la emigración de familias españoliza-

das a principios de la Dominación, el proceso se invirtió con la puesta en práctica de una nueva política poblacional ordenada por el Presidente Boyer con el propósito de aumentar la densidad demográfica de la antigua colonia española. Entre los primeros actos de esa política estuvo el empeño de llevar negros libres estadounidenses a residir en diferentes regiones de la parte oriental. Este primer intento fracasó por muy diversas causas y sólo unos cuantos centenares de negros libertos norteamericanos lograron asentarse en territorio dominicano, particularmente en la península de Samaná. Ahora bien, aunque el impacto de estos libertos norteamericanos no fue decisivo por haber sido tan pocos los que quedaron, hubo otro hecho que sí parece haber contribuido al aumento de la población tanto durante como después de la dominación haitiana. Me refiero a la migración interna pues muchos pobladores de la parte occidental de la isla pasaron a la parte dominicana a residir con sus familias como soldados o funcionarios. Muchos hombres solos se establecieron como agricultores en la parte oriental y, andando el tiempo, echaron raíces formando familias con mujeres dominicanas. Existe una lista de apellidos de esas familias de origen haitiano que llegaron en tiempos de Boyer y se integraron con los dominicanos. Tanto durante la dominación haitiana como posteriormente, la agricultura dominicana continuó produciendo suficientes alimentos para sostener la creciente población después de proclamada la independencia. Existen varios informes oficiales y diplomáticos que insisten en que la guerra dominico-haitiana (1844-1859) restaba brazos a la agricultura, aunque esto parece haber sido más válido para los alrededores de la ciudad de Santo Domingo pues durante la Primera República la población continuó creciendo a un ritmo algo más elevado que durante la dominación haitiana. El cónsul británico ya mencionado registró altos índices de natalidad durante la dominación haitiana y este fenómeno debe haber servido para aumentar la tasa de crecimiento de la población dominicana durante la “primera” República Dominicana (18441861) por encima de la tasa del anterior período.

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Sábado 06-03-2010

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