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DiarioLibre.

Sábado 6 de marzo de 2010

LECTURAS Noticias

LECTURAS A DECIR COSAS POR ANÍBAL DE CASTRO

PRESENTE, PASADO Y FUTURO

A Diógenes Céspedes y Guarionex Rosa, amigos y tutores de mi interés viajero.

L

a nomenclatura en formularios de aduanas, migración, aerolíneas y agencias asociadas reconocen usualmente dos razones concretas para el viaje: negocios y /o placer. Y un “otros”, que lo dice todo sin explicar nada. Bueno que así sea, porque la curiosidad oficial o comercial jamás entendería que viajar es en sí mismo una razón, tan compleja que resulta imposible de encasillar. ¿Le agradaría al oficial de Migración, pistola al cinto y entrenado para olfatear “amenazas” a la seguridad, que al “cuál es el propósito de su visita” le replicaran “vengo a ver lo que ya he visto”? ¿No sería esa respuesta causa suficiente para verse forzado a otro viaje inmediato, el de retorno, con el talante de indeseable o chalado? Once horas de vuelo, ocho husos horarios y ahí está, des-

parramada sobre colinas y llanos, abrazada al Océano Pacífico e iluminada con modestia por el sol vespertino que las nubes abundantes no logran deslucir: el Área de la Bahía, con San Francisco de centro neurálgico y magneto turístico de primer orden. Extendida a Oakland y San José, esta zona urbana del confín occidental norteamericano reúne una diversidad racial, cultural y económica única. Mapa de contrastes étnicos, pero sobre todo geofísicos; de belleza serena y salvaje a la vez que también contiene la inteligencia del famoso Valle del Silicio, el Silicon Valley donde se incubó la revolución de la alta tecnología. Nada más cierto. Ver lo ya visto justifica desplazarse miles de millas para apurar en contados días incontables posibilidades. El déjà vu turístico puede ser también un descubrimiento y desdoblarse en experiencia reconfortante y poderosa que abre todo un menú de sensaciones, de ofertas estéticas, de sentimientos y comprobaciones existenciales. Con una dosis moderada de sensibilidad, ese repaso a lo ya sabido no se agota nunca. Actúa como impulso vital y dinamismo interno que nos conectan sutilmente con la nostalgia de tiempos ya idos pero que, paradójicamente, nos condicionan eficientemente para sintonizar con emociones ignoradas que avivan el espíritu y enriquecen profundamente. A veces, comparar experiencias desemboca en una experiencia productiva y fresca.

La belleza de algunos lugares tiene tantas variantes como estados de ánimo. Las pirámides de Egipto y la torre Eiffel serán siempre “otras”, como también los sobresaltos emocionales al recorrer una vez más pero a otro paso las calles de San Francisco. E imaginar desde una perspectiva lozana lo que fue la vida en Alcatraz, la isla prisión circundada por corrientes marinas que la blindaron a los escapes; deleitarse visualmente con el Golden Gate y sus torres perdidas que, comidas por la bruma, se tornan inconmensurables; sentir bajo los pies el estrépito de los cables que impulsan los tranvías en contravención a la modernidad, y subir caminando desde Union Square, ya sin hippies ni protestas anti bélicas, hasta Nob Hill en franco desafío a la física de los años. Vagar por Embarcadero y el Fisherman’s Wharf e inhalar el olor áspero que despide la bahía, pura sal y puro yodo, es reencontrarse con la verdad marina y una invitación a preguntarnos el porqué del agua en la raíz de nuestro origen. Pensar in situ en la ciudadsímbolo de libertad equivale a enfrascarse en un diálogo interno inédito que incorpora críticamente la década histórica de los años sesentas, cuando la canción emblemática de The Ma-

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Sábado 06-03-2010

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