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Quince años

Foto> Ernesto Lozano/2008

de Caracol Beach

Eliseo Alberto, en imagen de 2008, en su casa de la ciudad de México.

Amor, exilio, locura, miedo, perdón y muerte fueron los condimentos de Eliseo Alberto para escribir, con desmesura de cubano, la mejor novela en español de la última década del siglo XX: la historia de Beto Milanés, un desertor de la guerra de Angola que una noche sale en busca de alguien que lo mate en una playita imaginaria de Florida, porque no puede escapar al fantasma de un tigre de Bengala que lo persigue, en los meandros de su demencia, con una rata de basurero en la boca. (Rubén Cortés) La Razón Especiales

Sábado 18.Domingo 19.05.2013


Sábado 18.Domingo 19.05.2013

“La obra de Eliseo Alberto

el ganador del premio Alfaguara, en imagen de 2008.

Foto> Ernesto Lozano/2008

El editor de los libros de Eliseo Alberto en Alfaguara asegura que la obra del escritor puede expandirse al teatro y al cine; lanzan reimpresiones de cuatro de sus novelas

tiene vocación cinematográfica” Por Carlos Olivares Baró y Anabel Clemente Trejo En 1998, después de 25 años de no convocarse, el segundo galardón con mayor solvencia económica de España, el Premio Alfaguara, regresó con una fuerte inclinación latinoamericana. Una de las obras premiadas ese año fue Caracol Beach, “tragedia con vocación cinematográfica y teatral”, asegura Ramón Córdoba. El impresor de Alfaguara recuerda en entrevista con La Razón su encuentro con la obra que lo acercaría a Eliseo Alberto, el escritor cubano autor del polémico Informe contra mí mismo. ¿Cómo fue su encuentro con Caracol Beach? Llegué precisamente a Santillana en 1998 y me enteré que estaba en juego la convocatoria a un premio, que se estaba discutiendo y dictaminando: Premio Alfaguara de Novela. En mayo ya tenía un ejemplar (en aquellos tiempos gozábamos del privilegio de contar con un ejemplar de cada obra que se publicaba) y ahí me enteré de que existía Eliseo Alberto. Abrí la novela y la primera página me atrapó, inocentemente, creo que fue para mí una experiencia de emocionante y grata lectura. Ya después supe que, en efecto, Lichi tenía publicado Informe contra mí mismo en nuestro catálogo, libro que se había ganado el favor de muchos lectores, antipatías y devociones. Sin lugar a dudas, el escritor cubano estaba muy bien situado en el panorama literario hispano: pluma digna de consideración, hombre inteligente, hombre de ideas. ¿Qué fue lo que lo atrapó de esta novela? Me gustó desde la primera página. Soy editor y tengo la mala costumbre de ver el libro como objeto, revisar cómo se hizo: El texto de la cuarta de forros, decía algo así como “una tragedia griega a ritmo de rock”, y sí, desde la primera plana supe que su personaje va a morir: el lector se ve obligado a descubrir cómo. El narrador nos alerta y es como si estuviera diciendo: tomen en cuenta que este personaje se encamina a su destrucción. Todo en un tono triste: no hay estupor, no se usa la fórmula del relator que juega con el final inesperado y da una gran sorpresa. Sabemos que ese tipo se va a morir, lo interesante es saber cómo nos va a contar ese destino, y cómo concatena las diferentes acciones dramáticas. Esto me hizo saber y tener la sensación de

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que somos juguetes del destino: tiene una narración edificada en la tragedia griega. Lo que no percibí nunca fue eso de a ritmo de rock, pero por supuesto, era un lema, muy bien colocado en la cuarta de forros con pretensiones mercadológicas. Para usted, como lector ¿Qué ofrece esta historia? Me la imagino perfectamente en teatro. Pero un buen teatro y en película. Creo que esto es uno de los grandes méritos de las historias publicadas de Lichi. A lo mejor por sus estudios que realizó de cine, siempre es factible ver su adaptación cinematográfica: como si todo el andamiaje discursivo hubiera sido pensado de manera que la adaptación a guión cinematográfico fuera obvio y sencillo. Podría generalizar que todas las novelas que he leído de Lichi tienen vocación cinematográfica: son muy visuales, están muy bien armadas, se pueden contar gráficamente. En Alfaguara México Marisol Schulz fue la encargada de la edición de Caracol Beach. ¿Cuál fue su acercamiento como editor con Eliseo Alberto?

“Me la imagino (Caracol Beach) perfectamente en teatro. Pero un buen teatro y en película. Creo que esto, es uno de los grandes méritos de las historias publicadas de Lichi” Ramón Córdoba, editor

La fábula de José la edité yo. A partir del año 2000, todo lo que se hizo después, editorialmente hablando, con la obra de él me lo encargaron: las reediciones de La eternidad por fin comienza un lunes, La fábula de José, Informe contra mí mismo..., trabajo que hice con gran placer. ¿Cómo ha sido la aceptación de la obra de Eliseo Alberto entre los lectores mexicanos? Lichi siempre tuvo, creo que desde su incursión en la cultura mexicana —en el ánimo de los lectores— un nicho importante de partidarios. Para empezar, había muchos que lo apreciaban y lo siguen buscando: tenía una atención en las ventas no meteórica, pero sí un mercado ya formado. La fábula de José ha tenido, hasta la fecha, tres reimpresiones: unos ocho mil ejemplares. Caracol Beach debe andar por encima de las 12 mil unidades. Por cierto, en estos días se han colocado en librerías nuevas reimpresiones. ¿Qué pasó entre el autor y Alfaguara? ¿Por qué se distanciaron? El periodo de turbulencia creo que no fue una cuestión que ocurriera en México, sino más bien con las oficinas editoriales de España. Creo que la expectativa de él era estar en todos los países hispanos con toda su obra y, a través de su agente, obtener anticipos por los nuevos originales por un monto considerable. Parece que las diferencias vinieron principalmente con su representante. El desacuerdo debió ser por Esther en alguna parte, novela que yo esperaba, que leí porque Lichi me la facilitó. Esperaba tener en mi escritorio el manuscrito, pero nunca llegó: después, me desayuné con la noticia de que se publicaría en otro lado. ¿Alfaguara va a retomar la obra del autor? Seguimos reimprimiendo Caracol Beach, Informe contra mí mismo, La eternidad por fin comienza un lunes y La fábula de José. Son textos vivos, activos dentro del catálogo de Santillana/ Alfaguara. Están en proceso de contratación con sus herederos Esther en alguna parte y El retablo del conde Eros.


Quince años de Caracol Beach

un tigre de Bengala La imagen recurrente del animal en la novela sirve para imaginar los abatimientos que angustian a un ex combatiente del ejército cubano; refleja las secuelas de un participante de un conflicto bélico

La piedad se refugia en los mohines de un hombre que dormita escuchando estrépitos en la noche interminable del desamparo. Cuando la vida es una carga amodorrada, suscrita por un pasado de aguaceros imprevistos, quizás sea mejor abandonarla. “Clemencia es una palabra que se usa poco. La noche anterior el soldado había vuelto a soñar con un tigre de Bengala y se levantó de un salto, con un sabor a carne podrida en la boca. Escupió sangre”: inicio de la crónica venturosa del soldado Beto Milanés: un tigre de Bengala lo acosa con su hambre carnicera. Un tigre con sed. Un tigre acechando siempre. El soldado está aturdido por las reverberaciones del sueño con el tigre. El soldado sabe que el miedo es una camisa de fuerza. Un tigre de Bengala: imagen recurrente que Eliseo Alberto sorteó en la novela Caracol Beach para imaginar las remembranzas: abatimientos que angustian a Beto Milanés: ex combatiente del ejército cubano en la guerra de Angola, único sobreviviente de una emboscada. Ahora vive en la Florida, refugiado como velador en el El escritor deshuesadero de coches de Caracol Beach. Nombre: Milanés quiere morir: ha intentado Eliseo Alberto suicidarse y, ante su fracaso, decide de Diego García —un sábado del mes de junio— salir a buscar a algún loco que lo ejecute: el Marruz combatiente ya se había enfrentado al Nació: 10 de septigre de Bengala que ahora lo asedia: tiembre de 1951 “La primera vez que se enfrentó al Lugar: Arroyo tigre fue aquella tarde que perdió la razón en Ibonda de Akú”. El autor de Naranjo, Cuba Informe contra mí mismo (1997) se Género: sumerge con desbordado imaginario »Narrativa, poesía, en uno de los asuntos más infaustos textos periodístide la historia político-militar de Cuba: la participación de su ejército en la cos, infantil Guerra Civil de Angola (1975 - 2002). Premios: Milanés es una de las metonimias »Alfaguara de más convincentes de la secuela que Novela, 1998 dejó en muchos militares cubanos ese »La Edad de Oro, cruento conflicto. El tigre de Bengala se avizora en la memoria de Beto Mi1980 lanés. Se hace presencia. En el pasado »Nacional de la la lluvia. “La lluvia nos persigue como Crítica, 1983 una brujería”. »Gabino Palma, A pocos kilómetros del árido escenario en el que mora el soldado, 1997 se celebra la graduación de los estudiantes de enseñanza media del prestigioso Instituto Emerson. Martin Lowell, tras fumar marihuana por primera vez y considerar la posibilidad real de conquistar a Laura Fontanet (la porrista más apetecida de toda la comunidad estudiantil), decide realizar su primer acto real de intrepidez: ofrece su casa de Caracol Beach para continuar el festejo. Lowell logra la aprobación del atleta más popular del instituto, y un beso de su adorada Laura. Beto Milanés y Lowell se empalman. Eliseo Alberto edifica una azorada traslación dramática: el ex militar se mira en el espejo del tiempo y el tigre de Bengala aguarda. El muchacho enamorado se enfrenta a un dilema en el que se le va la vida. Cabalgata de criaturas en una serie de sucesos y circunstan-

Foto> Ernesto Lozano/2008

Por Carlos Olivares Baró

primavera 2008. Eliseo Alberto en su casa con Rubén Cortés, autor de los prólogos de sus tres libros publicados en Cal y Arena.

“Hay más vivencias que literatura, las mías y las de mis amigos. Soy un escritor que cuenta la vida de sus amigos como si fuese propia. Es una novela sobre cubanos, sobre las balas perdidas” “A mí me gusta decir, y estoy dispuesto a demostrarlo, que nadie ama más a Cuba que yo. La pueden amar como yo muchos, millones, no digo que no, pero más no, más no” Eliseo Alberto

cias de procelosa configuración: el soldado tiene grabado un tatuaje con el nombre de todos los hombres que asegura haber matado: el tigre observa. Gigi Col, una prostituta mexicana que ha comenzado su faena se cruza con Milanés. Langston Fischer, un viejo farmacéutico que ha salido a caminar con su perro, huele la desgracia en la mirada desquiciada del soldado cubano. Un comisario de la policía local se enfrenta al decreto de su hijo Nelson, quien ha decidido llamarse Mandy: un travesti experto en artes marciales. El espíritu de un pianista vuela desesperado tratando de amparar a su hija. Alguien conversa con la mujer más linda del mundo. Tabaleos delirantes de los tambores Orishas. El mar azul brama. El tigre de Bengala está sediento. Quizás, en estas encrucijadas está el gran mérito de Caracol Beach: ya en La eternidad por fin comienza un lunes (1992) Eliseo Alberto había mostrado una comparsa de personajes extravagantes que se transponen en una misma cartografía y coinciden en sus desalientos. Caracol Beach, fábula desgarradora: escalada de contingencias eufóricas como pretexto para describir situaciones de profundo sentido humano. Un machete abre camino en la maleza: el tigre bufa. Beto Milanés va a morir: el tiempo cubre su paranoia; el perdón se arrebuja en las alucinaciones: Un segundo basta para conocer a un hombre camino al infierno.

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una camisa de fue

Fragmento

Clemencia es una palabra que se usa poco. La noche anterior el sol�Desde que aceptó el trabajo de velador nocturno en el deshuedado había vuelto a soñar con el tigre de Bengala y se levantó de un sadero de coches de Caracol Beach, vivía en un tráiler que alguna salto, con un sabor a carne podrida en la boca. Escupió sangre. Los vez fue transporte de un circo. Aún podían leerse los créditos en nervios le habían destruido las encías y por mucho que se lavara un arco de vistosa caligrafía, algo desdibujados por los azotes de la los dientes con sales de bicarbonato, y aunque bebiera mil tazas de intemperie: “Arena Cinco Estrellas”. Rodeo Ambulante. Atracciones café para fumarse mil cigarrillos Camel sin filtro, el ácido de la infec- y Adivinos. Gitanos. Las láminas laterales estaban pintadas con ción seguía drenando gota a gota. Se arropó bajo la manita. Desde el imágenes de leones, mujeres barbudas y equilibristas. El vagón calvario de la guerra en Ibondá de Akú, dieciocho años atrás, tenía contaba en su interior con el equipamiento necesario para hacer la precaución de dormir con los botines puestos, costumbre que de él un calabozo habitable: el catre ajustado con bisagras a la pared terminó por desbaratarle los pies con hongos impertinentes. Quiso del fondo, dos parrillas eléctricas por cocineta y un diminuto retrete refugiarse en algún buen recuerdo de su vida y escapar allí de la donde apenas cabía una persona, pero diseñado con la funcionaencerrona. No pudo. Por la rendija de los lidad de los camarotes de tren, de manera párpados vio entrar al tigre. Un tigre. El tigre. que los servicios estuviesen al alcance de Escuchó en la distancia el Ése. El amarillo. De Bengala. Su presencia le mano: desde la taza del inodoro se podía canto de los gallos mañane- laabrir cortó el aliento. Aparecía sin previo aviso en cómodamente la llave de la jofaina y ros, los motores de los cocualquier confusión de sueños y ya no lo una ducha siempre sentado. La cinta ches por la autopista, el ru- darse dejaba en paz un instante. Antes de descude bombillas rojas, azules y amarillas que mor de un mar que él sabía brirlo bajo la mesa jugando con una rata de demasiado lejos, pero sólo al rodeaba el tráiler por los cuatro puntos basurero había percibido su olor a crema de ver un aro de siete moscar- cardinales era el único lujo que el solitario amapolas rancias flotando en el aire del amadones posado en la lámpara huésped se permitía mantener en perfectas necer, como cosmético de puta, y despertó del techo, un ruido de rama condiciones técnicas. Le gustaba encender angustiado. Escuchó en la distancia el canto que se quiebra le dijo que el el sistema de alumbrado y contemplar de los gallos mañaneros, los motores de los desde la autopista cómo brillaba su nave de demonio estaba cerca coches por la autopista, el rumor de un mar hojalata en el centro de aquel cementerio que él sabía demasiado lejos, pero sólo al ver de coches destrozados. un aro de siete moscardones posado en la lámpara del techo, un Cuando salió afuera, aturdido por los ecos del sueño, el tigre ruido de rama que se quiebra le dijo que el demonio estaba cerca. rondaba el techo del tráiler. A la luz del amanecer reparó en la Los insectos se avisparon y movieron el aire con las aspas de sus extravagancia de que traía alas, articuladas al cuerpo con armonía. alas. Cada vez que sufría esa pesadilla la brújula de la conciencia Alas de cisne o de ángel. Dos abanicos de plumaje blanco, sedoso, trocaba los polos y lo hacía tomar por callejones sin salida. El tigre bien peinado. Llegaba de algún sitio donde había estado lloviendo babeaba. Tenía sed. O quizás hambre. No le bastaba la rata. Quería porque en el filo de las plumas brillaban gotas de agua como perdiotra. Lo quería a él. gones de mercurio. Había que verlo. Saltaba del techo a las nubes —¡Virgen de Regla! ¡Por lo que más tú quieras dile que se vaya! con soltura y de nube en nube, por el prado de cúmulos pisando Luz y Progreso para ti —rogó. suave, y desde allí se dejaba caer en pronunciada curva hasta el La oración fue a dar contra los cerros. El ocio vino de rebote deshuesadero sin batir las alas, y se perdía de vista entre los montes entre humos turbulentos. de hierro torcidos. No dejaba de ser un espectáculo hermoso. El

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soldado encendió un ci Strike Two, ¿dónde está Strike Two se asomó escondidos se repetía c las orejas puntiagudas, l hasta sacar medio cuerp mastín. Era un cachorro llegado al deshuesadero días prefirió acampar al co hizo mucho para ace veces el cachorro ladrab un rol de centinela que siguiendo inalcanzables terio o mordiéndose la c de los charcos. Ninguno Eran tercos. Muy tercos el animalito entró en el en el momento en que de campaña. La irrupció le puso un nombre que Strike Two. El One era é siempre en el Oldsmob piezas de otros vehículo mañana, hombre y mas amo debía fingir que lo ¿dónde estás, hijo de tu el cachorro iba asoman estudiada complicidad. recibió con un puntapié tierra y llegó a la autopis neta. Jadeaba. Se puso a de camiones carnívoros ómnibus monteses, pia cementerio y se tumbó humanos hay caminos El miedo es una cam


Quince años de Caracol Beach

uerza

agmento de Caracol Beach

Portada de Caracol Beach, Editorial Alfaguara.

Fotoarte> Jesús Díaz> La Razón

ncendió un cigarro y la picadura le supo a cianuro. “Strike, o, ¿dónde estás, hijo de tu perra madre?”, gritó. Two se asomó en la ventanilla del Oldsmobile. El juego de os se repetía con teatral puntualidad. Primero dejaba ver puntiagudas, luego los ojos, el hocico, la lengua, el cuello, ar medio cuerpo y asumir públicamente pose de gran ra un cachorro. Un vagabundo. Un buscapleitos. Había deshuesadero durante la Navidad anterior y por varios rió acampar al aire libre, bajo los coches. El soldado tampomucho para acercársele. Se tenían mutua desconfianza. A achorro ladraba cuando venía un cliente, atribuyéndose centinela que nadie le había encargado. Se entretenía pero inalcanzables mariposas por los corredores del cemenordiéndose la cola en graciosos remolinos. El agua la bebía arcos. Ninguno de los dos claudicaba en sus posiciones. os. Muy tercos. La noche del 31 de diciembre, sin embargo, to entró en el tráiler y saltó a las piernas del soldado justo mento en que él iba a cortarse las venas con una bayoneta aña. La irrupción del perro impidió el suicidio. El soldado n nombre que le recordaba sus tiempos de beisbolista: o. El One era él. A partir del Año Nuevo, el perro durmió en el Oldsmobile, un engendro construido con partes y otros vehículos, como un Frankenstein mecánico. Cada hombre y mascota repetían el juego de los escondidos. El a fingir que lo buscaba por los patios. “Strike, Strike Two, stás, hijo de tu perra madre?”. Tres o cuatro gritos después, ro iba asomando orejas, ojos, hocico, lengua y cuello con a complicidad. Pero ese sábado de lluvia el soldado lo n un puntapié. Strike atravesó el cementerio barriga en gó a la autopista decidido a marcharse. Se echó en la cueaba. Se puso a ver. Por la pista de asfalto corrían manadas nes carnívoros, jaurías de coches rabiosos, rebaños de monteses, piaras de automóviles jíbaros. Strike regresó al io y se tumbó en la escalerilla del tráiler. En la selva de los s hay caminos intransitables. do es una camisa de fuerza...

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“una guía para ser narrador”

El presidente de la Fundación para las Letras Mexicanas, Eduardo Langagne, asegura que el autor cubano es imprescindible; Carlos Fuentes se refería a la obra como una “tragedia a ritmo de rock and roll” Por Anabel Clemente Trejo Como un narrador de “profundas reflexiones” recuerdan los escritores mexicanos a Eliseo Alberto. Una prosa vigorosa, expresiva y poética marca la trayectoria literaria del ganador del Premio Alfaguara en 1998, de acuerdo con el escritor Eduardo Langagne. En entrevista con La Razón, el presidente de la Fundación para las Letras Mexicanas, asegura que Eliseo Alberto es uno de los autores que se han vuelto imprescindibles para la lectura de quien está formándose como narrador. En eso coincide el escritor Jorge F. Hernández, quien describe al autor cubano como una isla, “con una geografía entrañable donde había algunas lagunas de irresponsabilidades o de tropezones o de abusos contra él mismo y contra su salud pero había anchos mares que lo rodeaban de inspiración y de poesía”. Eso se refleja en Caracol Beach. Carlos Fuentes, que presidió el jurado de aquel reconocimiento, dijo de la obra ganadora: “pocas páginas tan terribles se han escrito en la novela latinoaméricana como éstas de Caracol Beach, una tragedia a ritmo de salsa y rock and roll, una oscura salmodia a la orilla del mar”. No fue el único que alabó el trabajo del isleño, también Rosa Regàs, integrante de aquel jurado, quien destacó que la mezcla armónica que utilizaba Eliseo Alberto para hablar la empleaba en sus novelas, “que no carecían del lenguaje que aprendió de niño, junto a su padre, el poeta Eliseo Diego”. Caracol Beach fue la obra que internacionalizó a Eliseo Alberto —como lo llamaban sus amigos—, y aunque Cuba y el dolor del exilio están claramente presentes, como la crítica hacia ciertos aspectos de la Revolución, de acuerdo con el historiador Rafael Rojas, Lichi dejó claro: “No escribiré nunca nada que haga daño a Cuba, mejor me corto la lengua y los brazos... me gusta decir, y estoy dispuesto a demostrarlo, que nadie ama más a Cuba que yo”.

“Caracol Beach crea, con un lenguaje audaz, siempre sorprendente, un destino en el que el azar rompe a cada momento la lisura de lo cotidiano. Reinventa y actualiza las formas de la gran tragedia clásica, en una perfecta metáfora de este fin de siglo” Dictamen del jurado Premio Alfaguara 1998

Rafael Pérez Gay Escritor y editor mexicano

“Me parece que Eliseo Alberto era dueño de una de las mejores prosas de América Latina”

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Carlos Fuentes Escritor mexicano

Javier García Galiano Escritor

“Pocas páginas tan terribles se han escrito en la novela latinoaméricana como éstas de Caracol Beach, una tragedia a ritmo de rock and roll, una oscura salmodia a la orilla del mar”

“Era un hombre con una gran melancolía y una eficacia que no solamente se limita a la literatura. Yo creo que su escritura fue una manera de hacer más amigos”

Rosa Regàs Escritora española

Rafael Rojas Historiador y académico

“Eliseo Alberto habla con precisión sin dejar el lenguaje que aprendió de su padre, el poeta Eliseo Diego. La mezcla armónica que empleaba con mayor fuerza en sus novelas”

“Cuba y el dolor del exilio están claramente presentes, como la crítica hacia ciertos aspectos de la Revolución. Sin embargo, logra insertar estos aspectos de manera indirecta en su texto”

Jorge F. Hernández Escritor mexicano

Eduardo Langagne Fundación para las Letras Mexicanas

“Es una novela que resume mucho de lo que llevaba Lichi en las entrañas porque es Cuba y la añoranza de la isla, y también es la locura de los hombres solos”

“Me parece que tiene mucho del lenguaje cinematográfico que Lichi solía manejar. Lo que más importa es que hay una descripción visual muy rica. Es una novela que merece releerse”


Quince años de Caracol Beach

Sergio Ramírez (izq.) y Eliseo Alberto, juegan dominó en Gijón, España, en 1998.

Foto> Daniel Mordzinski

Hermanos siameses

Por Sergio Ramírez Eliseo Alberto es el cubano en singular que quedará en mi memoria. Lichi. He conocido a muchos cubanos pero como éste, ninguno. Su paso, como de baile, su afecto amoroso, la clave alegre de burla e ironía en todo lo que decía, el manantial de historias que siempre tenía para contar. Un cubano con el que nunca me encontré en Cuba. En 1998 ganamos juntos el Premio Internacional de Novela Alfaguara que había sido convocado por primera vez, y ante el empate entre su libro y el mío, el premio no fue dividido, lo que las bases no permitían, pero las bases no decían nada acerca de concederlo de manera doble, y eso fue lo que ocurrió, de modo que desde entonces el premio nos hizo hermanos siameses. Caracol Beach y Margarita, está linda la mar. Caracol Beach, una novela de feroz nostalgia y soledad, la soledad de la locura y el desarraigo, el urgente deseo de morir como una saga del desespero y la desesperanza. Nos conocimos en México en la Casa Lamm, el centro cultural de la Colonia Roma, cuando concurrimos juntos a la primera conferencia de prensa de las muchas conferencias y entrevistas que nos tocaría dar a lo largo de un año en que viajamos por media España y por todo el continente, cuando las fatigas con bromas y chistes caribeños sin que nunca, y esto parecerá muy raro, entráramos en competencia por los reflectores y las cámaras, ni la maledicencia ni la envidia enseñaran su cola. Muchos pensaban que dos ganadores siameses no podrían soportarse después del primer minuto, ínfulas, vanidad, soberbia. Los desmentimos. No éramos hermanos a la fuerza, sino de verdad. Había que comparecer en el lobby de los hoteles para empezar en punto las entrevistas apenas terminado el desayuno, o el almuerzo, correr de un estudio de televisión o radio a otro; la lista era agobiante y había que ingeniárselas para aparecer fresco, como si se tratara de la entrevista única y uno no se hubiera pasado repitiendo a lo largo del día, y en los días anteriores, lo mismo, tratando de urdir variaciones sobre el mismo tema. Una vez, en Barcelona, me dijo que ya no aguantaba más, y que no seguía adelante. Eso no podía ser, éramos siameses y donde fuera el cuerpo del uno tenía que ir el del otro. Lo sometí a una larga perorata acerca del objetivo de lo que andábamos haciendo. El objetivo eran las dos novelas, que debían venderse, y por tanto leerse. Lo convencí. En adelante, cada vez que bajábamos a desayunar, su saludo consistía no en decirme buenos días, sino: “el objetivo”. Y así seguimos. En Gijón, Daniel Mordzinski nos hizo fotos en un bar: en una jugamos al dominó, del que no entiendo nada pero en el que Lichi, como buen habanero,

era sabio. En la otra, Juan Cruz, entonces director de Alfaguara, hace de barman y nos sirve unas cervezas en la barra. En Buenos Aires, cuando íbamos a abordar el avión a Montevideo en el Aeroparque, no le dieron el pase las autoridades uruguayas porque su pasaporte cubano era de segunda, un pasaporte de expatriado, que inspiraba desconfianza, y siempre siameses, yo tampoco abordé y regresamos juntos al hotel Alvear. Viajamos una tarde en auto a Rosario, para el acto de lanzamiento, y volvimos después de la medianoche, el río Paraná siempre invisible a nuestra vera. En la fonda del camino donde nos detuvimos a cenar, los cantantes de una troupe del Teatro Colón que regresaban de una función de ópera también en Rosario, brindaban alrededor de una mesa, y de pronto el tenor se puso a cantar a capela. En el tedio de la rutina, la magia también existía, como cuando en la cabina de radio en Miami, Olga Guillot llegó a darme un beso, algo de lo que Lichi se perdió, sobre todo porque ese beso cubano le tocaba a él. Se sabía las mejores historias del mundo, que solía contar en nuestras comparecencias, la más memorable de ellas una en que un estudiante le preguntó a José Lezama Lima qué cosa era el azar. “El azar es”, habría contestado Lezama, “que tú te subes a la guagua y al lado del asiento que eliges va sentada la mujer que será tu esposa”. “¿Y ese es el azar, maestro?”, volvió a preguntar el alumno. “No”, respondió Lezama, “el azar es la mujer que iba en la guagua a la que no te subiste”. Lo demás que contaba, también parecía mentira, o fruto de su ingenio, desvelado siempre por su feraz imaginación. Que de niño Lezama lo había cargado en sus piernas, que Virgilio Piñera llegaba a tomar el café todos los días a su casa en la calzada de Jesús del Monte en La Habana. Nada más verdadero, como que también Eliseo Diego, uno de los grandes poetas de la lengua era su padre, y Cintio Vitier y Fina García Marruz, otros dos grandes poetas, eran sus tíos. Una infancia dorada en una casa llena de libros donde siempre sonaba un piano, y un nombre aristocrático largo el suyo, como el de un personaje de las viejas radionovelas cubanas: Eliseo Alberto de Diego García Marruz. La correspondencia de muchos años entre su abuela y Rose Kennedy, ambas compañeras de internado en Nueva York. “No creo que tu hijo, si es un caballero, sea capaz de invadir Cuba”, habría escrito en una de esas cartas la abuela. Ahora, mientras el Paraná murmura en la oscuridad al lado del restaurante caminero, la voz del tenor que alza su copa de vino y canta, conmueve el silencio. Yo desde aquí, en el calor inclemente de Managua me toco el costado para sentir la parte que me falta. Mi hermano siamés se ha ido.

Texto tomado de Carátula, Revista Cultural Centroamericana, www.caratula.net

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Contra Viento y Marea > Obra de Esteban Machado

Quince años de Caracol Beach

La sombra de una palma Por Eliseo Alberto Hoy (...) quiero que mis palabras vuelen y encuentren por ahí a mis amigos errantes, mis balas perdidas. Se llamarán, podrán llamarlos, Mario, Manuel, Jesús, Joaquín, Teresa, Daina, Rafael (...) o Charín, amigos queridísimos que ahora andan apurados, siempre apurados, por las plazas de Madrid, las calles de Miami o los puentes de Londres: (...) sus cuerpos proyectan la sombra de una palma. Hoy (...) quiero que mis palabras vayan y lleguen hasta mis amigos en la isla: se llamarán, podrán llamarlos, José, María, Silvia, Adrián o Marylis, y ahora estarán a Dios gracias en Bauta, Calabazar o San Juan y Martínez, rincones de mi alma; estarán (...) descamisados, sedientos, sudorosos (...) , escribiendo como apóstoles los nuevos testamentos de la nación cubana, nuevos palmares. Hoy (...) quiero, necesito, que mis palabras corran y entren sin pedir permiso en las casas de mis amigos mexicanos: se llamarán, podrán llamarlos, Alejandro, Rosa, Rosalba, Luz María o Patricia, cómo no, mujer, Patricia Lara: ellos han sabido aligerarme mis nostalgias, comprender mis miedos tenaces, mis palmas de Bengala, partidas en dos por los rayos de un aguacero que no escampa.

Hoy, ya libre, quiero que mis palabras se arrastren y encuentren a esos compatriotas sin cara, sin voces, sin testigos, que desde hace cinco, diez, quince, veinte años sobreviven entre cuatro paredes, pendientes al poco, insuficiente, apenas tibio sol que pasa de largo como Dios por las ventanas de sus celdas, por sus diminutas patrias de bolsillo, allí, donde todos los hemos olvidado. (...) Dios no los guarde: Dios los libre. Hoy quiero que mis palabras resuciten a mis amados ausentes. Se llamarán, podrán llamarlos, Gastón, Titón, Carlos Rafael o el negro Granados, todos cubanos, muertos que no mueren, aunque mueran en Miami o en La Habana. Que mis palabras por fin encuentren, caramba, a mi padre, ese loco genial, Eliseo Diego, muerto de amor en México (...) . «Quieran mucho a su madre, quieran mucho a su país», dijo y selló su boca para siempre con esta cubanísima despedida: «Al carajo todo». En la tumba del poeta, crece una palma. Gracias a la familia De Polanco por su generosidad sin límites. (...) ¡Que vivan las palmas! ¡Que viva Cuba, Cuba libre! ¡Que viva España!

*Fragmento del discurso de Eliseo Alberto al recibir el Premio Alfaguara, en Madrid, en 1998.

La Razón SUPLEMENTO ESPECIAL

»Edición Anabel Clemente

»Diseño Elizabeth Cuevas

»Retoque digital Jesús Díaz Jorge G. Báez

»Corrección Alfonso González Panzzi

Contáctenos. Conmutador: 5260-6001. Publicidad: 5250-0078. Suscripciones: 5250-0109. Para llamadas del interior: 01-800-8366-868. Diario La Razón de México. Nueva época, Año de publicación 4


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