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FERNANDO IWASAKI

EL FEUDALISMO EUROPEO DEL FUTURO

CARLOS VEL ÁZQUEZ TALLERES LITERARIOS

ESGRIMA

HUMBERTO MUSACCHIO

El Cultural N Ú M . 1 4

S Á B A D O

1 9 . 0 9 . 1 5

[ S u p l e m e n t o d e La Razón ]

MEMORIAL DEL TERREMOTO Rafael Pérez Gay Roberto Diego Ortega Alejandro de la Garza

Fotos inéditas: Colección Carlos Villasana


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El Cultural SÁBADO 19.09.2015

Desde 1985, en cada 19 de septiembre la Ciudad de México vive un aniversario luctuoso. Más con dolor que nostalgia, reviven testimonios y señales de un mundo que se fue en aquel amanecer y transformó un destino colectivo. Esta edición de El Cultural presenta un memorial, un homenaje a las víctimas, a la ciudad y las atmósferas, la herencia que esa fecha nos dejó. Las fotos del temblor, inéditas, son parte de la Colección Carlos Villasana.

1985 L O S FA N T A S M A S Y LAS SOMBR AS R A FA E L P É R E Z G AY

E

n otra página he escrito que somos las ciudades que hemos perdido. Una de ellas se perdió durante la mañana del 19 de septiembre de 1985. Algo de esa ciudad de polvo y muerte, fantasmas y edificios derruidos nos espera en algún lugar de la memoria. Desde hace años he escrito crónicas en distintos periódicos en la conmemoración de aquellos sismos que cambiaron para siempre la vida privada y la cosa pública de la Ciudad de México. Trato de fundir en un texto algunas de esas incidencias, recuerdos, memorias del temblor treinta años más tarde. Bien que mal, mal que bien, para los que vivimos el temblor, la vida ha pasado como una ráfaga. Intento traer un soplo de ese tiempo. De todas las estampas trágicas del terremoto, la del Regis congrega como ninguna otra el final de una ciudad. Un símbolo del Porfiriato, inaugurado en 1910 durante las fiestas del Centenario, en ese edificio estuvieron las oficinas del periódico El Imparcial que fundó Rafael Reyes Espíndola. Ahí empezó una época del periodismo mexicano. Años después se convirtió en hotel. En el año convulso de 1928, en uno de sus salones, Plutarco Elías Calles tensó los hilos para que de ese sitio saliera Emilio Portes Gil como presidente interino de México.

Aquella reunión fue un vaticinio, el Regis se convirtió en un símbolo de la Ciudad de México después de la guerra civil, un mundo hechizado por la fama, el éxito, el dinero. Entre los fantasmas que huyeron de la catástrofe del 19 de septiembre y la fuerza indomable de ocho grados Richter, se cuentan María Félix, Jorge Negrete, Pedro Vargas. Mis padres me contaron que en El Capri, un centro nocturno adosado a la magia del Regis, Agustín Lara le cantaba en las noches al olvido y al dolor. Un trozo del modernismo se esfumó entre las luces rojas de ese cabaret cuando el Flaco de Oro lograba raras metáforas sobre el amor perdido. Si alguien me preguntara por un emblema de la ciudad de mi infancia, contestaría sin dudar que la marquesina donde aparecía el nombre Olga Guillot. La voz que nos torturó con el quiebre de sus emociones era una eternidad en el pabellón de El Capri. Los cronistas de la época nos han heredado la imagen, no sé si cierta, de Carlos Fuentes y Octavio Paz sentados en la cafetería de la Farmacia Regis, en la Avenida Juárez, enfrente del Hotel del Prado. E stuve ante los derribos del Regis la mañana del 19 de septiembre, una ciudad y su memoria se desvanecían en el túnel del tiempo. Recuerdo el extraño orden de los escombros, como si el director de

DIRECTORIO

El Cultural [ S u p l e m e n t o d e La Razón ]

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CONSEJO EDITORIAL

Delia Juárez G. Editora

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El Cultural SÁBADO 19.09.2015

producción de una película hubiera depositado las letras del hotel entre los restos del edificio. Me acordé de que en el cine Regis, Juárez 77, vi Saco y Vanzetti, la historia de los migrantes italianos y anarquistas condenados a muerte en 1927, la canción de Joan Baez al final de la película te trituraba el alma. San Juan de Letrán, como todavía le decíamos quienes caminábamos por la avenida donde los fotógrafos callejeros nos dieron una gota de eternidad, se convirtió en una humareda irreconocible. El ejército cerró la calle. Miré en dirección de Salto del Agua, el polvo hacía imposible la visión. ¿Qué era ahí?, una pregunta que nos hicimos todos los habitantes de la ciudad de México el jueves 19 y el viernes 20 de septiembre de 1985. El sismo partió en dos algunos edificios y enseñó de un hachazo el pasado ancestral que emergía de la profundidad. Entre Francisco I. Madero y 16 de septiembre, la construcción que un día fue el antiguo Convento de San Francisco perdió la estructura, sólo quedó en pie una crujía delantera que se construyó sobre una capilla del siglo xviii, como cuando el pasado juzga a su futuro. La muerte caminaba entre nosotros. Recuerdo que caminé por las calles oscuras de la colonia Roma y entre los jirones al aire de los edificios derruidos. Recuerdo que tardé unos segundos en reconocer que estaba frente a los escombros del Multifamiliar Juárez, la obra que levantó Mario Pani en 1952. Ahí estaba, regado en el piso, el sueño funcionalista de la ciudad, un sueño roto, quebrado. Más adelante, el Hospital General en ruinas. Ginecología y la residencia de médicos habían quedado reducidos a una montaña de piedra y fierros torcidos. Cambié el rumbo y me dirigí al centro de la ciudad por Avenida Cuauhtémoc. Me perdí. Sin referencias urbanas, pasé frente a los Televiteatros (hoy Centro Cultural Telmex) sin darme cuenta de que habían desaparecido. El sismo se llevó una parte de la colonia Roma que conocimos, no la más antigua, porfiriana subía el telón y se abría paso hacia el futuro. Regresé a casa de mis padres que vivían en la colonia Condesa. Les conté de la destrucción. Traté de explicarle a mi padre los derrumbes, los edificios desaparecidos, las calles, la muerte. Quizá fue la primera vez que vi viejo a mi padre, sin fuerza para recorrer las calles de su juventud, con miedo a desaparecer él mismo con la ciudad que se iba entre los derribos del sismo. En las calles se respiraba gas, la garganta picaba, los ojos ardían. Se sabía

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Eje Central, antes San Juan de Letrán, 1985.

Lectura de la lista de los cadáveres hallados ante el derrumbe del Hospital Juárez.

que en el estadio de béisbol del Seguro Social (hoy el centro comercial Plaza Delta) se apilaban los cadáveres y se ordenaban los cuerpos para su reconocimiento. Nunca sabremos el número de muertos, ¿cinco mil, siete mil, diez mil, veinte mil? La catástrofe se los llevó entre los escombros. Mis hijos no habían nacido cuando ocurrió el sismo de 1985. No conocieron los cambios que el temblor le impuso a la ciudad a navajazos. Años después, cuando mi hija Fernanda cumplía con sus prácticas médicas

en el Servicio Médico Forense me refirió esta breve historia que conocen muchos estudiantes de medicina y que más tarde ella escribió y publicó en un texto desolador. El médico forense les contó que una noche extraña no llegó un solo muerto a las planchas frías del Semefo. El jefe de piso, un hombre curtido en todas las formas terribles de la muerte le preguntó al encargado por la ausencia de los cuerpos sin vida. El forense le contestó: cuando los muertos faltan una noche, quiere decir que el diablo los traerá a ráfagas. Eran las doce de la noche del 18 de septiembre de 1985. Entre las historias del sismo, ese lugar donde el azar juega a los dados con la vida, recuerdo ésta: la madrugada de aquel día siniestro, Catalina sintió las primeras contracciones. Tenía 24 años y un embarazo en su punto culminante. Ordenó en una maleta la ropa del bebé y le pidió a su madre que la acompañara al hospital. Atravesaron el amanecer de la Ciudad de México. Ese día amaneció a las siete y ocho minutos, los barómetros marcaban 20 grados centígrados, la noche anterior había llovido y las calles reflejaban en el asfalto las últimas luces del alumbrado público. Después de pasar la noche en vela, el médico auscultó a Catalina. Le ordenó bajar a la calle a caminar, un estímulo para las contracciones y el paso al trabajo de parto. Catalina

LOS GRANDES TERREMOTOS EN LOS SIGLOS XX Y XXI

TERREMOTO DE SAN FRANCISCO 1906

El mayor desastre geológico de Estados Unidos. 18 de abril de 1906. 5:12 a.m.

La ciudad de San Francisco experimenta un temblor inicial, seguido de un gran terremoto de 7.7 grados en la escala de Richter, que dura 45 segundos. La falla de San Andrés se abrió a lo largo de 430 km. El suelo se desplazó seis metros en algunos lugares. Edificios derrumbados, tuberías de gas reventadas, el fuego ardió durante tres días. Más de 28 mil 188 edificios quedaron destruidos, en su mayor parte de madera. 400 millones de dólares en pérdidas.

225 mil personas sin hogar.

3 mil

muertos estimados.


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le preguntó la hora a su madre. Las siete y cuarto. Las dos estaban en la calle. En ese momento cruzaron la delgada línea que separa a la muerte de la vida. A las 7:19 Catalina se sintió mareada, dos minutos después el hospital se derrumbaba ante sus ojos y la vida que llevaba dentro impuso su orden definitivo. Un minuto antes, otro azar soltó sus cuerdas. Una enfermera salió del hospital a comprar un jugo en los puestos callejeros que fincaron sus negocios frente al hospital. Ella recibió a su hijo en la calle, entre el polvo y la desesperación. Catalina nunca supo el nombre del médico que le salvó la vida, ese hombre desapareció para siempre.

Centro Histórico. El ejército en labores de resguardo y vigilancia.

Horas después, en la ciudad de los destinos cruzados, cuando la tragedia había impuesto el estupor en la Ciudad de México, dos rescatistas espontáneos, López Reyes y Dug, caminaban sobre los escombros del Hospital Juárez. Un metro de más o uno de menos, en esa trivialidad puso el azar sus leyes. Buscaban una entrada entre las piedras del derribo. La exactitud de la desgracia les descubrió un túnel en lo alto del cascote. Apoyaron la escalera de las brigadas francesas y penetraron en la oscuridad con dos linternas, un zapapico y una pala. En esa hora trágica, la disputa entre la luz y la sombra estableció la diferencia entre la posibilidad del futuro o la cancelación del porvenir. Excavaron entre las trabes varios metros. Más adelante encontraron el camino hacia uno de los pasillos derruidos del hospital. En la penumbra del derrumbe abrieron un hoyo en una pared. De ahí sacaron con vida a Guadalupe, una paciente de ginecobstetricia del Hospital Juárez, que se aferró a la vida cuando oyó las

TERREMOTO DE VALDIVIA 1960 Conocido como el Gran Terremoto de Chile. 22 de mayo de 1960. 2:55 p.m.

La colonia Roma y el centro de la ciudad fueron las zonas más afectadas.

primeras voces del subsuelo y luego el estruendo del desplome. Ella fue quien les dijo que abajo estaban los niños, vivos, los oyó llorar durante horas. López Reyes y Doug volvieron por el mismo camino oscuro. En realidad, los recién nacidos estaban arriba. Podían oírlos, pero las losas y los muros habían construido una bóveda impenetrable, mortal. En ese lugar se concentró durante días la maquinaria pesada y la búsqueda. Cada día que pasaba se desvanecía la ilusión de hallar vida entre las piedras. Los desastres crean realidades mágicas. La esperanza de encontrar vida entre el escombro se desvanecía cuando los rescatistas desenterraron a un recién nacido. Uno de los niños que Guadalupe oyó durante el tiempo que estuvo atrapada bajo el derrumbe del hospital. Veinte años después de esa mañana, Juan Carlos Díaz escribió un

correo electrónico al periódico El Universal: “Yo nací el 19 de septiembre de 1985 a las 4.00 a.m. en el Hospital Juárez. No conocí a mi madre, ella murió ahí, durante el terremoto. A mí me rescataron siete días después con siete días de vida. Ahora estoy a punto de ser papá. Nacerá por cesárea en el Hospital General, el médico puso la fecha del nacimiento de mi hijo: 19 de septiembre de 2005”. Mientras recuerdo la traza urbana que se llevó el temblor, pienso que tengo edad para saber que mi primera ciudad me abandonó en el Parque España de la colonia Condesa, el día en que dejé de considerar el juego del bote pateado como un arte mayor. La segunda ciudad me dejó el año del sismo, el día en que huyeron las sombras y los fantasmas del Regis y yo me perdí en un enjambre de vidas cruzadas.

La ciudad de Valdivia experimenta un temblor de 9.5 grados en la escala de Richter, que dura 10 minutos. A las 4:20 p.m. una ola de 8 metros de altura azotó la costa chilena entre Concepción y Chiloé a más de 150 km/h. La onda expansiva desató un maremoto de 10 metros de altura que azotó la isla de Hilo, en el archipiélago de Hawai, a más de 10 mil kms. de distancia del epicentro, provocando la muerte de 61 personas. Eventos similares se registraron en Japón, Filipinas, Nueva Zelanda, Samoa y las islas Marquesas; en el continente americano, Rapa Nui en Chile, y California en Estados Unidos. En Chile, la ciudad de Talcahuano fue destruida en un 65 por ciento; Los Ángeles en un 60 por ciento; la ciudad de Angol en un 83 por ciento, dejando a 6 mil personas sin hogar. En Valdivia el 40 por ciento de los hogares fueron destruidos y hubo más de 20 mil damnificados. Puerto Montt sufrió la destrucción del 80 por ciento de sus construcciones.

2 millones

damnificados.

Más de 6 mil muertos.


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En el origen, la Unidad Habitacional Nonoalco Tlatelolco significó, para sus impulsores y más aún para sus inquilinos entusiastas, una especie de sueño realizado en la modernidad urbana de la Ciudad de México. El terremoto arrasó también una parte de esa promesa: dejó a su paso el duelo, las ilusiones perdidas, las ruinas del edificio Nuevo León.

MEMORIAL DEL TERREMOTO ROBERTO DIEGO ORTEGA I. DESDE LAS RUINAS DEL AMANECER El terremoto que devastó una parte de la Ciudad de México en 1985 ha generado un caudal de información inabarcable. Cada memoria y cada nuevo análisis confluyen a ese mar, extienden sus alcances y sus pérdidas. Cada visión contempla un paisaje de escombros tan dilatado en el tiempo y el espacio que —treinta años después— perduran los vestigios, construcciones rotas y lotes baldíos, como las cicatrices de aquel jueves 19 de septiembre. Esa mañana el tránsito y el transporte quedaron dislocados entre la confusión, la destrucción, el pavor. En el centro y colonias aledañas — aunque también hubo pérdidas cuantiosas en otros rumbos de la ciudad—, había cadáveres y heridos bajo los edificios desplomados. Enseguida de los derrumbes cundieron los incendios, nubes de polvo, fugas de gas y de agua; los servicios de teléfono, agua y energía eléctrica, como las transmisiones de radio y televisión, colapsaron o funcionaban sólo de manera precaria. En esas circunstancias, pronto legiones de capitalinos salieron en busca de sus seres queridos, o bien para apoyar a las víctimas, o por la urgencia de enterarse y apreciar con claridad lo sucedido, hasta conformar multitudes enormes que deambulaban por calles y avenidas, en un primer intento por reconocer el tamaño del desastre que escalaba minuto tras minuto. Organizaron brigadas, improvisaron desde la penuria toda clase de soluciones y herramientas, removieron escombros y lograron la hazaña anónima y multitudinaria de rescatar a nadie sabe cuántos sobrevivientes —niños, jóvenes, adultos y ancianos— localizados en condiciones lastimo-

Avenida Juárez, 1985.

TERREMOTO DE IRÁN 2003 26 de diciembre de 2003. 5:26 a.m.

sas; otros lograban todavía emitir señales de vida y clamaban por auxilio entre las ruinas. Embotellamientos, zonas acordonadas o intransitables rodearon los estragos del amanecer. Sirenas, ambulancias, cascos y tapabocas, médicos, brigadistas, bomberos, soldados, policías, invadieron las calles para intentar cada rescate y sus esfuerzos persistieron a través de días y noches que parecían interminables.

De acuerdo con la costumbre nacional de escamotear las cifras para disfrazar o maquillar cualquier clase de adversidad —cuando el discurso oficial impulsa su versión (o la ausencia de su versión) aunque no corresponda con los hechos—, el número de los desaparecidos nunca se ha precisado, y las pérdidas humanas, según fuentes diversas, oscila de 3 mil a 10 mil, 15 mil, 20 mil —y tal vez muchos más: la

La ciudad de Bam, con 2000 años de antigüedad, situada en la Ruta de la Seda entre el Extremo Oriente y el Mediterráneo, experimenta un terremoto de 6.5 grados Richter con duración de 12 segundos, suficientes para arrasar con el 80 por ciento de esa ciudad histórica. El número de víctimas mortales fue muy elevado porque a esa hora muchas personas dormían. La destrucción fue total. El ministro del interior afirmó: “Bam se convirtió en un baldío. Aunque quedaron en pie algunos edificios, ya no es seguro vivir en ellos”. Dos semanas después del desastre todavía se hallaron supervivientes bajo los escombros. Mil millones de dólares fue la cifra considerada para la reconstrucción.

120 mil

personas sin hogar.

Más de 40 mil muertos.

Centro


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estimación de algunas fuentes eleva la cifra de muertes hasta sumar 40 mil. Según el Banco Mundial, 250 mil personas perdieron su vivienda y 900 mil debieron abandonarla. Muchos de esos damnificados se alojaron en albergues y campamentos que en algunos casos habitarían durante décadas —inclusive hasta el año 2015, tres décadas después. Como se hizo evidente, la movilización rebasó por completo a las autoridades, lentas y desarticuladas. Por esa ruta, el terremoto de 1985 propició la emergencia espontánea, y con ella el acta de nacimiento de la sociedad civil, proclamada por Carlos Monsiváis y otros —desde el periodismo, las letras, las ciencias sociales, la academia—, en la fundación de un lugar común: la nueva sociedad movilizada y con iniciativa propia, al margen del paternalismo atávico de autoridades y corporaciones. El argumento celebra también la manifestación —conmovedora— de la solidaridad, que a su vez el gobierno salinista institucionalizó desde su inicio, en 1988, bajo la forma de un Programa Nacional de Solidaridad —esta vez con mayúscula—, debidamente provisto de recursos para “asistir” las necesidades múltiples de la pobreza, pero que concluyó a la par de su sexenio; la causa de

los damnificados, por otra parte, se convirtió en botín político y bandera para grupos de la llamada o autodenominada izquierda. La línea argumental subraya la insensibilidad, la lejanía del gobierno federal —comenzando por Miguel de la Madrid—, extendida a la confusión en las acciones y respuestas del regente capitalino (designado todavía por el presidente), factores que abonaron a la desgracia, en la medida de su ineptitud y desconcierto. Sería el principio —continúa el argumento— de un retroceso en los cotos de poder tradicionales, una pérdida gradual de control —sobre el proceso electoral, entre muchos otros— que alimentó la disidencia, hizo posible diversificar el sistema de partidos y al cabo de quince años, entre promesas incumplidas y crisis recurrentes, desembocó en la caída del antiguo régimen priista, para abrir paso a la alternancia en el poder en el año 2000 y lo que vino después: la decepción ante la expectativa de la promesa democrática como el remedio a todos los padecimientos nacionales, una utopía desmantelada por la calidad de la transición mexicana y su clase política, más allá de siglas, colores y proclamas: la impopular partidocracia del México de nuestros días.

TERREMOTO DE SUMATRA 2004 Conocido como Terremoto submarino de Sumatra-Andamán. 26 de diciembre de 2004. 9:58 p.m.

II. LA PLOMADA DE UN MUNDO

Restos del edificio Nuevo León.

Sólo tuve un consuelo ante las ruinas: que mi padre no vivió para verlo. No debió ser testigo de la devastación, las construcciones derruidas en el Centro Histórico de la ciudad y sus alrededores, en la Avenida Juárez y San Juan de Letrán (ya para entonces Eje Central), ni del Paseo de la Reforma o la colonia Roma. Así pudo evitar el terrible derrumbe del edificio Nuevo León en Tlatelolco. Tenía 288 departamentos: seis módulos de trece pisos, divididos por tres accesos con dos elevadores cada uno, que sólo daban servicio a los pisos 3, 6, 9 y 12; los inquilinos del último nivel —13—, por ejemplo, subían un piso por las escaleras; luego seguía la azotea con los cuartos de servicio. Lo sé, lo recuerdo, porque viví algunos años antes en un edificio idéntico, el Allende, en el extremo opuesto de la Unidad Habitacional Nonoalco Tlatelolco —primera sección—, cerca de la Avenida Insurgentes, cuando para los optimistas esa oferta significaba, más que una promesa, una especie de sueño realizado en la modernidad urbana. El multifamiliar Nuevo León fue construido más tarde, en la tercera y última zona de la Unidad, es decir, frente a la Prolongación del Paseo de la Reforma y el barrio bravo de Tepito, también golpeado con severidad por el terremoto de 1985. Mi padre pudo ahorrarse la imagen del Hotel Regis convertido en despojos, con todo y los famosos baños de vapor y su sala general a donde me llevó tantas veces —a los ocho, diez años de mi infancia—, compartida por una cofradía de machos bragados que paseaban sus panzas, nalgas chorreadas y huevos colgantes al aire, o bien se abandonaban al reposo, tendidos sobre las planchas de cemento, servidos con tragos para curar la cruda (pollas, piedras, sangrías) y con frecuencia restregados por masajistas virtuosos que tallaban a mano y sin jabón cada centímetro del cuerpo —glúteos y genitales excluidos— hasta erradicar los últimos pliegues de una mugre hasta entonces invisible; un club un tanto extravagante, donde los socios comentaban o cocinaban toda clase de aventuras y pactos. En mi recuerdo, era como un punto de reunión de funcionarios de jerarquías diversas —en plena etapa del priato, entre López Mateos y Díaz Ordaz antes de la masacre—, más alguno que otro empresario también de jerarquía diversa, así como perio-

Justo un año después del terremoto de Bam, éste se originó en el Océano Índico, en la costa occidental de Sumatra del norte. El tsunami resultante devastó las costas de Indonesia, Sri Lanka, India, Tailandia y la mayoría de los países sur y sureste de Asia, donde las olas llegaron a los 30 metros. Tuvo una magnitud de 9 grados en la escala de Magnitud del Momento, con duración de 8 a 10 minutos. Según esta escala, es el tercer terremoto más grande que se ha registrado desde la existencia del sismógrafo.

1 millón

de personas sin hogar.

280 mil muertos estimados.


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TERREMOTO EN LA CIUDAD DE MÉXICO 1985

Foto > CIUDAD DE MÉXICO EN EL TIEMPO.

19 de septiembre de 1985. 7:19 a.m.

El antiguo edificio de Paseo de la Reforma 27.

TERREMOTO DE HAITÍ 2010 12 de enero de 2010, 4:53 p.m.

distas y el puñado de vividores que medraba por el centro de la ciudad. Entre los sitios emblemáticos de ese mapa compartido estaba desde luego la cafetería del Regis, restaurantes como el Lincoln, El Hórreo, los bares en el Hotel Del Prado, las cantinas a la redonda, los dos pisos del Tampico Club en Balderas (con servicio las 24 horas), la Fonda Santa Anita en la calle de Humboldt, el desaparecido Ambassadeur (en Paseo de la Reforma, a un lado de la puerta principal de Excélsior), el Café La Habana, el restaurante El Cardenal (aún vigentes) y la fonda primigenia de Las Delicias (hoy desaparecida), donde unos años después me fue revelado el arte de la sobremesa y la conversación, cuando mi padre me invitaba a las comidas sabatinas con sus colegas periodistas, presencias imborrables como Pepe Alvarado, Renato Leduc o Pedro Ocampo —artífices maravillosos de castillos verbales en el aire. Esa ciudad que él disfrutó, recorrió y fue tan suya desde la década de los cincuenta —una etapa de prosperidad inusitada, de movilidad

Se originó a 15 km. de Puerto Príncipe. Su magnitud fue de 7.3 grados Richter. Pérdidas materiales calculadas en 7 mil 900 millones de dólares. Millón y medio de personas sin hogar.

350 mil heridos.

Más de 300 mil muertos.

y ascenso social bajo el triunfo del “milagro mexicano” que sólo duró unos cuantos años. Mi padre se fue de este mundo en febrero de 1985, y la plomada de ese duelo llegó con el terremoto, para tocar un fondo que arrasó con buena parte de la ciudad que él llevaba tatuada en su memoria y en su vida. Con él viví los imposibles años dorados de Bucareli, ese cuadrante de edificios y oficinas de periódicos y revistas de toda especie, donde los voceadores empezaban su jornada hacia las cinco o seis de la mañana, entre puestos de tamales y garnachas; los vi desde las oficinas de mi padre, en Bucareli 18 —la construcción quedó fracturada por el temblor y luego desapareció. Distribuían los diarios sobre el pavimento, frente a la puerta de talleres de Excélsior, y también a la vuelta, en la calle de Artículo 123; aún estaban ahí los rieles de los tranvías en Bucareli. En una tienda junto a la cantina La Mundial compré, por cierto, los primeros acetatos de mi vida: el primer elepé de los Doors y Get Off My Cloud, el single en 45 rpm de los Rolling Stones.

La Ciudad de México sufre un terremoto originado frente a las costas del estado de Michoacán, con magnitud de 8.1 grados en la escala de Richter y más de dos minutos de duración. La energía que se liberó en este sismo fue equivalente a 1114 bombas atómicas de 20 kilotones cada una. Al día siguiente hubo una réplica, a las 7:37 p.m., con una magnitud de 7.5 grados en la escala de Richter. Edificios emblemáticos se derrumbaron o quedaron parcialmente destruidos: el Hospital General de México, el Centro Médico Nacional y el Hospital Juárez; los módulos central y norte del edificio Nuevo León, en el conjunto urbano de Tlatelolco; tres edificios del Multifamiliar Juárez; Televicentro (hoy Televisa Chapultepec); Televiteatros (hoy Centro Cultural Telmex), así como los hoteles Regis, D’Carlo y del Prado y fábricas de costura en San Antonio Abad. Más de 4 mil personas fueron rescatadas con vida de los escombros (algunas incluso diez días después del primer sismo.) Se calcula que se perdieron entre 150 mil y 200 mil empleos.

30 mil

construcciones destruidas, 68 mil con daños parciales.

30 mil

muertos o más según estimaciones.

Más tarde, en la década de los ochenta, la calle de Bucareli y sus alrededores continuaba como el centro de operaciones de mi padre. Vivíamos en el número 27 de Paseo de la Reforma, casi frente a la entrada principal de Excélsior, en un edificio que después del cataclismo se vació poco a poco, hasta que al fin se desvaneció. Faltaban unos cuantos meses para llegar al 19 de septiembre. Poco después del terremoto publiqué estas líneas dedicadas a ese mundo: Sólo en aquellos que han vivido tu debacle En las esquinas inclementes y ruinosas; Sólo por ellos y sus actos, contra todo, Hoy sigues siendo nuestra, desencajada y triste, [magnífica ciudad.

TERREMOTO DE JAPÓN Y LA COSTA DEL PACÍFICO, 2011 Se originó en Miyagi, Japón. 11 de marzo, 2:46 p.m

Su intensidad fue calculada en 9 grados Magnitud del Momento, con una duración de 6 minutos. Hubo más de 100 réplicas. La nasa comprobó que el movimiento telúrico desplazó el eje terrestre en aproximadamente 10 centímetros.

Más de 16 mil

desaparecidos.

Más de 9 mil muertos.

Sitios electrónicos: aquevedo.wordpress, El Economista, Temblores en México y Los peores desastres históricos (Océano).


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H I S T OR I A S , SU E ÑOS , V E S T IGIOS …

L O QU E E L SISMO NOS DE JÓ “¿Qué nos dice de nuestro presente, aquí y ahora, el treinta aniversario del terremoto?” ALEJANDRO DE LA GARZA ¡Oh dios! Desesperación e impotencia en un horrible despertar

(Ovaciones de la tarde, 19-09-85)

A

esta hora el lector tiene ya bien presente el aniversario número treinta del terremoto en la Ciudad de México. Resulta inevitable ante los innumerables y variados actos conmemorativos, ceremonias, exposiciones, presentaciones de libros y documentales, coloquios y mesas redondas, talleres y ofrendas, obras de teatro, discursos y actividades promovidas tanto en la capital como en muchas otras ciudades del país. También la vasta información en la prensa (y una mega página sobre el tema, incluida desde 2014 en Wikipedia) se ha encargado de rememorar los hechos, los datos, las cifras: el número de víctimas mortales, heridos y damnificados; los cuantiosos sucesos heroicos, los emblemáticos edificios caídos y, de forma destacada, la espontánea acción social organizada por encima y en contra de los designios de la autoridad. La conmemoración se ha realizado año tras año y, sin embargo, este treinta aniversario parece más enfático, más evocador, más significativo. Acaso porque las décadas adquieren cierta magia cronológica al presentarse como un corte de caja de los acontecimientos, pero acaso también porque México vive uno de los momentos más críticos de su historia reciente y las tragedias parecen ensañarse con nuestro presente. Pregunté a varios menores de treinta años si tenía alguna relevancia para ellos conmemorar aquella catástrofe, si despertaba su interés revivir esos días de septiembre de 1985 cuando de tantas maneras cambió la vida de la ciudad y de sus habitantes. Como respuesta percibí sobre todo curiosidad por los hechos dramáticos y por la expresión de una solidaridad genuina cuya reverberación trascendió el tiempo y alcanzó incluso a quienes no habían nacido entonces. Pero también fue notoria la conciencia de la lección acaso más contundente de aquellos días terribles: el despertar de la autonomía de vastos sectores de la población urbana ante la

inacción gubernamental y la consecuente emergencia efectiva de la “sociedad civil”, término emblemático desde entonces. A quienes vivimos con dolorosa intensidad los hechos de aquella mañana de 1985, así como los acontecimientos derivados de la hecatombe y prolongados en los años posteriores, nos quedan historias, sueños y vestigios de aquella ciudad ida, de los rincones de infancia y juventud desaparecidos, de los amigos perdidos... Pero como la nostalgia es inútil, entonces valdría más observar el terremoto de 1985 en el espejo de nuestra actualidad, ver el reflejo de aquellos hechos en el presente mexicano de 2015. ¿Qué nos dice de nuestro presente, de nuestro aquí y ahora, el treinta aniversario del terremoto?

Tragedia. El mayor siniestro Consulta el ensayo “De pueblo a sociedad civil: El discurso político después del sismo de 1985”

en la ciudad

Miles de víctimas entre muertos y heridos

(Últimas Noticias de Excélsior, mediodía, 19-09-85)

Hace una semana se estrenó en el PaEl Cultural En la

web

razon.com.mx

lacio de Bellas Artes la obra sinfónica de Alexis Aranda “Magnitud 8.1”, compuesta por encargo del inba. Dirigida por Carlos Prieto, la Orquesta Sinfónica Nacional interpretó esta “metáfora que va del desastre a la esperanza” en tres movimientos: “Magnitud 8.1” es la introducción

Campamento en la Plaza de las Tres Culturas, Tlatelolco.


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enérgica, violenta, donde se recrea musicalmente aquella sacudida de 8.1 grados en la escala de Richter. El segundo movimiento, “Elegía”, refiere la tristeza y el dolor provocados por la catástrofe. El tercer movimiento, “Resilencias”, es de carácter heroico y hace un reconocimiento a la solidaridad de los ciudadanos y su resistencia. “Es relevante e interesante que un compositor mexicano escriba una obra de este suceso, sobre todo un autor que tuvo contacto con la desgracia natural”, señaló Carlos Prieto.

Más de 3000 muertos

y 200 edificios dañados

“Cuando despertamos

se derrumbó el mundo”

(El Universal, 20-09-85)

El

encuentro académico “Avances y retos en sismología, ingeniería y gestión de riesgos a treinta años del sismo de 1985”, realizado en la unam desde el 17 de septiembre, finaliza este sábado. Es sin duda la mayor reunión de su tipo en muchos años, organizada por una decena de instituciones universitarias y públicas de máximo nivel, desde los institutos de Geofísica e Ingeniería hasta el Servicio Sismológico Nacional y la Coordinación de la Investigación Científica. Cuenta con la participación magistral de expertos mexicanos y extranjeros en tres especialidades: sismología, ingeniería y, de manera destacada, gestión de riesgo. Los participantes, materiales y conferencias se pueden consultar en www.sismo85.org.mx

Devastador terremoto de ocho grados destruye gran parte del df

Muerte, destrucción y pérdidas

la visión del “pueblo solidario” como una fuerza heroica. A partir de ahí traza las coordenadas de la participación política en las elecciones de 1988, el surgimiento posterior del prd y del Ejército Zapatista. Pero también, atendiendo a diferentes autores, sigue la ruta transitada por los movimientos de solidaridad de vecinos y damnificados hacia el clientelismo político y una amplia red de organizaciones dedicadas al tráfico de beneficios a cambio de lealtades políticas, grupos y organizaciones integradas al prd. Hacia el final apunta la sustitución de la “sociedad civil” por el concepto de ciudadanía, ya vigente y en desarrollo.

millonarias por el terremoto

(El Heraldo, 20-09-85)

El análisis más reciente de las conse-

cuencias políticas y culturales del sismo, de sólida factura interpretativa y largo alcance, se titula “De pueblo a sociedad civil: el discurso político después del sismo de 1985” y fue escrito por la doctora en antropología política y urbana Alejandra Leal Martínez. Se puede consultar en http://bit.ly/1Y5xc7m y se publicó en la Revista Mexicana de Sociología (julio/septiembre de 2014). El artículo examina el surgimiento de la idea de sociedad civil en la esfera pública mexicana después de los sismos de 1985, así como su popularización y sus cambios de significados en las siguientes décadas. La doctora Leal Martínez partió del análisis de los textos producidos en torno a los sismos, cita una treintena de autores y argumenta cómo el “pueblo” de la Revolución institucionalizada fue sustituido por la sociedad civil como la colectividad nacional legítima en el contexto de la transición al neoliberalismo: el “pueblo” fue desplazado como término caduco y antítesis de la naciente sociedad civil. La autora analiza el surgimiento de la solidaridad con los damnificados y revisa los elementos ideológicos alentadores de

Más de 3,000 cadáveres, rescatados entre las ruinas Consulta el prólogo sobre “La poesía del terremoto”

de Ciudad de México

(El País, 20-09-85)

“Polvo en pie, un recuento de poemas

El Cultural En la

web

razon.com.mx

escritos sobre el Terremoto” se planeó como una antología organizada y compilada por el poeta Rafael López Moreno hacia finales de los años ochenta. El periódico El Día, entonces dirigido por Socorro Díaz, apoyó su publicación y comenzaron a recopilar los materiales. No obstante, aclara el propio López Moreno, al salir

Socorro Díaz del diario, los nuevos directivos borraron el libro del programa de publicaciones, e incluso los textos ya compilados se perdieron. De todo este lamentable enredo sólo sobrevivió el ensayo de la escritora y filóloga cubana Mirta Yáñez, “La poesía del terremoto”, pensado como prólogo a la malograda edición. El texto es muy interesante, da nombres de autores, cita poemas clave y ofrece una idea reflexiva y sensible de los materiales poéticos escritos a partir de aquella catástrofe. Este prólogo jamás publicado se puede consultar en http://bit.ly/1nzvujj y será revelador para los interesados en el tema, pues es un amplio repaso de las letras mexicanas desde el siglo xix hasta culminar en los poemas sobre el sismo que fueron escritos por más de medio centenar de autores contemporáneos. No he leído nada mejor sobre el tema. El texto me recordó al politólogo Yvon Grenier, quien escribió: “Después del terremoto, Paz observó a los habitantes de la Ciudad de México ayudándose entre sí de forma espontánea y, en consecuencia, expresó en esas páginas [de la revista Vuelta]: ‘Eso es la democracia’. La democracia es la fraternidad y, para Paz, éste es el puente entre la libertad y la igualdad”. Qué lejos de estamos de ese concepto en estos días, treinta años después del fin de un mundo y el nacimiento de otro.

La sociedad reclama al gobierno atención para los damnificados.


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El Cultural SÁBADO 19.09.2015

Por

FERNANDO IWASAKI

FUERA DEL HUACAL

EL FEUDALISMO EUROPEO DEL FUTURO

www.fernandoiwasaki.com

P

ara un latinoamericano, contemplar las crisis europeas es lo más parecido a un déjà vu, porque aunque no sepamos muy bien cómo empiezan los problemas, en cambio sabemos de sobra cómo van a terminar. Desde hace años sostengo que en España se ha producido un cambio en la estratificación social, pues como consecuencia del empobrecimiento del Estado del Bienestar ha aparecido el “proletariado burgués”, y como consecuencia de la crisis y su secuela de paro, embargos y desahucios, cada día crece más la “burguesía proletaria”. El “proletariado burgués” ha crecido a punta de ayudas, regalías y subvenciones. Sus viviendas son de protección oficial, sus ingresos provienen de la economía informal o de las subvenciones agrícolas, y la mayoría ni se plantea invertir en educación para sus hijos. La crisis no ha golpeado todavía a este estamento más bien acostumbrado a vivir al día y a mantener un nivel constante de endeudamiento para cubrir sus necesidades de ocio, internet y consumo audiovisual. La “burguesía proletaria”, por el contrario, crece en progresión geométrica por culpa de los expedientes de regulación de empleo, las quiebras del pequeño comercio, los desahucios por impago y el paro juvenil. Hablamos de una población que hace cinco años jamás imaginó que podía ocurrirle lo que le está pasando, ni en la más lisérgica y delirante de sus pesadillas. Se trata —en suma— de ciudadanos con una formación académica y profesional de suficiente a excelente, pero del todo indefensos ante una pauperización exponencial como la que los aflige. Uno ha visto demasiados fenómenos parecidos en América Latina: hijos casados volviendo a las casas paternas, jubilados trabajando para conseguir ingresos extras y crecimiento brutal de la delincuencia, la in-

Las Claves

LO DIRÉ ALTO Y CLARO: NI LA IZQUIERDA DE CLASE NI LA DERECHA ESTAMENTAL VEN CON BUENOS OJOS A ESAS MILES DE FAMILIAS SIRIAS QUE SE APRESTAN A RECIBIR AYUDAS SOCIALES, VIVIENDAS DE PROTECCIÓN OFICIAL Y PROBABLEMENTE OFERTAS DE EMPLEO.

seguridad y la economía informal. La proletarización de las clases medias me parece irremediable y es lo peor que puede ocurrirle a una sociedad, porque se trata de familias que pierden un patrimonio material y cultural de generaciones. ¿Cómo valorar la extinción de todo un estamento social? En las modernas sociedades europeas —donde el “capitalismo salvaje” ha sido reemplazado por la ley de la “selva socialdemócrata”— el “proletariado burgués” se había aplicado a machacar a la “burguesía proletaria” porque la veía como intrusa y competidora peligrosa dentro de sus ecosistemas subvencionados, cuando la llegada masiva de refugiados sirios ha puesto boca abajo el tablero europeo. Lo diré alto y claro: ni la izquierda de clase ni la derecha estamental ven con buenos ojos a esas miles de familias sirias que se aprestan a recibir ayudas sociales, viviendas de protección oficial y probablemente ofertas de empleo, amén de sanidad y escolaridad públicas. El éxodo de Oriente Medio ha estallado cuando Europa comenzaba a ver la luz al final del túnel de la crisis. Sin duda la prioridad es aliviar las necesidades de esas miles de personas que huyen del horror, pero tanto la “burguesía proletaria” como el “proletariado burgués” exigen saber cuánto tiempo durarán las ayudas y qué costo tendrá semejante munificencia, porque ambos colectivos se sienten amenazados y escamoteados. Al final va a ser cierto que los extremos se tocan. Como los armenios a comienzos del siglo xx y los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, los sirios se han vuelto los parias del mundo. Sin embargo, los libios, los kurdos y los desposeídos del África subsahariana están a un tris de romper en oleadas fugitivas que tienen como único punto de mira Europa. Y lo peor es que los países de la Unión Europea

( ue ) ni están todos unidos ni todos se sienten igualmente europeos, porque catalanes, bávaros, lombardos y escoceses no le hacen ascos a renunciar a la ue con tal de proteger su riqueza y sus privilegios. Los retos inminentes de la humanidad serán de convivencia y subsistencia. Y si la ue no se anticipa a este paisaje inexorable para liderar una campaña humanitaria universal, la miseria y la violencia se instalarán en su territorio con todas sus secuelas, mientras las fronteras de América y Oceanía se cerrarán para evitar la invasión de los refugiados europeos. El día de mañana, familias enteras de Portugal, Italia o España podrían estar asaltando barcos alegando que tienen parientes en México, Argentina o Estados Unidos. Parece ciencia ficción, pero los zombies de las series distópicas podrían ser “burgueses proletarios” europeos huyendo como escapan ahora los sirios.

Por CARLOS O LI VA R ES B A RÓ

GUSTAV MAHLER (BOHEMIA, 1860-VIENA, 1911): sustancial innovación bosquejada en nostálgicos y tristes apuntes melódicos de hermoso timbre y compleja estructura instrumental. Uso de la canción popular, pretexto para construir un universo melódico/armónico en distintos ciclos de canciones con versos de su autoría (Des Knaben Wunderhorn, Lieder eines fahrenden Gesellen) y del poeta Friedrich Rückert (Canciones de los niños muertos). Coplas a las que recurrió más de una vez en una suerte de obsesión en la que subrayaba la no existencia divisoria entre música instrumental y vocal. En las Sinfonías 2, 3, 4 y 8 lo coral juega un papel primario. Mahler concibió música orquestal (nueve sinfonías) y obras vocales que se entrecruzan y se integran en un corpus de sujeciones en el que los cánticos alimentan, muchas veces, las proporciones orquestales. Sinfonía No. 1, El Titán (I. Como un ruido de la naturaleza; II. Scherzo: agitado, pero no demasiado rápido; III. Marcha fúnebre: solemne y mesurada, sin rezagarse; IV. Agitato), uno de los grandes momentos de la música occidental de finales del siglo xix. Sinfonía dada a conocer

en 1889 de estrecho vínculo con las “Canciones de un caminante” (1883-1885), en temática que aborda las oposiciones confluentes entre consternación y regocijo. Dicotomía presente en el estilo de uno de los precursores de la Segunda Escuela de Viena y representante del posromanticismo alemán. Universo sonoro de pluralidades que se hacen patentes en reminiscencias de fanfarrias, melodías populares, marchas y canciones tradicionales, entre otros recursos melódicos y armónicos recurrentes en sus composiciones. Uso muy particular de los acordes y, asimismo, de líneas melódicas interpuestas y dilatadas en la estructura formal: pieza desmesurada, de armonía disonante, que rompe con el equilibrio cromático en una suerte de plasticidad fascinante y arropadora. “Poema tonal en forma de sinfonía” (subtítulo original de la composición), que principia con abrigador hechizo: brumosa melodía que se va disipando en las progresiones instrumentales hasta los sigilosos cornos que presagian, con armoniosas lisonjas, el argumento central. Segundo movimiento en lúdica configuración ternaria (scherzo-trío-scherzo) de

animosa presencia folclórica. Pausas, interludios y silencios que custodian a una hermosa seguidilla rítmica. Conformidad de una danza popular austriaca conocida como “Ländler” que ya el organista y compositor Antón Bruckner (18241896) había utilizado. Tercer movimiento de esplendorosa conjunción mahleriana: contrabajo conjeturando una traslación de Martinillo (popular copla infantil) de matices fantásticos —muchos vislumbran plazas surrealistas— que proyecta imágenes sonoras de borrascosa y extraña hermosura. Mahler en estado puro: exaltaciones espesas en avenencias que la Chicago Symphony Orchestra asume en esta grabación, con íntegra faena instrumental. Final, Movimiento Tormentoso, predecesor de las “villas musicales” del Mahler de la Quinta y la Sexta sinfonías. Impresionante concepción orquestal que protagonizan los cornos en una coda de asombrosa grafía: gradaciones emocionales que inundan los presagios. Imaginativos entreactos de un remate orquestal inolvidable. Chicago Symphony Orchestra hace ostensible sus magistrales virtudes interpretativas bajo la sustancial conducción de Claudio Abbado.

MAHLER SYMPHONY NO. 1

Artista: Chicago Symphony Orchestra / Claudio Abbado Género: Música de Concierto Disquera: Grammophon, 2012.


El Cultural SÁBADO 19.09.2015

EL CORRIDO DEL ETERNO RETORNO

TA L L E R E S L I T E R A R I O S

LA GENTE TIENE LA CREENCIA, ROTUNDAMENTE EQUIVOCADA, DE QUE LA LITERATURA ACARREA CELEBRIDAD. FAMOSA MADONNA. POR QUÉ ANHELAN EJERCER LA LITERATURA EN UN PAÍS EN EL QUE NO SE PUEDE VIVIR DE ELLA.

Ciudad anónima

calidad. Entiendo que los escritores tienen que comer. Y los talleres son una fuente de ingreso. Pero también creo que debe permear la honestidad. Yo asistí a un taller literario en mi juventud. Del que me echaron, por cierto. Lo único que aprendí fue lo siguiente: desoír todos los consejos que ahí se me otorgaron. “Existe una sobrepoblación de talleres”, me señala un colega. “Se debe a que cada día surgen más aspirantes a convertirse en escritores”, continúa. No entiendo a las personas. La gente tiene la creencia, rotundamente equivocada, de que la literatura acarrea celebridad. Famosa Madonna. Por qué anhelan ejercer la literatura en un país en el que no se puede vivir de ella. Son tan pocos los privilegiados. La mayoría debemos trabajar para subsistir. Entonces realizamos una doble tarea. El trabajo y la escritura. Se escribe no por elección. Se escribe porque no se puede hacer otra cosa. Sólo he impartido dos talleres en mi vida. Y si accedí fue por insistencia de un par de amigos. No por el dinero, ni porque me naciera. Cuando escucho que fulanito de tal es alumno de mengano no puedo sino experimentar pena ajena. La idea del aprendiz y del maestro me resulta tan repulsiva. En las dos ocasiones constaté que tengo un imán para atraer a gente a la que no le interesa en lo absoluto la literatura. Personas a las que el desempleo o vaya a saber qué orilla a inscribirse en cuanta actividad gratuita promueva el Estado. Para las que uno termina por convertirse en el bacín de todas

CARLOS VELÁZQUEZ

sus frustraciones. Que te obligas a tolerar a cambio de los honorarios que percibirás. En una de las ocasiones acepté porque se me pidió más una orientación que un taller en forma. Se les especificó a los miembros que desearan ingresar que presentaran trabajos, crónicas particularmente, para que yo les hiciera recomendaciones según cada caso. Nadie acató la petición. No presentaron una sola crónica. Yo no llevaba nada preparado. Tuve que aventarle un speech de cuatro horas a un grupo al que no le interesaba nada de lo que yo dijera. Y encima tuve que soportar el regaño de un sesentón que estaba disconforme porque no había presentado yo un programa. Esto llamó mi atención. Sólo somos capaces de acercarnos a lo didáctico a través de un sistema académico. No exagero si fue una de las peores experiencias de mi vida. Confieso que no poseo el cinismo suficiente para aplastarme frente a un grupo de personas y fingir que me interesa lo que sucede, cobrar mis honorarios y dirigirme a la siguiente ciudad. Contrario a lo que se asume, no veo que existan demasiados escritores en la actualidad. Es decir, mucha gente publica, gana becas, figura, pero su obra es por completo intrascendente. Con el tiempo el panorama depurará la producción y prevalecerá la obra de calidad. Me arriesgaría a dar talleres literarios si gente con potencial se presentara a los talleres. Pero no, la gente con talento está metida en su casa leyendo y escribiendo.

Por DELIA JUÁREZ G.

Vinicius de Moraes y los albañiles “A VECES, mientras trabajo en casa, en mi máquina, y busco en la abstracción del paisaje urbano la forma que quiero expresar, acabo olvidándome de todo para fijar mi atención en los obreros que terminan el edificio de enfrente. Ahora han llegado a la fase en que sólo falta pintar las molduras y dar la última mano en el primer piso. Hace meses que vengo observándolos levantar la sólida estructura de tres departamentos por piso y ocho en total. Los he visto instalar los cimientos, levantar la selva de acero y cemento, algo así como el esqueleto del edificio. Los vi colocarle los pisos, encuadrarle las puertas y ventanas, revestirlo de su intensa epidermis de ladrillos refractarios. Fui espectador emocionado de sus

Por

@charfornication

L

ejos de mí recomendar a un aspirante a escritor ingresar a un taller literario. Lejos de mí recomendar a un aspirante a escritor no ingresar a un taller literario. Hace unos días me invitaron a impartir un taller, me negué rotundamente. En verdad no sé qué aconsejarle a un aspirante a escritor. Me resulta inconcebible que alguien pretenda consagrarse a la escritura. Lo único que puedo advertirles es: no lo intenten. Dedíquense a otra cosa. No por la firme creencia de Borges de que se debe desalentar a todo aquel que ambicione una carrera en las letras. Porque el oficio de escritor es una fuente inconmensurable de infelicidad. Yo sería una persona más feliz si no hubiera caído en la trampa de la escritura. Tengo 37 años. No me siento facultado para enseñarle a nadie aspectos de escritura. Me considero todavía en formación. “Te vamos a pagar 20 mil pesos”, me informó la persona que organizaba el taller, como si la cifra fuera un tajante impedimento que evitaría que me negara. El dinero nunca cae mal. Pero me parece de una profunda irresponsabilidad plantarme frente a un grupo de personas y fingir que soy capaz de transmitir alguna especie de conocimiento. Sería un timo. Un engaño. Puedo hablar de mi obra durante horas, pero soy incapaz de explicarle a otro cómo hacer funcionar la suya. Atestiguo, no sin tristeza, en las redes sociales a pésimos escritores que publicitan sus talleres literarios. Cómo se atreven si apenas tienen una novela publicada. Y ésta no destaca precisamente por su

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peligrosos pasos en la plancha móvil, a guisa de ascensor, sobre esa área mínima de la cual se suspendían para revocar y blanquear los inmensos muros externos laterales de la construcción paciente e inmóvil. Juro que oía tambores sordos —como antes del número sensacional en el trapecio de un circo— cada vez que uno de aquellos hombres color cemento daba su riesgoso paso de la ventana hacia la plancha estrecha sostenida por roldanas colocadas en lo alto del edificio. Les admiré en sus displicentes poses escultóricas, las manos en la cintura sobre la tabla bamboleante, indiferentes a la succión del abismo abierto en espirales de muerte bajo sus pies. A uno lo vi hacer pipí desde allí hacia abajo, con sus ganas

más normales, provocándome idéntica necesidad, ay de mí, fruto de la reacción de mi parasimpático (ocurre que sufro de vértigo). […] Ahora la estructura se levanta —un departamento más en la colmena en torno— y los obreros alargan su labor en la pereza de los retoques finales. Levantaron el edificio. Cumplieron con su deber. Crearon con sus manos el plano de un arquitecto. Dieron vida al espacio. Y en verdad les digo que es justo el ocio que ahora se permiten, pues multiplicaron una sola unidad residencial en muchas otras capaces de abrigar alegrías, tristezas, amores y luchas de otros tantos hombres.” (En Para una muchacha con una flor.)


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El Cultural SÁBADO 19.09.2015

LA TRAGEDIA Y EL PERIODISMO SEGÚN HUMBERTO MUSACCHIO Humberto Musacchio es autor (obviamente junto con un equipo de empeñosos colaboradores) de un singular bestseller titulado Diccionario enciclopédico de México, que apareció en 1989 y que hasta el día de hoy ha vendido 255 mil ejemplares “en quién sabe cuántas reimpresiones”, según dice él mismo en entrevista. También es autor de Hojas del tiempo (1993), Urbe fugitiva (2002), Historia gráfica del periodismo mexicano (2003), Alfonso Reyes y el periodismo (2006), Historia del periodismo cultural en México (2007), El Taller de Gráfica Popular (2007) y Granados Chapa. Un periodista en contexto (2010).

Musacchio nació en Ciudad Obregón, Sonora, en 1943, y a los once años de edad llegó a la Ciudad de México. Proviene de una familia proletaria y trabajó “como mozo o en lo que fuera”. Inició estudios de economía en la unam, pero se inclinó por el periodismo. Sus primeras colaboraciones fueron reseñas de libros para el periódico El Nacional, a finales de los sesenta. Ha dirigido suplementos culturales en diversos diarios, es columnista y conduce el programa La república de las letras, de Radio Red, que se transmite en am, los domingos a las once de la mañana.

En 1985 publicó Ciudad quebrada en la editorial Océano, acerca del terremoto que ese año sacudió al Distrito Federal y varias poblaciones de la República Mexicana. En 2010, ese volumen se imprimió para regalarse a través de la asociación civil Para Leer en Libertad, y actualmente está disponible en línea sin costo alguno. Es un texto redactado con mucho oficio, en el que hay datos duros y una visión panorámica tanto del comportamiento ejemplar de la sociedad como del triste papel desempeñado por las autoridades del momento.

Por ESGRIMA ¿Cómo surge la idea de escribir Ciudad quebrada? Yo me acababa de quedar sin trabajo y andaba sin dinero. En ese momento, mi mujer tenía un embarazo de alto riesgo y yo sobrevivía con chambitas por aquí y por allá. Me llamó el editor Andrés León y me preguntó si me aventaba un libro sobre el terremoto, pero que lo necesitaba en 15 días. Yo estaba desesperado, necesitaba lana, y dije: “¡Órale!” A treinta años de distancia, ¿cómo ves ese libro? Para la edición de regalo le hice una revisión y le quité cosas que no ilustraban nada. Con eso quedó mucho mejor. Originalmente se publicó con fotografías. ¿Crees en la frase de que una imagen vale más que mil palabras? Si la imagen es muy buena, sí. En tu libro hay opiniones de urbanistas que hablan de la necesidad de construir sólo edificios de tres o cinco pisos en la Ciudad de México. ¿Eso significa que el terremoto no sirvió de lección? Parece que no, pues ya ves cómo está ahora el Paseo de la Reforma, lleno de edificios enormes. Se discutió mucho cómo deberían ser los reglamentos de construcción luego del sismo, y originalmente se estableció que debían aguantar un temblor de 8.5 grados Richter, luego bajó esa medida. Alguna vez platiqué de ese asunto con el ingeniero y político Heberto Castillo, y él me dijo que de haberse adoptado normas estrictas nadie construiría porque sería carísimo. En Ciudad quebrada consignas que, irónicamente, Charles Richter falleció diez días después del terremoto del 85. Fue un dato con el que me topé al hacer la investigación, y de inmediato pensé que debería incluirlo. Contrasta el comportamiento de la sociedad con la actuación de las autoridades.

Sí. Fue patético ver aterrado al presidente De la Madrid y la imbecilidad del regente Ramón Aguirre. Se ha dicho mucho, pero es verdad que la gente se comportó de una manera ejemplar. Para usar un lugar común, el terremoto fue un parteaguas. Fue un momento de quiebre muy importante porque se rompió el control tan rígido del pri . La gente se dio cuenta de que las cosas podían ser de otra manera. Ahí arrancó un proceso de democratización que desgraciadamente sirvió para que los de la oposición también se volvieran ricos. ¿Cuáles edificios derrumbados extrañas más? El Súper Leche de San Juan de Letrán, ahora Eje Central. Ahí llegaban Fidel Castro y el Che Guevara. Recuerdo la barra, los bancos giratorios, los gabinetes. También fue terrible la caída del cine Internacional, la forma como acabó, parecía un pastel de hojaldre. El 2 de octubre de 1968 te tocó estar en Tlatelolco. Sí. Amanecí en la cárcel de Santa Martha, en un jacalón helado. Cuando llegamos ahí, esperábamos lo peor, sobre todo porque el director nos recibió con unas palabras terribles: “Yo no sé qué hayan hecho, muchachitos, pero ésta es una cárcel y aquí se chingan”. Finalmente se portó como un abuelo bueno. Nos pusieron en una crujía aparte y nos dieron de comer en charolas nuevas. Tengo un libro que se llama 68. Gesta, fiesta y protesta, que editó la Brigada Para Leer en Libertad. Y cuando eras muy joven fuiste al festival de Avándaro. Sí. En aquella ocasión escribí un texto pero no me lo publicaron porque la Presidencia había acordado con todos los medios una versión en la que se desprestigiaba a los jóvenes.

FERNANDO FIGUEROA

CON EL TERREMOTO L A GENTE SE DIO CUENTA DE QUE L AS COSAS P ODÍAN SER DE OTRA MANERA. AHÍ ARRANCÓ UN PROCESO DE DEMOCRATIZACIÓN QUE DESGRACIADAMENTE SIRVIÓ PARA QUE L OS DE L A OP OSICIÓN TAMBIÉN SE VOLVIERAN RICOS.”

Arte digital > FERNANDO MONTOYA >La Razón

Fue una campaña miserable. Se hablaba de una orgía multitudinaria que yo nunca vi. Cuando leímos aquellas crónicas, los que estuvimos ahí nos decíamos en broma: “Híjole, de lo que nos perdimos”. ¿Hacer el Diccionario enciclopédico de México fue como correr un maratón o terminar una competencia de Ironman? Lo que pasa es que los periodistas somos, no sé si muy buenos para escribir, pero sí muy rápidos. Tenemos el hábito de recabar la información, resumirla y escribirla de inmediato. Y para un trabajo de largo aliento lo que hay que hacer es conservar las fuerzas en tensión. Supongo que podrías hacer un libro con anécdotas de esa epopeya, ¿no? Tengo un texto que se iba a publicar en el Fondo de Cultura Económica, junto con otros materiales sobre enciclopedismo, pero ahí se quedó, archivado. Se dice que tienes una biblioteca con diez mil ejemplares, ¿cuál será su destino? Ya no sé cuántos son, hace rato que nos los cuento. Inicialmente empecé a donarlos a la Universidad de Sonora. En el protocolo que hicimos entre el rector y yo, la única condición que puse fue que hubiera un fondo reservado para tres colecciones que son de interés para investigadores: arte mexicano, historia del periodismo en México y diccionarios y enciclopedias sobre México. Si las dispersas, ya no sirven para un carajo. Para empezar mandé setenta cajas. El año antepasado fui a Hermosillo y no había tal fondo reservado. La directora de la biblioteca me dijo que ya habían repartido los libros en diferentes escuelas. Entonces dejé de mandarlos.

Memorial del Terremoto  

1985 Los fantasmas y las sombras

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