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Proyecto financiado por el Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura, Convocatoria 2019.

25 de junio de 2019 Suplemento Literario Letras Centrales. Nº 4 • Región del Maule.

Centrales Guillermo Parvex, autor del gran éxito Un veterano de tres guerras:

“José Miguel Carrera es el verdadero padre de la Patria y Rodríguez fue mucho más que el espía y montonero romántico...” Una nueva y exhaustiva investigación realizada por el reconocido escritor nacional, precisa la participación de Manuel Rodríguez y los hermanos Carrera en el proceso de independencia de Chile.

Por Mario Rodríguez

L

a publicación ¿Quién asesinó a Manuel Rodríguez? (Ediciones B, 2019) de Guillermo Parvex, es un aporte a la historiografía chilena, porque aborda rigurosamente, con una sólida documentación de archivo, la participación de esta importante figura histórica en el proceso que culminó con la Independencia de Chile. Parvex advierte que “este libro no pretende convertirse en una biografía de Manuel Rodríguez, sino que dar a conocer las causas por las cuales la Sociedad

Mary Shelley

la madre de Frankenstein

Secreta de Buenos Aires, una organización paralela a la Logia Lautaro, ordenó su asesinato y las influencias ejercidas con posterioridad para ocultar a los autores materiales de este crimen político”. Un tema controvertido, conocido a medias, en ocasiones ocultado y que debería abrir debate en la sociedad chilena. Con la figura de Manuel Rodríguez se ha producido lo que el escritor George Orwell (autor del clásico 1984), escribió al término de

Orundellico

y el silencio que nos habla

la II Guerra Mundial: “La historia la escriben los vencedores”. Sin embargo, la exhaustiva investigación de Parvex le da un giro radical a la historia que le permite inferir: “La orden de asesinato de Manuel Rodríguez, no provino de la Logia Lautaro, como se ha señalado durante doscientos años, sino que de la organización clandestina Sociedad Secreta de Buenos Aires”. Según Parvex, el crimen de Rodríguez fue el primer asesinato político después de la Independencia. Sigue en pág. 6 >

Una historia

de “empinar el codo” o casi...


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Ídol@s

I

nglaterra. Principios del siglo XIX. Mary Godwin Wollstonecraft, hija de los escritores William Godwin y Mary Wollstonecraft (intelectual y guerrera del derecho igualitario de las mujeres), crece en un ambiente de ideas, en una casa llena de libros y escritores que van y vienen, discusiones interesantes y hasta revolucionarias. La madre muere a una temprana edad y Mary, que ya tenía su mundo bastante propio, se acompaña y arropa aún más en la escritura de su diario y en la lectura de sus libros. En realidad, ese es su mundo más próximo, el que ama y conoce: un refugio al mismo tiempo que una cálida compañía, la que lleva a todos lados, sobre todo a la tumba de la madre en el cementerio de Saint Pancras, que queda muy cerca de la casa familiar, donde se dedicaba a leer jornadas enteras a los pies de la sepultura de su progenitora.

Mary Shelley Por Juan R. Chapple

Mary era una chica demasiado despierta, segura de sí misma, precoz y, podríamos decir también, iluminada. Y el mundo que la circundaba, el de Londres, el de Escocia e Irlanda en los albores del siglo XIX, era uno a ratos oscuro, de sobrevivencia, donde muchas personas ejecutaban los oficios más variopintos y hasta pavorosos para salir a flote. No es extraño que los llamados “resurreccionistas”, ladrones de cadáveres, proliferaran: había materia prima diaria en los cementerios de las ciudades y existían compradores en las Facultades de Medicina, que necesitaban experimentar con cuerpos frescos para ser más efectivos en sus operaciones. Y, aunque esto hoy nos parezca extraño, en aquel tiempo, 1818, época de la aparición de Frankenstein, no estaba penado por la ley, como si lo era el robo de una cabra o una gallina. Asimismo, las ideas del galvanismo, los poderes de la electricidad, y la supuesta animación de miembros (y hasta de cuerpos muertos), eran teorías que empezaban a tener asidero en cierta corriente médica. Todo eso influenció desde muy pequeña a Mary, que además de instruida era osada: a los 16 años toma la decisión de fugarse con el genio del romanticismo inglés, el

Monstrum Vel Prodigium Julio Gutiérrez

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o encontró en el ducto de la basura, junto a la escalera de incendio. La puerta estaba entornada y escuchó un ahogo y un agudo estertor que resonaba entre las botellas. Se acercó a ese cuerpo agitado y envuelto en papel absorbente. Había algo de cuidado y método en el modo en que se había armado ese paquete. Era pequeño y parecía rezumar una extraña humedad. Pero era tan frágil. Lo levantó con cuidado, como si fuese un vaso roto. Y se encontró con los ojos que revoloteaban inquietos, como agradecidos y ebrios de esa luz nueva –cruda luz del pasillo de la basura, sin ventanas ni ventiladores–, hambrientos de llenar el vacío del que venían. Sentía el cuerpo distenderse en sus manos y a través del papel. Agradecido y protegido.

Entró al departamento. Las luces estaban apagadas: le gustaba ese cobijo discreto del ruido de la autopista, dieciséis pisos abajo, y la penumbra mezclada con las luces de afuera. En la semioscuridad contempló a la criatura balbuciendo y babeando. Su pequeña mano, atravesada por una extensa sutura, se aferró a su índice. Sintió la aspereza del hilo, la secreción. Era como la cola de una lagartija: áspera, frágil y fibrosa. El sillón le pareció el mejor lugar para dejarlo. Era inquieto, pero las curaciones recientes le impedían moverse demasiado. Eso y la apariencia de que uno de sus brazos se movía por su cuenta, o que al menos se rebelaba. Los ojos voraces se fijaron en los suyos y hubo algo imposible de describir. Se sentía atado, o no: más bien cosido, como un retazo cuadrado que se

une para armar una colcha. Lo envolvió con un edredón que había en el sillón y lo dejó allí, rodeado de cojines en la oscuridad del living. Salió unos minutos a la farmacia. Pañales, leche en fórmula, toallitas húmedas, una mamadera. Se tentó con algún juguete, pero no quiso arriesgarse. Cuando volvió, vio que la criatura se las había arreglado para rodar sillón abajo y se había arrastrado hacia la luz que entraba desde la ventana, proveniente de un enorme cartel que tapaba la monótona fachada del edificio contiguo como una máscara. Había restos de sangre en la colcha. Unas suturas se habían abierto un poco con el forcejeo. Bajo la luz blanca y compacta del cartel, las llagas rosadas parecían flores húmedas y oblongas. Lo curó como pudo y lo envolvió nuevamente. Lloraba de hambre, y su boca aproblemada no se abría lo suficiente para gritar más fuerte. Pese a todo, era tan delicado. Le hizo una mamadera. La criatura luchó con la tetina; la boca no obedecía al hambre y se obstinaba en torcerse. Una mitad con dientes y la otra no, parecían pelearse la goma. Las ventanas de la nariz se abrían como queriendo participar de la lucha. Una manito sostenía la mamadera, mientras la otra –lagartija áspera y frágil– se aferraba a su dedo índice. Se durmió en sus brazos, la boca entreabierta y un pitido en cada inhalación que luego se convertía en un breve ronquido y que, a intervalos irregulares, se interrumpía por más o menos eternos segundos. No durmió, por supuesto. Veló a la criatura toda esa noche. ***

Se quedó un par de días aprovechando unos certificados médicos que no había presentado. No quería dejar sola a la criatura. Pero ya pasado ese tiempo sabía que el empeño por vivir –sí, empeño– y la fuerza de la criatura, considerando su reducido tamaño y su enfermizo y endeble aspecto, eran suficientes para salir a trabajar tranquilo. Eso y la cámara que había instalado y que transmitía imágenes del departamento –monoambiente– a su celular. Tras meterlo en una funda de cojín y envolverlo cuidadosamente en un chal, lo depositó en el sillón rodeado de cojines. Volvió al almuerzo un poco ansioso. El teléfono había transmitido la imagen quieta de la criatura envuelta. El ascensor tardaba; veía pasar los números mientras los otros miraban en una y otra dirección, atrapados en la caja de espejos que duplicaba esos ojos incómodos que lo incomodaban. El ascensor se detenía en uno y otro piso distribuyendo a todos esos vecinos como podía, así de solo como él mismo, que veía cada vez más quieta esa quieta imagen del teléfono. Huyó en una de las paradas ante las miradas atónitas pero aliviadas de los demás. Subió por las escaleras los pisos restantes. Rebuscó las llaves en su bolsillo y abrió la puerta; miró el sillón y el atado del chal y la funda. Y todo el vómito y la cabeza quieta, con la boca entreabierta. Lo alzó y lo sacudió hasta que tosió y expulsó algo de fórmula de la mañana. Soltó un sollozo roto y lo abrazó. Qué alivio, ya no estaba solo. No estaba solo. Ahora estaba de nuevo con él. Tan vulnerable. Tan frágil. Le prometió cosas susurrándole al oído hasta que se durmió. Lo liberó y notó con espanto la tensión


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Ídol@s poeta Percy B. Shelley, quien deja a su mujer embarazada y a sus dos hijos pequeños, situación por la que será apuntada con el dedo toda la vida por la sociedad inglesa. Lo que también fue un ambiente propicio, fue la itinerancia por Europa con Shelley (de donde sacó el apellido con el que la coronó su historia), y la amistad con Lord Byron, el aristócrata escritor, casanova y revoltoso, con el que coincidieron ella y su marido en Suiza, a las orillas del lago Leman en Ginebra. La villa Diodati, la mansión que ocupaba Byron con su doctor, John William Polidori, fue el escenario de intensas tertulias literarias sobre cuentos góticos y espectrales, disquisiciones científicas, conversaciones sobre Dios y el Diablo, la vida, la muerte y lo que está detrás de ella. Este fue también el contexto en el que Byron propuso una competencia singular: cada uno debería dar a luz una criatura siniestra en forma de escrito, muy a la manera gótica, para saber quién era capaz de la pieza más excelsa y terrorífica. Los días pasaron en inquietante calma y la luz se hizo y así nacieron los nuevos retoños del árbol de la locura y la muerte, del pavor y del misterio: el poeta Shelley escribió Los asesinos, Byron hizo lo propio con El entierro (cuento que no concluyó), y Polidori, contra todo pronóstico, a partir de los esbozos propios y basándose en el cuento de su patrón, construyó, algo después, al primer vampiro aristócrata de la historia, por cierto, mucho antes que el Drácula de Stoker (modelo para este, sin lugar a dudas). Y Mary, la pequeña Mary que contaba con solo 19 a 20 años para entonces, escribe el borrador de una historia furibunda donde un estudiante de artes oscuras ensambla y anima un ser, fabricado desde partes diversas. Ahí estaba el germen de Frankenstein, o el nuevo Prometeo, novela que termina en 1917, después de un año de ardua labor, y que ve la luz al año siguiente. La recepción no fue buena, solo se vendieron 500 copias. Había algo inconciliable con la moral de la época. El monstruo no era exactamente un monstruo, sino que, más allá de su horrorosa faz costurada, hecha de partes, y su fuerza inaudita y sus manos de gran asesino, también era un ser refinado, intelectualmente muy dotado, y

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moralmente superior: el bárbaro era también civilizado, y la civilización, la ciencia y la propia sociedad podía ser barbárica. El doctor Frankenstein persigue al ser que ha dado a luz, que no tiene nombre, solo porque este huye para atraparlo en su excelsa red de venganza. Decidoras son las palabras que este ser remendado le profiere al doctor como corolario de su pavorosa relación: “Mi forma es una miserable deformación de la tuya, más horrible aún por esa horrible semejanza”. O, en otro sentido, de modo más decidor aún: “Eres mi creador, pero yo soy tu amo”. Mary siguió escribiendo toda la vida, más allá de la muerte de Shelley y de todos sus amigos, y aunque salieron versiones algo cambiadas de su novela inmortal, la fuerza de su ser animado con cadáveres no ha perdido influencia hasta hoy: horror y ciencia ficción, un alegato sobre el hombre, sobre la sociedad y sobre la vida en la muerte. Mary Shelley Wollestoncraft, como firmó sus textos, sería el modelo para muchos escritores, dentro de los cuales se encuentran los eminentes nombres de Jane Austen y Virginia Wolf. Entonces, ¡larga vida a Mary Shelley!, mucho más allá de toda la muerte… En esta edición les presentamos una actualización del libro de Shelley, con el volumen El legado del monstruo (publicado por Zig-Zag y editado por el investigador Jesús Diamantino), y que nos permite entregarles Monstrum Vel Prodigium, estremecedor relato de Julio Gutiérrez, presente en la antología.

ascensor arriba, junto a la criatura que lo esperaba con ansiedad, siempre en el baño, en la penumbra, y con ese gesto triunfal, como a punto de decirle algo.

en algunas cicatrices, el tono purpúreo calcado de los nudos y las vueltas. Desde ese día dormía junto a la criatura en su cama. Lo rodeaba de cojines y se recostaba en el borde para prevenir cualquier giro que pudiera acabar aplastándolo o sofocándolo.

La calle cambiaba poco. Salía a la madrugada, volvía casi siempre a mediodía; a veces salía de nuevo para regresar tarde a la noche. Allí fuera se sentía siempre como una gota de aceite moviéndose en un chorro de agua. Nadie lo veía en esa espuma; lo adelantaban o evadían, pero pocos cruzaban miradas con él. Al llegar al call center, saludaba cordial pero mecánicamente, y por lo general aquellos a los que se cruzaba ni levantaban la cabeza.

*** Al final, la clave para la tranquilidad era la rutina. Armar un sistema de vida cotidiana y de costumbres que lo mantuvieran alejado del peligro mientras trabajaba. Un corralito hizo buena parte del trabajo hasta que la criatura tuvo suficiente fuerza para alzarse ayudándose con los brazos y, aferrado al borde, comenzaba a balancearse hasta volcar. Fue lo que vio cuando volvió del trabajo: el corralito vacío, de costado y con juguetes desparramados por el espacio del living. Buscó bajo las mesas, en el clóset; incluso se asomó por las ventanas, y entonces, a través de la rendija de la puerta entreabierta del baño, lo vio. Sonreía con satisfacción o tal vez malicia rodeado de envases de champú y jabón y rollos de papel higiénico. Lo miraba desde su trinchera como si hubiera conquistado esos objetos, ese espacio, amo de la oscuridad del baño. Como separado de lo demás, dispuesto a defenderlo a muerte. Se acercó despacio y alzó a la criatura. Había crecido, las heridas habían sanado. Sacó los puntos como pudo, ayudándose de tutoriales que vio en internet. Pero su piel, igual, era una geografía rugosa, el mapa de un desierto de rocas como el que salía de sus ojos de distinto color.

shaft de la basura, con la bolsa de los pañales en alto, un cordial saludo lo frenó en seco. El vecino miró fijamente la bolsa y luego a él. Sonrió por algo que no era cordialidad ni complicidad. Era un gesto como el de la criatura: de conquista, de triunfo. Se turbó y solo atinó a sonreír, aunque el otro no tuviera posibilidad alguna de notarlo.

Lo abrazó y notó en la entrega de ese pequeño cuerpo la tregua, el cese del aire agresivo. Cambió los pañales; ya no era tan difícil pues por fin las llagas se habían cerrado y no tenía que aplicar povidona para detener la infección. Salió a tirar la basura al ducto, pero subió dos pisos para hacerlo. Siempre lo hacía: alternaba uno o dos pisos arriba o abajo, aleatoriamente, para que nadie se diese cuenta. Frente al

*** Por esas cosas prefería evitar a los vecinos, lo que parecía casi imposible. Salía muy temprano y regresaba tarde o a deshoras. El viaje desde el decimosexto al primer piso era largo: como si el edificio se lo tragara dentro de una pastilla, como las cinco que debía tomar diariamente. Bajaba para disolverse en la calle, en el trabajo, en el camino de regreso para volver a ser él al final del día,

Allí, en los cubículos, se sentía como en su casa. Era su reino. �lusorio, quizá, pero más propio que el metro cuadrado que, a diario, debía defender en el metro. En ese pequeño escritorio podía solazarse en su caja mientras llamaba y llamaba vendiendo planes y productos, siguiendo el guión de venta como una gota de aceite en un chorro de agua. A veces, se reconocía en los clientes que contestaban. No decían nada, pero en ese silencio no había hastío ni mucho menos compasión. Era ansiedad. Lo distinguía en el aire que resonaba en el teléfono: al salir de la boca, a un ritmo determinado, sonaba de un modo muy particular. Era el ruido anhelante del solo, del que mira la tele y los videos en internet pero no puede interpelarlos; que no necesita otra cara, otro cuerpo. Solo otra voz, que solícita lo envuelva en ese cálido halo de atención comercial. Se sentía importante. Era un triunfo aunque no vendiera nada, porque a veces, en mitad de su charla, dejaba de oír ese aire estrellándose en el rompeolas del auricular. Y saboreaba esa serenidad satisfecha de viejitas encerradas, de extraños deprimidos, de dueñas de casa machucadas, adoloridas, cansadas,

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Orundellico y el silencio que nos habla A propósito del excelente libro Huesos sin descanso de Cristóbal Marín

Por Juan R. Chapple

Orundellico alias Jemmy Button.

Q

ué identificación más profunda me produce este libro de Cristóbal Marín, Huesos sin descanso (Debate), pues, la verdad completa es que hasta que el Estado chileno no se pronuncie dando una disculpa oficial a nuestros pueblos originarios por la desidia, la falta de protección, la falta de respeto y la ayuda al genocidio cometido con ellos, en este caso con los pueblos de Tierra del Fuego, esos huesos, como otros tantos en la historia del país, no podrán descansar. La otra identificación tiene que ver con que, así como está planteado el libro, desde la investigación razonada, y desde la biografía, también me toca, pues mi propio abuelo, John Graddon Chapple Robinson, ingeniero geomensor inglés, llegó desde Londres a esas inmensidades patagónicas en 1904, y tuvo la oportunidad única, el honor y el horror, como le contó a mi padre, Juan José Chapple Clerici, de relatarle “historias indígenas”, episodios de los resabios de esos últimos pueblos que habitaban tierras y canales australes, compartir algo de su lengua y cosmovisión, y, al mismo tiempo, conocer de primera mano a personajes siniestros como los que relata Marín en su estupendo libro, como Alexander Mc Lennan, el llamado “cerdo rojo”, un escocés alcohólico y contratado por el asendado Menéndez para mantener a raya la supuesta amenaza indígena sobre dominios que habitaban los pueblos canoeros de la Patagonia, sin traba ni exactamente dominio, a la usanza occidental, pues no había nada que dominar, sino simplemente coexistir en medio de la naturaleza. El resultado: se calcula que de 4 mil personas pertenecientes a estas etnias que existían aproximadamente en 1880, ya en 1919 solo quedaban alrededor de 279. Mi abuelo se mantuvo, después de una estancia en Puerto Bories, hasta 1916 en la zona, antes de recalar en Punta Arenas para venirse definitivamente a Santiago a principios de los años ‘30, pero aún, hasta hace algunas décadas, circulaba como moneda común en la familia una foto donde salía retratado junto a los que serían tal vez los penúltimos yaganes.

Raptados por afán civilizador, evangelizador o por ganancia monetaria, muchos habitantes de nuestros pueblos originarios de Tierra del fuego fueron llevados a Europa, para que abandonaran la supuesta barbarie, para ser exhibidos en zoológicos humanos, ser estudiados, diseccionados y vejados. Hoy todavía hay restos de estos primeros habitantes allá, en universidades y otras instituciones del viejo mundo, y el libro de Cristóbal Marín hace una intensa e interesante pesquisa al respecto.

De Zoológicos humanos y viajes De todos los habitantes de pueblos originarios llevados (11 patagones y 14 mapuches, raptados deberíamos decir) a Europa para “civilizar” y exhibir como animales, el más conocido debe ser el caso del bautizado Jemmy Button (14 años a la sazón), que junto a Fueguia Basket (9 años), York Minster (26) y Boat Memory (20) surcó el Atlántico de vuelta a Londres en el HMS Beagle, comandado por el capitán Robert Fitzroy en 1830. Casi doscientos años después habrá que decir fuerte sus verdaderos nombres, los que le dio su familia y tradición cultural, y que Marín deja de manifiesto en su investigación. Jemmy no era Jemmy más que para los que lo raptaron, y se trataba de Orundellico, tenía 14 años y era yagán. Fueron llevados al puerto de Plymouth y desde ahí al campo, lugar donde Boat Memory contrajo viruela y murió en consecuencia. Los demás fueron trasladados a la localidad de Wathamston, cercana a Londres, donde se les pretendió educar en ciertos saberes occidentales, teniendo como base que se los estaba arrancando de la barbarie, del salvajismo, “para que puedan integrar la única forma de vida posible y la única compañía aceptable, como hombre y mujer que se han puesto los hábitos del hombre occidental”, señala el autor. Y casi al unísono nos revela un pensamiento solidario con este, del padre de la teoría de la evolución, Charles Darwin, quien consideraba a estos fueguinos nada más que ancestros “inferiormente organizados” y que “difícilmente habrá la menor duda en reconocer que descendemos de bárbaros”. Las meditaciones de Darwin, comenzadas en el segundo viaje de Fitzroy en el Beagle a Tierra del Fuego, en 1831, al ponerse en contacto con los pueblos originarios que ahí habitaban en su estado más prístino, y puestas después en su teoría de El origen de las especies, no hacen otra cosa que seguir la línea argumental del atropocentrismo etnocentrico y que, como señala el académico Bernardo Subercaseaux, habían prosperado en un clima de darwinismo social, hasta llegar a la exhibición

en zoológicos humanos en París y en Berlín ya entrada la década de 1880. Estas exhibiciones y zoológicos humanos, que describe muy documentadamente el libro de Marín, que nada tiene que ver en lo pragmático con el rapto de Orundellico y sus congéneres por Fitzroy y sus marinos, y el viaje del Beagle, aunque es parte de la misma estela de miopía, de la pretendida lucha de civilización (evangelización) contra barbarie, iniciada muchos siglos antes por los poderes imperiales, en este caso, consistió en llevar al plano de las ganancias comerciales el tráfico de personas, a contrapelo incluso de las leyes que abolieron la esclavitud durante el siglo XIX en muchos países del mundo: Inglaterra en 1807 (en territorio británico y en 1834 en las colonias); Chile lo hizo en 1811, declarando la libertad de vientres; Francia en forma definitiva en 1848; Portugal en 1854, etc. Y decimos esto porque, qué fue si no secuestro y esclavitud, personas llevadas contra su voluntad desde sus tierras ancestrales, y, como consta en los registros, con el beneplácito del Estado, a servir intereses comerciales, negocios de circo y exhibición lucrativa para empresarios europeos (dentro de los que destacaba Carl Hangenbeck, el creador del zoológico moderno), mostrados en jaulas y que tenían como “pago” solo la comida. Personas consideradas inferiores y que, junto con eso, tuvieron que sufrir vejaciones, malos tratos y violaciones las mujeres, además de enfermedades, que en conjunto son violaciones flagrantes a sus derechos humanos (habrá que volver a ver el excelente documental Calafate: zoológicos humanos, de Hans Mülchi y que permitió la restitución de las osamentas de 5 personas kawesqar que permanecían en el Departamento de Antropología de la Universidad de Zurich). Las fotos conservadas de los grupos Kawesqar y selk´nam llevados a Paris (1889), Zurich, Bruselas y Berlín (1881), son testigos parlantes de estas arbitrariedades y muy elocuentes al respecto. El silencio de los que tendrían que pronunciarse, también lo es.


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Habitantes de la Tierra del Fuego en el Jardín de Aclimatación de París (una fotografía de Pierre Petit).

Escribir, leer, viajar Aunque el libro de Marín es un compendio que a veces puede parecer un abigarrado y desordenado conjunto de historias familiares ligadas al tema de los huesos, los enterramientos y desenterramientos, todo ello mezclado con los resurreccionistas ingleses de la época de Mary Shelley (que en parte animan o dan contexto a su Frankenstein), los periplos personales (Londres y Berlín) para hacerse de los documentos que avalan sus tesis y múltiples otros episodios que incluyen los viajes de Bruce Chatwin, el embalsamamiento como auto-ícono de Jeremyas Bentham (el inventor del panóptico), que se conserva hasta hoy en el University College de Londres y un largo etcétera, el libro, no pierde el foco puesto en la pesquisa de la historia y destino de esos sujetos pertenecientes a los pueblos originarios del extremo sur de Chile y que aún, en muchos casos, esperan saldar la gran deuda que tiene la historia con ellos. Llega un punto en que, si uno tiene paciencia y espera que la lectura lo atrape, todo ello cobra no solo sentido sino que se transforma en un trasfondo a ratos interesante, sorprendente y hasta querible. Se advierte que Marín puso en este libro muchos años de viaje intelectual, vital y personal… y es siempre un contador honesto y puntilloso, genuino en lo que cuenta, y apasionado con su texto. Después de aquello, de sumergirnos en las páginas, estas nos exponen los huesos y como arqueólogos, o como ciudadanos y, más que todo, habitantes y seres humanos sensibles a una memoria, nos acercamos a esos hallazgos.


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El asesinato de Manuel Rodríguez responde a lo que denomina una “limpieza ideológica” realizada por la Sociedad Secreta. ¿Qué rol jugó en ella Bernardo José de Monteagudo? En esta sociedad secreta, integrada por chilenos y argentinos, Bernardo José de Monteagudo era el cerebro y articulador de esta limpieza ideológica y puede ser considerado, sin temor a dudas, que fue el autor intelectual principal del asesinato de Rodríguez. Sabemos que esta sociedad secreta se disuelve a comienzos de 1825, tras casi doce años de funcionamiento, después de silenciar, mediante al asesinato, a uno de sus más destacados integrantes, Bernardo de Monteagudo. Sin duda que él se llevó muchos secretos a la tumba acerca de las circunstancias de la muerte de Manuel Rodríguez. Tras el deceso de Rodríguez se realizaron dos investigaciones, en 1818 y 1823. “Ambas investigaciones arrojaron similares resultados, es decir, que no fue el teniente Navarro el que asesinó a Rodríguez y que las órdenes provinieron desde el mismo Palacio de Gobierno, pero no hubo castigo para los autores intelectuales y materiales del asesinato”, indica Parvex. ¿Después de la lectura de su libro, podemos darnos cuenta que la figura de Manuel Rodríguez se agiganta, mientras que la de O’Higgins queda atrapada en las intrigas?

Parvex es autor de Un veterano de tres guerras. Recuerdos de José Miguel Varela (2014), Servicio Secreto Chile en la Guerra del Pacífico, (2017) y 1978. El año que marchamos a la guerra (2018). Textos que lo convirtieron en un escritor especialista en la historia de Chile del siglo XIX. ¿Quién asesinó a Manuel Rodríguez? Es su última entrega.

¿Por qué la Sociedad Secreta de Buenos Aires consideró a Manuel Rodríguez y a los hermanos Carrera un peligro? Esta Sociedad Secreta impulsaba gobiernos conjuntos de grupos de países sudamericanos, bajo un estilo autocrático. Los hermanos Carrera y Manuel Rodríguez eran un fuerte obstáculo para ellos, por ser estos fervientes partidarios de gobiernos independientes en cada país, republicanos y democráticos. La crisis desatada luego del fusilamiento de los hermanos Juan José y Luis Carrera, por orden de la Sociedad Secreta de Buenos Aires, hizo que emergiera con fuerza la figura de Rodríguez acusando a O’Higgins de la muerte de sus amigos. Ante esta situación se determinó su prisión y su ejecución, simulando una fuga. La documentación de la época, precisas en el libro, permite demostrar que O’Higgins era el más interesado en la eliminación de los hermanos Carrera y O’Higgins. Pero O’Higgins siempre lo desmintió. ¿Qué archivos indican lo contrario? Hay una abundante correspondencia entre O’Higgins y San Martín, en la cual el primero le expresa en reiteradas ocasiones que había

que deshacerse de los Carrera y Rodríguez. Es muy probable que si San Martín no hubiese protegido a Rodríguez su muerte habría sucedido al menos un año antes.

La lucha por el poder Las Logias masónicas tuvieron un papel decisivo en el proceso de la emancipación americana. Hacia 1798, Francisco Miranda fundó la Gran Reunión Americana en Londres, donde se reunió la vanguardia de la revolución americana. Su primera filial se estableció en Cádiz, España, en 1811, bajo el nombre de Logia Lautaro. De ahí se desprende la Gran Logia de Buenos Aires, de la que emergió, en forma posterior, y como un apéndice, la Sociedad Secreta de Buenos Aires, a las que pertenecieron O’Higgins y San Martin. Parvex precisa que esta sociedad oculta “actuó en política prescindiendo de la Lautaro y de la Gran Logia de Buenos Aires”. La Sociedad Secreta de Buenos Aires, ¿se puede considerar una asociación ilícita? Efectivamente. Fue una sociedad absolutamente secreta y cometió muchas acciones ilícitas.

Cada lector puede sacar sus propias conclusiones. Sin embargo, estimo que la figura de Rodríguez se agiganta al acercarse al sitial que siempre le ha correspondido y ser reconocido entre los fundacionales de Chile. En lo que se refiere a O’Higgins, mi intención no es disminuirlo, sino mostrarlo, de acuerdo con los documentos de la época, como un hombre que hizo mucho por Chile, pero con pasiones y sombras, como somos todos los seres humanos. ¿Considera que los historiadores del siglo XIX trataron de proteger la figura de O’Higgins? Estimo que desde 1814, luego del desastre de Rancagua, se ha tratado de proteger la imagen de O’Higgins y se le ha magnificado. En lo personal no desconozco sus méritos fundacionales, pero en rigor, mucha más importancia tiene a mi parecer figuras como la de José Miguel Carrera y Rodríguez. Hay que recordar que se denomina padre a quien engendra un hijo. Carrera junto a su hermanos y Manuel Rodríguez engendraron este hijo denominado Chile. Manuel Rodríguez en su calidad de abogado redactó el primer reglamento constitucional… Exactamente, nuestra primera constitución política. Si de obras se trata, José Miguel Carrera es el verdadero padre de la Patria y Rodríguez fue mucho más que el espía y montonero romántico y aguerrido en que la historia lo ha situado. Después de su muerte, la verdad y la leyenda se entrelazan mañosamente en la vida de Manuel Rodríguez, lo que se hace extensivo incluso al lugar que se encontrarían sus


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restos. Guillermo, ¿qué te parece más verosímil? Lo más verosímil es que los restos de Manuel Rodríguez sigan enterrados en la parroquia de Til Til, por una serie de razones científicas que señalo en la obra, que son muy creíbles. El 26 de mayo de 1895, justo cuando se cumplían setenta y siete años de su asesinato, los probables restos del coronel Manuel Rodríguez fueron sepultados en un imponente mausoleo ubicado en el patio Arriarán del cementerio general de Santiago. Un tema historiográfico pendiente que habrá que dilucidar.

Apasionado por la historia de Chile La lectura de Adiós al 7 de Línea de Jorge Inostrosa hizo tempranamente a Guillermo Parvex (Santiago, 1954), un apasionado por la historia de Chile. Un acontecimiento circunstancial favorecería años después esa pasión inicial. Cuando tenía once años su abuelo Guillermo le legó una documentación de José Miguel Varela acerca de su participación en la Guerra del Pacífico, de Arauco y en la Guerra Civil de 1891. Pero la vida profesional lo llevó por el mundo de las comunicaciones que “me hicieron olvidar de esos apuntes”… Hasta el año 2004. Guillermo, ¿qué detonó la lectura, podría pensarse algo tardía, de esos papeles que te acercaron nuevamente a la historia? “Los estudios y el trabajo me hicieron olvidar esos apuntes. Fue en el verano del año 2004 cuando me recordé de ellos. Los busqué y abrí por primera vez. Desde el primer instante me di cuenta de que estaba ante un tesoro a punto de desaparecer por la acción del tiempo”. Estos documentos serían publicados en el año 2014, bajo el título de Un veterano de tres guerras. Recuerdos de José Miguel Varela, una trabajada edición de la documentación que le dejó su abuelo Guillermo. ¿Una publicación que le cambió la vida? Me cambió la vida, porque jamás imaginé el éxito que tendría. Pero debo aclarar que ello no me convierte en un historiador. Me consideró un escritor que en todas las investigaciones persigue una rigurosidad y apego a las fuentes primarias, empleando un lenguaje atractivo y ameno para los lectores.

Qué cercanía siente con Jorge Baradit y ese trabajo de divulgación histórica que estrecha distancias con un público más amplio? Ni él ni yo somos historiadores y entre ambos concentramos gran parte de la lectoría en temas históricos. Esta tendencia se abrió en 2014 con un Veterano de tres guerras y en 2015 la continuó Baradit. Ambos compartimos un mismo interés, pero nuestros estilos son diferentes. Por último, ¿nos puede adelantar la investigación en la que está trabajando ahora?

Desde el año pasado estoy trabajando en una investigación sobre la Guerra Civil de 1891, tratada desde una perspectiva diferente, que me ha sido mostrada por documentos de la época casi olvidados por los historiadores. Además, se está trabajando en Canal 13 en una serie sobre Un veterano de tres guerras. No es precisamente llevarla al cine, pero si a un público más amplio como lo consigue la televisión.


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Una historia de “empinar el codo” o casi… Para los amantes de Baco, y los no tanto, llega la entretenida Breve historia de la Borrachera (Planeta), del inglés Mark Forsyth.

Por Ingrid Medel

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ay culturas y gentes que beben trabajando, como los suris de Etiopía, que toman cerveza antes de comenzar, porque, como dicen, “donde no hay cerveza, no hay trabajo”; hay otros que conquistaron imperios completamente borrachos, como fue el caso, documentado, de Alejandro Magno. Algunos otros pueden beber sin que les cause daño aparente o porque tienen hígados sofisticados, como Sócrates, Confucio o Stalin… La mayoría, en este mundo Occidental donde nos encontramos, bebemos y sufrimos las consecuencias si nos excedemos, aunque algunos parecen no poder hacerse a un lado igualmente… como dice un divertido dicho popular: “Yo sé que el alcohol hace daño…pero ya lo perdoné”. De esto y de mucho más, investido de modesto historiador y sociólogo, nos trae en este libro divertido Mark Forsyth. El autor tiene un talento natural para hacernos reír –de hecho, encubre o despliega un alma de comediante debajo de un traje de erudito, aunque

no estamos completamente seguros si es al revés-, pero esto lo hace con un tema tan serio como la historia de la borrachera, viaje en el que nos da más que un barniz, pretendiendo llevarnos de la mano –a veces casi de los agujeros de la nariz y de la boca misma, por la profusión de sensaciones y cosas que nos hace sentir– en torno a un tópico tan interesante y entretenido como el que tenemos entre manos. Lo cierto es que la borrachera –y por ende los brebajes que la producen y fecundan– ha acompañado al hombre y a la mujer desde tiempos inmemoriales, aproximadamente 10 mil años, según lo que se ha colegido y se presume, aunque no se puede estar seguro, pues incluso el autor aventura la hipótesis de que hasta el propio sendentarismo pudo haber sido causa de la cerveza, que puso a la especie a cultivar, y no al contrario… a la luz de cómo se bebe hoy y siempre, habrá que considerar seriamente esta hipótesis para nada descabellada.

“Tomándose” la historia Forsyth se mete con ritos, mitos, y se sumerge con periscopio en cada época, desde los sumerios en adelante, buceando por los mares de lúpulo y cebada, de agua y de malta, para mostrarnos las individuales formas comunitarias en que primero la cerveza era aglutinante, epicentro y dinamizador de la cultura: “Estoy muy feliz bebiendo cerveza / me siento tan bien bebiendo esto. /Soy feliz en este cuerpo de arriba abajo. / Y mi corazón viste un regio traje”. Esta canción sumeria (no olvidemos que la gran ciudad del orbe civilizado era Ur, previa al código de Hammurabi –1.200 A.C.), nos da exacta cuenta de la importancia de la cerveza en ese mundo antiguo, donde, además, se le atribuía una deidad, que era la diosa Ninkasi, a la cual se le cantaban este tipo de canciones. Lo único distinto era que, en las tabernas, la cerveza se servía en cuencos y era sorbida con pajitas… sofisticación de hace más de 3 mil años. La verdad es que la historia demuestra que no nos hemos diferenciado mucho de las moscas de la fruta en

El Suplemento Literario Letras Centrales es un proyecto financiado por el Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura, Convocatoria 2019, del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio. Circula junto a Diario El Centro el último martes de cada mes. Editora General: Ingrid Medel; Subeditor y redactor: Juan R. Chapple; Periodista: Mario Rodríguez; Diseño: Daniela de La Fuente. Contacto: imedel@axxiona.com

lo que ha bebida se refiere: cuando la fruta se fermenta buscamos ese azúcar y ese alcohol. Y, por otro lado, solo nos gana la musaraña de malasia en lo que ha procesar el alcohol se refiere. El libro de Forsyth es efectivo, educativo, te engancha como la mosca a la fruta fermentada, y es adictivo, pues está excelentemente escrito, por un escritor que se nota ama las palabras y las curiosas y divertidas cosas que se pueden decir y hacer con ellas. Junto con pasearnos por la historia de la borrachera, el volumen nos provee material estupendo para iniciados sobre diferentes culturas –griegos, chinos, romanos, cristianos, aztecas, ingleses, norteamericanos, rusos–, civilizaciones, deidades, personajes, períodos históricos y sus marcas de identidad, y aporta datos sabrosos como el saber que hasta en las misiones espaciales se han dado casos de astronautas que han partido borrachos, o entender que desde su descubrimiento y, tal vez, desde que bajamos de los árboles –y hasta eso podría ser debatible en el sentido de que podría ser también arriba de ellos–, el hombre ha estado en contacto con las potencias etílicas y con la estupenda/ mala idea de perderse en estas. Bueno, en un país de vinos y de brebajes etílicos diversos, más de algo sabemos de esto… Un brindis… ¡Salud!

“Cuanto más bebo, más sufro. Por eso, para sentir más, para sufrir más, me entrego a la bebida. Yo bebo para sufrir más profundamente.” Dostowieski. “El vino es una de las cosas más civilizadas del mundo” ernst Hemingway.

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Letras y Números •9 > Viene de pág. 3 que encontraban un alivio, ahí sentadas en un comedor de diario, recibiendo un poco de sol que se colaba por la ventana durante unas horas; en ese cubito de cemento que era su reino, en el que entraba con su voz y que los sacaba de un encierro que no era del departamento, sino otro que también era el suyo. El cubículo era su reino. Los clientes eran sus súbditos. Pero él ya no era rey. No al salir del call center. Allí servía al monarca de otro cubículo, un déspota que lo vaciaba hasta el agote mientras estaba despierto, pero dormido era un benevolente príncipe que le devolvía eso que encontraba en el teléfono del trabajo: un propósito, otro que dependía de él. *** La criatura no salía del departamento. A lo sumo, exploraba la logia y permanecía muy quieto, sentado sobre la lavadora, como saboreando el poco sol que llegaba. Estaba tan grande. No había pasado mucho tiempo, pero ya caminaba hacia donde lo guiara su curiosidad. Alguna vez fue a la cocina; el cajón de los cuchillos, aunque pesado, cedió a los forcejeos, tentó a las manos, a los ojos, y todo acabó en cortes curiosamente poco profundos. Era la piel. Se había tensado y curtido, como si se hubiese quedado atrás en el crecimiento. Con la cara era lo mismo, y todo gesto era rigidez o máscara indiferente que apenas temblaba en sonrisa o frustración. Era un cuerpo ya de niño, entusiasta y enérgico que llenaba los espacios ociosos del departamento, buscando expandirse en el reguero de desorden que era un carnaval de juguetes y objetos elegidos por la curiosidad. Le enseñó a regar las plantas, y lo contemplaba verter agua sobre esas criaturas rígidas como él, que se inclinaban con la brisa o con el chorro, agradeciendo en su discreto idioma. Qué fascinación y qué frustración de no poder sacarla más allá de lo que el cuerpo le permitía. Qué inquietante sensación de verlo rabiar en medio de los objetos, como a punto de destruirse a sí mismo, como queriendo arrancarse, parte por parte, eso que le impedía ser otra cosa que él mismo. Aún requería pañales, y las salidas a botarlos estaban impregnadas de esa sensación de peligro. ¿De qué? De ser sorprendido, de ser notado. De la sospecha de algo distinto, de una disrupción de esa vida de gota de aceite en un chorro de agua. Ya había abandonado el uso del ascensor y había memorizado la arquitectura de las escaleras de incendio. Bajaba los dieciséis pisos completamente a oscuras, resguardado en ese denso abrigo, al amparo del eco asimétrico de sus pasos. Subía o bajaba a los shaft de la basura. Arrojaba las bolsas desde distintas plantas, cada vez. Con oído atento aguardaba en la oscuridad, detrás de la puerta de las escalas, a que no hubiera nadie que lo viera. Evitaba hacer ruido, también. Más de alguna vez, por algún portazo o una bolsa mal colocada, había notado pequeñas carreras en el piso superior o el inferior; puertas abriéndose en otros pisos, un acecho pero en pedazos, para que pareciese inofensivo. Una vez, los pasos resonaron en el piso en que estaba botando los pañales; el acceso a las escalas trabado por la humedad le dio tiempo para meterse como pudo entre los medidores de gas y ocultarse tras esa estrecha puerta. Oyó las mismas suelas perentorias y muy seguras resonando en el pasillo. Oculto de la luz cruda, percibió ese cuerpo detenido, silencioso, tenso, de cazador. Y luego los pasos alejándose por las escaleras; una distante puerta de acceso elegida al azar. Esperó unos minutos a que la luz automática de la caja de la salida de incendios se apagara y corrió a su departamento. Llegaba, se aseguraba de que todo quedara bien cerrado y se ponía a cocinar. Oía resonar los juguetes, murmurar a la televisión. Servía en el mesón que separaba la cocina del resto de ese ambiente del departamento y llegaba, vivaz pero moviéndose con dificultad, para sentarse delante de su plato. Comían juntos, aunque el pequeño aún no masticaba bien así que le preparaba papilla. En ese rato le hablaba, trataba de enseñarle palabras, pero solo obtenía balbuceos incomprensibles. Esa vez, casi al terminar, la criatura espetó (espetaba, no hablaba) un ruido abierto y simétrico que, al tratar de trabarlo encerrándolo entre sus labios irregulares y siempre entreabiertos, apenas era reconocible. Pero lo era. Su primera palabra. Se sorprendió al notar que salían lágrimas, al menos de uno de sus ojos. Sonrió mientras se secaba confundido e incómodo. Lo bañó y lo acostó en la cama. Ordenó un poco y regresó al rato para encontrarlo dormido. Los suspiros entrecortados no seguían nunca un ritmo regular, pero de un modo u otro sabía que dormía en paz. Quizá por los párpados que, a pesar de la cicatriz, se veían relajados, pesadamente cerrados. Tal vez las manos, una sobre otra, como dándose consuelo mutuamente. Se recostó a su lado. Muy cerca. La tibieza de su aliento le contagió esa paz de niño dormido. Eso y el silencio absoluto apenas pasado por el cedazo de su respiración suave pero aún entrecortada. Era como vivir solo en ese edificio. No: era como vivir solos en ese edificio.

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*** A la semana siguiente, resolvió dejar el trabajo. Buscaría que lo echaran; presionaría a la gerencia o a recursos humanos con amenazas de denuncias por discriminación para conservar la indemnización por los catorce años de trabajo. Sería lento, pero funcionaría. Tardó solo dos semanas en lograrlo, como si ellos también quisieran expulsarlo. Se fue contento, aunque ligeramente angustiado. No porque nadie se despidiera, salvo el nochero, ni porque perdiera el dominio de ese cubículo. Era el teléfono colgado sobre la mesa, como una tumba de esas bocas solas que seguirían respirando al otro lado de la línea, esperando esa otra boca, esa voz que entrara y apaciguara todo. Un reino por otro. *** Lo que siguió fue un tiempo de ajustes. El pequeño tenía carácter y era territorial; destrozaba cosas, frustrado porque veía roto su dominio sobre el departamento. Libros deshojados, ropa revuelta por el living. Lo reprendía, pero tratando de ser paciente. Pronto se habituaron a vivir juntos; veían la tele apoyados el uno en el otro, bebiendo jugo, los dos sorbiendo con bombilla. Jugaban a pillarse por ese reducido espacio, con los juguetes o inventaban juegos. Luego, cuando oscurecía, se iba a la cocina a preparar comida. Había cosas que su pequeño no podía digerir. Posiblemente las cicatrices de fuera se replicaban dentro haciendo todo un poco más difícil. Pastas, verduras, solo carnes blancas. Cantidades alarmantes de mayonesa o helado. No sabía si estaba bien, pero al menos estaba tranquilo, y la torpeza, esas extrañas contradicciones o conflictos en que entraban partes de su cuerpo ya no eran tan frecuentes. Un ruido inesperado los inquietó. Venía de afuera. Del otro lado de la puerta. Tres golpes secos. Esperó un momento antes de acercarse a los cerrojos. Esperó antes de abrir y girar el picaporte. Abrió una rendija que apenas dejaba ver una parte de su rostro. Era un vecino. El de arriba. El que se había topado esa vez, hacía ya tanto tiempo, en el ducto del dieciocho. Soltó una escueta cortesía; el vecino la contestó. Sintió sus ojos detenerse en las pústulas, en el pliegue que escondía uno de sus ojos, en los enrojecimientos y los pelos salidos al azar. En la oreja a medio hacer, mal escondida en el pelo pajizo. Le sorprendió que no se inmutara. Los suyos no eran ojos asqueados. Eran curiosos y clínicos. Con el peso de su mirada fue empujando hasta entrar al departamento y quedar con la puerta de la entrada tras de sí; no cerrada, la hoja apenas tocando el marco, como descansando en él. Se presentó educadamente y le dijo que era el vecino de arriba. Que lo había visto con los pañales y que desde entonces lo buscaba. Estaba sorprendido con la facilidad con que podía ocultarse del resto; nunca dijo a pesar de qué. Le habló de sí mismo, de su trabajo investigativo. Células resucitadas con células madre. Muy recientes, aún en formación. Abortos, dijo, ponderando con esos ojos Sigue en pág. 11 >


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Bibliólocos narratIVa

Por Juan R. Chapple

Mi año de descanso y relajación. Otessa Moshfegh. Alfaguara. Se nota que la prosa de Otessa bebió de las mejores fuentes norteamericanas del relato, llámese Ford, Heminghway, Faulkner, pues tiene esa transparencia, exactitud, y hasta frialdad que se ha querido ensalzar como la quintaesencia de la escritura… de la buena escritura… Podemos tener nuestros debates sobre ello. Sin embargo, lo de Moshfegh avanza sin tropiezos y haciendo el recorrido por la atribulada vida de la protagonista, que es en realidad una atribulación sin sentido aparente, una abulia sin causas demoledoras detrás y un dejarse morir, sin autocompasión muy visible, en una ciudad de Nueva York y sobre todo en un Manhattan socialmente refrigerado, donde el ser mirado es lo más importante, donde campea el individualismo extremo y lugar en que gran parte del ser se ha hipotecado por el poseer. Es en este contexto, más la fallida experiencia con un novio de mentira, con el que solo mantiene relaciones íntimas en forma esporádica, que nuestra protagonista decide plantarse frente a la televisión a ver películas de Whoopi Goldberg y Harrison Ford, sus ídolos distantes, en maratones que no terminan nunca pues son solo la antesala para hacer lo que realmente, todo lo que realmente quiere o confiesa que quiere hacer con este mundo y esta vida: dormir. Para ello, los cócteles de naproxeno, silencior, valium, nembutal, librium, placidyl, hidrato de cloral, meprobramato, etc., son ideales para quedar en ese estado catatónico, casi pesadillesco a ratos, donde ella misma confiesa que: “Si nos hubieran invadido los extraterrestres o un enjambre de langostas, lo habría notado, pero no me habría importado”. Una potente novela sobre el hastío, que sin embargo no hastía al lector pues la mente de la protagonista y las situaciones por las que transita son todo menos aburridas y, más importante que eso, hacen un viaje, a través de una voz hipnótica, que es el viaje más relevante del sujeto de hoy y de todos los tiempos: encontrar el sentido…

FIlOsOFÍa Filosofía, serenidad y vida. Donaldo López de Matrurana. Axxiona Editores. “¿Por qué no popularizar la filosofía y hacerla florecer en la vida y milagro del común de los mortales?”, se pregunta el autor, y ésta es una pregunta nada trivial, sino que engloba una convicción fundamental: que la reflexión filosófica y la conversación personal es una de las vías relevantes que el hombre y la mujer tienen y con las que pueden hacer de este mundo un lugar más plácido, una tierra más fértil, un lugar de la educación, la contemplación y el espíritu… Y no es nada trivial la pregunta frente a las voces que han propuesto, los últimos años, apartar a la filosofía de los programas del aula con la nada secreta misión, tal vez, de que nuestras escuelas se conviertan en semilleros de start-ups y “polos de innovación”… si esa es parte de la consigna, no vemos por donde se pueda hacer tamaña empresa, en un país que es mero receptor y consumidor pasivo y, a la vez, rabioso de tecnología, sin pensar un poco más, sin filosofar un poco más, sin saber para qué diablos estamos aquí y porque, precisamente, vivimos aquí y no allá y de cómo queremos vivir, juntos… Para todo eso “sirve” la filosofía y mucho más, si es que de servir se trata, aunque ella, como la literatura, en primer término no está ahí para ser simplemente útil, según los manuales de cortapalos de la ingeniería comercial de hoy. Así, estas páginas invitan a un apasionante paseo por el mundo de las ideas, y en cierto modo por parte de la historia de la filosofía que se ha orientado a aspectos prácticos en la vida del hombre. Aquí se encontrarán con humanas reflexiones, no tanto para saber más, sino para hacer de la vida un paisaje más deseable. O, dicho de otro modo: se pretende, tal como dice el subtítulo, entregar una respuesta al reto de pensar recobrando el sentido.

arQUIteCtUra

Revista de Arquitectura de la Universidad de Talca. Número 5.

La Universidad de Talca ha sabido hacer una revista de Arquitectura y no naufragar en el intento. Esto no solo por su probidad en los temas de la especialidad, sino que, al escapar de lo específico y ligarlo con otros ámbitos (en este número 5 vienen interesantes reflexiones sobre el odio y las redes sociales de mexicano Juan Villoro, un poema de Claudio Bertoni, el dossier fotográfico de Fabián España). De este modo, se abre la publicación a una concepción más amplia del pensamiento sobre y desde lo archi-textural. Quizás, junto a los tópicos principales que dan vida a este número, lo más relevante, por el trabajo casi arqueológico que realizan entrevistador y entrevistado, sea el documento de Eduardo Lawner sobre la construcción del edificio de la Unctad III, que finalmente derivó, con acierto, a la concepción primera para la que se había diseñado… un espacio cultural para la nación, y que hoy es el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM). En las palabras de Lawner están las fibras de otra concepción arquitectural, pero también de otro Chile: el de la colaboración, el del compromiso, aquel donde el dinero no era la fuente de todas las búsquedas (los artistas cobraron lo mismo que los artesanos involucrados en el proyecto; las firmas de arquitectura eran conscientes y responsables del proyecto global al que habían sido convocadas). Así como pudimos hacer eso y hoy pudimos rescatar el propio GAM, ¿en tiempos de aceleración absoluta, de hiperrentabilidad, de destrucción de los barrios, de borradura de la memoria, de individualismo flagrante, seremos capaces de poder afrontar una reconstrucción del país desde otra concepción, que involucre su arquitectura espiritual y humana, en términos similares…?

la estanterÍa De lOs BIBlIÓlOCOs también ha recibido los siguientes títulos que recomendamos: Conexión de perdedores. Memorias de un hueón Z.

Sebastián Zumelzu. Plaza & Janes. A garabato limpio arremete el protagonista de Conexión de perdedores y no le importa. El relato millenial o centenial lo exige y se hace eco de contar una historia, la del perdedor de turno, a punta de chuchadas, cosa que no nos escandaliza, pero que es parte de una generación. Un mundo de redes sociales, de chascarros digitalizados y reales, de winners y losers, de mucha interjección en inglés de serie gringa y de poca y nada lectura… esta es la nueva literatura de blogs y de wattpad. Mientras haya quien quiera consumirla, ahí se quedará: en fin, en leer no hay engaño, el libro es desopilante a ratos, pero deja esa misma nada flotando que cuanto se escucha un regeatton…

Cangrejos.

Jonathan Opazo. Edicione Inubicalistas. La poesía de Opazo es hecha de imágenes y pequeñas verdades, que son grandes hallazgos, donde va intercambiando haikus con, a ratos, el comienzo de poesías en prosa casi. Entre ambos mundos se abren zonas oscuras como estas: “Sueño que todos los enfermos se levantan/por la noche, se toman de las caderas y salen/ haciendo el trencito con dirección al infierno”. El poemario está cruzado por la reflexión en torno a la enfermedad, el cáncer, el ruido del hospital, las camillas y, por supuesto, los enfermos. El libro también se abre como una guerrilla contra la muerte. Aunque también, como se sabe, con la certeza de la inútil lucha contra ella.

Pequeños instantes de amor. Catana Chetwynd. Plan B.

Un libro ilustrado de pequeños momentos de amor, como dice el título, y de la convivencia, donde se manifiesta esta y aquella en la pareja. Las viñetas son precisas y los cuadros que nos muestran también: relaciones al empezar, relaciones que llevan mucho tiempo, complicidades, necesidades, comprensiones, incomprensiones… La comunicación amorosa en pleno desarrollo, hecha de una forma divertida, sin muchas complicaciones, pero que igual va directo, de manera lúcida, la mayor parte de las veces, al meollo de los problemas, de los encadenamientos o de sus resoluciones. Divertido, se lee rápido y el efecto es duradero.


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NARRATIVA / CRÓNICAS / ENSAYOS Tema Libre. Alejandro Zambra. Ediciones Universidad Diego Portales. Tema libre es, como dice su título, una mezcla del escritor (y del editor), un blend de muchas cosas (ensayos, crónicas, textos ficcionales, visiones autobiográficas), susceptibles, como en la escritura de Zambra en general, de intercambiar puestos: de repente, en un conferencia arremete la potencia ficcional del autor; más allá, en una crónica, se enseñorea el ensayo, y, como no, la ficción es “contaminada” con cápsulas ensayísticas (como en Penúltimas actividades) y que parecen sacadas de un manual o guía de uso. La literatura de Zambra es así, pareciera caber todo. Me parece que lo de Zambra se basa en una clase de la desmesura, igualmente. Pero, ojo, no es la desmesura selvática de las palabras, no es el barroco lo que convoca a nuestro autor, sino que, precisamente, se trata de una desmesura que ataca por el lado del todo vale a la hora de escribir: un recuerdo personal, un recuerdo del personaje –que también puede ser personal-, la forma de escribir o de dejar de hacerlo, si se escribe a mano, en computadora o en máquina de escribir, la mixtura de los géneros, ya que, para él, como señala, todo acto de escritura, la literatura toda tiene que ver con un tema o es reductible a un tema solamente: el pertenecer… ese es el aleph de donde parte Zambra y al cual siempre regresa… y, en medio, bueno, en medio está todo el mundo, toda la desesperanza o la alegría, la seriedad y la risa… En el caso de un autor, y sobre todo de un autor como Zambra, el pertenecer, mucho más tal vez que a una familia, muchísimo más que a una nación, y tantísimo más que a una idea política e incluso a una especie, pareciera ser que apunta al mundo de las palabras… quien se lo podría reprochar, total, con eso se gana o pierde la vida (nunca invierte: por favor, a los adalides del cálculo no le deben apostar a este caballo)… Los textos fluyen como piezas de un rompecabezas que si bien no están juntísimas, podrían estar muy contiguas, aunque, como dijimos arriba, respondan a distinta naturaleza: el impulso es el mismo, la pulsión parecida, la voz o la cadencia de la voz, muy similar y, así, todas juntas, estás piezas construyen un paisaje distinto al que pudo haber sido programado… seguro que, como Juan Emar, Zambra se quedaría feliz escribiendo una novela/ensayo/crónica eterna/o solo por el goce/padecimiento de seguir escribiendo, para, como él mismo dice en Cuaderno, archivo, libro: “Encontrarse con el peso de las palabras, reconquistar su necesidad, incluso cuando sabemos que se han vuelto todavía más transitorias, más perecederas, más borrables que nunca”.

CRÓNICAS/ ENSAYOS Cartografía cultural del Wallmapu. Miguel Melin Pehuen, Pablo Mansilla Quiñones, Manuela Royo Letelier. Lom ediciones. Lo que nos dice este libro es lo que nos viene diciendo desde que puso el primer pie el primer conquistador en el territorio, y, quizás antes, el primer Inca: la no doblegación del pueblo Mapuche. La guerra ahí iniciada, y sobre todo, la oposición mapuche a ser gobernados por un poder omnímodo, universalista extranjero, no era ni es un reclamo banal, sino una lucha por la autonomía, porque, además, al perder el territorio, se perdía el meollo de la espiritualidad, de su estar en el mundo (este que vemos y el que no vemos…) El llamado a la desuniversalización es el llamado mapuche y de todos los pueblos que buscaron su propia vía de expresión, de medicina, de sueños, de saber, de sabor y de estar/contemplar/nombrar el mundo. Este es el gran y verdadero llamado de la descolonización: descolonizar el cuerpo y la mente, para lo cual habrá que descolonizar la educación (en las casas y las escuelas) y así fundar una nueva comunidad. Fácil decirlo, la tarea de una vida, la tarea de muchas generaciones… Este libro nos dice que mientras tengamos una sola forma de pensar, de “aprovechar” la naturaleza, de economía, de asentarnos en el mundo, la guerra y la colonización ha concluido nada más que en los libros de historia. Pero, por otro lado, casi milagrosamente, la visión de esos otros mundos tampoco ha terminado.

La vida secreta de las ciudades. Suketu Metha. Literatura Random House. El libro de Metha está plagado de datos, que sirven para apoyar lo que intenta señalar, pero, más que eso, es una estupenda crónica sobre la vida en las ciudades, que deberíamos leer como una pequeña biblia sobre el urbanismo y, más que eso aún, sobre la fluida red de cambios que se han producido en el mundo y se seguirán produciendo en la medida que nuestra vida como urbanitas siga avanzando y determinando el panorama del planeta. Esto, sobre todo en sociedades como la de la India o China que han vivido, a diferencia de Occidente, procesos tardíos de migración campo ciudad, pero que representan, en conjunto, más de 2.600 millones de personas (se estima que el 2035 el 75% de la población en China será urbana), es decir, un tercio del planeta. Metha avanza con un tono informativo, pero, al mismo tiempo, relajado, contando cosas de su propia biografía, en la India, como parte de una familia que experimentó migraciones a Inglaterra y los Estados Unidos, y contándonos, además, todas aquellas pequeñas minucias que hacen, como él dice, un contrapunto entre la historia oficial de una ciudad, y una historia oficiosa. En esta última, en esos relatos personales, barriales, de migraciones, de contactos, de comercio y de comunicación, también están entreveradas nuestras propias vidas, nuestras identidades, y, por supuesto, la de una ciudad. Ese es el trabajo del autor, hacer visible, con maestría, ese relato.

> Viene de pág. 9 pesados. De todo tipo: planificados, espontáneos, de mujeres solas o de familias poderosas. Pagaban la discreción con un cuerpo. Era eso o perderlo todo. Un reino por un reino. Los cuerpos, destrozados, ofrecían posibilidades optimistas. Eran pequeños y aún se estaban formando. Muchos resistían muy bien la restauración y la incubación. Bastaba buscar partes íntegras, combinarlas y dejar que las células madre hicieran su trabajo. No siempre resultaba, pero así eran las cosas: monstrum vel prodigium, dijo. Le habló de Justiniano y del derecho romano, de los monstruos nonatos de los que hablaba Ulpiano y de que ya habían cambiado muchas cosas, y por eso neque id quod fataliter accessit, matri damnum iniungere debet, ¿o no? La madre no debería ser sometida a prejuicios por esta fatal ocurrencia que simplemente sucedió. Y sonreía, satisfecho de esas palabras. Le explicó que lo que para unos era un monstruo o prodigio, para él era una oportunidad, una maravilla en potencia. Se lo dijo con un aire cómplice que lo incomodó al principio, pero que pronto descubrió como comprensión.

El vecino seguía hablando de su laboratorio instalado en el departamento, del procedimiento y de la necesaria labor de revertir ciertos horrores. El otro afirmaba con convicción. Su único ojo visible le devolvía algo como gratitud o acaso reconocimiento. La boca dibujaba una sonrisa irregular, semiparalizada y en un gesto doliente. Los dientes parecían pelear por asomarse afuera. Monstrum vel prodigium, repitió. Una gota de aceite en un chorro de agua. Pero pronto cambió su expresión cuando el vecino volvió a hablar, esa vez con una brutal franqueza. Sí que sabía a lo que había venido. Que tenía que entregarlo. Que, de todos modos, no iba a durar mucho más. Era la piel, los pulmones. Nunca acababan de desarrollarse. Pero estaba cerca, eso lo demostraba.

bre y mandó al pequeño a meterse en el clóset. No iba a dejar que se lo llevara, y si tenían que defenderse no dudaría en hacer lo necesario.

El otro le replicó negando con la cabeza. Lo había dejado en la basura, vivo. Medio muerto, corrigió el vecino. E insistió con la misma tranquilidad firme de cuando entró a su departamento. Pero no iba a dejárselo. Se aferró al pelapapas que sostenía cuando sonó el tim-

En pequeñas piezas, dijo el vecino por sobre su hombro mientras entraba al dormitorio. Y asegúrense de que esta vez se vaya todo por el ducto de la basura.

Desafiante, alzó el utensilio delante del vecino, que permanecía inmutable dando la espalda a la puerta entornada del departamento. Se escuchó la puerta del ascensor y pronto se asomaron cuatro hombres más, premunidos de maletines e instrumental. Vio las bolsas negras, vio las jeringas y las demás cosas que sacaban. Sin poder hacer nada los vio adelantarse con tranquilidad profesional. Unas manos aprisionaban sus brazos impotentes mientras otros pasos resonaban en el parqué, cazadores apacibles paseando por el departamento.


Proyecto financiado por el Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura, Convocatoria 2019.

Hoy dĂ­a la gente conoce el precio de todo y el valor de nada. El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde

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letras centrales 25-06-2019  

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