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Carta Concreta A un hombre abstracto Yo comprobéen carnepropia quede todas las formas de soledad la peor es el matrimonio. Los quesecasan para escapar de la soledad sólo consiguen el efecto contrario: acentuarla. Porquesi la soledad del soltero es tenaz, la del casado es insoportable. Claro, hablo delos matrimonios a los queseha llegado huyendo deuno mismo, es decir denuestra propia soledad, denuestros propios fantasmas, deesos particulares miedos quetodos cargamos a cuestas. Después deun fracaso matrimonial, uno no quiererepetir la experiencia y volver a caer de bruces, pero la perspectiva dequedarsesola el resto dela vida tampoco es quesea tan atractiva. Quécosa tan complicada, ¿no? Es quela soledad forzada es muy aburridora, como todas las cosas obligatorias.


Aquellos Diciembres Hace años,  una  de  las  cosas  más  ricas  era  la  expectativa con la que uno aguardaba la llegada de  los  villancicos,  pues  generalmente  venían  acompañados  de  natilla,  buñuelos,  tamales  y  todas  esas  delicias  que  sólo  se  disfrutaban  así  en  esa  época del año. Y digo disfrutaban porque hoy en día  las cosas son a otro precio –y otro peso–; ya que en  esos  tiempos  uno  no  se  preocupaba  por  los  kilos  que  se  ganaba  en  diciembre,  ni  las  calorías  que  consumía.  En  otras  palabras,  a  los  buñuelos  no  les  decíamos  ‘harinas’  ni  a  los  tamales  ‘fuente  de  carbohidratos’.  Ni  las  grasas  eran  un  veneno;  ni  había una discriminación entre el colesterol bueno y  el  colesterol malo. Y lo mejor de todo: uno  no tenía  que ponerse a pensar donde iba a pasar la Navidad;  eso lo resolvían los adultos. En cambio ahora si uno  va  donde  unos  parientes,  se  molestan  otros;  si  uno  visita  a  estos  amigos,  se  disgustan  aquellos.  ¡Qué  jartera…!


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