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Doce metros bajo tierra


Era la época de 1999 cuando aún vivía en ese inmensa casa de San Alonso y donde continuamente experimentaba con mi familia casos en que, si les contara, de alguna forma, no me creerían, y pensarían que estoy loca, ¡paranoica! pero creo que la ocasión lo amerita, hoy viernes 13; este es un día propicio para relatarles una historia que los dejará llenos de intriga y créanme, querrán conocer esa casona en la cual viví y experimentar si es cierto lo que les cuento. Esa casa inmensa de la que les hablo es de esas las cuales entras y te causa escalofríos, muy antigua, fría, cuando hablabas parecía que se formaba el eco de tu voz en cada rincón, donde las puertas y el techo eran tan altas que podías subirte en los hombros de alguien, y aun así no podías tocar el techo, ya podrán imaginarse las puertas de madera talladas con seis rectángulos estropeadas por las polillas y el comején, cerrojos antiguos con pasador de seguridad y la puerta principal con el león y su anillo en la nariz, su color desgastado por los años, y su techo con grandes manchas de humedad, unas escaleras de esas que cuando las pisas suenan como si se fueran a partirse al instante, sus pisos de baldosín amarillo y verde ajado por el paso de los años y su diseño de ojos de cocodrilo, y sus inmensas columnas semejantes a las de imperios pasados, es así como en esta pintoresca casa, habitan fuerzas inexplicables o como dice un amigo seres del más allá La casa tenía una reja, pues a mis padres les gustaba dejar la puerta abierta para que pasara la brisa, cuando de nada aparece un señor con traje negro y camisa blanca hasta el cuello, un sombrero de copa con bigote fino, largas patillas, piel blanca, zapatos de charol, y en sus manos un péndulo plateado que colgaba de una cadena fina… mi madre se percató de la presencia del señor quien sin decir una palabra se queda observándola por unos segundos, -¿Que se le ofrece?,--pregunto mi madre Y el señor con su voz gruesa, fuerte y decidida le dijo, -¿Puede dejarme pasar? -“Soy Vladimir, --necesito decirle algo a usted y su familia –-dijo él”. Luego mi padre que estaba cerca, se percató, -- “no señor” --le dijo – “muy amable pero no necesitamos nada de usted”.


-“Es algo que les cambiará la vida, -dijo Vladimir-, “yo solo tengo un péndulo y él me está mostrando que aquí hay algo”. -¿no les interesa saber? En esos momentos entre a mi cuarto sin prestarle atención a la situación, aliste mi mochila para irme, y ¡oh sorpresa! El señor de la puerta ya estaba en el patio de atrás con su péndulo totalmente horizontal caminando suavemente como si estuviera detectando algo extraño. --“Retírate” –me dice mi Padre. Pero mi curiosidad pudo más cuando veo que el péndulo empieza a dar vueltas incontrolablemente, abrí los ojos como un Búho, al igual que mis padras, me puse blanco y frío y no podía moverme… Vladimir dirigió una mirada baja por el hombro asía mí, penetrante y dijo. --“ustedes son privilegiados, esto es un gran hallazgo, he aquí un energía especial debe ser una guaca como a unos doce metros de profundidad y como se dieron cuenta la percate desde lejos” Levantó su mirada hacia mis padres diciendo… --“Si toman la decisión partiremos en partes iguales pero se debe hacer con sumo cuidado, no queremos molestar a los espíritus”—dijo mirándome de nuevo fríamente y de reojo por encima del hombro. --¡Claro cómo no! –le dijo mi Padre. --“le llamaremos” –le dijo mi Madre. En ese instante el patio se tornó oscuro pues una nube gris lo cobijaba; el señor Vladimir lentamente guardó en el bolsillo de su chaqueta el péndulo, cruzó las manos en la espalda, perdió su mirada en las baldosas de la casa y se dispuso a salir de la casa lentamente detrás de mi Madre. El silencio inundó la casa, mis padres se miraron sin decir nada y el ambiente se puso más frío aún. Es normal, como ya les dije, cosas del más allá en mi casa; he pasado por exorcismos, visitas de curas, bendiciones con agua vendita, y un sinfín de actos del más allá, pero este señor que apareció de la nada, era una piedra en el zapato aún más grande.


--“Los convenció de dejarlo entrar”—le dije a mis padres –“Con tanto que pasa en esta casa no me es raro”. Cogí mi mochila y salí de casa. Unos tres días después ya se había olvidado el tema de la guaca y el señor misterioso, cuando de repente mi madre dice. --“Hoy nos trasteamos, --esta misma tarde nos vamos, --aliste todo”. --¿Qué? --¿Mamá como así y la guaca? –le dije. --¿Toda la vida soportando fantasmas y cuando descubrimos una guaca nos vamos a ir? ¡Podemos ser ricos Ma! --“No hay discusión” --me dijo. En ese instante mi cabeza no podía soportar la idea de dejar que otros se enriquecieran, no después de todo lo que yo había soportado en todos esos años que conviví con fantasmas, me dispuse entonces a llamar a Oscar, Diego, Jaime y Juan, quienes aceptaron ayudarme pues ellos eran los que siempre escuchaban mis historias y una que otra vez se sentían identificados, les comente la situación y opinaban lo mismo que yo, sacar la guaca era para esa noche nuestro objetivo, con la condición de repartirnos igualitariamente todo lo que pudiésemos tomar, ese mismo día nos armamos de todas las herramientas posibles para poder cavar los doce metros que el señor había dicho, y como una guaca era lo que nos encontraríamos no escatimamos en presupuesto para comprar lo necesario como picas, palas, guantes, y todo aquello que nos pudiera servir para hacernos ricos. Como dijo mi madre esa misma tarde ya no había ni un solo objeto en la casa, al llegar con mis amigos, alistamos todo como a eso de las 4 de la tarde, ya estaban listas las herramientas, nos dispusimos a picar y fuimos cavando poco a poco, ya empezaba a oscurecer, decidimos tomar un receso. --“Uy me duele la espalda” –dijo Oscar --“porque no nos acostamos y mañana seguimos”—dijo Diego --¡yo tengo un hambre! –bueno pero mañana seguimos, --¿vamos a conocer la casa nueva, les parece? –les dije. -- “si vamos” –dijeron.


Al día siguiente volvimos como a eso de las 3:30, y ¡oh sorpresa! Todo lo que habíamos dejado en la casa estaba revuelto en la sala de la casa, ya no había colchonetas en el cuarto, ni palas en el patio, ¡todo era un desastre! En ese mismo instante Jaime me dice, --“Diana la cosa es enserio” –-“ahora sí creo tus historias”. --“bonita la hora” – le dije. Y empezamos todos a organizar el revuelto, cuando estaba todo listo, todos estaban más convencidos de que la guaca no era un cuento y que pronto luego de cavar nos haríamos ricos, y con esas expectativas nos dispusimos a cavar. Luego de varias horas, Juan detecto un sonido diferente. --¡uy Diana, escuche esto! –“encontré algo” –dijo. En ese momento todos quedamos paralizados con el sonido, pues parecía haber golpeado una caja de madera, --¡Siga cavando! --le dije. Cuando en ese mismo instante, da el último palazo y de repente ¡sale disparada agua por todas partes! Y todos soltamos la risa, --¡Juan encontró la guaca! Gritábamos y todos nos burlábamos de la situación. Unos minutos después cerramos la lleve de paso y pudimos solucionar el problema. Pero estábamos rendidos y decidimos descansar y acampar en la casa. Todos nos disponíamos a dormir, pero seguramente ninguno pegaba los ojos pues todos nos acordábamos de que cuando llegamos todo estaba revuelto, hasta que el silencio se interrumpió cuando Diego dijo. --“uy no aguanto más, voy a ir al baño”. Y salió corriendo. --¡Tenga cuidado –le dije, no sea que los espíritus le jalen las patas! Y todos soltamos las carcajadas.


Cuando volvió Diego, aparece con un casco puesto en la cabeza de esos que son para protegerse de las abejas, y dice. --“yooo sooyy Diieegoo”—con voz tenebrosa, en ese mismo instante --¡gritamos todos! colchonetas…

Saltando

fuera

de

las

--¡Diego no, que susto! –-quítese eso—le dijimos --¿se asustaron? –decía riéndose de la situación --“Diego ahora le toca devolverse a colocar eso donde estaba porque donde mi papá venga y no lo encuentre, se pone furioso” –le dije. Cuando Diego volvió a la habitación, llego blanco, blanco, blanco --Uy ni que hubiese visto un fantasma –dijo Oscar --¿Qué le paso viejito? Diego muy callado, se sentó en la colchoneta y me pregunto. --¿Diana segura que aquí no hay nadie más? --¿Segurísimo que no hay alguien en la casa? --No segura. --¿Por qué, qué vio o qué? --No es que cuando deje el casco escuche las voces de unas abuelitas murmurando el padre nuestro. –dijo. --¡Uy las ánimas! –dijo Jaime a grito entero. --¡Que! eso es que nos quiere asustar de nuevo, ¡deje dormir más bien! –le dije Cuando me dispuse a dormir, me temblaba todo, porque yo sabía que era cierto lo que decía Diego, sin embargo debía mantener la calma, 4 personas asustadas a parte de mí no es muy conveniente. Unos minutos después, casi cuando uno cierra los ojos apunto de dormirse, se escuchan unos murmullos de unas ancianas rezando, y cada vez se oían más cerca, y todos nos paramos asustadísimos por el evento. --¡Diana Si oye! – ¡Dios Diana las animas! –decían a grito entero.


Todos salimos corriendo hacia la puerta, que estaba trancada, y las llaves se habían quedado en la habitación, entonces cogí a Juan de la mano para que me acompañara por las llaves, y las voces seguían su murmullo cada vez más intenso y podría llegar a decir que más cerca. Por fin pudimos salir de la casa, y todos nos veíamos blancos y pálidos, Juan se reía a carcajadas junto a Oscar del susto que tenían, Jaime no paraba de temblar, y Diego decía, --¡No les dije yo! ¿Ahora si me creen? --¡Claro se le cree! –le dije temblorosa. Luego de unos minutos nos tranquilizarnos decidimos volver a entrar pues ya estaba por amanecer, y la luz nos tranquilizaba un poco. Nos disponíamos a dormir nuevamente, cuando al transcurrir unas horas empezamos a escuchar unos pasos, como cuando alguien camina por papel periódico… --¡Diana otra vez! –nos están asustando –dijo Juan en baja.

voz

--Si Juan no se lo niego –le dije. Poco a poco los pasos se intensificaban y los murmullos de las ancianas rezando se aproximaban y todos saltamos de nuevo de nuestras colchonetas, esta vez ya tenía yo las llaves listas, y salimos corriendo para llegar a la puerta. (Para esa época existía una secta que se hacía llamar la mano negra, la cual consistía en que si veían a alguien no importa quien fuese ni qué edad tuviera lo mataban). Una vez abrimos la puerta, vi que en frente de la casa estaba parqueada una camioneta (Ford Ranger) gigantesca, Blanca con vidrios polarizados con el símbolo de la secta, y todos queriendo salir corriendo del otro lado, ¡pero no podíamos por la mano negra! alcanzamos a cerrar la puerta rápidamente… --¡Diana déjanos salir! ¿Por qué cerraste? –grito Jaime. --¡No se puede, nos matan! ¡La mano negra esta en frente! –grite muerta de miedo. En ese mismo instante cerré los ojos y empecé a rezar el padre nuestro, y no saben qué cosas tan espeluznantes vivimos y vimos esa noche, con decirles que entre los


murmullos se escuchaba claramente ¡largo de aquí, váyanse!, y cuando medio abrí los ojos, todas las cosas volaban en remolino, uno minutos después escuchamos la camioneta arrancar y pudimos salir de la casa, ahí mismo todos salimos corriendo, a mi nueva casa y Juan, Jaime, Diego, Oscar y yo juramos no volver a poner un pie sobre esa casa ni a tocar la guaca de San Alonso.

Escrito por: Diana Marcela Osorio Sandoval 29/05/2014


Cuento de miedo y suspenso  

Doce metros bajo tierra

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