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Año 1

Edición N° 6


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Democracias nacionales, autoritarismos provinciales. Algunas anotaciones al margen. Desde que el 30 de octubre de 1983, Raúl Ricardo Alfonsín se convirtió en el primer presidente democrático luego de la larga noche de la última dictadura cívico militar, vivimos en un contexto democrático que, afortunadamente ante los avatares económicos y políticos, ya no plantea las soluciones autoritarias para “restablecer el orden”. Esto constituye un logro de una ciudadanía que, a fuerza del dolor y las experiencias fallidas, aprendió a convivir con la diferencia. Las ciencias sociales han producido una vasta bibliografía referida al tema. Entre ellos los estudios de las transiciones en política comparada. Estos estudios, centrados en el ámbito nacional, daban muchas veces por sentado que una vez conseguida la democracia, progresivamente los otros campos de lo social, evolucionarían hacia una situación donde las reglas de juego democráticas, cumplirían su rol de consolidar el régimen (O´Donnell, Schmitter, 1986). Esto no solo fue contrastado por las experiencias locales posteriores, sino que también puso en tela de juicio las hipótesis que guiaron las primeras investigaciones. La constatación de la existencia de regímenes autoritarios locales en escenarios democráticos a nivel nacional, trajo aparejado la apertura de un nuevo ámbito de estudio en la ciencia política: el de las unidades subnacionales (Snyder, 2009). En Argentina existen regímenes híbridos subnacionales: entidades que combinan instituciones formalmente democráticas con usos claramente autoritarios (Gervasoni, 2011) Las fuerzas políticas provinciales no son abiertamente anti democráticas, sino que se valen de los intersticios y concesiones hechas por los gobiernos civiles. La mayoría de las veces hay un desequilibrio de los poderes provinciales en favor del ejecutivo (Marcos, 2005), lo que refuerza esta situación autoritaria. Esto permite la aparición de liderazgos personales en las provincias, como consecuencia de las crisis del sistema de partidos y como indicio de una institucionalidad informal naturalizada. Esto permite la aparición de liderazgos personales en las provincias, como consecuencia de las crisis del sistema de partidos y como indicio de una institucionalidad informal naturalizada. Casos como los de Santiago del Estero con los Juárez y hoy con los Zamora, de San Luís con los Saá, de Formosa con Gildo Insfrán, de la Rioja con los Menem, de Santa Cruz con los Kirchner, de Tucumán con los Bussi y los Alperovich, son ilustrativos de lo antes dicho. Como se señala, la democratización a nivel nacional, genera dos movimientos en apariencia contradictorios, pero que en su base se complementan: uno centrífugo y otro centrípeto. El primero obligando a las provincias en un estado federal a someterse al arbitrio de una entidad nacional superior que determina la magnitud de sus recursos, sus atribuciones y que por sobre todo, obliga a la adopción formal de un régimen democrático.


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El segundo movimiento, parroquializa (Gibson, 2006) la política de cada provincia, que comienza a aislarse del resto ante las fallas de un sistema centralizado. Aquí situaciones autoritarias se hacen presentes, vulnerando la vigencia de los principios democráticos en algunos de sus puntos. He aquí la hibridez del sistema descripto. Muchas de estas situaciones contradictorias, han adquirido un cariz de formalidad al ser la ley quien legitima estos sistemas provinciales de tinte autoritario: reformas constitucionales, leyes de superpoderes, control de los medios de comunicación y en algunos casos violencia desde las instituciones estatales, son el corolario de una amplia gama de estrategias desplegadas en las provincias. El sueño de permanecer en el poder, de conservar los cargos, de controlar la sucesión, de monopolizar los vínculos adentro y hacia afuera, han sido excusa suficiente para que muchos gobernadores adoptasen medidas de espíritu antidemocrático. Esto contrasta profundamente con las características que una democracia debe cumplir. A saber: la presencia de elecciones competitivas y alternancia en el poder, la autonomía de los poderes del estado y el respeto de los derechos humanos. En los regímenes híbridos algunos de ellos no se cumplen. “Estos regímenes devienen autoritarios como producto de las estrategias de las elites políticas locales, relativas al “control de fronteras” en cuanto a los flujos de fondos, de cargos y de información que circulan entre el “centro” y “la periferia”” (Ortiz de Rosas, 2011: 360) Analistas como Crenzel (2004) consideran que este tipo de situaciones pueden rastrearse desde la última dictadura, en una especie de continuidad que llega hasta nuestros días. Otros prefieren introducir otras variables, como lo es la distribución fiscal nacional (Gervasoni, 2009), las cláusulas legales (Cardarello, Almaraz) o los vínculos familiares (Behrend, 2010). Aquí se adopta una explicación que en cierta medida abarca todas ellas; en coincidencia con la complejidad y especificidad de los casos. “La Argentina es así un mosaico paradójico de tendencias encontradas hacia la centralización y la descentralización, que permiten los vaivenes en el balance de poder entre lo nacional y lo provincial a través del tiempo” (Suárez Cao, 2011: 306). Esta tendencia lejos de mejorar la calidad democrática, tiende a perjudicarla, dado el carácter fragmentario que adopta el sistema político en cada provincia. A 30 años de democracia es importante tener en cuenta esto, dado que el proceso de democratización iniciado por Raúl Alfonsín en 1983, aún no ha culminado y queda mucho por hacer.

Nicolás Motura Profesor de Historia. Estudiante de las licenciaturas de Ciencias Políticas de la Facultad de Trabajo Social UNER e Historia en la Facultad de Humanidades UADER. Franja Morada Regional Entre Ríos


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El desafío de los próximos 30. 1. El valor de la conciencia política Estas tres décadas de continuidad democrática nos señalan un principio de madurez en la cultura política de nuestra sociedad; una madurez, claro está, no obtenida sino después de muchas situaciones de las que difícilmente podríamos estar orgullosos como colectivo, pero al parecer necesarias para aprender de comportamientos que no debemos repetir en el futuro. Tal y como ocurre con las personas, uno llega a la madurez, no por el día del aniversario de su nacimiento, sino porque la experiencia de los años transcurridos han logrado formar una conciencia que aplica y con la que se juzga cada una de nuestras acciones; siguiendo ese criterio, el mayor logro de la continuidad democrática no reside en el transcurso de 30 años ininterrumpidos como dato meramente histórico, el valor radica en un componente cultural que se manifiesta en la fuerte convicción por parte de la gran mayoría de los argentinos de "no permitir poner en crisis la vigencia del sistema democrático en la Argentina". Importa destacar que esta conciencia política colectiva sobre la democracia, no se limita a ser el resultado de nuestra experiencia histórica individual como país, sino que también es consecuencia de haberse combinado con muchos factores propios del Siglo XXI (fácil acceso a la información, redes sociales y globalización como fenómeno de integración), que al unirse, nos permiten tener una mayor a estima social al Estado de Derecho y a las libertades que de él se desprenden; sin lugar a dudas un proceso con saldo positivo para la Argentina. 2. El coraje de Alfonsín Quienes han ejercido liderazgos transformadores a lo largo de la historia - Mandela, Luther King, Gandhi - siempre nos recuerdan la facilidad y comodidad de sostener y ser parte del sistema vigente o imperante, en comparación al valor y al coraje que requiere arriesgarse y luchar para construir o consolidar uno nuevo o alternativo. Por eso es importante recordar que en los años previos al 83, con una sociedad dividida y enfrentada por heridas abiertas, el aporte de Raúl Alfonsín y en especial la contundencia de su mensaje, fueron decisivos para comenzar la pacificación y el inicio de un cambio de página en nuestro crecimiento como país; no sólo limitado a terminar con una noche oscura de la Argentina sino también con el desafío de darle esperanza a toda una Nación. 3. El segundo gran logro No debemos olvidar que la historia argentina no es ajena al uso de la violencia como mecanismo de expresión política, y si hay un momento en el que se hizo presente es en el periodo de las décadas previas al advenimiento democrático. Después de 30 años ininterrumpidos de democracia, la erradicación de la violencia como herramienta para la difusión de ideas, es a mi entender, el segundo gran logro de la cultura política de nuestra sociedad. Por suerte, no sólo el argentino, sino casi todos los pueblos latinoamericanos, ya no creen en la fuerza como brazo ejecutor de ideas o posturas políticas, sino que además pasaron a una segunda fase: repudiar a aquellos que sí la utilizan sin importar el lugar o el contexto en el que se encuentren. Esto constituye una garantía de permanencia democrática y un claro desarrollo de tolerancia y respeto como valores que nutren esa misma continuidad en toda la región.


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4. Los próximos 30 Lo que más me entusiasma de este aniversario es el compromiso que los argentinos debemos tomar con la democracia que tenemos hoy, pero sobre todo con la de las próximas décadas. Partiendo de la base de los logros obtenidos (continuidad democrática y pacificación de la expresión política), me queda por desarrollar cuales son los objetivos todavía pendientes y el rol que cada uno de nosotros debería ocupar para alcanzarlos. El primero de los desafíos es la UNIDAD como Nación, como pueblo, como colectivo; fortalecer los vínculos que nos unen por encima de los que nos separan. Lamentablemente los últimos 10 años en la Argentina hemos vivido una cultura política de división y enfrentamiento social. No descarto que la confrontación permanente sea un método electoral eficiente para quien gobierna o para un partido político en particular, pero sin dudas es nocivo para la Argentina en su conjunto. Defender la calidad de la educación pública, reivindicar los derechos humanos o luchar contra la pobreza no pueden ser banderas cuya propiedad se le atribuye a una parte o porción de la sociedad, por el contrario, tienen que ser objetivos comunes de todos los que somos y nos sentimos parte de esta Nación. El sentimiento de unión para enfrentar problemas comunes, sumado a un importante ejercicio de valores como la tolerancia y el respeto, son el único camino para alcanzar esas metas de manera real y concreta evitando demagogia y populismo. El segundo desafío garantizar el RESPETO a la Ley y en especial a nuestro régimen constitucional. Esta responsabilidad debe ser compartida entre la dirigencia política y los ciudadanos en su conjunto. Quienes tienen una responsabilidad pública deben ser capaces de garantizar la vigencia de las normas, aún cuando hacerlas efectivas impliquen limitarse a sí mismos o sus pares. Debemos terminar con la costumbre política de aplicar un criterio para los ciudadanos y otros para quienes ostentan el poder. A su vez, la comunidad tiene la obligación de repudiar los abusos de sus funcionarios públicos mediante una condena social, que debería reflejarse en las urnas manteniendo así una advertencia ante la arbitrariedad en el uso del poder público. Por último y en tercer lugar, estos 30 años han estado signados por un nivel de corrupción altísimo, incluso el sistema político ha garantizado la impunidad de quienes mediante el poder han utilizado lo que es de todos para servicio propio. La Argentina necesita nuevas generaciones de dirigentes con talento, con compromiso y vocación de servicio, pero sobre todo con HONESTIDAD. Los más jóvenes tenemos que ser ejemplares en el manejo de fondos públicos, debemos garantizar que cada peso se utilice de la mejor manera para poder proporcionar verdadero bienestar e igualdad de oportunidades. 5. Intención Quise transmitir en ideas simples pero bien cargadas de contenido político, cuales son a mi entender, las razones por las que debemos celebrar este aniversario y en especial cuales son los desafíos que tenemos para los que vienen. Hace 30 años debíamos consolidar la democracia en la Argentina, 30 años después tenemos el compromiso y la responsabilidad de mejorarla.

Emanuel Gainza Abogado. Vice Presidente 2do Jóvenes Pro Argentina


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De emociones y olvidos. Según los neurólogos, el olvido es tan importante como la memoria. Los humanos necesitamos olvidar para poder trabajar, para escribir, hablar. Asimismo, está comprobado que tendemos a olvidar especialmente los hechos dolorosos del pasado; desprendiéndolos de nuestra mente de manera voluntaria. Aquí, “elegimos” olvidar ciertos hechos o circunstancias que nos traen pesar; los famosos “malos recuerdos” terminan siendo, con el paso del tiempo, apenas algunas imágenes lejanas en nuestra mente. Asimismo, hay un fenómeno que los científicos llaman dependencia de estado, el cual crea un paralelismo entre la formación de las memorias y la evocación de recuerdos; obedeciendo ambas a mecanismos hormonales producidos por emociones muy grandes. Así, recordamos una vez que cruzamos la calle y casi nos pisa un coche, y olvidamos cualquier camino al trabajo que no haya tenido mayores percances. Cuando vemos a una mujer (u hombre) que nos impacta y estremece, recordamos ese momento fácilmente. Los sentimientos y emociones fuertes, generan (hablando en criollo) que retengamos más información en ese instante. Desde chico (nací en 1990), vivo en la conciencia de un país democrático, en el sentido más llano del término. Es decir, de un país que elige libremente a sus representantes. Con los años fui aprendiendo, además, cómo eran las instituciones del sistema republicano de gobierno; así también fui conociendo sus defectos y virtudes, sabiendo que la realidad contrasta muchas veces con lo que encontramos en la Constitución y las leyes. De esta manera, construí mi cabeza en base a las vivencias de un mundo que encuentra como valores la pluralidad, tolerancia, respeto por el que piensa distinto. Las personas grandes, en cambio, vivieron una juventud muy distinta. La dictadura militar marcó gran parte de su adolescencia. De ésta, recuerdan en su mayoría hechos dolorosos, a veces increíbles para nosotros. De su relato, quienes nos tomamos el trabajo, analizamos lo que creemos verdad y mentira; exagerado o irrelevante. En base a ello, sacamos conclusiones y procuramos entender (insisto, si nos tomamos el trabajo) cómo fue que llegamos a pasar tantos años bajo una tiranía semejante. Pero, de alguna manera, la fragilidad o fortaleza de su memoria hará que el relato sea más realista o fantástico. Así también, de su longevidad, que nosotros tengamos testimonios vivos de personas que pasaron la dictadura en carne y hueso. El famoso “yo la viví”, podrá ser pronunciado cada vez por menos personas. Sólo los jóvenes leidos o que se interesen por algún documental viejo de la TV, el día de mañana tendrán un conocimiento (o percepción) semejante al que tenemos nosotros de dicha época, y cuánto, dicen, que costó remontar una democracia maltrecha desde el '83 a la fecha.


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Pero olvidar estas cuestiones creo que no es el problema. Lo malo, tarde o temprano, lo olvidaremos. Lo bueno, lo emocionante, lo imprescindible, es más difícil olvidar; más oportuno a nuestra memoria. Nuestro problema es, como dice la canción1, sembrar amor. Amor por la participación política, por las instituciones democráticas, por la educación ciudadana. Probablemente (y es también un anhelo) la dictadura quede enterrada como un mal momento de la historia argentina. Inevitable para nosotros es mantener conciencia de lo malo que fue ésta, del daño que nos ha provocado. A eso lo lograremos generando confianza en la democracia; entendiendo que la participación es importante, que respetar al otro, discutir nuestras ideas libremente, respetar a la autoridad legítimamente constituida, son valores dignos de ser amados. Difundir el amor por la democracia es nuestra tarea; nuestro legado. Nuestro nuevo ideal. Propongo, entonces, seguir ocupados en realizar el homenaje más grande a las víctimas de la dictadura, que es buscar la verdad y el juzgamiento a los militares. Pero además, propongo consolidar nuestra república, generando amor por ella; por sus instituciones. Propongo, en fin, que recordemos lo malo que fue la dictadura. Pero sobre todo, que no olvidemos lo bueno que es la democracia.

Santiago Halle Estudiante de abogacía. Auxiliar alumno en cátedra “Gobierno y Administración Publica”, F.C.JyS. Universidad Nacional del Litoral. Militante del Movimiento Peronista “26 de julio”

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“EL PROBLEMA”, Silvio Rodríguez, álbum “Rodríguez”, 1994.


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¿Qué hacer? A quienes nacimos después del '83 no nos resulta tan fácil explicar qué significa cumplir 30 años de democracia. La razón es evidente: nunca vivimos bajo otro régimen de gobierno en Argentina. Es más, a muchos nos cuesta imaginar cómo sería vivir sin democracia. Paradójicamente, creo que esta concepción de la vida democrática que tenemos muchos jóvenes es la prueba más contundente de la profunda transformación cultural que operó en Argentina durante los últimos 30 años. De aquella sociedad acostumbrada al autoritarismo y a los golpes militares a una que no concibe una forma de gobierno que no sea democrática. De las escuelas que enseñaban sobre una democracia que no existía fuera de las aulas, donde gobernaba una Junta Militar y el Congreso permanecía cerrado, a las escuelas de los cuartos oscuros, las urnas y los votos. Nosotros nos educamos en estas escuelas. Es inevitable pensar en un nombre cuando miramos todo el camino recorrido: Raúl Alfonsín. El caudillo de Chascomús tuvo el gran mérito de haber convencido a aquella sociedad de que el único camino era le democracia. Y tan profundo fue el cambio, que hoy es difícil encontrar a un argentino que piense que existe otra alternativa válida. Es que el mismo ejercicio de la democracia genera una cultura democrática, cultiva valores democráticos. Cada vez hay menos lugar a la intolerancia en nuestra sociedad, que es más abierta y dispuesta a respetar el derecho de cada uno a elegir cómo vivir y a la diversidad sexual, cultural y religiosa. Pero si bien vivir en democracia ha ido generando modificaciones en los valores de la sociedad que invitan a ser optimistas de cara al futuro, hay una cuenta pendiente que sigue sin solución a la vista: generar un sistema de partidos competitivo. Desde la ley Sáenz Peña hasta 1983, la Casa Rosada no vio un solo cambio de partido de gobierno sin que medie un golpe militar. A partir del 1983 cambió la situación, de hecho Alfonsín ostenta el trofeo de haber sido el primer presidente constitucional en ceder el bastón de mando a un presidente elegido por el voto popular. Pero lejos de consolidarse una sana alternancia política, cada cambio de gobierno culminó con una crisis institucional: la hiperinflación, la crisis de 2001 y la salida anticipada de Duhalde. Mención aparte merece la transición de Menem a De la Rúa, ya que es el único cambio de partido de gobierno en el que no intervino una crisis de gobernabilidad, aunque estuvo marcada por la caída de la imagen pública del menemismo y la restricción constitucional a la re-reelección. Desde 2003 a esta parte la gran novedad es un periodo de 10 años de estabilidad institucional y económica, con un partido de gobierno fuerte sin una alternativa seria con vocación de poder como contraparte. Pensar en construir una “propuesta superadora” para llegar al gobierno va contra nuestra propia experiencia histórica: nunca un partido de la oposición ganó por tener una mejor propuesta que el partido de gobierno, sino que ganaron cuando al gobierno le fue mal y perdió prestigio ante la sociedad. Podríamos concluir que los argentinos nunca votamos un cambio, salvo cuando la imagen del gobierno ya estaba muy deteriorada.


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Frente a estos antecedentes, ¿qué tiene que hacer la oposición?. Conscientes o no de nuestra experiencia histórica, muchos opositores actúan como si no fuera su función construir una propuesta superadora y un proyecto con vocación de poder, sino esperar que al gobierno le vaya mal para que les toque el turno de gobernar. Viendo nuestro pasado reciente, hasta parece la opción más razonable. Si a eso sumamos que no pocos consultores políticos repiten cada vez con mayor frecuencia que “con propuestas no se ganan elecciones” y hablan de que son más importantes “las imágenes y los sentimientos” que el mensaje en la comunicación proselitista, no puede sorprendernos que muchos opositores se parezcan más celebrities o a comentaristas políticos, que hombres y mujeres que buscan disputar el poder para transformar la realidad argentina. Curiosamente, esa visión de que el contenido y las propuestas son secundarios para la praxis política resulta letal a la hora de construir una alternativa real de poder. Y en el fondo, se trata de un error de diagnóstico sobre la gravedad de la situación en la que se encuentra nuestro sistema de partidos. Hoy el desafío no es “inventar” un candidato, posicionarlo, construir una relación con los votantes que permita ganar las elecciones. Eso puede funcionar bien para elecciones legislativas, o para disputar la sucesión de un gobierno en decadencia. Pero no para resolver la falla sistémica que acosa a la oposición argentina: no hay doctrinas ni propuestas, se da poca importancia a la formación de cuadros y no se trabaja en forma sistemática y sostenida para generar un verdadero proyecto de país y una visión compartida con la sociedad. Sin la generación de un nuevo movimiento político coherente y consciente de su identidad y su papel en la historia, resulta difícil imaginar que se pueda salir definitivamente de la situación actual. Y esta construcción sólo puede lograrse en torno a un programa concreto, consensuado y coherente, desde lo teórico-conceptual hasta los detalles más cercanos a la práctica. La importancia del contenido no se ve en el corto plazo, en la próxima elección, pero es la única forma de generar una organización que supere al tiempo. Ya vimos como nos fue pensando lo contrario, apostando por lo efímero del acuerdismo y el personalismo de los candidatos. Una de las grandes incógnitas para los próximos años es si la oposición podrá generar finalmente una verdadera alternativa de poder. Más que ganar las elecciones, el verdadero desafío es construir esta nueva fuerza que perdure en el tiempo. Ese es el gran aporte que debe hacer a la Nación para dar un salto cualitativo hacia una democracia madura.

Francisco Uranga Ingeniero Industrial. Miembro de la Fundación para el Desarrollo Entrerriano “Gob. Dr. Raúl L. Uranga”. Movimiento de Integración y Desarrollo.


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Con las ideas bien puestas. (A propósito de los 30 años de democracia en la Argentina). Ya ha pasado el tiempo del fraude en las urnas y de los comicios amañados; la proscripción, el terror, la violencia, el odio. También de fulminante manera se destruyó un Estado grande, obsoleto y bobo, aunque no se lo reemplazara por otro ágil, eficiente y podado en su desmesura. Se privatizó, se reestatizó. Se construyó un nuevo país destruyendo el viejo; luego se lo volvió a construir, una y otra vez. Así hemos ido asentando los cimientos y delineando la arquitectura de nuestra convivencia. Así hemos conquistado lo que generaciones enteras soñaron y les fue negado, o perdieron en el camino. Nuestra transición a la democracia tuvo un contenido épico, y fue la decisión más valiente que una sociedad podía entonces plantearse como desafío. Los argentinos hemos, incluso, ido más allá de otras experiencias cercanas, esclareciendo y juzgando los crímenes de la última dictadura y sosteniendo un “nunca más” que significa un ejemplo para esta y otras latitudes. En 30 años entendimos que no existe un puerto de llegada para la consolidación de la democracia, cuando ésta es precisamente la que permite una constante y permanente redefinición de metas y objetivos, de sueños compartidos y proyectos colectivos. Por eso hay motivos para celebrar estos 30 años de democracia de los argentinos: por la vigencia ininterrumpida y la estabilidad del régimen constitucional; por el ejercicio activo de las libertades y los derechos ciudadanos; por el pluralismo extendido a todas las instituciones representativas del país; por la instalación de la opinión pública como poder social incuestionable; y por el empeño y la convicción con el que, aún en las situaciones más duras, la gente alzó su voz, salió a la calle y se movilizó para defender sus derechos y dignidad. Sin duda no son todas las razones. Cada uno de nosotros encontrará otro para agregar desde su experiencia personal o colectiva; lo importante en ese navegar juntos es la firme convicción de dejar atrás el autoritarismo, la intolerancia, la violencia, la compartimentación de la sociedad, la indisponibilidad para el diálogo y los antagonismos irreductibles. Por el contrario, la invitación al diálogo, los acuerdos, la participación y el compromiso son los valores que deben, y nunca debieron dejar de signar nuestro futuro, nuestra meta, nuestro puerto. El poder a la democracia se la da el pueblo, y juntos los argentinos, con esas ideas bien puestas, emprenderemos el camino a la esperanza y seguiremos siendo dueños de nuestro propio destino.

Alejandro Canepa Abogado. Secretario Legal y Administrativo Municipalidad de Paraná 2007/2011.


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30 años de continuidad democrática en la Argentina. 30 años de continuidad democrática en nuestro país brindan una adecuada excusa para reflexionar sobre el más extenso período de vigencia efectiva del principio de soberanía popular. En efecto, sobre la premisa de la eminente dignidad del ser humano, es el propio individuo -convertido en ciudadano- quien se autogobierna. Tal prolongada continuidad democrática solo reconoce como antecedente el período que va de 1912 a 1930, en que el sector más lúcido de la élite gobernante a través del presidente Sáenz Peña, tras dos décadas de lucha de los radicales y ante el temor de la desnaturalización de la sociedad por la afluencia inmigratoria, la modernización económica y el riesgo de las ideas foráneas de izquierda, estableció el voto secreto, obligatorio y universal haciendo realidad el principio constitucional de gobierno representativo (democrático).1 La hora de la espada truncó aquella experiencia, ante la falta de fe en la democracia de los sectores opuestos al presidente Yrigoyen, quienes ante la constatación que el pueblo votaba mal –la alevosa encrucijada del cuarto oscuro, la llamó Leopoldo Melo- adhirieron unos a las ideas corporativistas autoritarias que campeaban en Europa, y otros se dispusieron a falsear la democracia mediante el recurso al fraude electoral durante la que sería conocida como década infame. Hay que decir que junto al retroceso de las ideas liberales en los sectores conservadores, en el quiebre constitucional de 1930 fue determinante la falta de estructuración nacional de los grupos que antes de la sanción de 1916 habían gobernado el país. En efecto, frente a la Unión Cívica Radical no se irguió otro partido nacional que con su acción opositora equilibrara el escenario político dentro de los marcos institucionales, preparándose para ocupar el gobierno en elecciones presidenciales que resultaran competitivas. 1930 implicó la pérdida de la República, construida lentamente desde 1853 y realizada cabalmente con la conquista del sufragio en 1912. Durante el siguiente medio siglo la Argentina padecería golpes de estado y sus dictaduras, fraude electoral, gobiernos autoritarios surgidos del voto popular, proscripción, acción terrorista de grupos políticos y terrorismo de estado. 1983 pues, más que una recuperación de la democracia, fue en verdad el inicio de un período – ahora lo sabemos- nuevo de la vida Argentina, caracterizado por el compromiso de los actores políticos y sociales en preservar la vigencia de las autoridades surgidas del voto popular.

1 Con criterio anacrónico se refiere que la denominada Ley Sáenz Peña estableció el voto universal masculino. En efecto, recién en 1926 con la sanción de la Ley Nº 11.357 la mujer casada fue emancipada jurídicamente, y en 1947 la mujer lo sería en el pleno político, con el voto femenino.


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Debe decirse que en aquellos años de la transición no resultaba nada claro que el poder militar no interrumpiría nuevamente un gobierno constitucional. En cualquier caso, lo que distingue la transición hecha en la Argentina de la dictadura a la democracia es que aquí no hubo impunidad. En efecto, la Argentina constituye a la fecha el único caso en el mundo en que los dictadores fueron juzgados dentro del marco legal y con respeto de la garantía del debido proceso, y condenados. Pero en el plano social, la sociedad igualitaria que había sido la Argentina no sobrevivió a la última dictadura militar. La democracia del voto coexiste pues con una ruptura social entre incluidos y excluidos. Los años de la democracia no han sino profundizado la sociedad de la desigualdad, en especial desde 1989/90 a la fecha. La holgura fiscal de la última década y la proclamada adhesión a la presencia del Estado no han logrado una acción pública efectiva para sacar de la miseria a amplias franjas de la sociedad. A 30 años de la democracia en Argentina, tenemos pues el enorme desafío de pensar una política que actúe con sentido de justicia y a la vez de responsabilidad, frente a los desafíos de un Estado débil y opaco, que no logra cumplir adecuadamente con sus cometidos, entre los cuales resalto detentar el efectivo monopolio de la fuerza física en el territorio y hacer frente al crimen organizado, en especial el vinculado al tráfico de drogas ilícitas. La Constitución Nacional, con su progresista reforma de 1994, quizás sea una guía adecuada para transitar los próximos tiempos de esta democracia, imperfecta como toda construcción humana, pero perfeccionable.

Ramiro Pereira Abogado. Ex secretario Convención Nacional de la Unión Cívica Radical; miembro del Instituto Moisés Lebensohn.


Dialogo Paranaense 6  

Boletín N° 6 de Diálogo Paranaense Diciembre 2013 30 años de Democracia

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