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Viajes asombrosos de Allegra, Dante, Facundo, Giuliana, Lautaro, Ona, Thiago y Violeta


Poemas


Las hormigas Las hormigas llevan cosas imposibles llevan una montaĂąa un perro con cola llevan una caja llena de juguetes y libros de monstruos y brujas y vampiros y zombis y el tenebroso libro de la muerte llevan una casa llevan el mar lleno de peces y cangrejos un ĂĄrbol multifrutas tropicales llevan la torre eiffel y la torra de pizza llevan un dinosaurio encantador llevan otras hormigas un hipopĂłtamo rosa llevan una almohada, una puerta y un pastel y una heladera llena de dulces y chocolates ÂżAdĂłnde van todas las hormigas? abajo a la tierra como un panal de abejas: el hormiguero.

Por Lautaro Castex y Thiago Campos Cajal


Autorretrato

Tengo pelo de medialuna, ojos de mariposa, nariz de flor, abdomen devorador, pies de boca de ca帽贸n, piernas de escalera, una mano de rastrillo y otra de tiburoncillo, hombros anchos como alas.

Por Facundo Campos Cajal


Mi sombra

Mi sombra es muy extraña tiene la nariz más grande que yo tiene el pelo marrón y más corto y tiene dos puntitos en la cabeza aparece cuando estoy dada vuelta desaparece cuando ando al sol camina por todos lados de noche se transforma en monstruo y se va

Por Allegra Trentalance Macció


La mano del terror Esta mano es un vampiro tomado de esta mano se puede volar.

Por Thiago Campos Cajal


Mi sombra Mi sombra es terrorĂ­fica es un monstruo que aparece cuando yo no estoy tiene forma extraĂąa cuando me doy vuelta desaparece. Por Thiago Campos Cajal


Mi sombra Mi sombra vuela se alimenta de carne nunca tiene frĂ­o cuando duermo mi sombra anda por todas las casas y se mete en la cama de los niĂąos. Por Lautaro Castex


Haiku

El zorro glot贸n disfruta comer y comer pero despu茅s de un tiempo no lo puede hacer y el zorro glot贸n se convierte en un enoj贸n.

Por Facundo Campos Cajal


La mano misteriosa Había una vez una mano que desaparecía a cada rato una vez se comió un chupetín y quedó toda enchastrada la mano da la mano y desaparece la mano se hace invisible.

Por Lautaro Castex


F es la fuerza roja de un volcán en erupción que la lava siguiendo sus caminos forman la furiosa letra de magma.

A es una nube de color neblinoso que tiene forma de punta de flecha lanzada hacia el sol, destinada a hacer el amanecer y atardecer.

C tiene forma de boca de cañón negro cuya bala de muerte y destrucción negra acaba con la vida de quien se cruza con ella en su recorrido de desgracia.

U tiene forma de pozo sin fondo marrón que traga a todos los malvados para después escupirlos hacia fuera con almas purificadas.

N es verde como hierva de naturaleza mágica del bosque y el manto de las montañas que parece vestido verde esmeralda.

D es la forma de la primera sonrisa de un bebe recién nacido. O tiene forma de pelota de juguete que es la felicidad azul de un niño.

Por Facundo Campos Cajal


Cuentos


Andanzas de un chocolate desafortunado

1-Primeros días Voy a contarles mi historia como se debe contar: desde el principio hasta el final, por supuesto. Yo, desde mis inicios, estuve destinado a no ser comido. Me hicieron en una fábrica gris y fea, llena hasta el tope de empleados aburridos. Yo no era uno más de todos los chocolates, yo estaba FALLADO, tenía una barra menos que el resto de los chocolates. Lastimosamente, porque, obviamente cualquiera preferiría un chocolate más grande que uno más chico que los demás. Pero, retomemos: sólo por ese pequeñísimo error me mandaron a un lugar horrible, horroroso y espantoso. Este horroroso lugar era una gran caja llena de chocolates fallados de verdad: algunos demasiado grandes, gigantes, otros muy chiquititos, mucho más que yo, había unos que tenían formas muy raras y, por el olor, había unos podridos. Comparado con ellos yo era bastante normal. Mientras las demás cajas iban a los camiones y de ahí a los kioscos, la mía iba al basurero. Pero, por suerte, el empleado que le tocó a mi caja era nuevo en la empresa y, al revisar mi caja, ¡no notó mi falla y me pasó a una de las cajas que iban a los quioscos! Suelo tener suerte de último momento y solo para que sepan y no sufran, si es que me comen algún día, a los chocolates nos gusta y deseamos ser comidos.


2-En el quiosco Del camión bajaron mi caja junto a otras dos que supongo que eran de caramelos o chupetines, mis temibles rivales. Nos llevaron hasta un kiosco todo pintado de verde, con un toldo rojo, un gran cartel que decía kiosco “El Pepino” y un papel en la puerta, por cierto muy chiquitita, que decía “no cargamos sube”. El kiosquero, petiso y pecoso, nos recibió con una sonrisa y nos ordenó. Ni el kiosquero ni el empleado de la fábrica notó mi falla pero sí los niños. Al principio, no me querían, pero no estaba solo: había otros chocolates, a los que todavía no habían comprado solamente porque no los habían agarrado. Pero yo sabía que en algún momento lo iban a hacer. Ese momento llegó, los compraron a todos menos a mí. Quedé solo al fondo de una cajita de cartón. De vez en cuando me agarraban, sentían algo raro, me miraban, descubrían mi falla y me devolvían a mi cajita. Creí que nunca me iban a comer y, por lo que veía, el kiosquero estaba pensando en tirarme a la basura o comerme. De esta forma pasaron varios días, hasta que una tarde, un niño que salía de la escuela, regordete, con dientes torcidos y bigotes de nesquik, refunfuñando me compró. El niño me desenvolvió y con sus sucios dedos (aunque en ese momento me parecían hermosos) me agarró y me acercó a su boca. Me sentía muy contento por poder ser comido y pensaba con alegría qué me depararía el destino. Estaba muy feliz hasta que el maldito destino me mostró lo que quería para mí: el niño regordete con sus mugrosas y resbalosas manos me dejó caer en el piso frío, me miró con tristeza y se fue pataleando y pegando grititos. Allí fue donde empezó mi gran aventura.


3- Amigos extraños y olorosos

Estaba solo y triste. Mi única oportunidad de que me comieran se había ido… A menos que hubiera alguien tan asqueroso como para agarrar a un pobre chocolate del piso… ¿Existirán chocolates no deseados anónimos?... Tal vez, después de un tiempo, me salgan patitas y me vaya caminando, ¿no? No sabía que pensar. Hasta que un día ella llegó una hermosa chicla (femenino de chicle) mordida que habían tirado a la calle justo al lado mío. -¡Hola! Qué bueno es no estar sola. Desde chiquita me cuentan historias de chicles a los que los tiran a la calle y quedan solos para siempre, después de un tiempo se ponen negros y feos y ahí quedan.- Típica actitud de chicle. Son charlatanes y extrovertidos, siempre me pregunté como harán para hablar tanto y no respirar. -Hola, ¿de dónde venís?- algo tenía que decir. Aunque los chocolates seamos más tímidos no me podía quedar callado. Venía de un quiosquito muy chiquito en el barrio de Colegiales. Había sido masticada por mucho tiempo y después la tiraron. No sé por qué la gente tira los chicles y no los come, encima los tiran a la calle. Su fábrica la había hecho perfecta, no como a mí. La había comido una nena toda vestidita de celeste y después ya no la quiso más. Si a mí me pasa eso de que me mastiquen y me tiren, me muero. No sirve de nada que hagan eso. Pero ella estaba perfecta, tal vez eso esperan para su vida los chicles.


La chicla estuvo conmigo bastante tiempo más, tiempo en el nos hicimos muy amigos. Me explicó que ella quería viajar, seguir moviéndose, no quedarse quieta, al menos por un tiempo más, hasta encontrar un lugar que le guste. Un tiempo después, su sueño se cumplió. Un zapato de humano la pisó y se tuvo que despedir de mí (las golosinas no morimos). Ni siquiera tuve tiempo de ponerme triste por la pérdida de mi amiga porque enseguida y, lamentablemente, llegó un nuevo compañero, que era… un poco… oloroso. Mi nuevo compañero era una caca de perro. -Hola, mi amigo chocolate. ¿Por qué esa cara? -Na…nada -por el olor no podía ni siquiera hablar. Con él también estuve un tiempo pero no me hice muy amigo porque no había comunicación entre nosotros, ya que su olor no me dejaba hablar, como expliqué anteriormente. Además, las moscas lo venían a visitar muy pero muy seguido. Ya estaba harto de esa caca, no lo podía soportar más, me quería ir, pero ya tenemos comprobado por el tiempo que pasó que patitas no me iban a salir. Él me hablaba pero yo no le podía responder y él me creía un antipático. Creía que me iba a pegar o tirárseme encima, no sé cómo, pero me iba a dejar oloroso y asqueroso y menos me iban a querer comer. Yo ya había tenido muchos problemas en mi corta vida de chocolate como para tener que soportar esto. Iba a marcar mi territorio no de la forma que lo hacen los perros porque si no el olor empeoraría, pero sí lo iba a echar. Ahí vivía yo, no él. TENÍA QUE IRSE. Pero algo pasó antes de que yo lo echara.


4- ¿El final de esta historia? De repente, cuando estaba por hablarle por primera vez en mucho tiempo a mi compañero, para echarlo, pasó. Llegó un perro cachorro con la intención de oler y husmear a mi “queridísimo” compañero, pero me vio a mí. Me vio, me olió, me tocó con su pequeño hocico y… ¡ME COMIÓ! Qué felicidad la mía cuando me masticaba,

me saboreaba y me tragaba, eran sensaciones

inolvidables. Cuando terminó conmigo veía todo con otros ojos, ojos de perro. Yo había pasado a formar parte, o algo así, de aquel cachorro, que en realidad era yo. Me enteré de que tenía un dueño y una dueña que vivían conmigo, en una linda casa a sólo unas cuadras de ahí. No me sacaban a pasear, yo paseaba solo. Y también me enteré de algo fantástico. Cuando me dirigía a romperle un zapato a mi dueño me la encontré. En el zapato estaba mi amiga la chicla. Mi vida no podía ser mejor, y el destino, después de todo, había sido generoso conmigo.

Por Ona Hirsch


La hormiga viajera Un día Nicolás tenía hambre y fue a buscar galletitas de chocolate, pero no se dio cuenta de que había una hormiga adentro, haciéndose un festín con la crema. Nicolás se tragó la galletita y la hormiga le empezó a hacer cosquillas en la panza. Nicolás se mataba de risa y la familia no sabía por qué. Los hermanos se dieron cuenta y pensaron la manera de sacarla. Por suerte pensaron en los instrumentos que les habían regalado y empezaron a tocar la murga del hormiguero. La hormiga empezó a bailar sin parar y siguió la música hasta salir otra vez. Como no había sido su culpa y había bailado muy bien, la dejaron ir, aunque estaba un poco mareada. Por suerte se puso bien, se fue caminando hasta Nueva York y con el tiempo se hizo famosa por bailar tan bien. Hasta llegó a tener el premio Óscar porque fue la única hormiga del mundo que bailó tan bien y la única que se metió en la boca de Nicolás.

Por Violeta Santarcángelo


El avión hace los dibujos

El avión va despegando. Cuando bajó el avión, la mala (dama negra) su bebé se cayó y mientras dejó unas huellas el avión se volvió malo y dejaba el color naranja. La mamá agarró al bebé y le dijo: “Baby, qué bueno ir en globo flotando”. Se fueron en globo siguiendo las huellas del avión malo. Mientras tanto, uno se comía el corazón del ave sacándole las tripas. El ave se volvió loca. Empezó a gritar y salió un pequeñito de su boca y empezó a gritar: “Por fin, tengo un bebé”. Y entonces vino un fantasma que se llevó todo y después vino una niebla roja a la ciudad y el avión fue lo más rápido que pudo a la ciudad para salvar al universo porque algo naranja se acercaba a la ciudad: era el monstruo naranja que iba dejando sus huellas y el avión se cayó y se oxidó con todo el planeta y se fue al cielo y dijo “chau, lindo mundo”. Fue con Dios y se volvió rosa. Una mariposa negra fue a avisar que el avión murió y dejó un rastro rosa y una carita feliz por el camino. Entonces el avión fue a pasear por el cielo dejando un rastro amarillo con un corazón que dijo: “Soy feliz en el cielo” y también dijo la mala que lo iba a buscar en un cohete subterráneo pintado de celeste porque no consiguió ninguno negro. Al hijo de la dama negra se le cayó un diente. Al diente le salieron alas y se fue volando a buscar el avión.

Por Allegra Trentalance Macció


¿Quién es bueno: Dios o el Diablo?

Había una vez un ángel que cayó del cielo. Se llamaba Satanás. Fue echado del paraíso porque había roto la regla número uno: preguntarle a Dios por qué era Dios. Satanás era un ángel joven porque tenía 2.500 años. Sus padres eran consejeros de dios y tenían un alto poder en la sociedad del paraíso. Por eso Satanás iba al mejor colegio, donde enseñaba Dios. Satanás era bueno porque cumplía con sus deberes pero tenía mucha curiosidad: quería saber todo. Fue entonces cuando hizo la pregunta prohibida y cayó. Cuando cayó se rompió un ala. Cayó en una casa donde había un bebé recién nacido. El padre del bebé era un obrero y la mamá una tejedora. Al principio se asustaron mucho y lo tocaban con ramas para ver si estaba vivo porque estaba desmayado. Empezaron a darle comida y descubrieron que le gustaban el pan y el vino. Después de unos meses el ángel empezó a hacerse amigo de la familia y hasta lo consideraban un hermano. Un día apareció una anciana sabia y le dijo al ángel: “Si sigues estando con esa familia lo vas a lamentar”. El ángel no le hizo caso porque sabía que era un engaño de Dios. Empezó a contarle a la familia la historia del mundo, sus secretos y del paraíso. El padre le enseñó al ángel cómo construir edificios y la madre le enseñó a tejer. Él estaba muy contento con esa familia, más que en el cielo. Incluso se hizo amigo del nene, que ya tenía ocho años en ese entonces. La


pasaron muy bien. El niño le enseñó que existía la plata, el televisor (la primera vez se quedó todo el día enfrente de la televisión) y la computadora con internet que se parecía a algo que tenían en el cielo pero no tan bueno. Todos esos años el ángel se fue recuperando del ala rota. Dios se enfadó mucho porque le contó todo a la familia, por preferir la tierra al cielo y por no creerle a la señora sabia. Entonces mandó a sus hermanos ángeles a matar a la familia porque sabían todo y porque lo hicieron cambiar de opinión a Satanás. A la noche, cuando escuchó un ruido, se despertó y vio toda la familia muerta y una carta que decía: “Esto es por querer más a los inferiores que a tus hermanos”. Satanás se enojó tanto que quedó todo rojo y se le salieron las alas que tanto estaba esperando que se curen. Se quedó una semana frente a la familia muerta pensando y pensando. Entonces descubrió por qué Dios era Dios: porque era más poderoso y porque él era el mejor en el engaño. Él había engañado a todos sus hermanos y a los humanos que habían creído en él. Entonces decidió que tenía que despertar a las personas que en realidad estaban yendo por un mal camino. Creó un mundo con sus poderes. Tardó unos 200 años en construir el mundo donde podían ser todos aceptados: desde los muertos hasta los exiliados del paraíso. A ellos les decía que iban en un mal camino y les ofrecía entonces ir al infierno, pero las personas se iban al paraíso porque pensaban que Dios era supremo. Pero un día una persona adulta llego hasta Satanás. El hombre se quedó pensando: ¿Por qué Dios es Dios? Y decidió que se quedaría en el infierno. ¿Quién es buenos: Dios o el Diablo? Lo vas a decidir cuando mueras.

Por Dante Castelao


El secreto de los brujos

Me llamo Camila. Mi mejor amiga es Valeria desde que tenemos dos años. Vamos al mismo colegio y cada una sabe los secretos de la otra. Hasta los más íntimos. Sabíamos cada pequeño detalle de la vida de la otra. Antes yo tenía un perro llamado Spike que fue atropellado por un auto. Valeria me hizo sentirme mejor y desde entonces siempre estamos juntas. Un día, estaba en el colegio y me encontraba triste. Permanecí sentada en un rincón para esperar a que Valeria viniera, pero nunca llegó. Preocupada por ella, salí en su búsqueda, pero no la encontré. Sorprendentemente, llegó al aula luego del recreo largo y le pregunté dónde había estado. Se negó a decirme e insistí hasta que me sorprendió con una respuesta increíble: “Si te dijera, no me creerías”. Luego me dio la espalda y se fue. Permanecí callada y no lo platiqué con nadie. Después de ese día, Valeria ya no estaba más conmigo ni en los recreos, ni en el aula, ni en ninguna parte. Había perdido a mi amiga. Me volví muy solitaria. Un día, decidida a pedir respuestas, la seguí hasta una parte del colegio donde nadie podía pasar. La observé a la distancia como una espía, hablando con un grupo de chicos que, en realidad, no eran para nada desconocidos. De hecho, los conocía perfectamente. Eran todos compañeros de curso: Carla, Tomás, Josefina, Kiara y Belén. Belén hablaba sobre algo que había visto en el piso de arriba del colegio. Kiara se fijó en mí sorprendida y luego me señaló. ―¿Camila? ―dijo Valeria confundida. Había algo raro en sus ojos, eran sobrenaturales. Tenían un brillo extraño. Salí corriendo asustada, me asustaba Valeria, me asustaba dónde estaban y me asustaba pensar en lo que podrían estar haciendo.


Llegando a mi casa, me encontré con Maira, mi vecina, que me invitó a su casa a merendar. Seguramente notó mi miedo. Mientras tomaba una chocolatada con galletitas, le conté lo que había pasado y me miró aterrada. Dijo que tal vez Valeria y sus compañeros era brujos. Yo me reí al escucharlo, pero hablaba en serio. Entonces me fui a mi casa a pensar con más claridad. Al día siguiente, en el recreo, le exigí a Valeria que me dijera lo que estaba haciendo el día anterior. ―Te lo diré, pero no debes decírselo a nadie ―yo asentí― Somos brujos, nos comunicamos con espíritus del más allá y les rogamos que no les hagan daño a los alumnos. Hay fantasmas en el colegio. No podía creerlo, era por eso que no se juntaba conmigo a jugar en el recreo. Debía hacer algo más importante. Pero lo que más me asustaba, era que Maira tuviera razón. ―Ok ―dijo Belén cuando se acercaba a mí junto con los otros brujos ―ahora que sabes el secreto, tendrás que convertirte en una de nosotros. Me sujetaron e intenté escapar, pero no pude. Mientras me llevaban a su escondite, yo tenía una sola pregunta: ¿Podían darme magia? No lo creía, la magia se tiene o no se tiene. Cuando me llevaron a su escondite, me di cuenta de que era un pasadizo secreto debajo del baño del gimnasio. Entramos por una compuerta en el techo. Estaba oscuro y no pude alcanzar a ver nada. ―No pueden darme magia ―dije. ―Pero tú ya la tienes ―dijo Valeria. Me sorprendí con su respuesta. ¿Cómo podría tener magia todo este tiempo y ni siquiera notarlo? ―Necesitamos un brujo más ―dijo Josefina― Si no, no convenceremos a los fantasmas. ―Además ―interrumpió Carla― no podemos dejarte pasear por ahí sabiendo nuestro secreto si no eres uno de los nuestros.


Si no aceptaba, los fantasmas atacarían a todos. Así que acepté de mala gana. Luego, hicimos un ritual. Nos comunicamos con los fantasmas pero de repente una nube de humo salió de los objetos que habíamos puesto en el centro de la mesa para realizar el ritual. Entonces, la nube formó figuras terroríficas y poco después se desvaneció. Según Tomás, significaba que los fantasmas se habían cansado de esperar y de ser sobornados por los humanos. Así que salimos de un escondite y entramos a un lugar aún más secreto. Subimos las escaleras tras la puerta del pasillo de la secundaria donde quedaba una habitación sucia y oscura. En el centro había unos cadáveres en descomposición, tirados por el suelo. Tomás, el más callado pero poderoso de los brujos, recitó un encantamiento y los cuerpos se hicieron polvo. ―¿Ya todo terminó? ―pregunté. ―Por supuesto ―respondió Vale. ―Pero, si ya sabían cómo deshacerse de los fantasmas, ¿Por qué no lo hicieron antes? ― Porque hicimos un trato con ellos: no lastimarían a los alumnos y los alimentaríamos con nuestra magia. A cambio, nosotros no los lastimaríamos a ellos ―dijo Kiara. ― ¡Pero esa no era la única parte del trato! ―interrumpió Josefina. ―¿Y cuál era la otra parte? ―pregunté. Tomás respondió esta vez: ―Que harían nuestra tarea de Matemática.

Por Giuliana Aprea


El grito de Martín

Los chicos de quinto grado estaban en gimnasia, era la última hora del viernes y, por supuesto, gritaban como locos. Quince minutos después sonó el timbre, era hora de que los chicos volvieran a sus respectivas casas. Luego de eso, la escuela se vacío casi por completo. Sólo había algo en el patio, ese algo era un grito. Algún chico dejó su grito olvidado. En el gran silencio de la escuela el grito solo, triste y asustado, se escondió en un oscuro rincón. Mientras tanto, en una casa del barrio, Martín jugaba a la pelota con su perro Chispita. Emocionadísimo, Martín dió un patadón y la pelota salió del jardín. Chispita corrió detrás, como buen perro que es. Entonces Martín intentó gritar: “¡Chispita, vení!”. Pero el grito no salió de su boca. Al no poder gritar, Martín salió disparado persiguiendo a Chispita. Al llegar a la siguiente cuadra, apenas vio su colita con esa mancha marrón y bonita doblando la esquina, corrió sin poder alcanzarlo hasta que Chispita desapareció dentro de la inmensa escuela. Martín entró al patio de la escuela y vio a Chispita corriendo por una verja muyyy finita ¡se estaba por caer! Aterrado, Martín corrió, corrió y corrió, pero Chispita ya se estaba cayendo y él no iba llegar a atajarlo. Si a Chispita la pasaba algo, Martín se MORÍA. Lo tenía desde que era cachorrito, y la manchita de su cola era apenas un puntito. En realidad, Chispita mismo era, casi, un puntito.


Martín intentó correr más rápido, sólo logró apurar un poco su corrida. Chispita estaba por tocar el suelo y, probablemente, con su frágil cuerpo de perro, quebrarse varios huesos. Martín estaba por llegar. Ya lo iba a agarrar… ¡PUF! De repente se tropezó y cayó al piso. Por suerte Chispita le cayó encima y no se lastimó, por lo tanto enseguida se paró y empezó a corretear con su pelota en la boca. Martín también se paró y se fue a ver con qué se había tropezado y ahí fue cuando lo vio. Su grito se aferraba a su pierna. Martín lo agarró y lo subió hasta su boca: él entró rápidamente. Como ya era hora de merendar, Chispita, el gritó. La pelota y Martín, con un chichón y unos cuantos moretones, volvieron a su casa felices de haberse encontrado, el uno al otro. Por Ona Hirsch


El juego del azar

El equipo del diamante verde salió a buscar al brujo que amenazaba al reino. Se guiaron por un mapa que estaba escrito en una lengua antigua que sólo Amanda la centaura conocía. De pronto, se encontraron en el camino una flores bellísimas. Como parecían muy sabrosas las comieron: no sabían que eran somníferas. La centaura Amanda como era muy ruidosa y no había comido, despertó a sus compañeros a los gritos. Siguieron andando, guiados por su líder: la elfa Armonía, hasta que encontraron un hada muy enferma. Amanda usó sus poderes de médica para curarla. Por eso el hada le regaló una poción mágica y la hizo en una de las suyas: la centaura se transformó en el hada Amanda. Después siguieron andando. Como Armónica era muy ingeniosa, construyó una máquina para atrapar al brujo. El plan era que el hada tenía que distraer al mago mientras Armónica lo atrapaba. Pero el mago las descubrió. Entonces, ellas comenzaron a tirarle tomates en a boca para hacerlo vomitar. Así fue que lo atraparon.

Amanda Recalde, Allegra Trentalance Macció y Thiago Campos Cajal


El tiburón y las galletitas

Un día de lluvia me despertó el reloj. Era el jardinero. Abrí los ojos y me asombré al ver a un tiburón que salía de una carpa azul, muy grande. El jardinero gritaba: ―¡No me pises las flores! ¡Animalote! ¿Qué te dije? Entonces, aunque tenía miedo, salí y le dije: ―¿Querés una galletita? ―Sí ―dijo el tiburón― Tengo mucho hambre, gracias. Entonces le traje unas galletitas de chocolate en una bandeja y le dije: ―No molestes más al jardinero. Si no, no te doy galletitas. El tiburón aceptó. Lo acompañé hasta el mar y nos despedimos con un abrazo. ¡Pobre de mí! ¡Quedé toda mojada! Pero eso me sirvió para acordarme de mi amigo tiburón y todavía me sigo acordando de él y sus galletitas.

Por Violeta Santarcángelo


Vida de perro

Había una vez una familia que estaba formada por un padre, una madre, un niño de ocho años y un perro. El niño y el perro estaban jugando en un parque hasta que el perro empezó a perseguir a una mariposa. El niño lo llamó, pero el perro no le hizo caso. Se quedó todo un día en su pieza llorando, llorando y llorando. Después de dos años era su cumpleaños y había un montón de personas llorando. Al principio, todos abrazaron al niño pero le sorprendió que no estuviera su papá. Entonces al día siguiente fueron a una casa donde ahí vio un cajón que decía el nombre del padre. Entonces descubrió que su papá estaba muerto. Después de eso, su vida no fue lo mismo: no hacía amigos, estaba solo y triste. Le compraron otros perros para hacerlo más feliz pero no funcionó. Siete años después, cuando el chico tenía 17 años, le agarró cáncer a la mamá. Estuvo un año en el hospital y la mamá murió. Estuvo solo con ella unos días y el doctor dijo que se tenía que ir y se fue. Entonces lo único que le quedó fue el perro. Lo buscó por todos lados y lo encontró. Estaba tan feliz que lo llamó a ver si era él. Volteó la cabeza y fue hacia él. Entonces cruzó la vereda y un auto que pasaba lo atropelló. Se quedó mirando al perro. Después se fue a la terraza de un edificio alto, se tiró y se murió.

Por Dante Castelao


Un problema muy grave

El mío era un problema muy grave, gravísimo: lo que pasa es que soy sonámbulo. Si fuera un sonámbulo cualquiera no me importaría, pero yo dormido deshago lo que hice en el día y eso es MUY GRAVE. Es un desperdicio de mi tiempo, lo que hago cuando despierto ya no está. El otro día, por ejemplo, le enseñé a mi gato Tito a maullar. Le salió perfecto. Al día siguiente, hablaba. No maullaba más. ¿Se dan cuenta de lo grave que es? Al principio no sabía qué pasaba y pensaba que me hacían una broma. Hasta que un día, mi gato Tito me contó que en todo caso la broma me la hacía yo. El muy buchón también le dijo a todos en el barrio y éstos a sus amigos, hasta que se enteró de mi sonambulismo el pueblo entero. Para los del pueblo esto se consideraba una enfermedad. Todos se burlaban: los ángeles, duendes, elfos, hadas, sirenas, todos. Yo era un raro, un anormal. Eran muy malos conmigo, y yo estaba muy enojado con ellos. Pero lo iba a solucionar. Iba a usar mi defecto a mi favor. Pretendía hacer cosas malas en el día, sin que la gente supiera que era yo, y por la noche lo arreglaría y ahí se darían cuenta de que yo había sido su “héroe”. Habría fuegos artificiales, me levantarían entre todos mientras gritaban mi nombre enloquecidos y aplaudían. Después me haría rico y ganaría un premio Novel y sería famosísimo. Una sonrisa se me dibujó en la cara. -¡Soy un genio! –dije muy feliz. Apenas desperté a la mañana siguiente, habiendo deshecho mi tejido, devuelto la cama de auto-tendido que había comprado y sacado las semillas que


planté, puse en marcha mi plan. Me dirigí a la plaza con una máscara y vestido completamente de negro. Todo en esa noche era puro silencio, paz y tranquilidad. Cuando nadie me veía, saqué la gran estatua que había en el centro de la plaza y que significaba todo para el pueblo, y la escondí en un estrecho y oscuro pasadizo lleno de enredaderas y con mucho musgo verde y pegajoso. Un asco. Por supuesto a la noche volví a ponerla en su lugar. Un hada vieja que pasaba me vio y me convertí en el héroe del pueblo. Se olvidaron de mi defecto. El problema fue que un tiempo después también olvidaron mi gran hazaña. Tuve que volver a hacer uno de mis “paseítos”. No salió como esperaba. La misma hada que dijo que yo había devuelto la estatua, esta vez me vio secuestrando a ese pez que adivina el futuro, que siempre está en su grande y bonita casa, al cual yo siempre le tuve celos porque lo querían mucho y todo eso. Obviemos que esa hada metida le fue a decir a todos, y me fueron a buscar furiosos, enojados, furibundos. Tenía mucho miedo, algo me querían hacer. Tal vez convertirme en chancho. Entonces ocurrió que simplemente desaparecí. Me fui sólo porque lo deseé e instantáneamente aparecí en otro lado. Bueno, así es la magia: im-pre-de-cible. En el pueblo al que llegué soy mucho más feliz y nadie sabe de mi problema. Al único que extraño es a mi gato Tito.

Por Ona Hirsch


La monstrua Julieta

Julieta tiene cinco años y un secreto que no quiere contar. También tiene tres ojos y una mano en la cabeza. En esa mano lleva su tercer ojo. Como es muy coqueta se los pinta. Un día se estaba pintando cuando de repente le explotó el maquillaje: su hermana más chica, Pupi, le había puesto una trampa explosiva. A Julieta le quedó el pelo rosa y la nariz azul. Justo cuando el maquillaje explotaba, Pupi entraba con la hermana mayor, Mumi. Ellas también quedaron pintadas de azul y con los ojos verdes. Mumi, como Julieta, tiene un ojo en la cabeza, pero es un ojo elegante porque lleva las pestañas pintadas. Mumi además tiene superorejas, en cambio Julieta y Pupi las tiene más chiquitas.

Cuando los padres se enteraron le gritaron: “!Julieta¡”

Julieta conoció a su mejor amiga, la monstrua Yamín, en primer grado. Yamín le preguntó a Julieta si quería jugar con ella y se prometieron ser amigas por siempre. Prometieron vengar a sus papás del queso que quiso matarlos. Ellas se comieron al queso y a todos los quesos malignos de su ejército.

Por Allegra Trentalance Macció


Viajes Asombrosos es una aventura del Club de Cuentos de Siempre de Viaje

Coordinaci贸n: Cecilia Maugeri y Nicol谩s Pazos Asistencia: Paula Maugeri Direcci贸n General: Karina Macci贸 Visitanos en: siempredeviaje.com.ar siempredeviajepoesia.blogspot.com.ar Seguinos en: @siemprede_viaje facebook.com/siempredeviajeliteratura


Librito julio 2013