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Edimburgo

BURGO, CIUDADES. Ana Martínez Castillo Ya el comienzo del itinerario es prometedor. Al principio de la Royal Mile encontramos el Palacio de Holyrood, que fue fundado en el 1128 por David I y que desde el siglo XV ha sido la sede de los reyes y reinas de Escocia. Es de suponer que, con tantos años en pie, alguna vez haya sucedido una desgracia. La leyenda cuenta que María Estuardo, Reina de Escocia, mantenía un estrecho trato con el italiano David Rizzio, su secretario personal. Esta relación llenó de celos a su marido, Enrique Estuardo, que no terminaba de aprobar su amistad por considerarla sospechosa. El rey conspiró, espió e investigó una posible puesta de cuernos y, finalmente, una noche del año 1566, reunió a sus acólitos y fue a darle una brutal paliza al secretario de la reina. El italiano murió, por supuesto, y la estancia quedó llena de sangre. El rey la mandó limpiar, pero como si nada. La sangre reaparecía una y otra vez como recordatorio del infame asesinato. Sin embargo, un charco de sangre resistente al jabón es poca cosa si no va acompañado de espectros y visiones. Así, dice la leyenda, Enrique Estuardo sufrió un año más tarde una conspiración en su contra y fue asesinado a su vez por el conde de Bothwell, amante de la reina. Desde entonces, su alma vaga por las estancias del palacio y son muchos los que afirman haber visto sombras,

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objetos que se mueven y la sensación de una presencia que no termina de alejarse.

Mucho más llamativos son los fantasmas que habitan el Castillo de Edimburgo. En el extremo final de la Royal Mile se alza desde el siglo XII la fortaleza medieval que, además de guardar la Piedra del Destino y unos cañones que disparan cada hora para regocijo del turisteo, cuenta con multitud de almas en pena. Es lo mínimo que se le puede pedir a un castillo en condiciones. Uno de los más célebres es el tamborilero fantasma.

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