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Desvío ico cósm Nº 20 Año III 19 de Enero 2011


BIEN

COMIDA BIEN

COJIDA BIEN DORMIDA eso es hacer la

REVOLUCION

Romina Garshabene Gobernadora

Mendoza 2011

20 Nº í Desv o ico sm c ó www.desviocosmico.ar.tc fanzine

Año III 19 de Enero 2011


“Maldita hora 19”

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Por Marmat Padilla

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sa es la hora. Exactamente las siete de la tarde de cualquier día de otoño-invierno. La precisa hora/sensación donde se te puede caer un edificio de veinte pisos a tus espaldas o un elefante que, de viejo, justo capitula sobre tu cuerpo. Es que no hay otra, porque a las siete de la tarde mueren todos los elefantes del mundo sobre tus espaldas. ¿Quién habrá inventado la hora 19, los Onas o los Vikingos? ¿Será acaso una maldición noruega o patagónica? Habría que hurguetear los odios de Odín en la mitología escandinava o las maldades de Cenuke en las deidades de los ancestros de la Tierra del Fuego. Tal vez ellos nos hayan dejado ese intersticio, ese celaje de las siete de la tarde como castigo. A esa hora los circos de las poblaciones se desmontan por los vientos huracanados y vuelan sus animales toscos por los aires, cruzándose con briosos jinetes en las nubes que van al corral de la desesperanza, que precisamente se ubica en una faja celeste donde van a parar todas las angustias paisanas. Es, la hora 19, la hora de las horas, la proterva hora 19. Cuando se te afloja el pecho a segundos de la asfixia, se encorva acentuadamente tu espalda, y tu cabeza hace fuerza por caer en seco sobre el moblaje dispuesto para sorber sangre espumosa. Hora del suicidio de los pájaros más bellos del monte y de las mariposas que subsisten solo un día, pero es en ese instante cuando mueren, implacablemente. Es como un mazazo en la nuca mientras te rascas, distraído, la panza; o un martillazo al televisor que vuela en mil pedazos cuando te predisponías a ver un programa, suspendiendo tu calma. Justo a la hora 19, los niños que nacen morirán jóvenes, dormitando una siesta eterna, abrazados a sus juguetes rotos. A las siete de la tarde se camina lánguido, con ganas de derrumbarse sobre el piso y reptar, aullar y nunca jamás pedir asistencia. La hora 19 es dejarse, abandonarse, liquidarse, tirarse a muerto en medio de la calle principal de la ciudad o pueblo donde vives. Quedarse congelado frente al espejo con la afeitadora enterrada en una mejilla, mientras gotea y gotea la cara, como un fetiche desatendido. Se te acaban las certezas a las siete de la tarde, las creencias, y dudás hasta de tu propio mote. Y podes estar con cinco amigos tomando un café, o en medio de un Congreso de oftalmología, o simplemente viajando en Trole de punta a punta por la ciudad, que todo, pero todo dará igual. Es la hora donde certificarás que la felicidad ha perdido el sentido, que no existe ni existirá jamás, porque a las siete de la tarde no hay nada de nada que ausculte el espesor de la jornada; nada tampoco podrás escuchar, no hay música que supere el atronador silencio espectral. Es un instante que apabulla y rebalsa de desazón el aire que respiras. Efluvios de la hora 19.

Espejo 65 7º “G” Mendoza 4297157 156163239 ESPEJO 724 CIUDAD

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Abogado Laboralista alexisbar@speedy.com.ar


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“Bien comida, bien cojida y bien dormida...”

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Romina Garshabene Concepto # Debería existir una legislación que lo contemple, una ley fundamental que lo avale, un instrumento jurídico que sirva de garantía para el ejercicio erótico de la política. La práctica política se erotizó, pero eso no quiere decir que se volvió frívola, ni mucho menos vulgar. Simplemente sucede que las prácticas burguesas ahora de golpe se desnudan y de ellas emerge sin temor y sin vergüenza la pura pulpa de las vulvas erizadas de valor, a veces en contra, pero muchas otras junto a las vergas erguidas de poder de la dirigencia. Y no es tampoco que las reglas del patriarcado se hayan desvanecido, o que los polos opuestos de la contradicción reaccionaria hayan reventado de tanto odio por sus instintos. No, lo que pasa es que la piel ahora está despierta, abierta, predispuesta y entregada a la práctica sexual de la política. Los dirigentes, hombres y mujeres que no cojen como dios manda, no pueden dirigir el destino de millones de hombres y mujeres, que mal o bien, cojen a diario. No sé si existen estudios estadísticos sobre las prácticas sexuales de los habitantes de este país, pero debería ser crucial para la elección de los representantes tener un conocimiento exhaustivo de los niveles de erotismo de la población. Chiste # “El encuestador es novato y algo despistado, por eso en vez de marcar con una x el casillero que corresponde a la opción masculino, le pregunta al entrevistado: ¿sexo?, quien, ni lerdo ni perezoso, responde con toda picardía: mucho” Los chistes esconden entre sus nebulosos significados casi siembre un deseo, en este caso el entrevistado quiere que se le cuantifiquen sus deseos, sus fantasías, sus libidinosas intensiones. No es novedad que las grandes consultoras ya evalúen si un candidato es más o menos “apuesto” o “bien parecido” que sus contrincantes, o que los noticieros más triviales jueguen con la noticia de que tal senadora genera cierto revuelo hormonal entre sus colegas en el recinto legislativo. Pero todavía no hay sondeos, ni porcentajes reales que registren el nivel de pulsiones sexuales que provocan los candidatos. Candidatura # “Bien comida, bien cojida y bien dormida, eso es hacer la revolución”. Soy Romina Garshabene y quiero ser la próxima gobernadora de esta provincia. Deseo ser la primera mujer gobernadora de este pueblo de tristes oprimidos, pueblo que ha sufrido largos períodos de dirigentes putañeros y viejas mal cojidas. No prometo nada que no pueda cumplir, tan sólo deseo provocar a diario una revolución hormonal en cada uno de sus hogares: comer, cojer (y acabar con gratitud) y dormir (y soñar lo que quede por vivir).


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“Mil Quinientos”

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Por Francisco Llorente

algo en el auto de mi viejo, se me ocurren ideas de asaltos, prostitutas, drogas y hasta fatales accidentes. O también puedo llenarle el tapizado de leche o meter un perro de pelea que termine devorando los asientos. O unos amigos que preparen una molotov mientras conduzco en dirección al colegio y se les explota en la cara. El freno de mano, mal puesto. Se desbarranca y a la primera piedra del acantilado explota como si fuera una refinería iraquí. Me lo roban. Nos detiene la policía e incauta el auto por transportar encendedores con banderas de Jamaica. Podría tomar al norte y no frenar hasta Alaska, hasta el bondi donde murió tal persona que no recuerdo su nombre. Pero la ruta, el sol afiebrado, el calor del motor, sumado a los efectos del peyote que conseguí en la frontera mexicana, me figuran que soy un coyote al volante, con la lengua afuera, los ojos desorbitados, persiguiendo un avestruz. Sediento, detengo el auto y duermo hasta que se enfríe el motor. Luego abro el capó: con una manguerita chupo agua del radiador. Considero que el óxido y el refrigerante son responsables de la metamorfosis. Ya en Las Vegas entro al casino vistiendo el auto, tirando las fichas al rojo, al negro, con las ruedas delanteras, el eje flexible, los incómodos topes de dirección. No gano. Ni en la ficción me veo acaudalado. Pero me siento Raoul Duke o Benicio del Toro. El caño de escape me ha quedado en la cintura, una mujer me ofrece fumarlo, tiene patente africana. Nos amamos, pero después insiste en que le pague los peajes. No tengo dinero. Me acusa de violador, mi cabeza repasa normas de tránsito mientras ella me enseña el paragolpes descolocado. Sí, todo eso, pienso, mientras llevo el volante con el brazo derecho rígido, dejo el izquierdo colgando por fuera y busco minas de oro con la mirada errante (de allí viene lo de minas: del oro y de que el hombre, para encontrarlo, deba meterse adentro). Y pienso, también, que las mujeres son las primeras causantes de accidentes, no porque manejen mal, sino porque el hombre choca por mirarlas. Es un todo terreno el auto de mi viejo, no por sus condiciones intrínsecas (es un VW 1500), sino por los lugares hacia donde me lleva. Salgo en el auto de mi viejo. Se me ocurre de todo. Hasta ahora pasó una sola cosa: corrí el asiento y acomodé los espejitos. Pero acabo de salir y el futuro es previsible.

Seminario - Taller “Como usurpar espacios públicos y seguir siendo cool” 9, 10 y 11 de Febrero del 2011 Invita: Fundación Gente como UNO El curso está destinado especialmente a gente como uno, aunque sin embargo deja abierta la convocatoria para todo aquel piojo resucitado que quiera integrar el medio pelo de la sociedad mendocina. En la primera jornada los participantes podrán conocer las claves éticas para usurpar grandes extensiones de tierras públicas y convertirlas en barrios privados de alto nivel, viñedos y bodegas modelo, lujosos salones de fiesta, cadenas de hoteles con lagunas privadas, complejo de cabañas de fin de semana, empresas de rafting, etc. En la segunda jornada un especialista en materia económica disertará sobre la “mano invisible” que convierte cerros improductivos en pintorescas parcelas de aire autóctono susceptibles de generar ganancias con el cobro de jugosas expensas. En la tercera jornada los participantes podrán salir a campo y hacer su primera experiencia de usurpación en el piedemonte mendocino de 2.000 a 3.000 m2, experiencia que les servirá de prueba piloto para futuras usurpaciones de enormes dimensiones. Esta última jornada contará con la presencia de los organizadores del seminario, Daniel Villa y su colega José Luis Compota, quiénes humildemente donarán parte de su patrimonio de conocimiento.


“Mente en blanco”

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Por Roberto Potaschner

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Poné la mente en blanco! Me remachaba mi hermano desde la cama de al lado, poniéndole voz a la nocturna mudez del afuera, cada vez que el tiempo de tenerme de la mano para que yo pudiera dormirme excedía el límite de su caridad.

Y yo trataba, juro que trataba pero no sabía cómo… hasta que una noche estando todavía despierto, con los ojos cerrados, pero despierto, y me vino un sueño en el que deliré con una escalera larga, larga hasta mi cabeza y yo subiendo, con un tarro de pintura blanca en una mano y una brocha en la otra, haciendo equilibrio, como podía y cuando por fin llegaba, allá en lo alto de mis pensamientos, empezaba a pintar, a cubrir pincelada tras pincelada en exaltada labor, de blanco silencio todos los ensordecedores grises que inquietaban mis noches, hasta que naturalmente cansado me sumergía en un profundo sueño. Y así noche tras noche fui incorporando este simple ejercicio, que aunque nocturno, se transformó en una imprescindible rutina diaria. Finalmente había encontrado la solución, no sólo para acabar con ese precoz insomnio que me atormentaba, a la postre un resultado insignificante comparado con el indescriptible gozo que significaba haber avanzado un casillero. Debido a que podía dejar a mi hermano atrás, sin armas para sus extorsiones, ya no tendría sentido que me amenazara con que si no tendía su cama y pasaba el lampazo, a la noche no iba a juntar las camas para darme la mano… ahora qué me importaba, Por mí, que se la arregle él, yo me voy a jugar a la pelota, qué se cree… Y así las cosas. Lo que al principio pareció un simple ejercicio para conciliar el sueño, terminó siendo la causa de esto, de esta cosa que soy ahora…. A la par de mi crecimiento, aumentaban en número las inspiraciones de mis desvelos. Tanto, que ocurrió una noche en que gasté toda su oscuridad pintando sin que me alcanzaran el tiempo y la pintura, quedando motivos que apenas si adquirieron un pobre gris clarito. Insuficiente tono para conciliar mi sueño. Entonces me sobrevino un tarro más y por suerte pude, pero luego fue otro… y otro… hasta que, felizmente tomé conciencia de la escasa practicidad que ofrecían los tarros de cuatro, y en insaciable desvarío me dispuse a soñar con un gran balde de veinte, a lo que por supuesto siguió la infeliz sucesión. Llegué al punto de soñarme desnudo recorriendo las pinturerías del país comprando compulsivamente toda la pintura blanca, hasta agotar stock extinguiendo con ello, también el tiempo. Era tarde…, amanecía… Entonces, qué otra salida existía, no me quedó otro sueño que fantasearme señor de las fábricas del mundo. Yo era el amo, y como tal obligué a trabajar sin descanso durante la angustiante eternidad de mi insomnio, a toda la fuerza productiva para la obtención de pura pintura blanca, sólo blanca y pura. Toda la blanca a mi inmediata disposición. A ver: qué decepción, qué despecho, qué rencor, qué desencanto, qué inquina, qué malquerencia podrían ahora atreverse a negarme el sueño sin correr el riesgo de morir en inmaculada asfixia de pintura blanca. Sobredosis dijeron los médicos. Una indeterminada sustancia blanca, revelaron. Como estas blancas paredes de esta blanca habitación de hospital, en la que me encuentro desde hace seis meses tendido boca arriba en una blanca cama de blancas sábanas sin poder quitar la mirada del blanco cielorraso. Sólo un milagro, aventuran… Ah! si tan sólo a alguien se le ocurriera darle un toque de color al techo.


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“Ese monstruo llamado monolìgamo ”

lla, sentada en la falda de él. Él, aparenta un abrazo protector que la sujeta. En medio de continuos besuqueos lenguajozos y pegajosos, masajitos, arrumacos, secretitos que van y vienen, risitas, pucheritos y de vuelta otros besitos... Finalmente esos ruidos invaden la sórdida armonía de una charla de amigas… Las amigas, o sea nosotras, que estamos alrededor de la mesa alternando una conversación apacible, tratamos de disimular el repugnante espectáculo de la efusiva demostración de amor de los tortolitos. Hasta que una exasperada voz femenina, estrepitosa y grave, rompe la escena romántica y toma la iniciativa de darles un grito: “córtenla, ¿por qué no se van a un telo?”. Un par de risas de desahogo se escuchan de fondo, y ellos, indiferentes, aparentan prestar atención por un solo momento al parloteo amistoso de la reunión. Y yo me pregunto: ¡¿qué necesidad tienen de ventilar entre nosotras sus tan patéticas intimidades?! Sinceramente, cuando se tiene más de treinta años esas escenas de romanticismo no están acorde a nuestros “tempos” de tolerancia. Además, ellos hablan con códigos que nadie de nosotras entiende. Es insoportable presenciar tanto amor adolescente tardío, desbordando hormonas fláccidas a los cuatro vientos. Y mientras aguantamos el reflejo de eso que eran y ya no son, porque ahora son otra cosa, una cosa extraña y repulsiva. Han dejado de ser “cada uno” para mutar en un ente monolígamo. Para colmo, alguien tiene la mágica idea de intentar separarlos por un instante de esa atadura implícita, haciéndole una pregunta a ella, algo de su vida, algo tonto. Pero él rápidamente contesta por ella y ella asiente feliz porque él sabe todo sobre ella, hasta sus más íntimas repugnancias. Porque parece que la idea de esta clase de parejas es jugar a ver quién sabe más del otro, bajo la permanente corrección que les recuerde quién era uno y quién debe seguir siendo el otro. En sus mentes sólo rebota esa célebre frase: ¡Somos el uno para el otro! ¡Mi media naranja! ¡Tubby tres y tubby cuatro! Es una especie de código que hace que nosotras, las que presenciamos ese ritual, estemos pintados al agua sosteniendo esa aborrecible mentira. Porque para ellos somos cómplices de su dependencia y revivimos a cada instante esa perversión vincular de este tipo de parejas. Son un monstruo bicéfalo que perpetúa el incesto sui generis de la creación en una misma cosa llamada engañosamente amor, que en realidad es sólo la cárcel de la fantasía y la imaginación. Una verdadera simbiosis en donde el “otro” es un testigo de tu vida que sabe todo de vos, aún lo que no querés decir: “ni el pucho en la oreja de un secreto te va a quedar” sin que el “otro” no lo sepa. Es la transformación de un ghetto miserable que sólo demanda piedad, complicidad y aprobación. Luego, y volviendo a la reunión de amigas, la pareja por fin decide socializar algo con nosotras. Sospechosamente, egoístamente por supuesto, comparten su gran noticia, que es más de lo mismo, esa palpable demostración de placer del monolígamo. “¡¡¡Nos vamos a vivir juntos!!!” ¿Y qué esperaban que dijeran? Ahí tienen la más desgraciada consecuencia del amor: LA CON-VI-VEN-CIA, el mutuo apoyo para dos descalabrados, lisiados emocionales que buscan un bastón, primero en una pareja y después en quién sabe, alguna mascota tal vez (pero qué les voy a hablar de amor, si ustedes ya lo saben) Igualmente, a pesar de la zozobra y el estupor de la tertulia, la amiga buena onda de siempre, intentando salir airosa para salvar la juntada de fin de año, levanta la copa y propone un brindis por la feliz pareja al vivo y desgarrante grito de “¡¡¡Viva Perón carajo!!!” Continùa aquí al lado


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Por Nati Bori Mi vieja amiga del eterno retorno, qué más podías hacer vos, que levantar la copa y brindar por las noches de suburbios milongueros que pronto pasarán al olvido de éstas almas devastadas por la rigidez. Tu legendaria experiencia murmura en mi oído el asedio de las revoluciones viscerales, porque llegará el momento del acostumbramiento, del aburrimiento, de dar el parte diario de todo lo que se hace y se piensa, como el noticiero al mediodía. Después llegará el “no aguanto más” y luego el miedo de estar solo, ese peligro acechante, que desconfía de lo desconocido. Luego el revivir las dudas a cada instante, y poner en la balanza comparaciones falsas. Y sí… como andan lisiados de personalidad propia, buscan otro bastón para apoyarse, y claro…, la verdad es que la mayoría de los competidores para alimentar al monstruo monolígamo son rengos. Porque el objeto de esta mutación es evitar el peligro y dominarlo, controlar todo a cualquier precio. Son capaces de soportar lo fastidiosamente conocido, arrastrando sus cojas debilidades y sus mártires pasiones. Todo con tal de no vivir en el desamparo, en la espontaneidad de amar sin límites, de un amar verdadero unidos por el ímpetu, el frenesí, el arranque de un ideal que se proyecta más allá de la historia, ese vivir en el presente, sin represiones ni códigos moralines. Porque el desamparo te proyecta al infinito, es deseo, es vida. Alguien me dijo al oído, una vez: “Es un manjar delicioso mascar las frías margaritas pálidas de la frustración que deja un amor”. Y en medio de una jungla donde sólo se escuchan los latidos inquietos de las intrigas, ¡Los que estamos reinados por el desamparo, nos extasiamos y conquistamos alegres, a esas nuevas emboscadas tenebrosas para amar en las alturas!

Repostaría Artesanal cine . arte . Alquiler Cabaña 4 p.

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Camino a Vallecitos 8 km

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Año Bipolar Año cierre. Año bisagra. Año muerte. Año renacimiento. Año década. Año dos siglos. Año fútbol. Año política. Año cárcel común. Año bisexual. Año bipolar. 2010. Un año cargado de significados. Bicentenario. San Martín y Belgrano rescatados del bronce maldito y transpolados al nebuloso entramado de la mitología popular. Mundial de Fútbol. Maradona con la barba de dios llora desconsolado en los brazos de Dalma Nerea. Matrimonio igualitario, marchas y contramarchas, la Iglesia de luto sucio, el miedo y el odio en carne viva, mientras el pueblo de púrpura baila en las calles desnudas. Muerte de un líder de ojos virolos, ceremonia y peregrinación, exacerbación de la política y sus derivados. La viuda sexy y un ejército de jóvenes despertados a la Historia. Un tema de los redonditos se convierte en banda sonora de la gestión de Estado. Se murió Massera antes de ser condenado como debiera, una pena que existiera, una pena que no se pudriera en una celda mugrienta, llorando de asco entre sus propias mierdas. Disturbios en el parque, la delicia poco delicada de Duhalde-Macri y su estrategia medio oxidada, pobres contra pobres y la “gente como uno” pidiendo más muerte y desolación. Gendarmería en las calles. Servicio cívico, social y militar obligatorio para los mal entretenidos que no estudian ni trabajan. Viejos podridos regalando su última sonrisa de sarcasmo a los fotógrafos. Pensamiento apéndice ¿a quién se le ocurre bautizar una cárcel provincial con el nombre “Almafuerte”? A propósito: Jorge Rafael Videla preso en cárcel común, nada de poesía, nada de alegría, simplemente un broche fino de la historia, un gesto del fin último y primero de la justicia.


“El Erizo”

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Manuela Gómez Quijano

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oy a hablar de una película que nació con un libro. El Erizo, de la directora francesa Mona Achache, un film que potencia con todas las virtudes y libertades del celuloide la novela de la también francesa Muriel Barbery, ahora traducida en 27 lenguas, una revelación curiosa y sublime del arte de escribir. La historia cuenta cómo en un domicilio burgués, atascado en todas las vanidades de las elites modernas, tres almas se encuentran en lo más complejo de la condición humana, en eso que por ser complejo es simple, nada más. En la belleza del mundo, en el movimiento de la vida, en el ritmo del arte. Detrás del lente de una vieja cámara de video, esta Paloma. Al encender el aparato, comienza su monologo, que será para los espectadores un viaje seguro por el asombro y la reflexión. Ideas profundas traducidas en imágenes en movimiento, todas creadas por la imaginación y la lucidez de una niña que a los once años ya descubrió lo que Camus definió alguna vez como el sentimiento del absurdo. Paloma le ha puesto una cita a la muerte. En su próximo cumpleaños se tomara 38 pastillas para dormir, que previamente y en fina clandestinidad ha robado del cuarto de su madre, adicta a los somníferos y al sicoanálisis en dosis exageradas. Todo esto, con un aviso de precaución: antes de morir debe filmar una película que muestre lo absurda que es su vida y la de los demás, ese es su Everest personal. A esta vida, que es la película de Paloma. Llegan nuevos personajes, mundos, que discretos se asoman entre conversaciones de escaleras y tazas de té. La Señora Michel, portera del edificio, se nos revela como una mujer solitaria y fascinante. Despojada ya, de los arquetipos impuestos por la sociedad burguesa. Así, nos encontramos con una portera amante de los rituales más placenteros como leer en las noches las novelas de Tolstoi, llorar al final de las películas de Ozu, releer tratados filosóficos o tomar el té cada tarde con Manuela su única amiga. Pero es con la llegada de un misterioso inquilino al edificio, que sucede el encuentro. Entonces, las vidas de todos dejan de ser lo que eran antes. Kakuro Ozu (un no tan secreto homenaje al director japonés) llega para completar la armonía entre tres almas comunes, la correspondencia de no saberse más solos en el mundo y de por fin entregarse a la posibilidad del amor. Para aquellos lectores primeros de la novela, esta película será una increíble metamorfosis de los elementos literarios, que ahora fieles a la magia del celuloide revelan a los espectadores paréntesis mágicos; animaciones y dibujos en pantalla, que traducen sublimes la intensa imaginación de Paloma. Entonces, hable de un libro y de una película. Dos historias pues, que siendo la misma se apropian cada una a su manera del arte que las contiene. Con El Erizo dejo la respuesta que solucionó esta joven directora francesa a la pregunta segura de muchos cinéfilos. ¿Cómo traducir un buen libro al universo fílmico?


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“Roberto”

Por Don Còsimo

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oberto está cansado, el año se le ha venido encima como una elefanta en cinta de trillizos. El balance está en veremos, no llega a terminarlo para el 30 ni aunque lo auxilien una docena de secretarias de anteojitos. El balance es una mentira, la realidad de esta oficina vidriada es una fantasía. Roberto quisiera estar en medio de la montaña con las patas metidas en un arroyito helado, pensando en el devenir de la humanidad como si pensara en ir comprar un rodillo de alambres, o mejor dicho, Roberto piensa en el devenir de la humanidad casi todo el tiempo, mientras camina por la calle o asa a la parrilla medio kilo de mollejas, mientras va a comprar doscientos gramos de mortadela, mientras revisa el libro de compras, mientras escribe sus relatos a escondidas de sus compañeros de trabajo, cuando en rigor debería cerrar el balance del año, pero esto último está tan lejos, a millones de años luz de la realidad. Hoy Roberto tenía pensado escribir un cuentito apenas llegara a su oficina, una breve narración que se le ocurrió mientras salía de su casa y su mujer le recordaba el listado de cosas que debía hacer antes de volver, pero su mente quedó en blanco cuando por el camino un Rastrojero rojo que salía de una lateral se le cruzó en el acceso este y casi se lo lleva puesto. Fue tal el julepe, que a Roberto se le borró de la mente la argumentación del relato y los pedidos de su mujer. Hizo el intento pero fue imposible, nada quedaba del relato, ni la mínima idea, ni la palabra inicial, ni el remate gracioso e inesperado que lo había hecho reír solo y a carcajadas minutos antes, justo cuando el viejo del Rastrojero se le cruzó en el acceso. Apenas le quedaban retazos de unas presas de pollo que debía pasar a buscar por la avícola de Guaymalllén, pero no recordaba si estaban pagas o debía pasar antes por el cajero a sacar dinero. Ahora recordaba algo de un regalo para el nieto, pero tampoco sabía bien si eso su mujer se lo había pedido hoy o la semana pasada. me cago en el viejo del Rastrojero y lo puta que las parió las patas de muslo. Ruge Roberto. Otro día más sin escribir un cuento. Otro día más sin agregarle un toque de su genio creativo a la humanidad. Otro día más sin cerrar el balance, aunque esto último esté a millones de años luz de la realidad.

No, no quiero a Cornejo como gobernador

FM SiTEA 99.3 “La voz de los estatales”

A partir de febrero

Miércoles 22 hs

“La gaceta cósmica”


“La casita del árbol”

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Por Don Còsimo

ebió haber sido muy temprano cuando la colgó. Cuando todavía no pasaban autos por el carril. Fue quizás su gran aventura. Incluso llegó a salir en los diarios. No sé a través de quién o cómo la consiguieron, pero hasta habían colocado su foto. Rolando es famoso, exclamó con júbilo uno de nosotros. Rolando era nuestro héroe. La hizo con madera, bien resistente. Era como una gran caja de dos metros de alto por uno de ancho, o algo así. Era su “casita del árbol”. Antes que sucediera aquello de la policía y los bomberos, él había faltado varios días al colegio. A ninguno nos extrañó. Rolando faltaba muy seguido, pero como era el más grande y el más inteligente, enseguida se ponía al día. Algunas veces me copiaba la tarea, pero no me copiaba los resultados, sino sólo las consignas, y en poco rato ya tenía todo completo. Rolando siempre hacía cosas para llamar la atención, como aquella tarde de nieve cuando se fabricó un trineo y se tiró cuesta abajo, varias veces, desde la lomada de las vías del ferrocarril. La nevada había sido copiosa, por eso no éramos muchos en la escuela y como es habitual en días de poca asistencia, nos habían colocado a todos en un aula. Desde ahí se veían las vías y el puente de hierro. En el momento más aburrido y menos esperado de la tarde alguien lo reconoció: ¡es el Rolando! Cuando estuvo seguro de que todos lo estuviéramos mirando, levantó sus dos manos en forma de saludo y se tiró. Al llegar abajo volvió a saludar y vuelta a subir buscando más éxito. Eso antes sólo lo habíamos visto en la televisión. Rolando tenía una imaginación asombrosa y siempre que podía trataba de serle fiel. Una tarde salimos al recreo y nos fuimos al patio de atrás. Como la escuela estaba rodeada de tela de alambre, desde ahí se podía ver el callejón que daba a la casa donde Rolando vivía con su mamá. Fue por eso que lo vimos pasar con una tremenda caja de madera sobre sus hombros, también llevaba cuerdas y una roldana. Al vernos, nos hizo una seña para que no lo delatáramos. Una gran sonrisa se le dibujó apenas nos hizo la señal. No podía evitar congraciarse con su público. De seguro estaba gozando cada instante. En ese momento no entendíamos la trascendencia ni calculábamos lo que significaría aquel suceso. Pero intuíamos que a la víspera los hechos no pasarían desapercibidos. Volvimos corriendo al patio grande de adelante, nos reconocíamos cómplices, quizás tuvimos miedo, pero no dijimos nada. A la mañana siguiente, la caja de madera colgaba de sus cuerdas y su roldana a treinta metros del piso, justo sobre el medio del carril San Martín, en Mayor Drummond, un carril de veloz cause vehicular. Nadie sabe cómo lo hizo, pero había atado su “casita del árbol” en las ramas superiores de dos árboles plátanos que se unían en la punta. Si lo que quería era convocatoria, la había conseguido. Habían cortado la calle, llamado a la policía, los bomberos, los medios. Todo el barrio estaba ahí. Las maestras trataban de controlarnos y explicarnos que aquello no estaba bien, que eso no se hacía. Lo magnífico de la historia fue ver subir al bombero por las ramas del gigante árbol, porque las escaleras del escuadrón de Bomberos de Luján de Cuyo no alcanzaban para llegar hasta la “casita del árbol”. Se temía por la vida de Rolando. Como el chico había desaparecido de todos sus escondites habituales, se suponía que debía estar allá arriba, muerto de miedo, sin saber cómo bajarse. Pero como aquella había sido una de sus grandes travesuras, nosotros también sabíamos que el castigo no iba a ser menor. Temíamos que lo echaran de la escuela o lo metieran en algún lugar peor. Después de mucho luchar contra el vértigo y las resbaladizas ramas, el bombero llegó hasta la caja de madera. Múltiple fue su decepción de gloria cuando gritó desde lo alto: ¡Aquí no hay nadie!, y entonces una gran alegría se nos desató en los rostros de todos y cada uno de nosotros. Nuestro héroe seguía libre.


Por Timonayre

“El deporte es nazi”

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s viernes por la mañana, y el profesor de Literatura ha llegado temprano a la sala de profesores. No hay nadie. De un momento a otro llega el profesor de Educación Física. Ambos se miran con desdén. Desde hace tiempo, en una olvidada reunión de personal comenzaron los roces, cuando el profesor de Literatura en un giro de lucidez dijo en voz alta que el mayor logro intelectual del profesor de Educación Física había conquistado en toda su vida, era el de fotocopiar la planificación del año anterior. Uh. En sus desvaríos pedagógicos, el profesor de Literatura asegura a sus ignotos alumnos que cualquier práctica deportiva reviste en sí misma una esencia nazi en su génesis, apogeo y declinación, recalcando por sobre todo a los varones, que el origen de los deportes está vinculado al origen del sistema educativo como funcional al sistema capitalista. Como es de esperar, sus alumnos no entienden el significado de la palabra sistema, y esperan con ansias la hora de Educación Física para correr, insultar y transpirar a gusto. Mientras termina su hora cátedra, y los alumnos tiran las carpetas y corren rápidamente hacia el patio de la escuela, piensa en sus vanas palabras. Ha dejado la lectura de un cuento aburrido casi a la mitad. Enciende un cigarrillo y sale hacia calle. Detrás de las rejas de la institución, los alumnos practican fútbol en la hora de Educación Física. El balón ha cruzado la verja para caer a dos metros de su presencia. Haciéndose el otario repite para sí la frase que minutos antes les dijo a sus educandos: toda práctica deportiva reviste en su esencia un espíritu nazi, y con su cortaplumas raja la pelota y se va silbando bajito un viejo tango del veintipico. Mientras tanto el profesor de Educación Física se ha quitado las gafas oscuras y trata de mirar hacia fuera para poder entender qué es lo que está pasando. El profesor de Literatura apaga el pucho con la suela de su zapato gastado y espera casi victorioso la salida del energúmeno que se gana el pan de cada día haciendo correr por el patio a una veintena de alumnos. Se ha quitado los anteojos de ver de lejos y ha dejado el maletín en el suelo, sabiendo de antemano que la gente que no tiene sangre en las venas es incapaz de jugarse por los alumnos. El profesor de Educación Física sale corriendo hacia la Dirección de la escuela para contarle lo sucedido a la Señora Directora que entre estupefacta y risueña mira hacia el exterior del edificio. Para el profesor de Literatura el deporte es una práctica que nada tiene que ver con el arte o las buenas costumbres de los hombres, debe ser porque nunca se llevó muy bien con sus profesores de gimnasia; y si ahondamos un poco más en su niñez, si nos atrevemos a psicoanalizarlo, podríamos observar como diapositivas las gambetas de Kempes en un área de gol regada de papelitos, el abrazo de Videla con los generales en el palco oficial, la voz de José María Muñoz y sus argentinos derechos y humanos, las fotos de los once jugadores que su hermana pegó en pared de su habitación, bigotudos y pelilargos, una revista Gente con la foto de Pata Villanueva, aún joven, aún Tarantini, la imagen de su padre probándose su uniforme de policía. A lo mejor por ahí viene la cosa. Lo cierto es que el profesor de Literatura ya ha caminado dos cuadras y va redactando in mente su renuncia que será presentada ni bien termine el mes corriente.

Historias de vida (amor, locura y muerte) Contános tu historia en menos de 500 palabras. Requisito: en algún lugar del texto debe aparecer la frase: “la verdad, no lo Sabía”

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“Sancho”

Por Tomonayre

S

ancho me pide que lo saque a pasear al pasto y accedo de buena gana, colocándole el collar y encendiendo un cigarrillo para el paseo. Él odia a los soderos, a los vendedores ambulantes y a los bomberos. Él es un Rotweiler de unos dos años. Mientras les gruñe a unos pibes que están fumando porro vemos una propaganda política que promete un servicio cívico, militar y social obligatorio para los jóvenes que no trabajan ni estudian y además tolerancia cero a los delincuentes que te matan por un celular. Él me dice que lo conoce del History Chanel y yo le respondo que Benito Mussolini y su amante Clara Patacci fueron fusilados cerca del Lago Como en Milán y luego sus cadáveres colgados boca abajo en la Plaza de Loreto donde fueron ultrajados por los partisanos. Sancho insiste en eso de que conoce ese rostro regordete de fascista resentido con el mundo y yo le hago entender de que ese hombre semicalvo que ve en el anuncio es un funcionario público de la provincia de Mendoza, que se desempeña como diputado provincial y que coquetea entre el macrismo y esa bolsa de gatos viejos, sarnosos y buenos para nada denominada peronismo (policía) federal. Sancho no entiende y hace mucha caca en el espacio verde que pertenece al Municipio del cobista Alfredo Cornejo, ese intendente que quiere introducir un chip en el ano de cada perro del Departamento. Mientras tanto enciendo otro cigarrillo y acaricio a Sancho que ya está demasiado molesto con el humo de la marihuana que emite el corro de jóvenes que no trabaja ni estudia. En uno de los carteles, un osado artista callejero ha pintado un bigote nazi al Diputado Daniel Cassia, y mi perro hace la asociación directa con la figura de Adolf Hitler. Le manifiesto pedagógicamente que el Fürher fingió su suicido y que en la actualidad lo podemos encontrar sacándose fotografías con el perro San Bernardo que se encuentra al pie del cerro Catedral en la localidad de Bariloche. Para Sancho todas estas explicaciones son incoherentes y dignas de un descerebrado, y entonces comienza a ladrar a un hombre que lleva un carro repleto de cartones atado a su enclenque y vieja bicicleta. Trato de convencerlo de que candidaturas como esas no llegan a buen puerto y de que cualquier idiota con algo de dinero para una campaña puede candidatearse sin llegar al cargo al que aspira. El canino me recuerda el bien ponderado Mapa del Delito del petiso orejudo y caigo en la cuenta de que ya estoy algo mareado con el denso humo del cannabis sativa. Ya es hora de volver a casa, porque mi esposa ha preparado la cena para toda la familia y un enorme hueso de osobuco para él. Como diría el Tío Pepe: es al pedo tratar de explicarle a un perro la candidatura de un gordo fascista en democracia.

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Desvío Cósmico N° 20