Issuu on Google+

A la derecha: Entrada de tropas en los corrales (circa 1890). Fotografía de Samuel Rimathé. Colección Museo Mitre. Los “Corrales” a que se refiere Rimathé pertenecían al Segundo matadero del Sur ubicado en la zona de Caseros y Monteagudo desde 1872. La hacienda llegaba por Arena (Almafuerte) proveniente de Puente Alsina o La Tablada. Fue clausurado en 1901 y, en ese predio se instaló el Parque de los Patricios a partir de 1902. Debajo: Caseros y Monteagudo en 1930 (AGN)

Todos los barrios de la ciudad rememoran con orgullo su fecha fundacional, o recuerdan con precisión a sus primeros pobladores. Sólo uno, el mío, Parque Patricios –luego diré por qué prefiero llamarlo así–, se da el extraño lujo de regalar treinta años de su historia, que incluyen el tiempo, la geografía y los arquetipos que dieron origen a nuestra música ciudadana: el tango. Lo dice Miguel Caminos; lo afirma José González Castillo; lo confirma Angel Villoldo, que para bailar “se largaba p'a los Corrales”. Y es así, porque habiendo funcionado en el mismo predio donde hoy se encuentra el parque, el Matadero de los Corrales –desde su inauguración oficial, el 11 de noviembre de 1872, hasta 1901–, ningún festejo se realizó al cumplirse los cien años de ese inicio y el casi simultáneo del Barrio de las Latas –desde 1873 con la Quema y el Ferrocarril de las Basuras–, a seis cuadras hacia el Riachuelo. Y fue –según afirma la mayoría de los estudiosos, los hermanos Bates entre ellos– en esos dos escenarios rodeados de prostíbulos y casas de diversión, donde nace el tango bailado con corte que hoy caracteriza a nuestra ciudad en el mundo. Pero es doblemente extraño el renegar de ese pasado, porque simultáneamente el barrio se poblaba con abundante mano de obra tomada por el Matadero, las industrias secundarias –curtiembres, saladeros, corralones, frigoríficos–, la usina de gas y el corralón municipal, hasta el extremo de reunir en 1890 a más de quince mil habitantes (20% de la población de la ciudad). ¿Será que este origen proletario y prostibulario no tiene el abolengo suficiente para ser mostrado?¿Habrá complicidad de los tangófilos en no insistir demasiado con este origen corralero?

Lo cierto es que el 12 de setiembre de 1902, después de una tumultuosa sesión del Concejo Deliberante, se impuso al paseo instalado donde funcionara el viejo matadero el pomposo nombre de “Parque de los Patricios”. Los puristas de la lengua se ofuscan si al hablar del barrio decimos Parque Patricios, pero lo cierto es que ya en marzo de 1902, Carlos Thays había elaborado el proyecto de paseo y, ¡vaya sorpresa!, la denominación según el rótulo era: Parque Patricios. Y como además la imposición del nombre era al paseo y no al barrio, los vecinos tenemos derecho a usar un nombre que implica un homenaje, pero no una posesión. Porque el barrio es nuestro, ¿sabe? Un dato al margen: ni en la persecución hacia los Corrales de Miserere de la columna inglesa que entra por Paso Chico y pasa por los futuros Corrales en 1807, ni durante los combates de los rifleros y los nacionales en los Corrales en 1880, intervinieron los Patricios. Ni en ningún otro evento zonal que se haya documentado. Pero igual vale el homenaje por lo que han hecho por nuestra patria en tantos otros sitios. Además, para los buscadores de prestigio, haber constituido la morada de Remedios de Escalada, Tomás Espora, el perito Moreno, Daniel Gowland, Alejandro Bunge, Miguel Navarro Viola, Ezequiel Soria, Genaro Giacobini, Rosario Vera Peñalosa, entre otros; haber recibido la visita de Rosas, Brown, Mitre, Sarmiento, Yrigoyen, Perón, o haber sido el último lugar por donde pasó el General San Martín antes de su partida, ya era sobrado mérito, aunque hubiéramos seguido llamándonos Barrio de las Latas o Barrio de las Ranas. Ing. Manuel Vila Presidente del Foro de la Memoria de Parque (de los) Patricios


Periódico mensual independiente de distribución gratuita Dirección: Mario Bellocchio Secretaría de redacción: Rubén Derlis Edgardo Lois Aníbal Lomba Colaboran en este número: Eduardo Mano Berón Alfredo de la Fuente Rubén Derlis Edgardo Lois Juan Alberto Núñez Mario Sabugo Eduardo Semán Carlos “Paty” Suárez Manuel Vila Gracias por su aporte a: María Virginia Ameztoy Diagramación y fotografía: Mario Bellocchio El registro de marca y de la Propiedad Intelectual de esta publicación se halla en trámite. Correspondencia a “Desde Boedo”, Somellera 833 (1437) Ciudad de Bs. As. E-mail: desdeboedo@hotmail.com Los conceptos vertidos en los trabajos firmados son de exclusiva responsabilidad de sus autores, y no necesariamente compartidos por la Dirección del periódico. La publicación de los trabajos de colaboradores espontáneos queda a criterio de la Secretaría de Redacción, y no se mantiene correspondencia acerca de los mismos.

SOÑANDO SOÑÉ... QUE SOÑABA SUEÑOS Boris Gold Este libro reúne relatos y poemas. La intención manifiesta de B.G. es pasar revista a toda una gama de circunstancias de vida que ha ido conformando esa trama existencial que no resultará ajena a más de un habitante de este desdichado país. Su literatura no será trascendente, si por ello se entiende aquella que halla su espacio en los suplementos culturales de los domingos, pero lo que cree necesario decir lo dice con un lenguaje despojado y sin vueltas, a veces no carente de un ácido humor. Los poemas están dentro de un tono romántico, donde los cuestionamientos, lo perdido, la nostalgia, el amor, la amistad, siguen siendo el numen generador de los mismos. Cabría señalar la carencia de una actitud poética más osada, ya que la poesía, el autor no puede ignorarlo, siempre es riesgo. (J.A.N.) Ediciones Parque Chas, Bs. As., 2001

PARAFRASEANDO DE QUEVEDO AL LUNFARDO Otilia Da Veiga Intentar la paráfrasis de los eternos, imperecederos sonetos de Quevedo, presume una tarea como para desalentar cualquier sagacidad. Si sobre esto, el propósito ha de ser conformado en lunfardo, los sentimientos se prenuncian cercanos al escepticismo. El hecho estético en sí demuestra lo contrario en este poemario para el asombro, realizado por Otilia Da Veiga. La autora, guardando distancia y respeto, decora con ingenio y humor, los parafraseados versos de Quevedo, manejando con gracia y simpatía el dialecto porteño. Seguramente, desde una eternidad poética, Don Francisco sonríe agradecido. (A.d.l.F.) Editorial Dunken, Bs. As., 2001

“Andar, andar es lo que quiero...” David soporta el vendaval en la precaria casilla en que vive allá por el Camino Negro. Del brazo de la calma después de la tormenta llega a casa de Hugo, su amigo de siempre. Lo trae la necesidad de un refugio seguro. Y también el afecto. –Se volaron dos de las paredes del rancho –le cuenta–. ¿Y cómo te las arreglaste? –Me corrí al ángulo –responde sin un atisbo de resignación. El ángulo cobijo, quizá pariente de aquel en que Hugo Ditaranto lo había encontrado –años atrás– navegando en mares de etílico en un umbral de San Telmo. –¡David! ¡David! –debió insistir para lograr respuesta de unos ojos vidriosos y confundidos– “Andar, andar es lo que quiero. / Nací poeta y andariego / como otros nacen rubios, románticos o ciegos... ¡Hace 7 días que no como, hermano!” En la saciedad de una fonda se palparon camaradas hasta... siempre. Allí Hugo conoció Génesis y Apocalipsis de David ¿De dónde tales torturas? ¿Qué generaba esa búsqueda incesante? Quizá todas las mujeres que agasajó tuvieran algo de Maruja, un viejo amor que se vio obligado a abandonar –por orden del Partido– cuando la desenmascararon como infiltrada de la policía. Quizá su increíble infortunio familiar: “...supe que alguna vez David llevó a su padre al cementerio; supe que pedía por favor, pedía que todos se apuraran, rapidez pedía porque se le moría la madre; supe que después murió un hermano; supe que después murió el otro de los hermanos, y así David quedó solo.” (Edgardo Lois) Quizá la soledad no fue para él lo que los comunes mortales desde nuestra burguesa finitud creemos. Tal vez en sus estudios de ciencia cristiana, haya encontrado espirituales caminos para prosaicas conductas y el abandono –definitivo– de su ruta de alcohol. Tratando de comprender –desde aquí– los misterios de un ser de más allá, uno encuentra respaldo analizando el ciclo davidiano: trabajo, conquista, seducción, compañía, amistad, provocados con aceitado oficio. Oferta generosa de sus dones a cambio de alimento y afecto. Meseta de intercambio con duración variable. Pelea fútil por causa vana, excusa para el eterno retorno a su rincón de lata a compartir miseria y alimento con su perro. ¡Y a volar, David! A empuñar la honda bíblica para que desciendan por tus ágiles manos duendes y metáforas. A volar hasta que el torbellino roce tu estómago vacío y trate de convencerte de que tu paso por esta vida exige otros cuidados. Esos que ofertan tus amigos de siempre o nuevos seres que se brindan con la simple exhibición de tu aura mágica:“David –todo en mayúsculas–, el enojo y la palabra tierna, el apretón de manos y el portazo, el júbilo y la bronca, la generosidad y la pobreza. Todo en mayúsculas. Todo en movimiento.” (María Virginia Ameztoy) Hasta que la pelea fútil por causa vana te vuelque nuevamente a la Olivetti. “Aparece de pronto, como la brisa, y nos roza con su ternura inmensa, con sus pájaros, posados en las manos; y, apenas sin esperar el saludo, los lanza al viento. Goza al verlos volar, al contemplar a los simples gorriones que se bañan en los charcos, al sentir el sutil parpadeo de las alas como un murmullo de la vida y de la naturaleza...” “Es la música de David, son sus hermosos versos...” (Luis Alberto Quesada) Y el regreso a su espartano mundo creativo con lo puesto, lo estrictamente necesario para que el cuerpo aguante y baje el espíritu al teclado... “Lo tengo todo. (¿Quién ha dicho nada?) / Zapatos. Pantalón. Una camisa. / Pero a mí me

Existe todo un lenguaje del mate. En la sabiduría popular expresa los estados de ánimo o los mensajes que se envían en silencio a quien se le ofrece. Aquí, por ejemplo, hay todo un lenguaje amoroso atribuido al mate: Mate amargo o con té: indiferencia Mate dulce: amistad. Muy dulce: habla con mis padres Mate frío: desprecio, indiferencia Con canela: ocupas mis pensamientos Con azúcar quemada: simpatizo contigo Con cáscara de naranja: ven a buscarme Con café: ofensa perdonada Con leche: estima Hirviendo: odio Lavado o tapado: rechazo Con miel: casamiento Espumoso: cariño verdadero Cebado por la bombilla: antipatía Eduardo “Mano” Berón artesano

Dos publicaciones de David Alvarez Morgade –hoy inhallables en librerías– que conservamos quienes tuvimos la dicha de conocerlo. Fragmentos apenas de una enorme producción de incierto destino.

enriquece una sonrisa / y el gorrión me devuelve la mirada.” (David A.M., Preludio urbano, 1946) “…un hombre auténtico y fiel a sí mismo, jamás tuvo otra casa que no fuera la poesía. Creaba con el rigor de quien, con imágenes de todos los días, escribe para siempre.” (Pedro D’Alessandro) La ciudad, su gente y su actitud ante ella… “Camino. Miro. Alerta / por la ciudad despierta. / Giro / la cabeza y tiro / la mirada hacia la puerta, / ¿Camina? / ¿Baila? Cierta / gracia ilumina / sus ojos... / ¿Qué calle? Allí... / y ahora. ¿Dónde? La perdí.” Desde la angustia del caminante que devorado por la ciudad ve perder el único destello de su jornada gris, me sedujo para siempre. Así “Movimiento” formó parte de los “Poemas de mi ciudad” que produje para Teleonce entre 1984 y 1987. “Era fina ¡qué lástima! ¡tan fina! / ¡y la perdí...!” –se lamen-taba el caminante subiendo a su tren de regreso–. Y ya en la ventanilla: –“¿Cómo se llamaría? Me preguntaron / por una calle... Después pasó un tranvía... / ¡BOLETO! / ¡Aprieto / el corazón! / Giro / la cabeza y tiro la mirada! / ¡Miro! / Un poste... otro poste... un poste... otro poste” (Movimiento, David A.M.). El amor perdido en la vorágine de bocinas, el regreso a la monotonía, a la cotidiana cárcel de la repetición. De pronto, años después, compartimos cuatro jornadas de trabajo. Entonces tuve al alcance de mis sentidos su espiritualidad y sus humores cambiantes, su recitado agreste, su entrega filosófica, sus broncas de Quijote sin escudero, su brocha gorda ganasustento y en su poesía, el garantido boleto de ida y vuelta para la seducción. “Mira fijamente el silencio / (verás crecer un árbol) / Mira fijo un árbol / (Verás crecer el silencio) / Mira el fondo de mis ojos, / Allá, infinito, un barco. / (Siempre un barco)” (David A.M., 1949). El inmanente deseo de viajar, las más de las veces, sin otro transporte que sus poemas... “David, el nómade, / a bordo de un sueño / llegó del Siglo de Oro, / bajó de una estrella / para crear un mundo / fraternal y bueno / donde no falte el pan, / ni la sonrisa, / esa emoción eterna / de la vida.” (Hugo Ditaranto) El caminante va y regresa. En su retorno no trepida en pisar deshojados y viejos almanaques recordando tormentos que quisiera archivar en el olvido...: “El dolor te clava la mirada (la veo), un suspiro (lo escucho). –'¡Ay, Diana! ¡Conocí el infierno!'– Supongo que fue a partir de conocer el infierno que por momentos tocaste el cielo...” ...“Quisiera estar viendo frente a mí tu mate, la pequeña calabaza atornillada a una lata de sardinas para que quede parada: estrategias del poeta. Te quiero, si no es mucho pedir, date una vuelta.” (Diana Kisler) “...y ahora que quizá llueva muy fino, / amiga, con los pájaros andamos, / y siempre habrá el amor en un camino / y siempre habrá un camino. / Si luchamos.” (David A.M., 1962) El martes 13 de agosto –una vez más– decidió viajar. Lucero –su perro– trató vanamente de darle calor con el cuerpo en la fría madrugada. Fue inútil, David ya no estaba allí, había partido. No sabemos por qué, para qué, en búsqueda de qué o de quién. Sólo quedó su espíritu como habitante eterno de quienes lo conocimos: “Si un viaje es algo un poco imaginado / y la distancia un algo desteñido, / quizá, el que parte, un poco ha regresado / y el que regresa es porque ya ha partido. / No diremos, entonces, que te has ido, / sino, más bien: / –‘Habita en otro lado...’”– (David A.M.) Otro lado con las cuatro paredes en su sitio, o sin ninguna... Mario Bellocchio

EL TEATRO DEL BARRIO Boedo 1759 * 4 932-3390 / 4 956-1060 LAURA BOVE en “Me volvió el alma al cuerpo” unipersonal del que es autora e intérprete

Los domingos a las 18.30. Entrada a la gorra Realizaciones Culturales “Club de Teatro” BOEDO XXI Boedo 853 - Informes y reservas: 4 957-1400 boedo21@hotmail.com Viernes a las 21.30 Francisco Cocuzza en: “Tango, ese loco espejismo” Sábados a las 21.30 Grupo Ekinoccio presenta: “Jaque a la reina” Domingo 4 a las 20 Grupo LABERINTOS presenta: “Los de la mesa 10” Los sábados y domingos a las 17 Espectáculo infantil de Omar Pini “El misterio del zapato de caramelo” BIBLIOTECA de la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo CURSOS: Teatro, Hist. del arte, Expresión corporal, Historia argentina, Cine y Video. UCBA - Unión de Correctores de Bs. As.

Centro Cultural y Teatro Independiente EL QUIJOTE Av. Independencia 4053 * 4 957-6218 Viernes 13 y 22 a las 21 “El fuego eterno” (Grupo “La Sombra”) (Comedia dramática para adultos) Sábado 14 a las 21 “Danzas árabes” Sábado 21 a las 21 “Grupo Sushi” (Varieté) Domingo 15 a las 17 “Espectáculo de salsa” Domingos 15 y 22 a las 20.30 “El último de los amantes ardientes” CURSOS *Teatro para adolescentes y adultos *Teatro para niños *Gimnasia *Tango *Seminario de Velas *Salsa

Espacio “VIDA Y ARTE” del TEATRO BOEDO Boedo 878 - 4 957-6702 E-mail: vidayarte@hotmail.com Miércoles 11, 18 y 25 a las 20 “Milonga con orquesta” (“La Sexta” en vivo) Jueves 19 a las 21 Comienzan los “Varieté del Teatro Boedo” Todos los viernes desde las 9 Desayunos con orquesta de tango en vivo Sábado 7 a las 21.30 “Damasia y Navegantes” (música fusión) Sábado 28 a las 21.30 “Tango”

Actividades de setiembre SABADO 14, a las 17.30 VI Encuentro del Ciclo Cultural “Te Espero en el Café”. Disertación del Prof. Alberto Di Nardo sobre el tema “Homero Expósito en su vida y en su obra”, ilustrado musicalmente por el Trio Barracas Al Sur, en Café Recuerdo, Esquina Osvaldo Pugliese, Av. Boedo y Carlos Calvo. JUEVES 19, a las 20.30 Café Margot, Av. Boedo y Pasaje San Ignacio. Reunión pública de la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo. Disertación de la Arq. María de las Nieves Arias Ancolla y del Arq. Néstor Zakin sobre el tema “Plaza de Mayo: anteayer, ayer y hoy”. Ilustrada con diapositivas. Biblioteca Pública “Lubrano Zas” : Boedo 853, en el espacio teatral Boedo XXI. Atiende los días lunes de 15 a 17, miércoles y jueves de 17 a 19. Informes en ese horario: 4 957-1400.


En su cuento “Ciudad de concentración”, J. G. Ballard imagina una ciudad sin límites, de la que no se puede salir; una ciudad que, como el tiempo, no tiene principio ni fin. El protagonista, Franz M., tiene su domicilio en 3599719 Oeste, calle 738, Nivel 549-7705-45 KNI (local). Una dirección cifrada, puramente convencional e intercambiable, propia de una ciudad abstracta. Franz M. vive en cualquier parte, o en ninguna. La fantasía de Ballard inquieta. Porque proyecta en el futuro ciertas tendencias existentes y porque contrasta con lo acostumbrado. Tradicionalmente, los nombres de los lugares fueron apareciendo a raíz de las actividades propias del sitio, por sus características físicas, por la memoria de sus sucesos o, simplemente, por la presencia de un árbol venerable. Los nombres de los lugares configuraron la toponimia de cada ciudad. Y la toponimia llegó, a su vez, a redenominar algunos edificios: el Coliseo romano, llamado originalmente Anfiteatro Flavio, estaba en la vecindad de un importante monumento, el Colossus, gigantesca estatua de Nerón (de Nerón, y de otros emperadores posteriores, que se lo adjudicaron con el simple expediente de cambiarle la cabeza). El lugar del monumento, aun luego de su traslado y destrucción, siguió llamándose “ad Colossum”; el anfiteatro, conocido masivamente de

Tradicionalmente, los nombres de los lugares fueron apareciendo a raíz de las actividades propias del sitio, por sus características físicas, por la memoria de sus sucesos... esa manera, acabó por perder su nombre propio y pasó a tener el nombre de su ubicación. Buenos Aires no ha dejado de formarse una toponimia a la manera antigua. Fue la actividad –la función– la que originó la “Chacarita de los Colegiales”, extensión que ahora está escindida en Chacarita, Colegiales y otros barrios. Allí estaba la pequeña “chacra” en la que pasaban vacaciones los alumnos del Real Colegio de San Carlos, luego

Aproximadamente hacia 1908, fines del pleistoceno del arrabal boedense, alguien levanta en la vereda impar de árboles nuevos, en una calle afirmada a comienzos del siglo, un establecimiento que con el tiempo será sinónimo de Boedo: el café “Dante”. Orgullo del cuaternario porteño, al igual que algunos cafés en otros barrios que impondrían un estilo (el “San Bernardo” en Villa Crespo, “La Paloma” en Palermo, “La Sirena” en Saavedra, el “León” en Balvanera, sólo por nombrar algunos), y que marcarían un período, al que trascenderían debido a su inobjetable personalidad, para arribar a nuestros días –con existencia física o no–, convertidos en mito.

“El lento progreso de las sociedades humanas ha creado en estos últimos tiempos una institución desconocida a los siglos pasados: la instrucción pública, que tiene por objeto preparar las nuevas generaciones en masa para el uso de la inteligencia individual. (...) es un derecho que hoy ya no pertenece a tal o cual clase de la sociedad, sino simplemente a la condición de hombre. (...) Un padre no puede ser responsable de la educación de sus hijos; pero la sociedad en masa tiene interés en asegurarse de que todos los individuos que han de venir con el tiempo a formar la nación hayan, por la educación recibida en su infancia, preparádose suficientemente para desempeñar las funciones sociales a que serán llamados.” Domingo F. Sarmiento, Educación popular, 1849.

Colegio Nacional. La toponimia porteña se recrea continuamente con la evolución de la ciudad, y por ello aparecen siempre nuevas referencias. Se podría citar la “Villa Freud”, que –consciente o inconscientemente– ocupa una parte del Barrio Norte, o la “Manzana Loca”, que reposa a la vera de la plaza San Martín. Nombres nuevos que no vendría mal oficializar, elevándolos a dignificaciones mayores. Ahora bien: una ciudad de formación homogénea y rápida, como la nuestra, no ofreció demasiadas oportunidades de denominaciones espontáneas, destiladas tibiamente por la historia. En el caso de las calles –tema predominante de la toponimia porteña– lo abundante ha sido la “asignación” de un nombre. Nombre que, aun cuando no se relacionara con el lugar, tampoco presentaba la abstracción de una cifra. Y el nombre asignado terminó aportando un carácter, arbitrario si se quiere, pero carácter al fin. Así, la calle Florida tomó su nombre actual (depositando otros en su pasado) rememorando un sitio del Alto Perú, en el cual se gana una batalla por la Independencia en 1814. Con el paso de los años su nombre se fue transfiriendo de una significación histórica a una adjetivación. Se lo observa en el canto que le dedica Rubén Darío: Penas y duelo olvida / canta deleites y amores / busca la flor de las flores / por Florida. Más recientemente, Iglesias titula “Florida en flor” una de sus notas. La “asignación” de nombres alcanza matices inesperados. Por Santa Catalina (Lomas) se puede encontrar la calle Plutón, entre Neptuno y La Tierra. Por Castelar, estar en La Carreta entre Del Chiripá y Del Ombú. Nombres que, en caso de una transferencia de sentido, como en Florida, podrían ser muy rendidores. En conjunto, además, añaden identificación al lugar (el barrio de los nombres camperos). Los nombres, el Nombre, siempre nos provocan un efecto. Cuando hay partido en Vélez, se puede estacionar bien en la esquina Lisboa y Oporto, porque hay lugar... y porque a uno lo convocan fados inaudibles. “Los nombres –dice Proust–, al ofrecernos la imagen de los incognoscible que en ellos hemos depositado en el momento mismo en que designan para nosotros también un lugar real, nos obligan con ello a identificar lo uno con lo otro, hasta el punto de que nos echamos a buscar en una ciudad

Lo abstracto, sin embargo, ha triunfado en la un alma que no puede contener, pero que ya no materialización de los nombres: la señalización. A podemos expulsar de su nombre.” Y también por el lado de la toponimia yerran fiero mucha distancia de procedimientos como las mayólicas ilustradas del Madrid antiguo –e incluso de algunas placas metálicas porteñas–, los omnipresentes carteles en tipografía helvética sobre fondo negro no recuerdan nada y se prestarían ...una ciudad de formación aceptablemente para la ciudad abstracta de Ballard. homogénea y rápida, como la nuestra, No hay razón para que la señalización no contenga una noticia sobre el Nombre o, por lo menos, una no ofreció demasiadas oportunidades “figurita” alusiva. Información que haría más de denominaciones espontáneas, efectivo el homenaje que se pretende, aliviando, de destiladas tibiamente por la historia. paso, la pesada tarea de programa televisivo en el que se explican los nombres y que se llama, claro, “Grandes Olvidados”. La ilustración de los nombres no niega necesidades operativas, de legibilidad o de costos: los que igualan problemáticas porteñas (o de otras piénsese en las chapas de las paradas de colectivos, ciudades de Indias) a las complicaciones antiguo- que exhiben una síntesis del recorrido y un medievales de las ciudades europeas. Basta analizar esquemita de los colores de la línea correspondiente. La toponimia es vulnerable y la hieren tanto la la numeración domiciliaria: allí, espontánea y variable; aquí, sistemática, por centenas, con pares e abstracción de las señales como los cambios de impares. Es que precisamente en estas playas se nombres (nuevas “asignaciones”) que no se apoyan cumplió el sueño de la razón aplicada a la ciudad, en una significación colectiva valedera –ya sea trabado en el Viejo Mundo por las preexistencias. La histórica, funcional, geográfica–. Por lo espontáneo toponimia porteña, espontánea o “asignada”, va (como Chacarita de los Colegiales) o por lo disolviendo tranquilamente esa abstracción racional “asignado” (como Florida), todos los nombres (el y geométrica; sobre una base homogénea, la Nombre) constituyen un lugar para Franz M. variedad de los nombres contrasta y conmemora lo Mario Sabugo particular.

Hubo una época en que el “Dante” le quedaba grande a casi todos. Muy pocos pudieron lucirlo. Tenía una hechura a medida para pesados con melladuras, de una sola pieza y sin vueltas; ases del escrushe y del choreo –respetuosos de las pertenencias del vecindario– que “trabajaban” en andurriales aledaños; hinchada sanlorencista de aterradora goma y conspicuo fanatismo, portadora de los genes primitivos de la actual barrabrava; e intelectuales proletarios cuyo espíritu nutrido con fuego, sin alado romanticismo, estaba más próximo a la bomba ácrata que al debate parlamentario. Ya en el holoceno boedense, quedaron al descubierto muchos vestigios arqueológicos –testimonios de otro comportamiento–, como esa hoja de cuchillo, oxidada de tiempo, acaso la misma que silenció las ínfulas de la última guapeza de extramuros. Sosegados estos vanos desplantes, advinieron las nuevas generaciones, que prefirieron al fierro de la venganza amorosa, el intento de un nuevo amor, y que opusieron al voto cantado de la obsecuencia de comité, el razonamiento político y la militancia esclarecedora. Nacían otros momentos para el que ahora llamaban, y con razón, el viejo “Dante”. Entonces fue lugar de reunión para los areópagos de los nuevos tiempos sociales, siempre dispuestos a alguna conspiración pasiva; punto de cita en el reservado para damas de incipientes parejas que terminarían “formalizando” para contribuir con su progenie a la

nos sobresaltará con recuerdos. La necrológica bien podría redactarse en estos términos: El “Dante” ha muerto casi centenario tras sufrir las alternativas de una impensada y cruel enfermedad: posmodernismo mediocris, al que dada su avanzada edad no pudo combatir con una medicina que, si bien en sus poderes de sanación no creía, al menos habría prolongado su vida algunos años más: una reforma acorde a los nuevos tiempos. Pero optó por la muerte silenciosa y anónima, sin aspavientos, antes que renegar de su pasado de grandeza y esplendor, por lo que en la mañana de hoy cerró sus puertas. No habrá velatorio, pues prefirió ser recordado para siempre con alegría y no olvidado con una lágrima. demografía cuantitativa de la barriada; como siemSi me acompañan y nos apuramos, tal vez pre, enclave obligado de sanlorencistas, ahora tác- lleguemos a tiempo al entierro de su ángel. ticos, devenidos expertos en teoría y práctica de la pelota según los diversos efectos ejercidos sobre Rubén Derlis De la Junta de Estudios Históricos ella; y también, recién aterrizados nefelinautas del Barrio de Boedo –como los llamaba César Tiempo, acuñador del neologismo– de pluma y pincel en ristre, aunque la ideología de éstos no fuera tan fogosa y extremista como las de aquellos pensadores protoboedenses. Pero todos, sin distinción, debieron atender sus juegos de vivir entre el golpeteo de las bolas de billar y el rodar de los dados, que sin llegar a ser música tampoco era ruido, ese impromptu porteño de los cafés de una época. En los últimos años hería los ojos presenciar la decadencia del “Dante”, o lo que quedaba de él. El nombre era el mismo, pero nombrarlo no alcanzaba para sobrellevar la tristeza. Porque quien más quien menos fue acariciado alguna vez por un mínimo fragmento de su aire, que ahora permanece en algún doblez del alma, como la servilletita que olvidamos entre las páginas de un libro, y que un día al abrirlo

(11 de setiembre, Día del Maestro, instituido en conmemoración de la fecha en que falleció Sarmiento en 1888)


Por Carlos “Paty” Suárez (San Francisco, EE.UU.) ¡Pero mirá qué buena idea, che! ¡Pedirle a un panza verde como yo, a un entrerriano de Paraná, que te cuente de Buenos Aires a vos, nada menos… y de Boedo… y yo que –hablando de Paraná– todavía extraño, medio siglo más tarde, la voz de Juan L. Ortiz! Además, Buenos Aires es de la gente y a mí una de las cosas que mejor me salen es la soledad. Pero en fin… Yo tenía cinco años. Me llevaron en un vapor de los que hacían la carrera entre Asunción del Paraguay y Puerto Viejo…, el “Berna”, con rueda de paletas y un comedor con unas sillas enormes, cargado de ornamentos como una de esas casonas de placer que muchos años más tarde iba a ver en un film de Fellini. Parábamos en un hotel de la Avenida de Mayo con corredores de baldosas frías y macetas enormes con plantas de hojas brillantes… Al conserje –un fascista español con uno de esos acentos que te hacen arrugar la cara– le faltaba una oreja, así que los porteños, que nunca fueron lerdos para los apodos, lo llamaban “Pocillo”. Yo era tan chiquito que Pocillo me tuvo que ayudar a abrir la puerta del ascensor-jaula para que pudiera salir,

cruzar el vestíbulo, bajar unos peldaños y pararme en la puerta a mirar la ciudad. Me gustaban, aún me gustan, las caras de la gente en Buenos Aires. Hay algo especial, caras bien vividas… Como los moscovitas, los porteños tenían esa manera de sonreír primero con los ojos…, y las manos, los gestos fluidos… Uno extraña esas cosas cuando habla con estos tipos de ademanes duros y oraciones telegráficas, che. Otra cosa es el silbido. La gente silbaba más, tipos que pasaban o que estaban parados por ahí silbaban cosas de esa época. Yo me paraba a mirarlos como si fueran retratos. Después vinieron los años de visitas largas… Natalio Hocsman me llevaba por los barrios; en esos

años íbamos mucho a los teatros independientes. Y más tarde el cine, y Juan Oliva que también me abrió algunas puertas de la ciudad mientras trabajábamos en el sonido de algún cortometraje. Nunca le encontré un “color local” a Buenos Aires. Nunca me pareció una ciudad de barrios pintorescos. Me pareció bellísima, pero lo que era y debía ser, nada más. No era un ornamento ni lo exótico. Era la vitalidad, no la vida. (Yo nunca fui turista.) La vida y lo exótico eran y estaban en cada día en mi pueblo, esa languidez de las siestas interminables, las noches con estrellas como arena… Eran los pescados a la parrilla y los “mateos” con discos de jazz, las charlas y caminatas en las calles bajo los enormes jacarandaes… La convicción absoluta de que mañana sería otro día igual a hoy, y seguiríamos charlando y leyendo libros … Y el río que se lo llevaba todo entre esas islas. “Y…, al fin y al cabo, todos los ríos van al mar. ¿A qué mar? No importa. Todos los mares son amargos. Seguí cebando, che. ¿Mallarmé, decías?” Pero Buenos Aires era la ciudad y el mundo. El mundo del otro lado del mar y el que la ciudad había creado para mí, desde ese ascensor-jaula hasta la amistad de sus poetas, desde esos cinco años hasta las visitas nocturnas de libros y música de Buenos Aires aquí en la madurez y en otra ciudad donde hay

veranos fríos y hay inviernos sin lluvia. Esa era otra cosa que me gustaba en Buenos Aires. Las lluvias de verano, el olor a café en una mesa en el rincón y la sombra de la charla… El acento socarrón del salteño, ese dulzor de guayaba en la voz del boliviano, el coreano que habla como si jugara con trocitos de madera… Ella se reía de mis esfuerzos, de la manera como trataba de prestar atención a alguna voz sin cara en la multitud… Me imitaba las arrugas alrededor de los ojos cuando yo me concentraba y trataba de descubrir el italiano que se mostraba en un gesto, o esa encogida de hombros a la francesa… Me había convertido en el etnógrafo visitante en mi propio país… Y ella, que parecía la actriz de Pasaje a Marsella… caminaba toda la noche conmigo, íbamos a recalar en bodegones de luz amarillenta, y yo la tomaba de la cintura mientras caminábamos, y a través de ese contacto creía sentir la ciudad vibrando bajo las baldosas… …Porque después de treinta años, para caminar otra vez por Buenos Aires necesitaba compañía, y entonces la inventé a ella, la lectora. La inventé de nostalgia y de soledad, con un poco de ese gusto a marihuana y a Frascati y ese brillo de charcos en la tarde de algún barrio que pudo ser el tuyo, con algunas casonas con zaguanes rumorosos de vecinas, y de vez en cuando un canario contento con la lluvia de verano. Y ahora, en esta tarde del verano gris de la bahía, Buenos Aires es ella y es el nombre de toda la nostalgia.

PROGRAMA DE ACTOS EN CELEBRACION DEL CENTENARIO DEL PARQUE DE LOS PATRICIOS

El día 15 de agosto del año 2002, el escritor Lubrano Zas aceptó el convite y habló una vez más de su compañera, la soledad. Sucedió en Boedo XXI, unos escalones más cerca del pedazo de cielo boedense que esa noche tocaba en suerte a la esquina de San Ignacio y Boedo. Lubrano Zas se las arregló para venir desde el más allá; la historia cuenta que dejó la pluma el 8 de diciembre de 1999. Sin embargo, ahí estuvo. Contó con buena ayuda, la de Edgardo Jordán, otro ausente que se las arregló para venir desde el más allá y que dejó cámara y pluma hace algunos meses; y contó también con el apoyo de un grupo de personas, entre ellas, muchas que lo habían conocido, y alguno como yo, para quien Lubrano Zas había sido un nombre que andaba siempre de ronda por mesas de café hasta que al fin pude leerlo. Fue el público presente en el acto quien dio la mano decisiva para que los muertos ahí estuvieran; ahí, de copa amiga con los vivos que conservan el recuerdo; fue el público presente quien demostró que el más allá está acá nomás de la memoria y la identidad. La noche en Boedo XXI, donde la biblioteca pública pensada por la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo recibió el nombre de Lubrano Zas, tuvo momentos emotivos. No recuerdo haber estado presente en otro acto de inauguración o de homenaje en el que tan claramente se manifestara la vida, en que fuera tan fuerte la alegría del festejo por el recuerdo y a la vez la lágrima gritara tantas veces su presente. Así vivos y muertos entendían la clave básica de la vida que podría resumirse en estar presente sabiendo que algún día no vamos a levantar la mano. Nadie quiere morir, ojalá ni Lubrano Zas ni

Edgardo Jordán tuvieran que venir desde más allá alguno, pero a la vez debemos agradecimiento a regresos como los presenciados en la noche de Boedo XXI. La que fuera compañera de Jordán abrió el juego de la sangre sobre sorprendido paño verde, nada más agradeció a los presentes y leyó un poema de Edgardo. No sé el nombre de ella, jamás había visto su cara, leyó con voz clara unas palabras contundentes, y alcancé a ver, cuando volvía a su silla, cómo su cara era embolsada por el llanto. Me dije en ese momento, Flor de compañera; y Edgardo asintió, Sí, Edgardo, flor de compañera mi compañera. Después apareció sobre el escenario un escritor que había sido amigo de Lubrano Zas y que también había conocido a Jordán; él sí tiene nombre, Juan Alberto Núñez, pero el dato es irrelevante, era un amigo y habló como tal. Habló con sencillez y profundidad, habló como escribía Lubrano Zas, habló con palabras que bien podría haber pronunciado Zas en un hipotético recuerdo de Núñez; leyó de una hoja porque el Negro Nuñez, de eterna gorra gris, no hubiese podido improvisar palabras para su amigo, porque aún leyendo, las palabras se amontonaban, se atragantaban, se escapaban del volumen ideal. Nuñez llegó justo, en el límite de la lágrima, y nunca voy a olvidar cómo bajó del escenario y salió a perderse en la oscuridad del patio. Siguieron los cortos que Edgardo Jordán filmara con Lubrano Zas como personaje central. Soledad poblada, Conversación con la piedra y El escritor, trajeron la voz del escritor de regreso a Boedo; la noche de Boedo XXI permitió que la imagen de Lubrano Zas se diera otro gusto todavía más osado que su presencia. Edgardo dio otra vuelta

de tuerca a los regresos desde el más allá cuando, en El escritor, fijó una descarada burla a nuestra realidad inmediata; Zas abre la puerta del desaparecido café Dante, hoy de “Divina Tragedia”, como escribió el poeta Rubén Derlis. Lubrano Zas sentado a una de las mesas del Dante, entre dados y dominó, escribiendo sobre un cuaderno, mientras toma un té, mientras escuchamos un poema de Juan Gelman, entre la música de León Gieco. Cuando volvieron las luces, justo atrás de mí, se puso de pie una persona. Dijo haber sido amigo de Edgardo, dijo haber presentado a Edgardo al escritor Lubrano Zas una tarde de café en la vieja La Paz. Terminó su intervención recitando el poema que Hamlet Lima Quintana le dedicara a Lubrano Zas. No quise mirar sobre mi hombro, me dije que no tenía importancia el rostro, y tampoco su nombre, alcanza con saber que era otro amigo. Pero después supe su nombre: Carlos Andreoli, cantautor. Luego dio apertura a esta convención de Homo porteñensis vivos y muertos, el hijo del escritor, un maestro de escuela que así dijo: No quiero cerrar el acto, quiero abrir la biblioteca. Entonces así se cerró la noche, abriendo una puerta al libro, a la lectura, a la conciencia de estar, de ser memoria, historia, identidad; a esta altura de la sucesión de los días, me gusta sospechar que es la única flecha por donde se llega al futuro. Cuando la noche terminó, miré a mi alrededor y descubrí que mi mujer lloraba; escuché al poeta Hugo Ditaranto que estaba a mi lado: Mirá cómo te ponés colorado cuando te emocionás, cuando él mismo tenía un nudo en la garganta; vi cómo el poeta Derlis seguía en su silla y con un pañuelo intentaba certera cachetada a un par de lágrimas boedenses. No conocí a Lubrano Zas en persona, mi mujer tampoco, nada más leímos algunos de sus cuentos. Llegamos a él a través de su escritura, y por eso, en la noche de Boedo XXI, fuimos de la partida que, jugada sobre mesa de verde paño, tuvo por victoriosos a vivos y a muertos. Edgardo Lois

JUEVES 12 12 hs. Certificados a recién nacidos en Maternidad Sardá y Hosp. Penna y Muñiz. 19 hs. Torta gigante en Caseros y La Rioja. VIERNES 13 19.30 hs. Ballet “Inti” y entrega de diplomas a inmigrantes de P. Patricios en el Inst. Bernasconi. SABADO 14 11 hs. Radio abierta. Caseros y La Rioja. 15 hs. Recorrido histórico (visita guiada desde Caseros y Monasterio). 17 hs. Paseo de Carruajes del Centenario (Pepirí y Uspallata) 20 hs. Orquesta de Tango de la Ciudad y Ballet de tango (Inst. Bernasconi). DOMINGO 15 10 hs. Desfile del Reg. Patricios. 15 hs. Jornada del barrio y sus instituciones (Parque de los Patricios) Radio abierta (Caseros y La Rioja) MARTES 17 18.30 hs. Conferencia del Cap. de Navío Raúl Benmuyal, Capitán del Rompehielos Alm. Irízar, sobre la travesía de rescate al buque Magdalena Odendorf. MIERCOLES 18 20 hs. Encuentro coral (Av. Caseros 3267) VIERNES 20 15 hs. Imposición del nombre “Guillermo y Alfredo Barbieri” a la plaza de Los Patos y Luna SABADO 21 11 hs. Plantación de árboles (Caseros y Pepirí) 18 hs. Homenaje a desaparecidos (Caseros y Pepirí) 19 hs. Encuentro de murgas (P. Patricios) 21 hs. Baile popular (P. Patricios) DOMINGO 22 10 hs. Maratón (Caseros y Monteagudo) VIERNES 27 15 hs. Visita guiada a museos (Inst. Bernasconi) SABADO 28 16 hs. “Un invento a puro cuento” (teatro en el Inst. Bernasconi). Coro de la tercera edad. DOMINGO 29 11 hs. Torneo de fútbol en Club Piraña 17 hs. Estadio de Huracán: Marcha de ONGs y entrega del trofeo Centenario al vencedor de Huracán vs. Independiente.


10 sept 2002