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“Don Pedro de Mendoza”, del escultor uruguayo Juan Carlos Oliva Navarro, fue emplazado en la esquina de Defensa y Brasil –dentro del parque Lezama– a 400 años del primer asentamiento.(1936)

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n las calles del porteñísimo barrio de La Boca se ha querido homenajear a los protagonistas de la primera población española en la futura Buenos Aires: Juan de Ayolas, Domingo de Irala y, fundamentalmente, al capitán de la expedición, don Pedro de Mendoza. Y sus razones tenían los ediles, pues en los tiempos en que ese pueblo fue incorporado a la nomenclatura general de la ciudad se creía, de acuerdo a los estudios publicados por Paul Groussac, que allí se había producido dicho establecimiento. Pero, ¿por qué razón se ordenó la exploración de estas alejadísimas tierras? Cuando Sebastián Caboto y Diego García de Moguer regresaron a España, en 1530, debieron dar muy estrictas explicaciones a la Corona sobre por qué no habían cumplido con las órdenes originales de seguir la ruta de Magallanes hacia el Oriente y, en cambio, permanecer en estas tierras durante cuatro años. Y, a pesar de todo, salieron bien parados del proceso legal, pues se justificaron con las noticias de la “Sierra de la Plata”, del “Rey Blanco” –que

habían obtenido de antiguos náufragos del desdichado Solís– y de las riquezas que se podían conquistar remontando ese río que comenzó a ser llamado “de la Plata”. Pero las noticias habían llegado también a la gran rival de España, Portugal, en la exploración y conquista del mundo y, en esa época en que el naciente capitalismo se basaba en la posesión y atesoramiento de metales nobles, la carrera por obtenerlos comenzó inmediatamente. El rey de Portugal envió a Martín Alfonso de Souza el mismo año 1530, quien llegó hasta el Río de la Plata pero no lo penetró, regresando al poco tiempo. Sumémosle a esto que, en enero de 1534, llegó a Sevilla Hernando Pizarro con el rescate de Atahualpa, para comprender la euforia y furia expedicionaria que se apoderó de España. Es poco sabido –ha sido estudiado por el gran historiador Enrique de Gandía– que antes de Mendoza, en el mismo 1530, el Consejo de Indias proyectó una expedición al mando del alcaide de Pamplona, Miguel de Herrera, con las mismas atribuciones y territorio que aquel heredara. Pero Herrera no pudo partir a tiempo y, finalmente, fue nombrado primer adelantado, capitán general de las provincias del Río de la Plata, justicia mayor, gobernador, etc., etc., el andaluz don Pedro de Mendoza, descendiente del inmortal marqués de

Nuestra ciudad las tuvo porque en 1536 don Pedro de Mendoza establece en estos parajes un puerto y un pequeño asentamiento que duró apenas 5 años. En 1541, los sobrevivientes debieron partir hacia Asunción con el fin de seguir siendo sobrevivientes dada la animosidad de los vecinos de la zona. No las tuvo porque, tal vez por la precariedad material en la que llegó la expedición de Mendoza, no se realizaron o no pudieron realizarse los actos formales de fundación, ni se estableció Cabildo, ni otras cosas por el estilo, fundamentales desde un punto de vista jurídico. En 1580 Juan de Garay funda en “este puerto de Santa María de Buenos Aires”, es decir en el mismo lugar (o al menos cerca del mismo lugar), otra ciudad a la que denominó Ciudad de la Trinidad. Lo cierto es que el nombre de Buenos Aires asignado por Mendoza substituyó al de Ciudad de la Trinidad dado por Garay y que en 1936 se celebró el IV Centenario de esa “fundación” como en 1980 se celebró el IV Centenario de la otra. Toda ocasión es buena para un brindis y nosotros brindamos dos veces. Historia ésta digna de ser concluida con una frase de un filósofo de la historia como Macedonio Fernández: “...en vano diga la historia, en volúmenes inmensos, sobre el mucho haber mundo antes de ese 1º de junio (fecha del nacimiento de Macedonio) sus tomos bobalicones es lo único que yo conozco (no sus hechos) pero los conocí después de nacer, como todo lo demás”. Con ello queremos señalar que, de esos hechos, como de todos, sólo quedan textos para ser leídos e interpretados a gusto del consumidor. Si celebramos el aniversario de Buenos Aires debiéramos contar desde 1536 aunque entonces nada se fundara. Si celebramos el de la Trinidad, desde 1580 aunque no sepamos de quién hablamos. Lic. Alberto Piñeiro Director del Museo Histórico Cornelio de Saavedra

Santillana, primo del virrey de México y uno de los escasísimos nobles que participaron de la popular y proletaria conquista y colonización de América. Lo cierto es que fue Mendoza quien llegó a estas costas, al frente de la mayor expedición de la época, y el 3 de febrero de 1536 erigió el fuerte de “Nuestra Señora del Buen Ayre” en el actual barrio de San Telmo. Si bien Paul Groussac –como dijimos– situó dicho establecimiento en La Boca basado en el relato de Ulrico Schmidl, el mismo Gandía y otros historiadores se encargarían luego de demostrar que en el siglo XVI el Riachuelo no desembocaba en el lugar actual sino que tras describir uno de sus tantos meandros se dirigía hacia el norte formando una prolongada isleta –aproximadamente por donde ahora se halla la Dársena Sur– para salir al río a la altura de la actual calle Humberto I. Así pues y como fijaban las Ordenanzas de población, Pedro de Mendoza eligió para erigir su fuerte un lugar alto y sano en las proximidades del luego Alto de San Pedro y hoy Plaza Dorrego. ¿Fue realmente “fundación”, o un simple poblamiento como muchos historiadores han sostenido? No es éste el lugar ni tenemos la suficiente autoridad para dirimirlo, pero es innegable el hecho de que en la expedición ya venían desig-

mos encontrado unos indios que se llaman Querandís(2), unos tres mil hombres con sus mujeres e hijos; y nos trajeron pescados y carne para que comiéramos. También estas mujeres llevan un pequeño paño de algodón cubriendo sus vergüenzas. Estos Querandís no tienen paradero propio en el país, sino que vagan por la comarca, al igual que hacen los gitanos en nuestro país(3). Cuando estos indios Querandís van tierra adentro, durante el verano, sucede que muchas veces encuentran seco el país en treinta leguas a la redonda y no encuentran agua alguna para beber; y cuando cogen a flechazos un venado u otro animal salvaje, juntan la sangre y se la beben. También llí levantamos una ciudad que se llamó en algunos casos buscan una raíz que se llama Buenos Aires(1): esto quiere decir buen cardo(4), y entonces la comen por la sed. Cuando viento. También traíamos de España, sobre los dichos Querandís están por morirse de sed y nuestros catorce barcos, setenta y dos caba- no encuentran agua en el lugar, sólo entonces llos y yeguas, que así llegaron a dicha ciudad beben esa sangre. Si acaso alguien piensa que la de Buenos Aires. Allí, sobre esa tierra, he- beben diariamente, se equivoca: esto no hacen y así lo dejo dicho en forma clara. Los susodichos Querandís nos trajeron alimento diariamente a nuestro campamento, durante catorce días, y compartieron con nosotros su escasez en pescado y carne, y solamente un día dejaron de venir. Entonces nuestro general don Pedro Mendoza envió en seguida un alcalde de nombre Juan Pavón, y con él dos soldados, al lugar donde estaban los indios, que Grabado de Schmidl que ilustra su “Derrotero y viaje a España y las Indias, 1534-1554”. quedaba a unas cuatro

Esta transcripción encierra un doble cometido: recordar a través de su pluma al bávaro Ulrico Schmidl (1509-1581), y rendir homenaje a la fundación de Buenos Aires por don Pedro de Mendoza el 2 de febrero de 1536. Vayan en estos dos fragmentos de la Relación del viaje al Río de la Plata de nuestro primer cronista el amor y la gratitud que como porteños sentimos por nuestra ciudad.

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nados regidores para por lo menos dos Cabildos y, en esa época, para ser “ciudad” o “pueblo” se debía contar con dicha institución. Lamentablemente, a diferencia de los hechos de Garay, comprobables en el Archivo de Indias, no se conservaron documentos de esta malograda expedición. Las peripecias de nuestra protociudad son bien conocidas: hambre y miserias sin cuento; Mendoza, enfermo de sífilis, muriendo en alta mar en su regreso a España, y el terrible vasco Domingo de Irala arrasando y quemando en enero de 1541 la población cuando ésta empezaba a florecer, pues la recién fundada Asunción estaba más cerca de la Sierra de la Plata. Ranchos, plantaciones y animales, nada fue perdonado, y nuestro primer poeta porteño, el clérigo Luis de Tejeda, recordó mucho tiempo después que los pobladores, con lágrimas en los ojos, “decían que lo sentían más que cuando de España salieron o se partieron de sus propias casas (...)”. Con toda justicia, nuestro primer adelantado es recordado por esa larga avenida que nace en la calle Brasil, culmina en el viejo puente Pueyrredón y que, quizá simbólicamente, a lo largo de sus 41 cuadras sólo tiene un frente pues el otro pertenece al río. Diego Ruiz leguas de nuestro campamento. Cuando llegaron donde aquellos estaban, el alcalde y los soldados se condujeron de tal modo que los indios los molieron a palos y después los dejaron volver a nuestro campamento. Cuando el dicho alcalde volvió al campamento, tanto dijo y tanto hizo, que el capitán general don Pedro de Mendoza envió a su hermano carnal, don Jorge Mendoza, con trescientos lansquenetes(5), y treinta jinetes bien pertrechados; yo estuve en ese suceso. Dispuso y mandó nuestro capitán general don Pedro de Mendoza que su hermano don Diego Mendoza(6), juntamente con nosotros, matara, destruyera y cautivara a los nombrados Querandís, ocupando el lugar donde éstos estaban. Cuando allí llegamos, los indios eran unos cuatro mil, pues habían convocado a sus amigos. Y cuando quisimos atacarlos, se defendieron de tal manera que nos dieron bastante que hacer; mataron a nuestro capitán don Diego Mendoza y a seis caballeros; también mataron a flechazos a alrededor de veinte soldados de a pie. Pero del lado de los indios murieron como mil hombres, más bien más que menos. Los indios se defendieron muy valientemente contra nosotros, como bien lo experimentamos en carne propia. (1) Después de dudar en la elección del lugar de emplazamiento, el 2 de febrero de 1536, aunque se despobló en 1541 en beneficio de Asunción. Se fundó con el nombre de Puerto de Nuestra Señora Santa María del Buen Ayre. (2) El querandí es lengua extinta de la familia chechehet, de las tribus paleoamericanas, división sur, que se habló desde el río Salado hasta el Río de la Plata. También conocida como carandie (Loukotka, 1968, p. 48; Tovar, 1984, p.31). (3) Se refiere a Alemania. (4) Puede ser la caraguatá, planta carnosa amarilidácea con rizoma, semejante al agave, quizás alguna de las múltiples cactáceas que se conocen vulgarmente como cardo o cardón. (5) Soldado de infantería, de origen alemán, con frecuencia arcabuceros, que desde el s. XVI actúan como mercenarios al lado de distintos ejércitos europeos. (6) Diego fue en calidad de almirante de la Armada y actuó después en tierra como capitán, en una incursión que mandaba contra los guaraníes, al río Luján; perdió la vida en el combate llamado de Corpus Christi (15 de junio de 1536). [Las notas pertenecen a la edición revisada por Lorenzo E. López y Sebastián; “N. Federmann. U. Schmidl. Alemanes en América”; Edic. Historia 16; Madrid, 1985]


José Muchnik

Con palabras extractadas del bien documentado libro del coghlense Alfredo Noceti: Coghlan, una estación, un barrio, “Desde Boedo” se suma a la recordación y los festejos de un año más del pequeño y apacible barrio de nuestra Santa María de los Buenos Aires nacido el 1º de febrero de 1891.

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LA TERCERA CIUDAD Norma Pérez Martín Novela que narra tres grandes segmentos de la vida de Francisca Sánchez: su sufrida infancia y adolescencia, plena de interrogantes y angustias sobre un origen familiar que le es ocultado y de asombros por los sucesivos descubrimientos de una realidad que le cuesta aprehender; su juventud, en que transforma esa constante búsqueda de identidad en una personalidad rebelde y soñadora aunque incapaz de enfrentarse con quienes insinúan poseer la llave de su pasado y se rehúsan a revelarlo, y finalmente la vejez, con sus fantasmas, recuerdos y deformaciones construidas por los sueños. El trasfondo, Buenos Aires en constante mutación, con enfrentamientos familiares producidos por la adhesión o el rechazo al peronismo de los 40 y los 50, o la dominada por el clima universitario y callejero en épocas de dictaduras militares y amigos desaparecidos, surge, a pesar de todo, una ciudad plena de encanto y poesía ante los ojos de una niña, joven, anciana, que se vincula con ella a través de los sentimientos, pasiones y nostalgias de los distintos momentos de su propia vida. Norma Pérez Martín no desdice con su novela su condición de poetisa. (C.C.) Editorial Francachela, Bs. As., 2003. THRILLERS (HISTORIAS EN “16”) Marcos Silber En esta colección de poemas, Marcos Silber –poeta de meritoria y dilatada trayectoria– continúa en su sentido homenaje al cine. Digo continúa porque esta necesidad de recordación de celuloide emocionante le nació al poeta en la década del 80 cuando escribió Historias del Oeste, poemario de celebración de héroes y canallas –los buenos y los malos de nuestra adolescencia– de los filmes de cow-boys (los combois, ¡bah!). En esta entrega, cuyo soporte es el disco compacto y no el libro, la voz del autor bien remplaza las desparejas líneas con claridad expresiva, pone en cada palabra la intención justa, la tonalidad necesaria que sostiene la intensidad del poema. En este trabajo M. S. ha elaborado una poesía de tono coloquial, donde tanto los menos conocedores del buen cine de trasnoche (como alguna vez tuvimos la suerte de gozar), podrían no acertar con ciertos personajes que a la sazón terminan siendo uno: él mismo, el espectador –escuchador en este caso–, así como los más versados en aquellas nocturnidades se sentirán envueltos por el decir poético de Silber, y por momentos habrán de vibrar en sobresalto, con beneplácito, por los agudos de Sergio Paolucci, que acompaña con originales solos de saxo los poemas bien interpretados y mejor elaborados de nuestro poeta. (R.D.) Edición del autor, Bs. As., 2003.

n un principio todo era nada, o casi nada, pues estos parajes sitos al noroeste de Belgrano y que pertenecían al Cuartel V del homónimo y extinguido Partido Judicial de Campaña, eran solamente un “inmenso piélago verde”. Apenas unos caminos poco transitados interrumpían la monotonía esmeralda de su suelo: la calle Saavedra (Monroe), que vinculaba a Belgrano con Las Catalinas (Villa Urquiza), en cuyas proximidades se hallaba el cementerio de Belgrano (plaza Marcos Sastre), inaugurado en 1872. El antiguo camino a San Martín (avenida Congreso), que arrancaba con el nombre de General Bosch desde las puertas del Hipódromo Nacional y orillando la chacra de Oliver se perdía rumbo al pueblo de San Martín entre cañadas y bajíos. El camino a las Lomas de San Isidro (avenida Ricardo Balbín) desandado por las carretas que iban a buscar harina a las tahonas de esa localidad. En su cruce con la calle Saavedra se encontraba una pulpería y cancha de bochas propiedad del señor Lambruschini, donde troperos y boyeros entretenían sus momentos de ocio. El ángulo sudoeste (Saavedra y Forest) era tangencialmente atravesado por los rieles del ferrocarril de Buenos Aires y Rosario, cuyos convoyes arrastrados por trepidantes locomotoras interrumpían la inmovilidad del paisaje a su paso, desgarrando el silencio con el agudo silbido de la máquina de vapor que despedía por su chimenea un penacho de humo grisáceo, enturbiando la diafanidad del cielo. Y hacia el norte, fijando de antemano el límite del futuro barrio, se pergeñaba la huella de la calle Núñez que cruzaba íntegramente de este a oeste el antiguo Cuartel V. * * * El crecimiento de la red ferroviaria estimulada por el Gobierno Nacional, a punto tal que entre 1887 y 1889 se otorgaron 67 concesiones para la construcción de otras tantas líneas férreas, posibilitó el surgimiento de varios barrios porteños. Entre ellos Coghlan, que tuvo su origen cuando el ferrocarril denominado Buenos Aires y Rosario habilitó al servicio público un ramal que, partiendo de la estación Belgrano R alcanzaría el pueblo de Las Conchas (Tigre). La estación cabecera y a la vez de

empalme se denominó Coghlan, nombre que perdura en el tiempo e identifica al barrio que comenzó su desarrollo a través del loteo de las tierras aledañas, las que constituyen actualmente su casco. Pero la verdadera historia comienza antes, de cuando Juan de Garay, después de fundar la ciudad de La Trinidad, efectúa el 28 de octubre de 1580 un repartimiento de tierras, hacia el norte y el sur de aquélla, en forma de suertes o chacras con frente al Río de la Plata. En su mayoría, estas suertes tenían una extensión de 350 varas (333,10 m) de frente por una legua de fondo (unos 5.196 m), siendo su límite este el pie de la barranca, y el oeste, lo que hoy es la avenida de los Constituyentes y sus prolongaciones hasta el partido de Tigre. Sobre una de estas chacras, precisamente la número 25 otorgada a Cristóbal Altamirano, surgiría 311 años más tarde el barrio de Coghlan. Alfredo Noceti

Como decía Marco Denevi en Parque de Diversiones (1970), “El fin del mundo es la muerte. Un apocalipsis trizado en infinitos y sucesivos apocalipsis individuales, porque a Dios le disgustan la megalomanía, la exageración y el barullo”. Y esos pequeños e individuales decesos van mutando paulatina y e imperceptiblemente la piel del universo, y un buen día nos levantamos para encontrarnos con que el mundo ha muerto y éste en el que vivimos es otro, ni mejor ni peor, pero definitivamente otro. El mundo de Joaquín ha muerto, y lloro (puedo caer en este lugar común, pero no en el de decir que seguirá viviendo en sus libros: sus libros son su literatura, pero no el modo en que Joaquín tocaba las cosas). Y hoy el mundo es distinto, porque hay muertes, apocalipsis individuales que parecen ser como últimas células de un cuerpo. Un día nos miramos al espejo y algo nos falta en la cara: un diente, un pelo, un Joaquín Giannuzzi. Y lloro, digo,

La estación Coghlan a fines del siglo XIX y John Coghlan (1824-1890), ingeniero irlandés que prestó servicios en la Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires y en los ferrocarriles ingleses. Vinculado al Ferrocarril Central Argentino (luego Bartolomé Mitre), se le dio su nombre a la estación urbana del ramal que une Belgrano “R” con Bartolomé Mitre –inaugurada el 1º de febrero de 1891– y de ella al barrio de su entorno.

porque el pasado empezará a parecerse a esas fotos amarillas que miramos con la extrañeza del que siente que debe empezar de nuevo, y esa cara desconocida, que hoy vemos en el espejo, nos parecerá con el tiempo la cara que hemos tenido toda la vida. Walter Iannelli

Informa a sus lectores que nuestro periódico puede retirarse mensualmente (a partir del día 10) del puesto móvil que compartimos con la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo, Ediciones Papeles de Boedo y Boedo XXI, en la vereda del “Margot” (Boedo y San Ignacio), los sábados de 10 a 13.30, o en los locales de cualquiera de nuestros anunciantes. Gracias por su interés.


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Quién se acuerda en estos tiempos, de don Luis Arata? ¿De quién?, interpelará, quizá, más de uno y no le faltará razón, por ignorar que don Luis fue una de las figuras más importantes que tuvo nuestra escena nacional. Hablo casi de los inicios de nuestro teatro, de ese tiempo en que traqueteaba atravesando Boedo “el trencito de la basura” camino a “la quema”, cuando el canto andaba, todavía, en boca de los payadores y don Luis, Luisito seguramente, pues esta historia tiene su comienzo en los años de su adolescencia, cuando se reunía con una barra de muchachos del barrio en la esquina de Belgrano y Loria y soñaba con ser, aunque más no sea, “figurante”. Fue a instancias de esos amigos, precisamente, los primeros en conocer su vocación histriónica, que se presentó en una velada artística organizada por una entidad barrial, y en la que recitó un monólogo que él mismo había compuesto. Esa noche había enfrentado por primera vez a un público, aunque fueran vecinos del barrio, y había salido victorioso. Boedo fue siempre, lo es ahora mismo, la patria chica de figuras ilustres de las letras nacionales, cuna de grandes escultores, dramaturgos prestigiosos, editores audaces, actrices, actores, periodistas, hombres y mujeres tocados por el sutil hechizo de las artes, cultores de la danza, de la música popular, sapientes investigadores que le han dado al barrio ese “lustre” que hasta hoy lo distingue. Boedo ha sido siempre, dentro del ámbito cultural, creador de creadores, y sin duda ese aliento intrépido estaba ya dentro de aquel joven soñador. Viene a cuento acotar que a pocas cuadras de esa esquina, Loria y Humberto I, existió durante muchos años el “Florencio Sánchez”, un grupo teatral dirigido por Rubén Pesce que desde sus albores llevó adelante con tesón y sin claudicaciones una actitud militante, haciendo conocer autores noveles, propiciando debates y conferencias en el marco de un pensamiento que alentaba la visión de un mundo más justo para todos. Nadie ignora que Boedo era, en ese entonces, el hogar de un pensamiento social y reivindicativo, y en ese paisaje barrial surge a la vida actoral quien sería, con el correr de los años, el gran actor de “El gorro de cascabeles”, de Pirandello, o “El avaro” de Molière, por nombrar sólo dos de sus más resonantes éxitos. Permítanme señalar que don Luis Arata aparece cuando la mayoría de nuestros actores cargan sobre sí el peso que les ha dejado el cine mudo. Esto sucede con casi la mayoría: gestos ampulosos, ademanes enfáticos, expresión grandilocuente, un maquillaje que por poco oculta la gestualidad del actor, una voz, en fin, que no está educada para el medio tono. La lucha era romper con esa herencia que había canonizado el cine mudo. Una tarea, por cierto, nada fácil, pero si eso debía cambiar era necesario trabajar hasta lograrlo. Y don Luis no era de bajar los brazos.

Todavía me parece que en cualquier momento, agitado y rojizo, se va a aparecer por el “Margot”, con sus fervores a cuestas, con sus ganas, con su verborrea de vendedor empedernido... O que al pasar por San Ignacio voy a escuchar su particular manera de pronunciar mi nombre –acentuando la “a” y casi tragándose el resto–, transformando en “már...” mi Mario de origen. Y retenerme en su mesa, junto a la ventana, borrando mi vértigo y contagiándome el suyo, de ojos encendidos reflejando fogatas de la cortada, picados, desafíos en los que había puesto “toda la carne al asador”, como siempre, con generosa entrega a la fantasía de sus recuerdos. Y a las máscaras de su Boedo XXI, del que sólo pudo disfrutar los inicios. O compartir penas y glorias cuervas, de cancha y de dirigencia.

A veces se me ocurre pensar que el Gordo no murió como mueren los “comunes mortales” cuando el cuore dice basta y se harta de bombearte savia a la periferia. Quizá será por aquello de que partió a descansar y el Mandamás entendió mal y lo hizo descansar para siempre. Y se enteró, ya tarde para revertir lo hecho, que, para el Gordo, andar despacio era volar bajito. Y así, de un saque, sin anestesia, lo disolvió en recuerdo. “Murió el Gordo González...” ¡Qué indigerible resultó esa mala nueva que el 24 va a cumplir un año! ................................................................ Me abruma una catarata de cursilerías nostálgicas. Dejame, Héctor, que te tire sólo una: ¡Te extraño!

Hijo de una familia de modestos recursos, su temprana afición a las tablas lo obligaba a juntar moneda tras moneda para poder acceder, aunque más no sea a una función desde la tertulia; pero tiene la suerte de conocer a un autor de éxito que le daría, desde el género chico, un particular impulso a la escena nacional: Alberto Novión. El le ha de posibilitar entrar gratis al teatro, y sobre todo conocer a alguien que ha de ser de vital importancia en su formación dramática, Enrique de Rosas, el que lo incorpora a su compañía. Sus primeros trabajos se enmarcan dentro del género chico, donde lo esencial es entretener, distraer, alegrar y no siempre con las mejores armas. Es la etapa de la emigración y de la aparición del sainete. En 1915 se vincula a distintas compañías españolas. Es también parte del aprendizaje. Pasó por el elenco de Simari, de Pablo Podestá, debió afrontar, también él, la aventura del cómico errante yendo de pueblo en pueblo por todo el interior del país, hasta que Novión y Carcavallo le ofrecen El Nacional. Aquel muchachito adolescente que soñaba en una esquina de barrio con ser actor había llegado a la calle Corrientes. Luces, marquesina, y su nombre allí, junto a Leopoldo Simari y José Franco. Con ellos estrena “Tu cuna fue un conventillo”, de Vacarezza. Es uno de sus primeros grandes éxitos. Triunfó también en el San Martín, con una obra de García Velloso. Su calidad, poco a poco, se va imponiendo, los críticos alaban su labor en el Liceo, pero ha de ser al inaugurar el Teatro Cómico y a través de personajes que resultarían inolvidables (“Stefano”, de Discépolo, “Extraña”, de Martínez Cuitiño, “Saverio”, de Di Yorio) que Luis Arata lograría imponer definitivamente su calidad como intérprete inigualable del grotesco. Ya no es el cómico que hace reír, el que el público sigue porque lo divierte. Don Luis es uno de esos seres dotados de una

particular sensibilidad, que sobre el escenario ponía de manifiesto su talento tanto para, arrancar una lágrima, como para provocar la risa. Es el gran trágico de nuestra escena. También hace cine. Pero su pasión de siempre sigue siendo el teatro. Ya en la cúspide de una carrera, donde, en apariencia, nada le quedaba por lograr, había en él, sin embargo, un sueño no cumplido, y ese anhelo postergado era poder personificar el “Lisandro” de “Los muertos”, de Florencio Sánchez, el gran autor uruguayo. Fue una consagración frente a sí mismo. A partir de esa noche de gloria no hubo para él papel imposible ni difícil. Las obras y los autores, nacionales y extranjeros, desde ese momento, encontraron en don Luis Arata a un intérprete

que se superaba permanentemente. Debe de haber quienes recuerden su interpretación en “He visto a Dios”, de Defilippis Novoa, “El otro”, de Unamuno, “El lustrador de manzanas”, de César Tiempo, “El hombre que perdió su nombre” de Cerratani, “El hombre de la flor en el labio”, “Todo sea para bien” y “El placer de ser honesto”, de Pirandello, el célebre creador de “Seis personajes en busca de un autor”, el que tras asistir a la representación que don Luis hiciera de su Sciampa, personaje de “El gorro de cascabeles”, aplaudió entusiasmado diciendo de él ¡¡que gran actor es Luis Arata!! Y por cierto que lo era.

En octubre del año pasado se realizó en el Salón Dorado de la Legislatura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires un homenaje a la actriz española Maricarmen García Antón. Con este acto culminó la iniciativa de un grupo de escritores, la que fue presentada oportunamente al diputado Raúl Puy, quien elevó el proyecto que fue aprobado por unanimidad en la Legislatura porteña. Maricarmen ha tenido una vida plena de experiencias. Nacida en Madrid, ingresó en la Facultad de Medicina siendo aún una adolescente. Enterada a través de sus compañeros universitarios de la experiencia teatral de “La Barraca”, sintió la motivación para integrarse al Teatro Universitario dirigido por Federico García Lorca, que llevaba teatro clásico a pueblos y lugares apartados del circuito cultural. De este modo tuvieron acceso a los clásicos personas que –en muchos casos– nunca habían tenido contacto con un espectáculo teatral. El comienzo de la Guerra Civil, en julio de 1936, cambió dramáticamente la vida de Maricarmen, quien se incorporó como voluntaria para atender heridos y cuidar huérfanos de guerra.

La historia de todas estas vivencias aparece reflejada en su libro “Visto al pasar,” publicado recientemente en España por Ediciones Do Castro. Refiriéndose a él, Maricarmen expresa: -“...se trata de cosas que vi al pasar el tiempo, no tanto de mis vivencias interiores sino que es el relato de las personas y circunstancias que he conocido a lo largo de mi vida”. Las personas a las que alude fueron escritores de la talla de Pablo Neruda, Rafael Alberti, María Teresa León, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Luis Cernuda, etc. Todos ellos comprometidos en la lucha por la República Española. Las circunstancias fueron las mismas que vivió la autora: una decidida lucha a favor de sus convicciones, que desencadenaron el exilio o la muerte. En el homenaje la actriz compartió con el público la lectura de algunas páginas, las que daban cuenta de los difíciles momentos vividos con el comienzo de la Guerra Civil. Pero también hubo espacio para los buenos recuerdos; por ejemplo, la descripción emocionada del encuentro con Antonio Machado. El poeta argentino-español Luis Alberto Quesada realizó una semblanza de la vida de la

Sra. García Antón. Cabe señalar que la misma Legislatura lo ha reconocido con el título de Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, nombramiento que se hizo efectivo con un acto el 5 de noviembre, en el Salón San Martín. (N. de la R.: este periódico publicó, en su edición de diciembre, la nota de Carlos Caffarena sobre esa distinción.) El diputado Raúl Puy resaltó con sus palabras la biografía de la homenajeada, quien debió partir hacia el exilio al ser derrotada la República. Aunque su lugar de destino original era Chile, al llegar a Buenos Aires la acción de intelectuales argentinos determinó que se le otorgara a ella y su esposo –el reconocido escenógrafo Gori Muñoz– la posibilidad de residir en nuestro país. Y es en la Argentina en donde ambos reconstruyeron su vida, permaneciendo en el país –ya por propia elección– cuando las condiciones en España se habían modificado y era innecesario el exilio. El acto culminó con poemas de García Lorca y fragmentos de sus obras de teatro “Doña Rosita la soltera” y “Yerma”.

Mario Bellocchio

Juan Alberto Núñez

Clelia Volonteri


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ienso en el libro amigo y vuelvo a mi experiencia como librero. Recuerdo a una mujer que luego de realizada la compra, me dijo, Me están dando tantos libros para leer... y después, ¿qué hago con los libros? Aquel día anoté la anécdota con un dejo de tristeza. Pasaron seis años después de las palabras de la mujer. Después de las palabras, siempre aparece un después de las palabras. La tristeza de ayer es la misma que siento hoy. Qué tristeza que haya tantas personas que después de leer un libro, y vamos a suponer que el libro fue de su agrado, no sepan qué hacer con él. Quizá la misma tristeza de ver a muchas, muchísimas personas, y esto no es ninguna casualidad, pendientes de autores que nada tienen para ofrecer como tales y que sí adivinan la veta correcta para sus productos. Hoy más que nunca los libros y sus territorios aledaños están manejados por códigos de economía; un tema es que exista un lector con capacidad para elegir su lectura, y otro muy distinto es que el lector sea transformado en potencial consumidor de lo que debe consumir mientras cree estar siendo fiel a sí mismo. Ninguna casualidad que personas como esta mujer no sepan qué se hace con los libros que han sido leídos; que no reparen en que un libro puede ser, como mínimo, memoria; que no sepan, como dice Saramago, que dentro de un libro está el espíritu del autor. No es casualidad; mejor pertenecé a la línea; no elijas, nada más comprá. Así, un autor haría la diferencia de poder ser reconocido. Un libro es memoria, es espíritu; y tener un libro en la mano puede significar, por ejemplo, Y alguna vez en casa, en mi cama, mucho después de la cena, las

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l más hermoso de los requiebros que recibí en mi vida me lo ofreció Julián Centeya la noche en que nos conocimos. El tenía sobre la mesa del café mi libro de poemas; yo recordé entonces, como en un fogonazo, que ese hombre había sido quien me hizo llorar a los gritos cuando mi primera desilusión amorosa (o mi primera ilusión?). Si mi madre era fanática del tango, yo me entendía sólo con el jazz. Pero esa tarde la radio de mi madre me alcanzó en el toque justo de la ciénaga infinita que después sabremos que se llama soledad y es para siempre. Me alcanzó con una melodía de adiós y alondra que azotó la nieve y, es cierto, la niña que escribía su diario a escondidas y guardaba violetas entre las hojas de sus cuadernos no necesitaba ninguna excusa para llorar, apenas el roce bautismal con el tango, con un tango, cualquiera, pero aquella tarde fue La vi llegar y fue Julián Centeya. Bendito

últimas horas de la jornada abrigaban también mi lectura, aunque esto sólo sucedía los días en que había llegado a los últimos capítulos de un libro, en que ya no quedaba mucha lectura para llegar al final. Entonces, afrontando el riesgo del castigo si llegaba a ser descubierto y el insomnio que, una vez terminado el libro, podía llegar a prolongarse durante toda la noche, en cuanto mis padres se habían acostado volvía a encender la lámpara... Así escribió Marcel Proust en Sobre la lectura. Viene bien recordar una línea de Oliverio Girondo, Estamos tan pervertidos, que la inhabilidad de los torpes, nos parece el “sumun” del arte. No es casualidad que muchas personas no puedan elegir un autor; insisto, otro ejemplo, esta vez de mano de Rainer María Rilke en carta dirigida al joven poeta Kappus, (...) ser artista significa no calcular ni contar, madurar como el árbol que no apura sus savias y que confiadamente se mantiene erguido en medio de las tormentas de la primavera, sin miedo de que después no haya de venir ningún verano. Viene sin embargo. Pero viene sólo a los pacientes que permanecen como si ante ellos estuviera la eternidad, tan descuidadamente tranquila y amplia. Un autor para elegir sería aquel que no pensara, como paso fundacional para su libro, la posibilidad de la venta; un autor sería aquel que pudiera ser ejemplo de ubicuidad ante ciertas cuestiones de este mundo; un autor para elegir no debería mostrarse arrogante, y tampoco habitante de ninguna casita para dioses; me digo que un autor para elegir, muy mal haría en decir todo aquello que él y su escritura representan. Por ejemplo, alguien que

bautismo, bendito padrino. No le conté de mi recuerdo esa noche, me senté a su mesa, la luz del fluorescente le caía sobre las mejillas flacas, pura arena. No sé qué palabras, qué pocas palabras, hasta que se me acercó y olí ese aroma de lavanda que luego lo precedería por e1 largo pasillo que daba a mi puerta, en esa casa con jardín, y antes del timbrazo ya su aroma de lavanda estaba allí, y mis hijos se regocijaban, y él decía muchacha, me decía muchacha, y venía para quedarse la eternidad de seis minutos o diez días. Se me acercó, la mesa entre los dos, mi libro de poemas, la radio de mi madre, ay mi amor de colegiala, mis lágrimas, bendito tango. Y me dijo: tenés la misma mirada de mi perro Cri Cri. Era en invierno, Julián llevaba una bufanda azul, la mía era roja. Se quedaba, dormía en el sofá del living; yo oía, desde mi dormitorio, el chasquido intermitente de su encendedor, y una vez, suavemente, descalza, espié la oscuridad y vi la brasa fugaz abriendo un diminuto hueco en el aire y enseguida otra brasa, silenciosa, yendo y volviendo, dibujando firuletes en el espacio del tiempo entre la almohada y los labios. Amanecía cuando el chasquido se apagaba, Julián Centeya dormido tenía sueños con murmullos, sílabas metidas en la niebla pronunciadas con ritmo de versos y, una respiración profunda y limpia, extrañamente sana para sus pulmones abusados. Quizá Julián Centeya desembarcaba cada noche en el helado puerto de sus buenos aires, quizá susurraba en la lengua que le dio su madre y no quería

diga, Mi lenguaje es moderno y revolucionario, muy directo y a la vez profundo. Es la vanguardia, porque creo que es así como se van a escribir las novelas en el futuro, es el estilo que va a sobrevivir. La literatura venía mucho de una “prolijidad”, en la que el contenido no importaba tanto como la forma, y no es así. Hay conceptos que deben pronunciar los demás, y no el propio escritor. Un autor para no elegir podría decir, Cuando me hablan de este asunto del éxito, yo no lo concibo, no lo sé, y no me interesa. Ni qué decir si el mismo escritor que se desentiende del éxito, admitiera que guarda todos los comentarios que se hacen de sus libros, Lo tengo todo digitalizado. Qué hacer con los libros de un escritor así, ni yo mismo sé, y eso que tuve la suerte, y en este país es una suerte, de nacer en una casa donde había una biblioteca. No es casualidad que la señora no llegara a la realidad del libro en el mejor momento para llegar a los libros, en la casa de nuestros padres, ahí la primera movida. Si esta mujer hubiera recibido la herramienta, si sus padres también hubieran recibido la herramienta, jamás elegiría al escritor que pudiera decir, En verdad soy muy anárquico leyendo. Leo algunas cosas nuevas, pero al único que releo es a Borges, que es mi ídolo. Por eso no tengo una biblioteca. Para qué, si tengo la biblioteca más grande del mundo que es Internet. Quiero saber algo, voy allí, me conecto y listo. Para qué guardar montones de libros que no se van a volver a leer. He aquí un caso de un constructor de productos que se usan un rato y nada más; ¿por qué?, es simple, nada de memoria, nada de espíritu; alguien así es quien podría solucionarle el problema a la

mujer que hace seis años atendí en la librería. Este autor para no elegir tiene a su dios, Borges (y me pregunto si habrá leído Historia universal de la infamia porque no tengo dudas de que se hallaría entre camaradas), y entonces ya no hay motivos para tener una biblioteca que guarde nombres como Proust, Girondo, Saramago, Rilke; no hay motivo alguno para saber qué es lo que se siente a la hora de acariciar ciertos libros, del placer de descubrir el lomo de nuestros libros sobre nuestros estantes. Nada importa a un autor para no elegir que un libro sea memoria y espíritu del autor, y también sea memoria y espíritu del lector. Este escritor podría dedicarse a escribir para publicar en el mercado editorial de Internet, aunque lo dudo, ya que no es tan jugoso como el originado por esa estúpida costumbre de poseer un libro y que él mismo, iluminado, se ufana de no practicar. Este escritor puede ser un buen amigo de una de las imágenes que escribiera Bradbury, un no ídolo autor de otro de mis libros que guardo de puro estúpido, Mientras los libros se elevaban en chispeantes torbellinos y se dispersaban en un viento oscurecido por la quemazón. La temperatura de la imagen pertenece a Fahrenheit 451, la marca justa en que puede disolverse una memoria o un libro, que es lo mismo para todo aquel que no sea tan revolucionario como Paulo Coelho, que se despide de esta manera, Son muchos millones, sí. Ya voy por los 58 millones de libros vendidos... Pero mis lectores van desde el jefe de una compañía multinacional a la camarera de Tarbes; no hay una manera de definir quiénes son. Así de simple, y no es casualidad. Edgardo Lois

está solo. El tano laburante y libertario hablando en su lenguaje y el niño chupándose por los ojos el gris del mar, adolescente diplomado de inmigrante, Julián Centeya, inmigrante hasta el último suspiro, el hombre gris, el vino, el pucho, las putas, el reaje, baja del barco, lengue, chambergo, verso y tango, el niño con su perro, baja del barco el inmigrante y dice “yo no vengo a hacerme la partida / yo digo nomás que soy de Boedo”. Y en verdad, lo que corre por sus ojos es una frescura fluvial, una ternura quebrándole el esquema a su rostro de guapo y con perfil gastado. En verdad, entre lágrima y burdel, entre esquina y fulería, entre tano y compadrito, anduvo a los golpes con su alma para que no le chanfleara el berretín de ser un hombre que silba mientras empuja una carretilla llena de inservibles retazos de su vida. E1 hombre que regresa, silbando, con la carretilla vacía, descargados en un baldío los sueños que ya no tendrá que soñar. En verdad, Julián sin luna y sin amor, Julián sin nada. Nira Etchenique olvidar. En esas noches de espionaje poblé mi insomnio con tristeza ajena. Imaginé el barco y el idioma que traían de Parma, el idioma que los aislaría en la nueva tierra y a la vez los protegería y los haría inexpugnables a cualquier invasión, un racimo la familia Vergiatti con su perro Cri Cri. Un quinteto de ceniza los Vergiatti, y el pequeño Amleto en el último rango de los camarotes abrazado a su perro, tal vez todos buscándole la mirada a Cri Cri para que les diera confianza, el tano laburante y libertario con sus hijos, su mujer, a más un perro, quién está más solo que el que en medio del océano


027 febrero 2004 c