Issuu on Google+

Boedo, Ciudad de Buenos Aires Año II - Nº 12 - Noviembre de 2002

año próximo. Don Ubaldo es Ubaldo Rodríguez (83), quien fue maestranza de la sucursal Boedo entre 1938 y 1946, cuando –nos relata– “para las fechas patrias solían perdonarse deudas menores.” Recuerda la enorme cantidad de ropa que debía ser desinfectada con métodos expeditivos: “Los fines de semana, antes de irnos, prendíamos unas pastillas que llenaban el depósito de humo. El lunes se ventilaba todo y se mandaba la ropa, ya libre de bichaje, por los tubos”.

Comienzos de 1938. El café Biarritz entrega el edificio de Boedo 868 a la Municipalidad. Acaba de vendérselo y hay que desocupar el ámbito. De su testa desciende una corona boedense, la peña Pacha Camac –impensada víctima de la transacción– que tras renovado esfuerzo termina en su nueva sede de Loria 1536. Comienza a construirse la ampliación que consolida el hermoso edificio “art decó”, nueva sede del Banco Municipal, la que aún hoy lo alberga bajo el nombre de Banco Ciudad. Falta aún un par de años para la federalización de Buenos Aires. Boedo –con transitabilidades variables en su trayecto– es el límite oeste de la ciudad. Las miserias y carencias de la gente más humilde la arrojan al vaciadero de la usura. Los prestamistas refugiados en eufemísticas casas de remate expolian sin piedad. Así nace el 23 de mayo de 1878 el primer Monte de Piedad, con el fin de “...servir a la clase proletaria, que es precisamente la que más necesita aprovechar de los beneficios de esta institución” (acta del Consejo de Administración, 10/6/1878). Los apuros que genera un momentáneo desempleo –que ya existe–, una enfermedad, o simplemente el crédito barato para la piecita del fondo, cuentan ahora con una fuente más razonable que acepta la garantía de objetos varios. Desde el reloj de bolsillo –que perteneció al abuelo– hasta una pilcha del ropero –previo rescate de la bolsita de naftalina– pasan a ser materia pignorable, término de raigambre culta que el Negro Cele(1) baja al llano cuando rescata a su Viejo smoking de la catarata de objetos que van “...de cabeza p’al empeño”. “Todavía están”, dice don Ubaldo refiriéndose al comienzo de los conductos por donde se arrojaban las ropas pignoradas para su almacenaje. Ahí están aún las tuberías, en un ángulo del segundo piso donde irá el museo el

José Hernández (ver página 3) integró durante tres años el Consejo de Administración del Monte de Piedad –1881/84– del que fue apasionado defensor a través de su actuación periodística, literaria y parlamentaria. En su recordado discurso del 26 de mayo de 1880 en la Legislatura sentenciaba: “...las sociedades que olvidan la suerte de sus padres están condenadas a ser siempre pobres. El medio de enriquecerse es cuidar a los pobres...”. Y no cabe otra interpretación –en ese contexto– que la de un “enriquecimiento” ético, dada su previa defensa del Monte de Piedad: “...aunque no produjera por su sola actividad lo suficiente para costear sus gastos (...) la Cámara debe votarlos sin dificultad ninguna, pues es una institución que presta inmensos beneficios al público...”

la Sucursal Nº 4 el 11 de octubre de 1920. Las actividades abarcadas ya exceden en mucho las iniciales, por lo que en 1944 pasa a llamarse Banco Municipal de la Ciudad de Bs. As. y finalmente, casi a punto de cumplir los 100 años, mediante la Ley 19642 del 16 de mayo de 1972, adquiere su actual denominación de Banco de la Ciudad de Bs. As. “Me puse a llorar en la ventanilla. No tenía el dinero para la renovación, de manera que perdía la máquina de coser que era mi único medio de vida. Volví a casa desconsolada. Como un par de horas después, tocan el timbre. Salgo... y nadie. En el piso, un sobre. Adentro, la boleta con la renovación: un mes más, para entonces “sí pude” rescatarla. Nunca supe quién fue el alma de Dios que me ayudó.” (Otilia R., 76, Boedo)

El año que viene, cuando se cumplan 125 años de aquellas lejanas luchas de Hernández materializadas en el Monte de Piedad, Boedo tendrá su museo. Tal vez un objeto de vitrina cuente a oídos atentos la historia de quien nunca pudo reunir el precio del rescate. Quizás aquella manivela de ascensor “Otis” nos hable del “ascenso a los cielos” con la pequeña fortuna conseguida. El préstamo de los pobres El mismo sitio, unos metros más arriba. Allí y más de un siglo de huellas. Habría en ellas donde la Peña irradiaba cultura a Boedo, un suficiente material para construir la antropiso más, el 2º –que entonces no existía– será la sede del Museo del Banco Ciudad. Curiosa parábola descripta tras un salto de 65 años para volver a cobijar, en “casi el mismo ámbito”, un espacio cultural. Volverán a Boedo las rejas “decó” de la caja 4, una obra de arte que presenció –sin consuelo ni alborozo posibles– penurias y regocijos del “empeño” en nuestro barrio. Y una lista enorme de objetos y testimonios fotográficos cuya muestra, aunque menor con relación al futuro museo, se exhibe en el Centro Cultural Recoleta hasta el 7 de noviembre bajo el sugestivo título de “Monte de Piedad, 1878 - contra la usura - Museo Banco Ciudad, 2003, historia, cultura, sociedad”. Una vuelta ligué un anillo de oro de un tío. Estaba encajonado hasta que un día escaseó el mango y allá fui al banco, a empeñarlo. Yo era un pibe de dieciséis años. Fui en cana. ¿Quién le hacía entender al comisario que no lo había afanado? Tuvo que venir a buscarme el viejo y explicar que era verdad. (Ricardo De Biase)

Los hitos de almanaque de toda esta historia comienzan un 23 de mayo de 1878 con el Monte de Piedad. Federalizada Buenos Aires, pasa a denominarse Banco Municipal de Préstamos y Caja de Ahorros a partir del 22 de diciembre de 1888. Cambia la denominación de Banco por la de Oficina tres años más tarde, y a través de la Ley Orgánica 4531 adquiere autonomía a partir del 30 de septiembre de 1904 con el nombre de Banco Municipal de Préstamos. La casa matriz de Suipacha y Viamonte –donde hoy se aloja la Dirección General de Rentas– data de 1909 y la expansión del banco llega a Boedo con la apertura de

pología cultural de los porteños y, específicamente, de 71 años de los boedenses(2) rescatados de los sueños y pesadillas que el empeño nos legó. Mario Bellocchio (1) Celedonio Flores (2) El pignoraticio de Boedo funcionó entre 1920 y 1991. FUENTES CONSULTADAS *Monte de Piedad..., catálogo de la muestra presentada en el Centro Cultural Recoleta, Bs. As., noviembre 2002. *Banco de la Ciudad de Buenos Aires, publicación institucional con su historia y trayectoria, Bs. As., 1995. *Requeni, Antonio, Cronicón de las peñas de Buenos Aires, Fundación Banco de Boston, Bs. As., 1984. AGRADECEMOS LA COLABORACION DE: Ana van Raap, Héctor Osvaldo López, Ubaldo L. Rodríguez y Ubaldo Rodríguez.


ARGENTINA - Eduardo Gil Eduardo Gil es fotógrafo y Argentina, presentado hace pocos días, el libro que, según palabras del artista, Intenta ser una metáfora de la Argentina desde la dictadura militar hasta el presente. En las fotografías de Gil está la marca registrada que establece la clara existencia de un creador que, en este caso, arriesga la mirada en ciertos intersticios del país donde vive. Es para destacar, además de la totalidad de las imágenes, el texto que abre el libro y del que Eduardo Gil también es autor: Se preparan a no poder dormir./ Pero todo brilla y está ordenado./ Como corresponde./ Solo hay una duda./ ¿Qué corbata estrenar en el propio funeral? (E.L.) Ediciones “Cuarto 14”, Bs. As., 2002. JOSE GOBELLO. Sus escritos, sus ideas, sus amores - Marcelo Héctor Oliveri El libro, que narra la historia humana, social y política de José Gobello alcanza un doble interés: quienes se interesen por los avatares de la política de estos últimos 50 años de nuestro país, encontrarán referencias, muchas veces inéditas, sobre personajes de distinta laya, expuestas con la ironía particular del narrador, en especial en su Diario de la cárcel, apuntes conservados por Gobello desde la época de su reclusión (1955/58). La obra se completa con recuerdos sobre su labor como periodista, la fundación de la Academia Porteña del Lunfardo, su relación con Perón, Evita, Videla, Quarracino, Perina, Borges, Sábato, Tiempo y Piazzolla, entre otros. El periodista Marcelo Héctor Oliveri, autor de las entrevistas que dan origen al libro, cumple sobriamente su función, resultando visible que el cuestionario abordado fue previamente consensuado con el verdadero protagonista: José Gobello. (A. L.) Ediciones Corregidor, Bs.As., 2002.

Las obras completas de Borges son una de las pocas cosas completas que logré reunir en la vida. A esto debo agregar la colección de la enciclopedia Lo sé todo que tuve de chica y que me hizo experimentar tempranamente el orgullo ingenuo que da cualquier tipo de posesión, así sea, como decía Cortázar, la posesión momentánea del asiento de la ventanilla. No conocí la dicha de tener la totalidad de los libros amarillos de la colección Robin Hood. Tampoco disfruté de la propiedad de El Tesoro de la Juventud, cuyo título, antiguo desde su nacimiento, me hizo pensar siempre en niñas sin malos pensamientos cautivas en figuritas con brillantina y en niños ejemplares que guardaban dinero en la alcancía soñando con futuros colmados de felicidades perfectas de libro de lectura. La vida me compensó –tardíamente, es cierto– con los treinta y dos lujosos tomos de la Enciclopedia Británica. Están encuadernados en cuero negro con letras y filetes dorados y tienen un señorial aire inglés con algo de vetusto. Merecerían una amplia estancia del siglo XIX con cuadros de marco dorado con escenas de caza, porcelana de Hunting con paisajes azules, pesados cortinados de terciopelo y vidrios emplomados capaces de resolver un complicado ejercicio de geometría poética: repartir la desolación del día en rectángulos idénticos. Estos treinta y dos volúmenes son treinta y dos cajas exquisitas –bien podrían ser de madera de sándalo con incrustaciones de nácar– en las que guardo el mundo cuidadosamente plegado por sus líneas punteadas y ordenado por orden alfabético. Esta es la exigua lista de mis universos completos. Casi todo lo demás es fragmentario y disperso. La vida se me presenta a diario como un incomprensible montoncito de astillas que me hacen sospechar la existencia de un todo al que no tengo acceso. No creo ser una excepción. Una de las afirmaciones más frecuentes de la gente que ha alcanzado esa resignación oficinesca que es el sentido común es que no se puede tener todo y que, en consecuencia, la pretensión de totalidad es el más improbable de todos los anhelos. Y es cierto. Sin embargo, qué curioso, lo más importante de nuestra vida está cifrado en aquello que nos falta. ¿Qué son los deseos sino el impulso ciego que, contra toda lógica, nos lanza a la búsqueda desesperada de un tomo agotado, inhallable? Inhallable aun cuando lo hallemos porque en aquello que encontremos no podremos reconocer nunca la totalidad y el fulgor de lo deseado. La felicidad, es decir, la traducción de la totalidad a la lengua de los gestos cotidianos, es un incunable. Es, por lo tanto, algo que no puede volver a mecerse en la cuna sencillamente porque no puede volver a nacer. Ha nacido de una vez y para siempre. Es una pieza única y su carácter único la vuelve inaccesible y lejana. Siempre será un libro de una biblioteca ajena, remota. Y aun cuando nos lleguen sus palabras, lo harán a través de baratas ediciones de bolsillo. Sólo las obras completas nos compensan de tanta completud (valga el neologismo) inaccesible. Claro que en la vida todo tiene su precio –dice la gente con

sentido común– y, en este caso, el precio es la vida misma. Las obras completas son siempre póstumas. Las de los escritores vivos son necesariamente incompletas. Como sus autores, están envenenadas de tiempo y, por lo tanto, sometidas a los caprichos del devenir: enmiendas, tachaduras, agregados, arrepentimientos, ediciones perdidas, erratas..., todo caos y dispersión. Es la muerte la que las arranca de la noria del tiempo y las deja a un costado del camino, inmunes a todo acaecer. Y es entonces cuando, muriéndonos de risa en la cara de Heráclito, podemos bañarnos dos veces en el mismo río, encontrar una y otra vez la misma historia, la misma palabra, en la página 240 de las Obras Completas de Borges. Nuestra modesta vocación de emperadores se ve así satisfecha. Tenemos un mundo inmóvil a nuestros pies, un imperio portátil que nos hace sentir el poderoso Kublai Khan de un reino de papel . Ahí está, a nuestra merced, el sufrimiento de Proust encuadernado, su asma apretada entre las páginas como si la estuviéramos disecando para incluirla en un herbario. Su taza de té, perpetuamente apoyada sobre las líneas finales del primer capítulo con la inmovilidad de porcelana de una naturaleza muerta, todavía está preñada de su infancia y dispuesta a volver a parir la misma historia cuando a nosotros se nos antoje. En la disposición de las hebras húmedas depositadas en el fondo puede leerse, sin necesidad de conocer el arte de la teomancia, su pasado que vuelve a hacerse presente bajo el recorrido pendular de nuestros ojos. Está escrito en el extraño alfabeto de aromas de la casa de Combray compuesto por los signos del recuerdo. Ahí está también, en dos gruesos tomos, el dolor total de Vallejo, a quien los heraldos negros de la muerte lo alcanzaron un jueves en París con aguacero y nos lo dejaron amortajado en encuadernación rústica con su colección completa de laceraciones. Comenzamos en la infancia coleccionando figuritas, soldados de plomo, muñecas, y hoy nos complacemos en coleccionar llagas ajenas con verdadero empeño de filatelistas. Es que tranquiliza creer, aunque no sea cierto, que finalmente hay algo que podemos poseer entero, incluida la figurita difícil que no pudimos hallar en la niñez. La realidad es un rompecabezas en el que siempre faltan piezas o hay piezas que no encajan, una sucesión de imposibles, una inacabada colección de desalientos. La muerte, fiel a su gramática funesta, nos amenaza con el punto final que dejará arbitrariamente incompleta la oración de nuestra vida y nos recuerda que no somos más que dispersión, que del polvo venimos y al polvo volveremos. Sólo Quevedo nos salva de la disolución desde su completud de papel biblia. Nuestro empecinamiento filatélico trascenderá la muerte para alentarnos a completar lo que iniciamos. Seremos polvo, sí, pero polvo enamorado. Mónica López Ocón

Sábado 9 a las 17.30: “¡Te espero en el café!” en Recuerdo "Esquina O. Pugliese" Av. Boedo y Carlos Calvo. “Boedo en el Tango” (obras de C.Castillo, S. Piana, H. Manzi, y otros). Mario Valdés en piano y las cantantes Marisa Eguía y Miriam De Luca. Martes 12 a las 20.30: Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo. Reunión cena 16º aniversario. En Recuerdo “Esquina O. Pugliese”. Tarjeta $ 10. Reservas hasta el domingo 9. Lunes 18 a las 19,00: “Plaza de Mayo: anteayer, ayer y hoy”. María de las Nieves Arias Incollá y Néstor Zakin, miembros de la Dir. Gral. de Patrimonio (Sec. de Cultura del G.C.A.B.A.), ilustrada con diapositivas. En Boedo 853 (Espacio Teatral Boedo XXI) Miércoles 20 a las 20: Junta de Estudios Históricos de San Cristóbal. Homenaje a Jorge Larroca (primer historiador del barrio). En la plazoleta ubicada en la calle Cochabamba, entre Pichincha y Matheu, se descubrirá una placa alegórica. Sábado 23 a partir de las 9.30: Boedo desde Independencia hasta San Juan. “El Sur existe, produce y muestra”. Jornada organizada conjuntamente por distintas entidades vecinales. Expresiones artísticas, comidas regionales, artesanías, libros, etc. Adhieren, entre otros, el Dist. Escolar Nº 6, Rotary Club de Boedo, Escuela de Psicología Pichón Riviére, Asoc. Amigos del Barrio de Boedo, Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo, Centro Cultural Julián Centeya, C.G.P. Nºs. 4 y 6, Centro Islámico de la República Argentina, Asoc. Cooperadoras de la escuelas del Dist. Nº 6, periódico “Desde Boedo”, Ediciones “Papeles de Boedo”, Espacio Teatral Boedo XXI etc. Informes: 4 931-9151/ 15-4 8898500 - D.E. 6.

Sábado 23 a las 11: Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo y Centro de Gestión y Participación Nº 4. Descubrimiento de las dos primeras placas que indicarán la nomenclatura histórica de las calles y avenidas del barrio. En Boedo y Humberto I (antigua calle Comercio) y Boedo y Carlos Calvo (antigua calle Europa). Miércoles 27 a las 19: inauguración VI Salón Bienal de Escultura de Boedo “Maestro Francisco Reyes”, organizado por la Junta de Est. Históricos del Barrio de Boedo y la Cofradía de la Orden del Lengue. En Asociación Estímulo de Bellas Artes, Av. Cordoba 701. Presentación de obras: 23 y 25 de noviembre. Informes: boedohis@elsitio.com; 4 923-2170/ 4 924-6858 o en Asoc. Est. de Bellas Artes.

Sábado 16 a las 20.30: “Nació en los Corrales Viejos”, el origen del tango y el barrio Parque de los Patricios. Conferencia-show. Coord. gral. Ing. Manuel Vila, coord. artística José Cataldi (Foro de la Memoria de P. de los Patricios, Caseros 2949) Organiza “La Barra de los Corrales”. Sábado 23 a las 16: “Corrales eran los de antes”. Visita guiada a dos siglos de historia. Partida a las 16 hs. de Caseros y Monasterio. A 130 años de la inauguración del Matadero de los Corrales.


Era tan significativa la popularidad del poema de José Hernández que un diario de La Plata, al otro día de su fallecimiento –22 de octubre de 1886–, dio la noticia con el título de esta nota. Además, muchos lo conocían por el nombre de su obra cumbre, por eso el escritor –nacido el 10 de noviembre de 1834– pudo afirmar: “Soy un padre al que le ha dado nombre su hijo”. La producción escrita en prosa y en verso es irregular: ninguna logra la forma y el fondo de su Martín Fierro al que analizamos sucintamente. Literatura social y de protesta siempre hubo. Antecede y sucede al Martín Fierro. Recordamos las composiciones en verso –anónimas o firmadas– que inspiró el protagonismo del pueblo en las Invasiones Inglesas. Generosa cantera proporcionó la Revolución de Mayo y, más cerca de nuestra época, subrayamos la primera experiencia colectiva de literatura social con el denominado “Grupo de Boedo” integrado, entre otros, por Elías Castelnuovo, Leónidas Barletta, Roberto Mariani, Alvaro Yunque, César Tiempo, y sus continuadores entre los que sobresale Roberto Arlt. El canto de protesta tensa más fuerte que nunca el arco para disparar durante la organización nacional el alegato tan original como enjundioso en todo un libro: Martín Fierro, que capta el problema y lo expone en versos rústicos, corajudos, fragantes. La primera parte –El gaucho Martín Fierro– fue publicada en 1872 y la segunda –La vuelta de Martín Fierro– en 1879. Ambos libros conocidos como la “Ida” y la “Vuelta” se imprimen en la actualidad en un solo ejemplar. El gaucho Martín Fierro –protagonista y payador del relato– vive feliz junto con su mujer y sus hijos. En una leva arbitraria lo toman prisionero, destinándolo a un fortín para frenar los malones

La categoría de “poesía social”, es decir, la consideración de la poesía de tema social e intención revolucionaria como una suerte de género poético distinto del de la lírica y la épica, es teóricamente cuestionable. Sin embargo, el hecho de que en el proceso histórico de una literatura se haya planteado el problema y hayan surgido tendencias que la cultivaron obliga a tenerla particularmente en cuenta. Sin duda, toda obra literaria es expresión de circunstancias políticas, sociales y económicas precisas y determinadas. El arte está vinculado estrechamente, pero de manera complejísima a la sociedad de la que proviene y a la que se dirige para cuestionarla o celebrarla. Lo social condiciona el arte. La literatura puede ser la expresión lúcida y voluntaria de los conflictos que se agitan en una comunidad, y atestiguar, además, una postura frente a tales conflictos, una definición ante las opciones existentes. Esta poesía es una poesía de intención, que define su postura ante los conflictos y ante las causas de esos conflictos. Israel Zeitlin, César Tiempo, Clara Beter: tres nombres para ese deseo de ser la voz de la gente de esos pueblos que amaba: los judíos, los argentinos. Dos países: Ucrania y la Argentina. Un objetivo: contar y denunciar. Así como el sainete y el grotesco irrumpen en el teatro con la fuerza que los inmigrantes italianos y su problemática les imprimen, este escritor militante del Grupo de Boedo prefiere enrolarse al lado de sus hermanos que luchan para salir del aislamiento al que los condena una época de desocupación y miseria. Israel Zeitlin trae consigo una memoria ancestral de persecuciones en la Rusia zarista. Con el transitar en Buenos Aires y con el desgranar vivencias, se transforma en el poeta de la judería porteña. Se incorpora a los guetos porteños de Once, Villa Crespo y La Paternal. Con humor, con ternura y con tristeza, la poesía de César Tiempo parte de la realidad más concreta para convertir su reinado y circunscripto tema en el símbolo de algo más

indígenas. La verdad es distinta: Nos mandaba el coronel / a trabajar en sus chacras, / y dejábamos las vacas / que las llevara el infiel. Agobiado por los sinsabores, logra evadirse y vuelve a su casa. Descubre que han desaparecido su mujer y sus hijos y encuentra el rancho destrozado. En ese momento decide el norte de su conducta en esta estrofa: No hallé ni rastro del rancho / ¡sólo estaba la tapera! / ¡Por Cristo si aquello era / pa enlutar el corazón! / ¡Yo juré en esa ocasión / ser más malo que una fiera! Este juramento no justifica sus excesos, aunque explica su desmedida violencia. Para eludir la ley llamada de “vagancia” que vulnera su libertad, se hace gaucho matrero y huye. Quiere su estrella que ingrese en una pulpería y ya ebrio se enfrente con un moreno con el que sostiene un duelo a cuchillo y a quien mata. Luego, en otro boliche, es provocado por un parroquiano con el que pelea y a quien también da muerte. Estos episodios trágicos determinan el pedido de su captura. La partida lo sigue, persigue y alcanza. Se enfrenta con la policía y apela a un nuevo juramento en el que afirma: Y yo dije: si me salva/ la Virgen en este apuro/ en adelante lo juro / ser más bueno que una malva .El combate es desigual, pero su bravura determina que el sargento Cruz se ponga de parte del acosado. Y ay nomás se me aparió / dentrándole a la partida / –yo les hice otra embestida, / pues entre dos era robo– / y el Cruz era como un lobo/ que defiende su guarida. Una vez derrotado el contingente, Cruz y Fierro deciden irse a vivir al desierto, entre los indios. Luego de una azarosa travesía, Martín Fierro rompe la guitarra para no tentarse en el canto y, por fin, alcanzan la frontera. Con esta bella imagen el relator nos muestra la emoción del protagonista: Y cuando la habían pasao, / una madrugada clara / le dijo

general: los judíos humillados, perseguidos y destruidos son, ante todo, hombres que padecen. En los conventillos se encuentra con el tango y en sus letras se halla mezclada con humor la vida cotidiana del judío inmigrante, que trata de copiar las costumbres de sus vecinos. Una manera de ser judío y argentino comenzaba a florecer como un folclore particular. Un porteño lúcido que se siente integrante de un pueblo diaspórico que prueba modos de sobrevivencia, pero que no puede olvidar el origen del gueto que arrastra y que él “satiriza” con amor e ironía. Israel Zeitlin adopta el nombre literario de César Tiempo. Esta mutación no es más que una ofrenda a su amado y querido compatriota, porteño goy: su interlocutor predilecto. César Tiempo no les escribe sólo a los judíos. Describe a los judíos desde una memoria ancestral y desde una realidad cotidiana, para que ese espíritu sea comprendido por el habitante no judío de su querida Buenos Aires. Por eso en su producción, sus libros hablan de esto: Libro para la pausa del sábado (1930), Sabatión argentino (1933), Sabadomingo (1938), Sábado pleno (1955). Sus libros expresan la síntesis entre el sábado judío, caracterizado por la paz y el recogimiento, y el domingo gozoso y goy, como deseo de integración. Así dice: Viernes, el padre trajinero,/ sábado, la esposa furtiva,/ domingo, el hijo callejero/ y alrededor la vida viva./ La vida viva, viva, viva,/ sin unidad y sin distingo/ todos arriba, arriba, arriba/

Pocas cosas pueden competir con el tiempo como generadoras de los lugares comunes más comunes de nuestro lenguaje. En algunas ocasiones maratonista, el tiempo corre; en otras, saca brevet y vuela; como transeúnte pasa; como caminante, deja huella; sin que lo convoque la justicia, es mudo testigo; deviene largo en las penurias y demasiado breve para los goces, se pluralizará cuando en el futuro vengan tiempos mejores y de boca de los viejos sale exclamado como ¡qué tiempos aquellos! Se ofrece generoso consigo mismo dándole tiempo al tiempo; puntual, llegando a tiempo; inoportuno, a destiempo; exiguo, con el tiempo justo; homicida, matando el tiempo; especulador, ganando tiempo; derrochador, perdiéndolo. Y, por sobre todo, no cede jamás el cetro como tema de conversación obligado, cuando no hay un verdadero tema de conversación... En fín: habría mucho más para decir pero, por el momento, tengo poco tiempo, de manera que voy directamente a lo que me llevó a escribir estas líneas: hace ya un año que este periódico se publica. Ha sido un tiempo feliz de encuentros y crecimiento. Gracias a todos los que colaboraron en la pequeña gran empresa. Y todo lo que dije sobre los lugares comunes que la mención del tiempo genera fue para poder exclamar sin sonrojarme: ¡Parece que fue ayer! Mario Bellocchio Cruz que mirara / las últimas poblaciones / y a Fierro dos lagrimones / le rodaron por la cara. Finaliza el libro con el ingreso de ambos en el desierto y concluye con estos versos: y aquí me despido yo / que he relatao a mi modo / males que conocen todos, / pero que naides contó. En “La vuelta de Martín Fierro” éste regresa a la civilización y puntualiza su filosofía: Yo he conocido cantores / que era un gusto el escuchar; / mas no quieren opinar / y se divierten cantando; / pero yo canto opinando / que es mi modo de cantar. Uno de los momentos culminantes del libro es cuando Fierro oye quejidos humanos proferidos por una cristiana cautiva, a quien un indio le ha matado a su hijo y a la que azota despiadadamente. El espíritu de paladín lleva a Fierro a enfrentarse con el indio, al que logra matar. De tal modo tiene que huir de la toldería junto con la cautiva y buscar la frontera cristiana. Destaca Ricardo Rojas la conducta hidalga del protagonista, pues en ningún instante se turba la ley del honor caballeresco, por el interés de una compensación sexual. La fuga finaliza cuando la deja a salvo “en el suelo donde crece el ombú”. Sigue sus andanzas Fierro y en una pulpería encuentra a dos de sus hijos y también a Picardía, hijo de Cruz. En ese lugar sostiene la famosa payada con el moreno en la cual ambos despliegan singular habilidad y claro talento. De inmediato Fierro se reúne con sus hijos y el de Cruz a los que les formula consejos de padre que, por brindarlos, son de un amigo. Vale la pena recordar algunos finales de

Dios, viernes, sábado, domingo. Otra de sus mutaciones la constituye Clara Beter. Bajo este seudónimo publica el primer libro de poemas. Clara Beter es una prostituta judía que, a manera de confesión, desgrana su vida y sus inquietudes sociales con ese estilo popular de los escritores del Grupo de Boedo. Se transforma en la voz desesperada de las casas de citas que colmaban Buenos Aires. El compromiso siempre asumido y presente: Me entrego a todos mas no soy de nadie,/ para ganarme el pan vendo mi cuerpo:/ ¿qué he de vender para guardar intacto/ mi corazón y el cofre de mis sueños? Ucraniana como su autor era una inmigrante fracasada que vino en busca de sueños, y sólo encontró miseria, infortunio y humillación. ¿Acaso una metáfora de la realidad social y política? Seguramente. No sólo la poesía sino también el teatro y el periodismo. En ambos produce obra fecunda. En este último junto a Aristóbulo Echegaray, publica en Martín Fierro bajo el seudónimo de Eslava y Argento. En sus obras dramáticas desarrolla la misma temática pero con una fuerza y un realismo sin tapujos. En 1933 estrena una farsa dramática sobre el negro, el judío y la gente de teatro: El teatro soy yo. Cuatro años después Pan Criollo. Ambos textos plantean conflictos de integración y aislamiento. La primera, El teatro soy yo, produce en la crítica y el público gran escozor, pues consideran exagerados el

seleccionadas estrofas, para valorar la densidad de su mensaje: naides sabe en qué rincón / se oculta el que es su enemigo. (...) es mejor que aprender mucho / el aprender cosas buenas. (...) siempre el amigo más fiel / es una conduta honrada. (...) sangra mucho el corazón / del que tiene que pedir. Conclusión: el libro, verdadera epopeya de la democracia, tiene un argumento lineal, claro, tanto en la primera parte donde narra la persecución y explotación del gaucho, como en la segunda, donde se asimila a la vida regular, solicitando sólo trabajo. El protagonista busca anclaje en la sociedad y buena prueba da cuando aconseja: Obedezca el que obedece / y será bueno el que manda. Este cambio se debería a una doble circunstancia: a) Ya no gobiernan Mitre ni Sarmiento, a los que combatió sin claudicaciones, sino Avellaneda a quien apoya Hernández por ser alsinista, corriente de opinión a la que también pertenece el vicepresidente Mariano Acosta; b) el ingreso de Hernández en la masonería habría influenciado en sus convicciones que para fructificar, necesitan comprensión y concordia. El espíritu docente lo acuña en el programa, resumido en una sextilla, que fusiona la magia de su sentir con el rigor de su pensar: Es el pobre en su orfandá / de la fortuna el desecho, / porque naides toma a pecho / el defender a su raza. / Debe el gaucho tener casa, / escuela, iglesia y derechos. Miguel Angel Caiafa

planteo comparativo entre negros y judíos, en un país donde unos y otros gozaban de una igualdad absoluta. Sin embargo, no hay que despreciar el momento sociopolítico internacional: 1933 año en que triunfa el nazismo en Europa. La segunda, Pan Criollo es trabajada como símbolo de esa obsesión de unión entre gringos y criollos. Obtiene por este texto el Premio Nacional de Teatro (1937). Sin embargo, el corte popular y costumbrista de estas dos obras trasciende lo anecdótico y las transforma en una saga sobre el proceso inmigratorio en la Argentina y las posibilidades reales de integración. César Tiempo fue un escritor decidido a integrarse a la vida argentina. Con todo, el aislamiento de sus últimos años lo encuentra encerrado en sus escritos y con escasa vida social, cuando muere en 1980. Una voz indiscutible dentro de la literatura latinoamericana, que a través de la pureza del idioma que ama, el castellano, describe el mundo de los hombres que conoce: los judíos de los que forma parte, los porteños a quienes se incorpora, los bohemios a quienes frecuenta. Alicia Larreategui


4

Desde el colectivo vi la primera marca de la vida. La ciudad, el mundo, están marcados, me dije. Desde el colectivo vi la primera marca de ese día, porque las marcas en las que se construye la vida, la ciudad, el mundo, están ahí, tan constantes en la diversidad de los “mientras tanto” callejeros. Hay marcas de vida casuales y también están las conspirativas; las marcas de las que ahora hablo nada más tejen la mesa, el paño, los naipes, y los jugadores. Son marcas, rastros, señales, guiños, mojones, que hacen a la ciudad, al mundo, a la existencia; así me dije en el colectivo, en el 7, mientras el bondi encaraba por Avenida de Mayo y entonces miré hacia arriba; alzar la vista a las alturas es un movimiento, una intención, que de vez en cuando practico buscando las canas de ciertos edificios. Vi plantas de regular tamaño creciendo en las grietas del ladrillo, en las alturas de Mayo, en los sombreros de los hoteles, en algunas gargantas secas de abandono. Las grietas están en las paredes, en las paredes de la ciudad, del mundo; así pensé, así me dije, Che, una marca, y otra vez, Che, ¿vos dejás marca?, ¿es que este mundo se raya así de fácil? No sé si así de fácil, pero la ciudad se marca, mi mundo se marca con cada uno de los días. Las marcas, las señales, las pistas por donde se va la vida, quedan grabadas en el tiempo, en la música de cada momento, así de sonoro nuestro paisaje, y así de sonora nace la pregunta, ¿quién es quien deja la marca? Ayer nomás, por la tarde, descubrí que una máquina de escribir, funcionando a pleno, se escuchaba detrás de la voz de Janis Joplin. La voz de Janis llegaba desde 1965, desde la habitación de un departamento que hacía las veces de estudio de grabación. En esa habitación había alguien que escribía a máquina. Hacía tiempo que no escuchaba una letra en la tecla y con un golpe de dedo índice su grito; así imaginé porque nunca aprendí a escribir a máquina. Así las cosas, ya me acostumbré al murmullo, también compañero, admito, del teclado de la computadora. Enseguida pensé que no era

casual la presencia del escritor. Janis o alguien lo habría dispuesto. ¿Tendrá que ver con el tema?, no sé inglés; apenas adivino su título, algo así como Problema en mente, y no tengo la letra para ir al diccionario. Problema en mente es el que tengo con esto de las marcas, porque esta grabación marcada por el tableteo de una máquina de escribir me lleva a preguntarme, ¿quién es o quién fue el que escribía allá por el '65?, es más, ¿qué escribía?, ¿la letra del tema para intentar un estrafalario coro con Janis?, no sé. No soy el primero en preguntarme por esta clase de marcas; Julio Cortázar se intrigó por la tos de una señora alemana en medio de la interpretación de una orquesta en Alemania. No recuerdo la obra, sí sé que era de Beethoven; la tos aparecía en las cercanías del segundo movimiento. La grabación era de 1947, a poco de terminada la guerra. Ahí, un violinista judío, no recuerdo su nombre, no reparó, casi con seguridad, en la existencia de la marca originada en la tos de una señora, como dice Cortázar, seguramente alemana. El cronopio descubría la marca, el accidente en este caso, a más de cuarenta años de la boca de la señora alemana, y a muchos kilómetros de esa misma boca de señora alemana. Un escritor anónimo y una tos anónima me llevan al choque de copas, un brindis, ¿de amor?, ¿de festejo?, ¿un último brindis como nuestro último café?, en una presentación en vivo de Thelonious Monk, en agosto de 1958. Las copas chocan, pero, ¿entre quiénes chocan?, ¿quiénes son los que provocan la queja del cristal que tan bien rayó ese momento, en esa ciudad, en ese mundo hecho momento? Una máquina de escribir, la tos de una señora alemana, y el choque de copas en manos de dos personajes tan desconocidos y anónimos como el escritor y la señora alemana, me llevaron a preguntarme por el gallo y su marca. Cuál fue el gallo que introdujo su canto en Mule Variations de Tom Waits, ¿cuál de todos los gallos presentes se decidió a mezclarse con la voz esculpida en whisky del señor Waits?; el gallo, ¿habrá dejado su marca atraído por la poco común experiencia musical de grabar un disco

dentro de un viejo gallinero? O quién es la persona que en el año '82 gritó, en el Teatro Regina, pidiendo Garúa al par de pibes que caminaban el escenario, Astor Piazzolla y Roberto Goyeneche, ¿quién?, no sé, pero ahí quedó su marca. Pasan los años y ahí las marcas, el escritor con su máquina de escribir y Janis; la tos de la señora alemana y Beethoven y Cortázar; los enamorados, los que festejaban la vida escuchando a Thelonious Monk; el gallo y Tom Waits; y aquél que pidió Garúa para que el Polaco le concediera el deseo. Pero no todas las marcas son felices, me dije. No, no, no te confundas, Hermanito. Las marcas anónimas que hacen el momento, la ciudad de ese momento, el mundo de ese momento, no todas son de fiesta; hay otras, las obscenas, las urgentes, me dije cuando ya no iba montado en el 7 por Avenida de Mayo ni cuando sorprendido por la máquina de escribir me acordé de la tos de la señora alemana, y del choque de copas antes del piano de Thelonious que hace tanto tiempo esperaba un lugar en mi escritura, del gallo y de Tom, y de Garúa. Así me dije cuando caminaba a metros de la esquina de Independencia y Muñiz. En esa esquina, y ya hace un tiempo, hay una viejita que, en cada tanda de autos atrapados por el semáforo, pisa los adoquines y pide monedas. No pasa más allá del tercer auto y vuelve a la vereda antes de que la velocidad porteña se la lleve puesta. Esta vez, en esa esquina, había alguien más; una piba, ¿quince años?, puede ser, intentaba vender latas de gaseosa, también por una moneda, seguramente por la misma moneda que precisaba la vieja. Las dos puntas de la vida unidas por la misma ausencia de moneda. La piba se movía rápido entre los autos, cosechando más invitaciones a subir al asiento del acompañante que a despachar una bebida. Vi a la vieja más encorvada y más lenta en la mañana con acompañante conflictivo; la vi dejando su marca anónima con bronca, rayando así de fácil la superficie de este mundo, en silencio, en una extraña grabación de un momento, de la ciudad de ese momento, del mundo de ese momento en el que pocos se preguntan, ¿quién es?, ¿por qué vive su marca en la grieta, en el filo, en el borde de este mundo de mierda? Así de sonoro nuestro paisaje cuando el azar es cajoneado por los bolsillos, cuando la casualidad limpia queda de lado, cuando jugarse los días a cara o ceca está más allá de las monedas con las que juega el jugador. Es bueno

viajar en el 7 por Avenida de Mayo, es bueno visitar algunas marcas en la memoria, sí, es bueno; así me digo mientras estoy parado en Independencia y Muñiz. Es en otra mañana cuando pienso que se ha hecho muy tarde para muchas historias. El semáforo espera agazapado y llegan hasta la esquina, por Muñiz, algunos de los últimos adoquines de Buenos Aires. La esquina está desierta, pero en su aire adivino la grieta, el filo, el borde. Edgardo Lois

No, no se trató del amor en tiempos revolucionarios como sugiere el título. El tema fue el amor o la literatura sobre él; poemas específicamente. La poesía leída por sus hacedores siempre la convierte en algo totalmente distinto de la experiencia de la lectura íntima. Y en este caso fueron tres los poetas que leyeron sus obras en el marco del exitoso ciclo “Te espero en el café” que tan bien organiza y coordina la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo en la esquina “Recuerdo” de Carlos Calvo y Boedo: Ricardo De Biase, Norberto Corti y Rubén Derlis. Si bien en distintos estilos: lunfardesco con humor en primer término, fuerte y sanguíneo a continuación e íntimo y sorprendente el último –todos de gran vuelo como no podía ser de otra manera con estos autores– fueron largamente aplaudidos por la nutrida concurrencia. Eduardo Semán –de excelente desempeño en flauta travesera– acompañó con acierto y delicadeza. Romeo Vivacqua –en bandoneón– interpretó con oficio muy buenas versiones de tangos, En resumen, un ejemplo de goce colectivo alrededor del tema del amor, en octubre, en Boedo. Rosa María Silva

El 26 de octubre de 1894 se inauguraba el emblemático café Tortoni. Hubo un antes, pero sobre todo un después de esos establecimientos diseminados por la ciudad, no sólo en la zona centro, sino en sus barrios por alejados que fueran, constituyéndose en verdaderos ámbitos de reunión con protagonismos diversos que van desde la cuna literaria a la polémica futbolera sin descartar la política o la meramente lúdica de baraja, dado, taco y tiza. Conmemorando aquella lejana inauguración, la Legislatura de la Ciudad instituyó la fecha como “Día de los cafés de Buenos Aires”. La Subsecretaría de Patrimonio Cultural de la Secretaría de Cultura del GCABA instrumentó el programa de puesta en valor y revitalización de los bares, billares y cafés de la ciudad. Entre los declarados “notables” se encuentra el bar “Esquina Homero Manzi”, donde, en celebración de la fecha, se realizó el sábado 26 un show artístico animado por destacadas figuras –Marikena Monti, Ana María Cores, Esteban Morgado, entre otros– al que asistieron las más altas autoridades del Gobierno de la Ciudad –Aníbal Ibarra, Jorge Telerman, Silvia Fajre, Fernando Finvarb, Mónica Guariglio–, personalidades y autoridades de instituciones barriales –Acho Manzi, hijo de nuestro recordado Homero, y Aníbal Lomba, entre otros– y público en general que no dejó rincón por ocupar en nuestro entrañable café de San Juan y Boedo.

Nos dice Kevin Lynch que la imagen de la ciudad nace cuando ésta puede ser leída y sus distintos elementos pueden ser organizados en un todo coherente y significativo. Esto ocurre cotidianamente cuando contamos o nos cuentan experiencias de otras ciudades: “Rosario es..., Roma es..., Córdoba es...” Esta imagen se construye con lo que prefiero llamar sitio (paraje o propósito para alguna cosa, según el diccionario) más que lugar (espacio que puede ser ocupado por algo), porque sitio tiene una clara referencia funcional, es decir, el sitio es para algo, para que alguna actividad se realice en él. Los sitios, enhebrados en nuestra experiencia, organizados mentalmente, producen la imagen de la ciudad. Son entonces lugares reconocibles, identificables, con una forma determinada, con ciertas actividades que en ellos se desarrollan, con cierta gente que los frecuenta. Separables del contexto, como una figura que se separa (no que se independiza) del fondo, son los protagonistas del recuerdo de una ciudad. No importa cuál sea su naturaleza o especie: plaza, calle, esquina, accidente geográfico, explanada o monumento, el asunto es que a ese lugar podamos sentirlo como un sitio, podamos vivirlo como tal. Celedonio Flores (Arrabal salvaje) es un buen ejemplo. Para él, barro + boliche esquinero + pibes + matón + casamiento + broncas

+ fabriqueras, es igual a: Mi arrabal así lo veo,/ así lo quiero ver cuando me muera..../ luz de luna en un hueco sucio y reo,/ o un brochazo de sol en la vedera. Aquí está todo lo que define a un sitio. Noeberg-Schulz lo llama “espacio existencial”, lugar en que se vive, no con sentido residencial permanente (aunque también la residencia

puede ser un sitio), sino con un sentido vivencial. Importa más la intensidad que la extensión. Las ciudades que más recordamos son aquellas ricas en sitios (que quiere decir todo lo que Celedonio invocaba). Puede presentar aquí también la prueba de la vida infantil, rica en sitios secretos, propios e intensamente vividos. ¿Quién no recuerda una experiencia que

aclara y corrobore lo que escribo? ¿Tiene Buenos Aires sitios? ¿Cuáles son? Además de los lugares cuya condición de sitio nace de experiencias personales e individuales, creo que hay sitios que sólo existen por la experiencia compartida. Esto golpea en pleno pecho del diseño urbano, consciente o inconsciente. También es posible una propedéutica de los sitios: enseñar a encontrarlos, a vivirlos, a crearlos. Y la teoría resultante, cito a Canter: “y los instrumentos a ella asociados, parecen proveer la posibilidad de nuevas bases para las decisiones sobre la configuración del entorno”. Yo retiraría el potencial. Creo que son éstas excelentes bases para tomar decisiones sobre el entorno. Y así nos hemos metido de cabeza en la arquitectura. Los sitios en Buenos Aires no son muchos; hay quien los cuestiona casi en bloque, hay quien los encuentra a cada vuelta de esquina. Yo siento que los que son, son lo que son a pesar de un descuidado diseño urbano, de ordenanzas municipales que los ignoran, de usuarios que no sienten lo que están viviendo o lo que perderían con su ausencia. Pienso en las plazoletas que escoltan al Obelisco o en el desierto interedilicio de Catalinas Norte. Yo propongo estudiar los sitios de Buenos Aires, señalarlos, incitar a su fruición, a su respeto, a su creación. Descubrir nacimientos y asesinatos, floreceres y violaciones, alentar y proteger, en fin, querer y preocuparnos por lo que hace que nuestras ciudades sean queribles y queridas. Rafael E. J. Iglesia


012 nov 2002