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Reo West

Una rosa para Junior Novela

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Ediciones Ocruxaves

Advertencia del autor: Esta novela no guarda una relación directa ni veraz con hechos y personajes de la vida real, ni intenta explicar acontecimientos y sucesos del pasado cercano con hipótesis demostrables, limitándose sólo a la libre invención literaria a partir de noticias que son de dominio público. Fue escrita en el lapso que va del 30 de mayo al 30 de agosto de 1995.

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A mi primogénito que está y a mi viejo que partió. Como debe ser… como debería ser.

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Aeropuerto de Don Torcuato, Buenos Aires, marzo de 1995. El helicóptero alzó vuelo. Un torbellino de agua y viento envolvió a la muchacha que permaneció inmóvil observando las gráciles maniobras de la nave recortada sobre un fondo plomizo. Junior dibujó varios círculos sobre su cabeza, luego mantuvo la máquina suspendida y le arrojó un beso con la mano. Después ladeó el aparato y salió despedido a gran velocidad hacia el destino prefijado. Divah controló su reloj. Subió al Escort y puso primera. En lo alto, la silueta del Bell Ranger le indicaba el camino. Aceleró tratando de no perderlo de vista. Sólo era cuestión de minutos. Aquel sería el último vuelo del hijo del presidente. Junior apresuró la marcha. La idea era localizar el camión mosquito que transportaba los autos y mantener contacto fluido con el equipo. Obviando las recomendaciones básicas de todo aeronavegante el joven subía y bajaba temerariamente; a veces en sentido contrario al carril utilizado por el camión; por momentos sobrevolando raudamente los cables de alta tensión que bordeaban la ruta 9. El hábil piloto iba y venía entre el camión mosquito y el auto conducido por la pelirroja, comunicándose a través de un handi con su jefe de mecánicos y con el

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celular para hablar con la muchacha. Así hasta llegar a la altura del kilómetro 211. Fue entonces cuando Divah tomó en cuenta las recomendaciones que le hiciera el Ängel: “… controlá el tiempo, dentro de los parámetros indicados y, si está dentro de tus posibilidades, tratá de distraer la atención del piloto…” Supo que debía actuar con premura. Tomó entonces su teléfono y lo llamó. Desentendiéndose de la fina lluvia que había comenzado a precipitarse descorrió la capota del automóvil y liberó su pelo del pañuelo que lo sujetaba. Comenzó a susurrarle palabras cargadas de un erotismo extremo. Desde su posición pudo ver el viraje de la máquina que apuntaba en dirección al coche. Entre jadeos y suspiros lo invitó a que viera lo que le tenía reservado. - ¡Oh!... cariño… acércate y mira la sorpresa que tengo para ti… - El vientre blanco de la nave rajó el aire a escasos cincuenta metros. Divah sonrió. Lo tenía. Pudo divisar los rostros sorprendidos de los dos hombres que no daban crédito a sus ojos. Satisfecha no cesó en la vil parodia Otra pasada, ahora más baja, y ella que separó sus piernas murmurando palabrotas. Se despojó de la bombacha arrojándola hacia un lado de la ruta. La prenda interior embolsó aire flameando varios metros antes de desaparecer entre los matorrales de un campo lindero. Junior buscó una mejor vista y, en lo que fue su última maniobra, volvió a la carga. Pasó tan cerca que hasta pudo oír nítidamente el jadeo descarado que turbaba los sentidos… Esa puta voz… Quiso girar a la izquierda pero a destiempo. Los comandos no respondieron. A casi ciento cincuenta kilómetros por hora y a escasos quince metros del suelo… demasiado tarde. Y supo que se moría cuando la hélice trasera del helicóptero se enredó en los cables de media tensión que atravesaban la ruta. Hizo una última maniobra con la intensión de poder elevarse pero, lejos de obedecer y desestabilizado totalmente, el aparato golpeó contra un poste antes de precipitarse sobre el sembradío de maíz de un campo vecino. Divah observó la caída, seguida de un fuerte estruendo, a través del espejo retrovisor. Lloviznaba sobre el asfalto y un gusto amargo que le supo a muerte se instaló en su boca. Trató de quitárselo 5


encendiendo un cigarrillo, pero el desagradable sabor se acentuó. Se deshizo de él luego de una única pitada. Desplegó el techo corredizo del auto y hundió el pie en el acelerador.

En algún lugar de la frontera Irán – Irak, enero de 1995. El cielo enorme, rojo, se fundía en la inmensidad de la franja encendida del horizonte. El alba se precipitaba en un bañado carmín sobre la redondeada cúpula dorada del minarete. Desde allí todo el extenso desierto adquiría dimensiones siderales. Antes de elevar los brazos, de ensalzar la conciencia, el anciano de barba platinada, tan largas como las sombras tornasoladas que se reflejaban sobre las arenas refulgentes, separó sus arrugados párpados. A pesar de las décadas dedicadas a la oración, la contemplación de las difusas dunas blancas, cargadas de sapiencia universal, lo seguía maravillando. Cerró los ojos dejando que el viento acariciara el rostro avejentado, curtido de tantos soles, gastado de tanta inmensidad. Inmerso en los silencios, impregnado de los olores del desierto, aguardando el preciso instante en que el disco solar comenzara a alzarse por sobre el milenario paisaje, de la misma manera su canto tomó el vuelo imaginario de un pájaro sagrado. Con voz sumida en la fe, los versos del Corán volaron directo al corazón ancestral de La Meca. En el interior del palacio, y rodeado de su séquito personal, el Santo Profeta recitó su oración con su cuerpo postrado sobre un tapiz y su cabeza y sus brazos orientados hacia la Ciudad Sagrada. Más tarde se dirigió hacia su recinto. Tomó la rosa sumergida en el recipiente que contenía un líquido de color negro, y luego de un breve monólogo impartió las órdenes. Horas después la misma rosa era depositada en manos de El-Kir acompañada de una misiva. Era el momento.

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Marbella, 1995. El poderoso automóvil alemán atravesó el pórtico de la lujosa residencia con rumbo norte. Atrás quedaban un par de guardias armados que, luego de intercambiar los saludos de rigor, se apresuraron a facilitarle el paso. Segundos más tarde las pesadas puertas volvían a cerrarse. Tras los altos muros blancos se activaron nuevamente los sistemas de seguridad. En el asiento posterior del vehículo el único pasajero no dejaba de comunicarse a través de su teléfono celular. Hablaba en árabe y sus manos se agitaban nerviosamente, como queriendo graficar parte del diálogo. Por el grave tono de su voz y las facciones endurecidas de su rostro, bien podía apreciarse que la cuestión tomaba visos de áspera discusión. - ¿Cómo?... ¡Sí!... ¡Sí!... Comprendo. Hago todo lo posible… ¡Sólo estoy pidiendo algo más de tiempo! En horas arreglo todo, pero no puedo hacer milagros… Descuida, me encargaré personalmente del asunto… Del otro lado de la línea alguien maldijo en árabe y cortó. El hombre permaneció unos instantes meditabundo, como tratando de encontrarle una explicación lógica a tamaña locura. Indicó al chofer el camino y, recostándose en el asiento, dejó vagar su imaginación. La comunicación corroboraba sus temores. Una molesta sensación de frío le bajó por la espina dorsal. Pensó en lo malo de las implicancias posteriores, en la resonancia que el caso tendría en la prensa internacional. Un riesgo demasiado grande de impredecibles consecuencias considerando la talla de la futura víctima y lo difícil que sería moverse en un país sensibilizado por el último atentado. Pero él se consideraba un profesional y la causa noble. “Los traidores pagan caro… la mano de Allah es larga…” Lanzado a enorme velocidad por la carretera que costeaba un mar oscuro y terrible, turbulento, atravesando la espesa cortina de agua que arreciaba pesadamente sobre la desierta geografía de la renombrada ciudad balnearia, el Mercedes Benz, avanzaba 7


hacia su cita obligada. A través de los cristales polarizados iban sucediéndose las fachadas distorsionadas de las mansiones y palacetes deshabitados, propiedad de acaudalados e influyentes personajes del jet europeo que año a año iba engrosando sus filas dando acceso a nuevos ricos de dudosas fortunas. “Así marcha el mundo; el dinero codeándose con el dinero…”, se dijo. Mosser se distrajo repasando mentalmente el nombre del dueño de cada mansión, de cada palacio, de cada villa. Ni siquiera se amilanó por la cantidad enorme de árabes que elegían Marbella como segunda tierra; él mismo había decidido instalar su centro de operaciones en la prestigiosa ciudad balnearia española, un punto estratégico para operar con cierta tranquilidad. Funcionarios sobornables y un fisco endeble, sumado a las preferencias de los pesos pesados del mundo de los negocios, convertían a la bravía costa ibérica en un paraíso de lo clandestino, el tráfico de narcóticos, de armamento, de influencias. La prostitución y todo aquello generador de fortuna y poder, se cocinaba realmente en aquella “zona franca”. Al sirio le fascinaba jactarse ante sus íntimos de ser arte y parte de ésa “Grand Cuissine”. De tez aceitunada, alto y de pelo grueso y canoso, ojos oscuros y nariz prominente que caía abruptamente sobre unos labios delgados, casi imperceptibles, la figura del sirio causaba una fuerte impresión a quien lo tratara por primera vez. Esa misma impresión cambiaba a medida que se iba profundizando en su personalidad, por una curiosa mezcla de de respeto y temor acrecentada por el halo misterioso que lo rodeaba. Por cierto que Mosser conocía muy bien ese efecto y no hacía nada para contrarrestarlo. Su voz hosca y truculenta marcaba pautas claras en las mesas de negociaciones y era bien conocida su ganada fama de hombre de acción cuando debía pasarse de las palabras a los hechos. Lo acompañaba una astucia natural que le había permitido ascender rápidamente en los duros días de su juventud como una de las más ambiciosas promesas del bajo mundo árabe. Poseía, además, una inmensa fortuna amasada con inteligencia y extrema dureza, sumada a una practicidad sorprendente que le

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permitía conducirse como un pez en el agua, tanto en las calles como en los intrincados círculos mafiosos. Ahora había sido contactado para llevar a cabo una misión de escarmiento y, pese a no estar totalmente de acuerdo con las órdenes recibidas, había aceptado por una mera cuestión de honor. En realidad lo que sentía por el gobernante rayaba más en la simpatía que en el odio. Conocía íntimamente tanto al presidente como a su familia. En más de una oportunidad se habían encontrado en banquetes y agasajos, o concretado negocios en común. Podía afirmarse que lo apreciaba. Si hasta le había allanado el camino burocrático para obtener la doble nacionalidad.

La fachada del edificio no lo diferenciaba de los demás que se aglutinaban a lo largo de la vistosa callejuela empedrada: Paredes rústicas pintadas a la cal y un enorme pórtico de madera añeja a cuyos lados había ventanales enrejados y maceteros floridos de barro cocido. Tal la descripción que para cualquier turista podía ser digna de figurar en una postal. A no ser, claro estaba, por el discreto cartel negro con letras arábigas en oro que identificaba al sitio como uno de los más exclusivos y selectos clubes árabes. Ni siquiera por curiosidad podía alguien acceder sin el previo consentimiento del corpulento moro que anulaba cualquier intento como una valla inexpugnable vestida de riguroso traje oscuro, camisa de impecable lino blanco abrochada al cuello y vistoso kepi púrpura que apenas ocultaba la lustrosa calva, y poco esmerado en disimular su escasa cultura ni el lomo oscuro de la pistola que portaba bajo el saco. Hasta allí llegó el blanco automóvil conducido por Osmar, el eficiente chofer, secretario y custodio personal del sirio quién, con buena muñeca, maniobró hasta dejar el vehículo frente mismo a las puertas del local. Apagó el motor y, bajando el cristal, saludó en árabe al mastodonte. Se apeó grácilmente para abrir, solícito, la puerta trasera a su patrón. Instintivamente se llevó la diestra a la axila como una forma de corroborar que su Beretta descansaba en 9


la sobaquera. Luego se despojó de su chaqueta para proteger al jefe de la lluvia el escaso trecho que iba del coche hasta la entrada. Ambos ingresaron, no sin antes pasar por la requisa de rigor del portero la que no pasó de un breve cacheo dado la jerarquía del visitante. Nadie perteneciente a la Organización se atrevería a violar el protocolo preestablecido, y mucho menos tratándose de Mosser. Un par de palabras hilvanadas en tono bromista acompañadas de una palmada en el hombro por parte del capo sirio fueron suficientes para que el moro mostrara su colmillo de oro en lo que podía interpretarse como un ensayo de sonrisa mal articulada. Las pesadas puertas se abrieron, entonces, para los recién llegados. Los recibió un vaho saturado de olores a café y tabaco que endulzaba el lujoso salón. El espacio interior estaba discretamente iluminado con candelas de bronce que colgaban diseminadas en las paredes y columnas, coloreando el ambiente de tonalidades azul-rojizo, con excepción de la amplia barra y el escenario que se destacaban por sus cuarzos y neones. Un cielo raso de color negro con infinidad de estrellas pintadas en oro era sostenido por una decena de columnas circulares doradas. Almohadones, tapices, alfombras y cortinados realizados en costosas telas combinadas con refinado gusto engalanaban las paredes, las arcadas y los pisos como si todo hubiera sido inspirado en un cuento de Las mil y una noches. Sobre el escenario un grupo de músicos y una hermosa bailarina deleitaban a la media docena de parroquianos de miradas lascivas y billeteras generosas. Velos, tules y billetes cubrían las tremulantes curvas de la odalisca, mientras en el bar un par de mozos, vestidos a la usanza oriental, conversaban aburridos entre dátiles y anís picante. Mosser se detuvo frente a ellos, saludó cortésmente e instruyó a su secretario para que lo aguardara allí. Osmar asintió con un leve movimiento de cabeza y, sin agregar nada, se sumó al grupo. El humo le irritó los ojos. La humareda allí era tan densa que enturbiaba la visión. Todo allí atestaba a tabaco fuerte. Más allá de la escasa concurrencia, como si formara parte de la escenografía. La nube azulada nunca se disipaba, ni de día, ni de 10


noche, simplemente gravitaba como una sábana perenne que se adaptaba grácilmente a cada forma y a cada relieve, abarcándolo absolutamente todo. El sirio atravesó el salón con paso sostenido. Conocía bien cada uno de los vericuetos del local. Esquivó los cómodos sillones de terciopelo negro que se agrupaban en el reservado iluminado por diminutas lámparas de aceite, antes de internarse en el estrecho y oscuro corredor que flanqueaba la parte trasera del comercio. Golpeó suavemente con los nudillos la puerta de madera corroída y reconoció el rostro del ojo que escrutaba, con recelo, al otro lado de la mirilla. Se oyeron ruidos metálicos y la puerta se abrió de inmediato. La cara morena y huesuda de Kalil le ofrendó una sonrisa de bienvenida, cediéndole el paso. Se trataba de otro de los custodios. Un brevísimo diálogo de cortesía antes de acceder a la modesta oficina despojada de todo confort. Nadie que no conociera a su dueño podría imaginar que, en la trastienda de tanto lujo, alguien pudiera manejar asuntos tan delicados en todo el mundo enclaustrado en aquella pocilga. Como mobiliario se destacaban un escritorio de metal con un par de sillas, y un armario, todo del mismo material descuidado, en donde podían verse varios libros de contabilidad y algunas carpetas de tapas mugrientas, una alfombra persa descolorida desparramada con apuro sobre el piso le daba un vago toque de distinción a la precaria habitación. Un pequeño calentador eléctrico en donde bullía el fuerte café oriental y dos lámparas de aceite por toda iluminación le infligían una cierta sensación lúgubre, tanto a la oficina como a su ocupante. No existían allí ni teléfonos, ni televisores, ni computadoras, ni ningún otro signo de modernidad. Hasta la roída bandera palestina que colgaba tristemente de una de las paredes parecía condenada a perecer, entre clavos, en aquel rincón oscuro del cuarto donde un camastro parecía ser lo más importante. Todo, en el interior de aquel cuartucho, contrastaba poderosamente con el suntuosidad exhibida en el salón. Pero él no había llegado hasta allí en calidad de cliente en busca de esparcimiento, ni por una mera cuestión de negocios. Había sido citado por el propio El-Kir, y bien sabido era que muy pocos 11


podían contrarrestar su voluntad. El-Kir era un mafioso preponderante que manejaba con mano dura la política exterior de algunos líderes fundamentalistas del Gran Estado Árabe de Allah. Financista y uno de los mentores del brazo armado de la Yihad islámica en el exterior. Muy poco era lo que de él se conocía; pero todos los caminos de la Europa Occidental conducían, indefectiblemente, a su persona. Mosser se sentó en una de las incómodas sillas frente al diminuto árabe. Eran viejos conocidos que habían crecido juntos en un ignoto poblado de Siria. Los caminos de la vida los separaron para volver a reunirlos muchos años después, lejos del terruño natal y envueltos en historias tan turbulentas como encumbradas. Ambos se estudiaron desde la profundidad de sus ojos oscuros. Fueron segundos que parecieron horas, como intentando retrotraerse a una infancia dura y difusa. La iluminación del lugar dificultaba sus deseos de clarificar la visión de aquellos rostros avejentados. Mosser intentó infructuosamente mejorar su propia óptica sobre el rostro ensombrecido de su antiguo coterráneo. Sobre el destello de la ampulosa gema adherida al delgado meñique izquierdo de su anfitrión que giraba encima del pocillo de café y las diminutas perlas de sudor cayendo dessganadas desde las sienes hacia el cuello descarnado y cobrizo de El-Kir lograban destacarse en la opacidad ambiental. Mosser concluyó su café con una sonrisa complaciente entre los labios. El-Kir palmeó las manos. Inmediatamente uno de los guardias apareció portando una pequeña bandeja de plata con una botella de licor, dátiles y dos copitas. Dispuso las copas, una delante de cada hombre, y sólo sirvió la espesa y almibarada bebida cuando su patrón se lo indicó con imperceptible ademán. Fiel a la costumbre, vaciaron el contenido de las copas en absoluto silencio. El custodio volvió a repetir la operación dos veces más. El-Kir tenía verdadera debilidad por el licor de dátiles. Lo hacía preparar especialmente por miembros de la familia que preservaban el arte heredado de sus mayores para su exclusivo consumo. Realizar negocios con el astuto líder significaba, les agradase o no, a los circunstanciales negociantes, aceptar 12


compartir el ritual de las tres copitas del empalagoso licor con que el sirio gustaba agasajarlos. Él había modificado la vieja costumbre árabe para adaptarlas a sus preferencias: Las de las tres tazas de té de menta. - ¿Te importa si fumo? – rompió el silencio El-Kir, a sabiendas de que aquella acción molestaría a su amigo. Mosser jamás fumaba en reuniones, pero obvió hacer ningún tipo de comentario al respecto, sólo se encogió de hombros. De haberle respondido afirmativamente El-Kir hubiera omitido ese detalle; así que encendió el cigarrillo, cuidadoso de no fastidiar a Mosser con el humo en la cara. Más allá de las muchas diferencias conceptuales que los separaban se respetaban mutuamente. Nada ni nadie podía negarles el derecho de negociar lo que fuere, máxime si esto iba en beneficio de ambas partes. Aunque aquel no sería un encuentro lucrativo por igual. En determinadas cuestiones, El-Kir, hacía aflorar cierto sentimentalismo musulmán, distanciándose de la cuestión monetaria. A diferencia del ambicioso y materialista Mosser, él se consideraba a sí mismo como un adalid signado por la gracia de Dios. - Bien, hablemos. – dijo Mosser. - Ahá, hablemos… - asintió El-Kir mientras trataba de robarle una última gota de licor al fondo de la copa. – Alguna idea tienes – agregó chupándose la punta de su dedo índice.- He recibido un llamado minutos antes de tu llegada, donde se me aseguraba que habías sido contactado. Ha llegado la hora. Existe demasiada inquietud en algunos hermanos que se sienten ofendidos por ciertas actitudes del satán. Desde el inicio de la guerra piden a Dios en sus oraciones para que haga justicia. Me conoces, no hago otra cosa que interpretar sus voluntades… - Entiendo. ¿Supongo que no te interesará conocer mi opinión al respecto? - ¡Cuánta razón tienes, hermano! En asuntos tan delicados como este, ¿a quién podría importarle la opinión de un… de un…? - ¿De un burdo materialista? ¿A eso te refieres? - Algo por el estilo. Pero no lo tomes a mal, no fue mi intención ofenderte. No hay nada personal en mis palabras. A veces me dejo arrastrar por la pasión. 13


- Ambos somos demasiado pasionales en lo nuestro. Por lo que te pido no ahondar en cuestiones un tanto urticantes. - Exacto. No nos desviemos del tema. Como te decía, mis hermanos están dispuestos a pagar un millón de dólares en oro por tus servicios. En este sobre están las instrucciones. – dijo El-Kir acercándole un envoltorio sacado de uno de los cajones de su escritorio.- El cómo, el cuándo y con quién, lo manejas tú. Quieren un trabajo limpio y efectivo, sin secuelas. Mosser tomó el sobre y lo guardó en el bolsillo interior de su saco. Permaneció callado unos instantes como sopesando las probabilidades de triunfo de tan descabellada misión. Eliminar a un presidente, fuera este del país que fuere, no era una cuestión de todos los días. Muy distinto a colocar explosivos y volar edificios. - Una pregunta… ¿Puedo negarme?... - ¿Tú qué crees?¡Deberías regocijarte de ello? ¡Allah ha posado sus ojos en ti, eres un elegido! No puedes negarte a servirlo sin ofenderlo! Compréndelo, hermano Y hablando en términos terrenales, no desearía recordarte que me debes algunos favores… - agregó sonriente El-Kir. La conversación había llegado a su fin. Y así se lo hizo entender. Mosser se incorporó y se despidió en árabe. Luego se dirigió hacia la puerta que comunicaba al pasillo exterior. Antes de cerrar la puerta la voz de su amigo lo detuvo: “Cualquier cosa que necesites. En cualquier lugar del mundo, solo házmelo saber. Allah te acompañe y te brinde el temple necesario para ejecutar su voluntad.” El sirio abandonó el club con un dejo de preocupación en su semblante difícil de disimular, pero en nada comparable con la sorpresa que le aguardaba una vez abierto el sobre que detallaba las instrucciones finales. Mosser, aunque más práctico y sutil que su amigo El-Kir, también sustentaba la idea del crimen en legítima defensa del honor de la comunidad islámica. No coincidía, en cambio, con la metodología del terrorismo porque, según sus propias palabras, “metían a todos los gatos en la misma bolsa”. {El se consideraba a sí mismo un hábil mercader. Pero un millón de dólares en metálico es mucho dinero, tanto en Marbella como en Manchuria, y además, no estaba en condiciones de cuestionar nada; ni podía 14


quitar las manos del plato una vez que estaban manchadas y no precisamente con comida. No obstante, no pudo menos que experimentar una desagradable sensación que le erizó la piel cuando, en la intimidad de su biblioteca, rompió el sobre con las instrucciones entregadas por su amigo. La piel morena de su rostro empalideció y una fría transpiración le humedeció las manos. Leyó apresuradamente el mensaje escrito en árabe. La orden era terminante. Allí figuraba el nombre de la futura víctima junto al dibujo de una rosa negra y la frase remarcada en oro: “Allah es grande”. Había supuesto mal, aunque no estaba tan errado al tratar de evadir responsabilidades en asuntos vinculados a la ejecución de un alto mandatario al cual lo unían ciertos intereses comunes. Pero aquello sobrepasaba con creces su capacidad de asombro. Las órdenes no mencionaban a ningún mandatario. Iban muchísimo más allá, incluso en cuestiones tan caras al sentimiento musulmán. Tampoco se lo involucraba directamente como en anteriores ocasiones. ¡Se le pagaría un millón de dólares sólo para mover sus contactos e infiltrar un sicario en el círculo íntimo del presidente! - ¡Mierda! – exclamó furioso. Atravesó la amplia biblioteca y se paró frente a uno de los ventanales. Buscó imperiosamente esa bocanada de aire fresco que le devolviera la capacidad de racionalizar el asunto. Abrió un ala de la puerta balcón y sacó medio cuerpo al exterior. Gotas heladas de lluvia le salpicaron el rostro. No le importaron ni el frío ni el agua que le llegaban en ráfagas turbulentas desde la profundidad de la noche. Inmóvil dejó vagar la mente y sus ojos se perdieron en el oscuro mar embravecido que se abatía como una gigantesca lengua espumada sobre los acantilados. Una lengua que todo lo lamía… Que todo lo devoraba… Tuvieron que transcurrir largos minutos en aquella soledad infinita que lo enmarcaba como a una aparición fantasmagórica en medio de la tempestad. Y tuvo que ser así, de la única manera en que Mosser logró recobrar su lucidez. Rato después ordenaba a su asistente que intentara comunicarse con el Paraguay.

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Aquella noche le resultó difícil conciliar el sueño. Como musulmán conocía cual era el precio más alto que un hijo de la fe podía pagar en vida. Lo sabía cómo árabe y cómo padre de varones; ante Dios y ante los hombres. Eran pasadas las dos y media de la madrugada. Divah redondeaba, en medio de aplausos y gritos, su actuación. Exuberante y bella, amaba la danza y realmente disfrutaba entregándose en cuerpo y alma a ella. Había nacido para danzar y desplegar todo su arte sobre un escenario para deleite de aquellos exigentes y adinerados hombres de negocios de origen musulmán. Ella sabía interpretar el sentir de la música y era sí que, tanto su cuerpo, como su mente y su espíritu, adquirían vuelo propio. El nirvana, el tocar el cielo con las manos, no era algo inalcanzable para la bailarina. Era allí, en medio del escenario, en donde podía alcanzar el clímax. Al ritmo de los tamboriles, las flautas y los cascabeles como el fondo musical ideal que la conducía, la seducía, la poseía. Todo lo demás brotaba de muy adentro suyo. Noche a noche presentaba su show de gasas y tules en el club de El-Kir. Sólo le bastaron unos pocos años para convertirse en la mimada, en la más requerida y codiciada odalisca de todo Marbella. En El Medinah se autoconvocaban más de un centenar de clientes cada velada. Y no eran pocos los que admitían retornar tan sólo para verla danzar de ser posible. Siempre y cuando las pretensiones monetarias de la niña fueran bien retribuidas, hasta podían llegar a permitirse el lujo de que la diosa libanesa accediera a bailar en privado, solamente para ellos. Divah tenía veinticuatro años y los ojos verdes más bellos de todo Oriente. Rescatada por El-Kir de un burdel de poca monta de las afueras de Beirut, no puso reparos para abandonar su oscura carrera como bailarina de público barato, delincuentes y milicianos; y así, de un salto, convertirse en figura excluyente, de uno de los locales más exclusivos de la costa española. Diestra en danzas árabes y embaucadora de ricachones, la amante predilecta del acaudalado empresario sirio podía llegar mucho más lejos si 16


la causa y la paga eran generosas. Incondicional de su amo y señor, como así también de la lucha del pueblo árabe, ni siquiera se molestó ahondar en detalles cuando éste le propuso ser ”La espada ejecutora que blande la mano de Allah”. Toma querida, estos cincuenta mil dólares son para ti. Acéptalos como un humilde obsequio de tus hermanos – le dijo El-Kir acariciándole uno de los tersos senos que asomaban generosos por sobre el escote de su corpiño. – Hay otros cincuenta mil aguardándote a tu regreso. Ahora retorna al escenario, a tu público. Despídete como solamente tu sabes hacerlo. Vamos, demuéstrales a ésos estúpidos como baila una mujer de verdad. Mosser aguarda, él te guiará; y más le vale regresarte sana y salva… - Mi señor… - preguntó tímidamente la bella joven - ¿Es peligroso? - No debes temer, mi pequeña. Allah estará junto a ti. - Algo más… quisiera dormirme entre tus brazos esta noche. - Por supuesto cariño, anda ya. Mosser la recibió en el escritorio de su amplia biblioteca, en apariencia, distendido, y fumando. Lucía impecable enfundado en una larga bata de seda con motivos búlgaros, con camisa blanca y pañuelo al cuello. Olía a hierbas frescas. El sutil perfume la transportó a su aldea natal, a su infancia y a los olores perdidos de su adolescencia. Fue tan sólo un instante. Pese a todo, el rostro del sirio denotaba cansancio. Se conocían bien. Eran amantes circunstanciales, con pleno consentimiento de El-Kir. Éste la presentaba a sus amigos y clientes como el dátil más dulce y jugoso de todo Oriente. Excelente bailarina, mejor amante. Mosser podía dar fe de ambas cosas, aunque cambiaba el orden: excelente follando, mejor danzando. Aquel encuentro no daba pie para otra cosa que no fuera finiquitar los sacros mandamientos del Islam. La chica había sido elegida, además de sus cualidades para desenvolverse en situaciones extremas, por sus dotes occidentales, entre las que se contaban el color caucásico de su piel y un perfecto dominio del idioma castellano. Salvo pequeños detalles fáciles de subsanar bien podría superar los controles fronterizos sin problemas, haciéndose pasar por una vulgar turista.

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El sirio le hizo entrega de un pasaporte español y un billete de avión además de una pequeña agenda conteniendo ciertas recomendaciones sobre cómo y a quién dirigirse en caso de algún contratiempo o no poder contactarse con los agentes sudamericanos. - Sales mañana en un vuelo directo a Río de Janeiro. En el aeropuerto habrá personas esperando por ti. De todos modos en la agenda hallarás los teléfonos de gente consustanciada con la causa. Ellos están al tanto de tu arribo. Esto es por si acaso. Cooperarán contigo en todo momento aunque no los veas. Oye bien; a medida que vayas superando etapas deberás destruir cualquier dato, nombre o dirección que pudiera llegar a jugarnos en contra. No deben quedar evidencia alguna del verdadero propósito de tu estadía en el país. Yo me mantendré en permanente contacto contigo. - ¿Nada más? - No que yo sepa. No queda más que desearte que tengas un buen viaje y buena suerte. - ¿Estás seguro? - Bueno, me agradaría pasar la noche juntos aquí y que bailes para mí. – agregó el hombre estrujándola contra su pecho, con tanta fuerza que creyó desmayar. Lo conocía. Bien sabía que ese extraño cosquilleo en la boca del estómago, mezclado con el intenso flujo adrenalínico que precede a la acción, al riesgo y tal vez a la misma muerte que ahora se adueñaba del sirio, no hacía más que excitarlo como a un brioso semental. - Imposible, mi señor espera. Ya tendremos tiempo de sobra si Allah así lo dispone. Adios. - Seguramente. Aguardaré ansioso la llegada de ese momento. – dijo besándole las manos. Adiós. Aquella madrugada, Divah, bailó para su señor, El-Kir, como a él más le gustaba: completamente desnuda. Apenas cubierta por un velo, iluminada por la tenue luz de media docena de candelabros dispuestos en círculo sobre el piso alfombrado de la recámara. Luego, cuando él así se lo indicara, ella se recostó sobre los almohadones ofrendándole su desnudez, y le permitió hacer. El hombre separó sus blancos muslos para arrodillarse entre ellos. La contempló extasiado unos instantes 18


antes de derramar, sobre los rosados pezones de la joven, pequeñas gotas de licor de dátiles que iba succionando plácidamente, como un niño chupetea un dulce. Exhausta y agitada por la sucesión de orgasmos que su señor le hizo alcanzar se durmió profundamente acurrucada junto al esmirriado cuerpo de su hombre. Horas más tarde, el jumbo 747 de la compañía Iberia, carreteaba con su trompa elevada apuntando hacia el cielo encapotado de Madrid. Cómodamente instalada en su butaca, una Divah diferente, observaba como el mundo se iba achicando bajo las alas de la poderosa aeronave. Una azafata pasó ofreciendo champaña y canapés. Ella prefirió zumo de naranjas y revistas. Se entretuvo leyendo los encabezados y mirando fotografías de personajes relacionados con el mundillo farandulero. Caras bonitas, palacios de ensueño, sonrisas estereotipadas… ¡pavadas! Finalmente desistió, prefiriendo contemplar las fotos del apuesto fotos enfundado en un buzo antiflama que, sentado sobre el capot de un automóvil deportivo, supuestamente, le sonreía a la cámara. Buenos Aires, febrero de 1995. El perfil agresivo del potente Ford encaró el último tramo de la pista en medio de un concierto de rebajes y explosiones, pulverizando tiempos, quemando aceite. Un olor fuerte a combustible y caucho inundaba el habitáculo del piloto quien parecía sentirse a gusto allí, entre los olores y el vértigo. Lanzado a más de ciento ochenta kilómetros, el joven piloto exigía al máximo el motor que, hasta ese momento, había alcanzado excelentes resultados. Sonó como un ruido seco, similar al que hace una rama al quebrarse. El coche se sacudió temerario. Sólo la capacidad conductiva del piloto evitó el vuelco. La caja de cambios había “cantado” justo cuando tiraba el rebaje para tomar el curvón al término de la recta principal del circuito. El bólido derrapó de costado antes de salir despedido de la pista, para detener la alocada marcha, de saltos y tumbos, en medio de una densa polvareda.

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Sobre la pista el calor del verano porteño era ciertamente insoportable; y ni hablar dentro del vehículo. Enfundado en un buzo, con casco y guantes, en donde la temperatura rondaba los cincuenta grados. Pero ni el calor, ni infortunios como ese, ni nada, podían a llegara minar su temple de piloto. No existía en el mundo nada que pudiera excitarlo más que la velocidad. Desde muy joven se había sentido atrapado por el mundo vertiginoso del circo-motor. “Todo lo que corre o vuela a mucha velocidad me atrae. Es mi profesión. No me interesa tener un título, ni secundario, ni universitario. No lo necesito…” Respondía cada vez que alguien le preguntaba sobre su estilo de vida. Junior condujo con lentitud la máquina hasta el sector de boxes, en donde esperaban sus colaboradores y un grupo de amigos. Imaginó la cara de su jefe de mecánicos que una vuelta antes le había marcado el final de los ensayos. Pero se reconfortó a sí mismo el no haberle hecho caso. De haberlo hecho y, ante la buena respuesta del auto hasta segundos antes del despiste, ambos se hubieran inclinado por la caja de cambios de fabricación nacional, descartando las importadas que ya estaban en camino. Ahora lo único que restaba era poder contar con ellas a tiempo. Descendió con el rostro bañado en sudor. Uno de los ayudantes se apresuró en acercarle una botella de agua mineral helada. Bebió a grandes sorbos la mitad y el resto lo vertió encima para refrescarse. Caminó buscando la sombra del box y se dejó caer sobre una pila de neumáticos. Con el torso desnudo y la parte superior del buzo anudado a la cintura se tomó su tiempo para recuperarse del esfuerzo. Su amiga Sandra le acercó una toalla y un par de sandalias, mientras él seguía atentamente las maniobras de sus mecánicos para poner al Ford a resguardo del implacable sol. - Ya sé, no me digás… otra vez la caja - dijo su jefe de equipo acercándose. - Y, sí… era de esperar. Además venía bien y me entusiasmé. El coche respondía bárbaro. Ningún problema con la caja hasta la curva. Ahí es cuando sonó. Son demasiado blandas cuando las exigís a fondo. - Respondió el joven mientras forcejeaba para quitarse el antiflama ayudado por su amiga. – Mejor le metemos las inglesas y nos dejamos de joder de una buena vez. Decile a los muchachos que le van a tener que pegar duro. Si las cajas llegaron 20


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mañana mismo las paso a buscar a primera hora así las colocamos enseguida. ¿eh? Dalo por hecho. Los chicos están enchufadísimos. Este auto es ganador, che. ¿Cuándo lo probás? No sé. Mi viejo quiere que lo acompañe a Mar del Plata. Igualmente vos tenémelo listo. Cuando pueda zafar me rajo – agregó Junior encogiéndose de hombros. - ¿Esto de la política me hincha las pelotas no sabés cómo…! Allí´, metidos de lleno en la charla técnica y con la infaltable ronda del mate. Rodeado de un enjambre de de herramientas, cajas con repuestos y el ir venir presuroso de los hombres del equipo que sucios y transpirados se disponían a bajar el motor del auto era, tal vez, el lugar donde él más a gusto se sentía. Vivía plenamente cada momento, casi o más a como disfrutaba de la buena vida, las mujeres hermosas y la noche porteña. Bien parecido, de baja estatura y fornida contextura física, acentuada por el deporte y el gimnasio con complemento de pesas; Junior era igual a cualquier muchacho de su edad con buena posición económica pero con un condimento especial que le confería ser el único hijo varón del presidente. De pocas palabras, más afecto a los amigos y a la familia que al complicado entrono político de su padre – algo que nunca pudo digerir del todo -, era totalmente reacio al rol que la sociedad y la vida le habían asignado. ¡Junior! – la aguda voz de su amiga lo sustrajo de la problemática caja de cambios averiada. – Es para vos, de presidencia. – Señaló la agraciada joven acercándole el celular. ¡Cagamos! ¿No te dije? – rezongó el muchacho manoteando el teléfono con evidentes signos de fastidio. – Sí…sí quedate tranquilo, viejo. ¡Te lo prometí, ¿no? Salgo para allá. En quince o veinte minutos estoy ahí… Chau, un beso. – Y cortó. Devolvió el teléfono a su amiga, agregando mientras se sacudía la tierra adherida a la parte trasera de su short. – Sandra, meté todo en el bolso que nos vamos. Muchachos, lo lamento… Lo tan temido ocurrió. Loco, ocupate de todo. Nos vemos… Minutos después, Junior, al comando de su nuevo chiche, un Bell Jet Ranger III de última generación, y su compañera 21


emprendían vuelo rumbo a la quinta presidencial de Olivos. Una máquina tan costosa como segura y a la que dominaba duchamente como a cualquiera de sus coches o motos. Aquel moderno helicóptero era capaz de volar a una velocidad cercana a los doscientos kilómetros por hora y eso, de por sí, era lo que más le fascinaba. Junior consultó su reloj pulsera. Apenas tendría tiempo para ducharse, cambiarse y reaprovisionar la máquina antes de partir hacia la localidad de Pinamar en donde se reuniría con su padre. Desde allí, padre e hijo, volarían a Mar del Plata para participar del acto de lanzamiento de la fórmula presidencial por el oficialismo, con vistas a la reelección en las próximas elecciones.

Ciudad del Este, Paraguay. Febrero de 1995. En el interior del comercio familiar, Amed, sirio-libanés, de mediana edad, radicado desde hacía quince años en la mercantil ciudad paraguaya, pujaba con el bullicioso contingente de turistas en el eterno y obligado juego del regateo, tan enraizado en la cultura árabe. Lo hacía con un gracioso manejo del español, mechado con palabras portuguesas y alguno que otro bocadillo lanzado en su idioma natal. El verborrágico y afable mercader remarcaba la inmejorable calidad, como así también, y el mejor precio de toda la franja fronteriza en toallas, en sábanas, en frazadas, en manteles y en todo lo demás concerniente al rubro textil. Desplegando un sinfín de artilugios adquiridos en el transcurso de tantos años al frente del negocio, destinados a complacer los gustos y pretensiones de su eventual clientela. Junto a sus hermanos, cuñados, esposas e hijos, Amed, encubría su verdadera ocupación, la parte oscura de su simpática apariencia. Tanto él como el resto de la familia se especializaban en el ingreso y egreso de árabes pertenecientes a distintas facciones que operaban temporariamente en lo que él denominaba “su” territorio; las tres fronteras. Paraguay, Brasil y Argentina. Ellos se encargaban absolutamente de todo. Documentación, libre acceso y tránsito; además 22


de poner a disposición del interesado una bien nutrida agenda con los nombres de influyentes contactos en cualquiera de los tres países. Nada escapaba al eficiente Amed. Por su agenda desfilaba una inagotable lista de políticos, jueces, militares, diplomáticos, funcionarios… todos movidos por el mismo interés: el dinero que da poder. El bonachón comerciante era considerado el nexo obligado para operar en aquella porción del hemisferio Sur. El movía, entre otras cosas, los sutiles hilos de una de las más poderosas y terribles organizaciones mundiales con asiento y raíces en medio Oriente: La Hezbollah, organización fundamentalista y brazo armado del Islam, cuya característica principal era la continuidad de la Yihad en el exterior. También prestaban logística y colaboración a diferentes redes de narcotraficantes, falsificadores, contrabandistas de armas, sicarios de los carteles o con cualquiera que tenga vínculos con el crimen organizado. Como era lógico suponer, él solo accedía a brindar sus servicios previa consulta a sus hermanos musulmanes. Y es que nadie llegaba a Amed sin el asentimiento del Santo Profeta. - Vos compra… Mira calidad, mira. En toda frontera nada mejor, todo baratija. Amed tiene lo que busca. Toca tela. Nada supera precio, nada supera calidad… yo hago precio… aprovecha. Toca… toca… Lleva para familia tuya. – insistía Amed a un anciano vestido con llamativas bermudas verdes y una remera blanca con el dibujo estampado de un tucán con fondo de cataratas y arco iris que promocionaba Puerto Iguazú – Argentina. Zoquetes de nylon tres cuarto y sandalias de cuero trenzado, que no paraba de quejarse por el sofocante calor que lo agobiaba, aunque ello parecía no inquietarlo tanto como el juego del regateo. Era un digno contendiente del sirio. - Este gusta mucho a esposa. ¿Tiene esposa… hija mujer…nuera? Este queda bien con mujer… sí. – añadió mientras desplegaba el espléndido juego de sábanas a rayas negras, grises y blancas con terminaciones de encajes sobre el mostrador. Se hallaba abocado de pleno a la dura tarea de pelearle el precio al obstinado caballero de las bermudas chillonas que insistía en llevar dos al precio de uno, cuando fue llamado aparte por uno de sus hijos - Para ti, padre. De España. – le dijo en voz baja un adolescente alto y desgarbado como un escobillón. Se trataba de Abel, su hijo 23


menor. El hombre balbuceó algo en árabe y, con una sonrisa amarillenta, volvió a dirigirse al argentino que aguardaba a un costado. - Disculpa a Amed, yo vuelve rápido. Atiende llamado importante y vuelve. Mi hijo Abel enseña todo… - y dicho esto se alejó delegando la tarea en el muchacho de pelo oscuro y retorcido como el de una oveja. - ¿Mosser?... ¡un gusto volver a oír tu voz nuevamente? ¡Alabado sea Dios! – exclamó el sirio al tomar la comunicación que, del otro lado de la línea, le llegaba clara y sin interferencias; mientras con su pié corría una pila de de cajas que le obstruían el paso. – Sí, te escucho perfectamente. Tú dirás… - agregó acomodándose en el sillón de mimbre que había en la trastienda. – recibí el mensaje de Osmar, quédate tranquilo. Esa niña está en buenas manos. Yo garantizo la entrada y la salida. Tú sabes, no somos ningunos improvisados. El único inconveniente podría surgir en los controles fronterizos si la mujer registrara antecedentes… Ah, tú dices que está limpia… nada con Interpol o algún servicio de inteligencia… No debes preocuparte entonces, mi gente va camino a Río… Amed tiene buenos amigos. En la Argentina no es difícil encontrar gente importante con deseos de entablar vínculos si hay dinero de por medio. La mayoría es amante de la buena vida y la ostentación. Es una raza hipócrita… La conversación se dilató algunos minutos. Curiosamente la misma no se desarrolló, ni en árabe ni en español, sino en un dialecto francés muy cerrado al cual recurrían siempre que la ocasión lo requiriera, como en este caso, la infiltración de un agente de Allah en misión punitiva. Era una particular forma de desorientar a las escuchas de los servicios de seguridad que habían reforzado la vigilia ante los notorios sucesos acaecidos en el vecino país. Sabido era que la cocina de los últimos atentados en la capital porteña tenía estrechos lazos con células asentadas en la Triple Frontera. Aquel particular modo de comunicarse mantendría ocupados a los espías. Para cuando lograran descifrar el mensaje ya sería demasiado tarde.

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Amed colgó el tubo del teléfono y elevó sus brazos al cielo en señal de gratitud y un breve versículo del Corán antes de retornar al salón de ventas, al rol de comerciante que tan bien desarrollaba. Como si fuera parte de un ceremonial y, luego de una excelente jornada de ventas, el bueno de Amed conjuntamente con su séquito familiar se despedían, casi al borde de las lágrimas, de los componentes de otro tour satisfecho, que no dejaban de agitar los brazos por las ventanillas del micro climatizado que los paseaba de un lugar a otro de la agraciada geografía fronteriza. Aeropuerto de Barajas, Madrid, febrero de 1995. Antes de abordar el vuelo que los depositaría en tierras brasileñas, Mosser realizó un último llamado desde una cabina telefónica. Fue una comunicación breve y precisa, como para aventar dudas. Si había llegado tan alto no fue por cuestiones de suerte solamente. Desde muy joven, cuando se iniciara en el contrabando de hachís demostró sobrarle paño. Debía contarse con algo más que coraje y suerte para birlarle parte del negocio a las poderosas familias libanesas que se disputaban el mercado europeo. Y uno de sus mejores atributos fue, precisamente, el ser desconfiado. Mosser y El-Kir nunca habían congeniado del todo y pese a que éste jamás le hubo jugado una mala pasada, le hizo caso a su instinto. Sin vueltas de hoja telefoneó a Bagdad. Solamente un puñado de personas tenían ese número. Y los pocos que lo poseían se cuidaban de llamar por naderías. No fueron más de cuatro o cinco palabras intercambiadas en árabe. Más que suficientes para confirmarlo todo. La voz del Santo Profeta en persona corroboró las instrucciones contenidas en el sobre entregado por El-Kir. La orden de ejecución había manado de los mismísimos labios del Santo Profeta: “Una rosa negra para el traidor.”

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Bagdad no olvidaba la afrenta. La venganza que había dormido casi tres años en el sentimiento de un pueblo masacrado por los cobardes bombardeos aliados. Había llegado la hora del escarmiento. Y el satán pagaría caro, allí mismo, en donde el dolor se agiganta con la fuerza y la furia de una tormenta de arena en el desierto, allí donde la sangre se hiela y se desmitifican los sentimientos. Allí, la espada de Allah atravesaría el corazón del blasfemo. El sirio sintió que se le aflojaban las piernas. La terrible maquina mortal se ponía en marcha nuevamente. El aceitado mecanismo comenzaba a girar y no existía fuerza en el mundo capaz de detenerla.

Ciudad de mar del Plata, febrero de 1995. La máquina roja y blanca de junior voló en círculos sobre el imponente marco iluminado del estadio mundialista. Allá abajo el espectáculo era realmente alucinante. Miles de personas cantando y agitando los colores celeste y blanco de las banderas y las pancartas alusivas al acto de lanzamiento de la fórmula presidencial. Aquella multitud enfervorizada parecía sacada de una película surrealista, envuelta en el azulado humo de las bombas de estruendo, los fuegos artificiales y el de los choripanes que, paulatinamente, se iban fundiendo en la profundidad de la noche marplatense a medida que la aeronave iba cobrando altura. Ambos ocupantes lucharon vanamente para retener las lágrimas que afloraron sin premeditación alguna. El piloto sintió la cálida mano de su padre sobre la suya ejerciendo una leve presión. Y no necesitó volver el rostro para percibir el emocionado semblante de su querido viejo que, con los ojos enrojecidos y la mirada hipnotizada, observaba aquella amorfa geometría de un estadio colmado y lejano. - Esto es maravilloso… ¿qué más se le puede pedir a la vida?... – le oyó murmurar con voz trémula. Junior sólo asintió con la cabeza. A él también le parecía mentira compartir tantas emociones. 26


Luego de varios roces familiares había decidido acercarse más a su padre, algo que el presidente acogió con sumo agrado. Tanto el uno como el otro sabían del sacrificio que aquello significaba para el joven. A partir de un cambio de actitud, el muchacho, pasaría más tiempo al lado de su progenitor; cumplimentando determinadas funciones, similares a la de un secretario personal, encargado del papeleo menor y al manejo relacionado con la agenda proselitista, los distintos discursos y temas puntuales de campaña. Era un trabajo simple, sin horarios estipulados y, según palabras de voceros e interesados, ad honorem que, además de conferirle una total libertad de movimientos, era la excusa ideal para compartir más tiempos juntos. Lo que el padre ignoraba, o al menos prefería pasar por alto, eran las afirmaciones que el propio hijo había realizado dentro del propio seno gubernamental: “Creo que ha llegado el momento de que alguien de su propia familia cuide al presidente. Hay un entorno enrarecido cerca del presidente que a mi entender es pernisivo…” Y que realmente no sabría como tomarlo, de ser esto último. Si eran meras declaraciones tiradas porque sí, si se trataba de un simple comentario sacado de contexto, o si, en verdad, su hijo tenía intensiones de incursionar en la alta política, lo cual lo llenaría de dudas. Por eso, por el momento, se reconfortaba de tenerlo cerca. - En diez minutos llegamos, viejo. ¿Por qué no te cebás unos matecitos? – le dijo a su padre sin desatender los comandos. A ciento de metros sobre el suelo, sólo iluminados por las luces del instrumental de vuelo, padre e hijo, disfrutaban como dos chicos aquella escapada nocturna, lejos del protocolo y de los molestos custodios. A plena velocidad, surcando raudamente el espacio de la provincia. Cuando lo lograban, aquel espíritu cordial rozaba cierta complicidad infantil. Eran tal para cual. De su padre había heredado el gusto por la velocidad y los deportes. Pero aquello resultaba ser como una especie de espejismo. Una vez en tierra la política volvería a alejarlos. - Tomá, fijate si está bien de azúcar. – dijo el presidente acercándole un cálido y espumoso mate. – Tomar mate era algo habitual en la familia. La mayor de las veces amargo. El mandatario sonrió al pensar que el simple acto de compartir un 27


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mate en las alturas de un cielo áspero de nubes que le oponía cierta resistencia al desplazamiento del helicóptero, hubiera sido una buena tapa de diario. – Acá tenés bizcochitos… No sabés lo contento que estoy de que me hayas acompañado. Te lo agradezco… bueno, no me hagás caso. Te quiero muchos, ¿sabés? No necesitás decírmelo, yo también te quiero. Las cosas siempre fueron del mismo modo en la familia. Al menos tratamos de sobrellevarlo. Es cierto, a veces pienso en cómo hubiera sido vivir una vida común y corriente… tengo una deuda con ustedes que deberé saldar algún día. Vos naciste para la política, viejo. Es lo tuyo. En cambio yo… lo único que quiero es correr. No sirvo, ni me interesa nada más. Yo no me bancaría como vos a más de cuatro chupasangre que se la pasan sobándote el lomo. Yo no les daría la espalda… Hay que ser de piedra para aguantarse quilombo tras quilombo. – señaló mientras hacía sonar la bombilla con dos largas chupadas. Así es la política. Casi sin darme cuenta se me pasó la vida metido en despachos, reuniones partidarias, campañas…¡Qué le vamos a hacer! – respondió el presidente encogiéndose de hombros. – Bueno, cambiando de tema. Contame, ¿cómo anda el auto? Excelente. Tuvimos un pequeño problemita con la caja de cambio. Se cagan cuando las exigís. Bajamos el motor y los muchachos esperan contar con las nuevas. Mañana paso por Ezeiza a retirarlas. Avisá que voy yo así no rompen las bolas con los controles, ¿eh? – dijo introduciéndose otro bizcochito en la boca. El presidente volvió a llenar el mate. La pieza era un fiel exponente de la más fina artesanía criolla. Trabajada en plata vieja con incrustaciones de oro y el escudo nacional en relieve laqueado con los colores patrios. Las iniciales realizadas en oro sobre el cuerpo bombeado de la calabaza hablaban de un obsequio personal. La bombilla también ostentaba la enseña patria cincelada delicadamente. Sin embargo, ambas piezas, desentonaban grotescamente con el termo de cobertura plástica con flores estampadas, encargado de mantener la temperatura del agua en su punto exacto. 28


Con prolijo esmero el presidente iba endulzando cada mate y pulsando la tecla vertedora del utensilio para que el delgado y humeante chorro de agua colme el recipiente hasta el borde sin derramar una sola gota. - Ya casi llegamos – le indicó su padre adelantando su cuerpo. – pasame la radio así doy aviso que llegamos sin novedad. ¿Bajamos en Aeroparque? - Mejor, así cargo combustible. Buenos Aires de noche era como volar sobre un campo cubierto de luciérnagas. Millones de lucecitas titilaban en lo profundo de la noche, mientras el aparato ponía fin a su raid aéreo sobre las crestas de un río color león inquieto que comenzaba a iluminarse con tímidos albores fronterizos. Darío arribó a su dúplex de Figueroa Alcorta pasadas las cuatro de la madrugada. Estacionó la flamante camioneta Mitsubishi metalizada en la cochera y abordó el ascensor que lo depositaría en el piso octavo del edificio. No iba solo. Una hermosa criatura veinteañera, reconocida modelo publicitaria, caminaba prácticamente colgada del cuello del empresario. Excitada y eufórica. Excedidos ambos de éxtasis y champaña. El hombre forcejeó con la cerradura y con la empecinada jovencita que intentaba desvestirlo. La puerta se abrió. Desaliñados y cachondos fueron directo a la suite. - Ya vuelvo. Quiero ponerme linda para vos, mi amor. Esperame… - le dijo ella arrojándole un besito que quedó flotando en el ambiente en tanto que desaparecía tras la puerta del baño. Él asintió embelesado, pujando con los pantalones. Tarea más que complicada por la borrachera evidenciada. Transpiró, bufó y puteó hasta conseguirlo. Liberado, se dirigió a la kitchenette. Llenó una cuba con hielo y descorchó una botella de Barón B que introdujo removiéndola con intención de refrescarla. Tomó dos copas y las llenó hasta más allá de la mitad. Como toque personal les agregó una cereza… “rojas como los labios de la pendeja…” y otra dosis del alucinógeno de moda.

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Copa en mano mientras aguardaba la reentré de la muñequita, Darío, aprovechó para dirigirse a su oficina. Pese al estado en que se encontraba, no pasó por alto la meticulosa tarea de verificar si había algún recado de importancia en el contestador o algún fax de última hora. Así lo hizo. Desnudo y bebiendo a sorbos su champaña, el empresario cumplimentó la rutina. Desgrabó la cinta del contestador automático. Nada importante. Testeó la pantalla de la notebook. Sin novedad. Tampoco había ningún fax para responder con premura. Aquella oficina revestida en roble y moquette delicada era su nexo con el mundo exterior. No obstante, pudiendo hacerlo en sus oficinas ubicadas en el corazón de la city, se sentía a gusto cada vez que cerraba buenos negocios en la intimidad de su lujoso piso. “A mis asuntos los manejo mucho mejor desde la cama, con champaña y un buen culito…” Comentaba jactancioso entre amigos e íntimos. De la habitación continua le llegaron claros indicios de su acompañante. Sin perder el talante volvió el rostro para cerciorarse. La chica se hallaba instalada sobre el confortable lecho. El cuerpo esbelto completamente desnudo y mojado. Perfectamente bronceado por largas sesiones de cama solar, lo impactó como la luz de un flash disparada a los ojos. Darío le sonrió levantando su copa. Ella lo imitó. Con gesto desinhibido y provocativo separó las piernas para volcar el contenido de su copa sobre su pubis depilado y labios rosados. Lo que siguió hizo que Darío perdiera los estribos y se abalanzara sobre ella. La chica conocía al dedillo el libreto “calienta hombres”, y con total descaro introdujo sus largos dedos en la vagina regada con la espumante bebida comenzando a masturbarse con frenesí.. Así lo hizo hasta llegar al límite del paroxismo. Con el cuerpo inclinado hacia atrás y pidiendo a gritos que la penetrara mientras lamía sus dedos húmedos. Demasiado para el hombre que se deshizo de su copa disponiéndose a aplacar el llamado de la sangre. Y no era para menos, aquella pendeja le estaba dando vueltas la cabeza. En plena faena. Sobrellevando con altura los gritos, mordiscos y pellizcos de la impetuosa chiquilina. Con la mente y los cuerpos totalmente descontrolados, y por demás susceptibles a la mágica 30


poción de drogas y alcohol; fueron sorprendidos por el inoportuno llamado. La primera reacción fue ignorarlo pero fue tal la insistencia y lo inusual de la hora que le hizo perder concentración y, por ende, la erección. Ofuscado saltó de la cama. Casi de inmediato el zumbido inconfundible de un fax le dio la pauta de que algo andaba mal. En efecto. Era de Mosser. Cargamento llega Ezeiza mañana 7:30 Piezas mecánicas coche. Inglaterra. Retirar valija. Llama a Amed. Y más abajo una inscripción en árabe y el dibujo borroso de una rosa, del que muy bien conocía su significado y no necesitaba traducción. Aquella era la tercera vez que tomaba contacto con el mortal emblema. Darío experimentó una leve taquicardia que lo mantuvo estático por un momento. La chica de la vagina ardiente continuaba masturbándose como si nada. Ignorando por completo que cualquier atisbo de lujuria se había desvanecido definitivamente de la cabeza de su frustrado amante. Una vez pasada la molesta arritmia, el hombre montó en cólera. Fuera de sí tomó de un brazo a la desconcertada modelo y la sacó a la rastra del departamento. Súbitamente y sin ninguna explicación, la pobre chica, fue a dar con toda su desnudez al hall de entrada y con ella sus pertenencias. A empujones la introdujo en el ascensor desoyendo las súplicas de la bella despechada. Ya solo en el interior de su vivienda se encerró en el interior de su vivienda con la intención de no ser molestado por nadie. Darío temblaba como una hoja tratando de encontrarle una explicación lógica a la demencia del mensaje que tanto lo alteraba. Dejó pasar unos instantes. Y recién cuando se sintió un poco más sereno llegó a la conclusión de que Mosser se había vuelto loco. No podía entenderlo de otro modo. Todavía estaban frescas las imágenes horrendas del último atentado en la mente de los argentinos.. El turbado empresario, sin pertenecer al Islam, bien sabía el nefasto significado que encerraba una rosa negra. Y su mayor duda radicaba, ahora, en saber que sobrevendría a ello algo que, de por sí, ya comenzaba a torturarlo.

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En esos pensamientos lo sorprendió el nuevo día. Y con la certeza cierta de que sólo conocería la respuesta cuando ésta le reventara en el rostro. Darío comprimió los dientes hasta hacerlos rechinar, acto seguido destruyó el fax. Nada podía hacer Entonces supo, en ese momento como nunca, la verdad encerrada en aquel párrafo bíblico que instruía acerca de las lealtades: “nadie puede servir a dos amos a la vez…”

Ciudad del Este, Paraguay, febrero de 1995. Divah había pisado tierra guaraní luego de un tedioso y agotador vuelo de más de diez horas. En el aeropuerto internacional de El Galeao y tal lo previsto de antemano, tomó contacto con gente de Amed. Luego de cumplimentar los trámites de rigor en migraciones fue conducida por los dos hombres hacia un sector apartado de la estación aérea, más precisamente hasta una pista aledaña en donde aguardaba, con sus motores encendidos, el pequeño Cessna de bandera paraguaya. El tiempo que demoró el viaje hasta la ciudad fronteriza se realizó en absoluto silencio. Aquellos hombres eran de pocas palabras. Ellos solo se limitaban a cumplir al pié de la letra las instrucciones emanadas de boca de su padre. Estas eran: “contactar chica y traerla…” Y así lo hicieron. Superado el vulnerable control aduanero paraguayo abordaron la combi que los dejaría a las puertas de la recepción de un modesto hotel de la ciudad, en donde fue registrada bajo el nombre de Concha Ríos Moya, turista española, de veintidós años, soltera y coreógrafa de profesión. Tal la nueva identidad que figuraba en su pasaporte. Llenó el registro con letra desenvuelta. Dejando entrever que sólo estaría en el país uno o dos días en carácter de visitante en tránsito hacia Buenos Aires. Sólo cuando el servil empleado del hotel le hubo entregado las llaves del cuarto, los dos árabes que la acompañaban se retiraron. Despidiéndose de ella de la misma forma como la habían recibido; sin

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emitir palabra. Ni siquiera cuando uno de ellos le hizo entrega del pequeño sobre con las nuevas premisas. Con la idea fija de darse una buena ducha y descansar se limitó a asentir con una leve inclinación de cabeza para desaparecer rápidamente detrás de la puerta. El cansancio se reflejaba en su semblante, tanto, que hasta el intenso verde de sus ojos pareció opacarse, sumado al asfixiante calor reinante. Aseguró la puerta de la habitación con dos vueltas de llave y encendió la luz. La misma era de dimensiones reducidas pero bastante acogedora. Con paredes empapeladas en tonos pastel y muebles de madera oscura. Una única ventana comunicaba a un patio exterior en donde se apreciaban varias cocheras y una pequeña piscina de material plástico circundada de mesas y sillas del mismo elemento. Y un destartalado acondicionador de aire, ruidoso e insuficiente para aplacar la sofocante atmósfera. No obstante le agradó. Divah arrojó la única maleta que portaba sobre una mesita y comenzó a desvestirse. Una vez desnuda se introdujo en el baño. Abrió el grifo de la lluvia y dejó que el agua corriera para aclimatarse. Se sentó en el inodoro y orinó abundantemente para después, sí, entregarse a la gratificante y fresca lluvia. Enjabonó su cuerpo una y otra vez como queriendo quitarse de encima la molestia sensación provocada por la falta de higiene de tantas horas de vuelo y la transpiración. Así permaneció durante un buen tiempo. Largos minutos bajo el chorro de agua fría le devolvieron a su piel y a su cuerpo la lozanía natural. Sin secarse y con una toalla envuelta sobre la cabeza, la hermosa Divah, se dejó caer sobre la cama. El sueño le llegó de inmediato, durmiéndose profundamente. Eran las tres de la tarde y el calor en aquella parte del mundo era insoportable. Despertó cuatro horas más tarde, cuando su desnudez comenzó a sentir el frío. Con la piel erizada buscó abrigo bajo la gruesa manta marrón. Tenía la intención de seguir durmiendo. Buscando vanamente la posición adecuada para su cuerpo cansado. Y fue en una de esas vueltas que su cuerpo topó con algo duro y punzante. Con sumo fastidio estiró el brazo para tantear a ciegas y cerciorarse. No tardó en asociar el molesto objeto con el sobre entregado por el árabe. Desvelada bostezó aparatosamente, sabiendo que le sería imposible volver a conciliar el sueño nuevamente. Sentada con las piernas 33


cruzadas sobre la cama hurgó el contenido del mismo. En su interior había media docena de fotos con la imagen del mismo joven de la fotografía que Mosser le había entregado en España. Recortes de revistas en donde aparecía divirtiéndose saltando olas montado en un ski-jet, probando poderosas motocicletas, o posando junto a su auto de rally con fondo del Partenón en Grecia. Otras en compañía de hermosas señoritas, y una última, en donde podía vérselo sentado frente a los comandos de un helicóptero. Observándolo con detenimiento dedujo que no había que ser demasiado inteligente para saber sobre la identidad, gustos y debilidades del guapo de los recortes. Junto a las fotografías había también otro sobre más pequeño con instrucciones precisas sobre los pasos a seguir de allí en adelante. Mañana saldría hacia la capital argentina. Un tal Darío sería el encargado de conducirla. El hombre en cuestión estaba estrechamente ligado al joven de las fotos y demasiado comprometido con la causa por lo que pondría objeciones en colaborar. También encontró un número telefónico el cual debería memorizar y destruir junto al contenido del sobre. Así lo hizo. Retener el número y el nombre del contacto no representó ninguna dificultad. Repasando mentalmente los datos se desplazó hasta el cuarto de baño donde comenzó a desmenuzar los papeles. Cumplimentada dicha acción pulsó el botón del depósito. Divah permaneció junto al inodoro asegurándose de que la succión se tragara hasta el último papelito. Sin proponérselo su mirada quedó fijada al trozo de fotografía en donde la enigmática sonrisa de su futura víctima giraba en un torbellino de agua. Jamás podría arrancarse de su mente aquella imagen. Jamás… Miró el reloj. Eran casi las ocho. Imposible hallar a esa hora un salón de belleza abierto, supuso. Su estómago también le recordó que no había probado bocado en horas. Dada las circunstancias no halló impedimento alguno para disfrutar de su tiempo libre, realizar algunas compras y aplacar el hambre, además de hacerse algunos retoques que distorsionaran su real apariencia. Convencida de que sería lo mejor se incorporó de un salto para abrir la valija en busca de un conjunto de ropa interior de algodón blanco y diversas prendas, las cuales fueron elegidas por comodidad.

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De pié frente al espejo, la mujer recogió su larga y ondulada cabellera negra para sujetarla con un pañuelo de seda. Luchó para calzarse los ajustados jeans de color blanco y desechó el corpiño por dificultarle la respiración. Una remera blanca sobre los senos liberados y un par de sandalias sin tacos como toda indumentaria. Sólo dedicó algo de tiempo al retoque de los labios con un brillo humectante. Y sintiéndose lista asió la cartera y abandonó la habitación. Divah no era una improvisada. No la amilanaba el hecho de estar sola en un país en un país extraño. Sabía moverse además de defenderse llegado el caso. Había crecido en Beirut, entre las bombas y el horror de una guerra inacabable. Su corazón había aprendido a cicatrizar las heridas que no terminan de sangrar en una persona corriente. Ella aprendió el difícil arte de sobrevivir en un país violento, enfrascado en el odio y la venganza. Hermano contra hermano. Familia contra familia… Todos contra todos, en el todo vale de una contienda incomprensible para una niña huérfana. Supo desde muy temprano que si deseaba vivir debería dejar de lado cualquier dejo de virtud. Su cuerpo y su seducción se transformaron, entonces, en su mejor arma. También aprendió a manejarlas y a matar por su vida. Vivió de esa manera hasta la llegada de El-Kir. Y fue el astuto sirio quien la rescató del miedo exacerbado de la capital libanesa, tal vez conmovido por ver a tanta belleza desperdiciándose entre los brazos de los rudos combatientes. El pulió la gema de oriente hasta convertirla en lo que era: su incondicional servidora. Ella no era de hacer demasiadas preguntas, simplemente obedecía. Por considerar que ésa era la mejor manera de pagarle a su benefactor. Con un papel garabateado en caligrafía difícil de interpretar y algunas referencias verbales que le hiciera el amable conserje del hotel, ganó la calle. Caminó decidida varias cuadras hasta lo que consideró la parte vital de la polifacética ciudad paraguaya. Con las primeras luces artificiales que comenzaban a encenderse, también se iba apagando el bullanguero comercio callejero. Consciente del revuelo que causaba su presencia entre los apresurados mercaderes que cesaban en la tarea de desarmar sus puestos tan solo para contemplarla o murmurar obscenidades por lo bajo ya sea en guaraní o en portugués, se internó por pasadizos y callejuelas tenebrosas. Si hasta un grupo de inmutables aborígenes, vendedores de artesanías 35


baratas, le ofrendaron sus mejores sonrisas desdentadas, babeantes de tabaco mascado. Ver abrirse paso entre el enjambre de curiosos y atrevidos en celo a la escultural libanesa, con su metro setenta y cinco de estatura, sus preciosos ojos, destellantes como dos esmeraldas, y el bamboleo de sus pechos bajo la delgada remera, era un espectáculo digno de presenciar. Una indefensa mujer caminando sola por lugares poco recomendables para cualquier visitante distraído no era algo frecuente en esa parte de la ciudad. Precavida sujetó firmemente el correaje de su cartera y apuró la marcha. Cruzó la calle esquivando bultos y montañas de basura apilada junto a las aceras sin dejar de sonreír a los numerosos admiradores que comenzaron a agruparse con no buenas intenciones. Disimuladamente deslizó una de sus manos en el bolsillo trasero del pantalón para cerciorarse de que la filosa sevillana estuviera en su lugar. Afortunadamente para ninguno de aquellos individuos tuvo que recurrir a sus servicios. De otra forma alguien hubiese resultado seriamente lastimado. En su ciudad natal, Divah, supo rebanarle el cuello a un turco que hizo uso de sus favores negándose luego a pagar el precio acordado. Aún recordaba los ojos desconcertados de aquel rufián desangrándose sobre el piso de la mugrienta habitación. Y la frialdad con que tomó su paga y se marchó. Esto era muy distinto. Como distintas eran las circunstancias y los tiempos. Soportando y desbaratando algún que otro pellizco dirigido a la perfecta anatomía de sus glúteos o manotazo hacia sus tetas, la cosa no pasó de ahí y la sangre no llegó al río. Finalmente logró desembarazarse de la muchedumbre alzada pero no fue así con el par de muchachitos que la seguían insistiéndole para que les comprara algún perfume, cigarrillos, naipes con figuras pornográficas o “camisinhas”, de las que nunca tuvo claro de qué cuernos se trataban. Sólo pudo deshacerse de los mocosos comprándoles diez perfumes por diez dólares. La única fórmula para que la dejaran en paz. Aliviada y liberada de los molestos buscavidas, buscó un sitio para deshacerse de la bolsa plástica con los perfumes que terminaron a estrellándose contra la pared de una callejuela sin salida. Tenía tino para eso. Todo el norte de África era un gigantesco mercado de compra-venta.

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Los comercios importantes comenzaban a despedirse de otra ardua jornada. Divah entró al luminoso local atraída por la pintoresca marquesina que podía apreciarse desde lejos. La inconfundible y universalmente reconocida sonrisa de la Mona Lisa fue su guía. No halló reparos en los vendedores que le franquearon la entrada a punto de cerrar. Adquirió perfumes Channel y Paloma Picasso, algunos cosméticos corporales y tintura para el cabello. Conforme abonó el pago con tarjeta Master Card Gold. Antes de retirarse, la amable cajera le obsequió un tercer perfume, gentileza de la casa por las compras realizadas. Divah sació su apetito en el primer local de comidas que halló. No había mucho para elegir por lo que se inclinó por el pollo frito, zumo de naranjas, un pastelillo de manzana y café negro. Luego de disfrutar un cigarrillo y, demostrando ser poseedora de un especial sentido de la orientación, ubicó el hotel sin contratiempos. Aeropuerto de Ezeiza, Buenos Aires, marzo de 1995. La Pathfinder negra de junior sorteó los estrictos controles de la policía aeronáutica, encargada de custodiar el área restringida del aeropuerto internacional, sin dificultad. El comandante a cargo había recibido un llamado directo de presidencia poniéndolo en conocimiento de su llegada. Los guardias echaron un ligero vistazo al salvoconducto firmado de puño y letra por el presidente como para no quedar en evidencia y lo saludaron haciendo la venia militar. Junto a él iba su inseparable amigo Darío. Al reconocerlos, varios funcionarios que prestaban servicio en el sector aduanero, se apresuraron a saludarlo. Junior maniobró la camioneta y la estacionó frente a las puertas de un pequeño hangar destinado al acopio de mercadería en tránsito. El jefe de sector, por ende familiar suyo, le dio la bienvenida en un castellano rebuscado. El hombre hacía poc que estaba en el país y poco y nada era lo que dominaba el idioma. Mientras tanto su amigo se encaminaba hacia las oficinas acompañadas por otro de los empleados.

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- ¡Qué tal! ¿Cómo anda todo? ¿Tú padre bien? Ya está todo en orden. Me tomé el atrevimiento de llenar los papeles por vos. Sólo falta firmarlos y listo. Vení que te muestro. Junior siguió los pasos de su pariente que a su vez siguió los de un guardia a cargo de la seguridad. Entraron al depósito repleto de cajas y bultos de formas y tamaños dispares. Apartados e identificados con una etiqueta en donde se destacaba su nombre escrito en letra de imprenta con fibrón de color verde, se hallaba lo que había venido a retirar. Eran dos cajas medianas de madera, perfectamente embaladas. Con precinto y la leyenda de destino y procedencia pintadas en negro. U.K. – ENGLAND – EZ. – ARG. A pedido del interesado el guardia, muñido de un alicate, cortó los precintos y desclavó las tapas. Una a una las piezas mecánicas fueron alineadas sobre el piso. Luego de inspeccionarlas minuciosamente y cotejarlas con el listado que figuraba en la planilla de ingreso Junior dio el okey. El uniformado volvió a envolver las piezas en el papel engrasado de origen y posteriormente a embalarlas. Nada anormal, todo coincidía. Dos cajas de velocidades, un cigüeñal y repuestos varios para los autos del joven. - ¿Todo en orden? – dijo dirigiéndose al soldado. - Sí señor, puede retirarlos – respondió este mientras se quitaba los restos de grasa de las manos con un manojo de estopa. Junior cargó las cajas en la parte trasera de su camioneta ayudado por dos operarios. Desde el interior del vehículo se despidió de su pariente con un beso en la mejilla, como así también del guardia y de los operarios que habían cooperado con él y permaneció a la espera de que su amigo concluyera la charla y el café compartidos animadamente con algunos empleados del lugar. Como la cuestión se demoraba más de lo previsto le avisó haciendo sonar la bocina. Darío se volvió para hacerle señas con las manos que lo esperara para retornar más tarde a la carrera. - Aguantá un toque. Arreglo un asuntito con Gutiérrez y vuelvo. Mientras tanto estacioná la camioneta del otro lado de la puertita lateral. – Y dicho esto último despareció corriendo. Junior acató las indicaciones que le hiciera su amigo y allí lo esperó sin bajar de su vehículo, desde donde observó la conversación que mantenía Darío con el tal Gutiérrez y su pariente en un apartado 38


de las oficinas que daba al exterior del sector restringido, al cual podía accederse atravesando la puerta en donde esperaba sin controles aparentes. Volvió a hacer sonar la bocina nuevamente. Darío y Gutiérrez atravesaron la pequeña puerta cada uno con una maleta del tipo Samsonite de color azul. Con rápidos movimientos las acomodaron en el interior de la camioneta, ocultándolas bajo una manta. - Dale, vamos. – indicó Darío, ya con medio cuerpo adentro. Arrancá… - ¿Sos boludo o te hacés? – le recriminó indignado Junior, sabedor del contenido de las valijas - ¡Si nos cazan nos rompen el culo! ¡Acordate el quilombo que se armó con lo de mi tía! - No pasa nada. Está todo bajo tranquilo; nadie se avispó. No pensés mal, no es para mí. Me lo pidió tu pariente como una gauchada… no me podía negar. ¡Cuántos favores nos hizo! ¿O no te acordás…? – le respondió su acompañante con el rostro iluminado por la excitación. - Ya lo sé. No hace falta que me lo recordés. Favor con favor se paga, es cierto. Pero vos sabés que yo en ésta no me prendo. No me cabe. Vos ponés en juego la cabeza del viejo…¡No me quieras pasar otra vez porque se pudre todo! Entendela, no me tomés de gil, okey? - Okey. Lo único que te digo es que yo no tengo parte en esto. Es solamente sacar el equipaje del aeropuerto. ¿Quién se va a animar a revisar el vehículo del hijo del presidente? Del otro lado hacemos el cambiazo y se terminó. – Darío se preparó para escuchar algún otro reproche de parte de su amigo, pero el joven no abrió la boca en todo el trayecto, limitándose a seguir sus indicaciones en el mayor hermetismo. Miles de imágenes se sucedían por su cabeza y se negaba aceptar semejante situación. Realmente se sentía molesto por la guachada de su amigo y lo único que quería en ese momento era deshacerse de las putas valijas lo más rápido posible. Eso y, en tanto y en cuanto, el diablo no metiera la cola. ¡Con qué cara miraría a su padre si las cosas se complicaban! Lleno de dudas y temores condujo la camioneta hasta la intersección de la autopista Richieri y General Paz. En donde, efectivamente, la 39


transacción se llevó a cabo, allí, al costado del camino. Con la premura del caso las dos Samsonite azules pasaron de la camioneta de Junior al interior del Peugeot 505 marrón que aguardaba con las luces encendidas. Y una vez finiquitada la operación ambos vehículos siguieron sus respectivos caminos. Un par de horas antes de que Junior y Darío ingresaran al sector aduanero del aeropuerto, Mosser y su fiel secretario Osmar franqueaban sin ningún tipo de contratiempos los trámites de ingreso temporario al país bajo la fachada de dos pasajeros provenientes de Madrid en un vuelo regular de la aerolínea de bandera española y con identidad portuguesa acreditada en sus pasaportes. El sirio tenía sumo interés en pasar desapercibido el poco tiempo que permanecería en suelo argentino y a raíz de eso fue que buscó cierta protección en la nueva identidad adoptada. De otro modo, seguramente, su sola presencia alertaría a los servicios de seguridad. Consciente de que una porción importante de la sociedad lo consideraba persona no grata evitaba, de tal modo, ser interpelado por algún ciudadano, por la prensa o por personas allegadas al gobierno. Si bien era cierta que había blanqueado las causas con la justicia argentina por el resonado caso de la doble nacionalidad obtenida por medios no demasiado diáfanos, no era su intención, al menos en esta oportunidad, atraer las miradas hacia su persona. Su presencia respondía a la necesidad de accionar como lo haría un titiritero: Mover los hilos de sus marionetas. Y él sólo necesitaría de dos a saber: Divah y Darío. Más allá de contar con el apoyo logístico que le brindarían ciertos agregados diplomáticos de algunas embajadas amigas que tenían una vasta experiencia en operar bajo el rígido código musulmán. Se sumaba también la inestimable ayuda de El Ángel, un ex militar y actual colaborador de la SIDE, siempre dispuesto a realizar el trabajo sucio; su especialidad. Un mercenario de ideología nazi en todo el sentido de la palabra. Él y su grupo de tareas habían participado activamente brindando no solo su logística, sino también apoyo militar en los sucesos que concluyeron con la voladura de dos edificios de la comunidad judía. 40


Por otra parte aprovecharía su tiempo para distribuir el contenido de las dos valijas provenientes de Miami la noche anterior retiradas por Darío. Tal como lo había previsto a la salida los aguardaba un señor vestido de impecable traje claro que les hizo entrega de las llaves del vehículo arrendado: Un Peugeot color marrón. Tanto Mosser como Osmar conocían el trayecto hacia la capital a la perfección y difícilmente tendrían dificultades para orientarse y llegar al punto de reunión tras hablar personalmente con el tal Gutiérrez. Éste, conjuntamente con los “camellos”, se había encargado de realizar las maniobras pertinentes para evacuar las maletas del aeropuerto. Con absoluta cordura Osmar condujo hasta el lugar del encuentro. Tres cuarto hora después se procedía al intercambio. Los escasos segundos que demandó la tarea, Mosser, supervisó que todo marchara bien desde el amparo que le conferían los cristales polarizados de su rodado. Desde allí vio como su secretario y Darío realizaban el cambiazo de las maletas repletas con dólares sucios de baja denominación provenientes del mercado estadounidense. Un millón ochocientos mil dólares en billetes de a cincuenta, veinte, diez y cinco dólares a la espera de ser “lavados”. Y sintió cierta pena ante la contemplación de aquel rostro joven que, aferrado al volante de la Pathfinder, evidenciaba claramente muestras de impaciencia y fastidio mientras aguardaba que el trueque concluyera. Finiquitado el asunto el sirio y su secretario enfilaron directamente al hotel. Ya una vez instalados en las lujosas habitaciones del Hyatt, propiedad de un amigo egipcio y, del cual tanto Mossser como El-Kir tenían acciones, procedieron a la cuenta del dinero. Finalizado el mismo y, fiel a su costumbre de registrar con minuciosa precisión cada movimiento, el sirio hizo una serie de anotaciones en su agenda. Arg. (1-800-000) – Dar – 180 – 1-3-95 – Miami Cerró su agenda y la guardó en el bolsillo interior del saco. Acto seguido pidió una línea a la operadora e hizo dos llamados telefónicos. 41


Ciudad del Este, Paraguay, marzo de 1995. La mañana, luminosa y cálida, le dolió en los ojos. Ella recurrió a los lentes oscuros para minimizar los efectos del sol que, a esa hora, comenzaba a hacerse sentir sobre toda criatura viviente. Apenas tuvo tiempo de probar el abundante desayuno que le habían acercado a la habitación. Un par de sorbos al café negro y al jugo de frutas recién exprimido. Y una sola tostada untada con dulce de mamón y manteca. Eran las siete y media cuando el teléfono sonó. Del otro lado, la voz del conserje le anunció que abajo la aguardaban los señores del día anterior. Previsor, el encargado de turno, había ordenado el desayuno para el cuarto. Una ducha rápida y el acondicionamiento del equipaje que fue alternando entre sorbos y mordiscos para ganar tiempo. Presurosa bajó con una tostada entre los dientes que no fue impedimento para dar muestras de agradecimiento y una buena propina al atento empleado. Divah vestía ropa clara y liviana con el agregado de un pañuelo negro sobre la cabeza para protegerse del sol. Al reconocer a los jóvenes intercambió un saludo parco y ascendió al Monza azul que la llevaría hasta el otro lado de la frontera. Todo el tiempo que duró el viaje hasta el primer control fronterizo lo pasó fumando y maravillándose por el fuerte contraste entre la tierra roja y el verde intenso de la selva. Hasta intercambió impresiones con los hijos de Amed en más de una oportunidad por mera curiosidad. Mostrándose fascinada ante la exuberancia de aquel paisaje. Pronto llegaron al paso. - Señorita, tenga a mano su pasaporte. Estamos por ingresar al lado argentino – le recomendó el conductor – Trate de mostrarse natural y nada ocurrirá. - Tú limítate a conducir y no me digas como debo comportarme. Soy una simple turista en viaje de placer… ¿correcto? – respondió sonriendo como si nada. El tránsito, de un lado a otro de la línea divisoria, circulaba con total normalidad. Media hora después los árabes la depositaban en la puerta de embarque del aeropuerto internacional de Iguazú. Antes de abordar 42


la máquina de Aerolíneas Argentinas, el más locuaz de los árabes le confirmó que contaba con un límite de tiempo que no podría ser superior a dos semanas a partir de ese momento, y que la evacuación se realizaría por avión vía Rosario. Que ya conocería más detalles en los próximos días pero que no olvidara: dos semanas a partir de hoy en algún punto a confirmar de la ciudad santafecina. Ello le garantizaría un escape exitoso. Y que cualquier tipo de contratiempo conspiraría en su contra. Divah asintió con la cabeza en total acuerdo con lo manifestado. No podía quejarse era un buen margen de tiempo el que se le concedía. Buenos Aires, febrero de 1995. El presidente abandonó la clínica en donde permaneciera, las últimas horas, sometido a un riguroso chequeo médico. Un exámen de rutina, según sus propias palabras. Lo hizo flanqueado de sus dos hijos, varios de sus colaboradores más cercanos, su séquito de custodios y un enjambre de periodistas y curiosos que se arremolinaron en torno suyo. Se lo veía radiante. Con una amplia sonrisa y su mano extendida hacia quienes pujaban por acercársele con intención de saludarlo, de darle ánimo o pedirle un autógrafo. De esa forma, el carismático mandatario, aventaba dudas y temores acerca de su actual estado de salud. - No sé de dónde sacaron eso… ya lo ven, estoy diez puntos. Nunca me sentí mejor… ¡pero no! Desmiéntalo. El presidente se halla en perfecto estado… por favor, no le busquemos la quinta pata al gato… Reitero: estoy muy bien, dispuesto a presentar batalla en las próximas elecciones. Mis adversarios no se van a librar tan fácilmente de mí – risas generalizadas – Adiós. Los amo a todos. – Subió al auto conducido por su propio hijo, seguido muy de cerca por colaboradores, custodios y una escolta motorizada de la policía federal que se adelantó para despejarle el camino haciendo sonar las sirenas. Junior iba solo en el asiento del conductor, mientras su padre hacía lo propio en el asiento trasero en compañía de su hija, su otro amor. 43


Se sentía realmente bien. Distendido y cariñoso. Podría decirse que, en esos momentos, su felicidad era doble: la salud inmejorable y recompuestos, prácticamente, los vínculos familiares. Amaba profundamente a sus hijos y era consciente de que la política lo había alejado de ellos. No obstante, como cualquier mortal, fantaseaba con la idea de poder retirarse algún día de la vida política y recluirse en su provincia natal para pasar sus últimos años rodeados del afecto de los hijos y de los nietos que, sin duda, llegarían para ensanchar su felicidad. Sabía que el bien más preciado con que puede contar un hombre en la tierra era la bendición divina de los hijos. Pero él tenía dos hijos maravillosos y una obsesión: Ser reelecto para un segundo período presidencial. Era una cuestión de ego. Y entre quienes lo conocían y alentaban se especulaba con ello. Pues lo consideraban un ganador nato. Aunque se corriera el peligro de desvirtuar la realidad. Ciertas actitudes y extravagancias del primer mandatario lo sindicaban como un pragmático ávido de poder. Un vendedor de fantasías. Y ser ganador no siempre significaba ser un elegido. Entre una cosa y la otra existía una brecha infranqueable. Sus fuertes convicciones mesiánicas, sumadas a un entorno corrupto y ambicioso dibujaban, para exclusivo deleite del presidente, un horizonte pletórico de triunfos y liderazgo… Soñaban, planificaban un segundo… y hasta un tercer mandato. Y era indisimulable el profundo placer que esto le proporcionaba; tal vez mucho más que el amor prodigado a los hijos. El, para muchos, hacedor del “milagro argentino”. El “judas” peronista, para otros; se prestaba al juego de los obsecuentes, genuflexos y chupaculos de turno que lo secundaban en la gesta. No obstante sus pretensiones chocaban contra otra realidad: El estigma de Perón y la resistencia de los militantes de base que lo sindicaban como un vende patria. De haber pactado a espaldas del pueblo trabajador con los enemigos históricos del país. Entregado las riquezas a manos privadas. Y claudicar ante las exigencias del FMI y los Estados Unidos a favor de la elite oligarca. Un movimiento que reivindicaba la lucha de los caídos. Que se movilizaba al compás de los bombos y la marcha peronista, enarbolando la imagen del general y la de su inmortal compañera: la abanderada de los humildes. Es por eso que entrar en la historia 44


grande de la Argentina y del mundo, desprendiéndose de la mística combativa del peronismo tenía su precio. Un precio demasiado grande que no muchos podían pagar. Pero a él no le importaba. Su ambición desmedida y el puñado de sanguijuelas adineradas que lo secundaban apostaban fuerte. Y para ello era preciso desligarse totalmente de un pasado justicialista, por más que no pudiese llegar a distanciarse tanto como quisiera, para lanzarse a la quimera dorada de ser el fundador de una nueva corriente nacional, con sus propias banderas, ya no las nostálgicas, como gustaba definirlo, que le quitaban brillo a su gesta neo liberal.

Hotel Hyatt, Buenos Aires, marzo de 1995. Mosser ya había definido ciertas cuestiones con el secretario del gobierno provincial y, tal como se venía efectuando con cierta periodicidad hasta el momento, el dinero sucio se lavaría ingresándolo en el presupuesto de Obras y Servicios Públicos. Por cierto una maniobra muy bien lubricada. Nada mejor que un gobierno que “hace” obras. Que le devuelve a la gente en obras, lo que es de la gente. Los verdes billetes estadounidenses de baja denominación iban camino a La Plata, la capital de la provincia, como parte de lo convenido en la ingeniosa red de corruptela montada con la anuencia del excelentísimo señor presidente y la estimable protección de la policía. Aunque tuviera la impresión de que el distanciamiento entre nación y provincia podría tornarse en un juego peligroso, algo que le preocupaba pero no demasiado. Mosser temía que la cosa se encarnizara de tal modo que comenzaran a tirarse con muertos tanto de un lado como del otro; perdiendo una plaza importantísima para el mercado. Había separado el diez por ciento de la suma total de la siguiente forma: ochenta mil para el área Ezeiza y los cien mil restantes para Darío quien, por otra parte, había sido citado al hotel para interiorizarlo en el tema. 45


Darío llegó al hotel a las siete en punto, haciendo gala de una puntualidad extrema, además del impecable traje de lino celeste que resaltaba el tono bronceado de su rostro. Era un hombre de porte mediano y andar elegante. Pelo castaño peinado hacia atrás con fijador y ojos claros. Cercano a los cincuenta, llegaba precedido de cierto aura que lo sindicaba como a un empresario exitoso en los negocios y con las mujeres. Se habían conocido en el viejo continente cuando éste oficiaba como integrante de una comitiva empresarial que acompañaba al presidente en busca de créditos blandos e inversores interesados en desembarcar en el país. Bastaron tan solo un par de encuentros en reuniones importantes para darse cuenta de las muchas coincidencias que los acercaban en cuestiones mercantiles. Relación que se fue consolidando con el tiempo y que transformó a Darío en uno de los socios más confiables del sirio en la Argentina. Amistad fructífera para los propósitos que abrigaba el árabe. El argentino tenía tres condiciones valoradas por Mosser y la organización: Era un individuo astuto, locuaz y ambicioso. Añadido a un talento especial que le permitió ganarse un lugar de privilegio entre los poderosos. En muy poco tiempo había pasado de ser un discreto traficante de drogas a convertirse en uno de los más efectivos lavadores de dinero del país sudamericano. Todo sujeto a su bien ganada reputación de empresario honesto y pujante. Influyente asesor a la hora de aconsejar a sus clientes sobre ventajas y desventajas de invertir, o no, en determinados mercados; y reconocido hombre de la noche con cartel propio. Con una sonrisa plena, un desconocido Mosser, le salió al encuentro. Cambiado en la apariencia, lucía prótesis pilosa sobre labios y mentón, y atormentadores ojos celestes. Y le demandó algo de tiempo reconocerlo detrás de su nueva fachada. - ¿Oh, amigo! ¡Cuánto placer! Adelante, ponte cómodo. ¿Gustas un café? – le dijo en su característico castellano. Darío asintió. A un costado, y en silencio, el inconfundible Osmar mantuvo una discreta presencia durante todo el tiempo que duró la reunión. La mirada atenta y la mano cerca de la sobaquera. Presto a cualquier pedido del jefe, como en ese caso, servir el café en la sala contigua.

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El sirio guió a su amigo hacia el ambiente relajado de un living con amplios sillones, obras de arte y una generosa visión de la ciudad que se colaba a través del amplio ventanal, donde tomaron asiento en torno a la pequeña mesa de mármol negro en donde, un rato después, Osmar sirviera el café en refinados pocillos de porcelana. - Con edulcorante por favor – solicitó el argentino mientras acomodaba la espalda en el respaldar del mullido sillón. Fiel a su modo de ser fue directo al grano. Detestaba cualquier tipo de vueltas y preámbulos por considerarlas una estúpida pérdida de tiempo. Time is Money, era su frase de cabecera. A sabiendas de que su presencia allí se debía a asuntos algo más turbios que hablar de negocios simplemente a los que todavía no podía comprender en su real dimensión, se preparó para lo peor. Eran pocas las veces que el empresario dejaba de lado cuestiones que no estuvieran ligadas al factor puramente económico. Aquella era una de esas. - Debo decirte que me gratifica tu presencia en el país, a la vez que me toma por sorpresa… También que te sienta muy bien el color de ojos, aunque se te vé algo extraño… la última vez, si mal no recuerdo… - Es un viaje fuera de contexto. Entiéndelo así… nadie debe saber de mi presencia aquí. De más está decir que uento con tu discreción… - Nunca te he defraudado. - Y lo bien que has hecho. - Debo decirte que me preocupa lo sugestivo del mensaje que me enviaste por fax. ¿Es lo que supongo o…? - ¡Ahá!... pero no deberías apresurarte en sacar tus propias conclusiones. Vayamos por parte Primero los negocios. Acá tienes tu parte. Puedes contarlo si lo deseas. No me voy a sentir ofendido… ¿Algún inconveniente? - No por ahora. El pibe no es estúpido. ¿Se puso como loco? Creo que deberíamos cambiar las formas… no sé… algo que lo despegue… - Comprendo. No es para menos. Con lo de su tía se curó de espanto… Pero no te preocupes. ¿O tengo que recordarte quien está garantizando el negocio y se lleva la mejor tajada? 47


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Darío visualizó ocularmente el dinero y, sabedor de que no faltaría un solo centavo, volvió a ensobrarlo. Un poco ex profeso, y otro poco como para ganar tiempo que le ayudara a clarificar sus pensamientos. Aspiró profundo, elevó la cabeza y buscó los ojos del sirio para contraatacar. La última vez que recibí un mensaje similar voló un edificio con ciento de personas adentro. Otro tanto aconteció con la embajada. Ahora no comprendo… realmente no entiendo que es lo que buscan. Te advierto que si desean perpetrar otro atentado no les irá tan bien como las veces anteriores. Es imprudente insistir con la misma metodología… Mi querido amigo, creo que incurres en un grave error al querer sacar tus propias conclusiones. Tú mente está tan saturada de sustancias que no te permiten abarcar tanto. Tú sólo limítate a desempeñar correctamente el rol para el que se te paga. Cobras muy alto tu trabajo y se te paga sin chistar. Esto es una cadena de mandos y jerarquías. Alguien manda y yo obedezco. Ahora yo mando y tú obedeces. Así de simple. Bagdad bajó su pulgar, y la espada de Allah presta a actuar. Ello no significa que sea ahora, empleando la misma metodología como dices. No prejuzgues ni nos creas tan imbéciles.. Eso es malo de tú parte. ¡No me gusta ésa rosa! ¡Detesto la violencia!... ya no deseo involucrarme más. ¡No quiero oler a muerte por el resto de mis días! – le recriminó el empresario. Ya hueles a muerte, amigo. No quieres darte cuenta pero es así. Por si acaso no lo sabes, llevas ese olor impregnado en la piel desde el primer instante en que decidiste superponer el dinero por sobre cualquier otra prioridad. Hueles a muerte porque le sirves como un perro fiel. Porque amas la ostentación, el poder que emana del dinero que te permite obtener lo que deseas con sólo proponértelo. No puedes torcer el destino que has elegido; y es muy tarde para recomponer la escala de valores… ¿Y sabes por qué te lo digo? Porque a mí me sucede lo mismo… La diferencia radica en creer haberlo asumido. Grave error el nuestro porque bien sabemos que nunca será así. Dios sabe que no. No veo nada malo en que me guste el dinero. Como a todo el mundo. La cuestión no pasa por ahí. 48


- ¿Quién lo afirma? ¿Tú? Intenta, entonces, deshacerte de todos tus bienes. Ve y compártelos con los desposeídos. Trata de salirte de la telaraña que tu propia ambición ha tejido y después me cuentas. No existe lugar en el mundo en donde puedas esconder tus corruptos huesos. No eres de la clase de personas a resignar nada. Quieres más, mucho más… Y te lo estoy brindando. Tú decides… - el sirio hablaba con voz serena y la sapiencia que brindan los años y toda una vida al servicio de oscuros intereses. Si tuviese que definirse a sí mismo se proclamaría como un condenado a errar en una barca dorada que no conduce al paraíso. Esbozó una risita paternal y encendió un Ducados. – Míralo de este modo estimado Darío, hay buena tela de por medio y el trabajo que se te pide es sumamente sencillo. Solamente deberás hacer de lazarillo. Ayudar a conocer el terreno. Y como siempre estarás libre de culpa y cargo. Desde ya puedo asegurarte que esta vez no habrá tanta violencia. Ya que se trata de un trabajo puntual, limpio y sin secuelas para nadie. Tienes mi palabra. Lo único es que cuando acontezca el hecho se armará tal revuelo que nadie sabrá en donde está parado. Digamos que se trata de una misión punitiva. Ah… - agregó exhalando el humo – ¡Este bendito país vuestro sí que da para todo! Todos los gatos bailan en la misma bolsa. Esta vez solo será un terrible accidente. Y si de buscar culpables se trata aquí confluyen todas las fuerzas del mal. Palestinos, iraquíes, iraníes, nazis, narcos, servicios de inteligencia, locos, la Mossad, locos justicieros… hasta la Hezbollah y la CIA, mi querido amigo. Así que puedes dormir tranquilo. Darío escondió la cabeza entre los hombros completamente abatido. Volvió a respirar hondo. ¿Qué podía hacer? Estaba metido en un juego del que muy pocos salen vivos una vez aceptadas las reglas. Un sitio en donde siempre se camina por las cornisas y la infidelidad se paga con la vida. Aunque ésta fuera moneda de pago en el secreto mundo de las mafias, el dinero y la alta política. Saberlo lo reconfortó. Hasta el momento no podía quejarse, y tan mal no le había ido. Conocía que la matriz que concibió los atentados a la comunidad judía no había sido solamente acciones de guerra, si no una acción tendiente a escarmentar la política exterior de un gobierno alineado 49


incondicionalmente con los Estados Unidos e Israel durante la llamada Guerra del Golfo. Y sin embargo no podía menos que sentirse mortificado ante la incertidumbre de no saber hacia quienes estaban dirigidos los dardos del islam esta vez. ¿Cuento contigo, entonces? – preguntó el sirio aplastando la colilla de su cigarrillo en el fondo del cenicero. - ¿Amigo? Claro… si no tengo alternativas. Sólo me gustaría saber… Detente, no prosigas. Voy a darte un consejo. En este caso el no saber es tu seguro de vida. Te digo esto en señal de aprecio. Nos mantendremos en contacto. – dijo Mosser dando por concluida la charla. Darío terminó de un sorbo el resto del café frío. Estrechó la mano del árabe y salió de la habitación con un dejo de preocupación. Iba tan inmerso en sus pensamientos que ni siquiera reparó en la espectacular pelirroja con la que casi tropieza en el lobby del lujoso hotel.

Disco “El Cielo”, Buenos Aires. Como venía aconteciendo desde su inauguración, la mega disco top de la frívola noche porteña se hallaba colmada. El lugar elegido por los personajes más extravagantes y destacados de la city y sus alrededores. Punto de reunión de políticos, empresarios, artistas, y cuanto sujeto, precedido del aura imprescindible que le abriera las puertas del cielo: Abundosa cuenta bancaria, vida rumbosa y cierta fama (de la buena o de la mala daba igual), lo suficientemente onerosa como para ganarse el derecho de admisión. Las siempre bien custodiadas puertas no se abrían para cualquiera a menos que éste viniera acompañado o, en su defecto apadrinado, por alguien de renombre. En segunda línea cotizaban bellas modelos en alza y lindos chicos de clase acomodada en busca de diversión y nuevas emociones en un derroche abusivo de dinero, champaña y horas. Entremezclados con los “más” pululaban, despreocupados y desbordados, los nuevos ricos hijos de… En ese mundo interior todo era ritmo, color y desenfado. Como si la única premisa importante fuera demostrar que se puede 50


lucir siempre espléndido y divertido. Allí se amontonaba, transpiraba, emborrachaba y drogaba, la cara más demoníaca de un país descuartizado. Mostrarse, llamar la atención, ocupar un espacio en las revistas o en algún programa de chimentos faranduleros. El todo vale estaba más que justificado si podía apuntalarse con alguna fotografía o recorte periodístico bien montado. En un rincón apartado de una de las barras reservada para “celebritis” y personajes destacados, habitués del renombrado boliche, Junior, dialogaba con un grupo de amigos. La disco era uno de los lugares predilectos del joven, en donde era común encontrarlo rodeado de compañía femenina. El joven nunca se mostraba solo, por el contrario, siempre llegaba acompañado y se retiraba de igual modo. Pese a su timidez provinciana le gustaba mostrarse, que lo vieran con las mejores mujeres, en los mejores lugares, y con la mejor gente. Los medios alimentaban su fama de playboy y soltero codiciado. No había sitio en donde no fuera asediado por la prensa. Y no eran pocas las veces en que la cosa desencadenaba escandaletes de poca monta. Aunque no siempre era así. A veces trataba de desembarazarse de todo aquel circo bien montado que lo asfixiaba. Y era ahí cuando recurría a su cable a tierra y salía en busca del otro ruido, el ruido de los motores y la velocidad. Era por esos carriles en donde viajaba el tema que lo mantenía apartado del mundo, casi escondido, en aquel oscuro rincón de la discoteca. Quien seguía atentamente el hilo de la conversación era su amigo y coequiper Víctor desde hacía un par de años. Juntos desarrollaban conceptos acerca de la próxima prueba automovilística que los tendría como serios competidores en lo que sería el debut oficial del equipo que habían montado en sociedad. Se hallaban tan inmersos en la charla que se habían olvidado de las bellas acompañantes que, con cara de aburrimiento, observaban el contoneo de la masa que se sacudía al ritmo de la música tecno. De vez en cuando eran sacados de tema por algún conocido que se acercaba a saludarlos. Ellos devolvían el saludo para, inmediatamente después, enfrascarse en lo suyo. - Ya llegaron los repuestos y los muchachos le están metiendo mano. En un par de días podremos contar con los autos. Yo creo 51


que con las cajas inglesas peleamos los primeros puestos… era lo único que jodía… - le comentaba Junior a su compañero que lo miraba con visible entusiasmo por la noticia que acababa de recibir. - ¿Vos estás tan seguro? Bien, de todos modos contamos con tiempo de sobra para poner los autos a puntos. Sigo creyendo que lo mejor sería viajar con todo el equipo a Rosario e instalarnos allá. La idea es aprovechar el circuito para probarlos a fondo. ¿Qué te parece? Me parece bárbaro. Total nosotros nos podemos movilizar en el helicóptero para ir ganando tiempo. Darío hizo su entrada a la disco cerca de las tres de la madrugada. Apenas traspasada las puertas preguntó a uno de los encargados de seguridad por su amigo. Habían acordado encontrarse allí. El empleado le confirmó sobre la presencia de Junior y otro de los guardias le fue abriendo paso entre la multitud hasta el sector vip en donde lo esperaba. Con cara expresiva se sumó al grupo. Besando primero a las chicas y después a los corredores. - Hola – saludó - ¿Interrumpo algo importante? – preguntó con suma cortesía mientras buscaba acomodo junto a la barra y deshacerse del teléfono celular que sostenía en una de sus manos. Ordenó una botella de champaña y se sentó sobre uno de las butacas. La charla siguió su curso. Ahora, el que vertía sus puntos de vista era el inefable empresario. Así por largo rato mientras la espumosa bebida corría con la misma velocidad que los bólidos. Transcurrido cierto tiempo una de las jóvenes, harta ya de tantas habladurías, comenzó a tironear del brazo de Víctor y, entre caricias y besos, lo condujo hasta el epicentro bullanguero. La otra no quiso quedarse atrás e intentó hacer lo propio con Junior pero con menos fortuna que su amiga. El rechazo del joven corredor rozó lo grotesco. Tal vez por la ingenuidad de la niña que no le posibilitó enmendar su error. Junior hablaba de carreras y cuando lo hacía no toleraba que nada ni nadie se entrometiera. La rubia, avergonzada, pegó la media vuelta para desaparecer entre la muchedumbre con rumbo incierto. 52


A escasa distancia, y cómodamente apoltronados sobre sillones y almohadones, el trío seguía atentamente el desarrollo de la escena. Eran dos hombres maduros en compañía de una exuberante pelirroja que bebían champaña y sonreían mimetizados entre la concurrencia. Pero había algo que los diferenciaba del resto: el modo en que miraban. Mosser tomó su celular y marcó un número. El teléfono sobre la barra sonó. Darío se excusó por la interrupción indeseada y atendió. Entonces giró para ver al individuo de la barbita freudiana que lo saludaba e invitaba a compartir su mesa. Antes de aceptar consultó a Junior – Son unos amigos portugueses que quisiera presentarte – Y dicho esto pasó un brazo por sobre el hombro del muchacho y lo condujo hacia el sector en donde aguardaba el trío. - ¡Darío, amigo! – saludó el sirio con impostado acento portugués. – Ven aquí, bebamos juntos. Te acuerdas de Antuán, ¿verdad? Y esta preciosura de mujer se llama Concha… - agregó realizando las presentaciones del caso, en ese caso Osmar y Divah. – Pobrecita, tuve que ponerla al tanto sobre algunas cosillas propias del idioma; como el significado que ustedes, los argentinos, le atribuyen a ese nombre… Es su primer viaje a vuestro país y no conoce a nadie. Está más que deseosa jóvenes de su edad para divertirse. ¡ah! Quien pudiera tener veinte años nuevamente. Ven, toma asiento a mi lado y dime una cosa, ¿quién es este buen mozo que te acompaña? – preguntó el sirio. - El es Junior. Es piloto de carreras – le respondió el empresario. - Mucho gusto – saludó el joven algo reacio a las presentaciones. Sin embargo, y más allá de ese detalle, la contemplación de la bella mujer obró el milagro de sacarle una tenue sonrisa. Ambos hombres tomaron asiento. Como obedeciendo a un orden preestablecido los dos empresarios se distanciaron de Junior y de Divah. El muchacho se sintió algo cohibido por la insistente mirada de la pelirroja que no le quitaba los ojos de encima. Pero el punto alto llegó cuando la muchacha, so pretexto de ir al baño, realizó un estudiado movimiento que culminó con su formidable trasero apoyado en el rostro del piloto; ocasionándole una erección lujuriosa. Junior, embriagado por el cálido y exquisito perfume, se contuvo de no morder la manzana. - ¿Así que tu fuerte son los fierro, muchacho? – le preguntó el sirio mientras volcaba champaña en la copa, aprovechando la fuerte 53


impresión causada por la astuta libanesa, que ya comenzaba a dejar huella en la cabeza del joven piloto. - En efecto. Soy un profesional y amo lo que hago – respondió sin desviar la mirada del trasero carmín que se alejaba. Jamás había visto semejante tipo de hembra. Toda una invitación al deseo aquel metro setenta y cinco y medidas de película, enfundada en un ceñido y diminuto vestido de jersey rojo. Rojo como sus cabellos. Rojo como su boca. Rojo como sus pensamientos más escabrosos. - Es bella, ¿no? – se apresuró a remarcar el sirio como si pudiese adivinar los pensamientos de Junior con sólo ver la expresión de sus ojos. – Por si te lo has estado preguntando y para tú exclusiva información ella nada tiene que ver con ninguno de nosotros. Somos demasiado viejos… ¿eh? Anda invítala a bailar. No sea que te arrepientas de habértela perdido. – señaló pícaramente guiñándole un ojo. – de tener vuestra edad con gusto daría un brazo por follármela. Mosser, Darío y Osmar miraban embelesados los movimientos de la pelirroja que sacudía su cuerpo al ritmo de la marcha concitando la atención de las parejas que le hacían círculo. Y pronto comenzaron a preguntarse quién era y de dónde había salido la hermosa pelirroja que acompañaba al hijo del presidente. Nadie allí podía dar referencias de ella. Era una ignota belleza desplegando puro exotismo en la pista y quitaba el aliento en cada movimiento. Alertados, no tardaron en llegar los infaltables paparazis con sus flashes que, en su afán por obtener la exclusiva, generaron un principio de escándalo al enfrentarse con el personal de seguridad. Nada de fotos. La premisa del afamado local era la de proteger a los personajes vip, entre ellos el hijo del presidente. - Hacen una exquisita pareja. – le dijo Mosser a Darío obviando la diferencia de estatura entre los dos jóvenes.- Enseñarle a Conchita los sitios concurridos por los famosos. Los restaurantes de moda los bares, las discotecas, todo, absolutamente todo, forma parte de tú trabajo, mi estimado amigo. ¿No podrás decir que no es una tarea agradable? Es la hija de un pariente, ¿sabes?, y no quisiera que se ande comentando por ahí que Mosser no sabe complacer a una niña que sólo busca divertirse. Imagínate. ¿Qué tipo de diversión podemos brindarle Osmar o quién te habla? La niña 54


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necesita alternar con gente de su edad. Como Junior, por citar un ejemplo… Si es así, cuenta conmigo. Sólo me preocupa algo… ¿esto no tiene nada que ver con lo otro? Inquirió el argentino con desconfianza al ver a su amigo flechado y vulnerado por la mujer. Pero, ¿cómo puedes suponer algo semejante? ¿me ofendes! – retrucó el sirio.- Sabes que amo al presidente y a su familia. Conozco a junior antes que a ti. No veo nada de malo en que intimen. ¿Acaso le estoy pidiendo este favor a él? No. Muy por el contario; es a ti a quien se lo he pedido. Si el niño demuestra interés por Conchita y ella le corresponde, allá ellos… - Mosser realizó un leve movimiento con las manos. Inmediatamente su secretario se incorporó y caminó hacia donde la pareja se encontraba bailando.. desde el borde de la pita, y con un breve gesto, le hizo entender a la pelirroja que lo siguiera. Al verlo la chica se disculpó con Junior. Es tarde ya. Me tengo que ir. – le dijo.¿Tan temprano? Bien, te acompaño. Gracias pero no es conveniente. Tal vez en otra oportunidad… Al menos dame tu número telefónico así nos mantendremos comunicados. – insistió el muchacho poco acostumbrado al rechazo. Cualquiera de las féminas concurrentes a El Cielo sería capaz de raparse con tal de salir retratada al lado del hijo del presidente. – Quiero volver a verte, no me dejes así… - le suplicó temeroso de no volver a verla. – Por lo menos un beso que alimente esperanzas… - insistió acercando su boca a la de ella. Tomando la iniciativa, Divah, le ofrendó sus labios de cereza y una lengua húmeda e inquieta que dibujó círculos placenteros dentro de la suya. Las últimas palabras de la pelirroja le llegaron lejanas, imperceptibles. Yo saldré en tú búsqueda cuando decida estar contigo… esto no concluye esta noche… Mientras que el sirio se despedía de sus amigos argentinos, Divah y Osmar aguardaban en el interior del automóvil. Un halo de satisfacción irradiaba sobre su persona cuando abandonó El Cielo entrada la madrugada.

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- Che, loco. ¿De dónde salió la mina esta? Está refuerte… - fue lo primero que le dijo Junior a Darío cuando estuvieron a solas. La pelirroja lo había impactado y necesitaba conocer más sobre la misteriosa muchacha. - No la conozco. Creeme, nunca antes la había visto… Sé tanto como vos… - le respondió este.- A ella puede ser, pero a los tipos sí. Dale loco, haceme la gamba. Me dio vuelta la cabeza. ¿Ni te das idea cómo besa! Espero que le haga honor a su nombre… - agregó en tono de broma. - ¿Concha! ¡Flor de nombre!... – rió el empresario. - Si la mueve como baila… Pero escuchá bien lo que voy a decir. ¿Aceptás el consejo de un boludo? No te enrrollés, haceme caso. - Me extraña, araña. Sabés que no me enrrollo con nadie… me la quiero garchar, eso es todo. - No sé, me da mala espina… hay algo que no me gusta, podría ser peligroso. Después no me vengas con que no te avisé. - ¿Por qué me lo decís? Estos tipos son medio pesados y si la mina anda con ellos significa que tampoco es trigo limpio. Tené ojo. – Darío intentó, sin entender demasiado a que se debía ni porque lo hacía, advertirlo sobre algo que todavía no tenía claro pero le preocupaba. Algo similar a un mal presentimiento, tal vez… Y lo hacía más por amistad que por otra cosa. Juntos se habían encamado con las mejores hembras de Buenos Aires; a esta no la conocía pero también la deseaba. Ese pequeño detalle, sumado a la certeza de que algo grave se estaba gestando, lo mantenían en vilo. No jodas, ¡dále! Veremos. Dame tiempo. Primero dejame averiguar… ¿Vos lo estás viendo a tú viejo? – dijo virando el tema de conversación. Sí, pero explicame a que se debe la pregunta – respondió extrañado por el cambio brusco experimentado por su amigo. No sabría explicarlo. Es un pálpito. Se me ocurre, no sé… vos comentale, como cosa tuya, que extreme la seguridad. Podría llegar a suceder algo malo. Como un tercer atentado…¡qué sé yo! O algo por el estilo… ¡Vos estás en pedo! ¡Mirá con la pelotudés que me salís ahora! – respondió Junior un poco confundido y alterado por lo que acababa 56


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de escuchar.- ¿Manejás alguna información? ¿Por qué me lo decís a mí? Contáselo al Vasco, llamalo a la oficina. Te lo cuento a vos porque sos mi amigo y además el hijo del presidente… Reitero, es una corazonada. ¿Y ésos dos tienen algo que ver? – preguntó Junior sin entender lo que su amigo quería significar. ¡Para nada! Es un rumor que se filtró hoy en una entrevista que tuve. Ellos estaban allí pero apenas intercambiamos saludos y recién ahora pudimos charlar. No me mal interpretes… los portugueses no abrieron la boca, pero no son nenes de pecho. Estos dos largaron la teta hace rato… ¡Si le vas a dar bola a toda la mierda que anda circulando por ahí nos volvemos todos locos! Tenés razón… de todos modos vos comentáselo a tu viejo, pero no le digas que te lo dije yo, para no levantar una polvareda. Okey, quedate tranquilo. Ahora a lo interesante… vos me hacés pierna con la pelirroja, yo me la pistoleo, y de las bombas que se ocupen el Vasco y la cana. Y ahora vamos a morfar algo que tengo un hambre bárbaro.

Hotel Hyatt, Buenos Aires. Cómodamente instalados en la habitación de Divah, el sirio intercambiaba puntos de vista sobre las posibles estrategias a seguir. Las órdenes emanadas de labios del sumo profeta hacían hincapié en que todo debería parecer un accidente. Nada de emboscadas, nada de secuestros, nada de recurrir a sustancias como lo era “la gota rusa” para simular un infarto, utilización de métodos violentos o cualquier metodología que desvirtuara el plan maestro. Frente a un abanico de posibilidades, se debatía allí el mejor modo para eliminar al joven. Así se desechó la idea de sabotear su coche de carrera porque, para acceder libremente a los talleres, se debería contar con la colaboración y el absoluto silencio de un infiltrado de confianza. Ello generaría pérdidas de tiempos además de la eliminación de testigos eventuales. También se descartó la posibilidad de muerte en 57


pelea callejera o intento de robo porque el chico se movilizaba a todas partes con la custodia asignada; atropellamiento en la vía pública, caída al vacío, etc. - De ninguna manera, mi querida. – afirmó Mosser que caminaba en círculos por toda la habitación mientras Divah escuchaba con atención pero sin despegar la mirada de la fotografía en donde se la veía bailando con el apuesto muchacho. La misma había sido obtenida la noche anterior en El Cielo por El Ángel. El contacto argentino contratado para tareas de logística y apoyo estratégico. De esa manera, el agente nazi, se encargaba de realizar el trabajo que los agentes diplomáticos no podían hacer sin levantar un manto de sospechas. - ¡Lo tengo! – exclamó Divah, agitando una foto de Junior sentado al comando del helicóptero. - ¡Eso es! ¡El helicóptero! El chaval pasa gran parte de su tiempo libre volando en su juguete. Sabemos que cualquier error o desperfecto mecánico sufrido en las alturas es sinónimo de una muerte segura… al menos en un alto porcentaje… - Convengamos que en un noventa y nueve coma nueve por ciento de darse ciertas condiciones. Y deberíamos ser nosotros los que generemos ésas condiciones. Creo que has dado en la tecla. Bien, es menester, pues, encargarnos hasta del más mínimo detalle. Trataremos de realizar el mejor trabajo… sin testigos… sin rastros de violencia… - Los ojos del sirio se iluminaron. Es que la muchacha, además de ser una hembra apetecible, sabía pensar. Digna de El-Kir. ¿Bien por ella! Qué mejor, entonces, que la muerte agazapada en el cuerpo de una mujer. – Excelente idea. ¿Recuerdas el número telefónico que se te ordenó retener?- Ella asintió con la cabeza. – Bueno, te diré lo que deberás hacer…

Mosser se excusó para realizar un llamado. Dado lo trascendente del asunto, y acordada la forma del homicidio, sólo restaba contar con los recursos esenciales para llevar a cabo la delicada tarea. Y nadie mejor que El Ángel para pulir detalles y la provisión de los elementos requeridos para tales fines. 58


Pero por más que lo intentó, no pudo comunicarse con el mercenario argentino. Finalmente optó por delegar en la muchacha la responsabilidad de contactarlo. - Oye, no responde nadie… así que a partir de ahora todo queda en tus manos. Comunícate con ése teléfono. Todo lo que necesites lo obtendrás ahí. El muchacho estará bajo estricta vigilancia las veinticuatro horas del día y no hará falta que te muevas del hotel para conocer sus movimientos. Maneja los tiempos con prudencia y los puntos de reunión a tu antojo. Sólo aguarda el momento para actuar. Otra cosa; puede que nuestro buen amigo Darío intuya algo. Más no te preocupes, al fin y al cabo hasta podría llegar a beneficiarnos. Es muy probable que haga trascender sus temores. Eso hará que se desvíen las miradas. El cuco por aquí son las bombas, los atentados… - Darío me tiene sin cuidado – respondió Divah encendiendo un cigarrillo – lo que más me preocupa es el tiempo. Los hijos de Amed me dijeron que cuento con dos semanas para sacarme del país… y comienza a parecerme poco. Recién pude conocerlo anoche. Todo lo que tengo no son más que un puñado de fotografías. Concretamente, que el chico tenga fama de mujeriego, no significa que desee intimar conmigo – señaló la pelirroja que lucía radiante en las transparencias de su camisón negro. - Pero mujer… ¿dudas de los atributos con que te ha dotado el Señor? Eres la más perfecta y letal arma de seducción que se haya creado sobre la faz de la tierra. Y no existe hombre que pueda resistirse a tanta hermosura. Y quién te lo dice sabe de lo que habla. Muéstrale más a ése joven. Haz que arda de deseo por ti. – El sirio la tomó 59


de un brazo y la atrajo hacia él. – No existe hembra igual en el mundo… ven aquí, criatura. Baila para mí ahora. El buen Mosser desea que bailes… La joven obedeció. Se despojó del camisón al tiempo que ondulaba su cuerpo desnudo para beneplácito del sirio que tarareaba y batía palmas. Su desnudez se reflejaba en los enormes espejos que enmarcaban las paredes de la suite, devolviendo la imagen multiplicada de la exquisitez. Con sugestivos movimientos la espectacular pelirroja comenzó a envolverlo. Hasta que la lujuria se adueñó de sus cuerpos y los enredó en un singular juego sexual. Ella sabía complacer a sus hombres del mismo modo que complacería la voluntad de Dios, convirtiéndose en su daga implacable. Aquella misma tarde Mosser y Osmar abandonaban el país en un vuelo con rumbo al viejo continente. Darío se hizo presente en la receptoría del hotel preguntando por la señorita Concha Ríos Moya. Vestido con ropa deportiva de color azul, gorra con visera y zapatillas blancas. Llevaba en una de sus manos su inseparable teléfono y lentes oscuros para proteger la vista de la claridad. - Buenos días. – Saludó al conserje.- ¿Sería tan amable de avisarle que el señor Darío la está esperando? - Enseguida. Un minuto por favor. – respondió el empleado mientras levantaba el teléfono para comunicarse con el cuarto. Al cabo de unos segundos agregó. – La señorita dice que la espere en el bar. Ya baja. Ordenó un café con crema, encendió un cigarrillo y se entretuvo admirando el buen gusto con que estaba decorado el salón. Pero poco es lo que pudo hacer. Ni siquiera tuvo 60


tiempo para interiorizarse acerca de la procedencia de un enorme jarrón de terracota esmaltada que concitó toda su atención no bien se hubo instalado en el bar, porque la delicada mano de la pelirroja lo sustrajo definitivamente de su curiosidad inicial al posarse sobre su hombro. Y ni siquiera necesitó darse vuelta para saber de quién se trataba. Aquella presencia llegaba impregnada de perfumes mediterráneos. - Buen día, guapo. ¿Adónde tienes pensado llevarme hoy? – dijo Divah posando sus labios sobre la mejilla del impresionado empresario. - ¡Santo Dios! – exclamó Darío mientras tomaba distancia para contemplarla mejor – Decime que no estoy soñando… Y no era para menos. Divah lucía magnífica enfundada en un traje de hilo crudo ceñido al cuerpo, camisa de seda color tostado y capellina de ala ancha ladeada. Pendientes de oro y brillantes que hacían juego con el diseño de sus ocho anillos que engalanaban sus delicados dedos. La abundante cabellera ensortijada caía grácilmente sobre sus hombros como si fuera una cascada de fuego. Y fue por primera vez que el empresario experimentó la enorme atracción emanada de aquellos rasgados ojos color esmeralda. Y por si fuera poco, como colofón a tamaña obra de arte: La perfección de sus dientes blancos brillando alineados cuán perlas aprisionadas entre aquellos carnosos labios. - ¿Vamos? – le dijo ella. – Estoy ansiosa por conocer algo de vuestra maravillosa ciudad. Me han dicho que es muy bonita. - Okey. – Darío apuró su café. Abonó la consumición y tomándola por la cintura la condujo hacia la calle. Como el día se prestaba para ello aprovecharon para recorrer diversos puntos de la ciudad. Así pasearon por los bosques de 61


Palermo y por la costanera en donde aprovecharon para hacer un alto en uno de sus característicos carritos y comer panchos con salsa Tabasco y cerveza mientras contemplaban la serenidad del ancho río envueltos, cada tanto, en el torbellino de las turbinas de los aviones que maniobraban en el aeroparque. - ¿A qué te dedicas en España? – indagó el empresario tratando de obtener algún tipo de información que pusiera en evidencia a la amiga del sirio. O, caso contrario, éste le había dicho la verdad y la chica no tenía nada que ver con nada. Tan solo era una muchacha en viaje de placer. - Soy coreógrafa. Mejor dicho bailo. Me especializo en danzas árabes. Tú sabes… eso del vientre y los velos… agregó divertida con ciertos movimientos alusivos. - Con ése cuerpo, ¿qué otra cosa? ¿O sea que tu relación con Mosser viene por ahí? Si mal no entendí me habló de cierto parentesco entre vos y él. - Bueno. No tan así. Lo del parentesco corre por su cuenta – respondió mientras derramaba más salsa picante sobre la salchicha. ¿Sabes una cosa? Me encantan los perros calientes con mucho pimiento. No es muy recomendable para mi profesión. Pero estoy de vacaciones y deseo pasarlo de puta madre. - Me hablabas de tu relación con… - insistió Darío tratando de evitar que la conversación no se fuera por las ramas desviándose del tema de su interés, en tanto que ordenaba otra cerveza para aplacar el ardor de su lengua. - Ah, déjame que te cuente. Sí. Él es muy amigo de un tío mío. Nacieron y crecieron juntos… imagínate, tantos años llevan a considerarte como un miembro más de la familia. A Mosser lo he tratado muy poco. Es asiduo 62


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concurrente al negocio de mi pariente. Allí monto mi show. ¿Conoces Marbella? Es un sitio agradable en donde se reúne gente de la comunidad árabe a beber, a cenar, a fumar y a escuchar música. El que nos hayamos cruzado aquí, en Buenos Aires, es producto de la casualidad… A propósito, él tuvo que retornar a España por unos asuntillos. Me ha dejado muchos saludos para a ti y para vuestro amigo… Ay… ¿Cómo es que se llama el guapo?... Bueno ya lo recordaré… - Divah, sagaz como pocas en el arte de la simulación, desarrollaba muy bien su rol de dama olvidadiza. ¿Te refieres a Junior? ¿En serio no te acordás de su nombre? Se me ha borrado por completo. – respondió ella con cierta ingenuidad. - ¿Por qué me lo preguntas? A cualquiera puede pasársele por alto… aunque no debería se así pues fue con el único tío con quien bailé. ¡Ay! ¡Qué cabecita la mía! Es un chaval sumamente simpático. Me agrada. Imagínate. Si hasta me ha contado que tiene un helicóptero y me ha invitado a volar cuando lo desee. A él también le agradaste y mucho. Al punto que insistió para que le consiga tú número de teléfono. Si no tenés compromisos, se sobreentiende. – las dudas iniciales de Darío comenzaron a disiparse al enterarse que Mosser y su secretario habían abandonado el país. Si bien el peligro de un inminente atentado continuaba latente, cierto era que no se sentiría condicionado por la sórdida e inquietante presencia del árabe pisándole los talones. ¿Cómo me ves? ¿Tengo la apariencia de una mujer comprometida? Óyeme bien, hombre. Soy una mujer sola, lejos de su casa y de su familia. Ávida por conocer hombres guapos, gente linda y a tu bonita ciudad. Así 63


que si no quieres verme enfadada mueve tu trasero y muéstrame ésos bellos lugares de los que me ha contado mi pariente. Él me ha asegurado que tú eres la persona indicada. No querrás que se enoje, ¿verdad? – agregó pícaramente. Darío estacionó su camioneta frente al cementerio. Es que ella había demostrado sumo interés por conocer algo de la historia que encierran los muros de la paqueta necrópolis. Caminaron por entre bóvedas fastuosas, monumentos y sepulturas, sin perder detalle a los relatos relacionados a sus silenciosos moradores. Más tarde visitaron las salas de exposición del centro cultural en donde se entretuvieron admirando las diversas obras expuestas. De ése modo, y de la mano de su gentil caballero, conoció las fachadas de los más renombrados centros de diversión del exclusivo barrio porteño. Hipopótamus, New York City, Lola, entre otros para finalmente recalar en un clásico: La Biela. Allí, bajo la reconfortante sombra de un gigantesco ombú, le dieron un poco de respiro a sus pies. Gustosa, aunque algo agotada por el trajín, Divah aceptó la invitación de Darío que insistió en ordenar champaña, tostados y helado de limón a la crema. Fascinada, la joven le transmitió sus deseos de salir a bailar todas las noches de su estadía en la Argentina. En todos los casos fue cuidadosa en no mencionar el nombre de Junior. Formaba parte de su estrategia no evidenciar demasiado interés por el joven piloto. Nada que pudiera poner al descubierto las verdaderas razones de su presencia allí. Sólo se limitó a hablar de los sitios que más le habían agradado, mostrando curiosidad acerca de los lugares en donde los jóvenes pueden divertirse como una 64


manera apropiada de disipar dudas o sospechas. Muy lejos se hallaba Darío de presumir que, toda la información vertida en comentarios o en las distintas visitas realizadas a los lugares por él frecuentados, le proporcionaban, sin saberlo, valiosa información con que la pelirroja iba delineando un mapa preciso acerca de los gustos y movimientos de su futura víctima. La conclusión era por demás clara: Donde iba el empresario allí estaría Junior, o viceversa. Y de no resultar tan así, los agentes proporcionados por las embajadas amigas que habían sido contactados por Mosser antes de su partida, la mantendrían al tanto de cada uno de sus movimientos. Por ahora y, en esas primeras instancias, todo quedaba supeditado a su sagacidad y poder de seducción. El-Kir no se había equivocado. En su terreno ella era francamente implacable. Acompañada por Darío, Divah, realizó algunas compras en el Patio Bullrich. Sin reparar en gastos ni privarse de nada invirtió su tiempo y dinero en adquirir prendas de vestir. Entre ellas una campera de cuero, varios suéters y un arsenal en lencería de todo tipo, tela y color. Tampoco se privó de tener un gesto de gratitud para con su nuevo amigo. - Toma. Lo compré pensando en ti. Acéptalo como una muestra de cariño, por tantas molestias. No es sencillo seguirle el tren a una mujer como yo. Puedes devolverlo si no es de tu agrado, pero aguarda a que me marche si deseas hacerlo – le dijo haciéndole entrega de un pequeño envoltorio. Darío rompió el papel. Y su cara se transformó de sorpresa. Una bella traba para corbatas de oro con una piedra azul fulguraba en el interior del estuche. - Me agradó. No lo tomes a mal, ¿eh? – dijo ella. 65


- ¡Mierda! Es maravilloso – exclamó él. – es demasiado. No debiste… es la primera vez que una dama me obsequia una joya por hacerle compañía. Gracias. – Darío la abrazó intentando besarla en los labios pero ella lo apartó con sutileza. - Primero quisiera verla como luces con ella, y si me gusta tal vez… Se despidieron como amigos en la puerta del hotel. Antes de ingresar ella se volvió encandilándolo con sus ojos verdes. - Darío… yo quisiera pedirte un favor… - Lo que quieras, dulce. - No sé cómo decirlo… es que apenas empezamos a conocernos y no quisiera abusar de tu amistad… - Hablá, te escucho. Mientras que no me pidás matrimonio… - bromeó. - Es algo íntimo. Algo que me brota del alma. – dijo con voz pausada y con cara de contrición. Divah ponía en juego sus habilidades melodramáticas. Apuntaba directo al corazón del empresario argentino, a sus sentimientos. – Soy hija de libaneses. Aunque me siento española no puedo renegar de mis raíces. Por mis venas corre sangre musulmana y me gano la vida como bailarina de danzas árabes en un club árabe. Siento vergüenza ajena, ¿comprendes?... Yo…yo desearía conocer el lugar en donde se cometieron los atentados… es horrendo saber que toda esa barbarie haya tenido origen en alguna facción musulmana. Como hija de la fe es un peso que quiero quitarme de encima. Desearía dejar una pequeña ofrenda en el lugar de los hechos y rezar una plegaria por los muertos en nombre de los millones de musulmanes que se han sentido horrorizados por la barbarie perpetrada en nombre del Islam… 66


- Cuando lo dispongas, cariño. Es un gran gesto el tuyo. ¿te parece bien el jueves por la mañana? - Tú decide cuándo. Me llamas y listo. Bien. ¿Me pasas a buscar para ir a la disco esta noche? – dijo ella depositando un sonoro beso sobre la mejilla del empresario.- Hasta luego y mándale un beso de mi parte a tu amigo. - Descuida. Hasta luego. Olivos, marzo de 1995. Era una luminosa mañana. El presidente desayunaba junto a la piscina de aguas claras en compañía de sus dos hijos. Como cada domingo, desde que se aventaran los roces familiares. Se lo veía de buen ánimo compartiendo el escaso tiempo que las funciones gubernamentales le permitían. La mesa, servida a gusto compartido, consistía en café con leche, medialunas recién horneadas, tostadas, dulce de frambuesas, manteca y jugo de naranjas, era la excusa convocante. Cada uno a su manera tratando de aprovechar al máximo ese ínfimo período arrebatado a la absorbente actividad pública en donde estaba absolutamente prohibido hablar de política. Era un pacto implícito existente entre ellos. Ni su hija ni su hijo veían con buenos ojos el artero mundo de los políticos. Y mientras la niña prefería hablar de desfiles, modas y espectáculos; Junior, más sumiso, prefería hacerlo sobre motores y competencias. De esa forma podían pasar todo el día enfrascados en los temas que más le fascinaban. El mandatario se sintió sorprendido cuando su hijo,

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aprovechando que su hermana se había alejado para ocuparse del infaltable mate, lo abordara con ese tipo de preguntas. - ¿Viejo?... ¿Tenés alguna información sobre un posible tercer atentado? – preguntó Junior luego de varios intentos en los que vio frustrada la intención por intromisiones de su hermana. - ¿Por qué estás tan interesado en saberlo? Me sorprende que me lo preguntes… justo vos… - respondió su padre extrañado. - El hecho de odiar la política no significa que ande por las calles ciegas y sordas. La otra noche me llegó un rumor. Un conocido me aconsejó que te lo comentara… - ¿Quién? - Lo lamento, no puedo decírtelo. Secreto de estado. – dijo el joven preservando la identidad de su amigo tal como él se lo pidiera. – Es alguien que camina la noche. Y vos sabés que la noche cuenta historias que no se pueden contar a la luz del día… Son historias con mucho de verdad y mucho de fantasía. Pero a las que hay que respetar porque cuando el río suena… - Mirá, querido. Hay asuntos que no puedo andar ventilando por más que seas mi hijo. Se está trabajando. Hay investigaciones serias. Es todo lo que puedo decirte. Después de lo de la AMIA la seguridad se ha incrementado. He dado órdenes precisas a las fuerzas de seguridad de extremar los controles en las fronteras y en los aeropuertos de todo el país. Trabajamos en común con la CIA, el Mossad, Interpol… no dejamos nada librado al azar. Más no se puede hacer. Es cierto que los americanos han alertado sobre posibles atentados en distintas partes del mundo, y tampoco se descarta que ocurra un tercero aquí. Nosotros tampoco, pero quedate 68


tranquilo; estamos preparados para desbaratar cualquier intento. - Te creo. – dijo el joven encogiéndose de hombros.- Lo de la mutual judía fue tremendo. Por las dudas transmitile mi inquietud a Interior. Si nos dejamos guiar por los comentarios del tipo, los monos ya están metidos acá – recalcó Junior mientras se incorporaba para ayudar a su hermana que retornaba con el mate listo. - Mañana a primera hora voy a convocar al ministro y a sus colaboradores más directos, al jefe de inteligencia y al jefe de policía, a ver que se puede sacar en limpio de todo esto. Tené confianza en que vamos a agotar todas las instancias. Aunque tengamos absolutamente controlada cualquier anormalidad que pudiese llegar a ocurrir te pido que me creas lo que te estoy diciendo. Vigilamos las embajadas, los grupos extremistas, a los nazis y los pasos fronterizos… al menos eso es lo que dicen los informes… - agregó su padre con la mirada puesta en uno de los suplementos dominicales en los que lucía rodeado de empresarios y economistas. – lo demás está en manos de Dios. Fijate, sino, en las bombas que le metieron a los yanquis, a los ingleses, a los franceses… ¡Ni hablar de los atentados en Israel¡ A ellos no se les puede acusar como lo han hecho con nosotros de poco precavidos!... - ¡Bueno, se acabó la política en esta casa! ¡Si no se van a tener que ir a tomar mate a otro lado! – sentenció su hija abalanzándose sobre el regazo de su padre y colmándolo de besos. En algún lugar del Delta, marzo de 1995.

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El cargamento esperado había sido recibido la noche anterior procedente del Paraguay disimulado en las bodegas de un buque arenero, el cual había sido interceptado a la altura de la ciudad de San Pedro por la banda liderada por un sujeto al que apodaban El Ángel. Rápidamente, y amparados por la oscuridad de la noche, traspasaron las cajas ocultas en el arenero a una lujosa lancha de gran porte. Las mismas contenían armas y municiones. Ahora, el ex agente, probaba la efectividad de los letales M16 de fabricación americana, rezago de la guerra del Golfo que tenían como próximo destino el sangriento conflicto generado en la región de Los Balcanes, más precisamente en lo que fuera la república de Checoslovaquia. El corpulento hombre de ojos azules, piel sanguínea y cabellos rubios rapados, hacía galas de sus vastos conocimientos en la materia. Él mismo era el encargado de verificar y rotular el buen funcionamiento de cada arma. Tiro a tiro o en ráfagas tan cortas como precisas, iba anotando sus impresiones en las etiquetas que uno de sus colaboradores adhería al caño de cada fusil. De esa manera, cada uno de los M-16 fue pasando por las manos del meticuloso personaje. Probados, registrados y vueltos a embalar. Cada etiqueta con su firma era un certificado de calidad. Cien por ciento de seguridad para los futuros destinatarios. El mercenario avalaba la transacción con una extensa trayectoria especializada en todo tipo de trabajos relacionadas con armas de fuego. Experiencia adquirida durante los luctuosos años del proceso militar, en donde adquirió su fama de frío e implacable como agente de inteligencia especializado en realizar el trabajo sucio. Un odio visceral hacia todo lo relacionado con el comunismo y el judaísmo, así como su 70


manifiesta ideología nazi, le hicieron ganar una excelente reputación entre los jerarcas del Proceso. El advenimiento de la democracia no le quitó mérito a sus funciones. Siempre dispuesto a ser fiel a sus convicciones, le daba igual asaltar bancos, camiones recaudadores, realizar secuestros extorsivos por encargo, ajustes de cuentas, asesinatos, tráfico de armas, de drogas, o cualquier cuestión que lo mantuviese en actividad. Y las cosas no le iban tan mal. Jamás había ganado tanto dinero como en el periodo democrático. Ni siquiera con la parte del botín de guerra producto de racias u operaciones comando. Aunque le costaba admitirlo en público, le gustaba tanto la democracia como despreciaba a sus representantes. Y había aprendido a convivir con ello a cambio de grandes sumas de dinero. Últimamente estaba abarrotado de trabajo. Curiosamente los dos últimos habían sido por encargo del turco Amed. El primero había sido el traslado de las armas y el segundo requería en brindar apoyo logístico y equipo a un sicario musulmán del que desconocía absolutamente todo. Por esto último ya se habían acordado las condiciones de pago. Como era su costumbre el cincuenta por ciento por adelantado y el resto depositado en una cuenta bancaria de un banco a convenir de Punta del Este al finalizar. En caso de no colmar las expectativas de su cliente, el singular individuo, devolvía el dinero cobrado como anticipo más una suma compensatoria. Concentrado plenamente en la tarea de supervisar el envío, El Ángel, ajustaba la mira infrarroja adosada al fusil. Caía la tarde sobre el improvisado refugio que reunía todas las condiciones para la práctica del tiro. La espesa vegetación circundaba al galpón de chapas y maderas elevado sobre pilotes que oficiaba de aguantadero 71


para la banda. Infinidad de álamos y sauces hacían las veces de un techo natural. Un enmarañado entramado de ramas y hojas curvándose en las alturas como la bóveda de una catedral, lo ocultaban todo. Rodeado por riachos y arroyos de aguas barrosas, resultaba prácticamente imposible acceder a la recóndita porción de tierra sin la ayuda de algún baqueano de la zona. Un pequeño muelle de troncos oscuros servía como amarradero de los gomones que se bamboleaban perezosamente sobre un lecho de lodo marrón. Los disparos retumbaron como una música familiar en sus oídos acostumbrados al estampido de un arma de fuego pesada. El ojo avizor fijo en el blanco elegido, el dedo firme y presto sobre el gatillo, la respiración contenida y el corazón acelerado. Seguido de una explosión seca y el cimbronazo en el hombro. Inmediatamente después algo se quiebra a la distancia. Se rompe, se astilla en mil pedazos. Y ese característico olor a pólvora quemada impregnado sus dilatadas fosas nasales. Luego la relajación de los músculos y el sabor gratificante de la adrenalina que paladea como si fuera un dulce en una perfecta conjunción de lo que sería una máquina-hombre u hombre-máquina… unidos para el crimen. Uno de sus secuaces llegó a la carrera con un teléfono en mano. - ¡Ángel!... es para vos… - ¿Quién carajo es? – respondió indignado por la interrupción. - ¡qué se yo!... Una mina. Muy bien no se le entiende… Una tal Rosa, o la negra Rosa… ¿qué le digo? - ¡A ver boludo, traé para acá!... ¿Qué te pensás? ¿Qué está laburando en una telenovela? Seguí así que a lo mejor te contratan para actuar en “rosa de lejos”… El Ángel dejó 72


de lado el fusil y asió el aparato. Del otro lado una voz con acento castizo se dio a conocer. - Hola, sí… soy La Rosa… Amed me dio su número. Se me dijo que usted podría aportar todo lo que pueda necesitar… - Exacto. He sido contratado para ello. Debo confesar que me sorprende oír la voz de una mujer… por lo general este tipo de trabajo lo realizan hombres… - Puede que así sea. Pero eso a usted no le concierne. Si es tan amable, quisiera que me dijera cuando nos podríamos encontrar. Me encuentro alojada en el hotel Hyatt… El mercenario tomó nota. Hombre de acción al fin, no pudo evitar cierta molestia en su fibra machista, producto de la voz, extremadamente dura de aquella mujer. Desde un primer momento creyó que tendría que tratar con un sicario con pelotas y no, como acababa de descubrir, con ovarios. De todos modos, y como se lo había recalcado la mujer, ello a él no debería competerle. Concluida la conversación, El Ángel, volvió al improvisado polígono. A sus armas y al olor a pólvora. Sin embargo le costó olvidarse de aquella voz fácilmente. Como pocas veces sintió irrefrenables deseos de tenerla cara a cara. Incrementaba sus fantasías el hecho de conocer la fisonomía de un asesino con curvas de mujer. Coincidentemente con la finalización de su llamado al contacto local, Divah, recibió un llamado. Era de Junior que por enésima vez intentaba convencerla para que accediera a salir con él. Desde que su amigo Darío le hiciera el comentario de que ella había demostrado cierto interés, el muchacho no había cesado de acosarla. Habían pasado cinco días desde aquel primer encuentro en la discoteca y no pasaba día en que 73


no recibiera un llamado telefónico o el envío de algún presente floral. Ella se mantenía esquiva a tales requerimientos. Jugaba a las evasivas con Junior igual que lo hacía con el maduro empresario a sabiendo de que ello tendía cierto velo de iniquidad sobre sus verdaderos propósitos. El piloto estaba al tanto de las periódicas salidas de la pelirroja con su amigo y ello le molestaba y mucho. No obstante, y movido por los celos o por la competencia, no aceptaba las negativas bajo ningún punto de vista. - ¿Hola?... Sí, ella habla… Ah, eres tú… ¿Qué cuentas, majo? - ¿Qué querés que cuente?... ¡aparte de los llamados y los frentazos! - ¡Ay!, corazoncito…¡Qué terco eres!... No, no es que no desee verte… es que tengo algunas cosillas que hacer… - ¿Cómo salir con Darío, por ejemplo!... No entiendo… ¿Y el beso de la otra noche, ¿no significó nada…? - ¿No estarás celoso?... Oye, te prometo que cuando me sienta lista voy a por ti adonde sea. Dame algo de tiempo… - ¿Tiempo para qué? No veo el momento de estar a solas con vos. De besarte. De hacerte el amor… ¿Preparada para qué? – insistió el muchacho - ¡quiero que nos veamos ya!… me muero de deseos… - Nooo. No te mueras todavía, mi amor. Espera. No te apresures. Recuerda que el que corre nunca llega… - ¡No aguanto más! ¡Ahora mismo salgo para allá! - No. ¡Ni se te ocurra!... te he dicho que seré yo la que salga en tu búsqueda… Mira, estoy más cachonda que tú. Ardo de calentura por sentirte muy dentro mío… te explico, hombre… ando con las reglas. Respétame. Con Darío

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sólo salgo a divertirme. Créeme, que la cosa no ha pasado de ahí… Como nunca antes la bailarina tuvo la certeza de una total manipulación del asunto de su parte. El chico tenía las horas contadas. Ella conocía al dedillo todos los movimientos del apuesto hijo del presidente. Los agentes musulmanes realizaban un perfecto seguimiento al joven; y no había hora y lugar que no fuera registrado puntillosamente por ellos. Podía, entonces, despreocuparse momentáneamente de él. Por si fuera poco, encandilado por sus encantos, el empresario también intentaba afanosamente ganarse un lugarcito en el corazón de la libanesa. Darío, en realidad, era un buen parámetro para conocer, sin levantar sospechas, el paradero de su amigo. En esa constante contienda sentimental en donde él creía correr con ventajas, lo mejor que podía hacer ella era que así lo creyera. La mañana de aquel jueves, Darío pasó a buscarla por el hotel. Habían combinado en encontrarse a eso de las siete para desayunar juntos e ir de compras. Él la llevó al Alto Palermo. La atracción que la muchacha ejercía sobre el argentino era de tal magnitud que, en más de una oportunidad, ella tuvo que sosegarlo. El enamoradizo empresario se desvivía por obtener los favores de la dama. Tal vez como una manera implícita de rivalizar con Junior, mucho más joven y apuesto que él, para ver quién podía seducirla primero. Pasaron horas recorriendo los distintos niveles del paseo de compras. Divah se dedicó a la contemplación de las variadas mercancías expuestas en los coquetos locales. Finalmente se inclinó por la compra de unas botas texanas y unos jeans. Pese

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a oponerse enfáticamente, fue el hombre quien corrió con los gastos. Al salir, Divah, le pidió a su acompañante que la llevara a una florería. Ella no se había olvidado de la promesa hecha. Depositar una ofrenda floral en el edificio destruido de la AMIA. Una docena de rosas rojas y una docena de claveles blancos fue lo que, una compungida joven de cabellos rojos e insondable alma, dejó dispersos a lo largo de la vereda; junto al vallado de madera negra en donde podían leerse los nombres de cada una de las víctimas, frases dolidas y poemas, pintadas en blanco.. Darío respetó la voluntad de Divah. Ella prefirió hacerlo sola. La observó todo el tiempo que permaneció allí, en actitud recogida, desde el interior de su camioneta. Viéndola depositar cada flor con pausada delicadeza en el sitio elegido con lágrimas que corrían por sus mejillas. Y, ante tamaña actitud, él también sintió un nudo en la garganta. El elegante piso de Darío los acogió. Lo de la Amia resultó una experiencia demasiado fuerte para ambos. Visiblemente emocionada, Divah, se dejó conducir hasta el dormitorio. La excusa de beber un café en un lugar tranquilo fue el burdo pretexto llevado a la práctica por el hombre. Pero la actuación de la libanesa podría haber engañado hasta al más experimentado agente israelí. La prodigiosa simulación llevada a cabo por la hábil asesina fue el aditamento final para despejar cualquier vestigio de duda en la mente del empresario. De esa manera la pelirroja cumplió a la perfección su rol de muchacha compungida hasta el borde mismo de la cama, en 76


donde los cuerpos se entregaron y las lenguas inquietas y peregrinas dieron paso a las caricias y al sexo desenfrenado hasta llegar al punto en que la parte pasiva pasó a tomar la iniciativa. Darío nunca antes había experimentado algo semejante. Desnudo y boca abajo, maniatado de pies y manos, se entregó al juego propuesto por la pelirroja. Aquella faceta desconocida de su sexualidad lo sorprendió. El dolor fue cediendo para darle lugar al placer. El estupor inicial se transformó en grata complacencia. Y si bien en un primer momento había sido sólo un dedo y después la lengua la que hurgueteaba en su esfínter, ahora no tenía una idea cabal de lo que podía ser lo que iba y venía dentro suyo a un ritmo furibundo. Lo cierto era que aquello duro y helado lo elevaba de la tierra sobredimensionando las sensaciones. Alcanzado el orgasmo cósmico de su amante, la bella pelirroja desalojó el largo cuello de la botella de la ceñida vaina que lo contenía y caminó con ella hasta la pequeña cocina en busca de un sacacorchos. Luego de descorcharla y de sorber un trago retornó al dormitorio para volcar el resto del espeso borgoña en la espalda del turbado empresario que se revolvió de placer. Con inusitada frialdad, la mujer aflojó las ataduras que lo sujetaban contra el colchón y sin mediar palabra abandonó el departamento. Víctor se apeó del automóvil y se encaminó directamente a boxes en donde le aguardaban su coequiper y el resto de los mecánicos. Evidenciaba satisfacción por los resultados alcanzados en los ensayos. Como era de esperar, la elección de las cajas de fabricación inglesa y algunas modificaciones a último momento, eran por demás alentadoras. Con una sonrisa de conformidad se estrechó en un fuerte abrazo con el 77


amigo. Ya podían esperar confiados en el debut oficial del team. Rosario era la meta para la aventura fierrera. De los dos pilotos, era Víctor el más experimentado. Varios campeonatos obtenidos en distintas categorías avalaban su exitosa trayectoria en el mundo automovilístico. Se habían conocido años atrás en la costa atlántica. El amor por el deporte motor obró de catalítico para estrechar vínculos. De esa manera fueron compartiendo gustos en lo concerniente a motos, aviones, autos y música. De esa manera todo derivó en la dupla que los unió en las pistas y fuera de ellas. Ahora, alistados los motores de los Ford, concretaban el sueño máximo de competir con sus propios autos en el TC 2000; dando rienda suelta a la alegría que les confería el inmejorable rendimiento de las máquinas. De ahí en adelante las pruebas finales las realizarían en el circuito rosarino. Según lo conversado, habían llegado a la conclusión de que lo mejor sería viajar con todo el equipo para ir adaptándose a las características de la pista. La idea era sacarles el mejor rendimiento a los autos, contando con tiempo suficiente como para subsanar cualquier eventualidad in situ. - Bueno, largamos. – le dijo a su compañero mientras se despojaba de su casco.- Continuaremos en Rosario. Avisale a los muchachos que preparen todo, salimos el miércoles a la mañana. Con lo hecho hasta acá, más algo que avancemos allá, largamos en las primeras filas. - El mío volvió a sacudirse un poco en las curvas. Los chicos podrán trabajar con tranquilidad cuando lleguen. Te dije que con estas cajas íbamos a subsanar los problemitas que nos tenían a maltraer. Te juro que no veo

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la hora de correr… - dijo junior alcanzándole una toalla para que se secara la transpiración. La verdad te digo, hacía rato que no te veía tan enchufado. Si me dejo llevar por el rendimiento de hoy te diría lo mismo, pero no me gusta adelantarme a los acontecimientos. Falta mucho para la carrera y puede suceder cualquier cosa. Por otra parte están los equipos oficiales y otros fuertes y con más experiencia que la nuestra. Esta categoría es así, a todo o nada. A cara ‘e perro. ¿Y cuál es? Si los autos aguantan nos cuentan entre los tres primeros, te lo firmo ahora mismo. – recalcó el muchacho que ahora cooperaba con los otros miembros del equipo en la limpieza de las herramientas.- Mirá si me tendré fe que ni salgo… Apenas una vueltita hasta las doce o la una a más tardar y después me encucho. ¿Solo? – bromeó Víctor que conocía las debilidades de su amigo. No te creo. Creélo, que gano con mentirte. Entre un fierro y un tajo me quedo mil veces con el primero. Soy un profesional que quiere llegar lejos. Es lo que más ambiciono desde que tengo uso de razón. No te creo. – volvió a reiterarle su amigo.- ¿Y lo que me contaste de la pelirroja?¿ Acaso no la llamás todos los días? Eso es otra cosa. No mezclemos los tantos… Es algo personal. Sabés cómo me pongo cuando quiero algo y me cuesta conseguirlo. Bueno, con esta mina pasa algo así. No me da bola. Pero no me rindo, la tengo ahí. Ya va a caer. Si vos lo decís. Cuando se te mete algo en la cabeza no te lo saca nadie… 79


- En eso salgo al viejo… fijate a dónde llegó. Los días transcurrieron fugazmente; y a medida que el tiempo transcurría, Divah, comenzó a sentir la presión lógica de una acción tan determinante como la que estaba a punto de llevar a cabo producto, tal vez, de su propia ansiedad. Aunque no sería la primera vez que asesinaría a una persona, lo absurdo de atentar contra la vida de un hermoso muchacho, la mantenía prácticamente en vilo. Según su propia lectura del asunto, el chico no tenía la culpa de haber nacido en el seno de una familia dispersada por la política y un padre ególatra y ambicioso por demás. ¿Qué otra cosa podía hacer el hijo de un presidente corrupto? ¿Un joven de su edad que lo tiene todo y no tiene nada? ¿Un joven con la mirada triste, el alma herida y una abundante cuenta bancaria; condenado a ser el chivo expiatorio por culpa de su progenitor? Divah notaba que su estado de ánimo empeoraba con cada nueva hora marcaba por su reloj, y ello rebasaba su nerviosismo. Fumaba constantemente, cigarrillo tras cigarrillo. Bebía mucho alcohol y no paraba de caminar por la habitación como una fiera enjaulada. Deseaba que todo acabara de una buena vez, como fuera, pero que terminara ya; o enloquecería. No había logrado pegar un ojo en los últimos dos días. Y cuando creía hacerlo, su mente se extraviaba en un estado neurótico en el que sólo veía el rostro de su víctima que le sonreía desde la frescura de sus veintiséis años. Porque aquel par de ojos oscuros, que tristones, parecían censurar tantas lágrimas no podían mentirle: Le habían vedado el derecho a llorar. Los hijos de los presidentes no lloran. Los

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chicos ricos no lloran… ellos simplemente ríen. Siempre deben reír… le sobran motivos para reírse de la vida… Divah encendió otro Ducados porque había olvidado en dónde había dejado el anterior. Era el sexto de aquella aciaga mañana. Repasando por enésima vez los pasos a seguir. El plan, hasta ese momento marchaba a la perfección y sin fisuras; y nadie podía atestiguar haber visto a la víctima en compañía de una pelirroja y sin embargo, más allá de todo, sólo necesitó una par de horas desde su llegada al país para tenerlo bajo control. Había llegado el momento de asestar la estocada final. Los agentes la mantenían al tanto, haciéndole llegar sus informes, periódicamente, disimulados en ramos de rosas a la habitación. A través del tan singular sistema podía recibir hasta doce informes en un solo día. Ahora, el siguiente paso, consistiría en reunirse con el Ángel en un lugar del delta. Consultó su reloj. En minutos pasarían a buscarla los hombres del contacto para conducirla hasta la isla en donde se produciría el encuentro. Aplastó el cigarrillo a medio consumir en un cenicero y pasó al baño para retocarse el maquillaje. Tomó un pequeño bolso de manos y bajó de la habitación. En el ínterin otro cigarrillo que por momentos la asqueó pero lo necesitaba como una vía de escape para su atribulada conciencia. Los distinguió no bien atravesaron la entrada del hotel. No sintió necesidad de presentaciones. Aquellos tíos desentonaban hasta en un chiquero. El bote se bamboleó amenazante. Divah tuvo que aferrarse al cuello de uno de los hombres que la condujeron hasta el recóndito paraje. Por unos momentos tuvo la desagradable 81


sensación de perder el equilibrio y precipitarse en las oscuras aguas del arroyo. Lloviznaba y el improvisado muelle de maderos enmohecidos se había transformado en algo similar a una pista de patinaje. Finalmente y apuntalada por los hombres hizo pie. El calor de la tierra se evaporaba por la acción de la pertinaz lluvia y un manto de brumas se alzaba entre la vegetación de la costa. La frondosa arboleda y un silencio denso le conferían al paisaje un aspecto siniestro. De la bruma, y sin previo aviso, emergió el gigante rubio. Ataviado con un uniforme de fajina camuflado y pesados borceguíes embarrados. Caminaba con trancos largos con una sonrisa forzada hacia la recién llegada. Apretujaba entre los dientes un enorme cigarro maloliente que nunca separaba de sus labios. Divah tuvo la impresión de estar en presencia de un legionario francés o un marine estadounidense de ésos que se ven en las películas de aventuras. Eso por no ir más lejos en su imaginación y compararlo en un cuerpo de élite alemán. La esvástica con el águila imperial y el símbolo de los SS tatuado en su macizo antebrazo alimentaban sus fantasías. Divah pudo apreciar todo el rigor de aquellas manos rudas cuando la alzaron para depositarla en tierra firme, si podía llamársele con ese nombre a aquella pátina de lodo. - Bienvenida. Esperaba ansioso su arribo – saludó el hombretón con una desagradable mueca que quiso semejarse a una sonrisa. Ella contuvo la respiración para no vomitar. El olor nauseabundo del cigarro en su rostro le produjo arcadas. Sin inmutarse, el rubio de la cara colorada y el pelo cortado al rape, prosiguió. – A menudo me preguntaba cómo sería, y debo confesarle que ni por las tapas imaginé lo hermosa que podía llegar a ser una… una… bueno, es que en este negocio no estamos acostumbrados a trabajar con mujeres… Por lo general 82


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este tipo de trabajos son llevados a cabo por hombres preparados y con pelotas – remarcó - … es usted muy bonita… Bonita y de cuidar, por si no lo sabe… gracias. Ahora, si es tan amable, le pediría que quite sus mugrientas manos de mi trasero. Ya he aprendido a caminar sola. – replicó molesta por el descarado manoseo del que había sido objeto. Definitivamente aquella no era una buena bienvenida por lo que decidió tomar ciertos recaudos. Perdón, no quise ofenderla… Sepa usted entender que por acá lo único que se ven son bagres, nutrias o ranas. Comprenderá que es algo infrecuente tener a una dama cerca. Me dejé llevar por el impulso. Le prometo que no se repetirá. Ni yo ni ninguno de mis hombres volverá a molestarla. Bien, olvídelo. Estoy aquí por otro asunto, así que vayamos al grano. ¿Supongo que estará al tanto? – respondió la pelirroja minimizando el hecho. En parte. Usted va a eliminar a alguien y debe parecer un accidente… eso es todo lo que sé. Tampoco me interesa entrar en detalles ni saber nada más al respecto. Cuanto menos sabe uno en este negocio más se vive. Correcto. Bien, el caso debe parecer un simple desperfecto aéreo. El aparato es un helicóptero del tipo Bell Ranger y los peritos no deben encontrar vestigios de nada. Solamente una persona deberá conocer la verdad. Hacia él está dirigido el mensaje y nuestra gente se encargará de hacérselo saber. Excelente máquina – respondió el Ángel mordisqueando el cigarro – Difícil que se caiga. Son de una seguridad absoluta… Pero descuide, creo tener lo que anda buscando. Si el Ángel no tiene lo que busca, le aseguro 83


que nadie se lo proveerá – señaló el nazi abriéndose paso entre la maleza que atravesaba un bosque de álamos y se perdía en la frondosa vegetación de la isla. La libanesa lo siguió hasta el galpón de chapas y maderas erigido entre los árboles. Estaba sustentado por pilotes de hormigón y para acceder a la primer planta tuvieron que ascender por una escalera descalabrada hecha de troncos mal clavados. Hacía calor. Había dejado de llover y el sol se asomaba entre los negros nubarrones de la tormenta estival que se disipaba. Con lo cual la temperatura comenzaba a subir desde la tierra a bocanadas de vapor denso y pringoso mientras oleadas de mosquitos feroces se preparaban para el gran banquete. Divah pasó frente al grupo de hombres armados que aspiraban cocaína y bebían cerveza, deleitándose con las imágenes de una película porno proyectadas en la pantalla de un pequeño televisor a baterías. Estaban reunidos en círculo siguiendo atentamente el desarrollo del filme bajo la reconfortante sombra del alero de la vivienda asentada en la parte superior del galpón. La pelirroja imaginó por unos momentos el tipo de comentarios y elucubraciones que su presencia generaría en ésos puñeteros tíos. Pero la certeza de contar con la inestimable compañía de su sevillana le confirió tranquilidad disipando cualquier temor. “si alguno de éstos cabrones intenta ponerme la mano encima juro que le rebano los cojones.”- se dijo mirando de reojo las reacciones del libidinoso grupo de sujetos en celo. El Ángel, como leyendo los pensamientos de la joven, se percató del movimiento y de inmediato ordenó a sus camaradas guardar postura. Un silencio absoluto reinó en la 84


vivienda, matizado de a ratos por los jadeos de la pareja que cogía en la pantalla. No se precisaba demasiado para percatarse de que la pelirroja era de andarse con chiquitas. Tenía un arma y la utilizaría sin titubeos contra cualquiera que osara amenazarla. Pero como lo suyo era el negocio, minimizó el episodio. Diferente hubiera sido la cuestión de darse el caso de no haber dinero de por medio. Esas carnes eran una invitación a la lujuria… No la dejaría escapar tan fácilmente. El Ángel se quitó la llave que colgaba de su cuello. Apagó el hediondo cigarro aplastándolo contra el piso. Luego encendió la lámpara a kerosén que pendía de un tirante y aflojó la pesada cadena que impedía abrir la puerta. Otra escalera descendía varios metros hacia la parte inferior del galpón. Paulatinamente los ojos de la libanesa fueron familiarizándose con la oscuridad de su entorno. El edificio había sido acondicionado exclusivamente como depósito. Había allí infinidad de cajas y bultos de distintos tamaños. Armas, explosivos y municiones de todo tipo y calibre y procedencia. Pero lo que más le llamó la atención fue el mini helicóptero artillado que dormitaba bajo una red camuflada. El Ángel le ofreció una silla mientras tomaba ubicación sobre una mesa con restos de comida, latas y botellas. Viendo la cara de desagrado de la joven el hombre subsanó el tema despejando la mesa con el brazo. Lo que no logró subsanar fue el fastidio que el olor a encierro y el fuerte olor a tabaco, que todo lo envolvía, generaba en la libanesa. - Hablemos. – dijo.

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- Creo haber sido clara. Ando en busca de algo capaz de voltear un helicóptero de la forma más limpia y certera. Nada de detonantes ni desgaste de piezas. Carezco de tiempo. Tal vez haya sido por dicha cuestión que me recomendaron vuestro servicio… - Ahá… Y lo bien que han hecho. No existe mejor reputación que la que viaja de boca en boca. Ésa no falla. Tengo lo justo. Y es de última generación. Algo muy utilizado en el sabotaje de aviones. Es muy común que se lo utilice para eliminar a banqueros, empresarios que viajan en aviones privados. Ejecutivos molestos para determinados intereses de la competencia. Un pico de éstos y chau, fuiste… - El mercenario se excusó. Volvió al rato portando una pequeña caja metálica de color negro. La colocó delante de Divah y la abrió. En su interior, prolijamente dispuestas, había una docena de ampollas de vidrio marrón. Tomó una y se la mostró. – Esto – dijo – actúa en una máquina de manera similar como lo haría la “gota rusa” en el organismo de un ser humano. Una dosis y la muerte llega sin que uno se dé cuenta que muere. Ni un solo indicio que delate su presencia… En este caso se trata de un ácido ultra concentrado de fabricación iraquí. Sólo precisas acceder a la aeronave en inyectar el líquido en cualquier conducto de fluidos. Bien puede ser el de combustible, en el agua refrigerante, en el aceite o el que fuere. El efecto es el mismo. Quince o veinte minutos después el motor se “infarta” y la nave pierde potencia en pleno vuelo, se torna ingobernable aún para el más experimentado piloto, dando toda la sensación de poder controlar el aparato porque, a medida que actúan los corrosivos lo hacen de manera intermitente, ¿comprendes? Se apagan 86


los motores, se vuelven a encender, así hasta que… ¡Bummm! - Perfecto. Espero que funcione. – recalcó Divah guardando la ampolla en su bolso. - Una pulga deja huellas más grande que éste ácido, se lo garantizo. Como verá sólo comercio lo mejor. Mis clientes son los mejores. Después me cuentas. Se me ocurre que hasta podríamos festejar juntos aquí, los dos solitos. - Ni lo sueñes. Cuando la cosa haga ¡bummm! Ni te enterarás, y cuando lo hagas yo estaré muy lejos de aquí.

La noche del martes el teléfono sonó con marcada insistencia en el departamento de Víctor. Del otro lado de la línea, la inconfundible voz de Junior, le confirmaba el horario de salida. El helicóptero saldría de la quinta presidencial de Olivos rumbo a la ciudad de Rosario. El domingo 19 se lanzaría la apertura de la temporada ´95 del TC 2000. Y estaba dentro de sus planes llegar con antelación para la puesta a punto de los vehículos y supervisar la pista. - Hola, viejo. Mañana venite a la quinta a eso de las ocho así desayunamos antes. - Okey, allí estaré. Los muchachos ya cargaron los autos y el resto de las herramientas en el camión. Ellos parten a las siete en punto. ¿Con nosotros viaja alguien más? – le preguntó su amigo. - Que yo sepa hasta ahora ninguno. Pero vos sabés como es esto. Seguramente alguno se va a sumar. Hay una chichi que anda dando vueltas, pero no sé. Después te cuento. Bueno, quedamos así. Chau. - Y vos acóstate temprano, ¿eh? – le recomendó Víctor. 87


Paradójicamente en los últimos días a junior podía vérsele aislado y meditabundo. Como si algo le preocupara en demasía o hubiese perdido el ánimo de vivir. También era raro ver que casi todos sus amigos y conocidos no estuviesen a su lado como acostumbraban. Quizás algo extraño flotaba en el aire la noche anterior de su muerte. Algo que alejó a los adulones que acostumbraban compartir horas de diversión con el piloto, excusándose de no poder acompañarlo o, directamente, borrándose. Aquella última noche fue a cenar a “Pizza Cero” en compañía de un amigo. Apenas comió una fugazzetta acompañada con agua mineral. Allí permaneció junto a éste y al dueño del restaurante hasta pasada la medianoche. Partiendo más tarde con su amigo para tomar un café en “Doney” y nuevamente al restaurante para despedirse y retirarse a descansar a su departamento de recoleta. Antes de marcharse le insistió a su amigo. - Dale, vení con nosotros. Hay lugar para vos… - No puedo campeón. En verdad no puedo… - Bueno, si cambiás de idea venite a Olivos. Salimos a las nueve. ¡Mirá que el domingo la rompo! Divah se despidió de Darío el domingo por la noche, aduciendo que habían acabado sus vacaciones. Había retornado al hotel con el ácido que le entregara el Ángel oculto entre su ropa; y ése mismo día preparó su equipaje y canceló su estadía. Sus contactos le consiguieron una pieza en un hotel de señoritas en el barrio de Retiro y un automóvil para movilizarse por su cuenta. Para cualquiera que averiguase por la señorita Concha Ríos Moya en el prestigioso

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hotel la respuesta sería: “ella ha retornado a España…” De ahí en adelante nadie más sabría de ella. Darío quiso agasajarla y como despedida insistió en ir a cenar a “Lola”. Así, entre ostras y champaña, el empresario trató infructuosamente de repetir la experiencia sexual que tanto lo había marcado. Pero la joven ya no parecía sentirse tan a gusto en compañía del empresario. Su mente estaba ocupada en asuntos de mayor relevancia, y por momentos el fastidio era más que evidente hasta el punto de no querer disimular su estado de ánimo. Fumaba en exceso. Le costaba llevar el hilo de la conversación por los carriles normales, y hasta elevó el tono de voz en más de una oportunidad. Era su cuerpo el que estaba allí, en esa mesa. No su mente, que corría a mil, elucubrando el golpe final. - Mujer, me volviste loco… lo del jueves pasado fue realmente fuerte… vayamos a mi departamento. - ¡Joder hombre! ¡qué eso ya pasó!... ¿No hagas que me arrepienta de haberme acostado contigo! - Dame otra oportunidad. Te lo ruego. Es muy importante para mí. Quiero que me entiendas, por favor… Nunca pasé por una situación semejante. – insistía el hombre. - ¿Qué necesitas probar? Mira, por haberte devorado el pico de una botella luces de maravillas. No te preocupes, nadie se va enterar. No soy de andar ventilando cuestiones íntimas. Créeme, no se te nota. Además no eres el único que descubre de grande nuevos placeres. Camina con la frente en alto que para mí continúas siendo el mismo macho de siempre… Y anda, come que se enfría la cena. – respondió ella en tono irónico. - ¡Me importa un carajo la cena! ¡Sólo quiero estar con vos! – estalló Darío – Estoy dispuesto a pagar lo que me pidas… necesito estar con vos. Quiero que me ates, que 89


me pegues, que me, me… - No pudo proseguir, la sonora bofetada se lo impidió. - ¡Oye, tío. Puede que sea una puta, no lo niego! No te pases… te faltan cojones para satisfacer a esta hembra. Esas mozuelas con las que sueles acostarte seguramente aceptarán complacidas tu dinero, ve con ellas, pues. – Y dicho esto se incorporó de su silla bruscamente, dejando al sorprendido Darío en incómoda situación delante de los numerosos comensales que observaban atónitos la escena. Entre las penumbras de la modesta habitación, recostada y sin ropas sobre una antigua cama de hierro, una Divah distinta, tensa y meditabunda, daba formas definitivas al siniestro plan envuelto en el azulado humo de los cigarrillos que flotaba uniforme como suspendido del descascarado cielorraso. El cuarto se iluminaba con las intermitencias de los neones que se filtraban por las ranuras de la pequeña ventana exterior. El cartel luminoso promocionaba las bondades de un prestigioso whisky escocés confiriéndole tintes rojos amarillentos a los aires sicodélicos que coloreaban la grácil figura de la bella mujer. Sobre las sábanas y junto a su cuerpo se hallaban un atado de cigarrillos, un teléfono celular, las llaves de un automóvil, una petaca de gin y la ampolla de ácido. Permitió a su mente divagar. Recomponiendo hasta el hartazgo todo lo acontecido desde el comienzo pero tuvo que esforzarse para conseguirlo. La rapidez con que se desarrollaron los hechos era de tal magnitud que siempre que creía lograr ordenar las imágenes aparecía algún hueco… La 90


mirada vacía del joven corredor fue lo que más se le había grabado en su mente, típica de las personas que padecen carencias afectivas. Aquel par de ojos oscuros como la borra del café no podían mentirle. Le hablaban de tristezas del corazón. Allí, tendida en la negrura ambiental, de cara al techo, pudo descifrar el mensaje de aquellos ojos. Pudo leer el mensaje. Pudo leer en ellos el pasado… y también el futuro… El teléfono sonó. Apoyó el cigarrillo sobre el borde de la mesa de luz y lo acercó a su oreja. Era el llamado de uno de sus informantes. Breve y en un dificultoso castellano le llegó el último parte: “Sin novedad… muchacho con amigo en pizzería…corto…” Y entonces supo que el momento había llegado. De acuerdo a los últimos informes, el joven mantenía cierta conducta moderada en sus horarios que no se extendían más allá de la una, una y media de la madrugada. Curiosamente se retiraba a su domicilio sin compañía. Reflejando en ello una gran responsabilidad hacia el compromiso deportivo que se aproximaba. Junior priorizaba el descanso, el ejercicio corporal como una manera de mentalizarse para la carrera. Divah se despojó de la bombacha antes de entrar al precario baño en donde tomó una rápida ducha. Luego secó su cuerpo y se vistió con un pequeño y ajustado vestido negro, medias de seda oscura con ligas y zapatos bajos de cuero al tono. Liberó la roja cabellera y se calzó gafas. Cerró la única maleta que portaba y metió en su bolso de manos el resto de sus pertenencias diseminadas sobre la cama, tomando ciertos recaudos en el manipuleo de la ampolla y la hipodérmica. Pasó la correa sobre uno de sus hombros en bandolera y con las llaves del automóvil en su mano y el paso 91


apresurado salió a la calle. Abrió el baúl del Escort Cabriolet negro que sus amigos iraníes le habían conseguido y arrojó la valija en su interior. Luego dio la vuelta y se sentó al volante. Encendió el motor y emprendió la marcha. Divah ya no retornaría al hotel. Y si fuera necesario dormiría en el vehículo hasta lograr su objetivo. El joven piloto abandonó el restaurante en donde acababa de cenar. Hacía calor y el cielo tenía un color extraño que variaba entre negros, grises y algunas pinceladas purpúreas. Había llovido y del asfalto se elevaban sutiles vapores que conspiraban con el alumbrado para teñir las calles de sepiado antiguo. Junior levantó la cabeza para observar el cielo encapotado que amenazaba con nuevas lluvias, inquieto ante la posibilidad de tener que posponer el vuelo. Al reconocerlo, los dos hombres apostados en el interior de un Renault 21 con chapa diplomática salieron del letargo que los envolvía. Llevaban cuarenta y ocho horas de vigilia interrumpida. Sin demorar un segundo más, el acompañante del conductor asió el Movicom que reposaba entre sus piernas para marcar el mismo número por séptima vez. En una maniobra excelentemente calibrada, el convertible negro conducido por la pelirroja emergió de la oscuridad. Junior apenas había caminado unos pocos metros cuando la brusca frenada del vehículo lo sorprendió. Pero más se sorprendió con la súbita aparición de Divah que le invitaba a subir. Tentado por la mágica presencia de la mujer que le había robado el sueño, Junior, puso al tanto al custodio que lo seguía de que nada raro ocurría y se arrimó al vehículo. - Hola, guapo. ¿No te acuerdas de mí?... Anda, no te quedes ahí mirándome como si fuera un fantasma, sube 92


que quiero hablar contigo. – le dijo abriendo la puerta de su auto para que subiera. Junior aceptó gustoso aquella invitación y segundos más tarde viajaba sentado al lado de la pelirroja. - ¿La verdad? Me sorprendiste. Pensé que no volvería a verte. Le pregunté a Darío y me dijo que te habías ido. Como no le creí llamé al hotel y me confirmaron tu partida… No sé qué pensar. Igualmente me encantó la manera en que apareciste. Como algo irreal que surge de la nada… envuelta en misterio. - Te cuento; estuve con un pié en el avión pero recordé que entre tú y yo había algo pendiente. Entonces cancelé el vuelo y aquí me tiene, toda para ti. Yo cumplo mis promesas – le dijo estacionando el automóvil en una zona boscosa y mal iluminada.- Dije que te saldría a buscar cuando realmente sintiera deseos de estar contigo. – agregó acariciándole el rostro con el dorso de su mano. Junior se extasió de la belleza de aquel rostro perfecto. De la luminosidad de sus ojos verdes. De sus labios carnosos e incitadores. De la suavidad de su pelo rojo cayendo en furibundo contraste sobre la blancura de sus pechos agitados y se volvió a tentar. Con el asiento reclinado y la contundente anatomía de Divah embotándole los sentidos, Junior, se entregó sumisamente a sus besos y caricias. Lloviznaba mansamente y el cuerpo desnudo de la libanesa se perló de diminutas gotas. Los brazos de él fueron insuficientes para abarcar aquel cuerpo encendido, húmedo de sudor y lluvia. Un espectro irreal sacudiéndose con frenesí encima de sus muslos. Una silueta resbalosa que vibraba escapándosele de las manos… y sus dedos deslizándose sobre la tibia piel de nácar y miel que lo turbaba. 93


Entregados al juego del erotismo intenso. Refugiados entre los árboles del parque y extremadamente vulnerables a la llovizna de un marzo curioso, Junior, tuvo su último acto de amor en la tierra. Tal vez el único de su corta existencia en la que no tuvo necesidad de hacer prevalecer su status social para conseguirlo. No era amor, lo sabía. Era la libertad absoluta de los sentidos manifiestos, simplemente. Sin sábanas de seda ni champaña. Sin nada preestablecido de antemano. Estaban allí, hombre y mujer; solos como las primeras criaturas de la creación. Abrigados por el calor de los cuerpos. Saciando su sed entre besos y agua del cielo, y como única música los suspiros, las palabras soeces pronunciadas con el descaro de la pasión. Ella se desmontó de él. Los cuerpos relajados sintieron el frío de la madrugada, sin embargo permanecieron desnudos contemplando la lluvia que corría despreocupada sobre el parabrisas. Con la mente en blanco y sin hablar. Ya no había lugar para las palabras. Divah se vistió y ayudó a Junior a hacer lo propio. Cruzaron miradas de complacencia mutua. Y por primera vez tuvo que esforzarse para sostener la lealtad de sus ojos frente a los de él. Tuvo que enfrentar toda la frescura emanada de aquellos veintiséis años, y creyó desfallecer. Buscó con denuedo algo en su interior que le ayudara a apuntalar la incómoda situación pero no lo consiguió. Una y mil veces, en secuencias veloces, tuvo que comparar aquella mirada cargada de ternura con la del turco degollado, desangrándose sobre el piso de la habitación del mugriento hotel de Beirut. Comenzó a temblar. Sintió el miedo apoderarse de ella. Sus ojos se 94


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inundaron. Nunca, como en aquel momento, deseó desvanecerse en el aire. Evaporarse como el vapor emergente de las alcantarillas hasta hacerse invisible. Puso en marcha el motor. El Escort saltó hacia adelante igual que una pantera salta sobre su presa. Los neumáticos chirriaron sobre el asfalto espejado, impregnándolo de caucho quemado para detener su alocada carrera en el mismo lugar en donde abordó al hijo del presidente. ¿Estás segura de no querer venir a mi departamento? – le preguntó Junior antes de descender.- Bueno, sabés que en un par de horas salimos para Rosario y es posible que no volvamos a vernos… No quisiera perderte. Me encantaría, pero no puedo, créeme. Temo perder el trabajo si no retorno en tiempo y forma. ¿Qué son un par de días más? – insistió él – Dale, venite conmigo. Vamos y volvemos en el día en el helicóptero, te lo prometo. Por favor, al menos regálame un día más. Si me decís que sí soy capaz de pedirle a mi viejo que le escriba una carta a tú patrón explicando los motivos de tu demora… Humm. Pensándolo bien no está mal la idea… Si es así podría cambiar la fecha del pasaje, pero con una condición: No te enojes si te digo que prefiero manejar mi propio carro… me produce pánico volar en avión, ¡ni te imaginas lo que sería de mí trepada a un aparato como el tuyo! ¿Estupendo! Te dejo mi teléfono así nos mantenemos en contacto durante el viaje. Y bueno… ya que no querés ir a mi departamento no vemos luego. Que no se te pase; salimos a las nueve y hacemos parada en el aeropuerto de Don Torcuato para cargar combustible. 95


- Deja, yo tengo el mío. Pásame el número. Y confía, allí estaré aguardando. Junior anotó su número sobre la tarjeta personal en donde figuraba, además de su nombre, el de su escudería. Se despidieron con beso apasionado. Recoleta, a esa hora, presentaba escaso movimiento. Solo el ruido del escape de algunas motos y autos que circulaban vagamente. Divah se alejó del lugar. Antes de desplegar la capota y esperar el nuevo día se comunicó con los agentes de apoyo para pedirle que le avisaran a Mosser de que el plan entraba en su fase cero y para que la gente de Amed preparase la evacuación vía Rosario. Después se acurrucó sobre el asiento mojado y lloró. Bajo un cielo semidespejado, viento escaso y pronósticos de lluvias hacia la tarde, la máquina roja y blanca piloteada por Junior se elevó suavemente poniendo proa hacia el norte. A su lado iba su amigo, coequiper y socio, Víctor. Eran las nueve de la mañana y la temperatura rondaba los veinticinco grados; y por la mente de ninguno de los dos pilotos corrió la más vaga idea de sufrir ningún accidente. El helicóptero, un aparato tan caro como seguro, versátil y sin secretos para su avezado piloto enfiló hacia el aeródromo de Don Torcuato, lugar en donde ocupaba desde hacía ya varios meses un hangar. Además de realizar una parada para reaprovisionar combustible, aprovecharía para hacer entrega a una amiga de un encargo. Después sí, pondría rumbo final hacia la ciudad de Rosario. La visibilidad sobre la ruta 9 era excelente y el cielo no mostraba mayores indicios de tormenta. La nave se desplazaba a una velocidad discreta. El trayecto hasta el

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aeropuerto era corto y el ánimo de los pilotos, aquella mañana, no podía ser mejor. - Che, ¿y éstas valijas para quién son? – le preguntó su amigo, intrigado por el equipaje. - Ah, nada… Son de Pato, ¿la ubicás? - ¿La modelo? - Sí. La idea era que viniera con nosotros pero se le hizo imposible. Es para una gente de Benavídez. Como no nos podemos desviar, quedamos que se las acercaba a Don Torcuato… - La mina está pasada de merca. Ojo con lo que hacés. - Ya lo sé. Me lo pidió como gauchada… ¿A qué no sabés con quién estuve anoche? – le dijo Junior desviando el tema de la conversación. - Ni idea. No soy mago..… vivís rodeado de monos… respondió Víctor sin desviar la mirada de la atrayente carretera que, ciento de metros por debajo, presentaba el aspecto de una pista Excalectric de tráfico endemoniado. - Con la pelirroja, che. ¡No te imaginás lo qué fue! – señaló sonriente el muchacho.- ¡Fuego puro! - ¿Apareció? ¿No era qué se las había tomado?... me estás sanateando… - ¡Te lo juro por la luz qué me alumbra! No te estoy mintiendo. Escuchá que te cuento. Resulta que ya me iba para el bulo cuando vi que de un coche alguien me llamaba. Primero me asusté… me tomó por sorpresa… Cuando la reconocí casi me da un infarto. No iba a desaprovechar ésa oportunidad y subí. La mina estacionó entre unos árboles y me jineteó… - ¡Andá a cagar! Mirá si te la voy a creer – le contestó Víctor creyendo que le estaba tomando el pelo. Pero, como lo vio tan entusiasmado en su relato, decidió 97


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seguirle la corriente. Lo de la pelirroja es un verso tuyo y de Darío. Como ya no les quedan minas que no se hayan volteado ahora se las inventan bien armadas y bien exóticas… ¡Já! Lo único que se pueden garchar ustedes son gatos disfrazadas de modelos… ¿Y vos no? ¡Más respeto que soy un hombre casado, che! Sí; tan chanta como Darío y como yo. Ya vas a ver que esto no es cuento. En cualquier momento suena el teléfono y te voy a dar a con ella para que te saqués la duda. Me aseguró que iba a ir a Rosario, pero en su aut porque le tiene cagazo al helicóptero. Mirá vos… todas las vacas son tuyas menos la colorada… ¿Querés apostar algo? Lo que quieras…

No tuvo mayores inconvenientes para localizar el aeródromo, en todo momento fue guiada hasta allí por uno de sus contactos. Era el día y en alguna parte de Rosario aguardaba la avioneta que la depositaría del otro lado de la frontera. Su rostro reflejaba las huellas de una larga noche de insomnio; pero nada que una buena base de maquillaje y un par de lentes oscuros no pudiesen disimular. No había querido comunicarse con Junior antes por cuestiones estratégicas y porque quería reconocer de antemano el terreno. La brisa matinal contribuyó a despejar su cabeza. Así pudo borrar definitivamente cualquier vestigio de culpa o arrepentimiento. Cumplía órdenes superiores y no podía 98


echarse atrás en ningún momento. Las órdenes emanadas directamente del santo profeta tenían, de por sí, algo sacro. Además, era consciente que detrás había miles de musulmanes pendientes del éxito de su misión. Debía ponerse a la altura de los acontecimientos y actuar como toda una profesional. Acceder al perímetro de la base no presentó dificultades. Aprovechó su tiempo para pasar al baño de la confitería y retocarse un poco. Orinó abundante y cambió la toalla higiénica. Se demoró algunos instantes frente a uno de los espejos peinándose y pasando rouge sobre los labios. Luego buscó la hipodérmica que había guardado junto a la ampolla de ácido en uno de los bolsillos internos de su bolso, y con mano firme rompió el delgado vidrio que contenía el poderoso líquido, para introducir la aguja y succionar hasta agotar el recipiente. Una vez concluido cubrió la aguja con un protector plástico y la sujetó con el elástico de su bombacha. Una vez segura de que allí estaría firme, guardó los restos en el bolso y salió. Divah vestía la misma ropa oscura de la noche anterior, pero con el agregado de un par de finos guantes de gamuza color avellana y un pañuelo de seda negro cubriéndole la cabeza. Consultó el reloj y se sentó a esperar sentada sobre el capot de su automóvil. Adoptando una postura informal y con paciencia monacal matizó la espera con cigarrillos. Detrás de los cristales oscuros de los lentes, el verde de su mirada destellaba otros brillos. El brillo frío del odio. El brillo helado de la muerte que acechaba. Ya no era una mujer prisionera en un cuerpo exuberante. Ahora era la propia muerte mirando a través de los ojos de la libanesa.

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El helicóptero apareció zigzagueante, precedido del potente zumbido de su motor y cortando el aire con sus aspas. Levantando remolinos de viento se posó levemente en el centro del círculo amarillo frente a uno de los hangares del aeropuerto. Rápidamente, los dos hombres vestidos de jeans y remeras se apearon y corrieron hacia un costado de la pista. Acomodando sus gafas oscuras sobre la frente, Junior, impartió algunas indicaciones a un empleado, entre otras cosas que procediera a la carga de combustible. La presencia de Divah lo gratificó enormemente. Al verla tuvo la impresión de estar en presencia de una de ésas estrellas hollywoodenses que tanto admiraba. Una inquietante mujer vestida de negro que fumaba displicentemente sentada con las piernas separadas sobre el capot de un descapotable que, inmutable, siguió las maniobras de la máquina hasta que esta tocó tierra; como enajenada del mundo. Siguiendo con suma atención los movimientos de una camioneta que se acercó a la nave recién posada; y el de las personas, entre las que se destacaba una muchacha rubia, que se apresuraron en tomar varias valijas y alejarse del mismo modo en que aparecieron, y que apenas se tomaron el tiempo de intercambiar saludos con el piloto. Junior sintió como se le aceleraba el pulso y necesitó comentarlo con su amigo. - ¿Y, qué te dije?... Ahí la tenés… - ¡Ay, mi dios! – exclamó éste rendido ante tanta belleza ¡y te la comiste toda vos solito, guacho! - Al revés. Fue ella la que me comió a mí. – corrigió Junior al tiempo que levantaba su mano para saludar a la joven. Divah pitó por última vez el cigarrillo antes de arrojarlo y acercarse con andar desganado a los dos hombres. 100


- Hola guapo. Ya me estaba impacientando. Pensé, este tío se ha borrado y yo me he quedado varada en esta bendita ciudad. - ¿Después de lo de anoche? ¡Jamás, hermosa! Déjame que te presente a mi gran amigo incrédulo, Víctor, mi coequiper… Víctor, ella es el bombón de quien te hablé. Lamento decirte que perdiste la apuesta y cuando lleguemos a Rosario pienso cabrártela. - Nobleza obliga. He conocido infinidad de mujeres que se mean por salir con este caradura, y una más linda que otra, pero debo confesar que vos superás con creces todo lo imaginable. Y lo de la apuesta no lo tomes a mal. Mi socio me habló de vos hasta por los codos y creí que me estaba macaneando… - señaló Víctor acercando su mejilla a los labios de la libanesa. - Encantada, Víctor. Me llamo Concha, pero no voy a permitiros que se mofen de tan bello nombre… pronunció riendo. - ¿Tomamos un café mientras esperamos que alisten el helicóptero? – terció Junior. - Paso. Prefiero tomar aire fresco. ¿No te ofendes?... todavía me dura la resaca de anoche pero no me quejo, la hemos pasado de puta madre. Aquí los espero. - Como quieras. Volvemos en diez minutos. - Vale. ¿Te molestaría si le echo un vistazo a tu juguete? Es una preciosura de máquina y siento cierta curiosidad… Pero déjame aclararte qué ¡ni loca pienso subirme a tu helicóptero! Vuela con tu socio que yo los sigo desde tierra – agregó Divah socarronamente. Estos aparatos no me inspiran confianza, no son muy seguros. Los dos jóvenes se alejaron dejando a la pelirroja admirando el estilizado perfil de la máquina. Divah supo que 101


no debía desperdiciar aquella oportunidad. Solo estaban el mecánico y ella. Ningún tercero en discordia a la vista, por lo que aguardó que éste concluyera su tarea, cuestión que no se dilató demasiado. El helicóptero estaba en óptimas condiciones, apto para volar. Revisado y reaprovisionado, aguardando el turno de despegar. Divah rodeó la aeronave, deslizando su mano enguantada por sobre la pulida superficie roja y blanca hasta llegar a su habitáculo. Antes de sentarse frente a los comandos volvió a cerciorarse de que nadie la estuviera observando, entonces, con rápidos movimientos tomó la jeringa que llevaba sujeta al elástico de la prenda interior y sujetándola entre sus dedos buscó afanosamente algún conducto de fluídos. Así hasta que su mano libre halló una manguera plástica. Semi agachada constató el recorrido del ducto que comunicaba directamente con el rotor principal. La delgada aguja atravesó el material como si se tratara de los colmillos de una cobra enfurecida. El pulgar de Divah presionó el émbolo hasta vaciar la hipodérmica. El veneno corría ahora por el interior del helicóptero. Quitó la aguja, volvió a cubrirla con el protector plástico y la escondió nuevamente entre su ropa interior. Como acto final tomó la rosa negra que portaba consigo desde su partida de España y la introdujo entre las pertenencias de Junior. Era el mensaje enviado hacia su padre, el presidente. Él sabría interpretar su verdadero tenor. Luego, y como si nada, prosiguió admirando el interior de aquella maravilla mecánica, en tanto que en su mente se repetían las palabras del Ángel: “… recuerda, éste ácido actúa como la gota rusa. Algo más lento pero con idénticos resultados…” No era una persona por lo tanto debería aguardar entre quince y veinte minutos antes de que el motor evidenciara los primeros síntomas, preludio del colapso terminal. Una caída 102


libre desde las alturas y a gran velocidad era sinónimo de muerte. “Controla el tiempo, y si es preciso distrae la atención del piloto para quitarle cualquier margen de maniobra. Hazlo como te digo y no dudes…” Junior y Víctor retornaron en término. Divah les sonrió desde su ubicación, sentada al volante del Escort dispuesta a seguirlos. Junior encendió el motor del helicóptero, consultó el instrumental de vuelo y realizó un chequeo de rutina. Nada anormal. El mecánico se acercó para corroborar el perfecto funcionamiento. Arriba, el cielo presagiaba lluvias. El pilotó decidió no demorar más la partida. - ¿Está segura de no querer acompañarnos? Podés guardar el coche en el hangar hasta la vuelta… - insistió Junior por última vez. - Ustedes continúen con su viaje a su gusto. Yo prefiero manejar. Es más seguro – le respondió ella acelerando varias veces el motor del automóvil. - Bien, eso corre por tu cuenta, nena. Las estadísticas demuestran todo lo contrario. Ocurren más accidentes automovilísticos que aéreos. - Puede ser. Las estadísticas no dicen que hay menos aviones, ni menos gente que vuela… Nos vemos en… en… ¿cómo se llama la ciudad hacia donde vamos? - Rosario. Hasta luego preciosa. - Hasta luego mi amor. Y cuídate. No andes haciendo locuras en el aire. Buenos Aires, Casa de Gobierno, marzo de 1995.

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La nefasta noticia cayó en el seno gubernamental con la fuerza de un mazazo. El presidente fue llamado aparte por su médico personal, su secretario privado y el titular de la SIDE. Se excusó ante las personas con las cuales dialogaba y se reunió a un costado del amplio salón con los tres hombres. Por las caras supuso que algo andaba mal. Lo primero que se le cruzó por la cabeza fue lo de un tercer atentado. Entre susurros y frases cargadas de nerviosismo y dolor se enteró de lo acontecido. Se tomó varios segundos antes de volverse y pedir disculpas. Con el rostro pálido y tenso señaló: “Mi hijo tuvo un accidente”. Flanqueado por los tres hombres abandonó el recinto a grandes pasos. El helicóptero presidencial llevó al mandatario y sus colaboradores hasta el lugar del accidente. Recorrió el campo recogiendo la escasa información suministrada por peritos e investigadores. Cotejó varias hipótesis, pero nada encajaba, Aquello resultaba inexplicable. Por las características de la máquina y las aptitudes del piloto era imposible presuponer un accidente de tales características. ¿Imprudencia? ¿Exceso de confianza? ¿Accidente?... ¿sabotaje?. Sin embargo cualesquiera que fuesen las causas, ya nada le devolvería la vida a Víctor… Nada que retuviera un halo de vida en el cuerpo agonizante de su hijo… Meses después, el presidente, se asomaba al histórico balcón de la Casa Rosada para agradecer a su pueblo el haber depositado un voto de confianza a su gestión. Había sido reelecto. Dirigiéndose, con voz entrecortada por la emoción, abrazado a su hija, pidió permiso para dedicar aquel triunfo a la memoria de su hijo. Su cara mal disimulaba el sufrimiento interior. Ya nunca volvería a ser el mismo. Algo en él se había

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quebrado. Y no existía poder en la tierra que pudiera recomponerlo. El mensaje concluyó. Otro período comenzaba. El mandatario caminó del brazo de su inseparable hija hasta las puertas mismas de su despacho. Allí se excusó ante la comitiva que lo acompañó en silencio. Necesitaba estar solo. Dio dos vueltas de llave a la cerradura y con los ojos humedecidos se desplomó sobre el escritorio. Con mano temblorosa abrió el pequeño cofre que guardaba celosamente desde el mismo día del accidente y sacó una rosa reseca y descolorida que aún conservaba vestigios del tinte original. Era una rosa negra. La misma que había sido hallada entre la ropa diseminada de Junior. Tomó el encendedor y la quemó. Siguió, como hipnotizado, el crepitante llamear de la flor hasta que solo hubo quedado un cúmulo de cenizas grises sobre el escritorio. Su ritual es interrumpido por una llamada internacional. El mandatario alza el teléfono para sorprenderse con la voz árabe que, del otro lado de la línea lo felicitaba: “Felicitaciones por un nuevo triunfo, señor presidente. Recuerde que la mano de allah es larga…” Quien así se expresaba era el santo profeta. Desencajado por las palabras del maquiavélico personaje intentó algo que no se animó a concretar. Tomando el arma que descansaba en uno de los cajones de su escritorio, se llevó el caño en su sien, luego lo apoyó en su pecho a la altura del corazón. Y finalmente se lo introdujo en su boca, como buscando una manera heroica de concluir el calvario que lo torturaba interiormente, pero cuando el temblor se hizo más intenso y el miedo a aquel acto final comenzó a perturbarlo, acorralando a sus propios fantasmas. Su espíritu cobarde se deshizo de la pistola inmediatamente como si se tratara de un

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carbón encendido; y cubriéndose el rostro con las manos rompió en llanto. En una aldea, en algún lugar de Siria. Frente a una sepultura sin nombre, la bella mujer depositó una ofrenda floral. A su lado, Mosser, siguió con sumo respeto cada uno de sus movimientos en silencio, mientras que un grupo de mujeres arropadas de negro y con sus rostros cubiertos, plañían ayes de dolor en medio del paisaje tórrido del desierto sirio, y en lo alto de una formación rocosa el anciano de barbas platinadas y túnica blanca elevaba una plegaria a los vientos. FIN.

Nota del autor: Esta es la versión original a la que sólo se le ha agregado la secuencia final en el poblado sirio. Difiere del libro publicado en las correcciones que, por razones estratégicas, se decidió no realizar en su momento sabedor de que el relato, de por sí, iba a herir susceptibilidades (como aconteció); y, como una manera hábil de desorientar a determinados personajes que nunca supieron quién carajo era ése tipo que se animaba a sacar un libro de tremendas connotaciones lleno de faltas gramaticales y de ortografía. ATTE. REO WEST 106


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una rosa para junior  

La genial novela de Reo West

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