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MAMI CELIA VESTIDA DE BLANCO Crecí viendo a mi madre vestida de blanco. Pero no de punta en blanco luciendo telas en galas y fiestas. Su traje era diferente. No tenía encajes, ni lentejuelas. Lo adornaban salpicones de sangre, sudor y un sencillo broche del Divino Niño Jesús. Aunque manchado y de tela sencilla, el blanco de aquel uniforme era más diáfano y brillante que el más elegante y ostentoso vestido. Vestida con aquel uniforme despertaba todas las mañanas a sus cinco hijos. Sin gritar, con maternal dulzura nos anunciaba que el desayuno estaba listo. Prefería repetirlo mil veces a subir el tono de su voz. No recuerdo nunca haberla escuchado gritando ni diciendo una mala palabra. Ni siquiera cuando se pinchaba. Aunque nunca fue, ni presumió de ser una chef experta, acostumbró el paladar familiar a su sencillo pero especial sazón. De desayuno sándwich de jamón, queso y huevo y el pollo al caldero resolvía cualquier debate sobre que se comería en la tarde. Luego de vestirnos y enviarnos a la escuela, la misma guagua pública que hoy la trajo hasta su trabajo, la esperaba y la transportaba en aquel entonces. Sin haber ponchado su tarjeta de asistencia, mis Riverita como le llamaban en el hospital, ya había trabajado en su casa media jornada. Eso no afectaba su ánimo, por el contrario, pareciera que lleva la sonrisa tatuada a su rostro. Como enfermera, sus funciones no se limitaban a lo escrito en su hoja de responsabilidades y deberes. Lo mismo asistía al Ginecólogo en un parto, o agarraba el mapo para secar la entrada que se mojó por accidente. Su gestión profesional no se limitaba a las paredes hospitalarias. Todos en el vecindario en algún momento, fueron vacunados, atendidos o curados en el hogar por Miss Riverita. Convirtió el servicio en hábito, en causa de vida. En la tarde al regresar a nuestro hogar su actitud seguía siendo la misma. Luego de poner la cacerola y el salten en su sito, de inmediato las reglas de juego; "Tienen hasta las 6 para jugar, luego a hacer las asignaciones". El galón de agua fría listo para la fila de muchachos que en estampida venían de la cancha de baloncesto a pedir un poco del preciado líquido. En mi casa, muchas veces todavía con el uniforme blanco puesto, mi madre saciaba su sed, haciéndolos sentir parte de nuestra familia. Con el mismo cariño, también los botaba de casa cuando se hacía tarde y teníamos que estudiar. Era firme defendiendo a los suyos sin tener que lastimar ni ofender a nadie. Nos enseñó a respetar al prójimo a darle la mano al que necesita y a encontrar en cada ser humano cualidades dignas de elogios. No le ponía seguro a las puertas de la casa y nuestra sala era la sala de todo el que tocara a la puerta. Sencilla por demás nunca encontró satisfacción en lo material. Guardaba el arbolito de navidad artificial con todo y adornos año tras año sin que eso le quitara lustre a nuestra celebración. En nuestra casa, que ha sido la misma siempre, nada era de nadie, todo se compartía. Nunca nos ha regalado grandes cosas, por el contrario, obsequios muy sencillos y baratos dejándole incluso el precio pegado a la mayoría de ellos. No importa a donde la llevemos a comer siempre pedirá lo mismo, pollo con papas y estará pendiente a que nos comamos toda la comida. Me sigue dando menudo cuando voy a casa para que pague el peaje de vuelta y una bolsita con comida para llevar. Siempre ha sido igual, ha vivido para hacer felices a los otros porque al hacerlo logra su propia felicidad. Ese uniforme blanco me llevó también a la escuela, me defendió de las injusticias. Estuvo a mi lado cuando enfermé, cuando me ponché jugando pelota. Me enseñó a creer en la bondad de la gente. A valorar el trabajo y a vivir con poco. A distinguir entre el bien y el mal. En resumen, con el ejemplo, no con cantaleta, nos enseñó la fórmula para ser felices en la vida. Me siento bien orgulloso de haber sido criado por ese uniforme blanco y que hoy, luego de 36 años, aunque ya no me despierte en las mañanas todavía me siga guiando. ¡Dios bendiga a mi señora madre, buena como enfermera, mejor como ser humano!

DAVID E. BERNIER RIVERA


Mami celia vestida de blanco