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Revista de Humanidades

Ars Medica Ars Medica Revista de Humanidades

Volumen 6

Número 2 Editorial

Un reto moral y espiritual José Luis Puerta Artículos

¿Faltan médicos en España? Miguel Ángel García y Carlos Amaya Año Polar Eduardo Martínez de Pisón Tesoros sumergidos Lorenzo Pipe Sarmiento Carl von Linné. La pasión por la sistemática Antonio González Bueno La ciudad ideal Santiago Prieto Pérez

Noviembre 2007

Artículo especial Psicología de las masas y violencia Cecilio Paniagua y Javier Fernández Soriano

Página literaria Vol. 6

Arthur Conan Doyle. Nota de la redacción Anticuado Arthur Conan Doyle (†)

N.º 2

Doce artículos para recordar

Págs. 149-310

Crítica John Wayne: el último héroe americano Juan Tejero

Miscelánea La invención del estilo Enrique Lynch Una mirada humana al Mundo José Luis Puerta Hydriotaphia o El enterramiento en urnas (capítulo V)

Thomas Browne (†)

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Revista de Humanidades

Ars Medica

Ars Medica. Revista de Humanidades es una publicación semestral (junio y noviembre) que patrocina la Fundación Pfizer y publica Grupo Ars XXI de Comunicación, S.L. El primer número apareció en junio de 2002. La revista tiene como objetivos recuperar la tradición humanística que siempre ha rodeado la práctica de la medicina y contribuir a que se entienda mejor el nuevo paradigma que se está fraguando dentro de la medicina. Consecuentemente, estas páginas pretenden favorecer la interacción de esa larga lista de materias que inciden hoy en la práctica clínica: economía, derecho, administración, ética, sociología, tecnología, ecología, etcétera. Asimismo, esta publicación desea analizar y promover los valores humanos que deben siempre estar presentes en la relación médico-paciente. Ars Medica. Revista de Humanidades is a biannual publication (June and November) sponsored by the Pfizer Foundation (Spain) and published by Grupo Ars XXI de Comunicación, S.L. The first issue appeared in June 2002. The journal aims to restore the humanistic tradition that has always surrounded medical practice, and to contribute to a better understanding of the new paradigm that is operating within medicine. Accordingly, in these pages we try to promote the interaction of the long list of disciplines which shape clinical practice today: economy, law, administration, ethics, sociology, technology, ecology, etc. Likewise, this publication wishes to analyse and foster the human values that should always be present in the physician-patient relationship.

Redacción Director: José Luis Puerta López-Cózar Redactor Jefe: Santiago Prieto Rodríguez Ilustraciones: Fernando Fueyo

Consejo Editorial Juan Luis Arsuaga Ferreras, Enrique Baca Baldomero, Francisco José García Pascual, Julián García Vargas, José Luis González Quirós, Maite Hernández Presas, Miguel Isla Rodríguez, José Lázaro Sánchez, Juan José López-Ibor Aliño, Alfonso Moreno González, Pedro Núñez Morgades, Juan Rodés Teixidor, Julián Ruiz Ferrán

Periodicidad: 2 números al año Secretaría científica: Grupo Ars XXI de Comunicación, S.L. • Passeig de Gràcia 84, 1.a pl. • 08008 Barcelona Correo electrónico: rhum@ArsXXI.com www.ArsXXI.com/HUMAN

Suscripciones: Entre en la página web: www.fundacionpfizer.com. En la parte superior de dicha página, haga doble clic en la pestaña “contacto” y rellene el formulario. No olvide incluir en la casilla “comentarios” sus señas completas, profesionales o particulares, adonde desea que se le envíe la Revista.

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Revista de Humanidades

Ars Medica

sumario / contents

Volumen 6

Número 2

Editorial | Editorial 149

Un reto moral y espiritual A moral and spiritual challenge José Luis Puerta

Artículos | Articles 152

¿Faltan médicos en España? Is there a need for more medical doctors in Spain? Miguel Ángel García y Carlos Amaya

171

Año Polar Polar Year Eduardo Martínez de Pisón

185

Tesoros sumergidos Sunken treasures Lorenzo Pipe Sarmiento

199

Carl von Linné. La pasión por la sistemática Carl Linnaeus. Passion for systematics Antonio González Bueno

215

La ciudad ideal The ideal city Santiago Prieto Pérez

Artículo especial | Special Article 235

Psicología de las masas y violencia Mass psychology and violence Cecilio Paniagua y Javier Fernández Soriano

Página literaria | Literary page 265

Arthur Conan Doyle. Nota de la redacción Arthur Conan Doyle. Editors’ note

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Revista de Humanidades

Ars Medica

sumario / contents

Volumen 6 269

Número 2

Anticuado Behind the times Arthur Conan Doyle (†)

273 Doce artículos para recordar | Twelve Articles to Remember Crítica | Critic 278

John Wayne: el último héroe americano John Wayne: the last American hero Juan Tejero

Miscelánea | Miscellaneous 287

La invención del estilo The invention of the style Enrique Lynch

298

Una mirada humana al Mundo A human look to the world José Luis Puerta

301

Hydriotaphia o El enterramiento en urnas (capítulo V) Hydriotaphia (chapter V) Thomas Browne (†)

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Editorial

Un reto moral y espiritual A moral and spiritual challenge ■ Este año la Academia Sueca ha concedido el Premio Nobel de la Paz —dividido en dos partes iguales— a Albert Arnold (Al) Gore Jr. (Washington DC, 1948) y al Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (Intergovernmental Panel on Climate Change, IPCC). No es la primera vez que este Nobel se concede a alguien que al menos aparentemente nada tiene que ver con la Paz. Ya el año pasado, el galardón, también compartido, se concedió a Muhammad Yunus (Bangladesh, 1940) y al Banco Grameen1 (pronunciado “gramín”, que en bengalí significa “de la aldea”) por sus esfuerzos para impulsar, a través de los microcréditos, el bienestar económico —y la dignidad— de aquéllos que ocupan los lugares más desfavorecidos de la sociedad global en la que hoy vivimos; colectividad que, por cierto, es todavía muy numerosa: más de 1.100 millones de individuos viven en la pobreza más absoluta, esto es, ¡con menos de un dólar al día! Y en 2004 fue la keniata Wangari Maathai (Nyieri, 1940) la distinguida por su trabajo en favor de un desarrollo sostenible. Pero si lo analizamos con calma veremos que estas decisiones tienen su lógica: la búsqueda de un mundo mejor es un magnífico atajo para consolidar la Paz. Algo así como: salvemos las desigualdades y el clima, y evitaremos muchas confrontaciones. La Academia sueca explicaba su distinción en 2007 con estas palabras: “por sus esfuerzos encaminados a construir y transmitir un valioso conocimiento sobre el cambio climático originado por la acción del hombre, y por fijar los fundamentos de las medidas que hay que tomar para contrarrestar tal cambio”2. Las obras del Homo faber poseen hoy —a diferencia de lo que ocurría hasta hace solo dos siglos— una intensidad y una fuerza capaces de interactuar con los elementos que conforman lo que llamamos Naturaleza, especialmente el clima. El cambio climático al que estamos asistiendo es, sin ninguna sombra de duda, un asunto complejo y de difícil estudio; por ello, los políticos reclaman elucidaciones ecuánimes que den razón de las causas de este cambio, sus posibles repercusiones medioambientales y socioeconómicas, y de la bondad de los posibles cursos de acción que de manera constante se proponen. Para ir haciendo frente a estas limitaciones, la Organización Meteorológica Mundial 1 2

Véase: www.GrameenFoundation.org. Véase: www.nobelpeaceprize.org/eng_lau_list.html#2000.

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Un reto moral y espiritual

(World Meteorological Organization, WMO) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (United Nations Environment Programme, UNEP), ambas instituciones pertenecientes al entramado de Naciones Unidas, fundaron en Ginebra (1988) el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático. Su misión es evaluar de forma objetiva y transparente la información científica y socioeconómica que se genera en todo el mundo sobre tal cambio. Desde su creación, el IPCC ha publicado periódicamente sesudos informes sobre lo que se conoce acerca de este resbaladizo y delicado tema, que sirven de insumo a planificadores gubernamentales, científicos y técnicos. Sus contenidos, siempre rodeados de polémica, poseen por fuerza un carácter provisional al ser expresión de la gran incertidumbre que rodea todo lo tocante al clima. Su último informe, el IPCC Fourth Assessment Report, se presentará en Valencia en noviembre del año en curso. A diferencia de lo que sucede con Gore, al que no cuesta entender (sus mensajes tienen además mass appeal), los informes del IPCC, por lo explicado, no se pueden considerar dechados de claridad. Sin embargo, en cierta manera, el IPCC y Gore forman el tándem perfecto: mientras aquella institución acerca a los técnicos de las Administraciones públicas (y también a los académicos) los inextricables conocimientos que se van acumulando sobre el cambio climático, el ex-vicepresidente hace que los políticos actúen, quizá por el miedo a perder los votos de un público cada vez más sensibilizado con estos asuntos. Y es que, en honor a la verdad, no se puede considerar a Gore un advenedizo en estas lides. Todo lo contrario, su actividad en este campo viene de lejos, recuérdese que ya en 1992 publicó Earth in the Balance: Ecology and Human Spirit3, en donde exponía su punto de vista sobre los grandes cambios que deberíamos introducir en nuestra perspectiva ecológica para encarar el siglo XXI. En su etapa de vicepresidente (1993-2001) con Bill Clinton fue un conspicuo adalid del Protocolo de Kyoto (que se abrió para la adhesión de las naciones en diciembre de 1997), aunque finalmente no lo ratificase EE UU al ser rechazado unánimemente por su Senado merced a la conocida Resolución Byrd-Hagel. (EE UU y Australia son los grandes ausentes de dicho Protocolo.) Más allá de que se pueda compartir o no los puntos de vista del último Nobel de la Paz, hay que reconocerle —insisto en ello— que no es un impostor; en este terreno y en otros afines su modernidad vence cualquier prueba. No es ocioso recordar que en cierta medida Internet es hoy día lo que es gracias al nervio de este tenaz washingtoniano. Cuenta en su haber el impulso que dio a la High Performance Computing and Communication Act (1991) que condujo a la creación de la National Information Infrastructure, a partir de la cual —en los noventa— se desarrollaría la red Internet que hoy disfrutamos. Invención que, lo mismo que ocurrió con la escritura, la imprenta, la radio y la televisión, ha abierto en la comunidad humana una enorme ventana a la libertad de pensamiento y expresión. 3

Existe una edición en español: Gore A. La tierra en juego: ecología y conciencia humana. Barcelona: Emecé Editores, 1992. 150

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José Luis Puerta

Sería un absurdo creer que todo lo que nos muestra Gore en su documental Una verdad incómoda (y en su libro4 homónimo) sobre el cambio climático, así como las medidas que propone para su mitigación, son verdades reveladas y, por tanto, incuestionables. Por eso no debe sorprender que en el Reino Unido las autoridades hayan establecido que los escolares puedan ver el documental en los colegios con algunos subtítulos donde se les alerta acerca de inexactitudes e, incluso, exageraciones. Pero no hay que perderse en el laberinto de las anécdotas; lo verdaderamente importante —y que además curiosamente constituye una paradoja— es que Gore ahora, que no tiene poder político, está siendo capaz de hacer más por frenar la contribución humana al cambio climático que cuando era vicepresidente. Su principal virtud está resultando ser la de avivar un estado de opinión que propicia la inclusión de los temas medioambientales en las agendas políticas. (Algo parecido al encomiable trabajo realizado por Bill Gates desde hace un lustro con las enfermedades que devoran al tercer mundo.) Sin embargo, todos estos esfuerzos son vanos si el común de los mortales arrobado por las ominosas consecuencias de la deforestación de la Amazonía o de la fundición de los casquetes polares, sigue bajando la ventanilla de su automóvil y arrojando los envases de sus bebidas a la cuneta, o no quiere enterarse de que tener 24 horas al día funcionando su frigorífico constituye su aportación personal al cambio climático inducido por el hombre (bien sabe el lector que la lista de ejemplos como éstos podría ser casi infinita). En este sentido hay una reflexión de Gore que es muy oportuna como colofón y a la cual, además, no se puede oponer objeción alguna: “La crisis climática no es un asunto político; es un reto moral y espiritual para toda la Humanidad”5. * * * Al igual que siempre, los que hacemos esta Revista de Humanidades agradecemos a los amables lectores sus comentarios y a nuestra benefactora, la Fundación Pfizer, el apoyo incondicional con el que nos distingue. Hasta el próximo mes de junio. José Luis Puerta

4 5

Gore A. Una verdad incómoda. Barcelona: Editorial Gedisa, 2007. Al Gore's statement on winning the 2007 Nobel Peace Prize, en: www.algore.org (acceso: 2-XI-2007).

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Artículos

¿Faltan médicos en España? Is there a need for more medical doctors in Spain? ■ Miguel Ángel García y Carlos Amaya

Resumen En la actualidad los datos disponibles no confirman la existencia de un déficit absoluto de médicos en España, aunque ponen de relieve que lo habrá en un futuro próximo. Los problemas actuales de “falta de médicos” parecen estar originados en una mala distribución de los mismos. Y dado que todo apunta a un empeoramiento de la situación, es necesario pensar y planificar las necesidades que va a tener España de médicos con una perspectiva a largo plazo.

Palabras clave Planificación sanitaria. Recursos humanos para la salud. Demografía médica. Distribución geográfica.

Abstract Available information does not currently confirm the existence of an absolute shortage of medical doctors in Spain, but rather highlights that this difficulty will exist in a near future. The current problems of “lack of doctors” seem to have their origin in an incorrect distribution of personnel. Given that recent events point to a worsening of the situation, it is necessary to think ahead and plan for Spain’s future need of doctors from a long-term perspective.

Key words Health planning. Human resources for health. Medical demography. Geographical distribution.

■ La profesión médica en España tiene abierto, entre otros frentes, el cuantitativo. El conocimiento existente no parece justificar una situación de “crisis” El primer autor es médico especialista en Medicina de Familia y Comunitaria, máster en Bioética y Derecho y Coordinador de Estudios de la Fundación CESM. El segundo firmante es médico especialista en Neurocirugía, Doctor en Medicina y Secretario General de la Fundación CESM. 152

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Miguel Ángel García y Carlos Amaya

como la que parecen vivir los organismos gestores de la asistencia sanitaria para encontrar profesionales cualificados que garanticen una asistencia de calidad a sus ciudadanos. Por ello se hace necesaria una profunda revisión de la situación, tarea sumamente compleja debido a distintos factores: la inexistencia de registros profesionales; la dificultad de prever la evolución de las necesidades en salud de los ciudadanos; la globalización con la consiguiente movilidad internacional de profesionales, etcétera. Pero se trata de una tarea necesaria si queremos hacer frente al futuro de una forma activa, y no como si se tratara de una fatalidad sobre la que fuera imposible intervenir, al estilo de la tragedia griega.

¿Dónde estamos? Breve historia sobre el análisis de la demografía médica en España La reflexión sobre la demografía médica en España se ha dinamizado mucho en los últimos años. Algunos análisis de ámbito europeo apuntaban la posibilidad de un déficit futuro de médicos (1) y la necesidad de establecer sistemas de planificación adecuados (2); sin embargo, nuestra tradicional situación de exceso de médicos (3, 5) (con ratios poblacionales muy superiores a la media Europea) imponía la necesidad de reducir la incorporación de nuevos profesionales. De ahí la presión sobre las facultades de Medicina para que intensificaran las políticas de numerus clausus, manteniéndose la cifra de nuevos matriculados en torno a los 4.200 alumnos/año en la última década. En ese contexto, el dato de un posible descenso del número de profesionales a partir de 2026 (5), pasó absolutamente desapercibido. Sin embargo, la reedición del estudio de la Fundación CESM en 2005 (6), que amplía tanto las bases de datos sobre los profesionales como el intervalo temporal de las proyecciones, pronostica una reducción en el número de profesionales a partir de 2019, que se adelantará en cinco años si atendemos a la ratio poblacional de los mismos, y cuestiona, según las estadísticas europeas, la idea de un excesivo número de médicos en España, planteando por primera vez la necesidad de incrementar el numerus clausus. Pero, en aquel momento, aún eran escasos los problemas para encontrar médicos (sólo puntuales, en algunas CCAA y para las suplencias y refuerzos de la época estival), y preocupaba enormemente la fuga de profesionales españoles a otros países, fruto del exceso arrastrado de décadas anteriores, que aún podría prolongarse durante una década más. Ello permitió que distintos agentes del mundo sanitario cuestionaran los resultados del citado estudio, hasta que, poco a poco, fueron apareciendo dificultades para la cobertura de nuevos centros asistenciales, haciéndose evidente la necesidad de los gobiernos de algunas Comunidades Autónomas de buscar profesionales en otros países. Saltaron todas las alarmas; se empezó a solicitar, principalmente desde las Comunidades Autónomas, un incremento de la Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:152-170

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¿Faltan médicos en España?

entrada de alumnos en las facultades, y el Ministerio de Sanidad, que aún no había avanzado en su propósito de crear un registro de profesionales, encargó un estudio sobre la necesidad actual y futura de profesionales en España (7), que no hizo sino confirmar lo ya anunciado. Mientras tanto, las cifras de homologación de titulaciones extranjeras se han disparado, con múltiples dudas sobre la calidad del proceso, y la percepción actual parece la de una auténtica crisis. ¿Es ésta la imagen fiel de la realidad?

¿Cómo estamos? Situación actual de la profesión médica en España a) El número de médicos Dado que no existe ningún registro oficial de médicos en ejercicio, los distintos estudios han intentado acercarse a la situación a través de diversas aproximaciones, lo que conduce a resultados dispares que hay que interpretar en el contexto de la metodología utilizada. La tabla 1 muestra un resumen de los datos existentes, junto con nuestra estimación sobre la cifra final de médicos según las características de cada estudio. Los datos de la Fundación CESM (6) ofrecen una cifra de médicos con posibilidad de ejercicio posiblemente infraestimada, al partir de datos de especialización “vía MIR” y no haber tenido acceso a información sobre vías alternativas de especialización, como: a) la antigua vía “de los colegios” (por la que se reconocía título de especialidad a aquel colegiado que figurara inscrito con práctica en dicha especialidad durante al menos dos años), o, b) las vías excepcionales de acceso a los distintos títulos de especialista (para quienes, sin disponer de la titulación correspondiente, hubieran ejercido en el ámbito de la especialidad durante al menos cinco años). Habría que sumarle los aproximadamente 20.000 médicos residentes (MIR) existentes en 2005 para comparar el dato con las estimaciones europeas de médicos en activo; la cifra así obtenida podría servir como aproximación del número total de médicos en España (por defecto, ya que hay que suponer la existencia de licenciados sin especialidad que no hayan solicitado habilitación para el ejercicio de la Medicina General, por encontrarse inactivos o no necesitarla para su actividad profesional). El estudio recientemente presentado por el Ministerio de Sanidad y Consumo (7) sólo toma en consideración la cifra de médicos “especialistas” que se utiliza como referencia para las proyecciones futuras; pero hay que considerar necesariamente a los médicos no especialistas, dado que muchos de ellos participan activamente en la atención sanitaria en este momento (como, por ejemplo, los médicos con habilitación para el ejercicio de la Medicina General). Los organismos internacionales de ámbito europeo (8, 9) han facilitado cifras para el año 2005 claramente superiores a las tradicionales, con una ruptura clara de la 154

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Colegios Provinciales de Médicos Fuente: Ministerio de Educación

184.396 205.000

Licenciados no jubilados

Médicos en ejercicio profesional: < 150.000 Médicos económicamente activos: 160.000 Médicos no jubilados: 184.396 Licenciados no jubilados: 205.000

Total de médicos: 159.884

111.579 (251,33)

163.500 (379,9)

Médicos en activo o en disposición de serlo: 193.700

Cifra total de médicos**

173.705 (393,81)

Médicos no jubilados

Médicos y odontólogos en activo

Médicos con capacidad legal para el ejercicio y edad menor de 65 años Médicos especialistas

Valor (ratio)*

*Datos para el año 2005, excepto para el estudio del Ministerio de Sanidad y Consumo (2007). Ratio por cien mil habitantes. **Estimación de una cifra para el total de médicos, de elaboración propia a partir de las características de cada análisis. ***Considerando edad media a la licenciatura 25 años y edad de jubilación 65 años.

Instituto Nacional de Estadística12 Elaboración propia***

EUROSTAT10, OCDE11

Ministerio de Sanidad y Consumo7

Ministerio de Sanidad (habilitaciones para el ejercicio de la Medicina General y registros MIR) Múltiples fuentes (OMC, registros MIR, homologaciones, plantillas hospitales…) Encuesta de Población Activa (Instituto Nacional de Estadística)

Concepto

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Fundación CESM6

Fuente

Estimaciones del número de médicos en España

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Autor

Tabla 1.

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tendencia previa que parece explicarse en función de modificaciones de la Encuesta de Población Activa del Instituto Nacional de Estadística (10). Hay que tener en cuenta, además, que dichas cifras incluyen a los odontólogos y estomatólogos en activo, no separados en las estadísticas españolas de los médicos, por lo que no se pueden comparar directamente con otros países europeos. En la actualidad, existen 22.150 odontólogos colegiados en nuestro país (11). Para la estimación del número total de médicos (y, considerando el número de médicos jubilados, intentar calcular la cifra de inactivos) sólo dispondríamos de dos vías: — Por un lado, la cifra de médicos no jubilados facilitada por el Instituto Nacional de Estadística (11), procedente del número de inscritos en los Colegios de Médicos. — Por otro, una aproximación a la cifra total de licenciados que no habrían superado los 65 años, a partir de la estadística de licenciados del Ministerio de Educación y Ciencia (12) a partir de 1965 y considerando una edad media de licenciatura de 25 años. Además, ya hemos mencionado más arriba cómo los datos del último estudio de la Fundación CESM podrían utilizarse como aproximación al número total de médicos. Comparando estas estimaciones de la cifra total de médicos con las de médicos en activo obtenidas por la Encuesta de Población Activa, que son las cifras consideradas por los organismos internacionales, tendríamos entre 34.000 y 55.000 médicos no dedicados a tareas sanitarias. De ellos, entre 24.000 y 45.000 se encontrarían en situación de inactividad. Incluso aplicando la tasa de incapacidad entre licenciados que proporciona la EPA (0,9%), tan sólo 2.000 de ellos se encontrarían en situación inactiva por incapacidad. Datos del primer estudio de la Fundación CESM indicaban, ya en 1996, la existencia de unos 24.000 médicos que no declaraban actividad profesional entre los poco más de 110.000 que habían solicitado la habilitación para el ejercicio de la Medicina General (4); y 18.000 de ellos se declaraban expresamente “sin ejercicio profesional”. En definitiva, del análisis realizado se desprende que del 15 al 25% del total de médicos en España no ejercería ninguno la actividad sanitaria en cualquiera de sus facetas.

b) El perfil demográfico de los médicos Las distintas fuentes coinciden en destacar la elevada feminización y el envejecimiento existente en nuestro colectivo profesional. Tenemos el perfil más feminizado de entre los países de nuestro entorno según los análisis de la OCDE (13), a excepción de Portugal, pues nuestro nivel está en torno al 47% (6, 7). Sólo nos superan los países de clara influencia soviética en el pasado, con tasas de feminización superio156

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res al 50% en Polonia, Finlandia, República Checa y Hungría. Y el fenómeno irá en aumento, ya que en torno al 70% de nuestros médicos residentes son mujeres, con grandes variaciones entre especialidades, siendo Urología, Traumatología y Cirugía Cardiovascular las que poseen menor porcentaje de mujeres como especialistas en formación (6, 7). Por otro lado, el 37% de los médicos supera los 50 años, debido a las políticas de contención de la entrada de nuevos profesionales vigentes en las últimas décadas para intentar reducir el exceso existente en los años 80. Más de un tercio de los profesionales se jubilarán en los próximos 15-20 años; pero, además, el envejecimiento va ligado a una menor actividad profesional (6). Así, ambos factores, pueden reducir tal actividad en una proporción equivalente a la pérdida de un 15% de efectivos (7, 13, 14). De ahí que las organizaciones internacionales ya comiencen a utilizar indicadores de recursos humanos que incluyen el grado de dedicación profesional (“profesionales equivalentes a tiempo completo” —full time equivalent— en el caso de la OMS) (8, 15).

c) La distribución geográfica y por especialidades de los médicos españoles Los datos existentes (fig. 1) indican una irregular distribución geográfica de los médicos en España, al igual que sucede en otros países de nuestro entorno (Portugal [16], Francia [17], Alemania [18]...). Así, mientras en Ceuta y Melilla, Castilla La Mancha, Murcia y Canarias no se alcanza la tasa de 400 médicos por cien mil habitantes, Aragón, Navarra y Madrid, con una gran capacidad formativa de pregrado, superan con creces los 500 por cien mil habitantes (11). La distribución global por especialidades también es irregular, dado que las necesidades varían de una a otra especialidad. No podemos, pues, compararlas entre ellas, pero sí valorar su dotación con respecto a indicadores internacionales (para cuyo análisis hay que atender, a su vez, a las características de cada sistema sanitario) o a la propia demanda generada por el sistema sanitario. Así, podríamos hablar de la existencia de un número de psiquiatras, cirujanos generales, internistas, otorrinolaringólogos y dermatólogos inferior, en términos poblacionales, al de los países de la Unión Europea, mientras que diversos indicadores muestran que son deficitarias en nuestro entorno Anestesiología, Radiología, Cirugía General, Pediatría y Medicina de Familia (7). La combinación de ambas distribuciones complica aún más la situación, debido a la creación de múltiples subapartados dentro del análisis (47 especialidades multiplicadas por 17 CCAA, además de Ceuta y Melilla). Pero, a pesar de la dificultad que supone no disponer de un censo de especialistas, los dos análisis publicados a nivel nacional (6, 7) muestran una gran coincidencia en las especialidades peor distribuidas geográficamente, es decir, aquéllas con una mayor desproporción entre la comunidad autónoma con más y con menos efectivos en las mismas, entre las que se Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:152-170

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¿Faltan médicos en España?

800 700 600 500 400 300 200

Ceuta y Melilla

La Rioja

País Vasco

Navarra

Murcia

Madrid

Galicia

Extremadura

C. Valenciana

Cataluña

Castilla-La Mancha

Castilla y León

Cantabria

Canarias

Baleares

Asturias

Aragón

0

Andalucía

100 España

Ratio por cien mil habitantes

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Datos Fundación CESM, 1 de julio de 2005 Datos colegiación, 31 de diciembre de 2004 Figura 1. Distribución autonómica de los médicos españoles según el análisis de la Fundación CESM (vinculación ligada al lugar de formación de los especialistas) y los datos de colegiación ofrecidos por el Instituto Nacional de Estadística (vinculación al lugar de ejercicio). Para hacer comparables los datos, se ha restado de los datos de colegiación el número de médicos residentes a finales del año 2004, y aquellos con más de 64 años. Las diferencias apuntan a la existencia de flujos migratorios interregionales.

encuentran: Alergología, Cirugía Vascular, Cirugía Cardiovascular, Cirugía Pediátrica, Cirugía Torácica, Farmacología Clínica, Bioquímica Clínica y Medicina Preventiva.

d) Emigración e inmigración de médicos Un elemento relativamente novedoso en el análisis demográfico de la profesión médica en España es el de los movimientos migratorios. No se trata de un fenómeno nuevo, ya que, por ejemplo, se conoce desde hace tiempo la emigración de algunos profesionales españoles a los EEUU en busca de mejores oportunidades de desarrollo, así como la entrada de profesionales de origen latinoamericano en nuestro país. Pero lo que hace que el fenómeno cobre actualidad en los últimos años es la coincidencia de un aparente incremento de los flujos migratorios junto con la novedosa situación de déficit, existentes o venideros, de profesionales en nuestro país. 158

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Sin embargo, no disponemos de datos oficiales en España que permitan cuantificar, y mucho menos estudiar detalladamente, esos flujos migratorios. Curiosamente, la fuente habitual han venido siendo los medios de comunicación, con noticias puntuales sobre la contratación de médicos extranjeros o la preocupación por la salida selectiva de médicos españoles hacia un determinado país, como los emigrados a Portugal o al Reino Unido. El Consejo General de Colegios de Médicos hizo una primera aproximación al número de profesionales españoles emigrados a otros países, cuantificando la salida anual en unos 900 entre 2002 y 2006, aunque con una cierta tendencia a disminuir en el último año. Ello supondría que se estaría marchando el equivalente a un 20% de los médicos que completan su formación en nuestro país cada año. Un estudio realizado por la Fundación CESM, aún inédito, ha detectado la presencia de 8.530 médicos españoles en otros países (Reino Unido, Portugal, EEUU, Alemania, Francia, Italia, Noruega, Austria, Suiza y Dinamarca), a los que habría que añadir otros 87 en Canadá (19). De ellos, más de 4.500 se encuentran registrados en los EEUU. Si tenemos en cuenta la valoración del Consejo General de Colegios de Médicos, la mitad de todos los profesionales emigrados ya se encontraba en el extranjero con anterioridad al reciente incremento de los flujos migratorios. En cuanto a la entrada de profesionales, tampoco hay datos fidedignos. Se han multiplicado las noticias sobre la entrada de médicos de otros países, sobre todo en algunas CCAA (Extremadura, Castilla La Mancha, Canarias, Cataluña), y se ha cuantificado, incluso, su peso relativo en alguna provincia (10% del total de colegiados de Barcelona, siendo extranjeros un tercio de los nuevos colegiados en 2006) (20). Existe la sensación generalizada de un rápido incremento de su número en el conjunto del país y se han formulado algunas dudas sobre la idoneidad de los procesos de homologación de sus titulaciones de origen. Una reciente estimación de la OCDE facilita la cifra de 9.433 médicos extranjeros en 2000, en torno al 7,5% del total de médicos en activo para aquel mismo año (13). En cuanto al reconocimiento de titulaciones extranjeras en nuestro país, datos obtenidos del Ministerio de Educación muestran el siguiente panorama: — Entre 2000 y 2005 habrían sido reconocidos, conforme a la legislación europea de reconocimiento de cualificaciones profesionales, 1.613 títulos de especialista procedentes de países de la Unión Europea, con un promedio de 269 titulaciones anuales. Destacarían, por su cantidad, los títulos de origen alemán (622 en los seis años del período), seguidos de lejos por los de origen portugués (284), francés (134) y británico (131). — Entre 2004 y 2006 se habrían homologado 8.228 titulaciones de licenciatura en Medicina, con un promedio anual de 2.743, y siendo 3.248 en el año 2006. De todas ellas, tan sólo el 5,7% habrían tenido que superar la prueba de conjunto para la homologación, siendo el resto de titulaciones homologadas directamenArs Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:152-170

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te por procesos de evaluación administrativa. Destacan los títulos de origen argentino (2.191), peruano (1.224), colombiano (1.034), venezolano (970) y cubano (748). Aunque ambos datos no son exactamente superponibles, se observa cómo el promedio anual de homologación de titulaciones no comunitarias supera en un factor de 10 al de comunitarias, lo que da idea del gran flujo inmigratorio que se está produciendo desde fuera de la Unión Europea, especialmente desde Sudamérica. Hay que tener en cuenta que el mero hecho de tener homologado el título no implica estar ejerciendo en nuestro país, aunque sí muestra la intención de los profesionales.

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e) Proyecciones de futuro Las proyecciones clásicas de la profesión médica mostraban un incremento del número de médicos al menos hasta 2015, y la preocupación fundamental era la escasa capacidad del mercado para absorberlo. Sin embargo, los estudios más recientes, que han prolongado el período de proyección, han mostrado una realidad más compleja. Efectivamente, y contando sólo con nuestra capacidad formativa, el crecimiento del número de médicos se mantendrá en los próximos quince años, pero la ratio poblacional de profesionales comenzará a decrecer dentro de diez, y lo hará de forma más intensa a partir de 2020 (fig. 2) (6). A ello habrá que añadir el previsible impac-

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Figura 2. Proyecciones de la Fundación CESM sobre número de médicos y ratio poblacional por cien mil habitantes.

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to de la Directiva 2003/88/CE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 4 de noviembre de 2003, relativa a la ordenación del tiempo de trabajo. La situación se complica si queremos incluir en la proyección los flujos migratorios, variables en sí mismos y muy condicionados por la mayor o menor facilidad con que se pueda conseguir la convalidación de los títulos extracomunitarios. El análisis presentado por el Ministerio (7) incorpora la entrada anual de al menos 2.300 titulados no comunitarios en sus proyecciones; a pesar de ello, la ratio proyectada se mantiene más o menos estable a lo largo del período analizado (hasta el año 2030), siendo por tanto incapaz de absorber un hipotético crecimiento en la demanda de atención, con la limitación adicional, ya mencionada, de que no parece haber tenido en cuenta al colectivo de médicos con habilitación para el ejercicio de la Medicina General que hoy pueden ejercer plenamente en el primer nivel asistencial, pero que se habrán jubilado en un elevado porcentaje para el final de dicho período. Esto se traduciría en un importante descenso de la ratio poblacional de médicos, incapaz, por tanto, de atender la demanda sanitaria en caso de que ésta se mantenga en el nivel actual. En esta evolución influyen tanto el envejecimiento de la profesión médica como la limitada renovación de profesionales condicionada por los numerus clausus. Se trata, además, de un fenómeno común con otros países de nuestro entorno (17, 18), aunque en nuestro caso se producirá con unos años de retraso, lo que puede ser muy positivo a la hora de poder desarrollar estrategias de planificación profesional basadas en la experiencia y resultados conseguidos en otros países.

¿Faltan médicos en España? Análisis de los datos a) Premisas para una respuesta Para saber si tenemos suficientes médicos en España, deberíamos partir de un conocimiento exacto de la situación actual y de la existencia de algún tipo de indicador de referencia. Ninguna de las dos premisas se cumple. Pero, a pesar de ello, no podemos esperar que la respuesta caiga del cielo. Debemos intentar hacer una valoración, coherente con los datos de que disponemos, que nos permita tomar las decisiones más correctas (o, al menos, las menos incorrectas) en cuanto a la planificación de recursos humanos se refiere. Y ello es aún más urgente cuanto más se aprecia que las decisiones que se están tomando parecen tener algo de erráticas, respondiendo precipitadamente a situaciones puntuales sin contemplar en toda su complejidad la dinámica de los recursos humanos. Determinar las necesidades de salud de la población es un problema harto complejo. No es lo mismo estimarlas subjetivamente que intentar hacerlo objetivamente a través del criterio de expertos; y esta última modalidad tiene una doble limitación en una sociedad democrática en la que la libertad del individuo es un valor fundamental y en la que la dinámica de mercado es la elegida para la regulación de las distinArs Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:152-170

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tas ofertas y demandas que puedan producirse en su seno. No olvidemos que planificar el número de profesionales debe hacerse no sólo pensando en la asistencia sanitaria del sistema público, con más posibilidades de regulación, sino también en la que surja desde la iniciativa privada, más sensible a las dinámicas de mercado. En este sentido, el incremento del poder adquisitivo, el desarrollo tecnológico y la mayor conciencia de los derechos de los ciudadanos como pacientes parecen apuntar a un incremento de la demanda de servicios sanitarios. A ello se sumará el incremento derivado del envejecimiento de la población y la posibilidad creciente de ofrecer servicios que mejoren el nivel de salud de este segmento de población. Aunque hay quienes no apoyan esta suposición, parece prudente partir de unas necesidades que, como mínimo, se mantendrán estables en el tiempo, y considerar la evolución esperada del número de habitantes de nuestro país. Pero, dado que, asumiendo la constancia de esas necesidades, aún no existe un indicador que nos describa exactamente el nivel actual de las mismas, todavía podemos intentar valorar nuestra situación en relación a los países de nuestro entorno, comparar los datos de unas comunidades autónomas con otras, o valorar la posible evolución futura en relación al número actual de efectivos. Utilizaremos el criterio que consideremos más adecuado en cada caso. Por último, la pregunta encierra una complejidad adicional: la práctica de la Medicina está hoy muy compartimentada, dividida en 47 especialidades y en 17 sistemas sanitarios autonómicos. Habrá, por tanto, que abordarla de una manera progresiva. Lo haremos como sigue: — ¿Hay suficientes médicos en España? — ¿Hay suficientes médicos de todas las especialidades en todos los lugares de España? Es decir, ¿están bien distribuidos? — ¿Habrá suficientes médicos en el futuro?

b) ¿Hay suficientes médicos en España? Probablemente sea la cuestión más difícil de responder, dada la disparidad de datos existentes que ya comentábamos más arriba (tabla 1). Sin embargo, habría que reconsiderar la idea de un excesivo número de médicos en España, ya que no viene suficientemente avalada por los datos. De cualquier forma, estar por encima de la media europea podría ser positivo en una época en que son muchos los países que están padeciendo déficit de profesionales en distinto grado, ya sea por carencia pura y dura de los mismos (Reino Unido), ya por desajustes territoriales (Francia [17], Alemania [18]). Lo que sí es cierto es la existencia de dificultades para encontrar médicos en distintos ámbitos geográficos y en diferentes especialidades. Si bien esto puede responder más a problemas de distribución regional o de efectivos de determinadas especialidades, no se puede descartar que se trate de los primeros indicios de desequilibrio entre la oferta y la demanda de médicos, que estaría mostrándose primero en 162

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aquellas regiones o especialidades con una oferta más ajustada: distribución regional y disponibilidad global de profesionales no parecen ser fenómenos independientes (21). Los datos de emigración e inmigración de médicos podrían también ser útiles en esta aproximación a la realidad médica española, dado que la situación del mercado de trabajo es un factor importante a la hora de determinar los flujos migratorios (22, 23). Sin embargo, la situación también es confusa en este campo, dado que se producen flujos bidireccionales en nuestro caso, predominando en el último año el flujo inmigrante. Quizá la respuesta no esté en la existencia de una situación de déficit o superávit, sino en que estos médicos estén distribuidos de distinta forma en cada una de las especialidades o de las regiones españolas. Sobre ello reflexionaremos en el siguiente apartado. Tal vez, el origen de las diferentes interpretaciones y argumentos que han defendido la idea del tradicional superávit de médicos en España pueda ser la cifra de médicos fuera del ámbito sanitario. La cifra de licenciados españoles es persistentemente superior a la media europea, mientras que la de médicos en actividad se mantiene en niveles medios. Esta discrepancia podría deberse al gran contingente de médicos licenciados en los años 70 y 80 que no pudieron acceder a la especialización ni al mercado de trabajo y que habrían podido optar en su día por la inactividad o por la ocupación en actividades no sanitarias. La reflexión sobre este colectivo no es baladí, ya que se trataría de un contingente profesional sobre el que poder actuar buscando su integración al ejercicio activo, lo que podría estarse produciendo ya de facto en una situación como la actual, en la que se oferta anualmente casi un 50% de plazas de formación especializada en exceso sobre el número anual de licenciados (24). Finalmente, no bastaría con conocer si es adecuado el número de médicos, sino que habría que investigar su nivel de actividad. No sólo por la existencia de médicos inactivos, sino también por el grado de dedicación profesional de cada médico activo. No conocemos ningún análisis sobre el nivel de actividad de nuestros médicos, que podría verse afectado por el elevado grado de envejecimiento y feminización del colectivo; factores que en otros países han ido ligados a la reducción de la actividad profesional (13, 14).

c) ¿Están bien distribuidos nuestros médicos? He aquí la que parece ser la clave principal de nuestro análisis. Los déficit están afectando de forma particular a algunas especialidades, y son algunas comunidades autónomas (Canarias, Extremadura y, más recientemente, Cataluña y Castilla La Mancha) las que primero se han visto obligadas a recurrir a profesionales extranjeros en algunas de aquéllas, ante la carencia de profesionales autóctonos. Detrás de ello puede haber una doble motivación: la irregular distribución de profesionales en nuestro territorio, y el importante crecimiento experimentado por nuestro dispositivo asistencial en el contexto de las transferencias sanitarias, después de un período previo de estancamiento (25). Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:152-170

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Ya mencionamos anteriormente la dispar distribución del conjunto global de los médicos, así como de las distintas especialidades por CCAA. Si bien esto puede tener alguna justificación para algunas especialidades de mayor requerimiento tecnológico o de equipamiento, cuya distribución se concentra en torno a los grandes complejos hospitalarios, la irregularidad en la dotación de otros especialistas redunda directamente en la inequidad en el acceso a los servicios de dichos especialistas, en muchos casos tan básicos como médicos de familia, pediatras, internistas o cirujanos generales. La corrección de este tipo de desequilibrios es compleja, ya que depende de una buena dotación global de cada especialidad (a través de una adecuada oferta de plazas de formación MIR) y de medidas que permitan la adecuada distribución geográfica de la misma. Los déficit existentes, calificados de puntuales en el reciente informe ministerial (7), pueden, sin embargo, estar apuntando a la existencia de un cambio en la tendencia de la profesión médica, como ya hemos reseñado. De ahí la importancia de una coordinación en la actuación de las administraciones central y autonómica, para conseguir una adecuada asistencia sanitaria a nivel regional en el contexto de una correcta planificación general de la profesión médica.

d) ¿Habrá suficientes médicos en el futuro? La respuesta, en este caso, parece claramente negativa y en ello coinciden los análisis realizados por los dos grandes estudios demográficos hechos en nuestro país, que, asumiendo el esperado crecimiento demográfico, una demanda sanitaria estable (horizonte poco probable) y una distribución de responsabilidades entre profesionales similar a la actual, vaticinan una oferta inferior a la actual en las próximas décadas en relación a las cifras poblacionales previstas. Ni el ritmo actual de homologaciones (7), ni un incremento de la capacidad de formación de pregrado de hasta el 50% (26) podrían, de manera aislada, eliminar ese descenso de la oferta, aunque sí lograrían atenuarlo.

¿Qué podemos hacer? La situación, por tanto, podría definirse como de transición desde una época de excedentes profesionales importantes hacia otra de déficit global, mostrando en este momento carencias parciales que justifican una cierta sensación de desequilibrio. Sin embargo, la situación llegará a ser crítica, según apuntan las predicciones, si no tomamos medidas, o si lo hacemos de manera aislada o al margen de una reflexión seria y estructurada, que no parece producirse aún en las instituciones sanitarias y profesionales. Es evidente que no podemos predecir el futuro y saber exactamente cuántos profesionales, de qué tipo y con qué formación específica podremos precisar en un momen164

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to dado, ni qué nivel de necesidad experimentará nuestra sociedad en cada momento de su historia venidera. Y ello debido a dos factores fundamentales: a) la imposibilidad de predecir exactamente el comportamiento de determinadas variables, dadas las múltiples interacciones que se producen entre ellas con el paso del tiempo, y b) la posibilidad de que aparezcan imponderables. Sin embargo, esto no debe llevarnos a la inacción. Si no preparamos una “hoja de ruta” que contemple prudentemente el futuro, las posibilidades de que la situación llegue a ser realmente crítica se incrementarán exponencialmente. ¿Qué podemos hacer para “construir” el futuro de una manera responsable? Clásicamente, se habla de una planificación a largo, medio y corto plazo, siendo de especial trascendencia la primera, dado el largo período necesario para formar a un médico y su permanencia prolongada en la actividad profesional (hasta 35-40 años). A su vez, la falta de visión a largo plazo es responsable parcialmente de la situación actual: la generación de médicos hoy en activo en el sistema sanitario (constituyendo un importante tapón laboral) al jubilarse en los próximos diez o quince años “destapará” un profundo “agujero”. Pero, dadas las interacciones que surgen entre las distintas medidas, con sus marcos temporales respectivos, vamos a hablar de una “planificación de fondo”, centrada en el medio y largo plazo, con el objetivo de mantener una situación más o menos “estable”, y un conjunto de “medidas de ajuste” que puedan servir para equilibrar, en el corto y medio plazo, las situaciones que puedan irse produciendo. En un momento como el actual es fundamental no perder de vista ninguna de las dos ópticas.

a) Medidas de fondo 1. Registro de profesionales Es imposible realizar un correcto seguimiento de la situación si carecemos de herramientas tan básicas como un registro de los médicos existentes en cada momento, así como de su situación profesional. La inexistencia actual de dicho registro es un signo evidente de irresponsabilidad de las administraciones sanitarias y de las organizaciones profesionales. Se trata de una medida urgente y que no puede seguir demorándose indefinidamente. 2. Provisión adecuada de profesionales Disponer del número adecuado de profesionales en cada momento y evitar oscilaciones como las actuales, es un objetivo esencial de la planificación sanitaria. Si, por un lado, el exceso de profesionales origina problemas de paro y subempleo, además de un mayor riesgo de incremento del gasto sanitario e ineficiencia del sistema formativo, por otro, su déficit puede poner en riesgo la atención sanitaria de la población y generar importantes tensiones migratorias —como las observadas en Europa en el último año, incluyendo a nuestro país—, con las consecuencias que ello puede suponer para los sistemas asistenciales de los países de origen. Todo ello, a la vez que Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:152-170

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se impide a nuestros jóvenes, con razones discutibles, la entrada en la profesión que desean. En función de las predicciones ya comentadas, parece necesario incrementar el número de plazas de pregrado en nuestras facultades, debiendo tener presente en su cuantificación la posibilidad de que los profesionales extranjeros que se están incorporando a nuestro país permanezcan aquí. Parece también evidente la necesidad de adecuar la oferta de plazas de posgrado a la de pregrado, al menos en el medio y largo plazo. A corto plazo, el actual desequilibrio entre ambas (las plazas MIR ofertadas anualmente superan en un 50% a las de licenciatura) puede tener efectos beneficiosos, como: a) la recirculación de médicos hacia las especialidades más demandadas y valoradas; b) la incorporación de médicos extranjeros a través de una formación especializada de calidad y acorde con nuestro sistema sanitario, y c) la recuperación de médicos de la famosa “bolsa histórica” que hubieran abandonado el ejercicio profesional, pero que decidieran reincorporarse en este momento. Sin embargo, el desequilibrio actual también parece tener efectos negativos, como la cobertura incompleta de plazas de algunas especialidades, como la ya deficitaria Medicina de Familia, o el abandono prematuro de las mismas en busca de especialidades más demandadas. Se hace necesario, por tanto, un profundo seguimiento de la situación actual, que gestione el desequilibrio existente entre pre y posgrado y lo encamine a una situación de equilibrio que parecería deseable a medio y largo plazo. En el cálculo de los efectivos debería tenerse en cuenta, por último, el envejecimiento y la progresiva feminización de la profesión médica, así como la regulación de la jornada laboral, con las repercusiones que ello pueda tener en la productividad de la profesión. Analizar la edad de jubilación merecería un capítulo aparte, pero en cualquier caso debe modularse con cautela, debido a que con ella se está prolongando o acortando el período productivo de los médicos. 3. Adecuación de las competencias profesionales La transferencia de competencias entre las distintas profesiones sanitarias es un tema ampliamente debatido en numerosas instancias. No es fácil que se encuentren grandes acuerdos en este campo, y cualquier cambio se enfrentará a incontables dificultades. En cualquier caso, las competencias deberían estar en manos de aquellos profesionales mejor preparados para ejercerlas de forma eficiente y con una cualificación adecuada. Y no se puede caer en el error de hacerlo sólo con una perspectiva económica, ya que las competencias tienden a volver a su nivel competencial de origen, como podemos apreciar en el actual conflicto de los técnicos sanitarios. Un aspecto concreto de esta distribución de competencias dentro de la propia profesión médica es el de la posible troncalidad en la formación especializada. Ello conllevaría la capacidad de reconvertir algunos médicos de una especialidad en otra más 166

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necesitada en un determinado momento sin el considerable esfuerzo que supone realizar la formación completa en una nueva especialidad. Aunque el camino se ha comenzado, no parece que vaya a estar libre de obstáculos por la existencia de opiniones divergentes entre las distintas especialidades. 4. Mejora de la distribución geográfica de los profesionales Uno de los problemas más serios a los que se enfrentan nuestros sistemas sanitarios es el de la desigualdad territorial en la oferta sanitaria, con una considerable desventaja de las áreas rurales y cinturones industriales de las grandes ciudades. Sin embargo, existe poca evidencia sobre la mejor forma de reducir dicha desigualdad y en España no se ha analizado adecuadamente esta situación. Por lo tanto, es necesario progresar en esta dirección, y mirar con atención las medidas que ya se están tomando en otros países de nuestro entorno (incentivos a la instalación en zonas mal dotadas [16], creación de nuevas facultades en áreas geográficas remotas [27]). 5. Gestión respetuosa de los recursos humanos Es necesaria una adecuada motivación de los profesionales para garantizar no sólo su permanencia en activo, sino una buena práctica. De ahí que parezca mentira que aún debamos recordar cuán necesario es crear un ambiente laboral positivo y respetuoso para con la salud del profesional, así como proporcionarle unas condiciones retributivas y de ejercicio favorables al desarrollo de la actividad sanitaria. En este contexto no se puede olvidar que, en un servicio con la dimensión que tiene la atención a la salud, los profesionales no han de ser considerados como meros medios de dicha actividad. La confianza y el buen trato a los profesionales repercutirá, sin lugar a dudas, en el resultado final de la atención sanitaria, sobre todo si se apoya el trabajo de las organizaciones profesionales encargadas de garantizar una buena práctica. 6. Política coherente de reconocimiento de títulos extranjeros El fenómeno de la movilidad de los profesionales es un fenómeno inserto en los procesos de globalización y que difícilmente desaparecerá. Disponer de un sistema que garantice un correcto nivel de formación de los médicos titulados en otros países, comparable al de los médicos españoles, y que no ponga en riesgo la calidad asistencial, contribuirá a la normalización de los flujos migratorios y a su mejor aceptación en nuestro medio. 7. Definición de un modelo sanitario estable La politización de la Sanidad, junto con la indefinición sobre el futuro, no facilita la adecuada planificación de la asistencia y, con ello, de las necesidades de recursos, tanto humanos como materiales. Se hace necesario caminar hacia un modelo estable de sistema sanitario, que quede fuera del juego político y que satisfaga las necesidades de la sociedad, como marco para cualquier planificación que pretenda un adecuado funcionamiento de la atención sanitaria. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:152-170

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8. Una oferta sanitaria realista y basada en evidencias En línea con lo anterior, la oferta de servicios no debe tener su fundamento en la lucha política, sino en criterios técnicos de evidencia científica y de adecuación a las necesidades de la población. La sobreoferta apreciable en muchos programas sanitarios no sólo contribuye al incremento del gasto y a la sobrecarga de los profesionales, sino que genera una insostenible medicalización de la población.

b) Medidas de ajuste Junto a estas medidas referentes al medio y largo plazo, hay actuaciones que pueden contribuir a un ajuste más puntual de la situación y que en este momento cobran especial importancia por la existencia de desequilibrios regionales y entre las distintas especialidades. Sin embargo, no deben ser la base fundamental de una buena planificación, porque significaría dejar a la coyuntura de cada momento la posibilidad de corregir los desajustes que se produzcan. Entre ellas podemos señalar la contratación activa de profesionales foráneos (procurando no empeorar con ello la situación en sus zonas de procedencia, tanto fuera de nuestro país como entre Comunidades Autónomas), la adecuación puntual de la cartera de servicios y de las responsabilidades respectivas de cada uno de los profesionales sanitarios, la incentivación del regreso a la actividad profesional de médicos que la hubieran abandonado, la recuperación de profesionales emigrados, etcétera. El espectro de medidas es muy amplio y abierto a la creatividad en los respectivos ámbitos profesionales y de gestión, y nuestra intención no es agotarlo. Baste la variedad de las mismas para insistir en la necesidad de aproximaciones complejas y atentas a la diversidad de elementos (formativos, laborales, de gestión, asistenciales...) que influyen en la disposición de profesionales competentes en suficiente número para poder prestar la atención sanitaria que se merecen nuestros conciudadanos.

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Resumen Con la excusa de encontrarnos en pleno Año Polar Internacional (2007-2008), que responde a una iniciativa internacional para mejorar los conocimientos sobre el planeta, el terreno, el océano, el hielo, la atmósfera, el espacio y la población, el autor nos adentra en el mundo y en el significado de las extensas tierras heladas que cubren la Tierra.

Palabras clave Año Polar Internacional. Antártida. Ártico.

Abstract Since we are now fully immersed in the International Polar Year (2007-2008), which is an international initiative to improve our knowledge of the planet, land, oceans, ice, atmosphere, space and people, the author takes us into the world and significance of the extensive frozen regions that are to be found throughout the Earth.

Key words International Polar Year (IPY). Antarctica. Arctic.

■ El reto polar Claro está, todos los años son polares. Sobre todo para los especialistas en la naturaleza ártica y antártica que obligadamente repiten sus ausencias de los terrenos confortables de nuestras latitudes para obtener datos en las áreas polares y subpolares, a veces en cualquier estación, más frecuentemente en los respectivos veranos de cada hemisferio. Pero este hábito se formalizó realmente en la Antártida hace cincuenta

El autor es catedrático de Geografía Física de la Universidad Autónoma de Madrid. En 1991 recibió el premio Nacional de Medio Ambiente. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:171-184

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Faro del Fin del Mundo o de San Juan de Salvamento, réplica del que existió en la Isla de los Estados (Argentina). En él se inspiró Julio Verne para su novela El faro del Fin del Mundo (cortesía de José Luis Puerta).

años para los científicos mediante estancias programadas e instalación de bases permanentes o temporales en el continente meridional y en sus islas inmediatas. Fue el Año Geofísico Internacional de 1957 el que abrió el camino que ahora conmemoramos, medio siglo después, con un nuevo Año Polar (The International Polar Year, 2007-2008). Sin duda, por ello habrá impulsos y buenas cosechas de observaciones en las remotas regiones boreales y australes. También es una muestra de fidelidad hacia actitudes de estudio y empresas generosas de exploración y conocimiento, aunque no todos lo entiendan así. No es un problema de ahora mismo, pues la epopeya polar de la edad de oro de la exploración también presentó un rostro competitivo y posesivo que, por fortuna, no prosperó. Entre esos objetivos científicos de este año que mantienen, a la vez, el estilo polar más puro —un espíritu aún de exploración con la menor impedimenta posible— cabe 172

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destacar la gran travesía antártica realizada recientemente por un pequeño equipo español, muy experto en terrenos polares, asistido por nuestra Universidad y por RTVE. La “Expedición transantártica española”, que finalizó en enero de 2006, tenía como principal objetivo atravesar el continente austral de costa a costa, realizando una secuencia de observaciones y registros previamente programados al detalle en sus técnicas y lugares, con la toma seriada de muestras de nieve y de hielo. Hizo su recorrido siguiendo un radio desde el litoral hasta el centro del continente y luego volvió a la costa por distinto itinerario, según otro radio en ángulo abierto respecto al anterior. En total, alrededor de 4.500 km de viaje de exploración a través del hielo, orientado instrumentalmente como en la mar, cruzando el continente de parte a parte, pasando por su polo de inaccesibilidad y obteniendo una muestra nivo-glaciar cada 50 km. Uno de sus objetivos era el de navegar a vela sobre un trineo-catamarán deslizándose a través de la superficie del casquete helado, lo que remite a la vieja aventura con sabor a novela de Julio Verne, sin duda uno de sus ingredientes más simpáticos y de sus logros más notorios, que además tenía una utilidad manifiesta: valerse del uso experto del viento, como los navegantes antiguos o los deportivos actuales y, con ello, evitar, por un lado, consumos a partir de energías allí dependientes de productos artificiales y lograr, por otro, no producir ninguna contaminación: física, química, visual, acústica, ni arquitectónica. A la fugacidad de todo viaje se añadió no dejar rastro. El trineo se adaptó a la materia y a sus fuerzas y se deslizó por los inacabables campos de hielo. De este modo, el equipo fue durante todo su trayecto realizando observaciones sistemáticas glaciológicas para inventariar los tipos de glaciares existentes; fue registrando a lo largo del doble perfil continental de su itinerario, en lugares donde nadie antes había recogido datos y en una unidad de tiempo dada, una tabla completa de observaciones meteorológicas y recogió constantemente muestras de nieve y de hielo, para su posterior análisis hidrológico en laboratorios especializados internacionales. Entretanto, además, el equipo filmó un documental de su extraordinaria aventura, llena de peripecias y de bellísimos paisajes, para la serie Al Filo de lo Imposible de RTVE. La cátedra de Geografía Física de la Universidad Autónoma de Madrid se encargó de la coordinación de este proyecto científico, que tuvo el obligado respaldo de la Dirección General de Investigación y del Comité Polar Español, con la colaboración del Instituto Glaciológico de Grenoble (Francia) y del Bird Polar Institute (EE UU). El análisis de estas aguas muy puras procedentes de la Antártida es fundamentalmente químico y tiene un interés especial por sus componentes, que aportan datos reveladores sobre la atmósfera, sobre todo en perforaciones de gran profundidad, como ocurre en Vostok, donde el hielo ofrece seriadamente datos que retroceden en el tiempo. El hielo hace hablar al tiempo. Había un precedente de investigación sobre la nieve antártica superficial por equipos españoles en el Monte Vinson en 1990 y varios sobre los glaciares en las Shetland del Sur desde ese mismo año, pero el muestrario recogido en esta ocasión es mucho Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:171-184

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más diverso y amplio, al tratarse de un perfil continental completo. Así, a la espera de los resultados finales de las casi cien muestras recogidas, estos nuevos datos se sumarán a otros a escala continental, con aportaciones de lugares desconocidos para proceder a su examen comparativo. Hay que tener en cuenta, en un sentido más general, que tanto la Antártida como el Polo Norte fueron explorados tardíamente por su misma naturaleza inhóspita, y aún a mediados del siglo XX los mapas desconocían la configuración de las áreas montañosas interiores antárticas. Esta singular contribución por el interior continental en este año polar, realizada con dos estilos expedicionarios y con innovaciones manifiestas, aparece como un logro original dentro de la historia científica y exploratoria española en la Antártida. Una historia bastante reciente, ya que España se adhirió al Tratado Antártico en 1982 e ingresó en él definitivamente en 1988; un año antes se había asociado al Comité Científico Internacional y sólo desde 1990 nuestro país pasó a ser miembro pleno del mismo. La Base Antártica Española se instaló en la temporada de 1987-1988 en la solitaria isla Livingston, en el archipiélago de las Shetland del Sur a 62º39’ S y ha sido nuestro punto de conexión con la investigación polar y nuestro terreno de estudio más original y frecuentado. Por ello, aunque algunos de nuestros investigadores han llevado a cabo estudios ocasionales en el continente, éste significa todavía un reto; nuestro verdadero reto.

Montañas occidentales de Groenlandia (cortesía del autor).

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Otro terreno de trabajo que debería constituir un serio proyecto futuro en el Ártico es Groenlandia. El mismo equipo de la “Expedición transantártica española” se preparó técnicamente en los hielos groenlandeses. Ha habido algunas expediciones científicas españolas o con algún español en campañas extranjeras de investigación en estos parajes, pero esporádicamente y en muy contadas ocasiones. Bien es cierto que con cierta veteranía, pues nosotros mismos hicimos una expedición a las montañas occidentales de Groenlandia con objetivos geomorfológicos en 1977. Pero no existe aquí un programa de investigación similar al antártico, aunque ofrece posibilidades de obtención de datos bastante similares, con el contraste añadido de los ambientes boreales. En mi experiencia está, por ejemplo, la observación de los marcados retrocesos de las lenguas glaciares groenlandesas ya en la segunda mitad del siglo XX.

La atracción de los hielos Las altas montañas de nuestro continente o las más norteñas podrían ser referencias de los paisajes del frío, ahora acantonados en sus cumbres o en las de otras cordilleras, incluso las intertropicales, o en las regiones polares. Son “islas” de resonancias árticas y no sólo por sus rocas pulidas y estriadas o por sus glaciares, sino también por las formas de vida que albergan; desde flores diminutas a altas coníferas o animales refugiados en sus santuarios, evocadores tal vez de la tundra o la taiga, pero ahora discontinuos, rodeados por un océano de tierras de temperaturas templadas conquistado por los hombres. Son los castillos del frío tras el despiece del paisaje de la última glaciación. Sin embargo, como todos sabemos, en los extremos geométricos del Globo terrestre aún resiste el dominio del hielo en amplias regiones, pese a sus tendencias, más o menos recientes, más o menos rápidas, a la deglaciación. El Mont Blanc (4.808 m) fue entendido por los poetas románticos como un polo europeo, aunque con cuatro estaciones, y los espacios polares como un terreno paralelo, en los siglos XIX y XX, a la exploración y conquista de las cimas. Se llegó a denominar al Monte Everest (8.848 m) como el “tercer polo”, tanto por ser la tercera gran “extremidad” de la Tierra, un tercer finisterre absoluto del Planeta en altitud, y por tener su conquista un carácter similar en la historia de la exploración mundial. Más aún para los ingleses, pasado el sinsabor de la tragedia de Scott en el Polo Sur. Las barreras de hielos preservaron el misterio de los Polos hasta principios del siglo XX. Al norte o al sur extremos, sólo había desconocimiento. Pero ese secreto no era sino hielo y más hielo. Las acciones de exploración fueron no pocas veces heroicas y sacrificadas. Como, por ejemplo, las de Sir John Franklin (1786-1847), Fridtjof Nansen (1861-1930), Roald E. G. Amundsen (1872-1928) o Robert F. Scott (18681912), entre otros, y, aunque sólo desvelaron frío, desolación y campos de hielo, enseñaron cómo era la Tierra que habitamos hasta su último confín. Los mapas sabían lo que tenían que representar y borraron sus vacíos, interrogaciones o dudas entre cosArs Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:171-184

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tas, huecos y posibles mares. Las zonas perdidas o sólo referidas a los mitos geográficos, incluso en el siglo XIX, mostraron un elevado interés para la ciencia. La tradición científica sobre el conocimiento de los glaciares se inscribe en el movimiento naturalista que nació en el siglo XVIII en los Alpes y luego se extendió a todo el planeta. Cuando ese interés se inicia, aún eran directamente visibles en Europa los efectos de la progresión glaciar histórica llamada la Pequeña Edad del Hielo, oscilación positiva de los glaciares, bien marcada en los Alpes desde el siglo XVI y que continuó con relativa estabilidad hasta mediados del XIX, cuando comenzó bruscamente su retroceso, en el que seguimos. La producción derivada de este interés fue tanto artística como científica y en ambos casos, con lógica frecuencia, alpinística. No faltan descripciones literarias junto a grabados, dibujos o pinturas de los observadores de la altitud. Éstos han ido así dejando excelentes testimonios sobre la historia glaciar moderna, principalmente de los macizos montañosos más afamados, desde fines del XVIII hasta hoy, cada vez con más precisión, sistema y cobertura. En nuestras montañas, la primera aportación original estuvo a cargo de los pirineístas franceses. Pero, aunque arrancó tempranamente con el barón de Carbonnières, Louis François Élisabeth Ramond (1755-1827), para su sistematización hay que esperar a fines del siglo XIX. Ramond de Carbonnières exploró a fines del XVIII y comienzos del XIX sobre todo el macizo de Monte Perdido (3.355 m, Parque Nacional de Ordesa, Monte Perdido), alcanzando incluso su cumbre, y describió su gran cascada glaciar de modo expresivo, mezclando geografía, sensaciones y estilo literario ante el gran espectáculo que entonces ofrecía su vertiente norte: “los glaciares brillan y la cima de Monte Perdido resplandeciente de claridades celestes parece no pertenecer a la Tierra. Todo está acorde: el aire, el cielo, la tierra y las aguas. Inmensos macizos de hielo abruman con su peso los escalones desmembrados de la montaña y tres de estos pisos están cargados de tales amontonamientos de puntas extrañas que se les puede comparar con olas sólidas”. Sin duda, este estilo creó escuela y no poco de la exploración de las cordilleras y de los polos arranca, para ser bien entendido, de esta fascinación romántica por los paisajes helados. Como decíamos, la primera aportación de conjunto a los glaciares pirenaicos no se realizó hasta 1894, investigada por el geógrafo francés Franz Schrader (1844-1924), y fue antecedida y seguida por muchas observaciones como, por ejemplo, de Charpentier, de Franqueville, de Petit, Wallon, Cadier, Gaurier, Plandé, Russell, Lequetre, Bonaparte, Rocheblave, Trutat, Brulle o Barrére. Ya en el XX hay aportaciones españolas de Faura en 1923; de Gómez de Llarena y de García Sáinz en 1935; de Hernández-Pacheco y Vidal Box en 1945, o de Solé Sabarís en 1951. Asimismo, desde los años setenta nosotros realizamos investigaciones sistemáticas en el Instituto Español de Glaciología y en el Programa ERHIN (Estudio de los Recursos Hidráulicos producidos por la Innivación en la alta montaña española), que tuvieron como base el Pirineo español y se extendieron al mismo tiempo a otras cordilleras y a las áreas 176

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polares. Podríamos aplicar a estos recuerdos las viejas palabras de Alfred de Musset (1810-1857): “Salut, terre de glace, amante des nuages, terre d’hommes errants”.

Paisajes del hielo Pero las dos regiones polares son extraordinariamente distintas entre sí. La Antártida está defendida por varios círculos geográficos concéntricos en los que van aumentando el rigor climático y la lejanía y va disminuyendo la posibilidad de supervivencia. El primero de ellos, para el explorador que hace su itinerario de norte a sur desde América, aparece ya incluso en este continente, en las extensiones heladas andinas patagónicas y fueguinas, con sus montañas extremadamente nivosas y sus extensos campos glaciares. Tras el límite del ángulo meridional americano, se interpone un paso de mar rugiente, donde aún se miden los navegantes con las galernas más agitadas del Globo. Dos archipiélagos, el de las Georgias del Sur y el de las Shetland del Sur, anuncian lo que va a ser la Antártida continental, los ice-shelves de los mares de Ross y de Weddell, y el banco de hielo marino que forma un cinturón invernal alrededor de las costas antárticas. El continente, que está ampliamente cubierto por un inlandsis de 12,5 millones de km2 y más de 4.000 m de profundidad en su sector de mayor espesor, tiene también sus propios círculos en el anillo costero y en el gran domo interior, aunque queden cortados por largos y elevados muros montañosos, que añaden su altitud al rigor polar en paisajes de fuerte originalidad. Así, la Cadena Transantártica asciende a los 4.500 m de altitud y las Ellsworth Mountains alcanzan los 4.897 m. Pero la belleza fantasmal de los riscos de la Tierra de la Reina Maud, cuyas puntas emergen del hielo y evocan unos Alpes en él sepultados; o los Andes polares de la Península Antártica, con sus aristas congeladas que caen en precipicios sobre el mar, constituyen lugares de extraordinaria calidad plástica y rechazan todo intento de reducir la naturaleza antártica a una inexistente monotonía regional. De este modo, para llegar al Polo Sur ustedes deberán navegar entre icebergs, salvar la barrera del pack o de los ice-shelves, atravesarlos, alcanzar el inlandsis, acaso esquivar o ascender sus montañas interiores y atravesar el interminable casquete de hielo, ascendiendo su loma. Si ustedes quieren, en cambio, acercarse al Polo Norte, su itinerario les llevará, primero a sortear los “pie de hielo” que hacen de acera en los continentes que rodean al Océano Ártico; habrán de alcanzar la frágil banquisa entre los mares costeros, más o menos congelados; tendrán que rebasar sus témpanos tabulares, rodear sus polynias y canales; y, cuando alcancen el pack más continuo y compacto, pero nunca inmóvil ni permanente y siempre delgado y frágil, trepar entre los bloques de las bandas de presión, saltar o adaptarse al trazado de las fisuras que se interponen en su avance, caminar y caminar sobre la planicie vadeando canales y superar la deriva de la placa helada sobre la que marchan, además de sobrevivir a Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:171-184

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Polor Norte (cortesía del autor).

todos los meteoros propios del frío más despiadado. En los alrededores del Polo Norte el hielo aparece venteado en surcos y dunas entre placas y témpanos dislocados, moviéndose, en licuación, con grietas, charcos, arroyos, sectores de agua marina abiertos en la banquisa, niebla, nevada de copos fríos, ventisca con torbellinos y el sol polar girando muy bajo en el horizonte. Los caracteres que dan homogeneidad a ambas regiones polares opuestas son, pues, el frío, las dos estaciones polares con su largo día estival y su prolongada noche invernal y, siempre, los desiertos glaciares. Todo lo demás es diferente. El gran contraste, incluso, es la obvia oposición entre el mar helado interior septentrional y el aislado continente meridional, igualmente helado, pero eso también concierne a sus anillos geográficos envolventes. Por un lado, el círculo de tierras que rodea al Ártico polar constituye una banda de continentes que progresivamente hacia el sur se resuelve en ámbitos más templados y habitados, con fuertes capacidades tecnológicas. En cambio, las áreas continentales próximas a los mares australes son delgadas y muy separadas entre sí y afilan sus perfiles en los mapas antes de que el anillo rugiente que rodea y gira alrededor de la Antártida aleje y esconda las costas de ésta en una latitud remota. Es este anillo de agua austral, el foso que defiende la ciudadela, el que crea el primer gran contraste con el norte antes de entrar en las regiones polares. Luego aparecen las disparidades lógicas entre un relieve boreal que puede tener sólo un metro de altitud sobre el nivel del mar y los 2.836 m de cota del Polo Sur. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:171-184

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Personalidad del desierto helado En las montañas, los hielos que allí se acantonan están en lógica dependencia del relieve y de la altitud, de las formas orográficas y de las precipitaciones nivales, además de su posición geográfica a distintas latitudes y más o menos afectados por oceanidad o por continentalidad. Los glaciares actuales se alojan a su vez en visibles circos y valles abiertos labrados por hielos más antiguos. Cuando los frentes de las lenguas glaciares alcanzan el mar, como en Alaska, Groenlandia, Spitzbergen, la Antártida o la Patagonia, también las formas glaciares antiguas prosiguen hundidas bajo el agua, pues en la última gran glaciación el nivel del mar estaba más bajo que el actual y los frentes de hielo alcanzaban sus viejas costas ahora sumergidas. En razón de la combinación de altitud y latitud hay dos grandes tipos de glaciares: los de montaña, por ejemplo alpinos, y los de inlandsis o casquete, por ejemplo antártico continental; además hay un tipo intermedio, los campos de hielo, por ejemplo patagónicos o alaskianos. Por supuesto, hay toda clase de tipos mixtos. Y, al margen del clima, la sola adaptación a las convexidades o concavidades previas del terreno puede cambiar sus formas. La dimensión de los glaciares sí que depende del clima, de su reposición por innivación y de su mayor o menor resistencia a la fusión, de lo que se extrae su balance anual, positivo o negativo, y su tendencia al crecimiento, a la estabilidad o al retroceso. Los glaciares grandes y confluentes forman así un sistema con elevada capacidad de inercia en el tiempo, mientras los focos pequeños son entes aislados cada vez más frágiles. En el caso de la Antártida continental los derrames convergen y divergen desde un casquete continental en flujos de extraordinaria longitud, anchura y volumen. Hay así glaciares continentales o casquetes diferentes a los glaciares regionales o campos de hielo y a los glaciares de montaña, ahora y antaño. Pero lo que hoy puede ser un glaciarismo de montaña, en América del Norte, en la Patagonia o en el Tíbet, pudo haber sido en el Pleistoceno parte de un casquete. Los casquetes de las altas latitudes sumergen, pues, paisajes rocosos continentales bajo un gran espesor de hielo, y sus corrientes de hielo suelen alcanzar el mar, extendiendo sus lóbulos frontales en las costas llanas; o bien, ofreciendo un inestable acantilado de hielo a la erosión del oleaje en los litorales abruptos, o flotando en sus aguas inmediatas y, especialmente en los dos últimos casos, desprendiendo en ellas icebergs más o menos grandes y escarpados, despiezados o tabulares. En el proceso de desprendimiento el factor mecánico inducido por el agua marina tiene, por tanto, un papel destacado. Así, los hielos marinos son o hielos flotantes sobre el mar costero de las grandes lenguas que lo alcanzan, como es propio del borde antártico, o bien mar helado. Hay también mezcla de ambos. El hielo posee, por tanto, múltiples formas internas y dinamismos complejos en los que entran en juego su lecho, su emplazamiento, su movimiento, su alimentación y ablación, su flujo y estado, su desnudez o recubrimiento, su insolación o nebulosidad, su régimen hídrico, su espesor, etcétera. Y su temperatura, porque los glaciares 180

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de montañas no polares ni subpolares están afectados por la fusión de verano, mientras los de altas latitudes mantienen su masa de hielo no superficial bajo cero, lo que se traduce en diferencias hidrológicas y dinámicas fundamentales. Al depender de las condiciones climáticas, los glaciares son esencialmente fluctuantes. Sus cambios se insertan en modificaciones ambientales amplias, que a veces corresponden a estados globales de la Naturaleza. Eso ocurrió en los retrocesos glaciares de las grandes glaciaciones, acompasados en todo el Globo en el tiempo, aunque con sus lógicas diferencias según la latitud y la altitud. Toda fluctuación glaciar de cierta entidad ocasiona, depende o participa en un estado de inestabilidad natural, perceptible, por ejemplo, en los cambios en las dinámicas de los paisajes. Los cambios glaciares se suman entonces a otras consecuencias geográficas más generales. Pero, si usted se interna por un glaciar, verá que posee numerosos elementos paisajísticos propios, con frecuencia fascinantes, como domos locales, laderas tapizadas de hielo, repisas escalonadas, corredores helados, circos rocosos de formas semicirculares, lenguas de notables longitudes en valles en forma de artesa con perfiles escalonados, ojivas, grietas, séracs, pináculos, cascadas de hielo, agua circulante, frentes en los que el generalizado retroceso glaciar actual muestra formas regresivas. Y, en fin, morrenas, los depósitos externos alineados que marcan sus bordes laterales y frontales en las fases de estabilidad de las lenguas. Las pruebas de su historia.

Vocación glaciar No somos insensibles a esa fascinación. Al contrario, siempre hemos sido tentados por ella. No tiene nada de particular, pues la dedicación a estos asuntos no sólo tiene un enorme interés para el geógrafo, sino que también conlleva la vivencia de grandes paisajes, tanto los árticos como los antárticos. Entre los primeros, el geógrafo atenderá a la naturaleza misma del frío, de la vida y de los hombres en el frío, en la montaña, el llano, el bosque, la tundra, la estepa, los colosales ríos, el increíble avance de la primavera, la costa helada, el océano borrascoso y congelado, los habitantes de las poblaciones remotas del norte, las superficies de suelo helado, el mismo Polo Norte... Y, en el Polo, el resumen de una Tierra que gira sobre su eje invisible y donde los geómetras lejanos han hecho cruzar todos sus meridianos: ¿no es el escenario de un relato del gran viaje? Pero, en realidad, el paisaje del océano polar es realmente simple: hielo y cielo. El frío es el paisaje: no hay rocas, ni líquenes. Es el dominio de la desolación: hielo flotante, con poco espesor, arrugado y barrido por el viento, donde todo se mueve, pues el suelo deshiela, rehiela y se traslada sobre un océano muy profundo, sobre la honda cuenca polar de rocas sumergidas de la corteza oceánica. Tienen, sin embargo, muchos modos de presentarse los hielos del Ártico, ámbito más extenso que el oceánico. Para un observador atento son diversos los tipos de paisajes helados, continentales y marinos, desde Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:171-184

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montañas con casquetes glaciares, mesetas, valles y llanos helados, a las distintas partes de la banquisa. En ésta sólo, los paisajes se diversifican en el “mar polar”, en tipos diferentes de hielo y de nieve superficial, los témpanos tabulares, los torossis, los sastrugis, los perfiles verdosos del espesor del pack y hasta los ruidos del hielo que choca o chapotea, el iceblink, que refleja la claridad del hielo en el cielo, y el “cielo de agua” que refleja la oscuridad del mar, las auroras boreales, los espejismos polares, los parhelios, halos del sol en el cielo. Y, acaso, un pequeño y solitario grupo de gente en acción en el paisaje aparentemente muerto, frente a todas las inclemencias. El lector me va a permitir una lejana evocación de Groenlandia, que fue mi primer contacto con el Gran Norte. Fue hace una treintena de años y fuimos allí por decisión particular. Partimos en una lancha pesquera desde un pequeño puerto groenlandés hacia el Evighesfjord, larga garganta solitaria que indica las profundas excavaciones glaciares antiguas de esta costa. De ella parten brazos de fiordos afluentes y en los espolones divisorios y sobre sus laderas se izan montañas verticales de rocas profundas de la corteza terrestre, con más de 2.000 m de desnivel en varios puntos, con repisas cargadas de nieve desde las que se desprenden aludes y a las que se superponen masas glaciares colgadas que enlazan con un campo de hielo suspendido más de 1.000 m por encima de las aguas, o que se derraman en lenguas hasta las proximidades de la orilla del fiordo o hasta la misma costa. En ese litoral varios arcos morrénicos señalan las etapas recientes de retroceso de los hielos. Allí acampamos y vivaqueamos durante un mes. Inmediatamente tras los escarpes se extiende el campo de hielo que enlaza con el inlandsis groenlandés, de perfiles suaves, y donde sólo aparecen algunos nunataks; pero las caídas de las lenguas hacia la costa ocasionan, por sus bruscos desniveles, la ruptura de los glaciares en múltiples grietas de tracción con sucesivos escalones verticales y en inestables y caóticas cascadas de séracs. Una de aquellas lenguas, que nuestro mapa, confeccionado por una anterior expedición italiana, denominaba Glaciar Ambrosiano, ofrecía uno de los mejores ejemplos de séracs con bloques basculados y constituía el único itinerario posible para acceder al campo de hielo superior, situado a 1.350 m de altitud. Esta fue, pues, una experiencia de iniciación en los hielos subpolares y, aunque ya teníamos práctica en glaciares de cordilleras, nunca habíamos sabido lo que eran realmente la inmensidad y la soledad, ni habíamos aprendido lo que era la Tierra aún en escenarios supervivientes de los viejos períodos glaciares, es decir, aquellos en los que el hielo y el frío gobiernan todas las cosas. El otro aprendizaje de las altas latitudes al que quiero hacer mención aquí fue más reciente y en el extremo opuesto del planeta, en el archipiélago antártico de las Shetland del Sur y dentro de una expedición científica organizada oficialmente, sostenida por el Estado y amparada por una base. Las Shetland del Sur no están lejos de la Península Antártica, de la que las separa un brazo de mar, y algunas de ellas, como Livingston, son montañosas, en parte en lomos suaves y en parte muy abruptas. Estas islas tienen un clima destemplado, huraño incluso, y unos paisajes yer182

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Frente glaciar en Isla Livingston (cortesía del autor).

mos, con abundancia de recubrimiento glaciar cuando son altas. El cielo es casi siempre gris, la luz escasa, el roquedo oscuro y sin facetas, el viento poco menos que permanente, la lluvia habitual y la nieve y las nubes dominan los niveles altos. Allí, en la Bahía Sur, se ubica la Base Antártica Española Juan Carlos I, confortable albergue temporal para actividades científicas previamente programadas y aprobadas. Livingston se alinea en cordales domáticos y su cumbre alcanza los 1.770 m de altitud en uno de sus extremos. Este sector montañoso es escarpado y dominado por la masa de hielo que tapiza y cubre la montaña desde su cumbre con cornisas y domos hasta los circos y lenguas de su base. Monte ceñudo habitualmente envuelto en nubes, es una magnífica montaña subpolar cuando brilla al sol tendido de las latitudes australes, reflejándolo como un espejo que casi ciega al observador. Pero hay que permanecer allí e insistir mucho para tener la gran suerte de contemplar un instante lo que los nubarrones familiares guardan en su vientre. En el extremo opuesto de la isla su relieve es, en cambio, romo, pues está formado por rasas bajas, por mesetas sin hielo. Allí acampamos en dos estancias, una de ellas de algo más de un mes, para levantar su mapa y averiguar sus misterios. Recuerdo ese prolongado campamento como si aún estuviera allí, pues la experiencia fue formidable, por la grandeza Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:171-184

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del lugar, su soledad, sus ejércitos de témpanos varados cerca de la costa, su reto de interpretación geográfica y por los compañeros magníficos que formaban el equipo. Los glaciares que tienen su frente tierra adentro en la isla muestran todos los signos de un retroceso reciente; ya sea en los mismos hielos frontales que funden visiblemente al fin del verano antártico insular, o perceptible en las huellas morfológicas de sus morrenas más próximas, ahora alejadas de tales frentes. La experiencia directa nos fue enseñando que la retirada reciente y actual de los hielos es un fenómeno universal, extendido a todas las regiones glaciares. En el mundo en que vivimos ya no hay tierras realmente desconocidas que explorar al viejo estilo, sino una casa común que debemos comprender minuciosamente y proteger cuidadosamente. Las regiones polares no son albergue del mito ni de lo exótico; tampoco son consideradas como los rincones estériles de la Tierra, aunque siguen siendo duras, exigentes y expulsoras de la vida en amplias extensiones. Cuando han sido vistas con vocación y rigor, han mostrado sus valores. Los datos traídos de la lejanía nos están enseñando a entender el mundo en campos que apenas eran conocidos hace unos decenios, como el cambio climático, la evolución glaciar, el efecto invernadero, las áreas límites de la vida, el agujero de ozono, las corrientes atmosféricas y marinas. Nos están enseñando a comprender el mundo como un todo. Y nos han regalado con paisajes magníficos y vivencias extraordinarias. Nuevamente allí se puede experimentar que el viaje polar es realmente el gran viaje de nuestros tiempos y que su relato nunca deja indiferente. Allí se reúnen la dureza del mundo y el conocimiento de la tierra desnuda. Tal vez el explorador polar, como al final de una célebre oda puesta en boca de un viejo marinero donde se hace una poética narración del viaje al frío, es similar al personaje que en el poema habría escuchado el relato y reconoció en su interior que “un hombre más triste y más sabio se levantó al día siguiente”. El Polo ya no es un asunto de banderas, como pudo serlo la conquista de ambos extremos helados al comienzo del siglo XX. El Tratado Antártico fijó unas normas y, mejor aún, unos principios de respeto mutuo para que la Antártida fuera una tierra sin dueños. Unas normas y principios que deberán extenderse al Ártico como un mar sin potencias; regiones del mundo, zonas de paz, de ciencia, de conservación y de disfrute; tal vez parques internacionales de todos los hombres. Un horizonte más magnánimo que lo que hoy dictan los sucesos cotidianos podría establecerse en ambos Polos y ese avance en un acuerdo mundial cristalizado sería, además de multiplicar durante doce meses los esfuerzos del conocimiento en ambas regiones apartadas, la verdadera aportación de fondo de un Año Polar con sentido de trascendencia. La bandera simbólica de afanes posesivos que unos audaces submarinistas han situado hoy en el fondo marino del Polo Norte debería carecer de sentido, como lo carece en la Antártida. No sólo porque no es posible físicamente plantarla aquí en el fondo del gran lago subglaciar que ha aparecido bajo su inlandsis, sino porque persisten sobre su territorio sensatos acuerdos internacionales que deberían ser ejemplares. 184

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Artículos

Tesoros sumergidos Sunken treasures ■ Lorenzo Pipe Sarmiento

Resumen En los últimos años, gracias al desarrollo de una nueva tecnología, la recuperación de los tesoros que esconden los incontables pecios que alberga el fondo del mar se está convirtiendo en una floreciente industria. España es uno de los países con mayor número de tesoros submarinos. En este artículo se revisa, atendiendo distintos aspectos, la importancia de este valioso patrimonio.

Palabras clave Pecios. Tesoros sumergidos.

Abstract Over the last few years, the recovery of the treasures hidden in the innumerable shipwrecks that can be found on the sea bed is becoming a flourishing industry, thanks to the development of new technology. Spain is one of the countries with the greatest number of underwater treasures. In this article, which considers different aspects, the importance of this valuable patrimony is reviewed.

Key words Shipwrecks. Sunken treasures.

■ Nombrar la palabra tesoros es transportarnos a la infancia, a un mundo casi siempre de fantasía pero que está tremendamente conectado con la realidad. Hoy se pueden contar por miles los españoles que dedican parte de su tiempo de ocio a bucear bajo las aguas de nuestros mares y, por ello, cada vez será más fácil que se encuentren objetos que han permanecido cientos de años sumer-

El autor es abogado, patrón de yate, buceador tres estrellas CMAS, periodista especializado en temas marítimos y, por encima de todo, un apasionado de la mar. Su último libro se titula precisamente: Tesoros sumergidos (www.pipesarmiento.net, 2005). Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:185-198

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gidos. Sin embargo, la casi totalidad de los pecios o barcos hundidos situados cerca de la costa han sido expoliados. Se sabe que más del ochenta por ciento de estos restos fueron saqueados por buceadores y pescadores, dada la escasa profundidad en la que estaban. A medida que los pecios se encuentran a mayor profundidad hay más posibilidades de hallarlos con sus cargas al completo, auque las maderas y algunos metales hayan desaparecido. Sin embargo, y salvo casos muy excepcionales, que nadie espere hallar un barco del siglo XVI con la forma que tuvo dicho navío: lo que se suele encontrar son trozos de sus partes más fuertes, tales como cuadernas, sobrequilla, y desde luego cañones y anclas, aunque también estas piezas sean difíciles de ver tras haber sido cubiertas por los corales o las incrustaciones marinas. La mar es uno de los pocos lugares donde el tiempo se detiene cuando algunos cuerpos extraños son engullidos por sus profundidades. Son muchos los factores que acaban por influir en la conservación de los pecios y los tesoros que guardan, tales como su composición, la salinidad del agua, la profundidad a la que se encuentren, el tipo y forma del lecho marino, pero sobre todo las causas de su hundimiento. Durante muchos lustros, la búsqueda de tesoros bajo la mar ha sido una actividad marginal y casi desconocida. Los avances de la técnica y los hallazgos de barcos míticos contados en documentales y películas han convertido dicha actividad, que se desarrolla a medio camino entre la ciencia y la aventura, en una especie de obsesión para algunos y, ciertamente, en un tema ante el cual nadie permanece indiferente. La proliferación de la enseñanza del buceo ha traído consigo el que los mares del Globo se llenen de burbujas; de unas gentes que deben aprender a ser respetuosas con las cosas que podemos encontrar bajo la mar, pues un objeto que sólo representa un logro personal puede ser la clave para descubrir un importante naufragio. Pero sin duda se trata de un mundo apasionante que a todos llama la atención; y es así, porque en él está escrito nuestro pasado a través de todos esos buques que naufragaron a lo largo de los siglos: fenicios, griegos, romanos y del medioevo, hasta llegar a los que se fueron a pique en los últimos cuatrocientos años; barcos de muy diferente construcción y diseño, sobre los que los humanos pusimos los máximos medios técnicos propios de cada época. Los naufragios son apasionantes eslabones de agua entre dos mundos: el seco, en el que se construyeron los barcos, y el mojado por las aguas de los mares que se erigieron en sus tumbas. Muchos de ellos no podrán encontrarse jamás; otros, por el contrario, cada vez están más cerca de ser descubiertos tanto por los notables avances de la tecnología como por la posibilidad de realizar búsquedas a mayores profundidades. El resto, la mayoría de ellos, no sabemos dónde están. A lo largo de estos últimos cincuenta años los hombres hemos ido desarrollando aparatos cada vez más precisos, como los magnetómetros, los sonares de barrido lateral, los escáneres de profundidad y los robots manejados por control remoto; aunque, a la postre, estas máquinas tampoco han solucionado todos los problemas que nos 186

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plantean las profundidades, pues el fondo de la mar está repleto de accidentes geográficos que engañan a los aparatos, por lo que es necesario comprobar con los robots cada anomalía encontrada por las máquinas electrónicas. Bajo la mar encontramos cañones, monedas o cerámica antigua, pero también objetos de antaño que la mar envolvió en formaciones calcáreas para protegerlos. Antes, cuando la tecnología era prácticamente inexistente y había que moverse por intuición, había tres tipos de personas interesados en estos asuntos: el aventurero de despacho, que obtenía la inspiración de las palabras y de las promesas de enriquecerse: su interés se agudizaba con una mera alusión a la palabra tesoro, y su actividad imaginativa empezaba a operar desde ese momento. El segundo tipo era el investigador científico o histórico; a éste no le importaba, ni antes ni hoy, encontrar oro o piedras preciosas, pues basa su placer en aprobar o desaprobar, en identificar y en catalogar. Y quedan los antiguos aventureros, los soldados de fortuna de la época moderna, gentes que al tiempo que hallan un tesoro lo que en realidad buscan es una aventura. Van en pos de cualquier rumor, muchas veces persiguiendo leyendas, a menudo sin tan siquiera constatar su autenticidad. Hoy debemos añadir las compañías mercantiles perfectamente organizadas y dotadas de medios de última generación, cuyo interés por la arqueología submarina es mínimo, aunque traten de vestir sus campañas de misiones científicas. Son empresas que cotizan en bolsa y venden por Internet el fruto de su rapiña submarina. Tienen acceso a una tecnología que hasta hace muy poco estaba reservada para los militares y los centros tecnológicos estatales de los países más desarrollados del mundo. Trabajan con bancos, esconden la titularidad de sus naves tras diferentes compañías domiciliadas en paraísos fiscales, y tienen sus días contados si los distintos países del mundo seguimos ratificando la Convención de la UNESCO para la protección internacional del patrimonio sumergido. Hay tesoros submarinos que han marcado la historia de las recuperaciones bajo la mar: algunos son muy conocidos sólo por su valor mercantil, olvidando los aspectos arqueológicos e históricos, que son los que deberían primar para la sociedad, pues, el que unos cuantos se enriquezcan con el patrimonio de la Humanidad es un hecho realmente preocupante. El mayor tesoro que se ha sacado del fondo del mar fue el del buque norteamericano de la época de la fiebre del oro Central America, una nave de vapor que se fue a pique en 1857 en el Atlántico, frente a las costas de Carolina del Norte. Traía a bordo emigrantes desde California que transportaban consigo todo el oro que habían sido capaces de extraer de las minas ubicadas en las montañas californianas. El importe de la carga recuperada, que todavía no ha sido vendida en su totalidad, podría alcanzar los mil millones de dólares, en función del precio del metal y del valor numismático de las miles de monedas halladas. Lo encontró un ciudadano norteamericano llamado Tommy Thompson. Para su extracción, a nada menos que 3.500 m de profundidad, se utilizaron por primera vez robots submarinos de alta profundidad. Thompson, ingeniero mecánico, desde joven se había apasionado con la búsqueda de Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:185-198

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tesoros sumergidos. Trabajó en los primeros diseños de vehículos operados por control remoto desde la superficie y, tras más de diez años de búsqueda en archivos y en una zona concreta del Atlántico, encontró el Central America. Pero las cosas no fueron fáciles para este ingeniero dedicado a la aventura, pues cuando ya tenía la totalidad del oro a bordo de su barco Nicor Navigator fue demandado por treinta y nueve abogados que representaban a las diferentes compañías de seguros que habían pagado las pérdidas acaecidas por el naufragio de barco. La alegría del investigador submarino se vio truncada durante los largos meses que duró el procedimiento. Sin embargo tuvo suerte y la Corte Suprema Norteamericana acabó por darle la razón basándose en que en ciento treinta y dos años las compañías aseguradoras no habían realizado acto alguno para encontrar el barco y recuperar su carga, con lo que se produjo lo que los americanos llaman “abandono”, tema fundamental a la hora de reclamar tesoros en los Estados Unidos. Este mismo asunto se repitió después en el pleito que España siguió contra la empresa cazatesoros Sea Hunt en 1998, que había dado con los restos de dos fragatas españolas, la Juno y la Galga. Los jueces decidieron dar la razón a España por considerar que nuestro país era el dueño de esos barcos de guerra, ya que pertenecían a un Estado, y nuestro país no había realizado ningún acto que implicase el abandono de los mismos. El segundo tesoro en importancia sacado de las aguas de la mar fue el del Nuestra Señora de Atocha: un galeón que había zarpado del puerto de la Habana junto a otros veintitrés buques cargados con oro, plata y joyas con rumbo a España. El valor de los tesoros extraídos por Mell Fisher superó los quinientos millones de dólares, pero también fue una búsqueda larga y compleja que duró cerca de veinte años. Para ello tuvo que invertir ocho millones de dólares que no tenía, y que consiguió de socios e instituciones con las que al final mantuvo diversos pleitos por atrasos en el pago de los intereses o la devolución de los capitales. Para mayor desgracia, durante los trabajos de recuperación perdió a su hijo y a su nuera, posiblemente, y como aseguró unos meses antes de morir, su mayor tesoro. El Atocha se había ido a pique en los cayos de la Florida. Las primeras pistas halladas equivocaron a Fisher y le llevaron a navegar durante quince años en la dirección opuesta. En ese tiempo dio con los restos del galeón español Margarita, parte de cuyos tesoros sufragaron las cuantiosas facturas a las que Fisher debía hacer frente. Este antiguo vendedor de pescados no se libró de nada: durante diez años mantuvo durísimas batallas jurídicas con el Estado de Florida, que le reclamaba parte del botín. Para poder disfrutar de él tuvo que esperar a que la causa llegase al Tribunal Supremo, que le daría la razón ante la falta de reclamación por parte de España, que podía haberse acogido, como luego hicimos en los casos de la Juno y la Galga, al tratado de 1902 entre los Estados Unidos y el Reino de España, que protege recíprocamente la propiedad de los buques pertenecientes al Estado, hundidos y encontrados en las aguas de ambos países o aguas internacionales. 188

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Pero serían los arqueólogos de todo el mundo los que más pleitos pusieran a Fisher por la forma de extraer los objetos y metales del agua; se quejaban de que iba en contra de los procedimientos arqueológicos, y que se estaban destruyendo las bases para realizar un verdadero estudio científico del Atocha. Pero a Fisher y su gente sólo les importaba el oro y la plata para pagar sus cuantiosas deudas, por lo que este asunto fue el primero de una huida hacia delante por parte de los cazatesoros, tratando de vestir de arqueología lo que en realidad era mera rapiña submarina, como ha sucedido recientemente en España con el caso Odyssey. El pecio del Atocha dio con los siguientes hallazgos, además de otros miles de menor entidad: 1.041 lingotes de plata, 150 barras de oro macizo, 160 monedas de oro, 200 lingotes de cobre, 100.000 monedas de plata y 750 joyas de plata y piedras preciosas; además de 350 esmeraldas en bruto y mil joyas en forma de cadenas de oro, anillos, pulseras, platos, botones y broches. Todo un espectáculo cuando los objetos estuvieron limpios, saneados y expuestos en el museo que Mell Fisher abrió en los Cayos. Un botín español, que perdimos por culpa de la desidia de nuestra administración. Como premio de consolación nos queda un cañón de bronce del Atocha que Fisher regaló a la Reina de España, y que puede verse a la entrada del Archivo Sevillano de Indias, verdadera joya de la era colonial española y punto de partida para la mayor parte de todos estos expolios. El San Diego fue otro buque cuya carga alcanzó cifras millonarias. Se hundió en aguas de las Filipinas en el año 1600, tras el abordaje sufrido por el navío holandés Mauritius, al que trataban de capturar por los numerosos actos de piratería que venía protagonizando en la antigua Colonia Española. Su capitán, Antonio de Morga, un magistrado de Manila inexperto donde los hubiese, tomó decisiones temerarias que provocaron que la nave se fuese a pique por una vía de agua en su casco: una pequeña parte de su tripulación logró ganar la orilla a nado y pudieron describir a los enviados reales el lugar en el que se produjo el naufragio. Fran Godio, un hombre de negocios francés que, como Stemm, de la empresa Odyssey, va de filántropo y arqueólogo marino, pero que no deja de ser otro cazatesoros, fue el descubridor del pecio, tras intrigar y sobornar a muchos investigadores locales. En 1992 comenzaron los trabajos de extracción de cuantos objetos del barco todavía se conservaban. Tras su prolongada inmersión en un mar de tan elevadas temperaturas, y por lo tanto muy propicio para que los objetos se deteriorasen más deprisa, buscó financiación en la petrolera gala Elf, pues necesitaba ingentes cantidades de dinero para trabajar a cincuenta metros de profundidad. Los buceadores no podían permanecer más de treinta minutos a esa cota sin tener que someterse a largas paradas de descompresión, y esa circunstancia iba a prolongar mucho los trabajos de extracción. Al final, terminó por operar con un pequeño submarino experimental de nombre Smal. A bordo del mismo se pudieron filmar las cuadernas y varengas del navío español que, sorprendentemente, presentaban un estado de conservación extraordinario. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:185-198

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Desde un principio intuyeron que los objetos que transportaba la nave no podían estar muy lejos del lugar en que aparecieron sus cañones y anclas. Y así fue: cerca de 4.000 piezas de gran valor arqueológico fueron sacadas a la luz: entre ellas 400 maravillosos jarrones de porcelana china de las dinastías Ming y Song, así como cristales de Murano, magníficos cañones de bronce tan bien conservados que parecía que acabaran de salir de la Real Fábrica de Armas de Sevilla, donde se forjaron la mayor parte de estas armas. Al final, gracias a la Fundación Caja Madrid, los españoles podemos ver algunas de estas maravillas que el “filántropo” Godiot vendió por 2.000 millones de pesetas, y que hoy están expuestas al público en el Museo Naval de Madrid, sito en el Cuartel General de la Armada, junto a la plaza de la Cibeles. Sin embargo, ha habido otros grandes tesoros recuperados de la mar cuyo valor no ha consistido en joyas; éste ha sido el caso del barco fenicio de Mazarrón, que muy pronto ocupará un lugar destacado en el interior del nuevo Museo de Arqueología Submarina de Cartagena. Años atrás, también constituyeron grandes hallazgos, a pesar de que no llevaban a bordo oro ni plata, el Wasa, barco sueco de cuarenta y siete metros de eslora que naufragó a los pocos minutos de ser botado en 1628, y que se ha sacado del fango prácticamente igual que cuando tocó el agua por primera vez. Hoy se exhibe cerca de Estocolmo en el museo que lleva su nombre. Otra joya rescatada de la mar fue el navío inglés Mary Rose, extraído también casi completo en 1982. Pertenecía al malvado Enrique VIII, y se hundió en aguas cercanas a Inglaterra. Los trabajos de recuperación se pudieron llevar a cabo gracias a la colaboración y entusiasmo de muchos jóvenes buceadores particulares que se ofrecieron a trabajar de forma gratuita, y que los arqueólogos recibieron con los brazos abiertos. Se le tuvo que hacer una cama metálica que hubo que colocarle bajo el casco, hasta que una descomunal grúa, anclada sobre una gabarra, lo sacó del agua y lo depositó en una grada. Los expertos dicen que ambos buques se pudieron conservar en tan perfecto estado de conservación gracias a que se hundieron muy deprisa, y que enseguida fueron tapados por los lodos del fondo. Los actuales robots submarinos, asistidos de sonares de profundidad, televisiones, pinzas, magnetómetros y otros muchos aparatos, están contribuyendo a que los lugares más inaccesibles de los mares estén al alcance de todo aquél que tenga la fortuna de poder contratar una nave oceanográfica y al personal apropiado para el manejo de los mismos. Ya no se trata sólo de suerte, trabajo e ingenio; lo que hace falta ahora es dinero, ingentes cantidades que financien toda esa tecnología de la que disponen hoy los cazatesoros. Por eso, para poder hacer una recuperación, antes se debe hacer un concienzudo trabajo de planificación, estudio y previsión; seguido de la contratación de expertos informáticos submarinos que puedan descifrar los datos que emiten los magnetómetros, las sondas de barrido lateral y los muchos robots que hay en el mercado, y que se manejan igual que los niños sus videojuegos. Las formas de localizar tesoros bajo la mar suelen ser muy variadas, pero casi todas parten de un principio documental en el que primeramente se ha identificado un 190

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buque concreto en una zona determinada. Luego hay que delimitar lo que es una búsqueda de tesoros propiamente dicha de lo que es un trabajo de investigación arqueológico. Para los primeros, el principio básico es el valor de lo recuperado que les da acceso a esa tecnología de vanguardia. Después, han de contratar a arqueólogos de fortuna un tanto liberales, que se ajusten un poco a los métodos tradicionales en función del dinero que se les pague, como es el caso de los que han asesorado a los piratas de Odyssey. En el otro extremo de estas prácticas están los trabajos serios y profesionales de arqueología en los que prima la metodología y los datos que se extraen, sin que importe demasiado el valor del oro o la plata hallada, que pasa a pertenecer al Estado. Estos suelen ser los trabajos que realizan las instituciones públicas o los que financian fundaciones de prestigio, pues todo lo hallado se conserva y se puede estudiar después en museos y publicaciones. El Archivo Español de Indias fue siempre la fuente de inspiración de todos los aventureros y cazatesoros del mundo. De una forma sorprendente, el Ministerio de Cultura ha permitido que, sin control alguno, gentes de cualquier formación y parte del mundo investigasen entre los millones de documentos allí guardados. De ese Archivo salió la información en la que Fisher basó la búsqueda del Atocha. Lo mismo que Godiot y las otras personas que dieron con barcos españoles de la carrera de Indias. Sin embargo, los libros en los que se detallan los aspectos relacionados con los naufragios son muchos, y que nadie crea que es fácil hallarlos. Las desapariciones de naves españolas en ultramar nunca se anotaban en el mismo tomo, ni los investigadores han podido encontrar un pecio con los datos proporcionados por un solo libro. Todos los documentos que hacían referencia a naufragios de naves fletadas por la Corona Española se encontraban hasta hace muy poco tiempo dispersos entre los Archivos de Simancas, Sevilla y Cádiz, así como en los archivos de Marina. En ellos se anotaban los tráficos marítimos establecidos entre España y el Nuevo Mundo, tanto con América como con las posesiones de España en el Pacífico; también se archivaban los manifiestos de carga en los que se especificaba de una forma rigurosa la carga que llevaba la nave y a quién pertenecía la misma. En esos documentos de pergamino se tomaba nota de los incidentes acaecidos durante la navegación y en las arribadas a puerto; cuando se producía un accidente se registraban los testimonios de los supervivientes, si los había. Así, las secciones más importantes con relación a los barcos naufragados repletos de tesoros son: libros del Patronato Real, libros de Gobierno, libros de Correos, libros de Contratación, de Escribanía de Cámara, Arribadas y libros de Estado, además de otros menores en los que por su relación con el naufragio también se tomaban notas y detalles de su desaparición. Sin embargo, no todos los tesoros que se perdían en la mar permanecieron durante siglos a la espera de que los humanos fuesen a recuperarlos después. Ya en el siglo XVI, cuando se producía un naufragio cerca de la costa, los Corregidores Reales contrataban a buscadores de perlas capaces de bajar hasta casi diez metros de profundidad. Por ello, muchas de las valiosas cargas que llevaban nuestros galeones se 192

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recuperaban días después del naufragio. Había compañías especializadas en estos trabajos que pagaban muy mal a los desdichados buzos, y les suministraban ingentes cantidades de alcohol para que bajasen más y no pasasen frío en las largas horas que les obligaban a estar sumergidos subiendo el oro y la plata del Rey. Ni que decir tiene que morían como chinches. Fueron principalmente ingleses los que se dedicaron a estos trabajos, aunque ellos sólo los dirigiesen desde la superficie. Ésta es la razón por la cual, cuando se descubrieron algunos famosos navíos que volvían a España cargados de oro y plata de las minas del Nuevo Mundo apenas apareciesen objetos de valor que no fuesen los cañones de hierro y las anclas, que eran poco valiosas, pues los cañones de bronce también se recuperaban a nada que la profundidad no superase los diez metros. Y justamente ésa era la cota en la que naufragaban aquellos buques junto a los arrecifes de coral cuando eran sorprendidos por los ciclones. Hay que tener en cuenta que nuestros marinos de antaño, en los primeros años de travesías oceánicas, no sabían cuál era la época de los huracanes, por lo que los navíos de la carrera de Indias se hacían a la mar rumbo a España en los meses de verano y comienzos del otoño, los más propicios para estos terribles fenómenos meteorológicos. Hoy, cuando cruzamos el Atlántico en pequeños veleros con rumbo al mar Caribe, sabemos que la mejor y más segura época para realizarlo es la comprendida entre noviembre y febrero; y la de regresar, la que va desde abril hasta finales de julio. Salirse de estas fechas, como hacían por desconocimiento los navegantes de entonces, es arriesgarse a padecer huracanes y tormentas que por lo general terminan en naufragio. A finales del siglo XVI los conquistadores españoles encontraron para sus buzos la peligrosa actividad de recuperar cargamentos perdidos cerca de la costa. Se crearon flotas especializadas para el rescate de pecios que permanecían de forma permanente con base en el puerto de La Habana, Veracruz, Cartagena de Indias y Panamá. Estaban listas para zarpar en cuanto recibían la noticia de un naufragio. Con los rudimentarios y crueles sistemas de esclavos buceadores comenzaría la verdadera historia de las recuperaciones submarinas allá por el siglo XVI. Cien años más tarde, los ingleses, que se habían establecido en las islas Bermudas, también armarían barcos de rescate, animados por las cuantiosas ganancias obtenidas por los españoles. Ya en el siglo XVIII el jamaicano Port Royal se convirtió en el principal centro de rescates. Tanto españoles como ingleses utilizaron esclavos africanos y aborígenes de las tierras conquistadas. Los primeros hombres blancos que se aventuraron a descender bajo el agua lo hicieron dentro de una campana construida con madera y hierro, de la que sobresalían los brazos a través de unas rústicas mangas de cuero. Se le insuflaba aire con un fuelle, y podían permanecer bajo el agua entre cinco y diez minutos, en función del aire que se respirase. Los anales extraídos de los archivos españoles de Indias y Simancas nos indican que se podía recuperar hasta el setenta por ciento de la carga de un navío, y la operación se hacía más complicada y el éxito disminuía a medida que los barcos naufragaban a más profundidad. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:185-198

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Vista de popa del buque cazatesoros Odyssey (cortesía del autor).

Al igual que sucede hoy, hubo búsquedas que se prolongaron durante cinco años, generalmente cuando el cargamento era muy valioso. Durante el siglo XIX Nasau y Cayo Hueso se convirtieron en los centros de estas operaciones, especializándose en la recuperación rápida de las cargas. Ya en el siglo XX, Florida y Bahamas han continuado siendo protagonistas indiscutibles en todo lo relacionado con el rentable comercio de los pecios hundidos pertenecientes a los galeones y las naves capitanas de la carrera de Indias. 194

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España es un país singular en cuanto a la regulación de esta materia: por un lado, todas estas competencias las tuvo la Armada hasta 1991, fecha en la que se suprimieron las Comandancias de Marina con atribuciones civiles y se publicó en el BOE la Ley de Puertos y de la Marina Mercante. Antes, el Parlamento Español había aprobado la Ley de Patrimonio Histórico que, aunque apenas dedica unos artículos a los temas arqueológicos submarinos, por analogía puede deducirse que se equiparan a los yacimientos arqueológicos ubicados en tierra. Su artículo 40 dice: “también los bienes susceptibles de estudiarse con medios arqueológicos que están bajo el mar son de propiedad pública”. Sin embargo, la Ley de Puertos de 1991 permitió que la vieja Ley de Extracciones, Remolques y Hallazgos siguiera dejando en manos de la Armada toda esta materia hasta que se dictase una ley apropiada: lo hizo en la disposición transitoria décima. Y, aunque las recuperaciones de pecios entran directamente en las competencias del Ministerio de Cultura a través de la Ley de Patrimonio, todavía permanece el resquicio militar de la vetusta Ley de 1962, que aún no se ha derogado dieciséis años después, y que crea una confusión y dobles atribuciones imposibles de comprender para los ciudadanos del siglo XXI, y que es una de las razones de que se haya podido producir el expolio por parte de la empresa Odyssey. Poco después, cada comunidad autónoma elaboró su propia Ley de Patrimonio, con lo que todas aquellas autonomías que lindan con la costa adquirieron las competencias sobre los temas arqueológicos, tanto los ubicados en tierra como los que se encuentran bajo las aguas del mar, ríos o lagos. Ésta ha sido otra de las razones de la ineficacia en las actuaciones de las diferentes administraciones en el asunto Odyssey; sin embargo, lo que no tiene ninguna explicación es la participación del Ministerio de Asuntos Exteriores, pues se trata de una materia de claro contenido cultural y patrimonial. Este ministerio ha sido, en mi opinión, sin duda alguna, el principal responsable directo del expolio perpetrado en nuestras aguas. Así las cosas, nuestro país ha seguido mirando hacia tierra, de la misma manera que lo ha venido haciendo los últimos trescientos años, y así nos ha ido en todos los temas relacionados con la mar que no estén relacionados con la pesca, donde verdaderamente somos una potencia en exceso de capturas. Pero los asuntos del patrimonio sumergido han importado muy poco, hasta el extremo de que el Centro Nacional de Arqueología, sito en Cartagena, apenas ha tenido presupuesto para hacer tres o cuatro trabajos cerca de sus costas. Incluso, cuando España fijó su zona contigua, esto es, la franja de agua comprendida desde el límite exterior de las doce millas del mar territorial hasta las veinticuatro millas, se olvidó de manifestar de forma expresa que todos los tesoros sumergidos en esas aguas necesitarían de un permiso de España para poder acceder a ellos. Por ello, debemos de aplicar de nuevo la analogía y los usos y costumbres para que terceros nos reconozcan derechos en estas aguas de clara competencia española. Lo mismo sucedió con la Convención del Derecho del Mar, que entró en vigor en 1994 y que España ratificó, olvidándonos de tocar este tema arqueológico tanto al definir Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:185-198

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nuestra zona contigua como la zona económica exclusiva, que lleva las competencias de los Estados ribereños hasta las 200 millas náuticas. En cuanto al Derecho Internacional, ha costado mucho que la comunidad mundial se decidiese a tomar medidas eficaces respecto a los tesoros sumergidos. Los países ribereños, en cuyas aguas puede haber restos de barcos con cargas valiosas, se han ocupado de enturbiar las aguas de aquel Derecho. La primera Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar se ocupó principalmente del medio ambiente marino y la pesca, y sólo dictó algunas disposiciones muy blandas referentes al estatuto jurídico de los bienes arqueológicos submarinos. Por ello, es notable que el Derecho internacional, por fin, haya comenzado a tomarse en serio este asunto; la Convención de la UNESCO de 2001 será un gran paso para detener a los cazatesoros cuando sea ratificada por los ciento cuarenta países que la aprobaron, lo que sucederá el próximo año. En este importante tratado se consideran bienes patrimoniales los objetos sumergidos que tengan más de cien años de antigüedad. Y cerrará el camino, o al menos pondrá muchos obstáculos, a los modernos cazatesoros. Para concluir, hay que observar que el asunto Odyssey ha puesto de manifiesto la falta de medios y el descontrol existente por parte de nuestras administraciones de cultura; por no hablar de la terrible descoordinación entre las fuerzas de seguridad encargadas de la protección de este importante patrimonio y los políticos de los que dependen; incluso, como ha ocurrido en el caso de Odyssey, aun cuando comunidad autónoma y gobierno pertenecen a un mismo partido. Nuestro país ha ignorado el valor histórico y patrimonial de este importante patrimonio esparcido bajo las aguas de medio mundo. Llegados al siglo XXI sólo contamos con un pequeño robot de baja cota (600 m), que la Armada Española utiliza para asistencia de nuestra flota submarina, y que está ubicado a bordo del barco Neptuno, con base en Cartagena. A lo largo de estos últimos treinta años de gran desarrollo y mejores perspectivas para nuestro país, no ha habido Gobierno que haya vuelto los ojos no ya hacia las profundidades marinas sino a la mar en general, lo que ha propiciado un vacío técnico y operativo en todos los asuntos relacionados con ella. La construcción del barco oceanográfico Hespérides, que gestiona la Armada, y que por lo general usa el Centro Superior de Actividades Científicas, tampoco sirvió para estos fines, pues sus misiones se han limitado a trabajos de campo en los polos geográficos para el estudio de diferentes cuestiones relacionadas con el medio ambiente, la fauna y las aguas lejanas. Sin embargo, mientras se han venido realizando estos trabajos a miles de millas de nuestro país, nuestras aguas han estado desprotegidas en prácticamente todos sus aspectos, pues los escasos recursos dedicados a la oceanografía se han utilizado para trabajos de pesca. El drama de la inmigración clandestina ha puesto de manifiesto nuestras enormes carencias en protección costera, y la grave crisis del petrolero Prestige también supuso una triste demostración de los escasos medios con los que contábamos para hacer frente a una tragedia de seme196

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jante magnitud y tan graves consecuencias medioambientales. Y si la superficie de la mar no estaba preparada para cualquier catástrofe dada nuestra carencia de medios, bajo el agua nos han expoliado cuanto de valor se situaba hasta hace unos años en cotas de menos de cincuenta metros de profundidad, y estos últimos diez años todos los pecios profundos del mar de Alborán. Desde que Fernando VII, a instancias del Marqués de la Ensenada, el mejor ministro de Marina que ha tenido España, dictase la Real Orden de 8 de abril de 1752, en la que decía: “Si en las obras de los diques apareciera algún objeto o pieza arqueológica se remitirá a la Corona para su estudio”, poco se ha avanzado en la materia. Esa fue la primera vez que aquéllos que ostentaban el gobierno advirtieron de la importancia de los restos de barcos antiguos. Se establecía un precedente que quedó en el aire hasta 1912, año en el que se publicó el reglamento que desarrollaba la Ley de Excavaciones Arqueológicas. Ésta decía textualmente: “Igualmente, se entenderán por excavaciones los trabajos de rebusca arqueológica que tengan carácter espeleológico, o submarino”. Lo grave es que esta mención sería todo lo que se desarrollaría la materia hasta la Ley de Extracciones y Hallazgos de 1962, y la posterior Ley de Puertos de 1991, que suspendió hasta hoy la regulación de la misma. Sin embargo, el primer trabajo oficial sobre arqueología submarina, que se diferencia de la subacuática en que la primera se desarrolla bajo la mar y la segunda bajo el agua en general, incluidos ríos, lagos y pantanos, se puso en marcha en Valencia bajo la dirección del padre de esta actividad, el historiador Figueras Pacheco. Durante las excavaciones encontraron una nave romana bastante bien conservada de la que se extrajeron valiosos objetos, que hoy están repartidos en varios museos, pero especialmente en el Arqueológico Nacional. Históricamente, los llamados arqueólogos, que en nuestro país y hasta hace muy poco eran meros licenciados en Historia, han despreciado a los buceadores que pretendían ayudar en los trabajos patrimoniales submarinos. El problema fue que ellos no practicaban buceo con botellas de aire comprimido, que no de oxígeno como dicen algunos, que sirven para soldar, y quienes sí lo hacían y sabían de la ciencia submarina eran apartados de cualquier trabajo bajo el agua, por lo que no se hacía nada. La larga titularidad de esta materia en manos de la Armada tampoco ayudó a difundir esta ciencia; por el contrario, se instaló entre los ciudadanos una impunidad absoluta basada en el poco caso que la institución prestaba a la cuestión. Sin embargo, en el Ministerio de Cultura nadie puede quejarse de que la arqueología submarina y el Museo Nacional sito en Cartagena sean desconocidos para la mayor parte de los españoles. Durante todos estos años han pesado más los protagonismos personales y los actos puramente administrativos que la divulgación y el acercamiento de esta actividad, en la que ha tenido poco sentido invertir si el pueblo no era el verdadero receptor de lo que se podía lograr. Uno de los mayores errores cometidos en estos últimos lustros de progreso espectacular ha sido la exclusión de todos aquéllos que no tenían una formación estrictaArs Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:185-198

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mente académica dado el carácter teórico de nuestra enseñanza en general y nuestro culto a las complicaciones administrativas. Ya decía que los arqueólogos españoles se sienten mejor catalogando y aprobando o negando postulados en reuniones privadas y publicaciones marginales que jamás llegan al público en general, que bajando a los fondos marinos a ver lo que hay, cerrando así la posibilidad de que los ciudadanos se entusiasmen con estas materias y exijan a la clase política que les doten de medios adecuados y modernos. El reciente expolio realizado en nuestras aguas por parte del Odyssey Marine, va a suponer, al menos, un antes y un después para este patrimonio tan valioso. Lo triste de todo ello, lo lamentable, es que ya no tienen arreglo los gravísimos errores cometidos, la desidia y la falta de rigor de estos últimos nueve años, que han permitido que cinco enormes barcos dotados de medios extraordinarios hayan podido moverse por nuestro mar territorial con total impunidad, burlando a quienes tienen la obligación de cuidar y proteger el patrimonio de todos los españoles.

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Carl von Linné. La pasión por la sistemática Carl Linnaeus. Passion for systematics ■ Antonio González Bueno

Resumen Este año se celebra el tercer centenario del nacimiento de Linné, cuya principal labor intelectual se centró en ordenar el Mundo en el que vivía. El autor revisa las aportaciones de este científico y naturalista sueco.

Palabras clave Linné. Nosología. Botánica. Taxonomía.

Abstract This year we are celebrating the third centenary of the birth of Linnaeus, whose principal intellectual work was centred on ordering the World in which he lived. The author reviews the contributions of this Swedish scientist and naturalist.

Key words Linnaeus. Nosology. Botany. Taxonomy.

■ Deus creavit: Linnaeus disposuit Dios creó: Linné ordenó. Este adagio recoge con precisión la filosofía del trabajo de Carl von Linné (1707-1778): todo su esfuerzo estuvo centrado en presentar una ordenación coherente del mundo que le rodeaba. Sus planteamientos hunden sus raíces en las viejas teorías defendidas en la Grecia clásica. No fue un innovador; sólo El autor es Doctor en Ciencias Biológicas y Profesor Titular de la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense (España). Entre otros muchos trabajos ha publicado: Linneo. El príncipe de los botánicos. Madrid: Nivola, 2001. Nota de la Redacción. Carl Linné o, después de su ennoblecimiento, Carl von Linné, conocido tradicionalmente en español como Carlos Linneo, firmaba sus trabajos latinizando su nombre (Carolus Linnaeus), aunque fue bautizado como Carl Nilsson. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:199-214

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trató de establecer sistemas que le permitieran ordenar la variabilidad natural en compartimentos estancos, entre los que no existe correlación para los diferentes espacios reservados a cada uno de los grupos que integran el modelo. Linné se preocupó por ordenar el mundo natural, no por entenderlo; su objetivo fue establecer modelos que permitieran la fácil identificación de los seres que componen la Naturaleza. Consideraba que ésta, sin discusión, era un acto de Creación y su concepto de los géneros y las especies, así como su esfuerzo por ordenar el mundo natural, se explicaban dentro de un mismo contexto: el acercamiento a Dios a través de su obra. Linné justificará, en Curiositas naturalis (Estocolmo, 1748), la preocupación por el estudio de la Historia Natural como una de las más importantes ocupaciones del hombre, por cuanto de él se deriva un mejor conocimiento del pensamiento divino. Su objetivo central fue encontrar un método sencillo mediante el cual, respetando unas cuantas reglas por él mismo establecidas, pudiera llegarse a identificar y clasificar la diversidad de la Naturaleza. Su método se sostiene sobre dos pilares: dispositio [clasificación] y denominatio [nomenclatura] y el fundamento de la nomenclatura es la clasificación. Por ello el método de clasificación ocupa en su pensamiento el lugar más destacado. Para él las verdaderas herramientas de trabajo habrían de ser la lógica y la definición de conceptos, planteamientos derivados del pensamiento aristotélico del que fue deudor. Las clasificaciones elaboradas por Linné son de carácter descendente, comienzan en las formas más complejas para terminar en las de organización más sencilla. Justificará esta propuesta de ordenación afirmando que, de manera instintiva, tendemos a conocer lo que nos es más próximo y esto para el ser humano son las formas de vida más complejas. Esta forma de pensamiento remite a viejos modelos medievales y resulta difícilmente compatible con la idea de la evolución. Sus programas de clasificación afectan a todos los seres vivos, entre ellos al hombre, que ocupa, dentro de su propuesta de sistematización del reino animal, un lugar privilegiado en la cúspide de su estructura jerárquica. Allí, junto a otros homínidos, se ubica el Homo sapiens. No es aleatorio el restrictivo específico aplicado para diferenciarnos del resto de los seres vivos ya que la capacidad de raciocinio es, en su opinión, el elemento diferenciador de nuestra especie. Esta propuesta clasificatoria fue relativamente novedosa y no exenta de polémica.

Carl Linné: entre la Medicina y la Historia Natural Carl Linné nació en Râshult, un lugar de la provincia de Småland, en Suecia, en la primera hora del 23 de mayo de 1707. Su padre, el pastor luterano de la localidad, había elegido para su primogénito una formación eclesiástica que le permitiera ejercer la actividad que él mismo desarrollaba. En la escuela de Växjö cursó, entre otras disciplinas, latín, griego, hebreo, teología, oratoria y filosofía aristotélica; pero no era 200

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éste el camino por el que habría de discurrir su periplo vital. Johan Stensson Rothman (16841773), médico de formación, y profesor de lógica y física en la escuela secundaria de Växjö, reconoció en Carl Linné una especial predisposición para la Historia Natural y aconsejó a la familia que le dedicara a la Medicina en lugar de hacerle continuar la carrera eclesiástica. Con apenas veinte años, en 1727, Linné inicia los estudios de Medicina en la Universidad de Lund, aunque unos meses después se traslada a la de Uppsala. Aquí, en la primavera de 1729, conoce a Pehr Artedi (1705-1735), un joven apenas dos años mayor que él, hijo también de un sacerdote y, como él, volcado hacia el Retrato de Carl von Linné. estudio de la Historia Natural. Entre ambos nace una estrecha relación y juntos inician la colosal aventura de ordenar la Naturaleza. La temprana muerte de Pehr Artedi, en septiembre de 1735, hizo que esta extraordinaria empresa descansara sólo en los jóvenes hombros de Linné. Sus primeras reflexiones sobre la ordenación del mundo natural quedan plasmadas en Sponsalia Plantarum (Estocolmo, 1730), un primer acercamiento al estudio de la sexualidad de las plantas que le permite realizar un análisis comparado entre los mecanismos de reproducción de los vegetales y los animales. El trabajo fue presentado ante la Academia de Ciencias Sueca, en cuya revista vio la luz. Esta Academia auspició su primer viaje científico, realizado a las tierras de Laponia, en la primavera de 1732. Durante un período de cinco meses, entre mayo y octubre, estudió la flora de las montañas escandinavas, pero también el modo de vida y las costumbres de los lapones. Las historias que relató, en ocasiones vestido con traje de lapón y portando un tambor mágico, gozaron de cierta predicación entre sus coetáneos y ello le permitió, junto con algunas clases de análisis mineral, seguir viviendo en Uppsala. Los resultados de esta expedición fueron publicados años después bajo el título de Flora Lapponica (Ámsterdam, 1737). © United States National Library of Medicine

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© Andreas Trepte, Marburg (Alemania).

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Casa de Carl von Linné en Uppsala (Suecia).

En el verano de 1734 acepta una nueva propuesta laboral, esta vez formulada por el barón Nils Reuterholm (1676-1756), gobernador de Dalecarlia, para estudiar las riquezas naturales de estas tierras, fronterizas con Noruega, al modo en que lo había hecho con las de Laponia. Sin embargo, esa región defrauda las expectativas de Linné y el resultado de aquellos trabajos, su Iter Dalecarlicum, se verá publicado tras su muerte (Estocolmo, 1889). En diciembre de 1734 se presentó ante la Universidad de Uppsala para realizar la única prueba que rindió ante una institución sueca: el examen de teología exigido a todo sueco que deseara estudiar en el extranjero. A fines de febrero de 1735 Linné iniciaba un viaje europeo que habría de marcar su futuro. El período que media entre 1735 y 1738 influyó especialmente en su formación, ya que este viaje le permitió conocer el pensamiento de los naturalistas europeos sobre los sistemas clasificatorios, el modo en que concebían la Naturaleza, discutir con ellos sus propuestas sistemáticas y, además, editar sus primeros libros sobre Historia Natural. El viaje europeo, en el que estuvo acompañado por su condiscípulo Claes Sohlberg (1711-1773), le llevó en primer lugar a Holanda y, tras recorrer fugazmente Dinamarca Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:199-214

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y Alemania, visitó algunos gabinetes en Hamburgo y Ámsterdam. Pasó seguidamente a Harderwijk, en cuya permisiva Universidad obtuvo en un par de semanas el título de doctor en Medicina con una tesis sobre el origen de las fiebres intermitentes, defendida el 23 de junio de 1735. Tras su exitosa estancia en Harderwijk, Linné vuelve a Ámsterdam, donde habría de encontrarse por última vez con Pehr Artedi, pues éste perdió la vida pocos días después en uno de los canales de esta malhadada ciudad. Desde Ámsterdam continúa viaje a Leiden, donde contacta con Hermann Boerhaave (1668-1738), patriarca de la botánica y química holandesa, y con su discípulo, Johan Fredrich Gronovius (1690-1760), quien le facilita los medios que le permitieron imprimir, en los primeros días de diciembre de 1735, su Systema Naturae (Leiden, 1735), un opúsculo de catorce páginas en folio en el que describe de manera esquemática su nuevo sistema para clasificar los tres reinos de la Naturaleza. Ahí ya está bosquejado el programa de trabajo que habría de ocuparle el resto de sus días. De vuelta a Ámsterdam es contratado por el médico y naturalista Johan Burman (1707-1779) para colaborar en la publicación de su Thesaurus Zeylanicus (Ámsterdam, 1737). Con él discute sus teorías sobre la organización del mundo vegetal y a él se debe la pronta impresión de dos nuevas obras donde Linné vuelve a defender sus criterios clasificatorios para el mundo vegetal: Fundamenta Botanica (Ámsterdam, 1736) y Bibliotheca Botanica (Ámsterdam, 1736). A finales de septiembre de 1736 pasó a trabajar, como médico personal y conservador de las colecciones de Historia Natural, para George Cliffort (1686-1760), un financiero anglo-holandés, propietario de un rico y afamado jardín en Hartekamp, en las proximidades de Haarlem. Durante los dos años que Linné permaneció a su servicio, realizó un catálogo de las plantas de su jardín e invernaderos, el Hortus Cliffortianus (Ámsterdam, 1737), ilustrado con dibujos de Georg Dionysius Ehret (1710-1770), en donde por vez primera se explicita, junto al porte de la planta, la anatomía de sus flores y frutos. Como anticipo de tan magna obra, Linné publicó en 1737 en Ámsterdam un Viridiorum Cliffortianum (comercializado en 1739), si bien un año antes ya había hecho imprimir un estudio sobre las flores y frutos del platanero, su Musa Cliffortiana (Leiden, 1736), hasta entonces no producidas en cautividad y, por tanto, no conocidas en Europa. Este opúsculo, de apenas cincuenta hojas en tamaño folio y concebido como regalo, aunaba en sí dos novedades: ser la primera monografía linneana y utilizar el descubrimiento científico como elemento de prestigio social. Durante el verano de 1736, mientras permanecía al servicio de Cliffort, Linné realizó un viaje a Inglaterra de apenas un mes, con objeto de presentar sus teorías clasificatorias del mundo natural ante los naturalistas británicos. A comienzos de octubre de 1737 se traslada a Leiden para ocuparse de la reorganización del Jardín Botánico de la Universidad y de este período datan tres de sus obras botánicas clásicas: Critica Botanica (Leiden, 1737), con normas sobre el modo de nombrar a los vegetales; Genera Plantarum (Leiden, 1737), un compendio de 935 204

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descripciones genéricas, lo que significaba todo el mundo vegetal conocido entonces; y Classes Plantarum (Leiden, 1738), una revisión histórica de los sistemas de clasificación de los vegetales. Tras pasar los primeros meses de 1738 en Leiden, emprende viaje a París. En este periplo visita Amberes y Bruselas, y descubre París en plena primavera. El floreciente Jardin du Roi, las soberbias colecciones de libros y herbarios, y una fructífera entrevista con los hermanos Jussieu (Antoine y Bernard) colman su felicidad. En el mes de junio, la Académie des Sciences le nombra miembro correspondiente. Tiene treinta y un años y ya ha alcanzado prestigio internacional. Tras este viaje europeo vuelve a Suecia, decidido a asentarse definitivamente y, en septiembre de 1738, se establece como médico en Estocolmo deseoso de lograr una posición económica con la que mantener una vida familiar estable. Aquí compagina la consulta privada con la docencia en el Bergs Collegio, donde explica Botánica durante los meses cálidos y Mineralogía durante el duro invierno. Se relaciona con el conde Carl Tessin (1685-1770), que ocupa el cargo de Landtmarskald [Presidente de la Cámara de los Nobles] y ello le permite acceder al empleo de médico del Almirantazgo, del que toma posesión el 3 de mayo de 1739. Pocos días después, el 26 de julio, Carl Linné contrae matrimonio con Sara Elisabeth Moraea, a quien conociera en la Dalecarlia cinco años atrás. En la primavera de 1741 Linné ve cumplido uno de sus sueños: el claustro de la Universidad de Uppsala le elige para ocupar una de sus cátedras, de la que toma posesión el 5 de mayo de 1741. Pero antes de regresar allí cumple un compromiso contraído con anterioridad: el estudio de las producciones naturales de las islas bálticas de Öland y Gotland, cercanas a su terruño natal. Como resultado de este viaje redacta su primera obra en sueco, impresa algunos años después: Ölandska och Gothländska Resa [Viaje a Öland y Gotland] (Estocolmo, 1745). La actividad docente no le permite olvidarse de lo que fue la obsesión de su vida: elaborar el gran sistema clasificatorio de la Naturaleza, esbozado en sus trabajos publicados en Leiden y Ámsterdam. Así, en 1751, da a la luz su Philosophia Botanica (Estocolmo, 1751), donde establece las reglas que deberán regir el modo de denominar y clasificar las plantas. Unas reglas que se concretarán en Species Plantarum (Estocolmo, 1753), ambicioso proyecto con el que pretende describir la totalidad de la flora del Orbe. Pero Linné se ocupó también de la progresiva puesta al día de su primera obra impresa, el Systema Naturae, cuya décima edición, fijada como la definitiva en sus contenidos, salió de imprenta en dos volúmenes impresos en Estocolmo entre 1758 y 1759. En vida del autor se llegó a publicar una 12ª edición (Estocolmo, 1766-1768) con 2.300 páginas, frente a los catorce folios que componían la primera. Además, completó sus trabajos botánicos con dos suplementos: Mantissa Plantarum (Estocolmo, 1767) y Mantissa Plantarum Altera (Estocolmo, 1771). Sus extensos conocimientos sobre la flora y fauna de las más lejanas regiones se debían a los materiales cedidos por sus discípulos, sus “apóstoles”, quienes se ocuparon de recoger por Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:199-214

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todo el mundo los más diversos materiales con destino a los jardines, herbarios y colecciones de Uppsala. Linné prestó especial atención a la fauna y flora de su entorno más próximo, siendo el resultado de estos trabajos de inventariado su Flora Suecica (Estocolmo, 1745) y Fauna Suecica (Estocolmo, 1746), ambas publicadas en latín. Asimismo, se ocupó de organizar las colecciones de Historia Natural de la Casa Real sueca en Museum Sae: Rae: Mtis: Adolphi Friderici (Estocolmo, 1754-1764. 2 vols.) —primera obra en la que se utiliza la nomenclatura binomial para los animales— y Museum Sae: Rae: Mtis: Ludovicae Ulricae Reginae (Estocolmo, 1764). Los honores y distinciones, de las que tanto gustaba, no tardaron en llegarle tras su toma de posesión como profesor de la Universidad de Uppsala. En 1744 fue nombrado secretario de la Real Sociedad Sueca de Ciencias, que él contribuyó a fundar; a comienzos de 1747 fue designado Arquíatra (médico preeminente) y este mismo año la Academia de Ciencias de Berlín le incluyó entre sus miembros. En 1753 fue distinguido con el nombramiento de caballero de la Nordstjärneordern [Orden de la Estrella Polar], siendo el primer civil con tal distinción, y en 1761 fue ennoblecido, recibiendo el derecho a utilizar la partícula “von” precediendo a su apellido. Sus últimos años fueron de continua enfermedad; en 1773 sufrió una angina de pecho y un ataque de ciática; en la primavera de 1774 comenzó a padecer ataques de apoplejía, agravados a fines de 1776, de los que no logró recuperarse. La muerte le sobrevino el 10 de enero de 1778 como consecuencia de un ataque cardíaco. Quizás nadie sea más adecuado que el propio Linné para ofrecernos una síntesis de su contribución al mundo científico; él escribió en una de sus autobiografías: “No hay nadie que haya trabajado con más fervor y tenga más alumnos en nuestra Universidad. No hay nadie con conocimientos de ciencias naturales que haya hecho más observaciones y descubrimientos. Nadie tiene un conocimiento más sólido de los tres reinos de la naturaleza. Nadie ha elaborado con más cuidado la historia natural de su tierra natal, su flora, su fauna y su economía. Nadie ha escrito más trabajos, de forma exacta y sistemática y basándose en su propia experiencia. Nadie ha reformado de esta manera una ciencia en su totalidad ni ha creado una nueva época. Nadie ha ordenado los diferentes grupos de la naturaleza en un orden tan perfecto. Nadie ha mantenido tanta correspondencia con el mundo entero. Nadie ha enviado a sus discípulos a tantos rincones del mundo. Nadie ha dado nombre a más plantas, insectos, a toda la naturaleza. Nadie ha visto tanto trabajo del Creador. Nadie ha sido tan famoso en todo el mundo.” Evidentemente, no fue un hombre modesto, pero es difícil refutar las aseveraciones que de sí mismo hace. 206

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De las fiebres y otros géneros de enfermedades: el mundo médico en la obra de Linné El 23 de junio de 1735 Linné presentó ante la Universidad de Harderwijk, en los Países Bajos, el trabajo con el que habría de obtener el grado de doctor en Medicina: Hypothesis nova de febrium intermittentium causa (Harderwijk, 1735), un texto inspirado en los aforismos de Hipócrates relativos a la exhalación y al vómito, en el que defiende que las ‘fiebres intermitentes’ son debidas a la ingestión de partículas de arena en el agua de bebida, “que son absorbidas por la sangre e inhiben el proceso de exhalación”. El opúsculo se presenta como una relación de 84 sentencias en las que refuta algunas de las causas propuestas como origen de la enfermedad por los autores clásicos y enuncia su propia teoría, seguida de los medios naturales, empíricos, dietéticos y farmacológicos recomendados para su curación (entre ellos la quina y otros vegetales de singular amargor como artemisia, centaurea, genciana y nuez vómica). En ningún caso ofrece observaciones microscópicas de la sangre infectada ni interpretaciones sobre el proceso de asimilación de estas ‘partículas de arena’ por la sangre. El desarrollo de esa hipótesis es meramente especulativo, resultado de relacionar los pantanos y la calidad arenosa de sus aguas con las fiebres hoy conocidas como palúdicas. Sus ideas le ubican dentro de la corriente mecanicista imperante en la Europa de su tiempo. Su tesis nos muestra un autor convencido de los principios de la fisiología mecanicista, resumidos en el adagio Homo machina est, y a ellos responde este trabajo, eminentemente erudito y carente de casos individualizados, aunque centrado en su propia experiencia en tierras suecas. Las teorías mecanicistas, una aproximación simplificada a la fisiología humana, se muestran próximas a los planteamientos físicos defendidos por Isaac Newton (16421747) o a las ideas filosóficas de René Descartes (1596-1650). En definitiva, se trataba de establecer un conjunto no muy amplio de normas básicas que permitieran explicar el plan estructural de la Naturaleza. No otra finalidad perseguiría Linné en sus estudios sobre la sistematización del mundo natural. Años después, ya durante su trabajo como catedrático en la Universidad de Uppsala, abandonaría la idea defendida en su tesis doctoral por otra aún más banal. Lo haría a través de las plumas de dos de sus discípulos a quienes aconsejó y para los que redactó sus disertaciones académicas. Así, en 1757, Anders Boström (1724-1769) defendió Febris upsaliensis, un trabajo en el que se analizaba la epidemia de ‘fiebres intermitentes’ acaecida en Uppsala en 1756, atribuyéndola a la humedad y suciedad del aire de la ciudad por el estancamiento de los canales. Años después, en 1771, Pehr Cornelius Tillaeus (1747-1827) insistirá en esta misma causa señalando, en De varia de febrium intermittentium curatione, como agente causante de la enfermedad al aire sucio o ‘ácido’ que “interfería en el proceso de la exhalación”, una idea que ya había sido propuesta —y refutada— por Anton van Leeuwenhoek (1632-1723) en 1678. La solución al proArs Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:199-214

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blema estaba aún lejos de ser encontrada, habrá que esperar a los trabajos de Charles Louis Alphonse Laveran (1845-1922), realizados en 1880, para conocer la causa real de la malaria. Linné sólo elucubró, sin mayor éxito que sus contemporáneos, sobre un proceso morboso de etiología entonces desconocida. Tras su vuelta a Suecia en 1738 y hasta su nombramiento en 1741 como catedrático en Uppsala, Linné mantuvo una consulta abierta en Estocolmo. No le sonrió la fortuna en sus primeros años, pero pronto cambiaría su suerte. La puesta en práctica de una nueva terapia contra las enfermedades venéreas, en la que se incluía ungüento de mercurio, comunicada por su corresponsal François Boissier de Sauvages de la Croix (1706-1777), médico en Montpellier y reputado botánico, le hizo gozar de buena fama —y clientela— entre los estudiantes de la Universidad de Estocolmo y parte de la joven nobleza del lugar. Sus éxitos y su relación personal con el conde Carl Tessin (1685-1770) le valieron el cargo de médico del Almiratazgo, lo que le hizo responsable del Hospital Naval de Estocolmo, con la dotación precisa para atender a las 200 camas de las que disponía; un trabajo para el que contó tan sólo con dos ayudantes. No disponemos de muchos datos sobre su trabajo allí pero, de manera indirecta, a través de los comentarios vertidos en la disertación defendida en 1771 por su discípulo Georg Hallenberg (17461814), sabemos que en ese Hospital ensayó hacia 1738 la Solanum dulcamara L. como estimulante cardíaco. Desde la primavera de 1741, año en que la Universidad de Uppsala le confirió una cátedra, Linné no volvió a ejercer la medicina privada, salvo en el reducido círculo familiar o de sus amistades más próximas, dedicándose por entero, durante los 36 años que le restaron de vida, a la enseñanza universitaria. El abandono de la práctica médica no conllevó falta de reflexión sobre la enfermedad y sus causas; todo lo contrario, dirigió muchas disertaciones en las que sus alumnos, bajo su directa tutela, se ocuparon de estos asuntos. Los esfuerzos por clasificar las enfermedades como cualquier otro fenómeno natural, se encuentran presentes en textos médicos del XVII a los que Linné tuvo acceso, como los de Thomas Sydenham (1624-1689), a quien tan elogiosamente cita en su disertación para obtener el grado de doctor en la Universidad de Harderwijk, o los de Georgio Baglivi (1668-1707), por citar sólo algunos de ellos. Patrick Sourander (1980) ha señalado los esfuerzos iniciales de Linné, inéditos en un Vademécum, por aplicar a las enfermedades unos principios taxonómicos análogos a los empleados en la primera edición de su Systema Naturae (Leiden, 1735). Más tarde, Linné optó por seguir la propuesta efectuada por François Boissier de Sauvages de la Croix (1706-1776) en Nouvelles classes de maladies, qui dans un ordre semblable à celui des botanistes, comprennent les genres & les espèces de toutes les maladies, avec leurs signes & leurs indications (Avignon, 1731), en la disertación defendida en 1759 por su discípulo Johan Schröder (1727-1764): Genera morborum. Una hipótesis posteriormente desarrollada en un texto homónimo, publicado bajo la pro208

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pia firma de Carl Linné: Genera morborum (Uppsala, 1763). En ambas obras sus planteamientos le llevan a clasificar las enfermedades en clases, órdenes y géneros de acuerdo con los síntomas, siguiendo la sistemática propuesta de Sauvages de la Croix, aunque en una versión menos elaborada. Quizás las páginas más brillantes de la literatura médica producida por Linné se circunscriban al ámbito de la dietética y la nutrición. Sus diarios de viajes, en especial el realizado por las tierras de Laponia, contienen frecuentes referencias a las dietas seguidas por los habitantes de aquellas regiones, capaces —en una visión neohipocrática del concepto de salud— de desarrollar preceptos dietéticos de autocuidado y consideraciones etnográficas sobre los remedios habituales entre los autóctonos de las regiones que visita. Es difícil separar, en el tratamiento que Linné realiza de los usos culturales de los Sami, sus reflexiones sobre la economía local y el estado de salud de este pueblo, algo que se repite en la práctica totalidad de sus relaciones de viajes por tierras de Suecia, donde el binomio economía y salud se encuentra férreamente relacionado. De la aplicación de sus conocimientos de Botánica a la terapéutica nace Materia medica (Liber I. De plantis, Estocolmo, 1749), un tratado clásico de farmacología en el que

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Materia Medica. Liber I. De Plantis. Estocolmo, 1749.

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recoge los nombres y sinónimos de un buen número de plantas medicinales, con alusión a sus lugares de origen e indicación de las dosis que habrían de administrarse, los efectos terapéuticos esperados y las enfermedades para las que se recomendaban. Bastante tiempo después, Linné completaría tal obra recogiendo la utilidad terapéutica de animales y minerales en sendos libros agrupados en un solo volumen Materia medica. Liber II. De animalibus et Liber III. De mineralibus (Estocolmo, 1763). En los últimos años de su vida, Carl Linné sintetizó sus planteamientos sobre sistemática médica en Clavis medicinae duplex, exterior et interior (Estocolmo, 1766), otra prueba de su obsesión por la organización en series dicotómicas, a imagen y semejanza de la diferenciación sexual a la que responde su organización de la Naturaleza. En este texto tardío, no exento de cierto misticismo y construido sobre un cuerpo de especulaciones empíricas imposibles de sustentar, retoma el doble origen, materno y paterno, de muchas de las estructuras que conforman nuestra anatomía, tal la naturaleza ‘materna’ de la sustancia medular y la ‘paterna’ del córtex, en un ejemplo paradigmático de su concepción dualista sobre la concepción humana. Brian G. Gardiner (1984) ha señalado una línea más en los escritos médicos de Linné: la divulgación de conocimientos a través de las páginas de un almanaque popular en la Suecia de su tiempo, el Hjorter’s Almanack, en cuyas páginas se encuentran breves notas sobre la acción terapéutica del té (1746), el café (1747) o el brandy (1748).

Maestro de médicos En la primavera de 1741, el Claustro de la Universidad de Uppsala, después de una prolongada discusión, eligió a Carl Linné para desempeñar una de sus cátedras. Tras llegar a un acuerdo con Nils Rosén (1706-1773), otro de los catedráticos de Uppsala, Linné se ocupó de impartir Botánica, Dietética y Materia médica, atender a las necesidades del Jardín Botánico de la Universidad y, junto a Rosén, compartir las enseñanzas de Química y Patología. De su actividad docente es testigo el alto número de tesis defendidas por sus estudiantes entre 1744 y 1776. Linné presentó un total de 186 disertaciones, que fueron reunidas y publicadas bajo el título Amoenitates academici (Estocolmo/Leipzig, vols. I-VII, 1749-1769; vols. VIII-X, 1785-1790). La última de ellas, Hypericum, defendida por Carl Niclas Hellens (1745-1820) en noviembre de 1776, bajo la responsabilidad conjunta de su hijo Carl. Los hábitos vigentes en la Universidad sueca hacen responsable de las ideas y textos de estas disertaciones al ponente, limitándose el alumno a la defensa de los planteamientos argüidos por su maestro. Se trata, por tanto, de textos linneanos, aun cuando sea el nombre del defensor el que figura en el título del opúsculo, en la mayor parte de los casos limitado a una docena de páginas con una tirada reducida y restringida a la defensa del trabajo. 210

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La mayoría de estas disertaciones estuvieron destinadas a valorar la utilidad terapéutica de los vegetales. La relación es larga. Desde su primer trabajo, defendido por Cornelius Hegardt (1715-1772) en septiembre de 1744, en el que se ocupaba de las utilidades terapéuticas del género Ficus L., a la defensa de las propiedades astringentes y antisépticas de Cynomorium coccineum L., realizada por Johan Pfeiffer (17311806) en su Fungus melitensis (1755); el estudio de las especies del género Cinchona L. que, en 1758 y bajo el título de Cortex peruvianus, abordara Johan Christian Peter Petersen (1739-1774); las virtudes del leño de cuasia (Quassia amara L.) defendidas por Carl Magnus Blom (1737-1815) en la disertación titulada Lignum Quassiae (1763), o el uso como tónico cardíaco de Solanum dulcamara L., proclamado por Georg Hallenberg (1746-1814) en Dulcamara (1771); Sven Anders Hedin (1750-1821) recogió, en Fraga vesca (1772), el testimonio de las experiencias del propio Linné sobre las fresas (Fragaria vesca L.) que utilizó con asiduidad para tratarse la gota padecida durante los veranos de 1750 y 1751. Con ser los más utilizados de los recursos naturales, las plantas no monopolizaron los estudios de los discípulos linneanos. Así, Jonas Sidrén (1723-1799) defendió en 1750, bajo el título Materia medica in regno animali, un compendio de 67 productos de material médico de origen animal; Johan Lindhult (1723-1770) presentó, en Materia medica in regno lapideo (1752), una clasificación terapéutica de 72 productos de origen mineral y Johan Gustaf Acrel (1741-1801), en Morsura serpentum (1762), ofreció un estudio médico-zoológico sobre el veneno de las serpientes y sus antídotos. Linné defendió, a través de la tesis de Johan Georg Beyersten (1717-1804), Obstacula medicinae (1752), las barreras que para el progreso médico suponía la escasa formación botánica de los boticarios y, para mitigarla, hizo defender a Nils Gahn (1733-1820) Plantae officinales (1753), un ensayo de botánica farmacéutica dirigido a aquéllos, centrado en la flora sueca habitualmente incluida en las recetas médicas. En esta misma línea se incluye la tesis de Gustaf Jacob Carlbohm (17311758), Censura medicamentorum simplicium vegetabilium (1753), un conjunto de notas relativas al mal uso de las plantas medicinales. Las características y clasificación de los medicamentos también fue objeto de su interés. Jacob Rudberg (1725-1778) defendió, en Sapor medicamentorum (1751), una sistematización de los medicamentos en once grupos en función de sus características gustativas; Anders Magnus Wâhlin (1731-1797), en Odores medicamentorum (1752), se ocupó del valor del olor como elemento de predicción para conocer la utilidad terapéutica de las sustancias con aplicaciones médicas; Jonas Theodor Fagraeus (1729-1797) ofreció, en Medicamenta graveolentia (1758), un compendio de los medicamentos de olor desagradable y su idoneidad en la terapéutica del sistema nervioso; en el verano de 1772, Johan Lindwall (1743-1796) presentó, en Observationes in materiam medicam, un análisis de las relaciones directas entre las cualidades medicinales de las plantas y sus características botánicas comunes con otras de igual uso terapéutico. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:199-214

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La dietética fue otra de las grandes preocupaciones linneanas trasmitidas a los estudiantes. Sus recomendaciones, generalmente presentadas en forma de aforismos en los que es difícil discernir entre reglas de conducta y de salud, nos remiten a una estructura más próxima a los Regimenes sanitatis medievales que a los tratados de la Ilustración. La trivialidad de sus formulaciones se nos presenta como una entremezcla de empirismo con tradición popular, no muy alejada de una actitud neo-hipocrática. A esta línea de trabajo responden los Fundamenta valetudines (1756) de Peter Engström (1735-1803), un compendio de recomendaciones higiénico-dietéticas y sociales para conservar la salud a lo largo de los años; Acetaria (1756), de Hieronymus von der Burg (1730-1811), un texto en el que se destaca la importancia dietética de las ensaladas verdes, con indicación de las plantas nativas de Suecia que pueden emplearse para elaborarlas; Panis diaeteticus (1757) de Isaac Svensson (1726-1795), sobre el valor dietético de diferentes tipos de harinas; o Culina mutata (1757), la tesis de Magnus Gabriel Österman (1730-1794), en la que se defiende la superioridad de la alimentación vegetariana sobre la tradicional. Peter Bergius (1740-1819) expuso, en Spiritus frumenti (1764), las intoxicaciones producidas por las bebidas espirituosas, con abundantes comentarios morales y políticos; Christian Lado (1741-post 1770) destacó, en Motus polychrestus (1763), la importancia de los ejercicios físicos para preservar y restaurar la salud; Daniel Johan Öhrqvist (n. 1738) ofreció, en Diaeta aetatum (1764), un conjunto de prescripciones dietéticas adaptadas a las edades del hombre, en función de los cambios fisiológicos que en él se producen; y Carl Ribben (17341803) relató, en Fervidorum et gelidorum usus (1765), los peligros que las comidas extraordinariamente calientes o frías ejercen sobre la salud. Su afán clasificatorio también habría de llegar a los alimentos. De tal forma, Adolph Fredric Wedenberg (1743-1828) presentó, en Varietas ciborum (1767), un bosquejo clasificatorio de los alimentos en diez grupos, en virtud de los efectos dietéticos de cada uno de ellos y de las enfermedades que su uso excesivo puede ocasionar. Igualmente, dedicó especial atención a la alimentación de la infancia a través de la tesis defendida por Fredric Lindberg (1733-1779) quien, en Nutrix noverca (1752), se ocupó de analizar los problemas de transferencia de enfermedades y temperamentos a través de la leche materna. Los alimentos no tradicionales también preocuparon a Linné. Henric Sparschuch (1742-1786) realizó, en Potus coffeae (1761), un estudio médico-botánico sobre el café (Coffea arabica L.) en el que aceptaba su supuesta propiedad antiafrodisíaca, la provocación de flatulencias y la pérdida de apetito, además de señalar los daños que ocasiona en las personas melancólicas, histéricas e hipocondríacas, atribuyendo a su uso abusivo una senilidad prematura. No obstante, Linné fue bebedor de café, al menos durante su tiempo como médico del Almirantazgo, época en la que se recomendó a sí mismo un cuarto de café negro y sin azúcar cada día para superar el mareo y el cansancio que le producían sus consultas. Del chocolate (Theobroma cacao L.), mezclado con la indispensable vainilla (Epidendrum vanilla L.), trató la tesis de Anton Hoffman (1739-1782), Potus chocolatae (1765), en la que recomendaba su 212

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uso para el tratamiento de la hipocondría y las hemorroides. Finalmente, la aclimatación, preparación y utilidad medicinal del té (Camellia sinensis L.) fue tratada en la tesis de Pehr Cornelius Tillaeus (1747-1827), Potus thaeae (1765). Las relaciones entre la climatología y el estado de salud fue otro de los temas recurrentes en los que hizo ocuparse a sus alumnos. Sven Brodd (1722-1773), en Morbi ex hyeme (1752), presentó un compendio de enfermedades asociadas a las variaciones climáticas en Suecia; Johan Victor Siefvert (1738-1791) realizó, en Aer habitabilis (1759), un estudio médico en torno a la influencia de la atmósfera sobre la salud, el comportamiento humano y la economía; y Jonas Ullholm (1746-1819), en Respiratio diaetetica (1772), abordaba una clasificación de los distintos tipos de aires beneficiosos para la salud, acompañada de una explicación anatómica de la respiración. No fueron éstos los únicos temas médicos sobre los que Linné llamó la atención de sus alumnos; Johan Otto Hagström (1716-1792) se ocupó de analizar, en Generatio calculi (1749), el origen de los cálculos de orina; Eric Elff (1718-1761) trató, en Haemorrhagiae uteri sub statu graviditatis (1749), sobre las hemorragias uterinas tras el parto y su tratamiento; Pehr Zetzell (1724-1802) sostuvo, en Consectaria electrico-medica (1754), la parca utilidad de la electricidad estática en tratamientos terapéuticos; Johan Carl Nyander (1734-1814) analizó, en Exanthemata viva (1757), las enfermedades causadas por unos ‘organismos invisibles’, a los que denominó acari, una teoría influenciada por la que años atrás había expresado August Quirinus Rivinus [Bachmann] (1652-1723), a quien expresamente cita en la redacción del texto; Nils Skragge (1738-1787) analizaba, en Morbi artificum (1765), las enfermedades vinculadas con el mundo del trabajo y sus conclusiones estaban inspiradas en los textos de Bernardin Rammazini (1633-1714); Christian Ernst Boecler (1742-1800) presentaba, en Suturae vulnerum (1772), un compendio de diferentes métodos de sutura. Y, aún podríamos seguir añadiendo nombres y temas a una lista sorprendentemente extensa. Un buen número de los tópicos que Carl Linné hizo defender a sus discípulos nos resultan hoy sorprendentes. Por ejemplo, “todos los líquidos hervidos, incluso el agua, son peores que los no hervidos”; “las vacas castañas y negras dan mejor leche”; “la madre no debe dar de mamar a su bebé cuando esté enfadada, porque la ira corta la leche y produce convulsiones en el niño”; “las corrientes de aire se adhieren a las paredes de las habitaciones, por lo que la cama debe ocupar el centro”; “un hombre puede sobrevivir dos semanas sin probar bocado cuando está enfermo, pero no cuando está sano”; “las criaturas más diminutas pueden causar más daño que las grandes, pues pueden matar más gente que todas las guerras”; “el lavado continuo de los cabellos es causa de epilepsia”; “comer arenques en mal estado causa lepra”, una difícil teoría defendida por Isaac Uddman (1731-1781) en su disertación doctoral: Lepra (1765); o “el ergotismo se produce por la ingesta de las semillas de rábanos” (Raphanus raphanistrum L.), hipótesis central de Raphania (1763), tesis defendida por su discípulo Georg [Jöran] Rothman (1739-1778). Elucubraciones que tienen hoy el único interés de la curiosidad histórica. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:199-214

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En su Diaetae naturalis (manuscrito en 1733 y publicado en Uppsala en 1958) Carl Linné escribió: “La Medicina en los tiempos antiguos fue el arte de la conjetura y todavía lo es”. Su pensamiento estuvo influenciado por el empirismo del siglo XVIII y el arcaísmo y escolasticismo renacentista y barroco, acentuado con un toque de misticismo medieval y sus teorías médicas confirman esta forma de pensar. Sin duda, sus conjeturas supusieron el final de una época.

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La ciudad ideal The ideal city ■ Santiago Prieto Pérez

Resumen Desde el origen de los asentamientos urbanos, el humano deseo de perfección ha dado lugar a numerosos proyectos en los que se ha tratado de vincular la mejora de la ciudad con la sociedad que la habita. En este artículo se revisan elementos concurrentes en esa larga búsqueda que ha sido y es la ciudad ideal.

Palabras clave Ciudad. Urbanismo. Utopía. Geometría.

Abstract From the beginning of urban settlements, human desire for perfection has led to numerous projects in which attempts have been made to link improvement of the city with the society who inhabit it. In this article the author reviews the most important elements of the long search for this goal, which has always been and still is the ideal city.

Key words City. Urbanisation. Utopia. Geometry.

■ Probablemente, el lector que siga estas líneas vivirá en una ciudad. Una ciudad con una ubicación, una organización y unas infraestructuras que a sus ojos distarán más o menos de ser ideales. En consecuencia, podrá preguntarse: ¿qué elementos debe tener una ciudad ideal?; ¿qué estructura?; ¿qué necesidades debe cubrir? Como veremos, hace siglos que se ha pretendido dar respuesta a estas cuestiones, que, salvando las distancias que el paso del tiempo impone, y al contrario de lo que se suele pensar, apenas han variado. El exceso de tráfico, el ruido, la contaEl autor es doctor en Bellas Artes. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:215-234

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minación, las aglomeraciones, las comunicaciones o la seguridad, son problemas que, aunque magnificados por el aumento demográfico, el consecuente crecimiento de los enclaves urbanos y el desarrollo tecnológico, siempre han estado ligados a la ciudad. En las soluciones propuestas a lo largo de la Historia, observaremos numerosos puntos en común y nuevos problemas asociados a la evolución tecnológica, ni siquiera contemplados unas décadas antes.

Condiciones que debe cumplir la ciudad ideal Los puntos clave de la urbanística consisten en las cuatro funciones: habitar, trabajar, descansar en tiempo libre y circular. Carta de Atenas1 En primer lugar, debemos considerar las distintas concepciones que han orientado y definido las agrupaciones urbanas a lo largo del tiempo, así como el origen y evolución de lo que se ha convenido en llamar ciudad ideal. Desde siempre, las razones fundamentales para el establecimiento de una comunidad sedentaria han sido total o parcialmente las siguientes: la proximidad a cursos fluviales, lagos u otras fuentes de agua dulce; la riqueza de la tierra; la protección frente a las inclemencias atmosféricas, a las bestias o frente a otras comunidades humanas y, finalmente, la valoración espiritual —sagrada— de un enclave. En principio, una ciudad que cumpliese todos los requisitos mencionados podría considerarse perfecta. Sin embargo, con el paso del tiempo, otros factores como una ubicación favorable para el comercio con otras ciudades, o para el dominio de una región; la dotación de infraestructuras, la misma belleza de la ciudad o de su emplazamiento cobraron una gran importancia.

La capital, ciudad ideal Durante siglos, sólo la capital de una provincia, de un reino o de un imperio podía reunir las condiciones apuntadas. Principalmente, porque una capital, como residencia habitual de un gobernante o rey, había de expresar cierta grandeza. Teniendo 1

Del IV Congrés Internationaux d’architecture Moderne (Atenas, 1933) salió la lamada Carta de Atenas, alentada por Le Corbusier, que ha sido referencia para arquitectos y urbanistas de todo el mundo desde su publicación. En 57 puntos se abordaban en ella las condiciones a cumplir por una ciudad moderna ideal.

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en cuenta que la capital gozaba de su privilegiado estatus debido a una localización estratégica2, tan sólo en algunos casos, ciudades cuya situación pudiera considerarse menor, manifestaban su magnificencia atendiendo únicamente a su condición de residencia segura del monarca. Como nos recuerda Arnold J. Toynbee (1889-1975), Luis XIV disfrazó la humillante verdad de que Versalles era una capital-refugio haciéndola arquitectónicamente magnífica, pero: “No debemos permitir que nos embauquen con la suntuosidad del palacio de Versalles; su importancia radica en su distancia de París porque esto da la medida del miedo que sentía el Rey en la propia capital de su reino —un temor justificado posteriormente por lo que aquélla le hizo a Luis XVI—”3.

Seguridad: La ciudad ideal como bastión Como nos ilustra el ejemplo anterior, la seguridad es un factor esencial, quizá el más importante —después del abastecimiento de agua— de una ciudad ideal. En este sentido, al margen de una ubicación naturalmente resguardada, hasta hace apenas dos siglos, el hombre ha vinculado su refugio a una buena muralla.

a) La ciudad amurallada Es conveniente recordar aquí que la defensa de una ciudad comprende no sólo la protección frente a un ataque, sino también frente a las inclemencias meteorológicas. Algo observado ya en el siglo I a.C. por el arquitecto e ingeniero romano Vitruvio, quien propuso la ubicación de la ciudad en el interior de un octógono para protegerla de los vientos. Esta original idea, abrió paso a una solución largamente adoptada durante el Renacimiento, repetida y desarrollada hasta el siglo XVIII: el perímetro amurallado poligonal, en el que se vinculaban defensa y geometría. En este sentido, a menudo se ha objetado a muchos proyectos ideales el atenerse a una forma poligonal cerrada, a veces arbitraria, que impedía tanto el crecimiento de la urbe más allá de sus muros como su adecuada ventilación. Sin embargo, siendo cierto que un concepto defensivo, tipo fortaleza, no resulta aconsejable según un criterio higienista, no es menos cierto que la defensa primó durante siglos ante cualquier otro precepto y que tales ciudades no contemplaban su propio crecimiento. Es el caso, entre otros, de distintos diseños ideales concebidos a finales del Renacimiento, como los de Antonio Averlino “Il Filarete”, Alberto Durero, o Girolamo Maggi, fechados en 1464-65, 1527 y 1564 respectivamente. Ciudades que en esencia se atenían a 2

Ejemplos paradigmáticos de lo apuntado son las antiguas ciudades de Constantinopla o Venecia, cuya situación fue fundamental en su importancia comercial y política. 3 Toynbee AJ. Ciudades en marcha. Buenos Aires: Editorial Emecé, 1971, p. 151. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:215-234

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lo que Tomás Moro describía en su Utopía (1516): “Toda la ciudad está amurallada con muros altos y recios”4. Por otra parte, y aunque efectivamente algunas de estas ciudades pudieran considerarse como meros ejercicios de geometría, no podemos negar que contribuyeron a mejorar las técnicas de fortificación e incluso, a la postre, por su orden, a una mayor salubridad. No en vano fueron el fruto del pensamiento de los mejores arquitectos. Por último debemos añadir que, en la práctica, este tipo de proyecto sólo se aplicaba a ciudades que por su ubicación estratégica resultaban especialmente importantes. Es el caso de la ciudad portuaria finlandesa de Hamina, o de la mexicana y porteña ciudadfortaleza de Campeche, diseñada en el siglo XVII por el ingeniero militar español Martín de la Torre para defenderla de los piratas del Golfo de México. Y también de Sarre Louis, erigida en 1679 para la defensa de Estrasburgo, y de Neuf Bri-sach —en la Alta Alsacia— diseñadas por el ingeniero y arquitecto de Luis XIV, Sébastien Le Pestre5 (1633-1707).

b) La ciudad-isla Un rasgo repetido en la ciudad ideal es su alejamiento de toda contaminación y peligro, lo que ha llevado con frecuencia a situarla en una isla. Ya en el siglo I a.C., Diodoro de Sicilia localizaba a su personaje Yámbulo en la Isla del sol, cerca de Etiopía, “donde el clima es templado, los días y las noches duran lo mismo, hay manantiales de agua cálida y los frutos son perennes”. Un ejemplo que también desvela una atractiva asociación entre seguridad y prosperidad tantas veces retratada. No por casualidad, siglos después, en el Renacimiento, Sannazaro (1455-1530), autor de La Arcadia (1504), presentaba el citado paraje alejado en el tiempo, ligándolo en el imaginario colectivo al mito de la Edad de Oro. Más tarde, bien sea la Utopía (1516) de Moro; la Civitas Solis (1602) de Tommaso Campanella; la Christianópolis (1619) de Johann Valentin Andreae, situada en la isla de Capharsalama; La nueva Atlántida (1627), ubicada en la imaginaria isla de Bensalem por Francis Bacon; la Oceana (1656) de James Harrington; la ciudad descrita en News from Nowhere (1890) por William Morris; la Altruria6 de Howard Dean Howells; o la Pala que da nombre a The Island (1962) de Aldous Huxley; todas ellas nos descubren ubicaciones semejantes, aisladas y libres por completo; poco menos que divinas en su perfección. Partícipes de lo que tan atinadamente describía Andreae en Mennipus (1617): “...Insula, quam Mundi mare undique impetit... ex verbo Dei castrum nobis est, munitissimum, quod frustra huc usque obsiderunt”7 (“una isla que el mar del mundo ataca por todos sus lados... una fortaleza, desde la palabra de Dios, firmemente defendida”). 4

Moro T. Utopía. Madrid: Editorial Zero, SA, 1971, p.19. Más conocido como Marqués de Vauban, o simplemente Vauban. 6 En la novela titulada A traveller from Altruria, escrita en 1892-3. 7 Mennipus, capítulo 53. 5

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c) La ciudad-mundo No podemos ignorar que el rápido crecimiento de la población mundial y el no menos acelerado desarrollo tecnológico han alterado toda perspectiva utópica, apuntando con fuerza hacia una escala global, planetaria. Es la idea de Toynbee, en lo que llamó Ecumenópolis: “[...] La futura ciudad-mundo, que extenderá sus tentáculos alrededor del globo [...]”8.Una idea sorprendentemente próxima a lo imaginado por Isaac Asimov (1920-1992) en su célebre Foundation, (1951): “Toda la superficie de Trántor, 1.200 millones de kilómetros cuadrados de extensión, era una sola ciudad”9. Ahora bien, la ciudad-mundo, puede ser vista como un destino, fruto inevitable del crecimiento de la población, o bien puede ser entendida como una oportunidad. Una nueva y sugerente prolongación de las virtudes y esperanzas encarnadas por la isla...en un mundo nuevo; como también imaginara el mismo Asimov en sus lejanos y utópicos mundos de Aurora y Solaria. Hoy, las cualidades de una isla para albergar una comunidad a salvo hace tiempo que han desaparecido. El dominio de los mares y de los cielos ha relativizado su valor... aunque las razones que indujeron a considerarla como óptimo lugar no han sido desechadas. Herbert George Wells (1866-1946) describió perfectamente esta idea: “El plan de una Utopía moderna exige, por lo menos, un planeta. Hubo un tiempo en el que una isla o un valle oculto entre las montañas procuraban el aislamiento suficiente para que se mantuviera exenta de la influencia de las fuerzas exteriores una organización política [...] Pero la tendencia del pensamiento moderno es por completo opuesta a la conservación de esos recintos amurallados. En nuestros días se sabe de una manera cierta que, por sutilmente organizado que se halle un Estado, la epidemia, la barbarie o las exigencias económicas reúnen sus fuerzas alrededor de las fronteras de aquél para destruirlas y franquearlas”10.

Una ciudad “agradable”. Higiene frente a contaminación Las calles tienen veinte metros de ancho y todas las casas están rodeadas de jardín. Tomás Moro. Utopía11 A finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, la atención a la salud pública propia de la Ilustración desembocó en una serie de estudios y medidas que die8

Toynbee AJ. Op. cit. Prefacio, p. 9. Asimov I. Fundación. 9ª ed. Barcelona: Plaza y Janés Editores, SA. Colección Jet, 1997, p. 22. 10 Wells HG. Una Utopía Moderna. Barcelona: Ediciones Abraxas. Colección Utopías & Distopías, nº 6. 2001, p. 18. 11 Moro T. Op. cit., p. 19. 9

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ron lugar a cambios vigentes hasta hoy. Personajes como Fourier (1772-1837) o Saint Simon (1760-1825) dieron forma a las llamadas teorías higienistas, según las cuales la presencia de espacios verdes, aceras y calles amplias eran tan importantes como un buen alcantarillado, unas buenas canalizaciones o unos buenos hospitales. Hoy establecemos una nítida separación entre campo y ciudad en tanto que esta última, por la altura de sus edificios, la extensión de espacio edificado, sus coches, su ruido y contaminación ha llegado a ser la antítesis del espacio natural. Así, el habitante de la ciudad apenas puede disfrutar de espacios abiertos y a menudo destina su tiempo de ocio para ir al campo, buscando tranquilidad en un entorno natural. Como decía Toynbee: “Las ciudades mecanizadas han perdido contacto con el campo”12. Sin embargo, desde muy antiguo se valoró como elemento necesario de la ciudad la presencia y cuidado de la Naturaleza. El recuerdo de los jardines que dieron justa fama a la antigua Babilonia; las fuentes y vegetación que adornaban las villas romanas o los jardines de la Alhambra, han llegado hasta nosotros como ejemplos ideales de una vida urbana saludable. Bien es cierto que los casos descritos estaban pensados para el disfrute de unos pocos, pero no lo es menos que esas imágenes han permanecido intactas como una secreta aspiración para muchos ciudadanos. En este punto, debemos recordar que la inmensa mayoría de los proyectos urbanos modernos han recogido esta ambición. Sin ánimo de ser exhaustivos, diremos que la concepción de anchas avenidas arboladas o boulevards13; la integración de grandes pulmones verdes en el interior de las ciudades, o la construcción de viviendas unifamiliares con parcelas de tierra, responden a esa ciudad habitable que tuvo un notable impulso en los tiempos de la Ilustración. Así, Jean-Baptiste Le Blond (1679-1719) concibió San Petersburgo como una ciudad-parque; Fernando VI (1713-1759) fundó Aranjuez en términos similares, y Jakob Friedrich von Batzendorf14 planteó una Karlsruhe inscrita en la Naturaleza, siendo, en gran medida, los ejecutores de las ideas de André Le Nôtre (1613-1700), quien en sus jardins de l’intelligence, contemplaba la subordinación de la arquitectura al entorno, al paisaje. A finales del siglo XIX y principios del XX tales ideas recibirían un nuevo impulso en las llamadas ciudades-jardín, cuya fama debemos al arquitecto Ebenezer Howard (1850-1928) y de cuya difusión encontramos ejemplo en numerosos complejos residenciales en toda Europa y Estados Unidos. De hecho, estos complejos, conocidos en Alemania como Gartensiedlungen (colonias ajardinadas), han permanecido hasta hoy 12

Toynbee AJ. Op. cit., p. 216 Paseos, en español. 14 Por encargo, en 1715, del conde Karl Wilhelm von Baden-Durlach (1679-1738). 13

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sin cambios apreciables: casa unifamiliar de dos alturas como máximo, con un pequeño jardín.

Morfología de la ciudad Frente al crecimiento naturalmente caprichoso de los enclaves humanos, desde el amanecer de la civilización encontramos proyectos que nos advierten de la utilidad de un crecimiento ordenado. Como nos relata Herodoto, en la Babilonia del siglo VI a.C., tal orden contemplaba no sólo la atención a la protección de la ciudad, sino una mayor eficiencia en las comunicaciones y en las canalizaciones para el riego; a la vez que implicaba una visión de conjunto en la que primaba la sencillez geométrica.

a) La ciudad reticular A lo largo de la Historia, la planificación más repetida ha consistido en el trazado regular en retícula, del que hallamos rastro ya en la ciudad egipcia de Akhetaton, fundada en el siglo XIV a.C. por Akhenaton15 entre las antiguas capitales de Tebas y Menfis, en la actual Tell El Amarna. Sin embargo, solemos situar en la antigua Grecia el origen de dicho esquema: en la famosa ciudad portuaria de El Pireo, diseñada por Hipodamos de Mileto en el siglo V a.C., o en la ciudad de Estinfalo, al noroeste de Arcadia, en el Peloponeso, reconstruida en damero en el siglo IV a.C. No en vano, esta última, con carreteras de seis metros de ancho que se cortaban perpendicularmente cada treinta metros de Norte a Sur y cada cien metros de Este a Oeste, puede considerarse un influyente anticipo de la civitas romana, organizada a partir de dos avenidas principales, cardo y decuimano que, como dos grandes ejes perpendiculares, la cruzaban de Norte a Sur y de Este a Oeste, respectivamente. Un modelo que fue seguido en las colonias imperiales de Timgad (Argelia), Colonia (Alemania), Tangis (Marruecos)... pero también en Florencia, Turín o Zaragoza. Pero es más, podemos entender las ciudades americanas proyectadas en damero según el Plan de Indias de Felipe II como una prolongación de tal esquema. Una organización aplicada por primera vez en San Cristóbal de La Laguna, en Tenerife —las islas Canarias fueron los primeros territorios ultramarinos de la corona española—, y reflejada en las actuales Buenos Aires o Santiago de Chile. Dichas ciudades se desarrollaban homogéneamente, a partir de una plaza o una avenida principal, en una disposición de calles paralelas y perpendiculares, en cuyos márgenes se erigían los edificios. 15

También conocido como Amenofis IV, introdujo el culto a Atón.

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De izquierda a derecha, de arriba a abajo: Mannheim a finales del siglo XVI. Santiago de Chile, Plano del siglo XVII. Proyecto de Pius Pahl de una colonia residencial. Maqueta del Plan Voisin, de Le Corbusier. Windermere, Florida.

Ciudades reticulares o en damero (cortesĂ­a del autor).

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Bastante más tarde, a finales del siglo XIX, aún se fundaba la ciudad de La Plata, Argentina, siguiendo este patrón, rejuvenecido por algunos idealistas conocidos como utópicos. Entre estos idealistas utópicos, el británico Robert Owen (1771-1858) concebía New Lanark, una comunidad ideal para 1.200 habitantes, en forma de cuadrilátero; Étienne Cabet (1788-1856), vislumbraba una urbe de calles rectas y anchas en su obra Voyage on Icarie (1840); y Julio Verne, en Los quinientos millones de la Begún (1879), nos describía una France Ville con características semejantes: “[...] el plano de la ciudad es sencillo y regular [...]. Las calles, cruzadas en ángulos rectos, están trazadas a distancias iguales, de amplitud uniforme, plantadas de árboles”16. Proyectos que no se quedaron en el papel ya que, de hecho, Owen fundó en 1826 New Harmony en Indiana y proyectó su Icaria en tres ocasiones: en 1848 en Texas, en 1848 en Nauvoo-Illinois y en 1856 en Saint Louis. Y, por su parte, Víctor Considérant, un seguidor de Fourier, fundó North American Phalanx en 1851 en Nuevo México según el mismo modelo. Asimismo, en cuanto a la vigencia posterior de la planificación en damero sería imperdonable no recordar a Otto Wagner17 (1841-1918), con su proyecto en retícula del distrito XXII de la Viena del Futuro; a Cornelis van Eesteren (1897-1988) con su modular Barrio de negocios de una ciudad contemporánea; o a Ildefonso Cerdá (18151876) en el Ensanche de la ciudad de Barcelona. En dicho sentido, uno de los más admirados arquitectos del siglo XX, Le Corbusier (1887-1965), en su Plan Voisin (1922-25) y en Ville Radieuse (1952) se declaraba partidario de este modo de construcción como paradigma del orden. Merece rescatarse aquí lo que Benedetto Gravagnuolo nos advierte en referencia al proyecto de Wagner: “la abstracción geométrica de la retícula de la Großstadt (1911) trae a la mente el recuerdo de las ciudades ideales del Renacimiento. Se trata de una analogía acaso no involuntaria. Si se valora en su conjunto, la entera parábola de la obra de Wagner revela precisamente [...] que se trata de un proyecto unitario, como si en todos su textos y en todos sus proyectos [...] hubiese perseguido una única aspiración: dar forma a la armonía de la gran ciudad.” En la actualidad, aunque el crecimiento de muchas ciudades ha sido desigual, irregular o caótico, desdibujando en muchos casos cualquier racionalidad unitaria urbanística previa, aún siguen planificándose en retícula numerosas comunidades residenciales en todo el mundo.

b) La ciudad radial Por otra parte, no debemos olvidar que si bien en la práctica el modelo de ordenación urbana en retícula ha gozado de una continuidad ininterrumpida hasta hoy, 16 17

Verne J. Los quinientos cañones de la Begún. Barcelona: Editorial Sopena, SA, 1993, p. 127. Arquitecto y urbanista vienés. Figura fundamental, su obra aúna clasicismo y modernidad.

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existe otro tipo urbano largamente adoptado por ideal. Nos referimos al plano radial o radioconcéntrico. En un principio, el perímetro circular de una ciudad o burgo respondía a un fin puramente defensivo y durante siglos, ya fuese un diseño estrictamente circular o poligonal cerrado, atendía a un mismo esquema de cascarón protector. De hecho, aún bastante tiempo después de la irrupción de la pólvora, esta concepción que podemos denominar medieval imperaba en gran número de proyectos ideales. La Ciudad del Sol descrita por Campanella (1568-1639); la Utopía, de Moro (1478-1535); la Freudenstadt, alumbrada por Heinrich Schickhardt (1558-1635); o la Christianopolis, imaginada por Johann Valentin Andreae (1586-1654), compartían una morfología semejante: geométrica, poligonal y cerrada18. En el siglo XVIII, arquitectos como Jacques Germain Soufflot (1713-1780), ÉtienneLouis Boulleé (1728-1799) o Claude Nicholas Ledoux (1736-1806), entre otros, retomaron con fuerza la vinculación entre arquitectura y geometría, alumbrando proyectos arquitectónicos “puros” imbuidos del “espíritu ilustrado”, como la “redonda” Ville de Chaux proyectada entre 1773 y 1779 por Ledoux. Coincidiendo con esta época de renovación, de acuerdo a las reformas sociales unidas a la Ilustración, la misma geometría de la urbe amurallada dio paso a un concepto más amplio, radioconcéntrico, ligado a la expansión regular de la ciudad y al establecimiento de una red de comunicaciones que favorecería el desarrollo y gobernación del Estado centralizado. Una idea apreciable en la citada ciudad de Karlsruhe y en capitales como Madrid o París, rodeadas por carreteras radiales, de circunvalación y con líneas de transporte denominadas circulares. Capitales donde convergen y desde donde nacen las grandes carreteras que, como radios, las conectan con el resto de la nación. En cualquier caso, este tipo urbano ha permanecido desde la modernidad hasta hoy ligado siempre a un ideal de perfección y orden, como atestiguan algunos ejemplos significativos que jalonan los últimos ciento cincuenta años; como los diagramas de la Garden City para 32.000 habitantes de Ebenezer Howard (1850-1928); el radioconcéntrico Schéma Théorique de Paris de Eugène Henard19 (1849-1923); el ideograma de Viena como “metrópoli de crecimiento ilimitado” (1893-1911) de Otto Wagner; el concepto de Hinterland20 de Paul Wolf (1879-1957) de 1919; el moshav21 de Nahalal proyectado por Richard Kauffman (1887-1958) en 1921; y más recientemente, la ciudad residencial Sun City construida en 1980 en Arizona. 18

Merece anotarse que existían otros nexos entre Campanella y Moro. Ambos vincularon sus ciudades a distintas ideas religiosas y pagaron muy cara su vital heterodoxia. Campanella fue recluido veintisiete años por hereje y Moro fue ejecutado por Enrique VIII. 19 E. Hénard lo expone en sus Etudes sur les transformations de Paris (1903-1908). 20 Tal idea contemplaba un conjunto de ciudades-satélite dispuestas alrededor de una metrópoli central. Paul Wolf propuso un esquema de tres ciudades-jardín de 100.000 habitantes unidas por una red de transporte radioconcéntrica y convergente en la capital. 21 Colonia cooperativa israelí. 224

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Diagrama n.º 3 de Ebenezer Howard para una Ciudad Jardín de 32.000 habitantes. Democracity, la futura ciudad del año 2039 imaginada por Henry Dreyfuss con motivo de la Feria Mundial de Nueva York de 1939.

Moshav de Nahalal, 1921, de Richard Kauffman.

Una de las colonias radiales características de Sun City, Arizona, 1980. Ciudades radiales (cortesía del autor).

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c) Un diseño ecléctico Por último, cabe añadir que no todos los proyectos urbanos —tampoco los “ideales”— responden a alguno de los modelos propuestos, ya sea reticular o radial. Así, algunos proyectos eclécticos contemplaban la superposición de un proyecto radial sobre una trama ortogonal. Una fusión presente en distintos proyectos de Vasari el Joven y Vincenzo Scamozzi fechados en 1598 y 1605 respectivamente; o en la ciudad alemana de Mannhein, construida en el siglo XVII según un plano de retícula inscrito en un recinto amurallado. En Huningue, a orillas del Rin y fortificada por Vauban en el siglo XVII, la ciudadela estaba dispuesta en forma de damero en torno a un patio de armas e inscrita en un polígono pentagonal; y en Longwy22, una fortaleza hexagonal albergaba un espacio reticulado.

Comunicaciones: la importancia del transporte Ya hemos visto que un trazado regular de las calles, además de ayudar a la ordenación del territorio, posee grandes ventajas para el tránsito de personas y vehículos. Ahora bien, las ciudades son organismos en continuo crecimiento, ligado a mejoras en sus infraestructuras. Debemos recordar que la separación de las vías para peatones y vehículos o el soterramiento de los medios de transporte no han existido siempre y que aunque hoy nos pueda parecer natural, toda gran evolución en las comunicaciones conlleva un impacto en la morfología de la ciudad. En ocasiones, la importancia concedida al transporte implica una concepción radicalmente nueva del urbanismo. Véase la Ciudad Lineal23, planteada por el español Arturo Soria (1844-1920) en torno a una vía que, a modo de eje, articula el crecimiento de toda la urbe. En otros casos, la mejora de las comunicaciones tan sólo significa un cambio de escala, sobre soluciones ya conocidas; con el aumento del número de carriles, de medios de transporte o de la velocidad y capacidad de los vehículos. Por último, existen propuestas que a pesar de su atractivo, quizá por excesivamente ambiciosas, aún no han visto la luz. Por ejemplo, la circulación de vehículos e individuos a distintas alturas, apuntada en el Renacimiento por Leonardo Da Vinci: “Por las calles superiores no circularán vehículos ni objetos similares, sino que serán de uso exclusivo de los caballeros. Los carros y las cargas para uso y comodidad de los 22

Localizada cerca de Luxemburgo. Fortificada por Francia tras su anexión por la Paz de Nimega (1678). 23 La Ciudad Lineal en Madrid, además de vertebrarse por una espaciosa avenida de 50 metros de ancho, se pensó para viviendas unifamiliares de poca altura, con parcelas ajardinadas. 24 Leonardo da Vinci. Cuadernos. Bath (GB): Parragon Book Service Ltd. 2006, p. 230. 226

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De arriba abajo: Proyecto para una ciudad ideal de Leonardo da Vinci; proyecto para una ciudad de rascacielos de Hilberseimer y detalle de la muestra Futurama diseñada con ocasión de la Feria Mundial de Nueva York de 1939. Obsérvese la influencia de da Vinci en la similitud de los tres proyectos.

Ciudad ideal (cortesía del autor).

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habitantes deberán utilizar las calles inferiores”24. Una idea que ha sido rescatada con entusiasmo por distintos proyectos futuristas en el pasado siglo XX: en el Proyecto de una ciudad de rascacielos imaginado por el arquitecto Ludwig Karl Hilberseimer25; en la Democracity of 2039, diseñada por Henry Dreyfuss26 con motivo de la Feria Mundial de Nueva York de 1939; o en la exposición Futurama, ideada por Norman Bel Geddes27 (1904-1972) también para la citada muestra neoyorquina. E idea de la que han partido otras nuevas, aún más osadas, como la circulación aérea interurbana, que Julio Verne, ya en 1891, describió en La jornada de un periodista americano en 2890: “Si la compararan con el pasado, se percatarían del camino recorrido. Cuánto más admirables les parecerían las modernas ciudades con calles de cien metros de ancho, con casas de trescientos metros de altura, a una temperatura siempre igual, con el cielo surcado por miles de aerocoches y aeroómnibus”. Anticipo, por cierto, de la ya clásica proyección Metrópolis (1927), de Fritz Lang, y de la Nueva York del futuro mostrada por David Butler28 en su película Just Imagine (1930).

La sociedad utópica Siendo varios los ideales pretendidos en toda utopía, podemos resumir que la nueva ciudad siempre ha buscado encarnar una sociedad mejor, más justa y más feliz. En éste u otro orden. Lo resumía así Herbert George Wells en Una utopía moderna (1905): “Tal es, en verdad, la hipótesis capital de todas las especulaciones utópicas antiguas o modernas; la República y las Leyes de Platón, la Utopía de Tomás Moro, la Altruria atribuida a William Dean Howells en A Traveller from Altruria, la Boston futura de Bellamy29, la Gran República Occidental de Auguste Comte, la Comarca Libre de Hertzka30, la Icaria de Cabet y La Ciudad del Sol de Campanella levantáronse, como levantaremos nosotros nuestra Utopía, sobre esta hipótesis de la completa emancipación de una comunidad de hombres libres...” Así, es inevitable reconocer en la mayoría de los implicados en tan utópicos proyectos, un interés común por una cierta reforma social. Una reforma que más allá de 25

Arquitecto y urbanista alemán, fue profesor de la Bauhaus entre 1929 y 1933. Emigrado a EEUU a causa de la guerra, pudo desarrollar sus ideas urbanistas en el Illinois Institute of Technology. 26 1904-1972. Discípulo de N. B. Geddes fue un pionero del moderno diseño industrial. 27 Diseñó el pabellón de la General Motors (Futurama) para la New York World’s Fair de 1939. 28 Escritor, guionista y director estadounidense. 1894-1979. En 1931 Just Imagine fue nominada al Óscar de Mejor Dirección Artística, a cargo de Stephen Gooson y Ralph Hammeras. 29 Edward Bellamy (1850-1898) escribió en 1888: Looking backward (2000-1887) or life in the year 2000 a.d. (El año 2000, una visión retrospectiva). 30 Se refiere a la utopía descrita en 1890 en Freiland, ein soziales Zukunftsbild (Tierra libre, una anticipación social) por el austro-húngaro Theodor Hertzka (1845-1924). 228

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su alcance social, —y no sin razón—, ha sido proclamada por sus autores como socialista. Debemos recordar que autores visionarios citados en estas líneas, como Cabet, Wells, Bellamy o Hertzka se definían a sí mismos como socialistas. En cualquier caso, podemos reconocer en numerosas utopías algunos planteamientos enfocados a una hipotética felicidad futura sobre los que viene gravitando, de forma recurrente, la idea de progreso en la Historia del Hombre: el cuestionamiento de la propiedad privada, la eutanasia y la mejora total del ser humano; no sólo de su calidad de vida. En lo referente al modelo económico, el dominico calabrés Tommaso Campanella argumentaba, como Platón, que la propiedad privada vuelve al hombre mezquino y la comunidad de bienes, en cambio, hace que todos se preocupen por el bien común. En el final de su Utopía, Tomás Moro invitaba a sus lectores a seguir pensando acerca de lo que podría ser una sociedad sin propiedad privada en Inglaterra: “[...] el fundamento de toda su institución, esto es: su manera de vivir sin comercio ni dinero, sin el cual toda nobleza y esplendor se destruye y aniquila completamente, siendo así que de ordinario se tiene esto como el principal ornamento de la República”31. Una visión que actualizarían, en el siglo XIX, los citados Morris, Bellamy y Cabet haciéndose eco de las ideas de Charles Fourier, pionero en la descripción de los falansterios o comunidades cooperativas. Y que en el mismo siglo XX, los arquitectos Hannes Meyer o Pius Pahl, pertenecientes ambos a la Bauhaus alemana, defenderían desde lo que Winfried Nerdinger denominó “funcionalismo arquitectónico de izquierdas”. Pero más allá de la lucha por definir un modelo económico, en las distintas visiones ideales llaman mucho la atención algunas coincidencias en torno a la concepción de la vida, la libertad y la estética. Así, veremos que muchos visionarios, en su afán de perfección, de evitar el error humano, pusieron en manos superiores, generalmente el Estado, numerosas decisiones sobre la vida humana. H. G. Wells, por ejemplo, en A Story of the Days To Come (1899), que transcurre en el siglo XXII, nos describe una sociedad donde ningún habitante fallece de manera imprevista o dolorosa: cuando aparecen los primeros síntomas de una enfermedad incurable o de “fatiga moral”, ellos mismos llaman por teléfono a la “Compañía de Eutanasia” para solicitar un turno. En la utópica Pala, descrita por Aldous Huxley (1894-1963) en The Island (1962), además, los padres que quieran mejorar la calidad de sus hijos pueden hacerlo a través de la eugenesia, enriqueciendo su patrimonio genético con la ayuda de un “banco seminal” donde se conservan “los linajes genéticamente más deseables”. Un tema recurrente en el propio Huxley, tratado descarnadamente en su antiutopía Un Mundo Feliz, donde ya no es la familia sino el Estado el que toma todas las decisiones. 31

Moro T. Utopía. Madrid: Editorial Zero SA, 1971, p. 78.

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A su vez, en The spartan society (1896) y The yellow danger (1898), Matthew Philipps Shield (1865-1947), describe un papel activo del Estado no ya en la selección de los neonatos sino en la destrucción de los “indeseables”; donde gobiernos y entidades que controlan el poder tecnológico asesinan a miles de personas pertenecientes a “pueblos inferiores”, en defensa de la pureza racial. Una idea atornillada a muchas de las visiones de un nuevo mundo: “—En Aurora— hicimos todo lo posible por eliminar lo que consideramos maleza, sabandijas, o incluso lo que no fuera ejemplar. Seleccionamos seres humanos fuertes, sanos y atractivos, rigiéndonos por nuestros propios cánones, naturalmente”32. En todo caso, tales preocupaciones por una vida mejor, sin enfermedades, sin dolor, si bien han sido comunes en buena parte del mundo, podríamos decir que han sido obsesivas en Occidente desde sus orígenes... Desde la descripción del Paraíso cristiano, e incluso antes, si nos remontamos a la Grecia Clásica. Platón (427-347 a.C.) se preguntaba cómo era posible que se preocupasen por seleccionar las razas de animales y plantas y no hiciesen lo mismo con el hombre. De hecho en su utópica República los gobernantes filósofos establecían cuáles eran las parejas más aptas para la reproducción e incluso el día en que debían llevar a cabo el coito. Platón proponía que, para evitar revueltas de los menos agraciados, se engañara a la población haciéndoles pensar que los emparejamientos eran el fruto de un sorteo y no un plan del gobernante. Teopompo de Quíos (337 a.C.), en el libro VIII de Philippika, detallaba la actividad de los meropianos y los hiperbóreos, pueblos que vivían en la Edad de Oro. Y también mencionaba otras comunidades imaginarias, como el pueblo de Ensebes, que no necesita trabajar dada la fertilidad del suelo; sus habitantes no sufrían enfermedades y morían con la alegría con la que vivían. Según Diodoro de Sicilia (siglo I a.C.), los heliopolitas, pueblo de gran belleza física, se dedicaban al estudio de todas las ramas del saber, desconocían las enfermedades y a los cincuenta años se suicidaban para evitar las miserias de la vejez. Y Campanella, que no hacía sino actualizar a Platón en el siglo XVII, admitía como válido el sistema del sorteo para que los feos no estuviesen hartos de que siempre les tocase con las feas. He aquí una cita explícita acerca de su concepción del Estado en esta cuestión: “Por lo tanto, la reproducción es competencia del Estado, no de los particulares, excepto en la medida en que son partes del Estado. Y como los particulares muchas veces generan mal y crían mal a su prole con perjuicio del Estado, por eso la confían con escrúpulo religioso al cuidado de los magistrados, en tanto que componente primero del Estado.” Es evidente que hoy contamos con suficientes ejemplos que nos ilustran acerca del peligro encerrado a menudo en el pensamiento utópico; el peligro de la anulación del 32

Asimov I. Los robots del amanecer. Barcelona: Editorial Plaza y Janés, SA. Colección Jet, nº 136, p. 114.

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individuo. Y que en esta toma de conciencia se enmarcan dos de las novelas más influyentes del siglo XX; las antiutopías Un mundo feliz, de Huxley, y 1984, de George Orwell. Como afirmara Ernst Jünger (1895-1998), testigo de las dos guerras mundiales y de los totalitarismos que germinaron en Europa durante la última centuria: “Lo que llama la atención en las utopías de nuestro siglo es que se presentan con el estilo de la ciencia y que son pesimistas”33. Un poso amargo que, sin duda, invita a la prudencia ante nuevas propuestas para el futuro.

La utopía actualizada Al margen de visiones utópicas que muestran una comunión perfecta entre ciudad y sociedad, la realidad ha impuesto unas normas que obligan, aun a los más osados visionarios, a manejarse en el ámbito de lo posible. Hoy, en Occidente, bien sea porque se han reducido las desigualdades, o bien porque la Historia ha demostrado inviable cualquier reforma social brusca, parece desterrado el deseo de volver a imaginar aquellas utopías totales. Por otro lado, con lo anterior no queremos decir que haya desaparecido el espíritu de perfección implícito en aquellos proyectos utópicos sino, más bien, que aquél ha sido reenfocado hacia otro ámbito menos problemático; en forma de conciencia ecológica. A nadie escapa que en los últimos cincuenta años, guiados por el creciente interés en la preservación de nuestro entorno, numerosos proyectos para una ciudad ideal se han centrado en un mejor aprovechamiento de los recursos. Nuevas formas para la obtención de energía como la eólica o la solar, cada vez más extendidas, y otras aún en desarrollo, como los biocombustibles o el aprovechamiento de las mareas, así lo ilustran. En este sentido, la inquietud por el medio ha vertebrado algunas soluciones verdaderamente audaces como la del arquitecto estadounidense Buckminster Fuller (1895-1983) quien, buscando la máxima eficiencia estructural, estudió durante años fórmulas basadas en la cúpula geodésica a partir de sencillas estructuras modulares. Así, un recinto semiesférico que hipotéticamente pudiera albergar una ciudad, dispondría de paneles inteligentes que filtrarían la luz de sol en verano, dejarían pasar la lluvia y conservarían el calor en invierno. Por su parte, Paolo Soleri (1919), desarrolló otra alternativa para un mayor rendimiento energético “enterrando” las viviendas y disponiéndolas en terrazas, escalonadamente. Llevado a la práctica en 1970, en Arizona, con el nombre de proyecto Arcosanti, ha sido imitado con éxito a pequeña escala en regiones áridas o especialmente inhóspitas. 33

Jünger E. La Tijera. Barcelona: Editorial Tusquets, 1985, p. 73.

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Asimismo, viejos problemas como la polución automovilística o las aglomeraciones que aún aquejan a la ciudad actual también han encontrado originales respuestas ecológicas. Porque si en lo que respecta al transporte parece que el coche está condenado a desaparecer34, es muy aventurado suponer que simultáneamente se olvide el concepto de vehículo individual. Cabe destacar aquí tanto la idea del auto híbrido como la de solventar gran parte de los problemas de tráfico eliminando el error humano en la conducción. Un sistema que podría semejarse, por ejemplo, al descrito por Spielberg en Minority Report (2002), donde, asesorado por un notable equipo de expertos, nos muestra un sistema informatizado de control del tráfico, con autopistas inteligentes para vehículos mag-lev (por levitación magnética), que administra y regula un enorme volumen de vehículos no contaminantes a gran velocidad. Quizá en el futuro, algunas de estas ideas conformen una auténtica ciudad ideal.

Una ciudad bella No procede desgranar aquí un concepto tan tratado y discutido como es el de la belleza, pero seguramente sí debamos detenernos en un aspecto que para todo arquitecto tiene importancia y del que todo ciudadano tiene opinión: el estético. Hemos mencionado las condiciones que debe reunir una ciudad agradable. Una ciudad con infraestructuras adecuadas, ajardinada, sin ruidos, limpia y saludable. Mas, con todo eso, pensamos que una ciudad amable debe comprender algo más: debe tener alma, espíritu. Es cierto que en gran medida una ciudad es la gente que la habita, pero creemos también que una ciudad bella no sólo facilita y favorece la convivencia sino que es una condición ineludible cuando hablamos de “ideal”. Tal belleza no tiene por qué significar monumentalidad, espectacularidad u opulencia. No se trata de una cuestión de magnitud o tamaño, pues la magnificencia puede ser opresiva para el individuo. Se trata de que la ciudad sea bella y amable para vivir. Es necesaria la integración de la naturaleza en la ciudad, con zonas verdes y fuentes, tal como imaginaba Julio Verne para France Ville: “Toda casa estará aislada en una porción de terreno plantado de árboles, de hierba y de flores [...] El agua corre por todas partes”35. Y, sin duda, la belleza de una ciudad también deba implicar un cuidado por las fachadas, el mobiliario urbano, las fuentes, los monumentos...Elementos, en fin, que la doten de un espíritu más humano y, por qué no, modelen una sociedad mejor en todos los sentidos.

34 35

Toynbee AJ. Op. cit., p. 250. Verne J. Op. cit., p. 125 y 128.

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Entiéndase que con esto no se pretende o sugiere una estética concreta. No se trata de reclamar el clasicismo romántico que impregnó la arquitectura europea de los siglos XVIII y XIX, ni de propugnar un nuevo modernismo. Sí tan sólo de hacer notar que las tesis que en la modernidad de principios del siglo XX razonadamente abogaron por la supresión de todo ornamento en virtud de la pura funcionalidad36, han dado lugar a cambios que han repercutido en la deshumanización de la ciudad actual. Llegados a este punto alcanzamos a entender la verdadera dimensión de lo que supone pensar la ciudad ideal. Y la enorme dificultad, la imposibilidad, de llevar a la práctica una empresa tan colosal. Tal vez sí a pequeña escala, en nuevas comunidades residenciales del extrarradio, pero... ¡qué difícil modificar, aún levemente, la inercia natural de siglos de desarrollo que contempla una gran ciudad! Claro es que el soñador jamás se ha detenido por esas menudencias, y ante grandes obstáculos siempre ha hallado “grandes soluciones”. Pero quizá porque desde un principio el arquitecto ha asumido que su utopía era sólo eso: un no lugar. De hecho, la inmensa mayoría de las ciudades ideales han convergido en hacer tabula rasa, defendiendo la necesidad de partir de cero y concediendo un gran papel a la geometría en un nuevo orden perfecto. Bien entrado ya el siglo XX, Le Corbusier afirmaba: “La ciudad actual está yendo a la ruina porque no se inspira en la geometría. Construir al aire libre significa sustituir el terreno atormentado, absurdo, el suelo hoy disponible, por un terreno regular”37. Entendiendo, naturalmente, estas palabras como una actualización de aquella propuesta de Palladio acerca de La racionalización estética del orden irracional del campo, construyendo desde cero en un lugar nuevo. Qué duda cabe que a nadie salvo a Nerón o a un dictador se le ocurriría en serio la posibilidad de derruir una ciudad para construir una nueva. Mientras tanto, tendremos que acostumbrarnos a vivir en ciudades que, como enormes parques temáticos, se desarrollan alrededor de gigantescas construccionesatracciones cuya cualidad más evidente —y a veces única— es su carácter “emblemático”. En este punto no podemos evitar referirnos al Museo Guggenheim de Bilbao o a las Torres KIO de Madrid, ejemplos de una arquitectura entendida como exhibición, como enorme escultura, de estética dudosa y, sobre todo, antifuncional. En suma, es muy probable que sólo nos quede el recurso de conformarnos con imaginar nuestra ciudad ideal. Aunque también estamos seguros de que el hombre nunca dejará de soñar.

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Otto Wagner afirmó que “Lo que no es práctico no puede ser nunca hermoso” (Enciclopedia el arte del siglo XX. 1900-1949. Barcelona: Salvat, 1990, p. 86.) “El ornamento es un despilfarro de trabajo [...] y material”. Adolf Loos, en: Ornament und Verbrechen, 1908. Ornamento y delito. Barcelona: Gustavo Gili, 1972. 37 Urbanisme, (1925). Paris: Flamarion, 1994, p. 233. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:215-234

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Bibliografía • Avilés M. Sinapia. Una utopía española en el Siglo de las Luces. Editora Nacional. Biblioteca de visionarios, heterodoxos y marginados. Madrid, 1976. • Bauzá HF. El imaginario clásico: Edad de Oro, Utopía y Arcadia. Santiago de Compostela: Universidad de Santiago de Compostela, 1993. • Calzada Pérez M. Influencias norteamericanas en el urbanismo del Instituto Nacional de Colonización, en: La arquitectura norteamericana, motor y espejo de la arquitectura española en el arranque de la modernidad (1940-1965). T6 Ediciones, SL y Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad de Navarra, 2006, p. 87-96. • Gravagnuolo B. Historia del urbanismo en Europa. 1750-1960. Madrid: Ediciones Akal, SA, 2000. • Manuel FE y Manuel FP. El pensamiento utópico en el mundo occidental. Madrid: Taurus Ediciones, 1981. De los tres tomos que contiene la obra se han utilizado: el Tomo II, El auge de la utopía: La utopía cristiana (siglos XVII-XIX, y el Tomo III, La utopía revolucionaria y el crepúsculo de las utopías (siglos XIX-XX). • Morris W. Noticias de ninguna parte (1890). Barcelona: Ediciones Abraxas. Colección Utopías & Distopías, nº 5, 2000. • Mumford L. Story of Utopias, Ideal Commonwealths & Social Myths. New York, 1923. • Huxley A. Un mundo feliz. Barcelona: Ediciones José Janés. Colección Los clásicos del siglo XX, 1955. • Pirenne H. Las ciudades de la Edad Media. Madrid: Alianza Editorial, SA. Club Internacional del Libro. Colección Biblioteca fundamental de nuestro tiempo, 1984. • Platón. Espasa Calpe. Colección Austral. Madrid, 1959. • Rosenau H. La ciudad ideal: su evolución arquitectónica en Europa. Madrid: Editorial Alianza, 1999. • Wells HG. Una Utopía Moderna. Barcelona: Ediciones Abraxas. Colección Utopías & Distopías, nº 6, 2001.

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Artículo especial

Psicología de las masas y violencia Mass psychology and violence ■ Cecilio Paniagua y Javier Fernández Soriano

Resumen Ésta es una aportación del punto de vista psicoanalítico a la comprensión de la violencia en los grupos humanos. La dicotomía entre racionalidad y la realidad del comportamiento humano se hace más patente en el funcionamiento de la masa, tanto la agresora como la victimizada. El individuo masificado no mentaliza en el registro adulto sino en un estado onto y filogenéticamente regresivo. Como ejemplo paradigmático de la violencia de masas se estudia el terrorismo y los mecanismos psicológicos inconscientes movilizados por este fenómeno.

Palabras clave Violencia. Psicología de masas. Regresión. Terrorismo.

Abstract This is a contribution to the understanding of violence in human groups from a psychoanalytic viewpoint. The dichotomy between rationality and the reality of human behaviour becomes more manifest in the functioning of the masses, aggressors as well as victims. Individuals immersed in a crowd do not mentalise in an adult register, but in an ontogenetic and phyllogenetic regressive state. As a paradigmatic example of mass violence terrorism and the unconscious psychological mechanisms movilised by this phenomenon are examined.

Key words Violence. Mass psychology. Regression. Terrorism.

■ Introducción Existen fenómenos de masas que son gozosos, como el contagio del entusiasmo en los espectáculos hermosos o el fervor idealista en las manifestaciones pacíficas. Además, las masas son capaces de mostrar comportamientos generosos, entregas abnegadas y Los autores son doctores en Medicina y Miembros Titulares de la Asociación Psicoanalítica Internacional. El segundo autor es, además, Doctor en Ciencias Biológicas. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:235-264

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sacrificios heroicos. Solemos considerar estos fenómenos como beneficiosos o, al menos, “inocentes”. Sin embargo, todos podemos observar con cuánta frecuencia los ánimos exaltados por la razón que fuere, se encaminan por derroteros violentos. En efecto, es común que manifestaciones multitudinarias, inicialmente bienintencionadas, acaben en destrozos materiales y heridos. Heinz Kohut (1976), principal fundador de la psicología del self, señaló que la actuación violenta es el síntoma principal de la psicopatología de los grupos humanos. Los fenómenos de masas fueron considerados por José Ortega y Gasset como “el hecho más importante de nuestro tiempo”. Ha llamado la atención a pensadores de todas las épocas que el ser humano integrado en la muchedumbre Retrato de José Ortega y Gasset. pueda descontrolarse en su comportamiento de un modo muy distinto a cómo lo haría si no formase parte del grupo. En La rebelión de las masas (1929), Ortega trató de la sinrazón del “hombre masa”, de su vulgaridad, de su tendencia a reaccionar violentamente y de su carácter incivilizado. Precisamente en el mismo año, escribiría Sigmund Freud El malestar en la cultura, en que trató el tema de la “miseria psicológica de las masas”. Según Ortega, “la civilización no es otra cosa que el ensayo de reducir la fuerza a ultima ratio. [...] La acción directa consiste en invertir el orden y proclamar la violencia como prima ratio”. Del hombre masificado “moderno” y sus reacciones instintivas sociales, opinaba Ortega que sus ideas no eran sino apetitos verbalizados. Pero esto tiene poco que ver con la “modernidad” y mucho con la naturaleza humana. En efecto, no es necesaria mucha perspectiva histórica para darse cuenta de que las citadas características del hombre-masa no son exclusivas de la era moderna. Una de las constantes en el estudio de la psicología de las masas es la similitud de su comportamiento a través de los tiempos y latitudes. La naturaleza de la personalidad masificada ha sido tema muy debatido por los filósofos. Parece que fue Freud el primero en explicar de manera extensa y coherente, en © Archivo digital de la Fundación José Ortega y Gasset.

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su Psicología de las masas y análisis del Yo de 1921, que este “alma colectiva” era comprensible en términos del desarrollo psíquico del niño y que resultaba reducible a los aspectos compartidos de la psicología individual. En otras palabras, para Freud, las observaciones del psicoanálisis y las inferencias que aquéllas permitían sobre la normalidad y la patología psíquica individual bastaban para comprender los fenómenos de masas. Esto recuerda el énfasis puesto por la Medicina científica de la época en que las alteraciones macroscópicas de los tejidos debían ser explicadas en términos de las alteraciones de la célula (Paniagua, 2004). Cabe preguntarse si no será un error considerar, como solemos hacer los psicoanalistas, que la manifestación primordial de la naturaleza mental humana es la observable en el psiquismo individual. ¿No deberíamos pensar que es igual de “humano” el comportamiento en masa, teniendo en cuenta que nuestros ancestros formaban grupos de cazadores-caníbales y recolectores, y que nuestro éxito evolutivo se debió en gran parte a nuestra condición de “animales sociales”?

Evolución y agresión Como tales cazadores-caníbales persisten en nosotros los registros psíquicos que configuraron nuestro gregarismo. En épocas pretéritas el agrupamiento en torno a un líder debió constituir un mecanismo eficaz de supervivencia. La dependencia de un dirigente y la tendencia a las reacciones de suspicacia paranoide debieron ejercer gran presión selectiva. Las restricciones morales por identificación con el sufrimiento del adversario hubieron de quedar supeditadas entonces a la necesidad del dominio sobre éste. Actitudes como éstas son recreadas en la movilización de las masas. En los ejércitos se inculca la obediencia absoluta al mando como requisito para la victoria y la supervivencia misma. Tras el triunfo suele tener lugar un despliegue pulsional que, también en el ámbito militar, ha recibido el eufemístico nombre de “explotación del éxito”. Ha resultado harto frecuente que cuando una horda humana conquistaba una población enemiga, matase a los hombres y a los niños y violara a las mujeres (cf. Brownmiller, 1976). Exactamente lo mismo ocurre en simios como los papiones y los chimpancés cuando atacan a otras manadas de monos (Goodall, 1979). La matanza de los machos y copulación con las hembras han sido interpretadas como mecanismo para la transmisión de los propios genes y la eliminación de los competidores. En la masa humana, de los impulsos instintivos y defensas originales (inconscientes e irracionales) del individuo, no resultan evidentes más que algunas manifestaciones resultantes de su dinámica interna, a modo de punta visible del iceberg. Para un estudio en profundidad de los procesos psicológicos inconscientes del hombremasa hace falta tener una perspectiva psicoanalítica en el contexto de la Teoría de la Evolución. Ha sido común la idealización de la condición humana sin un apoyo en Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:235-264

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dicha teoría. El Homo sapiens sapiens no constituye una especie tan separada de los animales como querríamos pensar. Freud (1917) consideró una gran afrenta al “ingenuo amor propio” del ser humano la infligida por Darwin, Wallace y sus predecesores al demostrar nuestra procedencia animal. Y ¿cómo encajar la “herida narcisista” supuesta por las conclusiones del Proyecto Genoma Humano?, ¿dónde queda la exclusividad del hombre como “animal racional” frente a los “irracionales” cuando se comprueba que compartimos más del 98% de nuestro ADN con los grandes simios? La vida animal, con la ferocidad inherente a su condición heterotrófica, ha existido durante muchos cientos de millones de años. Que el hombre puede convertirse en un lobo para el hombre, según la famosa fórmula hobbesiana, está próximo a Sigmund Freud, tomada en Viena en 1905 por Ludwig Grillich (1856-1926). nuestra naturaleza primigenia. Cuando las circunstancias sociales favorecen la neutralización del sentimiento de culpa, los límites de la violencia siempre se relativizan. En situaciones de temor persecutorio el ser humano puede fácilmente convertirse en homicida. En Occidente, los conocimientos psicoanalíticos han influido de modo determinante en el entendimiento de las fantasías e impulsos agresivos, pero la aplicación útil de una psicología psicoanalítica a los fenómenos de masas está aún en ciernes (Spruiell, 1983). Esto es debido en parte a que los psicoanalistas mismos no tenemos experiencia suficiente en los fenómenos psicológicos de multitudes; nuestro campo de acción tradicional ha sido el del tratamiento individual. Sin embargo, la comprensión de los fenómenos de masas, en particular los belicosos, tiene una importancia extraordinaria en el presente y el futuro de la civilización. En 1930, Freud opinaba: “El destino de la especie humana será decidido por la circunstancia de si [...] el desarrollo cultural logrará hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva emanadas del instinto de agresión y de autodestrucción”. Estas palabras cobran aún más sentido, claro está, en nuestra incierta era de armas atómicas, químicas y biológicas. 238

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Venganza e historia La identidad psicológica individual de todos los seres humanos está influida por la identidad nacional, étnica y cultural. Esto tiene gran calado a la hora de comprender las reacciones sociales cuyo objetivo, muchas veces no declarado abiertamente, es la venganza. Los sentimientos de indignidad o de humillación al grupo al que uno pertenece son siempre vivenciados, en mayor o menor grado, como heridas al amor propio personal y familiar, lo que suele suscitar rencores históricos, como el “odio eterno a los romanos” jurado por Aníbal. Las nuevas generaciones se sienten entonces compelidas a vengar a unos padres que no pudieron negociar psicológicamente sus propias pérdidas ni sus sentimientos de pasividad. Además, los hijos pueden sentirse obligados inconscientemente a imitar trayectorias vitales de sus predecesores con el fin de negar la muerte e intentar solucionar duelos familiares intolerables. Añadamos que las “políticas de impunidad” y las leyes de “punto final” dificultan la elaboración de los duelos resultantes de las afrentas sufridas en el pasado. La venganza, que frecuentemente preferimos conceptuar como justicia, constituye una defensa psicológica contra los sentimientos de impotencia y vergüenza. Además, al centrar sus objetivos en represalias “justas”, el vengador convierte su agresividad distónica en racionalizada o sintónica. Así, dice Irwin C. Rosen (2007, p. 603): “La obsesión por la venganza acaba negando los sentimientos de indefensión y, con desproporción creciente, el sujeto obtiene de forma maníaca un poder virtualmente ilimitado. Un ‘ojo por ojo’ pronto se convierte en una vida por un ojo, una familia por una vida, una tribu por una familia y una nación por una tribu”. Vamik Volkan (1988), experto en psicología de las relaciones internacionales, acuñó el concepto de “traumas de elección” en su estudio de los mitos sociales destinados a “coleccionar injusticias” que mantienen y fomentan el odio entre comunidades. La sed de venganza y reparación puede llevar a empresas descabelladas y aun suicidas. El recuerdo de opresiones y derrotas deshonrosas se perpetúa no menos que el de las ambiciones grandiosas y las glorias militares. Las memorias de desastres y victorias, los anhelos frustrados, y las culpas y fiascos históricos se trasmiten distorsionados y mitificados de generación en generación, constituyendo rasgos compartidos en la psicodinámica de los miembros componentes de una nación. Erik Erikson (1968), pionero de la teoría psicoanalítica de la identidad, incluyó estos rasgos en su concepto de “identidad psicosocial”. En la medida en que un pueblo no tome consciencia, por ejemplo, de su duelo psicológico por la pérdida de un imperio, de su culpa por el intento de exterminio de un sector de la población, de su sensación de humillación por un calamitoso fracaso bélico, etcétera, tenderá a usar estos temas como denominadores psicológicos comunes inspiradores de la actuación irracional de la masa. “La Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:235-264

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nación que no conoce su historia está condenada a repetirla”, reza una famosa frase de Jorge Santayana, profesor madrileño de Filosofía de hace un siglo en la Universidad de Harvard. En cualquier época, un Führer capaz de disminuir la culpa de los componentes de la masa si atacan a los “enemigos”, y aumentar la vergüenza si no actúan, puede precipitar enfrentamientos catastróficos.

Sadismo y sociedad Las guerras y atropellos sangrientos como constantes en la historia son testimonio de la crueldad del hombre hacia sus semejantes. La agresividad es consustancial a la humanidad. La satisfacción de los fines hostiles, sus modos de expresión y la presión hacia su sublimación simplemente varían con las imposiciones sociales de las distintas épocas. Recordemos como ejemplo de esta variabilidad, la evolución de las costumbres occidentales durante los últimos siglos en lo referente a las condenas y ejecuciones públicas. Los psicoanalistas comprobamos a diario en nuestro trabajo clínico la omnipresencia de los gustos sádicos en el psiquismo humano. En realidad, para darse cuenta de ello no es necesaria esta experiencia profesional: basta con prestar atención al tipo de historietas con que disfrutan los niños (golpes, furias, disgustos, amenazas), o con fijarse en los temas de las películas “de acción” que hacen las delicias de los adolescentes (tanto los cronológicos como los mentales). El sadismo, desde luego, no ha desaparecido del psiquismo del hombre de Occidente, pero sus manifestaciones se han modificado mucho. En efecto, debido a un aumento en la sensibilidad social al sufrimiento y a la crueldad, ha disminuido notablemente el grado de aceptación ante las demostraciones directas de la violencia, sobre todo si nos sabemos observados y si creemos que podemos ser censurados. No obstante, la relativa intolerancia actual hacia el sadismo representa un barniz de civilización más fino de lo que nos gustaría admitir. Creemos muy alejado de nosotros, por ejemplo, el alborozo sádico de los espectáculos del circo romano, pero en nuestra Guerra Civil hubo muchedumbres de la generación de nuestros padres y abuelos que asistieron gozosas a fusilamientos y torturas. En pleno Siglo de Oro español las ejecuciones de reos eran espectáculos populares. Leamos este párrafo del historiador José Antonio Maravall (1986): “En la plaza sevillana [...] de San Francisco, se reunía un público de más de 20.000 personas para presenciar una ejecución, cuyos detalles se comentaban siempre sin misericordia alguna, antes bien con mofa o con hostilidades contra el ajusticiado”. Aquellos que disfrutaban con estos espectáculos no eran gente psicopática ni desalmada, como podemos preferir pensar: eran el pueblo sencillo con su gusto regresivo por la violencia y el horror. Robert Waelder (1967) presentó un excelente catálogo de reivindicaciones populares a la hora de exigir el derecho a disfrutar de la tortura de reos en las fiestas de pueblos y ciudades. 240

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En el ser humano, ni la pulsión agresiva, ni sus derivados pueden ser realmente suprimidos ni abolidos, como tantas veces se ha intentado a través de instituciones, ritos y tradiciones. Cuando se ha pretendido negar su existencia el resultado ha solido ser calamitoso, porque siempre surgen transformados en psicopatología neurótica o caracterial, o en comportamientos sociales anómalos (revoluciones, persecuciones, terrorismo, etcétera), mostrándonos que el retorno de lo reprimido tiene tanta o más potencia que los impulsos originales antes de sufrir la represión. Qui veut faire l’ange fait la bête, apuntó Pascal. Creemos que compete al psicoanalista denunciar la irracionalidad de aquellas normas o instituciones sociales que generan neurosis o trastornos de la conducta, por populares que sean. El ser humano no será nunca un ángel desprovisto de agresividad, pero —y éste es un importante “pero”— ésta puede transmutarse y canalizarse hacia comportamientos relativamente inocuos y hasta productivos. Quizás debiéramos estar los psicoanalistas en posición de participar, con nuestros conocimientos especiales sobre los elementos que determinan la conducta humana, en aquellas decisiones de política interior y exterior en que los factores inconscientes juegan un papel prominente. Podríamos contribuir a señalar, por ejemplo, posibilidades de neutralización, desplazamiento o sublimación de hábitos humanos problemáticos enraizados en necesidades pulsionales (ese “progresivo desplazamiento de los fines instintivos” de que hablara Freud en 1933). Pero, por otra parte, hemos de cuestionarnos qué fuerza puede tener contra el poder de los prejuicios, de las arengas políticas y de las ideologías que mueven a millones de personas, la débil voz del psicoanálisis, que recomienda cursos provechosos pero no fáciles, y que pone el dedo sobre realidades intrapsíquicas poco gratas. Es muy posible que tenga escaso peso significativo. Siempre podemos consolarnos pensando que quizás Freud (1927) no fuese descaminado cuando dijo: “La voz del intelecto es apagada, pero no descansa hasta haber logrado hacerse oír y siempre termina por conseguirlo. Es éste uno de los pocos puntos en los cuales podemos ser optimistas en cuanto al porvenir de la Humanidad”.

Clases y líderes Muchas personas han tolerado gran opresión y miseria en siglos pasados en Europa por considerar el sistema de clases consustancial con el orden natural o divino. Sólo se rebelaron contra este supuesto orden cuando peligró su supervivencia misma, como ocurrió en las revueltas campesinas del siglo diecisiete. Salvo en estos casos de “motines alimenticios” (Ardit, 1977), los europeos (no digamos nada de los africanos o los asiáticos) a lo largo de la historia hemos soportado dócilmente la explotación inherente a enormes diferencias de clases sociales. Waelder (1949) señaló: “En la era feudal existía poca envidia del rico. El odio de clases comenzó precisamente con la disminución de la distancia en las clases sociales”. Es decir, lo que dio origen al odio Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:235-264

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de clases fue la percepción de que las diferencias eran evitables y los privilegios arbitrarios. El derrumbamiento de la fe en el sistema aristocrático, la decepción de los súbditos respecto a la superioridad de los líderes, precipitó la violencia social. Los seres humanos estamos dispuestos a muchos sacrificios si obtenemos con ellos en nuestra fantasía el agradecimiento y el amor de nuestros superiores, a veces de jefes que no hemos visto nunca o de entidades abstractas, como la nación, con los que, inconscientemente, mantenemos una relación paterno o materno-filial. Si dejamos de percibir a estas figuras como superiores, y más aún si las consideramos injustas, se vuelven inapropiadas para la recreación inconsciente de esta relación infantil, se deshace la regresión, les retiramos nuestra devoción y nos negamos a darles nada, puesto que su amor ya no es valioso. Es más, la frustración severa de los anhelos infantiles suele generar una rabia narcisista que muchas veces exige sangre. En los estados regresivos, a la masa le importa menos qué se le dice que quién se lo dice o, más correctamente, a quién representa inconscientemente la figura investida como líder. Es bien sabido que sobre el niño (y lo que de infantil sigue teniendo nuestra mente) ejerce mayor influencia la “música” emocional de las palabras que la lógica de su “letra”. Por esto, al despertar las facultades críticas en la masa regresiva, la buena inteligibilidad de los mensajes puede menoscabar, paradójicamente, el impacto afectivo de las palabras del líder. Si los mensajes son abstractos o están poco claros el hombremasa puede proyectar mejor sobre la figura del líder sus fantasmas parentales (Paniagua, 1997). En la memoria de todos los que tenemos cierta edad está el superior impacto emocional de la misa en latín, con el sacerdote de espaldas al pueblo, con respecto a la más comprensible misa en lengua vernácula y con el oficiante de frente. En su ensayo sobre Psicología de las masas, Freud expuso cómo los lazos afectivos que posibilitan la cohesión de éstas y su relación con los líderes resultan del desarrollo y desplazamiento de los vínculos filiales de la niñez. A lo largo de nuestras vidas todos los seres humanos seguimos anhelando, conscientemente o no, la autoridad protectora paterna y el amor materno. Según Freud, la psicodinámica del fenómeno de masas consistiría en la sustitución por parte del hombre masificado de su ideal del Yo por la imagen del líder. Kohut (1971) diría que se trataba de una regresión al estadio en el que el niño pensaba, “Mi padre es un dios, pero yo soy parte de él”. Aquellos individuos de la masa que no encuentran en la persona del jefe una encarnación suficientemente buena del padre se sienten arrastrados, no obstante, por una identificación de tipo fraterno con los otros componentes de la horda. Se trata de un fenómeno de sugestión.

Sugestión La comprensión de los fenómenos sugestivos resulta crucial para la explicación del comportamiento de las masas. Por regla general, el ser humano no es consciente de 242

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la magnitud de su sugestionabilidad, y suele ignorar hasta qué grado puede vivir con contradicciones. Esto es así porque nos resulta inadmisible reconocer, en términos de autoestima, nuestra necesidad de eliminar el sentido realista (“trágico” lo llamó Unamuno, 1913) de nuestra existencia. La evaluación objetiva de nuestras limitaciones crea ansiedad, y a lo largo de toda la vida no cesamos de querer liberarnos de la tensión y la incertidumbre que esto produce. Nos sentimos incómodos en el relativismo y en la indeterminación. Tenemos sed de absolutos. La mente humana está constantemente defendiéndose de ambivalencias que causan zozobra, siempre intentando soterrar en el Inconsciente los conflictos que generan ansiedad y, por tanto, se halla permanentemente predispuesta al autoengaño. Sandor Ferenczi (1922), discípulo dilecto de Freud, llegó a escribir: “La psicología grupal nos ofrece [...] un paralelo filogenético a la ontogenia de la susceptibilidad a la hipnosis”. El autoengaño puede encontrar un apoyo eficaz en el sugestivo eco de la masa. El filósofo David Hume decía que no hay nada que deba hacernos sospechar más que nos hallamos ante una creencia falsa que el que sea aplaudida por la multitud. “Las multitudes no han conocido jamás la sed de la verdad. Piden ilusiones”, señaló Freud (1921). En efecto, las multitudes no funcionan como agrupación de adultos. El estado de regresión que la masa humana proporciona permite a sus individuos recuperar momentáneamente los sentimientos infantiles de omnipotencia y posesión total de la verdad y, en ocasiones, satisfacer de paso algunos apetitos reprimidos —en especial los de naturaleza agresiva— sin los indeseados sentimientos de culpa. Por eso resultan atractivas para la mayoría, tanto las visiones idealizadas de la realidad como las demoníacas, es decir, las ideologías basadas en moralismos simples. Las voces que tildan de depravado (o satánico) al adversario siempre encontrarán gran resonancia en la masa, como también la encontrarán las arengas patrioteras, los gritos de My country right or wrong! y las apelaciones a la sagrada inviolabilidad del honor nacional. Éste ha parecido justificarlo todo, incluyendo —o empezando por— la negación de la verdad, siguiendo más o menos la fórmula del conde Lozano en Las mocedades del Cid (Guillén de Castro): “Procure siempre acertalla / El honrado y principal; / Pero si la acierta mal, / Defendella y no enmendalla”.

El Superyó en la masa El individuo que forma parte de la masa en una manifestación, en una revuelta, en una campaña militar, etcétera, puede llevar a cabo desmanes (saqueos, agresiones, violaciones, homicidios) que su conciencia nunca le permitiría actuando solo. La persona inmersa en una multitud enardecida se coloca en unas condiciones que le hacen posible prescindir de la represión de impulsos hostiles reprobables. ¿Qué ocurre en estas condiciones con el Superyó, la parte de la mente al cargo de las consideraciones éticas y la autocensura? Resulta que esta instancia psíquica no es estable ni impermeable a las influencias externas. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:235-264

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En situaciones como las propiciadas por la inclusión en una masa, el psiquismo individual sufre la consabida regresión, haciéndose otra vez dependiente de las órdenes de un líder carismático (padre omnipotente en la fantasía inconsciente) y dejándose sugestionar de manera casi hipnótica por el sentir de la mayoría. En el frenesí de la masa la autonomía del Superyó se pierde o deteriora, y sus imperativos categóricos desaparecen o se relativizan. Esto último permite, a veces, que la conciencia moral se use no para frenar, sino, por el contrario, para justificar actos violentos, que pueden llegar a convertirse en guerras santas y exterminios “eugenésicos”. Estas circunstancias hacen que la mayoría pueda sentir que lo “moral” es precisamente la erradicación de la “mala hierba”, de lo “diabólico”, de lo que obstaculiza la “ortodoxia”, etcétera. En esto consiste lo que Franz Alexander (1930), otro pionero del psicoanálisis, llamó la “corruptibilidad del Superyó”: en dejarse seducir por unas presiones o sanciones sociales que permiten o alientan la adopción de posturas “justicieras” destructivas. Leo Rangell (1980), eminente psicoanalista estadounidense, ha descrito el “síndrome del compromiso de integridad”, en el que el conflicto principal no tiene lugar entre el Ello de los instintos y el Yo de la adaptación a la realidad, como en las neurosis, sino entre el Yo y el Superyó. Las soluciones pseudoéticas a que se llega en el “compromiso de integridad” siempre se encauzan a través de unas justificaciones racionalizadoras que relegan la auténtica moralidad a unos criterios de supervivencia o conveniencia. Se han cometido muchas más atrocidades en nombre de ideales nobles, como la fe, la justicia o el progreso, que en pos de fines abiertamente egoístas. Éstos son más difíciles de justificar a la conciencia, mientras que los ideales permiten mayor libertad para hacer “el bien”, frecuentemente proporcionando, de paso, satisfacción inconsciente a pulsiones instintivas. Recuerda uno aquí la frase atribuida a María Antonieta camino del cadalso, “¡Libertad, libertad! ¡Cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”.

La violencia y sus justificaciones La actuación violenta de las masas, como cualquier otra acción humana (hasta aquella basada en delirios paranoicos), siempre contiene algún núcleo de verdad y se halla siempre fundamentada en motivaciones psicológicamente comprensibles, aunque sean inconscientes. Han existido revueltas, revoluciones o guerras por motivos de supervivencia, por codicia, por cuestiones de honor, por razones de justicia, etcétera. La percepción de la indignidad e injusticia social es asunto muy relativo. Como se ha dicho, estos sentimientos (o resentimientos) no suelen producirse si las desigualdades sociales se toman como inevitables. Un denominador común de todos los fenómenos de masas es la existencia de criterios afectivos marcados de inclusión y exclusión, esto es, de amor o aceptación poco discriminada para los que acatan las leyes del grupo y, por otra parte, de odio o into244

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lerancia hacia aquéllos que no pertenecen a él. Esto es aplicable tanto a nacionalismos y religiones como a las pandillas de barrio o a los seguidores de un equipo de fútbol. El comportamiento de estos grupos humanos ha llevado a Erikson (1966) a hablar de “pseudoespecies”. Dicha característica debe comprenderse desde la perspectiva de la regresión narcisista al estadio de desarrollo mental denominado ‘preambivalente’, en el que el niño percibe a las personas de su alrededor como totalmente buenas o malas. En el ser humano persiste siempre, en mayor o menor grado, el potencial de un retorno al estadio psicológico en que las relaciones se vivenciaban como ideales o, por el contrario, persecutorias (Klein, 1946). El individuo masificado extirpa lo malo de su líder, de su grupo —y de sí mismo—, y se lo implanta (por proyección) al enemigo. Además, se apropia (por introyección) de los atributos buenos que los rivales puedan tener. Es en estas circunstancias cuando el Superyó puede encontrar no sólo aceptable, sino imperativa, la eliminación de los oponentes, depositarios de todo lo abominado. Así es como se consigue justificar los actos de terrorismo y las acciones de guerra, y cómo se refuerzan a la vez los sentimientos nacionalistas de pertenencia. Después de las orgías de violencia patriotera suele sobrevenir la pesadumbre por el bárbaro comportamiento con los semejantes. Leamos el siguiente patético lamento galdosiano (1870): “¡Oh!, si en el santo polvo a que se reduce la carne y los huesos de tantos hombres arrastrados a la muerte por el fanatismo y los rencores políticos quedase un resto de vida, ¡cuántas íntimas reconciliaciones, [...] cuántos perdones no calentarían el seno helado de la honda fosa [...] ¡cuántos seres habrá que en la desolación de la impenitencia [...] maldecirán la mano corporal con que hirieron el uno al hijo, el otro al hermano!”.

Legitimación del salvajismo Al despertar de los estados de furia multitudinaria, el Superyó individual censurará el comportamiento salvaje. Para aliviar el remordimiento, el Yo suele reavivar entonces la justificación de que, después de todo, la persona o grupo victimizados merecían el castigo. Puede argumentarse incluso que la destrucción fue buena, porque ¿no conviene acaso extirpar el mal de raíz?, ¿no hay que luchar infatigablemente contra los enemigos de nuestros “ideales”?, ¿quiénes sino los débiles titubearían en aplastar “lo pernicioso”?, ¿no habría incluso que gozar con la aniquilación del (supuesto) mal? Así pues, las masas pueden comportarse de un modo bárbaro en aras de lo que llamamos ideales. Sin duda, muchos más musulmanes fueron masacrados en nuestra península al grito de “¡Santiago y cierra España!” que por franca rapacidad o sadismo. El salvajismo simplemente se racionaliza por medio de ideas religiosas o polítiArs Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:235-264

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cas, o de unos principios de justicia, honor, igualdad o libertad. Hasta pueden existir agresiones en nombre de la paz, como en las guerras libradas “para acabar con todas las guerras”. Para contrarrestar los remordimientos inherentes a los actos de barbarie suele recurrirse al señalamiento de provocaciones, reales o supuestas. Se aduce frecuentemente motivos de estado, como la protección de los intereses del grupo de pertenencia o la prevención de males mayores, a través de la acción violenta. Ciertos registros perversos del funcionamiento mental pueden también alentar el deseo de infundir terror en la población enemiga con fines “ejemplarizantes”. Ya en la Anábasis de Jenofonte se menciona la práctica de ¡mutilar a los muertos! con este objetivo. Nos hallamos de nuevo ante el fenómeno de la corruptibilidad del Superyó que pretende, y a menudo logra, legitimar el salvajismo. Se argumenta incluso que el conflicto en que sumen a la conciencia nuestras agresiones debe verse como un sacrificio que hemos de soportar valientemente si sirven éstas para asegurar un futuro mejor (Paniagua, 2004). Cuando esta línea de justificación defensiva de masacres y barbarie no resulta suficientemente eficaz, se puede recurrir a un mecanismo psicológico de defensa más primitivo y expeditivo: la represión. Por medio de ésta se sumerge en lo inconsciente aquello que resulta intolerable a los ideales y a la conciencia moral. Un ejemplo es el de aquellos españoles que hace algunos años expresaban asombro de que hubiesen podido darse en la Europa del siglo veinte guerras civiles como la que dividió y asoló Yugoslavia, olvidándose momentáneamente de la que en los años treinta tuvo lugar en el propio suelo.

Irracionalidad de las ideologías Los anhelos y contradicciones del ser humano, en nuestra era de mass media, suelen expresarse por medio de las ideologías culturales, religiosas y políticas. Estas ideologías representan, como ha descrito el psicoanalista peruano Max Hernández (1988), “los restos del naufragio en los arrecifes del pensamiento científico de los sistemas mágico-religiosos de legitimación y explicación del mundo”. Sería erróneo creer que el pensamiento científico, por su éxito manifiesto en nuestro mundo tecnológico, ha ganado la batalla a los sistemas mágico-religiosos. Pensemos, por ejemplo, en el sorprendente predicamento de las sectas y los diversos movimientos fundamentalistas de toda índole en las naciones más avanzadas de Occidente, supuestamente tan alejadas del Tercer Mundo. Recordemos que el pensamiento científico es muy reciente comparado con el pensamiento mágico por el que se ha regido el ser humano durante casi dos millones de años (cf. Fernández Soriano, 1991). Naturalmente, no todas las ideologías poseen el mismo grado de utilidad potencial ni la misma calidad ética; pero, hoy por hoy, parece imprescindible que si aspiran a ser populares han de contener ciertos elementos de engaño demagógico, esto es, de halago intencionado a la vanidad de la multitud o de fomento de esperanzas difícil246

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mente realizables, como es el caso de tantas promesas electorales. Al igual que los niños exigen que se les cuente una y otra vez el mismo cuento, deseamos escuchar repetidamente aquello que parece justificar nuestras fantasías. Las ideologías constituyen, por lo general, un intento de organizar atractivamente el conocimiento sobre los hechos sociales de un modo suficientemente simplista como para que hablen al niño que todos llevamos dentro. En realidad, se encargan tanto de impartir ese conocimiento, como de ocultarlo; tanto de informar, como de desinformar (cf. Grinberg, 1989). Todas nuestras convicciones personales podrán hallar siempre un esquema ideológico que las sustente. Todas nuestras conductas serán susceptibles de “explicación” por medio de algún marco externo, y recurriremos a ese marco, por lo general, de modo inversamente proporcional al grado de madurez de nuestro carácter. Otra manera de expresar esto es que, cuanto más sólidamente esté constituida nuestra identidad adulta, más protegidos estaremos ante el influjo irracional de las ideologías. El arraigo de los extremismos ideológicos no se da en todas las sociedades por igual y, naturalmente, no todos nos adherimos a tesis burdas propugnadas por las instituciones. Sin embargo, por otra parte, es muy habitual escuchar opiniones apasionadas de personas que no tienen influencia alguna, directa o indirecta, sobre las decisiones que discuten. ¿Por qué empleamos tanto tiempo y esfuerzo en polémicas estériles? Porque solemos estar defendiendo de forma desplazada y generalmente inconsciente posturas personales enraizadas en nuestra propia biografía. Se trata a menudo de maniobras compensatorias de sentimientos dolorosos de impotencia o escasa valía. A veces, el refrán “dime de que presumes...” podría trocarse en un “dime cuánto opinas y te diré cuán insignificante te sientes”.

Engaños y contradicciones Dice un aforismo americano que las acciones violentas siempre tienen dos razones: The good reason and the real reason. En algunas de estas acciones, ciertamente, no se distinguen bien los motivos reales de las “buenas razones” argumentadas por sus promotores (lo que en psicoanálisis llamamos las racionalizaciones), pero en otras sí resulta claro que las explicaciones están insuficientemente fundamentadas, revelándose como lo que son: intentos fallidos por engañar y acallar la conciencia nacional o social, a pesar del ropaje político de que puedan ir envueltos. Las opiniones que reflejan de manera objetiva la realidad de las hostilidades entre grupos suelen ser complejas, conflictivas y amenazantes para el Superyó. Por esto es comprensible que, internamente, prefiramos que los dirigentes tomen sobre sí la responsabilidad de darnos una versión más simplista y digerible de dichas verdades. Inconscientemente queremos ser engañados. No deseamos tener libertad de criterio, a pesar de que, por lo común, afirmemos lo contrario. Queremos “escapar” de esta Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:235-264

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libertad, que dijera Erich Fromm (1941). Nuestro sustrato de mentalidad infantil tiene, en palabras de Freud (1921), “una inagotable sed de sometimiento”. Anhelamos poder regresar en momentos de angustia a ese refugio inconsciente proporcionado por la horda sometida al líder, de la que, filogenéticamente, dependió nuestra supervivencia. Por tanto, generalmente, no deseamos entender demasiado. En nuestro fuero profundo, aspiramos a obedecer a una autoridad omnisciente que nos proteja, que justifique o aliente nuestros propios impulsos violentos, que refuerce nuestros autoengaños y que nos exonere de culpas. Nos hallamos impelidos a sucumbir al influjo de la sugestión, aunque luego nos rebelemos contra ella. Nos sublevamos contra su influencia, a veces con fiereza, precisamente porque sentimos o presentimos su magnetismo. Es relativamente frecuente que algunos ciudadanos renieguen de forma abierta de unas ideas políticas por su radicalismo, para acabar abrazando otras de signo opuesto, pero igualmente extremas. El psicoanalista conoce la variedad sin fin de contradicciones con que puede vivir el ser humano. Las mezclas de racionalidad con pensamiento mágico resultan a veces inocuas. Otras veces pueden ser adaptativas, como es el caso de ciertas creencias religiosas. Pero también hay contradicciones perniciosas. Entre estas últimas una particularmente maligna que parece haber cobrado vigor progresivo en las últimas décadas es la inherente a los movimientos juveniles que tienen como bandera el odio destructivo hacia todo tipo de autoridad y normas establecidas, sean éstas razonables o no. Se trata de una forma extrema y patológica de la rebeldía propia de la adolescencia. La contradicción de dicha violencia virulenta reside en su unilateralidad, porque estos jóvenes nihilistas y anárquicos aspiran a ser respetados y protegidos por el establishment al que intentan destruir. En palabras del psicoanalista norteamericano Vann Spruiell (1988), “querrían asesinar a sus padres, pero que éstos siguieran manteniéndolos”. Otra idea contradictoria bastante característica de este último medio siglo ha sido la de que las guerras son tan inevitables como las catástrofes naturales, pero a la vez podrían ser evitadas si los países adquiriesen suficiente armamento disuasorio. Si vis pacem para bellum!, nos habría recordado San Agustín. El psicoanalista holandés Antonie Ladan (1989) ha señalado que estas ideas paradójicas revelan nuestra necesidad de alcanzar una falsa sensación de certeza que nos distraiga de significados pulsionales personales, esto es, que difumine nuestro sentir profundo, individual e inconsciente respecto a la violencia y destrucción masivas.

Crueldad y violencia Freud (1905) escribió: “La crueldad es algo que forma parte del carácter infantil, dado que aún no se ha formado en él el obstáculo que detiene al instinto [...] ante el dolor de los demás; esto es, la capacidad de compadecer”. Los niños, ciertamente, 248

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pueden disfrutar con la conducta cruel. En la segunda parte de El Quijote se relata cómo una muchedumbre está expectante ante el combate del héroe de la triste figura con el caballero Tosilos. Éste rehúsa luchar y: “Aclamaron todos la victoria de Don Quijote, y los más quedaron tristes y melancólicos, de ver que no se habían hecho pedazos los tan esperados combatientes, bien así como los muchachos quedan tristes cuando no sale el ahorcado que esperan, porque le ha perdonado [...] la justicia”. Vemos que, en su tiempo, Cervantes (1615) no tuvo reparo en exponer abiertamente el sadismo de la niñez. La superación de las tendencias sádicas infantiles no se consigue hasta que se instauran formaciones reactivas que contrarrestan los impulsos originales. Pero, lamentablemente, este mecanismo defensivo resulta bastante reversible, tanto en el niño como en el adulto. En efecto, las crónicas de la historia se hallan triste y pavorosamente repletas de ejemplos de crueldad. La historia del sadismo siempre deja perplejos a los que prefieren atender sólo a los admirables logros éticos y estéticos del ser humano, pero lo cierto es que, como escribiera Sófocles hace veinticinco siglos, en Antígona, “Con su capacidad de inventar artes / Ingeniosa más de lo imaginable, el hombre / Unas veces al bien, otras al mal se dirige”. La motivación que más facilita la manifestación del sadismo en las masas es el odio, en especial aquel que parece justificado por su carácter de venganza. Una vez prendido el detonante de la violencia, el comportamiento explosivo de la muchedumbre suele ser bastante predecible e independiente del grado de legitimidad de la causa que dio origen a esta reacción. La conducta violenta de la masa parece tener siempre, en todos los tiempos y todos los lugares, dos denominadores comunes: 1) la escisión extrema de imágenes mentales en buenas y malas, y 2) la regresión al salvajismo (Paniagua, 1991). La agresión desaforada se lleva a cabo si no media una autoridad enérgica. Existen innumerables ejemplos de los terribles resultados finales del descontrol agresivo de la muchedumbre. Realmente, es raro hallar casos de revueltas o enfrentamientos bélicos a lo largo de la historia en los que no se haya producido algún linchamiento. La regresión suele ser orgiástica y, como tal, no admite frenos. El psicoanalista noruego Sverre Varvin (2003), basado en sus estudios de campo con víctimas y perpetradores de masacres, ha hecho la interesante observación de que “el mero acto de matar alienta atrocidades futuras, porque la víctima acaba representando un aspecto acusador de sí mismo del que el homicida quiere desembarazarse”. Añádasele a esto la peligrosa animadversión que en la masa suelen suscitar aquéllos que intentan mantener la sensatez e integridad. Estas personas, con su conducta autónoma, hacen que surjan en la consciencia sentimientos de vergüenza y culpa que la masa enardecida está intentando reprimir. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:235-264

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Odio al semejante Los motivos explícitos que llevan a odiar a un individuo, a una minoría o a una nacionalidad entera pueden variar mucho. El enemigo puede actuar de depositario de las representaciones negativas que tenemos sobre nosotros mismos, —ponemos fuera lo que odiamos dentro-, condensadas con los propios impulsos agresivos. En esta situación, como escribió Volkan (1987), “parece lógico que el mejor depósito para fenómenos propios sea el proporcionado por gente que se parezca a nosotros o que de algún modo nos resulte familiar”. Una gran desemejanza hace difícil el encaje proyectivo de nuestras vivencias comparativas. De aquí que sean las comunidades vecinas las que peor se lleven. A este fenómeno puso Freud (1918) el nombre de “narcisismo de las pequeñas diferencias”. El tipo de sugestión fomentado por los fenómenos de masa, en los que subyace un sentimiento inconsciente de terror, posibilita la regresión a un estado de escisión extrema de las representaciones mentales. Sobre la persona, la minoría, la nación, etcétera, percibidas como absolutamente malas se vierte todo el odio y hostilidad, atribuyéndoseles además, proyectivamente, la propia agresividad censurable. El Superyó individual, anulado temporalmente por la regresión, tolera entonces dichas manifestaciones de destructividad primitiva (de “agresión no neutralizada” decimos los psicoanalistas). El ser humano no tiene los rituales inhibidores de la agresividad intraespecífica que caracterizan a otros mamíferos (Lorenz, 1963). Así, los impulsos brutales pueden no sólo aflorar a la consciencia, sino materializarse en actos. Éstos han alcanzado a veces proporciones apocalípticas, como en el caso de la campaña de exterminios perpetrada por los nazis alemanes en la Segunda Guerra Mundial; como en las matanzas de los Khmer Rouge camboyanos; o como en las masacres de tutsis a manos de los hutus ruandeses, por citar ejemplos relativamente recientes de tres razas distintas. No obstante, y salvando las distancias, a todos nos consta que no hace falta irse allende las fronteras para recordar episodios de barbarie no muy lejanos en el tiempo, en los que la ferocidad cobarde se vivió como valentía. Utilizaremos ahora un ejemplo distante de nuestra Historia, aunque no menos ilustrativo: el de las reacciones colectivas de odio y violencia de la rebelión de Fuente Ovejuna en 1476, dramatizada siglo y medio más tarde por Lope de Vega. Las crónicas de la época dicen que el pueblo, “Después de golpear inmisericordes al Comendador, lo defenestraron y en la calle lo recibieron con lanzas, le arrancaron las barbas y cabellos, le quebraron los dientes y, finalmente, lo despedazaron”. El asesinato multitudinario del o los “malvados” (reales o propiciatorios) y su mutilación y arrastre por las calles ha sido frecuente en la historia antigua y moderna, y representa la consecuencia última natural de la ira de las masas. El caso de la revuelta de Fuente Ovejuna resultó especialmente interesante por su espontaneidad y porque tuvo como protagonistas a gente que distaba mucho de la criminalidad. Se trataba de ganaderos y agricultores sencillos que, sintiéndose agraviados, decidieron matar al que perci250

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bían como causante de sus males; si bien hay que añadir que, de paso, asesinaron a catorce de sus acompañantes. ¿Cómo explicarnos la saña de esta gente llana? ¿Por qué descuartizar el cadáver del Comendador? ¿Por qué no bastó sólo su muerte? La escisión de las imágenes internas es un fenómeno psicológico cuya comprensión resulta esencial para la explicación del comportamiento violento de la masa. Se refiere a la obliteración de las consideraciones objetivas acerca de la personalidad de otros individuos y a la disociación que se establece entonces entre las representaciones buenas y malas. Como consecuencia, desaparece la capacidad normal de evaluar de forma más realista —y, por tanto, ambivalente— a otras personas. Volviendo al drama Fuente Ovejuna, citaremos a modo de ejemplo unos versos en que se relata cómo está preparándose a la gente para acabar con el Comendador: “Juntad el pueblo a una voz, / Que todos están conformes / En que los tiranos mueran. / Tomad espadas, lanzones, / Ballestas, chuzos y palos. / ¡Los reyes, nuestros señores, / Vivan! ¡Vivan muchos años! / ¡Mueran tiranos traidores!”. Típicamente, se invoca a una autoridad que se supone totalmente buena frente a otra que se percibe como totalmente mala. En este caso, la invocación de los reyes se pone al servicio de un Superyó justiciero y terrible. Tanto la idealización como la demonización no reflejan, claro está, la realidad objetiva. Son dos caras de la misma moneda de la regresión. Estos tipos de amor y de odio tienen mucho de irracional, lo que equivale a decir que están basados en experiencias y expectativas de origen infantil.

La trampa de la infancia Aunque los seres humanos actuemos aparentemente como adultos, podemos estar sintiendo, en lo inconsciente, como niños. A este universal fenómeno podría denominársele “la trampa de la infancia”. Generalmente, los niños sienten que el progenitor del mismo sexo, con menos “méritos” que los suyos, detenta unos privilegios que a él le están prohibidos y un poder que querría para él. Se considera la subsiguiente rivalidad parte de una fase normal del desarrollo psicológico infantil. Pero esta fase puede no solucionarse bien si el comportamiento del padre es tan negligente o brutal que parece justificar el odio edípico del hijo. Éste quedará atrapado en una “trampa de la infancia” que, a lo largo de toda su vida, intentará resolver inconscientemente de forma desplazada y probablemente patológica. Recurramos a un ejemplo biográfico. Max, el mayor de cinco hermanos, perdió a su madre a los nueve años como consecuencia del nacimiento del más pequeño. Su padre les abandonó poco después, quedando los niños al cargo de tías y abuelo. Durante su juventud Max escribió un loable trabajo que mereció un premio: ¿Deben los crímenes de los padres perjudicar a sus hijos? Es psicológicamente congruente que este joven desarrollase anhelos de defender la causa del débil frente al poderoso y que Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:235-264

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sintiese gran rechazo hacia las figuras de autoridad. Max se hizo, en efecto, un ferviente defensor del oprimido, un adalid de la justicia social. Sus experiencias infantiles le habían sensibilizado a un intenso miedo de que la debilidad supusiera la victimización. Con toda probabilidad externalizó inadvertidamente su rebeldía contra el infortunio y transformó su odio hacia un padre despiadado en un enorme interés por los conflictos sociales. Lo que sus conciudadanos vieron en Max fue el comportamiento de un idealista, enemigo de los abusos del opresor. Max se convirtió en un David enfrentado al Goliat del Estado. Sus virtudes le valieron el sobrenombre de El incorruptible, y fue elegido diputado por su ciudad, defendiendo, entre otras reformas sociales, la abolición de la pena de muerte. Pero según fue escalando peldaños políticos, creció su preocupación por lograr lo que consideraba una sociedad justa y sana, y esto le llevó a imponer ciertas reformas. Max decidió “obligar” a los hombres a ser libres y estimó que para ello era necesario eliminar a los opresores del pueblo. Acusó a los políticos moderados de “prevaricadores” y a los indulgentes de “corruptos”. Las medidas excepcionales que instauró Robespierre, que éste era el apellido de “Max”, arrancaron la vida a unos cuarenta mil “sospechosos” en un año. Para salvar a Francia, este hombre, considerado virtuoso, implantó el reinado del Terror y popularizó el concepto de “terrorismo de Estado”. En 1794, declaró, “el Terror no es sino una justicia sumaria; una emanación de la virtud [...] una consecuencia del principio general del gobierno del pueblo aplicado a las necesidades más urgentes de nuestra nación”. Los ciudadanos franceses sólo se vieron liberados de los “beneficios” proporcionados por el idealismo de Robespierre cuando fue apresado y, después de un fallido intento de suicidio, guillotinado. Seguramente, muy pocos franceses de la época pudieron descubrir, bajo esta imponente figura, al huérfano aterrado, al Max rabioso que había sido abandonado por su padre. Parafraseando al Incorruptible, los crímenes de los padres no deberían perjudicar a sus hijos, pero el hecho es que los “crímenes” de los padres de Robespierre, actuando desde el inconsciente del tirano, contribuyeron de modo definitivo a enviar a muchos ciudadanos franceses a la desesperación y la muerte. Este gran déspota jacobino se consideró a sí mismo un mártir. En una alocución parlamentaria, clamó: “Marcaremos el camino a la inmortalidad con nuestra propia sangre. ¡Oh, sublime pueblo! ¡Recibid el sacrificio de toda mi existencia! ¡Feliz es quien puede morir por vuestra felicidad!” (1793, cit. en Twemlow y Sacco, 2002). La palabra “martirio” proviene del griego martys: testigo, y ¿qué mejor testimonio de la fe en unas ideas que estar dispuesto a morir por ellas? Lo que con toda probabilidad no supo Robespierre es que su terrible sadomasoquismo tenía las raíces en su niñez. El idealismo grandioso tras el que se esconde el odio es una conocida defensa ante intolerables sentimientos de debilidad y pequeñez. La psicobiografía de Robespierre que hemos resumido parece representar un ejemplo dramático del “retorno de lo reprimido”. Hay estudios que muestran que la mayoría de los terroristas son individuos con infancias profundamente traumáticas (Dicks, 252

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1972; Volkan, 1997), pero, claro está, no todos los hombres con una niñez traumática tienen trayectorias vitales tan horrorosas como la del político francés. Existen muchos otros factores psicológicos y sociales que influyen sobre el resultado biográfico final. Además, algunas sublevaciones promovidas por terroristas pueden acabar teniendo consecuencias sociales duraderas y beneficiosas, como fue el caso del surgimiento del gobierno del pueblo contra los regímenes feudales tras la Revolución Francesa, que inspiró a toda Europa. No obstante, quizás haya que recordar que el mérito mayor en estas empresas siempre corresponde al pueblo anónimo, trabajador y creador de riqueza, cuyo esfuerzo suele ser aprovechado por líderes con escasos escrúpulos. Seguramente, las garantías constitucionales de las democracias occidentales con un sistema de oposición política eficaz han pesado mucho más a la hora de frustrar “trampas de la infancia” de Robespierres potenciales que las restricciones morales dentro de su idealismo. Por otra parte, hemos de recordar que hace ya tiempo que abrimos los ojos al hecho de que en situaciones sociales regresivas no son sólo las personas con psicopatología severa las capaces de secundar las actuaciones violentas de esos líderes narcisistas, paranoides y sociópatas a quienes Harold P. Blum (1995) describió como “flautistas de Hamelín destructores”. Sírvanos esta consideración para hablar del problema general del terrorismo.

El caso del terrorismo Las ideologías fundamentalistas del color político o religioso que sean, dividen al mundo en oprimidos y opresores, el reino de lo ideal y de la maldad. Los primeros han de alzarse con una victoria que les proporcionará redención, felicidad y éxito moral sobre los segundos. Supuestamente, todo conflicto desaparecería. Típicamente, este simplista posicionamiento proyecta toda la maldad y agresión en el opresor (real o supuesto) que ostenta un poder que no merece, justificando esto cualquier ataque contra él. La instancia psíquica autocensora que los psicoanalistas llamamos Superyó es resultado de la internalización de normas y prohibiciones de los padres. El Superyó no suele instaurarse de manera inalterable y sigue comunicándose con las figuras de autoridad hacia las que se transfieren los sentimientos originales de obediencia con el fin de conseguir protección y amor. Esta plasticidad permite que la aparición de un líder carismático en la vida de las personas resulte en que dicha instancia psíquica pueda, por así decir, licuarse, volviendo el individuo a un estado de máxima dependencia emocional de una autoridad externa (cf. Waelder, 1967). Naturalmente, esta “licuación” del Superyó no se da por igual en todas las personas. En casos extremos puede llevar a que jóvenes inspirados en causas “idealistas” y adoctrinados por figuras investidas de ascendencia omnímoda estén dispuestos a convertirse en bombas humanas. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:235-264

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Para alentar una empresa guerrera o fomentar movimientos terroristas es necesario que las figuras investidas de autoridad evoquen sentimientos paranoides que prendan en los elementos infantiles que quedan en nuestra mente, con los mensajes: (1) somos especialmente valiosos; (2) tenemos un enemigo; (3) si no fuese por las injustas limitaciones impuestas por el opresor alcanzaríamos la grandeza; (4) hemos de mostrar cohesión incuestionable para liberarnos de su yugo. Adicionalmente, es necesario recurrir a la deshumanización del enemigo con el fin de defenderse psicológicamente de la empatía y el remordimiento (Akhtar, 2003). Por su claridad y contundencia, citaremos extensamente esta síntesis de Otto Kernberg (2003b, p. 958) sobre los fines perseguidos por los movimientos terroristas: “El objetivo primario del terrorismo es producir horror, esto es, una sensación desorganizadora de miedo que invada al enemigo, desestabilizando la estructura social, el gobierno y el estilo de vida de éste. Aunque la finalidad última del terrorismo es la aniquilación del enemigo, este objetivo puede incluir cierta flexibilidad táctica como paso preliminar. Los grupos terroristas pueden entrar en negociaciones con el adversario, pero, por definición, estas negociaciones han de ser engañosas en tanto en cuanto el objetivo final no es la conciliación, sino la destrucción del enemigo [...] Cualquier tipo de compromiso amenazará la pureza de la utopía del terrorista y la supervivencia misma de la ideología fundamentalista”.

Personalidad del terrorista Kernberg, ex Presidente de la Asociación Psicoanalítica Internacional y colaborador en la Comisión Antiterrorismo de las Naciones Unidas, concluyó, tras sus estudios sobre la “violencia sancionada” (2003a y b), que el liderazgo de grupos extremistas y terroristas es generalmente asumido por individuos que han padecido una niñez de doloroso rechazo, identificándose subsiguientemente con aquellos que fueron oprimidos o humillados como justificación de sus deseos de reparación y venganza. Su conversión al terrorismo les confiere, a veces por primera vez en sus vidas, sensación de misión y poder. La hermandad con otros conspiradores proporciona aliento a su temeridad y refuerzo a su crueldad (venciendo así la reprobación contra los tabúes más elementales). El autosacrificio heroico y “altruista” en la aniquilación del enemigo es una fuente de triunfo moral. En su perversa ética, el terrorista llega a mantener que “cualquier actividad que apoye el triunfo de la revolución es moral. Lo inmoral y criminal es todo aquello que lo obstaculiza”, como escribiera Sergei Nechayev (1869) en su famoso Catecismo del revolucionario. Es importante tener en cuenta que la patología caracterial del terrorista no suele implicar psicosis ni defecto intelectual. Entrevistas llevadas a cabo con terroristas 254

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muestran que, por el contrario, muchos de los que sacrifican sus vidas por esta causa son individuos de inteligencia notable y con suficiente contacto con la realidad como para llevar a cabo actos con gran deliberación (Post en Hough, 2004). La idea del “fanático descerebrado” o del “asesino loco” suele ser errónea (Hoffman, 1998). Esta popular noción pretende alejarnos, psicológicamente, de cualquier semejanza entre sus actos criminales y aquellas temibles fantasías agresivas que nosotros hemos tenido que reprimir. Aunque no sean conscientes de ello, para lograr los objetivos del terror, los primeros aterrorizados han de ser los propios terroristas. Si bien casi nunca son gente psicótica, suelen tener endeble autoestima. Ésta puede ser fortalecida por la magnitud del horror causado a las víctimas. Los integrantes de grupos terroristas varían en el espectro de su personalidad. Pueden ser seguidores que obtienen sensación de importancia personal o de masculinidad a través de la pertenencia a un grupo temido por la mayoría de la población. Pueden ser fanáticos con pretensiones de omnipotencia. Algunos pueden ser sociópatas que esperan obtener ganancias materiales. Y, frecuentemente, son personas paranoides, con un pasado traumático y un “narcisismo maligno” (Kernberg, 1998) similar al del líder. Es muy frecuente que intenten transformar inconscientemente su sensación de victimización y envidia en una pasión sádica que “enmiende” los agravios de su niñez. Como dice el psicoanalista alemán Werner Bohleber (2003), “Lo que intenta matarse en los actos terroristas es la propia debilidad”. Se trata del conocido fenómeno de que el opresor de hoy fue el oprimido de ayer. En un acto de externalización, quien fue víctima comienza a victimizar (cf. Akhtar, 2002). Esta terrible herencia es estudiada en psicoanálisis como la “transmisión intergeneracional” de la violencia (Kestenberg, 1982). Es común que se dé por supuesto que la formación de grupos terroristas es consecuencia de la opresión, descartando la posibilidad de que sus dirigentes se hayan guiado por el deseo de obtener poder debido a motivos neuróticos o egoístas. Indefectiblemente, estos motivos son presentados como idealistas y, típicamente, quienes perpetran actos terroristas tienen el convencimiento de estar persiguiendo fines virtuosos. Añadamos aquí que las posiciones acerca de qué resulta ético o ideal pueden ser tan discrepantes como aquellas sobre conveniencias personales. Es más, los conflictos sobre posturas morales o sobre qué constituye “el Bien” suelen ser más difíciles de conciliar, porque las partes implicadas pueden aferrarse a ellas con una “conciencia limpia”. Parece oportuno aquí el siguiente recordatorio de Waelder (1967, p. 248): “Una vez en el poder, los revolucionarios procuran imponer al pueblo sus creencias —que para ellos son siempre Verdades— con la misma naturalidad y, en cierto modo, ingenuidad, con que nuestras Facultades de Medicina o de Derecho exigen a los estudiantes que aprendan las doctrinas aceptadas. El resultado de esta situación es el totalitarismo”. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:235-264

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Con este totalitarismo se logra una capacidad enorme de influencia sobre la mentalidad de los jóvenes, a través del adoctrinamiento de los niños, que internalizarán la versión histórica promovida por la autoridad como incondicionalmente legítima. El progreso de las ideas no apoyadas por la coerción suele necesitar de varias generaciones para enraizarse, mientras que aquellas impuestas por la fuerza y el terror pueden conseguir cambios notables en sólo una generación. Seguramente, este principio sustenta la popular y horrenda máxima que afirma que “la letra con sangre entra”. Los terroristas parecen haber aprendido la lección de que no hay nada más poderoso socialmente que una combinación acertada de lealtad y temor. A menudo es difícil distinguir hasta qué punto lo primero es sólo una hoja de parra que oculta lo segundo.

Respuesta de la sociedad victimizada Hace más de medio siglo que el filósofo y economista liberal francés Bertrand de Jouvenel (1963, pp. 230-1), en La teoría pura de la política, hizo la siguiente observación sobre la estrategia terrorista: “Se requiere solamente un número reducido de adeptos dispuestos a cometer actos de violencia para colocar al [gobierno] en una situación de lo más comprometida. Si los golpes terroristas son asestados al azar, la reacción repercutirá, casi inevitablemente, sobre otros medios y afectará al inocente. Incitar a las autoridades a que causen daños a personas inocentes es un principio esencial de la estrategia terrorista. Su eficacia reside en [...] provocar reacciones de las autoridades que desagraden a la opinión pública y causen consternación en el seno del propio gobierno. El daño causado por casualidad a un inocente como consecuencia de la acción represora beneficia al culpable [...]. Los terroristas consiguen combinar los métodos de los pistoleros con los beneficios morales del martirio”. La población, asustada, reclamará protección al gobierno. Cuando éste sea incapaz de restaurar el orden sin disgustar con sus medidas a amplios sectores de la población, incurrirá en descrédito político. La gente exige ser protegida, pero no desea ser incomodada en el proceso. El anarquista Mikhail Bakunin, tristemente célebre, expuso de manera clara que el objetivo de la “propaganda fáctica” del terrorismo no era afectar a las víctimas inmediatas, sino alcanzar a la “audiencia general” (Voegelin, 1946). Su fin último, claro está, es la conquista del poder, para lo que es necesario que el terrorismo no se presente como actividad antisocial, sino como lucha por la libertad. Ante la atmósfera de amenaza se produce en la población fenómenos importantes de regresión psicológica. Entonces es común el recurso masivo al mecanismo de defensa conocido como “identificación con el agresor” (Anna Freud, 1936), que per256

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mite a las personas aliviar su sensación de angustia y vergüenza adoptando las creencias de aquellos mismos que le humillan o le oprimen. Preferiremos sentirnos participantes activos de nuestro propio infortunio que marionetas pasivas ante la voluntad de unos matones. Comentaba el gran pensador reformista francés Alexis de Tocqueville (1840) que: “A nada está más acostumbrado el hombre que a reconocer una sabiduría superior en la persona de su opresor”. Esto no es de extrañar. Por algo hemos sido niños durante tanto tiempo.

El lavado de cerebro La instrumentalización del pueblo por medio del terror se alcanza óptimamente utilizando alguna forma de exhortación moral que ayude a “digerir” la sensación de cobardía por la capitulación ante la coerción. La diferencia entre los terroristas y los vulgares gángsteres es que aquéllos apelan a nuestra conciencia. El usualmente llamado “lavado de cerebro” de los terroristas sobre la población consiste en la persuasión psicológica ejercida sobre ésta con la amenaza latente de unas represalias. En palabras de Waelder (1967, p. 161): “La coerción fuerza a los ciudadanos a hacer o decir cosas que les hacen sentirse avergonzados (por ser profundamente humillantes), o culpables (por ser inmorales), produciendo de esta manera un conflicto interno entre los impulsos de autoconservación que, naturalmente, les inclinan a someterse [...] y los sentimientos de vergüenza o culpa, perdiendo con esto la paz interior”. Esta paz interior puede recuperarse de algún modo si el individuo logra convencerse de que lo que exigen los que ostentan el poder despótico (tanto un grupo terrorista como un gobierno tiránico) es, en realidad, justo, porque entonces los sentimientos penosos tendrían poca razón de ser. La reacción de hostilidad se vuelve entonces no contra los opresores, sino contra las víctimas, con el proverbial “algo habrán hecho”. Es más, los oprimidos pueden incluso volver la agresión contra sí mismos en una especie de gigantesco síndrome de Estocolmo, porque ¿quién puede estar libre de alguna culpa pretérita que resuene con las reivindicaciones de los opresores? Inconscientemente, las rencillas, envidias, remordimientos de nuestra propia biografía encontrarán alguna forma de coherencia con las tesis de los terroristas. Simultáneamente, la gente sabe, o acaba sabiendo, que el atractivo David es también el temible Goliat. Cuando el supuesto defensor de las víctimas se convierte en potencial verdugo, suele aparecer en la población la horrible sensación de “lo siniestro” (Freud, 1919): lo familiar, aquello con que nos habíamos identificado, aquello que contenía promesa, que parecía protector y heroico, se transforma en ominoso y terrorífico. Es entonces cuando nos preguntamos por qué nos han engañado y qué nos ha Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:235-264

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llevado a dejarnos engañar. Y a la pregunta, “¿por qué nos odian tanto?, ¿qué hemos hecho mal?” puede encontrársele una respuesta —o pseudorrespuesta— casi siempre, lo que, naturalmente, implicará un sometimiento interno a la estrategia terrorista. Trágicamente, es más fácil aceptar la culpa de haber sido, de algún modo, causante de nuestras desgracias que la vergüenza de ser humillados sin protestar.

Utilización de la regresión Existe una serie de criterios típicos en la regresión psicológica de los grandes grupos humanos. Esta regresión se caracteriza por una pérdida de la identidad individual; reagrupamiento en torno a un líder; escisión mental marcada (bondad ideal vs. maldad extrema); proyecciones e introyecciones masivas; obsesiones narcisistas compartidas; pensamiento mágico con relativa desaparición del sentido de la realidad; incapacidad de elaborar duelos; reactivación de “glorias” míticas y “traumas” escogidos; y abolición de la confianza básica en la humanidad del prójimo (cf. Brenner, 2006). En efecto, la regresión generada por el terror se caracteriza por el desarrollo de una paranoia colectiva, con pérdida del criterio individual. Se fomentan el pensamiento mágico, los mitos nacionalistas, el narcisismo de las pequeñas diferencias y la deshumanización del adversario (Volkan, 1988). El propósito psicológico de dicha regresión es el de propiciar la cohesión comunitaria en situaciones de amenaza. Pero esta amenaza puede ser real, fabricada o delirante. En situaciones regresivas, los gestos de benevolencia suelen ser interpretados por el grupo que se siente amenazado como síntomas de debilidad del enemigo. Así, en el caso del terrorismo, las reacciones de conciliación por parte del gobierno suelen ser malinterpretadas y utilizadas para fines destructivos. Sin embargo, paradójicamente, la represión del terrorismo también puede aumentar el número de adeptos a sus filas, como ocurrió en Argelia con el Frente de Liberación Nacional tras el intento de aplastamiento por parte del ejército francés, con torturas e interrogatorios indiscriminados. Cayeron en la trampa del principio revolucionario de acción-represión-acción. Ante el fenómeno del terrorismo, un gobierno responsable se ve obligado a mantener un difícil equilibrio entre las exigencias de una mentalidad infantil no dispuesta a compromisos y el peligro de alienar a la conciencia moral y cívica de un sector mayoritario de la población. Como dijo Waelder (1967, p. 147), “la relación entre el consenso con que un gobierno ha de contar para poder gobernar y el grado de fuerza en que se ha de apoyar, depende de la naturaleza de la coerción [...] y del clima moral que determina cuánta fuerza puede usarse”. Los excesos de las autoridades, las restricciones severas de las libertades llevan implícito el mensaje de la arbitrariedad de la Ley y siempre favorecen el juego de unos terroristas que aspiran a fomentar la inseguridad en la ciudadanía. La finalidad de los terroristas es poner a los políticos libremente elegidos en la disyuntiva de tener que ceder a sus demandas o soportar la posibilidad de 258

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ser acusados de despotismo. La libertad tiende siempre a menoscabar la autoridad, pero ninguna comunidad civilizada puede sobrevivir sin una combinación de ambos principios. Es obligado mencionar el papel de los medios de comunicación —politizados o no— en las sociedades libres. Estos medios pueden intensificar las regresiones paranoides emitiendo información acorde con una división mental primitiva de los grupos en “buenos” y “malos”, y actuando de portavoz y altavoz de las causas terroristas. En su afán de sensacionalismo, estos medios pueden reforzar la estrategia terrorista de difusión e influencia sobre una población de simpatizantes pasivos —también aterrorizados— predispuestos a identificarse con los agresores. Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel, dijo: “Un acto terrorista que no se publique en los periódicos, ni salga en la televisión es como el árbol que cae en el bosque silencioso” (en Hoffman, 1998). Tomemos el ejemplo de las huelgas de hambre, que tan eficaces pueden resultar empleadas en estados democráticos. Está claro que su efectividad para la explotación de los fines del terrorismo depende del seguimiento por los mass media. ¿Quién ha oído de una huelga de hambre que tuviese éxito entre los prisioneros de estados comunistas o fascistas en los que no existe libertad de prensa?

Conclusiones sobre el terrorismo El influyente psiquiatra neoyorquino Lawrence Friedman (2005) ha escrito: “Son altamente problemáticas aquellas explicaciones psicoanalíticas que implican [...] que la tolerancia respetuosa hacia las ideas fanáticas y la integración de los terroristas en una sociedad civilizada son disuasorias del terrorismo”. Es un error frecuente creer que la comprensión de la psicología profunda de estos agresores sociales supone recomendaciones que a éstos han de resultarles terapéuticas. Ningún psicoanalista competente estará a favor de la elusión de la responsabilidad personal a la hora de justificar la violencia social. Además, la historia nos enseña que el pacifismo y los gestos de apaciguamiento frecuentemente han significado dar luz verde a los más violentos. Los casos extremos de libertad irresponsable conducen a la anarquía e, irónicamente, a la pérdida de libertad, cuando no de la vida. Por ello, no debe subestimarse el papel de la fuerza al servicio de la ciudadanía general. Según la famosa fórmula del sociólogo alemán Max Weber, lo que debe caracterizar a un estado es su monopolio de violencia legítima (Bendix, 1960). El fenómeno terrorista ha de combatirse induciendo en sus practicantes y seguidores la sensación de un realismo adulto. Ante el intento de imposición de ese pensamiento de orden binario en que no existe más que dominio omnímodo por una parte u otra, hay sólo una salida saludable: el recurso a la actuación racional, capaz de prever inteligentemente las consecuencias más probables de los comportamientos sociales. No otra cosa propone el psicoanálisis que ir en pos de un realismo adulto, exaArs Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:235-264

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minando las fijaciones inconscientes que lo impiden. Esta tarea suele causar ansiedad, pero supone una mejor solución que el refugio en ilusiones arcaicas de omnipotencia, seguridad absoluta y posesión innegable de la verdad. Cuanto más severas las regresiones e identificaciones con el agresor, más necesario se hace el análisis desapasionado de la realidad. En palabras del psicoanalista escocés Ronald Fairbairn (1943), “cuanto más maduro sea un individuo emocionalmente, tanto menos se caracterizarán sus reacciones afectivas por la identificación”. Es importante señalar que la madurez emocional no guarda necesariamente relación a este respecto con el nivel intelectual. Quizás un buen ejemplo de ello sea la defensa filosófica que del terror estalinista hicieron importantísimos pensadores franceses (cf. Judt, 2007). Las filigranas mentales para racionalizar lo injustificable pueden resumirse en esta frase de Albert Camus: “La responsabilidad para con la historia a uno le exime de la responsabilidad hacia los seres humanos”. En efecto, la idealización de la “virtud” dentro de la violencia terrorista se ve, no rara vez, reforzada por la actitud de esos representantes del Superyó que son los admirados intelectuales y algunas autoridades civiles y eclesiásticas. Lord Alderdice (2002) ha señalado acertadamente que el terrorismo, al contrario que otros “ismos”, como el liberalismo, el comunismo, el nacionalismo o el socialismo, no constituye un sistema de creencias, sino una táctica utilizable por movimientos políticos de cualquier color que opten por el recurso premeditado de la violencia para generar un clima de pavor en la población civil. Cuando, como consecuencia, el “trasfondo de seguridad” (Sandler, 1960) o la “confianza básica” (Erikson, 1963) se ven seriamente comprometidos, la regresión a situaciones de primitivismo psicológico es automática. Seguramente no haya mejor método a la larga para deshacer la belicosidad terrorista que, sin caer en la condescendencia, promover la empatía, i.e. la humanización del otro y la propia. La relación dual terroristas-víctimas debe ser transformada en una relación madura a tres. El modelo a dos es primitivo, evocador de las primeras relaciones entre niño y madre, y potencialmente psicotizante por la carencia de límites que implica. Para alcanzar un equilibrio psíquico razonable es necesario que el niño incorpore a su relación con la madre la figura de un tercero representante de una ley que suponga la existencia de límites, lo que en psicoanálisis se conoce como la “función paterna” (Lacan, 1956). Así como el niño necesita esta función para una adaptación saludable a la realidad, para abordar el fenómeno terrorista es indispensable introducir en la relación diádica las funciones de un tercero capaz de establecer límites. A nivel social, este tercero o representante de la función paterna es una comunidad que no abdique ante la violencia ni la justifique, una Ley que obligue por igual a todas las partes. Si un gobierno no titubea acerca de la inviolabilidad de ésta, transmitirá a los terroristas el único mensaje que les sitúe en la realidad de la adultez psicológica. El mensaje perverso de que la Ley puede ser transgredida en ciertas circunstancias —”si se dan las condiciones adecuadas”— equivale a sumir a la socie260

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dad, terroristas incluidos, en la “trampa de la infancia”. Si falla el principio de inviolabilidad de la Ley, imprescindible para el funcionamiento mental sano de los grupos humanos, la desestructuración será inevitable. En palabras de Kernberg (2003b), “para los terroristas la conciliación es anatema y, por tanto, el único medio eficaz para combatir el terrorismo es controlarlo y derrotarlo, a la vez que estudiamos las causas que fomentaron su desarrollo”. La contribución del psicoanálisis a este último respecto ha de centrarse nada más —y nada menos— que en el estudio del conflicto intrapsíquico del fenómeno terrorista: las transacciones psicológicas a que llegan los perpetradores de la violencia como solución a las vivencias subjetivas de humillación y envidia inconsciente, y las reacciones de la sociedad victimizada. Sin embargo, hay que resaltar que esto no es sino un aspecto del complejo cuadro del terrorismo. Hay factores de la realidad extrapsíquica, como la catástrofe demográfica que supone la existencia de cien millones de jóvenes sin futuro en los países árabes y en el África subsahariana, que pueden resultar mucho más determinantes en el curso de este terrible fenómeno social (cf. Hough, 2004). El terrorismo amenaza con destruir la supremacía de la legalidad y las instituciones democráticas de Occidente, forjadas laboriosamente a lo largo de siglos. Una gran mayoría de los psicoanalistas que han estudiado este problema parece estar de acuerdo en que para la comprensión de los movimientos terroristas nuestras teorías psicológicas no son suficientes. Es necesario el examen de las realidades sociopolíticas, históricas y económicas. Pero terminemos recordando que diversos comités de las Naciones Unidas han sido incapaces de definir a satisfacción de todos quiénes han de ser considerados terroristas y quiénes luchadores por la libertad (cf. Vedantam, 2003). De todos es conocido que un grupo calificado de terrorista por un estado puede ser considerado por otro como compuesto de héroes nacionales, y que el terrorista de hoy puede ser el respetado político de mañana.

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Arthur Conan Doyle. Nota de la redacción Arthur Conan Doyle. Editors’ note ■ Arthur Ignatius Conan Doyle nació en 1859 en Edimburgo, Escocia, en el seno de una familia de irlandeses católicos. Su padre, Charles Altamont Doyle, alcohólico y precozmente demenciado, fue ingresado en un sanatorio cuando Arthur tenía 17 años. Su madre, Mary Foley, una mujer sensible, lectora y brillante contadora de cuentos, despertó muy pronto en el niño la afición por la lectura. Gracias a la ayuda económica de los miembros acomodados de su familia, pudo permanecer interno en el colegio de los jesuitas de Stonyhurst, Lancashire, en el NO de Inglaterra. Allí entró como un católico de nueve años y salió como un agnóstico de 17, y aunque no destacó como estudiante, sí lo hizo por su sentido del humor y su habilidad como jugador de cricket. En 1876 inició los estudios de Medicina en la Universidad de Edimburgo, donde coincidió con otro literato que trascendería al tiempo: Robert Louis Stevenson. No sería éste, sin embargo, quien le causó un impacto mayor, sino el profesor Joseph Bell, todo un ejemplo de capacidad de observación y deducción aplicada al diagnóstico clínico. Aún no había cumplido veinte años cuando envió su primera historia corta al Chamber´s Edinburg Journal. Para su sorpresa, El misterio de Sassasa Valley, escrita bajo la influencia de su admirado Edgar Allan Poe, encontró un hueco en una publicación que ya había acogido el primer trabajo de Thomas Hardy, más tarde laureado poeta y novelista. Al año siguiente, cuando acababa de pasar el ecuador de la licenciatura, su depauperada economía le hizo aceptar la oferta de embarcarse como cirujano en el Hope. En este buque ballenero descubrió simultáneamente el valor de la camaradería en los hombres del mar y la atrocidad de la caza de la ballena mientras navegaba por el Atlántico Norte y atravesaba el Círculo Polar Ártico. No le fue fácil desembarcar para reanudar los estudios, pero los completó, y en 1881 se licenció… para, casi inmediatamente, incorporarse como oficial médico al Mayumba, ruinoso vapor con el que viajó al África Occidental. La singladura fue ingrata y esta vez el desembarco no le costó ningún esfuerzo. Inició inmediatamente su carrera profesional en Plymouth a principios de 1882, pero cometió el error de caer en las garras de un colega indigno y tal comienzo fue casi dramático, hasta que ese mismo año se Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:265-268

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trasladó, esquilmado, a Portsmouth. Allí puso su primera consulta y jugó como amateur en el Porstmouth Athletic Football Club, equipo pronto desaparecido pero cuyo nombre bien merece ser recordado por haber visto defendidos sus colores por el joven médico. Arthur Conan Doyle se casó en 1885 con la joven Louise Hawkins, con la que tuvo dos hijos: Mary y Kingsley. Poco después de dar a luz por segunda vez, Louise caía enferma de una tuberculosis que causaría su muerte años más tarde. No se puede decir que tuviera mucho éxito profesional, porque el más que sobrado tiempo libre que en su consulta tenía entre enfermo y enfermo le permitió pasar al papel las muchas ideas que bullían en su mente. La primera que le dio notoriedad fue Estudio en escarlata, publicada en 1887 en el Beeton’s Christmas Annual y que, curiosamente, tuvo más éxito en EE UU que en el Reino Unido. El capítulo I se titulaba “Sherlock Holmes” y comenzaba con unas palabras, ya clásicas, puestas en labios de un médico que había servido como "Cirujano Ayudante en el Quinto Regimiento de Fusileros de Northumberland": In the year 1878 I took my degree of Doctor of Medicine of the University of London... Es muy probable que Sherlock Holmes estuviera inspirado en el viejo profesor de la Facultad de Medicina de Edimburgo Joseph Bell, y que su contrapunto, el siempre asombrado doctor Watson, fuera en gran medida el alter ego del propio autor; pero, en cualquier caso, en las páginas de esa historia acababan de nacer dos personajes que pronto ocuparían un capítulo propio en la Historia de la Literatura. Su segunda obra destacada, El signo de los cuatro, novela corta con los mismos protagonistas, es publicada en 1890 por la Editorial Lippincott en EEUU y Londres a la vez. Aún duda a qué dedicarse y en ese mismo año viaja a Viena para prepararse como oftalmólogo; pero la experiencia es mala y muy pronto vuelve a Inglaterra. Abre una nueva consulta, ahora en Londres, en la que tampoco tiene éxito. Es entonces cuando A. P. Watt, agudo director de The Strand, le ofrece publicar en esta revista las peripecias de Holmes y Watson. La oferta es tentadora y el escritor acepta. Las historias tienen un éxito inmediato, al que, sin duda, contribuye el "retrato" que del detective hace el pintor e ilustrador Sydney Paget. La frente despejada, el rostro seco en el que destacan una mirada escrutadora y la prominente nariz, junto con la cachimba de generosa cazoleta, se incorporan en un soplo a la imaginación de un sinfín de lectores en todo el mundo. "Escándalo en Bohemia" es la primera aventura de Sherlock Holmes que se publica, en 1891, en The Strand. Precisamente ese año Arthur Conan Doyle cae gravemente enfermo de gripe y en la larga convalecencia toma la decisión de abandonar la práctica médica. Con algunos períodos de descanso, durante 36 años aparecerán en aquella revista las peripecias de Holmes y Watson. Unas peripecias que acabarán en 1927 con "La aventura de Shoscombe Old Place". Por el camino Holmes morirá ("El problema final", 1893)… y el autor se verá obligado a resucitarlo en el mismo año ("La aventura de la casa vacía") cuando miles de suscriptores de la revista se dan de baja; 266

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y quedarán un viaje triunfal por EEUU en 1894; su incorporación al Ejército Inglés durante varios meses como médico voluntario en la Guerra de los Boers en Sudáfrica, en 1900; una crónica escrita de sus experiencias allí (La gran guerra Boer, 1900) en la que defiende a ultranza el papel de su país, e historias memorables como El sabueso de los Baskerville (1901). En 1902, el rey Eduardo VII, ávido lector de las aventuras de Sherlock Holmes, concedió el título de "Sir" a su autor "por los servicios prestados a la Corona durante la Guerra de los Boers", y quién sabe si también le hubiera gustado podérselo otorgar al famoso detective. Cuando Louise muere en julio de 1906, Arthur se hunde en la tristeza y, algo que sorprende en una mente tan racional, se adentra en el espiritismo. Por otro lado, aunque desde algunos años antes sentía un correspondido amor platónico por Jean Leckie, siempre fue fiel a su primera esposa y esperará más de un año para, ante más de doscientos invitados, matrimoniar por segunda vez. Parece ser que acertó en ambas ocasiones y en 1909 y 1910 nacerían dos hijos varones, y en 1912 su hija Jean. Conan Doyle siempre consideró que el personaje Sherlock Holmes, aunque le dio fama y posición, en el fondo le convertía en un autor menor. De ahí que escribiera otras muchas páginas sobre temas muy diversos y también con desigual éxito. Así, publicó novelas históricas como Micah Clarke (1888), La gran sombra (1892), Sir Nigel (1906) o La campaña británica en Francia y Flandes en 1914 (1916). Obras de ficción científica y gran aceptación con el Profesor Challenger como protagonista: El mundo perdido (1912) que, por cierto, "inspiraría" descaradamente la novela de Michael Crichton Parque jurásico; obras de denuncia, como El crimen del Congo (1909), en la que desvelaba las barbaridades cometidas por Bélgica en ese país, o El caso de Edgar Slater (1912), en la que reivindicaba la inocencia de un condenado por un asesinato que no había cometido. Sin olvidar excelentes libros de relatos entre los que cabe destacar: El capitán del Estrella Polar y otros cuentos (1890); Mi amigo el asesino y otros misterios y aventuras (1893); Alrededor de la lámpara roja, relatos sobre la práctica médica (1894); Las hazañas del capitán Gerard, historias que tuvieron gran aceptación en EEUU (1903); A través de la puerta mágica (1907) y Cuentos de horror y de misterio (1923). Aunque Conan Doyle transitó por las cenagosas aguas del espiritismo, fue un hombre adelantado a su tiempo, extraordinariamente culto, tenaz en el trabajo y devoto de su país. Poseía aquella cualidad que destacaba Stendhal de "ver en lo que es" y, años antes de que estallara la Primera Guerra Mundial, ya había escrito en varios periódicos que Gran Bretaña debía prepararse para un enfrentamiento con Alemania, además de vislumbrar su posible bloqueo por agua y aire. Los políticos optimistas se burlaron de él, y en aquella Gran Guerra el creador de tanta vida escrita sufrió la muerte de su hijo mayor, Kingsley, de su hermano y de dos sobrinos. Una vez más superó el bache, quizá porque recordara aquello que el filósofo y misántropo Holmes decía en una de sus aventuras: "Mi querido Watson, el trabajo es el mejor antídoto de la tristeza". Arthur Conan Doyle, médico y escritor, falleció de un infarto agudo de miocardio el 7 de julio de 1930. 268

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Anticuado Behind The Times ■ Arthur Conan Doyle (†) ■ Mi primer contacto con el doctor James Winter se produjo en dramáticas circunstancias, a las dos de la madrugada, en el dormitorio de una vieja residencia campestre. Yo le di un par de pataditas en su blanco chaleco y le quité las gafas de un manotazo, mientras él, con la complicidad de una mujer, ahogaba mis airados gritos en un paño de franela y me zambullía en un baño caliente. Uno de mis progenitores, que allí se hallaba presente, comentó en voz baja que no debían preocuparse por mis pulmones. No recuerdo qué aspecto tenía el doctor Winter por entonces, ya que yo tenía en aquel momento otras cosas en qué pensar, pero la descripción que él hizo de mí dista mucho de ser halagadora. "Una cabeza cubierta de pelusa; un cuerpo parecido a un ganso embutido; patizambo y con las plantas de los pies vueltas hacia dentro" fueron las características más significativas que él puede recordar. Desde entonces hasta hoy mi vida se divide en épocas, en función de los ataques periódicos que el doctor Winter llevó a cabo sobre mi persona. Él me vacunó; él me abrió un absceso y fue él quien me aplicó emplastos en mis paperas. Yo vivía en un mundo de paz en el que él era la única nube amenazante. Pero, finalmente, me llegó el momento de una auténtica enfermedad, un tiempo en el que me vi obligado a pasar varios meses en mi cama de mimbre. Y fue entonces cuando me di cuenta de que aquel duro rostro podía dulcificarse; que aquellas crujientes botas hechas para andar por el campo podían acercarse con sigilo a mi cama, y que aquella voz ronca podía transformarse en un susurro cuando se dirigía a un niño enfermo. Y ahora, cuando el niño es un médico, el doctor Winter aún sigue siendo el mismo de siempre. No puedo apreciar en él ningún cambio desde que le recuerdo, salvo, quizá, que su pelo entrecano es hoy algo más blanco y que su anchos hombros están un poco más caídos. Es un hombre muy alto, aunque pierde un par de pulgadas al Este relato (cuyo texto original puede encontrase, entre otros portales, en: http://www.fullbooks.com/Round-The-Red-Lamp1.html) forma parte del libro de cuentos Alrededor de la lámpara roja (Round the Red Lamp, 1894), título que hace referencia al distintivo del domicilio de los médicos generales en Inglaterra hasta bien entrado el siglo XX. La traducción es de Amparo Pérez Gutiérrez, médico. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:269-272

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ir algo inclinado. Sus grandes espaldas se han doblado tantas veces sobre el lecho de los enfermos que han acabado por tomar esa forma. Su rostro es de un color moreno como la nuez y habla de largas caminatas en los inviernos por desolados caminos, con el viento y la lluvia golpeándole la cara. Ésta parece lisa si se ve a cierta distancia, pero a medida que nos acercamos vemos que está surcada por finas e innumerables arrugas, como una manzana de la cosecha anterior. Apenas se aprecian cuando está relajado, pero cuando se ríe su rostro se quiebra como un espejo estrellado y entonces podemos darnos cuenta de que aunque parece viejo, debe serlo aún más de lo que parece. Nunca llegué a averiguar su edad. Lo intenté a menudo y en el curso de su vida me he remontado hasta Jorge IV e, incluso, hasta la Regencia1, pero sin acercarme nunca lo suficiente a su origen. Su mente debió abrirse tempranamente y también cerrarse muy pronto, porque los políticos de hoy carecen de interés para él, mientras que asuntos que son del todo prehistóricos le excitan sobremanera. Mueve la cabeza con energía cuando se refiere a la Primera Ley de la Reforma2 y expresa grandes dudas sobre su sensatez; e, incluso, he llegado a oírle pronunciar, animado con los efectos de un vaso de vino, frases amargas sobre Robert Peel y su derogación de las Leyes de los Cereales3. La muerte de ese estadista parece que hubiera cerrado definitivamente para él la historia de Inglaterra, y el doctor Winter se refiere a todo lo ocurrido después como una serie de decepciones carentes de interés. Pero sólo cuando me hice médico fui capaz de apreciar en qué medida era por completo un superviviente de la generación anterior. Él había aprendido su Medicina bajo aquel anticuado y ya olvidado sistema en el que un estudiante se incorporaba como aprendiz de un cirujano; unos días en que, a menudo, el estudio de la Anatomía empezaba por violentar una tumba. Sus puntos de vista sobre la propia profesión todavía son más reaccionarios que sus ideas políticas. Cincuenta años apenas le han aportado casi nada y le han quitado aún menos que nada. Aunque la vacunación ya estaba introducida cuando era un joven estudiante, pienso que todavía mantiene una oculta preferencia por la inoculación. Seguiría practicando la sangría con profusión

1

N. de la T. El rey Jorge IV de Inglaterra reinó desde 1820 hasta 1830. Antes había actuado como regente en 1788 y, desde 1810 hasta 1812, debido a la enfermedad de su padre, Jorge III, que muy probablemente sufría una porfiria aguda intermitente. 2 N. de la T. Esta ley, aprobada en 1832 durante el reinado de Guillermo IV, primaba el voto en las ciudades industriales como Manchester, Leeds, Birmingham y Bradford, mientras que restringía el número de varones con tal derecho en municipios pequeños. Las mujeres no tuvieron derecho al voto en el Reino Unido hasta 1908. 3 N. de la T. Robert Peel fue Primer ministro del Reino Unido desde diciembre de 1834 hasta abril de 1835 y desde agosto de 1835 hasta junio de 1846; en este año derogó las proteccionistas Leyes de los Cereales, que impedían las importaciones de grano y otros productos mientras sus precios no superaran una cantidad prefijada. 270

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si no fuera por la opinión pública. Considera el cloroformo como una invención peligrosa y suele chasquear la lengua cuando oye hablar de él. Incluso se le ha oído pronunciar expresiones sin fundamento sobre Laënnec y referirse al estetoscopio como “un juguete francés que acaba de echar los dientes”. Lleva uno en su sombrero, pero sólo para no defraudar a sus pacientes y, como es duro de oído, da igual que lo utilice o no. Lee su semanario médico como una obligación, por lo que posee una cierta idea general de los avances de la ciencia moderna. Sin embargo, sigue pensando que ésta es un enorme y absurdo experimento. La teoría microbiana sobre la etiología de las enfermedades le hizo sonreír durante mucho tiempo, y su chiste favorito en las habitaciones de los enfermos solía ser: “Cierren la puerta o, si no, entrarán los gérmenes”. Con respecto a la teoría de Darwin hizo el que le parecía el chiste más agudo del siglo: “Los niños en la guardería y sus antecesores en la cuadra”, acostumbraba a decir, y podía reír hasta que se le saltaban las lágrimas. Va con tanto retraso respecto a nuestros días que, como las cosas suelen girar en círculo, a veces le ocurre que, con gran asombro suyo, va por delante de la moda. Así, por ejemplo, sobre el tratamiento dietético, que había estado tan en boga en su juventud, hoy posee muchos más conocimientos prácticos que cualquiera de los médicos que conozco. Del mismo modo, el masaje ya le era familiar cuando era una novedad en nuestra generación. Se había preparado en unos tiempos en que los instrumentos aún eran muy rudimentarios y los hombres aprendían a confiar más en sus propios dedos. Sus manos son un ejemplo de mano de cirujano, con palmas musculosas y dedos afilados, “con un ojo en la punta de cada uno de ellos”. No olvidaré fácilmente cómo el doctor Patterson y yo operamos a Sir John Sirwell, diputado del Distrito, y fuimos incapaces de hallar el cálculo. Fue un momento terrible en el que ambos nos jugábamos la carrera. Y fue entonces cuando el doctor Winter, a quien habíamos invitado por cortesía a asistir a la intervención, introdujo en la incisión un dedo que a nuestros excitados sentidos pareció medir casi nueve pulgadas de largo y extrajo el cálculo enganchado en la punta. “Siempre viene bien llevar uno en el bolsillo del chaleco —nos dijo con una sonrisa— pero supongo que ustedes, los jóvenes, están por encima de todo esto”. Le nombramos presidente de nuestra sección en la British Medical Association, pero dimitió después de asistir a la primera reunión. Alegó que “los jóvenes me resultan imposibles. No entiendo de lo que hablan”. Sin embargo, sus pacientes están muy bien atendidos. Él posee el toque de la curación, ese algo magnético que no es posible explicar ni analizar, pero que, no obstante, es un hecho evidente. Su mera presencia da al paciente más vitalidad y optimismo. La visión de la enfermedad le afecta del mismo modo que el polvo a un ama de casa minuciosa. Le enfada e impacienta. —¡Vaya, vaya! ¡Eso no lo puedo aceptar!— exclama siempre que se halla ante un enfermo nuevo. En una habitación podría espantar a la muerte como si se tratara de una gallina que se hubiera metido donde Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:269-272

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no debía. Pero, cuando la intrusa se niega a ser expulsada, cuando la sangre circula más despacio y los ojos se van apagando, el doctor Winter vale más que todos los medicamentos de su consulta. Los moribundos se aferran a su mano como si su voluminosa presencia y su vigor les dieran más fuerza para enfrentarse al trance; y aquella cara amable y curtida por el viento, ha sido la última impresión terrenal que muchos enfermos se han llevado al más allá. Cuando el doctor Patterson y yo —ambos jóvenes enérgicos y muy puestos al día— nos establecimos en su distrito, fuimos recibidos con gran cordialidad por el veterano médico, que vio con satisfacción que podía liberarse de algunos de sus pacientes. Sin embargo, éstos seguían sus indicaciones, —algo censurable en los enfermos— de manera que nosotros permanecimos mano sobre mano con nuestros modernos instrumentos y los últimos alcaloides, mientras él seguía recetando sen y calomelanos por toda la comarca4. Los dos sentíamos simpatía por él, pero a la vez no podíamos evitar el comentar su deplorable falta de juicio. —Todo eso está muy bien para las gentes humildes —decía el doctor Patterson— pero, después de todo, las personas más educadas tienen derecho a que el médico sepa la diferencia entre un soplo mitral y un estertor crepitante bronquial. Lo importante no es la simpatía, sino el pensamiento juicioso. Yo estaba totalmente de acuerdo con lo que decía el doctor Patterson, pero ocurrió que poco después estalló la epidemia de gripe y ambos casi tuvimos que matarnos a trabajar. Una mañana me encontré con Patterson cuando hacía mis visitas y aprecié que estaba algo más pálido y cansado. Precisamente, él hizo de mí la misma observación. De hecho, no me encontraba nada bien y pasé toda la tarde tumbado en mi sofá con una fuerte cefalea y dolores en todas las articulaciones de mi cuerpo. Cuando cayó la noche ya no podía negar que me había alcanzado la epidemia y pensé que necesitaba consultar a un médico sin perder tiempo. Lógicamente me acordé de Patterson pero, no sé por qué, de repente me repugnó tal idea. Pensé en su actitud crítica y fría, en sus anamnesis interminables, en sus pruebas y percusiones. Yo buscaba algo más relajante; algo más amable. —Señora Hudson —dije a mi ama de llaves—, ¿tendría usted la amabilidad de acercarse a la casa del viejo doctor Winter y decirle que le agradecería mucho si pudiera venir a visitarme? Volvió enseguida con la respuesta: —Señor, el doctor Winter vendrá a verle dentro de una hora más o menos. Precisamente ha ido a visitar al doctor Patterson.

4

N. de la T. La hoja y la vaina del sen (Cassia augustifolia) fueron introducidas por los árabes en Europa en el siglo XI por su acción laxante. Los calomelanos son cloruros de mercurio que han sido utilizados como vermífugos, laxantes y en el tratamiento de la lúes. 272

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Doce artículos para recordar Twelve Articles to Remember Entre la miríada de artículos científicos publicados en los últimos meses, la Redacción ha escogido los doce que siguen. No “están todos los que son”, imprudente sería pretenderlo, pero los aquí recogidos poseen un rasgo de sencillez, calidad, originalidad o sorpresa por el que quizá merezcan quedar en la memoria del amable lector.

Holick MF. Vitamin D deficiency. N Engl J Med 2007; 357: 266-281. La vitamina D ha sido considerada simplistamente durante mucho tiempo como un “factor antirraquítico”. Pero, como nos recuerda el autor de estas páginas, del Centro Médico Universitario de Boston, el déficit de vitamina D en la mujer gestante no sólo causa retraso en el crecimiento o deformidades óseas en el neonato y en la infancia, y aumenta el riesgo de fractura de cadera años más tarde; su falta en el adulto también facilita el desarrollo de enfermedades cardiovasculares, autoinmunes y neoplasias como la de colon, próstata o mama. Hace hincapié en lo frecuente que es recibir cantidades insuficientes de vitamina D, no sólo por desnutrición o escasa exposición a los rayos solares, y en la necesidad de alcanzar las 800 UI diarias tanto en el niño como en el adulto. Y es que el hueso, pero no sólo el hueso, necesita sol, calcio y vitamina D. 1

Aaltonen S, Karjalainen H, Heinonen A, Parkkari J y Kujala UM. Prevention of sports injuries. Arch Intern Med 2007; 167: 1585-1592. Cada vez hay más practicantes de actividades deportivas y, en consecuencia, se producen más lesiones durante las mismas. Los autores de este trabajo, de Jyväskylä y Tampere (Finlandia), revisan todos los estudios controlados y aleatorizados que hasta la fecha se han publicado sobre la eficacia de las medidas de prevención de aquéllas. Los resultados no dejan lugar a dudas. Así, por ejemplo: a) las plantillas incorporadas de fábrica al calzado de los reclutas militares redujo las lesiones en miembros inferiores en más del 50%, y b) las protecciones externas de la muñeca, tobillo y rodilla, se siguió de una disminución del número y gravedad de las lesiones de esas articulaciones en un porcentaje similar. Una vez más, vale más prevenir. 2

Alter SE, Rynes E y Palumbi SR. DNA evidence for historic population size and past ecosystem impacts of gray whales. Proc Natl Acad Sci USA 2007; 104: 15162-15167. Hoy sabemos que muchas especies marinas ecológicamente 3

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importantes, como las ballenas, han visto cómo se reducían sus poblaciones en gran medida por acción del hombre. Y aunque es difícil calcular el número de cetáceos que habitaban los mares antes de la caza a la que se vieron sometidos durante el siglo XIX y primer tercio del XX, el censo actual de algunas especies como la ballena gris es de unos 22.000 ejemplares. Los autores de este artículo, de las Universidades de California y Washington, describen los estudios de variación genética que les han permitido calcular la cifra de alrededor de 100.000 ballenas grises antes de que el hombre dividiera su número entre cinco. Además, calculan que esa cantidad de ejemplares causaría la movilización y resuspensión de 700 millones de metros cúbicos de sedimentos marinos cada año, capaces de alimentar a un millón de pájaros en el mar. Y nos recuerdan que su estudio se refiere a una sola especie de ballenas. Jarvis MF, Honore P, Shieh CC, Chapman M, Joshi S, Zhang XF, et al. A-803467, a potent and selective Nav 1.8 sodium channel blocker, attenuates neuropathic and inflammatory pain in the rat. Proc Natl Acad Sci USA 2007; 104: 8520-8525. El dolor crónico de causa orgánica es un notable problema, no sólo cuantitativo, por el importante número de personas que lo sufren, sino también por las limitaciones funcionales y laborales a que da lugar, el alto coste económico de los tratamientos farmacológicos prolongados, la eficacia limitada de los mismos y las no infrecuentes complicaciones que causan. De ahí las grandes inversiones en investigación en este campo. Los autores de este artículo, de Durham (Carolina del Norte), aportan un descubrimiento que puede representar un avance terapéutico. Han observado que el bloqueo específico de un canal de sodio en la membrana de las neuronas del ganglio de la raíz dorsal de la rata posee un gran efecto analgésico en modelos experimentales de dolor neuropático e inflamatorio. La sustancia bloqueadora de ese canal, aún denominada por su número de serie en el laboratorio, abre un camino tan nuevo como esperanzador en esos tratamientos. Pocas cosas son tan gratas para el médico como calmar el dolor... sabiendo lo que hace. Recordemos que el gran Paracelso (14931541) confesaba al final de su vida: “Me hice médico porque existe el opio”. 4

McMichael AJ, Powles JW, Butler CD y Uauy R. Food, livestock production, energy, climate change, and health. Lancet 2007; 370: 1253-1263. La producción de alimentos consume energía y, por lo tanto, genera contaminación. Se calcula que las actividades agrícolas, y concretamente la producción de ganado, causan la quinta parte del total de gases con efecto invernadero que a diario se producen en el mundo. Los autores de este artículo, de Camberra, Cambridge, Londres y Santiago de Chile, reflexionan sobre el alto consumo de carne en los países ricos y la conveniencia de reducirlo hasta 90 gramos diarios, de los que sólo 50 deberían corresponder a carnes rojas. Si ya sabíamos que el consumo prudente de estas carnes forma parte de una alimentación saludable, ahora también debe serlo desde un punto de vista ecológico. Pero, ¿compartirán ese punto de vista los productores de forraje, los 5

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ganaderos, los transportistas, los distribuidores, los carniceros, los restauradores, sus respectivas familias... o los consumidores? Sacco E, Suárez Covarrubias A, O´Hare HM, Carroll P, Eynard N, Jones TA, et al. The missing piece of the type II fatty acid synthase system from Mycobacterium tuberculosis. Proc Natl Acad Sci USA 2007; 104: 14628-14633. Una de las razones de la virulencia, persistencia en los organismos infectados y resistencia de las micobacterias a muchos antibióticos está en el ácido micólico presente en su envoltura. A su vez, tal ácido se compone de ácidos grasos de cadena larga cuya síntesis se debe a enzimas hasta ahora no identificadas. En las páginas de este artículo, los autores, de Toulouse, Uppsala, Lausana y Londres, describen la identificación de la enzima responsable del sistema de alargamiento de las cadenas de ácidos grasos necesarias para la síntesis de ácido micólico. En consecuencia, abren la puerta al desarrollo de sustancias capaces de inhibir la acción de tal enzima y atacar eficazmente a los bacilos causantes de la tuberculosis y la lepra a través de una nueva vía, quién sabe si definitiva. 6

Mills NL, Törnqvist H, González MC, Vink E, Robinson SD, Söderberg S, et al. Ischemic and thrombotic effects of dilute diesel-exhaust inhalation in men with coronary Heart disease. N Engl J Med 2007; 357: 1075-1082. Se ha calculado que la exposición crónica al aire contaminado, además de las enfermedades respiratorias que causa, potencialmente deletéreas a largo plazo, también produce cada año la muerte de unas 800.000 personas en el mundo por enfermedades cardiovasculares. Sin embargo, el mecanismo patogénico no se conocía hasta ahora. Los autores de este artículo, de Edimburgo y Umea, comunican su observación de que la inhalación durante breves períodos de tiempo del aire resultante de la combustión de diesel diluido inhibe el sistema fibrinolítico endógeno y causa isquemia miocárdica aguda en pacientes con enfermedad coronaria previamente estable. En consecuencia, la trombosis e isquemia coronaria es la vía por la que se producen las arritmias e insuficiencia cardiaca en personas con enfermedad coronaria leve, moderada o estable cuando se exponen al aire contaminado. Saber esto quizá ayude a que se tomen medidas para mejorar la calidad del aire que respiramos “doce veces por minuto”. 7

Hill K, Thomas K, AbouZahr C, Walker N, Say L, Inoue M y Suzuki E. Estimates of maternal mortality worldwide between 1990 and 2005: an assessment of available data. Lancet, 2007; 370: 1311-1319. Se considera mortalidad materna la que se produce durante el embarazo o dentro de los 42 días inmediatamente después del parto, siendo su índice un parámetro sanitario de primera magnitud. Así, desde las 3-4 por cada 100.000 nacidos vivos en 2005 en Dinamarca, Alemania o España, las 11 de EEUU o las 60 de Méjico, hasta las 1300 de Mali y las 1500 de Chad, por poner sólo algunos ejemplos, en el mundo se producen demasiadas muer8

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tes maternas en gran medida evitables. Pero, como nos recuerdan los autores de este artículo (de Cambridge, Ginebra, Nueva York, Baltimore y Washington) tal vez lo peor sea que desde 1990 hasta 2005 esas cifras apenas se han modificado en los países subsaharianos. Es obvia la necesidad de organizar sistemas educativos y sanitarios, no en papel sino sobre el terreno, que mejoren la atención de ese continuum que constituye la mujer gestante, el neonato y el niño. Todo menos permanecer resignados ante tanto drama. Okita K, Ichisaka T y Yamanaka S. Generation of germline-competent induced pluripotent stem cells. Nature 2007; 448: 313-317. En estas páginas, los autores, de la Universidad de Kioto, describen cómo han obtenido células madre pluripotenciales a partir de fibroblastos de ratón mediante la introducción de cuatro factores de transcripción vehiculizados por un retrovirus. Observan, además, cómo uno de esos factores, el c-Myc, induce tumores en la siguiente generación de los ratones que recibieron fibroblastos sometidos a aquel proceso, pero cuando ese factor se evitó, las células pluripotenciales obtenidas fueron válidas. Se deduce que quizá no sea necesario recurrir por sistema a embriones humanos para obtener esas células. La disponibilidad de fibroblastos es ilimitada, los riesgos potenciales de los factores de transcripción van siendo cada vez más conocidos y la tecnología está al alcance de casi cualquier laboratorio. 9

Baker DW, Wolf MS, Feinglass J, Thomson JA, Gazmararian JA y Huang J. Health literacy and mortality among elderly persons. Arch Intern Med 2007; 167: 1503-1509. A grandes rasgos, el tiempo de vida de las personas depende de factores genéticos y ambientales. Sin embargo, en ese capítulo debemos empezar a considerar un nuevo factor: el grado de alfabetización en salud o, si se prefiere, los conocimientos sanitarios. Los autores de este artículo, de Universidades de Chicago y Atlanta, observan cómo la mortalidad por enfermedades cardiovasculares entre los ancianos con una cultura sanitaria sólo marginal o inadecuada es significativamente mayor que en aquellos con adecuados conocimientos en salud. Curiosamente, tal mortalidad no depende de los años de escolarización. Escuela, televisión, periódicos y revistas, más que poder, deben ayudar a poner esa cultura al alcance de todas las edades. 10

Xavier RJ y Podolsky DK. Unraveling the pathogenesis of imflammatory bowell disease. Nature 2007; 448: 427-434. Las dos principales formas de la enfermedad inflamatoria intestinal, la enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa, constituyen una penosa carga para quienes las sufren, con frecuencia a lo largo de toda su vida. Aunque se sabe desde hace muchos años que ambas poseen un cierto componente hereditario, mayor en la enfermedad de Crohn, también se ha observado la probable influencia de factores ambientales. Los autores de esta excelente revi11

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sión, del Massachusetts General Hospital, nos recuerdan los genes involucrados en la susceptibilidad para esta enfermedad, el papel que juegan en su patogenia productos derivados de bacterias comensales presentes en el intestino, y cómo ya hay en marcha modelos en ratón que reproducen las alteraciones en la mucosa intestinal propias de esta enfermedad inflamatoria. Conocer la patogenia, es decir, los mecanismos íntimos que subyacen en el origen y desarrollo de una enfermedad, es uno de los primeros pasos firmes para poder tratarla en su raíz. Ojalá podamos ver pronto los frutos de esos trabajos. Rundus AS, Owings DH, Joshi SS, Chinn E y Giannini N. Ground squirrels use an infrared signal to deter rattlesnake predation. Proc Natl Acad Sci USA 2007; 104: 14372-14376. Las ardillas recurren a la producción de señales acústicas cuando se enfrentan a sus depredadores mamíferos o aves rapaces. En muchas ocasiones esas señales sirven para asustar a sus enemigos, pero tienen el inconveniente de no ser detectadas por otro tipo de depredadores: las serpientes. Los autores de este artículo, de distintos departamentos de la Universidad de California Davis, han estudiado los mecanismos defensivos de las ardillas terrestres de California frente a las serpientes de cascabel y han descubierto algo sorprendente: esas ardillas producen radiación infrarroja con movimientos rápidos de su cola, una radiación para la que sí poseen receptores aquellas serpientes y que procuran evitar. Pero aún es más curioso que las ardillas no utilizan ese recurso cuando se hallan ante otros tipos de serpientes, también peligrosas para su integridad pero carentes del sistema sensorial de recepción de tal radiación. Algo tan aparentemente simple como el movimiento de la cola de un inofensivo roedor vuelve cauto a un respetable depredador. 12

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John Wayne: el último héroe americano John Wayne: the last American hero ■ Juan Tejero

■ Con los dedos de una sola mano se puede contar el número de estrellas que a lo largo del tiempo han convertido en inútil cualquier juicio de valor sobre su talento o contribución objetiva al arte del cine para, erigiéndose en símbolo fundamental de un estereotipo cinematográfico, acabar sobreviviendo en la memoria colectiva con la simple fuerza de un nombre legendario. En las primeras posiciones de esta exigua compañía de elegidos se encuentra John Wayne. Cierto que sus interpretaciones no fueron más sutiles que las de otras estrellas. Cierto que sus filmes constituyeron materiales no siempre excepcionales que él supo redimir con su sola presencia. Y cierto también que los actores de cine de acción tienen un público fiel; en general, los seguidores de Duke —como le llamaban sus amigos— suelen ser menos exigentes que, por ejemplo, los de Marlon Brando. Pero no es menos cierto que los años han hecho justicia a Duke, demostrando que en el western y en la aventura poseía esa cualidad etérea, indefinible, que es privilegio de los grandes del género. Probablemente no hubiera podido encarnar a Hamlet en el teatro, pero en la pantalla evidenció una eficacia que actores más reconocidos en su tiempo no logran transmitir hoy día. Por eso, cuando se le define como un “animal” cinematográfico, se le está catalogando como una personalidad que jamás habría prosperado en cualquier otro medio. Wayne perteneció a la raza gloriosa de los actores que no necesitaron método alguno para triunfar. Sus mejores composiciones son el fruto de su pasmosa naturalidad, ali-

El autor fundó en 1992 la revista Cinerama, que dirigió durante nueve años, y en 1998 T&B Editores (www.cinemitos.com/tbeditores/Paginas/home.asp). Desde la fundación de T&B compagina la labor de dirección de la editorial con la de escritor, así como la colaboración en diversos programas de radio y televisión. Es autor de numerosos artículos y libros. Acaba de publicar: John Wayne. El vaquero que conquistó Hollywood (T&B Editores, 2007). 278

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mentada por una vitalidad y un encanto poco comunes entre las estrellas de su tiempo. Nunca hubo en él un asomo de literatura; nunca un ápice de teatralidad. Desde los párpados a los estribos, puro ritmo. John Wayne es, sin duda, el actor por excelencia. Tenía un rostro apuesto y franco, con arrugas alrededor de los ojos y unos párpados demasiado gruesos para permitir a su mirada expresar demasiada emoción, pero tenía pinta de hombre de acción, de piel curtida, duro y masculino: bebedor, impaciente con los hombres, educado con las mujeres. Cuando aparecía ante el espectador transmitía una sensación de vigor agazapado que sólo necesitaba una provocación para saltar. Su actitud y sus papeles eran los de un hombre lacónico que no quería problemas, aunque, llegado el caso, cogía el toro por los cuernos y ya no lo soltaba. John Ford y Howard Hawks explotaron esta cualidad de manera inmejorable. Lamentablemente, la crítica nunca se puso de acuerdo respecto a sus posibilidades como intérprete. En muchas ocasiones se le reprochó su falta de versatilidad. En otras, los críticos se limitaron a elogiar su adecuación al western. Para ellos fue sólo el emblema del género predilecto de los americanos. Pero, ¿qué fue John Wayne a fin de cuentas? ¿Un gran actor? ¿Una leyenda? ¿Un intérprete discreto redimido por una poderosa personalidad? Estas preguntas, origen de grandes polémicas que hicieron correr ríos de tinta décadas atrás, son hoy innecesarias. Duke no sólo era un gran actor. Era, con certeza, uno de los mejores actores del mundo. Pero Wayne fue algo más que eso. Mucho más. Fue parte del cine a lo largo y ancho de kilómetros de celuloide. El cine que no inventó Lumière, sino que inventaron después algunos aventureros en California y Arizona. Y si otras estrellas le superaron en talento interpretativo, ninguna igualó su personalidad.

El astro que llegó en La diligencia Antes de que el mundo le conociera por el nombre de John Wayne, Duke Morrison (nacido el 26 de mayo de 1907 en Winterset, Iowa) terminó sus estudios secundarios en la Glendale High School de California y obtuvo una beca deportiva para estudiar en la University of Southern California. Como tantos compañeros, solía aprovechar sus vacaciones para trabajar en los estudios de cine como extra o maquinista. De ahí, pasó a aparecer fugazmente ante la cámara en varias películas mudas. Algunas las dirigía John Ford: el cineasta que habría de marcar su carrera. En 1930, Ford le recomendó para el rol protagonista del western La gran jornada (The Big Trail), un proyecto de la Fox que Raoul Walsh se iba a encargar de dirigir. Aunque la pronunciación de sus frases no era siempre muy acertada —pocos actores tenían confianza en sí mismos en aquellos primerísimos días del sonoro—, lo cierto es que Duke daba el tipo. Para aquéllos que sólo conozcan la figura curtida y corpulenta de sus años de madurez, podría ser difícil reconocer al esbelto y apuesto joven que era en aquellos tiempos. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:278-286

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La diligencia, 1939 (cortesía del autor).

Aquel fue el comienzo de un ingrato y prolongado período de aprendizaje que consistió en aceptar todos los papeles protagonistas disponibles en la prolífica cantera del western de serie B. Tantos que, a la postre, en el futuro ni el mismo Wayne iba a poder calcular aproximadamente el número de producciones de este tipo en que intervino. Presupuestos pequeños, a veces para un solo caballo, malos guiones y peor calidad de filmación, le sirvieron para aprender a fondo el oficio de cowboy. Y cuando ya parecía que iba a tener que conformarse con su destino de estrella de Povert Row (la zona ocupada por las compañías que hacían películas de bajo presupuesto), el destino —o John Ford, para ser más exactos— le puso en su camino una oportunidad única: el papel de Ringo Kid en La diligencia (Stagecoach, 1939). La película fue un gran éxito e hizo que el público se fijara en la espontánea gracilidad de su joven protagonista, que de la noche a la mañana se convirtió en un gran héroe del cine del Oeste. La Segunda Guerra Mundial supuso un período de gran actividad profesional para el actor. Mientras otras estrellas de Hollywood luchaban en el frente, Duke aprovechó Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:278-286

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una serie de prórrogas militares para construirse una carrera muy lucrativa haciendo de héroe. Técnicamente, su edad y sus responsabilidades como padre de familia le excluían del servicio. Pero dependiendo de si la fuente era amiga o enemiga del astro, se podía leer que fue una tragedia para él que un problema de oído le apartara del servicio, o que era demasiado hipócrita para llevar a la práctica aquello que predicaba. Irónicamente, por supuesto, el chico duro de la mayoría de los filmes de los cuarenta, en especial los westerns y las películas de guerra, modelaron la imagen cultural de Wayne. De 1940 a 1945, Duke rodó veintidós filmes. En cinco de ellos cambió el atuendo de vaquero por el uniforme militar, convirtiéndose en el héroe cinematográfico más recordado de aquel período, epítome del valor en combate y el heroísmo. Esta imagen quedó tan prendida en la conciencia norteamericana que, finalmente, el Ejército y los marines advirtieron a los soldados que entrenaban que no debían intentar seguir las heroicidades de “John Wayne”. Su misión en Hollywood era mantener alta la moral. Y no falló. Su nombre llegó a ser extraordinariamente popular entre los combatientes estadounidenses, hasta el punto que algún periodista llegó a a escribir: «¿Cómo hemos podido ganar la guerra sin John Wayne?»

De estrella a superestrella Aunque los elementos que componían su imagen ya estaban muy presentes en Hombres intrépidos (The Long Voyage Home, 1940), John Ford no exploró todas sus posibilidades hasta después de la contienda, cuando el director empezó a introducir nuevos matices en el tono general de su obra a través de las tres películas de la “trilogía de la caballería”: Fort Apache (1948), La legión invencible (She Wore a Yellow Ribbon, 1949) y Río Grande (Rio Grande, 1950). En ellas, la imagen de Duke alcanzó su máxima expresión, redefiniendo en el proceso el género del Oeste y convirtiendo a la estrella ya consagrada en un icono para sus compatriotas. Curiosamente, Ford también le dio un papel fundamental en películas en las que el cineasta renunció por completo a la civilización para refugiarse en la historia de Irlanda (El hombre tranquilo [The Quiet Man, 1952]) o en un país de nunca jamás sito en los Mares del Sur (La taberna del irlandés [Donovan’s Reef, 1963]). Pero donde Ford empleó de forma definitiva al actor es en Centauros del desierto (The Searchers, 1956) y en El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance, 1962). En la primera, quizás el título más valioso en la filmografía del cineasta de origen irlandés, le hizo ahondar en la figura del héroe desarraigado (Ethan Edwards, un hombre temible pero patético en su incapacidad para integrarse en la sociedad); en la segunda le hizo personificar los valores perdidos de un Oeste mítico al que la civilización que él mismo contribuyó a construir ha puesto fecha de caducidad. Howard Hawks fue otro pilar indiscutible en la carrera de John Wayne. El “viejo zorro plateado” terminó de explotar un poderío que siempre estuvo allí. Faltaba pulir282

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Centauros del desierto, 1956 (cortesĂ­a del autor).

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lo y darle algo más de lustre. Nada más. Y las imágenes de Río rojo (Red River, 1948) harían el resto: con la interpretación ofrecida en la piel del antipático e inflexible Tom Dunson, que sólo cabe calificar de magistral, los críticos depusieron por primera vez su actitud de indiferencia. El estoicismo del personaje, su seguridad en sí mismo y su fe en su infalibilidad moral se exacerbaron en Río Bravo (Rio Bravo, 1959). Duke tiene la traza y el acento necesario para bordar un papel cortado a su medida, un sheriff valiente, íntegro y tímido con las mujeres, que él resuelve con un baño de sorprendente sencillez, casi sin transmitir sensación de esfuerzo. Su majestuosa figura, con el fusil al hombro, es una imagen-sello, un icono de la historia del cine. Caso aparte es El Alamo (The Alamo, 1960). Hicieron falta muchos años y mucho dinero para preparar y terminar esta grandiosa epopeya. Fue un proyecto largamente acariciado que paralizó las energías de Wayne como productor, director y actor; puso en peligro su reputación profesional, y agotó su fortuna personal. Infravalorada en su momento, pero afortunadamente rescatada más tarde por la crítica, El Alamo no es sólo uno de los filmes más populares de Duke, sino que bajo su pátina de superproducción multimillonaria en dólares se esconde la historia del tremendo esfuerzo que para él supuso cantar la gesta de un reducido grupo de hombres dispuesto a dar su vida en la lucha por la independencia de Texas: pura épica, pura tragedia, puro romance. A lo largo de los siguientes quince años (hasta su última película en 1976), el actor vagabundeó con desgana en un Hollywood que ya no reconocía como suyo. Rodó veintiocho filmes, y ganó mucho dinero en cada uno de ellos. Pero salpicando estos años de actuaciones rentables hay también unas cuantas que surgen por encima de las demás. Es el caso de ¡Hatari! (Hatari!, 1962) y El Dorado (1967), otra vez con Howard Hawks. En ellas, Duke converge —como personaje y como actor— en atractivos retratos de hombres que han madurado más allá de la heroicidad.

“C” de Coraje: la gran batalla de Duke Puede que John Wayne fuera el inmortal Duke para los aficionados al cine e incluso para algunos de sus amigos, pero cinco o seis paquetes de cigarrillos al día no es una receta para gozar de buena salud. La amenaza terminó por convertirse en una realidad cuando al actor le diagnosticaron un cáncer. Lo más extraordinario acerca de su lucha contra la terrible “C” es su coraje a la hora de enfrentarse a la enfermedad y su decisión de hacerla pública. Algunos de sus biógrafos consideran que ésta ha sido la mejor actuación de Wayne. La pesadilla comenzó como empiezan todas las pesadillas que tienen como protagonista al cáncer: una revisión, una sombra sospechosa, un tumor en el pulmón, un diagnóstico fatal: ¡maligno! Duke, qué duda cabe, era humano. Descubierta la dolencia, el astro se puso en manos del doctor John E. Jones y el equipo quirúrgico del Hospital del Buen Samaritano en Los Ángeles. La operación se realizó el 17 de sep284

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tiembre de 1964. Según los boletines médicos, Wayne permaneció cuatro horas y media sometido al bisturí del cirujano. El tumor era del tamaño de una pelota de golf. Los médicos extirparon el pulmón izquierdo, parte del pulmón derecho y una costilla. La buena noticia era que el cáncer no se había extendido. Hasta entonces, los más cercanos consejeros de Wayne habían tratado de ocultar la naturaleza de su enfermedad a la prensa. Después de la intervención, su productora, Banjac, emitió un comunicado explicando que Duke estaba en el Buen Samaritano para reparar una antigua lesión en el tobillo. Pero si había una cosa que el actor odiaba era engañar a la gente. Decidió que era el momento de hacerlo público. Compareció ante el público y demostró a todo el mundo que un hombre puede luchar contra esa temible dolencia. También apoyó vigorosamente la investigación contra la enfermedad en anuncios que expresaban cómo «había vencido a la “Gran C”», evocando claramente su reputación como héroe que podía vencer a todos los “tipos malos”. Su testimonio contribuyó a recaudar millones de dólares para la investigación privada del cáncer. La otra batalla que tuvo que librar Duke en los convulsos años sesenta fue la de la política. Las inclinaciones ideológicas del actor eran bien conocidas. Era un republicano conservador mucho antes de que esto estuviera de moda. En la época del maccarthismo contribuyó a fundar la Motion Picture Alliance for the Preservation of American Ideals y acabó siendo el presidente del grupo. Y en los años cincuenta unió esfuerzos con Walt Disney, Clark Gable y otros artistas para ayudar al Comité de Actividades Antiamericanas a sacar a la luz a los comunistas que poblaban la industria del cine. Su admiración, tantas veces confesada, por el senador McCarthy revelaba una mentalidad obstinada y no tan infrecuente, pero hasta sus detractores reconocían la valentía con que defendía sus convicciones. Partidario de la mano más dura, Duke hizo de la guerra del Vietnam su causa personal y rindió homenaje en Technicolor a este conflicto produciendo, codirigiendo y protagonizando Boinas verdes (The Green Berets, 1968). Esta película fue para muchos un deslumbrante homenaje al Ejército norteamericano y un alegato anticomunista para tantos otros. Lo que nadie ponía en duda es que se trataba de una enconada defensa de la intervención estadounidense en el continente asiático.

El último hurra En 1969, después de haber sido durante diecinueve años consecutivos una de las atracciones de la lista de los diez actores más taquilleros de Hollywood, la cotización de John Wayne rebasaba el millón de dólares, más la participación en los beneficios, pero no podía decirse lo mismo de su reconocimiento artístico, que seguía huérfano de premios. Este olvido quedó rectificado cuando sus colegas de profesión le concedieron el Oscar al Mejor Actor por su interpretación de Rooster Cogburn, el marshal tuerto, mascador de tabaco, bebedor empedernido y con una excelente Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:278-286

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puntería en Valor de ley (True Grit, 1969). Esta cinta le valió las mejores críticas de su carrera. No era fácil vencer a Duke, ni en su vida ni en el cine. Para acabar con su personaje, Don Siegel hizo que le mataran por la espalda. Un tiro a traición. Sabía que cara a cara nadie podía vencerle; su revólver era el más rápido del Oeste. El último pistolero (The Shootist, 1976) fue una despedida muy apropiada. En esta historia, claramente autobiográfica, de un pistolero que está enfermo de cáncer y prefiere morir disparando con las botas puestas, Wayne ofreció una interpretación madura y reflexiva, con la que nos permite adivinar que sabía perfectamente que entre él y su personaje había bastantes puntos en común. La segunda crisis provocada por el cáncer comenzó en enero de 1979, cuando se sometió a una operación de vesícula de poca importancia, según la versión oficial. Ingresó en el Medical Center el 10 de enero y dos días después se le extraía el estómago en una operación de nueve horas, tras descubrírsele un tumor canceroso en el abdomen. De nuevo se recuperó, y aunque los estragos de la enfermedad eran imposibles de disimular, todavía tuvo fuerzas para acudir a la entrega de los premios de la Academia en abril de 1979. El solo hecho de acudir a la ceremonia, enfermo de cáncer, y presentarse ante el público norteamericano y sus compañeros de profesión como una delgada y envejecida figura, ya fue una heroicidad. Así lo reconoció todo el mundo. Cuando subió al escenario a entregar el Oscar a la Mejor Película a El cazador (The Deer Hunter), el público del Dorothy Chandler Pavillion se puso de pie y le dedicó los mayores aplausos de la noche. El cowboy por excelencia del cine, totalmente emocionado, confesó que tal ovación era para él «el mejor y más eficaz remedio». Wayne volvió a ser ingresado el 2 de mayo en el Centro Médico de la UCLA para someterse a su segunda operación de cáncer del año. En esta intervención se le extrajo parte del intestino. Empezaba su último combate contra la muerte. Pero los médicos poco podían hacer ya por su vida, salvo esperar el fatal desenlace. Ni siquiera pudieron llevar a cabo, dada su extrema debilidad, el tratamiento de quimioterapia experimental que habían acordado con el paciente. Duke falleció el 11 de junio de 1979. Tenía 72 años. Machista, conservador, belicista, Wayne fue toda su vida un hombre honesto, que no traicionó sus ideales ni sus convicciones y que aplicó hasta el final de su vida los tres consejos que un día le diera su padre: “Mantén siempre tu palabra, no insultes a nadie y no busques jamás pelea, pero si te provocan llega hasta el final”. Consejos que también hacía suyos su último personaje cinematográfico, John Bernard Books, cuyo lema era: “No seré engañado. No seré insultado y no dejaré que me pongan la mano encima. No hago ninguna de estas cosas a los demás, y exijo lo mismo de ellos”.

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La invención del estilo The invention of the style ■ Enrique Lynch El mundo que yo contemplo es yo mismo; es el microcosmos de mi propia armazón sobre lo que yo poso mis ojos; pues el otro lo utilizo tan sólo como mi esfera, y a veces le doy la vuelta para mi recreo. Thomas Browne (1605-1682) ■ Los antiguos, pese a que pensaron casi todo lo pensable, no tenían una definición de contenidos para lo que es la prosa. Solían identificar la poesía como palabra con medida, es decir, aquella elocución escandida, rítmica o pautada en clara evocación de la forma musical originaria, pero no nos han dejado una definición de la escritura llana, aunque entre los clásicos haya, por cierto, grandes prosistas. La atención hacia la prosa es una innovación posrenacentista y, en un sentido amplio, una herencia de la primera modernidad. Más precisamente, es una de las más significativas contribuciones del barroco. Que en la tradición antigua se haya omitido la definición de la prosa es hasta cierto punto atendible puesto que antes de la invención de la imprenta, la escritura y los textos conservaban para escritores y lectores, tanto si se trataba de obras de poesía como de prosa, el hálito y la antigua investidura que antaño se consideraban afines a los usos ceremoniales o litúrgicos de la letra escrita, propios de aquellos tiempos en que sólo los sacerdotes y los escribas sabían leer y escribir. En la cultura grecorromana antigua, quizá con la sola excepción de esa rareza que es el tratado “Sobre lo sublime” obra de un rétor anónimo del siglo I, la construcción de un modelo “literario” para el discurso prosaico era ante todo un asunto de retórica, pero nunca una cuestión dilucidable desde la perspectiva de una poética del discurso. Y de hecho, la cuestión que se discute en el anónimo tratado sobre lo sublime es justamente la El autor es ensayista y Profesor Titular de Estética del Departamento de Historia de la Filosofía, Estética y Filosofía de la Cultura (Universidad de Barcelona, España). Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:287-297

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imposibilidad de enseñar —por lo mismo, de programar o prefabricar— el estilo elevado o grandioso. Lo grandioso (hypsous, que Boileau convirtió en el neologismo “sublime”) es el estilo que sólo un genio, es decir, un espíritu grande, puede alcanzar y que, consecuentemente, requiere del lector una sensibilidad igualmente grande y hasta cierto punto genial. Pero no fue la pauta de lo sublime lo que prevaleció sino la idea, común en la retórica medieval, de que el orden de la prosa era cuestión de dispositio, pero no de inventio. Por otra parte, la escritura, la lectura, las bibliotecas y los libros eran, todavía en el Renacimiento tardío, bienes escasos y preciados y se aplicaban a una experiencia y un saber reservados sólo a las personas muy cultas; eran, por lo tanto, experiencias u objetos accesibles a muy pocos individuos. En esta época nuestra en que la Guerra de Peloponeso o los Diálogos platónicos aparecen cada tanto en alguna colección puesta a la venta en ediciones populares en los quioscos de periódicos, resulta muy difícil reproducir o recrear el tipo de vínculo, sea profano o hermético, pero siempre un tanto iniciático o sacramental, que privilegiados literati como sir Thomas Browne entablaban con los textos y que hoy en día sólo los bibliómanos y los aficionados a los anticuarios de libros remedan en sus intercambios. La extensión progresiva de la Ilustración que siguió a la invención de la imprenta y que ahora ha sido ampliada a las grandes masas y, más tarde, los sucesivos programas de alfabetización y de educación superior que han puesto la cultura al alcance de amplios sectores, nos han introducido sin limitaciones al vasto continente de las obras escritas del espíritu pero, sin duda, nos han alejado definitivamente de esa ocasión mágica que antaño tenía lugar delante de la palabra escrita. Nada más presuntuoso y vacuo que ese éxtasis que describen los actuales paladines de la lectura, autoproclamados sibaritas de la letra impresa. Esa experiencia ya no es posible y es probable que tampoco sea imaginable. Sin embargo, sólo en el marco de la recreación de esa perdida relación sacramental con la escritura puede comprenderse la importancia enorme que tuvo la invención del estilo en la prosa, el discurso escrito que, según la tradición, estaba organizado según un programa o una disposición argumentativa pero que, en el fondo y a diferencia de la poesía, carecía de forma pues era la transcripción de la típica voz neutra —llana o blanca— que es propia del habla ordinaria. Si, como ha dejado dicho Paul de Man en una de sus características boutades, no hay más poesía que la antigua, hasta el punto de que hablar de “poesía antigua”, para el erudito belga, era un pleonasmo, no cabe si no reconocer que, en sentido estricto, no hay más prosa que la moderna y que cabe a unos pocos autores de la primera modernidad, en los siglos XVI y XVII, la acuñación de la prosa como ese espacio literario —para decirlo a la manera de Maurice Blanchot— en que una identidad autoral, es decir, una peculiar manera de escribir, se abre a la elaboración de una experiencia personal de la memoria y del mundo real (o imaginario) de un alma sensible. Debemos a sir Thomas Browne, tanto como a Rabelais, a Cervantes y sobre todo a Michel de Montaigne —quien por cierto puso nombre propio al género ensayo— la 288

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constitución de la prosa moderna, es decir, el discurso llano que es estilísticamente autoconsciente. Y es significativo que semejante aportación no haya venido de escritores profesionales sino, como en el caso de Thomas Browne, de un discreto médico de provincias, aficionado a las antigüedades y las extravagancias científicas y con una inclinación confesa a investigar en el campo de los saberes ocultos, hombre sensible e inmensamente curioso, con una natural tendencia a poner por escrito sus opiniones y ocurrencias. Con Browne se cumple una vez más la atrevida tesis de Juan Benet según la cual los grandes escritores, los que revolucionan la forma literaria y crean el estilo en cada momento, carecen propiamente de una tradición de referencia histórica o literaria que los explique o que los fundamente y en cambio da la impresión de que aparecieran, aquí o allá, por azar o de acuerdo con los caprichos del espíritu, como flores raras en la hojarasca de las letras, en cualquier condición o lugar. En la equilibrada y, como es habitual en él, irónica semblanza biográfica que le dedica Samuel Johnson1 se cuenta que Browne nació en Londres el 19 de octubre de 1605 en el seno de una familia de buena posición. Hijo de un comerciante de sedas y paños, quedó huérfano de padre muy pronto, lo que le permitió disponer de una buena suma de dinero en herencia, que sirvió para pagar sus estudios. Su madre casó en segundas nupcias con sir Thomas Dutton —por el aliciente de la dote, según deja caer el Dr. Johnson, con pícara maledicencia— de tal modo que el niño Thomas fue enviado a la escuela en Winchester y, más tarde, en 1623, a la Universidad de Oxford en Broadgates Hall, repartición universitaria que tras recibir un sustancioso subsidio del conde de Pembroke se convirtió en el Pembroke College. Browne fue el primer graduado sobresaliente salido de ese flamante colegio oxoniense. Acabados sus estudios de medicina y tras acompañar a su padrastro en una gira de inspección de los castillos y fuertes de la isla de Irlanda, Browne realizó su Grand Tour por el Continente, de acuerdo con una costumbre que entonces empezaba a imponerse en Inglaterra: los jóvenes ingleses de buena posición, para completar su formación antes de incorporarse a la vida adulta, realizaban un viaje por la Europa continental, en especial por los países latinos: Francia, Italia, España. Hábito preilustrado que, paradójicamente, dio nombre a esa especie de nomadismo mercantilizado que hoy en día llamamos “turismo”. Así pues, Browne profundizó su preparación como médico en las universidades de Montpellier y Padua, y más tarde, se graduó como doctor en medicina en Leiden, en 1633. Una vez hubo cumplido el periplo que le dio, según los patrones de la época, una respetable formación cosmopolita y profesional —Browne estaba orgulloso de haber aprendido seis lenguas, entre ellas el español, en ese largo viaje—, regresó a Inglaterra y se instaló en Halifax, al sudeste de Yorkshire, para acabar colegiándose como doctor en medicina en Oxford en 1637. 1

Incluida en: Browne, Thomas. Sobre errores vulgares o Pseudodoxia Epidemica. Edición y traducción de David Waissbein. Madrid: Siruela, 2005, págs. 35-55. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:287-297

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Ese mismo año, por consejo de sus amigos de Oxford, se trasladó a Norwich, ciudad donde a partir de entonces residió sin interrupciones ni incidencias hasta su muerte, acaecida en 1682, el mismo día de su nacimiento. Las únicas circunstancias de relieve en lo que sus biógrafos representan como una vida apacible y ordenada en el casi medio siglo que vivió en Norwich, fueron su matrimonio tardío con la hija de un caballero de Norfolk, el nacimiento de sus once hijos y haber sido armado caballero del reino por Carlos II en ocasión de la visita real a la ciudad de Norwich en 1671. El rey premiaba así la lealtad de Browne quien, además, se había convertido en un personaje muy popular y respetado en su época. Como la de Thomas Hobbes, filósofo del absolutismo y fundador de la teoría del Estado moderno, la vida de Browne fue inusitadamente larga, pues, en efecto, ocupa la casi totalidad del siglo XVII, período convulso en Inglaterra en que tiene lugar la guerra civil entre los partidarios del Parlamento y los de la monarquía, durante la dictadura de Oliver Cromwell que los ingleses, todavía hoy, llaman la República Regicida. A diferencia de Hobbes, que hubo de exiliarse, Browne permaneció en Inglaterra durante la sangrienta contienda civil y se alineó con los partidarios de la causa monárquica. Lo hizo de forma sincera y sin vacilaciones: cuando fue requerido, con toda discreción se negó a contribuir con dinero al sostén del Partido del Parlamento; y al final de la guerra, manifestó sin tapujos su complacencia con la Corona tras la Restauración. Durante los más de cuarenta años de su vida en Norwich, Browne no hizo otra cosa sino ejercer su profesión de médico y labrarse una sólida reputación como autor de las obras que, con el tiempo y debido a la popularidad alcanzada con ellas, hicieron de él un personaje famoso: en especial la primera, Religio Medici 2, donde sale al encuentro de la inveterada acusación, bastante difundida en la época, de que la mayor parte de los médicos son ateos. En efecto, Religio Medici es un libro escrito en defensa de sí mismo y de su profesión y rebosante de espiritualidad, aunque sin evidentes compromisos religiosos. Browne se muestra abiertamente favorable a la interpretación literal de la Biblia, lo que en términos doctrinarios significaba aceptar la realidad de los milagros y los hechos sobrenaturales y contrariar, en cierto modo, la regla de la ciencia y la observación imparcial por la que abogaba su admirado Francis Bacon. Tales inconsistencias en un intelectual de espíritu escéptico, actitud tolerante y talante apacible pueden parecernos sorprendentes, pero son comunes en los textos de Browne donde se pueden hallar observaciones naturalistas rigurosas y estrictas al lado de juicios inusitados en un individuo de su formación y cultura, como la observación de que el Sol circunvoluciona la Tierra o la descripción minuciosa de la anatomía del Basilisco o la duda escéptica respecto de la veracidad de los milagros acaecidos en Indias, según el testimonio de los misioneros jesuitas. 2

Browne, Thomas. Religio Medici e Hydriotaphia. Traducción y edición de Javier Marías. Madrid: Reino de Redonda, 2002. 290

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Asimismo, Browne sostiene que cree en las brujas, lo que explica que participara como testigo de cargo en un célebre juicio sobre brujería celebrado en1664. Sus biógrafos se apresuran a comentar en su favor que no testificó motu proprio en ese juicio sino por haber sido citado por el juez, pero lo cierto es que, en Religio Medici, suscribe sin matices todos los prejuicios sobre la brujería en los mismos términos en que, con toda seguridad, testificó ante el tribunal. La afición por los hechos sobrenaturales y las opiniones irracionales, como sus prejuicios sobre las brujas y sus ideas antisemitas eran, por otra parte, una pauta bastante corriente en el espíritu de los hombres ilustrados de su tiempo. Sabido es que en la obra cumbre de su contemporáneo Isaac Newton, los Philosophiae Naturalis Principia Mathematica de 1687, más de la mitad de los estudios, análisis y cálculos de que se compone el tratado, que habría de revolucionar el modelo del Universo, están dedicados a establecer nuevos fundamentos para estimaciones astrológicas, alquímicas y esotéricas; por no mencionar el hecho sabido de que Newton dedicó tanto o más esfuerzo a sus estudios de alquimia que a los de física. La larga vida de Thomas Browne transcurrió dedicada a la lectura y a un apasionado coleccionismo de libros y antigüedades que fomentó su reputación como sabio local y lo puso en contacto y correspondencia con muchos otros eruditos en Inglaterra y en el extranjero. En ocasión de la visita que le dispensara el famoso escritor de diarios John Evelyn en 1671, éste observó que la casa de Browne “era un paraíso y un gabinete de curiosidades”3. Su primera obra, Religio Medici (La religión de un médico) nació probablemente de un ejercicio de introspección personal, del que Browne produjo no menos de media docena de manuscritos originales, con pequeñas variantes y agregados de él mismo. De esta forma, en varios manuscritos, circuló primero entre sus allegados, hasta que llegó a manos del impresor Crooke, quien lo publicó en 1642 sin la aprobación de su autor. El doctor Johnson sugiere, no sin cierta malicia, que el propio Browne dejó que circularan distintas versiones de la obra con el objeto de atajar las críticas y resguardarse de una posible interdicción. Johnson explica que entonces era habitual la práctica de dar a conocer copias supuestamente apócrifas. Por el procedimiento de sacar a luz versiones no autorizadas de un mismo manuscrito, una obra era al mismo tiempo pública y apócrifa, de tal modo que su autor quedaba libre de responsabilidades por lo que se hubiese escrito en ella. Pero, aunque todo hace suponer que Browne no se valió de esta estratagema, lo cierto es que no opuso reparo alguno al trasiego de versiones. Religio Medici es un ensayo idiosincrásico donde —según opinión de Samuel Johnson— Browne escribió para su propio solaz y esparcimiento pero que se decidió a publicar cuando —añade— “quedó demasiado complacido con su obra como para 3

Citado por Claire Preston en su introducción a: Browne, Thomas. Selected Writings. Edición de Claire Preston, 7. Londres: Carcanet Press, 1995. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:287-297

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no pensar que pudiese complacer a los demás”4. En opinión de su primer comentarista importante, sir Kenelm Digby, amanuense del conde de Dorset y su valedor para la primera edición autorizada de Religio Medici: “habla mucho, [...] quizá demasiado, acerca de sí mismo”5. Lo mismo que en Montaigne, este “hablar demasiado acerca de sí mismo” se revela como el signo innovador y cabalmente moderno que caracteriza la escritura de Browne. Una intervención en primer plano del autor que no sólo se aplica a la defensa de una opinión personal o al desarrollo de una idea absolutamente veleidosa o sesgada, sino que lo hace implicarse en el texto, a contrario de los usos retóricos convencionales de la época. Y, por paradójico que pueda parecer, es esa implicación personal del autor lo que promueve y estimula la intervención activa de la imaginación del lector en la valoración de los textos de Browne, lo que, igual que ocurre con los Essais, a la postre funciona como piedra de toque para el característico estilo de la prosa moderno. Unas veces parece que sirviera tan sólo para deslizar el sesgo arbitrario de un punto de vista y otras, las más, —de nuevo, como en Montaigne— para borrar la identidad del vértice de la opinión al mismo tiempo que afirmar la autoría del escritor, al que vemos una y otra vez como protagonista implícito de la prosa. Nace así la escritura de autor. Así es como Browne aborda el conflicto entre iglesias y sectas religiosas reformadas y comenta las irreductibles diferencias que separaban a los materialistas respecto de los que creían en lo sobrenatural, a los literalistas bíblicos de los reformadores de hálito librepensante sin rehuir su propia implicación en los diferendos pero en todo momento desde una enjundiosa inconsistencia que, no obstante, no le sirvió para evitar la condena de unos o la aprobación de los enemigos de éstos. Resulta por momentos imposible saber qué posición ocupa Browne, pero consigue sugerir al lector que está ante la presencia de un escritor inesperado, insólito, imprevisible. Lo mismo que Erasmo cuando, un siglo antes, salió al paso de la intolerancia en pleno estallido de las guerras de religión europeas sin llegar nunca a tomar posición en la contienda, Browne puede ser al mismo tiempo un espíritu positivo, un realista científico o un testigo ingenuo como, a renglón seguido, mostrarse como un alquimista vocacional o simplemente como un crédulo dominado por toda suerte de supersticiones. ¿Cómo se consigue esa elusiva, inabarcable, inasimilable in-disposición, esa manifiesta ex-centricidad, ese estar siempre centrado y fuera del centro? Sin duda, el instrumento de que se vale Browne es su manera de atormentar la lengua inglesa, de sacarla de quicio, valiéndose de dos de las cualidades que esta lengua posee para la expresión escrita: la elaborada y maleabilísima sintaxis y ese vocabulario de enorme riqueza que es rasgo inconfundible del inglés, lengua que se mantiene firme y reco4

Johnson, Samuel. La vida de sir Thomas Browne, en: Browne, Thomas. Sobre errores vulgares o Pseudodoxia Epidemica. Op. cit., 36. 5 Johnson, ibid. 38. 292

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nocible en el uso idiosincrásico de sus variopintos hablantes y al mismo tiempo fiel a dos raigambres idiomáticas no obstante inasimilables, el latín y el anglosajón, lo que permite que casi cualquier cosa o cualquier acción puedan ser dichas, en inglés, de dos maneras distintas. No tanto en Religio Medici, pero sí en obras posteriores, la exaltación cultista de su prosa amanerada es un rasgo insoslayable de su escritura. Browne es famoso por su habilidad para crear palabras nuevas y su gusto por los latinismos, lo que en Inglaterra es sinónimo de anacronismo y que, cuando se emplea en el habla, se convierte además en signo de pedantería —como pensaba de él Coleridge quien, sin embargo, es uno de sus más reconocidos valedores. No obstante, es justamente la abundancia de alocuciones latinas o de expresiones anglosajonas latinizadas —no olvidemos que en el siglo XVII el latín seguía siendo la koyné en la Europa culta que sólo más adelante vendría a ser desplazada por el francés y, muy recientemente, por el inglés— da a la prosa de Browne un cromatismo y una capacidad de comunicar matices y sensaciones como no se encuentra en el inglés isabelino que, no obstante ser poderoso en imágenes y sintético en afirmaciones, no podía lograr elocuencia comparable a la de Browne. Al valerse de palabras latinas con terminaciones anglosajonas producidas por su propia imaginación Browne convierte el inglés en una lengua inaudita y no obstante cosmopolita. A veces, de tan audaz como es el impulso a transgredir la norma expositiva a través de la sintaxis extravagante y el vocabulario florido, el texto de Browne hace colapsar el sentido y el lector alcanza la temida parabasis que es propia de algunas obras del barroco: el lector llega a percibir en la prosa el puro goce de la construcción y la elevación del signo, entregado a la vorágine de la forma y libre de las ataduras y cortapisas de la referencia, cuando ya prácticamente ha renunciado a entender qué es lo que está leyendo. En ese momento, la prosa de Browne, como pensaba de ella Borges, adquiere la estatura fundacional propia de la poesía y puede decirse que ya no sigue el lenguaje sino que lo inventa6. Vocabulario florido y digresión argumental: Religio Medici no llega a producir el característico arte del irse por las ramas que se reconoce en una obra posterior, la Pseudodoxia Epidemica, donde ataca un compendio de lugares comunes y supersticiones varias —dicho sea de paso, para sustituirlas por otras nuevas, más sesgadas o más íntimas y caprichosas que aquellas que se propone desmantelar— y donde la dispersión temática y argumental deja ver las matrices del ensayismo moderno, como tampoco consigue la grandiosa magnificencia y los ritmos de la prosa de Hydriotaphia or Urn Burial (El enterramiento en urnas)7 o The Garden of Cyrus (El jardín de Ciro), 6

Por lo demás, una característica reconocida de la escritura de Thomas Browne es su prodigiosa capacidad para inventar palabras: “literary”, “electricity”, “precarious”, “medical”, “antediluvian” y “hallucination”, entre tantas otras, son creaciones suyas. 7 Título traducido así por Javier Marías, aunque quizá hubiera sido preferible conservar la versión española primera de este título tan difícil, propuesta por Borges y Bioy Casares: Urnas sepulcrales. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:287-297

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pero es posible que el tono confesional del libro, tan insólito en aquellos tiempos y tan familiar a nosotros hoy en día, acompañando un discreto escepticismo moral y las pequeñas pero inconfundibles notas de humor, tan ajenas a las pretensiones de la prosa científica, lo hacen un moderno por anticipación. Durante los años de la guerra civil inglesa Browne no publicó nada pero en 1658, el hallazgo de unas vasijas funerarias en Norfolk, que fueron puestas a su consideración dada su reputación local como erudito, lo lleva a escribir una sobria y sombría reflexión sobre la muerte y la inmortalidad sobre el fondo de los misterios del Universo que su curiosidad llamaba a investigar. Aquí el estilo de Browne alcanza su valor más rico y más intensamente poético. En parte, por la proximidad del tema —el tiempo, la muerte, la eternidad y la precaria condición humana— con los hitos de la melancolía, aquel temple descrito a partir de su propia experiencia depresiva por Robert Burton en su Anatomy of Melancholy de 1621, obra célebre que anticipa una de las pautas espirituales más significativas y características del ascendente espíritu del romanticismo8. En su pormenorizado examen de las urnas sepulcrales de Norfolk, Browne se equivoca al remontar la época de los restos a tiempos de la dominación romana — los restos pertenecen en realidad a una época posterior y no son romanos sino anglosajones— pero la tradición ha perdonado las inexactitudes de la arqueología de aficionado de Thomas Browne y en cambio ha ponderado y celebrado sobre todo el capítulo cinco de este alegato, donde la melancólica imaginación del inglés lo lleva a poner en contraste y en imposible correspondencia la inmensidad e indiferencia del tiempo, la vanidad de unos huesos que inútilmente aspiraban a la inmortalidad y que en cambio obtienen como recompensa el olvido. La correspondencia no es sólo temática sino que se sostiene en la dramática irresolución de las figuras del estilo de una prosa que, con toda justicia, en estos pasajes llega a trasmitir la experiencia de lo sublime. Tan fascinante es intentar reconstruir la causalidad de las ideas detrás de la ocurrencia de un escritor tan idiosincrásico, como recorrer el impredecible alcance de su influencia en la tradición literaria romántica y posromántica. Trazas o vagas señales de la prosa de Browne se encuentran en la admiración que le profesaba, aunque con reservas, S. T. Coleridge; y en la obra del crítico Charles Lamb. Desde luego, se encuentran huellas de su estilo en Thomas de Quincey y, ya en nuestra época, en escritores muy singulares, como el alemán W. G. Sebald, quien le dedica amplios 8

En su exaltada y admirativa semblanza biográfica de Thomas Browne, el médico y humanista canadiense sir William Osler especula con la posibilidad de que Browne, durante su estancia en Oxford, haya sido influido por la primera edición de esta obra, en 1621 o por la segunda versión ampliada, de 1624. Cfr. Sir Thomas Browne; en: Selected Writings of sir William Osler, con una introducción de G. L Keynes, Londres-Nueva York-Toronto: Oxford University Press, 1951, p. 42. 294

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pasajes de ese extraño artefacto narrativo titulado Los anillos de Saturno9 donde, también con talante entre morboso y melancólico hace proliferar las asociaciones y disemina en círculos concéntricos una miríada de microrrelatos en torno a un mismo núcleo desangelado y vacío, fascinado por el hecho de que la saturnina vida de Browne —como él, vecino de East Anglia— gira en torno a un centro desconocido. Osler10 menciona entre las influencias más conocidas de la prosa de Browne la obra de los escritores americanos de la Nueva Inglaterra, Ticknor, Fields, Holmes y Lowell y cita el siguiente pasaje de Hyppolite Taine de encendido romanticismo: “Pensemos en un espíritu familiar al de Shakespeare, aunque más erudito y observador que actor o poeta, que, en lugar de crear, se ocupa de comprender pero que, como Shakespeare, se dedica a las cosas vivas, penetra en su estructura interna, se pone a sí mismo en comunicación con sus leyes reales, imprime en sí mismo de forma ferviente y escrupulosa hasta los menores detalles de la figura de éstas; alguien que al mismo tiempo que extiende sus penetrantes comentarios más allá de la región de la observación, discierne detrás de los fenómenos visibles un mundo oscuro y sin embargo sublime y se estremece de veneración ante el vasto, indistinto y no obstante populoso abismo en cuya superficie nuestro pequeño universo cuelga tembloroso. Me refiero a sir Thomas Browne, naturalista, filósofo, erudito, médico y moralista, quizá el último exponente de una generación que produjo a Jeremy Taylor y Shakespeare. No hay ningún pensador que atestigüe tanto como él la veleidosa e inventiva curiosidad de la época. Ningún escritor ha superado su despliegue de la brillante y sombría imaginación del Norte. Nadie ha hablado con tanta emoción y elegancia acerca de la muerte, de la vasta noche del olvido, del pozo de la vanidad humana que todo lo devora y que trata de crear la inmortalidad a partir de la gloria efímera o de unas piedras esculpidas. Nadie lo supera en cuanto a revelar de forma resplandeciente y original las expresiones de la savia poética que fluye de todas las mentes de su época”11. De nuestros prosistas y poetas modernos en español quizá hayan sido dos argentinos, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares quienes más explícitamente profesaron admiración incondicional por la obra de este médico humanista inglés y más reconocen haber sido influidos por su estilo. A ellos pertenece la primera tentativa de poner en español, en los años cuarenta del pasado siglo, Urn Burial, texto que tenían por sublime. El editor y traductor de la reciente edición española de Pseudodoxia 9

Cfr. Sebald, W. G. Los anillos de Saturno: una peregrinación inglesa. Traducción de Carmen García Gómez y Georg Pichler. Madrid: Debate, 2002, pp., 19-35. 10 Cfr. Osler, W. Op. cit, p. 57. 11 Taine, Hyppolite, s.r. citado por Osler, W. Op. cit., p. 57. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:287-297

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Epidemica, Daniel Waissbein, incorpora en dos apéndices a su trabajo un repertorio de fuentes hispánicas con las que Browne mantuvo contacto y otro de los libros españoles de la biblioteca de Browne12. La impronta de Browne ha quedado impresa en la prosa inconfundible de Borges. Como bien apunta Waissbein13, del médico inglés extrae Borges “la idea del mundo como un criptograma sagrado y la de la imagen divina del hombre; así como la utilización más o menos lúdica de fragmentos teológicos, neoplatónicos, cabalísticos y herméticos; las nociones de la decadencia universal y eterna recurrencia; y el topos del mundo como un libro”. Pero más que como fuente de una inspiración tópico-temática, Browne parece haber representado para Borges una especie de numen espiritual, un ideal poético e incluso una pauta moral e intelectual. En el prólogo a Inquisiciones, se lee: “Yo he sentido regalo de la belleza en la labor de Browne y quiero desquitarme, voceando glorias de su pluma” y en algunos pasajes de Browne, como éste de la segunda parte de Religio Medici, traducido por él mismo: “No me sobresalta la presencia de un escorpión, de una salamandra, de una sierpe. En viendo un sapo o una víbora, no encuentro en mí deseo alguno de recoger una piedra para destruirlos. Dentro de mí no siento esas comunes antipatías que en los demás descubro: no me atañen las repugnancias nacionales, ni miro con prejuicio al italiano, al español o al francés. Nací en el octavo clima, pero paréceme estoy construido y constelado hacia todos. No soy planta que fuera de un jardín no logra prosperar. Todos los sitios, todos los ambientes me ofrecen una patria; estoy en Inglaterra en cualquier lugar y bajo cualquier meridiano. He naufragado, mas no soy enemigo del golfo y de los vientos: puedo estudiar y solazarme y dormir en una tempestad. En suma, a nada soy adverso y mi conciencia me desmentiría si yo afirmase que odio absolutamente a ser alguno salvo al Demonio”. Borges, sin duda, se reconoce a sí mismo. Por lo mismo, muchas pautas del estilo de Browne son instrumentadas en la prosa de Borges para reproducir —o re-inventar— el estilo. Como él, el argentino es un escritor recóndito e imprevisible que, cuando no se propone él mismo como asunto, se refugia en arcanos o se arropa con referencias eruditas y oscuras a menudo imposibles de reconstruir o comprobar. Su escritura, como la de Browne, es una meditación dispersa que se pierde en sus propios meandros y vericuetos, semejantes a los senderos de sus laberintos, cargado de claves herméticas, idiolectos cultistas y ana12

Cfr. Browne, Thomas. Pseudodoxia Epidemica. Op. cit., pp. 371-77. Basándose, a su vez, en un breve artículo del hispanista David Newton-De Molina “A note on Sir Thomas Browne and Jorge Luis Borges”, aparecido en Antigonish Review II (1971) ii, pp. 33-40, cit. Browne, Thomas. Pseudodoxia Epidemica, Op. cit., p. 392. 13

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cronismos con los que, no obstante, recrea una y otra vez la prosa en español. Y, como Browne, Borges sume al lector en la lúcida melancolía del estudioso en su gabinete de trabajo o en su biblioteca, rodeado de libros y fantasmas. Aún más curiosa es la devoción de W. G. Sebald por Thomas Browne. Como el médico inglés, Sebald, que también vivió casi todo su vida en East Anglia, se maravilla de que el nacimiento y la muerte de Browne tuvieran lugar un 19 de octubre y que ese acontecimiento insólito fuera previsto de forma arcana por el propio Browne. En A Letter to a Friend upon the Occasion of the Death of His Intimate Friend, el propio Browne se apercibe de esta asombrosa simetría: “Que el primer día sea también el último, que la Cola de la Serpiente enlace con el día de su Natividad, es sin duda una notable coincidencia”. Se diría que incluso parece como si en este pasaje se anticipara la trama de su propia muerte, puesto que el trazado de su vida en forma de anillo empieza y termina en el mismo punto; y Sebald, convaleciente de una extraña enfermedad en el mismo sanatorio donde estuvo guardada la calavera de Thomas Browne, se siente habitando ese mismo mundo de anillos en torno a un punto imaginario. Así, claramente bajo la advocación del fantasma de Thomas Browne, Sebald escribe esa obra sombría: Los anillos de Saturno. Difícil saber cuánto debe esta asociación, establecida bajo un hermético, a una invocación numénica o a una alucinación literaria ni hasta qué punto la melancolía de Sebald se alimenta o se inspira en la vida de un apacible médico inglés de provincias en el siglo XVII, pero las claves que lo traman con su tiempo son las mismas que nosotros, a través de la literatura, tramamos con el nuestro. No en vano la figura del círculo es la forma abstracta de la repetición y ésta, uno de los rostros de la muerte. La reputación de Browne —como la de Borges en el mundo de habla hispana antes de que los franceses lo convirtieran en un escritor de moda y difundieran los cultismos borgeanos entre las grandes masas hasta transformarlo en un escritor universal— ha sido siempre elevada, pero minoritaria y de oídas. Browne es el tipo de escritor del que se saben muchas cosas pero se lo conoce y se lo lee poco. En parte, esta incongruencia se debe a que su obra es extensa y difícil y está —como la de Borges, por cierto— repleta de alusiones, citas, referencias más o menos ocultas o eruditas que postergan o complican el placer inmediato o la recompensa del sentido. Se diría que sólo puede ser valorada y disfrutada con justicia por quienes, además, saben reconocer en su prosa la grandeza del barroco. Llegamos pues a Browne como neobarrocos, para descubrir —o imaginar— una identidad anticipada para nuestra época.

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Una mirada humana al Mundo A human look to the World ■ José Luis Puerta Pasamos la mitad de nuestros días en la sombra de la tierra, y el hermano de la muerte exige un tercio de nuestras vidas. Gran parte de nuestro sueño está zurcido de visiones, y de objetos fantásticos en los que confesadamente nos engañamos. El día nos suministra verdades, la noche ficciones y falsedades. T. Browne, De los sueños ■ Es comprensible que a aquellas personas no familiarizadas con la obra de Sir Thomas Browne (1605-1682), que muy probablemente serán la mayoría de nuestros lectores, les cueste entender por qué se reproduce en este número de la Revista de Humanidades el capítulo quinto de una obra con un título tan curioso como éste: Hydriotaphia o Urn Burial o Discourse of the Sepulchral Urns lately found in Norfolk (conocida en español como “El enterramiento en urnas”)1. Dejando a un lado consideraciones literarias más o menos eruditas o especializadas —en las que de alguna manera se adentra el artículo de Enrique Lynch (y que precede al presente)—, es innegable que de la pluma del médico Thomas Browne salieron algunas de las páginas e intuiciones más enjundiosas sobre la religión del yo cotidiano, el paso del tiempo, la inmortalidad, la fama duradera, el olvido o la corrupción del cuerpo tras la muerte. El enterramiento en urnas es quizá la segunda obra en importancia de este médico inglés del siglo XVIII, después de su Religio Medici, cuya mejor traducción posible sería “La religión del hombre de ciencia” más que “La religión de un médico”. De algún modo ambos libros son complementarios. En el primero, dicho sumariamente, Browne sostiene que la razón humana solo puede postular o proponer principios, pues difícilmente es capaz de llegar a comprender de 1

Este libro, publicado en 1658, debe su título al hallazgo de unas urnas funerarias de la Edad de Bronce descubiertas en Norfolk (Inglaterra) en 1658, que sirvieron de inspiración a la pluma de Browne. El libro tiene una segunda parte titulada: The Garden of Cyrus (1658). En el artículo siguiente se reproduce el capítulo quinto y último de la mencionada obra. 298

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forma omnímoda el orden que gobierna y rige la Naturaleza; ya que ésta no es otra cosa que una expresión del inextinguible genio de Dios: “[...] pues es Dios como el hábil geómetra que, pudiendo describir o partir una línea recta con enorme facilidad y un solo trazo de su compás, prefiere hacerlo de manera más larga o circular... sin embargo, a veces infringe esta norma suya a fin de que el mundo conozca sus prerrogativas, no vaya a ser que la arrogancia de nuestra razón cuestione su poder y concluya que es incapaz de imprimir una alteración”2. Si, finalmente, la razón humana nunca puede alcanzar a comprender en plenitud el orden de la Naturaleza, no es mala solución que la Iglesia se erija en un sustituto “razonable” para llenar semejante carencia; llegando a confesarnos, quizá como prueba de la validez de su argumento, que nunca ha “sido capaz de oír los tañidos del Ave María sin una cierta elevación”3. Sin embargo, en Hydriotaphia da una vuelta de tuerca más a su idea sobre la razón humana, presentándonosla como el resultado del intento por entender (ficticiamente) el mundo, ya que su comprensión absoluta nos está negada. Para él, el fundamento último de lo que llamamos razón no sería la razón en sí misma (“así como todas las costumbres estaban basadas en algún fondo de razón, a ésta no le hacían falta motivos”4), sino que habría que buscarlo en la estética y en el artificio que siempre ha rodeado a la cultura en todas las época de la Historia. En su opinión, los productos que salen de la mano del hombre —en el caso que nos ocupa, urnas funerarias— entran de lleno en el ámbito de la hermenéutica: no es que los hombres construyan objetos, sino que a través de su fabricación transmiten determinados mensajes. La producción y posterior utilización de esos artefactos, siguiendo con el mismo ejemplo, es animada por ideas que quedan fuera del ámbito estricto de la razón. Además, en cierto modo, para nuestro médico ensayista la razón nunca acaba de ser totalmente autónoma de la imaginación, pues, paradójicamente, es la imaginación la que casi siempre termina por apelar a una instancia superior: la razón. Por otro lado, la vida y la muerte consumen en cualquier sociedad un enorme esfuerzo discursivo (tal es el caso del debate actualmente abierto sobre la eutanasia), pero este esfuerzo no queda únicamente circunscrito al campo de la razón pura, sino que también colisiona con los valores y las creencias del público; y con el ámbito de la ficción y de la norma jurídica. Esta última no olvidemos que se fundamenta sobre 2

Browne T. La religión de un médico (1643). En: Browne T. La religión de un médico y El enterramiento en urnas (nota previa, traducción y epílogo de J. Marías). Barcelona: Reino de Redonda, 2002, p. 58. 3 Browne T. La religión de un médico (1643). En: Op. cit., p. 36. 4 Browne T. El enterramiento en urnas (1658). En: Op. cit., p. 184. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:298-300

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todo, más que en los dictados de la razón, en lo que es consuetudinario, aunque a veces los humanos tengamos dificultades para ponernos de acuerdo sobre qué estamos dispuestos a admitir como una costumbre socialmente generalizada (pensemos en el debate surgido recientemente a cuenta del matrimonio entre homosexuales). Pero el recorrido del viaje intelectual de Browne en su Hydriotaphia no termina aquí. Así, tras un prolegómeno —en absoluto superfluo— en el que nos desmenuza con gran finura cómo las distintas culturas y pueblos (los egipcios, los parsis, los caldeos, los romanos o los cristianos) han ritualizado y fantaseado sobre la muerte utilizando la momificación, la cremación o el enterramiento en templos sagrados, nos desvela a dónde nos quiere llevar. Como ya habrá intuido el lector, las urnas descubiertas en Norfolk y sus agudas reflexiones sobre los ritos culturales alrededor de la muerte no son más que una excusa para explayar en la parte final y más conocida de su libro (el ya aludido capítulo quinto) su punto de vista sobre el forcejeo de los humanos con la muerte; nuestras angustias sobre la fortuna y la fama en este mundo y en el que está por venir, esto es, el de las generaciones que nos seguirán; los cambios que acompañan el paso del tiempo; la contingencia de todo lo mundano; la fugacidad de la fama y nuestros vanos esfuerzos para ahuyentar la visita de la muerte. A la par que nos recuerda —sin abdicar nunca de su admirable estilo literario y que tanto atrajo, entre otros, a Jorge Luis Borges, Virginia Woolf o Samuel Johnson— cómo los humanos estamos condenados a olvidar o a resignarnos ante las adversidades que tratan de llevar a la zozobra nuestra existencia: “Los pesares nos destruyen o se destruyen. Llorar hasta volverse piedra es fábula: las aflicciones producen callosidades, las desgracias son resbaladizas, o caen como la nieve sobre nosotros; lo cual, sin embargo, no es un infeliz entumecimiento. Ignorar los males venideros, y olvidar los males pasados, es una misericordiosa disposición de la naturaleza, por la cual digerimos la mixtura de nuestros escasos y malvados días; y, al no recaer nuestros liberados sentidos en hirientes remembranzas, nuestras penas no se mantienen en carne viva por el filo de las repeticiones”5. Browne nos ha dejado constancia, a través de su obra, de un conocimiento del fenómeno cultural fuera de lo normal, a lo que se sumó una curiosidad infinita por la filosofía, la historia, la arqueología y la literatura. Pero por encima de todo, éste médico y lúcido ensayista, demostró en palabras de Willian Osler —que siempre tuvo como compagnon de voyage sobre su mesita de noche un ejemplar de Religio Medici— “un hondo interés humano por lo seres humanos”6. Y éste es su mejor legado. 5

Browne T. El enterramiento en urnas (1658). En: Op. cit., p. 240. Osler W. Thomas Browne, 1905. En: Osler W. Selected writings of Sir Willliam Osler. Londres: Oxford University Press, 1951, p. 61.

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Hydriotaphia o El enterramiento en urnas (capítulo V) Hydriotaphia (chapter V) ■ Thomas Browne (†) ■ Bien, ya que han durado más estos huesos muertos que los huesos vivos de Matusalén230, y, a una yarda bajo tierra y entre paredes de barro, han sobrevivido a cuantos resistentes y ostentosos edificios los cubrieron, y han reposado quedamente bajo los tambores y pisadas de tres conquistas231, qué príncipe puede prometer semejante diuturnidad para sus restos, o no podría decir alegremente: Sic ego componi versus in ossa velim (CXI). El tiempo, que deja las antigüedades anticuadas, y tiene el arte de hacer de todas las cosas polvo, ha perdonado sin embargo estos monumentos menores. En vano esperamos ser conocidos por abiertos y visibles conservatorios, cuando ser ignorados era el medio de perduración de éstos, la oscuridad su protección. Si murieron a manos violentas, y fueron arrojados a sus urnas, estos huesos resultan notables; y los honrarían algunos filósofos antiguos (CXII), que juzgaban que las almas así arrancadas de sus cuerpos eran las más puras, y las que guardaban una propensión más fuerte hacia estos cuerpos; mientras que ellos dejaban cansinamente un cadáver languideciente y con débiles deseos de reunión. Si cayeron por dilatado y añoso declive, aún, envueltos en el fardo del tiempo, se resumen en la indistinción, y no forman sino un mismo borrón con los niños. Si empezamos a morir cuando vivimos, y la longevidad no es más que una prolongación de la muerte, nuestra vida es una triste composición: vivimos con la muerte, y no morimos en un instante. Cuántas pulsaciones integraron la vida de Matusalén, sería tarea para Arquímedes233; vulgares tantos resuSe reproduce el capítulo V de Hydriotaphia o El enterramiento en urnas (1658) de la obra de Thomas Browne (1605-1682); tomada de: Browne T. La religión de un médico y El enterramiento en urnas (nota previa, traducción y epílogo de J. Marías). Barcelona: Reino de Redonda, 2002, pp. 233-245. (Por respeto al original se ha conservado la numeración de las notas tal como aparece en la citada edición.) Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:301-309

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men la vida del hombre de Moisés (CXIII). Nuestros días se hacen considerables, como las sumas insignificantes, por acumulaciones minúsculas; donde numerosas fracciones no forman más que pequeños números redondos, y nuestros días, largos de un palmo, no equivalen ni a un meñique (CXIV). Si la vecindad de nuestra necesidad postrera trajera una mayor conformidad con ella, habría felicidad en los cabellos canos, y no calamidad en los demediados sentidos. Pero el largo hábito de la vida nos indispone a morir, cuando la avaricia nos convierte en juguetes de la muerte; cuando hasta David se hizo arteramente cruel234, y de Salomón podía decirse difícilmente que fuera el más sabio de los hombres238. Pero muchos son viejos demasiado pronto, y antes de la fecha de la edad: la adversidad estira nuestros días, la desgracia crea noches de Alcmena (CXV), y para ella no tiene alas el tiempo. Pero el ser más tedioso es áquel que puede dejar de desearse, contento de ser nada, o de nunca haber sido; lo cual sobrepasaba el descontento de Job, quien maldijo no el día de su vida, sino de su natividad: contento de haber sido lo bastante tiempo para tener derecho a un ser futuro, aunque aquí hubiera solamente vivido en un estado oculto de la vida, y, por así decir, como un aborto239. Qué canción cantaban las sirenas, o qué nombre tomó Aquiles cuando se ocultó entre las mujeres, aunque cuestiones desconcertantes (CXVI), no quedan fuera de toda conjetura. En qué tiempo las personas de estos osarios ingresaron en las famosas naciones de los muertos (CXVII), y durmieron con príncipes y consejeros (CXVIII), podría admitir amplia solución. Pero quiénes fueron los propietarios de estos huesos, o qué cuerpos componían estas cenizas, sería cuestión que excedería el anticuarianismo, y que no ha de resolver el hombre —ni tal vez los espíritus fácilmente, salvo que consultemos a los guardianes provinciales, u observadores tutelares240—. Si tan buena provisión de sus nombres hubieran hecho como de sus restos, no habrían errado tan crasamente en el arte de la perpetuación; pero subsistir en huesos, y quedar tan sólo piramidalmente242, es una falacia de duración. ¡Vanas cenizas, que en el olvido de nombres, personas, tiempos y sexos han hallado para sí una perduración inútil, y que sólo se alzan ante la posteridad tardía como emblemas de las vanidades mortales, antídotos contra el orgullo, la vanagloria y los delirantes vicios! Las vanaglorias paganas que creían que el mundo podría durar para siempre tenían un estímulo para la ambición, y, al no encontrar Átropo243 para la inmortalidad de sus nombres, jamás los desalentaba la necesidad del olvido. Hasta las ambiciones antiguas llevaban ventaja sobre las nuestras en sus tentativas de vanagloria, ya que, al obrar temprano, y antes del probable meridiano del tiempo244, han hallado ya ahora gran cumplimiento de sus propósitos, por lo que los antiguos héroes ya han sobrevivido a sus monumentos y salvaguardas artificiales. Pero en esta última escena del tiempo no podemos esperar tales momias para nuestras memorias, cuando la ambición puede temer la profecía de Elías (CXIX), y Carlos V no puede nunca esperar vivir en dos Matusalenes de Héctor (CXX). Y, por ello, el inquieto desasosiego por la diuturnidad de nuestras memorias, para las consideraciones presentes parece una vanidad casi anticuada, y una insensatez 302

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caduca. No podemos esperar vivir tanto en nuestros nombres como lo han hecho algunos en sus personas; una cara de Jano no guarda proporción con la otra247. Es demasiado tarde para ser ambicioso: las grandes mutaciones del mundo ya se han obrado, o el tiempo puede ser demasiado corto para nuestros propósitos. Prolongar nuestros recuerdos con monumentos, por cuya muerte diariamente oramos248, y cuya duración no podemos esperar sin perjuicio de nuestras expectativas en el advenimiento del último día, sería una contradicción con nuestras creencias. Nosotros, cuyas generaciones están dispuestas en esta parte poniente del tiempo, nos vemos providencialmente libres de tales imaginaciones; y, estando obligados a mirar la restante partícula del tiempo futuro, nos hallamos naturalmente constituidos para los pensamientos sobre el otro mundo, y no podemos declinar con excusa la consideración de esa duración que hace de las pirámides pilares de nieve, y un instante de cuanto ya ha pasado. Círculos y líneas rectas limitan y encierran todos los cuerpos, y el mortal círculo rectilíneo (CXXI) debe concluir y cerrarlo todo. No hay antídoto contra el opio del tiempo, que temporalmente considera todas las cosas: nuestros padres hallan su tumba en nuestras cortas memorias, y tristemente nos dicen cómo podemos ser enterrados en los que nos sobreviven. Las lápidas cuentan la verdad durante apenas cuarenta años (CXXII); las generaciones pasan mientras algunos árboles permanecen, y las viejas familias no duran lo que tres robles. Ser leídos por meras inscripciones, como muchos en Gruter (CXXIII); esperar la eternidad por epítetos enigmáticos, o por las primeras letras de nuestros nombres: ser estudiados por los anticuarios, quiénes fuimos, y que se nos den nuevos nombres, como a muchas de las momias (CXXIV), son fríos consuelos para los estudiantes de la perpetuidad, aunque sea en lenguas imperecederas. Contentarse con que los venideros tiempos sepan tan sólo que existió tal hombre, sin que les preocupe saber más de él, era una frígida ambición de Cardano (CXXV), que desmerecía de la inclinación de su opinión sobre sí mismo250. ¿A quién le importa subsistir como los pacientes de Hipócrates251, o los caballos de Aquiles en Homero252, bajo denominaciones desnudas, sin méritos ni acciones nobles, que son el bálsamo de nuestras memorias, la entelechia y alma de nuestras subsistencias? Ser anónimo en dignas hazañas vale más que una historia infame: la mujer cananea253 vive más dichosamente sin nombre que Herodías con uno254. ¿Y quién no habría preferido ser el buen ladrón que Pilatos? Pero la iniquidad del olvido ciegamente esparce su amapola, y trata la memoria de los hombres sin distinción en el merecimiento de la perpetuidad. ¿Quién puede sino compadecer al fundador de las pirámides? Vive Heróstrato, que quemó el templo de Diana255: el que lo erigió está casi perdido258. El tiempo ha perdonado el epitafio del caballo de Adriano, confundido el suyo259. En vano calculamos nuestras venturas por la ventaja de nuestros buenos nombres, ya que tienen los malos igual duración, y Tersites probablemente vivirá tanto como Agamenón260. ¿Quién sabe si el mejor de los Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:301-309

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hombres es conocido, o si no hay olvidadas más personas notables de las que se recuerdan en la cuenta conocida del tiempo? Sin el favor del registro imperecedero, el primer hombre habría sido tan desconocido como el último y la larga vida de Matusalén habría sido su única crónica. No se puede comprar al olvido: la mayor parte ha de contentarse con ser como si no hubieran sido, con encontrarse en el registro de Dios, no en las actas del hombre. Veintisiete nombres componen la primera historia, (CXXVI) y los nombres registrados desde entonces no contienen un siglo vivo. El número de los muertos en mucho excede el de cuantos han de vivir: la noche del tiempo con creces supera al día, ¿y quién sabe cuándo fue el equinoccio? Cada hora aumenta esa fluyente aritmética, que apenas se detiene un instante. Y ya que la muerte debe ser la Lucina de la vida261, y hasta los paganos (CXXVII) pudieron dudar si así vivir era morir; ya que nuestro sol más largo se pone en verticales descensos, y no describe sino arcos invernales, y por tanto no puede ya faltar mucho para que yazgamos en la oscuridad, y tengamos nuestra luz entre las cenizas (CXXVIII); ya que el hermano de la muerte263 nos acecha diariamente con recordatorios mortales, y el tiempo, que también envejece, nos ordena no esperar una larga duración, la diuturnidad es un sueño y un desvarío de la esperanza264. La tiniebla y la luz dividen el curso del tiempo, y el olvido comparte con el recuerdo gran parte incluso de nuestros seres vivos; apenas recordamos nuestras dichas, y los golpes más agudos de la pena nos dejan tan sólo punzadas efímeras. El sentido no tolera las extremidades, y los pesares nos destruyen o se destruyen. Llorar hasta volverse piedra265 es fábula: las aflicciones producen callosidades, las desgracias son resbaladizas, o caen como la nieve sobre nosotros; lo cual, sin embargo, no es un infeliz entumecimiento. Ignorar los males venideros, y olvidar los males pasados, es una misericordiosa disposición de la naturaleza, por la cual digerimos la mixtura de nuestros escasos y malvados días; y, al no recaer nuestros liberados sentidos en hirientes remembranzas, nuestras penas no se mantienen en carne viva por el filo de las repeticiones. Gran parte de la antigüedad satisfacía sus esperanzas de subsistencia con la transmigración de sus almas: una buena manera de prolongar sus memorias, mientras, teniendo la ventaja de sucesiones plurales, no podían sino ejecutar algo notable en semejante variedad de seres, y, gozando de la fama de sus encarnaciones pasadas, hacer acumulación de gloria para sus últimas duraciones. Otros, antes que perderse en la inconsolable noche de la nada, se contentaban con retirarse al ser común, y ser una partícula del alma pública de todas las cosas; lo cual no era más que retornar de nuevo a su desconocido y divino origen. Más insatisfecho era el ingenio egipcio, que preparaba sus cuerpos en dulces consistencias para aguardar el regreso de sus almas. Pero todo era vanidad, apacentarse de viento, (CXXIX) y desvarío: las momias egipcias que Cambises267 o el tiempo han perdonado, las consume la avaricia ahora. La momia se ha hecho mercancías268, Misraim269 cura heridas, y el Faraón se vende como bálsamos. 304

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En vano esperan la inmortalidad los individuos, o cualquier patente contra el olvido, en salvaguardas bajo la luna. Los hombres se han engañado hasta en sus ilusiones suprasolares, y en sus estudiadas extravagancias para perpetuar sus nombres en el cielo: la variada cosmografía de ese lugar ya ha cambiado los nombres de las constelaciones inventadas: Nemrod se ha perdido en Orión, y Osiris en Sirio. Mientras buscamos la incorrupción en los cielos270, descubrimos que no son sino como la tierra, duraderos en sus cuerpos principales, alterables en sus partes; sobre lo cual, amén de sobre los cometas y las nuevas estrellas, empiezan los telescopios a contar historias; y las manchas que vagan por el sol, con el favor de Faetón, nos convencerían de esto claramente. No hay nada rigurosamente inmortal salvo la inmortalidad: lo que no tiene principio puede estar seguro de no tener fin271. Todas las demás cosas poseen un ser dependiente, y al alcance de la destrucción; aquélla es la peculiaridad de esa necesaria esencia que no puede destruirse a sí misma, y el más alto rasgo de la omnipotencia es estar constituido tan poderosamente como para ni siquiera sufrir el poder de uno mismo. Pero la inmortalidad cristiana se basta para frustrar toda gloria terrena, y la cualidad de los dos estados que a la muerte siguen convierte en desvarío la memoria póstuma. Dios, que es el único que puede destruir nuestras almas, y que ha asegurado nuestra resurrección, ni de nuestros cuerpos ni de nuestros nombres claramente ha prometido la duración; en la que tanto hay de azar que los más audaces esperanzados han hallado infeliz frustración; y tener una larga subsistencia no parece sino un desliz del olvido. Pero el hombre es un noble animal, espléndido en las cenizas y pomposo en la tumba, que solemniza natividades y muertes con idéntico brillo, y no omite ceremonias bizarras por la infamia de su naturaleza. La vida es una llama pura, y vivimos por un sol invisible de nuestro interior. Un fuego exiguo basta para la vida: grandes llamas parecieron demasiado pequeñas después de la muerte, mientras los hombres vanamente querían preciosas piras, y arder como Sardanápalo272. Pero la sabiduría de las leyes funerarias273 descubrió la locura de las llamaradas pródigas, y redujo los fuegos ruinosos a la regla de las exequias austeras, en las que pocos podían ser tan humildes que no pudieran proveer leña, brea, una plañidera y una urna (CXXX). Cinco lenguas no aseguraron el epitafio de Gordiano (CXXXI). Más que cualquiera por su tumba, vive sin ella el hombre de Dios, invisiblemente enterrado por ángeles275, y adjudicado a la oscuridad, aunque no sin algunos signos para encaminar un descubrimiento humano. Enoc y Elías276, sin tumba ni enterramiento, en un anómalo estado de ser, son los grandes ejemplos de perpetuidad en su larga y viva memoria, estando en rigor todavía de este lado de la muerte, y teniendo aún un tardío papel que desempeñar en este escenario de la tierra277. Si en el decretado periodo del mundo todos no moriremos, sino que seremos inmutados, según la traducción recibida278, el último día cavará pocas tumbas; al menos, rápidas resurrecciones se anticiparán a Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:301-309

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duraderas sepulturas: algunas tumbas serán abiertas antes de cerrarse del todo, y Lázaro no constituirá maravilla279. Cuando muchos que temieron morir gemirán pidiendo morir tan sólo una vez, ya que el tenebroso estado es la segunda y viviente muerte280; cuando la vida pondrá desesperación en los condenados; cuando los hombres desearán que los oculten montañas281, no monumentos, y la aniquilación será cortejada. Mientras algunos han estudiado monumentos, otros estudiosamente los han rechazado; y algunos han sido tan vanamente tumultuosos que no se atrevieron a confesar sus tumbas: en lo que Alarico parece el más sutil, pues hizo desviar un río para ocultar sus huesos en el fondo (CXXXII). Hasta Sila283, que se creyó seguro en su urna, no pudo impedir las lenguas vengativas, y las piedras arrojadizas contra su monumento. Dichosos son aquéllos a los que el aislamiento hace inocentes; los que tratan con los hombres en este mundo de manera que no temen encontrárselos en el otro; los que, cuando mueren, no producen conmoción entre los muertos, y no les afecta aquella burla poética de Isaías (CXXXIII). Pirámides, arcos, obeliscos no fueron más que las irregularidades de la vanagloria, y enormidades desenfrenadas de la magnanimidad antigua. Pero la resolución más magnánima radica en la religión cristiana, que pisotea la soberbia y al cuello de la ambición se lanza, buscando humildemente esa perpetuidad infalible ante la que todas las otras deben reducir sus diámetros, y verse pobremente en ángulos de contingencia (CXXXIV). Los espíritus piadosos que pasaron sus días en el embeleso de la vida futura hicieron de este mundo muy poco más caso que del mundo que lo precedió, cuando ellos yacían a oscuras en el caos de la preordenación y en la noche de sus preexistencias. Y si algunos han sido tan venturosos de entender verdaderamente la aniquilación, el éxtasis, la liberación284, la licuefacción, la transformación cristianas, el beso de la Esposa285, la gustación de Dios y el ingreso en la divina sombra286, ya han tenido una hermosa anticipación del cielo: para ellos sin duda la gloria del mundo ha terminado, y la tierra está en cenizas. Subsistir en monumentos duraderos; vivir en sus obras; existir en sus nombres, y en el predicado de quimeras, era una gran satisfacción para las expectativas antiguas, y formaba parte de sus Elíseos. Pero todo esto no es nada en la metafísica de la fe verdadera. Vivir es, en verdad, volver a ser nosotros mismos, y al ser esto no sólo una esperanza sino una evidencia en los nobles creyentes, da lo mismo yacer en el Cementerio de San Inocencio (CXXXV) que en las arenas de Egipto: dispuestos a ser cualquier cosa, en el éxtasis de ser para siempre, y tan contentos con seis pies de tierra como con las moles de Adriano (CXXXVI). Lucano ... Tabesne cadavera solvat an rogus haud refert...288 306

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Notas CXI. Sea yo así depositado cuando queden de mí sólo los huesos232. CXII. Así los Oracula magica con los escolios de Psellos y Gemisto Plethón235. CXIII. En el salmo de Moisés236. CXIV. Según la antigua aritmética de la mano, en la que el meñique de la mano derecha, encogido, significaba cien. Pierius en Hyeroglyphica237. CXV. Una noche tan larga como tres241. CXVI. Las desconcertantes cuestiones de Tiberio a los gramáticos, según relata Suetonio, Tiberio, LXX. CXVII. Odisea, X, 526. CXVIII. Job, 3, 13-15. CXIX. De que el mundo pudiera sólo durar seis mil años245. CXX. Al haber ya durado la fama de Héctor más de dos vidas de Matusalén antes de que aquel famoso príncipe existiera246. CXXI. u, el carácter de la muerte249. CXXII. Al levantarse las viejas, y depositarse otros cuerpos bajo ellas. CXXIII. Las Inscripciones antiguas, de Gruterus256. CXXIV. Que los hombres enseñan en diversos países, dándoles los nombres que les place, y a algunas los nombres de antiguos reyes egipcios sacados de Heródoto. CXXV. Quiero que se sepa que existo, no deseo que se sepa lo que soy257. CXXVI. Antes del diluvio. CXXVII. Eurípides262. CXXVIII. Según la costumbre de los judíos, que ponen un cirio encendido en un tarro de cenizas junto al cadáver. León266. CXXIX. Eclesiastés, 1, 14, y ss. CXXX. Según el epitafio de Rufo y Verónica en Gruterus, «De sus bienes no se halló más que lo suficiente para pagar la pira y la brea para incinerar sus cuerpos, y la plañidera alquilada y la urna»274. CXXXI. En griego, latín, hebreo, egipcio, árabe, borrados por el emperador Licinio282. CXXXII. Según Jordandes287. CXXXIII. Isaías, 14, 4-17. CXXXIV. Angulus contingentiae, el menor de los ángulos. CXXXV. En París, donde los cuerpos se consumen pronto289. CXXXVI. Un impresionante mausoleo o mole sepulcral construida por Adriano en Roma, donde ahora se halla el Castillo de Sant’Angelo.

Notas del traductor 230. 231. 232. 233.

Marcio Porcio Catón (95-46 a.C.). La anglosajona, la danesa y la normanda, suponiendo que las urnas son romanas. Tíbulo, III, ii, 26. Arquímedes (287-212 a.C.), matemático griego que en su Arenarius calculó el número de granos de arena del universo. 234. II Samuel, 8, 2. Ars Medica. Revista de Humanidades 2007; 2:301-309

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235. Miguel Psellos (1019-1078), filósofo e historiador bizantino; Gemisto Plethón (1355-1450), neoplatónico bizantino. 236. Salmos, 90.10. 237. Piero Valeriano (1477-1558), erudito italiano, Hyerogliphica. 238. I Reyes, 11, 1-8. 239. Job, 3, 1-16. 240. Es decir, los ángeles de la guarda, de provincias o personas. 241. Para que Zeus pudiera disfrutar más largamente de ella: Luciano, Diálogos de los dioses, XIV, 10. 242. Es decir, tan sólo como reliquia física y material. 243. Éfesos, 6, 16. 244. El 1000 a.C., en la suposición de que el mundo había sido creado el 4000 a.C. y duraría 6000 años. 245. Era creencia muy extendida que el límite de la historia del mundo serían seis mil años. 246. Carlos V (1500-1556) no tenía por delante, al haber nacido en 1500, más que 500 años antes del supuesto fin del mundo. 247. El dios romano de las dos caras, la una mirando hacia el tiempo pasado, la otra hacia el futuro. 248. En el Padrenuestro: Vénganos el tu reino. 249. La inicial de θα´νατος (la muerte). 250. Vertida en In Ptolemaeum de Astrorum Iudiciis (pp. 629-80). 251. En varios tratados hipocráticos se mencionan nombres de pacientes para ilustrar casos médicos. 252. Ilíada, XVI, 149-52. 253. San Mateo, 15, 22-8. 254. San Mateo, 14, 341; San Marcos, 6, 17-28. 255. En 356 a.C. 256. Jan Van Gruter o Gruytère (1560-1627), humanista y arqueólogo holandés, Inscripciones Antiquae Totius Orbis Romani (1603). 257. Girolamo Cardano (1501-1576), médico y matemático italiano, De Propria Vita, IX. 258. Quersifron (siglo VI a.C.), arquitecto griego, según Plinio, XXXVI, 21. 259. Sobre el epitafio del caballo Boristenes, Dión Casio, LXIX, x, 2. Sobre la suerte del epitafio del emperador, según Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, el autor se equivoca, pues el historiador romano Elio Esparciano (siglo IV) lo registra en la Historia Augusta: Turba medicorum regem interfecit (Una turba de médicos mató al rey). 260. Horacio, Odas, IV, ix, 25-30. 261. Lucina era la diosa romana de los nacimientos: su nombre es empleado como metáfora del nacimiento mismo. 262. En un fragmento de un drama perdido citado por Platón, Gorgias, 492e. 263. Es decir, el sueño. 264. Aquí quizá valga la pena citar un pasaje que Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares sin duda inventaron e incluyeron a continuación de este punto y aparte en su traducción de este Capítulo V de Hydriotaphia (Véase El apócrifo apócrifo, Apéndice I en la edición de J. Marías): “Amplios son los tesoros del olvido, e innumerables los montones de cosas en un estado próximo a la nulidad; más hechos hay sepultados en el silencio que registrados, y los más copiosos volúmenes son epítomes de lo que ha sucedido. La crónica del tiempo empezó con la noche, y la oscuridad todavía la sirve; algunos hechos nunca salen a la luz; muchos han sido 308

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declarados; muchos más fueron devorados por la oscuridad y las cavernas del olvido. Cuánto ha quedado en vacuo, y nunca será revelado, de esos longevos tiempos en que los hombres apenas recordaban su juventud, y más que antiguos parecían antigüedades, cuando perduraban más en sus vidas que ahora en nuestras memorias”. La imitación no puede ser más perfecta. Como hizo Níobe, según Ovidio, Metamorfosis, VI, 304-12. León de Módena (1571-1648), erudito y rabino judío, Historia de los ritos hebraicos. Cambises II (¿?-522 a.C.), último rey medo de Persia, que conquistó Egipto. Como droga. Hijo de Ham, como personificación del egipcio: Génesis, 10, 6. El nombre significa frontera, límite. Aristóteles, De Caelo, II, 1. Aristóteles, De Caelo, I, 12. Sardanápalo (siglo IX a.C.), quien, al verse cercado sin salvación, se quemó con todos sus tesoros, mujeres y concubinas: Ateneo, Los deipnosofistas, XII, xxxviii, 529. Cicerón, Leyes, II, xxiii, 59. Véase nota 256. Judas, 9. Eclesiástico 44,16; 49,14. Reyes, 2,11 Identificados a menudo como los dos testigos de Apocalipsis, 11, 3. I Corintios, 15, 51. San Juan, 11, 434; Ezequiel, 11, 43-4. Apocalipsis, 21, 8. Apocalipsis, 6, 16. Gordiano (224-244), emperador romano; Licinio (270-325): Historia Augusta, XXXIV, 2-5. Según Dión Casio, LXXVIII, xiii, 7. Cornelio Sila (138-78 a. C.), general romano (Plinio, VII, 54; Cicerón, Leyes, II, 22). Del alma. La Iglesia, según C A Patrides; Dios, según R H A Robbins (en el original, the Spouse, sin ninguna indicación de género). Es decir, las uniones de Cristo, la Trinidad y el amor. Alarico (370-410), jefe visigodo, conquistador de Roma; Jordandes o Jordanes o Jordanis (siglo VI), eclesiástico e historiador de los godos. Nada importa que los cadáveres sean quemados en la pira o se descompongan con el tiempo: Lucano, Farsalia, VII, 809-10. John Evelyn (1620-1706), Diary, II, 131 (1 de abril de 1644).

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Normas de publicación Remisión de manuscritos Los manuscritos se remitirán al Dr. José Luis Puerta, director de Ars Medica. Revista de Humanidades, Grupo Ars XXI de Comunicación, S.L., Passeig de Gràcia 84, 1.a pl., 08008 Barcelona (España). Teléfono (34) 93 2721750, fax (34) 93 4881193. Todos los trabajos podrán ser remitidos por correo electrónico al director a la siguiente dirección: rhum@ArsXXI.com

Presentación de los manuscritos 1. Los trabajos deberán ser inéditos, no haber sido enviados simultáneamente a otras revistas ni estar aceptados para su publicación. En el caso de que se hayan publicado de forma parcial, deberá hacerse constar en el manuscrito. 2. Los manuscritos se presentarán a doble espacio, acompañados de su correspondiente disquete e indicando el tratamiento de textos utilizado. 3. Los trabajos se podrán remitir en español o en inglés para su publicación; en este último caso serán traducidos al español. 4. Los trabajos se acompañarán de una hoja de presentación dirigida al director, donde se hará constar la conformidad de todos los autores con los contenidos de los mismos. 5. Todas las páginas llevarán una numeración correlativa, comenzando por la página del título e incluyendo tablas y figuras. 6. El manuscrito incluirá el título del trabajo, un resumen que será breve, pero informativo y palabras clave; además se reseñará: nombre, apellidos, señas, título, nombre del departamento e institución donde trabaja el autor. 7. Se recomienda introducir apartados para los manuscritos de formato largo. 8. El autor podrá incluir figuras y tablas, que deben ir acompañadas de los pies correspondientes.

Organización del texto 1. Resumen. Debe tener una extensión que ronde las 100 palabras. 2. Palabras clave. Se incluirán por lo menos 3 palabras clave, ordenadas por orden alfabético, que deben permitir clasificar e identificar los contenidos del manuscrito. Se usarán preferentemente los términos incluidos en la lista del Medical Subject Headline de Index Medicus. 3. Abreviaturas. No deben usarse abreviaturas en el título del trabajo. Puede utilizarse sin definición previa la lista de abreviaturas que aparece en los Uniform Requirements for Manuscripts Submitted to Biomedical Journals (http://www.icmje.org o International Committee of Medical Journal Editors. Uniform Requirements for Manuscripts Submitted to Biomedical Journals. Ann Intern Med 1997; 126:36-47). El resto de abreviaturas usadas por el autor deben ser definidas y descritas en el texto en la primera mención que se haga de las mismas. 4. Referencias. Se identificarán en el texto mediante números arábigos. Se enumerarán correlativamente por orden de aparición en el texto y serán descritas conforme señalan los Uniform Requirements for Manuscripts Submitted to Biomedical Journals. Los títulos de las revistas se abreviarán según las recomendaciones de la List of Journals Indexed in Index Medicus (http://www.nlm.nih.gov/tsd/serials/lji.html). 5. Tablas. Cada tabla se presentará en una hoja independiente indicando claramente su numeración, correlativa según la aparición en el texto, y el pie. Si el autor propone una tabla obtenida de otra publicación debe tener el correspondiente permiso y acompañarlo.


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Normas de publicación

6. Figuras. Todas las fotografías se publican en blanco y negro. No debe escribirse en la parte posterior de las fotografías, ni doblarlas ni rayarlas usando clips. Las figuras se enumerarán correlativamente según la aparición en el texto. Si el autor envía una figura obtenida de otra publicación debe tener el correspondiente permiso y acompañarlo. 7. Artículos. Este apartado recoge manuscritos que no superen los 15 folios a doble espacio, pudiendo incluirse figuras, tablas y referencias bibliográficas, si el autor lo estima oportuno. 8. Artículos breves. En este apartado se publican manuscritos de formato corto, hasta un máximo de tres folios a doble espacio, pudiendo incluirse figuras, tablas y referencias bibliográficas, si el autor lo estima conveniente. Deben acompañarse de un resumen que no supere las 60 palabras. 9. Página literaria. Esta sección está abierta a la publicación de colaboraciones literarias, cuya extensión no supere ocho folios a doble espacio. 10. Crítica. Esta sección está dedicada al comentario de obras dignas de mención por diversos aspectos relacionados, preferiblemente, con las humanidades médicas. 11. Miscelánea. En este apartado se recogen notas, comentarios o reflexiones sobre cualquier tema relacionado con las humanidades médicas. La extensión del manuscrito no debe superar los dos folios a doble espacio. No se contempla la inclusión de figuras, tablas o referencias bibliográficas.

Proceso editorial Los manuscritos son presentados por el Director a la Redacción. En la redacción se inicia el proceso de revisión. 1. Revisión editorial. En la redacción se revisan todos los trabajos y se decide si se remiten a revisores externos. Un trabajo puede ser rechazado simplemente porque no se ajusta al ámbito de la publicación. 2. Revisión externa (“peer review”). Se remitirán para su revisión externa los manuscritos que la redacción juzgue oportuno. 3. Aceptación o rechazo del manuscrito. La redacción establece la decisión de publicar o no el trabajo, pudiendo solicitar a los autores la aclaración de algunos puntos o la modificación de diferentes aspectos del manuscrito. Asimismo, la redacción puede proponer la aceptación del trabajo en un formato distinto al propuesto por los autores. Una vez aceptado el manuscrito, y salvo mejor criterio de la redacción, éste pasa a su revisión de estilo, que los autores comprobarán en la corrección de compaginadas. 4. Compaginadas. La editorial remitirá al autor las pruebas compaginadas del trabajo para su revisión previamente a su publicación. Dicha revisión de errores de imprenta debe realizarse en cinco días como máximo. No son admisibles cambios en la estructura de los trabajos. 5. Separatas. Una vez publicado el trabajo, la Editorial remitirá al autor, por correo electrónico, un archivo en formato pdf con la versión final del artículo, en concepto de separata.

Cesión de derechos 1. Todos los artículos aceptados quedan como propiedad permanente de Ars Medica. Revista de Humanidades y no podrán ser reproducidos total o parcialmente sin permiso de Grupo Ars XXI de Comunicación, S.L. 2. El autor cede, una vez aceptado su trabajo, de forma exclusiva a Grupo Ars XXI de Comunicación, S.L., los derechos de reproducción, distribución, traducción y comunicación pública de su trabajo en todas aquellas modalidades audiovisuales e informáticas, cualquiera que sea su soporte, hoy existentes y que puedan crearse en el futuro.

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Dendra Medica / Ars Medica Vol 6, Num 1

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