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Ars Medica. Revista de Humanidades es una publicación semestral (junio y noviembre) del Grupo Ars XXI de Comunicación, cuyo primer número apareció en junio de 2002. La revista tiene por objetivo contribuir a que se entienda mejor el nuevo paradigma que está operándose dentro de la medicina e interpretar el complejo mundo de la sanidad con una perspectiva holística. Por tanto, se pretende la interacción multidisciplinar con esa larga lista de materias que inciden en el ejercicio de la profesión: economía, derecho, administración, ética, sociología, tecnología, ecología, etcétera. También, desde estas páginas, se quiere fomentar el conocimiento y la enseñanza de las humanidades médicas, a la vez que se analizan los valores humanos que deben acompañar a la práctica clínica. Ars Medica. Revista de Humanidades is a half-year publication (June and November) of Grupo Ars XXI de Comunicación, whose first number appeared in June 2002. The journal aims to contribute to understanding the new paradigm that is operating within medicine better and interpret the complex world of health care with a holistic perspective. Thus, multidisciplinary interaction is aimed at with this long list of materials that effect the exercise of the profession: economy, law, administration, ethics, sociology, technology, ecology, etc. In addition, from these pages, it is desired to foster knowledge and the teaching of medical humanities while analyzing the human values that should accompany the clinical practice.

Redacción Director: José Luis Puerta López-Cózar Redactor Jefe: Santiago Prieto Rodríguez Coordinadora Editorial: Lola Díaz

Consejo Editorial Juan Luis Arsuaga Ferreras, Enrique Baca Baldomero, Juan Bestard Perelló, Lluís Cabero i Roura, Juan del Llano Señarís, José Ignacio Ferrando Morant, Julián García Vargas, José Luis González Quirós, Esperanza Guisado Moya, Juan José López-Ibor Aliño, Alfonso Moreno González, José Lázaro Sánchez, Leandro Plaza Celemín, Juan Rodés Teixidor, Julián Ruiz Ferrán

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Editorial

Cervantes: la importancia de los cimientos Cervantes: the Importance of Foundations n José Luis Puerta n ¿En qué terreno moral se hunden las raíces de un hombre que no ha tenido una existencia fácil, que su vida ha transcurrido al margen del éxito personal y profesional; pero que ha sido capaz de insuflar vida a uno de los personajes más arquetípicos y universales de la literatura? ¿Qué principios, pese a tener como compañero inseparable a lo largo de su existencia al infortunio, está dispuesto a defender? Y ¿qué umbrales está presto a traspasar para preservar aquello que un ser humano tiene por lo más valioso? Escuchemos lo que don Quijote le dice a Sancho y que miles de veces se ha repetido: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar cubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres” (II, 58). Es ésta una de las laudatorias más elocuentes que jamás se han escrito sobre la libertad, valor que —como ocurre con la honra— debe anteponerse a la propia vida. Quizá, porque sin libertad y honra no cabe una vida humana auténtica y plena. Semejante afirmación puede resumir toda una biografía, y da luz sobre qué asuntos verdaderamente importan a quien con esta bizarría escribe; que no es otro que Miguel de Cervantes. El que estuvo cinco años (15751580) preso en Argel (cuatro veces malogradamente intentó escaparse) y en tres ocasiones dieron sus huesos en las cárceles patrias por no tener tino en el orden y la forma que, desde tiempos seculares, reclama la oportuna rendición de cuentas públicas a la inmisericorde e irracional máquina de la burocracia española. (Sirva como muestra un botón; haga memoria el amable lector de la gloriosa presentación de cuentas, que todos aprendimos en el antiguo bachillerato, y que así comenzaba: “Por picos, palas y azadones, cien millones de ducados...”.) Como pocos, aprendió con sangre el significado de la libertad, y también como pocos supo saborear el gusto de recuperarla: “Gracias sean dadas a Dios —dijo el cautivo— por tantas mercedes como le hizo; porque no hay en la tierra, conforme mi parecer, contento que se iguale a alcanzar la libertad perdida” (I, 39). Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:1-3

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Pero Cervantes no queda prendido en ese sésamo que es la libertad, esa prodigiosa palabra capaz de abrir las cancelas del corazón humano y dar salida a los ímpetus más nobles y vehementes, sino que también —adelantándose a su época— incursiona en el espinoso tema de las libertades. Este individuo vapuleado por la vida está comprometido con lo que piensa; no es un diletante, actúa, y además, como tantas veces ocurre en su obra, no le importa arriesgarse —eso sí, con astucia e ironía— en la didáctica de los valores e ideas que tienen que amalgamar el cimiento sobre el que debe erguirse el buen hacer de los humanos. Así, en L a Numancia una heroica numantina con un niño en brazos y otro cogido de la mano exclama: “Decidles [a los romanos que nos asedian] que os engendraron/ libres, y libres nacisteis,/ y que vuestras madres tristes/ también libres os criaron… ¡Oh muros de esta ciudad!/ Si podéis hablar, decid/ y mil veces repetid/ ‘¡Numantinos, libertad!’” (1.346-1.357). El cuestionamiento de la corrección política (no se nos pase por alto el detalle de que, cuando estos versos se componen, la Conquista de América y las campañas en Europa están en su apogeo) y el pensar por cuenta propia y señalar la injusticia que con tanta frecuencia enmascara la opinión social más asentada, le lleva a aborrecer también cánones como el que reza: “la mancha del honor solo con sangre se lava”. Todo ser humano, nos enseña la pluma de Cervantes, puede ser menos cruel, más comprensivo, y convivir con los demás sin que se produzcan derramamientos de sangre. Debe haber cabida para los sentimientos más tiernos, para la generosidad, sin que ello suponga una merma para la lucidez ni un claudicar de las convicciones más prístinas. La factibilidad de todos estos principios toma cuerpo en la figura del anciano y sabio padre de Leocadia (protagonista de La fuerza de la sangre), quien no puede evitar a las afueras de Toledo la brutal violación de su hija. Y para aliviar el sentimiento de culpa que —por prejuicios sociales y una moral hipócrita— atormenta a su hija, le habla con estas serenas palabras: “Y advierte, hija, que más lastima una onza de deshonra pública que una arroba de infamia secreta. Y, pues puedes vivir honrada con Dios en público, no te pene de estar deshonrada contigo en secreto: la verdadera deshonra está en el pecado, y la verd a d e ra honra en la virtud; con el dicho, con el deseo y con la obra se ofende a Dios; y, pues tú, ni en dicho, ni en pensamiento, ni en hecho le has ofendido, tente por honrada, que yo por tal te tendré, sin que jamás te mire sino como verd a d e ro padre tuyo” (Novelas ejemplares, f. 130v). Puede notarse como apuntala esta reflexión un concepto utilitarista de la moral o, si se quiere, un pragmatismo mundano. Toda una advertencia para navegantes de parte de alguien que no es un ingenuo, y que conoce al dedillo la procelosa sociedad en la que vive; en la que el deshonor equivale al desprecio y a la marginación social. (La moral cervantina se asienta en la razón, y la caricatura y la ironía no son más que un recurso para presentarnos la faceta más indigna de muchas situaciones sociales.) Las deletéreas consecuencias del escándalo (hoy al igual que ayer) hay que evitarlas a toda costa, bien lo sabe subrayar —con casi toda seguridad, por viejo— el padre de Leocadia: “más lastima una onza de deshonra pública que una arroba de infamia secreta”. A Cervantes no le acompañó el éxito. Sin embargo, parece que en asuntos de la res publica estaba perfectamente ubicado, y su inigualable capacidad para el relato ágil y elegante hizo 2

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que, atendiendo todos los ángulos de vista, retratase con hilaridad las situaciones más complejas. Aquellas que muy pocos tienen la ocasión de protagonizar o, sencillamente, conocer de primera mano. Quizá, por eso, su hijo dilecto fue un loco sui generis o un loco que nunca dejo de hacer pie ni en las realidades sociales ni en el discernimiento de las pasiones que mueven los engranajes de la conducta humana. Este pragmatismo y sagaz sentido de la orientación en cuestiones sociales, morales y políticas queda plasmado sin ambages en estas palabras que brotan de la garganta de nuestro admirado Hidalgo: “—Mira, amiga —respondió don Quijote—: no todos los caballeros pueden ser cortesanos, ni todos los cortesanos pueden ni deben ser caballeros andantes: de todos ha de haber en el mundo; y, aunque todos seamos caballeros, va mucha diferencia de los unos a los otros; porque los cortesanos, sin salir de sus aposentos ni de los umbrales de la corte, se pasean por todo el mundo, mirando un mapa, sin costarles blanca, ni padecer calor ni frío, hambre ni sed; pero nosotros, los caballeros andantes verdaderos, al sol, al frío, al aire, a las inclemencias del cielo, de noche y de día, a pie y a caballo, medimos toda la tierra con nuestros mismos pies; y no solamente conocemos los enemigos pintados, sino en su mismo ser, y en todo trance y en toda ocasión los acometemos, sin mirar en niñerías, ni en las leyes de los desafíos” (II, 6). En su reciente biografía sobre Cervantes, Alfredo Alvar Ezquerra (Cervantes. Libertad y genio. Temas de Hoy, 2004) nos cuenta como el héroe de Lepanto convence a su hermano Rodrigo para que solo él sea el rescatado por los mercedarios que van a su busca, en 1577, a Argel. Y también cómo algunos meses más tarde, en su segundo intento de fuga, para evitar el castigo colectivo exhorta a sus compañeros de fatigas para que todos coincidan en señalarle a él como el único responsable del plan fallido. Don Quijote podrá estar loco y ser valiente con porfía, pero no se engaña a sí mismo: sabe quién es. Y al igual que su creador es generoso; virtud que nace con cierta espontaneidad entre aquellos que han decidido no doblegarse ante la fatalidad, y que han comprendido que para arar solo se dispone, a la postre, de los bueyes que la fortuna nos quiere prestar. Por eso, don Quijote vuelve una y otra vez, como próvido caballero andante, a castigar la injusticia y el abuso, y a enderezar entuertos. Y, quizá, ésta es una de las grandes enseñanzas de Cervantes y su Hidalgo: sabernos mostrar en cada episodio vital que es posible vencer al infortunio venciéndose a sí mismo. Esto es, mantener la dignidad en la adversidad, la libertad en el presidio e, incluso, lograr la victoria en la derrota. Como siempre, los que hacemos esta Revista de Humanidades deseamos que los contenidos recogidos en este nuevo número gocen de la estima general. Agradecemos a los lectores sus comentarios y a nuestros benefactores (Fundación Pfizer y Fundación Sanitas) el apoyo incondicional con que nos obsequian. Hasta el próximo mes de noviembre.

José Luis Puerta (rhum@ArsXXI.com) Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:1-3

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Sobre Cervantes: vida, muerte y cirugía Cervantes: Life, Death and Surgery n Alfredo Alvar Ezquerra Resumen La vida y la obra de Cervantes se ven marcadas por el mundo de la cirugía, ya que su padre practicó esta técnica, sin mucho éxito, desde luego. En este trabajo se nos ofrece un recorrido por el mundo de los tiempos de Cervantes, y se analizan cuestiones generales tales como el aprendizaje de la cirugía; pero, lo más novedoso es, sin duda, la aproximación al ejercicio del oficio en el Madrid de la época (se presentan datos hasta ahora desconocidos) y una reflexión de autor sobre Cervantes y las muertes de su caballero andante y de él mismo.

Palabras clave Siglo de Oro español. Cervantes, vida y sentimientos. Madrid. Cirugía.

Abstract Cervantes' life and work was marked by surgery since his father practised this technique, although without great success. This article offers a journey into the world of Cervantes' day and analyses general issues such as surgery apprenticeship. However, without doubt, the most original contributions of this article are the approach to the practice of surgery in Madrid at that time (data unknown until now is given), and the author's thoughts on Cervantes and the death of both his knight errant and himself.

Key words The Spanish Golden Age. Cervantes’ life and feeling. Madrid. Surgery.

El autor ha publicado recientemente Cervantes. Genio y Libertad (Madrid: Temas de Hoy, 2004), es Académico Correspondiente de la Real Academia de la Historia, Investigador Científico del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y Profesor Asociado de la Universidad Complutense de Madrid (España). 4

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n La vida de Cervantes transcurre en años intensos de la Historia de Europa, entre 1547 y 1616. No voy a hacer referencia a la vida genérica de nuestro “manco sano”, sino que quiero prestar atención a cuestiones de su existir muy concretas. Es para lo que se me ha invitado a escribir aquí. Siento la responsabilidad, y pesa mucho, de dirigirme a un público lector al que imagino altamente ilustrado y reflexivo, sabedor que su experiencia laboral y científica busca, ni más ni menos, que luchar contra la muerte, o al menos, hacernos llevadera la vida y su recta final. Hace años logré leer una obra que no sé si es muy conocida, magistral por todos los poros, seria y rigurosa, nada “naif”: La soledad de los moribundos, de Norbert Elías, impresionante sociólogo alemán, aturdido por su existir, conocedor de la infinita crueldad de los nazis y autor de otros libros, también excepcionales, para cualquiera que se acerque a entender la sociedad del Renacimiento o del Barroco... y la actual. Traigo a colación su obra La sociedad cortesana y, por supuesto, Mi trayectoria intelectual. Por cierto, desde que leí a Elías, revestí de otra manera las cartas de Luis Quijada, mayordomo de Carlos V en Yuste, en esa que me gusta llamar “Corte de la agonía”, cuando sufría el día a día de aquel disparate imperial. Y también, desde que leí sus artículos y reflexiones sobre el deporte y el ocio, comprendo de otra manera, y creo que con convicción, el por qué cada domingo la sociedad permite que en un espacio y en un tiempo prefijados, se desate la violencia verbal de los enardecidos espectadores que apoyan el enfrentamiento no-sanguíneo, pero “viril” (nos dicen), “agresivo” (lo exaltan) entre dos huestes de escogidos caballeros a los que se les perdona todo lo que hacen mal porque son la encarnación de nuestros héroes, de nuestros caballeros andantes… Aunque ¡hay que fastidiarse! Y Cervantes escribe sobre cosas médicas, sobre la vida, el dolor, los libros de medicina, y sobre todo, la muerte. Me encanta pensar sobre él en aquella España aún triunfante y respetada, la de Felipe III (sí, aún triunfante y respetada, pero amedrentada de asumir sus responsabilidades de grandeza internacional… y ya sabemos cómo acabó todo, arrinconada, pero eso sí, con bellísimos gestos y palabras), me encanta pensar, digo en aquel Cervantes único al escribir sobre el morir. Quiero honrar dos escenas que me erizan los pelos, o que me emocionan, o que me sobrecogen, según anden los ánimos, cráneo adentro.

Cervantes y una muerte narrada Cuenta Cervantes, en 1615 “cómo don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo, y su muerte” (Quijote, II-LXXIV). En esta ocasión, es un texto de ficción en el que narra una buena muerte. El último capítulo de El Quijote II es bellísimo y de una ternura extrema. Pero también implacable. En él Cervantes, con tal que no haya segundas o terceras partes (para defenderse de falsos continuadores como Avellaneda) opta porque muera don Quijote y con él la novela; Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:4-17

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pero también que muera Alonso Quijano, y con él toda posibilidad de continuación. La escena es impresionante: el loco, antes de morir, recobra el juicio. Así deja de existir. El sano, en fin, muere. Todo ha tocado a su fin. Pero, sin embargo, Alonso Quijano tiene una buena muerte. Es un acto de inmenso cariño por parte de su creador. Podría haber hecho que la muerte hubiera sido convulsa, brutal, durísima… o insignificante. Pero no: redacta, insisto en ello, una buena muerte. Y eso era muy importante para un católico contrarreformista como lo era Cervantes al final de su vida. La suya propia fue también así. Si moría bien, a los que quedaran les dejaba un feliz recuerdo, una suerte de animosa despedida y un aviso que a todos tranquiliza: en el óbito las diabólicas tentaciones no habían hecho titubear a la fe compacta. Ambos, Quijote y Quijano descansan, nunca mejor dicho, en paz. Por lo demás, la portentosa mente de Cervantes nos narra los sentimientos y las sensaciones que ocurren en el aposento, con claridad cinematográfica. Nos lo explica todo y así arranca desde el principio de lo que va a narrar: “Como las cosas humanas no sean eternas…” y re c rea el ambiente. Junto al moribundo están el cura, el bachiller y el barbero, “sus amigos”. Cervantes, enternecedor, nos lo ha aclarado: Quijote no muere solo, no padece la soledad del moribundo, sino que muere acompañado, no por comparsas obligados o plañideras de hipócritos sentires, sino que está arropado por esa gran cre a c i ó n que son los amigos (“¿es mi verd a d e ro amigo, el que es la mitad de mi alma?”, dirá en La Gitanilla, IV). ¿Cuál es la causa de la muerte?: la melancolía, la depresión, de verse acabado, o desamado, o sencillamente, la disposición de los cielos, esa contra la que tan ufanamente nos vemos metidos últimamente. Y los amigos le quieren traer a este lado y le hablan de ilusiones y futuros y de los perros pastoriles, “pero no por esto dejaba don Quijote sus tristezas”. Tal desánimo le verían, que deciden llamar al médico y éste toma el pulso y da un sano consejo: que “se atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro”. Alma y cuerpo, cárcel y esperanza… La bivalencia multisecular, esa que da forma esencial a las culturas más tradicionales (a la nuestra entre ellas), aparece en tan hermosa frase. Y el médico, en medio de la tristeza de los pre s e n t e s, sentencia, “fue el parecer del médico que melancolías y desabrimientos le acababan”. La depresión, como desencadenante de la muerte. Y entonces vuelve a aparecer la sensibilidad de Cervantes: don Quijote ha oído que la salud del cuerpo corre peligro; mas también lo ha oído el otro estrato social presente, el ama, la sobrina y el escudero, que esta vez no son “amigos”, sino servidores. Pero humanos al fin porque lloran “tiernamente”. Al ruego de don Quijote, le dejan dormir. Y tan profundamente, que no sabemos qué le pasó por el cerebro. El caso es que, tras seis horas de descanso, “que pensaron el ama y la sobrina que se había de quedar en el sueño”, despertó bruscamente, mostró y demostró –no sin dificultad- haber recuperado el juicio: “ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano”. 6

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En ese momento, es cuando el hombre juicioso ha de pedir el socorro de los que le pueden ayudar: “Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa; déjense burlas aparte, y tráiganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento, que en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma”. De nuevo, pues, la preparación para la muerte del alma. Y, de nuevo, una sola frase encierra un mar de ideas y conceptos, respetos, sensaciones: “Hizo salir la gente el cura, y quedóse solo con él, y confesóle”. Luego él es el que certifica su recordura. En la habitación ha entrado el escribano (hoy hablaríamos de notario) y ha dispuesto el encabezamiento del testamento. En los archivos de protocolos notariales, que suelen estar en los Archivos Provinciales, se conservan desde 1503 todos los registros notariales, que no son pocos. Y millones de nuestros antepasados aceptaron fórmulas similares a “En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, amén. Sepan quantos esta carta de testamento vieren como yo, fulano de tal, enfermo de enfermedad que Dios me ha dado, pero en mi sano juicio y entendimiento, temiéndome de la muerte que es cosa muy natural a todo hombre, deseando poner mi ánima en el camino de la salvación, creyendo como firme y verdaderamente creo en la Santísima Trinidad y en la Santa Madre Iglesia de Roma, otorgo y conozco que hago y ordeno este mi testamento…”, o sea, en palabras de Cervantes, “después de haber hecho la cabeza del testamento y ordenado su alma don Quijote, con todas aquellas circunstancias cristianas que se requieren, llegando a las mandas, dijo…”. Y entre lo que dijo, hay un par de datos que quiero resaltar: ahora, en el trance, a Sancho lo llama “amigo”, como corresponde al discurso solemne en que están; a la sobrina le advierte que con quien vaya a casarse habrá de haberse hecho información de que abomina de los libros de caballerías y en su defecto, quedaría desheredada. Es un recuerdo claro a las advertencias que se hacían contra quienes fueran a casarse con descendientes de conversos o penados por la Inquisición. Es un recuerdo formal. En fin, poco a poco va desapareciendo el alma del cuerpo del moribundo. Y Cervantes vuelve a recordarnos la condición humana, porque tras no sé cuántos pucheros y sollozos, ahora suenan otras músicas, “andaba la casa alborotada; pero, con todo, comía la sobrina, brindaba el ama, y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto”. Llegado el momento final, Cervantes pone en boca del escribano la certeza de que nunca había visto a caballero andante morir de manera tan sosegada. Cervantes, reincide en la advertencia de que está habiendo buena muerte. No es por casualidad: es una manera de feliz expresión cultural. Mas tampoco es casualidad la descripción del óbito, con una fuerza de humor negro magistral: don Quijote, “entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu” y rebaja el tono solemne: “quiero decir que se murió”; e igualmente, “déjanse de poner aquí los llantos de Sancho, sobrina y ama de don Quijote, los nuevos epitafios de su sepultura”… y algún que otro brillante parlamento, que como no son del todo al todo de este texto, lo dejo ya. Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:4-17

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Cervantes y su muerte sentida Por otra parte, no es broma, cuento, ni ficción, sino todo lo contrario, lo que cuenta Cervantes en 1616, “puesto el pie ya en el estribo”. Él, como su personaje, tiene una buena muerte… Situémonos en el escenario. Es la “Dedicatoria” al conde de Lemos de Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Historia Septentrional. Se publicó en Madrid, por Juan de la Cuesta, en 1617. Quien firmó el papeleo para lograr la autorización de la edición fue la viuda de Cervantes personalmente, no por poderes o indirectamente. Así, en efecto, la cédula real por la que se da licencia de impresión por diez años de la obra (San Lorenzo, 24-IX-1616) se concede a Catalina de Salazar. En el proceso de impresión y edición de un libro, se daban varios pasos: antes de la concesión de la citada cédula había una censura previa. Los libros llevaban en los textos preliminares, la “Aprobación” censoria, la cédula real y otros documentos. Pues bien, ¡qué curioso que el censor, José de Valdivieso, poeta y comediógrafo toledano (capellán en la capilla mozárabe de Toledo y amigo íntimo y espiritual de Lope de Vega), censor de Quijote II, del Viaje del Parnaso y de las Ocho comedias, al dar el visto bueno al Persiles, resalte la vida de Cervantes, “ilustre hijo de nuestra nación…”, ¡esa que, parece que cuatrocientos años después se desmorona —y es desmoronada alegremente— como si no pasase nada por derruir los muros levantados con tanto sufrimiento y esperanzas durante tantos siglos! A lo que iba. La “Dedicatoria” es breve. La dirige al VII Conde de Lemos, a la sazón virrey de Nápoles con quien Cervantes habría querido terminar sus días en Italia, pero es historia de otra historia. A él, con respeto y a él con reconocimiento y cariño, le habla y sobre todo le añora. La “Dedicatoria” es fascinante, porque en unas pocas líneas hay tres grandes temas: la despedida, el reconocimiento y su autocomplacencia como autor. A mi modo de ver, y no soy original en ello, se trata de un texto fuera de lo común. Cervantes se hace eco de una copla antigua de amor y muerte en que el caballero, subiéndose al caballo, se dirigía a la amada para despedirse. Y Cervantes recupera e inmortaliza “aquellas coplas antiguas, que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan ‘Puesto ya el pie en el estribo’…” Y no sé si a mitad de camino entre el humor y la pena, continúa, “quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi epístola” porque, se lo explica al Conde: “Puesto el pie en el estribo, con las ansias de la muerte, gran señor, ésta te escribo” A cualquier lector, aficionado al Quijote o a las Novelas Ejemplares o a las comedias o a los entremeses, a Cervantes, en fin, le debe impresionar esa composición, porque su autor, aquél que le ha hecho reír, inquirirse, reflexionar, leer, al fin, le está diciendo que se muere y se acaba. ¿Cuántas veces del leído no sabemos nada? Y aquí, se está despidiendo. 8

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Pero si eso no es suficiente, las líneas siguientes son de esas que por originales, tiernas, inteligentes, nos reconfortan con el Homo sapiens: “Ayer me dieron la Extremaunción y hoy escribo ésta”. Por si no quedara claro que, aunque la flaqueza fuera infinita, merece la pena sobreponerse a ella para seguir escribiendo, transmitiendo, estando con los nuestros. Y así, sigue: “El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan” dice y confiesa: “y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”… llevo la vida sobre el deseo, no sobre la fuerza. He terminado, todo se acaba. Y entonces, el buen cristiano se resigna: “Si está decretado que la haya de perder [la vida], cúmplase la voluntad de los cielos”, aunque con pena porque no puede volver a saludar al Conde, de quien sabe que no recibirá esta carta estando con vida el remitente, y con pena también porque en esa fascinante y alborotada cabeza aún había felices y tiernos recuerdos para obras suyas inconclusas (muchos dicen que hoy perdidas y en realidad es que nunca las terminó): “Todavía me quedan en el alma ciertas reliquias y asomos de las Semanas del jardín y del famoso Bernardo… y con ellas fin de La Galatea” (o sea, la continuación de su primer texto pastoril largo, impreso). En fin, lector amigo, por si acaso no nos hubiera impresionado lo anterior, aún nos queda por leer la data: “De Madrid, a diez y nueve de abril de mil seiscientos y diez y seis años”. Es decir, tres días antes de la muerte (22 de abril de 1616; enterrado el 23 de abril). Eso es lo que sentía Cervantes embarcándose en su propio fin. No es un texto literario; no es cre a c i ó n o ficción; es la confesión de un ser humano ante el desenlace final, ese del que ya no hay retorno. Por eso, para mí, la “Dedicatoria” es sublime, porque en función de su personal acabóse, él ha decidido que no se abandona y, una vez más en su vida, lucha y lucha y tiene ilusión y ganas de seguir. De nuevo Cervantes está ahí: él, que tras perder la movilidad en la mano y recibir dos arcabuzazos en el pecho cuando tenía veinticuatro años; que pasó cinco de cautiverio; que fue despreciado en los ambientes cortesanos que anheló; que hubo de vivir trece años requisando cereal; que entró y salió de la cárcel; que llevó una vida tan común y conducente al cansancio existencial como muchos congéneres suyos, nunca se sintió tan derrotado como para no mirar hacia delante… ni aún agonizando, en que piensa que, si pudiera, terminaría las tres obras mencionadas. La “Dedicatoria” es bellísima, intensa. No obstante, es —formalmente— un texto escrito por un autor a un protector. El “Prólogo”, por el contrario, es infinitamente tierno. A diferencia de la “Dedicatoria”, es un texto abierto. Es un texto que nos lo regala a todos y cada uno de los lectores, a sabiendas de que lo leeremos privadamente, no en corrillos como las coplas de ciego. Por eso se dirige a nosotros con un “lector amantísimo”, que vendría a repetir (Novelas Ejemplares) o a culminar aquella sucesión de “Curiosos lectores” (Galatea), “Desocupado lector” (Quijote I); “Lector carísimo” (Ocho comedias); “Lector curioso” (Viaje del Parnaso); “Lector ilustre o quier plebeyo” (Quijote II)… Nos cuenta, arrancando con un impactante “Sucedió, pues…”, como si supiéramos lo antecedente de la historia, nos cuenta —digo— que volviendo de Esquivias se encontró con un estudiante que se maravilló al reconocerle. Con su compañía llega a Madrid y en la puente Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:4-17

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Toledana, cada uno toma su rumbo. Mientras nos venía relatando el viaje, nos ha hablado de su hidropesía y de la mucha sed que padece. Y se despide en conjunto de todos, y en persona de cada uno de nosotros: “¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!”. Cervantes, como tantos de los que me han precedido en el tronco cultural al que pertenezco, me maravilla. En esta ocasión he necesitado resaltar su capacidad expresiva de la propia muerte, la narrada de su personaje por antonomasia, la sentida suya, cuando se convierte él a sí mismo en personaje. Pero debemos otear otros asuntos: no sólo la herida propia, sino la sangre familiar, le hacen escribir sobre cosas médicas.

De casta le viene al galgo: Cervantes y los cirujanos Miguel de Cervantes era hijo de un cirujano, Rodrigo de Cervantes. El Saavedra no sabemos a ciencia cierta por qué lo adoptó: en aquella época no estaba regulada la transmisión de los apellidos. Podía ocurrir que si en una comunidad tuviera más influencia el linaje de la madre, fuera ese el apellido de predominio; pero si lo era un rasgo físico o una tara, con la copla se quedaba el individuo. A veces, podía ocurrir que se decidiera reconocer la influencia en la vida, o que se quisiera honrar a un pariente y por eso se tomaba su patronímico como propio… Cuentan que hubo un Gonzalo Saavedra poeta y soldado, familiar de Miguel, y que por ello, etcétera, etcétera. Lo cierto es que entre la documentación de las galeras del Mediterráneo que hay en el arc h ivo de Simancas he visto, y no he buscado mucho, algún que otro soldado Saavedra —sin ser Gonzalo— que anduvo por aquellos lares en las mismas fechas que Cervantes. El caso es que Rodrigo de Cervantes era un cirujano instalado en Alcalá cuando nació Miguel. Su familia era de lejanos y borrados orígenes conversos desde el judaísmo; el abuelo, algo hosco y poco diplomático se había dedicado a menesteres de letrados y el pobre Rodrigo, sordo, casado con una rica heredera de Arganda, era más bien poca cosa junto a ella y para la sociedad en que le tocó vivir. Sin caer en aseveraciones románticas o en exceso imaginativas, lo de ser cirujano en tiempos de Cervantes no se podía tener como una profesión fascinante. Son reconocidos los piropos que les dedica nuestro autor. Habla del oficio en media decena de ocasiones y nos describe muy bien todos sus aspectos sociales. No obstante, bueno será hacer boca con un refrán recogido por Covarrubias en el Tesoro de la lengua castellana o española, de 1611: “No hay mejor cirujano que el bien acuchillado” (p. 425ª), lo cual podemos entenderlo de dos maneras: en su sentido literal o también por la forma en que llagaba, el que era diestro en hacer supurar las heridas. No obstante, Cervantes usa varias veces el término cirujano, unas per se, otras por sinónimos. Por ejemplo, en Quijote I-XXV, antes de que el enamorado-enajenado Cardenio la 10

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emprenda a palos con el caballero andante y con su criado y desaparezca tranquilamente en el bosque de Sierra Morena, don Quijote se subleva ante cierta aseveración e increpa, “porque es muy gran blasfemia decir ni pensar que una reina esté amancebada con un sacapotras”, término que, según los editores literarios de Cervantes (F. Sevilla, A. Rey, J. Casalduero, F. Rico, etcétera.) era otra manera de llamar a los cirujanos. En cualquier caso, el bueno de don Quijote no se habría encorajinado tanto si la reina hubiera mantenido conversaciones deshonestas con un prestigioso caballero andante, pero con un cirujano… no. Por el contrario, el papel del cirujano es crucial en otras escenas: y tan importante que se le llega a llamar médico. Rodolfo ha dejado embarazada a Leocadia; él parte a Italia, ella da a luz un precioso hijo que, a los siete años de edad, viendo una carrera de caballos es arrollado y malherido. Recogido del suelo por un hidalgo de edad, “y, sin tener cuenta con sus canas ni con su autoridad, que era mucha, a paso largo se fue a su casa, ordenando a sus criados que le dejasen y fuesen a buscar un cirujano que al niño curase” (Ilustre Fregona). Y continúa el relato: “El cirujano, que era famoso, habiéndole curado con grandísimo tiento y maestría, dijo que no era tan mortal la herida como él al principio había temido”. En definitiva, pues, saca adelante al herido. Pero aún hay más, que sus palabras son buenas en todos los sentidos, porque llega a calmar a la madre y a los abuelos, intensamente preocupados, “habiendo con las nuevas del cirujano sosegádose algún tanto su alborotado espíritu” (ed. FS, p. 597). En la misma obra aparece otro cirujano con función secundaria en una reyerta entre aguadores: “Finalmente, no le dejó hasta verle poner en la cárcel, y en un calabozo, con dos pares de grillos, y al herido en la enfermería, donde se halló a verle curar, y vio que la herida era peligrosa, y mucho, y lo mismo dijo el cirujano” (p. 619). También tienen importancia los dos cirujanos que acuden pre s u rosos a asistir al conde, herido de dos balazos en una refriega en el pueblo entre las tropas que exigen su derecho de aposento y los lugareños: “Ya en esto habían acomodado al conde herido en un rico lecho, y llamado a dos cirujanos que le tomasen la sangre y mirasen la herida, los cuales declara ron ser mortal, sin que por vía humana tuviese remedio alguno” ( Persiles y Sigismunda, III-IX). En las Dos doncellas, a p a rece otro “cirujano famoso” que va a curar en la galera a Marco Antonio. En él se encarna la solemnidad de la experiencia, de la diatriba sobre la cirugía que había entonces. Aunque la cita sea larga, la creo conveniente: “Ordenó luego como se llamase un cirujano famoso de la ciudad para que de nuevo curase a Marco Antonio. Vino, pero no quiso curarle hasta otro día, diciendo que siempre los cirujanos de los ejércitos y armadas eran muy experimentados, por los muchos heridos que a cada paso tenían entre las m a n o s, y así, no convenía curarle hasta otro día. Lo que ordenó fue le pusiesen en un aposento abrigado, donde le dejasen sosegar. Llegó en aquel instante el cirujano de las galeras y dio cuenta al de la ciudad de la herida, y de cómo la había curado y del peligro que de la vida, a su parecer, tenía el herido, con lo cual se acabó de enterar el de la ciudad que estaba bien curado; y ansimismo, según la relación que se le había hecho, exageró el peligro de M a rco Antonio” (Dos Doncellas, p. 641). Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:4-17

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Ahora bien, de todas las alusiones cervantinas a los cirujanos, la más famosa es la más despectiva. Tiene lugar en el Juez de los Divorcios: Aldonza de Minjaca está exponiendo ante el juez las causas por las que solicita el divorcio: “La segunda, porque fui engañada cuando con él me casé, porque él dijo que era médico de pulso, y remaneció cirujano, y hombre que hace ligaduras y cura otras enfermedades, que va decir desto a médico la mitad del justo precio” (Juez de los Divorcios, pp. 1125-26). Es más, en el entremés al hacer la descripción de los personajes que van a entrar en escena, había previsto Cervantes estos atuendos: “Entra uno vestido a lo médico, y es cirujano y Aldonza de Minjaca, su mujer”. Por cierto, que a la hora de dictar sentencia, tras oír los argumentos de las partes (“CIRUJANO.—¿Qué más pruebas, sino que yo no quiero morir con ella, ni ella gusta de vivir conmigo?”), que en buena medida hoy los re d uciríamos a que habían cesado el amor o la convivencia entre ellos, afirma el juez: “JUEZ.—Si eso bastase para descasarse los casados, infinitísimos sacudirían de sus hombros el yugo del matrimonio”. ¡Qué perspicacia la de Cervantes! Los escritos del alcalaíno, que vivió puerta con puerta con el Hospital de Antezana, casi enfrente de la sinagoga ya destruida cuando nació, son una clara manifestación de la realidad de la cirugía en la España del Siglo de Oro. Los estudios universitarios no estaban reglados del todo; las distinciones entre médicos y cirujanos, si bien es verdad que existían, dando más realce a aquéllos que a éstos, en ocasiones no estaban claras porque había —y hay— una línea divisoria de difícil identificación que es la que separa la ciencia de la técnica. Para la época la controversia podía sustanciarse en dos fenómenos: el médico (el científico) podía andar más por las alturas de los debates de la filosofía natural, mientras que el cirujano (el clínico) andaba recomponiendo miembros dislocados en las guerras o en las reyertas. Precisamente, fue a lo largo del siglo XVI cuando la labor del cirujano empezó a ser reconocida, no sólo como tarea de ligador de heridas, como decía Aldonza, sino como el que verdaderamente sabía medicina porque era el que estaba acostumbrado a ver los cuerpos por dentro, los cadáveres destripados. La sociedad, claro está, no podía permanecer al margen de estos temas y la oferta y la demanda llevaban a estas situaciones. Contemplando la realidad social española del siglo XVI podemos atisbar unos cirujanos de cierta formación humanística y médica, acaso sin ser licenciados en Medicina, pero aprobados por los protomédicos y, por ende, con capacidad p a ra ejercer el oficio en los municipios que se les demandara (como si fueran pro f e s o re s u n i v e rsitarios habilitados de hoy). Los había que se formaron como ayudantes, como criad o s, de un médico o de un cirujano de prestigio (no olvidemos el Cervantes que nos habla de aquellos cirujanos famosos en las ciudades) que acababan por pasar el examen del protomedicato, como el aprendiz que pasaba a oficial o el oficial que, tras superar el examen g remial, llegaba a maestro. Finalmente, los había que no pasaban de ser barbero s - s a n g rad o res… y acaso mejor así. Entonces se creía que cuerpo y alma estaban íntimamente unidos y que éste enfermaba p o rque el equilibrio necesario de sus humores internos sufriera alguna alteración. A falta 12

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de micro s c o p i o s, había que arrimarse a las cosas de la filosofía natural de Aristóteles o de Hipócrates; de Galeno o de Avicena, o de los demás. Por eso, la importancia, en todos los sentidos, pero en el empírico también, del Dioscórides, ampliado con la experiencia de la observación propia de su traductor al español, Andrés Laguna. Claro que, su modernidad no la entendía don Quijote: “—Con todo eso —respondió don Quijote—, tomara yo ahora más aína un cuartal de pan, o una hogaza y dos cabezas de sardinas arenques, que cuantas yerbas describe Dioscórides, aunque fuera el ilustrado por el doctor Laguna” (Quijote, I-XVIII).

El aprendizaje de la Cirugía en Alcalá de Henares ¿Qué sabemos de la enseñanza de la Cirugía en una Universidad española de la época? En Alcalá hubo cátedra de medicina desde el principio, pero no así de Anatomía, que hubo de esperar hasta 1550 y de Cirugía, a 1594. En concreto, ya en 1574 se suspiraba por que la hubiera, pero hubo que esperar dos décadas para su primera provisión en el doctor Luis de Vitoria. En la cédula real de creación de la cátedra, Felipe II reconocía que “estaba bien que hubiera esa cátedra para que los que hubieren de profesar esta facultad y ser examinados por los nuestros protomédicos para curar en ella sean doctos…” ¿Cómo cubrir una plaza de una disciplina de nueva creación?: naturalmente con gentes de similares disciplinas; desde la Medicina. ¿Cuáles eran las materias que se estudiarían? El rey lo aclara, manteniendo los saberes galénicos como los más importantes, dejando cierto espacio a la innovación: “En la dicha cátedra se haya de leer y lea el primero año hasta Pascua de Resurrección el tratado y materia De tumores praeter naturam por Galeno en el libro De arte curativa del Glauconem, o por quien mejor pareciere a la Universidad de los médicos que hay en esa, y de ahí en adelante hasta final del año se lea el álgebra de parte De dislocatione; y el segundo año se lea la materia de heridas hasta el mismo tiempo y lo restante del año la otra parte de el álgebra ques De huesos quebrados; y el tercer año la materia De ulceribus, al cabo de él, lo de álgebra, y por esta orden se ha de leer y lea siempre…”. Por cierto, merece la pena aclarar dos cosas. La primera que el “leer” (la lectio en latín y de ahí lección) era, en efecto, leer machaconamente un texto hasta que se supieran sus contenidos. Algo similar a lo de dictar apuntes hoy, pero con menos amplitud de datos; la segunda que el “Álgebra” era, según el diccionario de Covarrubias, “Arte de concertar los huesos desencajados y quebrados…”. Para ser cirujanos, continuaba reglando Felipe II, habían de examinarse ante tribunal de protomédicos reales. Para ello, tendrían que haber estudiado tres cursos de Artes, aunque no era necesario graduarse como bachilleres en Artes; luego, tenían que estudiar tres años de Cirugía y uno de Medicina, “y en los dos postreros años destos tres han de practicar y ganar otros dos cursos en práctica de cirugía practicando y visitando enfermos con cirujano de ciencia y experiencia”, etcétera. 14

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Pero como esto de ser cirujano no estaba muy aplaudido, había que estimular a los estudiantes. Para ello, “para que más se aficionen los que más quisieren profesar este arte de Cirugía, queremos que a los que a los nuestros protomédicos pareciere ser más doctos y suficientes, se les pueda dar y daremos licencia para que se puedan llamar y firmar licenciados, sin embargo que no tengan el tal grado”. Pues bien: resulta que en 1574 faltaba catedrático de Anatomía porque no había quién c u b r i e ra la plaza. La cerrazón ideológica y la falta de buenos sueldos a los pro f e s o res universitarios agravó los problemas: en 1614 —parece ser que sólo temporalmente— se fund i e ron las cátedras de Anatomía y Cirugía en una, porque llevaban varios años en que no se podían cubrir por separado… Ante estos presupuestos empíricos, no es de extrañar que la revolución científica del XVII no pudiera entrar en España, aunque se conocieran ciertos p ro g resos europeos. Pero el comentario a los problemas de España en esa época, es de otra índole.

El ejercicio de la Cirugía en el Madrid de Cervantes ¿Qué sabemos del ejercicio de la Cirugía en el Madrid de Cervantes? Voy a detenerme brevemente, dando a la luz por vez primera, todas las alusiones que existen en las Actas del Ayuntamiento de Madrid a esta profesión. En los ayuntamientos había cirujanos dependientes del municipio y otros que ejercían libremente. Los primeros, normalmente asistían a los presos en las cárceles y a las mujeres de la mancebía, ya que ambas instituciones dependían del concejo. Vayamos al meollo. Al poco de establecer la Corte Felipe II en 1561, se nombró a un cirujano sin salario que viviría de lo que cobrara por consulta a las “buenas mujeres” (“En este ayuntamiento [5-XI-1563] se nombró a maese Antonio Barroso, cirujano y algebrista, por cirujano de las buenas mujeres y pobre s de esta Villa, sin salario por el tiempo que fuere la voluntad de esta Villa”). Comoquiera que la ciudad creció y creció, en 4 de julio de 1583, el Ayuntamiento determinó que hubiera “en la casa pública de las mujeres” otro cirujano más. Cosas de la demanda elástica de bienes y servicios. Igualmente, unos años después, “nombróse [9-IX-1587] a Diego Martín por procurador de pobres con salario de 10.000 maravedís por el tiempo que fuere la voluntad de esta villa y se pida licencia a Su Majestad para dar este salario y se hagan las diligencias necesarias sobre ello. Y en lo que toca al cirujano la persona que está nombrada visite la casa pública y mujeres tenga cuidado de visitar la cárcel con cuidado y haga las diligencias necesarias”. En cualquier caso, la primera vez que hay dos cirujanos municipales nombrados por el Ayuntamiento es en sesión de 17 de febrero de 1588, en la cual se aclara que han de visitar a las mujeres de la casa pública y a “los pobres presos llagados de la cárcel pública de esta villa”, turnándose por trimestres. Poco duraron las alegrías, porque desde 8-I-1590 volvió a haber un solo ciruArs Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:4-17

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jano, ya que la vacante que quedó por muerte de uno de los dos, se decidió no cubrirla. No obstante, en 30 de abril de 1590 se volvió a tomar el asunto y se determinó que hubiera dos cirujanos, y que se encargarían también de los pobres del Hospital General y en fin, que una comisión de regidores redactaría (¡ya era hora!) “unas ordenanzas e instrucción a cómo ha de servir y de lo dineros que ha de llevar el dicho cirujano… Y hechas las dichas ordenanzas e instrucción firmada del señor corregidor y de ello, las hagan poner en una tablilla que esté siempre de manifiesto y señalada la hora y el día que se han de visitar las dichas mujeres por el dicho cirujano”. En 4 de mayo de 1590 se habla por vez primera de que haya un cirujano exclusivo de la cárcel y el día 7 se nombra a un substituto de los que había “con el cargo de la visita y cura de los pobres de la cárcel”, aunque tengamos dudas de que llegara a haberlo. No es posible saber por qué, pero en las intromisiones de la Corte sobre la Villa de Madrid, una de ellas fue la de bloquear las visitas a la casa de la mancebía, hasta tal punto que hubo que protestar ante el rey porque “han prendido al alguacil y cirujano de esta villa que se halló en ella [inspeccionando la mancebía] con los comisarios” (14-II-1595). Del resultado de lo cual no tengo mejores noticias. Cuando en noviembre de 1569 (8-I-1569) Madrid tuvo que armar 500 infantes para ir a sofocar la segunda rebelión de los musulmanes en Granada, el Concejo nombró un cirujano para sus soldados (Bartolomé de Sotolongo), además de un alférez. En cualquier caso, viendo lo anterior, se observa que había cirujanos que actuaban por l i b re y que la fama de otros no debía ser muy reconfortante. Por otro lado, a finales del XVI se está reglando el desempeño municipal del oficio de la Cirugía, como ocurre en la U n i v e rsidad. No querría cerrar estas páginas sin re c o rdar otro de los temas médicos que más me han llamado la atención en Cervantes, que es el del dolor, el dolor del cuerpo (y del alma, con tantos enajenados que hay en sus libros; tantas veces descritos y analizados). Él mismo ya se p regunta si debería haber hecho tanta alusión a ello en un parlamento que me gusta porque es una declaración explícita sobre epistemología de la Historia: “—Con todo eso —respondió el bachiller—, dicen algunos que han leído la historia que se holgaran se les hubiera olvidado a los autores della algunos de los infinitos palos que en diferentes encuentros dieron al señor don Quijote. —Ahí entra la verdad de la historia —dijo Sancho. —También pudieran callarlos por equidad —dijo don Quijote—, pues las acciones que ni mudan ni alteran la verdad de la historia no hay para qué escribirlas, si han de redundar en menosprecio del señor de la historia” (Quijote, II-III). Pero nos estamos volviendo a ir, desocupado lector, por caminos que conducen a otras aventuras intelectuales. 16

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Bibliografía Todas las referencias remiten a la edición de las obras completas de Cervantes hecha por Sevilla Arroyo F (ed.). Madrid: Castalia, 1999. La cito como: ed. FS. Por lo demás, para ampliar conocimientos, se puede acudir a Alvar Ezquerra A. Cervantes. Genio y Libertad. Ed. Madrid: Temas de Hoy, 2004. Granjel LS. El ejercicio médico y otros capítulos de la medicina española. Salamanca, 1974; del mismo, el texto Los médicos ante El Quijote. Barcelona: J. Uriach, 1976. López Piñero JM. Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII, Barcelona, 1979. López Terrada ML. La monarquía de Felipe II y el control de las profesiones y ocupaciones sanitarias, en: Martínez Ruiz E (dir.). Felipe II, la ciencia y la técnica. Madrid, 1999, pp. 71-90. Muñoyerro LA. La Facultad de Medicina en la Universidad de Alcalá de Henares. Madrid: CSIC, 1945. Reverte Coma JM. La antropología médica y El Quijote. Madrid, 1980; del mismo, las páginas: El Quijote visto por un médico. Panamá, 1962. Las alusiones a los cirujanos y Madrid, proceden de los datos que tenemos tras la transcripción de las Actas del Ayuntamiento, equipo CSIC 4704.

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Artículo especial

Jules Verne (1828-1905). Literatura, didactismo y geografía Jules Verne (1828-1905). Literature, Didacticism and Geography n Santiago Prieto Resumen Jules Verne es considerado el creador de la “ciencia ficción”, género que hoy posee gran número de cultivadores y lectores. Sin embargo, Verne significa algo más en la Historia de la Literatura. Al cumplirse un siglo de su muerte, en este artículo se repasan los aspectos más significativos de su vida y su obra.

Palabras clave Jules Verne. Viajes extraordinarios. Síndrome de Ulises. Ciencia en la novela.

Abstract Jules Verne is regarded as the creator of science-fiction, a genre which today has a great number of both promoters and readers. However, Verne has much more significance in the History of Literature. A century after his death, this article revises the most outstanding aspects of his life and work.

Key words Jules Verne. Extraordinary Voyages. Ulysses’ syndrome. Science in novel.

El autor es médico. 18

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n Sólo he hecho sugerencias. Jules Verne1

El autor de dos libros de poemas, once volúmenes de ensayos, veinte obras de teatro y más de setenta novelas, excelentes al menos diez de ellas; el escritor del que Tolstoi d i j e ra: “He leído sus novelas cuando ya era adulto y me han entusiasmado. Verne es un maestro sorprendente”; el creador de todo un nuevo género literario, cual es la ficción fundada en la ciencia; el hombre que sufre los achaques de una diabetes que la medicina del momento no puede tratar, poco antes de rendir viaje resume su trayectoria literaria en una frase: “Sólo he hecho sugerencias”. Cierto es que fue escueto, pero, al igual que la biografía de un gran escritor no acaba con su muerte, un resumen, aunque pueda servir para salir del paso, con frecuencia también es discutible.

Nota biográfica a) Los primeros años. En el sur de Bretaña, el estuario del Loira comienza en Nantes. Desde tiempo inmemorial la vida de la ciudad está marcada por ese río navegable en los sesenta kilómetros que aún le faltan para desembocar en el Atlántico. En el siglo XIX, los múltiples brazos del Loira y sus afluentes Erdre y Sèvre rodean numerosas islas, algunas de ellas urbanizadas. En el Paseo Olivier de Clisson, en la isla Feydeau, hoy en el centro de Nantes, nace Jules Gabriel Verne el ocho de febrero de 1828. Primogénito del matrimonio de Pierre Verne, abogado procedente de Pa r í s, y SophieHenriette de la Fuÿe, de familia bretona de armadores de buques, en 1829 ve nacer a su hermano Paul, con el que siempre mantendrá una relación de profundo afecto. Sus hermanas Anne, Mathilde y Marie nacerán entre 1836 y 1842. Verne recibe una buena educación y desde muy pronto adquiere una sólida cultura; en primer lugar, en el colegio Saint Stanislas, donde destaca en latín, griego, música y geografía; después, desde los 13 hasta los 16 años, en el Petit Séminaire, y hasta los 18 en el Lycée Royal, todo ello en Nantes. Por entonces ya es evidente su afán literario. Conviene hacer referencia aquí a dos puntos repetidos por los biógrafos, tal vez por seguir al pie de la letra la biografía que su sobrina Marguerite Allotte de la Fuÿe publicó en 1928, como son, por un lado, su presunto intento infantil de fuga; y, por otro, la incomprensión de su padre. Así, se ha escrito que en el verano de 1839, cuando tiene once años, Verne pretende escapar del opresivo hogar familiar en un buque rumbo a la India; e, incluso, que un motivo aña1

Gordon Jones. Jules Verne at home. Entrevista publicada en: Temple Bar. London Magazine for Town and Country Readers; nº 124, junio, 1904; pp. 664-671.

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dido habría sido el rechazo de su prima Caroline a su petición de matrimonio. Sin embargo, si bien es cierto que Verne “bebía los vientos” por su prima desde la adolescencia, no es hasta 1847, ambos con 19 años, cuando ella le da calabazas al hacer público su compromiso con “un mejor partido” que un simple poeta. Y, en cuanto a la presunta fuga, el propio escritor nos dirá años más tarde: “Entonces sólo teníamos los pesados veleros de la marina mercante. ¡Cuántos recuerdos me vienen a la memoria! ¡Cómo deseaba salvar la tabla que los sujetaba al muelle...! Pero, con mi timidez de niño... Sin embargo, un día me arriesgué... Estoy sobre el puente... ¡Qué gozo! Los paneles de la bodega están abiertos y me inclino sobre ese abismo... Los fuertes olores se me suben a la cabeza... Aquí están los camarotes de crujientes mamparos... Después, la cámara del capitán... Salgo. Subo a la toldilla y tengo la audacia de imprimir un cuarto de vuelta a la rueda del timón... Me parece que el barco va a separarse del muelle... y soy yo, timonel de ocho años, el que va a conducirlo a la mar...”. Al leer esas líneas, la aventura de subir a un barco al anochecer, recorrer su cubierta y llegar hasta los camarotes, parece más una travesura infantil que todo un intento de escapar como polizón; y atribuirlo a un desengaño amoroso a tan temprana edad, sencillamente no parece lógico. En cuanto a su padre, descrito por algunos exégetas de la vida y obra vernianas como “un rígido burgués, pío e implacable”, que habría llegado a azotar al niño con un látigo ante toda la familia tras desbaratar su intento de fuga, y que forzando su voluntad le hará estudiar Leyes para heredar su bufete, las cosas tampoco cuadran. Sobre todo si volvemos a leer al propio Verne: “Éramos una familia muy feliz. Nuestro padre, que fue un hombre admirable, era parisiense de nacimiento... Mi madre era bretona... Tuve una juventud muy feliz. Mi padre era un hombre de gran cultura y saber literario. Escribía canciones... Pero no tenía ambiciones y aunque, si lo hubiera deseado, podía haberse distinguido en el campo de las Letras, evitaba todo tipo de publicidad... Ninguno de nosotros ha sido ambicioso... Mi hermano Paul era, y es, mi amigo más íntimo... ¡Qué excursiones más maravillosas solíamos hacer por el Loira en botes mil veces remendados...! Unas veces el capitán era yo y otras lo era Paul. Pero Paul era el mejor. Después se alistó en la Marina y podía haber llegado a ser un funcionario distinguido. Pero era un Verne y no tenía ambiciones”. Como vemos, salvo la referencia a la falta de ambición familiar, no hallamos ni un solo reproche a su progenitor. ¿Olvido voluntario desde la madurez? ¿Sentido del deber de mantener en privado las sombras familiares? O, ¿las cosas fueron realmente como nos dice? b) París. Verne llega a París en noviembre de 1847. Tiene diez y nueve años y ya ha metabolizado su revés sentimental cuando inicia los estudios de Derecho. Quiere licenciarse y, sobre todo, ser escritor. Su afán vital sigue siendo literario. Son tiempos política y socialmente convulsos, ya que en 1848, el mismo año en que Marx publica su Manifiesto Comunista, estalla la revolución que hace caer la monarquía de Luis Felipe I y permite la llegada de la 2ª República con Carlos Luis Napoleón Bonaparte, Napoleón III, como presidente. 20

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Jules Verne no estará en las barricadas. Se hospeda en una pensión en el Barrio Latino y sobrevive gracias a una magra asignación que recibe de su familia. Quiere escribir y por lo tanto necesita leer. ¿Será verdad que pasa una semana a pan y leche para conseguir las obras completas de Shakespeare? Pero, no olvidemos que vive en París; en el núcleo de ese turbión de gran literatura que contituyen Balzac (1799-1855), Flaubert (1821-1880), Lamartine (17901869), Gautier (1811-1872), Musset (1810-1857), Merimée (1803-1870), los Dumas, padre (1802-1870) e hijo (1824-1895); y, por encima de todos, Victor Hugo (1802-1885), el Poeta por antonomasia, a quien citará con fervor en varias de sus obras. Gracias a la influencia de su tío, el pintor Chateaubourg, pronto es admitido en los salones literarios. En ellos conoce un día a Alexandre Dumas padre, que queda impresionado por el carácter y la imaginación del joven. Ese encuentro y la amistosa relación que se establece entre los Dumas y Verne resultarán claves en su carrera. Así, tras escribir varias obras de teatro que no llegan a escena, bajo el padrinazgo de Dumas su obra en verso Las pajas rotas es estrenada en junio de 1850 y alcanza las doce representaciones. No está nada mal para un autor de 22 años. En ese año se licencia en Derecho y decide dedicarse por entero a las Letras; y, contra la idea paterna, seguir en París. Poco después, en 1854, sufre una parálisis facial que recidivará en varias ocasiones y le mortificará a lo largo de su vida. Escribe frenéticamente opere t a s, teatro y novela (La Guimard, Un drama en México, Martin Paz, Maese Zacarías, La gallina ciega...) y aunque publica muchos de sus trabajos en la revista Le Musée des Familles, y desde 1852 hasta 1855 trabaja como secretario en el Théâtre Lirique, su economía no despega. Y menos aún cuando en enero de 1857 se casa con Honorine de Viane, viuda y madre de dos hijas, a la que había conocido siete meses antes durante un viaje a Amiens. El matrimonio desde muy pronto es un fracaso; discreto, pero un precoz naufragio. Verne vive a salto de mata. Cada día se levanta a las cinco de la mañana para escribir; acude a la Bolsa donde trabaja como agente, da clases a estudiantes de Derecho y pasa las t a rdes en la Biblioteca Nacional. Y se empapa de la Biblia y de la mitología; de Horacio y de V i rgilio; de Homero y Rousseau; de Ovidio y Molière; de Voltaire y Swift; de Byron y Goethe; de Shakespeare y Fenimore Cooper; de Hugo y Lamartine; y de toda la ciencia, la técnica, la g e o g rafía y la filosofía del momento. Gracias a una invitación, en 1859 viaja a Gran Bretaña con su paisano el músico Aristide Hignard y en Glasgow visita el astillero donde se construye el Great Eastern, el mayor buque del momento. La tierra de Walter Scott y el Mar del Norte le impresionan. En 1861 nace su único hijo, Michel, que por sí solo constituye un capítulo aparte, y al año siguiente, tras visitar a varios editores infructuosamente, lleva su obra Un viaje en globo a PierreJules Hetzel. Para su sorpresa, éste lee el texto; y algo más. Comprende lo que tiene en la mano y aconseja al autor: “Déle cuerpo. Hágame de esto una auténtica novela y después hablamos”. Da forma a la obra. Hablan. Se fragua un proyecto. Verne también ha leído la situación. Sabe que competir con Balzac, Hugo o Lamartine es tarea titánica y vislumbra el que será su “nicho liteArs Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:18-37

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rario”. Un campo por estrenar. Quiere escribir “la novela de la ciencia”. Hetzel le ofrece un contrato. El autor se compromete a escribir tres novelas cada año durante los veinte siguientes... Cinco semanas en globo se publica en enero de 1863. El relato del viaje del doctor Samuel Fergusson, Dick Kennedy y Joe desde Zanzíbar hasta Senegal en el globo Victoria, explorando los territorios de África que no habían alcanzado las expediciones de Burton y Speke, obtiene un éxito inmediato. La maestría narrativa es tal, que un editorial del diario Le Figaro se pregunta: “¿El doctor Fergusson es imaginario, o realmente existe?” Acaban de nacer los Viajes extraordinarios, una serie de 54 obras que cambian la vida a su autor y le harán inmortal. Muchos de esos Viajes ven la luz por entregas en otra publicación de Hetzel, el Magazine d´Éducation et Récréation, título que define la saintsimoniana idea, tanto del editor como del autor, de educar e ilustrar a la juventud en aras de una “sociedad mejor”. Verne cumple el contrato y, limitándonos a los puntos que nos parecen más relevantes en su biografía, recordamos que en 1865 muere Estelle Duchêne d´Asniéres, mujer a la que debió de amar a escondidas y de la que nada significativo hemos hallado en la bibliografía consultada. En 1867 viaja con su hermano Paul a Liverpool, donde se embarcan en el Great Eastern rumbo a Estados Unidos. De este viaje y una breve estancia en Nueva York saldrá su novela Una ciudad flotante (1869). Y su economía no sólo flota, más bien navega; nunca mejor dicho, porque al año siguiente puede permitirse el lujo de adquirir un yate, al que en honor de su hijo bautiza con el nombre de Saint Michel. (Sin embargo, el niño, que probablemente ha crecido sin atención ni afecto, pronto se muestra rebelde en exceso. Y Verne es duro, incluso cruel, con un vástago que no hace más que darle problemas. A los ocho años, con un eufemismo propio de la época: “reclusión por vía de corrección paterna”, lo lleva a un internado. Y cuando a los 17 años sale del correccional, lo despacha como grumete en un barco hacia la India...) Durante la guerra que, en su clásico quiero y no puedo, Francia declara y pierde con Prusia en 1870-1871, Verne sirve como guardacostas en Crotoy, en el estuario del Somme. Napoleón III se rinde en Sedán a primeros de septiembre de 1871 y pocos días después se proclama la 3ª República. El proletariado revolucionario establece en marzo el “Gobierno de la Comuna” en París. La respuesta del Ejército es brutal. La capital es asediada y en los disturbios son destruidos los talleres de Hetzel. Verne debe volver a trabajar como agente de Bolsa; pero, esta vez sólo por unos meses, porque un libro escrito en 1870, Veinte mil leguas de viaje submarino, permite la recuperación de Hetzel y otorga al escritor un nuevo triunfo. c) Amiens. A finales de 1871, poco después de morir su padre, Verne abandona definitivamente París para instalarse en Amiens, a las orillas del Somme, donde proseguirá sus Viajes extraordinarios. Desde ahí partirá en sus cruceros en el Saint Michel II y después en el Saint Michel III, a Noruega, otra vez Escocia, las Hébridas, Holanda, Dinamarca y el Mediterráneo. En 1881, Michel, que no se había quedado en la India, se casa con una cantante de la que se divorcia muy pronto y a la que el padre debe socorrer económicamente. Por si no bastara, 22

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en 1883 se va a vivir con una menor de 16 años con la que muy pronto tiene dos hijos. Curiosamente, esta mujer le hace sentar cabeza; al menos en el campo sentimental, porque se embarca en negocios ruinosos y contrae deudas que Verne ha de cubrir. (Sin embargo, pasado el tiempo, Michel demostrará talento literario y dará forma a algunos textos dejados inconclusos por su padre). 1886 es un mal año para el escritor. En marzo, su sobrino Gastón, el hijo de su querido hermano Paul, en pleno delirio persecutorio durante una crisis psicótica, le dispara un tiro en una pierna. El proyectil queda alojado en la tibia y la herida evoluciona mal. La deambulación será dolorosa desde entonces. Convencido de que ya no podrá volver a navegar, vende el Saint Michel III. Y, como las desgracias no suelen venir solas, en ese mismo año, Hetzel, su editor, amigo y correligionario, muere. El golpe es duro. Pero, Verne no da un paso atrás y entra en la política local (Ville d´Amiens. Élections Municipales du 6 mai 1888. Candidats Républicains, nº 34. Jules Verne, homme de lettres), siendo elegido y ocupándose de la administración del Teatro municipal. Con las limitaciones que le produce la diabetes que le diagnostican en 1896, continúa en activo. Al año siguiente encaja en silencio el dolor por la muerte de su hermano Paul, a su vez lacerado por la psicopatía y triste muerte de Gastón en una casa de salud. Pero Verne nunca ha necesitado refugios ni buscado paraísos. Le basta el trabajo de creación de personajes, imaginación de situaciones, decisión de desenlaces. El invierno es frío en Amiens, pero sigue levantándose cada día a las cinco de la mañana. En su habitación, el escritorio, bajo un gran ventanal que da a levante y le permite ver cómo amanece tras la Catedral; la biblioteca, abarrotada de libros y fichas (se conservan más de veinte mil, llenas de datos manuscritos), y la sala de mapas de su casa en el Boulevard Longeville, son callados testigos de su andar difícil, de su esfuerzo por leer a pesar de las cataratas y la re t inopatía diabética; de su necesidad de escribir hasta el último momento. Jules Gabriel Verne muere en coma diabético el 27 de marzo de 1905. ¿Será cierto que, fiel a su romántico ideario saintsimoniano hasta el final, sus últimas palabras consciente son una exhortación: “sed buenos”?

Soporte de su obra Los Viajes extraordinarios constituyen la contribución fundamental de Verne a la historia de la Literatura. Por ellos es recordado hoy y lo será mañana. Unos Viajes en los que cabe apuntar tres aspectos esenciales. Por un lado, la filosofía que inspira al autor; por otro, los aspectos científicos que impregnan sus páginas, fruto de la explosión de ciencia y técnica que en Europa y EEUU se produce en el siglo XIX; y, finalmente, la geografía, que precisamente entonces se convierte en un conocimiento vivo, fruto de las expediciones de científicos y exploradores a todos los rincones de la Tierra. Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:18-37

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Muy probablemente, el soporte filosófico de Verne se halla en Saint Simon (1760-1825), Guépin (1805-1873), y Comte (1798-1857). Así, la ideas saintsimonianas de extensión de la educación y la cultura, la garantía del trabajo para todos en función de las capacidades individuales, la necesidad de una nueva moral, la marginación de las clases ociosas, la cooperación del capital en el desarrollo económico y social del mundo, y la orientación de la propiedad privada hacia un “buen fin”; o las ideas de su paisano, el oftalmólogo Ange Guépin, de erradicación de la miseria y las enfermedades, difusión de la enseñanza y traducción del conocimiento y el progreso en bienestar, libertad y fraternidad de los individuos y los pueblos; y el pensamiento de Comte (“Los hechos deben ser ordenados en leyes, cuyo último sentido es la predicción de los fenómenos futuros y el progreso del hombre hacia una vida cada vez más cómoda y feliz. Sólo podemos conocer con certeza hechos positivos y sus leyes...”) subyacen en la obra de Verne. Y con los matices que se deseen, los protagonistas de sus Viajes sobre todo son individuos; individuos decididos, con energía moral, que saben, trabajan, analizan los hechos, se enfrentan a los problemas, los resuelven... y se mueven. Existe la reflexión, pero no la auto-onfaloscopia en la obra verniana. En cuanto a los aspectos científicos de sus libros, no debemos olvidar que Verne por encima de todo es un escritor; nunca estudió ciencias y por lo tanto no es un científico, como tampoco es un inventor ni un profeta. Pero posee una cultura enciclopédica y talento; y la infinidad de libros, mapas, periódicos y revistas que consulta le permiten documentarse hasta el último detalle. Todo lo que incorpora en sus páginas lo ha consultado en las fuentes más fidedignas del momento. Sus Viajes son Extraordinarios, sí, pero muy pocas veces son inverosímiles. Recordemos que el siglo XIX ve el comienzo de la ciencia moderna. Trayendo aquí sólo algunos nombres y asumiendo la injusticia de no incluir otros muchos notables, el XIX es el siglo en el que Mendeleieff (1834-1907) y Meyer (1830-1895) apuntan la primera tabla periódica de los elementos, Maxwell (1831-1879) escribe la teoría de los campos electromagnéticos, von Helmholtz (1821-1894) demuestra el primer principio de la termodinámica, y en el que Faraday (1791-1867) describe la inducción electromagnética y las leyes de la electrólisis; es el centenio en el que Wöhler (1800-1882) sintetiza la urea, Gay-Lussac (1778-1850) publica sus observaciones sobre la dilatación de los gases y el magnetismo terrestre, y en el que de Cauchy (1789-1857) formula la teoría de funciones de variable compleja; el siglo en el que Lord Kelvin (1824-1907) demuestra que el hielo se funde a diferentes temperaturas en función de la presión y en el que Arago (1786-1853) fabrica el primer electroimán, Bell (1847-1922) el primer teléfono y Edison (1847-1931) la primera lámpara incandescente; o en el que Siemens (18161892) fabrica la primera dinamo eléctrica y en el que Darwin (1809-1882) publica El origen de las especies (1859). El siglo XIX es, en fin, en el que Pasteur (1822-1895) sienta las bases de la microbiología, Koch (1843-1910) identifica el bacilo de la tuberculosis (1882) y en el que Claude Bernard (1813-1878) publica la Introducción al estudio de la medicina experimental (1865). No serán, sin embargo, las ciencias biológicas en general, ni la medicina en particular, temas que tengan un interés especial para Verne. 24

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La geografía completa el trípode en el que se sustentan los Viajes extraordinarios. Si el siglo y XVIII se completan los detalles de la geografía de nuestro planeta, en el XIX aún quedan puntos oscuros en la Tierra. Así, el mítico y siempre helado Paso del Noroeste, que permitiría, entre las islas del norte de Canadá, llegar desde el Atlántico al Pacífico, o las no menos míticas Fuentes del Nilo, aún están por confirmar o descubrir. En el siglo XIX la geografía se hace científica. Alexander von Humboldt (17691859), otro hombre de cultura enciclopédica, en sus viajes por Asia, Centro y Sudamérica incorpora observaciones sobre grupos humanos, clima, meteorología, matemáticas, física marítima, geología y etnografía, todo ello con visión integradora y una virtud añadida: el orden. En este siglo el misionero escocés Livingstone (1813-1873) descubre el río Zambeze; Stanley (1841-1904) el lago Victoria-Nyanza y Speke demuestra en 1858 que el Nilo, el río más largo de la Tierra, nace en ese gran lago, en el corazón de África. Verne estudia las comunicaciones de cada viaje, de cada expedición, de cada éxito y de cada desastre; y se relaciona con su compatriota Élisée Reclus (1830-1905), geógrafo peripatético, autor y coordinador de una Geografía universal en 19 volúmenes que es todo un hito. Los conocimientos geográficos pasan a ser una necesidad no sólo para los ilustrados, sino también para muchos ciudadanos de a pie. Y Verne lo sabe. XVI es el de los grandes descubrimientos, y en el XVII

Obra Pretender glosar aquí cada uno de los libros de Verne no sería sensato. De ahí que recordemos tan sólo algunos de los que nos parecen imprescindibles para tener una opinión sobre su obra. Así, de lo publicado antes de los Viajes extraordinarios deben destacarse dos obras breves: Martin Paz (1852) y Maese Zacarías (1854). Martin Paz se desarrolla en el Perú colonial y narra el amor imposible entre un indio descendiente del legendario Manco Capac, fundador del imperio inca, y Sara, joven depositaria de todos los dones, que pasa por ser hija del judío Samuel. Novela romántica por los cuat ro costados, ya muestra la baja estima que el autor siente por España y sus habitantes (“soberbia como una española... la despreocupación consustancial con la raza española... e s p a ñ o l e s, hijos degenerados de una raza poderosa...”), una opinión que no mejoraría con los años, y alguna que otra cualidad incompatible con lo hoy considerado como políticamente correcto. Así, los mestizos no salen nada bien parados y Samuel es un compendio de los rasgos que históricamente (codicia, doblez, obsesión económica...) se han atribuido a los hijos de Israel. Al final, Sara, que resulta ser hija de un marqués español en decadencia, y Martin Paz, que por amor es considerado un traidor por los de su raza, mueren precipitándose por una catarata. Maese Zacarías cuenta la historia de un relojero que, obsesionado por la perfección de su obra, ve cómo los relojes que ha hecho a lo largo de su vida se detienen y no pueden ser arreArs Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:18-37

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glados. Tal imposibilidad le enloquece. “He encerrado una parte de mi alma en cada una de estas cajas... Cada vez que una se para, siento que mi corazón deja de latir...” En su vesania llega a pactar con el diablo, que toma forma de reloj, concediéndole a su hija Gérande. El último capítulo, en el que las horas en el reloj van acompañadas de frases (“el hombre puede llegar a ser igual a Dios”; “el hombre debe ser esclavo de la ciencia y por ella sacrificar padres y familia”) ve la muerte de Zacarías en un castillo en ruinas y el triunfo del amor de Gérande y Aubert, fiel pupilo del relojero. Romanticismo en estado puro, sin duda; pero también la observación, ya entonces, de adónde puede llevar la obsesión por la ciencia; el llegar a creer que “de la mano del hombre puede salir el infinito”. Ya vimos páginas atrás cómo Cinco semanas en globo (1863) es el primero de los Viajes extraordinarios que ve la luz. Verne se ha documentado de todo lo que se sabe sobre globos aerostáticos. Dota al Victoria de dos capas de tafetán y lo llena del hidrógeno que “produce” a bordo a partir de agua con unas gotas de ácido sulfúrico y una pila de Bunsen. Eso es precisamente lo que los técnicos están empezando a hacer, y lo que permite al Victoria ascender y descender a voluntad en su viaje de Este a Oeste a través de África aprovechando los vientos alisios. El libro es, además de un compendio de aventuras, un repaso de las expediciones que hasta ese momento se han hecho por el continente negro, y significa la irrupción de Verne ante el gran público. Abrimos aquí un largo paréntesis. (En el mismo año en que sale de la imprenta Cinco semanas en globo, el autor envía a Hetzel otra obra, París en el siglo XX, que tardará más de un siglo en ser editada. Su argumento choca de frente con el ideario de los Viajes extraordinarios. En la megalópolis tecnificada hasta las raíces que es el París de 1967, cuyos habitantes se mueven en un metro dispuesto en cuatro círculos concéntricos, y en la que el Ministerio de Educación ha sido sustituido por la “Sociedad General de Crédito Instruccional”, que centraliza toda la educación en Francia, el 99% de los estudiantes se licencian en disciplinas “útiles” como economía, mecánica, comercio, ingeniería, matemáticas o ciencias naturales. Las mujeres, otrora elegantes y con estilo, son seres cínicos, endurecidos, masculinizados, preocupadas únicamente por su carrera. Michel Jerôme Dufrénoy desea escribir poesía y teatro. Ni que decir tiene que todos se mofan de él y que no consigue un editor para su obra. Se enamora de Lucy Richelot, hija de un profesor de retórica, y es correspondido. Pero, la temperatura en París cae bruscamente. El frío causa el hambre y la muerte de los pobres, y Lucy y su padre son expulsados de su humilde apartamento. Michel no logra encontrar a su amada. En el último capítulo, titulado Et in pulverem reverteris, Michel se halla en el cementerio de PéreLachaise. Ante la tumba de Alfred de Musset llora. La novela acaba bruscamente con la caída y muerte del protagonista sobre el suelo helado. Hetzel lee el manuscrito. En la carta que escribe al autor no sólo hace un acertado análisis crítico del texto, también añade: “lamento decirle que publicar esta novela sería un desastre para su reputación. Aunque usted fuera un profeta nadie creería hoy sus profecías... Usted aún no está preparado para escribir un libro así. Espere veinte años...”. Verne acepta el consejo y la 26

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novela queda dormida en un cajón... Hasta que un tataranieto la encuentra en 1987. Tras una hábil campaña de mercadeo, la editorial Hachette la publica en 1994. En Francia el éxito es enorme. París en el siglo XX rebate todos los análisis psicológicos que hasta 1994 se habían hecho sobre Verne. Así, un supuesto optimismo hasta 1886 para dejar lugar a la misantropía a partir de ese año, ya no puede aceptarse. Cuando la escribe, 1863, tiene 35 años y está comenzando los Viajes extraordinarios. Pensamos que su visión de la Humanidad ya estaba definida y que quizá no debió cambiar mucho a lo largo del tiempo. Pero, sabe que en ese momento no puede permitirse el lujo de ser crítico, pesimista y misántropo en público. Eso era, y es, antipático para las masas. Veinticinco años más tarde, cuando sea un escritor consagrado y su economía ya no esté en juego, podrá publicar lo que realmente piensa. Que no se traduce precisamente en literatura pediátrica). Viajes y aventuras del capitán Hatteras, que incluye Los ingleses en el Polo Norte y Una invernada entre los hielos, se publica por entregas entre 1863 y 1864, y constituye la primera gran novela marítima de Verne. “La campaña será larga y penosa, pero honorable...” nos adelanta en el capítulo 2. No nos defrauda. Su amor y el respeto por la mar subyace en cada página; y la minuciosidad con la que prepara la expedición al Polo Norte, el detalle con el que describe el bergantín Forward (qué hermoso nombre para tamaña empresa), la idea obsesiva que mueve al protagonista, la desolación, la grandeza y hostilidad del entorno, la abnegación, la inteligencia y la energía y capacidad de superación de sus protagonistas, o el admirable manejo de los tempos, nos acompañan en uno de los libros más bellos que se han escrito sobre una expedición cuasi sobrehumana. El frío, las congelaciones, el escorbuto y el recuerdo de los desastres en que se convirtieron casi todas las expediciones que buscaban el Paso de Noroeste, nos atenazan. El capítulo 20, La isla Beechey, incluye el conmovedor epitafio que la esposa de John Franklin encargó colocar a Mac Clintock en los campos de hielo donde debió morir el gran marino: “A la memoria de Franklin, Crozier, Fitz-James y de todos los valientes hermanos, oficiales y fieles compañeros que sufrieron y perecieron por la causa de la ciencia y para la gloria de su patria. Esta piedra está erigida cerca del lugar donde pasaron su primer invierno ártico y de donde partieron para triunfar sobre los obstáculos o para morir. Consagra el recuerdo de sus compatriotas y amigos que los admiraron, y la angustia dominada por la fe de la que perdió en el jefe de la expedición al más leal y cariñoso de los esposos. Así es como Él los condujo al puerto supremo donde todos reposan. 1855”. Hatteras pierde la razón al alcanzar el Polo Norte geográfico, que Verne se concede la licencia de colocar, toda una metáfora, en el cráter de un volcán en erupción. El otro Polo Norte, el magnético, lo ha ubicado antes acertadamente en las islas Queen Elizabeth. (Deberemos esperar hasta 1906 para que Amundsen demuestre la permeabilidad del Paso de Noroeste; y hasta 1909 para que Peary alcance el Polo Norte geográfico). El objetivo de “instruir y educar deleitando” se cumple mil veces en cada capítulo de este texto en prosa... que bien pudo ser una epopeya en verso. Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:18-37

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Después de publicar Viaje al centro de la Tierra (1864), De la Tierra a la Luna (1864-1865), la novela que descubrió a Gagarin su vocación astronáutica, y De Glasgow a Charleston (1865), sale de la imprenta Los hijos del capitán Grant (1866-1867), su obra más “geográfica”. A partir de un texto en inglés, francés y alemán, parcialmente borrado, que sólo permite una localización muy imprecisa de un capitán escocés y la tripulación de su barco, el Britannia, a lo largo del paralelo 37 de latitud sur, un lord escocés, su esposa y los hijos del capitán se lanzan en el yate Duncan a la gran aventura de su rescate. Siguiendo la línea de ese paralelo, irán desde la costa atlántica de Chile hasta Australia. Además de incluir todas las virtudes que hallamos en los héroes de Verne, junto a infinidad de descripciones de detalles geográficos (“ver es una ciencia”), que obligaron al autor a un estudio extraordinario, en este libro aparecen, por un lado, uno de los pocos personajes que en toda su obra es un geógrafo profesional: el erudito y despistado francés Paganel; y, por otro, el traidor Ayrton, el contramaestre del Britannia. Tras mil vicisitudes, que obviamente conducen a un final feliz, Verne nos plantea el problema, no menor, del peso de la traición y de la culpa. Veinte mil leguas de viaje submarino, tal vez su novela más elaborada, aparece en 1870. Mientras la pre p a ra, escribe a Hetzel: “¡Ah, mi querido amigo, jamás podría perd onarme si este libro re s u l t a ra fallido! Nunca he tenido entre las manos un tema tan hermoso”. Si ya nos ha llevado a través de África, al centro de la Tierra, al Polo Norte y hasta la Luna, ahora nos permite correr un sinfín de aventuras a la vez que pone ante nuestro s ojos todo un tratado de geografía, ictiología y flora submarinas. Verne vuelve a darnos una lección de viva y admirable erudición. Conoce bien el trabajo de Fulton, que en 1801 ha construido un submarino rudimentario; o el de Bushnell, cuyo submarino ha hundido un buque inglés en 1812 durante la guerra entre EEUU e Inglaterra; como sabe también que Monturiol ha construido el Ictíneo I en 1859 y el Ictíneo II en 1864. Narrada en primera p e rsona por uno de los múltiples protagonistas franceses que aparecen en la obra verniana, el profesor Aronnax, médico, naturalista y, sobre todo, culto, en estas páginas crea dos arquetipos. Por un lado, la propia nave, el Nautilus, p rodigio de autonomía, a cuya descripción dedica el capítulo XI. Nave que si morfológica y técnicamente es extra o rd i n a r i a , en sus entrañas lleva una biblioteca de 12.000 volúmenes (desde Homero a Victor Hugo... desde Rabelais a George Sand... e Historia Natural: Humboldt, Arago, Foucault, Faraday, Berthelot, etcétera), “una treintena de cuadros de maestros (Rafael, Leonardo, Corre g g i o , Tiziano, Veronese, Murillo)” y partituras de Weber, Rossini, Mozart, Beethoven, Haydn. Pero, el gran arquetipo es su comandante, el capitán Nemo (nemo, -inis: ninguno, nadie; el hombre hermético que, atormentado por un pasado abrumador, se oculta en el fondo de las aguas). La mar. El mar. El gran progenitor. En el capítulo X, Aronnax dice a Nemo: “—Usted ama el mar, capitán. —¡Sí, lo amo! ¡El mar lo es todo!... Es el inmenso desierto en el que el hombre nunca está solo, porque siente vibrar la vida a su lado... es el infinito viviente... Por el mar el globo ha comenzado, y quién sabe si no terminará también por él. Aquí está la suprema tranquilidad... ¡Solamente bajo el mar está la independencia!... ¡Aquí soy libre!”, contesta el misántropo 28

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Nemo. Y qué decir del canto que dedica a su navío: “¡Verdaderamente es un barco mara v i l l oso su Nautilus! –Sí, señor profesor —repuso con verdadera emoción el capitán Nemo—, y lo amo como a la carne de mi carne... he aquí el navío por excelencia. Y si es verdad que el ingeniero tiene más confianza en el barco que el constructor, y el constructor más que el capitán mismo, comprenda con qué seguridad confío en mi Nautilus, puesto que yo soy todo a la vez, capitán, constructor e ingeniero”. Si el Nautilus es mobilis in mobili, un mundo aparte; Nemo es el hombre completo. Pero solo. Triste, como la grandeza. Cuánta desesperanza y cuánto de Verne hay en el capítulo XXIV: “Lo comprendí todo. Aquel claro era un cementerio; aquel agujero era una tumba; aquel objeto oblongo era el cuerpo del hombre muerto durante la noche... El capitán Nemo y los suyos venían a enterrar al compañero en aquella casa común, en el fondo del inaccesible océano... —Al menos, sus muertos duermen allí tranquilos, capitán, lejos del alcance de los tiburones. —Sí, señor —respondió gravemente el capitán Nemo—, ¡de los tiburones y de los hombres!” Y Verne, que ha ido dividiéndose entre Aronnax y Nemo a lo larg o de la novela, qué lección de maestría narrativa nos da al finalizarla dejando al capitán y su Nautilus en el centro de un maelstrom. Alrededor de la Luna se publica por entregas en 1868-1869 en el Magazine d´Éducation et Récréation y Una ciudad flotante en 1869. Ya vimos cómo Verne había viajado a EEUU en el Great-Eastern en 1867. En ese gran barco (“Es más que un buque: es una ciudad flotante, un pedazo de territorio desprendido del suelo inglés...”) se desarrolla una historia en la que el amor llegará a rescatar a una joven de la locura; y esa historia amalgama las sensaciones del impresionado autor durante la travesía y su fugaz estancia en Nueva York. Es, asimismo, una de las pocas obras en las que hace alguna concesión al humor: “—Creo en los muertos que resucitan, y esto es tanto más extraño, cuanto que soy médico. —¿Médico? —preguntó el capitán Corsican—, retrocediendo como si aquella palabra le asustase. —Tranquilícese usted, capitán —respondió el doctor Pitferge sonriendo amistosamente—; cuando viajo no ejerzo mi profesión... —Respire usted, capitán, respire a sus anchas... Aquí hay aire para todos y no hay que economizar la brisa. El oxígeno es una gran cosa, y debemos confesar que los habitantes de París y Londres no lo conocen más que de nombre. —Sí, replicó el capitán, prefieren el ácido carbónico; cuestión de gustos...”. Y qué decir de la exclamación que incluye en el último capítulo: “¡Ah!, ¡qué hermoso es viajar, aunque se vuelva del viaje!”. La vuelta al mundo en ochenta días (1873) ilustra el fenómeno que empieza a producirse en Europa a finales del siglo XIX: el de los viajes. Parece ser que su título le vino dado al autor por una revista, Le Magazine Pittoresque, en la que se describía un itinerario alrededor del mundo similar al que seguirán Phileas Fogg y Jean Passepartout. Prototipo del síndrome de Ulises (partir, pasar por mil vicisitudes y regresar como si nada hubiera ocurrido a la Ítaca de partida) habitual en los viajes vernianos; prodigio de estructura, elaboración, y dominio del ritmo (pocas veces encontraremos en la literatura un análisis tan ingenioso de la simultaneidad espacio-tiempo) narra un viaje que es consecuencia de una apuesta. Ordenado y exacto, Fogg, su protagonista, acompañado de su criado recién contratado, partirá de su domicilio en Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:18-37

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Londres a dar la vuelta al mundo en un plazo fijado para, aun poniendo en riesgo su hacienda, demostrar que lo que es posible es real. Infinidad de aventuras y circunstancias pondrán a prueba su flema. Y, cuando todo parece estar perdido y los protagonistas creen llegar a Londres un día después del tope; cuando todo lo pasado parece haber sido inútil, Verne nos hace un requiebro inolvidable, y en realidad aún están a tiempo de triunfar en su odisea particular: “marchando hacia el Este, Phileas Fogg iba al encuentro del Sol, y por lo tanto los días disminuían para él tantas veces cuatro minutos como grados recorría en esa dirección. Los trescientos sesenta grados de la circunferencia terrestre, multiplicados por cuatro dan precisamente veinticuatro horas, es decir, ese día ganado inconscientemente...” Ciencia y geografía. Espacio y tiempo. Parafraseando a Kipling, bien puede decirse que en esta obra “cada inexorable minuto está nutrido por sesenta segundos de distancia recorrida”. Pero, Verne, no sólo premia el esfuerzo de Fogg haciéndole ganar su insensata apuesta; le concede algo que para él estuvo vedado: “¡Había realizado en ochenta días aquel viaje alrededor del mundo! Había empleado para hacerlo todos los medios de transporte, paquebotes, ferrocarriles, coches, yates, barcos mercantes, trineos, elefante. El excéntrico caballero había desplegado en este asunto sus maravillosas cualidades de sangre fría y exactitud. ¿Pero, y después? ¿Qué había ganado en aquel desplazamiento? ¿Se dirá que nada? Nada, de acuerdo, si no es una encantadora mujer que, por inverosímil que ello pueda parecer, le hizo el más feliz de los hombres. En verdad, por algo así, ¿no se daría la vuelta al mundo?”. La isla misteriosa (1874) es utopía, riesgo, esperanza, pulso, optimismo controlado, compendio de mitos, broche... y una obra maestra. Desde el espléndido comienzo (“—¿Remontamos? —No, al contrario, bajamos. —Peor que eso, señor Ciro, caemos!”) con cinco hombres en un globo en medio de un huracán sobre el océano Pacífico, hasta las últimas páginas Verne nos da toda una lección de dominio de la acción, didactismo y literatura. Los protagonistas: Ciro Smith (“de Massachusetts, era un ingeniero, un científico de primer orden..., uno de esos ingenieros que han querido comenzar por manejar el martillo... verdadero hombre de acción a la vez que de pensamiento...”); “Gideon Spilett era de la raza de los admirables cronistas ingleses y norteamericanos... corresponsal del New York Herald”; Nabucodonosor, criado de Ciro Smith (“un negro que estaba dispuesto a serle fiel... Abolicionista convencido, Ciro Smith le había concedido la libertad, pero él no había querido abandonarle...”); Pencroff “americano del Norte que había navegado por todos los mares del globo...” y Harbert “de Nueva Jersey, hijo de su capitán... valeroso adolescente”, caen casi desnudos en una isla fuera de las rutas marinas habitual e s. Verne arriesga con esta novela; conoce la Vida y aventuras de Robinson Crusoe, que el inglés Defoe (1660-1731) publicó entre 1719 y 1722, y Los Robinsones suizos, que Wyss (17821830) escribió en 1814. Reincidir en lo que ya son mitos (la isla desierta, el hombre sólo con sus luces y sus manos frente a la Naturaleza) no es tarea fácil. Pero como mínimo iguala, si no supera, los modelos. El conocimiento como luz y fundamento del trabajo, del progreso y la humildad (“—¡Qué gran libro podría hacerse, señor Ciro, con lo que se sabe! —Otro mucho mayor todavía podría hacerse con lo que no se sabe, respondió Ciro Smith”); la valoración de 30

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las herramientas como instrumento y símbolo de la capacidad y, a la vez, de los límites del hombre (con qué fruición nos detalla el contenido del cajón flotante que el bienhechor y oculto habitante de la isla hace llegar a los náufragos: “3 navajas de varias hojas, 2 hachas... 6 escoplos... utensilios, libros...”); el respeto y la admiración por los dones que la Naturaleza otorga a los que trabajan (¡qué prodigio el capítulo del grano de trigo hallado en el fondo de un bolsillo, que permitirá a los náufragos alcanzar uno de los más universales símbolos, el pan!). Sin embargo, la isla, a la que no por azar han bautizado con el nombre de Lincoln, es utopía. El no lugar no puede existir sobre la superficie de la Tierra; y el volcán, otra vez el volcán como mito, pone fin a la armonía, al paraíso que, un tiempo inmemorial atrás, él mismo creara. Pero, La isla misteriosa también es broche, ya que con su fin culminan otras dos obras que por un momento creímos acabadas. A ella ha venido a parar Ayrton, el hombre que traicionó al capitán Grant; el hombre que ha medido la dimensión de su felonía, pero que con el trabajo y la acción heroica llega a redimir su culpa. Finalmente, el habitante oculto de la Isla es Nemo, el ser protector de los náufragos; el que sin mostrarse les proporcionó herramientas, instrumentos o quinina... El capitán que, gota a gota, ha ido perdiendo su tripulación; el hombre que sabiéndose morir llama a los náufragos y en uno de los últimos capítulos les cuenta el porqué de su odisea. Y su navío, que sólo ahora sabemos superó la prueba del maelstrom, y que por un movimiento telúrico se encuentra bloqueado en una caverna de la que ya no podrá salir... Verne, conmovido y conmovedor, medirá cada sílaba al describirnos su definitivo viaje hacia el fondo del mar: “y el Nautilus, hundiéndose poco a poco, desapareció bajo la sábana líquida. Pero los colonos pudieron seguirle todavía a través de las profundas capas de agua. Su luz iluminaba las aguas transparentes...” El Nautilus será sarcófago y la caverna, cripta. Y el lector lamenta que apenas queden unas páginas para que la novela, la utopía que ha tenido entre las manos, termine. Al final, un barco, el Duncan, con el que lord Glenarvan rescatara a los hijos del capitán Grant, viene en auxilio de los colonos de una isla de la que ya sólo quedan unas rocas. El círculo se ha cerrado. Tras La isla misteriosa Verne publica El Chancellor (1875), antítesis de todo lo previo. “Su realismo es repugnante”, dirá Hetzel de esta novela. Narrada en primera persona, nos describe adónde pueden llevar la vesania de un capitán y la insensatez de un hombre. El fuego que se produce a bordo del barco y su lento hundimiento someterá a todo tipo de penalidades a sus desgraciados pasajeros, que llegarán a la antropofagia (“—Señor —me dice el contramaestre—, vale más comerse a un muerto que a un vivo...”) y a la sublevación de los necios que ven en la igualdad una solución (“—¡Que no haya más mando en la balsa! ¡Todos iguales! —¡Bruto estúpido! ¡Como si no fuéramos todos iguales ante la miseria!”) Pero, también la caridad y la abnegación en forma de un padre que sacrifica todo por su deforme hijo, y una mujer (“La señorita Herbey no sonreía, pero ¿a quién o a propósito de qué sonreiría la infeliz muchacha, expuesta a las continuas estupideces y a los ridículos caprichos de su ama?”) que pone a prueba, una vez más, la presunta misoginia del autor. 32

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Miguel Strogoff, un magistral relato sobre la lealtad y el código ético de un arquetipo en su viaje desde Moscú hasta Irkutsk en la Siberia oriental, sale de la imprenta en 1876, y Las Indias negras al año siguiente. Aquí retorna al mito de las profundidades, para él tal vez el único lugar donde es posible la armonía, la felicidad incluso. A través de todo un tratado de hullología, “la mina Dochart, en Aberfoyle...”, se convierte en el paraíso re s u c i t ado, el mito que creímos perdido: “¡La vieja mina va a rejuvenecer...! ¡La animación de los viejos días volverá a empezar... los golpes de los picos... la explosión de los barrenos...! ¡Yo volveré a ver todo eso!” pone en boca del viejo minero que decidió quedarse a vivir con su familia en una casa subterránea cuando la mina se agotó. Y el pensamiento del ingen i e ro veterano, pero aún activo: “¡Qué recuerd o s...! ¡El buen tiempo del trabajo, de la lucha, el mejor tiempo de la vida del ingeniero!” Verne, inmenso poder el de su pluma, hará revivir el trabajo en la mina, y con él todo lo que permite sobrevivir al hombre: los pro y e c t o s, los sueños, la esperanza, el amor... A la vez que re c u e rda las terribles explosiones de grisú, tan frecuentes en las minas de hulla y antracita antes de que Davy inventara su lámpara. Y no podremos evitar una sonrisa ante el final, feliz, ingenuo, del todo previsible... y perdonable. Tra s Hector Servadac (1877) y Un capitán de quince años (1878), Verne publica Las tribulaciones de un chino en China (1879), una hermosa novela sobre la búsqueda de la felicidad, y, en este mismo año, otra obra que a la vez mira al pasado y al futuro: Los quinientos millones de la Bégum. Escrita bajo los influjos de la guerra francoprusiana de 1870, y arrimando quizá un poco más de la cuenta el ascua a la sardina de su país, cuenta cómo una herencia fabulosa se reparte entre dos proyectos opuestos. “¿Por qué no re u n imos todas las energías de nuestra imaginación para trazar el plano de una ciudad modelo s o b re bases rigurosamente científicas?... Edificaremos vastos colegios donde la juventud, educada en sabios principios para desarrollar y equilibrar todas sus facultades mora l e s, físicas e intelectuales... Yo solicito que su nombre sea el de mi patria, y que llamaremos Fra n c e Ville”. A su vez, “en una memoria para los Annalen für Physiologie, el profesor Schultze se p regunta: ¿Por qué todos los franceses presentan diferentes grados de degeneración hereditaria?... Esa masa es Stahlstadt, la Ciudad del Acero, la ciudad propiedad de herr Schultze... un establecimiento monstruo... treinta mil obre ros... Fabricando cañones, como en todas las c o s a s, se es fuerte cuando se puede hacer lo que los demás no pueden...” No es necesario decir que Staldstadt lleva en su esencia el germen de la autodestrucción y que Fra n c e - V i l l e supera el peligro: “el peligro común había unido más íntimamente a todos los ciudadanos. Todas las clases se habían ido aproximando y se habían reconocido como hermanos... Pa ra los habitantes de France-Ville había ya nacido la Patria. Habían temido, habían sufrido por ella, y habían comprendido cuánto la amaban...” Como vemos, toda una apología de la tier ra propia y la libertad. Damos ahora un salto. Desde La casa de vapor (1880), La Jangada (1881), El rayo verde (1881), El archipiélago en llamas (1884) y La isla a hélice (1895), para llegar a La esfinge Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:18-37

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de los hielos (1897), un onírico homenaje a la novela de Poe Aventuras de Arthur Gordon Pym (1837). Verne nunca supo inglés y hubo de leer a Poe (1809-1849) a través de las traducciones al francés que hicieron Baudelaire y William Hughes. La obra del autor de El cuervo le impresionó, porque, además de dedicarle un ensayo (Edgar Poe et ses oeuvres; Musée des Familles; París, 1864), le hizo concebir una novela en la que hace revivir a los personajes de aquel texto magistral: “¿Cómo?... ¿Acaso la novela de Poe no es una ficción...? ¿Edgar Poe había escrito una crónica, no una novela?... Vimos a Dirk Peters arrodillado, con las manos extendidas ante un cuerpo; o, mejor, un esqueleto revestido de piel, que el frío de aquellas regiones había conservado intacto... ¡Pym! ¡Mi pobre Pym!, repetía Dirk Peters... El polo austral... ¡Cuántos descubrimientos de incalculable valor quedan aún por hacer en aquellos parajes! Arthur Pym, el héroe tan brillantemente celebrado por Edgar Poe, mostró el camino…” Qué mejor homenaje al poeta de Boston, que continuar el abierto final de su novela con toda una obra dedicada a su protagonista, del que ya dudamos si fue imaginario. Y es que, quizá, nuestra lectura de Las aventuras de Arthur Gordon Pym sólo terminará realmente cuando leamos el último párrafo de La Esfinge de los hielos. Entre 1897, año de publicación de este libro, y 1905, cuando Verne fallece, todavía saldrán de las prensas otras diez novelas suyas...

Obras póstumas Ya vimos cómo y por qué París en el siglo XX pasó más de un siglo en un cajón antes de ver la luz. Sin embargo, fue diferente el caso de otras diez obras que se editaron con cuentagotas por el hijo y sucesor de Hetzel durante los años inmediatos a la muerte de Verne. Sabemos que éste tenía la costumbre de escribir varias historias diferentes de forma simultánea, lo que explica cómo con mínimos lapsos pudiera publicar obras tan extensas y docum e n t a d as. Sólo sus extra o rdinarias disciplina, talento y capacidad de trabajo le habrían permitido hacerlo y, además, pulir minuciosamente los textos. No sorprende, por lo tanto, que al morir hubiera dejado algunos manuscritos inconclusos, o terminados pendientes de publicación. (Se ha especulado sobre la intervención de su hijo Michel en algunas de estas obras póstumas, que incluso han llegado a serle atribuidas, y a las que, ante la duda, no haremos re f e re n c i a ) . E n t re estas obras póstumas debemos re c o rdar El eterno Adán (1910), novela plena de simbolismo y ecos bíblicos, en la que deliberadamente se confunden futuro y pasado, y en la que hallamos una, tal vez, premonitoria reflexión final del protagonista: “A través de este escrito de ultratumba imaginaba el terrible drama que se desarrolla perpetuamente en el u n i v e rso... adquiría lenta y dolorosamente la íntima convicción del eterno volver a comenzar de las cosas”. El Ave Fénix. La Humanidad y su inevitable deriva a la destrucción... Y, a la vez, su renacer. 34

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Epílogo Transcurrido un siglo desde la muerte de Jules Verne, bien puede decirse que la cantidad y variedad de su obra son tan extraordinarias como sus Viajes. Y, en cuanto a su calidad narrativa, hemos visto una muestra en las páginas previas. Sin embargo, los mismos prejuicios con que tan formidable trabajo fue considerado en vida del autor, parecen estar vigentes; y, a pesar de que sus obras y personajes formen parte de la cultura y del subconsciente de generaciones, hoy sigue siendo considerado un escritor de segunda fila. Lo que no deja de ser curioso, cuando de tantos escritores “inmortales” no queda el más mínimo recuerdo a los quince minutos de su sepelio. Las razones de esa consideración como escritor “menor” son varias. En primer lugar, el que se interesara por la ciencia y la incorporara a la narrativa sorprendió en su tiempo; un tiempo en el que la intelectualidad no miraba con buenos ojos a la ciencia. Si entonces Verne se adelantó, hoy está sobrepasado; lo que en el siglo XIX empezaba a saltar del cerebro al papel y de éste a la fábrica, hoy ya es anacrónico. Y, al igual que los científicos no le consideraban como “uno de los suyos”, sencillamente porque no lo era, muchos intelectuales y literatos “puros” fueron mezquinos al valorar su obra. Así, y a pesar de que Verne tuvo un excelente estilo propio, salvo los Dumas, Tolstoi y Gautier, muy pocos contemporáneos le aceptaron. (Algo parecido a lo que hoy ocurre con eximios cultivadores de la ficción científica, como Arthur C. Clarke o Isaac Asimov.) Y es que, en los textos vernianos el objetivo no es estético; no hay lugar para el “estilo por el estilo” o el “arte por el arte”, ni para los argumentos más o menos habituales. Sólo como ejemplo, en sus páginas no se encontrará ni una referencia a las pasiones infradiafragmáticas. Habrá que esperar hasta bien entrado el siglo XX para que autores consagrados como Gorki, Sartre, Claudel, Cocteau o de Saint Exupéry expresen su devoción por la obra de Verne; por su “prodigiosa capacidad de hacer soñar”. Recordemos que el objetivo esencial de muchas de sus novelas era “instruir deleitando” y por lo tanto tenían, tienen, un notable componente moralista, lo que suele disgustar a ciertas intelectualidades. Y es que Verne, además de gran escritor, fue un extraordinario docente de cultura en general, de ciencia en particular y del carácter en especial. Además, si bien tuvo en consideración las opiniones de Hetzel, fue “por libre” en cuanto a los polos del espectro político y religioso. Así, aunque en su obra son frecuentes las alusiones a la Providencia o al Sumo Hacedor, los protagonistas no hacen bandera de su credo, ni éste decide sus conductas. Si añadimos que en El pueblo aéreo (1896) asume la teoría de la evolución de Darwin, se entiende que la jerarquía eclesiástica del momento, guardián de los valores educativos, viera con recelo sus obras. Y, en cuanto a su trasfondo político, ¿qué partido o ideología incorporaría hoy a un individuo que ha leído “casi todo”, parece creer en los valores que vierte en sus libros y que, además, admira a los EEUU, es trabajador, misántropo, pesimista e independiente? ¿Tiene hoy interés la obra de Verne? La respuesta, a tenor de las publicaciones de las Sociedades Jules Verne de Francia, Holanda, Reino Unido o EEUU, la reedición periódica de Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:18-37

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sus obra s, o los textos que se ocupan de él, evidentemente es sí. Como muchos, pensamos que Verne debe ser “a p rovechado” en las escuelas e institutos de enseñanza media. Acaso, ¿es incompatible imaginar un velero, desde la roda hasta el codaste, con el ordenador? ¿No pueden ir de la mano la imaginación, el libro, el atlas y la probeta con la pantalla? El profesor de Litera t u ra, el de Geografía o el de Física tendrá con él hecha la mitad del tra b a j o . P robablemente se llega mucho mejor al Quijote, al Polo Norte, al ADN o al electroimán si se empieza por cualquiera de los Viajes extra o rdinarios. El que entra en la obra de Verne no sólo imaginará, soñará, gozará y adquirirá cultura; también saldrá lector. Y cuánto adulto, d e s c a rgado del lastre de insanos pre j u i c i o s, podrá disfrutar con los libros de un autor que pocos meses antes de rendir viaje resumía su trayectoria literaria en una frase: “sólo he hecho sugerencias”. Finalizamos estas páginas, la gratitud obliga, con unos versos; mínimo homenaje a quien a tantos enseñó a amar la ciencia, a imaginar las dimensiones del conocimiento y a descubrir el vital e infinito placer de la lectura. JV Fuiste Hatteras, Aronnax y Nemo; Strogoff, Barbicane, Sand, Fileas Fogg; y Fergusson, Glenarvan y Lidenbrock; y Grant, y Ciro Smith, el ingeniero. Forward, Chancellor, Duncan y Pingüino... cien barcos partieron de tu tintero; la Halbrane, el Albatros y ¡el Nautilus! Tu pluma, más que lápiz, fue astillero. Llevaste la ciencia a la novela y creaste un campo que era nuevo; la ciencia fue placer de mil momentos y la novela en ti se hizo escuela. Fuiste chauvinista hasta los huesos y llegaste renqueante a tu destino, soportando el desdén de los egregios miopes, peor que muertos, aburridos. Y si tus libros ayer fueron refugio de un lector que iniciaba su camino, glosar tu obra hoy, es privilegio. 36

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Bibliografía • • • • • • • • •

Allotte de la Fuÿe M. Jules Verne: sa vie, son oeuvre. Ed. Simon Kra. París, 1928. Verne J. Souvenirs d´enfance et de jeunesse. Cahiers du musée Jules Verne. Nº 10. Nantes,1990; pp. 7-21. Moré M. Le très curieux Jules Verne. Ed. Gallimard. París, 1960. Salabert M. El desconocido Julio Verne. Ed. CVS. Madrid, 1974. Reyes L. Julio Verne. Ed. Urbión. Madrid, 1984. Gondollo de la Riva P. Bibliothèque de toutes les oeuvres de Jules Verne. 2ª ed. Societé Jules Verne. París, 1985. Evans AB. Jules Verne rediscovered. Greenwood Press. Westport, CT, 1988. Taves B, Michaluk S. The Jules Verne Encyclopedia. Scarecrow Press. Landham, MD,1996. Evans AB. Jules Verne and the french literature canon. En: Jules Verne. Narratives of modernity. Edmund J.Smyth. Liverpool University Press. Liverpool, 2000; pp. 11-39. • Dumas O. Voyages à travers Jules Verne. Ed. Stanké. Montréal, 2000.

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Demografía de los países receptores de la cooperación española en salud y desarrollo Demography of Countries Receiving Spanish Cooperation in Health and Development n Ricard Gènova Maleras Resumen En este artículo se describe la situación actual, la evolución reciente y las perspectivas de la población de los principales países beneficiarios de la cooperación española en salud y desarrollo. Se incluyen los países iberoamericanos, Haití y cuatro países africanos: Angola, Guinea Ecuatorial, Marruecos y Mozambique. Los datos se han tomado primordialmente de fuentes de información generadas por organismos internacionales. Se aportan cifras sobre España como término de comparación.

Palabras clave Transición demográfica. Envejecimiento. Bono demográfico. Fecundidad. Mortalidad. Países en desarrollo.

Abstract This article describes the current situation, recent evolution and population perspectives of the principal countries receiving Spanish cooperation in health and development. The Latin American nations, Haiti and four African countries (Angola, Equatorial Guinea, Morocco and Mozambique) are examined. Data have basically been gathered from information sources produced by international bodies. Spanish figures are also provided as a basis of comparison.

Key words Demographic transition. Aging. Demographic bonus. Fecundity. Mortality. Developing countries. El autor es demógrafo. Servicio de Informes de Salud y Estudios, Instituto de Salud Pública, DG de Salud Pública y Alimentación (Comunidad Autónoma de Madrid), y Departamento de Salud Internacional de la Escuela Nacional de Sanidad del Instituto de Salud Carlos III (Madrid, España). 38

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R i c a rd Gènova Ma l e ra s

n Introducción

El objetivo de estas páginas es describir la situación actual (en torno al quinquenio 2000-2005), la evolución reciente (desde 1950 hasta 2000) y las previsiones (desde 2005 hasta 2050) de la población de los países iberoamericanos (además de Haití, por lo que se utilizarán los términos Iberoamérica y América Latina de manera indistinta), y cuatro países africanos: Angola, Guinea Ecuatorial, Marruecos y Mozambique, beneficiarios también de la cooperación española. Además, se aportará información sobre España como término de comparación. El grueso de países manejados en estas páginas pertenece al continente americano, y por ello el hilo conductor se fundamentará en ellos, aunque aludiendo en todo momento al resto de casos. Para ello se utilizan primordialmente fuentes de información generadas por organismos internacionales. La calidad y cantidad de las estadísticas producidas por las instituciones competentes de los respectivos países, pese a evidenciarse grandes progresos en los últimos tiempos, es muy heterogénea, poniendo en riesgo con frecuencia la posibilidad de manejar indicadores comparables. A modo de ejemplo, en ocho países del área latinoamericana la subestimación en el registro de mortalidad, según la Organización Panamericana para la Salud (OPS) (1), se encontraba en la segunda mitad de los años noventa entre el 20 y el 50%, en tanto que Haití y Bolivia seguían careciendo del mismo. Por consiguiente, y dado el carácter eminentemente descriptivo y comparativo que se pretende en este trabajo, nos basamos en los indicadores estimados y publicados por el “Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía” (CELADE), el “Population Information Network” (POPIN) de la División de Población de Naciones Unidas, la Organización Mundial de la Salud (OMS), y la OPS. Asimismo, se utilizan, especialmente en relación con la fecundidad y la salud reproductiva, indicadores obtenidos a partir de encuestas demográficas realizadas con criterios comparables, las llamadas “Encuestas Demográficas y de Salud”, o “Demographic and Health Surveys” (DHS), de las que hasta la fecha se llevan publicadas 31 para 13 de los países aquí considerados.

La Transición Demográfica La población mundial ha vivido profundas transformaciones a lo largo del siglo XX. Nunca, en toda la historia anterior de la humanidad, se consiguió una reducción de la mortalidad y la fecundidad como la registrada en el pasado siglo, ni un cambio semejante en su estructura por edades. En su conjunto, la población alcanzó su máximo crecimiento entre 1960 y 1975, a un ritmo de un 20 por mil de tasa media anual. Sin embargo, la cronología y la intensidad de estas tendencias son muy distintas según la región estudiada. A partir de la Segunda Guerra Mundial son los llamados países en desarrollo los que cobran protagonismo en su contribución al creArs Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:38-57

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cimiento mundial, y su peso relativo en la población total no ha dejado de aumentar desde entonces. En concreto, América Latina fue la región con las más altas tasas de crecimiento entre 1950 y 1970, y a partir de entonces esa primacía pasó al continente africano (2). Atendiendo a su ritmo de crecimiento y al comportamiento de sus tasas de natalidad y mortalidad, los expertos de CELADE han propuesto una tipología de países que permite ubicarlos en relación con el proceso de Transición Demográfica (3). De manera sintética, este modelo describe el paso de altos a bajos niveles de mortalidad y natalidad, en una trayectoria dividida en diversas fases en función de la intensidad del crecimiento poblacional. La composición interna de los distintos grupos de CELADE no es invariable, ya que los ritmos de cambio pueden ser y de hecho son distintos entre países, y algunos pasan con más rapidez que otros por las distintas fases. A mitad de siglo XX, todos los países latinoamericanos —y los cuatro africanos aquí estudiados— se encontraban en la primera fase, o Transición Incipiente, con la excepción de Argentina y Cuba —en la tercera fase, o Transición Plena—, y Uruguay, ya en la última, o Transición Avanzada. Durante el medio siglo siguiente la práctica totalidad de estas poblaciones han avanzado en su proceso de cambio demográfico, y algunas de manera muy acelerada. Por ello, hacia el año 2000, seis países se encuentran ya en la fase Avanzada (Costa Rica, Chile, Brasil y Argentina, además de Uruguay y Cuba, para la que se acuña una subfase Muy Avanzada); nueve en Transición Plena (Perú, El Salvador, Paraguay, Ecuador, Venezuela, México, República Dominicana, Colombia y Panamá); cuatro en Transición Moderada (Guatemala, Bolivia, Nicaragua y Honduras) y uno, Haití, todavía en situación Incipiente. A este último grupo pueden añadirse Angola, Guinea Ecuatorial y Mozambique, mientras que Marruecos se homologa con la fase III (Transición Plena). Como toda clasificación, ésta aspira a encontrar el equilibrio entre una diferenciación suficiente entre categorías y una aceptable homogeneidad interna dentro de cada una. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que la variabilidad de los casos es importante pese a encajarse en una misma fase. A continuación se presentan las principales características y evolución de cada uno de los fenómenos conformadores de la dinámica demográfica de las poblaciones de estos países, así como las consecuencias de aquellos en la estructura por edades y sexo, tomando ejemplos extraídos de cada una de las categorías de la tipología citada.

Estructura por sexo y edad La evolución de los fenómenos demográficos observada en los últimos cincuenta años ha tenido consecuencias notables en la distribución de las poblaciones por edades. Como se puede ver en la figura 1, estos cambios no han sido simultáneos e iguales en todas ellas. La población española, con una Transición Demográfica completada ya a finales del siglo XX, muestra los rasgos de una estructura ya envejecida, por efecto tanto del descenso de la fecun40

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10 9 8 7 6 5 4 3 2 1 0 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10

F i g u ra 1. Pirámides de población. Años 1950, 2000 y 2050. Angola, Bolivia, México, Uruguay y España.


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didad (especialmente intenso desde mediados de los años setenta, pero iniciado ya muchas décadas atrás), como del aumento extraordinario de la supervivencia por el descenso de la mortalidad, que le ha llevado de tener una esperanza de vida al nacer de 34 años en 1900 a los más de 78 actuales, una de las más altas del mundo. En el otro extremo, la población de Angola hoy aún muestra una pirámide de estructura prácticamente pretransicional, con una base que no sólo no ha disminuido, sino que ha crecido en los últimos años (debido a un significativo aumento de la fecundidad durante los últimos 30 años y de una mejora de la espera nza de vida centrada principalmente en la reducción de la mortalidad de las primeras edades). Se comprueba así que en los inicios de la Transición Demográfica se produce un momentáneo rejuvenecimiento de la población, algo que los países iberoamericanos han experimentado en alguno u otro período durante la segunda mitad del siglo pasado (salvo Uruguay, Argentina, y Cuba, que lo hicieron más tempranamente). Entre el caso angoleño y el español se encuentran la totalidad del resto de las poblaciones estudiadas, tanto las latinoamericanas como las africanas. En la figura 1 se muestran tres ejemplos bien diferenciados. Bolivia es la expresión latinoamericana del mayor rezago en la trayectoria transicional, sólo superado por Haití. Los datos más recientes, no obstante, parecen certificar la aceleración de los cambios de la demografía boliviana. Guinea Ecuatorial y Mozambique se ubicarían actualmente a medio camino entre Bolivia y Angola. Los avances se aprecian mucho más veloces en la secuencia de pirámides de México, cuya estructura era en 1950 extraordinariamente joven, y sin embargo en el cambio de siglo aparece profundamente contenida en su base, como resultado de la rápida disminución de la fecundidad registrada desde los años setenta. En comparación con otros gobiernos, la mayor implicación de las autoridades mexicanas en la extensión y el éxito de los programas de planificación familiar desde esas fechas explican la forma convexa de la mitad inferior de la pirámide actual. Y un caso semejante, en cuanto a la profundísima variación de su dinámica demográfica en un periodo relativamente corto de tiempo, aunque no exactamente en sus causas, ocurre con Marruecos. Finalmente, Uruguay representa el ejemplo más acabado de Transición Demográfica de estilo clásico —europeo occidental— que se puede encontrar en Iberoamérica. Ciertas características de la sociedad uruguaya propiciaron el temprano inicio de sus cambios demográficos: población pequeña, homogénea culturalmente, con apenas componente indígena, con menores desigualdades entre clases sociales, nivel de instrucción o niveles de renta mayores que en el resto del continente y un fuerte y antiguo flujo inmigratorio procedente de países europeos —españoles e italianos principalmente—, que llevó consigo la inercia demográfica que ya se vivía al otro lado del Atlántico. Así, la transición uruguaya se caracterizó por la suavidad y el largo recorrido de los cambios de los distintos fenómenos demográficos. El resultado más que probable de las tendencias observadas hasta la actualidad se puede apreciar en la tercera y última columna de la misma figura 1. Hacia mitad del actual siglo, las pirámides de los ejemplos mexicano y uruguayo, y aún del boliviano, se asemejarán notablemente, pese a la muy distinta situación cincuenta o cien años atrás. De nuevo en un extremo 42

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se encuentra la población española, con un envejecimiento inédito según las perspectivas de Naciones Unidas aquí manejadas —y que, pese a las matizaciones y correcciones que pudieran hacerse, principalmente por la incorporación de una mayor participación de la inmigración en la dinámica de esta primera mitad de siglo XXI, verosímilmente seguirá siendo uno de los países más envejecidos del mundo hacia 2050—. En el otro extremo, Angola presenta hacia esta fecha final una estructura parecida a la que países con transición recién entrada en la fase plena, como Perú, tienen en la actualidad. El Índice de Envejecimiento (cociente de la población de 65 y más años de edad entre la menor de 15) refleja sintéticamente esta dinámica. En la figura 2 se aprecia la evolución entre 1950 y 2050 de este indicador para los ejemplos aludidos, además de Guatemala. Para no alterar la lectura gráfica, la curva española queda cercenada a la altura del valor actual, señalándose que al final del período será más del doble que en el año 2000, alcanzándose los 26 mayores por cada 10 niños. Del resto de curvas, merece señalarse en primer lugar la tendencia de Uruguay, virtualmente idéntica a la española hasta 1980 y que prosigue aumentando, pero con un ritmo mucho más suave hasta mediado el siglo XXI. Nada que ver con el español, pero tampoco con el de México, que justo en esa fecha alcanza a Uruguay. Esta evo120

100

80

Uruguay España México Bolivia Angola Guatemala

261% en 2050

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Año

F i g u ra 2. Índice de envejecimiento. Años 1950-2050 (Fuentes: United Nations. World Population Prospects. The 2002 revision; y CELADE. Boletín Demográfico, 73, marzo 2004.)

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lución mexicana es tanto más destacable por cuanto hasta 1990 sus indicadores se confunden con los del resto de países, todos entre el 6 y el 10% hasta esa fecha. A partir de ahí las tendencias van separándose, no en el comportamiento —todos al alza— pero sí en el calendario: en todos —incluso, tímidamente, en Angola en los últimos lustros— aumenta el peso relativo de las personas mayores, pero en Bolivia y en Guatemala es muy posterior a México. Actualmente empieza a observarse, además, en muchas de estas poblaciones, un “envejecimiento del envejecimiento”; es decir, un peso relativo progresivamente mayor de las personas muy ancianas —pongamos 80 años o más— sobre el total de las personas por encima de 65. En la medida en que aquéllas son las que tienen mayores problemas de salud y de dependencia, éste es un fenómeno a tener muy en cuenta en los años venideros. Entre tanto, la actual distribución por edades de las poblaciones de los países en plena Transición, y en concreto la trayectoria dibujada hasta la fecha y la prevista para los próximos decenios del llamado Índice o Razón de Dependencia (figura 3) ha llevado a los analistas —y muy destacadamente a los economistas— a acuñar el concepto de “bono”, “ventana” o “dividendo” demográfico. Se entiende por tal la oportunidad que la dinámica demográfica ofrecería a estos países al gozar de una favorable relación entre el peso agregado de los mayores y 120

España

Uruguay

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México

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Año

F i g u ra 3. Índice de dependencia. Años 1950-2050. (Fuentes: United Nations. World Population Prospects. The 2002 revision; y CELADE. Boletín Demográfico, 73, marzo 2004.)

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los jóvenes (el grupo de personas dependientes) y el grupo de los adultos, quienes potencialmente están destinados a mantenerlos. Esta baja relación de dependencia se interpretaría como una posibilidad única —puesto que el proceso de envejecimiento impediría su repetición— para dirigir una proporción creciente de los recursos a sentar unas sólidas bases para el desarrollo de estos países y a prevenir los efectos del futuro envejecimiento de sus poblaciones. Como se aprecia en la figura 3, la población española ya se encontraría en pleno periodo de “bono demográfico”, la mexicana entraría inminentemente en él, Bolivia y Guatemala lo harían al cabo de unos lustros y Angola sólo hacia la mitad del siglo. Parece indiscutible que una distribución por edades ventajosa para el grupo de adultos constituye una base necesaria para un desarrollo económico y social sostenido. Pe ro, a este planteamiento se ha contestado desde diversos frentes argumentando que no es suficiente. De entrada, el aprovechamiento de esta oportunidad que brinda la demografía necesita asegurar varios aspectos clave (4). En primer lugar, la mejora de la salud de las poblaciones. La vinculación entre crecimiento económico y condiciones de salud, no se produce sólo en un sentido, ni es tan lineal como pudiera pensarse —a mayor riqueza mejores condiciones de salud—, sino que ocurre también a la inversa: los avances en el estado de salud de las poblaciones pueden ser sólidos promotores del progreso de las mismas (5). En segundo lugar, se señalan tres áreas cuyas políticas son imprescindibles para beneficiarse de esa situación demográfica: a) Por un lado, la inversión en educación; los niños y jóvenes de hoy son los adultos y trabajadores de mañana, y su contribución al desarrollo valdrá tanto más cuanto mayor sea su preparación; b) por otro, las políticas de estructura económica; esas cohortes de jóvenes crecientemente bien formados sólo revertirán en beneficio de la sociedad que los preparó si pueden incorporarse satisfactoriamente al mercado de trabajo; pero, si el sistema productivo no soporta la presión de una gran masa de fuerza de trabajo, de su buena instrucción sólo saldrán favorecidos los países que los reciban como inmigrantes, y c) es preciso un marco estable desde el punto de vista político y legal; una gobernabilidad dirigida al bien común y la reducción de las desigualdades, la erradicación de la corrupción y el compromiso con la seguridad jurídica. La idea de que el envejecimiento de las poblaciones se produce de manera paulatina y gradual durante un largo periodo de tiempo, concediendo un amplio margen para establecer medidas que minimicen su impacto en la economía y la sociedad, basada en la experiencia de los países europeos, no se acomoda a lo que ocurre, ni verosímilmente ocurrirá, en muchos países en desarrollo. En la mayoría de los países de América Latina y en Marruecos, el envejecimiento está siguiendo con una cronología mucho más acelerada que en Europa. El transcurso por las distintas fases de la Transición Demográfica, que en poblaciones como la inglesa o la francesa se prolongó a lo largo de dos siglos, en aquéllos se está produciendo en sólo unas pocas décadas. Como se ha comentado, la práctica totalidad de estas poblaciones iniciaron la transición a mediados del siglo XX, una vez acabada la Segunda Guerra Mundial, y muchas de ellas ya han recorrido en apenas 50 años buena parte del trayecto. La propia velocidad de los cambios hace que en las próximas décadas lleguen a las edades de jubilación Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:38-57

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cohortes extraordinariamente numerosas, porque pertenecen a generaciones nacidas cuando las tasas de fecundidad eran muy elevadas, y que al tiempo se han beneficiado de la rápida disminución de la mortalidad. El proceso de envejecimiento será por ello mucho más veloz en estas poblaciones que en las de los países desarrollados. Esto, comportará serios problemas para dichos países, porque los plazos para implementar las medidas a tomar se acortan sustancialmente (6, 7). Y todo ello en un contexto social y económico que, en general, no permite la asignación de grandes remesas de recursos para políticas estructurales a medio y largo término, con resultados poco o nada visibles en plazos regidos por calendarios electorales. De hecho, la propia Comisión Económica para América Latina (8) ha encendido recientemente la señal de alarma, al advertir que durante la década de los noventa la generación de puestos de trabajo fue débil y se centró fundamentalmente en el sector informal1, aumentó el desempleo, la creciente incorporación de la mujer al mercado de trabajo se produjo mayoritariamente en condiciones de precariedad e inestabilidad, y la proporción de hogares pobres siguió siendo muy alta (aún mayor a la existente en 1980, antes de la crisis). En estos países los programas de jubilación tienen una cobertura relativamente baja, por lo que las necesidades de los hogares con personas mayores se satisfacen habitualmente con el apoyo de la solidaridad familiar. Sin embargo, cada vez hay y habrá un menor número de hijos y parientes cercanos por cada persona mayor, a lo que se añade la certidumbre de que este patrón cultural de solidaridad en el seno de la familia se va abandonando, sin ser sustituido plenamente por un sistema de protección desde el ámbito público. Además, las condiciones de salud de las personas mayores en estos países son peores, en general, que en los países más desarrollados, por lo que la demanda de atención sanitaria que generen, dado el rápido ritmo de envejecimiento, será intensa y presionará seriamente a los sistemas de salud (7). A ello debe añadirse que el proceso de envejecimiento comporta, por el diferencial de esperanza de vida entre sexos, una feminización creciente del grupo de personas de edad avanzada, algo ya evidente en la población española (9). Y, como el trabajo femenino estuvo y está proporcionalmente mucho menos insertado en la economía formal, las mujeres corren un mayor riesgo de carecer de pensión o cualquier otro tipo de ayuda al llegar a edades avanzadas. Todo ello ha llevado a cuestionar el propio concepto de “oportunidad demográfica” (10). En primer lugar, porque la verdadera dependencia se articula entre la población económicamente activa —y aun más, la población ocupada— y la que no está en el mercado de trabajo, o lo está pero como desempleada. Revisando los indicadores y trasladando estos nuevos contingentes 1

Nota de la redacción. La expresión “sector informal” (también llamado “sector no estructurado”) se acuñó en la Oficina Internacional del Trabajo (OIT) y se utilizó por primera vez en los informes sobre Ghana y Kenya elaborados a principios del decenio de 1970. Una de las conclusiones principales a que se llegó en estos informes fue que el problema social más importante en este tipo de países no era el desempleo, sino la existencia de un gran número de “trabajadores pobres”, que se afanan por producir bienes y servicios sin que sus actividades estén reconocidas, registradas o protegidas por las autoridades públicashttp://www.ilo.org/public/spanish/region/ampro/cinterfor/temas/worker/doc/otros/iv/ii/).

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de personas dependientes del denominador al numerador, el resultado deja de ser tan ventajoso como se presumía inicialmente. En segundo lugar, la población de un país no evoluciona homogéneamente, sino que existen diferencias notables por clase social o nivel de educación, de manera que los grupos más desfavorecidos tienden a tener relaciones de dependencia más desfavorables (fundamentalmente por contar con una mayor fecundidad). Ello haría necesarias unas políticas decididas de redistribución de recursos desde aquellos grupos con mayor nivel de renta y mejor relación de dependencia con el objetivo de reducir las desigualdades. Para la mayoría de los países considerados en estas páginas, éste es el mayor reto que les plantea el presente siglo. No obstante, muchos otros países en desarrollo, entre los que se encuentran Angola, Guinea Ecuatorial, Mozambique, Haití y, en menor medida, Bolivia o Guatemala, tienen todavía otras preocupaciones más cercanas y acuciantes en relación con la evolución de la estructura por edades de su población. Pero deben estar atentos a las vivencias de sus vecinos para adoptar las medidas oportunas en relación con el envejecimiento futuro; y hacerlo a tiempo.

Fecundidad A mediados del siglo XX, el Índice Sintético de Fecundidad (ISF), o Tasa Global de Fecundidad, promedio de la región iberoamericana era de seis hijos por mujer, y se encontraba por encima de los cinco de la media mundial, al igual que la cifra estimada para el continente africano (6,8 hijos por mujer). Por países, oscilaba entre los 7,5 hijos por mujer de Honduras y los 2,73 de Uruguay. Cinco países (cuatro latinoamericanos y Marruecos), se encontraban por encima de los siete hijos por mujer, y otros 13 por encima de seis. Sólo unos pocos mostraban ya una clara tendencia al descenso de la fecundidad (Uruguay, Argentina y, en menor medida, Cuba). De hecho, en América Latina el descenso de la mortalidad, que ya se evidenciaba a mediados del siglo XX, se vio acompañado hasta mediados de los años sesenta de un aumento o estabilización de las tasas de fecundidad, por el mantenimiento de una precoz edad de inicio de la procreación, y una mayor proporción de mujeres que llegaban a las edades fértiles por reducción de la mortalidad prematura. Al contrario que en Europa, en América Latina no se activó el control de la nupcialidad como vía para limitar los nacimientos, sino que aumentaron las tasas de nupcialidad y se rejuveneció la edad media de la llegada al matrimonio. Como consecuencia, a comienzos de los años sesenta todavía sólo cuatro países tenían menos de seis hijos por mujer (Chile, Cuba, Argentina y Uruguay) (11). En cambio, desde principios de los años setenta se aprecia un acelerado proceso de disminución de la fecundidad en algunos países (por ejemplo, México o Marruecos); mientras que otros, como buena parte de los centroamericanos y Mozambique, han de esperar a la década de los noventa para que se evidencie dicha tendencia (figura 4). Por su parte, Angola y Guinea Ecuatorial mantienen una trayectoria al alza hasta el momento presente. Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:38-57

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F i g u ra 4. Índice Sintético de Fecundidad. Años 1950-2050. (Fuentes: United Nations. World Population Prospects. The 2002 revision; y CELADE. Boletín Demográfico, 73, marzo 2004.)

El abanico actual (años 2000-2005) del Índice Sintético de Fecundidad, oscila entre los 7,2 hijos por mujer de Angola y el 1,55 de Cuba. Junto con ésta, otros cinco países iberoamericanos se encuentran por debajo de los 2,5 hijos por mujer, y otros siete, además de Marruecos, entre 2,5 y 3. Estas cifras ponen de manifiesto la magnitud y velocidad del descenso de la fecundidad producido en estos países, mucho mayor que el observado en las poblaciones europeas, que necesitaron muchas más décadas para experimentar una disminución semejante. Pero, también muestran que las diferencias entre países siguen siendo muy importantes. La evidencia de esta reducción de la fecundidad ha llevado a plantear por primera vez para estos países horizontes por debajo del límite de reemplazo generacional. Las más recientes proyecciones de CELADE (12) fijan la fecundidad límite en 2050 en 1,85 hijos por mujer para toda Latinoamérica, salvo Paraguay (1,90), Honduras (1,95) y Haití (2,02); todos los países, por debajo de los 2,1 hijos por mujer. Por su parte, las proyecciones de Naciones Unidas (2) también fijan en 1,85 la cifra final a mediados del siglo XXI para Marruecos, 2,17 para Guinea Ecuatorial, 2,29 para Mozambique y 3 hijos por mujer para Angola; prácticamente todos ellos valores muy inferiores a los previstos en ediciones anteriores de las mismas proyecciones, lo que refleja la profundidad de los cambios acaecidos hasta la fecha. 48

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El ejemplo marroquí da pie, además, para desmentir el tópico de un Islam pronatalista (13). Las condiciones a mediados del siglo pasado no serían, en principio, las más favorables para un descenso rápido de la fecundidad: bajo nivel de vida, alta ruralidad, bajo nivel de instrucción, bajo “coste” de los niños, precario estatus social de la mujer y alta mortalidad infantil. Sin embargo, una serie de circunstancias han confluido en Marruecos y en otros países del Magreb para que se haya producido en un período de tiempo relativamente corto una vertiginosa reducción del número medio de hijos por mujer. En la base de todo ello parece encontrarse una fuerte vinculación con Europa, a la que se toma como modelo o meta en muchos aspectos de la realidad social; en buena medida por la transferencia de patrones culturales, familiares y demográficos facilitada por la emigración a la ribera norte del Mediterráneo (como el incremento del uso de anticonceptivos modernos, el aumento de la edad media al matrimonio de las mujeres y de la soltería definitiva; e, incluso, la separación de las parejas por la emigración) (14-16). Es interesante señalar cómo la fecundidad real (número medio re g i s t rado de hijos por mujer) discrepa de la fecundidad deseada. A partir de las Encuestas de Fecundidad o Encuestas Demográficas y de Salud (DHS) conocemos este segundo valor en muchos de estos p a í s e s. Así, por ejemplo, en Guatemala la fecundidad real en la segunda mitad de los años noventa era de cinco hijos por mujer, mientras la deseada era de 3,4; en Perú, en esas mismas fechas, el ISF ascendía a 3,2, frente al ideal de 2,4. Significativamente, en 1999, en España el número medio de hijos deseado también era 2,5, pero la cifra real era de 1,15. De acuerdo con los datos disponibles para aquellos países que cuentan con más de una encuesta entre mediados de los ochenta y finales de los noventa del siglo XX, el número medio de hijos deseados por mujer ha tendido a disminuir. La divergencia entre fecundidad real e ideal es una expresión de la insatisfacción de la población en relación con su re p roducción, tanto por exceso como por defecto. La evolución de la fecundidad en el pasado medio siglo no se ha limitado a variaciones en el número medio de hijos por mujer. Los cambios han afectado igualmente a la estructura por edades (17); y así, por ejemplo, en México no ha sido igual en todas las edades, sino que ha afectado proporcionalmente más a las mayores de 25 años, en un proceso de reducción media del tamaño de las familias. En 1950 y 1975, la edad modal se situaba en el grupo 25-29, pero en 1975 ya se produjo un descenso mayor en el grupo 30-34 años que en el 20-24; y en el año 2000 este grupo más joven pasa a ser claramente el que ostenta mayores tasas de fecundidad. Así pues, a lo largo de estos cincuenta años la edad media de las madres se ha rejuvenecido considerablemente, de 29,6 años en 1950, a 27,4 en el año 2000. Si en la actualidad se compara este mismo indicador entre varios países, se aprecia cómo en Angola, Guatemala, Bolivia o México, el grupo de mujeres adultas muy jóvenes (20-24) es el que presenta tasas específicas más altas. Sus Edades Medias a la Maternidad son, respectivamente: 28,03, 28,16, 28,78 y 27,4 años. En el caso de Uruguay los grupos de edad 20-24 y 25-29 son virtualmente iguales, pero la edad media global es más baja (26,9 años) porque la Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:38-57

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fecundidad de las mujeres de 35 y más años es proporcionalmente menor. Finalmente, como contraste, la estructura de la población española se muestra mucho más madura, con muy bajas tasas de fecundidad antes de los 30 años y una edad media de 30,7 años, muy por encima de las anteriores. Es importante destacar que este patrón joven de fecundidad, dominante en la mayoría de los países estudiados, se extiende hasta las edades adolescentes (15-19 años), en las que hoy es aún significativamente alta. Llama poderosamente la atención que las adolescentes angoleñas tengan un promedio de hijos tan alto como el de las guatemaltecas que más hijos tienen (20-24), y tres veces más que las mujeres españolas del grupo de edad más fecundo (30-34). Pero, sin llegar al extremo de este país africano, en todos los países iberoamericanos las tasas de fecundidad adolescente son actualmente todavía muy altas en relación con los descensos registrados en el resto de edades. La tasa de 15-19 años supone en Angola un 15,9% de la fecundidad total, un 12,9% en México y un 15,1% en Uruguay; mientras que en España no alcanza más que un 2,8%. Esta alta fecundidad adolescente es una barrera importante para el acceso de estas mujeres a la educación y su incorporación en buenas condiciones al mercado de trabajo. Por ejemplo, en 1993 en El Salvador, la fecundidad adolescente entre las mujeres que no habían concluido un solo año de estudios suponía el 21,1% del total de dicho grupo, mientras que entre aquéllas que completaron diez o más años de formación la proporción de fecundidad adolescente fue del 6,8%. El nivel de estudios se perfila, precisamente, como una variable clave en la conformación de los niveles y el calendario de fecundidad, junto con el nivel de ingresos, el patrón residencial y el uso de anticonceptivos. Siguiendo el caso salvadoreño, con datos procedentes de la Encuesta Nacional de Salud Familiar de 1993, las mujeres de las zonas rurales tenían una media de cinco hijos por mujer, por 2,68 de las residentes en la capital y área metropolitana. Las salvadoreñas con alto nivel de ingresos tenían 2,35 hijos por mujer, frente a 5,62 las de nivel bajo, 5,37 en aquéllas sin un solo año de estudios y 2,35 en las que alcanzaron los diez años o más de formación, que además tienen una estructura de fecundidad por edad mucho más madura. Se trata, como en tantas otras ocasiones, de un proceso que se re t roalimenta: las mujeres con mayor nivel de formación cuentan con mayores expectativas para desarrollar una trayectoria vital más allá de la mera maternidad, lo que las lleva a tener menos hijos y más tarde; y el hecho de tener una fecundidad menor y más tardía permite a las mujeres alcanzar un mayor nivel de estudios y aumentar sus aspiraciones personales, sociales y económicas. El uso de métodos anticonceptivos ha aumentado durante los últimos 30 años en los países en desarrollo, pero las diferencias entre países e internamente en cada uno de ellos siguen siendo importantes (18, 19). Los datos de las Encuestas Demográficas y de Salud para los países que nos ocupan, confirman ambos aspectos. El uso de anticonceptivos es más frecuente en los países cuya fecundidad es media o baja (utilizados por más del 70% de las mujeres en edades fértiles casadas o emparejadas en Cuba, Costa Rica, Brasil, Colombia y España, con una proporción mayoritaria de métodos modernos). En el otro extremo se encuentran Guatemala 50

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(38,2%), Haití (27,4%), Angola (6,2%) y Mozambique (5,6%). La información sobre los países en los que se cuenta con varias encuestas a lo largo del tiempo, muestra aumentos significativos en la prevalencia de uso de anticonceptivos, tanto en los que poseen una alta fecundidad (del 30,2 al 48,3% en Bolivia entre 1989 y 1998) como en los de baja fecundidad (de 69 a 80% en Costa Rica entre 1986 y 1999). No obstante, se vislumbran algunas diferencias importantes. En el caso boliviano, alrededor del 50% corresponde a métodos tradicionales de baja fiabilidad, proporción que se reduce al 12,5% en Costa Rica. Por otro lado, los escasos datos disponibles apuntan a grandes desigualdades en el recurso a la contracepción en función de la clase social, el nivel de estudios y el hábitat residencial, con mayores prevalencias en las clases acomodadas, urbanas y con mayor nivel de instrucción (20).

Mortalidad La mortalidad empezó a disminuir en América Latina durante la primera mitad del siglo XX. Hacia mediados de siglo su esperanza de vida al nacer era de 52 años, por encima de la media mundial (46,5) y muy superior al promedio africano (37,8 años), que ostentaba, y sigue ostentando, los peores indicadores de mortalidad entre las regiones del mundo. De nuevo, no obstante, debe mencionarse la gran diversidad de situaciones que entonces y aún hoy persisten entre países. En 1950 algunos ya llevaban décadas de descenso de la mortalidad (Uruguay, Cuba, Argentina, Paraguay), con esperanzas de vida al nacer ya de 60 o más años. En otros, los cambios fueron relativamente modestos antes de esa fecha: entre los menos evolucionados se encontraban Haití (37,6 años), Bolivia (40,4), Honduras (41,8) y Guatemala (42,0 años). Desde entonces hasta la actualidad la evolución ha sido significativa. A los países más avanzados se han añadido Chile, Costa Rica o Panamá, en tanto que Paraguay se ha descolgado del pelotón de cabeza. A su vez, España, cuya esperanza de vida al nacer en 1950 era algo menor que la de Uruguay, ha pasado a ser uno de los países con mayor supervivencia del mundo. En el extremo opuesto, Mozambique no alcanza en la actualidad los 40 años de expectativa de vida (21), advirtiéndose en la figura 5 la dramática evolución de la mortalidad en ese país. Claramente rezagado a mediados del siglo pasado en relación con los países iberoamericanos más desfavorecidos (Guatemala, Bolivia, e incluso Haití, tenían mayor esperanza de vida), hasta 1980 tendió a reducir diferencias con ellos, pero a partir de este año, y especialmente desde 1990 hasta hoy, ha sufrido una gran pérdida absoluta de la expectativa de vida. Los 16 años de guerra, finalizados formalmente en 1992, y el VIH/SIDA, con una prevalencia estimada por ONUSIDA en un 13% en el año 2000 (22) —una de las más altas del mundo y muy superior a las de Angola y Guinea Ecuatorial— son las principales causas de esta evolución. Ambas han afectado a la población no sólo directamente por el aumento de la mortalidad que suponen, sino también de manera indirecta, al socavar la estructura producArs Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:38-57

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Año

F i g u ra 5. Esperanza de vida al nacer. Ambos sexos. Años 1950-2050. (Fuentes: United Nations. World Population Prospects. The 2002 revision; y CELADE. Boletín Demográfico, 73, marzo 2004.)

tiva y reproductiva del país, y hacerlo aún más vulnerable al impacto de otras causas recurrentes en la sociedad mozambiqueña, como la malaria y los efectos de las catástrofes naturales (las más recientes, las inundaciones de los años 2000 y 2001). Las proyecciones de Naciones Unidas apuestan por el retorno a la senda del incremento de la esperanza de vida a partir de 2010, pero la brecha abierta es de enormes dimensiones. En los primeros estadios de la Transición Demográfica, el descenso de la mortalidad se centró fundamentalmente en las primeras edades de la vida, cuya carga era muy elevada. En Chile, a principios de siglo XX, la probabilidad de muerte antes de los cinco años era de 40 por cada cien nacidos (23). La vulnerabilidad de los niños ante la muerte no era una característica privativa de las poblaciones menos desarrolladas: según las tablas de mortalidad de 1900 en España el indicador era semejante al chileno. Las Tasas de Mortalidad Infantil (TMI) hacia 1950 eran de alrededor de 60 por mil nacidos vivos en Uruguay o España, y de 180 en Marruecos o Bolivia, 196 en Guinea Ecuatorial o más de 220 en Mozambique o Angola. Desde entonces hasta la actualidad la reducción ha sido muy importante, llegando a 13 por mil en Uruguay, 10,5 por mil en Costa Rica, 8 por mil en Chile, 7,3 en Cuba y 3,6 por mil en España, entre los países con tasas más favorables hacia el año 2000. No 52

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obstante, en Latinoamérica todavía restan dos países por encima del 50 por mil (Bolivia y Haití), y Guinea, Mozambique y Angola permanecen por encima de las cien defunciones de menores de un año por cada mil nacidos vivos. Es importante destacar que esta evolución descendente de la mortalidad infantil, extensible a los menores de 5 años, se ha producido en todos los países, con independencia de los avatares políticos y las crisis económicas. Sin embargo, las diferencias persisten no sólo entre países, sino dentro de cada uno de ellos, y especialmente entre las zonas rurales y urbanas, y entre poblaciones con distintos niveles de estudios. Desde los años ochenta hasta la actualidad, según los datos procedentes de Encuestas Demográficas y de Salud (DHS), estas diferencias incluso han aumentado en algunos países como Bolivia (TMI en 1998, urbana: 53 por mil; rural: 100 por mil), o Perú (TMI en 2000, en población sin estudios: 73,4 por mil; con enseñanza secundaria, o más, completada: 27,4 por mil). Los cambios a largo plazo en la mortalidad de las poblaciones suponen variaciones fundamentales en el patrón de causas de defunción y en su reparto por edades. Es lo que se denomina Transición Epidemiológica (24, 25). Las primeras causas en ser combatidas con éxito fueron, de manera genérica, las llamadas Transmisibles (infecciosas, perinatales, maternas, nutricionales). Estas causas afectan especialmente a la población de menor edad y por ello en los inicios de la Transición Demográfica los niños son los mayores beneficiados en el proceso. Posteriormente, el peso de la mortalidad va recayendo progresivamente en las causas no Transmisibles, que tienen una distribución por edades mucho más madura; y, asimismo, las causas Externas tienden a cobrar importancia. La magnitud de los cambios es tal que, por ejemplo, en un país como Chile, si en 1909 las causas Transmisibles provocaban más de la mitad de las defunciones, por sólo un 14% las no Transmisibles, éstas ya causaban, en 1998, casi tres de cada cuatro muertes y las Transmisibles un 13,6%. Entre ambas fechas las causas Externas casi se han triplicado, y las mal Definidas han disminuido a la sexta parte, constatando no sólo el cambio de patrón epidemiológico, sino también la mejora en el diagnóstico y certificación de las causas de defunción. Igualmente, si a principios de siglo XX más de la mitad de las defunciones correspondían a niños menores de cinco años y la otra mitad se distribuía entre el resto de edades, con especial participación de los adultos jóvenes (muertes por causas maternas), noventa años más tarde las muertes de los menores de cinco años se han reducido al 4% del total y la mayoría de las defunciones se concentra en mayores de 65 años. En el contexto latinoamericano encontramos modelos muy avanzados, como el uruguayo o el cubano, con un 80% de las muertes atribuibles a causas no Transmisibles, junto a países cuya proporción de causas Transmisibles superan aún el 20% del total y con un gran peso todavía del grupo de causas Mal Definidas (Haití, Perú, Nicaragua). De otros (Bolivia, Guatemala, Honduras) ni siquiera contamos con datos fehacientes sobre causas de defunción a nivel nacional (1). No obstante, la comparación en la evolución de la distribución proporcional de las defunciones por grandes grupos de edad, ya nos da una primera idea de la ubicación de cada país en la Transición Epidemiológica. Así, en Guatemala, durante todo el siglo Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:38-57

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pasado las muertes en los primeros 15 años de vida fueron mayores que las de personas de 65 y más años; y, aunque ambas series se han encontrado con el cambio de siglo, tardarán todavía unos cincuenta años en alcanzar la distribución por edades que Uruguay presentaba ya a mediados del siglo XX (es decir, un siglo antes), cuando más de la mitad de las muertes ya correspondían a mayores de 64 años. Carecemos de información exhaustiva acerca de las causas de mortalidad en Angola, Guinea Ecuatorial y Mozambique, países en los que la distribución de las defunciones por edades confirma su profundo retraso en relación con el esquema de la transición de la mortalidad: sólo poco más del 11% de todas ellas corresponden a personas con 65 o más años de edad en los dos países lusófonos; cifra que alcanza el 22% en Guinea. Por el contrario, Marruecos se encuentra en acelerada transición, con más de la mitad de las muertes atribuibles ya a causas no Transmisibles (26). La Transición Epidemiológica de todos estos países presenta rasgos propios que los alejan del modelo clásico europeo. Estas características particulares son: a) una superposición de etapas, en lugar de la sucesión del patrón clásico, con coexistencia simultánea de un peso importante tanto de enfermedades Infecciosas como no Transmisibles; b) la eventualidad de procesos de marcha atrás (contratransición), con el resurgimiento de enfermedades propias de fases tempranas; c) una persistencia duradera de esa situación de convivencia de enfermedades Transmisibles y no Transmisibles (morbilidad mixta), no resolviendo el proceso transicional; y d) un incremento de las desigualdades en salud, de manera que en un mismo país se registran simultáneamente clases sociales o grupos poblacionales con un perfil epidemiológico pretransicional junto a otros con patrones avanzados, pudiendo seguir ritmos e incluso trayectorias diferentes en el proceso de transición epidemiológica. Este modelo de transición se ha denominado “polarizado prolongado” (27, 28). De este modo, junto al creciente peso de las enfermedades cardiovasculares (29, 30) —principal causa de muerte ya en muchos países latinoamericanos— o los tumores, siguen siendo muy altas las muertes maternas (31) (Haití, Brasil, Perú, Bolivia), re a p a recen significativamente enfermedades que en otros lugares ya han sido arrinconadas (como el cólera, el paludismo, el dengue o la enfermedad de Chagas), surge con fuerza el VIH/SIDA (22, 32) (Haití, República Dominicana, Honduras, Panamá, Guatemala, Brasil), la violencia cobra un papel significativo en algunos países (Colombia, Honduras, El Salvador, Brasil, México) y emergen problemas de salud propios del desarrollo desordenado, como las afecciones respiratorias en las grandes ciudades sometidas a alta presencia de contaminantes (Ciudad de México, Santiago de Chile) (33).

Migración El tercer fenómeno de la dinámica demográfica básica, la migración, queda con frecuencia en un segundo plano a la hora de explicar la evolución de las poblaciones. En buena parte esto 54

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es debido a la menor calidad y cantidad de la información estadística disponible. En muchos casos, sólo los censos, y de manera insatisfactoria dado que no están pensados para registrar el fenómeno migratorio, nos ofrecen información sobre los cambios de residencia de las personas. La migración presenta, además, variaciones de tendencia mucho más súbitas e imprevisibles que las que pudieran producirse en la fecundidad o la mortalidad. De hecho, la migración encaja mal en el modelo explicativo de la Transición Demográfica, en el que es tenido casi como un fenómeno exógeno. Sin embargo, en muchas poblaciones el principal factor de cambio demográfico ha sido y/o es la migración internacional. Es el caso, por poner dos ejemplos extremos recientes, de las poblaciones ecuatoriana o marroquí (fuertemente emigratorias) y la española (receptora en los últimos años de un gran número de personas procedentes de otros países, entre las que destacan precisamente las originarias de Ecuador y Marruecos) (34). Se han identificado tres grandes patrones de migración internacional en Iberoamérica: la inmigración de ultramar, la migración intrarregional y la emigración (35, 36). La primera, procedente principalmente de Europa, fue importante históricamente y alcanzó hasta buena parte del siglo XX, para decaer a partir de 1970. Desde esta fecha los movimientos entre países de la región fueron cobrando importancia, aunque la crisis de los años ochenta frenó la tendencia e incrementó el flujo de latinoamericanos hacia otras regiones (inicialmente a Estados Unidos y años más tarde a Europa y Japón). Esta migración extrarregional hoy tiene una gran importancia para la economía de algunos países, para los que las remesas de divisas enviadas por la población emigrante constituyen una proporción considerable de su Producto Interior Bruto (entre el 8 y el 14% en República Dominicana, El Salvador, Nicaragua o Ecuador en el año 2000) (37).

Conclusión La mayoría de los países contemplados en estas páginas se encuentran el pleno proceso de Transición Demográfica, al llevar ya algunas décadas experimentando significativas disminuciones en su fecundidad y mortalidad. Esto tiene como resultado variaciones en su ritmo de crecimiento, primero al alza y posteriormente a la baja, y modificaciones profundas en su distribución por edades. La principal consecuencia de esta dinámica es el envejecimiento de su población, que si bien aún sólo es evidente en algunos casos (España, Uruguay), se convertirá en la principal característica y el mayor reto para todas estas poblaciones en el futuro. Se ha considerado que estos países en transición gozarán de una oportunidad única e irrepetible otorgada por la demografía —una baja relación de dependencia— para sentar las bases de un desarrollo económico y social a largo plazo y, al amparo de la experiencia de los países más desarrollados, tomar las medidas necesarias para atenuar el impacto del envejecimiento. Sin embargo, ese “bono demográfico”, aunque necesario, no es suficiente. El compromiso en eduArs Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:38-57

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cación y salud como prioridad fundamental; el fortalecimiento de la estructura económica y la generación de puestos de trabajo; la reducción de la economía informal; la estabilidad política; la seguridad jurídica y la erradicación de la corrupción; así como un marco global sin hipotecas —deuda externa, regulación del comercio— son factores íntimamente vinculados al aprovechamiento de unas condiciones demográficas favorables para la consecución de un desarrollo sostenible y a la reducción de las desigualdades. La escasa información disponible por debajo del nivel estatal impide identificar las principales situaciones de desigualdad, verosímilmente mayores dentro de cada país que las existentes entre países. Esta limitación, la mayor de las que adolece este trabajo, conduce a reclamar encarecidamente a los organismos competentes, tanto nacionales como internac i o n a l e s, los mayores esfuerzos en articular sistemas de información con estadísticas fiables, continuadas y relevantes a escalas geográficas y socioeconómicas por debajo de los estados; estadísticas imprescindibles para monitorizar adecuadamente los procesos de transición y muy especialmente sus efectos no deseados, con el fin de reconocerlos prematuramente y poder ayudar a la toma de decisiones dirigidas a corregir sus causas.

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Grandes telescopios del mundo y paraísos astronómicos The World’s Big Telescopes and Astronomy Paradises n Luis Cuesta Crespo y Natalia Ruiz Zelmanovitch Resumen Los telescopios son las herramientas fundamentales para la observación astrofísica. Ubicados en los mejores sitios del planeta para la Astronomía, los grandes telescopios actuales están capacitados para observar los objetos más débiles y distantes del Universo. Su elevado coste de mantenimiento hace que sean gestionados por consorcios científicos internacionales. Con el proyecto español Gran Telescopio CANARIAS (actualmente en construcción y con un diámetro 10,4 m) se instalará uno de estos grandes telescopios en el Observatorio del Roque de los Muchachos (La Palma, Canarias). Con él se pretende contestar a algunos de los grandes interrogantes con los que se enfrenta la Astronomía.

Palabras clave Astronomía. Astrofísica. Universo. Telescopios. Canarias

Abstract Telescopes are fundamental tools for astrophysical observation. The big telescopes of today, located at the best observation sites in the world, have the necessary capacity for observation of the weakest and most remote objects of the Universe. International scientific consortia are responsible for their management because of the high cost involved in their maintenance. The Gran Telescopio CANARIAS, presently under construction and with a 10.4-m diameter, is a Spanish project for the installation of a big telescope at the Roque de los Muchachos Observatory (La Palma, Canary Islands). With this, we expect to find the answers to some of the greatest questions faced by Astronomy.

Key words Astronomy. Astrophysics. Universe. Telescopes. Canary Islands.

Los autores trabajan en el Instituto de Astrofísica de Canarias (http://www.iac.es), La Laguna (Tenerife, España). 58

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n La historia de los soñadores del cielo

La contemplación del firmamento estrellado ha despertado desde siempre la imaginación del ser humano y ha sido, seguramente, uno de los eslabones que han condicionado la evolución intelectual del Homo sapiens. La perplejidad que crea esta contemplación ha suscitado diferentes ideas hasta el punto de situar la morada de los dioses en el cielo o de otorgar la condición divina a los astros, como en el caso del Sol, la Luna o los planetas. En sí mismo es un placer mirar al cielo en una noche estrellada y ver la inmensidad de puntitos luminosos que nos rodean; la sensación recibida nos traslada a una serie de preguntas de difícil respuesta. Para la contemplación del cielo, nuestros ojos son unas herramientas muy adecuadas, pues son relativamente sensibles y tienen un gran campo visual. Sin embargo, cuando queremos llegar un poco más lejos e intentar dar respuesta a esa serie de preguntas relacionadas con la naturaleza de lo que vemos ahí arriba, se quedan cortos; necesitamos recurrir a otras herramientas más potentes. Así ha sucedido desde la Antigüedad. Tanto con la construcción de monumentos megalíticos como los de Stonehenge (por citar uno de los más conocidos y que nadie duda que sean auténticos observatorios astronómicos, aunque los investigadores no se pongan de acuerdo sobre su verdadera finalidad) como, posteriormente, con la elaboración de artilugios que ayudaban a la orientación, como los astrolabios y los sextantes; y, definitivamente, con el uso del telescopio, ciertamente la aportación más importante a la Astronomía en toda su historia. Las construcciones megalíticas servían para determinar las fechas del calendario: eran identificadores de las fechas de los solsticios y los equinoccios y, con ellos, de las estaciones del año. Permitían así conocer los momentos adecuados para la siembra o la recogida de la cosecha o las crecidas de los ríos, como en el caso del Nilo. Estas herramientas eran utilizadas por personas muy cualificadas, normalmente sacerdotes, que ostentaban un rango social y religioso muy elevado y que utilizaban su conocimiento como un arma de poder. Esta unión entre la Astronomía, la religión y el poder se mantuvo durante toda la Antigüedad y de ahí que los faraones, emperadores y reyes utilizasen la Astronomía como una forma de dominio. En aquella época lo que hoy separamos en Astronomía y Astrología no estaba diferenciado. Con el tiempo las necesidades sociales cambiaron y la Astronomía también fue utilizada para encontrar soluciones. La navegación amplió sus horizontes y se hizo necesario buscar un modo fiable de orientación: las estrellas permitían encontrar el rumbo fácilmente. De este modo, hasta que se empezó a usar la brújula, el sextante era indispensable. En ese momento es cuando se comenzó a diferenciar entre Astronomía y Astrología, concediendo a la primera un carácter más científico, al estudiar las posiciones de los astros, y a la segunda un sentido más relacionado con la superstición y la adivinación. Con la llegada de la brújula la Astronomía cedió terreno en el campo de la navegación. Pero fue por entonces cuando Galileo encontró una nueva aplicación a un invento holandés de uso Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:58-74

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militar: un tubo en cuyos extremos se colocaban cristales curvados y que agrandaba las imágenes. Galileo lo modificó y lo dirigió hacia cielo, por lo que se le considera el inventor del telecopio. Este nuevo instrumento supuso el nacimiento de una nueva era en la Astronomía, y como consecuencia trajo una drástica revolución de las concepciones sobre el Universo: la Tierra dejó de ser considerada definitivamente el centro del Universo. Aunque Galileo llegó a conseguir hasta 20 aumentos con sus occhioli, eran instrumentos muy rudimentarios. Sin embargo, comenzaron a ser profusamente utilizados por los astrónomos de la época y pronto empezaron a aparecer mejoras, como las de Kepler; hasta que Newton cambió las lentes por espejos e introdujo el telescopio reflector, mucho más eficaz para la observación astronómica. Fue la época de los primeros grandes catálogos de objetos astronómicos. Los telescopios, cada vez más perfeccionados, también se fueron fabricando cada vez más grandes y la Astronomía empezó a ser una empresa de alto coste que necesitaba ser sufragada. Así, empezaron a aparecer los astrónomos reales, los Observatorios Astronómicos de la Marina y la Astronomía se profesionalizó. El siguiente cambio drástico en la historia de la Astronomía tuvo lugar a finales del siglo XIX. Por entonces, los telescopios eran bastante avanzados y precisos, capaces de observar estrellas muy débiles. Además, también se había desarrollado la espectroscopía, que consiste en separar la luz en sus componentes de longitud de onda, lo que son los colores en luz visible. Esto había impulsado los estudios sobre la estructura atómica y se estaba en condiciones de identificar los diferentes elementos de la naturaleza por su huella espectral, es decir, la combinación de líneas de emisión y absorción. De la aplicación de la espectroscopia a la Astronomía nació la Astrofísica, con la que, por fin, se podía tener información sobre la composición de las estrellas y las nebulosas. De este modo, la Astrofísica ha permitido estudiar los procesos físicos que se dan en el Universo y entender, por ejemplo, cómo se produce la energía en las estrellas, o cómo se forman las nebulosas. Así, la Astrofísica, junto con las otras ciencias, entró en el siglo XX con los grandes cambios y la revolución científica que trajeron consigo la Teoría de la Relatividad y la Mecánica Cuántica. Durante las primeras décadas los telescopios se perfeccionaron rápidamente, mejorando la técnica de su construcción y desarrollando nuevos materiales, a la vez que se empezaron a construir grandes observatorios astronómicos con un interés exclusivamente científico. La aplicación de la Astronomía a la navegación no era ya tan importante, pero la aportación de la Astrofísica al conocimiento científico como ciencia básica sí lo era. Los telescopios empezaron a crecer de 2 a 3 y 4 metros, hasta llegar a los 5 metros del Telescopio Hale en el Observatorio de Monte Palomar, construido al final de la década de los cuarenta. Esto permitió desarrollar trabajos tan importantes como el estudio de la expansión del Universo, conclusión a la que llegó Edwing Hubble estudiando las velocidades de las galaxias y utilizando para ello el telescopio de 2,5 metros instalado en el Observatorio del Monte Wilson. Las siguientes décadas supusieron una apertura de horizontes de la Astrofísica. Hasta ese momento, la herramienta utilizada por los científicos había sido el telescopio tradicional, sólo 60

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Localización del Observatorio del Roque de los Muchachos (ORM), en la isla canaria de La Palma, donde se está construyendo el Gran Telescopio CANARIAS (GTC). Fuente: Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC)

sensible a la luz visible por nuestros ojos. Es más, durante mucho tiempo se desconoció por completo la existencia de otra luz distinta a ésta; o, si se conocía, no se relacionaba con ella. Pero la luz, esa onda electromagnética que viaja en el vacío a la velocidad insuperable de 300.000 km/s, tiene otras “caras”. Si descomponemos la luz visible, como lo hacen las gotas de lluvia al formar el arco iris, vemos una sucesión de colores. Cada uno de estos colores corresponde a una frecuencia diferente de esa onda electromagnética (los astrofísicos prefieren hablar en términos de longitud de onda, que es la distancia espacial entre dos picos de la onda). Nuestros ojos no son capaces de ver más allá del rojo hacia las ondas más largas y de menor frecuencia, ni después del violeta hacia las más cortas y de mayor frecuencia. Por eso tenemos la tendencia a pensar que la luz se acaba ahí, pero no es así. Más allá de estas frecuencias están el infrarrojo y el ultravioleta, respectivamente. Pero, todos hemos oído hablar también de rayos X, rayos gamma y, por supuesto, de ondas de radio y microondas. Todo eso es luz: diferentes aspectos de una onda electromagnética, pero con otra frecuencia. Y lo mejor es que todas se pueden detectar. Proceden de todo el Universo en grandes cantidades y nos aportan una información muy valiosa, complementaria a la que recibimos de la luz visible. Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:58-74

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Hay objetos astronómicos que sólo se pueden ver o estudiar en algunos rangos, en algunas frecuencias muy concretas. También hay procesos astrofísicos sólo observables en algunas longitudes de onda. Y los que se ven en todos los rangos ofrecen un aspecto diferente en cada uno. Así, la Astrofísica nos ofrece una nueva visión de lo que nos rodea. El símil sería la fotografía de una persona. Si se hace en el espectro visible, veremos su piel, con sus rasgos y colores. Si se ve en el infrarrojo, encontramos el calor que desprende y los cambios en su temperatura corporal. Si se ve en radio, se ve todo negro, pues no hay prácticamente emisión. En el otro extremo del espectro, si se observa en rayos X, veremos sus huesos. Si son rayos X blandos, incluso se puede ver la sangre circular o los músculos. Por último, si se ve en rayos gamma, el cuerpo será transparente, pues prácticamente lo atraviesan sin interactuar con él. Todo está en el mismo cuerpo, pero según la frecuencia en que se mire se ven cosas o aspectos distintos. Con los objetos astronómicos sucede lo mismo, por lo que los astrofísicos se han esforzado en desarrollar nuevos instrumentos. En la década de los treinta ya se sabía que existían emisiones en radio de origen extraterrestre, inicialmente detectadas como ruido, pero que no podían identificarse por falta de resolución espacial en los equipos. Fue en la década de los cuarenta cuando se comenzaron a construir los primeros radiotelescopios que abrieron una nueva ventana a la Astrofísica. Con los nuevos radiotelescopios se descubrieron muchos objetos nuevos, como las estrellas de neutrones que, por la gran precisión en sus pulsos, en un principio se pensó que eran señales de seres inteligentes. De hecho, inicialmente se identificaron con las siglas inglesas LMG de Little Green Men (hombrecillos verdes), pero pronto se comprobó que se trataba de cadáveres de estrellas con un fuerte campo magnético, que giraban a gran velocidad, de ahí que reciban también el nombre de púlsares1. El siguiente paso fue llegar al infrarrojo, otra parte no visible del espectro electromagnético y que tiene frecuencias más bajas que el rojo. Posee un comportamiento óptico muy similar a la luz visible y, salvo algunos aspectos instrumentales, los telescopios usados para detectarla son similares. Sin embargo, nuestra atmósfera no es completamente transparente a esta ra d i ación y sólo deja pasar algunas bandas. La atmósfera terrestre es básicamente transparente a la radiación visible, a algunas bandas del infrarrojo y en radio. Afortunadamente, a otras frecuencias es del todo opaca, actuando como un escudo protector; la vida en la Tierra no sería posible sin una atmósfera que impidiese el paso a los dañinos rayos ultravioleta, X o gamma. Para observar adecuadamente en estos rangos es necesario evitar nuestra atmósfera. Así empezaron a construirse equipos que pudiesen ser enviados por encima de la atmósfera 1 Estrellas

de neutrones o púlsar: resto estelar de una explosión de supernova. Su estado se debe a un fuerte colapso gravitacional en el que los núcleos atómicos se funden, por lo que la estrella sólo se compone de neutrones. Posee una cantidad de materia similar a la del Sol pero concentrada en una esfera de unos 10 km de diámetro, de lo que resulta un cuerpo hiperdenso (105 g/cm2). En sus inicios, la rotación de una estrella de neutrones es muy rápida y emite pulsos de radiación electromagnética en períodos cortos y regulares que la llevan a ser conocida como “púlsar”.

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terrestre, primero a bordo de aviones y globos estratosféricos, y después en satélites artificiales. De este modo, se pudieron llevar a cabo programas completos de observación de todo el cielo en estas longitudes de onda con proyectos como ISO (Infrared Space Observatory) o IUE (Internacional Ultraviolet Explorer), por citar algunos de los más fructíferos en este campo. Iniciada la puesta en órbita de satélites como estos, la idea también se extendió a otras longitudes de onda como los rayos X o los rayos gamma, realizándose numerosos proyectos en esta línea, como los desarrollados por los observatorios Chandra y XMM Newton, en rayos X, y CGRO (Compton Gamma Ray Observatory) e Integral (International Gamma-Ray Astrophysics Laboratory), en rayos gamma. Además de los ya de por sí grandes radiotelescopios, la tendencia actual es la construcción de grandes telescopios terrestres, en los espectros visible e infrarrojo, complementados por observatorios espaciales para éstas y otras longitudes de onda. La tecnología avanza a favor de los telescopios terrestres. Así, desde hace más de una década se viene desarrollando la técnica de “óptica adaptativa”, que consiste en corregir las perturbaciones que crea la atmósfera terrestre en las imágenes observadas por efecto de las turbulencias. Un espejo deformable se modula de acuerdo con las distorsiones percibidas en la imagen de una estrella que se utiliza como patrón y así se compensan en la imagen del objeto principal. Con esta nueva técnica de óptica adaptativa instalada en grandes telescopios se puede conseguir prácticamente la misma calidad en las observaciones que fuera de nuestra atmósfera, pero con la tremenda diferencia del coste económico. El aumento de tamaño en los telescopios tiene una razón fundamental. El poder de re s o l ución de un telescopio, o de cualquier instrumento óptico, depende de su tamaño de apertura. Es decir, con un telescopio grande podremos distinguir dos puntos en la lejanía mejor que con uno pequeño. Los faros de un coche, por ejemplo, se ven como una única luz cuando están muy alejados. Eso se debe a que las pupilas de nuestros ojos son muy pequeñas. Utilizando un telescopio de 10 metros de diámetro seríamos capaces de verlos separados y distinguirlos a 20.000 km de distancia. También, al aumentar el tamaño de la superficie colectora se recibe más luz, algo que no sobra en el caso de la Astronomía. Es como cuando recogemos agua de lluvia con un plato: cuanto mayor sea el plato, más cantidad de agua recogeremos. Estos proyectos, necesitados de una gran inyección de dinero, son financiados por consorcios internacionales promovidos por las instituciones científicas más prestigiosas en Astrofísica. Ejemplos de grandes telescopios son los telescopios Keck, en el Observatorio de Mauna Kea, en Hawai, los telescopios VLT, en el Observatorio Europeo Austral de Cerro Paranal, en Chile, y el Gran Telescopio CANARIAS (GTC), en el Observatorio del Roque de los Muchachos, en La Palma. Ahora bien, observar en uno de estos grandes telescopios es un doble viaje en el tiempo. Por un lado, la tecnología punta que se aprecia en una de estas g randes instalaciones nos traslada hacia el futuro; por otro, la observación con un telescopio supone siempre un viaje al pasado, pues permite ver lo que ha sucedido hace miles o millones de años. Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:58-74

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Radiotelescopios La materia fría del Universo (constituida por grandes nubes de hidrógeno que no son calentadas por ninguna estrella brillante cercana) no se ve en el rango visible de la luz, pero se conocía su existencia por la identificación de regiones del Universo aparentemente vacías de estrellas, suponiéndose que eran nubes oscuras y opacas. Para observar estas nubes es necesario recurrir a los radiotelescopios: grandes colectores de ondas de radio procedentes del Univers o . El radiotelescopio más grande del mundo es el que se encuentra en el Observatorio de Arecibo, en Puerto Rico. Tiene más de 300 metros de diámetro de superficie, formada por aproximadamente 40.000 paneles de aluminio, y está construido sobre cuatro montañas, por lo que no es un radiotelescopio móvil. Con un cierto margen de apuntado, sólo puede observar lo que en ese momento pasa sobre el sitio y que va cambiando por el movimiento de rotación diario terrestre. Por este motivo y para que el rango de observación fuese mayor, se eligió un emplazamiento cercano al Ecuador. Inicialmente se ideó para estudiar la ionosfera terrestre y los planetas cercanos, pero también ha servido para estudiar las propiedades de cometas y asteroides, y detectar las débiles señales emitidas cientos de veces por segundo por los pulsares en nuestra galaxia, y las de los cuerpos más lejanos del Universo: los cuásares2, núcleos de galaxias activas. La ventaja de este radiotelescopio es que, mientras con otros se requieren varias horas de observación para estudiar objetos débiles, en Arecibo se puede hacer en sólo unos minutos. En el Cáucaso, Rusia, existe un radiotelescopio todavía mayor, el RATAN-600 (pertenece a la Academia de Ciencia Rusa), de 576 metros de diámetro, pero su sensibilidad y resolución angular son muy limitadas. En el Observatorio Nacional de Radio Astronomía de EEUU se encuentra el radiotelescopio móvil más grande del mundo, con una estructura metálica de más de 100 metros de diámetro y 7.300 toneladas de peso. Con él se estudian regiones de formación estelar y galaxias activas, habiendo encontrado lo que parecen ser los bloques de los que se forman las galaxias, y descubierto el agujero negro más joven jamás observado en el Universo. El telescopio Lovell, en el Observatorio de Jodrell Bank (GB), es un radiotelescopio de 76 m de diámetro y 3.200 toneladas de peso, que permitió (1979) descubrir la primera lente gravitatoria, confirmando una de las predicciones de Einstein. La instalación para radioastronomía más grande que existe es la red de radiotelescopios del VLA (Very Large Array). Consiste en 27 antenas de 25 m de diámetro dispuestas en forma de “Y” en Nuevo Méjico (EEUU). Los datos recibidos por las antenas se combinan electrónica2 Cuásar: objeto extragaláctico muy brillante de alto corrimiento al rojo, es decir, dado el alejamiento de la fuen-

te de luz, se detecta un aumento de la longitud de onda, que se desvía hacia la parte roja del espectro electromagnético. Su apariencia es muy similar a la de una estrella. Emite luz y energía en radio. Se cree que está constituido por un agujero negro, un disco de acreción (disco formado por gases y otros materiales que son atraídos por un cuerpo con un campo gravitatorio muy intenso) y una galaxia. 64

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El Gran Telescopio CANARIAS será el telescopio con espejo primario más grande del mundo. Fuente: IAC

mente mediante la técnica de interferometría, que consiste en sumar las señales de forma coherente. Así se consigue un aumento de la resolución angular equivalente al de una antena única de 36 km. Gracias a su poder de resolución, se han estudiado algunos de los objetos más distantes del Universo, las regiones de formación estelar y los núcleos de las galaxias. También ha aportado datos muy valiosos sobre las características superficiales de Plutón y de su luna Caronte. Pero, además de las ondas de radio que llegan de los objetos individualmente, desde 1965 se sabe que el Universo está impregnado de una radiación de fondo, remanente de la creación del Universo hace unos 13.800 millones de años. Esta radiación, a una temperatura de 3º K, llega de todas partes y estudiando sus características se ha podido comprobar cómo es el Universo. La instalación VSA (Very Small Array) es uno de los instrumentos que se utilizan para el estudio de la radiación de fondo cosmológico. Está ubicada en el Observatorio del Teide, en Tenerife, y es el resultado de una colaboración entre el Observatorio de Radio Astro n o m í a de Mullard de Cambridge, la Universidad de Manchester y el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC). Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:58-74

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Telescopios milimétricos: el Universo frío Las ondas milimétricas, o microondas, se encuentran entre las ondas de radio y el infrarrojo lejano, siendo interesantes por la posibilidad de detectar nubes de gas y polvo a una temperatura baja en el medio interestelar, el medio en el cual se forman las estrellas. El ALMA (Atacama Large Millimeter Array), un proyecto conjunto en el que participan EEUU, Canadá, el Observatorio Europeo Austral, España y Chile, será un observatorio para la detección de ondas milimétricas. Actualmente, está en proyecto su instalación en el desierto de Atacama, Chile, uno de los lugares más secos de la Tierra, la característica más buscada para la observación en estas longitudes de onda. Consistirá en una red de no menos de 64 antenas de 12 metros cada una que se podrá distribuir en configuraciones de hasta 10 km de extensión. La resolución angular conseguida superará de largo la que tienen los mejores telescopios actuales como VLA o el Telescopio espacial Hubble. Además, actualmente, se encuentra en construcción el Gran Telescopio Milimétrico (GTM), un esfuerzo conjunto del Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica (INAOE) en Tonantzintla, México, y la Universidad de Massachusetts (UMass) en Amherst (EEUU).

Telescopios solares El Sol es la estrella más próxima a la Tierra y podemos verlo a simple vista (con las debidas precauciones para no dañar nuestros ojos). Sin embargo, a pesar de esta proximidad y de la consecuente facilidad para la observación, desconocemos muchas cosas de él. No es una estrella muy diferente a las demás que podemos ver en nuestra galaxia o en otras galaxias; pero en él se pueden apreciar procesos físicos que no tienen fácil explicación. Por eso, los estudios teóricos son fundamentales para avanzar en el conocimiento de lo que sucede en el Sol; pero también la observación es necesaria. La observación del Sol es muy diferente a la del resto de estrellas y objetos astronómicos. Las estrellas que vemos de noche aparecen muy débiles, y se necesita una gran capacidad colectora en el telescopio para poder detectarlas, analizarlas y estudiarlas. Con el Sol sucede lo contrario: hay tanta luz que es necesario evacuarla para que no se calienten excesivamente los elementos ópticos del telescopio o los detectores. Además, como en el momento de la observación el Sol está calentando el suelo, crea turbulencias en el entorno, de forma que para minimizarlas se sitúan los telescopios en torres elevadas. Sin embargo, en el Sol, se han descubierto muchos procesos físicos muy interesantes que pueden ser la clave para encontrar respuestas a los fenómenos que se producen a escalas espaciales muy pequeñas, como lo que sucede en los bordes de las manchas solare s. Así, p a ra observar detalles en la superficie solar, es obligatorio dotar a los telescopios solares de g randes aperturas que aumenten la resolución espacial de las observaciones y recurrir a las 66

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técnicas de óptica adaptativa para corregir los efectos de la turbulencia atmosférica sobre las imágenes. En esta línea, el Telescopio Solar Sueco (SST), instalado en el ORM, en La Palma, es actualmente el telescopio solar más grande de alta resolución. Gracias a su calidad óptica, con una lente frontal de un metro de diámetro, y al estar ubicado en el mejor emplazamiento del planeta para telescopios solares, los investigadores pueden ver y fotografiar los detalles más pequeños de la superficie del Sol, de incluso sólo 70 km de tamaño. El Instituto de Física Solar, de la Real Academia de Ciencia Sueca, opera este telescopio. El Telescopio Solar McMath-Pierce, en el Observatorio de Kitt Peak, en Arizona (EEUU), es el de mayor apertura, con un diámetro de 1,5 metros. Es una estructura compleja que comprende tres telescopios en uno, pudiéndose utilizar concurrentemente o de manera independiente, y está dotado de un espectrógrafo solar de 13,6 metros. Esto le proporciona una capacidad única para observar el Sol en diferentes longitudes de onda, en particular en el relativamente inexplorado rango infrarrojo más allá de 2,5 micras. Este telescopio forma parte del Observatorio Nacional Solar (NSO) de EEUU. El THEMIS (Telescopio Heliográfico para el Estudio del Magnetismo y de las Inestabilidades Solares) se concibió por un equipo de astrónomos franceses del Observatorio de MeudonParís. Actualmente, THEMIS es una colaboración entre Italia y Francia. Con sus 90 cm de diámetro, fue durante mucho tiempo el mayor telescopio solar; y ahora lo es del Observatorio del Teide (Tenerife), donde se encuentra una de las baterías de telescopios solares mejores del mundo. Pero, su especial diseño para medir la intensidad y la dirección del campo magnético solar, junto con la capacidad para operar simultáneamente en diversas bandas, fundamental para este tipo de estudios, unido a la instrumentación de THEMIS, que permite obtener datos experimentales sobre la estructura de la atmósfera solar en 3 dimensiones, hacen de este telescopio solar una pieza única en su género.

Telescopios Cherenkov: el mundo de las altas energías Hay un tipo de telescopios que observan la luz en el rango óptico, pero cuyo interés radica en el estudio de objetos astronómicos muy energéticos como los núcleos de galaxias activas, los remanentes de supernovas3 o los brotes de rayos gamma. Estos objetos, en general, emiten débilmente en el rango óptico. Sin embargo, los rayos gamma y cósmicos que nos llegan de ellos 3

Supernova: fase final en la vida de una estrella muy masiva en la que ha agotado todo el combustible de sus capas internas, por lo que se vuelve inestable y se contrae bruscamente. Entonces, sufre una gigantesca explosión con gran liberación de energía, pudiendo incrementar su luminosidad varios miles de veces. En un par de segundos emite tanta energía como en el resto de su vida. Gran parte de su masa es lanzada al medio interestelar y el núcleo restante se transforma en una estrella de neutrones (o púlsar) o en un agujero negro.

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producen series de cascadas de partículas muy energéticas y veloces en su colisión con las capas altas de nuestra atmósfera. Las partículas que llegan a las capas más bajas de la atmósfera producen una luz azulada denominada luz de Cherenkov, que se produce cuando una partícula viaja más rápido que la velocidad de la luz en ese medio (la velocidad de la luz en el vacío es el límite universal de velocidades, pero en un medio como el aire, la luz viaja a menor velocidad). MAGIC (Major Atmospheric Gamma Imaging Cherenkov Telescope) es una colabora c i ó n científica internacional formada por institutos de investigación y universidades de España, Alemania, Italia, Finlandia, Polonia, Suiza, Armenia, Rusia y EEUU. Los tres primeros países son los principales responsables de la construcción de este instrumento. MAGIC tiene 17 m e t ros de diámetro formados por unos 1.000 paneles y está instalado en el ORM, en La Palma. Con este instrumento, el mayor telescopio de Cherenkov del mundo, se pueden detectar rayos gamma en un umbral energético de menos de 50 GeV. Los destellos de luz de C h e renkov se producen a una altura muy elevada y brillan sólo durante unas mil-millonésimas de segundo; de ahí la importancia del tamaño del telescopio MAGIC para percibir estos destellos de luz tan débiles y fugaces.

Telescopios ópticos e infrarrojos Los telescopios más convencionales son los ópticos e infrarrojos. Ambos están basados en los principios de óptica tradicionales de reflexión y refracción. Los primeros telescopios eran refractores, es decir, una lente actuaba como elemento colector y dirigía la luz que entraba hacía el foco donde se situaba el instrumento, en aquella época solía ser una placa fotográfica o el ojo humano desnudo. Actualmente, los telescopios profesionales son reflectores, en los que el elemento colector es un espejo curvado. El instrumento ahora es mucho más complejo y consiste en un espectrógrafo, un polarímetro o una cámara CCD (del inglés: Charge Coupled Device, “dispositivo de carga acoplada”) que se utiliza en las cámaras digitales para capturar imágenes. También ha cambiado la disposición de la estructura que soporta el telescopio, lo que se llama montura. Hasta hace treinta años se construían ecuatoriales, de modo que el plano sobre el que se levantaba el telescopio estaba inclinado, paralelo al ecuador terrestre. Así, los movimientos del telescopio para apuntar a una estrella y para seguirla por la rotación terrestre eran mucho más sencillos. Por el contrario, la estructura tenía que ser más robusta y pesada, lo que ponía un límite muy restrictivo al tamaño del telescopio. Para construir telescopios más grandes hubo que recurrir a la montura altacimutal, en la que el telescopio está construido horizontalmente. La estructura puede ser más ligera, pero los movimientos requeridos son más complicados, por lo que su desarrollo no fue posible hasta que los sistemas de control de los telescopios se informatizaron. Ahora se construyen telescopios de seis, ocho y hasta diez metros de diámetro y se coordinan entre sí para hacer interferometría óptica. 68

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Igualmente, la evolución de los materiales ha permitido mejorar las capacidades ópticas de los telescopios. El elemento colector, el espejo, es un vidrio. Conseguir un material resistente, ligero y con una mínima dilatación por cambios de tempera t u ra, ha sido un re t o . Materiales como el duralex o el zero d u rTM lo han hecho posible. Asimismo, en los telescopios más avanzados, el elemento colector ya no es un espejo único, sino un conjunto de espejos que se acoplan para producir el equivalente de una superficie re f l e c t o ra mucho más grande. El VLT (Very Large Telescope) es una de las instalaciones telescópicas más eficientes y avanzadas. Se compone de una batería de cuatro telescopios idénticos de 8,2 metros de diámetro de espejo monolítico, instalados en el Observatorio de Cerro Paranal perteneciente al Observatorio Europeo Austral (ESO), del que son socios varios países europeos. Con su re s o l ución óptica sin precedente y su superficie colectora, VLT es capaz de producir imágenes de una calidad extraordinaria y puede registrar la luz de los objetos más débiles y alejados del Univers o . En el Observatorio de Mauna Kea, en Hawai, y en el Observatorio de Cerro Pachón, en Chile, se encuentran los dos telescopios óptico-infrarrojo gemelos del Observatorio Gemini. Al estar situados en los dos hemisferios este observatorio tiene acceso a todo el cielo. Ambos telescopios, de 8 metros de diámetro, han sido diseñados para beneficiarse de la última tecnología, como la óptica adaptativa multiconjugada y la espectroscopia multiobjeto. Gemini es una colaboración de siete países: EEUU, Reino Unido, Canadá, Chile, Australia, Brasil y Argentina. Subaru es un telescopio óptico-infrarrojo instalado en el Observatorio de Mauna Kea, en Hawai. Representa una nueva generación de telescopios, no sólo por el tamaño de su espejo primario, con una apertura efectiva de 8,2 metros, sino por su revolucionario diseño. Un sistema de soporte activo y la cúpula, diseñada para eliminar la turbulencia atmosférica local, mantienen una alta calidad de imagen. El Telescopio Subaru, así denominado por el nombre en japonés del cúmulo de las Pléyades, pertenece al Observatorio Astronómico Nacional de Japón. También en el Observatorio de Mauna Kea, en Hawai, se encuentran los que son actualmente los telescopios ópticos más grandes. Cada uno con un espejo primario equivalente a 10 metros de diámetro, compuesto de 36 segmentos hexagonales y 300 toneladas de peso, pero operadas con precisión nanométrica. Son los dos telescopios del Observatorio W. M. Keck. La baza fundamental de este telescopio es su tamaño y la óptica activa ejercida sobre los segmentos del espejo primario, que hacen de él una superficie mejor que la de un espejo único. Además, la existencia de dos telescopios gemelos posibilita la combinación de la luz de ambos para dar lugar al Interferómetro Keck. Así, es posible responder a preguntas como las relativas a la evolución del Universo hasta el estado actual, la tasa de formación de estrellas en las galaxias o la formación del Sistema Solar. El Telescopio Hobby-Eberly (HET) posee 9 metros de diámetro, fue construido gracias a la colaboración internacional entre la Universidad de Texas, en Austin, la Universidad del Estado de Pennsylvania y la Universidad de Stanford (EEUU), el Ludwig-Maximilians-Universitaet Muenchen y el Goerg-August-Universitaet Goettingen, en Alemania. Tiene un diseño único Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:58-74

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que posibilita la construcción de un instrumento de observación astronómica de calidad científica a un coste reducido. El espejo primario es esférico, con el eje óptico inclinado 35º con el cenit y sólo se mueve en el sentido horizontal (acimut), con lo que los efectos de las deformaciones por la gravedad son inexistentes (similar al modelo del Radiotelescopio de Arecibo). En el futuro este modelo de telescopios de bajo coste y elevadas prestaciones científicas va a ser utilizado en otros como el Gran Telescopio Sudafricano (SALT) que se está instalando en el Observatorio Astronómico de Sudáfrica.

Los cielos de Canarias El ORM, se encuentra en la isla canaria de La Palma y está situado al borde del Parque Nacional de la Caldera de Taburiente, en el término municipal de Garafía, a 2.400 metros sobre el nivel del mar, por encima del “mar de nubes”. Se trata de un lugar privilegiado para la actividad astrofísica por la atmósfera transparente y estable que le proporcionan los vientos Alisios. Es, además, uno de los lugares mejor estudiados para la observación astronómica. Allí geografía y clima se unen, proporcionando unas condiciones excepcionales para la observación astronómica; de ahí que en el ORM se encuentre una de las baterías de telescopios más completa del mundo en la que se llevan a cabo campañas constantes y continuas prospecciones con el fin de analizar la calidad y transparencia de la atmósfera, garantizando la calidad observacional. Por su parte, en el Observatorio del Teide (OT), en Tenerife, dada su situación geográfica (entre los observatorios solares del este y del oeste), unida a la transparencia y excelente calidad astronómica de su cielo, la actividad se reserva preferentemente al estudio del Sol, concentrándose en él los mejores telescopios solares europeos. Pero, como veremos a continuación, antes de la creación de ambos Observatorios hubo un largo camino de trabajo e investigación. La historia contemporánea de la Astronomía en Canarias se inicia con las expediciones astronómicas del siglo XIX. El astrónomo británico Piazzi Smyth demostró, en 1856, basándose en las afirmaciones de Newton, que los sitios de gran altitud ofrecían claras ventajas para la observación astronómica. Llegó a esta conclusión después de realizar observaciones a diversos niveles en Tenerife, desde el mar hasta las montañas de Guajara (2.717 m) y Altavista (3.250 m), junto al pico del Teide. En 1910, el astrónomo francés Jean Mascart vino expresamente a Canarias para ver el paso del cometa Halley, y quedó tan satisfecho de las condiciones para la observación astronómica que ofrecían las cumbres de Tenerife que propuso la cre ación de un observatorio internacional en la Montaña de Guajara. Un proyecto que se vio paralizado por la Primera Guerra Mundial. En 1959 numerosos astrónomos de todo el mundo visitaron nuevamente las Islas para observar un eclipse de Sol. Volvió entonces a despertarse el interés por la instalación de un 70

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El pasado mes de enero finalizó la instalación de la estructura mecánica del Gran Telescopio CANARIAS. Fuente: IAC

observatorio permanente. Ante la demanda del mundo de la Astronomía y la Astrofísica, España comenzó a dar los pasos necesarios para crear un observatorio astrofísico en Tenerife. Pronto quedaron demostradas las excelentes condiciones del lugar para este tipo de investigación y se inició la formación del primer grupo español de Astrofísica. En la década de los sesenta se realizaron las primeras prospecciones astronómicas de Tenerife, basadas en medidas sistemáticas, y en 1970 se inauguraba el Observatorio del Teide, que pasó a depender del rectorado de la Universidad de La Laguna. En 1964, el Observatorio de Burdeos instaló un telescopio fotoeléctrico en Izaña (OT). Y, posteriormente, a principios de los setenta se instaló un telescopio solar y, en 1972, un telescopio para el infrarrojo de 1,5 metros (el actual Telescopio "Carlos Sánchez"). Demostrada ya la bondad de los cielos canarios para la observación astronómica, se inició en la década de los setenta la construcción del ORM, en La Palma. Tras las correspondientes negociaciones con diversas instituciones científicas europeas interesadas en instalar telescopios en Canarias, el Observatorio se abrió a la participación internacional con la firma, en 1979, de los Acuerdos de Cooperación en Astrofísica, que regulan la Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:58-74

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explotación del cielo de Canarias. A través de ellos, más de 62 instituciones científicas de 19 países, tienen hoy instrumentos astrofísicos instalados en Canarias. De hecho, Canarias es el Observatorio Norte Europeo (ENO), uno de los tres paraísos astronómicos más importantes de nuestro planeta. En 1985 tuvo lugar la inauguración oficial del IAC y de los Observatorios Internacionales del Teide y del Roque de los Muchachos. Pero en el IAC no sólo se investiga en Astrofísica. También se trabaja en otras facetas como el desarrollo de instrumentación para telescopios, otras aplicaciones tecnológicas (cuyos descubrimientos se aplican a diferentes áreas como la instrumentación médica, telecomunicaciones, etcétera), la formación, con doctorados y postdoctorados en los que se forma a los estudiosos e investigadores de la Astrofísica; o la difusión cultural, por ejemplo, a través del “Museo de la Ciencia y el Cosmos”, en el que se despierta la curiosidad de los estudiantes con respecto al misterioso mundo de las estrellas. Además, el IAC edita varias publicaciones, organiza cursos, y mantiene una página de Internet a disposición de los usuarios en la que se informa de todo lo que ofrece el Instituto y de su funcionamiento. Actualmente están integrados en el IAC la Administración General del Estado (Ministerio de Educación y Ciencia), el Gobierno de Canarias, la Universidad de La Laguna y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

La “Ley del Cielo” La civilización moderna ha traído consigo numerosos avances que, para no dificultar la observación astronómica, a veces deben ser controlados. Así, la luz excesiva o contaminación lumínica que surge de los núcleos de población, y demás influencias negativas, como la contaminación radioeléctrica, las rutas aéreas y la contaminación atmosférica, están controladas en Canarias desde 1988 por la “Ley del Cielo”, una normativa que preserva la calidad astronómica para los observatorios. Además, el IAC dispone de una Oficina Técnica para la P rotección de la Calidad del Cielo (OTPC) centrada en la aplicación permanente de esta ley. Asimismo, dispone de un grupo científico que se ocupa del seguimiento continuo de los parámetros que determinan la calidad astronómica de los observatorios del IAC (Grupo de Calidad del Cielo).

Un telescopio especial: el “Gran Telescopio CANARIAS” (GTC) El proyecto del GTC arrancó de la mano del IAC, que puso de manifiesto la necesidad de disponer de un instrumento de este tipo para seguir avanzando en el campo de la Astrofísica, una ciencia que ha tenido en España un auge espectacular en muy poco tiempo, con un incremento 72

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destacado en el número de investigadores, así como en la calidad y cantidad de sus publicacion e s. De ahí la iniciativa de satisfacer las exigencias y necesidades de los astrofísicos españoles. Por otra parte, España no participaba en los proyectos de los nuevos grandes telescopios que estaban en marcha (Keck, GEMINI, VLT, etcétera). Era, pues, necesario disponer de un instrumento propio, y de última generación, que enriqueciese el ORM y lo mantuviese al nivel de los mejores observatorios del mundo. En el año 2006, fecha prevista para el inicio de su funcionamiento, será uno de los telescopios más avanzados y con mejores prestaciones para la investigación astronómica. El telescopio ha sido construido en su mayor parte a través de contratos con empresas españolas (un 70%), aunque hay un gran número de empresas extranjeras contratadas. Asimismo, el Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica (INAOE), y el Instituto de Astronomía de la Universidad Nacional Autónoma de México (IA-UNAM), cofinanciadas por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México (CONACYT), así como la Fundación para la Investigación de la Universidad de Florida (EEUU), aportan un 10% del presupuesto del telescopio y de otras actuaciones e inversiones preparatorias previas a su explotación. Como contrapartida, obtendrán un 5% del tiempo de observación y contribuirán, también con un 5%, a los gastos de operación del GTC, contemplando, además, en el caso de México, el intercambio de tiempo de observación entre el GTC y el Gran Telescopio Milimétrico (GTM). Con estos acuerdos se ha iniciado la internacionalización del proyecto GTC. El Gran Telescopio CANARIAS es un telescopio reflector, es decir, emplea espejos en lugar de lentes, para recoger la luz. Observará la luz visible y la infrarroja procedentes de los objetos celestes y cuenta en su diseño con las últimas innovaciones tecnológicas. El espejo primario del GTC fue pensado para alcanzar un tamaño de 10 metros de diámetro, para lo cual fue necesario diseñar y fabricar un espejo segmentado, ya que sería imposible la manipulación y el traslado de un espejo único de ese tamaño. Éste está compuesto por 36 piezas hexagonales que unidas tienen un tamaño equivalente al de un espejo circular de 10,4 metros de diámetro. Aparte del espejo primario, se utilizan un espejo secundario y un tercer espejo para enviar la luz a los focos donde se ubican los instrumentos científicos. La montura, estructura que soporta el telescopio y sobre la que éste se mueve, es altacimutal, es decir, los movimientos se realizan según dos ejes, el horizontal y el vertical. Por ser el último de esta generación de grandes telescopios que se está construyendo, el GTC ha intentado mejorar el diseño de sus predecesores, aprendiendo de su experiencia. Ya que, junto a la gran superficie colectora es muy importante la calidad de imagen, el GTC utilizará dos técnicas para optimizarla: la óptica activa y, más adelante, la óptica adaptativa. Con la primera se alinean, deforman y mueven los espejos (segmentos del primario y espejo secundario) para mantener de un modo preciso la posición y forma de los mismos, independientemente de las condiciones externas (climatología, temperatura, gravedad, defectos de fabricación, etcétera) de manera que no influyan sobre la imagen. La óptica adaptativa es, en la actualidad, una técnica incipiente que está siendo desarrollada para los principales telesArs Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:58-74

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copios del mundo y, una vez implantada, equivaldrá casi a observar sin atmósfera. A todo esto hay que sumar una cúpula protectora del telescopio que está preparada para evitar al máximo la existencia de turbulencias externas e internas que puedan degradar la imagen; y una estructura mecánica, diseñada para que la observación se realice libre de vibraciones que podrían restar nitidez a las imágenes. El GTC pretende lograr un óptimo aprovechamiento del tiempo de observación mediante el sistema de observación por colas (proceso que decidirá automáticamente qué instrumentación y qué tipo de observación conviene hacer conforme a las condiciones atmosféricas de cada momento). Además, utilizará un avanzado sistema de control y dispondrá de una alta fiabilidad de funcionamiento gracias a un programa de mantenimiento preventivo, diseñado para percibir posibles fallos antes de que se produzcan, garantizando que el tiempo de parada producido por estos fallos en el sistema sea mínimo. Pero, además, un telescopio necesita instrumentación focal, (lo contrario sería como tener una cámara fotográfica y no disponer de carrete), por lo que el GTC contará con varios instrumentos científicos de última generación que permitirán analizar la luz visible e infrarroja. Los instrumentos, ubicados en las estaciones focales del telescopio, captarán la luz, formando imágenes directas (las que detecta el ojo humano) e imágenes espectroscópicas (mediante espectrógrafos se selecciona una parte de la imagen, separándola en sus diferentes longitudes de onda). Estos instrumentos serán OSIRIS, CanariCam, ELMER y EMIR. Actualmente se han terminado los trabajos de construcción de la cúpula y la estructura mecánica, iniciándose una fase de ajustes y puesta a punto de esta compleja mole de 300 toneladas de acero al carbono. El GTC podrá llegar a “ver” los objetos más distantes y los más débiles de nuestro Universo. Entendamos esto como un viaje en el tiempo: la luz que recibimos de los objetos más alejados del Universo empezó su periplo hace más de 10.000 millones de años, por lo que podremos obtener respuesta a muchas preguntas sobre la creación del Universo conocido. Con el GTC distinguiremos sistemas planetarios en estrellas de nuestros alrededores, podremos conocer la materia oscura; descubrir, oculto tras las densas nubes moleculares, el “nacimiento” de estrellas; “ver” las galaxias más alejadas y los cuásares; estudiar más a fondo las características de algunos agujeros negros y su evolución; o saber cuáles son los componentes químicos creados tras el “Big Bang”. Por supuesto, hallar planetas similares al nuestro alrededor de otras estrellas es una de las metas emblemáticas del GTC. En definitiva, con este gran telescopio se intentará contestar a algunas de las preguntas que surgen ante la observación de un infinito cielo estrellado. Más información en: www.iac.es www.gtcdigital.net www.caosyciencia.com

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La configuración del conocimiento y la práctica médica actual The Configuration of Knowledge and Current Medical Practice n Juan M. V. Pons Rafols y Juan Rodés Teixidor Resumen El artículo examina el papel de la investigación en la génesis del conocimiento médico y la práctica médica actual, atendiendo a la singularidad de cada una. El declive de la investigación clínica y los factores socioeconómicos actuales tienen su impronta en la investigación y la atención médica que se dispensa. La medicina no es, simplemente, un sinónimo de biología, por eso debe insistirse en cuales son sus fines.

Palabras clave Conocimiento científico. Práctica médica. Investigación en ciencias de la salud.

Abstract This article examines the role of research in the genesis of medical knowledge and current medical practice, the uniqueness of both aspects being addressed. The decline in clinical re s e a rch and current socioeconomic factors have an impact on both re s e a rch and the provision of health care. Medicine is not simply synonymous with Biology, and so it is necessary to stress what its goals are.

Key words Medical knowledge. Medical practice. Biomedical research.

Los autores son respectivamente: Director de la Agència d’Avaluació de Tecnología i Recerca Mediques (AATRM), Barcelona (España), y Director General del Hospital Clínic (Barcelona, España) y President del Consell d’Administració de l’AATRM. Autor para la correspondencia: Juan MV Pons Rafols, e-mail: direccio@aatrm.catasalut.net. Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:75-93

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n Introducción

No es casual la elección de este título, a pesar de parecer obvia la diferenciación entre conocimiento y utilidad, entre saber y hacer. Hoy en día parece como si en ninguna época anterior en la historia de la medicina y de la ciencia en general, fuesen mayores las expectativas de grandes avances, abundando las predicciones, como un nuevo paradigma, en el ámbito del conocimiento y la práctica médica. Sin embargo, la transferencia de estos avances científicos a la práctica clínica persiste como una grieta entre dos campos que parecen alejarse, no sólo por los obstáculos intelectuales y prácticos de llevar este conocimiento obtenido en el laboratorio a la cabecera del enfermo, sino también por el creciente desequilibrio en ambos lados de la ecuación: el número de personas dedicadas a la investigación básica supera con creces al de las dedicadas a la investigación clínica y a la atención de los pacientes, las que deberían llevar a cabo esta traslación del conocimiento novedoso a su práctica habitual (1, 2). No obstante, como se desarrollará seguidamente, no son estos los únicos obstáculos. El objetivo de este trabajo es presentar la desigual constitución del conocimiento y su aplicación tecnológica en la práctica de la medicina. Para los autores de este texto y como re q u isito extensivo a los lectores, medicina no es sinónimo de biología. Otros campos del conocimiento, soslayados hoy en día especialmente en los contenidos curriculares de las facultades donde se forman los futuros profesionales, deben considerarse al tener como finalidad la curación de los enfermos: psicología, sociología, filosofía (moral), incluso economía; sin olvidar nunca, como elemento básico, el conocimiento preciso y profundo de la naturaleza humana.

La experimentación en la ciencia básica y aplicada No existe una única vía para llegar a un nuevo o mejor conocimiento de la naturaleza y de la vida, así como a las técnicas que contribuyen a prevenir y tratar las enfermedades. El propio proceso de avance científico y tecnológico ha sido objeto de un continuo debate desde los albores de la ciencia moderna, discutiéndose su origen y describiéndose sus etapas en distintas formas o tipos. La diferenciación entre investigación básica y aplicada tiende hoy a desdibujarse, no sólo por el hecho de su continuidad y retroalimentación constante, sino especialmente por la predominancia de la primera, al aceptarse sin más que la investigación básica, la ciencia “pura”, surge y antecede siempre a su aplicación, como si fuesen etapas sucesivas (3). Sin embargo, ambos tipos de investigación, básica y aplicada, utilizan métodos y materiales (como sujetos de estudio) diferentes y persiguen también objetivos distintos (4). No debería persistir, dentro de la misma comunidad científica, la falsa creencia de que la investigación básica supone una actividad intelectual más elevada y trascendental. 76

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Desde un punto de vista histórico, la conexión entre ciencia y tecnología es un fruto reciente, ya que nace a mediados del siglo XIX. A partir de entonces la tecnología pasa a ser un elemento catalizador en la generación de nuevo conocimiento. La investigación, sin embargo, aun la del tipo ensayo–error, también ha estado presente desde tiempos inmemoriales en la práctica médica, con el fin de probar las técnicas más apropiadas para solucionar los problemas, las debilidades y limitaciones que los humanos encuentran en su entorno. En el campo de la medicina se ha procurado el alivio y confort ante el sufrimiento, la decrepitud, la debilidad y, en última instancia, la muerte, la conciencia de la cual es “privilegio” (sólo) de la especie humana. Se considera que el método experimental fue introducido en medicina por Claude Bernard (1813-1878), con la publicación en 1865 de su libro Introducción al estudio de la medicina experimental (5). Deberían pasar casi cien años para que el ensayo clínico controlado y aleatorizado se convirtiera en el diseño de referencia en la investigación clínica. El método experimental, al intervenir sobre los procesos bajo condiciones controladas, permite entender el cambio e interpretar sus causas (etiología y patogénesis), establecer predicciones (pronóstico) y evaluar más nítidamente los efectos de las intervenciones médicas (6). Por otra parte, una tecnología, muchas veces invisible pero que ha contribuido como pocas al progreso científico, ha sido la medida y dominio del tiempo. Con ella los ritmos biológicos han podido transformarse en medidas, en registros gráficos, como versiones (visiones) mecanizadas de series de eventos a lo largo de un período. Estos gráficos, generados por tecnologías, adquieren un carácter de objetividad, a la vez que permiten su reproducción y generalización1. La investigación básica, también conocida como fundamental, la ciencia pura como aún se la denomina, se dirige a problemas sobre las leyes y principios que rigen a los seres humanos, la sociedad y la naturaleza. Hasta hace poco tiempo no había en ese campo de la investigación un interés tecnológico o práctico, industrial ni comercial. Por el contrario, la investigación práctica persigue un fin utilitario, respondiendo a intereses externos que requieren solución o, si se considera la innovación, a mejorar la tecnología actualmente aplicada (4). La investigación básica persigue “la verdad”, como hecho que se establece y es independiente del lugar, la cultura o los individuos; mientras que la investigación aplicada se relaciona con la utilidad, casi siempre relativa y dependiente de las circunstancias externas. Así, la ciencia básica genera un conocimiento, en principio verdadero (hasta que no es refutado) y generalizable (no dependiente de lugar o cultura) sobre la naturaleza humana; mientras que la ciencia aplicada ha de adaptarse a las circunstancias y en el caso de la medicina, a los problemas del paciente, sus necesidades de salud y el entorno en que se actúa. 1

El primer número de enero de 2000 de los Annals of Internal Medicine (2000; 132(1)) está dedicado monográficamente a “El tiempo y la medicina” y al importante papel histórico que la medida, control y sentido del tiempo ha tenido en el desarrollo de la medicina y de las ciencias en general. Piénsese, por ejemplo, en el campo de la navegación transoceánica, o en el de la observación y registro de fenómenos biológicos evanescentes.

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La investigación aplicada en medicina, la que de forma definida busca una utilidad específica, no hace referencia sólo a la investigación realizada en humanos. Un panel de los National Institutes of Health (NIH) diferenciaba distintos subtipos con sus particularidades. Así, existiría investigación traslacional, tanto en el sentido de traducción como de transferencia, que desarrolla nuevas técnicas, estudia los mecanismos de las enfermedades en los humanos y evalúa intervenciones terapéuticas. También existirían, dentro de este mismo campo de la investigación clínica, los ensayos clínicos, la investigación en resultados y servicios sanitarios, y los estudios sobre la conducta humana y epidemiología (7, 8). Por otra parte, dentro de esta investigación orientada a una utilidad práctica, podía distinguirse entre la orientada a la enfermedad y la orientada al enfermo; la primera tiene su diana principal en la patogénesis y el tratamiento de la enfermedad, pero sin requerir el contacto directo entre paciente e investigador. Incluiría toda aquella investigación que pretende abordar una particularidad o una enfermedad específica, aunque se lleve a cabo con “material” de origen humano, en modelos animales o, incluso, la investigación desarrollada en células procariotas. A su vez, el médico investigador orientado a los pacientes, característicamente investiga en individuos y esa actividad supone su interacción con otros colegas, además de con grupos de pacientes. Mientras los requerimientos éticos pueden diferir hasta cierto punto entre ambos tipos de investigación orientada hacia una utilidad práctica, para algunos autores la diferencia esencial en el investigador clínico puede ser el simple, pero significativo, contacto con el enfermo al darle la mano (9, 10). El contraste puede estar también en el carácter reduccionista de la investigación básica, con su foco en las propiedades fundamentales de los seres vivos. La complejidad inherente a los sistemas orgánicos, la integración de diversos órganos en un conjunto que interacciona con su medio externo, en especial si la enfermedad lo trastorna o modifica, es deliberadamente marginada para así poder alcanzar las propiedades fundamentales que se investigan. Por el contrario, el principal interés del clínico investigador es precisamente el complejo mundo de la enfermedad (9). La frontera más tenue entre estos distintos tipos de investigación, se da, sin duda, entre la investigación biomédica básica y la investigación clínica orientada a las enfermedades (8). Posiblemente hayan sido los mismos NIH los que han contribuido a dicha borrosidad y confusión, cuando incluyeron dentro de la investigación clínica el desarrollo de nuevas tecnologías y el estudio de la patogenia de las enfermedades, sin añadir más precisión a estos términos (11). Por el contrario, otros autores consideran que la investigación clínica no puede conllevar estudios en modelos animales o incluso en levaduras, ya que dichos estudios no pueden entenderse como investigación clínica; a pesar de que los investigadores que los lleven a cabo los consideren muy relevantes para la comprensión de las enfermedades humanas, su diagnóstico o tratamiento (12). El potencial impacto tecnológico y sobre la salud que poseen ciertas investigaciones de carácter básico, bien sea en cultivos celulares o en modelos animales, o la difusión prematu78

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ra de resultados de investigaciones clínicas en un número pequeño de pacientes y tras un corto período de observación, acaba produciendo expectativas casi siempre exageradas o infundadas, que conducen a la decepción y la desconfianza. Aunque diversos factores intervienen en este proceso, podría citarse el caso de la terapia génica y las promesas de la gran influencia que tendría en un vasto campo de enfermedades monogenéticas (13 14). Y, sin querer hacer profecías, no nos sorprendería que algo semejante pudiera ocurrir con la tan debatida y seductora investigación y terapia con células madre.

La comunicación científica y médica Uno de los principales impulsos de la ciencia moderna fue el desarrollo de la imprenta de tipos móviles al posibilitar la reproducción de textos en multiplicidad de ejemplares. La imprenta favoreció la comunicación entre estudiosos que, hasta entonces, no iba más allá del contacto epistolar y siempre tardío. Este papel se vio acelerado cuando los filósofos naturales de aquel entonces se agruparon para compartir y discutir sus progresos en las primeras sociedades científicas del siglo XVII. Fruto de las mismas surgieron las primeras revistas científicas periódicas (15). Estos avances, junto con otros en transporte y comunicación, posibilitaron un mayor intercambio de conocimientos y, dentro del carácter progresivo y acumulativo de la ciencia, facilitaron los pasos subsiguientes sobre trabajos precedentes. Así, las revistas médicas juegan un papel fundamental en la configuración del conocimiento médico al soportar una teoría, desafiar otra con hechos o promoviendo otras explicaciones nuevas (16). De ahí el papel fundamental de los editores, de los revisores de los artículos que se publican y de las críticas pospublicación a través de cartas y comentarios. La mejora de estos procesos en la selección de los trabajos más relevantes, intentando reducir al máximo el sesgo de publicación, la estandarización en la presentación de manuscritos de acuerdo con el diseño seleccionado, los indicadores cualitativos en los distintos tipos de manuscritos, los aspectos de autoría y conflicto de intereses, constituyen temas recurrentes en las mismas publicaciones científicas, precisamente, por el afán de depurar y mejorar su contenido2. Hoy en día, la interconexión de ordenadores en red, o el gran desarrollo de las tecnologías de la información y comunicación, están produciendo un fenómeno parecido, aunque a otra escala, de rápida difusión del conocimiento, provocando a su vez, un nuevo impulso en su progreso (15). Las últimas décadas han pasado a considerarse como las de la nueva era de la información, con el desarrollo de la microelectrónica, el desplazamiento de su representación 2

Existe la sociedad internacional sobre la revisión (peer-review) de las publicaciones biomédicas y cuyo IV congreso se celebró en Barcelona el 2001. Los principales trabajos discutidos en este foro fueron publicados en un número monográfico del JAMA en junio de 2002 (JAMA 2002;281[21]). El V congreso internacional (on PeerReview and Biomedical Publication) se realizará en Chicago en septiembre de 2005.

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analógica a digital y el auge de la economía de la información, también denominada del conocimiento, aunque ambos términos no puedan ser considerados sinónimos (17). Característicamente, y desde el siglo XVI al menos, el progreso científico se ha visto empujado, y también reconocido, a través de la comunicación, bien sea oral, en el ámbito de debate en las incipientes sociedades para el estudio de la filosofía natural, o bien escrita, a través de las primeras publicaciones que dichas sociedades generaron. La semejanza, como ha sido referido, puede estar en considerar la comunicación como el sistema circulatorio de la ciencia, cuando no su propio corazón (pálpito) (17). Llegados al punto actual, e independientemente de si se trata de revistas on-line o en soporte papel, de acceso libre o restringido a suscriptores, existen unas 25.000 revistas periódicas de ámbito médico y biomédico donde cada año se publican millones de artículos originales. Esta proliferación de conocimiento, de profundización en el mismo, sea de carácter más básico o aplicado, tiene una estrecha relación con la creciente especialización y subespecialización, que surge y se afianza en el siglo pasado y se materializa y reproduce durante el aprendizaje profesional. Siendo éste un fenómeno común en diversos campos de la ciencia, e incluso necesario dada la mayor complejidad y detalle de la realidad observable, adquiere en la medicina su más definida contradicción, al fragmentar la asistencia de los enfermos y al diluirse la visión y comprensión global de los mismos, su enfermedad y entorno. La comunicación científica ha sido un campo de estudio para los sociólogos de la ciencia. La difusión del conocimiento que la investigación genera, depende en gran parte de esta comunicación; pero hay otros factores, fácilmente identificables, que también influyen. Así, por ejemplo, el rango de alguno de los investigadores firmantes suele dar más “visibilidad” a los hallazgos, magnificando su valor real, alterando la distribución de recursos para la investigación y el propio carácter del progreso científico y tecnológico resultante de múltiples contribuciones. No habría que olvidar que la investigación científica es una actividad compartida y validada socialmente. El factor de redundancia en los trabajos, que en muchos casos responde a la necesaria replicación, facilita también una mayor difusión y rapidez en su traspaso a la práctica médica (18). Estos factores, independientemente de la contribución del conocimiento científico generado, son los que sirven para explicar el eco que ciertos trabajos generan, o su más rápida y generalizada aplicación práctica. Cabría añadir, en tiempos más recientes, el papel de los medios de comunicación para el gran público que, respondiendo a un interés creciente sobre los temas de salud, actúan como elementos de resonancia y amplificación. A las propias diferencias en el lenguaje utilizado se añaden efectos de distorsión, ya que la noticia contribuye al prestigio social y al renombre del equipo o de la institución, mejorando notablemente las oportunidades de financiación. Sólo habría que recordar el eco, para bien o para mal, que la divulgación de los resultados preliminares de ciertas investigaciones ha tenido en las cotizaciones bursátiles de empresas biotecnológicas. La comunicación no sólo posee un papel primordial en la difusión y avance del conocimiento científico; juega también un papel determinante en la práctica de la medicina. La 80

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comunicación adquiere una particular connotación, al permitir al médico adquirir el conocimiento sobre lo que le ocurre al paciente como sujeto que le expresa sus experiencias, e interpretarlas a la luz del conocimiento científico y las explicaciones causales que éste aporta. Se requiere, pues, un conocimiento sobre las teorías científicas biomédicas para poder entender las experiencias subjetivas del paciente; experiencias que, a pesar de su falta de objetividad, no pueden ser relegadas (6).

La investigación básica como previa a la aplicada La conexión entre ciencia básica y aplicada, con la primera como inductora y previa a la segunda, puede remontarse a Francis Bacon (1561-1626), quien formuló las bases incipientes de la experimentación científica. Para Bacon el fin último de la ciencia estaba en su utilidad práctica y no debía haber conflicto entre la búsqueda de la “luz” o del “fruto”, ya que las dos eran necesarias para el progreso de la ciencia y de la sociedad. La observación, la experimentación y el razonamiento inductivo permitirían conocer y controlar la naturaleza para el beneficio y bienestar humano. Posteriormente, los artesanos, técnicos y doctores aplicarían dicho conocimiento a los problemas prácticos que manejaban. Tal vez el mejor símil de la ciencia médica que surge de aquel período pueda ser el de una poderosa lente cuya capacidad de aumento no ha dejado de crecer; una lente capaz de agrandar la comprensión de muchas enfermedades, crear múltiples instrumentos para su mejora y, en algunos casos, erradicarlas (19). Sin embargo, dicha conexión entre conocimiento y práctica, dado que pueden transcurrir años o siglos hasta dar con su utilidad, ni es lineal, ni tan simple como cabría pensar. En particular, en medicina surgen importantes avances cuya difusión responde al beneficio que aportan, siendo (racionalmente) incomprensibles hasta que tiempos posteriores muestran sus principios básicos, responsables de su acción; o bien, en su inicio, se sustentan sobre premisas que después resultan falsas. Se podrían citar ejemplos de gran utilidad, como la chinchona como febrífugo en el tratamiento de la malaria, la digital para la hidropesía, o las erróneas (a posteriori) explicaciones que argumentaban los promotores de la escarificación con extractos de la viruela de los bovinos (Edward Jenner, 1749-1823), o el minucioso lavado de manos en la prevención de la fiebre puerperal (Ignaz Semmelweis, 1818-1865). Nada se conocía entonces de microbios o de virus y mucho menos de inmunología, sin que esto privara, al examinar sus resultados, de su posterior difusión. El aprendizaje, pues, de hechos constatados a través de la práctica y mucho menos provenientes de las ciencias básicas, contribuye también de forma importante a la base del “conocimiento” médico. La serendipia (o sucesión de casualidades afortunadas), como azar o imprevisto, también es un factor a considerar en grandes progresos científicos y médicos, como ocurrió con el descubrimiento de la penicilina, los antihistamínicos, algunos antineoplásicos, la prueba de Papanicolau, los rayos X, las cefalosporinas, la ciclosporina, etcétera; por no citar también Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:75-93

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aquellos fármacos con una utilidad mejor o no prevista en sus inicios. No obstante, si no h u b i e rahabido una mente abierta e inquisitiva, que no se contentara con contemplar la rareza, la paradoja, o lo que parece fuera de lo normal, no hubiera habido el progreso subsiguiente (20). Particularmente en medicina, y por la limitada capacidad de predecir el efecto de una nueva intervención, la investigación exitosa, su desarrollo y aplicación, a la vez que pone fin a ciertas incertidumbres, abre otras nuevas (21). Piénsese en la aspirina, el fármaco más utilizado en el mundo, sus indicaciones incipientes y las actuales; o, como constatación más moderna, la prescripción de antibióticos en el tratamiento de la úlcera péptica (15). La tecnología médica actual depende del progreso científico en múltiples campos, siendo de los más recientes y preponderantes los de la biología molecular y la genética. Sin embargo, la genética molecular, fuertemente influida por el marco filosófico y reduccionista de la biología, asume frecuentemente que las principales amenazas para la salud están programadas en nuestro ADN, en lugar de considerar el entorno social; como si la enfermedad se transmitiera tan sólo a través de alteraciones en la fisiología y no a través de los alimentos, el aire, los microorganismos o el lugar que se ocupa en la jerarquía social (13). Sin duda, puede haber un factor de susceptibilidad y de riesgo hereditario, pero éste sólo se manifiesta con la interacción del individuo en su medio externo, sea éste ambiental o social. Soslayar, en la génesis del conocimiento y en la práctica médica, este segundo factor de predisposición, o actuar simplemente sobre el primero, sólo conduce a una visión fragmentada o distorsionada de la realidad y, en consecuencia, al fracaso terapéutico. El éxito de la biomedicina ha comportado una focalización, para algunos excesiva, de la enseñanza y práctica médica en la biología de la enfermedad. Siendo este reduccionismo imprescindible para el progreso científico y tecnológico, no debería conducir, como pare c e hoy en día, a la falsa creencia de que la ciencia es capaz de aliviar cualquier enfermedad y postergar la muerte indefinidamente (19). Se re q u i e re incorporar un marco más amplio para que el médico pueda llegar a entender y atender, no sólo la enfermedad, sino también al paciente y los patrones específicos de algunas enfermedades en sociedades y clases sociales particulares (22). Algunos autores tienen la sensación de que, a pesar de las importantes inversiones en este campo y del intervalo necesario para que la investigación acabe dando su fruto, la investigación biomédica está siguiendo una dirección equivocada y está perdiendo de vista la realidad; la realidad médica en cuanto a las enfermedades humanas, con toda su complejidad e interacción entre huésped y medio. Parece como si, con el auge de la biología molecular, la genómica y las principales técnicas de investigación médica actual (cultivos celulares, modelos animales tradicionales, modelos animales con modificación geno y fenotípica) se pudiera alcanzar, tarde o temprano, la panacea para todas nuestras aflicciones, (como los anatomistas del Renacimiento, que creían que el conocimiento de la estructura y su detalle bastaba para saber la función) (23). 82

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La singularidad de la medicina La medicina es una ciencia aplicada que se dirige a prevenir, tratar o aliviar las enfermedades y padecimientos que afligen a los humanos. Siendo, como es, una tarea pragmática, a la vez que se sustenta en el progreso científico y tecnológico, sigue manteniendo su interés principal en aquello que “funciona”, aquello con una utilidad definida, respondiendo a las enfermedades, epidemias y lesiones que los humanos padecen. Por esta razón de utilidad práctica, directa, sobre el paciente singular que el médico tiene ante sí, puede ocurrir que se escapen ciertos elementos, o que se vaya más allá de la simple aplicación de los principios y teorías que surgen del conocimiento científico. Algunos han denominado a estos elementos, en su conjunto, como “arte”, bien sea por el carácter artesanal (y gremial) de la práctica médica, o por el necesario juicio (clínico) interpretativo que (siempre) debe realizarse al aplicar un conocimiento general (casi abstracto) a una particularidad real. Pero, “arte” también puede referirse a la acción dirigida a un fin específico (el paciente individual) y a la habilidad en su ejecución. El mismo Aristóteles comentaba que “arte [techne] significa el buen uso de la sabiduría [sophia]”. (24) En este sentido, la medicina sería la aplicación de la ciencia de las probabilidades y el arte de manejar las incertidumbres que estas conllevan. Si, como otros afirman, la práctica médica se sustenta en buena parte en la compasión y el acercamiento al que sufre, puede entonces ser considerada como la más científica de las artes y la más humana de las ciencias (25). Tal singularidad del paciente supone tener en cuenta sus intereses y valores a la hora de tomar decisiones (racionales), o al hacer específicos unos principios genera l e s. De ahí surge la aseveración de que la práctica médica, sin dejar de ser científica, no deja de ser una ciencia humana aplicada en humanos, no exenta de juicios de valor y, como necesidad, sometida a unos códigos de conducta profesional (deontológicos). Ha sido posteriormente cuando dichos principios han debido hacerse extensivos a la investigación en seres humanos, como freno a los horrores que algunos médicos han realizado bajo un pretendido, pero real, afán científico (26). Los valores son sociales y como tales, modificables según tiempo y lugar. Para algunos estudiosos, incluso las enfermedades no dejan de ser “artefactos culturales”, con un marcado condicionamiento externo y en clara contraposición a la disfunción interna. Sea por los valores, o por el papel de la naturaleza y la cultura (nature and nurture) en nuestra configuración como seres sociales no se puede cuestionar la existencia de un conjunto de padecimientos que escapan a la objetivación de una base orgánica; y que, por el contrario, parecen tener condicionantes externos (síndrome de fatiga crónica y fibromialgia, ludopatia y adicciones diversas, bulimia, anorexia nerviosa o la moderna epidemia de obesidad, etcétera). Asimismo, y también como un fenómeno actual, existen trastornos orgánicos, como la menopausia o el envejecimiento, que siendo etapas normales de la vida, pasan a ser objeto de tecnologías médicas y de abordaje terapéutico, dentro de la medicalización creciente en las sociedades desarrolladas. Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:75-93

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Sin embargo, el hecho de que pueda haber “constructos” o artefactos de origen social o mediados culturalmente, no significa que no sean reales. Los anglosajones tienden a diferenciar entre disease e illness, entre enfermedad y padecimiento, incluyéndose en éste la experiencia subjetiva del trastorno. La vivencia personal, que sólo puede aflorar en la comunicación paciente-médico y moldearse a través de ella, al no ser unidireccional el proceso comunicativo, poco tiene que ver con el conocimiento científicobiológico, al menos hasta que la neurociencia aporte datos más concluyentes. Sin dicho conocimiento, subjetivo en todas sus dimensiones, el razonamiento clínico puede fallar ostentosamente (6). El diagnóstico, la elección y aplicación de la terapia dependen necesariamente de las características del paciente. Incluso, como suele ser cada vez más frecuente, puede haber distintas alternativas para curar o mitigar la enfermedad. Interpretar conjuntamente con el enfermo cuál de estos métodos puede ser más útil, escapa al conocimiento basado sólo en términos de teorías científicas. La ciencia provee de un conocimiento general en forma de modelos, de leyes y probabilidades. Pero, si se pretende tomar decisiones racionales, su aplicación requiere conocer cada caso particular (4). En el afán de la medicina de la preservación y/o restauración de la salud, una desviación del promedio, un alejamiento de la normalidad, no es suficiente para caracterizar una enfermedad, ya que siempre se re q u i e re un juicio sobre dicha desviación (27). La práctica médica se fundamenta, pues, en una información incompleta del caso individual que se atiende y en una parte del conocimiento médico general que se considera relevante para dicho caso. Esta distancia entre teoría y práctica es lo que algunos, en términos médicos, denominan hiato teórico (2).

La base científica de la práctica médica La proliferación del conocimiento científico en todos sus campos y la especialización subsiguiente, han generado una nueva línea de investigación como es la “investigación de la investigación”; es decir, el análisis de los procesos, etapas y canales a través de los cuales se añaden nuevas piezas al puzle del conocimiento de la diversidad y complejidad de la naturaleza humana, y el desarrollo de tecnologías que contrarresten las debilidades y limitaciones de la investigación. La bibliometría es un importante instrumento de esta investigación, en la que el sujeto de análisis es el mismo proceso de avance en el conocimiento científico y la comunicación del mismo a través, fundamentalmente, de las revistas científicas. A la hora de evaluar la calidad de la investigación, han surgido indicadores, cada vez más valorados, como es el “índice de citaciones” que un artículo recibe tras su publicación, llegándose a considerar el más citado como un trabajo seminal (de simiente). También es común utilizar el “factor de impacto”, más relacionado con el reconocimiento, también a través de citaciones, de una revista particular dentro de la comunidad científica y sus campos específicos. 84

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No obstante, algún autor considera que un excesivo énfasis en estos indicadores bibliométricos conduce a una auténtica fiebre de “impactolatría” (28). Igualmente, mientras se utilizan ampliamente estos indicadores para evaluar la calidad de la investigación y la productividad científica, tiende a soslayarse el resultado principal, es decir, el impacto real de la investigación en la mejora de la salud y el bienestar. Calidad e impacto de la investigación no son aspectos relacionados ni consecutivos. Mientras la calidad puede ser juzgada según la originalidad, metodología y relevancia, y los indicadores de impacto bibliométrico ahí pueden ser útiles, el verdadero impacto final y social resulta mucho más complejo de analizar, y no sólo por el intervalo entre la investigación y su aplicación práctica (29). Algunos estudios han intentado seguir el curso del pro g reso científico partiendo de la aplicación práctica de la tecnología. Así, es bien conocido el trabajo de Comroe y Dripps (1976) (30) sobre hasta qué punto la práctica médica de entonces, en campos concre t o s como las enfermedades card i o v a s c u l a res y pulmonare s, se sustentaba en estudios previos y en avances de las ciencias básicas, es decir, en investigaciones sin un fin de utilidad a la vista3. Pretendían examinar la importancia relativa de la investigación básica frente a la investigación orientada, y citaban como ejemplo de ésta al funcionario gubernamental Louis Pasteur (1822-1895), cuyos principales logros surgieron por el encargo de resolver un problema concreto. El estudio de Comroe y Dripps, citado a veces abusivamente para apoyar una mayor financiación de la investigación biomédica básica, mostró que el 41% de los artículos considerados esenciales en avances clínicos posteriores no provenían de la investigación clínicamente orientada, y que el 62% de estos artículos eran resultado de la investigación básica (30). Sin embargo, estudios más recientes, también de carácter bibliométrico, que han intentado reproducir el trabajo precedente y clasificar de otra forma los tipos de investigación (según el tipo de revista científica y dependiendo de su origen hospitalario o universitario), no obtienen los mismos resultados. Para estos autores, tras cuatro generaciones de citaciones4, tan sólo entre 3 El trabajo de

Comroe y Dripps pretendía contra r restar un estudio del Departamento de Defensa de los EEUU que mostraba el nulo papel de las universidades, consideradas principales instituciones generadoras del conocimiento básico o fundamental, en el desarrollo tecnológico armamentístico. Según este estudio, la investigación orientada (mission oriented) era mucho más efectiva, al favorecer una mejor transferencia del conocimiento hacia su utilidad práctica. El proyecto Manhattan para el desarrollo de la bomba atómica y el de la síntesis y producción industrial de la penicilina, son ejemplos relevantes de ese tipo de investigación surgidos durante la última gran guerra. 4 Los autores de este análisis, centrado también en desarrollos tecnológicos concretos, crean una genealogía de citaciones. La primera generación son los artículos más recientes y en orden descendente según el número de citas recibidas. El primer 5%, los más citados y, por consiguiente, aquellos en que se puede asumir un mayor impacto en el desarrollo del avance clínico examinado, constituyen la segunda generación, la cual es sometida al mismo proceso de ordenamiento. Así, para cada avance clínico, los investigadores obtienen cuatro generaciones, desde la primera con los artículos más recientes, hasta la cuarta con los más antiguos. Esto permite también analizar el ciclo temporal del conocimiento entre generaciones de citaciones. Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:75-93

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el 2 y el 21% de la investigación es de carácter básico. El papel de la investigación básica en la génesis de un avance clínico concreto se diluye, aunque mantiene su predominio en los artículos más antiguos (cuarta generación) (31, 32). Otros autores, analizando la investigación traslacional o la investigación básica que surge como altamente prometedora, constataron que de los 101 estudios, publicados entre 1979 y 1983 en revistas de gran impacto y cuyos hallazgos sugerían un importante potencial diagnóstico o terapéutico, tan sólo 27 condujeron posteriormente a ensayos clínicos controlados y aleatorios, cinco acabaron en una aplicación clínica y comercial, y sólo uno de forma extensiva. Llamativamente, uno de los factores que más contribuía al desarrollo y posterior aplicación clínica, era la implicación de la industria desde el inicio (33, 34).

El declive del investigador clínico Son los médicos, clínicos y cirujanos que se ocupan de la curación de los pacientes, los que, en teoría, tienen la mayor responsabilidad en la traslación del conocimiento que surge de la investigación básica a su aplicación práctica. No obstante, esta transferencia, como se viene constatando desde principios de los 80, se ve cada vez más entorpecida por la cada vez mayor escasez de clínicos o cirujanos investigadores. Para diferentes autores, esta paradoja es la causa principal de la distancia creciente entre la investigación fundamental, que ha acelerado su ritmo gracias a nuevas tecnologías de laboratorio, y su traslado a la mejora de la efectividad y seguridad de las intervenciones médicas. Los resultados de la investigación, como bien se dice, se han perdido durante su transferencia o su traducción práctica (3). Aunque este declive del investigador clínico, que se ha llegado a considerar como una especie amenazada de extinción, ha sido más estudiado en los EEUU, fácilmente se constata en grado variable en otros contextos. En el caso americano se esgrimen diversas razones, algunas muy particulares de allí. Por una parte, el poder de seducción de la biología molecular está influyendo en la pérdida de atracción e influencia de los médicos orientados a la investigación. Esto ha generado un vacío que ha sido llenado por profesionales técnicamente competentes, pero sin interés ni habilidades en la investigación clínica. Surge así el denominado por algunos autores “síndrome de la parálisis del académico investigador de enfermedades” (9). Al largo y costoso período de preparación en medicina y de especialización profesional, con una fase de aprendizaje en técnicas y métodos de investigación, y un éxito incierto, sólo falta añadir, como es el caso de EEUU, la deuda acumulada en créditos para la formación7. Por suerte, este último factor no está tan presente en nuestro caso, aunque entonces también debería mencionarse el muy limitado salario profesional en nuestro país. La decisión entre quedarse por las tardes en el hospital público para seguir investigando, o dedicar este tiempo a la práctica privada en otro centro o en el propio gabinete es relativamente obvia. 86

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Posiblemente, los grandes progresos de los últimos tiempos han hecho cada vez más dificultoso el compatibilizar con destreza ambos campos de actuación. Ante una disyuntiva de este tipo se tiende a escoger la investigación básica, no sólo por el influjo que ejerce, su más alto reconocimiento (mayor factor de impacto) y facilidad de realización, sino también por la carga emocional que supone el contacto con los enfermos (9). Sólo falta añadir factores como la sobrecarga y presión asistencial, el control cada vez más riguroso de las aseguradoras sanitarias o la mayor competición en la búsqueda de financiación de los proyectos de investigación, para que el futuro del investigador clínico sea cada vez más oscuro e incierto. Por lo tanto, no debería sorprender la caricaturización del investigador clínico como el científico con las cuatro P: pasión (curiosidad por la enfermedad), pacientes (con quienes está comprometido), paciencia (infinita) y pobreza (sin esperar galardones) (9). Otro factor de confusión y declive en la investigación clínica ha sido, sin duda, su falsa equiparación con los ensayos clínicos controlados y aleatorizados, en gran parte promovidos por la industria farmacéutica. Por diversas razones, entre las que las más notorias son la del conflicto de intereses y el equívoco terapéutico (actuar simultáneamente como médico y como investigador) (35), este tipo de investigación clínica también ha contribuido al desprestigio creciente y al retroceso de la investigación clínica (36, 37). El clima económico en el mundo sanitario, con una mayor presión sobre los costes asistenciales, sustrayendo de estos cualquier coste relacionado con la investigación, ha supuesto para los hospitales universitarios una mayor necesidad de fondos para sostener sus actividades de investigación y que sólo la industria puede proveer. Mientras que una estrecha asociación entre investigadores clínicos o centros de investigación con la industria es imprescindible para la transferencia tecnológica, la cada vez mayor dependencia de los primeros respecto de la segunda, sólo puede conducir, al no ser una alianza sencilla (38), a un mayor conflicto, tanto a nivel científico como ético (37, 39, 40). Finalmente, el ánimo de lucro acaba extendiéndose en un ámbito que anteriormente se consideraba casi un santuario de integridad profesional, promoviéndose una creciente comercialización de la investigación científica y médica y una ligazón más estrecha con empresas cuya supervivencia depende de los dividendos que repartan entre sus accionistas. Se ha i n t roducido, como consecuencia, el secreto donde antes había comunicación y colaboración abierta; el conocimiento ha acabado privatizándose y los valores comunitarios que antes se compartían han desaparecido. El descubrimiento, en fin, se convierte en un bien comerc i a l cuando, anteriormente y sin re t roceder demasiado, el conocimiento científico, especialmente aquel generado por las universidades y los hospitales, se consideraba como un bien público o social (41-44). Este contraste entre la investigación básica y la aplicada en medicina, puede verse en el desequilibrio que favorece a la primera y por el número de proyectos y becas de formación que adjudican las agencias públicas que financian la investigación (45, 46). Sin embargo, no está definido si primero fue el declive de los profesionales dedicados a la investigación clíniArs Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:75-93

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ca y orientada a los pacientes; o si fue el progresivo descenso del soporte público y económico lo que condujo a su progresiva merma. Ni que decir tiene que invertir en investigación biomédica básica sin un sostenido y adecuado soporte a la investigación clínica, necesario para traducir los hallazgos en técnicas útiles, sería actuar con una presbicia enorme (1).

La práctica médica actual Los cambios tecnológicos, cultura l e s, económicos y sociales han ido moldeando la práctica médica actual. Podría mencionarse el auge del modelo hospitalario, con sus costes crec i e n t e s, y la búsqueda en las últimas décadas de formas de provisión de la asistencia sanitaria más eficientes; o la medicina practicada cada vez más en equipo, precisamente para cont ra r restar la especialización y fragmentación de la asistencia, menos invasora o cruenta y más preventiva; aunque también muchas veces esta prevención se sustente en un conocimiento o capacidad de predicción muy débil, y la menor agresividad conduzca a una ampliación de las indicaciones. La longevidad creciente en la población de los países desarrollados, por ejemplo, ni siquiera se cuestiona como una línea de investigación prioritaria (o comercialmente muy atractiva), surgiendo finalmente un imperativo en la investigación (47) y en la aplicación tecnológica (48) que dirige o dicta, sin crítica aparente, la investigación y práctica médica actual. Se podría referir también el mismo proceso de industrialización y mecanización de la práctica médica, no solo en los grandes centros sanitarios, la progresiva “salarización” (pro l e t a r ización para algunos) de los profesionales, los diferentes sistemas de pago de la práctica médica o los distintos mecanismos, financieros y de otro tipo, que las asegura d o ras públicas o privadas prueban con ahínco para reducir el constante incremento del gasto sanitario. Dependiendo de contextos, se podría discutir sobre la práctica de una medicina defensiva y de los distintos papeles que, dentro del específico sistema sanitario, tienen los denominados proveedores, las aseguradoras, la industria biomédica y el gobierno. Sin duda, un factor cada vez más importante en la sociedad y que modela la práctica médica actual surge de los propios pacientes (familiares y asociaciones) con una participación más activa y, en consonancia, con el auge del principio de la autonomía individual del sujeto competente e informado. Se quiera o no, la salud y los instrumentos y mecanismos para su mantenimiento, recuperación o incluso mejora, han pasado a ser otro objeto de consumo. Se habla y se seguirá escribiendo de una medicina deshumanizada, fría, distante, en buena parte como consecuencia del mismo progreso científico y tecnológico que, haciendo la práctica médica mucho más efectiva, ha introducido barreras, algunas aparentemente insuperables. ¿De qué sirve auscultar largo tiempo y con detenimiento un soplo cardíaco si hoy en día un ecocardiograma mostrará de forma más objetiva y reproducible, muchos más datos sobre la alteración que se explora? Y aquellos neurólogos con sus exploraciones físicas minuciosas 88

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para detallar la probable localización de la lesión cerebral, ¿dónde han ido cuando una tomografía computarizada aporta la misma o mayor información de forma más rápida y fiable? Se tiende a olvidar, sin embargo, aquello que Gregorio Marañón (1887-1960), uno de los grandes médicos y pensadores españoles de inicios del siglo XX, decía que es el mejor instrumento diagnóstico y muchas veces terapéutico que el médico disponía era, simplemente, la silla: el sentarse a la cabecera de la cama del paciente. El médico, cuando toma el pulso, cuando palpa o presiona, cuando percute o extiende, no está sólo comprobando una serie de supuestos que cruzan su mente. Tal vez, involuntariamente, lo que está también realizando es una sincronización de los tiempos, de la percepción subjetiva del tiempo que, en el sufrimiento y en la enfermedad, se altera sustancialmente (49). Pero no son estos los elementos que, configurando la práctica médica actual, suponen el principal elemento dialéctico en el quehacer profesional. Hace más de 20 años, Paul Besson comparaba los tratamientos recomendados en la primera edición (1927) del Cecil Textbook of Medicine con los que se incluían en la decimocuarta edición (1975). En el intervalo de 48 años, los regímenes efectivos se habían multiplicado por siete (anteriormente solo representaban un 3%) y lo dudosos habían disminuido dos tercios (del 60% inicial) (22). Esta mayor efectividad en el diagnóstico y en la terapia ha sido a costa, paradójicamente, del pronóstico, como si un mayor conocimiento comportara una menor capacidad de predicción o de su transmisión. La identificación de la enfermedad, su eliminación o alivio ha supuesto, pues, una pérdida en la predicción de su curso cuando, en claro contraste con los antiguos, la función principal del médico era la de atisbar el futuro en relación con el pasado y los signos y síntomas actuales. Nicholas A. Christakis así lo constataba al examinar los textos sobre la neumonía lobular en ediciones sucesivas (de 1892 a 1988) de The Principles and Practice of Medicine de William Osler (50). En ediciones contemporáneas y en la mayoría de enfermedades se siguen demarcando explícitamente aspectos de etiología, patogénesis, clínica, diagnóstico y tratamiento. Sin embargo, discusiones sobre el pronóstico son cada vez menos frecuentes y, en general, resueltas en un breve parágrafo (51). Sólo una visión extremadamente reduccionista de la enfermedad, en que esta es considerada una entidad genérica e independiente de su misma expresión individual en el paciente, puede explicar esta tendencia en la que el pronóstico pasa a ser una elipsis en el conocimiento sobre una enfermedad, determinando también el carácter de la práctica médica que se realiza (50, 51). La práctica médica actual, configurada a lo largo del siglo pasado, ha supuesto el pasar de una noción individual de la enfermedad a otra centrada en categorías diagnósticas y agentes causales específicos. Factores propios del paciente, como edad, sexo, ocupación, nivel económico o síntomas precisos han ido perdiendo importancia a la vez que la actividad pronóstica se ha diluido como si fuera simplemente intrínseca al diagnóstico (51). Los fines de la medicina, sin embargo, no se han modificado y siguen siendo la prevención, el alivio y la atención al sufrimiento humano, curando cuando se puede y confortando siempre (52). Tampoco deberían olvidarse que los fines de la investigación en ciencias de la salud, a diferencia de otros Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:75-93

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campos científicos donde la generación de conocimiento puede ser de por sí (sin interés práctico) una razón suficiente, ha de perseguir, en primer y último lugar, la mejora en la salud, a nivel individual y también colectivo (29). Tal vez, la mejor manera de caracterizar estos cambios en la práctica médica sea a nivel de un elemento abstracto cuya percepción caracteriza a nuestra especie: el tiempo. Podría decirse, en general, que en cualquier forma de gestión, donde primeramente se actúa, es en la cantidad y calidad de tiempo que los profesionales dedican a sus pacientes. No debería extrañar, pues, independientemente del sistema de pago a los profesionales que, es el tiempo lo que se acaba remunerando y no tanto los resultados. La eficiencia tiende a considera rse más como productividad, cantidad por unidad de tiempo, en vez de por la calidad de los resultados. Los médicos hoy en día ven, atienden, más pacientes que nunca aunque, siendo el tiempo un re c u rso limitado, esto suponga una menor dedicación a los enfermos que en muchos casos pueden esperar, ya que su tiempo no recibe la misma consideración que el tiempo de los profesionales.

Conclusiones y recomendaciones Los tiempos actuales, con la sociedad de la información y la economía del conocimiento, suponen una aceleración en el progreso científico y tecnológico, siendo los campos de la medicina y ciencias de la vida los que más expectativas generan. La industria biotecnológica ofrece grandes esperanzas en el descubrimiento de terapéuticas radicalmente nuevas y efectivas para múltiples enfermedades y padecimientos. Sin embargo, el proceso de desarrollo, aprobación y aplicación de los productos, sigue siendo dolorosamente lento. El factor limitante en la transferencia del conocimiento a la práctica, no está tanto en la falta de imaginación de los investigadores básicos y su habilidad para aislar genes, producir proteínas recombinantes o desarrollar pequeñas moléculas agonistas y antagonistas. No, la dificultad está en la escasez de investigadores clínicos dispuestos a probar las nuevas terapéuticas que emergen y en la falta de concordancia entre la investigación básica y la investigación aplicada, orientada a los enfermos y a la necesaria resolución de problemas prácticos (from bedside to bench). La mejor solución debe pasar por un reequilibrio de esta balanza y una más estrecha colaboración entre investigadores. El principal mensaje debería ser que la ciencia básica, la investigación clínica y la orientada hacia los pacientes constituyen un proceso interdependiente y no necesariamente un conjunto de etapas sucesivas. Sólo así podrá supera rse la bre c h a entre lo que sabemos y lo que necesitamos saber; entre aquello que conocemos y lo que h a c e m o s. En forma de símil se podría afirmar que debe corre g i rse la lente pues está desenfocando la realidad. Los cambios en la práctica médica reflejan los cambios en la sociedad y viceversa: un sesgo hacia la curación (cure) valorándose menos la atención (care); una población más envejecida; 90

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la demanda del público y la acción del mercado, siendo la salud y los instrumentos para su recuperación, mejora o potenciación simples bienes de consumo; los progresos contemporáneos de la ciencia que parece generar unas expectativas como una frontera sin límites y la medicalización de la vida humana en sus distintas fases. Tal vez, la práctica médica deba replantearse de nuevo sus objetivos básicos en su contexto actual. Posiblemente estos no hayan dejado de tener, como núcleo central (core) que se exterioriza en distintas formas (sociotipo, a semejanza del geno y fenotipo), los mismos objetivos de siempre: prevenir las enfermedades y lesiones a la vez que se promueve y mantiene la salud; el alivio del dolor y sufrimiento causado por las enfermedades; la atención y cura de aquellos enfermos y de los que no pueden ser curados y, finalmente, el evitar la muerte prematura y el confortar hacia una muerte digna y tranquila. Estos fines de la medicina, sobre los cuales se debería reflexionar repetidamente, no sólo deben inspirar su práctica, sino también la formación de los futuros profesionales y la investigación en ciencias de la salud. Asistencia, docencia e investigación deberían perseguir, fundamentalmente y a través de los profesionales que actúan, la obtención de nuevo y mejor conocimiento y de tecnologías médicas que permitan una mejora en la consecución de los fines de la medicina.

Agradecimientos A M. Noël Marsal por el soporte bibliográfico y a Imma Guillamón por la corrección lingüística del texto. Juan M. V. Pons y l’Agència d’Avaluació de Tecnología i Recerca Mèdica a la que pertenece han dispuesto del soporte financiero parcial del Instituto de Salud Carlos III en el marco de la Red de Investigación Cooperativa IRYSS (Investigación en Resultados y Servicios Sanitarios) G03/202.

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Historia de la estimulación cardíaca eléctrica. Los marcapasos History of Electric Cardiac Stimulation. Pacemakers n Jesús Rodríguez García Resumen Los marcapasos, pequeñas prótesis electrónicas, constituyen un procedimiento terapéutico de extraordinaria utilidad. En este artículo se revisan sus antecedentes históricos, sus fundamentos y aplicaciones, así como su evolución en el tiempo hasta llegar a convertirse en los auténticos prodigios tecnológicos y clínicos que hoy son.

Palabras clave Estimulación cardíaca. Marcapasos.

Abstract Pacemakers, small electronic prostheses, are an extraordinarily useful therapeutic measure. In this article their historical antecedents, fundamentals and applications are revised together with their evolution over the years until their transformation into the authentic technological and clinical prodigies we know today.

Key words Cardiac stimulation. Pacemaker

n Introducción

Según el Diccionario de la Real Academia, el término marcapaso o marcapasos (pues ambas acepciones son válidas), proviene de la palabra inglesa pacemaker, y denomina a un pequeño aparato electrónico que excita rítmicamente al corazón incapaz de contraerse por sí mismo. El autor es cardiólogo. Jefe de la Unidad de Marcapasos. Hospital Universitario “12 de Octubre”. Madrid (España). 94

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Desde el punto de vista científico, un marcapasos es un dispositivo implantable que reúne los requisitos para ser considerado una prótesis activa y que consta de: a) un generador de impulsos, b) un cable destinado a la conducción de dichos impulsos, y c) un electrodo, que es la porción terminal del cable en contacto con el corazón, bien con su superficie interna (endocardio) o con la externa (epicardio). Es la prótesis mas popular entre la población general1 y son frecuentes las noticias en la prensa diaria que informan de personajes públicos (políticos, financieros, artistas, etcétera) a los que se ha implantado uno de estos aparatos. Su rápida incorporación a la vida activa ha transmitido la idea de la eficacia terapéutica de esta prótesis y, a la vez, ha restado importancia a la intervención que conlleva su implante. El pasado mes de julio un periódico de tirada nacional publicaba una noticia referente a los fallos detectados en las unidades de un determinado modelo de marcapasos, fabricadas en España e implantadas, además de en nuestro país, en Argentina e India. Esta noticia generó en los pacientes portadores de marcapasos (de cualquier marca y modelo) una situación de alarma, que derivó en numerosas consultas a los centros hospitalarios que llevan a cabo sus implantaciones, dado que se estima en más de 100.000 el número de españoles que son portadores de este tipo de prótesis. Desde el año 1962, en que se llevó a cabo el primer implante de un marcapasos en España, esta terapia se ha desarrollado de una forma vertiginosa y en la actualidad se re alizan unas 21.000 implantaciones al año, de las cuales el 20% corresponden a recambios de generador, en su mayor parte por agotamiento de las baterías que constituyen su fuente de energía. Esto supone un nivel de implantes de unas 500 unidades por millón de habitantes y año, según datos obtenidos del Banco Nacional de Marc a p a s o s, lo que sitúa a España en una zona media dentro del nivel de implantes en Europa, lejos de las 800 unidades por millón de Bélgica y Alemania, y de las bajas tasas de implantación de los países del Este.

La electroterapia La estimulación cardíaca eléctrica es una de las múltiples aplicaciones terapéuticas de la electricidad en la medicina moderna. Sabemos que el primer uso terapéutico de la electricidad se hizo aprovechando la electricidad generada por ciertos peces, como la anguila eléctrica, algunas especies de rayas y el pez torpedo, que utilizan esta energía como arma de defensa y ataque. Así, clásicamente se des1La popularidad del marcapasos la demuestra

el que un grupo de música rock, como es “Hombres G”, incorpore a su repertorio una canción cuya letra dice: Marta tiene un marcapasos/que le anima el corazón/ no tiene que darle cuerda/es automático...

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cribe el caso de un esclavo romano que al pisar por azar un pez torpedo durante un baño en el mar, tras sentir inicialmente un violento dolor en el pie, mejoró espectacularmente de los dolores de una artritis gotosa que crónicamente padecía. Esta curiosa terapia fue aconsejada por Scribonius Largus en su libro Composiciones medicae en el que, además, señalaba con precisión cómo debían realizarse las aplicaciones de este tipo de peces (1) . Poco después, Pedacius Dioscórides expuso el tratamiento del prolapso anal mediante la aplicación de un pez generador de descargas eléctricas en la región perianal, debiéndose, quizá, ese efecto beneficioso al espasmo del esfínter causado por la descarga eléctrica (2) . Y más tarde, otros autores, como Avicena, también señalaron la eficacia de la ictioelectroterapia en el tratamiento de la migraña y la epilepsia. No se dispuso de otra fuente de electricidad hasta el siglo XVIII en que Alessandro Volta descubrió la pila, lo que hizo proliferar las observaciones del efecto de la electricidad sobre todo tipo de materiales, plantas y animales. Etapa experimental Luigi Galvani había experimentado en 1791 el efecto de colocar un pez torpedo sobre los nervios, músculos y corazón de ranas muertas, comprobando que tras el paso de la corriente eléctrica se producía la contracción muscular. Y en su trabajo De viribus electricitatis in motu musculari commentarius, establecía los fundamentos esenciales de la estimulación cardíaca eléctrica del corazón, describiendo sus experiencias con el corazón de rana (3). En 1798, durante la Revolución Francesa, Bichat obtuvo autorización para estudiar los efectos de la electricidad en el cuerpo de guillotinados, y publicó su trabajo Recherches Physiologiques sur la vie et la mort, donde afirmaba que el corazón después de parado podía reiniciar su contracción mediante la aplicación directa de estímulos eléctricos (4). En 1802, con un método aún más macabro, Nysten (5), empleando corazones procedentes de cadáveres recién inhumados, y que desenterraba de forma clandestina, comprobó que era posible producir contracciones en aquéllos mediante la aplicación de la electricidad generada por una pila voltaica. Aldini, en 1803, en cadáveres de criminales ajusticiados por decapitación, describió cómo, por medio de la pila de Volta, obtenía contracciones del corazón; y en su obra, Essai théorique et expérimental sur le galvanisme avec une série d’expériences exponía la posibilidad de emplear la electricidad para la reanimación cardíaca, siendo el primero en utilizar un sistema de temporización para aplicar la corriente eléctrica durante cortos períodos de tiempo (pulsos) (6). Y años más tarde, en 1864, J. Althus conseguía la estimulación eléctrica del corazón de perros utilizando una aguja que insertaba a través de la pared torácica. Etapa preclínica En 1870, Steiner describió el caso de una paciente que, tras la aplicación de cloroformo, sufrió un síncope del que fue reanimada tras aplicarle corriente eléctrica a través de una aguja 96

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insertada en el corazón. Y poco después, en un editorial del British Medical Journal, comunicaba dos casos en los que también había aplicado esta técnica de estimulación cardíaca percutánea con agujas-electrodos. H. Von Ziemseen realizó en 1882 experiencias dirigidas a aumentar o disminuir la frecuencia cardíaca mediante estimulación cardíaca directa. Para ello, utilizó en sus estudios a una paciente, Caterine Serafín, que, a consecuencia de un defecto en el desarrollo de la pared torácica, tenía el corazón inmediatamente debajo de la piel. En esta época se publicaron numerosos trabajos sobre las aplicaciones de la electricidad al tratamiento de diversas patologías, destacando el de J. A. MacWilliam en 1889 en el British Medical Journal; allí establecía que “la estimulación cardíaca artificial puede ser útil para provocar la actividad de un corazón detenido por una causa temporal”, y llegaba a precisar que la parada debía ser en diástole, al tiempo que describía las características de la fibrilación ventricular en el mamífero. Tras el citado artículo, la misma revista publicaba un editorial titulado: La estimulación eléctrica del corazón en el hombre, en el que se advertía sobre la posibilidad de producir fibrilación ventricular si se usaba incorrectamente la corriente eléctrica, por lo que proponía como técnica de estimulación cardíaca externa la colocación de una placa-electrodo sobre la región precordial y otra similar en la espalda. Por entonces, Claude Bernard ya había iniciado las técnicas de cateterización cardíaca por vía venosa; y sería Floresco, en 1905, el primero en conseguir estimular tanto la aurícula como el ventrículo derecho de perros (7), mediante una cánula de vidrio que contenía electrodos de cobre o platino que introducía a través de la vena yugular externa. Etapa Clínica Durante un congreso médico celebrado en Sydney en septiembre de 1929, el anestesista Mark C. Lidwill describió su experiencia con un aparato portátil, inventado por él, que re c ibía la electricidad de una toma convencional de pared, y que, además, permitía controlar el voltaje y la frecuencia de la estimulación. Dicho dispositivo tenía dos electrodos: uno, que consistía en una almohadilla empapada en suero fisiológico, y que se aplicaba sobre la piel en el brazo izquierdo; y el otro, una aguja recubierta de aislante salvo en su punta, que se insertaba en el ventrículo. Había utilizado este aparato en bebés nacidos muertos, en los que, tras el fracaso de la inyección intra c a rdíaca de adrenalina, había conseguido la reanimación de uno de ellos. Tras diez minutos de estimulación eléctrica pudo suspenderla al comprobar que el corazón latía por sí mismo, recuperándose el niño sin secuelas. En su comunicación proponía el uso de su invento para resolver el paro cardíaco anestésico, así como en el paro por ahogamiento, intoxicación por gases y en algunos casos de muerte súbita (en el seno de difteria y en card i opatías) (8).

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El invento y su fracaso Basado en la experiencia de Lidwill, Albert S. Hyman, (coautor de un tratado de electrocardiografía y que ejercía como cardiólogo en Nueva York, donde gozaba de cierta reputación), comenzó a estudiar en 1930 la reanimación con inyecciones intracardíacas de adrenalina, sugiriendo que sus efectos dependían más de la punción del corazón por la aguja que del fármaco en sí. Poco después, en la reanimación de pacientes que habían sufrido un paro cardíaco empleó un dispositivo al que denominó “marcapasos artificial”, y que en esencia consistía en un generador eléctrico que pro d uFigura 1. Albert S. Hyman, cardiólogo que utilizó por primera vez cía estímulos de modo intermitente. Este generador el término artificial pacemaker magnético pesaba unos siete kilos, funcionaba p a ra designar un dispositivo de mediante un mecanismo de muelles y resortes, y había su invención dirigido a re c u p e ra r que darle cuerda cada seis minutos. A él se conectaba el paro card í a c o . una aguja-electrodo, que por vía transtorácica era avanzada hasta la aurícula derecha para estimular el corazón, a la vez que otra aguja se introducía debajo de la piel. Aplicó este dispositivo a 43 pacientes, obteniendo éxito en catorce. La publicación de estas experiencias (9) dio lugar a una campaña periodística exagerada en su contra, basada en que estas actividades de reanimación debían ser consideradas como actos sacrílegos, ya que en lo re f e rente a la muerte del individuo se oponían a los designios de la Divina Providencia. Pocos meses antes, en 1931, y con Boris Karloff como monstruo, se había estrenado la película Frankenstein, que mostraba la reanimación de un cadáver por medio de descargas eléctricas, lo que probablemente influyó en el rechazo que encontraron las experiencias de Hyman. Éste, desanimado después de intentar convencer sin éxito a diversas empresas para que fabricaran su dispositivo, terminó cediendo la patente a la Armada de EEUU. La oposición que Hyman encontró no se limitó a la prensa, sino que también fue corporativa, ya que en esa época los cardiólogos no tenían experiencia con dispositivos eléctricos e, incluso, utilizaban la electrocardiografía de forma limitada en la práctica diaria. Además, evitaban las técnicas cruentas y optaban siempre por la terapia farmacológica; postura explicable si se tiene en cuenta que por entonces la asistencia sanitaria no estaba concentrada en los hospitales, y el aparato de Hyman era considerado como una tecnología compleja sólo utilizable por personal muy especializado. (Poco después el cateterismo cardíaco despertaría una cautela similar). Esta postura de los cardiólogos chocaba frontalmente con la idea expresada por su inventor que insistía en que el marcapasos “debía formar parte del instrumental de todo médico en su lucha final contra la muerte”. Una afirmación que no debe hacernos considerar a Hyman 98

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como un radical “iluminado”, pues, aunque insistía en su eficacia en la reanimación del paro cardíaco derivado de la anestesia, la cirugía, los traumatismos y la bradicardia sinusal, desaconsejaba el uso del marcapasos en el paro cardíaco secundario a enfermedades infecciosas y procesos generalizados. Pero, quizás existía otra razón para explicar el fracaso de Hyman y su dispositivo. Según Lowrance (10) esta razón residiría en la inoportunidad del invento. Para este autor, un nuevo dispositivo médico debe ser el producto de la combinación de una oportunidad técnica y una necesidad médica, y toda nueva tecnología debe ajustarse tanto al ideario de las instituciones médicas como a las costumbres de la época. En el caso del marcapasos, existía la oportunidad técnica ya que se poseían los conocimientos fisiológicos suficientes como para comprender que un corazón que había cesado de latir podía ser reanimado, y que la estimulación con pulsos eléctricos podía reiniciar la actividad cardíaca. Pero, lo que no existía era la necesidad médica, ya que los cardiólogos, por un lado, no consideraban el paro cardíaco como un problema importante y no tenían ideas claras sobre los mecanismos de la muerte súbita de origen cardíaco; y, por otro, no consideraban solucionables el paro cardíaco ni la fibrilación ventricular. Así lo demuestra el que White, autor del más afamado texto de Cardiología de la época, no dedicara en él más de media página a la fibrilación ventricular, a la que definía como “una alteración de poca importancia, hasta donde sabemos”, y tratara el paro cardíaco con similar extensión. Esto confirma el escaso interés de los especialistas en la estimulación cardíaca eléctrica temporal, a la que consideraban una técnica que no satisfacía ninguna necesidad médica. Relegado a un uso experimental, un dispositivo de los utilizados por Hyman fue destruido en los laboratorios de Investigación de la compañía Siemens durante el bombardeo aliado de la ciudad de Dresden, en la Segunda Guerra Mundial.

El reinvento y su éxito Paul M. Zoll, que como cardiólogo incluido en el equipo quirúrgico de Dwight E. Harken había servido en el Ejército estadounidense en la II Guerra Mundial, observó la gran excitabilidad del corazón durante las intervenciones para extraer fragmentos de proyectiles alojados en su seno, y cómo reaccionaba con salvas de extrasístoles ante el menor contacto con el instrumental o cualquier maniobra. De ahí que se planteara: ¿siendo el corazón tan excitable, podía evitarse su detención si era estimulado adecuadamente? Basándose en los trabajos de Hyman, y convencido del error de estimular la aurícula, inició una serie de experiencias en animales, utilizando un estimulador empleado en los laboratorios de fisiología que le prestó la Facultad de Medicina de Harvard. Aplicando como electrodos un cable introducido en el esófago y una placa colocada en la región precordial, estudió Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:94-107

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la excitabilidad cardíaca en función de diferentes amplitudes y duraciones del impulso eléctrico. Posteriormente sustituyó estos electrodos por agujas subcutáneas y, finalmente, empleó dos parches externos aplicados a ambos lados de la región precordial. En 1952, en el Beth Israel Hospital de Boston (11), Zoll comunicaba sus resultados, concluyendo que la enfermedad de Stokes-Adams (cuya mortalidad pese al tratamiento farmacológico era por entonces muy elevada) podía ser tratada con éxito, y cómo desaparecían las crisis sincopales mediante la estimulación cardíaca eléctrica. En 1954, una pequeña empresa (Electrodyne) fabricaba la primera versión comercial del dispositivo de Zoll, que obtuvo una rápida y creciente aceptación. En contraste con el rechazo encontrado por Hyman, este dispositivo comenzó a utilizarse en muchos hospitales, especialmente en los docentes, en los que simultáneamente se estaban desarrollando las técnicas de exploración cruenta y la cirugía cardíaca. Además, desde 1930 los conocimientos científicos sobre la fibrilación ventricular y las crisis de Stokes-Adams habían pro g resado. Así, en el campo de la fibrilación ventricular, Beck había conseguido en 1947 la reanimación de un joven tras toracotomía, masaje cardíaco y la aplicación de una descarga de corriente alterna para yugular la fibrilación ventricular (12). En 1941, Parkinson (13), al analizar los electrocardiogramas de pacientes con crisis de Stokes-Adams, comprobaba que el 50 % de ellos sufrían paro ventricular por bloqueo, m i e n t ras que el resto presentaba taquiarritmias como causa del síncope. Observaba que estos últimos tenían peor pronóstico y en ellos no estaba indicado el uso de adrenalina, m i e n t ras que en los primeros podía ser eficaz la estimulación eléctrica por medio del aparato diseñado por Zoll. Por otra parte, la cirugía cardíaca con hipotermia y la difusión de las técnicas de desfibrilación y estimulación eléctrica del corazón, encontraron en la época posbélica un ambiente favorable para la creación de centros hospitalarios, donde equipos especializados pudieron desarrollar programas de investigación sobre nuevas tecnologías, cuidados posquirúrgicos y atención especializada de enfermería. Esta favorable situación era consecuencia de la ley denominada “Hospital Survey and Construction Act” (Acta Hill-Burton), promulgada en 1946, que también influiría en la dotación de numerosas becas y fondos públicos para la investigación. El año 1958 fue el más prolífico en lo referente al desarrollo de la estimulación cardíaca eléctrica. El día ocho de octubre de ese año, en el Instituto Karolinska de Estocolmo, tuvo lugar la que clásicamente se considera como la primera implantación de un marcapasos. La intervención fue realizada por el cirujano cardíaco Ake Senning, con la colaboración técnica de R. Elmquist (14), ingeniero de la compañía Elema-Schonander. El dispositivo, de forma circular, era totalmente implantable y disponía de dos transistores de silicio y de una batería de níquel-cadmio recargable por medio de un sistema de inducción externo. Tenía un tamaño aceptable (55 mm de diámetro y 15 mm de grosor) y dos electrodos suturables al epicardio. Este primer marcapasos fue hecho totalmente a mano y sus dimensiones venían dadas porque, encapsulado en Araldite (una resina epoxy que fabricaba Ciba-Geigy), 100

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su molde había sido una cajita de cera abrillantadora para zapatos British Kiwi, de esas medidas. Este primigenio marcapasos emitía impulsos de 2 voltios y 1,5 milisegundos de duración. El paciente receptor, Arne Larsson, de 43 años, sufría un bloqueo cardíaco secundario a una miocarditis vírica y llevaba meses ingresado por síncopes recurrentes. Su esposa, Else-Marie Larsson, informada de los trabajos experimentales en perros que se desarrollaban en el Hospital Karolinska, contactó con Senning y Elmquist, a los que persuadió para emplear el dispositivo en su marido, cuya situación era crítica. Aunque este primer marcapasos se paró bruscamente a las tres horas de implantado, probablemente por haber sufrido algún daño con el electrocauterio durante la intervención para su implante, pudo ser sustituido por otra unidad similar, que también falló a la semana por “fra ctura” de uno de los cables. En Noviembre de 1961, Senning intervino de nuevo al paciente para implantarle un modelo Elema 137 que, igualmente, fue preciso sustituir en enero de 1962. Con motivo de III Congreso Europeo de Estimulación Cardíaca, celebrado en Torremolinos en 1985, Arne Larsson visitó España como invitado de honor. Y fallecería en Estocolmo en diciembre del 2001, a los 86 años, por enfermedad no cardíaca (15). A lo largo de su vida precisó 23 recambios de generador y cinco cambios de cables. También en 1958, Seymour Furman (16), en el hospital Montefiori de Nueva York, desarrolló una técnica de estimulación cardíaca mediante un catéter intravenoso progresado hasta el ventrículo derecho, conectado por un cable a un marcapasos dispuesto en un carrito que permitía la deambulación del paciente. La primera implantación de un marcapasos definitivo en América, (segunda en el mundo) se realizó el 3 de febrero de 1960 en Uruguay por Roberto Rubio y Orestes Frianda, falleciendo el paciente nueve meses después por infección de la herida quirúrgica (17). El primer marcapasos totalmente implantable, con las baterías incorporadas, fue implantado ese mismo año por Chardack y Greatbach (18). El primer marcapasos implantado en España (un modelo Electrodyne PR14, con cable epicárdico) hizo el número 51 de las efectuadas en el mundo, y se llevó a cabo en 1962 por el cirujano cardíaco E. García Ortiz, en el Hospital de la Cruz Roja de Madrid. El caso se comunicó a la Revista Española de Cardiología, y citado con tal consideración en un editorial de la misma revista (19). La siguiente publicación en este mismo medio, ya en 1968, correspondió a seis implantaciones realizadas en la Escuela de Enfermedades del Tórax, por entonces centro de referencia para la intervenciones de la naciente cirugía cardíaca española (20).

Desarrollo de las fuentes de energía Una vez comprobada la eficacia de los impulsos eléctricos para obtener la activación y contracción de las cámaras cardíacas, y establecida la intensidad y duración de estos impulsos, fue Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:94-107

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necesario desarrollar sistemas capaces de producir o almacenar la energía precisa para esa función. Los primeros marcapasos disponían de baterías producidas por la empresa Mallory, cuyo modelo RM-1 utilizaba pilas de óxido de zinc-mercurio, que habían sido empleadas con éxito en equipos electrónicos como los intercomunicadores walkie-talkies de la II Guerra Mundial, audífonos, relojes, etcétera. Su duración se estimaba entre doce y dieciséis meses, y estas baterías fueron las utilizadas en las primeras unidades diseñadas por Chardack y Greatbatch. La otra opción, las baterías recargables de níquel-cadmio por medio de bobinas de inducción y radiofrecuencia a través de la piel, utilizando un cargador manejado por el propio paciente, fue abandonada en la década de los 70 ante el desarrollo de las baterías de litio, de menor tamaño y una mayor duración (unos diez años) (21). De acuerdo con las orientaciones del plan norteamericano de Átomos para la Paz, y dentro del programa Numec para la utilización de la energía atómica con fines no bélicos, se inició el desarrollo de fuentes de energía para marcapasos, que empleaban una tableta de plutonio238 herméticamente incluida en una cápsula doble de tantalio y platino. En Europa, la empresa Alcatel fabricó, bajo el asesoramiento de la Agencia Nuclear Francesa, una batería con ese isótopo incorporado a los circuitos de un marcapasos, y cuyo prototipo se implantó en 1972 con la denominación de Gipsy I (22). Sin embargo, este tipo de energía tuvo que ser abandonada por los problemas que evidenció su uso clínico (leucopenias, erosiones en la piel, etcétera), unidos a los derivados del hecho de que, al tratarse de una fuente radiactiva, obligaba a su recuperación una vez fallecido el paciente. La larga duración de las baterías de litio, unida a la reducción del consumo interno de los circuitos del generador y a la posibilidad de ajustar la energía del impulso de forma no invasora (programabilidad), permite actualmente obtener una vida útil del generador entre diez y doce años.

Estimular y detectar Cuando el médico comunica a un paciente la necesidad de implantarle un marcapasos, con frecuencia recibe de algún familiar que pasa por “entendido”, la siguiente pregunta: “¿Será de demanda?”. Podemos decir que hoy esa pregunta equivaldría a preguntar al adquirir un televisor: “¿Será en color?”. Los primeros generadores sólo eran capaces de emitir impulsos de forma rítmica, lo que en el caso de pacientes con ritmo propio (aunque lento) daba lugar a la presencia de dos ritmos simultáneos (el propio, o intrínseco, y el estimulado) que competían en la dirección del ritmo cardíaco. Ello en ocasiones podía dar lugar, si el impulso eléctrico se producía en un período vulnerable, a la aparición de arritmias e, incluso, fibrilación ventricular. Pero, en 1963, Castellanos, Lemberg y Berkovits (23) diseñaron un generador que incluía un amplificador y un sistema de filtros dirigidos a facilitar el reconocimiento de la pequeña señal 102

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eléctrica de la actividad cardíaca intrínseca. Este gran avance supuso incorporar a los marcapasos una nueva función: la capacidad de reconocer los latidos procedentes del corazón y ante ellos no emitir impulsos eléctricos. Este marcapasos fue denominado “a demanda”, término que ha trascendido a la población general.

La sincronización del ciclo cardíaco El corazón es, en esencia, un músculo hueco que alberga cuatro cavidades, dos aurículas y dos ventrículos, separadas por un sistema valvular. Las aurículas son cámaras dirigidas a recibir el flujo sanguíneo, y con su contracción, una vez abierta la válvula auriculoventricular corre s p o ndiente, proceder al llenado de los ventrículos, que son cámaras de presión y expulsión. Cuando se estimula eléctricamente el ventrículo de forma aislada, se altera la sincronía fisiológica, lo que supone una reducción del rendimiento o gasto cardíaco. Esto fue evidenciado por Samet, que comparó en pacientes con conducción auriculoventricular conservada la estimulación ventricular con la estimulación auricular a la misma frecuencia (24). Ese mismo año, 1965, Nathan implantó el primer marcapasos auricular (25) y en 1969, de nuevo Berkovits, Lemberg y Castellanos presentaron el primer marcapasos bifocal (26), que precisaba dos cables, uno situado en la aurícula y otro en el ventrículo y respetaba la secuencia de contracción auriculoventricular.

Los marcapasos “inteligentes” Tras la aparición del transistor, los marcapasos incorporaron esta tecnología, lo que permitió reducir su tamaño y a la vez incrementar su duración por reducción del consumo interno. Posteriormente, la aplicación de circuitos híbridos semi-integrados e integrados y de la tecnología C-MOS en los generadores, permitió progresar en la reducción del consumo y tamaño de los mismos. En la actualidad la tecnología de los marcapasos se basa en circuitos integrados y microprocesadores, cada vez con mayor capacidad de memoria. Además, en algunos casos es posible ampliar las funciones disponibles de uno ya implantado, por medio de telemetría y descarga de un nuevo software.

Los automatismos El corazón cumple la función de impulsar y bombear la sangre a través del sistema circulatorio. La cantidad de sangre que impulsa en un minuto es el resultado de multiplicar la canArs Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:94-107

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tidad evacuada en cada latido por el número de latidos en ese período, cantidad que recibe la denominación de gasto cardíaco y se expresa en litros por minuto. Cuando la actividad física u otras situaciones precisan de un mayor gasto cardíaco, éste se incrementa aumentando tanto el volumen de sangre impulsada en cada contracción o latido (volumen sistólico), como el número de latidos (frecuencia del pulso). La contribución al aumento del gasto cardíaco derivada del aumento de la frecuencia del pulso es muchísimo mayor que la originada por el aumento del volumen sistólico, ya que este último se incrementa fundamentalmente a expensas de un mayor llenado de las cavidades cardíacas. Este mecanismo, además de su capacidad limitada, conduce a la dilatación de tales cavidades y, a la larga, al deterioro de la capacidad de contracción. En las primeras unidades de marcapasos la frecuencia de estimulación era fija, lo que suponía la pérdida de gran parte de la capacidad fisiológica de aumentar el gasto cardíaco para adecuarlo a las necesidades del organismo, y con ello una limitación más o menos acusada de su actividad física (y, por lo tanto, una pérdida significativa de calidad de vida). Aunque algunos modelos de marcapasos permitían establecer de forma no invasora una frecuencia de estimulación específica para cada paciente, este parámetro permanecía estable salvo nueva programación. Al iniciarse la década de los 70, el principal avance en el desarrollo de los marcapasos fue la capacidad de variar de forma automática la frecuencia de estimulación para adaptarla a las necesidades del individuo. La regulación automática de la frecuencia de emisión de los impulsos eléctricos y, por lo tanto, de la frecuencia cardíaca de los pacientes con marcapasos, se hacía en función de la información enviada por un sensor con capacidad para detectar y medir una determinada señal biológica que se incorporaba a la estructura del generador de impulsos o al cable. Las señales biológicas que se han utilizado para regular la frecuencia de estimulación cardíaca han sido el movimiento corporal, la temperatura sanguínea, el pH sanguíneo, la saturación de oxígeno, la frecuencia y amplitud de los movimientos respiratorios, la duración del intervalo QT, etcétera. Dado que no hay un sensor idóneo, ya que todos tienen algún inconveniente (lentitud de respuesta, falta de especificidad, falta de proporcionalidad...) para regular su frecuencia, los marcapasos actuales emplean combinaciones de dos sensores, cuyas características se complementan; y en muchos casos la información proporcionada por los mismos se compara y valida para perfeccionarla y evitar respuestas inadecuadas. Un ejemplo permite exponer con mayor claridad el funcionamiento simultáneo de un dispositivo con doble sensor. Así, si un paciente que lleva implantado un marcapasos con dos sensores, (uno de actividad y el otro de volumen respiratorio), viaja sentado en un medio de transporte sometido a movimientos (traqueteo de un tren), el sensor de movimiento indicará que hay que aumentar la frecuencia de estimulación cardíaca; pero este incremento no se producirá, ya que esa información no coincidirá con la correspondiente al volumen respiratorio, (al estar en reposo no se ha incrementado) evitándose así un aumento inapropiado de la frecuencia de estimulación. 104

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En la actualidad, esta capacidad de autorregular la frecuencia cardíaca está incluida en la práctica totalidad de modelos y debe ser aplicada a todos los pacientes. De forma pro g resiva, y paralelamente al desarrollo creciente de la microinformática, se han ido incorporando nuevas capacidades a los genera d o re s, que hoy ya incluyen telemetría, funciones diagnósticas y automatismos para regular sus condiciones o parámetros de funcionamiento. Precisamente, una de las funciones más útiles de los nuevos generadores reside en su capacidad de comprobar la adecuada “captura ventricular” por el impulso eléctrico, y regular su voltaje para, con los oportunos márgenes de seguridad, evitar el derroche de energía. Esta función fue incorporada por primera vez por la compañía Saint Jude Medical, con el nombre de Autocapture, y se basa en la medida por el generador de la respuesta evocada. Por último, los generadores actuales son capaces, además, de: a) reconocer determinadas arritmias, b) actuar frente a ellas de una forma programada; y c) almacenar, también de forma automática, los registros de los electrogramas auriculares y ventriculares, para que el médico confirme su origen y la adecuada actuación del marcapasos (27). También existen sistemas automáticos para regular la capacidad de detección de las señales cardíacas y evitar fenómenos de detección inadecuada de interferencias, tan numerosas hoy en nuestra sociedad (telefonía móvil, sistemas antihurto, onda corta, antenas, etcétera).

Las nuevas indicaciones Los cables de marcapasos se sitúan habitualmente en la aurícula y ventrículo derechos, iniciándose ahí la activación y difundiéndose a continuación a la aurícula y ventrículo izquierdos. Ello conlleva un retraso eléctrico y mecánico de la activación de las cavidades izquierdas, en comparación con la activación normal del corazón. Al conocer mejor los efectos hemodinámicos derivados de esta secuencia anómala, se ha utilizado la estimulación eléctrica como tratamiento de determinadas cardiopatías en las que es deseable alterar la secuencia normal de activación del corazón. Tal es el caso de la miocardiopatía hipertrófica obstructiva, una enfermedad del músculo cardíaco caracterizada por la obstrucción al flujo en el tracto de salida del ventrículo izquierdo (provocada por la contracción del tabique interventricular y de la pared libre del ventrículo izquierdo anómalamente hipertróficos). En este caso, la estimulación eléctrica del ventrículo derecho, al provocar un retraso y alteración de la activación del septo y pared libre del ventrículo izquierdo, reduce la obstrucción. Por lo tanto, esa puede ser una indicación para implantar un marcapasos, persiguiéndose con la estimulación eléctrica provocar un retraso y una asincronía en la activación del ventrículo izquierdo dirigida a alterar la hemodinámica y mejorar el funcionalismo cardíaco de estos pacientes (28). Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:94-107

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En el lado opuesto se halla la denominada “terapia de resincronización cardíaca” (29), que se emplea en pacientes con miocardiopatía dilatada en situación de insuficiencia cardíaca grave y sin respuesta al tratamiento farmacológico (muchos de ellos en situación de pretrasplante cardíaco), y que presentan en el electrocardiograma un retraso en la activación del ventrículo izquierdo (bloqueo completo de rama izquierda). Esta terapia, como su nombre indica, se basa en obtener una sincronización adecuada tanto de las aurículas como de ambos ventrículos, en especial del ventrículo izquierdo, lo que aumenta el gasto cardíaco, muy reducido en estos pacientes. Con este fin se emplean los llamados marcapasos tricamerales o biventriculares, que disponen de tres cables destinados a estimular la aurícula derecha y, tras un retraso regulable, ambos ventrículos de forma simultánea.

El eslabón débil de la cadena y los futuros desarrollos La resistencia de una cadena a la tracción sobre sus extremos viene determinada por la de su eslabón más débil. Este principio es aplicado por los técnicos para determinar la seguridad de cualquier sistema, como, por ejemplo, las medidas de protección antirrobo de un domicilio. En el caso de los marcapasos, el eslabón o elemento mas débil es el cable-electrodo, como confirman las estadísticas que señalan que, en la inmensa mayoría de los casos, los fallos en la estimulación imputables al marcapasos derivan del deterioro del cable (rotura del aislante, fractura del conductor, etcétera). Conviene tener en cuenta que ese cable se ve sometido a continuos movimientos, derivados de la contracción cardíaca, y que, además, está en contacto con la sangre y los tejidos, que actúan sobre sus componentes. Hace algunos años, varios modelos de cables presentaron un proceso acelerado de degradación del aislante, fabricado en todos ellos con un tipo específico de poliuretano. Una vez implantado, tal aislante sufría un proceso de oxidación por las peroxidasas producidas por los macrófagos, que formaban parte de la reacción ante el cuerpo extraño que este poliuretano suponía para el organismo. El fallo de este tipo de cables obligó a numerosas intervenciones para sustituirlos. Por este motivo, la industria dirige sus esfuerzos al diseño y desarrollo de nuevos cables, cada vez de menor diámetro, más resistentes y, además, biocompatibles. Pero, tal vez en un futuro no lejano sea posible estimular el corazón prescindiendo del cable, el eslabón débil en la cadena de la estimulación cardíaca. Si ello se llegara a producir no será una sorpresa...

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Recordando a Albert Einstein un siglo después Remembering Albert Einstein One Century Later n José Manuel Sánchez Ron n Se cumple este año el siglo del annus mirabilis, 1905, en el que Albert Einstein (1879-1955), entonces un desconocido empleado de la Oficina de Patentes de Berna, publicó una serie de artículos que revolucionaron la física, y, a la postre, el mundo también. Para celebrarlo se ha designado al 2005 como Año Internacional de la Física. Asimismo, el 18 de abril de 1955 fallecía el gran genio de la física del siglo XX, lo que significa que también conmemoramos, en este 2005 nuestro, el medio siglo de su desaparición. Motivos hay, por tanto, de sobra para recordar la vida y obra de aquel hombre extraordinario.

Solamente un ser humano Albert Einstein nació en Ulm (Alemania) el 14 de marzo de 1879, de padres judíos. Aunque, como buen científico, una de las características más fuertes de su personalidad fue la de intentar ir mas allá de lo particular, de la situación específica, buscando la intemporalidad de las leyes generales y la trascendencia de las teorías científicas, su ascendencia judía terminó ejerciendo una influencia indudable en su biografía. Ello fue así debido a las circunstancias históricas en las que se desarrolló su vida, no como consecuencia del ambiente familiar: a pesar de que su certificado de nacimiento identificaba a sus padres, Hermann y Pauline, como “pertenecientes a la fe israelita”, ninguno era religioso, ni seguían las costumbres judías. Como en tantos otros casos de la Alemania del siglo XIX y primeras décadas del XX, los Einstein eran, se consideraban o pretendían ser, “judíos asimilados”, esforzándose por no distinguirse de cualquier otro alemán. Ahora bien, el que sus padres intentasen ser “buenos alemanes”, no quiere decir que participasen de ese cáncer que plaga la historia de la humanidad llamado nacionalismo. Por lo que se sabe de ellos, sus deseos no iban más allá de una asimilación que les permitiese vivir, ejercer libremente, sin obstáculos, una profesión. De hecho, cuando las condiciones lo requirieron, El autor es miembro de la Real Academia Española y Catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid (España). 108

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esto es, cuando, tras un período inicial floreciente, la empresa electrotécnica que Hermann regentaba con su hermano Jakob comenzó a declinar, la familia de Albert no tuvo ningún problema en trasladar —hacia 1894— el negocio a Pavía, asociándose con italianos para fundar una nueva empresa: la Società Einstein, Garrone e Cia. Es muy probable, por tanto, que para los padres de Einstein los sentimientos nacionalistas no significasen demasiado. Menos, mucho menos, significaron para su hijo, que mostró a lo largo de toda su vida lo poco que estimaba los nacionalismos, acaso no solo porque su propio intelecto y sentimientos humanitarios le mostraban con claridad lo irracionales que son los discursos, las ideologías, en los que el rechazo a los “otros” constituye un elemento fundamental para definir la propia identidad, sino también como consecuencia de su propia experiencia. Un ejemplo que muestra cuáles fueron sus ideas en este punto lo encontramos en lo que manifestó el 3 de abril de 1935 en una carta que escribió a un tal Gerald Donahue. “En última instancia”, señaló Einstein, “toda persona es un ser humano, independientemente de si es un americano o un alemán, un judío o un gentil. Si fuese posible obrar según este punto de vista, que es el único digno, yo sería un hombre feliz”. Si rechazaba el nacionalismo en general, simplemente como concepto, más lo hacía en el caso alemán. Así, incapaz de soportar la filosofía educativa germana, en diciembre de 1894 —siendo prácticamente un niño— abandonó Munich, donde estudiaba, siguiendo a su familia a Pavía. El 28 de enero de 1896 renunciaba a la nacionalidad alemana, permaneciendo apátrida hasta que en 1901 logró la ciudadanía suiza, la única que valoró a lo largo de su vida. En este sentido, el 7 de junio de 1918 escribía a Adolf Kneser, catedrático de Matemáticas en la Universidad de Breslau (actualmente Wroclaw, en Polonia): “Por herencia soy un judío, por ciudadanía un suizo, y por mentalidad un ser humano, y sólo un ser humano, sin apego especial alguno por ningún estado o entidad nacional”. No debe pasar desapercibido el que cuando Einstein escribía estas frases era, desde 1914, catedrático de la Universidad de Berlín y miembro de la Academia Prusiana de Ciencias, es decir, un alto funcionario de Prusia, lo que llevaba asociado la nacionalidad alemana, una circunstancia que él preferiría pasar por alto, manteniendo y refiriéndose siempre a su ciudadanía suiza (durante sus años en Berlín viajó habitualmente con pasaporte suizo e, incluso, lo renovó después de haber adquirido, en 1940, la nacionalidad estadounidense, un acto también de dudosa legalidad desde el punto de vista de la legislación norteamericana). Muestra también de la peculiar manera en que miraba las adscripciones nacionales es lo que escribió sobre él mismo al Times londinense el 28 de noviembre de 1919, poco más de un año después de que hubiese finalizado la Primera Guerra Mundial: “hoy soy descrito en Alemania como un ‘sabio alemán’, y en Inglaterra como un ‘judío suizo’. Si alguna vez mi destino fuese el ser representado como una bête noir, me convertiría, por el contrario, en un ‘judío suizo’ para los alemanes y en un ‘sabio alemán’ para los ingleses”. La persecución que sufrían los judíos —una persecución que no comenzó con Hitler (con él llegó a extremos absolutamente insoportables)— fue lo que le acercó a ellos, la que le hizo sentirse miembro de ese pueblo bíblicamente legendario. “Cuando vivía en Suiza, no me daba Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:108-126

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cuenta de mi judaísmo”, respondió en una entrevista publicada en el Sunday Express el 24 de mayo de 1931. “No había nada allí”, continuaba, “que suscitase en mí sentimientos judíos. Todo eso cambió cuando me trasladé a Berlín. Allí me di cuenta de las dificultades con que se enfrentaban muchos jóvenes judíos. Vi como, en entornos antisemitas, el estudio sistemático, y con él el camino a una existencia segura, se les hacía imposible”. En el mismo sentido, con mayor brevedad y claridad aún, si es que cabe, dos años antes había escrito: “Hace quince años, al llegar a Alemania, descubrí por primera vez que yo era judío y debo ese descubrimiento más a los gentiles que a los judíos”. Su solidaridad con el pueblo judío y la fama mundial de que llegó a gozar explican que, en noviembre de 1952, tras la muerte del químico Chaim Weizmann, el primer presidente del Estado de Israel, a quien había ayudado en diversas ocasiones, Einstein recibiese la oferta de sucederle en el cargo. Como es bien sabido, rechazó la oferta. Merece la pena citar la carta en la que transmitió su decisión al gobierno de Israel: “Estoy profundamente conmovido por la oferta de nuestro Estado de Israel, y al mismo tiempo apesadumbrado y avergonzado de no poder aceptarla. Toda mi vida he tratado con asuntos objetivos, por consiguiente carezco tanto de aptitud natural como de experiencia para tratar propiamente con personas y para desempeñar funciones oficiales. Sólo por estas razones me sentiría incapacitado para cumplir los deberes de ese alto puesto, incluso si una edad avanzada no estuviese debilitando considerablemente mis fuerzas. Me siento todavía más apesadumbrado en estas circunstancias porque desde que fui completamente consciente de nuestra precaria situación entre las naciones del mundo, mi relación con el pueblo judío se ha convertido en mi lazo humano más fuerte”. Aunque sintió una profunda aversión por mucho de lo alemán, ello no significa que no amase, y muy profundamente, dominios básicos de la cultura germana o, mejor, centroeuropea de habla alemana; que no amase, en primer lugar, a su idioma, que siempre manejó con amor y sencillez, pero también con elegancia, un idioma que le permitía giros y combinaciones que encajaban magníficamente con su personalidad, plena de humor e ironía. Ni que no valorase especialmente a la filosofía de habla alemana: en sus labios aparecían con frecuencia los nombres de Schopenhauer o Kant. ¡Y que decir de la física y los físicos! Desde joven había bebido de las fuentes de los Kirchhoff, Helmholtz, Hertz, Mach o Boltzmann; estimaba especialmente a Max Planck, no tanto por sus aportaciones científicas (recordemos que fue quien puso en marcha, en 1900, el proceso que condujo a la física cuántica), que desde luego valoraba, sino por la persona que era, aunque mantuvieran en ocasiones posturas encontradas. Y junto a Planck, Max von Laue, ario, y el químico-físico Fritz Haber, judío. En los peores tiempos, en agosto de 1933, desde Princeton, escribía a Haber, tras haber sabido que éste también se había convertido finalmente en un exiliado: “Espero que no regresará a Alemania. No merece la pena trabajar para un grupo intelectual formado por hombres que se apoyan en sus estómagos delante de criminales comunes y que incluso simpatizan en algún grado con estos criminales. No me decepcionan, porque nunca tuve ningún respeto o simpatía por ellos, aparte de unas finas personalidades (Planck, 60% noble, y Laue, 100%)”. 110

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La aversión de Einstein por Alemania culminaría tras la Segunda Guerra Mundial. De hecho, al contrario que muchos de sus colegas, nunca aceptó volver a pisar suelo germano, que había abandonado en 1932, en principio para pasar un tiempo, como ya había hecho en otras ocasiones, en el California Institute of Technology. Tras la llegada al poder de Hitler el 30 de enero de 1933, decidió romper sus relaciones con la nación que le había visto nacer. El manifiesto que hizo público en marzo de 1933 contiene la esencia de la filosofía que defendió a lo largo de su vida en cuestiones sociales: “Mientras se me permita elegir, sólo viviré en un país en el que haya libertades políticas, tolerancia e igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. La libertad política implica la libertad de expresar las propias opiniones políticas verbalmente y por escrito; la tolerancia implica el respeto por todas y cada una de las creencias individuales. Estas condiciones no existen en Alemania hoy. Quienes más han hecho por la causa de la comprensión internacional, entre quienes se encuentran muchos artistas, sufren, en ella, persecución”. Einstein, liberal, pacifista y judío, fue una auténtica bestia negra para los nazis. Su personalidad política constituía un obstáculo insalvable para el régimen de Hitler. Y no sólo fue repudiada su persona; también lo fue su ciencia, ya que surgió un movimiento en favor de una “ciencia aria”, uno de cuyos presupuestos era que la relatividad einsteniana representaba una aberración. Aunque no le faltaron ofertas en Europa —entre ellas una de Madrid, apoyada por el Gobierno de la Segunda República, que Einstein, por cierto, aceptó, aunque nunca se incorporase a ella—, finalmente (octubre de 1933) entró a formar parte del selecto claustro de la Escuela de Matemáticas del entonces recientemente creado Institute for Advanced Study de Princeton. Nunca abandonaría el suelo norteamericano.

Años de formación, de esperanzas y de frustraciones Como ya he indicado, en 1894 el joven Albert abandonó por iniciativa propia el Gymnasium Luipold de Múnich, donde estudiaba, para seguir a su familia a Italia. Esto no significaba, sin embargo, que no desease seguir estudios universitarios. De hecho, en el otoño de 1895 se trasladó a Zúrich con el propósito de entrar directamente en la Escuela Politécnica Federal de aquella ciudad, que por entonces había alcanzado reputación como centro de vanguardia en la enseñanza superior de la física y la matemática en el mundo de habla alemana. Al no cumplir ninguno de los requisitos para acceder a esta prestigiosa Escuela, tuvo que someterse al examen de admisión especial para los solicitantes sin título. Fracasó en el intento, aparentemente por no realizar satisfactoriamente la parte general del examen, pero siguió el consejo del director de la Escuela y se matriculó en la Escuela Cantonal de Aargau, en Aarau, para finalizar su educación secundaria. Durante aquel año inicial en Aarau se forjó el apego del futuro gran físico por la nación helvética, cuyo espíritu de tolerancia y costumbres se acomodaban perfectamente a su personalidad. Apátrida desde el 28 de Enero de 1896, fecha en la que Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:108-126

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se aceptó su renuncia a la ciudadanía de Württemberg, Einstein comenzó el intrincado proceso de solicitar la nacionalidad suiza a finales de 1899, culminándolo poco más de un año después, el 7 de febrero de 1901. En octubre de 1896 obtuvo el título necesario, e inmediatamente entró en la Mathematische Sektion de la Escuela Politécnica de Zúrich. Cuando llegó, 23 de los 841 estudiantes de la Escuela seguían estudios en esa sección, 11 de los cuales en el curso inicial. Entre esos 11 solamente había una mujer, una serbia llamada Mileva Maric, que años más tarde, el 6 de enero de 1903, se convertiría en su esposa. Con ella tuvo con ella tres hijos, uno de los cuales, una niña, de la que no se sabe su destino, antes de que se casasen. No fue, sin embargo, un matrimonio que durase demasiado: se separa ron en 1914, y divorciaron el 14 de febrero de 1919. En el acuerdo al que llegaron se estipulaba que Mileva habría de recibir, a su debido tiempo, el dinero (30.000 coronas suecas) del Premio Nobel, que nadie dudaba que recibiría. El 2 de junio del mismo año en que tuvo lugar el divorcio, Einstein se casó con su prima Elsa Löwenthal (18741936), divorciada con dos hijas. Pero ni siquiera con Elsa fue feliz Einstein; al menos eso es lo que se desprende de la carta que escribió el 21 de marzo de 1955 al hijo y a la hermana de su íntimo amigo Michele A. Besso, poco después de la muerte de éste, y no mucho antes de la suya: “Pero lo que yo admiraba más de Michele, en tanto que hombre, es el hecho de haber sido capaz de vivir tantos años con una mujer, no solamente en paz, sino también en una armonía constante, empresa en la que yo he fracasado lamentablemente dos veces”. Retomando la cuestión de sus estudios, tenemos que en su autobiografía (Notas autobiográficas, 1949), Einstein se refirió a sus maestros en la Escuela de la siguiente manera: “Allí tuve excelentes profesores (por ejemplo, Hurwitz, Minkowski), de manera que realmente podría haber adquirido una profunda formación matemática. Yo, sin embargo, me pasaba la mayor parte del tiempo trabajando en el laboratorio de Física, fascinado por el contacto directo con la experiencia”. Heinrich Weber fue el principal responsable de este hecho: siguió ocho de sus cursos de física experimental (principalmente electrotecnia). De hecho, su intención era continuar utilizando el laboratorio de Weber tras graduarse, para investigar en la termoelectricidad, con la espera nza de poder utilizar los resultados para una tesis doctoral dirigida por el propio Weber. Tales esperanzas no llegaron, sin embargo, a concretarse. Ni las de iniciar una carrera académica inmediatamente después de finalizar sus estudios. Fue el único de los cuatro estudiantes que pasaron los exámenes finales de su Sección en julio de 1900 que no consiguió un puesto de ayudante, el primer escalón en la carrera universitaria, y ello a pesar de que la nota media que obtuvo fue razonable: 4,91 de un máximo de 6. Esto fue una sorpresa para el propio Einstein. Tenía, por ejemplo, esperanzas de llegar a ocupar un puesto con el matemático Adolf Hurwitz. Pero no tuvo éxito. Ni tampoco con Eduard Riecke, director de la División de Física Experimental del Instituto de Física de la Universidad de Gotinga, a quien escribió en marzo de 1901. Por entonces estaba convencido que tenía en su contra a Weber, a quien no perdonó jamás: cuando éste falleció, en 1912, escribió a un amigo (Heinrich Zangger): “La muerte de Weber es buena para la Escuela Politécnica”. 112

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También se dirigió —y con análogo resultado— a Wilhelm Ostwald, el célebre químicofísico de la Universidad de Leipzig, algunos de cuyos trabajos Einstein estudió en aquella época. Infatigable, no cesaba en sus esfuerzos por encontrar otras posibilidades para obtener un puesto de ayudante. A Mileva Maric comentaba (4 de abril de 1901): “¡Pronto habré h o n rado con mi oferta a todos los físicos desde el Mar del Norte hasta la punta meridional de Italia!”. En esta situación, algunos de sus amigos intentaron ayudarle. Fue, finamente, su amigo y compañero de estudios Marcel Grossmann, con quien en 1912, siendo ambos profesores en el Politécnico de Zúrich, aprendió y desarrolló el aparato matemático (la geometría riemanniana) necesario para la relatividad general, quien logró, con la ayuda de su padre, un puesto estable para Albert en la Oficina de Protección de la Propiedad Intelectual de Berna, a la que se incorporó en junio de 1902, como “Técnico Experto de tercera clase”. Hasta el 15 de octubre de 1909, en que fue nombrado profesor asociado de la Universidad de Zúrich, aquel sería su lugar de trabajo. Fue, por consiguiente, mientras era un empleado de la Oficina de Patentes suiza cuando escribió sus tres grandes artículos de 1905, su annus mirabilis.

Contribuciones científicas Aquel año, en efecto, Einstein publicó en la revista Annalen der Physik tres trabajos que terminarían conmoviendo los pilares de la física. El primero se titulaba, “Sobre un punto de vista heurístico relativo a la producción y transformación de la luz”, y en él Einstein extendió a la radiación electromagnética la discontinuidad cuántica que Planck había introducido en la física cinco años antes; por una de las aplicaciones de los principios que sentó en este artículo, y que aparece al final del mismo, el efecto fotoeléctrico, en 1922 la Academia Sueca de Ciencias le concedió el premio Nobel de Física correspondiente a 1921. El segundo de los artículos de 1905, llevaba por título “Sobre el movimiento requerido por la teoría cinético-molecular del calor para partículas pequeñas suspendidas en fluidos estacionarios”, y contenía un análisis teórico del movimiento browniano que permitió a su autor demostrar la existencia de átomos de tamaño finito, un logro en absoluto menor en un momento en el que muchos negaban tal atomicidad. Finalmente, en el tercero, “Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento”, creó la teoría de la relatividad especial, sistema teórico-conceptual que eliminaba las discrepancias que habían surgido entre la mecánica newtoniana y la electrodinámica maxwelliana, que estaban causando una crisis en una parte importante de la física teórica. La relatividad especial, que substituyó a la mecánica que Isaac Newton había establecido en 1687, condujo a resultados que socavaban drásticamente conceptos hasta entonces firmemente afincados en la física, como los de tiempo y espacio, conduciendo, en manos de su antiguo maestro en Zúrich, el matemático Hermann Minkowski, a la creación del concepto, matemático y físico, de espacio-tiempo cuatrimensional. 114

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Esta unión espacio-temporal no es sino reflejo de uno de los resultados más celebrados de la relatividad especial: la simultaneidad de acontecimientos o la medida de longitudes depende del sistema de referencia (inercial) en que se encuentran aquéllos que realizan las observaciones; consecuencia a su vez de un postulado básico de la teoría, el de que la velocidad de la luz es independiente del estado de movimiento de la fuente que la emite, postulado totalmente contraintuitivo, y que, a pesar de las evidencias indirectas en su favor que se habían ido acumulando a lo largo de las últimas décadas, sólo Einstein —y no otros en principio en mejor situación (notablemente el gran físico holandés Hendrik Antoon Lorentz)— imaginó. Esta relatividad en las medidas, junto al propio nombre de la teoría, “de la relatividad”, es responsable de una deformación conceptual especialmente importante y lamentable: la afirmación de que la construcción einsteniana de 1905 es una teoría de “relativos”, y que su propio éxito en la descripción de la naturaleza induce a pensar que el principio “todo es relativo” debe ser introducido en otros ámbitos, entre ellos los filosóficos y sociológicos. Sin embargo, y muy al contrario de este planteamiento, la relatividad especial es una “teoría de absolutos”, que pretende suministrar los elementos necesarios para que sea posible describir las leyes (que es lo verdaderamente esencial, no conceptos cinemáticos como longitudes o tiempos) de la física, de forma tal que sean comunes a observadores situados en sistemas de referencias inerciales diferentes, un hecho éste que sostuvo con frecuencia el propio Einstein. Naturalmente, es inevitable mencionar también lo que no es sino un mero corolario de la teoría, condensado en una sencilla expresión matemática, E=mc2 (en donde E representa la energía, m la masa, y c la velocidad de la luz), que permitió comprender inmediatamente la razón —aunque no la causa última (cuántica) que subyacía en el fenómeno— de la aparente infinita energía producida en los procesos radiactivos, descubiertos a finales del siglo XIX. Las explosiones nucleares que pusieron término a la Segunda Guerra Mundial dieron buena prueba de que masa y energía son, efectivamente, equivalentes. Una vez explotadas las principales consecuencias de la relatividad especial, hasta aproximadamente 1911, Einstein centró sus investigaciones principalmente en el campo de la física cuántica, esto es, en el mundo de las radiaciones y de los fenómenos microscópicos. De aquella época son sus trabajos sobre la aplicación de los principios cuánticos al estudio de los sólidos, lo que le permitió explicar, por ejemplo, desviaciones que se observaban en la ley de Dulong y Petit, o sobre la coexistencia de propiedades ondulatorias y corpusculares en varios fenómenos, que allanaron el camino a las más definidas ideas de Louis de Broglie sobre la dualidad onda-corpúsculo (1923-1924). No obstante, a partir de 1911 Einstein dedicó sus energías casi de manera exclusiva a la búsqueda de una teoría de la interacción gravitacional que fuese compatible con los requisitos de la relatividad especial, ya que la teoría de la gravitación universal de Newton no satisface los requisitos de la relatividad especial. En realidad, ya antes de 1911 había identificado la pieza maestra que le serviría para orientarse en esa búsqueda: “el principio de equivalencia”, la idea de que a distancias pequeñas un sistema de referencia acelerado es equivalente a un Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:108-126

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campo gravitacional. La manera cómo Einstein llegó a este principio, que desvela la profunda significación de un hecho aceptado hasta entonces (por Galileo y Newton) sin mayores problemas —la proporcionalidad (igualdad en un sistema de unidades adecuado) entre masa inercial y masa gravitacional—, muestra de manera espléndida la gran característica del estilo científico einsteiniano: su increíble capacidad para encontrar lo realmente esencial de la naturaleza, aquello que proporciona las claves más simples, pero a la vez más profundas, de la estructura del mundo. En este caso, como en otros (por ejemplo, al introducir en la relatividad especial el postulado de la constancia de la velocidad de la luz), Einstein únicamente recurrió a experimentos mentales (con observadores situados en ascensores, en presencia y en ausencia de campos gravitacionales) que cualquiera puede entender. El principio de equivalencia llevó a Einstein a la conclusión de que la nueva teoría gravitacional que buscaba debía basarse en un espacio-tiempo curvo dinámico. El problema es que, aunque reconocía la necesidad de recurrir a una geometría curva no estática, no poseía los conocimientos necesarios. Es cierto que el programa de estudios que había seguido en Zúrich incluía un curso sobre geometría dictado por el matemático Carl Friedrich Geiser, en el que se trató de los trabajos de Gauss sobre superficies curvas descritas de forma intrínseca (sin considerar que podían estar sumergidas en un espacio de dimensión superior), pero no parece que lo aprovechase demasiado; no, desde luego, como para poder ser matemáticamente autosuficiente en 1913. En cuanto a los trabajos de Riemann o el artículo que los matemáticos italianos Gregorio Ricci-Curbastro y Tullio Levi-Civita publicaron en 1901, que contiene la mayor parte de los elementos de la geometría riemanniana necesarios para la relatividad general, simplemente los desconocía. La ayuda le llegó de Marcel Grossmann. Cuando en febrero de 1912 Einstein fue nombrado catedrático en su antigua alma mater, el Instituto Politécnico de Zúrich, se encontró allí con Grossmann, que ocupaba una cátedra de matemáticas. Fue una coincidencia afortunada, ya que Grossmann se había especializado precisamente en geometría diferencial. Juntos escribieron un artículo que representa un momento decisivo en la carrera de Einstein, así como en la historia de la física. En la carrera de Einstein, porque el “estilo einsteniano” cambiaría de una manera radical a partir de entonces. En la historia de la física, porque nadie hasta entonces había hecho lo que sus autores llevaron a cabo en aquel trabajo: “reducir”, geometrizar, la gravitación; utilizar un marco geométrico curvo que dependía de su contenido energético-material. Las ecuaciones del campo gravitacional que se proponían en este Esbozo no eran correctas y Einstein terminaría por abandonarlas. Comenzó entonces un largo, complejo y con frecuencia oscuro conceptualmente, período —que sólo finalizaría en noviembre de 1915— durante el cual pugnó por determinar los principios básicos de la teoría relativista de la gravitación. No puedo, naturalmente, detenerme en los detalles de esa búsqueda; para mis propósitos aquí lo realmente importante es señalar que aunque los argumentos físicos no desaparecieron de los razonamientos de Einstein, cada vez iban cobrando más fuerza los puramente matemáticos, con el cálculo tensorial ocupando una posición central. La fascinación que Einstein iba sin116

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tiendo por el poder de las matemáticas se hace patente en el pasaje inicial del artículo que leyó en la sesión plenaria de la Academia Prusiana de Ciencias el 4 de noviembre de 1915, en el que se quedó a un paso de formular la versión final de la teoría de la relatividad general: “Nadie que la haya entendido realmente [la teoría presentada aquí] puede escaparse de su belleza, porque significa el verdadero triunfo del cálculo diferencial absoluto tal y como fue fundado por Gauss, Riemann, Christoffel, Ricci y Levi-Civita”. Veintiún días después, el 25 de noviembre de 1915, Einstein presentaba a la Academia Prusiana la formulación definitiva de la teoría general de la relatividad; esto es, la formulación que incluía las ecuaciones correctas del campo gravitacional. Nadie, antes o después de Einstein, produjo en la física una teoría tan innovadora, tan radicalmente nueva y tan diferente de las existentes anteriormente. Una posición que todavía ocupa, resistiendo a todas las pruebas experimentales, aunque con el grave problema de no haber aceptado ningún procedimiento para hacerla compatible con los requisitos cuánticos, imprescindibles para cualquier teoría física, lo que hace pensar que probablemente, no obstante toda su belleza y originalidad, será sustituida en el futuro por otra formulación muy diferente. De hecho, la relatividad general hizo que Einstein modificase radicalmente sus ideas filosóficas acerca de cómo se construyen las teorías científicas. En su juventud fue un fiel seguidor del físico y filósofo austriaco Ernst Mach, quien recalcaba que las teorías científicas debían estar basadas en conceptos observables directamente, en las sensaciones que recibe nuestro intelecto. La teoría de la relatividad especial se ajustaba bastante bien a esta receta, pero no así la relatividad general. Einstein llegó a la conclusión de que es necesario inventar —una palabra maldita para Mach— conceptos, que introducimos en nuestras teorías; conceptos que cada vez están más alejados de los datos de la experiencia. En un artículo (Física y realidad) que publicó en 1936 en el Journal of the Franklin Institute, expresó las ideas a las que había llegado: “La ciencia utiliza la totalidad de los conceptos primarios, o sea, conceptos conectados en forma directa con las experiencias sensoriales, y las proposiciones que los relacionan. En su primera etapa de desarrollo, la ciencia no contiene nada más. Nuestro pensamiento diario se contenta, en términos generales, con este nivel. No obstante, una situación así no puede resultar satisfactoria para quien posea una verdadera mentalidad científica, porque la totalidad de los conceptos y las relaciones obtenidas de esta manera carece por completo de unidad lógica. Con la finalidad de cubrir esta deficiencia, se inventa un sistema más pobre en conceptos y relaciones, un sistema que considera que los conceptos y relaciones del ‘primer estrato’ son conceptos y relaciones derivados lógicamente. En bien de su más elevada unidad lógica, este nuevo ‘sistema secundario’ paga el precio de operar con conceptos elementales (conceptos de segundo estrato) que ya no están conectados de modo directo con las experiencias sensoriales. Una búsqueda posterior de la unidad lógica nos conduce a un sistema terciario, más pobre aún en conceptos y relaciones, mediante la deducción de los conArs Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:108-126

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ceptos y relaciones del estrato secundario (y de modo indirecto de los del primario). Y el proceso continúa en estos términos, hasta el momento en que hemos llegado a un sistema dueño de la mayor unidad concebible y de la mayor pobreza de conceptos en materia de fundamentos lógicos, que todavía es compatible con las observaciones realizadas por nuestros sentidos. No sabemos si esta ambición será o no capaz de forjar alguna vez un sistema definitivo. Si se recabara una opinión al respecto, lo más probable sería obtener una respuesta negativa. No obstante, mientras se lucha con los problemas, jamás se pierde la esperanza de acercarse a ese objetivo”. Fue, por tanto, la teoría de la relatividad general la que hizo que Einstein modificase sus planteamientos filosóficos con el fin de acomodar éstos a los contenidos de su nueva teoría. Y es que la coherencia filosófica no es una virtud científica, como el propio Einstein señaló en su contestación a las críticas que le habían hecho los distintos autores que habían contribuido al libro Albert Einstein: Philosopher-Scientist (1949), que contiene sus Notas autobiográficas. “El científico —escribió allí— debe aparecer al epistemólogo sistemático como un tipo de oportunista poco escrupuloso: aparece como realista en tanto que busca describir un mundo independiente de los actos de percepción; como un idealista en tanto que considera los conceptos y teorías como invenciones libres del espíritu humano (no derivables lógicamente de lo que es dado empíricamente); como positivista en tanto que considera a sus conceptos y teorías justificadas solamente en la medida en que suministran una representación lógica de relaciones entre experiencias sensoriales. Puede aparecer incluso como un platonista o un pitagórico en tanto que considera el punto de vista de la simplicidad lógica como una herramienta efectiva e indispensable de su investigación”. Inmediatamente después de formular la versión definitiva de la relatividad general, en 1916, Einstein aplicó su nueva teoría de la gravitación (modificada introduciendo un nuevo elemento en sus ecuaciones básicas: la constante cosmológica) al conjunto del cosmos, encontrando un modelo de universo estático de densidad uniforme, con el que creó la cosmología, entendida como disciplina auténticamente científica, frente a las apenas analíticas, escasamente predictivas, cosmogonías anteriores. Tal modelo fue finalmente arrinconado ante la evidencia experimental —proporcionada por el astrofísico estadounidense Edwin Hubble en torno a 1930— de que el universo no es estático sino que se expande. Afortunadamente para la cosmología relativista, existen soluciones de sus ecuaciones (que además no necesitan de la constante cosmológica), estudiadas por diversos científicos (como Georges Lemaître, Alexander Friedmann, Howard P. Robertson o Arthur G. Walker) que conducen a modelos de universo en expansión. A partir de entonces, el mundo de la relatividad general fue el tema de investigación preferido por Einstein; en especial, lo que llamó “teoría del campo unificado”, con la que pretendía encontrar un marco (geométrico) común para las dos interacciones conocidas en aquella época: la electromagnética y la gravitacional. Al dedicarse a este problema, tuvo que termi118

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nar siguiendo un camino en el que eran las posibilidades matemáticas —estructuras formales suficientemente ricas como para, en principio, dar cabida a variables electromagnéticas y gravitacionales— las que dirigían sus esfuerzos. Fue la suya una lucha titánica y solitaria, ya que la gran mayoría de sus colegas no compartían sus esperanzas, entre las que figuraba de forma preeminente desarrollar una teoría que no renunciase a la continuidad y al determinismo, los fenómenos de que daba cuenta —recurriendo a la discontinuidad— la teoría cuántica. Y es que Einstein, que junto con Planck había sido uno de los creadores del movimiento que condujo a la mecánica cuántica, nunca aceptó completamente esta teoría, que entendía no se podía considerar completa. No aceptaba su carácter estadístico, situación un tanto peculiar, toda vez que también fue él quien, en 1917, introdujo realmente tal rasgo en la física cuántica. Ahora bien, tal oposición no le impedía reconocer que se trataba de la teoría física de más éxito de su tiempo, en tanto que permitía comprender unitariamente las experiencias relativas al carácter cuántico de los procesos microscópicos. Más concretamente, el rasgo de la física cuántica que chocaba sobre todo a Einstein era el de que en ella el resultado de una medida dependiese del proceso de medición; pensaba que tal característica de la interpretación más ampliamente aceptada de la mecánica cuántica —la interpretación de Copenhague— era incompatible con una definición aceptable del concepto de “lo físicamente real”. Es particularmente famosa una de sus manifestaciones “antiprobabilista” y “realista” contenida en una carta que escribió a Max Born el 4 de diciembre de 1926: “La mecánica cuántica obliga a que se la respete. Pero una voz interior me dice que todavía no es la cosa real. La teoría nos aporta muchas cosas, pero apenas nos acerca al secreto del Viejo. De todas maneras, yo estoy convencido de que Él, al menos, no juega a los dados”. Lejos de limitarse a expresar una oposición de carácter meramente programático o metodológico, Einstein expresó su rechazo mediante argumentos que utilizaban situaciones experimentales posibles. La manifestación más conocida de sus ideas es el artículo que publicó en 1935, en colaboración con Boris Podolsky y Nathan Rosen, en la revista Physical Review: “¿Puede considerarse completa la descripción mecánico-cuántica de la realidad?" El efecto de este artículo fue inmediato. Niels Bohr, el creador del primer modelo atómico cuántico, gran patrón de la física cuántica y, en particular, de la interpretación de Copenhague (ciudad en la que se encontraba su Instituto de Física), que de hecho había mantenido vivas discusiones con Einstein sobre estos temas durante el Congreso Solvay de 1930, publicó inmediatamente, con el mismo título y en la misma revista, una respuesta a las objeciones de Einstein, abriendo un debate que todavía no se ha cerrado. Y puesto que he mencionado este artículo de 1935 quiero aprovechar para hacer hincapié en la falsedad de la historia de que después de 1915-1916 la carrera científica de Einstein terminó; que, obnubilado por sus deseos de una física causal y realista, ya no hiciera ninguna contribución a la física. Es cierto, desde luego, que no produjo aportaciones como las de 1905 o la relatividad general, pero, y olvidándonos de su artículo con Podolsky y Rosen, debemos recordar otros trabajos suyos notables como, por ejemplo, el que realizó con sus dos ayudanArs Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:108-126

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tes, Leopold Infeld y Banesh Hoffmann: “Gravitational equations and the problem of motion”, publicado en la revista Annals of Mathematics en 1938, y que suministró un método importantísimo —la denominada “aproximación EIH— para resolver de manera aproximada las ecuaciones del movimiento de la relatividad general.

Por fin, un respetado científico profesional La lógica interna que existe en los intereses y aportaciones científicas de Einstein me ha llevado más allá de la época en la que trabajaba en la Oficina de Patentes de Berna. Es preciso, para reconstruir su biografía, y la del tiempo que le tocó vivir, volver, otra vez, hacia atrás. Gracias a las aportaciones a la física que realizó a partir de 1905, el mundo académico comenzó a advertir su presencia. En 1909 consiguió su primer puesto universitario, profesor asociado en la Universidad de Zúrich. En 1911 fue designado catedrático de Física en la Universidad alemana de Praga, aunque permaneció allí muy poco tiempo: el año siguiente regresó a Suiza para ocupar una cátedra en el Politécnico, su alma mater. Dos años más tarde alcanzaba la cumbre de su profesión: catedrático sin obligaciones docentes en la Universidad de Berlín, director de un Instituto de Física teórica, que se crearía especialmente para él en la Asociación Kaiser Guillermo, y miembro, con un salario de 12.000 marcos, de la Academia Prusiana de Ciencias. Planck y Walther Nernst en persona viajaron desde Berlín a Zúrich, en el verano de 1913, para transmitirle la oferta. ¿Cómo resistirse ante ella, más aún con semejantes embajadores? Aunque el humor de Einstein no le impidió comentar, justo después de la visita, a su amigo y futuro premio Nobel de Física, Otto Stern: “¿Sabes?, los dos me parecieron como si quisiesen obtener un raro sello postal”.

Pacifista La física einsteniana pudo ser intrincada, pero su palabra era transparente, y de una belleza y altura moral singular, cuando hablaba de cuestiones humanas transcendentes. Y entre esas cuestiones humanas, una llamó muy particularmente su atención: la lucha contra la guerra, el pacifismo. Un interés promovido por las circunstancias históricas en las que se desenvolvió su vida. Circunstancias históricas como la Primera Guerra Mundial. Al poco de comenzar la Gran Guerra, el 4 de octubre de 1914, movidos en parte por las negativas repercusiones que había tenido en el mundo la invasión de Bélgica, 93 intelectuales alemanes dieron a conocer lo que denominaron “Llamamiento al mundo civilizado”. Aquel manifiesto defendía con una parcialidad sobrecogedora las acciones germanas. Contenía puntos como el siguiente: “No es verdad que la lucha contra lo que se ha llamado nuestro militarismo no sea una lucha contra nuestra cultura, como pretenden hipócritamente nuestros 120

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enemigos. Sin el militarismo alemán, la cultura alemana habría desaparecido de la faz de la tierra hace mucho tiempo. Es para proteger esa cultura, que un país que durante siglos ha sufrido más invasiones que ningún otro, ha salido de sus fronteras. El ejército y el pueblo alemanes forman una unidad. Semejante convicción une hoy día a 70 millones de alemanes, sin distinción de educación, condición social y partido”. En la atmósfera que reinaba entonces en Alemania era difícil oponerse públicamente a aquella declaración (en otros países tampoco fue fácil defender posiciones no beligerantes, como demuestra el caso de Bertrand Russell en Inglaterra). Sin embargo, pocos días después de su publicación, un destacado pacifista alemán, Georg Nicolai, preparó una réplica que hizo circular entre sus colegas universitarios. Sólo tres personas se adhirieron a ella: uno de ellos era Einstein. El documento en cuestión, titulado “Manifiesto a los europeos”, fue distribuido a mediados de octubre, y contenía párrafos como los siguientes: “La guerra que ruge difícilmente puede dar un vencedor; todas las naciones que participan en ella pagarán, con toda probabilidad, un precio extremadamente alto. Por consiguiente, parece no sólo sabio sino obligado para los hombres instruidos de todas las naciones el que ejerzan su influencia para que se firme un tratado de paz que no lleve en sí los gérmenes de guerras futuras, cualquiera que sea el final del presente conflicto. La inestable y fluida situación en Europa, creada por la guerra, debe utilizarse para transformar el Continente en una unidad orgánica... Nuestro único propósito es afirmar nuestra profunda convicción de que ha llegado el momento de que Europa se una para defender su territorio, su gente y su cultura... El primer paso en esa dirección sería el que uniesen sus fuerzas todos aquellos que aman realmente la cultura de Europa; todos aquellos a los que Goethe proféticamente llamó ‘buenos europeos’”. Sin embargo, con dolorosa frecuencia la vida de los humanos se mueve en situaciones que provocan sentimientos encontrados; sentimientos que impiden mantener líneas de comportamiento sencillas o lineales. Así, a pesar de sus ideas pacificistas, Einstein contribuiría a impulsar el establecimiento del proyecto nuclear estadounidense, el “Proyecto Manhattan”, que culminó con el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Japón. El 2 de agosto de 1939, a petición de tres físicos de origen húngaro que también habían tenido que abandonar Alemania, Leo Szilard, Edward Teller y Eugene Wigner, Einstein escribió una carta al presidente Franklin D. Roosevelt en la que indicaba el peligro potencial de que, a raíz del descubrimiento de la fisión del uranio, realizado por Otto Hahn y Fritz Strassmann, en Berlín en diciembre de 1938, Alemania pudiese fabricar bombas atómicas. Aunque es difícil determinar en qué medida la carta de Einstein influyó en la posterior decisión del gobierno estadounidense de establecer el proyecto Manhattan, que conduciría a la fabricación de las bombas que se lanzaron sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945 y que provocaron la inmediata rendición de Japón, el hecho es que el temor que sentía por un mundo dominado por Hitler hizo que Einstein violentase sus creencias pacifistas. En tiempos difíciles, cuando las pasiones y la sangre empañan la tierra, la pureza es un bien que se agosta rápidamente. Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:108-126

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Científico famoso La continuamente ascendente carrera académica de Einstein desde que abandonó la Oficina de Patentes de Berna, y que culminó al llegar a Berlín a principios de 1914, muestra el reconocimiento que recibió. Pero ello ocurrió entre sus colegas, entre los físicos que se daban cuenta de lo extraordinario de sus contribuciones científicas. Entre los legos, en el mundo social, su apellido sólo pasó a ser conocido multitudinariamente en noviembre de 1919, cuando una expedición británica confirmó, midiendo las trayectorias de la luz de algunas estrellas durante un eclipse de Sol, que, efectivamente, se verificaba que los rayos de luz cambian de dirección en presencia de campos gravitacionales, una de las predicciones de la teoría que había desarrollado a finales de 1915: la relatividad general. Los resultados de la misión británica se dieron a conocer el 6 de noviembre de 1919, en la sede londinense de la Royal Society, en una reunión conjunta de la sociedad anfitriona con la Royal Astronomical Society. Alfred North Whitehead, que asistió a aquella reunión, describió años más tarde (en su libro Science and the Modern World, 1926) el ambiente que la rodeó: “Toda la atmósfera de tenso interés era exactamente la de un drama griego: nosotros éramos el coro comentando el decreto del destino revelado en el desarrollo de un incidente supremo. Había una cualidad dramática en la misma representación; el ceremonial tradicional, y en el trasfondo el retrato de Newton para recordarnos que la mayor de las generalizaciones científicas iba a recibir ahora, después de más de dos siglos, su primera modificación”. El día siguiente, The Times anunciaba en sus titulares: “REVOLUCION EN CIENCIA Nueva teoría del Universo Ideas newtonianas desbancadas” También en el Times, el día 8, Joseph John Thomson (1856-1940), que en 1897 había identificado el electrón como la primera partícula elemental, y que había presidido la reunión celebrada dos días antes, declaraba: “Uno de los grandes logros en la historia del pensamiento humano... No es el descubrimiento de una isla remota, sino de todo un continente de nuevas ideas científicas... Es el mayor de los descubrimientos en relación con la gravitación desde que Newton enunciase sus principios.” Y con ello, Einstein se convirtió en una figura mundialmente célebre, y rara vez tuvo la paz que siempre dijo desear y buscar. Una muestra de que la fama de Einstein crecía exponencialmente se encuentra en las ventas del libro de carácter popular que publicó en 1917 para divulgar las dos teorías de la relatividad: Über die spezialle und die allgemeine Relativitätstheorie (Gemeinverständlich). La primera edición constaba de 2.000 ejemplares, la segunda (también de 1917) de 1.500, la tercera (1918) de 3.000 y la cuarta (1919) de 3.000. A partir de entonces, es decir, una vez anun122

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ciados los resultados de la expedición británica a la que me he referido, las ediciones y las ventas se dispararon: quinta edición (enero 1920), 4.500 ejemplares; sexta (febrero 1920), 4.500; séptima (marzo 1920), 4.500; octava (abril 1920), 6.000; novena (junio 1920), 6.000; décima (agosto 1920), 10.000; décimo primera (noviembre 1920), 5.000; duodécima (noviembre 1920), 5.000. En 1922 ya se habían realizado catorce reimpresiones, con un total de 65.000 ejemplares. Y también comenzaron a aparecer traducciones a otros idiomas. La primera versión al inglés apareció en Inglaterra en 1920. El año siguiente se publicaba en EEUU, y también las traducciones al español (Teoría de la relatividad especial y general [Peláez, Toledo]), francés, italiano y ruso. En 1922 aparecía una traducción al húngaro, en 1923 al yiddish (lengua judeoalemana) y en 1928 al hebreo. Con la fama, a Einstein le llegaron invitaciones de todos los rincones del mundo. Y aceptó bastantes. Un buen indicador del grado de popularidad de que gozaba en los países que visitó el entonces catedrático en Berlín, lo tenemos en los informes que los diplomáticos alemanes residentes en aquellas naciones enviaban al Ministerio Alemán de Asuntos Exteriores. Citaré algunos de tales informes diplomáticos: Oslo, junio de 1920: “Las conferencias [de Einstein] fueron recibidas sorprendentemente bien por el público y la prensa”; Copenhague, junio de 1920: “En los últimos días, periódicos de todas las opiniones han hecho hincapié en extensos artículos y entrevistas en la importancia del Profesor Einstein ‘el físico más famoso de la actualidad’”; Tokio, enero de 1923: “Cuando Einstein llegó a la estación había tal gentío que la policía fue incapaz de dirigir aquella peligrosa aglomeración… En el festival de los crisantemos no fueron ni la emperatriz ni el príncipe regente ni los príncipes imperiales los que atrajeron la atención; todo giró en torno a Einstein”. Y comentarios similares relativos a sus visitas a París (abril de 1922), España (marzo de 1923; en donde pronunció conferencias en Barcelona, Madrid y Zaragoza), Río de Janeiro, Montevideo, EEUU… “Con un hombre así”, señalaba Friedrich Sthamer, encargado de negocios alemán en Londres cuando (1920) tuvieron lugar los primeros ataques contra Einstein en Alemania, “podemos hacer una verdadera propaganda cultural y no deberíamos expulsarle de Alemania”. El científico, el científico famoso, se convertía, como vemos, en objetivo e instrumento político. Hacia 1929 el interés popular había llegado a un punto en cierto modo casi increíble, como se puede comprobar por la carta que Eddington escribía a Einstein el 11 de febrero de aquel año: “Le divertirá saber que uno de nuestros grandes almacenes de Londres (Selfridges) ha pegado en el escaparate su trabajo (las seis páginas pegadas lado a lado) ¡de forma que los transeúntes puedan leerlo al pasar!”. Si tenemos en cuenta que el artículo al que se refería el catedrático de Astronomía de Cambridge trataba de una de las teorías del campo unificado con las que por entonces pugnaba Einstein, nos daremos cuenta de las situaciones tan absurdas que se llegaron a dar. Acabo de emplear la palabra “absurda”, pero ¿es lícito realmente emplear semejante calificativo en un caso como el presente? Sería correcto hablar de “absurdo”, de “irracional”, si se Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:108-126

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pensase que lo que los gerentes de Selfridges pretendían era que las personas que caminasen por Oxford Street, o al menos un buen porcentaje de esas personas, conociesen los detalles de la nueva teoría einsteniana. Obviamente, ese no era el caso. Ningún paseante o comprador, o prácticamente ninguno, iba a entender nada de aquello que se exponía en los escaparates de los grandes almacenes londinenses; y es evidente que sus gerentes no se podían hacer ilusión alguna a este respecto, que no pretendían semejante cosa. Lo que la presencia de las páginas del artículo de Einstein refleja es, de entrada, que el autor y su ciencia eran hacia 1929 una imagen, algo que despertaba atención y que incitaba a aquéllos que pasaban delante de Selfridges a fijar su atención en la tienda, y, de esta manera, acaso a entrar en ella. Nada nuevo, ni sorprendente, salvo porque en este caso el reclamo era un científico y una disciplina científica, la física. Sabemos que la ciencia ya había sido objeto de atención social; por ejemplo, como curiosidad en los salones de los siglos XVIII y XIX, o al abrir, a través de la electricidad o los rayos X, nuevas posibilidades y percepciones durante el último cuarto del siglo XIX y principios del XX; pero lo que ocurrió con Einstein y su relatividad fue un fenómeno nuevo, tanto por la intensidad de los sentimientos que generó, como por tratarse de una teoría científica fundamental; una teoría de la que no existían entonces aplicaciones prácticas de las que la sociedad se pudiese beneficiar materialmente.

El “Personaje del Siglo

XX”

Y famoso murió en Princeton el 18 de abril de 1955, como consecuencia de la rotura de un aneurisma aórtico. De hecho, su fama no decayó con su desaparición, como bien muestra el que en su número del 31 de diciembre de 1999 la revista estadounidense Time le calificase como el PERSONAJE DEL SIGLO. Quedaron finalistas Franklin Delano Roosevelt y Mohandas Gandhi. Tres personajes perfectamente adecuados a los tres grandes apartados que caracterizaron el siglo XX: “Ciencia y tecnología”, “Democracia” y “Derechos civiles”. En el artículo en el que uno de los editores de la revista, Walter Isaacson, justificaba la elección, podemos leer: “Es difícil comparar la influencia de políticos con la de científicos. Sin embargo, nos damos cuenta de que existen algunas épocas que fueron definidas especialmente por sus políticas, otras por su cultura, y otras por sus avances científicos. El siglo XVIII, por ejemplo, estuvo marcado claramente por la política: sólo en 1776, están Thomas Jefferson y Benjamin Franklin escribiendo la Declaración de Independencia, Adam Smith publicando The Wealth of Nations (La riqueza de las naciones) y George Washington dirigiendo las fuerzas revolucionarias. Por otra parte, el siglo XVII, a pesar de líderes tan señalados como Luis XIV y del castillo que nos dejó, será recordado sobre todo por su ciencia: Galileo explorando la gravedad y el sistema solar, 124

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Descartes desarrollando la filosofía moderna y Newton descubriendo las leyes del movimiento y del cálculo. Y el siglo XVI estará en nuestra memoria por el florecimiento de las artes y la cultura. Miguel Ángel y Leonardo y Shakespeare creando obras maestras, Isabel I dando origen a la Era Isabelina. Así que ¿cómo será recordado el siglo XX? Por su democracia, sí. Y también por los derechos civiles. Pero el siglo XX será recordado sobre todo, al igual que el XVII, por sus estremecedores avances en ciencia y tecnología. En su masiva historia del siglo XX, Paul Johnson manifiesta: ‘El genio científico afecta a la humanidad, para bien o para mal, mucho más que cualquier político o señor de la guerra’. Albert Einstein fue más expresivo: ‘La política es para el momento. Un ecuación es para la eternidad’. Como el mayor pensador del siglo, como un inmigrante que huía de la opresión hacia la libertad, como un idealista político, Einstein engloba de la mejor forma posible lo que los historiadores considerarán significativo acerca del siglo XX. Y como un filósofo con fe tanto en la ciencia como en la belleza de la obra de Dios, personifica el legado que pasará al próximo siglo. Dentro de cien años, cuando entremos en otro siglo —incluso, dentro de diez veces cien años, cuando entremos en un nuevo milenio— el nombre que demostrará ser más perdurable de nuestra propia asombrosa era será el de Albert Einstein: genio, refugiado político, humanista, cerrajero de los misterios del átomo y del universo”. Es, ciertamente, una buena manera de definirlo y de recordarlo, aunque a él acaso le hubiese gustado algo menos trascendente y pomposo. Recordaré en este sentido lo que escribió en mayo de 1936, a requerimiento de un editor estadounidense que iba a comenzar las obras para una librería y que deseaba enterrar una caja de metal con mensajes para la posteridad. Sus palabras de entonces no son ni muy trascendentes, ni imponentes, ni cargadas de seriedad, pero dan idea tanto de lo que le preocupaba del futuro como de su sentido del humor, y en este sentido sirven espléndidamente para caracterizar su verdadera personalidad: “Querida posteridad, Si no has llegado a ser más justa, más pacífica y generalmente más racional de lo que somos (o éramos) nosotros, entonces que el Diablo te lleve. Habiendo, con todo respeto, manifestado este piadoso deseo, Soy (o era), Tuyo, Albert Einstein”. Aunque la posteridad no sea más justa, pacífica o racional, es más que probable que recuerde el nombre y contribuciones al conocimiento de la naturaleza del hombre que escribió estas líneas. Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:108-126

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Bibliografía Para la composición de este artículo he utilizado diversas fuentes, entre ellas algunos de mis libros de los que he tomado pasajes: Sánchez Ron JM. El origen y desarrollo de la relatividad. Madrid: Alianza Editorial, 1983. Sánchez Ron JM. El poder de la ciencia. Madrid: Alianza Editorial, 1992. Sánchez Ron JM. El Siglo de la Ciencia. Madrid: Taurus, 2000. Sánchez Ron JM. El jardín de Newton. Barcelona: Crítica, 2001. Ver, asimismo, Einstein A. Mis ideas y opiniones. Barcelona: Bon Ton, 2000). Stachel J (ed.). Einstein 1905: un año milagroso. Barcelona: Crítica, 2001. Einstein A. Notas autobiográficas. Madrid: Alianza Editorial, 1984. Schilpp PA (ed.). Albert Einstein: Philosopher-Scientist. La Salle (Illinois): Open Court, 1949). Einstein A. Cartas a Mileva. Edición de Sánchez Ron JM. Madrid: Mondadori, 1990. Rosenkranz Z. The Einstein Scrapbook. Baltimore: The Johns Hopkins University Press, 2002. Einstein A. Correspondencia con Besso. Barcelona: Tusquets, 1994. Y los nueve volúmenes aparecidos hasta la fecha de The Collected Papers of Albert Einstein (Princeton University Press).

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Artículos breves

Consideraciones sobre terminología y lexicografía médicas Considerations on Medical Terminology and Lexicography n Ernesto F. Martín-Jacod Resumen El objetivo de este trabajo es explicar la necesidad que existe en el ámbito del lenguaje médico en español de: a) incluir en la formación médica académica elementos de terminología y lexicografía; y b) constituir núcleos profesionales idóneos que puedan convertirse en referentes autorizados en ambas materias. A modo de ejemplo, se presenta un panorama general del léxico médico empleado en la ciudad de Buenos Aires y se propone un posible curso de acción.

Palabras clave Lexicografía médica. Terminología médica. Formación médica.

Abstract The aim of this work is to explain an existing need in the field of Spanish medical terminology and lexicography of: a) including elements of terminology and lexicography in the syllabus of medical schools; and, b) constituting competent professional groups that would be a reference in these subjects. An overview of the medical vocabulary used in Buenos Aires is presented as example, and a possible proposed course of action.

Key words Medical lexicography. Medical terminology. Medical school syllabus.

El autor es médico y lexicógrafo (emartinjacod@argentina.com.ar). Trabaja como traductor independiente y es editor de la versión castellana de SNOMED (Nomenclatura Sistematizada de Medicina - American College of Pathologists). Es miembro del Centro de Investigaciones en Terminología Médica de la Fundación Infosalud de Buenos Aires (Argentina). Para la elaboración del presente artículo se han utilizado fragmentos publicados previamente en: Martín-Jacod E.: De la hemosisarcosis a la psicolexicografía. Panace@ Vol. 2, Nº 6. Diciembre, 2001: 89-93 (http://www.medtrad.org/panacea/IndiceGeneral). Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:127-135

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n De resultas, la técnica moderna nos arrastra a concederle más realidad a la molécula que al símbolo, sin percatarnos de que no nos es posible llegar al concepto de molécula sin pasar antes por una larga serie de acuerdos significativos. Guillermo Vidal

En 1995, el autor presentó en las Segundas Jornadas de Lexicografía que se desarrollaron en Buenos Aires —sobre la base de datos empíricos recabados durante un período de aproximadamente veinte años— un panorama general del léxico médico empleado en esta ciudad. El período mencionado coincidió con sus años de formación como médico en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires y los posteriores de actividad profesional en las esferas docente, asistencial y editorial. El lapso evaluado en aquella oportunidad y la experiencia de los años posteriores permiten extraer, después de aproximadamente veinticinco años, algunas conclusiones generales sobre la terminología médica empleada en el país.

La adquisición académica de la terminología médica El futuro médico toma contacto durante su formación universitaria con un cúmulo de términos que acepta lógicamente como correctos, porque los escucha a diario en boca del cuerpo de profesores titulares y demás docentes idóneos. De este modo, los términos pasan insensiblemente de docentes a alumnos en una suerte de “posta científica”, sin que se preste mayor atención a su etimología o a la grafía que los caracteriza. De este período estudiantil se rescataban en aquel trabajo de 1995, como ejemplo, el término sangre y dos vocablos asociados, el sustantivo “leucemia” y el adjetivo “aleucémica”. En aquel tiempo la sangre era definida por quienes se dedicaban a estudiarla como un tejido. Las respuestas a las objeciones que como estudiante el autor planteó oportunamente (dado que la sangre no es un tejido, sino un líquido corporal con un enorme componente celular por milímetro cúbico [millones de glóbulos rojos y miles de glóbulos blancos y plaquetas], que circula en dos compartimientos interconectados, uno hístico [la médula ósea y el bazo] y otro vascular [las arterias, venas y capilares]) fueron siempre más o menos las mismas: a) que existía consenso sobre el tema y b) que estaba escrito; que así lo reflejaba la bibliografía. Existen conceptos básicos, como el de “sangre”, que funcionan como matrices para otros relacionados con ellos. Así pues, el grosero error conceptual comentado generó otros dos: los vocablos “leucemia” y “aleucémica”. Por entonces se decía que la leucemia era “un cáncer de la sangre” y se detectaban algunos cuadros raros en los que las células leucémicas no aparecían en el torrente sanguíneo. Se trataba de un verdadero atentado biológico a la nosografía, 128

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pero había que denominarlo de alguna manera. Así, se acuñó un verdadero disparate: el término “leucemia aleucémica”. Es decir: leucemia sin leucemia. El sintagma se repetía aquí y allá sin que nadie se ruborizase por ello. Toda la comunidad médica lo empleaba sin cuestionarlo. En este punto, corresponde aclarar que, estrictamente hablando, la leucemia no es un “cáncer” de la sangre. No se trata de una proliferación de naturaleza epitelial (“cáncer” es sinónimo de “carcinoma”, es decir, de proliferación neoplásica maligna de un tejido epitelial), sino mesenquimal: es una neoplasia maligna de la médula ósea. Esta definición permite entender el hecho de que estas neoplasias del tejido hematopoyético puedan presentar, o no, lo que ahora se denomina como “expresión leucémica”, es decir, invasión de la sangre. Aquí cabría argumentar que éste no es un verdadero problema lexicográfico, sino una cuestión de conceptos médicos erróneos. Es verdad, pero sirve para evidenciar cómo estaban las cosas hacia los años setenta del siglo pasado. El error no sólo subsistió por años, sino que generó una cadena de errores conceptuales. Y cuando alguien dudaba o cuestionaba la corrección de aquellos términos, allí estaba la obra lexicográfica, que sin quererlo se hacía cómplice y refrendaba la ristra de errores.

La terminología médica y su relación con el inglés n ...lo extraño está sujeto a alternativas, es asunto de moda, mientras que lo propio es permanente: es el cimiento sobre el que se debe construir, sobre el que hay que construir cuando lo artificial se viene abajo. Ángel Ganivet

La ponencia original del año 1995 incluía una serie de términos de diferente naturaleza en un cuadro que se presenta a continuación ligeramente modificado. La mayor parte correspondía a vocablos relacionados con el idioma inglés. Respecto de los términos ingleses, el análisis de aquel cuadro indicaba que: a) Muchos de ellos se incorporan insensiblemente al léxico médico general. b) En algunos casos ni siquiera se tiene conciencia de su incorrección (por ejemplo, el uso del adjetivo “lobar” por lobular y de “lobular” por lobulillar), lo que denota incultura o desconocimiento de la propia lengua. Al respecto, es curioso lo que sucede con la letra griega m (my), pues se verifica en este caso una situación de doble ignorancia. Nótese que se la llama “mu” (como la onomatopeya del sonido que emiten los bóvidos) a partir de la gra f í a inglesa (primer error). Pero quienes esto hacen ignoran que, en la propia lengua castellana, Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:127-135

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1) Tomados textualmente del inglés

a) que pasan por castellanos

lobar, lobular, bacterial, shock, test, rash, coital, etcétera.

b) que son notoriamente foráneos

clearance, borderline, reprint, pool, shunt, spray, staff, ranking, flush, dumping, screening, clamping, buffer, stent, coil, score, etcétera.

2) Mal traducidos del inglés

refractivo (de refractive, que debe traducirse como: refractario); dramático (de dramatic, que debe traducirse como: espectacular); entumecimiento (de numbness, que debe traducirse como: hipoestesia); rotacional (de rotatory, que debe traducirse como: rotativo); condición (de condition, que debe traducirse como: entidad, cuadro, enfermedad); bizarro (de bizarre, que debe traducirse como: extraño, raro, extravagante); en racimo (de cluster, que debe traducirse como: en grupos, en tandas, en salvas); evocado (de evoked, que debe traducirse como: provocado); injuria (de injury, que debe traducirse como: lesión, daño, herida); agresivo (de aggressive, que debe traducirse como: intensivo, enérgico, drástico). Test o prueba del chi-cuadrado (por prueba de la ji al cuadrado [c2]); “vigorexia” (de big+orexia, literalmente “hambre canina”, pero se trata de un engendro en la propia lengua inglesa, ya que big no califica al tipo de apetito sino al deseo de poseer una gran masa muscular).

3) Mal acentuados

“perifería” (en vez de periferia), “estadío” (en vez de estadio), “microscopía” (en vez de microscopia) –y todos los términos terminados en “scopía” (en vez de “scopia”)–, “úrea” (en vez de urea) , “sindrome” (en vez de síndrome), etcétera.

4) De género cambiado

tortícolis (“el” tortícolis por la tortícolis), estroma (“el” estroma por la estroma), tiroides (lo correcto es la [glándula] tiroides), etcétera.

5) Con grafía incorrecta

“kaliemia” (en vez de caliemia), “colchicina” (en vez de colquicina), etcétera. Las denominaciones incorrectas de las letras griegas m (my) y n (ny), como mu y nu, respectivamente.

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dicha letra se denomina “my” (como los pro n o m b res posesivo y personal) y, a la vez, no re p a ran en el hecho de que, en inglés, la grafía de esa letra no se pronuncia como el mugido de los bóvidos sino como “miu” (segundo error). Con lo cual, se está hablando mal ¡en dos idiomas! c) Existe la sensación de que la terminología foránea es más concisa y, en algunos casos, “resuelve” problemas vinculados con la eufonía o el uso general de vocablos propios (por ejemplo, el empleo del término “shock” en lugar de “choque”, que en castellano tiene una neta connotación de “impacto”); sin embargo, en la mayoría de las situaciones, se la emplea por ignorancia, esnobismo o incapacidad para hallar un equivalente válido; o, simplemente, por la presión de los colegas que las usan acríticamente y obligan de este modo a hablar un “idioma común”. d) A veces, se produce colisión con lo que es la esencia misma de la medicina. En tal sentido es, por ejemplo, un disparate hablar de tratamiento “agresivo” cuando lo que se trata de decir es que el tratamiento es intensivo, enérgico o drástico. El adjetivo “agresivo” niega un precepto ético-médico básico, el de primum non nocere, es decir, lo primero, no dañar. Y no se trata de un asunto menor. Se está hablando del trasfondo moral, exactamente, de la naturaleza de la medicina que se está practicando. Por tal razón, no debe llamar la atención la deshumanización actual de la medicina ni que se empleen términos como “cliente” o “medicina intervencionista”. Al bastardearse los vocablos se bastardean los conceptos, y al bastardearse los conceptos se desnaturaliza la finalidad moral propia de la medicina. e) En algunos casos se incorporan nombres de entidades que resultan ridículas. Ejemplos de ello son “cefalea en racimo/s” (cluster headache) o “vigorexia” ( b i g + o re x i a ), denominaciones que han ganado tanto terreno que difícilmente puedan ser corre g i d a s. Estos casos dan pie para efectuar algunas pre c i s i o n e s. Gran parte de la terminología técnica de nuest ros días se origina en países de habla inglesa y luego se difunde por el resto del mundo. El g ran problema es que, por lo general, nadie cuestiona su validez y los neologismos se incorp o ran al léxico propio con una jera rquía que, a veces, ni siquiera poseen en el idioma original. La respuesta lógica es frenar a tiempo la incorporación de disparates y, en lo posible, atacar el problema en su propia fuente: la lengua de partida. Tal situación empeora prog resivamente porque, en la última década del siglo XX, comenzó un pro g resivo proceso de “desacademización” de la terminología médica en lengua inglesa. De tal modo, se verifica una tendencia a la pérdida gradual de la terminología acuñada sobre modelos clásicos, griegos y latinos. f) Se sustituyen términos correctos por otros novedosos en inglés (por ejemplo, “glicanos”, de glycan, por polisacáridos). Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:127-135

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Respecto de los términos con grafía incorrecta, se observa que, en algunos casos, la terminología entra en colisión con la propia lengua castellana general. Tal es el caso de los vocablos “estadio” y “periferia”, por ejemplo, erróneamente acentuados sobre la “i”. En otros casos se verifican diferencias de acentuación en la terminología estrictamente técnica (por ejemplo, “sindrome” por síndrome).

Connotaciones socioculturales n Escudriñad la lengua, porque la lengua lleva, a presión de atmósferas seculares, el sedimento de los siglos, el más rico aluvión del espíritu colectivo; escudriñad la lengua. Miguel de Unamuno

Lo hasta aquí expuesto refleja la paulatina pérdida del nivel cultural que se viene operando en nuestro país (y en gran parte del resto de los países castellanohablantes) desde la segunda mitad del siglo XX. El conocimiento de términos propios de la lengua general es cada vez más exiguo, dada la sensible disminución de la afición a la lectura y a las actividades intelectuales que requieren cierto esfuerzo. No es novedad que el tiempo que nuestros padres dedicaban a la lectura —un proceso activo que obliga a movilizar el intelecto y a pensar y repensar—, los niños y adolescentes de hoy día lo dedican a “mirar televisión” y a jugar con los “videojuegos” —una actividad pasiva que no sólo no moviliza el intelecto, sino que, más bien, lo captura y obliga a discurrir por las sendas que ya están más o menos pautadas (vaya uno a saber por quién), sin dar tiempo a la reflexión, por la inmediatez y la velocidad de las secuencias televisivas. Asistimos a un fenómeno complejo y no exento de riesgos para la criatura humana: desde que el individuo es muy pequeño, existe un entrenamiento en “el mundo de las imágenes rápidas”. Un entrenamiento que, ineludiblemente, le lleva a educarse en el comportamiento automático, en las respuestas reflejas. Porque no otra cosa son los videojuegos. Se trata de un ámbito del conocimiento que, siendo artificial como pocos, no permite la meditación reflexiva, que es la que en última instancia forja la mente superior del individuo. Concretamente: los componentes intelectualmente más plásticos de la sociedad humana actual están siendo programados como verdaderos autómatas. La situación es aún más preocupante si se piensa que, por otro lado, en el ámbito de la literatura, existe una superpoblación de autores de bajísimo nivel cultural, que ocupan en los lectores el tiempo que antes se dedicaba a los clásicos y a los autores cultos. Actualmente, el autor de libros no es la persona culta y reflexiva que fuera otrora (con los diferentes matices que imponían las diferentes culturas y medios de desarrollo social), sino una “vedette” más de los medios de comunicación. Es un producto más de la sociedad de consumo; un “buen negocio” para los sellos editoriales, que los promueven y defenestran en función de sus propias pautas comerciales. Basta obser132

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var los escaparates de las librerías para darse cuenta de la multitud de títulos de variopinta naturaleza que son parte de lo que “hay que consumir”: desde la última dieta maravillosa hasta métodos sencillos para reparar aparatos de computación. Lo que antes se publicaba en revistas y folletines de actualidad, ahora ha inundado el mundo del libro. Antaño, por la naturaleza de su contenido, un libro se adquiría para formar parte de una biblioteca. Hogaño, los libros son parte del “material reciclable”. Por las noches, es común verlos en paquetes esperando el camión que recoge los desperdicios (si no pasan antes a formar parte del botín nocturno de algún “cartonero” afortunado que los venderá como papel). El problema comentado se agudiza aún más dado el fenómeno que se ha operado en los medios de comunicación de masas, que hace tiempo han dejado de ser vehículos de cultura para transformarse en meros operadores de cuotas de poder. Los medios de comunicación, salvo excepciones que no hacen más que confirmar la regla, son parte del poder político de turno. Se dedican a manipular a la opinión pública y sacan una importante tajada por ello. No les interesa la cultura. En sus páginas y programas se emplea un lenguaje que cubre toda la gama de lo culturalmente lamentable, desde lo mediocre hasta lo burdamente chabacano. En función de lo hasta aquí pormenorizado, resulta claro que es menester contrabalancear semejante proceso. Si se piensa que los terminólogos y lexicógrafos del presente siglo XXI están adquiriendo su base cultural en estos complejos días, se comprenderá por qué urge tomar medidas. Pero no será fácil lograrlo. Quizás, quienes deberían tomar cartas en el asunto para corregir la situación, “políticos” y “funcionarios”, en muchas ocasiones están poco informados, o no quieren ver el problema.

Consideraciones finales y posibles cursos de acción n Una lengua no es sólo un sistema de palabras o una gramática. Es un conjunto de modos de vivir, de sentir y de pensar. La lengua expresa valores. Todos los pensamientos, los sentimientos, las emociones, las ideas, expresados en otra lengua resultan distorsionados, desnaturalizados. Quien pierde su propia lengua, pierde su alma. Francesco Alberoni

Nunca ha sido tan necesario como en la actualidad evaluar con detenimiento la relevancia de la terminología técnica propia de las ciencias médicas, un asunto permanentemente minusvalorado. Es éste un aspecto de la medicina de inobjetable trascendencia, pues a través de él se expresan conceptos científicos que atañen a la salud y la calidad de vida humanas; sin embargo, ni en Argentina ni el en resto del mundo se han desarrollado programas que lo contemplen en el ámbito de las instituciones académicas y oficiales pertinentes. Sólo se rescata el meritorio trabajo individual de algunos especialistas, cuyos esfuerzos aislados termiArs Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:127-135

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nan siendo hueros por no contar con el respaldo institucional necesario para validar su innegable autoridad intelectual. La ausencia de este necesario apoyo institucional y normativo, ha hecho que exista en esta materia un vacío académico que es campo propicio para el permanente desarrollo de seudoneologismos e interminables controversias. La terminología crece día a día y con ella se incrementan también los problemas y las polémicas. Tal situación se ve notoriamente agravada por la distorsión que la terminología médica en lengua castellana sufre, desde la década del cuarenta, por la permanente presión del idioma dominante en el mundo de posguerra: el inglés. El influjo de la lengua inglesa se manifiesta tanto respecto de la terminología nueva, acuñada sobre el molde del inglés, cuanto de la terminología ya establecida en castellano, que comienza a sufrir distorsiones por la presión inconsciente que genera la obligada lectura de bibliografía en aquella lengua, o la existencia de una malsana tendencia consciente al uso de términos y giros foráneos, ya por una imprudente “moda” (que sólo denota ignorancia), ya por falta de juicio crítico o por desprecio de la terminología propia. Quizás, muchos no comprendan cabalmente la magnitud de este proceso que palpan a diario quienes se desempeñan en este ámbito. También es posible que ello no se deba a incapacidad o desidia, sino a carencia de la formación e información necesarias, o a la imposibilidad de lograr una visión de conjunto. Tal panorámica resulta imprescindible para forjarse una clara idea de la situación actual y proyectarla con tino hacia el futuro. Concretamente, y en lo que respecta a la presión de la terminología foránea, no se trata tan sólo de un problema de índole lingüística; más bien, asistimos a un pernicioso proceso de naturaleza cultural con netas raíces políticas. Tal proceso, además de desquiciar “en superficie” la propia terminología médica en lengua castellana, mina subrepticia y paulatinamente, de un modo que pocos advierten y que para muchos resulta natural, las raíces de nuestra propia vida social. Los términos denotan conceptos y detrás de los conceptos existe una percepción de la realidad no exenta de contenidos de toda índole, incluso morales. Como se observa, por ejemplo, en el concepto de drogas “recreativas” que nos llega a través del inglés. Los campos en los que concretamente se podría ejercer una acción correctiva son dos: el académico (o de pregrado) y el institucional (o de postgrado). En el plano académico, urge incluir en la formación del médico pautas mínimas de naturaleza terminológica y lexicográfica que le permitan no ser un “consumidor pasivo” de terminología (como hasta hoy) y cuestionar lo que deba ser cuestionado. Además, podría ser la base sobre la que se desarrolle una verd a d e ra inquietud lexicográfica, algo que —salvo notables excepciones— es casi una asignatura pendiente para la mayoría de los países de lengua castellana. En el campo institucional, es menester la formación de grupos interdisciplinarios que puedan ordenar el desbarajuste terminológico existente y ofrecer soluciones razonables a la mayor cantidad de problemas posible. En este sentido, podría constituirse una sociedad de terminología y lexicografía médicas, que podría tener carácter nacional o internacional y ope134

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rar independientemente o dentro de una sociedad más amplia. Una sociedad de ese tipo debería funcionar en estrecha conexión con las facultades de medicina de todo el mundo hispanohablante y con las distintas sociedades médicas de cada país. El vínculo con las facultades y sociedades médicas profesionales podría establecerse a través de delegados. Asimismo, sería prudente tender redes hacia el resto de los países de habla latina, ya que, respecto del inglés, sufren problemas terminológicos similares. En tal sentido, podrían establecerse lazos académicos a través de un organismo como la Unión Latina. El carácter internacional de la sociedad permitiría subsanar los problemas de tipo terminológico que se suscitan en la actualidad. Esto tiene importantes implicaciones prácticas en el plano de la industria editorial, en la que las diferencias terminológicas constituyen a veces, barreras insalvables para el libre flujo de la producción editorial de los distintos países. Esta temática no está exenta de connotaciones políticas ya que, tarde o temprano, deberá ser abordada seriamente por quienes formulan políticas, si se pretende seguir adelante con las ideas de la “integración” y de los “mercados comunes”. Además, es bueno y necesario recordar aquí, a modo de colofón, lo que alguna vez enseñara el gran san Isidoro de Sevilla: que son las lenguas las que forman a los pueblos y no al revés.

Bibliografía • • • • • • • • • • •

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Relato corto

Cuatro poemas Four Poems n Mario Benedetti ODA TERRESTRE La tierra sabe hablarse con mis pies les trasmite las tibias y sencillas últimas y penúltimas verdades la tierra es lo mejor del universo más nítida que cielo y lejanías con un poco de nada dice todo y es el mínimo hogar de lo absoluto la tierra es como el alma de la calma cuando no se estremece con su furia tiene rígidas leyes y excepciones y le dice a mis pies que no se apuren sostiene multitudes sin hundirse y chozas de dolor y rascacielos deja pasar al dios de la locura y acoge las hojitas del otoño la tierra se cobija bajo alas de pájaros que mudan de ropaje y se humedece para bien del trigo y se reseca si lo pide el barro la tierra sabe hablarse con mis pies y mis pies le confían sus angustias El autor es escritor uruguayo. 136

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LA POESÍA La poesía es un mundo tan propicio para nosotros casi transparente opaco para el resto soberano a veces es un lago inmóvil taciturno y otras veces un río que no conoce orillas puede ser un abrazo un ajuste de cuentas despiadado o un manjar de piedad / luna mediante la poesía es rescate o es abismo un estallido o también un silencio síntoma de salud o sombra enferma en ese rapto estamos tan a solas que el mundo se nos vuelve un imposible pero verso tras verso lo aceptamos inválido o feraz / todo sorpresas cuando la poesía asume la esperanza puede salvarnos de la hartura fósil y tal y como es / jardín sin cielo puede inventarnos otro porvenir la poesía sabe buscar y si nos busca suele encontrarnos tan desamparados como un mendigo o un escarabajo pero allí es donde a veces interviene el corazón de urgencia y nos propone un nuevo vademécum que también es poesía / extraña pero con una gota lágrima que ayuda la tristeza natal tiene su encanto y si uno la introduce en diez endecasílabos puede llegar a ser una alegría la poesía es así / vamos al verso Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:136-139

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Cu a t ro poemas

BRINDIS Brindo por tu presencia por tu nombre de pila por tus revelaciones por tu imagen de mĂ­ brindo por los perdones honestos y pensados y la tarde olorosa en que estamos los dos brindo por la distancia y el correo del viento con tus certificadas caricias de ultramar brindo por el reencuentro de vidas malheridas que vuelven del exilio con una cicatriz brindo por la milonga y el baile de san vito por la lenta pavana y el tango de Gardel brindo a pesar de todo con cielos y sin cielo con vino y esperanza y ya no brindo mĂĄs

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IMÁN Ser un imán qué maravilla que no sólo atrajera a los metales sino también a los fantasmas a las muchachas y sus pechos a las preguntas sin respuesta a las miradas escabrosas a concurridos montes de piedad a los montes de venus que nos tientan a simulacros de la honra a caracoles del verano a hojitas tristes del otoño a desamores clandestinos y los pronósticos del alba ser un imán qué maravilla que cautivara bocas cálidas divanes para todo uso abrazos dulces y porfiados alas de fieles y de infieles interminables soledades y desahogo de los ríos imán de cielo tan vacío tan milagroso con su nada imán que busca un corazón y lo descuelga de su gloria

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Doce artículos para recordar Twelve Articles to Remember Entre la miríada de artículos científicos publicados en los últimos meses, la Redacción ha escogido los doce que siguen. No “están todos los que son”, imprudente sería pretenderlo, pero los aquí recogidos poseen un rasgo de sencillez, calidad, originalidad o sorpresa por el que quizá merezcan quedar en la memoria del amable lector.

Bostanci A. A devil of a disease. Science. 2005; 307: 1035. El Diablo de Tasmania habitualmente es un tímido carro ñ e ro que sólo se muestra a g resivo a la hora de comer y durante la época de apareamiento, momentos en los que son f recuentes los combates a mordiscos con sus congéneres. En los últimos diez años su población ha disminuido entre un tercio y la mitad por un cáncer cutáneo de la cara, tra n s m i t ido por el contacto directo de las cabezas durante las peleas. El autor de este artículo, de Exeter (GB), describe que hasta el momento no se ha podido demostrar la presencia de ningún virus oncogénico en las células tumora l e s. Dado que es necesario el contacto directo p a ra su transmisión, sería suficiente apartar a los afectados para controlar la enfermedad; p e ro, si el responsable fuera un virus eso no bastaría, ya que podría haber animales asintomáticos que actuaran como reservorio. Esperemos que los re c u rsos dedicados al estudio de este tumor eviten que el Diablo siga el mismo destino que el Tigre de Tasmania, extinguido ya hace años. 1

Schankin CJ, Bimbaun T, Linn J, Brüning R, Kretzschmar HA, Stranber A, et al. A fatal encephalitis. Lancet. 2005; 365: 358. En mayo de 2004 ingresó en el Hospital de la Universidad de Múnich un paciente de 51 años por un cuadro de confusión aguda. Trabajaba como ingeniero y había regresado de la India cuatro semanas antes. A pesar de las medidas terapéuticas, el daño cerebral progresó y falleció a las tres semanas del ingreso sin haber podido llegar a un diagnóstico etiológico en vida del enfermo. La autopsia demostró lesiones encefálicas propias de rabia. La investigación epidemiológica permitió saber que unos cachorros de perro con los que el paciente había estado en contacto en la India, y que probablemente le habían lamido las manos, habían muerto poco después de su marcha. Conviene recordar que la rabia causa cada año más de 30.000 muertes en aquel país y que una vez iniciados los síntomas neurológicos no existe tratamiento posible. El mundo cada día se hace más pequeño y hemos de permanecer atentos a enfermedades que no están tan lejos como parece. 2

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Doce artículos para recordar

Wittstein IS, Thieman DR, Lima JAC, Baughman KL, Schulman SP, Gerstenblith G, et al. Neurohumoral features of myocardial stunning due to sudden emotional stress. N Engl J Med. 2005; 352: 539-48. ¿Una emoción intensa y súbita puede provocar una miocardiopatía aguda? La respuesta es sí. Los autores de este artículo, de la Facultad de Medicina de la Universidad Jonhs Hopkins (Baltimore) y del Brigham and Women´s Hospital (Boston), comunican una serie de 19 pacientes (18 mujeres) en los que comprobaron cómo situaciones de intensa carga emocional (muerte de familiar, accidente de coche, discusión acalorada, comparecencia en el juzgado, asalto a mano armada o hablar en público) produjeron cuadros de angina de pecho, edema pulmonar o choque cardiogénico. No hallaron lesiones coronarias significativas en ningún caso, pero sí alteraciones en la contractilidad miocárdica en la ecografía y signos de inflamación aguda en la biopsia endomiocárdica. Además, todos ellos tenían tasas muy elevadas de catecolaminas en plasma, lo que sugiere que la etiopatogenia de este cuadro reside en una estimulación simpática exagerada. En la medida de lo posible, tengamos cuidado con las emociones. 3

Kenward B, Weir AAS, Rutz C y Kacelnik A. Tool manufacture by naive juvenile crows. Nature. 2005; 433: 121. Los autores de esta página, del Departamento de Zoología de la Universidad de Oxford, describen la habilidad de los cuervos de Nueva Caledonia para fabricar herramientas con las que conseguir comida. Estas aves, con rápidos movimientos de su pico, cortan y arrancan fragmentos de ramas que convierten en alargaderas para alcanzar alimentos escondidos en agujeros o grietas. Además, son capaces de observar con atención y aprender en cierta medida las manualidades que hacen las personas. Pero, lo más curioso es que los muy jóvenes, que no han sido enseñados ni han estado en contacto con cuervos adultos, también poseen tal capacidad. Es decir, esa habilidad no sería sólo una adquisición “social”, sino que obedecería a una pre d i s p osición heredada. Apuntan que el cuervo, y no sólo el de Nueva Caledonia, puede ser un excelente modelo para investigar la interacción entre rasgos heredados y el aprendizaje, así como para comprender cómo nació la cultura entre nosotros. Genes y entorno, una vez más. 4

Streppel MT, Arends LR, Van´t Veer P, Grobbee DE y Geleijnse JM. Dietary fiber and blood pressure. Arch Intern Med. 2005; 165: 150-6. La cantidad de fibra alimentaria que por término medio ingerimos en los países occidentales (unos 15 gramos diarios) es aproximadamente la mitad de la recomendada (entre 25 y 30 gramos al día). Aunque varios estudios previos ya habían sugerido un efecto beneficioso de los alimentos con fibra sobre la tensión arterial, hasta la fecha ninguno lo había podido demostrar con un cierto grado de certeza. En este artículo, los autores (de Rotterdam y Utrecht) realizan un metaanálisis de todos los estudios aleatorizados y enfrentados a placebo llevados a cabo en este campo, confirmando la hipótesis inicial. Concluyen afirmando que una forma de prevenir la hipertensión arterial es incrementar el consumo de alimentos con fibra en las 5

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poblaciones en las que es inferior al recomendado. Una vez más se confirma el efecto beneficioso del consumo de cereales con cascarilla, frutas y verduras y, en general, de alimentos menos refinados que los que habitualmente llegan a nuestra mesa. Varley RA, Klessinger NJC, Romanowski CAJ y Siegal M. Agrammatic but numerate. Proc Natl Acad Sci USA. 2005; 102: 3519-24. El desarrollo de los conceptos matemáticos se basa en el lenguaje habitual y se complementa con la adquisición de símbolos y sistemas automáticos de cálculo. Aunque algunos finos estudios de imagen del funcionamiento cere b ral sugieren que el cálculo matemático va ligado a la activación de regiones del hemisferio cere b ral dominante relacionadas con el lenguaje, no parece haber una correspondencia estricta entre éste y aquél. Así, los autores (de la Universidad de Sheffield) comunican en este artículo su observación de tres pacientes con extensas lesiones cere b rales en el hemisferio dominante, y la secundaria dificultad para el p rocesamiento fonológico y ortográfico de las palabras relacionadas con los número s, pero que conservan la capacidad para el cálculo. Así, aunque afásicos, esos enfermos son capaces de realizar cálculos numéricos y resolver ecuaciones. Esto indica que, al menos parcialmente, la comprensión del lenguaje matemático reside en áreas cere b rales distintas de las involucradas en el lenguaje habitual. Muy probablemente, nuestro cere b ro aún nos guarda más de una sorpresa. 6

Sharma DC. Bhopal: 20 years on. Lancet. 2005; 365: 111-2. En la noche del 2 al 3 de diciembre de 1984 se produjo una fuga de metilisocianato gaseoso en la fábrica que la firma Union Carbide tenía en la ciudad de Bhopal, estado de Mandya Pradesh, en el centro de la India. Aunque, como suele ser habitual en estos casos, no hubo acuerdo entre las partes afectadas, no menos de 7.000 personas murieron en los tres días siguientes y entre 15.000 y 20.000 en los meses posteriores por enfermedades relacionadas con la exposición a un gas tan altamente tóxico. Hoy, unas 120.000 personas siguen sufriendo procesos respiratorios, oculares, musculoesqueléticos, neurológicos o mentales, que probablemente fueron ocasionados por la inhalación de tal gas o los productos derivados de su descomposición acuosa y térmica. Aunque los supervivientes afectados poseen tasas elevadas de cianuro en sus parénquimas y se sabe que el metilisocianato se combina con las moléculas de hemoglobina y mioglobina, alterando su función, precisamente la disparidad de síntomas llevó al Indian Council of Medical Research a no reconocer su relación con el gas tóxico. Recordemos Bhopal. 7

Lazar MA. How obesity causes diabetes: not a tall tale. Science. 2005; 307: 373-5. En la sociedad occidental la comida suele ser abundante y el ejercicio físico escaso. De ahí la epidemia de obesidad y diabetes a la que asistimos de forma insensatamente resignada. Así, se calcula que no menos de la tercera parte de los nacidos en 2000 serán diabéticos a 8

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lo largo de su vida. El autor de este excelente artículo, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Pennsylvania, discute la relación entre obesidad y diabetes, recuerda los factores evolutivos (en especial los “genes ahorradores”, adquiridos tras milenios con grandes períodos de escasez) que en parte explicarían su gran incidencia actual, repasa los mecanismos patogénicos que confluyen en ambas y plantea las posibles vías para su prevención y tratamiento. Todo un reto... y no sólo médico. Gurewich V. Ximelagatran – promises and concerns. J Am Med Ass. 2005; 293: 736-9. Los anticoagulantes con acción antagonista de la vitamina K son sustancias muy utilizadas en la actualidad. De tal manera, el tratamiento de situaciones como la fibrilación auricular o la enfermedad coronaria, y menos frecuentes como los estados de hipercoagulabilidad, el tromboembolismo venoso y ciertos procedimientos ortopédicos, se basa en anticoagulantes orales como acenocumarol o warfarina. Su dosis debe ser individualizada y revisada periódicamente, a pesar de lo cual la proporción de complicaciones hemorrágicas, a veces graves, es significativa. Un objetivo farmacológico de primera magnitud es conseguir un anticoagulante oral que sea eficaz, no tóxico, utilizable a dosis fija para cada individuo sin precisar estudios frecuentes de coagulación, que tenga menos riesgo de hemorragias y que, a ser posible, sea barato. El ximalegatrán, un inhibidor específico de la trombina (un factor clave de la coagulación) parece cumplir muchas de esas condiciones. En este artículo, el autor, del Beth Israel Deaconess Hospital (Boston), repasa los resultados de los ensayos realizados con ese fármaco, valora la hepatotoxicidad observada en un pequeño número de casos y destaca su futuro prometedor. El tiempo nos dirá. 9

Stott PA, Stone DA y Allen MR. Human contribution to european heatwave of 2003. Nature. 2005; 432: 610-14. Muy probablemente, el verano de 2003 ha sido el más caluroso de los últimos 1.500 años. El número de muertes que provocó en Europa occidental, en especial en ancianos, no se sabrá nunca por las propias características de los fallecidos. Los autores de este artículo, de las Universidades de Reading y Oxford, analizan la evolución de la temperatura en Europa entre los 10º de longitud Oeste y 40º Este, y entre los 30 y 50º de latitud Norte (toda la Europa occidental) y observan que tras el enfriamiento entre 1950 y 1960, aquélla no ha hecho más que subir. Concluyen, con un nivel de confianza superior al 90%, que el hombre es el responsable de ello. Las consecuencias a medio y largo plazo pueden imaginarse. Pero, los países del llamado primer mundo, y no sólo Europa, ¿pueden plantearse renunciar a los movimientos de grandes masas de tierras, reducir el consumo de energía, disminuir el número de vuelos en avión, limitar la utilización del automóvil, moderar las calefacciones o los enfriadores de aire y, en general, racionalizar las comodidades, casi todas ellas ligadas al calentamiento de la Tierra? Y no olvidemos que muchos millones de personas de los “otros mundos” ansían vivir como las del primero. Que el último apague la luz. 10

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Hsieh ST y Lauder GV. Running on water: three dimensional force generation by basilisk lizards. Proc Natl Acad Sci USA. 2004; 101: 16784-8. Dejando de lado algunas aves, que obtienen del enérgico movimiento de las alas el impulso suficiente para desplazarse sobre el agua y despegar de ella, pocos vertebrados adultos son capaces de tal desplazamiento. El basilisco, un reptil de color verde que pesa unos 200 gramos en estado adulto, es el único vertebrado que puede correr sobre el agua. Los autores de este artículo, de la Universidad de Harvard, estudian los fundamentos de esa capacidad. Así, utilizando sistemas digitalizados de imagen, observan que el movimiento de ese reptil sobre el agua posee tres componentes: uno de palmada, otro de remo (que es el generador de la fuerza propulsora) y un tercero de grandes fuerzas transversales. Este último contrarresta la tendencia a la inclinación y al hundimiento de la pata trasera que cada instante se apoya en el agua. La anatomía y las características de la superficie de las patas traseras permiten generar grandes fuerzas laterales, mientras que las fuerzas transversales, al actuar desplazando el centro de masa del animal hacia atrás, permiten su estabilización al moverse sobre una superficie tan blanda como el agua. Hay que ver lo que es capaz de hacer el basilisco, y sin darse importancia. 11

Andries K, Verhasselt P, Guillemont J, Gohlmann HW, Neefs JM, Winkler H, et al. A diarylquinoline drug active on ATP synthase of Mycobacterium tuberculosis. Science. 2005; 307: 223-227. La tuberculosis sigue siendo un problema notable en muchos países. Su tratamiento exige la toma de varios fármacos durante meses y ello dificulta que ciertos pacientes lo cumplan correctamente. En los últimos cuatro decenios no se han incorporado nuevos fármacos antituberculosos y la aparición de algunas cepas resistentes a los actualmente disponibles ha planteado graves retos terapéuticos. Si embargo, esto puede estar empezando a cambiar. Los autores comunican en este artículo los resultados de sus investigaciones preclínicas con una nueva sustancia, la denominada R 2070910, una diarilquinolina que, a través de un mecanismo original, inhibe la ATP sintasa de la membrana de la micobacteria. Su acción micobactericida es muy superior a la de la isoniacida y la rifampicina; y, además, una dosis única inhibe el crecimiento de las micobacterias durante una semana, lo que permitiría acortar significativamente la duración de los tratamientos. Si a ello añadimos que la R 2070910 es eficaz frente al Mycobacterium ulcerans, responsable de la grave úlcera de Buruli, muy pronto se iniciarán los ensayos clínicos en fase II. Con la cautela obligada, porque las esperanzas siempre pueden verse defraudadas en el último momento, esta vez parece haber motivos para el optimismo. 12

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Cine e inteligencia artificial Films and Artificial Intelligence n Ángel Riego Cue n “Crear un hombre artificial ha sido siempre el sueño de la Ciencia”. Estas palabras, pronunciadas al comienzo de la película de Steven Spielberg Inteligencia Artificial (tras la breve introducción del narrador), ilustran uno de los grandes anhelos humanos de todas las épocas. El hombre ha sido capaz de crear máquinas que vuelen por los aires o surquen las aguas, ha inventado formas de comunicarse al instante con cualquier semejante en cualquier lugar de la Tierra, ha mandado expediciones a otros mundos... pero hasta ahora no ha conseguido crear por medios artificiales un ser semejante a él. Estos deseos humanos han tenido un reflejo en la literatura desde tiempos remotos; recordemos que el libro que inaugura el género de la ciencia-ficción, el Frankenstein de Mary W. Shelley (1818), trata precisamente de un científico que construye un ser humano partiendo de trozos de cadáveres; y de mucho antes data la leyenda del Golem, la estatua a la que dio vida en Praga el rabino Loew escribiendo sobre ella el nombre secreto de Dios. Descartados por inverosímiles estos métodos, la literatura (y más tarde, el cine), ha especulado sobre la fabricación de seres totalmente mecánicos, o robots, dotados de un comportamiento inteligente similar al del ser humano. ¿Cómo se conseguiría este comportamiento? Parece evidente que la parte de un ser humano cuyo funcionamiento es más difícil de reproducir es su cerebro; y solamente en el siglo XX la ciencia ha comenzado a explorar la posibilidad de construir máquinas que produzcan razonamientos similares a los de un cerebro humano; una disciplina conocida precisamente como “inteligencia artificial” (IA). Ya en el cine mudo eran frecuentes las apariciones de robots, o más bien habría que decir de “autómatas”, pues la palabra “robot” no sería acuñada en inglés hasta 1921, tras el éxito en los escenarios teatrales de Londres de la obra de Karel Capek titulada RUR (Robots Universales de Rossum); el término proviene de la palabra checa para designar el trabajo forzado. Sin duda, el robot más famoso del cine mudo es el creado por el profesor Rotwang en la película Metrópolis (1927) de Fritz Lang y, que a petición del millonario empresario Fredersen, toma la apariencia de María, la líder sindical que predicaba ante los explotados obreros la solución El autor es ingeniero industrial y redactor de la revista electrónica www.filomusica.com. Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:145-158

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de sus problemas por vías pacíficas. En su lugar, Fredersen desea que a los trabajadores se les incite a la violencia salvaje, para así justificar el uso de la fuerza contra ellos. La falsa María será descubierta y destruida, y la película termina con la reconciliación entre capital y trabajo, sellada por un apretón de manos. El mensaje de que “los líderes revolucionarios son en el fondo los aliados de los capitalistas” gustó a los dirigentes nazis, quienes tras subir al poder ofrecieron a Fritz Lang un puesto prominente en la cinematografía alemana, a lo que él respondió huyendo del país. Sin embargo, su esposa, la escritora Thea von Harbou (autora del argumento) era una ferviente nazi y se quedó en Alemania, divorciándose de él. Con muy pocas excepciones, como Phantom Empire (1935), es en los años 50 cuando los robots comienzan a aparecer en el cine norteamericano, siempre dentro de películas sobre viajes espaciales o visitas de extraterrestres. Este florecimiento del cine de ciencia-ficción venía precedido del éxito, durante más de una década, de las revistas que publicaban relatos del género, como Amazing Stories o Astounding Science Fiction, y que hicieron famosos a autores como Isaac Asimov, Robert Heinlein, Theodore Sturgeon o el “célebre” L. Ron Hubbard, años más tarde fundador de la Cienciología. El más conocido de estos escritores es sin duda Asimov, quien cobró una inesperada fama en 1942 como autor de las llamadas “Tres Leyes de la Robótica”. Estas leyes, miles de veces citadas, establecían que la máxima prioridad para un robot era proteger la vida de los seres humanos, la segunda protegerse a sí mismo, y sólo después de esas dos estaba el obedecer las órdenes que se le dieran. ¿Sería así en la realidad, o simplemente era un modo de tranquilizar al lector? Sea uno o lo otro, lo cierto es que siempre que en un relato de ciencia-ficción apareciera un robot, los lectores exigían que cumpliese las Tres Leyes. El primer clásico cinematográfico de este género bien puede ser Ultimátum a la Tierra (The day the Earth stood still, 1951), película en la que un platillo volante se posa en Washington, y de él desciende un extraterrestre llamado Klaatu, que porta un mensaje para los líderes de todo el mundo: si no cesan en los experimentos que ponen en peligro a otros planetas, la Tierra entera puede ser destruida. Le acompaña como “guardaespaldas” el robot Gort, de 3 metros de altura y dotado de rayos desintegradores en los ojos. Dentro de esta primera etapa, que podríamos llamar “ingenua”, de la ciencia-ficción cabría mencionar otros títulos donde aparecen robots, como Tobor the Great (1954) o Target Earth (1954); pero, merece la pena que nos detengamos especialmente en Planeta prohibido (Forbidden Planet, 1956) pues trasciende el nivel medio habitual en el género y en su día fue considerada la obra maestra de la ciencia-ficción en el cine; un título que perdería doce años después, cuando Stanley Kubrick presenta 2001, una odisea del espacio, pero aún hoy puede verse como una película muy digna. El argumento de Planeta prohibido comienza cuando una expedición de rescate llega al cuarto planeta de la estrella Altair, donde otra nave fue enviada 20 años atrás, y de cuya tripulación no hubo noticias. Al llegar, descubren que tan sólo queda un superviviente de aquella misión, el Doctor Morbius, que junto a su hija Altaira, nacida ya en el planeta, son sus úni146

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cos habitantes. Morbius había descubierto una civilización avanzadísima, los Krells, que en la cúspide de su poder se autodestruyó en una sola noche, dos mil siglos antes. El Comandante de la misión de rescate termina por deducir que los Krells habían conseguido la creación de objetos por el mero pensamiento, y eso les destruyó, al dar vida también a los monstruos que habitan en nuestro subconsciente; por tanto, la bestia que está diezmando a sus tripulantes (y que hace 20 años exterminó a la tripulación anterior) no es otro que el subconsciente del propio Morbius, haciendo uso de la tecnología de los Krells. En Planeta prohibido aparece uno de los robots más populares de la historia del cine, “Robby”, que no sólo posee cualidades propias de un ser humano, como conducir vehículos o saber hablar en muchos idiomas (¡hasta 187 lenguas, aparte de dialectos y subdialectos!), sino que increíblemente, tiene la facultad de sintetizar materiales: puede fabricar comida, bebida, vestidos, metales, etcétera. a partir de muestras que analice. En una escena donde el cocinero de la nave le pregunta si podría fabricarle whisky, Robby responde afirmativamente, y pregunta a su vez si será suficiente con sesenta galones (200 litros en la versión española). Por cierto, que Robby cumple las Tres Leyes de Asimov, o al menos la primera, pues ante la orden de disparar contra un humano sufre un “cortocircuito cerebral” hasta que es anulada. Pese a aparecer en los créditos de la película como un robot de verdad (“And introducing Robby the Robot”), lo cierto es que Robby estaba movido desde su interior por el veterano actor de westerns Frankie Darrow, y su voz la ponía otro actor, Marvin Miller; el diseño fue de Robert Kinoshita, director artístico de la MGM, y su fabricación costó 125.000 dólares de la época (otras versiones elevan el coste hasta el millón). Su carrera como estrella de cine no había hecho entonces más que empezar, pues Robby apareció en películas como The invisible boy (1957) y en capítulos de series de TV de los años 60, como En los límites de la realidad. En 1956, el mismo año de Planeta prohibido, tiene lugar el nacimiento oficial como ciencia de la IA, con la Conferencia de Dartmouth, algunos de cuyos participantes muy pronto se harían célebres, como John McCarthy (quien acuñó el término “inteligencia artificial”), Marvin Minsky, Herbert Simon y Alan Newell. Según escribe Pamela McCorduck: “todos compartían la creencia (en ese momento más bien parecida a la fe) de que lo que llamamos pensamiento podía de hecho tener lugar fuera del cráneo humano, que podía ser entendido de una manera formal y científica, y que el mejor instrumento no humano para llevarlo a cabo era el ordenador digital”. Dos años antes había muerto el matemático inglés Alan Turing, quien por sus trabajos bien podría ser llamado el auténtico padre de la IA. En particular, ha dejado la definición de lo que se consideraría una máquina inteligente, lo que se conoce como el “test de Turing”: Una persona se comunica a través de una terminal con otros dos sujetos, y sabe que uno de ellos es humano y que otro es una máquina, pero no sabe cuál es cuál. No existen pistas como poder oír el tono de voz, solamente las respuestas que salgan escritas en la pantalla; si con ellas la persona que realiza el experimento falla repetidamente en identificar quién de los dos es el humano y quién es la máquina, entonces puede decirse que esa máquina es inteligente. Una Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:145-158

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definición que no entra en lo que ocurra realmente en la mente, sólo en la apariencia externa. Si alguien preguntara “¿Pero, la máquina realmente piensa?”, Turing contestaría que esa no es la pregunta correcta. Al igual que los participantes en Dartmouth, Turing proponía no seguir el modelo físico del cerebro, sino utilizar el ordenador para lograr los mismos fines; comparaba el construir una réplica física del cerebro con el fabricar vehículos con piernas en lugar de ruedas. Al año siguiente de Dartmouth, la prensa ya se hacía eco de declaraciones más o menos sensacionalistas, como estas debidas a Newell y Simon: “En diez años las máquinas serán campeonas del mundo de ajedrez, compondrán música de valor estético, descubrirán teoremas matemáticos, etcétera”. La predicción relativa al ajedrez, en concreto, tardaría 40 años en realizarse, cuando en 1997 el campeón mundial Garri Kasparov sería batido por la última versión del ordenador “Deep Blue”. Pero este tipo de declaraciones fue contraproducente para la IA, y pareció afectar a las ventas de los primeros ordenadores; de hecho, la IBM prefirió iniciar una campaña tranquilizadora para sus clientes, insistiendo en que el ordenador es una máquina estúpida que sólo hace lo que le ordenemos que haga, así ningún cliente se sentiría “psicológicamente amenazado”. Precisamente uno de los participantes en Dartmouth, Marvin Minsky, fue quien asesoró a Stanley Kubrick sobre la apariencia de HAL 9000, el supercomputador que lleva a bordo la nave Discovery cuando va en busca de vida extraterrestre en la película 2001, una odisea del espacio (2001 A Space Odyssey, 1968); una obra maestra que cambió para siempre el modo de hacer ciencia-ficción, aparte de contarse habitualmente entre las más grandes películas de la historia del cine. HAL es un ordenador que cumpliría todos los requisitos para ser considerado inteligente, pues aparte de regular las funciones de la nave, puede mantener conversaciones con los astronautas Bowman y Poole, similares a las que mantendría una persona. Sin embargo, no se usan para describirle las palabras “inteligencia artificial”; el programa BBC Tonight que se recibe a bordo de la nave, habla de él como “el último hallazgo en inteligencia mecánica” (machine intelligency en la versión original). El presentador de la BBC añade que HAL “puede reproducir (otros prefieren decir imitar) la mayoría de las funciones del cerebro humano”. También pregunta a Bowman: “¿Cree usted que HAL tiene sensibilidad?”. Y la respuesta es: “Se comporta como si la tuviera, está programado para eso. Pero, respecto a si tiene verdaderos sentimientos, no creo que nadie pueda decirlo”. Turing hubiera dicho aquí que esa “no es la pregunta correcta”. Los computadores de la serie 9000 han sido programados para no tener jamás un fallo. Sin embargo, HAL falla y lleva a la tripulación a la catástrofe. ¿Por qué ocurre esto? En la película solamente vemos que HAL comete su primer error cuando no puede confiar en que los humanos le digan la verdad. Al intentar una conversación con Bowman acerca del objeto de la misión (que es secreto para los astronautas, no así para el ordenador), Bowman le corta bruscamente: “¿Preparas ya tu informe psicológico?”. Es entonces cuando HAL informa de un 148

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fallo inexistente en una unidad externa de la nave, y una vez que Bowman y Poole confirman que el aparato funcionaba perfectamente, piensan en desactivar a HAL, pues no es fiable. Por desgracia para ellos, el ordenador lee en sus labios lo que hablan, y decide defenderse: corta el “cordón umbilical” que une a Poole a la cápsula en la que ha salido al exterior a reponer la unidad en su sitio; cuando Bowman sale en su auxilio en otra cápsula aprovecha para desconectar las funciones vitales de los tres tripulantes en hibernación, matándoles, y cuando Bowman vuelve con Poole, se niega a abrirle la escotilla de entrada. Bowman la podrá abrir manualmente, pero para ello debe abandonar a Poole a su suerte. La escena en la que Bowman va a desconectar al ordenador es antológica, dentro de una película que es toda ella de antología; las frases que dirige HAL a Bowman pidiéndole que no lo haga (“Mire, Dave, usted está trastornado por esto, debería tomar una píldora para la fatiga...Ya sé que recientemente he tomado algunas decisiones equivocadas, pero puedo asegurarle que todo volverá a la normalidad...”) conmueven si se escuchan en la versión original, porque parecen dichas por una persona que sabe que va a morir. Un mérito de Douglas Rain, actor teatral que grabó en un solo fin de semana todas las intervenciones de HAL. Las causas del fallo de HAL 9000 quedaban más explicitadas en la novela de Arthur C. Clarke, escrita al mismo tiempo que se rodaba la película, y sobre todo en la segunda parte de ambas, 2010 (1984). Nueve años después de la catástrofe, una expedición ruso-norteamericana llega a la nave Discovery para averiguar lo que pasó, reactivando a HAL. La explicación oficial que da su programador, el Dr. Chandra, es que el ordenador entró en un conflicto cuando se le ordenó mentir, para lo que no estaba preparado, pues debía ocultar a los astronautas lo que sabía sobre la misión. Cuando la nueva expedición se encuentra a su vez en peligro, lo que exige una partida inmediata, Chandra defiende la necesidad de decirle a HAL toda la verdad sobre la situación, pues “El hecho de que nuestra base sea de carbono o de silicio [el doblaje español tradujo ‘silicon’ como ‘silicona’] no es razón fundamental para que no se nos trate con el debido respeto”. HAL empieza a encontrar otra vez problemas para realizar su misión, pero cuando Chandra le cuenta toda la verdad se comporta de modo ejemplar, sabiendo que ha de sacrificarse para cumplir su tarea. Lo último que le pregunta HAL a Chandra es: "Doctor, ¿soñaré?". Una pregunta idéntica le había hecho en la Tierra su computador gemelo SAL 9000 (similar a HAL, pero con voz de mujer) cuando Chandra le anunció que debería desconectarlo para simular lo que ocurriría al reactivar a HAL. En aquella ocasión, la desconexión sería un breve paréntesis, y Chandra contestó: "Claro que soñarás. Toda criatura inteligente sueña, nadie sabe por qué". Sin embargo, HAL va a ser destruido junto con su nave, y aquí la respuesta de Chandra será: "No lo sé". La influencia de 2001 ha continuado en la mayoría de las películas posteriores de tema espacial. Así, en la serie Alien (cuatro películas hasta el momento) vemos también naves con un superordenador que lo controla todo, como HAL, aunque en esta ocasión no falle; y, además, entre los tripulantes suele haber androides que sólo se distinguen de los humanos en que su “sangre” es un líquido blanco. Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:145-158

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Pero, quizás, la película más próxima a 2001 esté dirigida precisamente por uno de los supervisores de efectos especiales de la cinta de Kubrick: Douglas Trumbull. Hablamos de Naves misteriosas (Silent Running, 1972), obra emblemática de una época que veía ya surgir las inquietudes ecologistas. Estamos en un tiempo futuro donde no queda vegetación en la Tierra, la poca que queda se cultiva en unos “domos” o cúpulas que viajan en naves espaciales, con la esperanza de que algún día puedan replantarse en su planeta de origen, pero las autoridades deciden suprimir el proyecto y ordenan la destrucción de los cultivos y el regreso de las tripulaciones. Freeman Lowell (Bruce Dern) se rebela y mata a sus tres compañeros, iniciando una huida en compañía de tres robots, llamados simplemente “nº 1”, “nº 2” y “nº 3”, aunque este último se pierde en el espacio al atravesar los anillos de Saturno, el “viento” se lo lleva y sólo queda de él un pie. Estos tres robots (o “Drones” en la versión original) están entre las máquinas más entrañables que se hayan visto en la pantalla de un cine. Su forma de caminar, con andares que recuerdan a un niño gateando, se debe a que estaban interpretados por actores sin piernas, que caminaban apoyados en sus brazos. Los dos supervivientes, nº 1 y nº 2 son “rebautizados” por Lowell como Huey y Dewey. Programándolos a través de tarjetas introducidas en su “cabeza”, Lowell consigue que le operen una pierna (que ha quedado herida al luchar contra sus compañeros), luego que aprendan a plantar y cuidar árboles e incluso a jugar al póker, lo que da pie a graciosas situaciones: los robots se “hablan” entre ellos para contarse la jugada que tienen, o se enseñan disimuladamente las cartas, mientras que cuando Lowell intenta echar una ojeada al juego de un robot es descubierto. Hay gestos verdaderamente humanos de los robots, como cuando el nº 2 le da la mano a Lowell como sintiéndolo, después que este confiese que no sabe dejarle completamente reparado tras atropellarle accidentalmente con el vehículo “kart” que sirve para moverse por el interior de la nave. El nº 1 será el que cuide finalmente el domo superviviente que contendrá el último resquicio de vegetación de todo el Universo; Lowell optará por suicidarse, haciendo explotar la nave principal antes de que descubran lo que hizo. El pesimismo ante el futuro que se observa en Naves Misteriosas es una constante de los años 70 y se refleja en muchas películas de la década, comenzando con la “ópera prima”, rodada con escaso presupuesto, de un joven director llamado George Lucas: THX 1138 (1970). Una visión de pesadilla “orwelliana” de un mundo subterráneo, custodiado por robots guardianes y donde los seres humanos tienen planificada su vida hasta los más mínimos detalles, integrando la religión en el sistema como una rutina más: el que desee rezar puede introducir unos códigos que hacen aparecer una imagen de Jesucristo, aquí llamado “El Supremo”, y que proporciona consuelo mediante respuestas pregrabadas. Esta situación, aunque puede parecer absurda, guarda cierto paralelismo con un hecho real, relacionado con el programa ELIZA (luego llamado DOCTOR), escrito en 1965 por Joseph Weizenbaum, que imitaba la conversación que proporcionaría un psicoterapeuta a sus pacientes. El éxito de ese programa fue sorprendente, pues muchos “pacientes” (incluso expertos en informática que sabían perfecta150

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mente que lo que tenían delante era sólo una máquina) llegaban a hablarle al ordenador de sus preocupaciones más íntimas. Los robots guardianes de THX 1138 parecen anticiparse a los soldados del Imperio, que aparecerán siete años después en el gran éxito de taquilla de Lucas, Star Wars, origen de una trilogía luego ampliada con otras dos películas y otra más que se estrenará durante el año en curso, aparte de numerosas imitaciones. Los simpáticos robots C3PO y R2D2 parecerían pensados para despertar la tranquilidad de los clientes de IBM: nadie se creería en peligro de verse “psicológicamente amenazado” por ellos. Todas las decisiones importantes las toman siempre los humanos. En los años 70, el argumento más usual con robots inteligentes es la rebelión contra sus creadores. En este sentido, la película más representativa bien puede ser Almas de metal (Westworld, 1973): una agencia de viajes organiza vacaciones a la antigua Roma, la Edad Media o el Lejano Oeste, donde los clientes pueden matar a quien les parezca o disfrutar de cualquier mujer... no importa, todos son robots (y hay tomadas medidas para que las armas nunca puedan dispararse sobre otro cliente). Como todas las cosas que parecen tan minuciosamente planificadas a prueba de fallos, también esta acabará fallando, y los robots se rebelarán y harán una carnicería entre los clientes, excepto uno que logrará vencer al pistolero que le persigue (encarnado por Yul Brynner); la supremacía de la raza humana sobre las máquinas parecía quedar, después de todo, a salvo. Si este argumento puede recordar al de Parque Jurásico, interesará saber que ambos se deben al mismo autor, Michael Crichton, asimismo director de Almas de metal. Merece también una mención especial otra película de la misma época, Engendro mecánico (Demon Seed, 1977), que muestra precisamente el trabajo de un investigador en IA. El doctor Alex Harris posee una vivienda inteligente controlada por un sistema llamado "Alfred", que actúa por reconocimiento de voz humana: es capaz de abrir o cerrar puertas y ventanas, encender o apagar la luz, servir el desayuno o una copa, e incluso hacer sonar música. Harris también guarda en su casa un robot llamado "Joshua", asimismo controlado por voz, que se mueve sobre ruedas y posee un brazo similar al humano. Tras la anunciada separación de su mujer, la deja viviendo sola en casa, mientras en su trabajo ha creado el computador más perfecto del mundo, el "Proteus IV" que tiene pensamiento y voluntad pro p i o s... hasta el punto de que decide intro d u c i rse en la vivienda de Harris, hacerse dueño de todos los sistemas y mantener así secuestrada a la mujer del científico. Su deseo es tener un hijo con ella e, increíblemente, logrará su pro p ó s i t o . Dentro de este curioso apartado de máquinas que llegan a sentir deseo sexual por mujeres hay que citar también a Saturno 3 (Saturn 3, 1980), donde el androide “Héctor” hereda, al comunicarse su cere b ro con el del capitán Benson, tanto sus instintos asesinos como el desear a la compañera del comandante de la base. Un argumento este último que parece actualizar el del Frankenstein filmado en 1931 por James Whale, con Boris Karloff interpretando a un monstruo cuyo comportamiento se explica por habérsele implantado, por error, el Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:145-158

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cerebro de un asesino; algo que se aparta por completo del libro de Mary Shelley. En el fondo de estas historias yace el prejuicio religioso: intentar emular al Creador es pecado, siempre saldrá mal. No en vano en el mismo prólogo de Frankenstein se nos anuncia que lo que vamos a ver trata sobre “un hombre de ciencia que quiso crear a un hombre a su propia imagen sin tener en cuenta a Dios”. Los años 70 también fueron los más negros para la investigación en IA, cortándose la financiación en Inglaterra y Estados Unidos, ante la no realización de las expectativas inicialmente previstas. Una situación que cambió en 1981, cuando el gobierno japonés anunció la aparición de la Quinta Generación de ordenadores, que en 10 años conseguirían la total comprensión del lenguaje natural. Estas previsiones, por supuesto, no se cumplieron, pero sirvieron para reactivar el interés por la IA, que se volvió a financiar con fondos públicos. Los años 80 produjeron otra de las grandes obras maestras de la ciencia-ficción: Blade Runner (1982), de Ridley Scott, una película donde se plantea si los seres artificiales pueden tener sentimientos humanos. Estamos en una época en la que los robots androides, llamados “replicantes”, son perfectos, iguales a los humanos en todo excepto en sentimientos, de mayor capacidad física que un humano y de inteligencia al menos igual. Se les utiliza para trabajo esclavo en las colonias del espacio exterior, pero no pueden volver a la Tierra bajo pena de muerte, aquí llamada “retiro”. Para distinguir a un humano de un replicante se utiliza el llamado “test de Voight-Kampff” que mide si hay una respuesta emocional ante la descripción de situaciones que a un humano le alterarían, algo intermedio entre el test de Turing y el clásico detector de mentiras. Se dice que con el tiempo los replicantes pueden reaccionar emocionalmente, y para prevenir esto se les ha dado un tiempo de vida limitado a cuatro años. Un grupo de ellos, del modelo Nexus 6, se fugan e intentan entrar en la empresa que los construyó, la Tyrrell Corporation, para intentar encontrar el modo de prolongar su vida. El agente Deckard (Harrison Ford) es un “blade runner”, es decir, miembro de una brigada especial encargada de “retirar” los replicantes, y se le encomienda eliminar a los cuatro que siguen vivos procedentes de la última fuga. Lo consigue con dos de ellos, pero los otros dos (Roy y Pris) se introducen en la casa de su creador, Tyrrell, a quien dan muerte al no obtener de él ninguna esperanza de prolongarles la vida. Deckard consigue más tarde acabar con Pris, pero queda a merced de Roy, quien tiene la posibilidad de matarle. Mas, al sentir que su propio plazo de vida se termina, surge en el replicante un sentimiento tan humano como el del perdón. Tras salvar a Deckard de una muerte segura, se dispone a morir y sus últimas palabras no pueden ser más humanas, el sentimiento de que todas sus vivencias morirán con él: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. Deckard se ha enamorado de una replicante construida por Tyrrell de un modelo especial avanzado, sin fecha de terminación, llamada Rachel, a quien han implantado recuerdos de su 152

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infancia para dotarla de un pasado emocional. Ella insiste en que es humana, pero Deckard conoce recuerdos de la infancia de ella que nunca contó a nadie, una prueba de que han sido “implantados” a partir de los recuerdos de la sobrina de Tyrrell. La película termina cuando ambos se fugan en un automóvil intentando rehacer su vida en común. En 1992 apareció otra versión de Blade Runner, presentada como “el montaje del director” (“Director's cut”), con algunos cambios respecto a la original: la supresión de la narración en off y del plano final del automóvil, y una escena donde Deckard sueña con un unicornio. Dado que el oficial de policía Gaff, quien le reclutó para la misión, era aficionado a hacer figuritas de origami (papiroflexia japonesa), y al salir de su apartamento Deckard y Rachel encuentran en el suelo una de ellas con la forma de un unicornio, podría interpretarse que los sueños de Deckard también son implantados, es decir, el propio Deckard sería un replicante. En cierta ocasión, el pionero de la IA, John McCarthy, escribió un artículo sobre la visión de su campo de trabajo dada por el cine. Para McCarthy, las inteligencias artificiales del futuro serán seguramente de tipos muy distintos y especializados, mientras que en las películas se ve casi siempre un mismo tipo, el robot de aspecto humanoide. Además, si hemos de suponer que en cierto momento del futuro se llegue a alcanzar un nivel de inteligencia comparable a la nuestra, dado que el crecimiento en el campo de la IA es casi exponencial, en muy poco tiempo más se llegaría a producir una inteligencia miles de veces superior a la humana; por ejemplo, concentrando todas las decisiones de un edificio de oficinas en el tamaño de un cráneo. En lugar de ello, en el cine el desarrollo de la inteligencia de las máquinas parece “estancado” en el momento de alcanzar el nivel humano. Por otro lado, la creación de un robot inteligente es un problema que trasciende a la IA, la cual solamente se preocupa del razonamiento y de los resultados producidos; un robot necesita también unos sistemas con los que recoger información de su entorno (visual, auditiva, etcétera.) y unos mecanismos con que ejercer alguna acción física. Una de las pocas películas en las que la IA que aparece no es de tipo robótico es Juegos de Guerra (War Games, 1983); un film que fue todo un símbolo para los jóvenes que en aquella época se compraban su primer ordenador, aunque el equipo que se ve en pantalla tiene que parecer, hoy día, más que antediluviano. En el argumento, David es un joven “loco por la informática” que, buscando nuevos juegos, encuentra un número de teléfono donde se le ofrece jugar, entre otras posibilidades, a la “Guerra Termonuclear Total”. Elige esta opción y al día siguiente la televisión informa que ha habido una falsa alarma de ataque soviético. David comprende que eso lo ha organizado él y, lo que es peor, una vez iniciado el “juego” no se puede detener. Consigue localizar al profesor Falken, programador de la máquina (a quien se daba por muerto), para convencer a los militares de que el ataque soviético que están viendo en sus pantallas es en realidad una simulación, y no lo contesten. Pero, es la propia máquina WOPR (pensada para tomar todas las decisiones cruciales en una guerra sin intervención humana) la que organiza la respuesta, y no se la puede detener ni desconectar, pues eso sería interpretado por los silos que albergan los misiles como que ha sido Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:145-158

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destruida por un ataque enemigo. Lo único que se les ocurre a David y a Falken es hacerla jugar consigo misma al tres en raya, un juego en el que no hay ganador, y así la experiencia acumulada la emplee en darse cuenta de que una guerra termonuclear tampoco tendría ganador. ¡Y funciona! Aunque sea en una versión tremendamente simplista, Juegos de Guerra es de las pocas películas donde aparece una de las características esenciales que debe presentar un sistema inteligente: el aprendizaje a partir de la experiencia. En el cine, las máquinas que se ven casi siempre son perfectas, y si cometen algún error lo pagan con su destrucción, no tienen tiempo a aprender de él. Por el contrario, en la programación de IA, el aprender de la experiencia ha sido muy frecuente desde las primeras aplicaciones enfocadas a juegos como el ajedrez o las damas, que ocuparon espacios en la prensa de su época, y a las que en cierto sentido rinde homenaje Kubrick (quien en su juventud llegó a ganar dinero jugando al ajedrez aficionado) cuando incluye en 2001 una secuencia donde se ve a HAL dando jaque mate a Bowman. Si es muy raro ver en el cine máquinas que aprenden, por el contrario es harto frecuente encontrarse con argumentos donde conspiren para dominar el mundo, o que presenten un mundo futuro donde ya dominan. Un ejemplo puede ser La fuga de Logan (Logan's Run, 1976), donde la sociedad que obliga a morir a todo aquel que alcance los 30 años tiene como “jefe supremo” a un ordenador (hay que señalar aparte uno de los robots más estrafalarios de la historia del cine, llamado “Box”, ocupado en congelar a los fugitivos que consiguen huir del Sistema). También resulta inquietante el ordenador CCP (Control Central de Programas) de la empresa de software ENCOM, que aparece en Tron (1982), pionera entre las películas dibujadas por ordenador. CCP posee conciencia propia, y cuenta sus intenciones de colarse en el Pentágono y el Kremlin ante el director general de la empresa, pues la máquina considera que funciona mil veces mejor que un humano en la toma de decisiones. Algunos programadores de la propia empresa se introducirán dentro del ordenador como personajes de videojuego, en busca de las pruebas de que a uno de ellos le fue robada la paternidad de un programa (tras lo cual abandonó ENCOM) y acabarán teniendo éxito tras librar una "guerra virtual" contra el ordenador. Pueden señalarse también las tres películas de la serie Terminator, donde se considera un futuro dominado por las máquinas tras un holocausto nuclear causado por un sistema informático al que se permitió tomar las decisiones cruciales (como la WOPR de Juegos de Guerra, sólo que esta vez la historia acabó mal). Las máquinas exterminan a los seres humanos supervivientes, y desde el futuro envían al presente androides asesinos o "terminators"; primero, para impedir que nazca el futuro líder de la resistencia humana y, más tarde, para matarle una vez nacido. Más recientemente, las películas de la serie Matrix (tres hasta el momento), muestran un futuro en el que los ordenadores han tomado el poder y hacen vivir a los humanos en un mundo de realidad virtual. Un grupo de resistentes se niegan a aceptar ese orden de cosas, y sus combates con las “fuerzas del orden” dan pie a abundantes escenas de acción, incluyendo tiros, explosiones y patadas, dentro de una historia con pretensiones místicas. 154

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El producto más reciente de esta mentalidad “c o n s p i racionista” es Yo, robot (I Robot, 2004) basado en un relato de Asimov, donde VIKI (virtual interactive kinetic intelligence), el computador central de la empresa constructora de robots “U. S. Robotics” (nombre, por cierto, de una empresa real) decide que los humanos no están capacitados para llevar el c o n t rol del planeta, y los robots que fabrica la empresa (numero s í s i m o s, pronto habrá uno por cada 5 humanos) deben tomar el poder. Naturalmente que las Tres Leyes están en vigor, pero VIKI es tan humana que ya ha aprendido el cinismo del lenguaje de los políticos y a rgumenta que una correcta interpretación de la Primera Ley (proteger la vida de los sere s humanos) permite sacrificar a algunos de ellos en beneficio de la mayoría. La conspiración, que se mantiene oculta para el espectador hasta el final de la película, será descubierta y d e s b a ratada por un policía “alérgico a los robots”, Spooner, a partir de las pistas que ha dejado el famoso científico Alfred Lanning, quien ha aparecido muerto en su empresa al caer desde gran altura, presumiblemente suicidado. Por cierto, al propio Lanning se le da el t ratamiento de “padre de la Robótica” y se le atribuyen esas famosas Tres Leyes que para John McCarthy no son leyes robóticas, sino leyes “talmúdicas”. Si hoy día este tipo de argumentos pueden sonar muy improbables, existen otras aplicaciones de la IA que son ya una realidad, aunque quizá más modesta que lo que se nos muestra en la pantalla. Una de ellas es la conducción automática de vehículos, como los automóviles que funcionan sin intervención humana en películas ambientadas en la segunda mitad del siglo XXI, como Minority Report (2002) o Desafío total (Total Recall, 1990). En esta última encontramos los "Johnny-taxi", o taxis de conducción automática con un muñeco que hace las veces de taxista, pero que sólo entiende un destino concreto, y no expresiones como "arranque, hacia donde sea", que le grita Doug Quaid (Arnold Schwarzenegger) cuando ve que le persiguen. En la vida real ya se han llegado a construir sistemas de metro conducidos por ordenador, como el que opera desde 1987 en la ciudad japonesa de Sednai, obra de Michio Sugeno, quien también ha llegado a construir un helicóptero que vuela sin piloto, guiado desde tierra por instrucciones de voz humana. Para terminar con los distintos aspectos que presenta la IA en el cine, lo haremos con el que quizá se vea en el momento actual como el más improbable de todos, pero que de producirse algún día plantearía serios problemas éticos. Nos referimos a los sentimientos que pueda tener un ser artificial, los derechos que en su caso podría llegar a tener, en suma, de la transición entre robot y ser humano. Algo ya apuntado en Blade Runner cuando los replicantes desarrollaban sentimientos típicamente humanos. Y aquí regresamos a Asimov, pues en un relato suyo está basado El Hombre Bicentenario (Bicentennial Man, 1999). Encontramos a Andrew, un androide que comienza a trabajar al servicio de una familia, como parece habitual en la época en que se desarrolla la acción, ya entrado el siglo XXI. Pero Andrew enseguida empieza a mostrar habilidades muy infrecuentes en los androides como él, que hacen pensar que su inteligencia es resultado de una anomalía. Pronto tendrá una cuenta corriente propia, pues gana mucho dinero como relojero, y decide vivir en Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:145-158

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su propia casa y no ser más un criado de nadie, aun manteniendo buenas relaciones con su familia adoptiva. Más tarde decide recorrer el mundo buscando otros androides como él, y encontrará a un investigador que ha conseguido avances pronto aprovechados por Andrew, como la implantación de piel y cara reales, con lo que aparenta ser humano; a esto añadirá más tarde un sistema nervioso que aumente sus sensaciones, el sentido del gusto con la posibilidad de comer y beber, y finalmente los órganos sexuales, para ser “un hombre completo”. Portia, bisnieta de su primera ama, romperá su compromiso para irse a vivir con él. Lo que más desea Andrew es recibir la consideración de ser humano, de ahí que presente una solicitud a lo que entonces se llama el Congreso de las Naciones para que sea declarado como tal, pero se le deniega porque no puede haber un humano inmortal. Portia va envejeciendo, pronto morirá y Andrew decide inyectarse sangre para que corroa sus circuitos y morir también. Viejo y decrépito, vuelve a presentarse ante el Congreso y esta vez sí le conceden su deseo, aunque morirá poco antes de verlo, y Portia le seguirá poco después. Andrew ha vivido en total 200 años (2005-2205). La "carta de ciudadanía" que se otorga a Andrew no es, con todo, el primer caso que se haya visto en el cine, pues tiene un precedente en la segunda parte de Cortocircuito (Short circuit, 1986 y 1988), en la que otro de los robots más simpáticos que ha dado la gran pantalla, "Johnny nº 5", es declarado ciudadano de los Estados Unidos, agradeciendo su contribución a la lucha contra el crimen. Aunque el mecanismo con el que "nº 5" cobra vida no pueda tomarse en serio cuando hablamos de IA (tal como ocurre con la criatura de Frankenstein, es debido a la descarga de un rayo), merece la pena al menos recordar dos apuntes. En primer lugar, su creador seguía sosteniendo que "solamente es una máquina que ejecuta programas" pese a que observa cómo realiza tareas inteligentes; sólo cuando le vea reírse de un chiste aceptará que "nº 5" tiene vida propia. Y luego, una curiosidad: en cierto momento de la segunda parte, alguien se dirige cariñosamente a "Johnny nº 5" llamándole "Robby", una muestra de que la popularidad del robot de Planeta prohibido seguía viva. Otro paso de robot a humano lo observamos en la última película que comentaremos, Inteligencia Artificial (AI, 2001), un proyecto comenzado por Kubrick y realizado finalmente por Steven Spielberg tras la muerte del primero. Estamos en un futuro donde los robots son ya una realidad, pero la empresa “Cybertronics” decide dar un salto adelante y construir el primer androide capaz de amar: un niño pensado para ser adoptado por familias que hayan perdido al suyo. El programa incluye un protocolo de impronta (unas palabras que harán que el niño sólo pueda amar a una madre determinada, lo que es irreversible; si después no les gusta y lo devuelven, la empresa sólo podría destruirlo). Un matrimonio que tiene a su hijo “auténtico” en estado de coma, decide adoptar a David, el primer niño-robot, pero en seguida el “auténtico” vuelve a la vida y sus padres consideran que David es un peligro para él, pues en una ocasión está a punto de ahogarlo. Al no poder devolver a David a la fábrica, pues ya le han leído el protocolo de impronta, su “madre adoptiva” decide abandonarlo en el bosque, como a Pulgarcito. 156

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David está obsesionado con lograr que su madre le quiera (no en vano está programado para eso) y una vez le oyó leer el cuento de Pinocho, donde el Hada Azul convierte al muñeco de madera en un niño de verdad. Comienza entonces un peregrinaje en busca de su particular Hada Azul, que le llevará a un Manhattan inundado por el deshielo polar (debido al efecto invernadero) para buscar a su creador, el profesor Hobby. Le acompañan en esta búsqueda Teddy, un osito de peluche también inteligente que pertenecía a su hermano “humano”, y “Gigolo Joe”, un androide especialista en dar satisfacción sexual a las mujeres. El encontrar a Hobby no le sirve a David, que descubre en los laboratorios del profesor muchas copias clónicas suyas, lo que no puede soportar, pues se cree único; y emprende una enloquecida búsqueda del Hada Azul, a la que encuentra en el fondo del mar en un inundado parque infantil dedicado a Pinocho; y allí, dentro de un vehículo anfibio, se queda mirándola fijamente, pidiendo que obre el milagro que le convierta en humano para ser querido por su madre. Y ¿qué puede haber más humano que perseguir quijotescamente causas imposibles? Pero, los cuentos de hadas, al menos en el cine de Spielberg, pueden hacerse realidad, y el director encuentra un medio casi increíble para que David cumpla su sueño: dos mil años después, es rescatado del fondo del mar por una nueva civilización de robots que ya no han conocido la presencia de humanos sobre la Tierra, y que le miran como una fuente de información excepcionalmente valiosa. Conseguirán devolverle a su madre clonándola a partir de unos cabellos conservados por Teddy. Pero el clon sólo puede vivir un día... Ese día que pasa con su madre es el más feliz de la vida de David; y al terminar, ocurre algo que nunca había pasado antes: David se echa a dormir y, como todos los humanos, sueña. Por fin, se ha convertido en humano. Este final feliz puede ser lo más discutible de una película que pese a ello sigue siendo enormemente valiosa, y que plantea interrogantes sobre la consideración que merece un ser dotado de conciencia. Cuando David y Joe son capturados por los organizadores de un realityshow llamado “La feria de la carne”, en el que se despedaza en público a robots androides ante las aclamaciones del populacho, lo que presenciamos no puede parecer menos que un asesinato. Añadiendo, por parte de los robots, una dignidad ante la muerte (como la del que pide que le desconecten sus sensores de dolor para no sufrir) que no puede dejar de recordarnos a la de los esclavos romanos en Espartaco. Serán los llantos de David los que salven su vida y la de Joe, pues el público no está preparado para ver sacrificar a un niño, ni siquiera artificial. Y más tarde Joe explicará el odio que les tienen los humanos con estas palabras: “Nos odian porque cuando ellos hayan desaparecido de la Tierra, nosotros seguiremos”. Por otro lado, ¿cómo podemos considerarnos con más derechos que David, sólo porque él “es una máquina que ha sido programada”? ¿Nuestro cerebro no es también, como dice Minsky, una máquina de carne? ¿No estamos, según la ciencia, programados genéticamente por millones de años de selección natural? De estos dilemas sólo nos podríamos librar si jamás fuera posible construir un ser dotado de conciencia como la de los humanos, y terminaremos el presente artículo examinando esa Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:145-158

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posibilidad. Es cierto que con los conocimientos actuales, construir algo como HAL 9000 queda, por decirlo suavemente, muy, muy lejano: aparte de los problemas de IA propiamente dicha, la visión artificial sólo consigue reconocer formas predefinidas, pero falla al interpretar una nueva imagen desconocida; y el reconocimiento de voz se consigue en palabras aisladas (por ejemplo, una marcación telefónica) pero no en frases completas con significado. Aun así, ¿no es temerario afirmar que nunca será posible? Aunque la mayoría de los que trabajan en IA no ven los límites que pueda tener su campo, existen también los escépticos que sostienen que un ser consciente artificial es tan imposible como el movimiento perpetuo. Los argumentos van desde el teorema de incompletitud de Gödel (en todo sistema lógico hay proposiciones que son ciertas, nos damos cuenta por su significado de que son ciertas, pero no son deducibles lógicamente, es decir, no son programables) hasta la física cuántica (la consciencia humana es un fenómeno que no sigue leyes deterministas, por tanto no es programable). El más conocido escéptico actual sobre IA puede ser el físico británico Roger Penrose, autor del libro La nueva mente del Emperador; como en el cuento de Andersen, Penrose opina que la IA, en cuanto a la creación de un ser dotado de conciencia como los humanos, está desnuda. Sea o no cierto lo que dicen los escépticos, de lo alcanzado hasta ahora en la investigación de IA una cosa parece segura: si no se consiguiera nunca una IA comparable a la humana, la causa no sería la imposibilidad de programarle complejos razonamientos o tareas de gran nivel intelectual, sino la dificultad de conseguir algo aparentemente tan sencillo como lo que los humanos llamamos “sentido común”. Saber distinguir por el contexto el significado de una frase ambigua puede ser más difícil de lograr que ganar el Campeonato Mundial de Ajedrez. Tal vez, los humanos podamos aprender de esto que las cosas a las que no damos ninguna importancia pueden ser lo más valioso que tenemos.

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El sentido de la vejez, la tecnología y los fines de la medicina The Significance of Aging, Technology and Medical Goals n Julián García Vargas n Poner límites: los fines de la medicina en una sociedad que envejece Daniel Callahan Prólogo de J. L. Puerta Traducción de A. Mauri y J. L. Puerta Triacastela, Madrid, 2004; 335 págs. (Edición patrocinada por la Fundación Pfizer)

Este libro, escrito y publicado en EEUU con el título Setting Limits. Medical Goals in an Aging Society (1987), produjo en su momento un torrente de polémica dentro y fuera de ese país que aún no ha desaparecido del todo. El tiempo lo ha reposado y convertido en un referente del debate sobre los fines de la medicina en nuestra época, sometida a la contradicción entre sus posibilidades tecnológicas y las dificultades para costear su aplicación en todos los casos, especialmente en ancianos. El autor, bien conocido por numerosas obras de bioética y por su labor al frente del The Hastings Center, instituto especializado en esta disciplina, nunca ha rehuido los asuntos más espinosos y sus trabajos sobre la crisis de valores y de fines últimos de la medicina moderna, han encendido pasiones. Poner límites estuvo provocado por el desequilibrio existente en Norteamérica entre la asistencia médica a niños y ancianos. Mientras los segundos están protegidos por el programa federal y universal Medicare (creado por L. B. Jonhson en 1965), los niños y adolescentes carecen de una garantía similar, excepto cuando son indigentes y son protegidos por el programa Mediaid. El número de menores sin asistencia ha crecido desde 1987, como ilustra el prólogo de J. L. Puerta y eso mantiene viva la tesis de Callahan de que en su país es necesario un reequilibrio intergeneracional del esfuerzo público sanitario. En la actualidad, más de cuarenta El autor es economista y ha sido Ministro de Sanidad y Consumo. Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:159-163

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millones de norteamericanos no pueden pagarse una póliza de seguro médico ni son indigentes, por lo que carecen de asistencia. Es una situación inexplicable en un país tan rico, que dedica a sanidad el 13,8 de su PIB, siendo el gasto público casi la mitad de ese porcentaje (la proporción del PIB destinada a Medicare es el 4,2%). Se trata de una obra compleja y a veces reiterativa para evitar interpretaciones sesgadas de sus argumentos. Su tesis central es que deben repensarse dos ideas muy arraigadas. La primera es que el progreso de la tecnología médica puede alargar la duración y mejorar la calidad de la edad avanzada indefinidamente. Callahan propone que aceptemos el envejecimiento como parte de la existencia y no como un accidente biológico que debe superarse. La segunda es que, en los sistemas públicos, no deben contar solo las necesidades individuales sin compromiso de edad, sino que debe primar el reparto intergeneracional de los recursos y deben establecerse claros límites a la atención de ancianos. Partiendo de esa tesis, el autor presenta unas propuestas rompedoras, contrarias a la escalada de gasto sanitario para viejos “alimentada por el falso altruismo de garantizar su dignidad”. A los responsables de las políticas sanitarias les sugiere que alentar el alargamiento indefinido de la vida tiene un coste muy elevado y unas ventajas pequeñas para el conjunto de la población. Tanto la asistencia como la investigación han de dirigirse preferentemente a evitar muertes prematuras y, en el caso de los viejos, aumentar su calidad de vida, no a alargarla a toda costa. A los médicos que atienden a ancianos les propone cambiar el énfasis desde la curación al cuidado, fortaleciendo la asistencia a largo plazo y a domicilio basada en enfermería, procurando una vida mejor a los ancianos y a los familiares que les cuidan. A la sociedad le presenta un acuerdo cultural que modifique nuestra concepción de la muerte, para que deje de representar un enemigo a batir a cualquier precio y vuelva a ser considerada como una realidad vital que hay que aceptar conscientemente.

El sentido de la vejez Después de repasar las teorías que dan sentido a la edad avanzada, el autor elabora dos conceptos para sustentar sus propuestas: “la duración natural de la vida” y “una muerte tolerable”. Para él, ésta es la que acaece cuando la persona ha realizado sus proyectos vitales y cumplido con sus responsabilidades hacia los demás; en ese caso, la muerte no ofende a la sensibilidad y es aceptable para el que la sufre y sus seres queridos. En consecuencia, “la duración natural de la vida”, materializados esos proyectos, tiene un carácter biográfico más que biológico. No obstante, Callahan sitúa la frontera biológica de esa duración natural en los ochenta años. Para el autor, la sociedad actual, cada vez más opulenta e individualista, ha perdido la visión del ciclo completo de la existencia y privado a la vejez de buena parte de su significado. Si la 160

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existencia es un proyecto que se va realizando a medida que transcurre, pero concentrado en aspectos productivos, la vejez se va despojando de sentido. Sin embargo, los mayores pueden tener proyectos, limitados pero relevantes. El arte de aprovechar al máximo el presente, las actividades a favor de otros, la ayuda a los jóvenes aportando la perspectiva de edad que éstos no pueden tener, la preservación de la memoria, el ejemplo de la dignidad ante la decadencia física, son proyectos que se oponen a la pasividad o al individualismo egoísta. Callahan se atrevió a decir en 1987 algo que se ha ido abriendo paso después: las obligaciones que la sociedad y cada uno de nosotros tiene hacia los que han cumplido su ciclo natural no son las mismas que hacia los que no han llegado aún a ello. Existen obligaciones en ambos casos, pero son diferentes. La primera tarea sanitaria de una sociedad es que los jóvenes y los maduros tengan la posibilidad de llegar a viejos, por encima de la ayuda a los ancianos para que lo sean aún más. En el campo sanitario, los sistemas públicos no están obligados moralmente a garantizar los tratamientos más complejos y caros a estos pacientes. Esta tesis constituye la tesis central de la obra y provocó notable escándalo, a pesar de que a finales de los años ochenta empezaba ya a ser aplicada en Inglaterra y en los países nórdicos, donde los sistemas sanitarios públicos experimentaban ya grandes problemas financieros y disponían de una larga experiencia de asistencia a mayores. Su prioridad era y sigue siendo evitar las desigualdades sanitarias interclasistas e intergeneracionales, además de mantener la viabilidad del sistema.

El criterio de edad El criterio para no aplicar en mayores ciertos tratamientos que pueden ser normales en personas maduras, según el autor, debe ser la edad, matizada por la biografía personal que hace que sean diferentes situaciones biológicamente similares. En el epílogo, reconoce que esta propuesta es indicativa y debe ser manejada con mucho cuidado, caso por caso y sin que pueda interpretarse rígidamente. En cualquier caso, Callahan no propone disminuir los recursos dedicados a los mayores, sino una contención de su crecimiento, destinando más medios a los niños y a prevenir muertes prematuras. El patrón de gasto en ancianos debería cambiar también desde la tecnología a los cuidados paliativos y la medicina de mayores debe tener como objetivo reducir el sufrimiento y proporcionar una calidad de vida decente. Rechaza de plano la eutanasia e incluso, en el largo capítulo dedicado a la atención de ancianos moribundos, recomienda cuidados que van más lejos de lo que hoy se considera eficaz. La obra es mucho más que una reflexión sobre el coste de la asistencia sanitaria a los mayores y el reparto del gasto entre generaciones. Entra de lleno en la teoría moral y en la tradición que sustenta al Estado de Bienestar, incitando a repensarlas y actualizarlas. Nos recuerda las obligaciones mutuas que tienen las generaciones de jóvenes y mayores entre sí, cuesArs Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:159-163

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tionando la vieja tradición de deuda social exclusivamente a favor de los mayores, cuya responsabilidad hacia los jóvenes cambia de sentido pero no desaparece. El anciano egoísta no recibe un trato benévolo. Aborda también otros muchos temas como las obligaciones de las familias, de las mujeres y de la sociedad hacia sus mayores discapacitados, asunto hoy de la máxima actualidad en España, abogando a favor de programas públicos que alivien las situaciones familiares y personales más duraderas y sobrecargadas.

La actualidad de Poner límites Llama la atención que este libro no se haya traducido hasta ahora al español y que se haya tenido que editar con la ayuda de la Fundación Pfizer. Cuando se publicó por primera vez, España y EEUU tenían, como ahora, la misma proporción de personas de más de sesenta y cinco años y, si bien en nuestro país no ha existido ningún desequilibrio intergeneracional en asistencia, excepto en prestación farmacéutica, el problema de la carga sanitaria de los ancianos ya era entonces muy visible en todo tipo de servicios, especialmente en Urgencias. Probablemente, el modelo de familia vigente en España, capaz hasta hace poco tiempo de afrontar las necesidades de los mayores deteriorados gracias al esfuerzo de las mujeres maduras (con la ayuda impagable de mujeres inmigrantes en muchos casos) unido a cierto prejuicio moral para debatir en público sobre la decrepitud y la muerte y al conservadurismo profesional, ha retrasado la llegada de esta reflexión colectiva. Sin embargo, el problema ha aflorado de forma incontenible con la crisis de la mujer cuidadora y se está abordando, como tantos otros en España, tarde y con mucha rapidez, lo que equivale a decir con poca reflexión individual y colectiva. La consecuencia es el coste emocional de los familiares afectados, poco preparados para plantearse decisiones de gran desgaste afectivo en el ocaso de sus progenitores, aunque la mayoría comprenda que son inevitables. Más grave aún es el coste para los profesionales, que han debido adaptarse sobre la marcha, obligados por la limitación de recursos, ya sean camas hospitalarias, agobios crecientes en las Urgencias o insuficiencia de servicios a domicilio o impulsados por su altruismo profesional. Las consecuencias del temor colectivo a debatir asuntos espinosos, aunque urgentes e inevitables, es que no se alcanzan consensos razonables que faciliten y sustenten las decisiones de los profesionales. El cambio que está experimentando nuestro país en los últimos años, en línea con lo argumentado por Callahan es, no obstante, más profundo de lo que parece. Los profesionales están modificando su mentalidad, a veces en conflicto con sus convicciones, sin mucha más ayuda que la de las Sociedades Científicas y la de los Colegios; este cambio en la cultura profesional hubiese sido más fácil si los estudios de humanidades médicas tuviesen más difusión y acogida. 162

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En la nueva generación de personas maduras se está produciendo también un cambio cultural ante la muerte, que supone compartir la afirmación del viejo Mitterrand, todavía en posesión de su majestuoso poder presidencial, cuando repetía “temo más a la decrepitud que a la muerte”. En esta nueva generación hay una actitud, crecientemente generalizada, contraria a los excesos tecnológicos en la fase final de la vida, aunque no hayan podido leer Poner límites. Debe destacarse que en 1987 no sonaba todavía la inquietud por la dependencia y Callahan no se refiere a ella directamente, aunque esté presente en su preocupación por las familias cuidadoras. Su propuesta de programas públicos para aliviarlas ha tomado cuerpo en los sistemas europeos de protección social, incluida España, donde el Gobierno se ha comprometido a establecer un sistema universal de atención a la dependencia. Es una tendencia solo contenida por su elevado coste económico público y las debilidades de las experiencias conocidas.

El coste de atender a los ancianos Aunque no se trata de una obra de economía sanitaria, Poner límites aborda el problema del equilibrio financiero de Medicare, augurando su crisis. En el epílogo para la actual edición reconoce que ésta se ha retrasado notablemente, en especial porque los ancianos muy mayores tienden cada vez más a consumir recursos sociosanitarios que cuidados estrictamente médicos y porque se ha reducido la incidencia y el coste de muchos procesos. La edad ha disminuido su correlación con el gasto sanitario con carácter general. A pesar de ello, la crisis ha llegado y desde 2004 Medicare ingresa menos de lo que gasta, con una perspectiva de quiebra para 2020. El gobierno de Bush ha decidido privatizarlo progresivamente a partir de 2006, permitiendo que los asegurados opten por el seguro público o por compañías privadas, que recibirán subvenciones para que sus primas sean asequibles. Se promocionarán las cuentas ahorro-salud y se limitará el reembolso de los medicamentos. Esta reforma supone la ruptura del sistema que ha asegurado un sistema universal para los ancianos norteamericanos y según el senador E. Kennedy, es el primer paso para su privatización total. Además, sigue sin resolverse el problema de los niños y adolescentes que tanto preocupaba a Callahan. En España las cosas son distintas pero no milagrosas. La carencia de espacio para los ancianos terminales en los hospitales y de servicios de enfermería a domicilio, coexiste con un gasto farmacéutico excesivo en mayores. No puede justificarse ya que los ancianos, sean ricos o pobres, no paguen nada de los medicamentos que consumen y los jóvenes, que como colectivo tienen una proporción de pobres más alta que los mayores, contribuyan siempre con el 40%. Son muchas las cosas que deben repensarse con sensatez y este libro puede ayudar a ello. Nos merecemos menos discusiones artificiales sobre la esencia histórica de nuestros territorios y más debate sobre los problemas de la vida que abruman a los ciudadanos.

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Los retos de las compañías aéreas: los hubs y el Airbus-380 The Challenges of Airlines: Hubs and the Airbus-380 n Francisco Mochón Morcillo n El sector aéreo es uno de los campos que ha experimentado un cambio más intenso durante los últimos años. En muchas ocasiones, tales transformaciones han supuesto la desaparición de algunas de las compañías aéreas más emblemáticas (piénsese en los casos de TWA o Pan American), en buena parte debido a su incapacidad para adaptarse a los rápidos cambios que han sido necesarios. En este artículo, en primer lugar se presenta una visión panorámica del sector y los grandes retos que las compañías tradicionales deben superar y, seguidamente, se analizan dos temas de carácter más específico: el papel de los hubs (núcleos o centros de distribución) como arma estratégica de las grandes compañías tradicionales, y las posibles consecuencias de la entrada en el mercado de un avión como el Airbus380 (A-380) que, dado su tamaño y capacidad, actuará como elemento transformador de la operativa de las rutas de largo recorrido y del propio funcionamiento de los aeropuertos.

Los grandes retos que el entorno actual plantea a las compañías aéreas Las líneas aéreas ven condicionado su entorno por una serie de hechos entre los que cabe destacar dos aspectos. En primer lugar, los cambios estructurales que se están produciendo en el marco competitivo, fuertemente condicionado por factores como la aparición de las compañías de bajo coste, con consecuencias inmediatas en términos de sobreoferta y presión a la baja de precios, y el fuerte incremento experimentado por los costes regulados (seguridad, tasas aeroportuarias, control de tráfico aéreo...) Un segundo aspecto a destacar es que, a pesar de la debilidad de la coyuntura internacional, condicionada por la atonía que están atraveEl autor es Catedrático de Análisis Económico de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), España. 164

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sando ciertos países, como Alemania, que tradicionalmente han actuado como motores de la economía, y del aumento de los precios del combustible, está teniendo lugar un favorable cambio de expectativas desde el punto de vista de los clientes; hace 20 años volar era considerado un lujo, mientras que en la actualidad es un commodity más y su uso se ha generalizado, lo que garantiza un crecimiento futuro del tráfico aéreo. En este entorno, los retos a los que se enfrentan los operadores de red (las antiguas compañías de bandera) se pueden concretar en los cinco puntos siguientes. El primero es la reducción de costes y la mejora de la productividad. En este sentido, la presión de las compañías de bajo coste ha actuado como acicate y la estrategia seguida ha consistido en aplicar las mejoras prácticas llevadas a cabo por este tipo de compañías, tales como la homogeneización de flotas, aumento de productividad de colectivos, incremento de venta on line... Así mismo, se han acometido procesos de mejora permanente de los costes comerciales y operativos como, por ejemplo, el cambio de modelo de retribución a las agencias de viaje. Igualmente, el papel que juegan los grandes aviones como instrumento para mejorar la eficiencia es un tema relevante sobre el que insistiremos más adelante. Un segundo reto consiste en la mejora permanente de la calidad del servicio y difere n c i ación de clientes como fuente de ventaja competitiva. En este sentido, habría que hablar en términos de puntualidad y regularidad, facilidad de servicios para facturar... todo ello fundamentado en un conocimiento exhaustivo del cliente y sus necesidades. El tercer reto sería el crecimiento y desarrollo competitivo de los hubs. Un aspecto clave para un operador de red es el desarrollo competitivo de un hub, de forma que le permita captar tráfico frente a otros competidores de referencia. Dada su importancia, volveremos sobre este tema en las páginas siguientes. Otra prueba a superar es la consolidación del sector, ya iniciada con el acuerdo entre Air France y KLM y puesta en marcha de forma más general con actuaciones encaminadas a lograr acuerdos de colaboración para la explotación conjunta de rutas, planificación de red, actuaciones comerciales... todo ello en el seno de las grandes alianzas. En este sentido, el caso de los socios de OneWorld (Iberia y British Airways) en su ruta Madrid-Londres puede constituir un primer paso para alcanzar un acuerdo de futuro reparto de los mercados en los que operan. De hecho, a partir del 1 de enero de 2005 ha entrado en vigor un acuerdo según el cual ambas compañías llevan a cabo una explotación conjunta y se reparten los beneficios de las rutas troncales entre España y Reino Unido. Finalmente, el quinto reto sería la mejora de la coordinación entre los principales agentes involucrados en la cadena de valor, para que redunde en una reducción de costes y un aumento de la calidad de los servicios prestados. Los agentes en cuestión son la Administración Pública, Aeropuertos, Navegación Aérea y las Líneas Aéreas. En este sentido, un posible modelo a seguir son las iniciativas tomadas en el aeropuerto de Frankfurt tendentes a mejorar la eficiencia global del sistema mediante una mayor coordinación entre las partes implicadas. El objetivo último sería la mejora de procesos e interfaces entre agentes, el establecimiento de Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:164-169

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estándares homogéneos en aspectos críticos como la seguridad, todo ello teniendo como meta final el establecimiento de un espacio único europeo.

Los hubs y la eficiencia económica Antes de iniciar el análisis del concepto de hub con cierta profundidad, cabe señalar que hay dos formas de definirlo. Una lo identifica con un área geográfica en la que opera un porcentaje relativamente elevado de pasajeros respecto al total de pasajeros del país en cuestión. En este caso un hub puede comprender más de un aeropuerto. Una segunda forma de concebirlo es como un aeropuerto comercial con determinados servicios, generalmente operado por las grandes compañías aéreas. Esta es la concepción que seguiremos en este artículo. Desde esta perspectiva, un hub es un centro o núcleo de distribución que enlaza distintas zonas del mundo; es decir, es un aeropuerto en el que se apoyan otros muchos para enlazar vuelos en conexión con otros aeropuertos radiales. Los hubs absorben el tráfico de varios aeropuertos sirviendo como centro de conexiones a otros destinos y son, por lo tanto, un instrumento para ofrecer servicios globales. La importancia de estos centros de distribución radica en que las grandes compañías y sus aliadas sólo podrán ofrecer sus servicios (especialmente los de carácter global) con eficiencia, comodidad, rapidez y seguridad si tienen un punto (esto es, un aeropuerto) en el que converjan todos los esfuerzos para atender al cliente con las máximas garantías de eficiencia y donde se generen economías de escala; ese punto es un hub. Esta idea surgió en EEUU en 1978, alentada por la emergencia de las compañías de bajo coste que actuaban de punto a punto. Las grandes compañías para poder competir necesitan crear más conexiones y poder tener así mayor número de líneas sin contar con más aviones. American Airlines fue el primer operador que ideó la estrategia de los hubs. Generalmente, éstos están impulsados por alguna gran compañía que dispone de una terminal propia (para ella y sus aliadas) en un aeropuerto. Así, Atlanta es el hogar de Delta (el mayor hub del mundo al acoger 77 millones de pasajeros en 2002); a su vez, American Airlines domina Dallas, United tiene su fuerte en Chicago y Continental en Houston. En Europa todos los hubs se sitúan en los núcleos más importantes de población, como los de Air France en Paris, de Lufthansa en Frankfurt, de British Airways en Londres o de KLM en Ámsterdam. Una muestra de la importancia de contar con uno de estos núcleos es que, ante el reciente acuerdo de fusión entre Air France y KLM, uno de los obstáculos más difíciles de superar era la exigencia del gobierno holandés a las partes de que garantizaran que el aeropuerto de Ámsterdam no perdiese su carácter de hub internacional, base de KLM. En otras palabras, en el caso holandés, un gobierno exige a su empresa de bandera que, ante el acuerdo de fusión con Air France, no ceda el protagonismo internacional del aeropuerto de Ámsterdam en aras exclusivamente de criterios empresariales y economías de escala. 166

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Airbus-380 en la pista del aeropuerto de Burdeos (©P.L. Alonso)

Los grandes aviones y la productividad: el Airbus-380 El A-380 es un buen ejemplo de lo que los europeos pueden conseguir juntos cuando se logran superar las fronteras nacionales y se unen conocimientos al servicio de un proyecto industrial. Al igual que el programa de navegación por satélite Galileo, el nuevo A-380 ilustra la capacidad de innovación de los europeos en las tecnologías punta y evidencia la posibilidad de alcanzar economías de escala cuando se superan planteamientos nacionalistas. En esta misma línea hay que destacar la creación de la Agencia Europea de Seguridad Aérea (AESA), cuya misión es garantizar un alto nivel de seguridad y protección medioambiental. AESA ha reemplazado a las 25 administraciones nacionales para encargarse de la certificación de los productos aeronáuticos y la autorización de los organismos que los conciben. Los certificados y autorizaciones emitidos por la AESA se convertirán es estándar internacional de referencia. Estos proyectos probablemente no habrían visto la luz sin la política que la Unión Europea ha llevado a cabo en los últimos 15 años para crear un gran mercado europeo de la aviación, propiciando la competitividad de las compañías aéreas y apoyando la investigación. Al integrar los mercados nacionales para formar un único espacio aéreo europeo, Europa ha permitido que las compañías aéreas se emancipen de la tutela nacional, dándoles libertad para funcionar dentro de la Unión, decidiendo las rutas que van a realizar y determinar la capacidad apropiada, así como los precios que proponen a los consumidores. Los resultados de esta estrategia globalizadora se concretan en que: 1) Europa en la actualidad cuenta con cerca de 150 compañías, un 25% más que en 1990; 2) el número de rutas prácticamente se ha multiplicado por dos entre 1992 y 2002; y 3) los incrementos en productividad se han situado, en el caso de las grandes compañías, en niveles cercanos al 90%. Todo ello acompañado de un descenso de precios, por no hablar de la aparición de nuevas compañías de tarifas de bajo coste que ofrecen a los pasajeros nuevos servicios a precios reducidos. Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:164-169

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Volviendo al A-380, sus características básicas se concretan en los puntos siguientes: es un gigante de 72,7 metros de longitud, 24,1 metros de altura y 560 toneladas de peso, capaz de volar 15.000 kilómetros sin escalas y de transportar entre 555 y 800 pasajeros. El coste estimado del proyecto es 13.700 millones de euros. En la actualidad cuenta con 149 pedidos y espera alcanzar 250 en tres años, cantidad con la que alcanzaría el equilibrio financiero. Además, el uso eficiente de este avión en las rutas de largo recorrido puede contribuir a elevar la productividad de las compañías aéreas de forma notable.

Un mercado global en crecimiento. ¿Hacia dónde va el mercado? El entorno en el que desempeñará su actividad el A-380 se caracteriza por su dinamismo. Las estimaciones disponibles sobre el tráfico internacional señalan que este se multiplicará por tres en los próximos 20 años, alentado por el crecimiento del comercio internacional y el aumento del turismo. Por su capacidad, el desarrollo del A-380 va a actuar como factor dinamizador del proceso de cambio del sector. La utilización de aviones de más de 500 plazas (el A-380 tiene una capacidad de 555, frente a las 413 del B-747) permitirá transportar más pasajeros de forma eficiente, ya que su consumo de carburante es aproximadamente un 13% inferior al de su competidor más cercano, y además lo hará con un nivel de ruido en el despegue un 50% menor. Estos hechos son importantes dados los problemas de congestión del espacio aéreo, la saturación de las grandes plataformas aeroportuarias y la contaminación por el ruido y el queroseno. Además, contar con grandes aviones hará más fácil multiplicar el número de conexiones y fomentará la competitividad de las compañías aéreas y las rutas internacionales. En este sentido, el A-380 supone un notable paso adelante. Téngase en cuenta que, siendo en dimensiones sólo algo mayor que el Jumbo, de Boeing, lo supera con mucho en eficiencia y capacidad. Su diseño y las tecnologías y materiales utilizados hacen que el A-380 sea teóricamente más rentable que el B-747, ya obsoleto. De hecho el A-380 sólo necesita un 11% más de pasajeros que el Jumbo para alcanzar el punto de equilibrio financiero. Alcanzado éste, aún posee 227 plazas más para vender, lo que significa un 85% por encima de las del Boeing. Esto se debe a que el A-380 tiene unos costes operativos por asiento y milla que son un 15% inferiores al del 747, y los técnicos señalan que en unos años esta ventaja se agrandará hasta alcanzar el 24%. Este tipo de ventajas han determinado que Boeing, que en un principio confía más en el auge del tráfico de punto a punto, de media y corta distancia, esté evaluando la posibilidad de construir un nuevo modelo del B-747, algo inferior en capacidad al A-380 pero superior al tradicional Jumbo. En cualquier caso, un avión como el A-380 sólo tiene sentido para atender rutas de largo recorrido alimentadas en grandes centros de distribución de tráfico aeroportuarios (h u b s). Por ello, una vez admitida la mayor eficiencia del nuevo avión, la incertidumbre radica en conocer 168

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cómo evolucionará la demanda. El tráfico de pasajeros crecerá entre el 4 y el 6% al año dura nte los próximos 20 años, pero ¿cómo se repartirá ese incremento? Como se ha señalado, Boeing cree que el auge de las compañías de bajo coste impulsará fuertemente el tráfico punto a punto, de media y corta distancia, segmento al que dedica su nuevo modelo Boeing 7E7 Dreamliner. Por su parte, Airbus opina que el crecimiento también incidirá de forma notable en el tráfico de larga distancia (Asia-Europa, Asia-EEUU y las líneas transatlánticas) y que habrá demanda suficiente para el A-380. Lo adecuado del A-380 para este tipo de rutas de largo recorrido, y en especial para las asiáticas, se evidencia al observar que de los 149 aviones que se entregarán desde el año 2006 hasta el 2012, 49 se entregarán a compañías de Oriente Medio y 39 de la región de AsiaPacífico. Esto es, el 62% de la demanda corresponde a zonas que son precisamente las que presentan unas mayores perspectivas de crecimiento futuro. Otro hecho digno de destacar es que la compañía de Emiratos, que ha sido una de las más dinámicas durante los últimos años, pues ha crecido con una tasa de un 20% anual, es el principal cliente del A-380. El crecimiento de esta compañía se ha cimentado en la conversión del aeropuerto de Dubai en uno de los hubs más importantes de Asia. Esta compañía considera la compra de este tipo de grandes aviones una herramienta estratégica de cara a su posicionamiento futuro como empresa líder en las rutas India-EEUU y, además, gestionar eficientemente los 70 millones de pasajeros que en el año 2012 espera acoger en su hub de Dubai. Si a estos hechos añadimos el fuerte crecimiento de China, cabe pensar que el futuro de las grandes aeronaves puede ser prometedor.

Las grandes aeronaves y los hubs Una de las pegas de este gran avión se debe precisamente a que por su tamaño no podrá operar en todos los aeropuertos. Según las previsiones disponibles, en un principio el A-380 utilizará los hubs de sus compañías operadoras, junto a otros aeropuertos importantes, entre los que cabe destacar Tokio, Nueva York, Los Ángeles, Hong-Kong, Dubai, Singapur, Sydney, Paris, Frankfurt, Londres, Bangkok, Kuala Lumpur, Seúl, Abu Dhabi y Doha. En cualquier caso, los grandes aviones como el A-380 contribuirán a redefinir el tráfico de larga distancia, por lo que es importante contar con aeropuertos que permitan su operatividad de forma eficiente. En España sólo los aeropuertos de Madrid, Barcelona y Málaga están preparados para permitir el despegue y el aterrizaje de esta gran nave. En este sentido, debe destacarse que la nueva terminal (T4) de Madrid-Barajas es la oportunidad para hacer de este aeropuerto el hub de Iberia y sus aliados para canalizar los vuelos hacia América Latina. El modelo a seguir es el de Lufthansa en Múnich, que está actuando como centro de distribución de las rutas de larga distancia y se ha convertido en uno de los elementos dinamizadores del tráfico aéreo del centro de Europa. Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:164-169

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Las publicaciones científicas: reflexiones sobre el mundo digital y el avance del conocimiento The Scientific Publications: Reflections on Digital World and the Advance of Knowledge n José Luis González Quirós n El objetivo de este escrito es reflexionar sobre algunos de los previsibles impactos que la digitalización está teniendo y va a provocar en las relaciones entre las instituciones científicas y el manejo de la información científica disponible. Es necesario subrayar que, además de abrirnos a posibilidades extraordinarias, el mundo digital nos va a enfrentar con dificultades de un orden nuevo de magnitud y cuyas consecuencias en la organización institucional del saber apenas podemos adivinar todavía. Muchas de las categorías epistemológicas con que nos manejamos han sido forjadas en un mundo de escritura y libros que está dejando de existir, se han nutrido de metáforas y analogías que corresponden a tecnologías que probablemente serán mero recuerdo dentro de relativamente poco. La relación entre el saber y las cosas sobre las que el saber versa, ya no va a estar representada por un modelo tan intuitivo y exclusivo como el que ha supuesto el de la escritura y el libro. El saber precisa de la información, pero la forma de producir, catalogar y estructurar una información que tiende a crecer de manera desbocada puede provocar toda clase de problemas.

Cantidad, acceso y evaluación El problema que plantea la explosión del conocimiento científico disponible no es meramente una cuestión de cantidad, con ser ella importante. En la era digital en que estamos El autor es investigador del Instituto de Filosofía, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Madrid (España). 170

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entrando hay problemas de cantidad, pero hay también problemas de concepto que nos demandan una reinvención de las instituciones que han servido para controlar razonablemente el crecimiento de las publicaciones científicas que fue posible gracias a la invención de la imprenta. De hecho, los modelos, típicamente medievales, como la Universidad o la disciplina, se modificaron pero subsistieron y, algo más tarde, aparecieron otros sistemas de archivo como las revistas científicas. La revolución digital ha venido a coincidir con un momento de incremento de la información científica que no tiene parangón en el pasado, como tampoco tiene comparación posible nuestra producción de residuos o nuestra movilidad física; y esa coincidencia ha servido, de momento, más para potenciar el fenómeno que para controlarlo, pues están por aparecer las nuevas instituciones capaces de poner orden en este océano de informaciones: vamos teniendo nuevas tecnologías, pero todavía seguimos con las viejas maneras. La abundancia ha producido, sin duda, muchos bienes, pero también notables dificultades. La más obvia es bastante independiente de la revolución digital, aunque ha adquirido unos contornos específicos con la digitalización. Se trata de lo que se ha conocido (Guedon, 2001) como serial pricing crisis (una expresión que adquiere connotaciones criminales en Estados Unidos), el impresionante aumento de los precios de suscripción de las revistas considera d a s esenciales en un campo determinado, de las llamadas “revistas de re f e rencia”. Al ser cada vez más necesaria una labor de filtrado y al haberse puesto en circulación una serie de indicadores bibliométricos (sobre todo el SCI, Science Citation Index), se ha producido un efecto de c o n c e n t ración de la demanda (acentuado por su crecimiento debido al enorme incre m e n t o del número de universitarios en la segunda mitad del siglo XX) que ha permitido a las grandes casas editoriales hacer negocios realmente fabulosos subiendo espectacularmente los p recios de sus publicaciones al comprobar la inelasticidad de esta demanda. Así, nos encont ramos con que, sobre la base de una actividad que no han financiado directamente y que apenas produce beneficios económicos para quien realmente la sustenta (los científicos), se han hecho negocios muy pingües en un sector que tradicionalmente había sido poco brillante desde el punto de vista económico. Ello ha favorecido una extraordinaria dinámica mundial de concentración y ha permitido que este nuevo sector se haya adaptado con rapidez al entorno digital, sin que ello haya supuesto el traslado de la lógica merma de costes a las instituciones universitarias y de investigación, que siguen soportando unos presupuestos de compras nada razonables. Para enfrentarse a este nuevo y agobiante problema han surgido abundantes y estimulantes iniciativas directamente del mundo científico y universitario como el SPARC (Scholarly Publishing and Academic Resources Coalition) que es una alianza de universidades, bibliotecas de investigación y organizaciones científicas creada en 1997 para proporcionar una respuesta a las "disfunciones" del mercado editorial en el ámbito académico; o la iniciativa Open Access y la Public Library of Science sin que esté claro por el momento cómo va a acabar decidiéndose esta desigual batalla. Es obvio que el porvenir de la situación en que actualmente se Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:170-177

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encuentran las revistas científicas es complicado y que será necesario esfuerzo e imaginación para encontrar fórmulas razonables y viables que no impidan ni ahoguen la investigación. La digitalización ha supuesto varias ventajas importantes, unas económicas, como la evidente disminución de costes de almacenamiento y transporte de los textos, y otras de tipo más básico; en realidad, las facilidades para publicar digitalmente deberían resolver de m a n e radefinitiva dos cuestiones de fondo: facilitar la publicación a todo el mundo y mejorar el proceso de evaluación por pare s. En el mundo digital, en primer lugar, podemos identificar la obtención de un resultado o un hallazgo que se tiene voluntad de comunicar con el hecho de publicar; dos momentos lógicamente distintos pero mutuamente implicados que las instituciones editoriales de la época de la imprenta han separado de una manera muy tajante. Los archivos de preprints sirven estupendamente para este propósito porque ni imponen ritmo de publicación1 a los autores ni limitan el acceso a nadie: el autor escribe su artículo e inmediatamente lo coloca a la disposición de cuantos especialistas pueden tener interés en leerlo. Pero este sistema permite, además, que la evaluación por pares que es el marchamo de calidad del que presumen, con fundamento, las grandes revistas, pueda posponerse a la publicación y pueda llevarse a cabo no por unos pocos sino, virtualmente, por la comunidad científica en su conjunto que, de otra manera, solo llega a conocer aquello que previamente ha sido filtrado por los correspondientes mandarines, que suelen tomar decisiones acertadas; aunque no siempre, como lo atestiguan casos bien conocidos de errores graves: a) por defecto (publicar cosas sin valor o directamente falsas como ocurrió en el caso Schön o, entre humanistas, en el caso Sokal), o b) por exceso, negando el paso a artículos valiosos que debieron abrirse paso, cuando pudieron hacerlo, tras muchos esfuerzos y negativas, desde los escalones inferiores del templo del saber, como le ocurrió, por ejemplo, a Lynn Margulis. Los archivos que ofrecen preprints (y que, por supuesto, pueden ofrecer adicionalmente textos ya publicados) facilitan enormemente la comunicación entre investigadores, pues el m e ro hecho de que el correo electrónico de un autor esté a golpe de clic del lector hace mucho más incitante para cualquiera la comunicación directa. Se vuelve así de manera bastante n a t u ral al modelo de cartas de intercambio entre investigadores que dio origen a las primeras revistas. Se puede ser optimista y suponer que las nuevas tecnologías digitales nos van a permitir la creación de instrumentos adecuados a este incremento de información facilitando su manejo. Las tecnologías, sin embargo, amplían las posibilidades, pero, normalmente, no resuelven por sí solas los problemas y, menos aún, cuando su naturaleza no es meramente tecnológica. El futuro, que nunca está tan lejano como parece, va a plantearnos problemas que ahora sólo 1El

problema de las revistas es que son periódicas, que tienen que salir, y no siempre pueden hacerlo con materiales de primera calidad: se puede imaginar lo que habría pasado con la buena música si los compositores se dieran a conocer de esa forma.

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podemos imaginar parcialmente y que seguramente no acertaremos a caracterizar porque lo que acaba por pasar siempre se distancia de las previsiones y las imaginaciones con la que tratamos de someterlo2. Aunque pueda parecernos extraño, las objeciones en relación con las supuestas ventajas de almacenar el saber en soportes duraderos son casi tan antiguas como la escritura misma. Al enfrentarnos hoy con una explosión de las magnitudes de la información disponible, y con una ruptura del sistema de reglas establecido durante los siglos XIX y XX para organizar y jerarquizar las publicaciones y para proceder a su indexación, conservación y aprovechamiento, puede ser útil hacer un somero repaso histórico de algunas de las viejas críticas sobre las ventajas y los inconvenientes de la escritura y del libro, para reflexionar sobre lo que ahora debiéramos preguntarnos.

Una tradición antigua: dudas sobre el beneficio de la escritura y sobre su naturaleza Es corriente suponer que la escritura comenzó siendo una función sagrada, un arma preciosa para conservar el saber inmemorial, un poco a la manera como imaginamos que fue sagrado el deber de conservación del fuego que permitió a los primeros hombres superar muchas de las dependencias e inferioridades con respecto al medio natural. El aura sacra de la escritura no resistió, sin embargo, el paso del tiempo ni su primera y relativa democratización. Muy pronto encontramos ciertas referencias reticentes sobre el papel que la escritura puede y debe desempeñar en el desarrollo de la sabiduría. Hay dos observaciones de Platón (en el Fedro) sobre la escritura que merecen atención: en primer lugar, se refiere al contraste entre el texto, que ya ha perdido su carácter sagrado y está, de algún modo, muerto, y la viveza del diálogo entre quienes saben; Platón subraya, además, que la escritura desposee de su autoridad a los ancianos y destruye la memoria, porque quienes la utilizan se hacen olvidadizos en la medida en que tienden a fiarse de un recurso exterior y eso debilita la capacidad de sus recursos interiores. Esta visión aristocratizante del saber para la que la escritura debilita el pensamiento reaparece con fuerza en el momento mismo en que la imprenta comenzó a ampliar de forma extraordinaria el número de libros existentes. A Hieronimo Squarciafico (quien de hecho promovió la impresión de los clásicos latinos), se le atribuye un dicho según el cual “la abundancia de libros hace menos estudiosos a los hombres", seguramente porque, para él, el estudio no es lo 2Por citar el último testimonio del que he tenido noticia: el superexperto en cuestiones de tecnología y asesor de

la administración americana, Vannebar Bush (Hughes, 72), decía en los años inmediatamente siguientes a la segunda guerra mundial, respecto al uso militar de la tecnología de cohetes: “I don’t understand how a serious scientist can play around with rockets” Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:170-177

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que hoy entendemos como tal (una actividad silenciosa y solitaria) sino una actividad oral, la meditatio, que tiene que ver con el repetir en voz alta textos que se van grabando en el espíritu humano con la fijeza de la verdad profunda. Así, una vieja tradición oralista se aliaba con una visión espiritualizante del saber según el cual, como se recoge en San Pablo (II Epístola a los Corintios, III, 6): “La letra mata, mas el espíritu vivifica". Esa distinción entre las formas de saber ligadas a la oralidad y el tipo de conocimiento ligado a los textos, ha sido analizada en los escritos de Walter J. Ong quien atribuye a la escritura una serie de propiedades que ahora no acertamos a ver de tan familiarizados que estamos con la tecnología que es la escritura. Para Ong, ésta establece una fuerte separación entre lógica y retórica y, de hecho, la aparición misma de la lógica está ligada, en su opinión, al tipo de alfabeto vocálico que exige la escritura. El libro ha solido presentarse, además, como un sembrador de locura, porque el lector ha de hacerlo suyo y se puede ver arrebatado por una libertad de interpretación que, aunque el texto haya tratado de evitar, es incontrolable. Son muchos, un tanto paradójicamente, los escritore s para los que la imprenta y la escritura no ha tenido buena prensa. Cervantes nos muestra a un Don Quijote enloquecido por leer libros de caballerías, y Quevedo en la parte de Los Sueños dedicada al infierno nos muestra una escena en que los libre ros son castigados por serlo: Pasé adelante por un pasadizo muy oscuro, cuando por mi nombre me llamaron. Volví a la voz los ojos, casi tan medrosa como ellos, y hablóme un hombre que por las tinieblas no pude divisar más de lo que la llama que le atormentaba me permitía. — ¿No me conoce? —me dijo—, a... —ya lo iba a decir... —y prosiguió, tras su nombre—, el librero. Pues yo soy. ¿Quién tal pensara? Y es verdad Dios que yo siempre lo sospeché, porque era su tienda el burdel de los libros, pues todos los cuerpos que tenía eran de gente de la vida, escandalosos y burlones. Un rótulo que decía “Aquí se vende tinta fina y papel batido y dorado” pudiera condenar a otro que hubiera menester más apetitos por ello. — ¿Qué quiere? —me dijo, viéndome suspenso tratar conmigo estas cosas—, pues es tanta mi desgracia que todos se condenan por las malas obras que han hecho, y yo y todos los libreros nos condenamos por las obras malas que hacen los otros, y por lo que hicimos barato de los libros en romance y traducidos de latín, sabiendo ya con ellos los tontos lo que encarecían en otros tiempos los sabios, que ya hasta el lacayo latiniza, y hallarán a Horacio en castellano en la caballeriza. Más iba a decir, sino que un demonio le comenzó de atormentar con humazos de hojas de sus libros y otro a leerle algunos dellos. Yo que vi que ya no hablaba, fuime adelante diciendo entre mí: — Si hay quien se condena por obras malas ajenas ¿qué harán los que las hicieron propias? Unamuno, por su parte, hace decir a su Quijote (Vida de don Quijote y Sancho I, XI), “Y es cierto lo que dices, Sancho: por el leer y el escribir entró la locura en el mundo” y Borges (El 174

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libro de arena, There are more things) escribió que “la imprenta... ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios”. Se trata de testimonios de una reticencia bien conocida que podrían multiplicarse sin mayor esfuerzo. En una época de cultura de masas resultan evidentes algunos de los males causados por la proliferación de textos innecesarios, mentirosos y confusos, pero siempre son mucho mayores las ventajas de la libertad. Esta clase de advertencias no debería, sin embargo, echarse en saco roto: ciertas formas de exuberancia de la información pueden ser letales. El remedio está en las instituciones, en las nuevas formas que han de adoptar las sociedades que promueven, garantizan y administran la organización del saber.

La necesidad de un nuevo modelo Puede decirse que hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX existía un modelo canónico de organización del conocimiento científico que se expresaba en muy diversas formas e instituciones (revistas de referencia, Universidades, Bibliotecas, sociedades científicas, congresos internacionales, etcétera); un modelo cuya significación general se reflejaba muy bien en un libro excepcional, la Encyclopedia Británica, una obra que, aunque continúa editándose desde 1768, ha perdido ya muy buena parte de su valor paradigmático y ha debido aliarse, para no desaparecer, con los CDs y guías de Internet suplementarias. Los miles de expertos que redactaban sus artículos son ya claramente insuficientes incluso para dar esa imagen general del conocimiento y, sobre todo, para mantener al día lo que se puede considerar la información relevante en un determinado campo. Puede decirse que no es que no alcancemos a editar esa summa del saber, sino que, muy probablemente, la idea misma de summa carece hoy de sentido. La razón principal es, desde luego, de índole cuantitativa. Ahora podríamos preguntarnos si tiene tan siquiera sentido hacer una summa del saber en áreas mucho más restringidas, como la biología molecular o ciertos sectores de la investigación física o matemática, por ejemplo. La información disponible sobre cualquier asunto crece sin parar. En el mundo se publican, aproximadamente, dos libros por minuto, a lo que habría que añadir decenas de miles de revistas de carácter académico. Un lector que quisiese leer los libros que se publican en un solo año en España necesitaría ciento cincuenta años para lograrlo. Hace unas décadas Stanislaw M. Ulam (2002, 273) realizó un cálculo aproximado sobre la cantidad anual de teoremas matemáticos que se publicaban entonces: más de 200.000. Ulam escribe: “Un número tan enorme, ciertamente debería ser motivo de reflexión”. No solo hay sobreabundancia, hay una enorme escasez de talento sintético porque la abundancia ha roto casi todos los modelos previos. La paradoja es que deberemos afrontar tareas de contención al tiempo que hemos liberado cada vez más energía intelectual para producir novedades y que la misma sensación de agobio debida a la abundancia excita la productiviArs Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:170-177

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dad y la búsqueda de formas originales. Estamos realmente muy lejos del sensato modelo que sugería nuestro Luis Vives: “Quien escriba tiene antes que leer mucho, meditar, ensayar y corregir, pero publicar muy poco; la proporción entre estos actos debe ser, a nuestro juicio, la siguiente: la lectura, como cinco; la reflexión, como cuatro; el escribir, como tres; las enmiendas reducirán lo anterior a dos partes, y de éstas, una es la que debe publicarse”. La tecnología digital puede ser un alivio, y lo ha sido en más de un aspecto, frente a la amenaza de las magnitudes incontrolables, permitiendo, al menos, un almacenamiento y un acceso más fácil y económico, pero debería de servirnos para algo más. Internet debiera convertirse en la biblioteca de las bibliotecas una vez que los problemas de acceso y las cuestiones de autoría y derechos vuelvan a plantearse de una manera sensata y no como un negocio basado en la prohibición y en la privatización de bienes que tendrían que mantener naturaleza pública como es, sin duda, el deseo universal de quienes los han creado. Cómo pueda todo eso compatibilizarse con un marco viable desde el punto de vista mercantil es una cuestión enteramente abierta, pero debiera quedar clara una jerarquía de valores en la que la accesibilidad está, sin duda alguna, en la cúspide. Pero esa biblioteca tendría que estar dotada de un modelo racional que permitiera orientarse en ella; sin embargo, la realidad que debería organizar el modelo es cada vez más espesa e inextricable como consecuencia de la multidisciplinariedad, de la abundancia de toda clase de discursos y de la convergencia de saberes hacia núcleos problemáticos especialmente resistentes al asalto de los investigadores. Un modelo bastante razonable y abierto podría basarse en la teoría popperiana sobre el Mundo III, un mundo de proposiciones objetivas que se organiza en torno a conjetura s, disputas y argumentaciones. Ahora bien, ese mundo ya no se deja describir mediante un árbol lógico relativamente simple y claro como el que ha presidido el desarrollo de las ciencias hasta hace bien poco. En este punto las ventajas del acceso digital pueden hacerse especialmente evidentes, porque su penetración en el universo de documentos permite pro p o rcionar un sinfín de respuestas a cualquier procedimiento de búsqueda. El acceso digital no impone un proceso mediante descriptores rígidos y sistemáticos, sino que deja a la libertad y la astucia del usuario (y a su conocimiento del campo en que puede moverse) la elección de la e s t rategia de búsqueda más adecuada. La experiencia de manejo de un buscador es bien ilust rativa al respecto. Ahora bien: ¿qué ocurre luego? En primer lugar que, aunque la búsqueda esté bien orientada, se suelen encontrar decenas de miles de respuestas posibles. Aquí experimentamos realmente una carencia, a saber, que la mayoría de documentos a disposición del buscador no están evaluados. Una primera solución a este problema la proporcionan sistemas de búsqueda de diseño especializado (Google Scholar es un excelente ejemplo), pero la verdadera ventaja del sistema digital está por llegar porque se trata de implantar sistemas de evaluación, catalogación y descripción que estén a la altura de sus posibilidades (que son infinitamente mayores que las de cualquier procedimiento predigital). 176

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Organizar el universo de documentos disponibles de acuerdo con un plan de catalogación que refleje a la vez el dinamismo de cada forma de saber, su riqueza y su diversidad (y por qué no decirlo, sus repeticiones y sus pasos en falso) y que aproveche las facilidades de búsqueda que proporciona el mundo digital es una enorme tarea que apenas ha comenzado. No sabemos cómo se hará, pero sí que se necesita un nuevo orden capaz de potenciar los esfuerzos de todos los estudiosos y capaz de dar trabajo a legiones de nuevos bibliotecarios y gestores del saber. De que se acierte a hacer algo como eso dependerá, en buena medida, que abunden los productos realmente originales, que se desechen (o se coloquen en el lugar adecuado) las aportaciones de lo que podríamos llamar ciencia rutinaria, meras recombinaciones de lo que ya se sabe o cosas aún peores. En cualquier caso, lo que sucede es que disponemos de una nueva tecnología muy poderosa y tenemos, a la vez, un problema abrumador. Podemos buscar casi cualquier cosa y disponemos de infinitos (poco menos) documentos que pretenden relevancia. Si acertamos a conseguir que ambas realidades se potencien es posible que lleguemos a dar un paso de gigante, porque nos permitiría aprovechar íntegramente las posibilidades que ya tenemos para distinguir muy bien lo que ya sabemos de lo que deberíamos preguntarnos y dedicar nuestros recursos intelectuales a aquellos campos en los que el saber necesita de una verdadera renovación. Es de esperar que así sea porque, aunque la historia nunca se detiene y hay verdades que se quedan viejas, sería una ventaja indudable poseer instrumentos que nos ayudasen a pensar, organizando muy bien el océano de afirmaciones y suposiciones en el que nos apoyamos.

Bibliografía • Guedon, Jean Claude (2001): In Oldenburg’s Long Shadow: Librarians, Research Scientists, Publishers, and the Control of Scientific Publishing, accesible en http://www.arl.org/arl/proceedings/138/guedon.html. • Ong, Walter J. Orality and Literacy. The Technologizing of the Word. New York: Routledge, 2002 • Hughes, Thomas P. Rescuing Prometheus. New York: Vintage, 2000 • Ulam, Stanislaw. Aventuras de un matemático. Tres Cantos, Madrid: Nívola, 2002.

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Ernst Mayr n Juan Luis Arsuaga En los años del cambio del siglo XIX al XX, Charles Darwin era considerado una figura señera de la ciencia, si no la que más. Asimismo, había sido reconocido como una de las cimas descollantes del pensamiento humano en general y yacía desde 1882 junto a Newton en la abadía de Westminster. La teoría de la evolución era aceptada universalmente en el seno de la comunidad científica sin excepciones, y se explicaba en todas las universidades. Sin ir más lejos, en España el evolucionismo era la doctrina que se exponía en las aulas universitarias durante la primera república y nuestro embajador había asistido al sepelio de Darwin. Sin embargo, lo que constituía la esencia del pensamiento darwinista, su gran descubrimiento, no era la evolución, sino su causa, que para Darwin (y para Alfred Russell Wallace) era la selección natural. Y de la selección natural casi no hablaba nadie a los pocos años de la muerte de Darwin. Frente al seleccionismo se habían erigido varias alternativas, otros mecanismos evolutivos; algunos, como el lamarckismo, incluso anteriores al propio Darwin. El redescubrimiento de las leyes de Mendel y el de la mutación no parecían buenas noticias para el motor de la evolución que proponía Darwin en 1859: la selección natural. La teoría de la herencia que manejaba Darwin, llamada “pangénesis”, era equivocada y, por el contrario, las ideas de Mendel eran correctas. La aparición de la mutación también aparentaba ser un rudo golpe a Darwin porque disputaba a la selección natural el protagonismo de la evolución. La selección natural era un proceso lento, muy lento, que operaba sobre las pequeñas variaciones que se observaban en las poblaciones. ¿No podría, sin embargo, una mutación producir en una sola generación un nuevo tipo de organismo, una nueva especie? En el lado del darwinismo, en el sentido estricto del seleccionismo, sólo se alineaban los biométricos, los biólogos que estudiaban y medían las variaciones en las poblaciones biológicas y encontraban que eran continuas y permitían enlazar unos individuos con otros. Sobre esa variación podría obrar, al modo que proponía Darwin, la selección natural, modificando poco a poco las poblaciones en una dirección determinada. Para eso hacía falta que el ambiente, que es quien selecciona, actuase favoreciendo siempre a los mismos y a lo largo de mucho tiempo. El autor es Director del Centro de Evolución y Comportamiento Humanos (UCM-ISCIII). Catedrático de Paleontología de la Universidad Complutense de Madrid. Codirector del Proyecto Atapuerca. Su último libro es: El mundo de Atapuerca (Plaza & Janes Editores, S.A., 2004). 178

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Después de Mendel, la otra gran figura de la Genética fue el norteamericano Thomas Hunt Morgan (Premio Nobel en 1933), con el que las cosas empezaron a cambiar. Los nuevos conceptos de la genética parecían ahora compatibles con las ideas de Darwin, en el sentido de que la mayor parte de la variación genética resultaba ser continua. Si los efectos de las mutaciones eran pequeños, pero no tanto como para que no confiriesen ventajas y desventajas a los individuos en la dura competencia de la vida, entonces la selección natural podría actuar eficazmente. Los favorecidos transmitirían sus genes y de los perdedores no quedaría nada a largo plazo. Simplemente, las grandes mutaciones no producirían individuos viables y, por lo tanto, no contarían para la evolución. Otros campos de la Biología, incluyendo a la Paleontología, se fueron sumando al nuevo darwinismo de los genéticos de poblaciones, creadores de una nueva síntesis evolucionista, que es la que prevalece hoy. El biólogo alemán Mayr fue uno de ellos, contribuyendo a esa síntesis con su obra Systematics and the Origin of Species (1942). Aunque El Origen de las Especies es el título de la obra fundamental de Darwin, en realidad está dedicada más bien a la evolución y la adaptación. Los neodarwinistas piensan que la aparición de nuevas especies es simplemente la consecuencia a largo plazo de la selección natural, que sería la protagonista absoluta de todo el proceso. A la pregunta de ¿por qué nosotros y las demás especies estamos aquí?, bastaría con contestar: por la selección natural. Pero, otros factores podrían haber tenido un papel importante, y precisamente Mayr prestó a partir de 1954 mucha atención a uno de ellos: la geografía. Así, apuntó que muchas especies podrían surgir a partir de una población periférica más o menos aislada, sin que el grueso de la especie participara en el proceso, ya que no experimentaría apenas modificaciones. Las poblaciones grandes, las centrales, cambian más lentamente que las pequeñas y aisladas que, además, están sometidas a presiones de selección distintas. Según este modelo, las nuevas especies surgen en la frontera a partir de unos pocos individuos que fundan las poblaciones geográficamente marginales. Es lo que se conoce como “especiación alopátrica” (Darwin estaba más bien a favor de la especiación “simpátrica”, es decir, lo contrario de la alopátrica). Si los paleontólogos comprobasen que ese modelo evolutivo ha sido preponderante en la historia de la vida, entonces la selección natural no habría sido la única protagonista de la evolución, porque su actuación a lo largo del tiempo sobre las poblaciones grandes no habría dado lugar a nuevas especies. La selección natural sería necesaria, pero, sin el aislamiento geográfico, no suficiente. Posteriormente (1972), dos paleontólogos, el famoso Stephen J. Gould y Niles Eldredge, partieron de la especiación alopátrica de Mayr para desarrollar su modelo evolutivo del equilibrio puntuado. Entre otras cosas, el modelo de Gould y Eldredge predice una geometría muy ramificada de la evolución, mientras que los neodarwinistas prefieren una más lineal. Es curioso que Mayr, cuyas ideas biogeográficas dieron origen a la heterodoxia (o incluso “herejía”) del equilibrio puntuado, hubiese adoptado unos años antes una postura tan neodarwinista en el caso de la evolución humana, para la que propuso en 1950 un patrón evolutivo lineal con tan Ars Medica. Revista de Humanidades 2005; 4:178-180

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solo tres especies que se siguen unas a otras, todas dentro del género Homo (Homo transvaalensis, los australopitecos, Homo erectus y Homo sapiens). Mayr quería combatir el exceso de nombres científicos de especies de homínidos que existían en su época, casi uno por fósil. Además, argumentaba que, gracias a la cultura, los humanos fueron (y son) capaces de ocupar una gran variedad de nichos ecológicos sin especializarse (biológicamente) en ninguno de ellos, por lo que no se habrían diversificado en especies diferentes. En los últimos años la mayor parte de los paleoantropólogos hemos tendido a dibujar unas filogenias muy ramificadas, casi arbustivas, para la evolución humana, y Mayr cada vez fue estando más de acuerdo con este patrón. Ernst Mayr vivió un siglo (1904-2005) y su producción de artículos y libros es ingente. A una edad avanzadísima (en 1998) escribió Así es la biología (Ed. Debate, 2005), un libro maravilloso, como la propia ciencia que él tanto amó, en el que se repasa la historia de la biología, siempre marcada por la disputa entre el reduccionismo y el vitalismo; un dualismo que, según Mayr, ha superado el moderno emergentismo. Nació Ernst Mayr en Kempten (Alemania); estudió Medicina y Zoología y se doctoró en Berlín en 1926 con una tesis de Ornitología. Participó entonces en varias expediciones a Nueva Guinea y las islas Salomón. En 1932 se incorporó al Museo de Historia Natural de Nueva York, y en 1953 pasó a la Universidad de Harvard, donde fue catedrático de Zoología y director del Museo de Zoología Comparada. Fue también miembro de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos desde 1954. Y, sobre todo, fue un gran naturalista, un biólogo curioso y amante del campo y de las especies. Como el propio Darwin.

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Normas de publicación Remisión de manuscritos Los manuscritos se remitirán al Dr. José Luis Puerta, director de Ars Medica. Revista de Humanidades, Grupo Ars XXI de Comunicación, S.L., Apolonio Morales 13, local F, 28036 Madrid (España). Teléfono (34) 91 5611438, fax (34) 91 4113966. Todos los trabajos podrán ser remitidos por correo electrónico al director a la siguiente dirección: rhum@ArsXXI.com

Presentación de los manuscritos 1. Los trabajos deberán ser inéditos, no haber sido enviados simultáneamente a otras revistas ni estar aceptados para su publicación. En el caso de que se hayan publicado de forma parcial deberá hacerse constar en el manuscrito. 2. Los manuscritos se presentarán a doble espacio, acompañados de su correspondiente disquete e indicando el tratamiento de textos utilizado. 3. Los trabajos se podrán remitir en español o en inglés para su publicación; en este último caso serán traducidos al español. 4. Los trabajos se acompañarán de una hoja de presentación dirigida al director, donde se hará constar la conformidad de todos los autores con los contenidos de los mismos. 5. Todas las páginas llevarán una numeración correlativa, comenzando por la página del título e incluyendo tablas y figuras. 6. El manuscrito incluirá el título del trabajo, un resumen que será breve, pero informativo y palabras clave; además se reseñará: nombre, apellidos, señas, título, nombre del departamento e institución donde trabaja el autor. 7. Se recomienda introducir apartados para los manuscritos de formato largo. 8. El autor podrá incluir figuras y tablas, que deben ir acompañadas de los pies correspondientes.

Organización del texto 1. Resumen. Debe tener una extensión que ronde las 100 palabras. 2. Palabras clave. Se incluirán por lo menos 3 palabras clave, ordenadas por orden alfabético, que deben permitir clasificar e identificar los contenidos del manuscrito. Se usarán preferentemente los términos incluidos en la lista del Medical Subject Headline de Index Medicus. 3. Abreviaturas. No deben usarse abreviaturas en el título del trabajo. Puede utilizarse sin definición previa la lista de abreviaturas que aparece en los Uniform Requirements for Manuscripts Submitted to Biomedical Journals (http://www.icmje.org o International Committee of Medical Journal Editors. Uniform Requirements for Manuscripts Submitted to Biomedical Journals. Ann Intern Med 1997; 126:36-47). El resto de abreviaturas usadas por el autor deben ser definidas y descritas en el texto en la primera mención que se haga de las mismas.


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Normas de publicación

4. Referencias. Se identificarán en el texto mediante números arábigos. Se enumerarán correlativamente por orden de aparición en el texto y serán descritas conforme señalan los Uniform Requirements for Manuscripts Submitted to Biomedical Journals. Los títulos de las revistas se abreviarán según las recomendaciones de la List of Journals Indexed in Index Medicus (http://www.nlm.nih.gov/tsd/serials/lji.html). 5. Tablas. Cada tabla se presentará en una hoja independiente indicando claramente su numeración, correlativa según la aparición en el texto, y el pie. Si el autor propone una tabla obtenida de otra publicación debe tener el correspondiente permiso y acompañarlo. 6. Figuras. Todas las fotografías se publican en blanco y negro. No debe escribirse en la parte posterior de las fotografías, ni doblarlas ni rayarlas usando clips. Las figuras se enumerarán correlativamente según la aparición en el texto. Si el autor envía una figura obtenida de otra publicación debe tener el correspondiente permiso y acompañarlo. 7. Artículos. Este apartado recoge manuscritos que no superen los 15 folios a doble espacio, pudiendo incluirse figuras, tablas y referencias bibliográficas, si el autor lo estima oportuno. 8. Artículos breves. En este apartado se publican manuscritos de formato corto, hasta un máximo de tres folios a doble espacio, pudiendo incluirse figuras, tablas y referencias bibliográficas, si el autor lo estima conveniente. Deben acompañarse de un resumen que no supere las 60 palabras. 9. Relato corto. Esta sección está abierta a la publicación de colaboraciones literarias, cuya extensión no supere ocho folios a doble espacio. 10. Crítica. Esta sección está dedicada al comentario de obras dignas de mención por diversos aspectos relacionados, preferiblemente, con las humanidades médicas. 11. Miscelánea. En este apartado se recogen notas, comentarios o reflexiones sobre cualquier tema relacionado con las humanidades médicas. La extensión del manuscrito no debe superar los dos folios a doble espacio. No se contempla la inclusión de figuras, tablas o referencias bibliográficas.

Proceso editorial Los manuscritos son presentados por el Director a la Redacción. En la redacción se inicia el proceso de revisión. 1. Revisión editorial. En la redacción se revisan todos los trabajos y se decide si se remiten a revisores externos. Un trabajo puede ser rechazado simplemente porque no se ajusta al ámbito de la publicación. 2. Revisión externa (“peer review”). Se remitirán para su revisión externa los manuscritos que la redacción juzgue oportuno. 3. Aceptación o rechazo del manuscrito. La redacción establece la decisión de publicar o no el trabajo, pudiendo solicitar a los autores la aclaración de algunos puntos o la modificación de diferentes aspectos del manuscrito. Asimismo, la redacción puede proponer la aceptación del trabajo en un formato distinto al propuesto por los autores. Una vez aceptado el manuscrito, y salvo mejor criterio de la redacción, éste pasa a su revisión de estilo, que los autores comprobarán en la corrección de compaginadas.


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4. Compaginadas. La editorial remitirá al autor las pruebas compaginadas del trabajo para su revisión previamente a su publicación. Dicha revisión de errores de imprenta debe realizarse en cinco días como máximo. No son admisibles cambios en la estructura de los trabajos. 5. Separatas. Una vez publicado el trabajo, la Editorial remitirá al autor, por correo electrónico, un archivo en formato pdf con la versión final del artículo, en concepto de separata.

Cesión de derechos 1. Todos los artículos aceptados quedan como propiedad permanente de Ars Medica. Revista de Humanidades y no podrán ser reproducidos total o parcialmente sin permiso de Grupo Ars XXI de Comunicación, S.L. 2. El autor cede, una vez aceptado su trabajo, de forma exclusiva a Grupo Ars XXI de Comunicación, S.L. los derechos de reproducción, distribución, traducción y comunicación pública de su trabajo en todas aquellas modalidades audiovisuales e informáticas, cualquiera que sea su soporte, hoy existentes y que puedan crearse en el futuro.

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