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SIEMPRE HAY UNA HISTORIA Rodando por Marruecos

Ildefonso DĂ­az

http://blogs.diariosur.es/bienvenidosalajungla

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A Angela, mi mujer hecha de algod贸n, mi compa帽era

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INDICE Mapa de Marruecos……………………….…….10

Cara B

Pista 1. Algeciras……………………...…………13

Pista 2. Preludio…………………………………21

Cara A

Pista 1. Málaga-Tetuán……………………….….29 Pista 2. Tetuán-Chefchauen-Fez…………….…..51 Pista 3. Fez…………………………………..…..73 Pista 4. Fez-Algún lugar antes de Midelt….…….95 Pista 5. Algún lugar antes de Midelt-Tinejdad...111 Pista 6. Tinejdad-Marrakech………………...…125 Pista 7. Marrakech-Casablanca………………...143 Pista 8. Casablanca-Tánger…………………….155 Pista 9. Tánger-Málaga………………………...167 Bonus track. Epílogo…………………...………175 Agradecimientos.…………………………...….177 Banda sonora.……………………………..……179

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“…imágenes del propio viaje que, como siempre, suele ser más interesante que el destino que perseguimos” (De un texto de Quique González de su disco “Avería y redención 7”)

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Cara B

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Pista 1 “Puede que todo siga igual, también puede que no sea así (…) y este sea un buen principio, principio de incertidumbre” (Principio de incertidumbre – Ismael Serrano)

Algeciras. 2 de octubre de 2.007

E

l primer trayecto lo efectuó en coche. Aún quedaban once días para emprender la marcha de un viaje gestado durante meses, pero para realizarlo tal y como estaba planeado, primero debía hacer una visita al consulado de Marruecos en Algeciras. Aunque hubiera preferido realizar motorizado ese desplazamiento previo, a modo de vuelta de calentamiento, hubo de hacerlo sobre cuatro ruedas ya que todavía no disponía del vehículo en cuestión.


Algeciras ofrece a su visitante un cierto aroma marroquí. Bastantes musulmanes por la calle, unido a la no demasiada limpieza general y a lo nublado del día, ayudaban bastante a que se fuera dando cuenta, con unos días de antelación, de donde estaba a punto de enrolarse. Tras unas cuantas vueltas por las inmediaciones del puerto, localizó el consulado en cuestión en una estrecha calle que desembocaba casi en el propio amarradero —imaginó que como casi todas en esa ciudad— en un edificio de mejor no pensar los años que llevaba a sus espaldas. Y no por la posibilidad de que fuera antiguo, sino por todo lo contrario, por lo nuevo, temporalmente hablando, que podría ser y lo mal conservado que estaba. A diferencia de cualquier otra oficina oficial de un país extranjero que, normalmente, se encuentran ubicadas en edificios distinguidos, con solera, en centros históricos y demás parafernalia, este se encontraba en una vivienda de una primera y oscura planta. En ese nivel pudo comprobar que sólo había dos puertas, a saber: una de ellas, la primera para más señas y para que se fuera quedando con la copla, custodiada por un señor apoyado en el quicio de la puerta cual abuelo Víctor en cuyo interior se podían divisar un par de máquinas de fotocopiar y poco más. El individuo, árabe

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para más señas, saludaba amablemente al pasar por su lado. La otra es la que daba acceso directo al mundo de las mil y una noches. Oscuras, viejas, pobres y sucias, pero noches a fin de cuentas. Una vez allí dentro se sintió descolocado. Se ve que el concepto de “ventanilla única” impuesto hace poco en los organismos oficiales de Andalucía había traspasado nuestras fronteras, lo habían captado rápidamente y lo llevaban a la práctica hasta sus últimas consecuencias. No existía ninguna ventanilla de información, ni mucho menos una pantallita con números rojos que indicara “su turno”, tan solo una enorme ventana para un funcionario y medio —el medio es porque el segundo se encontraba más tiempo fuera de su puesto que ante el público—. Completaban la estampa unos trasteados bancos de madera donde mucho moruno esperaba no sé el qué y numerosos carteles empapelando todas las paredes, entre los cuales uno fue el que más le llamó la atención: “La fotocopiadora de la puerta de al lado no tiene ninguna vinculación con este consulado”. Eso en otro país se asume sin darle más vueltas. En Marruecos no se debe, y si no al tiempo. Esta visita al apasionante mundo del funcionariado marroquí no se produjo por sus

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ansias de conocer el mayor número de aspectos de la cultura del país vecino. No, fue por algo más mundano y sencillo. La moto que conduciría durante sus días de viaje no era de su propiedad. Puesto que no disponía — aún— de una propia, tuvo que pedirla prestada y, como a nuestro protagonista no le servía cualquier cosa, solicitó una cesión temporal a uno de sus jefes, el cual aceptó encantado a las primeras de cambio. Al menos eso quiso ver él en su resignada expresión. Por esta razón tenía que disponer de una autorización firmada ante notario para conducir el vehículo, según instrucciones telefónicas del consulado en el cual se había presentado esa mañana. Eso fue porque era un tipo demasiado previsor, porque otro compañero de viaje, Germán, iba a viajar en sus mismas condiciones con una moto propiedad de Dani y a ellos les bastó con un simple papel firmado —eso sí, con un sello de cualquier banco o algo parecido, que eso da mucho caché— cosa que a la postre sería más de lo que finalmente necesitó él al pasar la frontera. Sobre el papel todo es muy bonito, serio y parece muy organizado, incluso ellos mismos se lo creen, pero la realidad es otra bien distinta. Un trámite tan sencillo como era el comprobar en una lista si el notario con el cual había firmado mi escritura de autorización

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estaba registrado por ese consulado como válido, se convirtió en un “vuelva en media hora o así”. Así pues aprovechó para buscar, y encontrar para desayunar, un bar típico de pueblo fronterizo España-Marruecos, o lo que es lo mismo, sucio y mal atendido. Al volver al recinto oficial y después de esperar un ratito más, al fin le hicieron pasar al otro lado del mostrador para estampar su firma junto a la de alguna otra persona, algún sello y la fecha del día. Tras todo este ajetreo llegó un momento que él esperaba, aunque en ningún momento nadie le avisó de ello: —Son diez con sesenta— le soltó el pollo del mostrador con su especial acento marroquí. El tío se quedó tan campante, olvidándose instantáneamente de que había alguien a quien estaba atendiendo y siguió con la tarea que le ocupaba en ese momento, que no era otra que alucinar con los ojos como brillantes con algo que estaba viendo en su pantalla de ordenador. Él, armado de paciencia y con la sabia frase de Dani siempre presente en su cabeza —“hay que cambiar el chip”— pagó cristianamente diez euros con sus sesenta céntimos por algo que no costaba más de ocho a tenor del timbre de cien dirhams que habían colocado en el extremo

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de la última hoja. La primera “mordida” del viaje y se la dieron en Algeciras. Vivir para ver. Seguidamente, y aquí es donde entra en escena el otro personaje del día, el tipo del mostrador le comentó que finalmente tan solo le faltaba por tener una fotocopia de la última hoja. A lo que él le contestó que le parecía perfecto al tiempo que pensaba que qué bien, que así se hacen las cosas y que vaya país más organizado se estaba echando a la cara. Ante la desorientada mirada del funcionario y al percibir que esperaba una actuación de nuestro protagonista, se vio obligado a preguntarle si es que era él mismo el que tenía que hacerle una fotocopia a un simple folio en algún otro lugar estando, como estaban, en las oficinas de todo un consulado de un Estado. ¿Es que no disponían de ninguna máquina en todo el piso? Pues no. Mira tú por donde la copiadora estaba averiada —vaya faena—, pero no había problema porque casualmente, y sin que eso supusiera un proceder rutinario, en la puerta de al lado había un sitio donde se la podrían hacer. Previo pago, claro. Con esto quedaba demostrada la “no vinculación” del consulado con el antro de las fotocopiadoras. Y ahí estaba él, frente al “abuelo Víctor” que, dejando temporalmente su puesto natural en el quicio de la puerta, se prestó raudo y amablemente a desempañar su pesado

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trabajo, el cual nada tenía que ver con el consulado marroquí de la puerta de al lado tal y como avisaba el cartel que había leído anteriormente. Nada, vamos, pero nada de nada. Al entregarle la fotocopia ya hecha, le hizo un comentario que desde su punto de vista fue con toda la intención de agradar a un, a fin de cuentas, turista, pero que él aún no deja de encontrarle un lado bastante irónico: —No le han tardado a usted mucho, ¿eh?

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Pista 2 “… que yo nací para estar en un conjunto, para tocar mi canción por todo el mundo, descuidando novias, clases y curros, planeando el asalto al mundo.” (Yo nací para estar en un conjunto – Rubén Pereza)

Preludio

C

orría el mes de mayo del año 2007 cuando surgió la idea de materializar un viaje a Marruecos después del verano de ese mismo año. Un periplo que hacía años que rondaba por sus mentes. Esa noche se habían juntado unos cuantos amigos con la excusa de una típica fiesta de cruz de Mayo en una urbanización de Torremolinos. Con una cerveza en la mano, como no podía ser de otra manera, Ilde estuvo comentando con uno de ellos la andanza pendiente que, él personalmente, tenía con otro. Se trataba de uno de esos proyectos que


se tira uno la vida entera posponiéndolos por una u otra razón, y que de repente un día vas y te das cuenta de que ya se te ha pasado el arroz. Hace ya unos años —la primera vez que acompañó a Curro a visitar Tánger aprovechando la estancia laboral de Dani en dicha ciudad— estuvieron los tres, entre grandes vasos de té y pequeñas botellas de “Flag” —una muy popular cerveza marroquí, aunque paradójicamente el Corán prohíbe beber alcohol a sus fieles— comentando la posibilidad de organizar y realizar una ruta sobre dos ruedas por el país. Dichas conversaciones podrían haber quedado, como en la mayoría de los casos, en simples discusiones alrededor de una mesa repleta de botellines y habérselas llevado el viento del Estrecho. Podrían haber quedado ahí o podrían haber permanecido grabadas en sus memorias como una espina clavada. Como de hecho sucedió. Por alguna extraña razón, ese viaje en moto siempre le sobrevoló la cabeza en los años venideros y, aunque intuía que Curro no le creía demasiado cuando de vez en cuando le recordaba que tenían algo pendiente por hacer, en el fondo estaba convencido de que antes o después lo llevarían a cabo.

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Currito también andaba por allí, ocupado en que a ninguno de ellos le faltara una lasquita de jamón o un trozo de queso en la mano, pero fue con Rubén con el que comenzó a hablar de la posibilidad de realizar el viaje ese mismo año. Rubén, que cualquier cosa que huela a gasolina sobre dos ruedas siempre le parece de entrada un fantástico plan, la consideró una idea estupenda y rápidamente se la quisieron trasladar al tercer piloto: — Curro, ¿te acuerdas del viaje que tenemos por ahí pendiente? Pues nos vamos en septiembre. Esa noche de mayo se engendró el viaje en el que se formaría un conjunto que recorrería sobre dos ruedas parte del extenso territorio marroquí. Desde ese momento y hasta el día de la partida hubo cambios de itinerarios, de planes, de fechas, de compañeros, incluso por alguna razón peligró la participación de alguno de los promotores. Tuvieron un aplazamiento del viaje a causa de la celebración del mes del Ramadam. Asistieron a varias reuniones, alrededor de unas cervezas y unos camperos, donde se conocieron los desconocidos y se ilusionaron los compañeros. De los tres moteros precursores —Curro, Rubén e Ilde—, pasaron a cuatro, luego a cinco, más tarde a siete, a

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ocho, a nueve, hasta volver finalmente a un grupo de siete definitivo. Siete pilotos para una caravana bastante dispar de seis motos: Curro e Ilde, cada uno con una Yamaha XMax 250; Rubén y Jaime, los dos en una Yamaha YBR 125; Javi con su pepino Suzuki GS600; Dani y su reliquia Kawasaki Z900 y Germán con otra antigüedad del compañero, una Honda Bol D’or 900. Al principio contaban los meses, más tarde las semanas, hasta que la unidad de medida llegó a ser de tan solo de días y horas. Ya estaban listos para emprender la marcha.

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El grupo

Algunas motos

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CARA A

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Pista 1 “Estoy cansado de buscar, algún lugar encontraré, estoy malherido, estuve sin saber que hacer, en algún lugar te espero” (Te espero – Andrés Calamaro)

Málaga - Tetuán. 13 de octubre de 2.007

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ada rincón de este mundo tiene sus propias costumbres. Cada comunidad de habitantes del planeta disfruta — y sufre— sus propias leyes, a veces dentro de unas reglas universales de convivencia y a veces fuera, asumen sus propias creencias religiosas, tienen sus propios horarios. Puedes viajar a lo largo y ancho de la Tierra y siempre encontrarás algo, por muy pequeño que sea, que distinga a un pueblo de otro. Normas de educación, historia, gastronomía, acentos, color de piel y casi cualquier cosa que se te ocurra. Normalmente estas diferencias se acentúan

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a medida que los territorios están más separados físicamente entre sí. Por esa razón, una de las cosas que más me llama la atención es cuando esas distinciones de las que hablamos son bastante grandes y se producen entre países vecinos. Eso precisamente ocurre entre Marruecos y España. Los escasos quince kilómetros que separan la península y el continente africano son al mismo tiempo un abismo entre dos culturas contrapuestas. Si ya de por sí Marruecos es un país de infinitos contrastes internos, mayor es aún el cambio que el visitante experimenta en apenas una hora de travesía por el estrecho. Desde las playas de Tánger pueden imaginar —no sin un cierto grado de equivocación conceptual— lo bien que se debe vivir en las tierras que divisan a lo lejos, y desde Tarifa te preguntas insistentemente cómo tan pequeño espacio puede albergar una diferencia tan grande entre dos pueblos. Las abominables diferencias norte-sur de este planeta las tenemos justo delante de nuestras narices. Debemos de considerarnos afortunados no solo por vivir en el norte, sino por tener tan cerca el sur. Fue un sábado el día elegido para partir hacia tierras más australes. Después de posponer un mes la excursión a la espera de que finalizara la fiesta del Ramadán, por fin se vieron con todo a cuestas en las motos en

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casa de Curro. De momento eran un grupo de cinco que se aumentaría el lunes cuando Rubén y Jaime se unieran en algún lugar del camino. Esta era la primera vez que se reunían todos con cada una de las respectivas motos y las diferencias, principalmente en dos aspectos, no tardaron en apreciarse. La heterogeneidad en cuanto a cilindrada y antigüedad de las motocicletas era patente, pero ese detalle, lejos de ser un obstáculo, le confirió al conjunto un aspecto canalla bastante atractivo. No eran los típicos moteros a la última moda en motos y vestimenta casi de uniforme, sino que parecía que cada uno había cogido lo primero que tenía a mano y carretera y “top manta” como hubiera dicho Sabina. La otra diferencia se hallaba en el equipaje. Según la, por todos conocida, clasificación universal “barrio sésamo”, los equipajes se dividen en tres categorías a saber: los pequeños, los más grandes y los mayores. Germán y Dani apostaron por el primer tipo, una mochilita de colegio que a más de un compañero trajo de cabeza durante todo el tiempo intentando comprender como podían haber reducido su equipaje hasta ese extremo tan mínimo. A Curro y a Ilde se los podría englobar en el segundo grupo, algo más acorde con las dimensiones del viaje aunque, a toro pasado, el del santo lotero pensaría que incluso podría haber prescindido de unas cuantas miles de cosas. Y por fin, en

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el primer puesto del ranking de equipajes XXL, Javi, sin apenas un milímetro cuadrado de su moto libre de bultos. La frase de Dani nada más verlo llegar ilustra bastante bien el momento: — ¡Mira! Uno que va para quedarse. Tras unos pequeños ajustes en los fardos, especialmente en los de Curro, emprendieron la marcha aproximadamente a la una de la tarde. En esos instantes el destino para pasar esa primera noche aún se hallaba en Chefchauen. Ya rodando en la carretera hacia Algeciras, Ilde se sorprendió al verse en cabeza del grupo, situación en la que no iba demasiado cómodo principalmente por la todavía pequeña inseguridad que mostraba ante algún tipo de curvas. Dicha indecisión era debida al poco tiempo que llevaba conduciendo esa moto —o cualquier otra—. De hecho, ese día, y también a lo largo del viaje, fueron unos cuantos giros los que se “comió”, aunque gracias a su natural e innata destreza sobre las dos ruedas logró salir airoso de todos esos aprietos. Ildefonso también responde por caniho —mote muy común en Málaga— y el chonin. El origen de este último apodo lo encontramos en sus años de facultad cuando comenzó a salir con su actual compañera y a esta la

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llamaban la chanin al compartir nombre de pila con el famoso personaje televisivo Angela Chaning. En su adolescencia comenzó a conducir su pequeño ciclomotor heredado de su hermano. A partir de entonces siempre ha gustado de disfrutar sobre las dos ruedas pero sin extremismos, que tampoco hay que tomarse todo a la tremenda. De hecho estuvo muchos años sin ese tipo de vehículo hasta que este viaje le brindó la oportunidad de reencontrarse con la moto, aunque esta fuera prestada. En cualquier caso, pasados unos meses desde el término de esta excursión, por fin adquirió una propia con la cual ha resuelto ya alguna que otra escapada. Llegaron a Algeciras justo a tiempo para no perder ni un instante en esperas absurdas, cuando su nuestro destino real era otro, y tomar el barco hacia Ceuta sin demora alguna. Aunque a más de uno no les hubiera importado nada esperar absurdamente un poco, con un absurdo bocadillo en una mano y una absurda coca-cola en la otra. Durante la pequeña travesía que separa la península de la ciudad autónoma de Ceuta, por primera vez se sentaron a charlar tranquilamente de distintos asuntos, unos referentes al periplo que les esperaba y otros no tanto. El chonin, más tarde, en la distancia, supo que el viaje, como tal, en su más amplio sentido, comenzó justo en ese momento.

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Javi, Curro e Ilde decidieron no tomar nada a bordo y esperar a llegar a Sebta para echarse algo al gaznate. No fuera a ser que debido al fenómeno de las mareas, corrientes marinas, vientos de diversos componentes y demás historias marítimas fueran a devolver a su lugar de origen, o sea, fuera de sus cuerpos serranos, el primer bocado del bocata antes de comerse el último. Una vez en Ceuta, y como mandan los cánones, llenaron las motos de “cardo” —que así es como se le conoce a la gasolina entre los moteros— por primera vez. Realmente allí el carburante está más barato y, aunque por echar una vez no iban a salir de pobres, les gustaba saber que estaban pagando menos por la misma cosa por el simple hecho de estar en otro sitio del mundo. Tras tomar una tapillas un poco a deshora, por fin llegaron a la frontera. El país por el cual iban a discurrir sus vidas y sus ruedas en los próximos días se encontraba a un tiro de piedra según el sistema métrico marroquí. Pero pobre de aquel que pensara que eso de cruzar estos límites internacionales tiene su tarifa, su orden y su tiempo preestablecidos. A partir de ese instante nada sería como debiera. Qué razón tenía Dani siempre que les recordaba, cada una de las veces que anteriormente habían cruzado el estrecho con él, que en ese

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momento es cuando hay que cambiar el “chip”. Si no, vas listo. “Pero ahora estoy aquí en la frontera, y tengo muchas cuentas que arreglar, el tiempo te muestra las cosas perdidas y hay algo que incita a matar” (La frontera – Javier Andreu)

Muchas y liosas cuentas. Aparcaron las motos nada más llegar al paso fronterizo y, en dos tandas, se dirigieron a las cabinas para sellar la correspondiente documentación que les daría paso hacia el otro lado. En aquel lugar en seguida se te acercan gentes que, amable pero enérgicamente, se ofrecen a ayudarte en la, al parecer, complicada tarea de rellenar unos simples papeles y entregarlos en una ventanilla. En honor a la verdad, si bien no es difícil, sí que puede llegar a ser desconcertante realizar este trámite en un sitio que carece de carteles informativos, donde los muchos policías que allí se reúnen no saben de mucho más que de escaquearse y en el cual lo único que te incita a decidirte por qué hacer es el final de una cola de gente que, supones, estarán allí para lo mismo que tú. Ellos, ya que contaban en su plantilla con el anfitrión número uno, o sea Daniel, pasaron de toda esa gente, rellenaron ellos mismos los impresos y ¡ala! a la cola pepsi-cola.

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Dani, también conocido por el sobrenombre de el chino, era digamos que el enlace entre las dos culturas hispana y marroquí. Natural de Málaga, había pasado varios años trabajando en la ciudad de Tánger en una empresa familiar española y al mismo tiempo había sido el reclamo para sus amigos de la península invitándolos en sucesivas ocasiones a conocer tan atractivo país. En uno de esos fines de semana es cuando se ganó, por parte de Curro y del caniho, el apelativo de anfitrión número uno por como los había tratado, acogido y paseado por la villa de Tánger. Es un hombre tranquilo, al que su estancia en Marruecos quizá haya aplacado aún más, con un sentido del humor muy especial e inteligente. Él sí que es un enamorado de las motos, sobre todo de las antigüedades, tal y como queda demostrado en las dos motocicletas que aportó a esta aventura. En un primer momento Ilde se quedó custodiando las motos mientras que otros comenzaron con el trámite. Desde esa perspectiva no pudo contener el impulso de inmortalizar la “frontera del caos”. Diligente, sacó su cámara del bolsillo y tomó un par de instantáneas. La primera bien. Pero en la segunda vio algo que no le cuadraba mucho. En la foto se podía ver a uno de esos policías que por allí pululaban en plan “naniero,

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nanierooo” —léase con la musiquilla típica de “estoy a mis cosas” que popularizó el payaso Miliki— dirigirse a él con el dedo índice en primer plano. En ese momento pensó: “bueno, aquí vamos a tener la primera” y es que no estaba permitido hacer fotos de la frontera. Imaginó que probablemente debía de ser por si alguna potencia extranjera enemiga se le ocurría copiar el derroche de organización y seguridad que se respiraba en ese punto crucial del país. El caso es que la primera intención del pollo con bigote a lo Sadam fue arrebatarle la cámara. El suceso por un momento pareció que acabaría como una escena del comienzo de la película “El padrino” en la que unos fotógrafos agrupados a la entrada de una fiesta del hampa reciben la visita de “los chicos”, quienes les hacen polvo sus aparatos por atreverse a retratar a uno de sus jefes, dejando unos dólares caer al suelo a modo de “indemnización” por los daños causados. Lo suyo iba a ser lo mismo pero sin dólares por los suelos, es más, probablemente fuera él mismo el que tendría que apechugar también con esa parte del acto. Así que, visto lo imaginado, se dijo que o se ponía en su sitio o su equipaje iría un poco más ligero el resto del viaje. Tras negarle varias veces, cual Pedro en la noche del prendimiento, que hubiese hecho alguna foto y, por supuesto, no dejar que tocara la cámara en ningún momento, el “comisario matute” le

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invitó a entrar en una de las casetas que había a su espalda donde, al abrir la puerta, pudo ver a unos colegas del guardia comiendo algo de una gran sartén —un fotograma bastante surrealista sin ninguna explicación lógica—. Rotunda y seriamente, le expuso su firme decisión de que ni de coña iba a entrar con él, o sin él, allí. Sabia decisión, porque tan sólo con ese amago ya tuvo mofa de “cuarto oscuro” por parte de los colegas para todo el viaje. Finalmente todo se solucionó mostrándole las imágenes que había obtenido, borrándolas en sus grandes narices y tranquilizándolo con la promesa de que no lo iba a hacer más, señor agente del orden público. Una vez superado este primer incidente con la cultura marroquí, aún en territorio casi español, se fue con Javi a hacer la parte del procedimiento que les quedaba a cada uno, o sea, todo. Tras una espera en una cola y más tarde en otra más, llegó el ansiado momento de presentarse ante el funcionario de turno con todos sus papeles, y los de la moto prestada, en la mano. Esto es: el carné de conducir, la documentación de la motocicleta a nombre de una empresa y un poder firmado ante notario por una tercera persona en nombre de la sociedad autorizándole a llevarla. Demasiado complicado. En un principio todo iba bien, hasta que el tipo llegó

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a la línea del impreso donde se leía el propietario del vehículo, que en este caso era un nombre bastante raro, incluso para un occidental: — ¿Profasán? —Así era el nombre de la empresa propietaria de la moto— ¿Qué es eso? Venga, venga, fuera. En lugar de amedrentarse e irse, con lo cual, como no existe nadie a quien preguntar, no habría solucionado absolutamente nada, le hizo callar, se plantó más firmemente en la ventanilla y tranquilamente le mostró la escritura con el poder notarial. Nada más percatarse el amigo que la carpeta que soportaba tenía más de un papel dentro y que, como que Alá es Dios y Mahoma su profeta, todos esos documentos estarían llenos de letras que leer y frases que comprender, al hombre se le vino el mundo encima y, sin ni siquiera hojearlos, le selló el papelito repitiendo: — ¡Sallé, sallé! O lo que es lo mismo: “ya está, vale, todo correcto que si no me van a dar aquí las uvas del dos mil ocho pero del calendario musulmán, majo”. Y así es como pasó la frontera con todos sus papeles en regla, aunque verdaderamente hubiera tenido el

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mismo efecto presentándole un álbum de cromos de la liga de fútbol del año pasado. Por fin pisaron con pies y ruedas suelo marroquí. Había pasado mucho tiempo desde ese primer viaje a Tánger donde la posibilidad de hacer esta ruta en las motos se aferró en sus mentes. Se hizo de rogar pero, finalmente, allí estaban. A causa de todo el tiempo perdido, tomaron la acertada decisión de hacer noche en Tetuán y no llegar hasta Chauen —evitando así la conducción nocturna, nada aconsejable por esos parajes como ya veremos más adelante—. Aunque retrasaron los relojes un par de horas — adecuándose así al uso horario local—, el sol no entiende de economía energética humana y se va a la piltra justo a su “hora solar”. Llegaron a Tetuán aún de día y al aparcar las motos en una calle del centro para comenzar la primera búsqueda de alojamiento, se les pegó, como diría el chino, un Mohamme que se ofreció a ayudarles en la tarea. El pollo venía de comprar el pan tal y como delataba la bolsa que portaba, y como Germán y el chonin fueron designados como exploradores oficiales para ese primer internamiento, allá que se fueron con él a visitar un par de hospedajes. Por lo que les estuvo comentando de camino al primer hotel, poco menos que pensaba llevarlos a uno de

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los que su rey hubiera escogido si alguna vez se dejara caer por esos lares. Pues bien, una vez visto el primero ya les quedo muy clarito el concepto de “muy buen hotel” que tenía arraigado el amigo “bocaflan”, que así es como lo bautizó Germán. La verdad es que se veía limpio, recién pintado y con baño independiente más o menos decente. Ante tamaño despliegue de lujos no podían dejar de pasar la otra opción hospedera del improvisado guía. Y fue ahí, en el trayecto de un cobijo a otro, donde tengo la certeza de que tanto al Copi como a Ilde les trasladaron de algún modo a una dimensión paralela donde los umbrales de la mínima higiene se encuentran a millones de puntos por debajo del cero. Sólo esta circunstancia explicaría el porqué, al ver el segundo hotel, estuvieron de acuerdo en que no estaba tan mal, total, para pasar una noche. El hecho de que una habitación de hotel costara unos cinco euros por cabeza no les extrañó a ninguno de los cinco. Realmente las habitaciones no hubieran estado tan mal si no hubiera sido porque los baños estaban impracticables, siendo bastante generoso. La cuestión es que decidieron quedarse en este segundo hotel, o algo así. Pero no sólo eran ellos los que necesitaban alojamiento, sus cabalgaduras también precisaban de descanso y protección.

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El “bocaflan”, cómo no, conocía un garaje un par de calles más arriba en frente de la entrada de la Medina. Para llegar allí no fueron precisas largas y difíciles explicaciones. Simplemente Mohamme, sin previo aviso, se aupó en el asiento de atrás de Germán y este, aún sorprendido por el atrevimiento del guía, preguntó que por donde iban refiriéndose claramente a qué dirección tomar, a lo que “bocaflan” contestó raudo y veloz señalando con su índice hacia adelante cual estatua de Colón en Barcelona, sentenciando y dando por supuesto que todos sabían donde quedaba esa cochera: — ¡Vamos al parking! Tetuán es una ciudad con marcado sabor español. Esta circunstancia le viene de su reciente pasado como capital del protectorado español en Marruecos entre los años 1913 y 1956. Tan sólo hay que echar la vista hacia arriba paseando por sus calles y contemplar sus edificaciones para imaginar que pudieras estar caminando por cualquier casco antiguo de cualquier ciudad andaluza. Para mucha gente de la ciudad no es extraño el idioma español, y sobre todo para las personas de edad avanzada. La lástima es que la desorganización y el bajo nivel de vida que se intuye igualmente al caminar por sus vías, reflejan la decadencia en la que la

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ciudad está sumida. Y lo peor es que no da la impresión de que la situación vaya a tomar un giro positivo a corto plazo. Una vez instalados en las dos “suites” —Dani y Germán en una y Curro, Javi e Ilde en otra— se fueron de excursión por las calles del centro donde se encontraron un autentico hervidero de gentes propiciado por el final de la fiesta del Ramadán. En la Plaza de España, con una iluminación bastante agradable, se sentaron a tomar un té. El bar estaba a rebosar de gente atentos a la televisión donde retransmitían un partido de la liga de fútbol española, aunque esto no fue impedimento para que el camarero les encontrase las sillas que les faltaban para acomodarlos en una mesa en plena acera. En plena acera y en pleno asfalto, ya que concretamente a Curro le toco su asiento junto al coche que había aparcado en la calzada. Tras este avituallamiento se dieron una vuelta por el zoco, el cual encontraron bastante desangelado. Todas las tiendas cerradas a causa del final de la fiesta hacían que las callejuelas transmitiesen un cierto aire tenebroso. En un momento dado se cruzaron con un puesto ambulante de frutas y decidieron comprar unos plátanos con muy buena pinta y que procedían, al parecer, de Agadir. O por lo menos eso les dijo el tendero a la pregunta de Dani de si eran de esa

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ciudad. El tipo pensaría: “los plátanos son de donde tú quieras que sean, tronco. ¿De Agadir? Pues de Agadir, majo”. Y es que ellos son así. Si al final consiguen venderte la mercancía, tú tienes toda la razón del mundo. Más difícil les resultó encontrar un lugar medio decente para cenar. A pesar de que el Ramadán había concluido, la mayoría de los restaurantes y bares estaban aún cerrados. Si a esto se le unía la necesidad de seleccionar el lugar teniendo en cuenta una serie de parámetros tales como comodidad, humo, olor y, sobre todo, limpieza, en ciertos momentos temieron que tuvieran que volver a su maravilloso y acogedor hotel con el estómago vacío. En cualquier caso siempre les quedarían los plátanos. Después de mucha vuelta y de más inspección higiénica tropezando con los millones de personas que estaban en ese momento en la calle, acabaron entrando en un bar que, más o menos, tenía buena pinta. En la parte delantera del local se alojaban unas cuantas mesas muy espaciosas con vistas a la televisión colgada de la pared y a la marabunta que paseaba por la calle. El problema fue que todas esas estaban ocupadas y se tuvieron que sentar en una mesa en el fondo del local en lo que anteriormente sería un almacén pero que, en definitiva, estaba limpio y bien iluminado. Limpio estaba el local y limpios eran sus

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comensales ya que todos, una vez terminada la cena, pasaban por un lavabo instalado en mitad del bar para enjuagarse la boca sin ahorrar, en ningún momento, en sonidos guturales de distinta índole. Estaban hambrientos así que esta circunstancia no influyó en absoluto en su apetito. Ya se iban aclimatando a su nuevo medio. La espera hasta que llegaron las patatas fritas y el pollo con aceitunas se hizo eterna, y más aún por el hecho de que a pesar de haber pedido la bebida y la comida al tiempo, el único líquido que tenían a mano era una jarra de agua de plástico, que, por otro lado, tal y como la encontraron allí se quedó. Esta situación en la cual al pedir la comida no te traían la bebida hasta que tuvieran el primer plato listo se les repitió bastante durante todo el viaje, aunque este se retrasase media hora en el mejor de los casos. Esto suscitó que debatieran una teoría para explicar ese desfase en el servicio que consistía en que esta gente había adquirido esa costumbre para evitar consumir dos bebidas durante la comida y así evitar el encarecimiento innecesario de esta. Su próximo objetivo fue encontrar un lugar donde acabar el largo día tras una cerveza, y así, al mismo tiempo, poder mirar con mejores, y más turbios ojos, la habitación del pánico que les esperaba unas calles más arriba. La tarea resultó harta difícil y con

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resultados negativos. La calle estaba llena de gente, todo el mundo andando de acá para allá pero ni un miserable sitio —que ya les daba igual que estuviera limpio o no— donde les vendieran una cervecilla de nada. Ante su manifiesta desorientación se les pegó en ese momento otro Mohamme el cual hubiera pasado sin ningún tipo de problema el más severo casting para ser “ratón colorao” de Quintero. El nuevo amigo les explicó que en esos momentos era imposible encontrar alcohol porque tras la fiesta del Ramadán, durante unos días, todavía “coleaban” algunas normas. Esto significaba que esos días no se consideraban fiesta propiamente dicha, pero las malas costumbres, como beber alcohol clandestinamente, aún tardaban algún que otro día más en volver a instaurarse. Finalmente acabaron en una pastelería donde algunos se tomaron un helado y otros, concretamente nuestro guía más “freak”, un dulce. Por supuesto convidado por ellos a cambio de la valiosa información que les había transmitido. Después de un largo día, sin cerveza y con pocas ganas de disfrutar de su “confortable” hotel, llegó el momento de la verdad. Tras pasar todos por el baño de la habitación de Germán y Dani —donde al menos la cisterna medio funcionaba— se dispusieron a acostarse con diferentes grados

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de bienestar. Curro se metió entre sábanas y mantas sin absolutamente ningún reparo. Dani y Germán al parecer durmieron con alguna prenda a modo de aislante entre su cabeza y la almohada. Ilde se acostó con calcetines, camiseta y una toalla que le separaba de la cama la cabeza y parte del cuerpo. Y Javi durmió con exactamente la misma ropa con la que se habían saludado por la mañana en Fuengirola, cruzado el estrecho y paseado por la ciudad. Bueno, en honor a la verdad eso no es del todo cierto. Se quitó los zapatos.

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Esperando a desembarcar

Las compuertas del barco se abren al llegar a Ceuta

BaĂąo del hotel de TetuĂĄn

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El grupo a la espera de la cena en Tetuรกn

Tetuรกn desde el hotel

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Pista 2 “La vida te lleva por caminos raros, por la esquina más perdida de los mapas, por canciones que tú nunca has cantado” (La vida te lleva por caminos raros – Diego Vasallo)

Tetuán – Chefchauen - Fez. 14 de octubre de 2.007

¿

Cuántas veces al día saludas con un apretón de manos a otra persona? La pregunta, sacada de contexto, soy consciente de que podría parecer algo tonta. Pero, por favor, seguidme un poco más la corriente. ¿Tres? ¿Cuatro? ¿Ninguna? En nuestra rutina diaria en la que siempre nos solemos encontrar con las mismas personas, no acostumbramos ir dando la mano a esa misma gente cada día. No es lo común. Si además nos hallamos de viaje turístico en un país donde lo normal es que no conozcamos a - 51 -


nadie, las ocasiones para practicar tal saludo disminuyen notablemente. Esto suele ocurrir así salvo que tu expedición te haya llevado hasta tierras magrebíes. Un curioso ejercicio durante la estancia en Marruecos podría ser contar las veces que das la mano, por supuesto a gente desconocida, a lo largo del día. No dudes que te sorprenderías del resultado. Durante tu estancia dentro de sus fronteras, cualquier persona que se te acerque para ofrecerte algún servicio, lo estés buscando o no, — y no dudes que será una situación que se repetirá unas cuantas veces al día— también te ofrecerá su mano y, en alguna que otra ocasión, se podrá unir al manual saludo alguna que otra persona que por allí pasase y se hubiera parado a cotillear en vuestra conversación. Si no tuviera uno la impresión de que la mayoría de esta gente, por distintas circunstancias, comulgan más con el “por el interés te quiero Andrés”, sería una costumbre, esta de saludarse con tanto contacto físico, muy saludable para nuestras relaciones occidentales, tan faltas de calor, sentimientos y sinceridad. Comenzaron a desperezarse y despertarse en cadena cuando percibieron, a través de las rendijas de las contraventanas, que se iba inaugurando un nuevo día. La noche había sido un poco incómoda y, aunque la música que la acompañó en sus oídos le

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ayudaba a conciliar el sueño, a cada vuelta que daba en su cama, tratando de encontrar una mejor postura, la acompañaba un nuevo despertar. Y ahí, vuelta a empezar. Por supuesto hacía mucho que Ilde había decidido no pisar el baño ni tan siquiera para lo más imprescindible, pero Curro, ni corto ni perezoso, aunque el caniho personalmente tenía serias dudas de que lo hiciera luchando contra sus propios escrúpulos, se levantó con energías renovadas y se metió en lo que, en otras circunstancias, se podría haber llamado ducha. En ese momento fue el más arriesgado y, además, el más limpio de los cinco. Y eso en ese país es mucho decir de alguien. Curro es esa persona que se preocupa, cuida y cultiva a sus amigos. Siempre tiene pendiente una llamada a tal o cual colega para saber de él. Nació en Madrid, aunque sólo eso hizo en la capital. Su vida transcurre entre Málaga, Mijas y sus olivos familiares de Alameda. Ha tenido todo tipo de motos, desde una Lambretta a un pepino de carretera, hasta llegar a su actual Harley Davidson. Lleva años invitando al chonin a la recogida de la aceituna cada otoño y, casualmente, este tiene siempre algo alternativo que hacer. Posiblemente debido a sus dotes organizativas posee un carácter un tanto especial cuando sale de viaje, el cual, después de tantos años, y atenuado por

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estos, no deja de ser una graciosa anécdota para sus compañeros. El propósito ese día era llegar a dormir a Fez y, a ser posible, y poniendo todos los medios que tuvieran a su alcance, en un hotel medio decente para así poder darse unas merecidas, y por momentos necesarias, buenas duchas. Por ese motivo decidieron salir echando leches de Tetuán una vez, y valga la redundancia, desayunado el desayuno. Justo enfrente del hotel —el hotel, ¡ay, el hotel!— fueron a parar a un bar donde tomaron unos cafés, tes y cola-caos con pan, mantequilla y dulces. Por supuesto lo hicieron a la manera del lugar, en las mesas dispuestas para ello en la acera y en fila de a uno mirando hacia la calzada como si estuvieran esperando el paso en procesión del “cristo del buen Ramadán” o algo similar. Remataba el decorado de las mesitas un servilletero tal y como se conocían en la península hace ya unos cuantos años. Un vaso de caña con los cuadraditos de papel dispuestos en abanico dentro de él. Le tocó pagar a Ilde, al igual que la cena de la noche anterior, el hotel y lo que vendría después. Así es la vida. El chonin, que es especialmente generoso. Qué le vamos a hacer. No, la verdad es que tiene una lógica explicación aunque, por descontado, de todos

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es sabido su disposición a que si hay que abonar algo a los amigos pues se abona y punto y aparte. Como en cierta ocasión se dijeron unos amigos suyos: “mientras yo tenga, a ti no te faltará un plato de lentejas”. El caso es que la situación real era menos romántica y fraternal que todo esto. Él era el único que disponía de dinero local desde incluso antes de salir de España y como, hasta el momento y más allá, los compañeros no tuvieron ocasión de cambiar lo suyo, pues se fue haciendo cargo de todos los gastos importantes y, después, ya harían cuentas. Así pues, mientras ajustaba la factura con el camarero en la barra del bar, tuvieron una fugaz visita en las mesas de un señor que aprovechó la mitad del café de Ilde que aún quedaba en el vaso con, seguro, la intención de ayudarle a acabarlo. Qué detalle. Llegó, se bebió el cafelito y se largó sin mediar palabra alguna. Se conoce que en algún bar anterior habría conseguido la tostada para completar su desayuno. La tertulia durante el desayuno, como no podía ser de otra manera, versó acerca de los próximos hospedajes. Por fortuna para algunos, todos estuvieron de acuerdo en que se podían permitir el lujazo de pagar algo más de seis euros por un hotel un poco más decente. Así lo expresó y lo resumió Curro,

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que no hay que olvidar que fue el único cristiano que se lavó en esas aguas: — Caniho, creo que yo me merezco algo más. Y la tranquilidad se instaló junto al caniho y con algún otro. Mientras caminaban de vuelta al hotel con la alegría propia del que sabe que está a punto de dejar atrás una de las páginas más oscuras de su vida, de repente a Germán se le desencajó un poco la expresión al comentar, con su habitual tranquilidad y parsimonia, que la pasada noche se le había pasado un pequeño detalle sin una trascendencia considerable. Vamos, nada importante: — Creo que ayer me dejé las llaves de la moto puestas. La verdad es que en cualquier otro lugar del mundo, sobretodo del “nuestro”, esa frase les hubiera causado a todos una sensación de suma ansiedad y nerviosismo al asaltarles la muy certera posibilidad de un robo servido en bandeja de plata. Pero allí, aunque las dudas los abordaron, realmente no pensaron que la moto no fuera a estar a esas horas en el mismo lugar donde la dejaron la noche anterior. Y efectivamente, al llegar al

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garaje, que no era otra cosa más que un enorme local en bruto con unos boquetes en el suelo que ríete tú de los agujeros negros del Carl Sagan ese, allí se encontraban todas las motos y una de ellas, la del copi, con sus llavecitas en el contacto y todo. Copi y garbancito son algunos de los motes con los que Germán debe convivir cuando se junta con Currito, el chonin, el chino y otros más que no le acompañaban en esta aventura. Es de Málaga, pero ha vivido en numerosos lugares aunque siempre con un denominador común acompañándole: el mar. A bordo de su casa gusta de disfrutar de la lectura, la escritura, la música y la tranquilidad y el sosiego que las velas de El Gaviero, azotadas por el viento, transmiten impasibles a sus ocupantes. Es un hombre sereno y reposado con el cual se pueden mantener conversaciones interesantes. Aunque, paradójicamente, hacía muchos años que se conocían, fue durante estos días cuando, el chonin y el copi, trabaron una auténtica amistad. Con unas ganas terribles de devorar kilómetros, casi sin darse cuenta se encontraron de nuevo en ruta. Los aproximadamente sesenta kilómetros que les separaban de Chefchauen, su siguiente e intermedio destino, los hicieron disfrutando de

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la carretera acompañados de un espléndido día. Al llegar al pueblo, en seguida hallaron un sitio al aire libre donde poder dejar las motos ¡con equipaje y todo! Y aunque por supuesto andaba por allí un Mohamme con el cual pactaron un precio irrisorio por el cuidado de las maquinas durante su visita a la Medina, eso mismo en nuestro mundo “civilizado” ni se les hubiera pasado por la cabeza. A lo largo y ancho de todo el país, si se quiere, siempre se puede encontrar a alguien, o alguien que conoce a alguien, dispuesto a hacer de guía, por unos pocos dirhams, en una visita por la ciudad, pueblo o aldea. Con estas, le preguntaron a un señor con chilaba y gorrito rojo con borla si podría ser su guía, a lo que él accedió encantado. Posteriormente comprobaron que fue un buen monitor que cumplió con los tres requisitos fundamentales: les salió por un buen precio por cabeza, les enseñó sin escatimar en tiempo los mejores rincones del pueblo y hablaba el idioma español. Por todo esto se ganó la confianza de Dani, que le pidió su teléfono por si en próximas visitas necesitara de sus servicios. A la postre comprobarían que esta es una costumbre muy arraigada en él la cual no dependía tanto de si el guía era bueno o no. Chefchauen, o simplemente Chauen, nombre por el que es más conocido, se

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presenta desde las afueras como un pueblo blanco en la ladera de una montaña poniéndote en serias dudas de si realmente te encuentras en Marruecos o en cualquier pueblo de la Serranía de Ronda. Esto tiene su explicación. La ciudad fue fundada por refugiados de Al-Andalus en el siglo XV al ser expulsados durante la llamada reconquista española. Ya en el siglo pasado, como no podía ser de otra manera, formó parte, al igual que Tetuán, del protectorado español hasta su independencia en 1956. Una vez en su interior, el blanco se vuelve azul. Un precioso azul que inunda calles enteras, incluidas puertas, ventanas y suelos. Esta característica, que le da a Chauen un halo mágico, alegre y divertido, al parecer no tenía otra función, cuando se introdujo en los años treinta, que la de espantar a los mosquitos. Durante la visita a la Medina, disfrutaron de un agradable paseo por sus hermosas callejuelas añiles y albas al tiempo que se cruzaban con niños correteando entre ellos, niñas llevando el pan amasado en casa al horno del pueblo y mujeres con la colada a cuestas que iban y venían del río. En el zoco con el que se toparon en su interior decidieron, Germán e Ilde, agenciarse una chilaba fresquita con la intención de matar dos

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pájaros de un tiro: cumplirían con la tradición del buen turista en tierra moruna al adquirir una prenda de esas características y al mismo tiempo tendrían aislamiento físico garantizado con las camas que encontrarían en los diferentes alojamientos que aún les quedaba por descubrir y que les esperaban en el camino con sus colchas abiertas. Cuando llegaron al anteriormente citado río tuvieron una sensación más de viaje en el tiempo al comprobar cómo las mujeres lavaban las ropas de toda la familia en el lecho de este con el cuerpo totalmente curvado por la cintura. Junto a este lavadero natural se localizaba la novedad del pueblo, que no era otra cosa que unas simples instalaciones provistas de pilas para fregar a mano y a la sombra —proyecto, por cierto, financiado por la Junta de Andalucía—. Un poco más allá, desde una ladera que se levanta frente a esas pilas, se deleitaron con una preciosa panorámica del pueblo que, si desde ahí no permitía ver con claridad los azules que en su interior guardaba, el cielo despejado que les acompañaba esa mañana se ocupaba de suplirlos con creces. Precisamente, se encontraban haciendo un alto en el camino para descansar y disfrutar de tales vistas cuando les pasaron por delante unas cabras que fueron las culpables de que al copi se le viniera a la cabeza, y lo compartiera con los

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demás, un comentario acerca de ciertas prácticas íntimas que algunos individuos gustan de hacer con animales. Esto provocó además un comentario de Curro del que no serían pocas las veces que se arrepentiría en los días sucesivos debido al bombardeo de indirectas que tuvo que aguantar de sus ocurrentes camaradas. Lo que más concretamente vino a decir con la mayor de las naturalidades —y eso fue lo que más ayudó a las guasas de entonces y de más adelante— fue que bueno, que todos, al fin y al cabo, teníamos más o menos las mismas cosas, cabras o no cabras. Qué más daba. Como hubieran dicho los Monty Python en una de sus locas películas: “…y hubo gran regocijo” entre los presentes. Una vez concluida la visita oficial a la villa, consultaron al guía, muy discretamente como siempre, donde podrían echar unas cervezas porque, si bien el día había sido fantástico para pasear, por la misma razón el cuerpo les pedía desesperadamente algún tipo de refrigerio, a ser posible el espumoso no permitido. Como el Ramadán seguía concluyendo, el único sitio donde sería posible encontrarlas era en el Hotel El Parador, así que sin prisa, pero aún con menos pausa, dirigieron sus cuerpos hacia aquel oasis de perversión. Fue tal el gozo que experimentaron en ese momento que casi es

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indescriptible. Sentados en una terraza, el solecito pegando en las mejillas, al borde de una piscina y degustando una Flag bien helada —que viene a ser como un quinto de San Miguel, chispa más o menos, bien helado—. Durante ese rato de trivial conversación, concluyeron que en el barrio de Curro todavía era muy común eso de servir quintos de cerveza. Y por lo tanto, extrapolando el resultado, habitual en todo el país y parte del extranjero. Aunque en realidad sea verdaderamente difícil encontrarlos hoy en día en algún establecimiento. Las discusiones amigables, abstractas y, a veces, incluso interesantes, se sucedían en cada parada del grupo. Y después de esas cervecitas, qué mejor destino que un bonito restaurante al que durante la visita a la medina le echaron el ojo y algo más. Algo más porque al inspeccionarlo durante el paseo para comprobar si iba a ser digno de contar con su presencia y pasar, con muy buena nota por cierto, la prueba del algodón, aprovecharon que iban a hacerles gasto y dejaron al cuidado de los camareros todas sus pesadas chaquetas, las cuales hacía tiempo que les iban sobrando. El local era encantador, con decoración árabe, mesas pequeñas, sillones forrados con abundantes cojines y pintadas las paredes

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con el color del lugar, azul, que contrastaba con los rojos de las cortinas que se tornaban en naranjas al intentar atravesarlas los rayos del Sol. La comida fue excelente. Primer y segundo plato, postre, bebida y pan. Ensalada marroquí, cous-cous, tagine, pastela y demás. Todo por unos siete euros por barba, que ya a algunos les iba haciendo falta un afeitado. Pero un “pero”, y permítanme la redundancia, tenía que existir. A la esperada ausencia de cerveza se le unió la oscura coca-cola, fiel aliada del conductor. La explicación fue la de siempre: el fin del Ramadán todavía coleaba. Estaban bajo mínimos y aún no habían tenido tiempo de reponer sus reservas para atender al turista ávido de refrescantes bebidas. La previsión y el nervio de nuestros vecinos. No se sabe si mosquearse por el servicio o aplaudir su sana tranquilidad. A medida que avanzaba la comida se fueron dando cuenta de que si su intención era llegar de día a Fez, esa posibilidad se acababa de esfumar. Así que fueron aligerando para ponerse en marcha lo antes posible y así minimizar el riesgo nocturno. Dani les había comentado varias veces, durante la preparación del viaje y ya metidos en faena, que sería recomendable no conducir de noche por estos lugares. Él, que ha vivido allí mucho tiempo, sabe lo que dice y porqué lo dice. Los demás le daban siempre toda la

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razón, aunque en mayor o menor medida pensaban para sus adentros que ya sería para menos. En definitiva conducirían por una carretera asfaltada con sus vehículos perfectamente alumbrados, ¿qué más factores podrían entrar en juego? La respuesta a tal pregunta era muy sencilla: muchos, muchos más y, por cierto, poco visibles. Ese día, los últimos ciento cuarenta kilómetros hasta Fez los hicieron de noche. Hasta la llegada de las sombras Ilde había ido en cabeza del grupo, pero en ese instante, y con buen criterio, Curro le relevó en ese puesto y fue él quién tiró del grupo. La carretera era la boca del lobo, totalmente oscura salvo por las luces de los faros. Existían tramos en los que el asfalto se conservaba bien y otros que eran horribles, con baches e inmensos agujeros que no lograban ver hasta que los tenían justo delante de ellos. No podían fiarse de las luces de otros vehículos por la sencilla razón de que muchos de ellos no llevaban, así que si no distinguían delante de ellos una luz, eso no era garantía alguna de que no tuvieran algún cacharro precediéndolos. Contra más se acercaban a la ciudad, más gente circulaba por el arcén caminando o en carros, pero en ningún caso mínimamente visibles. Al fin llegaron a un punto donde parece ser que comenzaba oficialmente la ciudad y donde al mismo tiempo la tensión acumulada durante esos más de cien kilómetros a oscuras fue

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desapareciendo. De repente, sin preámbulo alguno, se dirigían hacia Fez por una carretera totalmente iluminada. Incluso, se podría decir, exageradamente iluminada. Fue un auténtico descanso y, debido a la reciente experiencia, todos estuvieron de acuerdo en que no conducirían ni una noche más. Lo que pasa es que olvidaron un pequeño detalle sin importancia, y es que si bien ellos habían decidido solemnemente evitar cualquier recorrido entre tinieblas, la noche no estuvo muy de acuerdo con su compromiso unilateral, se encariñó de ellos y sus monturas y casi no pasó una jornada sin que se volvieran a encontrar en el camino. En Marruecos existen miles de oficios —obviamente como en cualquier lugar del mundo— pero hay uno que aunque es posible que se pueda encontrar en otro lugar, no es nada común de hallar en el mundo occidental. Se trata del que se podría denominar “pescador del turista”. Este se resume en una especie de guía “todo a cien” al quien encuentras en plena calle —o mejor dicho él te encuentra a ti— y que sirve tanto para un roto como para un descosío. Busca y encuentra todo lo que se necesite, un hotel, un restaurante, alcohol, un guía de turismo cultural, un taxi, lo que sea. Pues bien, uno de estos es el que, entrando a Fez, se acercó a la caravana a bordo de su viejo ciclomotor y

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preguntó a Dani si necesitaban algo. Lo aprovecharon. Les llevó a un hotel habiendo convenido antes que, ante todo, debía de estar limpio. Al llegar a él quedaron maravillados ante tanto lujo sin que en ningún momento se les fuera de la cabeza la comparación con el tugurio de la pasada noche. Como el plan era pasar allí dos noches, estuvieron encantados al conseguir dos habitaciones grandes y limpias con un buen baño totalmente actual. Tuvieron suerte, y se quedaron con la primera opción del informal guía. Después de la experiencia de Tetuán, Fez les dio la bienvenida con una excelente ducha y un descanso merecido en una buena cama, a la espera de que llegara la hora convenida de reencontrarse en la entrada del hotel con su particular pescador, con el que habían acordado un sitio para ir a cenar en el interior de la gran Medina. Tras unas incomprensibles indicaciones del guía a los dos petit taxi que pillaron, quedaron en que él se desplazaría con su motillo y se encontrarían en una de las puertas de la Medina. Sin saber muy bien como, de repente se vieron los cinco frente a lo que debía de ser verdaderamente la puerta de atrás de la ciudad a juzgar por la intranquilidad creciente que por momentos les recorrió todo el cuerpo. Los taxis los habían soltado allí, literalmente, después del pertinente regateo

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acerca del precio de la carrera. Esto, unido al hecho de que su consejero no aparecía por ningún lado habiendo salido al mismo tiempo del hotel y que la oscuridad de la noche sólo se veía interrumpida por la tenue luz que irradiaba la lúgubre lámpara que colgaba de la entrada a la muralla, hizo que fuera asentándose en ellos una sensación de inseguridad que, aunque ninguno lo manifestó claramente en aquel momento, se puede resumir en el simple comentario que hizo el chino en un intento bastante arriesgado de quitarle hierro al asunto: — Currito, ahora es cuando aparecen unos cuantos, nos pegan una paliza y nos dejan en calzoncillos. Muy tranquilizador, sí señor. Menos mal que tras unos eternos minutos apareció, al fin, el guía para acompañarles en su paseo nocturno por la impresionante, y bastante tétrica en esos instantes, Medina de Fez. Durante el laberíntico camino hasta el restaurante no se puede decir que la incertidumbre por su destino más inmediato hubiera desaparecido por completo. Es más, esta se fue acrecentando a medida que iban doblando una esquina tras otra de las pequeñas callejuelas que estaban descubriendo. En más de una ocasión Ilde miró de reojo hacia atrás después de pasar

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junto a unas gentes que a simple vista no desprendían muy buenas sensaciones. Al menos eso era lo que el entorno y la imaginación —desbocada en ciertas situaciones extremas— transmitían, y no es que no fueran posiblemente unas buenísimas personas. Por fin, después de caminar bastante rato, entraron a través de una vieja puerta a una de las tantas e idénticas casas que por allí había y tras subir una inclinada escalera se descubrió ante ellos un restaurante la mar de coqueto y que en la vida hubiesen adivinado que podía ocultarse allí. Vaya impresión que se llevaron. Pasaron en solo un segundo de dudar seriamente de las cordiales intenciones del guía y temer por su integridad física a reconocer abiertamente, ahora sí, que había merecido la pena el paseito. Una vez allí todo fueron atenciones y, aunque el menú era bastante limitado, disfrutaron de una cena tranquila y acogedora. Como hubiera sido cometido imposible encontrar, por sus propios medios, una salida de la Medina, un camarero les acompañó y no se separó de todos hasta que hubieron subido todos en los taxis que les llevarían de regreso al hotel. Esta también fue una apurada tarea. Durante el tiempo que estuvieron esperando a que pasara un taxi que además se dignara a

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parar a recogerlos, fueron testigos de una escena que no desmerecía en nada a cualquiera de alguna película de Almodóvar. Los cinco, un negrito alto vestido de camarero, tres coleguitas puestos hasta las trancas toreando a los escasos coches que por allí circulaban, un morito que pasaba por allí portando una clásica bolsa de deporte al parecer —y según su propia información— cargada de chocolate —y no de nestlé precisamente—, un tío con un ciclomotor que se pegó una hostia en una curva, se levantó y se fue. Esta es la estampa, con un alto grado de surrealismo incluido, con la que terminaron la cena en la medina. A la llegada al hotel, les esperaba una vez más en la puerta el anteriormente sospechado amigo con el encarguito que le habían hecho antes de retirarse del restaurante. Tan solo por la experiencia comunitaria, hallándose en pleno Marruecos, no podían dejar pasar la ocasión de fumarse unos cigarritos de la risa. Así que le encargaron al “anfitrión” todo lo necesario para ello. Así que, al final del día, allí estaba todo el grupo, reunido en una habitación preparando un canutito —con mucha teoría pero sin ninguna práctica— y charlando de cualquier cosa. Curro se retiró pronto a sus

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aposentos, no sin antes informar que de los niños —que, debido a la pequeña, pero a fin de cuentas existente, diferencia de edad, así es como comenzaron a llamar a Rubén y Jaime— nada se sabía salvo una llamada perdida como contestación a un largo mensaje que él mismo les envió con todas y cada una de las indicaciones para llegar sin ningún tipo de problema o retraso desde Algeciras a Fez. En esos momentos no sabían seguro cuando, y donde, se encontrarían con ellos, e incluso algunos llegaron a pensar que finalmente no se lanzarían a la aventura debido a la auténtica paliza motorizada que se tendrían que dar en un solo día para lograr alcanzarlos.

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Esperando el desayuno en Tetuán

Casa típica de Chauen

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Chefchauen


Las motos cargadas al cuidado de un guarda en plena calle

Minarete en Chauen

Interior del restaurante en Chauen

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Pista 3 “Me siento en casa en América, en Antigua quisiera morir, parecido me ocurre con África, Asilah, Essaouira y el Rif. Pero allá donde voy me llaman el extranjero, donde quiera que estoy el extranjero me siento” (El extranjero – Enrique Bunbury)

Fez. 15 de octubre de 2.007

H

ace ya un tiempo que decidí, junto con mi compañera, que necesitaba encontrar otro tipo de viajes que nos enriquecieran personalmente más que los que habíamos hecho hasta ese instante. De todo se aprende en esta vida y cada cosa tiene su momento. Así que tras varios años viajando y conociendo distintas capitales de España y el resto de Europa llegó el momento de decir basta. Madrid, París, Ámsterdam, Edimburgo, Praga, Viena… Ahí fue, en la capital austriaca, donde nos dimos cuenta de que algo empezaba a no encajar en nuestras salidas - 73 -


anuales. Cada año habíamos estado haciendo, en el fondo, una salida calcada a la anterior aunque a través de nuestros ojos nos llegaran fotogramas diferentes. Por ejemplo, ¿qué diferencias existen entre Madrid y París? Tan solo dos básicamente: el idioma con el que sus gentes se comunican entre sí y que en una de ellas puedes admirar la Puerta de Alcalá y en la otra la Torre Eiffel. Y nada más. El resto, básicamente, es siempre más de lo mismo. Durante nuestra visita a Viena decidimos que esto debía cambiar y al año siguiente nos fuimos de excursión a Kenia. Un gran cambio y, aunque fuimos demasiado “guiados” durante toda nuestra estancia, se convirtió en un viaje inolvidable en todos los sentidos. Al posterior estuvimos haciendo turismo senderista por los Pirineos aragonés y catalán. Y este, yo, en solitario con unos amigos, he recorrido Marruecos a lomos de una moto. Y esto se aproxima bastante a lo que he estado buscando. Un reino muy distinto al nuestro, que aunque a veces te desespera con sus eternos regateos, sus verdades a medias, sus interesadas gentes y su peculiar sentido de la limpieza, es eso precisamente lo que se busca cuando se sale a visitar un territorio distinto con la intención de aprender lo que te dé tiempo y absorber nuevas sensaciones.

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Cuando se viaja a un lugar situado geográficamente en distinta zona horaria al de origen, como es el caso que nos ocupa, no existe problema alguno en, al cruzar la frontera, atrasar un par de horas el reloj y listo. El inconveniente aparece al tener que cambiar la hora y además programar la alarma a modo de despertador en algún ultramoderno, mega vanguardista y, agrupando todos estos términos, “chachi” pda con teléfono móvil de última generación. Cargando Ilde con toda esta parafernalia tecnológica en su equipaje tuvo que ser el despertador natural y corporal que todos llevamos dentro el que le hiciera mirar el reloj esa mañana justo a la hora a la que habían quedado en la entrada del hotel para ir a desayunar. Un fallo técnico impidió que mi “máquina” me despertase media hora antes de ese momento. De hecho, investigando posteriormente las razones del silencio de la alarma, descubrió que esta estaba lista para desperezar a cualquiera que estuviese en el quinto sueño a su alrededor, aunque una semana después de ese instante. Un pequeño detalle sin importancia. Aunque tampoco durmió bien esa noche —esta sería la tónica que acompañaría al chonin durante todo el viaje—, justo en esos momentos previos dormitaba plácidamente a la espera del gracioso sonido del despertador.

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Este episodio dio lugar a que la tan ansiada ducha matutina fuera más corta de lo deseada y, recordando un pequeño diálogo de una famosa y tarantiniana película: — Volveré antes de que digas “tarta de arándanos”. — Tarta de arándanos. — Bueno, quizá no tan rápido. Pero volveré pronto. Pues eso, que en un tiempo similar al que se requiere para decir “tarta de arándanos”, más todos sus ingredientes, tiempo de cocción, explicación del protocolo de elaboración, enfriamiento del propio dulce y lavado de todos los utensilios utilizados, Ilde estaba listo y preparado para comenzar un día que les iba a deparar el descubrimiento de una enorme ciudad y la llegada de los compañeros que faltaban. Ya a la luz del día pudieron admirar ante la puerta del hotel una gran avenida bastante “occidental”, no en vano realmente estaban alojados en un buen parador —y a muy buen precio— en la parte nueva de la ciudad. Cruzando la calle se sentaron en la terraza de un bar dispuestos a disfrutar de un fantástico desayuno. La cafetería no estaba mal. Muchas mesas ocupadas con gente del lugar tomando café o té aprovechando el

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esplendido sol que les acompañaría durante todo el día. Gran sorpresa fue la que se llevaron al comprobar que un café tan grande, con tantas mesas ocupando toda la ancha acera, tan solo servía eso, café o té o, vaya lujo, cola-cao. Para acompañar tan variados manjares, que el simpático camarero les proponía con la mejor de sus sonrisas, tuvieron que acercarse a comprar la parte sólida del banquete a una “patisserie” ubicada a pocos metros de allí. En ella se proveyeron de bollos y pasteles de todo tipo que, a unos más que a otros, les encantó echárselos a la boca. En todo caso, lo más increíble de todo fue el hecho de que el desayuno en la cafetería del hotel costaba seis euros por cabeza —que, por otro lado, en un hotel europeo de similar categoría su precio sería más del doble como mínimo— y el tándem bar-patisserie les costó unos siete euros en total. Sí, sí, en total. Tremenda diferencia. A las 9.30 horas en punto, ya les esperaba en la puerta del hotel el pollo del ciclomotor y, tal y como habían acordado la noche anterior, le acompañaba un guía llamémosle “cultural”, quien les asistiría durante toda la mañana ilustrándolos en todo lo que se les ocurriese preguntar y en todo lo que a él le pareciera de interés general. Por cierto, dos conceptos que no necesariamente tenían que ir juntos. Asimismo, tras él

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esperaba un grand taxi donde, como su propio nombre hace intuir, se alojaron a presión cuatro en la parte de atrás y Dani, el guía y el conductor, obviamente en la de delante. Siete personas, algunas de las cuales no eran precisamente pequeñitas, metidas en un taxi que por muy “grand” que fuera no dejaba de ser un Mercedes con cuarenta años y un millón de kilómetros en sus ruedas. El chino, en cualquier caso, fue el que viajó infinitamente más cómodo y espacioso en la parte de adelante, donde va a parar, gracias a la falta de un brazo que lucía nuestro monitor. Eso es tener potra, ¿eh? Fez, situada al norte del relieve del Atlas Medio, se considera la capital espiritual del país. Está dividida en tres zonas claramente diferenciadas: Fez el Jedid, la Ville Nouvelle francesa y la impresionante Fez el Bali. La primera es conocida como “la nueva” aunque su construcción comenzó en el siglo XIII. Esto da una ligera idea de la edad de la otra parte no tan “reciente”. La Ville Nouvelle es realmente la parte más moderna de la ciudad con anchas y rectas calles en contraposición con las más de nueve mil laberínticas calles de la impresionante y real atracción Fez el Bali. Precisamente por esta razón se hacía necesaria la intervención de un guía, más que nada por evitar que tuvieran que echar raíces en la Medina como

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consecuencia de la imposibilidad de encontrar una salida. Además de realizar a la perfección sus funciones de “gps”, el guía les llevó a visitar distintos puntos de interés, primero fuera y luego dentro de la muralla. En esta Medina enormemente grande, una de las cosas que más llama la atención es la inmensa cantidad de comercios que alberga en su interior. Posiblemente, y esto es sólo una apreciación personal, Fez el Bali albergue la mayor concentración de establecimientos por metro cuadrado en muchos miles de kilómetros a la redonda. Paseando por sus más o menos estrechas calles se piensa en cómo se puede ganar la vida esta gente, cómo puede haber negocio para tanta tienda. Pero sí lo hay. Dentro de las murallas cohabitan desde una gran fábrica de curtidores de piel — de la que más adelante comentaremos algunas de sus delicias— hasta un pequeñísimo taller de remiendos de zapatos en un local que no supera los cuatro metros cuadrados. Una de las paradas guiadas les llevó hasta una fábrica de cerámica donde pudieron comprobar que el popular dicho de “esto es un trabajo de chinos” se puede hacer extensible también, sin ningún tipo de discrepancia, al pueblo marroquí. Por allí se podía ver a algún moruno de cuclillas con un pedrusco delante

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suya, martillo y cincel en mano cortando piedrecitas de muy variadas formas (estrellitas, triángulos, etc.) para después ir formando los mosaicos con los que fabrican y adornan todo tipo de enseres para la decoración del hogar, principalmente mesas. Sí, las típicas mesas de hierro con encimera de azulejitos de colores allí las hacen de manera completamente artesanal, piedra a piedra. Como comentaba antes, “un trabajo de moros”. Tras callejear durante un rato siguiendo los pasos del guía y cruzarse con miles de personas —porque decir millones sería exagerar un poco—, llegaron al punto fuerte de su visita a la Medina. En este momento debo recalcar que el calificativo “fuerte” no lo utilizo de manera gratuita en ningún sentido. Lo que en un principio parecía una tienda más de ropa de piel, derivó a medida que iban adentrándose en sus entrañas, en un escaparate de un espectáculo único. En la parte de atrás de la estrecha tienda se situaban unos balcones abiertos desde donde, por todos sus cinco sentidos y alguno más, les invadieron una serie de sentimientos encontrados impresionantes. En realidad, algo prevenidos sí que iban, ya que a la entrada del citado comercio le compraron a una niñita en plena calle un manojo de hierbabuena para, según instrucciones del guía, respirar a

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través de él a modo de máscara de gas y así evitar el soporífero hedor que iban a descubrir en breves instantes. Al llegar a la estancia donde estaban ubicados los susodichos miradores, cayeron en la trampa fatal de utilizar la hierbabuena como filtro purificador para intentar paliar el tremendo y nauseabundo mal olor que desprendían las pieles muertas y los distintos productos en los que se sumergían unos tipos que Dios, perdón Alá, sabrá como pueden trabajar en esas condiciones. Y lo que es peor, cómo pueden volver a sus casas cada noche sin que los destierren de su comunidad por contaminación ambiental. Ilde se dio cuenta de la trampa tras la segunda inspiración fatal y decidió no respirar por la nariz por mucha hierbabuena, o hierbamala, que tuviera delante de los morros. El resultado de la mezcla era incluso peor. La mejor opción era no respirar, aunque, debido a que esta actitud sostenida en el tiempo le podría haber llevado a problemas más serios que un simple mal olor, se decantó por la segunda alternativa —y esta sí que valía— que no era otra que ventilarse por la boca. La cuestión es que si alguien les hubiera descubierto antes ese pequeño detalle, la niñita de la puerta se hubiera quedado sin vender su remedio “auyentamalosolores” y, claro, se podría haber comenzado a desmoronar la pirámide

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económica del país. Otra conclusión que derivó al salir de aquel sitio, que aún lo persigue insistentemente y que lo tiene constantemente presente, fue que, desde ese momento en adelante, intentaría no quejarse en absoluto de su trabajo y combatiría a todo aquel que osara hacerlo del suyo ya que, aunque probablemente los haya porque el mundo es mucho mundo, en esos momentos no se le ocurría un quehacer peor que el de esos hombres metidos, físicamente hasta las rodillas y aromáticamente hasta la cabeza, en mierda de paloma y tejidos animales muertos. El establecimiento en cuestión era extremadamente estrecho. Al salir, en algunos pasillos tenían que, como si un vagón de tren se tratara, “dejar salir antes de entrar”. O sea, en fila de a uno y pa’lante. Curro estuvo tentado de dejarse los cuartos en algún chaleco de piel modelo “solo ante el peligro” y le hizo una oferta económica al vendedor que, a diferencia de las de los Corleone, este sí que la pudo rechazar. Es más, le faltó descojonarse en sus jetas ante tamaño disparate oído. Vamos, hombre ¿los autóctonos sí podían hacer ofertas desorbitadas por arriba y a ellos no les permitían jugar a lo mismo por abajo? Faltaría más. Ah, la prenda se quedó allí mismito. Si cuando se va de listillo…

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Ya un poco con la lengua fuera y, más que caminando, arrastrando los pies por esa medina de Alá, se pararon a visitar una Madrasa. Y no se trataba de la madre de uno o de otro, que siempre son las mejores y las más grandes. Consistía en una escuelita dentro de la Medina donde se imparten clases a niños pequeños y que dependen de la mezquita de turno. En este rincón volvieron a asaltar a Ilde una serie de sentimientos encontrados. A la dulzura propia del momento infantil e inocente del que fueron partícipes, se le unió una sensación bastante incómoda. Se sintió como el típico turista de visita en un zoológico, cámara en mano, observando como la profesora alentaba a los chavales a cantarles y permitía que se fotografiaran junto a ellos como bichos raros detrás de una jaula. Todo esto por supuesto a cambio de una propinilla a la encantadora maestra que seguro que, aunque fuera pequeña, compartiría con el guía de turno. La siguiente estación de parada fue una cooperativa de fabricación y venta de alfombras. En un impresionante salón de unas cuantas decenas de metros de altura los acomodaron en unos bancos no muy cómodos, aunque en aquellos momentos sirvieron para descansar sus trilladas piernas. Les invitaron a tomar el correspondiente té mientras un señor muy amable les soltaba una

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retahíla en plan de qué buenos somos haciendo alfombras, qué espléndidos son nuestros productos, qué baratos que son en comparación con el resto del país, qué guapos, qué altos y qué rubios somos. Para intentar salir airosos de la compra, a la cual estaban cada vez más encarrilados y sin mucha esperanza de salvación, recurrieron al argumento más expuesto durante todo el viaje en situaciones similares y que realmente hacía que salieran de cada tienda con la elegancia supuesta en hombres sinceros y honestos de su categoría: — Verás… es que vamos en moto y… claro… no tenemos sitio para más bultos y bueno… sólo estamos mirando y… para la próxima vez vendremos con las mujeres y entonces seguro que… Vamos, tristísimo. Pero justo en esos instantes, Ildefonso advirtió como su destino lo alcanzaba y armándose de valor y sin más dilación —y notando las miradas estupefactas de los compañeros fijas en él—, dio un paso al frente y pronunció las palabras prohibidas: — ¿En qué otros colores y tamaños las tienes? A partir de ahí todo ocurrió muy deprisa. Lo pasaron a una habitación contigua

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repleta de alfombras de todo tipo y donde, si hubiera querido, se las habrían enseñado todas una a una sin perder su diligencia inicial. Tras unos momentos de indecisión eligió por fin dos de ellas cuyo destino sería la nueva casa en el pueblo. Le llevaron al piso de arriba donde, sin apenas haber dado tiempo a nada, al entrar en un despacho donde tras una preciosa mesa de madera le esperaba el encargado de cobros, sus dos alfombras estaban siendo ya embaladas por otro currito autóctono. Previo al pago efectivo, pasaron por el obligado trámite del regateo en el cual él les sacó las alfombras por la mitad del precio inicial y el vendedor las vendió por el doble de su valor. Lo de siempre, vamos. Tampoco hubo problema alguno al ofrecerles pagárselas una parte en dirhams y otra en euros debido a su momentánea falta de liquidez de moneda local. Probablemente ese detalle hizo que le salieran un poco más caras las alfombritas, pero él, y para alivio de sus compañeros que ya empezaban a dudar que le hubieran llevado al “cuarto oscuro” del que ya se libró por los pelos al cruzar la frontera, salió contentísimo con su compra bajo el brazo. Dicha adquisición se traducía en un pequeñísimo bulto, en comparación con el tamaño de las alfombras, del que en lo más profundo de él, desde ese momento y hasta que lo abrió en casa días después, dudó en varias ocasiones de que en realidad se tratase

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de los dos tapices que había elegido en el piso de abajo. A estas alturas ya hacía tiempo que la suela de los zapatos no se les despegaba mucho del suelo a cada paso que daban por las intrincadas calles de la Medina. A un tiempo intentaban seguir el ritmo del guía y miraban de reojo el reloj, anhelando el final de la interesante aunque dura visita. Pero a pesar de la insistencia de todos en que los llevara de regreso a la puerta donde los esperaba el taxi, el caminante los condujo —ya que, según sus propias palabras, pillaba de camino— hasta un bazar de hierbas, potingues y brebajes donde al menos pudieron sentarse mientras el pintoresco joven encargado de la botica les daba una charlita acerca de las virtudes y propiedades milagrosas del hierbajo de turno al que echaba mano. Desafortunadamente para Javi —y afortunadamente para el mancebo— había empezado a notar una especie de alergia que hacía que tuviera los ojos llorosos y la nariz como un pimiento. Y ahí que en esas el joven la tomó con él queriéndole curar todos sus males a base de oler un tarrito y otro más ante la constante negativa del enfermo que, a cada minuto que pasaba, se le iba apreciando un peor aspecto. Seguro que con el agravante de las sucesivas e impuestas catas olorosas. Él no lo pasó muy bien, pero los demás…

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Javi conducía en este viaje su moto modelo de carretera que contrastaba bastante con las demás del grupo. Era la más moderna y, sobre todo, potente. Por ello cuando el camino, el tiempo y el espacio lo permitían —y lo hizo en muy pocas ocasiones— se escapaba con ella y esperaba al resto en algún lugar más adelante. En algún caso aprovechó esta ventaja en velocidad para aguardar el paso de la caravana con su flamante cámara de fotos en la mano. Trabaja en la costa del sol aunque sus raíces y su acento delatan que procede de la ciudad de la Alhambra. No se conocían de nada —de hecho Javi tenía relación con Curro y Rubén, e Ilde tenía contacto con todos los demás componentes salvo con Jaime— pero él y el chonin compartieron habitación cada día, excepto uno, y cierto es que ambos estuvieron cómodos con la, a priori, extraña situación. Esto da una idea de la cordialidad, el entendimiento y el compañerismo de Javi. Tras el fallido intento de curarle a base de pócimas e infusiones, el incansable guía al fin les condujo, y en dos segundos, hasta una de las puertas de la inmensa Medina donde ya les esperaba el conductor que les llevaría de vuelta al hotel. Dani, para no perder los buenos hábitos en un país de costumbres, se encargó de la despedida del guía y de

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quedarse con su teléfono para una posible próxima ocasión. Una pizzería cercana al hotel fue el destino elegido para calmar el hambre del mediodía. Alrededor de la mesa comentaron la intensa mañana vivida y hablaron de lo que les quedaba de viaje. Decidieron eliminar de la ruta un par de puntos importantes por la ya previsible falta de tiempo que comenzaban a acumular —y aún no había llegado lo mejor—. Era tarde y ese mismo día ya no les daría tiempo a visitar Meknes —un destino personalmente importante para Ilde por razones familiares— y las ruinas romanas de Volúbilis —estas, que se sepa, sin parentescos de por medio—. Igualmente pospusieron una visita a un Hammam que Javi propuso con insistencia. El largo reconocimiento a la Medina pudo con ellos. Con el propósito de “bajar” las pizzas se entregaron a su primer momento marqués del viaje. Un “tesesito” en una terraza al tiempo que un limpiabotas itinerante hacía honor al nombre de su oficio. Así como en España esta es una especie casi extinguida, el limpiabotas en Marruecos es todavía un empleo muy común y, siendo sinceros, ni el botecito de “kanfort”, ni la esponjita “búfalo”, ni tan siquiera la “cera auto brillante Alex” dejan

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el calzado ni la mitad de relucientes y cuidados que estos sufridos especialistas. Sin apenas darse cuenta, al final dedicaron esa tarde a la recuperación de profesiones en vías de extinción. Tanto Curro como Ilde han convertido casi en una tradición el regalarse un afeitado artesanal en una auténtica barbería cada vez que se “bajan al moro”. Esta es siempre una experiencia única, paradójicamente. Quince minutos de toqueteo facial, afeitado, uno a uno, de hasta el último de los pelitos que ni tan siquiera se sabe de su existencia y el posterior masaje con alcohol haciendo que se eliminen todos y cada uno de los microorganismos que puedan existir hasta la punta del dedo gordo del pie, no tiene precio. Y, sin embargo, lo tiene. Menos de dos euros por cabeza o, mejor dicho, por barba. Al encontrarse en una ciudad totalmente desconocida —en Tánger, en cambio, ya se mueven casi como Mohamed por su casa— tuvieron que echar mano de un petit taxi y expresarle al chofer su carnal deseo. Tras dar aparentemente demasiadas vueltas para llegar al lugar escogido, les condujo finalmente hasta una barbería, de la cual obviamente algo se llevaría a posteriori, por tan solo once dirhams. Un euro aproximadamente, vamos. Al regresar al hotel, por cierto con la cara como el culo de un bebé —por lo suave,

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claro—, se encontraron con la agradable sorpresa de que los rezagados compañeros de viaje, Rubén y Jaime, habían conseguido alcanzarnos en esa misma jornada. Esa misma mañana salieron de Málaga y, conduciendo sin apenas parar, se plantaron en Fez sobre sus 125 centímetros cúbicos equipada con su correspondiente maleta posterior y dos alforjas a los lados. Aunque, verdaderamente, esto es mucho decir. Más bien llegaron portando la maleta posterior y alforja y media. En su largo día de viaje sufrieron un pequeño percance consistente en el incendio de una de las bolsas laterales debido a su peligrosa proximidad al tubo de escape de la motocicleta. Cuando se dieron cuenta tuvieron que parar rápidamente, apagarlo con lo que pudieron y posteriormente reparar con cinta adhesiva lo que quedó de ella para así poder seguir aprovechándola. Lo que se dice un contratiempo sin importancia. Antes de salir a tomar algo en la noche de Fez, con la esperanza puesta en que los últimos coletazos del Ramadam se lo permitieran, se acercaron a una tienda de ultramarinos cercana al hotel para proveerse de unas coca-colas, con las que mezclar el ron que llevaban de equipaje, y unos “panchitos” que echarse a la boca. En ese preciso momento cayeron en la cuenta de la falta de un ingrediente fundamental en esos

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casos: el hielo. Estaban, Dani y el caniho en la susodicha tienda donde además compraron un yogurcito para el pobre chino que arrastraba molestias estomacales desde el primer día. Lo que a continuación se narrará seguro que es un descubrimiento para el resto de compañeros que no andaban con los dos de compras. Como se suele decir “lo que no mata engorda” y “lo que no te mata te hace más fuerte”, así que ahora es el momento de desvelar la verdad y no entonces. El dependiente del establecimiento, supuestamente al ver sus caras de decepción al comunicarles que no disponía de bolsas de hielo ni nada parecido, les dijo que si esperaban un instante les solucionaría el problema. Esto les hizo que alucinaran una vez más con el deseo de esta gente de agradar al turista, y más aún cuando vieron llegar a su salvador con una bolsa de plástico de asas conteniendo unos cubitos procedentes del congelador de su propia casa. Tan solo por el sincero detalle se hizo merecedor de sus más francos agradecimientos, aunque ellos se tomaron esa noche el cuba libre menos frío de como les hubiera gustado al prescindir de tan espontáneos cubitos de hielo. Más que nada por lo que pudiera pasar. De cualquier manera a nadie le sentó mal y todos los demás se lo

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tomaron bien fresquito. Además, no le iban a hacer ese desprecio al atento dependiente. Hubiera estado feo. ¡De lo que se entera uno a estas alturas! Por fin salieron a dar una vuelta y en una especie de discoteca se tomaron unas cervezas bien frías. Lo malo era que el ambiente estaba demasiado flojo debido a que era el primer día que el Corán permitía salir de fiesta una vez acabado el mes de ayuno y, claro, no tenían hecho todavía el cuerpo. Así que se fueron pronto a la cama ignorantes todos de la sorpresita que el destino les tenía preparada para la siguiente jornada.

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Medina de Fez

Nombre de una calle en la medina

Picando piedra

Agrupados en el taxi

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Curtido y teĂąido de pieles

Escuelita

Momento marquĂŠs Cooperativa de alfombras

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Pista 4 “Vamos tragando y tragando kilómetros…/… Colgados en la carretera, pero hay que moverse de aquí. Colgados en la carretera, hay que llegar hasta el fin.” (Colgados en la carretera – Carlos Segarra)

Fez – Algún lugar antes de Midelt. 16 de octubre de 2.007

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lega el momento de nuestras esperadas vacaciones. Tras elegir junto a tu familia el destino al que dirigiros, os decidís por un hotel en la costa mediterránea. Es un hotel de cuatro estrellas, junto al mar, en una ciudad en la que año tras año los turistas se sienten como en casa. Hacéis las reservas por Internet y a través de la página web del hotel en cuestión le echáis un vistazo a todas las instalaciones del recinto: bar-restaurante, piscinas varias, habitaciones, sauna, spa, etc. Al - 95 -


llegar a vuestro destino aparcáis el coche en la correspondiente zona para carga y descarga de viajeros y os dirigís hacia la recepción donde os espera sonriente el correspondiente empleado. Tras exponerle que debe existir en sus apuntes una reserva a vuestro nombre, el recepcionista confirma que efectivamente en la segunda planta del edificio nos espera nuestro temporal alojamiento. Seguidamente le indicas si fuera tan amable de enseñaros la habitación para comprobar si definitivamente es digna de vosotros. El recepcionista accede de muy buena gana. Al entrar en el dormitorio lo inspeccionáis escrupulosamente como buscando la huella de algún reciente crimen. Observáis el baño, abrís la tapa del inodoro para testar su nivel de limpieza, un grifo, otro, te sientas en la cama, la abres con la intención de detectar algún resto de suciedad e incluso oléis sus sábanas y sus almohadas. Todo esto sucede ante la atenta y aprobadora mirada del recepcionista. Esta situación que entiendo que resultaría totalmente fuera de lugar en “nuestro” mundo donde el hecho de que un hotel se de a conocer como tal ya implica una garantía de limpieza y confort en mayor o menor medida, es absolutamente habitual, y muy recomendable, que se produzca en nuestro meridional y vecino país. Lo más impresionante no es que tú hagas lo que nuestro protagonista del

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ejemplo —hay gente para todo—, sino que los botones, recepcionistas o encargados de esos establecimientos se tomen como algo normal, y sorprendentemente lógico, todo ese ritual. Conviene recordar que todo esto ocurre a escasos quince kilómetros de cualquier hotel similar al de la explicación. Suena el despertador de Curro en toda la habitación. Él se levanta con su habitual energía mañanera renovada dispuesto a comerse el día de un solo bocado. Tras abrir de un plumazo las cortinas del dormitorio, sus dos compañeros de cuarto se van desperezando. Cuando la mano de uno de ellos consigue localizar el reloj en la mesilla, comprueban con estupor que aún faltan dos estupendas horas hasta alcanzar el momento acordado para comenzar la jornada. Sí, sí, ciento veinte minutos ni más ni menos adelantó el amigo Curro, debido a un fatal error de cálculo, el despertar general en la triple habitación. A partir de ahí, al menos para Ilde, fueron un par de horas de vueltas y más vueltas en el catre sin poder conciliar el sueño. Paradojas de la vida, el día anterior con retraso y hoy con adelanto. Tras un similar desayuno en el bar del día pasado, se pusieron en marcha con la intención de llegar a Midelt donde harían

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noche antes de continuar en la siguiente jornada hasta Erfoud, en las puertas del Sahara. Pasaron sin parar por Ifrane, un pueblo bastante curioso e inesperado debido a su similitud con cualquier población de cualquier sierra nevada, con frondosos jardines y edificaciones acordes con la semejanza. De repente, la caravana de motos, aumentada ya en una más con la incorporación de Jaime y un convaleciente Rubén, se encontraron contemplando unos inmensos parajes de llanura de matorral bajo cortados longitudinalmente por una lineal y kilométrica pista. En mitad de la nada pararon para retratarse en tan grandioso paisaje al tiempo que aprovecharon para echar un vistazo al mapa de carreteras. Iban por buen camino, al menos cartográficamente hablando porque en esos momentos de descanso, relax, contemplación e intercambio de impresiones, a Germán le pareció buena idea compartir con el legítimo dueño de su cabalgadura sus impresiones acerca de la antigua motocicleta: — Dani, ¡la moto va muy bien! Craso error mentar al demonio ya que normalmente termina por aparecer. No habían recorrido ni cinco kilómetros más cuando la

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moto “que iba muy bien” comenzó a hacer cosas raras y les obligó a parar para comenzar una serie de investigaciones y elucubraciones con el fin de solventar el problema. Esta contrariedad les acompañaría todo ese día y parte del otro. Tras varias interrupciones cada pocos kilómetros, la moto decidió que ya no más y se estancó definitivamente. En circunstancias como esa es donde se notan más las diferencias entre nuestro país y aquel. Aquí hubiera bastado una llamada de móvil para que un amable conductor de grúa se presentara al rescate y les condujera hasta un taller con garantías y con todo el instrumental necesario para reparar esa moto y todas las que se le pusieran por delante. Allí no. Allí hay que echar mano del ingenio, la imaginación y la decisión innatamente humanas y comenzar a arreglárselas solo. Para ello, Dani y Rubén partieron en busca de ayuda a un pueblo que presumían cercano mientras los demás se quedaron de guardia a la espera de acontecimientos. Se encontraban en medio de la nada, con un pinar a un lado de la carretera, una loma al otro y a lo lejos una pequeñísima aldea de casas de adobe. No supieron muy bien de donde salieron, pero de repente surgieron caminando desde la colina un par de chiquillos —un niño pequeño y una niña más mayor con su pañuelo en el pelo— movidos

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por la curiosidad, a los que regalaron unos chicles y lápices de colores que Rubén y Jaime llevaban especialmente para ocasiones como esa. Seguro que para ellos este fue el acontecimiento de la semana, si no del mes. Me refiero a los niños, claro. También Rubén y Jaime eran los niños. De esa manera cariñosa les empezaron a llamar debido a que eran los benjamines del grupo. Los dos son de Granada aunque Rubén trabaja en Málaga y Jaime en Jaén. Rubén tiene una especial relación con sus colegas de su ciudad, siempre tiene a alguien con quien compartir sus escapadas moteras. Y siempre hay alguien —muy probablemente Jaime— que le responde afirmativamente a la aventura propuesta. Cada uno posee su moto propia a la cual cuidan con especial atención, pero siempre disponen de una máquina de propiedad compartida con la cual suelen realizar juntos este tipo de partidas. Ambos disfrutan al compartir esas experiencias con motos menos cómodas pero al tiempo más auténticas. El espíritu de camaradería, compañerismo, amistad y complicidad que se presupone a un estilo de vida sobre dos ruedas, está presente en ellos, entre ellos y hacia los demás. Como Mahoma no podía ir a la montaña por problemas en su vehículo, todos

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se alegraron al divisar que la montaña se acercaba a Mahoma en forma de furgoneta conducida por un mecánico marroquí que seguía la estela abierta por Dani y por Rubén. Una vez la moto hubo sido introducida en la parte de atrás cual accidentado en una ambulancia, se pusieron en marcha hacia la solución final, esperanzados en que en unos minutos todo quedaría solventado y así podrían proseguir su camino. Al llegar al lugar donde la furgoneta salvadora se detuvo, las dudas comenzaron a asaltarles. No es que esperaran encontrar un servicio oficial Honda de última generación en un pueblecito del centro de Marruecos, pero de ahí a la vieja y desvencijada gasolinera con lavado de coches donde aterrizaron existe una sutil diferencia. Pero era lo que había y en tales circunstancias debían agarrarse a un clavo ardiendo si así lograban continuar la marcha. Los supuestos mecánicos comenzaron primero a mirar la moto —no está muy claro si esa actitud los aliviaba o los aturdía aún más—, y posteriormente a desmontar y volver a montar algunas piezas obteniendo siempre el mismo resultado: nada. “…siempre hay algún trozo averiado del día que no puedes borrar, pero te gustaría.” (La vida te lleva por caminos raros / Diego Vasallo)

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Los más profanos en la materia —o sea, casi todos— se fueron a dar una vuelta por el pueblito buscando un lugar donde comer y así estar preparados para seguir en ruta una vez que la moto estuviera en plenas condiciones. Con esto también consiguieron dejar a Dani tranquilo sin tantas opiniones sin sentido a su alrededor, que lo único que estaban consiguiendo era ponerlo cada vez más nervioso, sabedor de que era una máquina suya la que les estaba dando el día. El pueblo era pequeñito y estaba cortado longitudinalmente por la carretera. Recordaba a cualquier población de paso de la península con sus casas desiguales a ambos lados de la calle y sus comercios en las plantas bajas. Entre ellos se tropezaron con un bar sorprendentemente limpio donde el camarero, tras ponerles el caramelo en la boca en forma de tagine de pollo, se los sacó de un tirón al informarles, tras consultarlo en la cocina, que finalmente no iba a ser posible. Lo que podría parecer un desaire no estuvo más lejos de la realidad. Probablemente en su afán por satisfacer a la clientela, forasteros españoles para más señas, no tuvo en cuenta el número elevado que eran y que el pollo ya se lo habría comido alguien antes en tagine o sin tagine. Lo bueno es que para solventar el error, él mismo les acompañó un poco más arriba de la calle hasta la terraza de otro

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establecimiento. Sintiéndose la atracción de toda la aldea se acomodaron en dos o tres mesas con la vista fija, a causa de que ya iba siendo hora de echarse algo a la boca, en un trozo de ternera que colgaba al aire libre y de donde presumían que iban a salir unos pinchitos extraordinarios. Si la carne estaba de chuparse los dedos, el recuerdo culinario intenso que, concretamente Ilde se llevó de aquel lugar, fue el de las exquisitas patatas fritas que acompañaban a los pinchos. Tras el alejamiento de la cruda realidad que les trajo alguna que otra partidita de ajedrez y la sencilla, aunque suculenta, comida les esperaba diabólicamente sonriente la auténtica verdad consistente en que no sabían a ciencia cierta qué iba a ser de ellos, y de su viaje, a partir de ese momento. Reunidos todos otra vez en el impensado taller de motos, a cada esperanza de una idea para la reparación de la máquina le seguía la decepción de no verla funcionar. Se sucedieron múltiples llamadas de Dani a su hermano para intentar diagnosticar el mal que aquejaba a la moto para luego poder poner en práctica el arreglo correspondiente. Que si no sé qué cliché; que si va en tres cilindros, en dos o en sus muertos; que si a ver si van a ser las bujías, una solución muy sencilla y al tiempo casi imposible al toparse con el pequeño inconveniente de que debido a su

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avanzada edad la motocicleta no gastaba de las normales; y alguna circunstancia más. Intento de que un taxi les trajera desde Fez esas bujías, intento de que un conductor de furgoneta autóctono se llevara la moto a Casablanca donde podría ser atendida en mejores condiciones. Esta última opción fue la que más cerca estuvo de ser ejecutada, pero se fue al traste debido a los elevados honorarios que exigía el chofer. Y ya lo dice el personaje de Quevedo, compañero de fatigas del capitán Alatriste: “que Dios dijo hermanos, pero no primos”, refiriéndose a lo vivos que pueden resultar algunas gentes al quererse aprovechar de la adversidad ajena. En mitad de todo esto, y al borde de la desesperación, apareció en escena un chaval que fue presentado como “experto en motos”. El zagal comenzó a trastear el aparato ante la atenta, rigurosa e inquieta mirada de Dani, más preocupado en esos momentos de las manos en las que estaba dejando su cacharro que en la solución del problema. Para comprobar que sus tejemanejes iban teniendo éxito, el muchacho se puso a dar motazos calle arriba y calle abajo a toda hostia y forzando el motor en cada acelerón, haciéndolo rugir con un infernal ruido. Esta ocurrencia fue calentando a su legítimo dueño poquito a poco, pero el colmo llegó cuando en una de sus pasadas calle abajo, llevaba de

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paquete a un coleguita del barrio como si este le hubiera suplicado: — Oye, ¿me das una vuelta? Esto es lo que hizo que el chino explotara y que cuando el supuesto mecánico paró junto al grupo, le quitara la moto de malas maneras lanzándole todo tipo de improperios que están obviados en este escrito por no estar acordes con un texto tan exquisito como este. Pero, eh, un momento, espera, escucha… la motocicleta parecía que había mejorado de su dolencia y podían retomar el camino. O tuvo mucha potra el muchacho o de verdad sabía lo que hacía. El caso es que tras el correspondiente regateo para la propina por los servicios prestados, a la cual medio pueblo se quiso apuntar, reemprendieron inesperadamente la marcha hacia Midelt. Sabían que no llegarían ese mismo día a la ciudad, ya que anochecía a pasos agigantados debido en gran parte a unas inmensas nubes negras acompañadas de sus correspondientes relámpagos que les iban pisando los talones. Después del día que acababan de vivir, a Ilde no paraba de venirle a la memoria un fragmento de la película “El jovencito Frankenstein” en el cual el jorobado Igor (léase “Aigor”, por favor) tras reiteradas quejas, que no vienen al caso, de su amo el

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doctor Víctor siguiente:

Fronkonstin,

comenta

lo

— No se queje, podría ser peor. — ¿Sí? ¿Cómo? —contestaba el doctor. — Podría llover. Y en ese instante comenzaba a llover, claro. Pues bien, poco más o menos eso sucedió en aquel lugar. Se puso a llover e incluso podría haber sido mucho peor a tenor del tenebroso cielo que les acechaba. Una vez más en ruta, de noche, con importante riesgo de tormenta y conduciendo por una carretera que no tendría más de metro y medio de ancho. Como las luces de la moto de Javi eran las mejores del territorio, a menudo iba él en paralelo con Curro abriendo camino a los demás. Tan malo era ese tramo de vía que incluso alguna vez tuvieron que parar, comenzando a desesperarse, al tener la impresión de que se acababa la carretera y tendrían que desandar lo transitado. Faltaban unos treinta kilómetros para llegar a Midelt cuando pararon a llenar de “cardo” las motos. Como un espejismo en el desierto, les llamó la atención que tras la gasolinera existía una especie de hotel de carretera. Al presentarse las circunstancias

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meteorológicas tan adversas, decidieron pasar allí la noche tras la minuciosa inspección higiénica de los aposentos. La verdad es que para ser ese tipo de establecimiento y teniendo en cuenta el lugar donde se encontraban —fuera del circuito de ciudades turísticas importantes— el albergue era bastante aceptable. Más aún sabiendo que les iba a costar aproximadamente diez euros por cabeza. De cualquier forma, para dormir, tanto Ilde como Curro como Germán se colocaron la chilaba que adquirieron en el zoco de Chauen. No imaginaron entonces lo pronto que la iban a estrenar.

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Hacia el sur

Primera parada por averĂ­a

Subiendo la moto a la ambulancia

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Comiendo mientras Dani seguĂ­a en el taller

Echando un ajedrez En el taller

Cruce de caminos

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Pista 5 “Si no volvemos a casa, se acumula el equipaje de canciones y recuerdos…/… Qué puede pasar mañana, de verdad no nos preocupa, llevamos nuestro destino escrito en la hoja de ruta.” (Hoja de ruta – Ariel Rot)

Algún lugar antes de Midelt – Tinjdad. 17 de octubre de 2.007

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ontrastes, contrastes y más contrastes. Y además la sospecha de que allí hay algo que no funciona… ¿O es aquí donde estamos equivocados? Cuando llegas con tu motocicleta —que no es nada del otro mundo— a un pueblecito, o paras a repostar en una gasolinera, no resulta extraño observar la escena del acercamiento de algunos niños, y otros no tan niños, para curiosear esta máquina de dos ruedas tan ultramoderna que vas conduciendo. Dejando aparte la circunstancia de que eso ya no - 111 -


sucede ni de coña aquí en España, otra cosa que te sorprende es que las motos que más llaman la atención no eran las más grandes sino las dos más anormales —para ellos, claro está—. Las dos “escuters” se llevaban la palma en atracción popular. Cuando aquí estamos absolutamente acostumbrados a verlas y tenerlas —de hecho algún motero conocido de un servidor, y reciente padre, ya ha cambiado su “pepino” por una de estas—, allí aún, en muchos casos, ni siquiera saben de su existencia. ¿Por qué creemos los “occidentales” que estamos en posesión de la razón más absoluta? ¿Vive mejor, más feliz, alguien con una moto último modelo, móvil último modelo y televisor último modelo, en constante búsqueda del “último modelo” y, por consiguiente, en continua búsqueda del dinero para conseguirlo; o quien realmente sabe que todo eso son sólo cosas que se fabrican y se destruyen? Cómo de cierto es el popular dicho que dice que no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita. Apuesto a que allí hay mucha más gente feliz, en su más profunda definición, que por aquí cerca. Tras una noche como las demás —Ilde durmiendo a ratos, con su radio susurrándole al oído— desayunaron “ergaif” —unas tortitas un poco más gruesas que las crepes—con mantequilla y mermelada. El día amaneció

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muy nublado aunque la incómoda lluvia les siguió respetando. Tras una pequeña ayudita a las motos a modo de empuje, tanto a la de Germán como a la de Dani, continuaron hacia Midelt con la intención de zanjar, de una vez por todas, el asunto mecánico que comenzó el día anterior. Un té. Eso es lo mejor y al tiempo más típico que se puede consumir en un bar situado junto a un taller donde al parecer se iba a solucionar definitivamente el problema de la moto. El único inconveniente es que manda narices que la infusión que les sirvieron fuera marca “lipton” de bolsita en pleno corazón de Marruecos en lugar del esperado té verde con abundante hierbabuena. —¡Maldita globalización!— pensaron. Como dato incomprensible para terminar de ilustrar ese extraño momento, tan solo añadir que la limpieza de la que hacía gala el taller mecánico contrastaba en demasía con la del establecimiento y la calle donde se encontraban sentados tomando su bebida, —agravada incluso la suciedad general por el mal tiempo que hacía—. En ese país a veces parece como si estuvieras viviendo en el mundo al revés: el bar sucio, el taller llamativamente limpio ¿? Estrenando bujías se pusieron de nuevo en marcha. En ese preciso momento el

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chonin aprendió una lección más —qué instructivo estaba resultando este viaje—: si tienes que comprarte un traje de agua para la moto… cómprate un traje de agua para la moto y no un pantalón y un blusón de plástico que al primer intento de meter un pie se le raja toda la entrepierna. Eso exactamente fue lo que le sucedió al notar que comenzaba a lloviznar, y ahí que fue ese día, y los sucesivos en los que hubo de resguardarse de la lluvia, con una especie de falda-pantalón de plástico. En el próximo tramo los paisajes se presentaron especialmente espectaculares. Se combinaban infinitas rectas desérticas con algún que otro cruce de montañas. Cuando más se disfrutaba, parecía que el tiempo corría más que ellos y se empeñaba en que las horas de luz se les escaparan entre los dedos. Esa circunstancia hizo que no pudieran adentrarse en alguno de los pueblos con casas construidas con arcilla que iban dejando a ambos lados de la carretera. Les parecía fantástico, al menos, contemplar en mitad de un paisaje desértico, un poblado de esas características rodeado de una intensamente frondosa vegetación y cruzado por un caudaloso río que no lograban adivinar de donde venía y hacia donde se dirigía. Estaban admirando sencillamente un oasis y, no, no era un espejismo. Al pasar por Errachidia

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pararon a echar gasolina y, tras deliberar acerca de seguir un poco más adelante o comer por allí, decidieron continuar hasta Erfoud, a las puertas del Sahara. Arena fina, muy fina, al borde de las calles, era una prueba de que se encontraban a un paso del gran desierto. Como no podía ser de otra manera, al entrar con las motos por la calle principal del pueblo, les abordó un tipo al que aprovecharon para preguntarle por un lugar donde saciar su apetito, que a esas horas ya comenzaba a ser importante, donde se comiera bien, barato y, por supuesto, que estuviera limpio. En una terraza junto a una plaza jalaron extraordinariamente bien: unos harira, otros ensaladas, cous-cous, tagine, etc. Durante la comida disfrutaron de la vigilancia intensiva desde otra mesa del individuo que los había llevado hasta allí y además intentaba engatusarlos con una excursión al desierto. Lo cierto es que la oportunidad era tan tentadora e inesperada que realmente sopesaron la posibilidad de aceptarla, pero al final, lamentablemente para todos, resolvieron, debido una vez más al tiempo que les quedaba para regresar a la península, declinar tan atractiva oferta. Este sí que fue el auténtico peaje que tuvieron que pagar por el incidente mecánico del día anterior. El plan propuesto era pasar la noche en el desierto con todo lo mágico y exótico que tal situación

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traería consigo. Y eso es algo que más de uno piensa que se equivocaron al decantarse por no ir, aunque hay más días que ollas, como alguien dijo, y lo terminarían por hacer en alguna otra ocasión. Evidentemente, el improvisado guía se pilló un mosqueo de los buenos porque pensaba que tras la comida nos iríamos con él de expedición y que por esa razón había estado haciendo guardia a nuestro lado durante todo el almuerzo. De todas maneras se llevó su propina, más por el pataleo que por lo trabajado. Fósiles auténticos a poco menos de un euro. Colgantes con estas piezas prehistóricas es lo que unos niños ofrecían y algunos les compraron. Probablemente por la condición de Ilde cada vez más incrédula, escéptica, desconfiada y dudosa de este mundo o, mejor dicho, de esta sociedad, no le llegaron a convencer esas piezas como genuinos fósiles. Los demás, todos, aceptaron su autenticidad sin más discusión que la tenida con él al sostener el chonin que esos vestigios no eran tales fósiles o, al menos, podrían no serlo. Una conversación interesante más surgida de algo trivial. Lo que no tiene ninguna duda es que entre una cosa y otra ese día fueron la atracción del lugar y los causantes de la ruptura de su monotonía. Poco a poco se

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fueron acercando varias gentes a merodear con gran expectación alrededor de las motos. También con ellos experimentaron la auténtica tradición del trueque —un pañuelo de cuello por una pulsera de cuero—, se hicieron fotos junto, e incluso subidos, a las motos y alguno incluso tuvo el privilegio frente a sus acompañantes de dar un breve paseo calle abajo, junto a Curro. Y no se vayan a creer ustedes que todos eran niños. Cierto es que los había, pero no únicamente. Casi que echaron en falta una sirena anunciando que la atracción de feria había concluido para poder ponerse en marcha otra vez. Una vez descartada la posibilidad de hacer noche en el desierto les quedaba aún un trecho para hacer de esa jornada una etapa productiva. Y la tarde comenzaba a caer. La seducción de un paisaje impresionante por bonito y por distinto les llevó a parar una vez más sus monturas en el arcén arenoso de la carretera para inmortalizarse en tan bello paraje. El sol caía por momentos y era exactamente la hora de salida de los colegios, con lo cual, cuando se quisieron dar cuenta, estaban rodeados de decenas de niños de diferentes edades curioseando alrededor suya. Tuvieron que darse prisa en salir de allí antes de que les fuera imposible hacerlo sin grave riesgo de

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atropello debido a la creciente aglomeración infantil. Durante esa tarde disfrutaron especialmente de la moto. El chonin sintió en sus carnes la libertad de ir conduciendo a través de una carretera totalmente recta y desértica en todos los sentidos. Y comprobó que no era el único cuando Curro le pasó con la melena al viento rememorando mejores épocas en las que estaba permitido que el aire te azotara la cara sin ningún tapujo. Tiempos en los que nadie decidía por ti encima de la moto. Por supuesto no todo podía ser perfecto y, de repente, sin saber como hostias llegó hasta allí, apareció de la nada un perro corriendo de pleno cruzando la calzada y ladrándole a Rubén y Jaime que iban justo delante de Ilde. Poco faltó para que no lo atropellara terminando siendo él, a todos los efectos, el atropellado. El susto y el cosquilleo de esos segundos por todo el cuerpo para él que quedó, aunque también para Dani, que rodaba detrás suya y que pensó que de esta si que no se libraba y ya lo veía probando el asfalto marroquí con sus propias manos. Otro día más sobre las motos y otra noche más que les dio caza. Al parar a repostar, el correspondiente gasolinero, en un español bastante apañado, les indicó que a

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pocos kilómetros encontrarían una pequeña población con un hotelito. Por apenas seis euros por cabeza no se podía exigir también poder darse una ducha al concluir el día, pero al menos todo estaba limpio. El lugar en concreto era una especie de venta con habitaciones en la parte superior y un baño comunitario. El muchacho que les atendió estaba encantado con su presencia. Eran sus únicos huéspedes, así que esa noche hizo su particular agosto con los forasteros motorizados. Sentados a unas mesas del bar, les preparó unas tortillas, carne, patatas, todo con un sabor absolutamente casero. Para terminar, como se encontraban tan a gusto, acudieron a la botella de ron para prepararse unos combinados y comenzar la tertulia de sobremesa como Alá manda, no sin antes pedirle permiso al chaval, por aquello de la religión local, y convidarle a uno si el gustaba aprovechando que quizá Alá en ese momento estaría mirando para otro lado. Muy educadamente les vino a decir que ellos podían arder eternamente en alcohol en los infiernos si ese particularmente era su deseo, pero que él prefería seguir luciendo, por toda la eternidad, esa tonalidad chamuscadita debido tan solo al color de piel de su raza y sin enfadar innecesariamente a su creador. Así sea.

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Las motos en esa ocasión podrían haberse quedado en la puerta del bar sin ningún problema, ya que no parecía un lugar especialmente peligroso. Pese a esto, el chico del hotel les ofreció, y sin pedir nada a cambio, aparcarlas en el mismo salón de la fonda para que de esa manera estuvieran más seguras. Verdaderamente es en esos momentos cuando se manifiesta la realidad de la hospitalidad marroquí. Antes de la cena, ya de noche aunque era bastante temprano, se habían ido a descubrir un poco ese pueblito. Su nombre era Tinjdad y, como descubrirían a la mañana siguiente, se hallaba en medio de un auténtico oasis. Está rodeado de unos preciosos palmerales y su calle principal, por la que lo atravesaron hasta llegar a su refugio, la encontraron llena de vida con pequeños comercios de frutas, especias, pasteles, talleres de todo tipo, etc. Ciertamente les pareció una experiencia excepcional eso de pasearse por entre las gentes de un lugar tan pequeño y recóndito del país. La buena comida ofrecida por el anfitrión, las posteriores copas y los amigos, hicieron surgir, alrededor de la mesa, diversas conversaciones interesantes: desde el camino recorrido y el que les quedaba por recorrer,

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hasta el profundo significado y su influencia en la vida diaria y moderna del “homo actualis” de la palabra “profesión”. No se imaginan ustedes lo que les dio de sí dicho vocablo. Tras todas las exposiciones del tema, habidas y por haber, se subieron a descansar a sus respectivas alcobas. Pero antes de retirarse definitivamente fueron presa del cansancio unido al alcohol ingerido en tierra infiel cuando a alguien se le iluminó la ocurrencia de que se retrataran tumbados en el suelo con los turbantes y las chilabas puestos, formando una gran “M”. ¿De “Marruecos”? ¿De “memos”? ¿De “mariquitas”? No se sabe a ciencia cierta. Quizá fue debido a su acostumbrado ligero sueño en esas lejanas tierras, pero lo cierto es que esa noche Ilde fue testigo de un fenómeno que le turbó y preocupó en igual medida. De lejos, desde dos habitaciones más allá, llegaba a sus oídos lo que perfectamente podría haber sido un temblor de tierra en pleno desierto unido a la correspondiente erupción de un volcán cercano. Pero no, tan solo eran —tan solo— los ronquidos de algún compañero que, no sólo por respeto a su autor, sino también porque después seguro que tras esto podrían comenzar a pasarse la patata caliente de uno a otro, dejaremos en el anonimato su identificación.

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“Oye tronco como ronco, volumen brutal. Por mucho que me muevas no me pienso despertar” (Camino de la cama – Julián Hernández / Segundo Grandío)

Lo único cierto e indiscutible de este pasaje es que esa noche en la venta no moraban otros huéspedes que no fueran ellos. Así que…

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AlgĂşn lugar antes de Midelt

Justo antes de la llegada en masa de los colegiales

Oasis

Comiendo en Erfoud

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Garaje improvisado en Tinjdad

Atardecer en ruta

M

De compras en Tinjdad

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Pista 6 “De nuevo en la carretera, yendo a lugares en los que nunca he estado, viendo cosas que puede que no vuelva a ver nunca, no puedo esperar a estar de nuevo en la carretera” (On the road again – Willie Nelson)

Tinjdad – Marrakech. 18 de octubre de 2.007

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onducir en Marruecos no es un juego de niños, y menos si en la travesía desde la península no has hecho el correspondiente cambio de chip del que en alguna ocasión ya hemos hablado. Es bastante importante este detalle porque nos dirige a hacernos la siguiente pregunta: ¿conducen sus vehículos mal o lo hacen de manera distinta? Pues bien, después de varios viajes al vecino país, unas veces conduciendo entre ellos y otras veces siendo conducido por ellos, he de decir que tengo serias dudas al respecto. Podríamos quedarnos en el - 125 -


simple y superficial argumento de que si existen unas señales de tráfico que respetar y estas no son acatadas estaríamos en un flagrante caso de mala conducción. Lo que pasa es que sería conveniente ir un poco más allá. Todos los veranos somos testigos, sobre todo los que vivimos relativamente cerca del estrecho, de las barbaridades que, unas veces por cansancio y otras por pura costumbre, hacen estas personas al volante de todo tipo de vehículos cargados hasta los topes y que se elevan hasta superar el triple de la altura en condiciones normales del coche en cuestión. Al acercarnos a ellos solemos decir, o pensar, cosas tales como “cuidado con el moro”, “mira como va de cargado”, “es que claro, se hacen todo del tirón y van reventados”, etc. Y aquí, ciertamente, podrían provocar muy fácil un accidente. Pero ¿qué ocurre al colocarlos en su medio natural? Allí, en su país, como todo el mundo funciona así al volante, las probabilidades de tener un encontronazo, al contrario de lo que se podría pensar al verlos conducir nada más desembarcar en África, no son muy altas. Es una simple cuestión de sincronización. Todo el mundo circula del mismo modo, por lo tanto todo el mundo está pendiente de las otras personas, y vehículos, y no tanto de esas señales que no son más que un trozo de metal pintado. Sí señor, aunque a veces nos desesperen,

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para mí que es más acertado calificar de “distinta” su manera de conducir. Fue una delicia despertarse temprano, a eso de las seis y media de la mañana, abrir la ventana de su habitación y, al dejar entrar al día en ella, comprobar que el pueblo donde acabaron la jornada la noche anterior se encuentra inmerso en un auténtico oasis. La vista desde la ventana de Ilde era impresionante por lo inesperado de la visión, por la luz tan especial que iluminaba el paisaje a esas tempranas horas y por la estampa en sí misma: un mar de palmeras que surgían del terreno arenoso y casas de ladrillo y adobe cruzadas por la carretera. Al comenzar la marcha hacia las Gargantas del Todra empezó a llover, no de forma muy intensa pero sí lo suficientemente molesta como para que su conducción, y probablemente la de los demás, no fuera todo lo segura que debía de ser. Seguían cruzándose con diversos oasis y nunca dejaron de sorprenderlos. Al no estar muy seguros de que el camino que estaban siguiendo era el apropiado, pararon en un cruce para intercambiar opiniones y, claro está, se les acercaron unos niños esta vez con algo que ofrecer. Se trataba de unas miniaturas de camellos hechas con unas hojitas secas que terminaron por comprarles a

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diez dirhams cada una. La intención del chonin de llevar sobre su moto la reciente adquisición el resto del viaje a modo de amuleto, se frustraría al final de la jornada al salir volando esta en una de las interminables curvas de la cordillera del Atlas. La lluvia intermitente les siguió respetando en cuanto a intensidad, lo que no dejaba de tenerlos nerviosos en ese aspecto ya que no sabían hasta cuando iba a ser tan benevolente con ellos el correspondiente dios árabe de la lluvia. Las Gargantas del Todra deben su nombre, obviamente, al cristalino río que las cruza, a veces hasta con tan solo veinte metros de anchura, aunque con paredes completamente verticales de hasta trescientos metros de altura. Una vez más un paisaje extraordinariamente impresionante les recibió en la primera parada del día. Se dieron un pequeño paseo a pie para después tomarse un té, acompañado de fruta y unas pastitas que habían comprado la noche anterior en Tinjdad, en un bar que estaba justo donde acababa la carretera. Camino de Ouarzazate, en un despiste unido a la mala, por no decir nula, señalización del camino en un cruce, Salinas y Curro que, venían más atrasados no se sabe

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muy bien por qué razón, se perdieron y se fueron por el camino equivocado. Cuando los demás consiguieron comunicar con ellos dos, ya habían consumado treinta kilómetros más con la certeza de que el grupo se abría adelantado, estaría más adelante y que antes o después les alcanzarían. Esperarlos en Ouarzazate, a los pies de la cordillera del Atlas que esa misma tarde les esperaba para llegar a Marrakech, fue la decisión unánime que tomó el conjunto y para allá que se fueron con el convencimiento de que los dos extraviados llegarían al punto de encuentro con cara de pocos amigos y con la esperanza de que no se hubieran tomado demasiado mal la tosca organización, en cuanto a esperas mútuas, cuando alguno se rezagaba. Finalmente no fue para tanto y, en aras de una buena convivencia, todo quedó en una anécdota que, en cualquier caso, la verdad es que les retrasó una vez más la jornada y acabaron rezando por ver Marrakech al fondo de las viseras cuando la noche, de nuevo, les comenzó a arropar. Una vez más en ruta, el día aún les reservaba una sorpresita, afortunadamente algunos kilómetros antes de comenzar a subir la primera de las rampas del Atlas. Si exceptuamos la nieve, cosa bastante improbable a esas altitudes, el fenómeno meteorológico que les quedaba por

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experimentar era una buena granizada. Pues bien, ¡et voilà!, en apenas dos minutos comenzaron a caer bolas del tamaño de canicas de las gordas las cuales, al pasar un instante, empezaron a hacer un poquito de pupita al ir rebotando en la chaqueta y alcanzando así la barbilla de alguno de los que lucían casco modelo “no integral”. Fue impresionante e indescriptible el auténtico diluvio que se originó como de la nada. La carretera en pocos minutos desapareció de sus ojos engullida por las aguas, por ello no tuvieron más remedio que parar para intentar guarecerse bajo uno de los arcos que, en mitad de los caminos, suelen hacer como de frontera entre unas regiones y otras del país. Lo malo fue que no eran los únicos, ni los primeros, en elegir ese escondite, así que la verdad es que continuaron mojándose, con los cascos puestos y a veces parcialmente según se iban apretando cada vez más bajo el minúsculo techo, aunque sin el peligro de ir conduciendo en tan extremas condiciones. Las tormentas son tormentas en todos los sitios, así que pasados unos quince minutos cesó de llover y reanudaron el camino calados hasta los huesos pero con la satisfacción de ver al sol luchando por salir y ganándole la partida, por momentos, a las negras nubes. “…y a deshora, sale un sol alumbrando una esquina alegrándome el día”

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(A fuego - Roberto Iniesta)

Fue en esos instantes cuando comenzó, propiamente dicho, el auténtico ataque a la cordillera del Atlas. Ilde jamás pensó que una carretera pudiera tener tantas curvas y tantas subidas con sus correspondientes bajadas. No iba muy seguro, y menos aún notando que las manos no le respondían bien a causa de que los guantes los llevaba empapados y, con la ayuda del viento, las manos las sentía poco menos que congeladas. En cada parada que hacían colocaban las manoplas encima del tubo de escape experimentando un verdadero alivio al comprobar que poco a poco los dedos iban respondiendo mejor. En algunos momentos se ponía a rueda de Germán para seguir su trazada, haciendo mucho más cómoda la conducción. Se le hizo un poco largo tanto puerto de montaña, motivado por la inexperiencia después de tantos años sin guiar una moto. Más adelante, en otras escapadas, lo disfrutaría infinitamente más. En cualquier caso los paisajes eran impresionantes, una carretera estrecha cruzando una montaña tras otra en una travesía interminablemente preciosa. Pero no todo iba a ir sobre ruedas, claro. Y ahí que, atravesando una pequeña aldea en el corazón de la cordillera, una gallina —sí, una gallina— decidió cruzar de - 131 -


una acera a otra de la “avenida principal” sin esperar a que alguien colocara un semáforo y que, posteriormente, este brillara en verde. Al ver que no tenía tiempo para esquivarla, su única opción fue sujetar el manillar lo más fuerte que pudo y se lanzó a atropellarla cual diablo sobre ruedas. Afortunadamente fue un impacto limpio y recto pasando literalmente por encima de ella, tras lo cual, y aún temblándole todo el cuerpo del susto, no dudó en reprochar enérgicamente a los lugareños que no tuvieran sus mascotas enseñadas a no cruzar la carretera sin mirar antes a ambos lados, a lo que ellos, con gestos, le contestaron que tranquilo, que tampoco era para tanto. Vamos, lo esperable en estos casos. Ya bajando lo que al fin parecía el descenso hacia Marrakech comenzó a anochecer. Pero lo habían conseguido. Habían cruzado la Cordillera del Atlas tras unas cuatro horas de conducción a través de subidas, bajadas y curvas imposibles. Aunque la noche les atrapó una vez más, mereció la pena. Marrakech, una de las cuatro ciudades imperiales junto a Fez, Meknes y Rabat, aunque la más exótica y deseada de todo el país, es también la metáfora del caos del trafico urbano. Si el país entero no es que sea

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un ejemplo para la DGT, lo de Marrakech es su punto culminante. El grado máximo de anarquía automovilística en la que, salvo algún que otro semáforo, la única regla es la del más fuerte, o mejor, la del más astuto. No es casualidad que exista tanto parecido entre su nombre y el del país. De hecho el término “Marruecos” es una derivación de “Marrakech”. La ciudad, como las otras grandes ciudades marroquíes, está dividida en dos partes: la ville nouvelle — construida durante el protectorado francés de parte del siglo veinte— y la Medina. Se alojaron en la ville nouvelle y en la Medina visitaron la plaza Jemaa el Fna en cuyos alrededores se encuentra La Kutubiya, uno de los tres minaretes, casi idénticos, que se conservan de las mezquitas almohades, junto con la Torre Hassan de Rabat y la Giralda de Sevilla. Aconsejados por la guía de viaje se dirigieron a la zona de la ville nouvelle y más concretamente al barrio de Guéliz donde al parecer podrían encontrar alojamiento sin demasiados problemas. Dani, Javi e Ilde tardaron más de una hora en volver con los demás compañeros después de recorrerse millón o millón y medio de hoteles en la zona, aproximadamente. Unos porque eran muy caros, otros porque eran muy sucios, otros

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porque olían regular, el caso es que finalmente, y tras duras negociaciones con el recepcionista del finalmente elegido, llegaron donde les esperaban, ya un poco desesperados, con una propuesta que temieron que no tuviera el consenso necesario. Tal vez la tardanza, unida a las dos noches que habían pasado en hoteles de carretera, hizo que su proposición se admitiera sin ninguna vacilación. La verdad es que el alojamiento estaba bastante bien y les iba a salir por menos de 24 euros por cabeza. Pero claro, cuando la cosa se tuerce se termina por retorcer aún más y esto fue lo que ocurrió cuando, al llegar todos al hotel, el recepcionista dijo Mohamed donde antes dijo Ahmed —o sea, donde dijo digo ahora decía Diego—, y venga, vuelta a empezar con la negociación del diálogo social. El asunto fue que anteriormente habían quedado en que las habitaciones serían con camas separadas y en ese momento el pollo sostenía que les tenía que cobrar más porque lo que le quedaba libre eran alcobas con camas de matrimonio. Tras arduas conversaciones, de las que Ilde se hizo cargo con su depurado inglés fuengiroleño, consiguieron esas habitaciones con alguna cama extra y por el mismo precio. Menos mal, aunque tuvo serias dudas de que mereciera la pena tanta pérdida de tiempo. O sí, porque allí de disponer de tiempo es de lo que presumen. El chip estaba

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cambiado, no hay problema, pero a veces le desesperaba y exasperaba tanto regateo. Finalmente cada uno a su cuarto y Javi y él, tras recorrerse la avenida Mohamed V correspondiente y sus aledaños varias veces esa noche y después de tratar hasta la extenuación con el empleado del hotel para sacar el mejor precio posible, se encontraron con el premio de que les asignaron una habitación con dos camas y un baño. Hasta aquí todo podría ser normal; el problema radicaba en que, literalmente, el espacio del dormitorio estaba ocupado por dos camas y un baño… y nada más, ni un metro cuadrado más para poder poner la maleta y pasar al baño sin tener que aplastar al compañero. La habitación tendría unos cincuenta centímetros cuadrados aproximadamente —bueno, algo más grande pero no mucho— y claro, digamos que su estado de satisfacción en esos momentos no era el más completo. Máxime cuando sabían, porque se las había mostrado anteriormente el tipo de la recepción, de la existencia de estancias cuatro veces más esplendidas que esa. En esos extraños instantes sonó el teléfono del acogedor cuchitril —en su más amplio sentido— indicándole desde el otro lado el amable recepcionista que las motos, que habían aparcado provisionalmente junto a la puerta del hotel, era necesario retirarlas de

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allí. Sin reparar en ello las habían dejado en la misma puerta del conocido e internacional Instituto Cervantes que, además, iba a ser inaugurado por el príncipe Felipe días más tarde. Los empleados del Instituto les explicaron que debido a tan Real visita les tenían dicho que todo estuviera como los chorros del oro —al menos hasta que pasara el día de la audiencia, luego ya…—. Esto les llevó a pensar en otro acomodo mejor para sus monturas. Les dijeron que en la calle de atrás había un portero de un edificio que las podría guardar en el portal, y hacia allí se dirigieron el copi y el chonin. Tras, como no podía ser de otra manera, una larga conversación, a la cual se agregó también en un momento dado alguien que pasaba por allí, acerca del precio, del tipo de motos, de la hora de recogida, etc., por fin llegaron a pactar un monto por cada moto, lógicamente, guardadas dentro del portal. Qué fácil sería tener una cuantía ya estipulada y decir que sí o que no. Aunque de esa forma el portero no se estaría aprovechando de su trabajo para sacarse un sobresueldo utilizando el portal del edificio, por donde entran las personas, como garaje particular. Pero el día estaba acabando retorcido y, como no, al volver con las motos, el tipo había cambiado unilateralmente el trato y pretendía que sólo algunas motos entraran en el portal, las demás en la calle y por el mismo precio. Ilde, que ya estaba algo

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calentito, se tragó las palabras para no mandarlo a la merde —que en francés suena más fino, pero que es el mismo sitio— y se llevaron las motos de allí. Siguiendo su particular búsqueda de alojamiento mecánico, preguntaron en la gasolinera que había justo enfrente del hotel; de ahí les mandaron a otra calle de atrás, seguidamente volvieron a intentarlo en la gasolinera; probaron con otra callejuela y finalmente las dejaron en plena calle, delante de la fachada del hospedaje, que es donde definitivamente mejor durmieron. La primera calle no les convenció porque donde pretendían que dejaran las motos era una amalgama de hierros, ruedas y manillares a lo largo de toda una acera, donde el riesgo no residía en el robo sino en que se fueran al suelo al más mínimo golpecito emulando un simple efecto dominó. En la gasolinera dieron, a su pesar, con el empleado más honrado de Marruecos, el cual, en un perfecto español, les explicó que no podía aceptar propinas y que incluso si así fuera no se haría responsable de unos vehículos ajenos. Al menos este fue sincero. Por último, en la siguiente calle, hicieron otro intento pero lo abortaron rápidamente al cruzarse con un negro enorme embriagado hasta las trancas que les quería, en el mejor de los casos, dar

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algo de conversación. Desde esa noche y en posteriores viajes se relajaron respecto a este tema y no se preocuparon más de lo imprescindible de buscarle techo y vigilancia a sus monturas. Si se encontraba, perfecto; si no, es que no haría tanta falta. Por fin llegó el momento de la cena. El largo día había hecho que acogieran ese momento con ilusión y cansancio a partes iguales. Dani se desmarcó para ir a cenar con su hermano, el cual subió desde Agadir esa noche para verse con él, y el resto acabaron en la calle de atrás del hotel —como no podía ser de otra manera esa noche— sentados en una terracita que no era más que las mesas de un bar, y otro y otro, ocupando toda la acera. Allí degustaron unos pinchitos, kefta y demás delicias marroquíes aromatizadas con el interesante olor que se desprendía de las axilas de uno de los camareros. Eso sí, todo muy bueno y barato barato. Aunque casi exhaustos por la dura jornada, tenían que tomarse una cervecita, que por esos lares no deja de ser una pequeña aventura sin saber muy bien donde te puede llegar a conducir esa búsqueda. Caminando calle arriba en busca de un lugar donde, según el recepcionista del hotel, podrían encontrar el fresco brebaje, nos encontramos con Dani que venía de vuelta a

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sus aposentos y, claro, tras una tímida negativa, para guardar las apariencias apoyándose en el cansancio, cayó en los brazos del demonio encarnado en los demás y se apuntó a la exploración. Pero, ahora ya llevaban con ellos a un profesional de moverse por aquel país y lo que acertadamente hicieron fue preguntar a un taxista por un lugar donde ir para acabar la noche y, tras la correspondiente negociación, tres petit taxi les condujeron hasta una discoteca grandísima, muy bonita por fuera y por dentro donde por fin pudieron degustar esa cerveza e incluso algún que otro cacharrito, eso sí, con las limitaciones de calidad en cuanto al hielo y refrescos a la que tienen acostumbrados aquellos lugares. Que mucha fachada, pero luego lo que realmente importa…

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Vista desde una habitaci贸n en Tinjdad

Marrakech la nuit

Gargantas del Todra

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Llegando a Marrakech

Plaza de Jemaa el Fna en Marrakech

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Pista 7 “No hay señales de stop ni límites de velocidad, nadie me va a hacer frenar, como una rueda voy girando, nadie se va meter conmigo (…) Estoy en la autopista al infierno” (Highway to hell – Angus y Malcolm Young, Bon Scott)

Marrakech – Casablanca. 19 de octubre de 2.007

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i caso es bastante particular. O al menos se podría calificar como una lástima por no haber aprovechado el tiempo en cultivar una parte de mi conocimiento que, como se suele decir en estos casos, nunca está de más. Una parte de mi familia proviene de la parte francesa de Marruecos y como tales dominan absolutamente ese idioma. Durante toda mi vida he escuchado hablar en casa, y posteriormente en el trabajo, a gente expresándose en francés. Esto ha hecho que mi oído esté completamente - 143 -


acostumbrado a los acentos, entonaciones, pronunciaciones y demás características de las lenguas en ese idioma. El error ha estado en que nunca lo he estudiado, ni lo he escrito, ni lo he articulado. Ahora bien, siento como si lo tuviera latente en algún lugar dentro de mí esperando a darle un empujoncito para salir. Me suena todo. Puedo saber incluso, en numerosas ocasiones, de qué se está hablando en una conversación. Es una sensación extraña porque después de eso, si quisiera decir algo, nada sale de mis labios. En este viaje he descubierto que efectivamente me falta un achuchón, un impulso para ponerme a hablar francés como un loco —bueno, igual me pasé. Dejémoslo en poder defenderme con monosílabos— . No se puede decir que haya charlado en francés con los autóctonos pero sí que, soltándome, he comenzado a decir palabras que guardaba en mi subconsciente sin saberlo. Y eso es bueno. De cualquier manera, esto igual es un calentón y mañana mando a tomar viento al estrecho este ímpetu de conocer la lengua del vecino del norte para poder viajar más ilustrado al vecino del sur. Dicen por ahí que más se perdió en cuba y vinieron cantando. Si es que muchas veces la solución más sencilla es la que se tarda en tomar, resultando, a la postre, la más efectiva. Las

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motos, después de la odisea para aparcarlas resguardándolas de los malvados moros de la zona la noche anterior, amanecieron en su sitio y sin ningún percance en plena avenida Mohamed V. No pasa nada. La prisa mata, amigo. Tras unos zumos de naranja y un completo desayuno marroquí fueron testigos del caótico tráfico de Marrakech, esta vez a la luz del día. Contemplándolo desde fuera llegaron a pensar cómo es posible atreverse a entrar en ese anárquico flujo. Pero lo hacían. Y no del todo mal, por cierto. Una visita obligada estando en esta ciudad es la famosa plaza de Jemaa el Fna con la sola intención de curiosear, mezclarse y confundirse entre turistas y locales. Hacia allí se dirigieron en tres petit taxis que costaron casi lo mismo cada uno: 15Dh. La plaza en sí esta viva. Dueños de quioscos de zumos naturales dan la bienvenida y asaltan a los visitantes para que consuman sus naranjas y no las del tinglado de al lado, preciosos puestos de especias y frutos, titiriteros, actores representando cuentos, encantadores de serpientes, monitos con sus amos, juegos manuales y rudimentarios de todo tipo. Lástima que no podían quedarse esa noche porque al caer el sol es cuando llega el momento cumbre del lugar en cuanto a representantes, representaciones y público.

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Antes de irse tuvieron la ocasión de presenciar un momento único. Fueron espectadores de como un mono relajaba sus esfínteres sobre la cabeza de Germán, ante lo cual él no salía de su asombro al ver que los demás no hacían más que intentar plasmar la mejor instantánea de la ocasión —trabajo harto difícil teniendo en cuenta lo jocoso de la situación—. También, y pensando en optimizar el poco tiempo del que disponían, se dieron un paseo en coche de caballos por el interior de la medina. El día era extraordinario, con el sol más brillante y castigador que jamás sintieron, así que al regresar a la célebre plaza le echaron el ojo a una terraza en un pequeño edificio —allí ningún edificio es demasiado alto— donde albergaban la esperanza de que quizá les pudieran servir unas cervezas. Pues bien, se sentaron en dicha terraza avistando un paisaje inigualable de Jemaa el Fna y de todo Marrakech, comprobando felizmente que tan solo sobresalían de sus edificios los minaretes de las mezquitas, tomando el sol como auténticos guiris… pero con unos simples refrescos ante ellos. Ni en el mismo centro del lugar más turístico de todo el mundo musulmán se pudimos beber unos botellines a gusto. Y mira que lo hubieran agradecido. Como ya estaba a punto de convertirse en costumbre, mientras estaban sentados

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disfrutando tranquilamente de las vistas y del bullicio de la plaza, comenzaron a darse cuenta de que como no emprendieran ya la marcha, las tinieblas los acogerían nuevamente de camino a Casablanca. Así que se dirigieron hasta el hotel, donde habían dejado aparcadas las motos el día anterior, para ponerse en ruta, siendo conscientes cada vez más que por mucho que corrieran la noche los envolvería, una vez más, con su especialmente oscuro manto marroquí. No faltó en esa escena el habitual personaje que se les acercó mientras se preparaban para arrancar y comenzó a contarles que él había estado guardando las motos todo este tiempo arriesgando su vida contra viento y marea ante los ataques continuos e incontrolados de una horda de delincuentes perfectamente equipados para la lucha. Un momento… Tranquilos… ¡qué se bajó de una furgoneta justo antes de empezar a pedirles dinero! Vaya jeta. Lo mejor en estos casos es recurrir a la más alta diplomacia y de manera indiferente contestarle algo así: —Que sí, que sí, Mohamed. Que eres un máquina. Que ya si eso otro día… El trayecto hasta Casablanca fue muy tranquilo ya que lo hicieron íntegramente por autopista, así que aunque les anocheció ya vislumbrando la ciudad en el horizonte de

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asfalto, por una vez no les preocupó demasiado a estas alturas de la película. Aprovechando esta carretera, fueron cada uno casi a su bola hasta que llegaron a un área de servicio justo antes del peaje de salida. Allí llenaron los depósitos de gasolina —Curro iba muy intranquilo porque pensaba que no llegaba— y decidieron dirigirse a un hotel Ibis que, si bien en Europa no deja de ser un hotel justito, en Marruecos es todo un lujo y, lo más importante, una garantía de comodidad y limpieza. En esos momentos todavía pensaban que esa noche —que aunque el sol ya se había marchado, aún eran algo así como las seis y media de la tarde— todo trascurriría sin contratiempos, que se acomodarían en el hotel, que saldrían a cenar después de una reparadora ducha y que se tomarían alguna copa en Casablanca la nuit. En toda esta imaginaria planificación se les escapó un detalle entre los dedos para que todo fuera, si no perfecto, sí según lo calculado. Y es que se encontraban en Marruecos y todo lo que tengas previsto es probable que no te sirva para mucho. Allí hay que saber improvisar, y eso, a fin de cuentas, es lo realmente auténtico. La información de que el Ibis no disponía de ninguna habitación libre para esa noche fue, de hecho, una doble mala noticia. Por un lado se desvanecía de un plumazo el

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deseo de comenzar esa noche relajadamente y bastante temprano, por otro lado eso significaba que, una vez más, debían comenzar la ardua tarea de buscar un alojamiento que se adecuara a sus necesidades económicas e higiénicas. Un taxi les llevó, a modo de escolta, hasta una zona de hoteles cercana a la estación de autobuses y desde ahí comenzaron su nuevo periplo en la búsqueda de acomodo. Dejaron las motos a cargo de algunos y otros se fueron a recorrer la zona. Algún hotel tendría que haber que no estuviera mal ya que la zona no se veía muy desfavorecida. ¡Qué equivocados estaban! Llegado un momento, Ilde ya había perdido la cuenta de cuantos hoteles —y similares— llevaban inspeccionados. Algunos con una simple visión exterior ya les echaban para atrás tanto por su exagerada mala pinta como por su exagerada buena pinta. Otros, donde se atrevieron a entrar, olían a demonios nada más comenzar a subir las escaleras de las habitaciones —mejor no hablar explícitamente de los baños—. En uno de ellos el recepcionista les dio la llave de la habitación para que pudiéramos examinarla mientras él continuaba con su duro y asfixiante trabajo de contemplar sin mucho interés la televisión. Aunque a medida que subían las escaleras sus esperanzas de haber encontrado algo que mereciera la pena iban

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decreciendo en cada escalón, la curiosidad y las ansias de conocer tiraban de ellos hacia la alcoba. ¿Quién sabe si al abrir la puerta les sorprendería algo inesperado? Pues sí. Algo tan completamente inesperado como una persona tumbada tan ricamente en la cama les descolocó y, lejos de asustarse o enfadarse por la súbita intromisión, el hombre los saludó con la mano casi al tiempo que cerraban la puerta incrédulos de lo que les acababa de ocurrir. También Alá aprieta pero no ahoga. Así, cuando la desesperanza comenzaba a embargar sus almas pasaron junto a un hotel que tenía bastante buena pinta. Demasiada buena pinta para el presupuesto que barajaban. Aún así fueron a preguntar sin mucha convicción en sus posibilidades. Un simpático recepcionista que les ofreció buen precio, buenas habitaciones, buenos baños, buenas camas, buen parking para las motos y buen desayuno incluido. Eso es lo que se encontraron en Casablanca después de haber estado más de una hora recorriendo sus calles cada vez más desmoralizados. Realmente, al final tuvieron suerte, y el chonin, esa noche, durmió del tirón por primera vez. Con todo el jaleo de la búsqueda de hotel se les echó el tiempo encima y se encontraron con que ya era demasiado tarde

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para ir a cenar a ningún sitio, así que decidieron que la mejor opción —ya que, además, no habían probado bocado al mediodía— era dirigirse a un establecimiento occidental e imperialista como Mc Donald. A Curro no le pareció muy buena idea —más bien lo consideró aberrante— y eso, unido al cansancio y a lo tarde que se iba haciendo, se convirtió en un enfado en toda regla. En el trayecto durante el cual Ilde y él compartieron un petit taxi hacia el recinto donde cenarían, bordearon un paseo marítimo muy bien alumbrado y atractivo. El caniho, en un intento de romper el hielo que Currito había creado alrededor de sí, hizo un comentario de lo más trivial acerca del paseo, algo así como “mira, qué bien iluminado está todo”, a lo que él, en un tono llano y uniforme, con los ojos entornados y sin apartar la vista del cristal de la ventanilla, contestó: —Sí… mira… una farola. Afortunadamente, si de malo posee esos mosqueos tontos—y que han llegado a ser ciertamente divertidos para los demás—, de bueno tiene que se le olvidan pronto y, por supuesto, rápidamente todo queda como si nada hubiera ocurrido. Tras una leve, pero recurrente, visita del diablo a nuestras mentes en forma de “que

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tal si nos tomamos unas cervecitas”, descartaron el maligno ofrecimiento a causa del largo día que acababan de pasar. Así pues, al llegar al hotel se despidieron cada uno a su cuarto no sin antes comprobar el efecto que unas serpientes de plástico, que los niños habían comprado en Marrakech, harían en el interior de las camas de Dani y Germán cuando estos se dispusieran a adentrarse entre sus sábanas. Y sí, allí estaban. Tíos de treinta y pico años —alguno de los picos bastante largo— corriendo por los pasillos del hotel y pegando la oreja en la puerta de la habitación de las dos victimas. Sabían que el viaje iba llegando poco a poco a su fin, aunque aún les quedaba por agotar el último cartucho: Tánger. Y ahí, jugaban en casa.

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Jemaa el Fna desde una terraza

Puesto de frutos

Saliendo de Marrakech

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Pista 8 “Luz de cruce, pon la distancia ante ti, siempre hay un lugar donde ir en la autopista” (Autopista – Sabino Méndez)

Casablanca – Tánger. 20 de octubre de 2.007

Y

a van siendo algunos años los que han pasado desde la primera vez que me llevaron de visita a Marruecos. En ese viaje inaugural pude comprobar in situ como la industria occidental aprovecha las irrisorias cantidades que la mano de obra local cobra por sus servicios para así, no solo no bajar los precios de sus productos —únicamente en contadas ocasiones— sino además obtener más beneficios a costa de la explotación consentida de los individuos autóctonos forzada por la necesidad. Pues bien, allá que se fue un amigo a - 155 -


regentar un negocio español de costura en la ciudad de Tánger aprovechando que se había concedido un breve descanso en sus estudios de abogacía. Y allá que nos fuimos a visitarlo para que nos enseñara todos los entresijos de un país pintoresco y distinto donde los haya. Ese fue un fin de semana intenso en todos los sentidos. Un choque frontal con otra cultura nada más agolparnos en la mesita de sellado de pasaportes sin haber bajado aún del barco, una comida en un bar local con cubiertos de madera y de donde salimos con sinceros regalos de agradecimiento, una salida nocturna donde comimos tapas al más puro estilo español y bebimos alcohol al más puro estilo marroquí, una siesta al día siguiente con el mero objetivo de volver a salir esa noche, unas compras en el zoco, una excursión a la preciosa vecina Asilah… Durante ese fin de semana Marruecos me cautivó y desde entonces he vuelto cada vez que se me ha presentado la ocasión. Hay gente que no lo comprende y prejuzga tanto al país como a sus habitantes. Para mí es como ese cantante o ese escritor arrogante y pendenciero que a nadie deja indiferente: o no se le soporta y se le condena, o se le adora y se le comprende. A mí, por supuesto, me caen bastante bien esos cantores y esos cuentistas.

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Este día comenzó con la única caída del viaje. Sucedió muy pronto, de hecho no habían ni arrancado las motos aún. Estaban todos en la calle, después de disfrutar del desayuno que les ofreció el hotel, acoplando el equipaje en cada una de sus monturas y limpiando las viseras de los cascos, cuando sucedió lo que todo motero teme que le suceda alguna vez. Y no, no hablo de un revolcón en ruta, sino de estar cada uno en sus tareas preparatorias y de repente escuchar un ruido, girarse hacia su origen y penetrar por sus ojos la imagen de Javi en el suelo junto a su moto igualmente tumbada a su vera, y todo esto sin ni siquiera haber metido la llave en el contacto. Hay que decir en su defensa que el asfalto de la calle estaba muy irregular y que su moto pesa lo suyo. Aunque brevemente les dio a todos un sustillo. Prueba de ello es el hecho de que no existe documento gráfico del suceso —fotografía que ahora no hubiera tenido precio, todo hay que decirlo—. Antes de salir hacia Casablanca quisieron hacer una visita a uno de los monumentos más emblemáticos e impresionantes de todo el país: la Mezquita Hassan II. Es la mezquita con el alminar más alto del mundo y se encuentra situada literalmente a la orilla del océano atlántico — de hecho está construida sobre un terreno

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ganado al mar—. También es la única mezquita en todo Marruecos que los no musulmanes pueden pasar a visitar. Más concretamente los no musulmanes que no se encuentren en la última fase de su viaje y que, por ese motivo, estén dispuestos —o dispongan— a pagar los 120Dh (unos 11€) que costaba la entrada al recinto. Como ellos encajaban perfectamente en este último perfil, se contentaron con dejarse impresionar por sus colosales dimensiones y sus preciosas combinaciones de colores en cada uno de los mosaicos que adornaban el edificio. Ciertamente es una visión única la de este gigante pegado al mar. El itinerario del día iba a ser más rápido y sencillo que las jornadas anteriores ya que harían todo el camino por la autopista que une Marrakech con Tánger. Salir de Casablanca fue lo más costoso, al igual que cuando llegaron a la altura de Rabat cuando la cómoda y despejada autopista se mezcló sin previo aviso con el caótico tráfico de la ciudad con semáforos, cruces y controles de velocidad incluidos. Estas regulaciones merecen un párrafo aparte debido al carácter pintoresco de la situación. Una pareja de policías —vestidos con uniformes normalmente con las tallas equivocadas— camuflados entre la maleza

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que hace de mediana entre los dos sentidos de una autopista. Uno de ellos maneja diestramente el radar, que no deja de asemejarse al báculo que portan los magos de la película “El Señor de los Anillos” en cuyo extremo superior el mismísimo Gandalf hubiera acoplado un visor de fotos turísticas, y así se pasa las horas mirando por el cacharrito hacia la carretera. El otro, a indicación del compañero vigía y cuando detecta, a través de su sofisticado aparato, alguna infracción digna de sanción o mordida, se planta en mitad de la vía cual peatonal kamikaze y, brazo en alto, indica al infractor, que a veces va dos y tres coches más atrás, que se vaya retirando al arcén que allí van a tener ellos una conversación la mar de productiva —al menos para una de las partes—. Conducir por grandes carreteras tiene la ventaja de la velocidad, la rapidez y lo directo que estas te llevan de un punto a otro. Pero al mismo tiempo guardan consigo un gran inconveniente: el aburrimiento. Cuando se viaja en un vehículo a dos ruedas tragando kilómetros por una gran autopista, sin compañía —en esos momento el grupo se había fraccionado para volver a verse en el peaje de Asilah—, después de una semana de duras jornadas al volante y sin dormir excesivamente bien, el sueño acaba por hacer su visita de cortesía cuando menos se le

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necesita. De repente, a lo lejos, cual oasis en el desierto, divisó Ilde un área de servicio. Con el fin de despejarse y no tentar más la suerte se dirigió hacia ella. Lamentablemente el oasis se transmutó en espejismo cuando al ir acercándose pudo comprobar que estaba cerrada e incluso abandonada. El anhelo de refrescarse, en todos los sentidos, con una coca-cola en la mano se fue al traste en un soplo, y aunque llegó a bajarse de su montura para estirar las piernas, se largó de allí apresurado al comenzar a resultarle un poco tétrica toda aquella desolada y fantasmagórica estación. Esto es una prueba evidente de que no es aconsejable ir solo cuando se puede conducir acompañado —entiéndase por el cansancio, no por el cague en cuestión— y en eso se basó, no sin cierta razón, el consiguiente mosqueo de Curro al llegar al punto de encuentro cada uno por su lado. Ciertamente Ilde acababa de padecer, en solitario, un episodio que quizá no habría tenido que experimentar si hubiera rodado en compañía de otros. Llegar a Asilah es sinónimo de pescaito en Casa Pepe o Casa García, paseo por su cuidada medina y, si es posible, disfrute de su maravillosa puesta de sol. Este es un pequeño pueblo a pocos kilómetros de Tánger y a la orilla del océano, con un gran paseo marítimo y una encantadora medina donde no existe

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más color que el blanco andaluz y el azul mar. Sus limpias calles donde se alojan comercios turísticos, en los cuales es bastante aconsejable entablar una conversación de regateo, te llevan desde su puerta principal hasta su malecón acompañados siempre por una tonificante brisa marina. Así que disfrutaron de todo eso —excepto de la puesta de sol por motivos obvios— mientras les daban tiempo a terminar sus manjares a los comensales que comían en su futura mesa. Por supuesto las motos las dejaron una vez más al cuidado de un señor que pasaba por allí y que las custodió por un módico precio, con todo el equipaje encima, hasta después del café y todo. Los cierto es que se pegaron un pequeño homenaje a base de pescaito frito y alguno que otro a la plancha sentados todos alrededor de una mesa y disfrutando del especial momento. Aunque no se quedaron a admirar el atardecer en Asilah, este les estuvo acompañando durante gran parte del trayecto hasta Tánger. Una pequeña carretera rectilínea a orillas del mar y el sol poniéndose en su horizonte parecía presagiar, muy elegantemente, el fin de esos buenos días que habían pasado. En ese tramo sucedió lo que Curro había estado advirtiendo durante todo el viaje, y es que al final alguien se quedó sin gasolina. La moto de Germán se paró, y esta

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vez no fue por ningún problema mecánico ni nada. Lo hizo porque ya no tenía de donde captar recursos y se plantó en el arcén como diciendo “hasta aquí hemos llegado”. Los demás continuaron hasta el hotel que, hablando de Tánger, ya sabían de antemano cual iba a ser, y Curro y el copi tardaron en llegar después de haber comprado 6 dirhams de carburante —sí, sí, unos cincuenta céntimos de euro—. Tras el correspondiente regateo para conseguir mejor precio que el ofrecido por las habitaciones, se instalaron en tres, dos de ellas comunicadas entre sí. Tras comprobar que el inodoro de Javi e Ilde no funcionaba bien, avisar a recepción, venir alguien de mantenimiento a arreglarlo y continuar estropeado una vez que el operario salió por la puerta, decidieron usar el de la habitación de al lado, que para eso estaban comunicadas. Pese a que no tenía Ilde el cuerpo para muchas fiestas —lo que se conoce llanamente como “tener el cuerpo cortao”—, estaban en su última noche y en su familiar Tánger así que Curro, Jaime y él se fueron en busca del pertinente afeitado a navaja, como debe ser. Allí ya cuentan con su barbero habitual, un muchacho joven que regenta una pequeña barbería y que se esmera con pulcritud

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extrema y milimétrica para que no quede ni el más minúsculo atisbo de barba en cada mejilla. En esa breve escapada al centro se dieron cuenta que la ciudad estaba muy cambiada, para mejor, con respecto a la última vez que la habían visitado. La encontraron más limpia, con la plaza llamada del 9 de abril, situada en una de las puertas del Gran Zoco, totalmente reformada y con una gran fuente en su centro. Asimismo todas las calles del zoco habían sido peatonalizadas. Estas cosas hacían que la anteriormente internacional ciudad se mostrase de una manera más atractiva aún a sus visitantes. De vuelta ya en el hotel comprobó que el cansancio ya hacía profunda mella, al menos en él, al tumbarse en la cama para relajarse unos minutos y quedarse placenteramente dormido hasta justo la hora en la que habían quedado para salir a cenar algo y tomar unas copillas. Rápidamente se puso en pie después de, adormilado, comprobar la hora en su teléfono móvil. Tras una rápida ducha reparadora, seguida de la ingesta de una pastillita analgésica, se plantó en la recepción del hotel en perfecto estado de revista. Finalmente todos salieron dispuestos a pasar juntos, y con unos tragos por delante, la última noche del grupo en Marruecos. Germán

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tuvo un amago de quedarse en el hotel porque no le apetecía mucho el plan de cena de tapitas y copas en distintos garitos de la ciudad. Pensaba quedarse a leer y después a descansar toda la noche. Quién lo hubiera creído cuando Dani, Ilde y él se vieron llegando de vuelta al hotel a muy avanzadas horas de la madrugada después de doblegarse los dos primeros ante varias incitaciones suyas que más o menos podrían resumirse en lo siguiente: —Chino, ¿y si nos tomamos la última en otro sitio? Venga, vamos Ildesito. Nótese que los nombres verdaderos se tornan en cariñosos motes cuando el individuo en cuestión se encuentra muy a gustito con el entorno.

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Mezquita Hassan II en Casablanca

Arreglando el piloto trasero de la moto de Dani

多Alguna diferencia?

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Atardecer sobre el ocĂŠano

Llegando al peaje de Asilah

Puerta hacia el mar en Asilah

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Pista 9 “Nos volveremos a ver porque siempre hay un regreso, por eso, contá con eso, pongo mis manos en el fuego por vos” (Nos volveremos a ver – Andrés Calamaro, Jorge Larrosa)

Tánger – Málaga. 21 de octubre de 2.007

T

odo lo que comienza, por definición, debe de tener un fin. En el mejor, y más longevo, de los casos ese final sería nuestra propia muerte. Muchas veces anhelamos que este o aquel problema que nos acosa llegue a su término lo antes posible, pero se aferra a nosotros como si supiera que esa es la única manera que tiene de sentirse perjudicialmente útil. En cambio, los momentos felices, las etapas prósperas y agradables de la vida, a menudo pasan como una exhalación sin darnos tiempo a regocijarnos en ese disfrute. En cualquier caso - 167 -


puede que todo sea —y pienso que en un alto porcentaje así es— cuestión de percepciones: lo que nos molesta se nos hace más pesado y largo en comparación con lo que nos agrada que nos suele resultar delicioso y breve. De todo hay. Este viaje se podría englobar sin ninguna duda, y como creo que se ha podido comprobar a lo largo de todo el escrito, en el segundo grupo. Y esto es por varias razones. Durante estos nueve días he vivido nuevas e inesperadas experiencias; he desterrado de mis costumbres la absurda escrupulosidad que me acompañaba cada vez que me alojaba en algún hotel o comía en algún sitio no demasiado aseado; he recuperado el placer de montar en moto y la satisfacción de hacerlo en compañía de otros; he conocido más a fondo, con sus virtudes y sus defectos, al pueblo marroquí; pero por encima de todo lo más destacable de estos nueve días, y lo que ha hecho que este viaje se haya convertido en uno de esos momentos felices de los que hablaba antes, ha sido el haber conocido a nuevos amigos inéditos hasta la fecha, haber reafirmado y endurecido la hermandad con otros e incluso, en algún caso, haber surgido una verdadera amistad después de veinte años de conocimiento. Este día concluyó nuestra travesía, pero comenzó algo más. Como alguien dijo, “bien está lo que bien acaba”.

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No existe mejor manera para comenzar un nuevo día con renovadas energías y con ganas de comerse el mundo tras una noche de recorrida de bares, que despertarse de sobresalto con la canción de la serie Benny Hill retumbando en la cabeza y sin saber de donde proviene tan alarmante estruendo. Eso es lo que le sucedió a Ildesito esa mañana. Abrió los ojos de par en par y tras incorporarse en la cama sus oídos seguían oyendo ese infame ruido al tiempo que sus ojos no lograban localizar la fuente del sonido. A los pocos segundos —un tiempo record para lo poco que había dormido— se asomó a un lado del lecho y, tras un par de ojeadas debido a que su cerebro no daba crédito a las imágenes que los ojos le enviaban, se convenció de que la figura era real. Curro se encontraba tumbado en el suelo, mirándolo y sonriendo con el móvil en la mano, el cual no cesaba de emitir la estridente melodía. Una cosa es segura, se despertó de manera eficaz y, sorprendentemente, con buen humor. Tras un desayuno en un bar cercano al hotel, al cual no se incorporó Rubén ya que tuvo la suerte de no tener a alguien a su lado con un teléfono cantarín y pudo continuar descansando en su habitación, se fueron al zoco para llevar a cabo las últimas compras que les quedaban por hacer. Ya de día se dieron mejor cuenta de los muchos y buenos

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cambios que había experimentado la ciudad. Además de los ya mencionados anteriormente de la plaza cercana al zoco y el asfaltado de sus calles, se les presentó un gran paseo marítimo delante suya con la ciudad de Tarifa allá a lo lejos. Dani se quedó en el hotel reparando la luz trasera de su moto —un poquito de cinta aislante y a volar— así que en cuanto regresaron los demás del centro partieron hacia Ceuta por una de las carreteras más bonitas que jamás haya existido. El trayecto lo deslució, por incómodo y peligroso, las fuertes rachas de viento que soplaban esa mañana en esa zona. Pero aún así fue una delicia para todos, y una continua sucesión de postales, rodar por esa carretera paralela al Estrecho. Siempre que Ilde ha tenido la ocasión de repetir, no ha desaprovechado la ocasión de volver a sobrecogerse con sus inmensos paisajes. Ya en la frontera con Ceuta, en la misma cola justo antes de pasar por el control de la policía española y tras haber pagado para que les realizaran todos los trámites “burrocráticos” en las ventanillas marroquíes, Germán, que se encontraba con su moto junto a la de el chonin dispuesto a pasar de nuevo a España, se acordó de algo que llevaba en el bolsillo y que no le venía a la cabeza desde

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hacía varios días. Con tan solo un par de vehículos entre ellos y el control policial llamó su atención, y algo nervioso le soltó: — Hostia Ilde, que tengo en el bolsillo el chocolate que sobró el otro día. ¿Ahora qué? La situación, lejos de resultarle embarazosa, le pareció de lo más chistosa y, sin perder la calma, Ildesito le aconsejó que, aunque no creía que fuera a pasar nada importante, lo cogiera disimuladamente y lo dejara caer al suelo. Así lo hizo y seguro que esa misma noche algún madero fronterizo se fumó un cigarrito a su salud. Después de tantos días sobre suelo extranjero —en el más amplio sentido de la palabra— Ilde sintió un cambio brusco cuando, por ejemplo, el policía nacional de la garita le saludó con un simple, pero agradecido, buenas tardes. Ya se encontraban en suelo español para lo bueno y para lo malo. Al llegar a Algeciras apenas se dijeron un adiós o un hasta luego, cogieron las motos y, en desbandada, cada cual tiró para su olivo. Las despedidas no son precisamente lo más agradable de un viaje, y mucho menos cuando se han compartido tantas cosas, en tan poco

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tiempo y con tantas personas. El nivel de tristeza de una despedida es una perfecta medida de lo que se ha disfrutado anteriormente, y ese hubiese sido, aunque no todos lo hubieran exteriorizado, un doloroso alejamiento. Ilde se marchó en su fiada moto, con pensamientos encontrados atrapados dentro del casco y acompañado de Javi durante unos cuantos kilómetros. Le hizo una señal para que le adelantase y siguiera, libremente, a su ritmo. Cuando lo hizo y le sobrepasó, se despidieron saludándose con la mano.

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Plaza del 9 de abril en Tรกnger

Vista panorรกmica de la playa de Tรกnger con Tarifa al fondo

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Bonus track

Epílogo

L

a vida te lleva por caminos raros. Es cierto. Con catorce años quise heredar prematuramente el vespino de mi hermano, pero por alguna razón no conseguía aprobar el examen correspondiente. A los dieciséis por fin pude comenzar mis andanzas con las dos ruedas al adquirir una licencia en el sobre de “siempre toca” que el Estado repartía a los adolescentes que quisieran poseerla. Justo al comenzar la Universidad cambié el ciclomotor por una auténtica motocicleta. Y, después de ella, se acabó la carrera para mí, o mejor dicho se interrumpió. En los años posteriores, a la mínima oportunidad que se me presentaba de dar una vuelta con alguna máquina de algún amigo lo hacía. En ocasiones, y casi estaba convencido de ello, pensaba que nunca más volvería a poseer una - 175 -


propia ya que cada vez me sentía más inseguro sobre ellas. Años después se presentó la oportunidad de realizar este viaje y, aunque no disponía de moto propia, supe que no podía dejar pasar la ocasión. Y realicé lo que cualquier motero gusta de hacer: un viajecito con su moto, su mochila y sus compañeros. Y llegó el momento inevitable de, por fin, volver a tener una particular. Veinticinco años después de sufrir lunes tras lunes el no estar incluido entre los aprobados del examen para conducir ciclomotores, volví a sentir la llamada de las dos ruedas y la compré. Es pequeña, pero la más versátil. Y nos hemos ido de viaje. Y nos volveremos a ir, aunque eso ya son otras historias, otras intrigas. Intrigas que hay que procurar no dejar pasar nunca porque no hay que olvidar que siempre, siempre, en cualquier lugar… hay, esperándote, una historia. “Salí de la oscuridad y en la voz tuve todas las miradas sobre ti. ¿Te vas a dejar la piel o te pilla el acomodo? Mal que bien, siempre hay una historia que ofrecer. Y al fin da igual, pasa lo que tiene que pasar” (Siempre hay una historia – Rosendo Mercado)

Ildefonso Díaz Octubre 2007 – Enero 2010

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AGRADECIMIENTOS No quisiera concluir este texto sin dejar especialmente citados a Curro, Dani, Germán, Rubén, Jaime y Javi, mis eternos compañeros de viaje. A mi pareja Ángela, por sus labores de corrección, por dotarme involuntariamente de mi alias y por cederme el mejor sitio de la casa para escribir a expensas de desplazarla “al otro cuarto”. A los verdaderos amigos por estar ahí aunque no lo crean (vosotros sabéis quienes sois) y a los “no tan amigos” por hacer que se reactiven mis impulsos tras cada traspié. Al legítimo propietario de “mi” moto. A las canciones, sus autores y sus intérpretes, por hacerme partícipe de mil historias que jamás protagonicé.

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Banda sonora Principio de incertidumbre.- Ismael Serrano Yo nací para estar en un conjunto.- Pereza Te espero.- Andrés Calamaro La vida te lleva por caminos raros.- Quique González El extranjero.- Enrique Bunbury Colgados en la carretera.- Los Rebeldes Hoja de ruta.- Ariel Rot On the road again.- Willie Nelson Highway to hell.- AC/DC Autopista.- Loquillo y Trogloditas Nos volveremos a ver.- Andrés Calamaro Siempre hay una historia.- Rosendo La frontera.- La Frontera Camino de la cama.- Siniestro Total A fuego.- Extremoduro Alias el Chino.- Loquillo y Trogloditas

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Siempre hay una historia eodando por marruecos  

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