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miércoles 25 Agosto 2010

el manifiesto

Tres facetas de Vicente Villada L Norberto López Ponce*

a ciudad de Toluca se conmocionó el 6 de mayo de 1904 con la noticia de que el gobernador del Estado de México, General de Brigada, José Vicente Villada Perea había muerto. Terminaba así un largo periodo de gobierno iniciado el 20 de marzo de 1889. En esos quince años, la sociedad, la economía y la cultura estatal habían cambiado. El gran éxito del régimen era la paz y el progreso material. Villada moría en el momento en el que la dictadura porfirista se encontraba en su cumbre. Aún no se presentaba la crisis económica y la crítica política se encontraba en proceso de organización. Ya se advertía sin embargo, cómo se había generado una sociedad ahogada en la extrema pobreza, sin derechos sociales, democracia de ficción y un mecanismo de reelección que eternizaba a los gobernantes. El cuerpo de don Vicente estuvo expuesto en el Palacio de Gobierno y frente al féretro desfilaron cientos de ciudadanos, personalidades y grupos sociales. Como nunca se había visto en la capital del Estado, cerca de quince mil personas acompañaron al finado hasta el Panteón General. De la vida de don José Vicente Villada pueden distinguirse tres grandes etapas: la del conservador, la del republicano y la del porfirista. El conservador Villada fue hijo del general Manuel María Villada y de doña Cayetana Perea. No se tiene una fecha exacta de su nacimiento; probablemente ocurrió en 1840 ó 1842 en la ciudad de México. Su infancia se desarrolló en el seno de una familia tradicionalista que gozó de una brillante posición, en vista de que su padre era miembro de la elite militar del partido conservador. Viviendo en la capital de la República, el adolescente Villada conoció la feliz noticia de la llegada del general Antonio López de Santa Anna -1 de abril de 1853- al puerto de Veracruz para hacerse cargo por enésima vez del Poder Ejecutivo Federal, respondiendo a una invitación de los conservadores triunfantes bajo la bandera del Plan de Arroyo Zarco. Un asunto importante para el gobierno santanista estaba referido a someter los poderes de los Estados de la Federación. Para acabar de golpe con ese asunto, Santa Anna quitó a los gobernadores de los 33 departamentos y nombró a sus hombres de confianza, uno de los cuales era el general Manuel María Villada. Con el nombramiento de gobernador interino del estado de Guerrero en el bolsillo, don Manuel se dirigió a Tixtla para recibir de Juan Alvarez, el gobierno y la comandancia militar de esa entidad. El cargo no llegó a ejercerlo plenamente, en vista de que el 28 de julio de ese año, la muerte lo sorprendió frente al santuario de la Natividad, víctima de una epidemia de fiebre. El joven Vicente Villada, ante el fatal acontecimiento, tuvo que buscar trabajo para sostener a su madre Cayetana. Encontró la oportunidad laboral en la imprenta de Ignacio Cumplido, laborando como tipógrafo en el periódico liberal El Siglo XIX. Más adelante, se cambió al taller de Rafael Rafael donde se editaba El Universal, un diario célebre porque sostuvo con entusiasmo al gobierno

centralista, predicó con entusiasmo las ideas monárquicas y hacía las veces de vocero del gobierno santanista. Afín a las ideas del régimen, el diario mantuvo sistemáticamente campañas de insultos y calumnias contra la Revolución de Ayutla. En ese lugar laboró Villada hasta el 15 de agosto de 1855, día en que el pueblo salió a la calle para festejar la noticia de que Su Alteza Serenísima, Antonio López de Santa Anna, había salido de México rumbo Veracruz y luego al exilio en su amada Colombia. Jubiloso, el pueblo arrojó los tipos de imprenta a la calle, quemó los libros y no dejó nada de lo que había sido El Universal. Los revolucionarios liberales arropados en la bandera del Plan de Ayutla levantada el 1 de marzo de 1854 habían logrado arrojar al dictador camino al mar. En su caída Santa Anna arrastró a todos los simpatizantes y a personajes asociados al partido conservador. Vicente Villada en tal circunstancia abandonó la ciudad de México y se trasladó a Veracruz. En el puerto halló trabajo, pero ante mejores perspectiva en Cuba, viajó a la isla del Caribe. Mientras estuvo en La Habana, en México ocurrieron varios hechos: el Congreso decretó la Constitución de 1857, un golpe militar conservador bajo la bandera del Plan de Tacubaya intentó romper el orden legal; dos Presidentes de la República funcionaron, el espurio del general Félix Zuloaga y un año después el de Miguel Miramón y el constitucional del licenciado Benito Juárez; asimismo, conservadores y liberales libraron una encarnizada guerra

civil o Guerra de Reforma buscando dirimir el problema del poder y proyecto de nación mediante las armas. Luego de tres años de duro trabajo, la epidemia de vómito que asolaba la isla y la nostalgia familiar hicieron retornar a Villada a su patria en febrero de 1859 cuando la guerra, en su segunda fase, se inclinaba a favor de los liberales. En Tampico, quizá motivado por el apremio, la venganza, el porvenir glorioso de las armas o la herencia ideológica familiar, el joven Vicente Villada decidió sumarse al contingente de las fuerzas reaccionarias. Más adelante fue asignado a las fuerzas del general Gregorio Callejo como pagador de su cuerpo. En esa comisión marchó a lado de las tropas del general Tomás Mejía quien se dirigía a territorio de Querétaro para chocar con el ejército liberal. La operación tenía la intensión de detener al general José María Arteaga el cual pretendía atacar la ciudad de México. Buscando el aniquilamiento del enemigo, el 14 de marzo de ese año, las tropas liberales y conservadoras se trenzaron en combate en San Juan del Río. En esa memorable batalla de Calamanda, el destrozado contingente conservador fue dispersado. Villada que había intervenido en el combate, se extravió en aquella confusión. Indignado Callejo lo consideró desertor y lo acusó de haberse fugado con 7 mil pesos que importaban los haberes de la tropa. Al día siguiente, cuando los dispersos se reagrupaban, Villada se presentó al cuartel general con su caja íntegra dando una

Poderes lección de honradez. El 22 de diciembre de 1860, en franco retroceso, las fuerzas de Miramón fueron destrozadas en San Miguel Calpulalpan, municipio de Jilotepec. Perseguidos y en desorden los restos del ejército conservador se refugiaron en la ciudad de México para respirar y organizar la huida. En plena noche navideña Márquez, Miramón y Zuloaga abandonaron apresurada y sigilosamente la ciudad. Tres días después las tropas del general Jesús González Ortega entraron a la ciudad de México sellando el triunfo liberal en la Guerra de Reforma. En la desbandada, Vicente Villada se refugió en la ciudad de Pachuca protegido por sus parientes, y durante los meses siguientes no se involucró con los grupos reaccionarios que merodeaban el territorio mexiquense; con todo, seguía con atención el curso de los acontecimientos políticos. A finales de 1861, Villada estaba enterado de la inminente invasión de Inglaterra, Francia y España para exigir a México el pago de la deuda externa. Apremiado por la amenaza, el gobierno mexicano expidió una amplia ley de amnistía para todos ciudadanos que hubieran cometido delitos políticos desde el 17 de diciembre de 1857 hasta esa fecha. El republicano Frente a esa circunstancia Villada se presentó en la ciudad de México al general Manuel Doblado, ministro de Relaciones, a ofrecer sus servicios en defensa de la República. Sin tener tropa, fue dado de alta en la Legión de Honor, con la comisión de organizar en Pachuca un batallón. Aunque no concurrió a la defensa de Puebla atacada por los franceses el 5 de mayo de 1862, Villada logró adiestrar algunas compañías, y al ser nombrado el general Pedro Hinojosa comandante militar del 2 distrito del Estado de México entregó esos hombres al contingente que se preparaba para resistir el contraataque francés en Puebla durante los meses de marzo, abril y mayo de 1863. En las operaciones para la defensa de Puebla, Villada asistió como integrante del Batallón de Zapadores en el Ejército del Centro, dirigido por el general Ignacio Comonfort. Pero estacionado en San Martín Texmelucan no participaba la defensa de Puebla, por lo que deseando participar en el sostenimiento del sitio, pidió su incorporación a la Brigada de Jalisco, al mando de Pedro Hinojosa quien tenía a su cargo la defensa del fuerte de Loreto. La resistencia republicana fue heroica, pero luego de dos meses de aguantar, sin alimentos, agua, ni pertrechos de guerra para el Ejército de Oriente, el general Jesús González Ortega y los jefes de las Divisiones acordaron el 17 de mayo de 1863, disolver el ejército, destruir las armas y ponerse a disposición, como prisioneros de guerra del ejército francés. Villada marchó con los demás prisioneros rumbo a Veracruz, pero en el camino, Vicente en compañía de otros republicanos escapó y fue a dar a Tehuacán. En esta población los fugados se reagruparon en torno al general Pedro Hinojosa y emprendieron el viaje hacia Oaxaca. Siendo importante entregar documentos a miembros notables del partido liberal, Villada fue comisionado por Hinojosa para ir a la ciudad de México y luego a San Luis Potosí a recibir órdenes superiores del gobierno del presidente Benito Juárez. Cumplida con éxito su misión, el cuartel general nombró a Villada capitán de la 1ª Compañía del 2 Batallón de Toluca, perteneciente a la Brigada del general Juan B. Caamaño, integrante de la División de don Felipe Berriozábal. Este tenía la orden de salir a mediados de 1863 a hacer campaña en el estado de Michoacán, espacio del Ejército del centro a cargo del general José López Uraga. En esta entidad y durante cuatro años de intensa y abnegada lucha contra las fuerzas francesas y reaccionarias y contra el imperio

Poderes de Maximiliano de Habsburgo, impuesto por los invasores, José Vicente Villada dio muestras de valor, disciplina, iniciativa, humanismo y honestidad, así como cualidades excepcionales de organizador. Varios hechos dieron cuenta de esas virtudes. A las órdenes de Berriozábal, Gobernador y Comandante Militar de Michoacán, asistió, el 18 de diciembre de 1863, a la acción combinada con López Uraga sobre la ciudad de Morelia, con el objeto de desalojar al general reaccionario Leonardo Márquez de la capital michoacana. En esa operación, los Batallones 1, 2 y 3 Ligeros de Toluca, Carabineros de Toluca y Lanceros de Toluca dieron una muestra de pasmosa valentía y arrojo. En efecto, la columna del 2 Ligero de Toluca, con disciplina, orden y energía atacó a las tropas conservadoras, cumpliendo la comisión de penetrar a la ciudad. El general Juan B. Caamaño, jefe de la Brigada y Leonardo Márquez se disputaban la posesión de las trincheras. De pronto un grito de entre las filas liberales anunció que el coronel Padrés, jefe del batallón toluqueño estaba muerto. La confusión se apoderó de los soldados republicanos y Márquez recobró la trinchera. Al mismo tiempo, el abanderado del 1 Batallón de Toluca fue herido. La insignia nacional cayó en poder de los traidores. Eduardo Ruiz, autor del libro sobre la Intervención francesa en Michoacán, describe: En aquel momento, un joven capitán atravesó rápido entre los soldados, y de entre el grupo de enemigos, arrebató el lábaro, lo defendió y se retiró con él, seguido de la destrozada columna de ataque. Aquel joven era el capitán José Vicente Villada, a quien Berriozábal ascendió al empleo de comandante del batallón en el mismo campo de batalla. La operación de tomar Morelia fue un fracaso para el Ejército del Centro. Las tropas dispersas fueron a reunirse a Uruapan. En esa población, Berriozábal entregó el 21 de marzo de 1864 a Juan B. Caamaño el mando de Gobernador y Comandante Militar de Michoacán en razón de que él respondía al llamado del cuartel general republicano situado en Monterrey. En medio de la desgracia, ya los generales López Uraga y Caamaño y otros jefes republicanos situados en Michoacán planeaban la traición. Esa ocasión fue oportunidad para Villada de mostrar lealtad a las instituciones republicanas, porque conociendo el proyecto de sus jefes de pasarse a las filas conservadoras, don Vicente esperó con prudencia a tener elementos objetivos que lo hicieran tomar una decisión. Cuando vio en efecto que las tropas iban a ser entregadas como rebaño a Leonardo Márquez, no vaciló en proclamar a la República, vitorea a la Patria y gritar mueras a los traidores. En la reorganización de las tropas republicanas, el general José María Arteaga asumió la jefatura del Ejército del Centro y el general Carlos Salazar la dirección del gobierno michoacano. Por los méritos de Villada, Salazar lo ascendió al grado de teniente coronel. En esos días se agregó la brigada del general Nicolás Régules. Villada y su batallón quedaron incorporados a esa fuerza. Con Régules asistió al ataque a Tacámbaro el 11 de abril de 1865 ocupado por la Legión belga. En ese lugar, el regimiento de la emperatriz Carlota había secuestrado a la esposa e hijos de don Nicolás Régules, con el fin de atraerse a los republicanos. Incluso, de manera infame y durante el ataque, colocaron a los miembros de su familia en una trinchera, exponiéndolos a la metralla. La indignación de Régules ante tal atrocidad lo hizo combatir con fiereza. La columna de Villada atacó de frente, él mismo resultó herido cuando penetró denodadamente por uno de los puntos fortificados. Todo era muerte, pólvora y sangre. Los belgas simulando rendición, atrajeron a los republicanos y luego los acribillaron. Ante tamaña felonía el furor liberal se desbordó.

el manifiesto Momentos después la columna que mandaba el coronel Villada entró a la primera fortificación. Régules asumió el control de las acciones y rescató sana a su familia. La tropa pedía represalias ejemplares contra las villanías belgas. Con todo, prevaleció la cordura y la indulgencia. Los belgas fueron hechos prisioneros y muchos liberados. El 19 de junio de 1865, concurrió Villada al ataque de Uruapan en compañía de su jefe Régules. En ese lugar, mostró su genio militar. Imposibilitados para apoderarse del edificio parroquial por la disposición de las tropas imperialistas, Villada dispuso un ingenioso mecanismo. El coronel hizo una trinchera con su tronera en el zaguán de una casa situada frente a la iglesia. Allí situó un obús de montaña. Con lazos, mandó a abrir el zaguán y lanzó el primer disparo. Otro lazo cerró el zaguán y se cargó inmediatamente el obús, de manera que mientras sus soldados estaban protegidos, los enemigos eran diezmados. Abierta la brecha, Villada se lanzó rápidamente sobre el reducto y lo tomó a fuerza viva. Los soldados enemigos fueron hechos prisioneros. Días más tarde se presentó en Uruapan el coronel Miguel Eguiluz portando un comunicado del general Arteaga a Villada, en el que le ordenaba fusilar a todos los reaccionarios. Villada, ajeno a la venganza, pidió al jefe que lo eximiera de esa responsabilidad, pero como Arteaga insistiera, solicitó su baja para presentarse al presidente Benito Juárez. Esa firme posición de Villada conmovió a Arteaga, quien decidió perdonar a todos los

en Uruapan, quienes al reconocer a don Vicente, intercedieron por su persona. Eliminado el jefe de las fuerzas republicanas, el general Vicente Riva Palacio asumió el mando del Ejército del Centro. Una de sus primeras tareas consistió en negociar el canje de prisioneros con el gobierno imperial: los belgas de Tacámbaro por los liberales. El intercambio se efectuó el 5 de diciembre de 1865 en el pueblo de Acuitzio. Entre los canjeados figuraron los coroneles José Vicente Villada, José María Romo y el toluqueño José María Hernández. En situación tan difícil en Michoacán, el 12 de julio de 1866, el general Nicolás Régules tuvo conocimiento de la inminente evacuación del ejército francés. El impacto de la noticia en el campo conservador fue demoledor, sobre todo cuando en octubre los intervencionistas empezaron a concentrar sus tropas en la capital del Imperio para emprender la retirada sin gloria. Los reaccionarios empezaron a preguntarse: ¿Qué va a ser de nosotros? Dada esta situación, los contingentes republicanos fueron recuperando los espacios territoriales abandonados por los reaccionarios. El 19 de febrero de 1867, el emperador Maximiliano decidió hacer la defensa de su imperio en Querétaro. Casi de inmediato llegaron a imponer un sitio las divisiones de los generales Ramón Corona y Nicolás Régules, agregándose a las tropas del general Mariano Escobedo. En Querétaro, el coronel Villada contribuyó extraordinariamente a la victoria repu-

prisioneros, menos al coronel Lemus, jefe de los traidores. En una de las expediciones que Villada hizo con Régules, pasó por el pueblo de Puruándiro, recién ocupado por los imperialistas. Para regocijo del antiguo linotipista, allí halló letras de imprenta, tinta y material suficiente para improvisar la publicación de un periódico. Bajo su redacción difundió el Boletín de la Primera División. La lucha en Michoacán se desarrolló con suma ferocidad por parte del general imperialista Ramón Méndez, porque había la pretensión de extirpar este centro de resistencia republicana de los estados de, Querétaro, Guanajuato Estado de México y Jalisco. En ese sentido, la persecución conservadora fue implacable. En ese contexto, el 13 de octubre de 1865, las fuerzas del general José María Arteaga fueron sorprendidas en el de Santa Ana Amatlán. Sin mucha resistencia, Méndez aprehendió a toda la plana mayor del Ejército del Centro: al general en jefe José María Arteaga, al gobernador de Michoacán, general Carlos Salazar y a los coroneles José Vicente Villada, Manuel García de León y Trinidad Villagómez. Satisfecho con sus presas, Méndez aplicó de inmediato la recién aprobada Ley del 2 de octubre, que ordenaba la pena de muerte a todos aquellos que pertenecieran a grupos armados. Villada pudo salvar la vida gracias a que entre los hombres de Méndez, venían jefes y oficiales que habían sido perdonados

blicana. Lograda esta el 15 de mayo, Villada marchó con el general Corona a sumarse al general Porfirio Díaz en la ciudad de México. Más adelante, por sus méritos civiles y militares, la Legislatura de Michoacán declaró a Benito Juárez, a Vicente Riva Palacio y a José Vicente Villada, ciudadanos michoacanos. Consumada la Restauración de la República, Villada realizó una larga carrera legislativa como diputado y senador. Además, sus cualidades excepcionales de administrador quedaron de manifiesto cuando fue Presidente Municipal de la Villa de Guadalupe, misma que combinaba con una intensa actividad periodística. El porfirista Don José Vicente llegó al gobierno del Estado de México en 1889 por ser un hombre del presidente Porfirio Díaz, es decir, un personaje “elegido” por designación, para venir a la entidad a poner fin a los conflictos locales. La permanencia definitiva en el Ejecutivo local pudo darse debido a la competencia demostrada en el desempeño del encargo. Villada reveló sus virtudes de excelente organizador y conciliador en sus primeros cuatro años de gobierno. En efecto, cuando asumió la gubernatura del Estado, la primera generación de porfiristas ya había agotado sus cualidades con la espada para imponer la docilidad política en la entidad. La nueva fase requería competencia administrativa, capacidad

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para conocer bien la vida del Estado y tacto político para negociar con los hombres del poder económico y político. Francois-Xavier Guerra, en su interesante estudio sobre el porfiriato establece que los hombres eran “dóciles a los mandatos dados por Díaz”, por lo que si esta cualidad se cumplía podían pretender “perpetuarse indefinidamente en el poder y formar neocacicazgos dependientes”. Villada, adicionalmente, asumió el gobierno de la entidad en el momento preciso en que se efectuaba un cambio en la coyuntura internacional. Los países capitalistas metropolitanos buscaban en los países periféricos no sólo nuevos espacios, sino materias primas y mercados. En tal contexto, el Estado de México, rico en minerales en las municipalidades de El Oro, Zacualpan, Sultepec y Temascaltepec, vio reactivada su economía. Las minas promovieron el relanzamiento de la agricultura maicera, la ganadería, el comercio interior y el desarrollo de manufacturas: textiles, papel, cerveza, harina, alimentos, lácteos, vidrio y pulques, entre otras. Con ello se inauguró la aplicación en el país y en la entidad del modelo primario exportador que sobreviviría a la Revolución Mexicana y se agotaría en 1929. Sustentado en un ejemplar aparato administrativo, la hacienda pública, por ejemplo, guardó una situación floreciente. El aumento de los ingresos sobre los gastos permitió reducir impuestos a los dueños del capital nacional y extranjero, a fin de estimular su permanencia y asentamiento en el territorio estatal. Mediante esa política de protección y estímulo a la industria, las empresas mineras, textileras, papeleras, entre otras, se modernizaron. La riqueza creció, pero se concentró en manos de los propietarios de los medios de producción. La bonanza, en consecuencia, no se derramó hacia la base social, ni llegó a los obreros en la forma de mejores salarios o seguridad social. Las grandes haciendas, en efecto, hicieron florecer la agricultura; pero mientras los hacendados prosperaban, los campesinos sufrían la expropiación de sus tierras y la explotación de su fuerza de trabajo. En las minas, la expoliación y la indefensión de los trabajadores eran semejantes. Casi al final de su vida, Villada expidió una ley que protegió a los trabajadores en los casos de accidentes de trabajo. El progreso material se expresó en los espacios urbanos de las cabeceras distritales. Se construyeron atarjeas, las calles fueron empedradas y embanquetadas, los ríos embovedados, los puentes se hicieron de mampostería, se abrieron nuevas calles y calzadas y formaron plazas y jardines, se extendió el teléfono y el telégrafo, se pusieron farolas y las calles fueron iluminadas con bombillas eléctricas. La ciudad fue embellecida con fuentes y estatuas, las fachadas arregladas, las cantinas demolidas. La ciudad de Toluca adquirió el perfil de una ciudad moderna. Interesado en la educación, impulsó el Instituto Científico y Literario, creó la Escuela de Artes y Oficios, la Escuela Normal para Profesoras, el Conservatorio de Música, la Escuela Regional de Agricultura y la Correccional de Toluca y para las escuelas de primeras letras buscó la innovación pedagógica. Para los marginados del progreso, edificó instituciones de beneficencia, hospitales de maternidad e infancia, el más notable fue La Gota de Leche. En fin, con don José Vicente Villada, la entidad tendió las bases materiales para el desarrollo económico, mismo que sirvió al régimen revolucionario triunfante en 1917 de plataforma para edificar el nuevo Estado mexicano. *Investigador del Instituto Superior de Ciencias de la Educación del Estado de México.


Tres facetas de Vicente Villada