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PALABRAS

PRONUNCIADAS

POR

EL

DR.

JOSE

NARRO

ROBLES, RECTOR DE LA UNAM, EN LA SESION SOLEMNE DEL CONGRESO DE LA UNION, 22 DE SEPTIEMBRE 2010. Página del Rector, 22 septiembre 2010. Mis primeras palabras son de agradecimiento. Muchas gracias al Congreso de la Unión por la iniciativa; gracias, por este reconocimiento a la Universidad de la Nación. A todos los grupos parlamentarios de las cámaras de Diputados y de Senadores, a las presidencias de las mesas directivas, a las juntas de Coordinación Política, a todas y todos nuestros legisladores, por mi conducto la comunidad universitaria les expresa nuestra gratitud. Para nosotros, esta ceremonia tiene un valor inapreciable. La Universidad de México es parte de la historia del país. Es una institución que ha cambiado en concordancia con las transformaciones de la nación. Esta fue su historia en el virreinato, en el convulso siglo XIX, esta es su historia en el centenario que ahora celebramos. El proyecto definido por Justo Sierra creó una institución fundamental para que México se modernizara; para que el México de antes de la Revolución, transitara al México de hoy. Por ello, creo que con justeza se puede afirmar que la nación mexicana no sería la misma sin su Universidad, como igualmente se puede sostener que la Universidad tampoco sería la misma si no hubiera estado tan estrechamente vinculada a la sociedad de la que es parte, a sus necesidades y anhelos. El vínculo de la universidad con la nación es la mejor muestra de la razón que Justo Sierra tenía al pensar que México necesitaba una institución liberadora, capaz de darle emancipación mental, una institución que le diera sustento a su modernización y progreso material. Justo Sierra fundó una Universidad para todo el país. Una institución que no ha sido una simple transmisora de conocimiento, sino una verdadera educadora. Como él quería, en los últimos cien años la


Universidad Nacional ha apoyado al país en su desarrollo. Mucho es lo que la Universidad Nacional ha aportado en la prestación de servicios, en lo económico, en la expansión de la infraestructura, en la ciencia, en el desarrollo tecnológico, en la cultura, en la política. Por ello, con orgullo y satisfacción podemos decirle a nuestro fundador: maestro Justo Sierra: ¡misión cumplida! La aportación más visible de la Universidad Nacional Autónoma de México al desarrollo del país, consiste en la preparación de millones de jóvenes que han podido estudiar y egresar de sus aulas, tanto del bachillerato como de la licenciatura y el posgrado. La UNAM ha abierto las puertas del conocimiento a jóvenes de todos los estratos sociales, muchos de los cuales han sido los primeros en sus familias en ingresar a la educación superior. La UNAM es uno de los espacios más importantes del país en el cultivo de las ciencias y las humanidades. Es una casa del pensamiento no sólo mexicano, sino iberoamericano. Ha producido nuevo conocimiento para beneficio de la sociedad a lo largo de sus cien años de existencia como Universidad Nacional; ha contribuido al desarrollo de instituciones de educación superior en México y en otros países. Además de casa de estudios, la UNAM es casa de cultura, de creación y de difusión. A través de sus espacios, la Universidad cumple con su función de extender los beneficios de las culturas mexicana, iberoamericana y universal. Al tiempo que ha atendido sus responsabilidades esenciales, la UNAM ha realizado muchas otras tareas. Custodia parte de la memoria histórica de México en la Biblioteca y la Hemeroteca nacionales. Atesora numerosas colecciones nacionales y presta servicios invaluables al conjunto del país. Como muestra de esto último, se pueden mencionar los servicios Sismológico y Mareográfico, o el Observatorio Nacional. Junto a lo anterior, también se suman su papel en la conformación del régimen de libertades del país; en el desarrollo de la vida democrática de México; en la preparación de líderes para todos los sectores y en todos los campos del saber y del quehacer humano; así como en la organización y desarrollo de varias de nuestras instituciones.


Reconocemos nuestras insuficiencias y nos esmeramos en superarlas. Sabemos que hay espacio para la mejoría y ahí tenemos un compromiso. Nos alienta permanentemente la posibilidad de progresar en el cumplimiento de nuestros objetivos. Por nuestro compromiso con los asuntos del país, a los universitarios nos preocupan las condiciones que afectan a México. Sin duda, hoy somos mejores que hace un siglo, pero no hemos llegado a donde queríamos llegar. El verdadero progreso no se puede generar entre la desigualdad y la exclusión, en medio de la ignorancia y las muertes evitables. Tampoco la sociedad puede prosperar ni vivir en paz, con los niveles de inseguridad que nos afectan. Es hora de reconocer que muchos de nuestros problemas, de los históricos y los derivados del propio proceso de modernización, no tienen solución si seguimos por el mismo camino, si no se efectúan reformas de fondo, si no se ponen en práctica políticas alternativas, si no se imagina y traza un nuevo proyecto nacional. Requerimos actualizar muchas de nuestras instituciones, para avanzar en la democracia, para fortalecer el federalismo y el equilibrio de los poderes, para estimular el desarrollo económico, para consolidar un verdadero Estado de derecho donde la ley establezca su imperio, pero también, para robustecer la política social. Los nuevos tiempos de México reclaman un diseño renovado de su porvenir y en consecuencia, una reforma integral. Tenemos que dar el gran salto del México desigual a un México con equidad, solidaridad y justicia social, donde la opulencia y la miseria se moderen, como lo planteó Morelos hace doscientos años. Los derechos sociales para todos los mexicanos son, hoy por hoy, una condición básica para avanzar hacia el país que todos anhelamos. Pero no basta con que dichos derechos se enuncien en el texto constitucional. Debemos avanzar y hacerlos exigibles. La agenda de México en el siglo XXI debe partir de ese reconocimiento. El nuevo curso de desarrollo debe poner en el centro de su eje a la lucha contra la desigualdad, la pobreza, la exclusión, la ignorancia y la enfermedad. Debemos reconocer que ningún proyecto vale la pena, si no sirve para mejorar las condiciones de vida de la población. Es cierto, en términos presupuestales se debe actuar con


responsabilidad, pero no privilegiar políticas en las que es más importante preservar los equilibrios financieros o fiscales, que resolver los desequilibrios sociales o del desarrollo humano de nuestra gente. Requerimos enfoques que miren al país en el largo plazo. Debemos retomar la confianza en nosotros mismos, cambiar para anticipar los nuevos desafíos. Difícilmente podremos avanzar en este sentido si no damos la debida prioridad a la educación, a la ciencia y al desarrollo tecnológico. La actual sociedad del conocimiento está transformando a las sociedades industriales, en sociedades basadas en el conocimiento y la innovación. Ello implica invertir sustancialmente en estos ámbitos. El progreso en este sentido implica enormes desafíos para naciones como la nuestra. ¿Cómo pertenecer a la sociedad y a la economía del conocimiento en nuestras condiciones? Más allá de la retórica, si no se transforma radicalmente nuestra realidad, quedaremos retenidos en el viejo siglo. No daremos el paso correcto, en tanto destinemos 0.7 del PIB a la educación superior y 0.4 a la investigación. No será posible mientras sólo tres de cada diez jóvenes mexicanos estudien en las instituciones de educación superior. No será viable si no se multiplica, al menos por diez, el número de patentes concedidas a mexicanos. En estos tiempos en que se tiende a disminuir el valor de la política, es necesario reivindicarla en su sentido originario, de participación de los ciudadanos en los asuntos que interesan a todos, no como un fin en sí mismo, sino como un medio para la realización de propósitos útiles a la sociedad. Es necesario retomar los valores intrínsecos de la política: el diálogo, la negociación, el respeto a las opiniones ajenas y la voluntad de alcanzar acuerdos. La universidad es una institución académica. Para cumplir con sus fines, debe preservar la libertad de cátedra, de investigación, de expresión y de crítica. Tal libertad implica que la universidad no debe subordinarse ni comprometerse con los intereses emanados del ejercicio de la política. En la universidad caben todas las ideologías, todas las corrientes del pensamiento, ya como objeto de estudio, ya como forma de análisis de la realidad, o como método para lograr que la pluralidad se exprese con absoluta libertad. Sin embargo, en ella no


cabe la política que tiene por objeto la obtención del poder. No cabe porque al hacerlo, al tomar parte de una posición, se acabaría con la riqueza que le da su pluralidad. Soy de los que no tienen duda de que por nuestra universidad pasan las distintas agendas nacionales. Sin embargo, para que esto forme parte de la realidad, quienes coordinamos el trabajo de la comunidad, debemos hacer a un lado las agendas personales, al tiempo que se conserva una sana y responsable cercanía con todas las fuerzas políticas del país, con todos los sectores, con la sociedad entera. El acto que nos convoca, es un ejemplo de ello. Yo no he escuchado en el Congreso a ningún legislador oponerse a la educación, la ciencia y la cultura. Por el contrario, en la última década, los apoyos adicionales para la educación superior aprobados por la Cámara de Diputados ascienden a 50 mil millones de pesos. Con su decisión, ni las finanzas públicas se desequilibraron, ni se generó un colapso en nuestra economía. En cambio, con esos incrementos y con los propuestos por el Ejecutivo Federal, la matrícula de la educación media superior y superior aumentó en diez años en más de un millón de alumnos y las universidades se fortalecieron. Con frecuencia los ciudadanos hemos conocido de acuerdos que toman las fuerzas políticas en el país. Frente a ello nos congratulamos. Nos queda claro que esto se dificulta en los tiempos electorales. Pero tenemos todavía más claro, que no todos son tiempos electorales. De igual forma ha sido posible establecer pactos políticos que en principio parecían improbables. Hoy quiero, respetuosamente, pedir a esta soberanía que las fuerzas políticas representadas en el Congreso establezcan un gran acuerdo en favor del rescate social que México demanda, del que se requiere para pagar la deuda histórica, del que necesitamos para solucionar los problemas que a Morelos, Juárez o Zapata perturbaban, de esos que a muchos hoy nos agobian. En particular, les invito a que el compromiso se signifique, en un inicio, con el establecimiento de una política de Estado que incluya la duplicación de la cobertura en la educación superior y el cumplimiento


de la Ley General de Educación que desde hace más de cinco años establece el compromiso de asignar el uno por ciento del PIB a ―la investigación científica y al desarrollo tecnológico‖. De igual forma se deben considerar, la duplicación de los recursos para las artes y la cultura y la aprobación de presupuestos plurianuales en la materia. Frente al ciclo presupuestal que ya inició, con igual respeto pido a la Honorable Cámara de Diputados que se incrementen los recursos destinados a las universidades públicas federales y estatales, a la ciencia y la cultura, además de que el destinado a la UNAM se mantenga en los términos presentados por el Ejecutivo Federal, que mucho reconocemos. Al hacerlo se fortalecerá a las instituciones y se invertirá en el presente y el futuro del país: en su juventud. Ni un solo peso de los que requieren la educación superior, la ciencia y la cultura, se debe escatimar a las instituciones correspondientes, pero tampoco un solo centavo del presupuesto se debe distraer de su cometido. Por ello, la transparencia en el ejercicio del dinero público y la rendición de cuentas, son irremplazables y cualquier desvío debe ser sancionado con toda energía. Hoy que el mundo flaquea en su sistema de valores laicos, hoy que el dinero y los bienes materiales se han convertido en el emblema del éxito, debemos regresar a los principios básicos. ¡Que no se nos olvide!: lo que importa no es lo que la gente tiene en las bolsas de valores. Lo trascendente y apreciable son los valores que los ciudadanos portan. Estoy seguro que en el horizonte hay un México mejor, más justo, libre y democrático. Un México con mayores oportunidades para la juventud y la niñez; con mejores condiciones de empleo e ingreso para nuestra población productiva; con mayores niveles de dignidad para nuestros adultos mayores; con mejores condiciones de vida para todos. Un México distinto, pero con su Universidad Nacional acompañándole en el trayecto y la misión. Somos más, muchos más, los que creemos en la Patria, los que sabemos que se puede, los que sostenemos que es posible un cambio de paradigma, sin sobresaltos, pero con un impulso definido hacia el porvenir. El desafío no es sólo crecer en la economía, también y en especial, mejorar la dignidad de los que nada tienen, edificar un


verdadero desarrollo humano para todos. Para ello debemos actuar con mayor justicia, al igual que pensar en grande y en el largo plazo. En nombre de la Universidad Nacional Autónoma de México, reitero mi más sincero agradecimiento al Congreso de la Unión por esta sesión solemne. Quienes formamos parte de la comunidad universitaria, académicos, alumnos y trabajadores, los actuales y los que nos antecedieron, estamos muy reconocidos con aquellos que a lo largo del tiempo han creído y apoyado a la Universidad de México. Agradecemos también a todos los poderes públicos, al legislativo y al judicial, a los gobiernos municipales, estatales, de la ciudad de México y federal, que han apoyado de muy distintas maneras a nuestra institución. Quiero también expresar nuestro reconocimiento a las personalidades y organizaciones sociales, empresariales, filantrópicas y del más diverso signo, así como a las instituciones académicas afines de nuestro país y de los diversos confines del orbe, por el apoyo y el aliento que han dado a la UNAM. Por último, no puedo dejar de hacer una mención muy especial a la sociedad mexicana. A esa sociedad nos debemos y por ella nos esforzamos, para toda ella, nuestro agradecimiento. Ayer señalaba que estos tiempos son oportunos para lanzar vivas a México y a la UNAM, también para reiterar el lema de la Universidad: ―Por mi raza hablará el espíritu‖


NOTICIAS UNAM 100 Aテ前S


UNAM: 100 años Editorial La Jornada, 22 septiembre 2010. El 22 de septiembre de 1910, dos meses antes del comienzo de la Revolución Mexicana, Justo Sierra encabezó la inauguración de la Universidad Nacional, heredera de la Real y Pontificia Universidad de México, la cual, a su vez, tenía tras de sí tres siglos y medio de acumulación de conocimientos y cultura. Es inquietante y significativo de la circunstancia actual de México que el centenario de la máxima casa de estudios haya pasado prácticamente inadvertido para una oficialidad volcada a convertir en fiesta dispendiosa e insustancial las conmemoraciones de las gestas insurreccionales iniciadas en 1810 y 1910. A pesar de esa omisión inexcusable, la sociedad mexicana tiene sobrados motivos para festejar el primer siglo de su principal institución de educación media superior y superior, que es, por añadidura, el más importante centro de investigación, reflexión y de encuentro entre el país y el mundo, así como uno de los principales faros de difusión cultural y científica y una de las salvaguardas fundamentales del patrimonio histórico común Si hubiera que reducir a la UNAM a unas cuantas cifras esenciales, tendrían que anotarse, entre otras, las siguientes: 314 mil alumnos, 35 mil académicos, tres mil 500 investigadores, 2 mil edificios, 139 bibliotecas, 56 mil computadoras conectadas en red, 18 museos, otros tantos recintos históricos, un canal de televisión y una estación de radio, una casa editora de miles de libros y de cientos de publicaciones periódicas, así como una Ciudad Universitaria que ha sido declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. Más allá de los activos, en la institución se imparten 85 licenciaturas y operan 40 programas de posgrado, con 83 planes de estudio para maestría y doctorado, así como 34 programas de especialización con 189 orientaciones. Prácticamente no hay un ámbito del conocimiento universal en el que la máxima casa de estudios no tenga especialistas de primer nivel, desde los estudios medievales hasta la nanotecnología, pasando por las ciencias jurídicas, la odontología y la informática. Además de su dimensión académica, esta institución ha sido espacio de análisis y debate para los principales movimientos sociales y las


propuestas de transformación nacional e internacional. Mención especial merece el movimiento estudiantil de 1968, gestado principalmente en la UNAM y en el Instituto Politécnico Nacional, que prefiguró, así haya sido en forma trágica, los avances democráticos experimentados por el país en años posteriores. Al mismo tiempo, la UNAM ha fungido como un elemento inapreciable de superación personal en lo individual y de movilidad social en lo colectivo, y ha permitido que millones de estudiantes de origen humilde, hijos de campesinos, de obreros y de pequeños comerciantes, ingresaran a la clase media, fenómenos que a su vez abonaron la estabilidad política y la gobernabilidad durante largas décadas. Por otra parte, la Universidad Nacional ha ofrecido trabajo y refugio a miles de profesionistas extranjeros: españoles republicanos obligados a salir de su país por la barbarie franquista; centro y sudamericanos que llegaron a México huyendo de las dictaduras militares; profesionistas de Europa del este expulsados por las convulsiones económicas, políticas y bélicas que siguieron al derrumbe del Pacto de Varsovia y de la Unión Soviética. Esa apertura, congruente con la tradición de asilo que caracterizó a nuestro país, no sólo abrió nuevas perspectivas vitales y profesionales a incontables ciudadanos del mundo, sino enriqueció el quehacer académico y cultural de México. A pesar de su vastedad y de su evidente utilidad institucional, la UNAM se encuentra, desde hace un par de décadas, sometida a una inocultable animadversión del poder público, el cual, desde antes de la alternancia presidencial de 2000 y hasta la fecha, concibe a la educación con estrechos criterios de rentabilidad inmediata e ignora la importancia de una enseñanza pública de calidad. La principal expresión de esa hostilidad –aunque no la única– ha sido el permanente acoso presupuestal de autoridades empeñadas en transferir las responsabilidades educativas del Estado a operadores privados. La preservación de la institución y su defensa ante esta adversidad requiere del concurso de toda la sociedad, porque una degradación de la máxima casa de estudios sería una pérdida gravísima para el país en términos educativos, culturales, tecnológicos, de desarrollo científico y humano, de soberanía, de estabilidad y de civilización. Larga vida a la UNAM.


Resolver México con educación Editorial El Universal, 23 septiembre 2010 La Universidad Nacional Autónoma de México cumplió ayer 100 años de vida. Una ocasión para argumentar sobre uno de los peores lastres de nuestro país: el rezago educativo. El rector José Narro Robles lanzó una convocatoria a las fuerzas políticas para el ―rescate social‖ de México. La manera de festejar el primer siglo de la Universidad, dijo el rector, debería ser con un acuerdo que signifique la creación de una política de Estado para duplicar la cobertura de la educación superior en la próxima década y asignar el 1 % del Producto Interno Bruto a la investigación científica y el desarrollo tecnológico. ¿Quién podría estar en desacuerdo? En el discurso no hay partido político que se niegue a estas iniciativas. El desacuerdo está en el cómo. Por un lado están quienes exigen más eficiencia y transparencia a la educación en su conjunto, incluida la UNAM, a cambio de más recursos. Por el otro, quienes añaden a esos principios la necesidad de una Universidad que prepare ciudadanos íntegros, no sólo egresados. Lo cierto es que el gasto educativo debe concebirse como una inversión a largo plazo, con frutos tal vez poco claros en el futuro inmediato, pero determinantes en el desarrollo del país. El Congreso de la Unión, los legisladores, fueron los principales destinatarios del discurso del rector porque tienen en sus manos la definición del presupuesto de Egresos 2011, uno de los pocos ámbitos donde las políticas de Estado en su conjunto pueden reconducirse. Otorgar más presupuesto a la educación superior para aumentar su cobertura puede no incidir de inmediato en los índices de pobreza; sin embargo, otorga una oportunidad de autorrealización a los sectores más agraviados. La investigación científica no convertirá a México de la noche a la mañana en exportadora de tecnología, pero sentará los cimientos para que ello ocurra antes de que los pozos petroleros se sequen.


Sólo 3 de cada 10 mexicanos tienen acceso a la educación superior, esto se refleja en infinidad de rezagos nacionales desde el casi nulo registro de patentes hasta las limitadas opciones para el autoempleo de posibles emprendedores. Un cambio de modelo habría sido la mejor manera de celebrar el cumpleaños 200 de México. ¿Qué tanto el discurso del rector moverá conciencias entre legisladores y Ejecutivo? Ojalá más que en el pasado. A José Narro se le ha descalificado como radical, en vez de asumir que su ánimo no es el de quebrar cristales, sino el de asumir como propio el ímpetu de cambio de los jóvenes a quienes tiene a cargo.


El papel de la UNAM hacia el futuro Lorenzo Córdova Vianello El Universal, 22 septiembre 2010. El día de hoy la UNAM celebra el centenario de su institución como Universidad Nacional. Si bien los antecedentes de su fundación se remontan a más de cuatro siglos y medio cuando se instituyó la Real y Pontificia Universidad de México, es hace cien años cuando comienza su rol definitivo como uno de los pilares institucionales indiscutibles del Estado mexicano. A diferencia de la suntuosa y despilfarradora celebración del Bicentenario que se ha enfocado más al oropel y al festejo —en el mejor de los casos, cuando no a proyectos inacabados, pospuestos o, de plano, fallidos—, dejando pasar la oportunidad de ser un contexto de reflexión sobre el estado que guarda el país y las rutas futuras sobre las que debería encauzarse su desarrollo, la UNAM celebra su centenario en medio de un muy intenso y bien planeado y nutrido conjunto de actividades académicas, culturales, artísticas y editoriales. Si bien es innegable que en estos cien años la historia de la Universidad ha estado íntimamente vinculada con los sucesos políticos, económicos y sociales que han marcado el México del último siglo, hoy como pocas veces antes esa institución se proyecta de manera muy importante como un potencial puntal de transformación del país hacia el futuro. Y es que, a mi juicio, una de las más importantes virtudes de la UNAM es que constituye un foro privilegiado de discusión y de debate de los grandes problemas nacionales y que, particularmente en tiempos recientes, en su seno se han generado algunos de los diagnósticos más relevantes para pensar las posibles soluciones para las múltiples crisis que aquejan a nuestra nación. Un ejemplo de lo anterior es el documento Hacia un nuevo curso de desarrollo. México ante la crisis que un conjunto de quince estudiosos, convocados por el rector José Narro, presentaron hace un año y que representa uno de los diagnósticos críticos más elaborados del modelo económico imperante en el país y de cuáles deberían ser los ejes que debería inspirar las políticas de desarrollo para hacer de la nuestra una sociedad más justa y menos desigual.


Y no se trata de mera retórica. A pesar de sus problemas —evidentes y ya diagnosticados—, la UNAM es una institución que como pocas cuenta con una masa crítica y con un prestigio capaz de incidir en los destinos nacionales en un contexto en el que las políticas públicas parecen haber perdido sentido de orientación. Así, por ejemplo, quienes nos ocupamos de las cuestiones jurídicas debemos reivindicar el papel transformador de los derechos sociales en sociedades tan injustas y desiguales como la nuestra y colocar la defensa y efectiva garantía de esos derechos como una de las exigencias más apremiantes del desarrollo inmediato del país. Durante décadas ha prevalecido la idea de que esos derechos tienen un carácter programático e ideológico; que se trata de cartas de buenas intenciones plasmadas en la Constitución y en los tratados internacionales y que, consecuentemente, no tienen algún grado de obligatoriedad para el Estado. Toca a nosotros desde la Universidad denunciar y desmontar ese discurso y construir uno nuevo que reivindique la obligatoriedad del respeto y satisfacción de los derechos fundamentales y en particular de los sociales, así como de su exigibilidad, como una vía transitable para lograr una sociedad más igual y más justa. Nos corresponde, desde la academia, encauzar los esfuerzos y construir los contextos de exigencia necesarios para que los encargados de definir las políticas públicas de desarrollo atiendan y cumplan las obligaciones que al Estado le impone el reconocimiento de esos derechos. Y es que no podemos dejar pasar el buen momento que pasa la Universidad y el innegable peso que tiene en el ámbito público para incidir en el futuro del país. Y eso es algo que nos corresponde hacer a todos los universitarios desde los distintos ámbitos del conocimiento científico, cada quien en su respectiva área. Me parece que hoy la mejor manera en la que quienes laboramos en la Universidad podemos celebrar nuestro centenario es terminar de cobrar conciencia del potencial que tiene la UNAM como una palanca de transformación de la sociedad y de incidencia en la vida nacional y de actuar en consecuencia. La deuda histórica de construir una


sociedad mรกs equilibrada, mรกs justa y mรกs democrรกtica nos lo impone. Investigador y profesor de la UNAM


Mi casa es su casa Mauricio Merino El Universal, 22 septiembre 2010. Hoy la UNAM cumple 100 años. Por fortuna, lo celebrará con el respaldo de una impresionante producción científica y artística, producto de una sólida comunidad de investigadores, creadores, profesores y estudiantes, y de una larga trayectoria reconocida en todo el mundo. Por sus méritos y sus aportaciones, la UNAM es hoy la universidad más importante de América Latina y es un legítimo motivo de orgullo para los mexicanos. Sus números son apabullantes: 314 mil alumnos, desde el bachillerato al doctorado, que estudian alguno de sus 74 programas de posgrado o especialización; de sus 85 carreras universitarias, de los tres planes de bachillerato o de las dos carreras técnicas que ofrece. Más de 300 mil personas participan en sus diplomados, cursos, talleres y conferencias para todo público. Poco más de 35 mil académicos trabajan en la UNAM, en 22 dependencias dedicadas a la educación superior y 14 al bachillerato, además de los 29 institutos, 16 centros y ocho programas dedicados a la investigación. Tiene museos, recintos históricos, acervos bibliográficos, iconográficos y naturales como ninguna otra institución de México, y sus servicios van desde el que ofrece el Sismológico Nacional hasta el monitoreo del Popocatépetl, pasando por la Biblioteca, la Hemeroteca y el Herbario nacionales, además de un largo etcétera integrado de orquestas, creación artística de toda índole y, por supuesto, de los Pumas. Empero, esos mismos números se han enderezado con una frecuencia lamentable en contra suya, bajo el argumento de la masificación que comenzó hace medio siglo —hacia el final de los sesenta—, y al que se sumaría muy pronto el de la pauperización, para conformar una crítica que acabó siendo clasista: muchos estudiantes pobres equivalía, según la visión de las élites políticas y económicas de México, no sólo a la pérdida de calidad en la enseñanza, sino al prejuicio social del rechazo a lo común. Ser universitario dejó de ser una prenda intelectual para unos cuantos y una promesa verosímil de ascenso en la escala de la sociedad, para volverse lisa y llanamente el resultado del esfuerzo propio.


A la masificación y la pauperización siguieron los conflictos. No sólo el emblemático 68, sino los que vinieron durante los 20 años posteriores, hasta desembocar en una crisis universitaria de final de siglo. Y aunque después vendría la calma y la UNAM volvería a ser reconocida por sus méritos, lo cierto es que el prestigio de sus egresados y su capacidad para promover la movilidad social aún enfrentan los estigmas que dejamos crecer hasta convertirlos en otra forma de discriminación. La UNAM aporta, con creces, la mayor parte de la investigación científica de México; sus profesores dominan de lejos los trabajos de la Academia Mexicana de Ciencias, mientras que más de la mitad de los investigadores de mayor nivel probado ante el Sistema Nacional de Investigadores son de la UNAM. En las llamadas ciencias duras, nadie sensato pondría en tela de juicio el liderazgo de esa casa, y en materia de ciencias sociales, sus institutos de investigaciones jurídicas y de investigaciones sociales forman parte de lo mejor de México y son, simplemente, imprescindibles en el debate público. Hay datos de sobra para demostrar la alta calidad de la investigación y la docencia de la UNAM. Pero así y todo, hay quienes repiten hasta la náusea el lugar común según el cual lo mejor se hace en las universidades privadas de las élites, porque los que ahí se forman son pocos y ricos. Pero es mentira. Sin demérito para el esfuerzo encomiable que también hacen algunas de esas universidades, tengo para mí que la razón más importante por la que los egresados de la UNAM deben demostrar a pulso lo que sus pares de las escuelas privadas sólo acreditan con sus títulos, es el sistema de redes familiares y sociales que se han tejido en torno de estas últimas. No es cosa trivial, por ejemplo, que haya tan pocos pumas en el gabinete del presidente Calderón, incluyendo al secretario de Educación Pública, que es un distinguido egresado del ITAM. Ni tampoco lo es que en el mundo empresarial se prefiera a los egresados de las universidades formadas por sus propios líderes —Garza Sada y Bailleres, entre los principales— para reforzar su propio mirador del mundo. Con todo, la UNAM es en sí misma un mundo; un mundo que sigue cambiando la vida de cientos de miles de mexicanos que no tenían más que voluntad, ofreciéndoles un proyecto y los medios para


realizarlo. Me consta y, por eso, nunca dejarĂŠ de sentirme orgullosamente egresado de esa casa, que es mi casa. Profesor investigador del CIDE


¡Goya, goya! Carlos Martínez García La Jornada, 22 septiembre 2010. Esta es una confesión de amor a una centenaria: la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). En ella innumerables estudiantes tuvimos la oportunidad de ensanchar nuestros horizontes, de ampliar nuestro estrecho marco conceptual y comenzar a nombrar nuevas realidades nunca percibidas. Como yo, miles y miles, hijos e hijas de obreros, atónitos incursionamos en las aulas unamitas con escaso bagaje educativo y escuálidos recursos culturales. Mi padre concluyó sus estudios primarios, y de ahí se incorporó directamente al mercado laboral. Mi madre solamente completó el tercer grado de escolaridad primaria, y desde muy niña debió emplearse en tareas domésticas para contribuir al sostén de su familia, cuya cabeza masculina había muerto súbitamente de un letal infarto al corazón. Mi infancia escolar, mi universo vital, se limitó exclusivamente a dos colonias de la ciudad de México: la Doctores y la Obrera. De tal manera que cuando ingresé al bachillerato de la UNAM, desde el primer día caí en cuenta que me estaba aventurando a lo desconocido, a un espacio en el que entonces me sentí incómodo y sin saber bien a bien cómo relacionarme con mis nuevos compañeros. En los auditorios unamitas escuché por primera vez a una orquesta sinfónica, tuve la oportunidad de disfrutar del jazz, antes ausente en mi ámbito familiar y cultural. Me fui adentrando en el teatro y la literatura, aprendí a disfrutar del cine y a gozar intensamente el intercambio de ideas. De súbito descubrí el arrebatador encanto de la lectura. Comencé a frecuentar obras de autores cuyos nombres nunca había escuchado. Debí acrecentar mi manejo del lenguaje para comprender lo que intentaba descifrar en páginas que me confrontaban por primera vez con vocablos desconocidos. Sin nombrarlo de esta manera, estaba ejercitando la ampliación de mi horizonte cultural. Muchos años después habría de encontrar en una frase de Ludwig Wittgenstein la descripción del proceso iniciado en la UNAM: Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo. Poco a poco los límites iban cayendo. El proceso de enseñanza-aprendizaje es en la Universidad Nacional Autónoma de México tan intenso en sus aulas como fuera de ellas. En sus corredores, bellos jardines, plazas, instalaciones deportivas,


comedores y garnacherías se ve uno confrontado con la diversidad, con la pluralidad en todos los ámbitos de la vida social. Mi grupo de amigos y amigas estaba conformado mayoritariamente por historias familiares parecidas a la mía. Es decir, casi todos carecíamos de antecedentes universitarios en nuestros árboles genealógicos. Quienes sí los tenían, y también mucho mejores condiciones económicas que los demás, desarrollaron entrañables cercanías con nosotros, los que cada día debíamos estirar recursos para completar los gastos de transportación al paraíso universitario. Unos y otros establecimos una negociación cognoscitiva, existencial, valorativa y volitiva. En el contacto con los otros y otras, en algunos aspectos muy distintos a mí y en otros muy similares, fui tejiendo un ejercicio comunitario llamado tolerancia e inclusión. Me hice consciente de mi reducido mundo al contrastarme con los otros, al intercambiar nuestras concepciones, prejuicios y esperanzas. Lo ha dicho mucho mejor Ryszard Kapuscinski: ―Y eso que la cultura –vaya, también el mismo ser humano– se forma en situaciones de contacto con Otros (por eso todo depende en tal medida de este contacto). Para Simmel el individuo no se forma sino en un proceso de relación, de vinculación con los Otros. Lo mismo afirma Sapir: ‗El verdadero lugar donde se desarrolla la cultura está en la interacción entre personas‘. Los Otros – repitámoslo una vez más– son el espejo en que nos reflejamos y que nos hace conscientes de quienes somos‖ (Encuentro con el otro, Editorial Anagrama, 2007). Tal vez una de las funciones esenciales de la UNAM sea la de fungir como espejo tanto de aquellos y aquellas que han realizado sus estudios allí como de la sociedad mexicana en general. Por ello es muy importante mantener a ese espejo limpio de obstáculos que le impidan reflejar la verdadera imagen de quienes se miran en él. Hay que vencer las intenciones, y no pocos actos, de sus malquerientes que buscan resquebrajar el espejo que capta la pluralidad, y/o inutilizarlo regateándole el presupuesto para que amplíe sus alcances. No se trata de idealizar a la UNAM ni de cerrar los ojos a los muchos aspectos en que puede mejorar su desempeño. Con todo la centenaria institución, cuyos antecedentes se remontan al siglo XVI, ha sido central en el desarrollo de la nación al ejercer la crítica en su seno. A diferencia de los centros educativos privados, en la UNAM se ejercita con mayor intensidad la construcción del pensamiento crítico, se estimula el aprender a preguntar. Ésta es una herramienta


epistemológica fundamental, porque, como dijo Gaston Bachelard, la fuente de todo conocimiento es la pregunta. Con emoción y agradecimiento a mi alma máter, que me gestó espiritualmente, me recibió en su generoso regazo, me levanto y entono un sentido ¡Goya, goya!


100 años de la UNAM Miguel Carbonel. El Universal, 23 septiembre 2010. A Jorge Carpizo El México moderno sencillamente no puede explicarse sin la UNAM. La gran Universidad del país llega a sus primeros 100 años aportando a México un caudal de conocimiento como ninguna otra institución académica y con una vocación de servicio público que se ratifica día tras día. Llegamos también al primer centenario llenos de ilusiones y retos, con la preocupación de millones de mexicanos acerca del presente y futuro del país, pero cumpliendo sin demora alguna nuestro compromiso como universitarios. La UNAM asume cabalmente el mandato de su Ley Orgánica: realiza docencia, lleva a cabo investigación y extiende la cultura a muchos mexicanos. Para percibir la magnitud de la tarea vale la pena repasar algunas cifras que ilustran lo mucho que la UNAM aporta al país. La Universidad Nacional atiende a 314 mil 557 alumnos, de los cuales 179 mil están en licenciatura y 25 mil 036 cursan un posgrado. Su planta académica está integrada por 35 mil 057 personas, de las cuales 11 mil 536 son profesores o investigadores de tiempo completo. El año pasado la UNAM realizó más de 8 mil 500 actividades artísticas y culturales, a las cuales asistieron 2 millones 490 mil personas. En la UNAM se imparten 85 carreras en 159 distintos planes de estudio. El 91% de las carreras y posgrados de la Universidad están acreditados o tienen la distinción de excelencia. En 2009 recibieron un título profesional de la UNAM 16 mil 970 personas, y 6 mil 599 obtuvieron uno de posgrado. Se otorgaron ese mismo año 92 mil 778 becas para apoyar a los alumnos más necesitados y que demuestran empeño y compromiso con sus estudios. Además de nuestros estudiantes, hay que considerar que en


2009 tuvimos a 303 mil 888 personas utilizando los servicios y cursos impartidos a través de la modalidad de extensión universitaria. Mucha gente piensa que la UNAM es una universidad para el DF. Tal percepción no es exacta. La Universidad tiene seis campus y 17 escuelas en la zona metropolitana de la Ciudad de México, pero tiene presencia en 24 estados más, seis sedes en el extranjero y cinco polos de desarrollo regional en Michoacán, Querétaro, Morelos, Baja California y Yucatán. La infraestructura que se ha ido construyendo nos suministra la base física esencial para el desempeño de nuestro trabajo. La UNAM cuenta con 2 mil 098 edificios, 3 mil 627 aulas, 2 mil 764 laboratorios, 139 bibliotecas y 18 museos. A la RedUNAM de cómputo están conectadas más de 56 mil computadoras y su capacidad de procesamiento permite 7 mil 266 millones de operaciones aritméticas por segundo. El presupuesto de la Universidad durante el año 2010 es de 27 mil 066 millones de pesos. Los datos anteriores, sin embargo, no alcanzan a describir la profunda emoción y el orgullo que sentimos millones de mexicanos por la UNAM, en la que muchos estudiamos, trabajamos o estamos de alguna manera vinculados a lo largo de nuestras vidas. En la UNAM trabajan varios de nuestros mejores hombres y mujeres. Personas dispuestas a aportar su energía, su talento y su tiempo a la causa de la educación, que sin duda alguna es prioritaria para construir el país del futuro. Si queremos un México con menos violencia, con oportunidades para todos, con mayor nivel cultural y más opciones profesionales, debemos invertir en educación de excelencia. No hay otra ruta ni puede haberla. La mejor inversión contra la inseguridad tiene que ver con darles oportunidades de estudio y de empleo a nuestros jóvenes. La UNAM está dedicada a eso por completo, utilizando todos sus recursos para atender una demanda que desde hace años rebasa con mucho su capacidad instalada.


En la UNAM estamos cumpliendo 100 años de aportar a la construcción de México y nos sentimos muy alegres por ello, pero creemos que los próximos 100 serán aún mejores. Para eso trabajamos las nuevas generaciones de universitarios, con la misma ilusión y entrega que tuvieron los grandes maestros que nos preceden, a los que nos debemos por completo. Esa deuda y una admiración académica de muchos años explican la dedicatoria de este artículo. Investigador del IIJ-UNAM


UNAM: un apunte de memoria Alfonso Zárate Flores El Universal, 23 septiembre 2010 Ingresé a la UNAM en 1962 como estudiante de la Escuela Nacional Preparatoria en su plantel número 3, ubicado en lo que fuera el antiguo Colegio de San Ildefonso, ese edificio magnífico, joya del barroco mexicano, cuyos patios adquirían por las tardes una tonalidad conventual propicia para el estudio y cuyos muros habían sido pintados algunas décadas atrás por los grandes maestros del muralismo mexicano: Rivera, Orozco y Siqueiros. En 1921, desde Barcelona, Siqueiros había llamado a construir ―un arte monumental y heroico, un arte humano, un arte público‖; eso era el muralismo, la forma más desinteresada de las artes plásticas porque no podía ser escondida para el beneficio de unos cuantos privilegiados, como argumentaba Orozco. Mis profesores de la Preparatoria, casi sin excepción, eran maestros que amaban enseñar a alumnos que amaban aprender: María de la Paz Caso, Francisco Javier Amezcua, Humberto Briseño Sierra, Arnulfo Moreno Bello… En 1964 ingresé a la Facultad de Derecho, y unos años después tuve el privilegio de conocer al ingeniero Javier Barros Sierra, el digno rector de 1968 que, frente a la dureza y el autoritarismo de Díaz Ordaz, encarnó los valores de la mayor institución de educación superior del país. Sé que en la UNAM hay algunos, quizás demasiados, malos maestros, pero también que allí enseñan e investigan algunos de los mejores de México. En Derecho enseñaban personajes como Mario de la Cueva, Jorge Gabriel García Rojas, José Campillo Sáinz, Francisco Javier González Díaz Lombardo, Aurora Arnaiz, Jesús Castañón, entre otros profesores que formaron generaciones de profesionales con amor a la patria. La actividad extra curricular era y sigue siendo intensa: conferencias, recitales, cineclubes, conciertos… La UNAM ha ofrecido espacios en los que caben la universalidad del pensamiento, el debate y la reflexión, la libertad de cátedra. Cursé


Teoría del Estado con el sacerdote jesuita Héctor González Uribe y Sociología y Filosofía del Derecho con el doctor Leandro Azuara. Aunque, en cierta forma, los alumnos que estudiaban en el turno matutino provenían de familias de clase media o alta, y en la tarde predominábamos trabajadores e hijos de trabajadores, había una sana mixtura. No tengo duda, pues, de que la UNAM ha sido clave en el desarrollo social y productivo del país, en la investigación científica y la creación cultural. Su contribución a la República laica es esencial. Sin embargo, todo ello no impide reconocer que nuestra universidad no ha sabido acompasar, bien y a tiempo, la inserción de México a la complejidad del mundo globalizado. El país de mis años de estudiante fue el del ―milagro mexicano‖, cuando la economía crecía al doble de la población y la educación pública era el instrumento privilegiado para la movilidad social ascendente. Luego, los excesos de los gobiernos de Echeverría y López Portillo, generaron severos desarreglos económicos y sociales. Casi tres décadas después, cuando el tejido socioproductivo del país es radicalmente distinto, enfrentamos la paradoja de que cientos de miles de egresados de las instituciones de educación superior no encuentren una posibilidad digna de desarrollo profesional. Las universidades públicas, con la UNAM a la cabeza, no han sabido actualizar su propio diseño institucional y perfilar los centros de enseñanza, investigación e innovación que demanda la sociedad del siglo XXI. Entiendo que la suerte y destino de estas instituciones no se define, en sentido estricto, según la voluntad de los sectores académicos y las mentes más lúcidas. La autonomía tiene límites precisos que, en nuestro caso, han respondido a los vaivenes de la política y a intereses que nada tiene que ver con el espíritu universitario o el interés general. De ahí que el rezago de la universidad pública pueda entenderse, en buena medida, como expresión de la crisis del antiguo régimen y las turbulencias de la transición. Porque no podemos olvidar que después de la ―docena trágica‖, último suspiro del populismo priísta, llegarían los tecnócratas: clase gobernante insensible, conducida por élites formadas en el exterior, cuyo fundamentalismo


explica el estancamiento económico y sus funestas consecuencias en todos los órdenes. Pero esa es otra historia… Por lo pronto, en este centenario de su fundación, me sumo al ―¡Goya…!‖ de quienes nos sabemos en deuda permanente con nuestra querida Universidad Nacional Autónoma de México. Presidente del Grupo Consulto Interdisciplinario


Apremia Narro a acuerdo que rescate a México en lo social En la sesión solemne del Congreso de la Unión con motivo de los 100 años de la UNAM, el rector aseveró que el desafío no es sólo crecer en la economía, sino mejorar la dignidad de los que nada tienen. Notimex y La Jornada en línea Publicado: 22/09/2010 12:12 México, DF. El rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), José Narro Robles, pidió al Congreso establecer un acuerdo para rescatar en lo social a México y resolver los problemas que perturbaron a los independentistas y revolucionarios, muchos de los cuales aún agobian al país. Al participar en la sesión solemne del Congreso de la Unión con motivo de los 100 años de vida de la máxima casa de estudios, Narro Robles aseveró que el desafío no es sólo crecer en la economía, sino también y en especial ―en mejorar la dignidad de los que nada tienen, edificar un verdadero desarrollo humano para todos‖. ―Para ello debemos actuar con la mayor justicia, al igual que pensar en grande y en el largo plazo", añadió. Asimismo, exhortó a incrementar los recursos destinados a las universidades públicas federales y estatales. "Les invito a que el compromiso se signifique en un inicio con el establecimiento de una política de Estado que incluya la duplicación de la cobertura en la educación superior y el cumplimiento de la Ley General de Educación que desde hace más de cinco años establece el compromiso de asignar el 1 por ciento del PIB a la investigación científica y al desarrollo tecnológico", precisó. Manifestó que en la universidad caben todas las ideologías y corrientes del pensamiento, por lo cual la libertad de cátedra no debe subordinarse ni comprometerse con los intereses emanados del ejercicio de la política. La UNAM, responsable en gran medida del progreso en el país: Ebrard


Por su parte, e l jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, felicitó a la Universidad Nacional Autónoma de México por sus 100 años, y destacó que la máxima casa de estudios ha sido en gran medida la responsable del progreso que ha tenido el país. Destacó que la relación entre el gobierno capitalino y la UNAM es extraordinaria, y opinó que con la conducción del rector José Narro Robles se consolidará como lo que es: una gran institución. ―En primer lugar quiero felicitar a la UNAM y felicitarnos todos por lo que significa para México la Universidad de México, que es de clase mundial, naturalmente estamos muy contentos porque la ciudad de México sea la sede de la Universidad Nacional‖, expresó. México necesita que la educación superior sea una prioridad real, dijo, ―eso no ha sido, y no es sólo un tema de recursos, sino un tema de presupuesto, de calidad educativa, es un tema de garantizar que los jóvenes que están fuera de la escuela tengan acceso a ella‖.


Autonomía, seguro contra poder público: Narro Asegura que gracias a ello la UNAM se ha mantenido independiente de grupos políticos, de credo y de organizaciones El Universal, 22 septiembre 2010. La autonomía ha permitido a la Universidad Nacional mantenerse independiente de los poderes públicos y grupos políticos, de credo y de organizaciones, afirmó el rector José Narro Robles. Sin ella, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) "estaría mutilada, ya que es parte de su fuerza vital, motor de creatividad y un seguro contra el apetito de grupos y sectores de distinta naturaleza". Ante mandatarios locales, entre ellos el gobernador mexiquense, Enrique Peña Nieto, y el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, el rector afirmó que la autonomía alcanzada por los universitarios le ha permitido a la casa de estudios alentar la pluralidad de posturas y creencias, y desarrollar mayores niveles de tolerancia. En su mensaje, previo al concierto conmemorativo por el centenario de la UNAM, realizado en la Sala Nezahualcóyotl -el núcleo cultural de Ciudad Universitaria-, Narro dio la bienvenida a funcionarios de distintos niveles del gobierno mexicano. Como parte de los invitados especiales, asiste el secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, y la titular del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), Consuelo Sáizar. Narro Robles, quien se hace acompañar de los ex rectores Juan Ramón de La Fuente, Francisco Barnés, Octavio Rivero, Jorge Carpizo y Guillermo Soberón, aseguró que los fines de una comunidad académica de carácter laico y nacional han permitido a la UNAM llegar al sitio en que se encuentra. "Nuestra condición de universidad pública y nacional implica el compromiso de formar profesionales en muchas áreas del conocimiento, capaces de desempeñarse ante un mundo cambiante, exigente, con conciencia social y pensamiento crítico".


Explicó que el sentido de los universitarios es la luchar contra las graves injusticias que existen en el país. "Contra problemas como el analfabetismo, la pobreza, la migración, la enfermedad y el deterioro del ambiente, entre otros". Afirmó que después del recorrido simbólico por el circuito de la UNAM, que celebra el centenario de creación de la institución, la Universidad se prepara, "porque para nosotros el futuro ya empezó". "La UNAM del porvenir la construimos a partir de hoy. Lo hacemos con el conjunto de la comunidad, los egresados y la sociedad, para el desarrollo del país". Como parte de la celebración en la principal sala de conciertos de la Universidad se interpretó la Sinfonía 4 conmemorativa, cuya autoría es de Federico Ibarra, así como la interpretación de piezas clásicas mexicanas como "La marcha de Zacatecas", "El Huapango", de Montayo, y "Dios nunca muere". Otros gobernadores que acudieron son Humberto Moreira, de Coahuila; Marco Antonio Adame, de Morelos; Juan Manuel Oliva, de Guanajuato; Ivonne Ortega, de Yucatán, y Andrés Granier, de Tabasco. spb /fml


Apremia el rector a resolver los desequilibrios sociales El Estado debe asignar más recursos a la institución, señalan legisladores ROBERTO GARDUÑO Y ENRIQUE MÉNDEZ La Jornada, 23 de septiembre de 2010, p. 2 En la sesión solemne del Congreso de la Unión por el centenario de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el rector José Narro Robles advirtió que es imposible generar verdadero progreso entre la desigualdad y la exclusión, en medio de la ignorancia y las muertes evitables. Se debe actuar con responsabilidad, pero no privilegiar políticas en las que es más importante preservar los equilibrios financieros o fiscales que resolver los desequilibrios sociales o del desarrollo humano, expresó. Demandó a las fuerzas políticas representadas en el Congreso definir un gran acuerdo en favor del rescate social de México, del que se requiere para pagar la deuda histórica de los problemas que a Morelos, Juárez o Zapata perturbaban, de ésos que a muchos hoy nos agobian. Invitado a usar la tribuna de San Lázaro, Narro intervino durante 17 minutos. Fue aplaudido y ovacionado por diputados y senadores. El reconocimiento se escuchó más fuerte cuando expuso que México debe dar el salto de la desigualdad a la equidad, solidaridad y justicia social, donde la opulencia y la miseria se moderen, como lo planteó Morelos hace 200 años. Los derechos sociales para todos los mexicanos son, hoy por hoy, una condición básica para avanzar hacia el país que todos anhelamos. Antes, senadores y diputados de los partidos Revolucionario Institucional (PRI), de la Revolución Democrática (PRD), del Trabajo (PT) Convergencia y Nueva Alianza (Panal) ponderaron la pluralidad y fuerza de cohesión de la UNAM, su autonomía, el impulso al desarrollo de la ciencia, las humanidades y la cultura, que la colocan como la principal casa de estudios de Iberoamérica. El presidente del Senado, Manlio Fabio Beltrones (PRI), advirtió: nada debemos regatear a la universidad. No hay de otra más que el


financiamiento público suficiente y transparente y la docencia e investigación de primer nivel. Resaltó que está pendiente la política de Estado dirigida a los jóvenes con el fin de asegurarles el acceso a la educación, la cultura y las tecnologías de la comunicación para que se desarrollen en plenitud y puedan superar la exclusión en la que viven millones de ellos. La responsabilidad recae en quienes hemos recibido el patrimonio de una educación superior que es un legado de la sociedad a la que pertenecemos, expresó. Ubicó a la Universidad Nacional transformaciones de México.

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―La edificación del país moderno resulta inexplicable sin la contribución de los egresados de la UNAM, en cada uno de los campos de la construcción material y espiritual de México. Queremos que la universidad siga siendo referencia ineludible en todos los órdenes de la vida nacional. Vigorizada en su irrestricta libertad, cimentada en su autonomía y en su carácter de espacio privilegiado de los grandes debates nacionales. Jorge Carlos Ramírez Marín (PRI), presidente de la mesa directiva de la Cámara de Diputados, aseveró que la ciencia, la cultura, la democracia y la modernización de las instituciones forman parte intrínseca de la historia misma de la UNAM. Evocó el reclamo del rector Narro en torno a los más de 7 millones de jóvenes mexicanos que ni estudian ni trabajan. ―Atendamos a su llamado. O los ninis seremos nosotros: ni escuchamos ni vimos ni sentimos los llamados más profundos, y también los más sensatos, a redefinir y rencauzar nuestro acceso al futuro a través de la educación y de la dignificación de la juventud mexicana‖, alertó. El coordinador de la bancada del PRD, Alejandro Encinas, enumeró los logros históricos de la institución educativa, que ha acrecentado –


expuso– su calidad académica y prestigio internacional, creando la red científica más importante del país y la consolidación de una corriente de pensamiento humanístico. Hoy nuevamente la UNAM y su rector nos han convocado al debate y a la reflexión para construir un nuevo modelo de país y refundar la República, donde el desarrollo no sólo sean las finanzas públicas y el capital privado, sino que ponga a los mexicanos en el centro del interés y combata los males de la pobreza y la desigualdad, cada vez más lacerantes, apuntó. Encinas expuso que conmemorar los 100 años de la universidad no puede reducirse a una celebración o un acto protocolario de apología o demagogia. Honrar a la UNAM significa un cambio de política, de visión y de proyecto, donde las universidades públicas cuenten con recursos suficientes para gozar de su plena autonomía y contar con sus tareas docentes: investigación científica, desarrollo de capital humano y la difusión de la cultura nacional. A nombre del PT, el diputado Jaime Cárdenas Gracia también exaltó la tarea de la casa de estudios en el desarrollo de la República. Empata con la democracia, la igualdad, la libertad, la tolerancia, el pluralismo, la crítica y la soberanía del pueblo, origen y fin de las instituciones, afirmó. El petista hizo votos por que la universidad continúe apostando por la ética de servicio, basada en la solidaridad y en la cooperación, apartándose del individualismo posesivo y egoísta. La universidad es antitética con una sociedad basada en las diferencias de clase, fundada en la xenofobia, el racismo, el clasismo, la desigualdad de géneros y cualquier forma de discriminación. La universidad es compatible con la formación de liderazgos que combatan cualquier forma de injusticia y desigualdad, que vean por los de abajo y vigilen a los de arriba. Santiago Creel ocupó la tribuna para un discurso de reivindicación histórica de Acción Nacional en la universidad y afirmó que ésta ha


permitido, junto a otras instituciones, como el Banco de México, el IFE, la CNDH y el Inegi, transitar por el cambio político con estabilidad y paz social. Es necesario ratificar la vocación universitaria de quienes militamos en el PAN, y ser consistentes con nuestros orígenes, que se remontan a esas gestas encabezadas por nuestro fundador, Manuel Gómez Morín. Es momento de dar un paso más en el resguardo de la autonomía universitaria. La mejor manera de cumplir con este propósito es fortalecer el concepto de autonomía con su último y definitivo componente: el de los recursos públicos, para así asegurar que la universidad pueda garantizar oportuna y eficazmente sus fines sociales, expresó. A esas exposiciones siguieron las del coordinador del Panal, Reyes Tamez Guerra; de Ninfa Salinas Sada, del PVEM, y de Luis Maldonado, senador de Convergencia. En la parte final de la ceremonia, el rector Narro advirtió que en tiempos en que se reduce el valor de la política es necesario reivindicarla en su sentido originario, el de la participación de los ciudadanos en asuntos que interesan a todos, no como un fin en sí mismo, sino como un medio para la realización de propósitos útiles a la sociedad. La universidad es una institución académica. Para cumplir con sus fines debe preservar la libertad de cátedra, de investigación, de expresión y de crítica. Tal libertad implica que no debe subordinarse ni comprometerse con los intereses emanados del ejercicio de la política. En la universidad caben todas las ideologías, todas las corrientes de pensamiento, ya como objeto de estudio, ya como forma de análisis de la realidad. Sin embargo, en ella no cabe la política que tiene por objeto la obtención del poder, dijo.


Reivindica Narro autonomía y tolerancia, valores esenciales de la casa de estudios EMIR OLIVARES ALONSO La Jornada, 23 de septiembre de 2010, p. 3 En el centenario de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el rector José Narro Robles reivindicó dos valores universitarios fundamentales: la autonomía, sin la cual la institución estaría mutilada, y la tolerancia, que permite vivir a plenitud la pluralidad. En un discurso en la sala Nezahualcóyotl del Centro Cultural Universitario, con el que cerró las actividades que ayer se realizaron para conmemorar el primer siglo de la casa de estudios, Narro convocó a su comunidad a construir, a partir de hoy, la universidad del futuro, y la exhortó a no asumir una conducta comodina y egoísta ante los retos de la nación. Dijo que sin autonomía no podría entenderse la UNAM de nuestros días, pues ha hecho a los universitarios más libres, pero también mejores y más responsables. Ha permitido a la institución mantenerse independiente de poderes públicos, grupos políticos, de credos y organizaciones. Sin ella la universidad estaría mutilada; es parte de su fuerza vital, motor de su creatividad y un seguro contra el apetito de grupos y sectores de distinta naturaleza; por ello debemos cultivarla y cuidarla en el trabajo cotidiano. Esta condición alienta principios como la libertad de cátedra e investigación, así como de decir y debatir. La pluralidad de posturas y creencias. Aseveró que si bien la autonomía otorga derechos a la UNAM, también implica obligaciones, compromiso con las preocupaciones de la sociedad mexicana y rendición de cuentas. Ante alumnos, profesores, directivos, ex rectores, políticos e invitados especiales refirió que la tolerancia permite a los universitarios vivir a plenitud la pluralidad y el rechazo a cualquier signo de dogmatismo. Subrayó que así como la Universidad Nacional de México establecida por Justo Sierra hace 100 años fue una instancia emblemática del


pasaje del siglo XIX al XX, la UNAM de hoy pretende serlo en el tránsito al siglo XXI. Para que la institución sea exitosa en el camino hacia su próximo centenario, toda su comunidad debe cumplir con su responsabilidad. A los maestros les pidió seguir enseñando, difundiendo e investigando con ánimo constante, e instó a los estudiantes –razón de ser de la UNAM– a superarse y cumplir con su cometido de ser mejores para servir más. Para nosotros el futuro ya empezó. La UNAM del porvenir la construimos a partir de hoy. Lo hacemos con el conjunto de la comunidad, con la intervención de nuestros egresados, con el involucramiento de la sociedad. Lo hacemos con la convicción de que al realizar nuestra tarea aportamos al desarrollo del país, con la certeza de que así fortalecemos los valores laicos de la sociedad y que cumplimos con el sentido de nuestro lema: Por mi raza hablará el espíritu. Por la mañana, el goya se volvió a escuchar en las calles del centro Histórico. Con la develación de una placa, una procesión por el antiguo barrio universitario y un acto solemne en el anfiteatro Simón Bolívar del Colegio de San Ildelfonso se iniciaron las actividades conmemorativas por el centenario de la institución y se evocó el día de su inauguración. A la caminata, realizada del Palacio de la Autonomía a San Ildelfonso y encabezada por Narro, se sumaron profesores eméritos, estudiantes, maestros, rectores de 40 instituciones nacionales y extranjeras, así como los ex rectores Guillermo Soberón, Octavio Rivero, Jorge Carpizo, Francisco Barnés y Juan Ramón de la Fuente. Se informó que José Sarukhán y Pablo González Casanova no asistieron porque están fuera del país. Al llegar a la Antigua Escuela Nacional Preparatoria, en un acto simbólico, un estudiante, una profesora, una directora y un trabajador destacaron la relevancia de la institución para la historia y desarrollo del país, su lucha por la defensa de la educación pública superior y sus retos hacia el futuro.


La UNAM, 100 AÑOS  

Mensaje del Rector Dr. José Narro Robles y seguimiento de noticias «UNAM, 100 AÑOS» en diarios nacionales

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