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AÑO 9 • No. 43 • MEDELLÍN, JUNIO DE 2009 • ISSN 1657-2556 • FACULTAD DE COMUNICACIONES • UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA

Diez periodistas narran las historias que se encontraron un día. Hoy son parte de sus investigaciones de Trabajo de Grado.

P. 9 a 24

La Romera, una reserva natural de Sabaneta esta en peligro debido a diferentes proyectos urbanísticos para fomentar el turismo. P. 25 y 26

Negro Tirando Lazo, así le dicen a los afro-colombianos que trabajan como pileros en la construcción. Cholo es un NTL que ha soportado estar a más de treinta metros bajo tierra. P. 29

En Medellín habitan muchos personajes amantes de los libros. DE LA URBE visitó sus colecciones personales, que hoy son bibliotecas muy especiales. P.30 y 31

Asalto a la U

Foto: Yira Plaza O’Byrne

Robos, atracos a mano armada, homicidios, venta de drogas ilícitas, extorsiones, comercialización de productos “piratas”, amenazas, atentados contra la seguridad pública; requisas, confirmación de identidades, gases lacrimógenos, chorros de agua, agentes de inteligencia, allanamientos, detenciones; declaraciones de impotencia, petición de fuerza, adjetivos desobligantes, anuncios de autoridad implacable; miedo: todo esto se vive en la Universidad de Antioquia.


EDITORIAL

La seguridad, un reto intelectual En la Universidad de Antioquia hay graves problemas de seguridad y no existe una política para enfrentarlos. Esta frase simple, que solo podría sorprender a quienes declaran que vivimos en paz y tranquilidad, puede verificase a partir de datos oficiales y del análisis del contexto, un ejercicio que todo los estamentos que compartimos el campus universitario debemos hacer para darnos cuenta de la magnitud del problema. Las cifras no mienten: cinco personas han sido asesinadas con arma de fuego en los últimos cinco años, dentro de las instalaciones de la Universidad. El ESMAD ha intervenido 69 veces en la Universidad entre 2003 y 2009. A 95,91 millones de pesos asciende el total de los bienes hurtados a la Universidad en 2008. Por el descuido de los empleados de la Universidad, se han reportado en 582 ocasiones puertas abiertas de oficinas sin nadie en ellas. En la actualidad en el “Aeropuerto” se puede adquirir un gramo de clorhidrato de cocaína en 5 mil pesos, diez “diablitos” de bazuco por 5 mil pesos, un “bareto” de marihuana en mil pesos, además botellas de vino casero, aguardiente, ron y cerveza. El informe operativo realizado el 20 de marzo por la policía en predios de la ciudad universitaria dice que incautó 4 mil gramos de marihuana, 14.1 gramos de bazuco y 79.5 gramos de clorhidrato de cocaína. Hay un preocupante vacío de autoridad. La Rectoría declara tener un poder limitado para enfrentar la inseguridad y da un paso al costado para que sean los gobiernos, departamental y nacional, los que, como jefes de policía, intervengan. Los servicios de seguridad interna (tanto universitarios como privados), tienen carácter preventivo y persuasivo; por ello, frente a situaciones que atentan contra la seguridad, sólo pueden esperar a que la policía tome el control. La Policía Nacional dispone de un escuadrón antidisturbios, que ante una orden superior, lanza gases lacrimógenos o chorros de agua para disolver a quienes toman vías de hecho. La Fiscalía General está presta a investigar, allanar y detener personas al interior del Campus Universitario. Es decir, que la autoridad, en materia de seguridad, es ejercida por uniformados que obedecen órdenes de mandos que aplican la fuerza en una universidad pública amedrentada. Esta es una autonomía de papel. La Universidad ha demostrado su incapacidad para manejar los problemas internos de seguridad. Es cierto, algunos de ellos superan los campos de acción del Rector que es director académico, administrativo y político y no, por fortuna, cabo de policía o agente de inteligencia del DAS. Pero también es claro que a falta de un contrato social suscrito por la comunidad universitaria, la responsabilidad de sus miembros está diluida. La carencia de un sentido político de comunidad se manifiesta en la incapacidad de la Universidad

Heiner Castañeda Bustamante heiner@une.net.co

para autogobernarse y, por el mismo camino, establecer con las autoridades policiales diálogos y acuerdos para el tratamiento de los problemas de inseguridad en la Universidad. Existe un pacto fantasma. Quienes apelan a la existencia de un pacto de convivencia, quieren trasladar el problema a esa masa amorfa que en algunos casos somos los universitarios. La seguridad depende de todos, dicen. Y no les faltaría razón si hablaran de una comunidad política fuerte, que no es lo mismo que ideológicamente homogénea, como desean algunos en Colombia. Pero hablan de una universidad donde el miedo y la indiferencia, productos del terror y de la precaria formación política de las nuevas generaciones, han llevado a pensar que ser universitario es portar el escudo con orgullo. Los que ahora evocan un tal pacto, del que no se conocen evidencias escritas ni existe en la memoria de los universitarios (a no ser que se estén refiriendo a los obsoletos reglamentos que muy pocos leen), parecen aplicar un placebo para que los índices de sensación de seguridad vayan en alza. Hay quienes pescan en río revuelto. La Universidad es una institución que representa poder político y económico para algunos y es territorio libre para otros. Es decir, que es apetecida por múltiples poderes que ven en el vacío de autoridad en materia de seguridad y en la falta de compromiso de los universitarios para proteger al Alma Mater, la oportunidad para instalar sus toldos. Unos hacen de la política de seguridad democrática el instrumento para controlar una institución defensora de la libertad; otros, la convierten en plaza de drogas ilícitas o en ventorrillo de mercancías piratas. Después de concluir la investigación periodística que presentamos en extenso en este número, los periodistas de De la Urbe preguntamos: 1.¿Será que la Universidad, líder en apoyar las transformaciones sociales en diversas regiones de la conflictiva Colombia, es capaz, con el peso de su historia, su calidad académica y su iniciativa política, de examinarse, diagnosticarse, conocerse y construir un contrato social que le permita cumplir la misión de generar conocimiento en un ambiente de libertad plena? 2. Una vez construido y aplicado el contrato social, ¿a qué dedicaríamos los miles de millones que hoy se destinan a personal e implementos de seguridad? ¿A mejorar, por ejemplo, el servicio de alimentación de los estudiantes, a dignificar el salario de los profesores de cátedra, a becar artistas, a financiar a los estudiantes de astronomía para que nos lleven por los misterios del universo, a pagar mejor a los empleados administrativos, a financiar expediciones científicas para conocer el planeta, entre otras muchas aplicaciones posibles?

Oclocracia

Hay que admitirlo, el presidente Álvaro Uribe Vélez tiene merecido su título, gracias a la voluntad popular que le encomendó la tarea de gobernante en dos oportunidades sucesivas. No hay duda de que los votos obtenidos son el escudo con el cual defiende su legitimidad y la herramienta que esgrime cada vez que toma una u otra decisión, con tono de demócrata y furia de autócrata. No es posible encontrar una razón legal que deslegitime la “bobada” colectiva de quienes aprueban, enceguecidos, la gestión del gobierno y su seguridad democrática, olvidando los ‘falsos positivos’, los líos con los paramilitares, los teléfonos interceptados, la independencia de las Cortes, el descontrol en las entidades de control, la fragmentación de los partidos, el desempleo incesante o el aumento de la pobreza. Ni siquiera hay una fórmula legal que evite que el Presidente responda lo no preguntado; evada, de manera irrespetuosa, preguntas trascendentales que lo comprometan; delegue, en sus ministros y secretarios, respuestas anodinas para calmar las turbulencias que le nacen a diario; y amase, a su antojo, la Constitución para jugar a la incertidumbre de quien no habla claro y confunde siempre, gracias al as de la popularidad que juega de su lado. Sí, todo aquello es cierto, como cierta es nuestra total dependencia de sus guiños, sus hijos, sus enojos, sus evasivas, sus arrebatos, su patrioterismo, sus silencios, sus desparpajos, sus dádivas, sus trotaditas. Porque no hay gripa porcina que lo desplante, no hay crisis económica que lo contamine, no hay escándalo que lo conmueva, no hay desastre que lo macule, no hay crítica que lo zarandee, no hay Yidis que lo desvele, no hay acusación que lo debilite, ni última gota que colme su vaso. Los votos y las cifras de aprobación en los estudios de opinión son suficientes para cubrir la actitud descomedida e intransigente ante su concepción unívoca de país. El cálculo político se ha incrustado de tal forma que la palabra sumisión edulcora las relaciones entre el mandatario colombiano y todos aquellos que quieren parecérsele, en una suerte de pérdida generalizada de identidad en favor de una clonación colectiva que arrastra votos, en la medida en que esté emparentada con

los designios del uribismo, porque es el tiempo de las encuestas, el tiempo de la favorabilidad, el tiempo de dejarse llevar por la corriente de un río que arrastra electores dispuestos a sacrificarlo todo, a cambio de imaginar un país que está, en lo fundamental, lejos de ser el que ha sido siempre, muy a pesar de la sensación de seguridad que nos empalaga. Gracias a esos votos, nos desgasta el deshoje de la margarita: me lanzo, no me lanzo, me lanzo, no me lanzo; nos aburre la eterna imagen presidencial que se cuela en todas las noticias; nos atormentan las discusiones en los ascensores frente a lo incómodo que resulta no estar siempre de acuerdo con la Casa de Nariño; y nos asombra, por decir lo menos, que este escenario se repita eternamente en nombre de la voluntad de la multitud convencida de que no importan las equivocaciones si ellas se cometen “democráticamente”. Esa es la clave, como los votos son la voz del pueblo, en nombre de ese intangible, el Presidente deshace el equilibrio de poderes, resquebraja las instituciones que los soportan, agudiza la crisis de los partidos políticos, maneja la batuta en las ruedas de prensa y encanta a los desprevenidos ávidos de paternalismo patriótico. Representa, nuestro Presidente, una clara definición de la oclocracia: gobierno de la muchedumbre, definida por Rousseau como la degeneración de la democracia, que tiene el poder pero no la razón, porque apenas sí somos un país ensimismado, monotemático, inconmovible, polarizado, discursivo, en otras palabras, “uribizado” y sometido a la tiranía de las encuestas que dan cuenta de las mayorías ocultas que favorecen el uso indebido de la investidura de quien nos ha metido en el embrollo de partir la historia del país en aU y dU, antes de Uribe y después de Uribe. La verdad, no obstante, es que sí hay diferencias notables. Antes de Uribe, no creíamos en ningún Mesías, y después de Uribe, sus fieles parecen empecinados en que todos recemos la oración impresa en la valla que, durante la anterior campaña electoral, adornó algunas vías de la ciudad: “Anunciamos tu vida, proclamamos tu reelección; ven, señor Uribe”. Amén.

FACULTAD DE COMUNICACIONES Número 43 Junio de 2009 Comité Editorial Sistema De La Urbe Carlos Agudelo, Heiner Castañeda, Luis Carlos Hincapié, Patricia Nieto, Elvia Acevedo, Gonzalo Medina. Dirección Sistema Informativo De La Urbe Carlor Agudelo Dirección Comité Editorial Coordinación Editorial Juan Camilo Rengifo Diagramación Isabel Cristina Álvarez Javier Ignacio Tabares Reporteros Víctor Casas, Katherine Panesso, Elkín Naranjo, Jorge Ruíz, Juan Camilo Rengifo, Elizabeth Correa, María Paola Zuluaga, Gonzalo Medina, Harrison Rentería, Jaime Andrés Mesa, Jorge Adrián Atehortúa, José Fernando Serna. Infográfico Javier Ignacio Tabares Fotografía Yira Plaza, Isabel González, Julián Roldán, María Paola Zuluaga, Escuela de Construcción UNAL, Anamaría Bedoya, Jorge Adrián Atehortúa, José Fernadno Serna. Ilustración: Gustavo Uribe Imagen Portada Yira Plaza Correctora Alba Rocío Rojas León Colaboradores Víctor Casas, Katherine Panesso, Elkín Naranjo, Javier Ignacio Tabares, Santiago Higuita. Impresión La Patria - Manizales UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA Rector Alberto Uribe Correa Facultad de Comunicaciones Decano Edison Darío Neira Palacio Jefa Departamento de Comunicación Social Deisy Katherine García Franco Ciudad Universitaria Calle 67 Nº 53-108 Bloque 12, oficina 122 Teléfono 219 59 12 Fax 233 47 24 sistemadelaurbe@comunicaciones.udea.edu.co delaurbeprensa@comunicaciones.udea.edu.co Las opiniones expresadas por los autores no comprometen a la Universidad de Antioquia CIRCULACIÓN 10.000 EJEMPLARES


OPINIÓN

Siniestras conspiraciones “(...)es nuestra esencia conspirar, contra quien la libertad prohíbe(...)” Yuri AI, Siniestras conspiraciones

El 3 de febrero, un día después de la liberación de secuestrados de las FARC, la periodista Claudia Gurisatti entrevistó en directo al policía recién liberado, Walter Lozano, desde el Ministerio de Defensa. Al iniciar la conversación, misteriosamente comenzó a sonar el Himno Nacional de Colombia. Aunque el sonido de las trompetas pareció perturbar al policía éste continuó su narración sobre cómo la guerrilla manipula la información de los secuestrados. El himno de Rafael Núñez sonó unos pocos segundos, luego se difuminó también de forma misteriosa. En esos momentos, la señora Martha, a quien acompañaba en la sala de estar, pensó que algo no estaba bien. Traté de explicarle que quizás al ministro Juan Manuel Santos se le fue un poco la mano en el volumen, pues debe agradarle bastante lo de “Cesó la horrible noche, la libertad sublime”. “La mejor forma de volverse conspirador es ver los noticieros”, reflexionó. Según entendí, tanta información gobiernista le causaba lo que llamo “el efecto antípoda”, porque le traía pensamientos opuestos a los que pretendían los titulares. Observó con atención la televisión. Puso el dedo índice en sus labios, respiró profundo y suspiró súbitamente. Aclaró que a ella le gustaba pensar en conspiraciones, aunque sólo para entretenerse, pues siempre le ha dado miedo de la política. Podía entenderla. En los próximos meses, los ex secuestrados que estuvieron los últimos años de sus vidas cautivos, olvidados e invisibles, ahora pasarían a vivir su propio Show de Truman. Comencé a pensar en aciagas maquinaciones, como un siniestro juego mental, más entretenido que el Parqués y el Play Station. Confabulé a las ferias, a los alcaldes y a las empresas del licor, que mantienen la gente borracha, para que el pueblo no piense en política. Ese mismo fin, concluí, tienen las telenovelas con las muchachas bonitas y sus fotos desnudas en las revistas, los catálogos de “prepagos” que llegan por correo electrónico con el título de “Paisitas”, el fútbol, el negocio de la droga, la frivolidad del canal Cosmovisión y el soso vallenato de las emisoras de la FM, que mantiene a la gente estúpidamente enamorada.

Pero estas conspiraciones no eran las que más me alarmaban. Desde hace un tiempo para acá, la televisión está colmada de publicidad de las instituciones de seguridad, exaltando sus héroes, sin capa ni inicial en el plexo solar. De comerciales que promueven las desmovilizaciones, las capturas y las recompensas por información. De propagandas, en la franja familiar, con las fotografías de los rufianes más buscados, como en el Lejano Oeste, con el letrero de Wanted. Una de las cuñas muestra a la Policía Nacional como parte de la familia. Al finalizar, se dibujan corazones rojos (¿de amor?) en la pantalla. Incluso, pude observar una en la que el Presidente es el protagonista y anunciaba su persecución a los ‘faraones de las pirámides’ por captación masiva de dinero, con el mensaje: “Por una Colombia de valores”. Presumí entonces, que deberían allanar iglesias católicas y templos cristianos, ermitas, mezquitas y capillas; expropiar bienes y capturar todo tipo de sacerdotes -aunque ellos no ofrecen el doble de dinero invertido en diezmos sí prometen el cielo-. El juego, en ese momento, ya no era tan divertido. Por esos días, el Ejército organizó extensas jornadas para entregar la libreta militar a los hombres remisos a precio de feria. Una extraña pero axiomática conjetura, me llevó a pensar que estarían legalizando soldados de segunda y tercera categoría para una eventual guerra, lo cual me preocupó y obligó a mirar mi libreta: “Perteneciente al Ejército de 1ª línea hasta el 2014”. Esa noche decidí visitar a Martha. Al salir noté que el barrio estaba como en estado de sitio: patrullas en redadas, requisas a manes de esquina, marihuaneros de parques, transeúntes desprevenidos; jaulas móviles con sirenas paranoicas, como si a quienes buscan estuvieran por ahí, sin la alevosía propia de los que huyen. Recordé la decisión del Gobierno: trasladar a Medellín el despacho del director de la Policía Nacional, Oscar Naranjo, por las actuales condiciones de inseguridad. Caminé tranquilo y en silencio. Mientras pasaba al lado de los agentes, traté de poner la mente en blanco, de no pensar ni en el himno ni en la televisión, a propósito de la Policía del Pensamiento y el Gran Hermano.

Decisiones que te hacen gritar

Víctor Casas Mendoza victorcasasmendoza@gmail.com

Cuando husmeaba el periódico del sábado, descubrí en el lugar que durante un año había ocupado uno de mis columnistas favoritos, a una señora que revelaba cómo descubrió la fecha de nacimiento de Alan Bennett. Decidí esperar una semana pensando encontrar de nuevo aquella columna. Al cumplirse un mes de expectativa y no ver respuesta alguna a mi zozobra, hice lo que cualquiera en estos tiempos haría: buscar en Google. Entre a la página de El Colombiano para conseguir el correo electrónico de alguien que pudiera ayudarme; hallé un nombre: Ana Mercedes Gómez Martínez. Le escribí mi pregunta y un par de horas después, Francisco Alberto Jaramillo envió un correo en el que me informaba: “Las columnas de Pascual Gaviria no serán publicadas más por decisión de la empresa. Las razones se le hicieron conocer al columnista en carta que se le envió hace ya dos meses”. Pero, ¿por qué?, me pregunté. Por qué mejor no despedir a Calixto, el padrecito que cada semana escribe una interpretación repetida y poco profunda de los pasajes bíblicos, y de un señor que pasó por aquí hace dos mil años; o a Ángela Marulanda y sus columnas para amas de casa desesperadas. ¿Por qué prescindir de alguien que escribe sobre temas que a los jóvenes nos interesan? ¿Será que Ana Mercedes cree que en estos tiempos todavía importan las ‘buenas costumbres’? Recuerdo que en una de las últimas columnas, Pascual hablaba a favor de la dosis personal. ¿Sería por eso? En tal caso estaríamos hablando de censura. Dado que mi intriga continuaba, seguí mi búsqueda y encontré en el blog del autor una copia de la ‘dichosa’ carta enviada días antes. “En un ejercicio de reorganización de nuestras páginas de opinión, que efectuamos cada año, hemos tomado la decisión de no continuar publicando su columna”, fueron las palabras con las que liquidaron los escritos de Pascual Gaviria. Más adelante leí las explicaciones que Gaviria daba a algunos lectores sobre su relación “tormentosa” con el

diario: “El primer despido fue por decir que Madonna sabía cómo coger el micrófono y dónde ponerlo. La segunda, que en realidad no fue despedida sino colgada y distanciamiento, fue por la columna que mencionaba las elegancias de pingüino de Luis Pérez con mancornas trenzadas de oro y una perla coqueta en el centro. Y ésta última me imagino que tiene que ver con las columnas sobre la dosis personal. ‘Es inaceptable que alguien que consume drogas manche las páginas del periódico’, debieron decir”, explicó Gaviria en su blog. Para finalizar, comenta: “No me puedo quejar, si la Corte Constitucional se la tomó la Sergio Arboleda, una universidad inspirada en un franquismo, no se puede pedir que con semejante clima ideológico El Colombiano juegue al liberalismo y la pluralidad”. Lo más preocupante del asunto es el panorama que se presenta para periodistas y columnistas en Colombia. La censura ahora viene en diferentes presentaciones: políticas, subversivas y hasta de los mismos medios que juegan a la pluralidad pero que, en realidad, censuran a sus periodistas. El diario El Espectador, en un artículo publicado el 10 de abril de 2009, titulado ¿Prensa asediada?, alerta sobre los constantes atropellos a la libertad de expresión y la libertad de prensa. Alejandro Santos, director de la revista Semana aseguró que: “Los jueces fallan en contra de la prensa, más por desconocimiento que por persecución”; por su parte, Daniel Coronell, director de Noticias Uno y columnista de Semana, dijo que en el país “(…) formalmente hay libertades. Sin embargo, más allá de la letra, los periodistas enfrentamos grandes limitaciones”. Con tan alarmante situación, en la que ni los columnistas pueden opinar, no se me hace raro que el 3 de mayo, Ana Mercedes, en vez de invitar a sus empleados a festejar el Día de la Libertad de Prensa, los cite a rezar los Mil Jesuses.

¿Dónde dormir?

Como dice la canción: “Pa’ fuera, pa’ la calle, que no hay cama pa’ tanta gente”; así es el panorama que se vive en la carrera El Palo, entre las calles Colombia y La Playa. A eso de las nueve de la noche, unas cincuenta personas, en situación de indigencia, se ubican en ambas aceras en pequeños grupos, y pasan allí la noche. En la mañana del día siguiente, en el costado oriental, aparecen los primeros transeúntes, en su mayoría estudiantes universitarios, quienes esperan el bus justo al lado de quienes duermen; en el costado occidental, son los usuarios de una EPS quienes, desde muy temprano, hacen fila frente a la entidad. A las siete de la mañana, ya los funcionarios de Espacio Público han despertado, levantado y desalojado a quienes escogen estas aceras para dormir.

¡Feliz cumpleaños!

Querido ESMAD*: nos alegra celebrar tus 10 años. Desde que naciste has tenido grandes encuentros con los encapuchados que protestan en nuestra Universidad; el tiempo se ha ido volando como en una nube de gas lacrimógeno; con los años, te acercas, cada vez más, a ellos y a nosotros que tenemos a la U como nuestra casa. No olvidamos aquella vez en la que no solo nos visitaste, sino que entraste, golpeaste, capturaste y nos asustaste con gases lacrimógenos y granadas de aturdimiento. “Que los cumplas feliz, que los vuelvas a cumplir, que los sigas cumpliendo…”. No olvides, al soplar las velas, pedir un deseo: imaginamos cuál será. *Escuadrón Móvil Antidisturbios

La Universidad se rajó en idiomas

The U. de A. should be worried about the rate of lost grades in its proficiency test. 1.700 (51%) out of 3.298 tests made last year by undergraduate students in Medellín failed, and only 1.200 (38%) examined students were successful. In the region the situation is worst, only 70 out 456 students passed the examination. It is paradoxically that the best qualified university has shown these results.

Como diría Claudia Hoyos...

¡Buenas noches! Mis temas: 1. “Dios le ayude en este nuevo periodo, señor Rector”. Fueron las palabras con las que el Gobernador de Antioquia, Luis Alfredo Ramos, finalizó su discurso durante la posesión para el tercer mandato del rector de la U. de A., Alberto Uribe Correa, a quien pronto veremos todos los domingos en misa y con la camándula en la mano, si quiere cumplir sus propósitos como Rector: impulsar la regionalización, trabajar por la calidad y erradicar todas las formas de violencia en el claustro. 2. El propósito del Gobernador es que la Universidad de Antioquia tenga, dentro de unos años, cien mil estudiantes. Le tocará al Rector empezar a jugar ‘tetris’ si quiere llegar a acomodar tanta gente en los 237,498 metros cuadrados que posee el campus universitario. 3. En el mismo acto de posesión, el Rector manifestó su deseo de “persistir con el propósito de universalización del dominio de una lengua extranjera” en nuestra Alma Máter. ¡Oh my God! ¡Good luck, Mr. Uribe! (Esperamos que haya leído el texto anterior sobre cómo la Universidad se rajó en idiomas). Y mi ñapa de cierre. Un agente 001 encontró en el Suplemento del periódico institucional Alma Máter la siguiente afirmación del Rector: “No permitiremos que en nuestro campus se presenten actos criminales ni delincuenciales; de ser así los combatiremos con el recurso que nos dan las leyes y la Constitución”. ¿Dónde he escuchado eso antes? ¡Hasta mañana! ¡Que descansen!

Ilustración: Gustavo Uribe

Santiago Higuita mcsagoh@hotmail.com


INFORME EDITORIAL OPINIÓN

Junio de 2009

Camino a La Asalto a laRomera U

Desde hace muchos años la comunidad universitaria se ha acostumbrado a convivir con varias manifestaciones violentas, que han estigmatizado al claustro y que hasta el momento, no han generado un diálogo juicioso sobre los alcances que pueden llegar a tener este tipo de hechos. El silencio de muchos y las responsabilidades evadidas hacen reflexionar acerca de un nuevo pacto de convivencia. De La Urbe reunió varias voces internas y externas de la U para iniciar el debate.

“Disuadir y persuadir” Oscar Calle Supervisor de Seguridad Interna

“Cuando en la Universidad de Antioquia sucede algo que genera expectativa, todos miran hacia la seguridad e inmediatamente dicen que es muy mala, que no se revisa bien o que se deja entrar a todo el mundo. Pero cuando se empieza a hacer un control estricto, también se quejan. “La vigilancia de la Universidad de Antioquia es disuasiva y persuasiva. Aquí no tenemos vigilancia de choque: ni los vigilantes de planta, quienes están vinculados directamente con la institución, ni los de MIRO, que son vigilancia privada, se pueden enfrentar con los estudiantes; además, esta vigilancia no es un organismo de seguridad del Estado. Lo que podemos hacer es pedirle a los estudiantes que por favor muestren lo que llevan dentro de la mochila, pero no podemos hacer nada más; eso ya le tocaría a la Policía, como también le compete al Estado controlar una zona como el ‘aeropuerto’. Allí hay mucha gente que no tiene vínculos con la institución y son expendedores de variedad de drogas. Es un territorio que está manejado por gente externa. Por lo anterior se dice en la ciudad, que la ‘plaza’ más segura que hay en este momento en Medellín, es la de la Universidad de Antioquia. “En cuanto a tecnología la Universidad está un poco quedada. Tenemos seguridad electrónica, sensores de movimiento, detectores de humo, magnéticos para las puertas; pero esto no es suficiente. Es por eso que nosotros apoyamos las medidas del Presidente del Consejo Superior, Luis Alfredo Ramos Botero, porque es así como llegaremos a tener un mejor control al ingreso. Pero aquí si se habla de instalar una cámara, todos brincan; pero si se roban algo, “Le compete al Estado manejar una zona como el ‘Aeropuerto’”. nosotros debemos responder. Oscar Calle, Supervisor de Seguridad Interna. “La seguridad es un compromiso de todos. La mayoría de los robos que se presentan en las instalaciones son con llaves; otros por descuido de los estudiantes, casos en los que es muy complicado recuperar. Muchos estudiantes dejan el computador portátil o el bolso sobre la mesa y se van para el baño; obviamente, cuando llegan no hay computador ni bolso. En las ocasiones en que hemos capturado a personas que han robado computadoras u otros elementos en la Universidad, a las 24 horas están libres porque el sistema penal acusatorio es laxo y éste es un delito excarcelable. Para ellos el delito se consuma si el elemento robado es sacado de la universidad. Esperamos para final de año contar con los controles de acceso; eso sería un bien no solo para el departamento de vigilancia, sino para la Universidad entera. “En cuanto a los estudiantes que ingresan con armas, nosotros les hacemos un seguimiento. En estos momentos se ha solicitado el apoyo de la fuerza pública en las porterías para que ellos realicen la labor que nosotros no podemos hacer. Hay que tener claro que los problemas que tiene el país, de las mallas para afuera, los tiene la Universidad de Antioquia, de las mallas para adentro”.

“Brindar sensación de seguridad” General Dagoberto García Policía Metropolitana de Medellín

El comandante de la Policía Metropolitana de Medellín, general Dagoberto García, respondió por escrito las inquietudes de De la Urbe referidas a apreciaciones sobre la seguridad en la Universidad de Antioquia y a registro de hechos delictivos en la Ciudad Universitaria “Para la Policía Metropolitana, la seguridad al interior de la Universidad de Antioquia es favorable ya que se han hecho una serie de evaluaciones y consultas a diferentes autoridades y estudiantes del claustro en donde denotan una percepción positiva. Uno de los factores que más influye en la seguridad de la Universidad y que además se tomó como un logro de los objetivos trazados para mejorar las condiciones de seguridad, es el acercamiento que asumió la Policía Nacional a la comunidad universitaria en todos sus niveles: docentes, estudiantes y administrativos. La Fuerza Disponible y la Policía Comunitaria mantienen un control en las entradas de la Universidad: requisan personas sospechosas, piden antecedentes, identificación de personas y de vehículos, brindan sensación de seguridad a los estudiantes en las porterías de esas instalaciones y evitan el ingreso de armas y sustancias alucinógenas. “El ESMAD, en caso de presentarse “Cuando las agresiones son muy violentas, se utilizan los gases desórdenes en la Universidad, interviene para controlar los lacrimógenos y el chorro de agua”. General Dagoberto García, Comandante de la Policía Metropolitana. disturbios, con la misión de no dejar que los estudiantes salgan a las vías a la quema de vehículos y protege la vida e integridad de las demás personas que transitan por el sector. En determinados momentos, cuando las agresiones son muy violentas, se utilizan los gases lacrimógenos y el chorro de agua para dispersar a la multitud. Igualmente, el ESMAD permanece disponible semanalmente para atender cualquier requerimiento o desorden que se genere, que por su naturaleza y modo de acción se presentan sin previo aviso. Los elementos que utiliza el ESMAD son los autorizados por los tratados internacionales y convenios a los que Colombia se encuentra adscrita; ningún elemento es letal, solamente producen reacciones corporales que reducen y minimizan el estado de agitación del manifestante. “Al interior de la Universidad se han hecho registros con la autorización del señor Presidente de la República; también, se han realizado por solicitud del señor Gobernador de Antioquia, del Secretario de Gobierno Municipal y del Rector de la Universidad de Antioquia”.

Dirección de investigación: Patricia Nieto Nieto. - Equipo de investigación: Elkin Naranjo, Jorge Ruíz, Víctor Casas, Katherine Panesso, Juan Camilo Rengifo. - Fotografías: Yira Plaza, Isabel González. Infografía - Diagramación: Javier Ignacio Tabares. Fuentes Infografía: Policía Metropolitana de Medellín, Departamento de Seguridad interna de la Universidad de Antioquia, documentos jurídicos de la Universidad de Antioquia y testigos y víctimas de hechos violentos.

Foto: Isabel González






“Hay más delincuentes que subversivos” Wilmar Mejía Último Representante Estudiantil ante el Consejo Superior

“En el escenario de los robos, si bien hay delincuencia común también existen organizaciones que operan en la Universidad y su fuente de financiación es robar equipos pertenecientes a ésta. Es más fácil robar y vender un equipo de video que incluso robarse un carro dentro de la Universidad y venderlo. En la calle le dan un millón y medio a quien se ha robado un videobeam; por un carro le pagan lo mismo, pero implica más riesgos. Son organizaciones que también están ligadas al proceso de inseguridad política que interviene en la Universidad. Tenemos estudiantes que hacen parte de esas organizaciones, que han sido capturados y que son o han sido activistas del movimiento estudiantil. Eso nos da como certeza de que tales organizaciones también tienen estos hurtos como forma de financiación. “En cuanto a la política, la derecha y la izquierda armadas son actores que generan condiciones de inseguridad. Mientras fui Representante Estudiantil tuve amenazas de la izquierda armada porque siempre me calificaban como de derecha. En las Asambleas Estudiantiles en muchas ocasiones me ‘nombraron’ como el representante de Carlos Castaño y me compararon con Uribe. Todos esos calificativos son muy peligrosos porque en estas asambleas de dos mil estudiantes, se filtran el Estado, la derecha y la izquierda. Así te ponen a una lápida al cuello. Cuando terminé la representación estudiantil fui amenazado por los paramilitares. “Hay muchas amenazas destinadas por ejemplo a propiciar escenarios de caos que le permitan a un actor particular resolver esas coyunturas y quedar, dentro del punto de la gobernabilidad, como un buen administrador, eficiente y capaz de resolver esas problemáticas. Yo me atrevo a decir que hay funcionarios en la Universidad que juegan a propiciar ese tipo de escenarios. ¿Para qué? Para mostrar resultados en cuanto a seguridad y gobernabilidad. Este elemento hace parte de ese escenario político. “En la Universidad, hay FARC y ELN. En algunos momentos actúan conjuntamente dependiendo de los intereses; su presencia no es muy fuerte, son grupos minoritarios que intimidan por tener un camuflado, una capucha o por portar en algunos casos, un arma de fuego. También seducen: encontramos un porcentaje significativo de personas que ingresa a la Universidad, el cual es cautivado sin necesidad de enrolarse con ellos organizacionalmente y es útil para generar procesos en espacios como las asambleas estudiantiles. Ahí es cuando aparecen las asambleas de aplausos, en las que cada sectorcito ha hecho su trabajo de seducción, llevan a los pelaos y los ponen a votar. “Así como los de “Hay muchas amenazas destinadas… a propiciar escenarios izquierda los de derede caos que le permitan a un actor particular resolver esas cha son minoritarios. coyunturas y quedar dentro del punto de la gobernabilidad Uno identifica muchachos de derecha, eso como un buen administrador” Wilmar Mejía no significa que sean paramilitares sino que defienden su posición política y están en contra de cualquier proyecto político de la izquierda. “Esos tres sectores no superan los cien estudiantes en la Universidad; con decir que hay más delincuentes comunes que miembros de grupos armados. Por ejemplo, detrás de un jíbaro hay por lo menos treinta o cuarenta personas que hacen parte de su red de seguridad; además están los consumidores o demandantes quienes en muchos casos, son también delincuentes. Mientras que si miramos la última salida de los muchachos de las FARC, comprobamos que no eran más de treinta. “Existen varias organizaciones políticas: la Fuerza Bolivariana se muestra y también juega a la clandestinidad, tiene un componente político muy alto y participa en acciones de hecho; la Juco, Juventud Comunista, a la cual han ligado siempre con el brazo político de las FARC o el PC3; la Aceu conformada por los mismos de la Juco, no supera los 15 estudiantes; la Fun-comisiones, antiimperialista, no pasa de 30 estudiantes; y la JUPA, Juventud Patriótica, de la cual se desliga como brazo político, la OCE, Organización Colombiana de Estudiantes. “Cuando vemos a los encapuchados, vemos a ‘anarcos’, a los de las FARC o a estudiantes nuevos afiebrados por tirar piedra. Los elenos son clandestinos y de un accionar particular. Las FARC, en cuanto a estudiantes sí es más beligerante. “Hay organizaciones de derecha, bandas que han estado al servicio del paramilitarismo que de una u otra forma se ligan a las “oficinas” que hacen presencia en Antioquia. Son las que hacen prácticamente todo el trabajo de investigación y de inteligencia en la Universidad. Y a través de los canales indicados son los que señalan o sindican quién va a ser la víctima como en todo hay estudiantes, profesores y empleados. “Los agentes de inteligencia hacen parte de un proyecto paramilitar, eso es evidente, no pienso que actúen aisladamente. Tiene una jerarquía y arrancan mínimamente, con un combo o una banda, tienen su jefe; de ahí para allá empieza a formarse todo el esquema organizacional. Son personas que actúan individualmente pero que hacen parte de una banda. No son enemigos de los espacios de representación estudiantil; a ellos ese tema no les importa”.

“Hay un concepto equivocado de autonomía” Martiniano Jaimes Contreras Vicerrector General

“En este momento el panorama es de completa tranquilidad y paz”. “La concepción de seguridad de la Universidad es la siguiente: es una comunidad universitaria donde conviven entre 20 mil y 30 mil personas y no tenemos fuerza policiva o una vigilancia armada. ¿Qué significan estas dos cosas? Que es una comunidad muy grande, que a través de los años ha convivido armónica y pacíficamente sabiendo lo difícil que es convivir 30 mil personas, con todas las diferencias de edad, de pensamiento, de credo, de etnia y de relaciones culturales, sociales y económicas. Entonces la comunidad universitaria vive en un ámbito en donde priman unos pactos tácitos y no tácitos de convivencia, en el cual se admite la tolerancia y el respeto como los grandes valores que nos permiten convivir en paz. “En la Universidad hay que requisar, hay que persuadir, saber que hay un vigilante que lo está viendo a usted. Nuestra vigilancia no

“Nos tildan de pusilánimes y nosotros no tenemos una policía ni ninguna fuerza judicial, estamos hablando de una vigilancia civil que ni siquiera un bolillo tiene”. Martiniano Jaimes Contreras, Vicerrector General de la Universidad de Antioquia. está armada porque en términos generales, la ciencia y la academia no están con la fuerza. Pero hay momentos en la Universidad en los que hacer una requisa completa no es fácil. Hay estudiantes que vienen aquí con unos morrales que parecen que fueran para la luna; en esos momentos la vigilancia debe ser más selectiva y en ocasiones hacer requisas al azar. No hay vigilancia ideal. Las medidas de seguridad tienen que ser más selectivas, no es fácil, falta mucho compromiso pero estamos mejorando. “Hay un concepto equivocado de autonomía. Ella nos permite a nosotros autogobernarnos y autodirigirnos como una entidad académica. Pero hay que entender que autonomía no significa extraterritorialidad. Hay un reglamento general de la universidad, un reglamento profesoral y un reglamento estudiantil. Lo anterior no exime a la fuerza de investigación, ni a la policía, ni a la ley, cuando estamos hablando de actos penales, criminales, y delincuenciales: el robo, el hurto, el atentado contra las libertades del ser humano, algún acceso violento que se quiera hacer; tiene que imperar la ley. “Cuando hablamos de droga, hablamos de un acto criminal. La Universidad, queramos o no, refleja en parte los problemas de la sociedad. Nosotros como autoridades académicas, ¿cómo enfrentamos ese problema? Nosotros no tenemos las herramientas para enfrentarlos, quienes nos critican lo hacen muy a la ligera. Son decisiones del Gobernador y del Presidente de que en esos casos sea la autoridad, la fuerza legítima, quien actúe. Si en la Universidad de Antioquia se dan actos delictivos que atentan contra la vida y los bienes de nuestra comunidad, tenemos que recurrir a las armas que nos dan la ley y la Constitución. Pero nos tildan de pusilánimes y nosotros no tenemos una policía ni ninguna fuerza judicial, estamos hablando de una vigilancia civil que ni siquiera tiene un bolillo. “Frente a la implementación de arcos electrónicos y magnéticos no podemos actuar precipitadamente. No podemos ir a comprar unos aparatos sin saber qué estamos comprando, para qué sirven, cómo funcionan y su real uso. En este momento la Vicerrectoría Administrativa está haciendo un estudio y evaluación con otras entidades de aquí y del exterior para ver desde el punto de vista tecnológico, cómo logramos acertar en esto. “En cuanto a las protestas estudiantiles pienso que tenemos que inventarnos unas formas más creativas y que impacten más. La Universidad y el universitario no pueden renunciar a la protesta y más en este país; pero me pregunto: ¿qué impacto es que 50 ó 60 muchachos encapuchados se den piedra con la Policía? No me queda la menor duda de que se deben buscar unos medios más persuasivos, más inteligentes y que impacten más en la opinión pública, sobre hechos y circunstancias que pasan en el país y sobre lo que nosotros queremos llamar la atención, criticar y proponer alternativas. La clave del problema de seguridad está en que ésta depende de nosotros y de que hagamos respetar esos pactos de convivencia”.

Foto: Yira Plaza O’byrne

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Junio de 2009



“No habrá restricción frente al delito” Luis Alfredo Ramos Botero Gobernador de Antioquia

Durante la posesión de Alberto Uribe Correa como Rector para el periodo 20092012, el gobernador de Antioquia, Luis Alfredo Ramos Botero, delineó principios para controlar el orden en el claustro. “(…) Y, en tercer lugar, que en la Universidad de Antioquia el orden y la convivencia imperen. No se concibe una Universidad donde se estén cometiendo delitos. No se concibe una Universidad donde se cometan asesinatos. No se concibe una Universidad donde haya venta de estupefacientes. No se concibe una Universidad donde se esté presentado ese sinnúmero de hechos que tienen que ver con el delito. “Como Gobernador del Departamento de Antioquia y encargado del orden público y la seguridad ciudadana, estaremos atentos para que la fuerza pública y para que la Policía entren a cualquier lugar de cualquier establecimiento, a cualquier auditorio o a cualquier salón de la Universidad de Antioquia en donde se esté cometiendo un ilícito. No hay restricción frente al delito. No hay “No se concibe una Universidad donde se estén freno a las autoridades para que puedan ir a luchar contra quienes atentan contra cometiendo delitos”. Luis Alfredo Ramos Botero, la Universidad de Antioquia y contra todo Gobernador de Antioquia el Departamento. Un atentado contra la Universidad de Antioquia es un atentado contra todos los antioqueños. “Prestaremos todo el apoyo al señor Rector y a las autoridades de la Universidad de Antioquia para que el orden impere allí, para que los estatutos de la Universidad se cumplan a cabalidad, para que no haya desmayo en la lucha contra los delincuentes que quieren aprovechar estos claustros de la libertad para hacer de las suyas. “Cuente, señor Rector, con el apoyo del Gobierno de Antioquia y de todas sus autoridades para combatir el delito dentro de la Universidad. “Y finalmente, quiero decirle al señor Rector que cuente con el apoyo del Gobierno de Antioquia, con el de sus secretarios y con el apoyo del Gobernador para que su gestión redunde en bien, no solo de los estudiantes, sino de todo el Departamento”.

“El control es desastroso”

Jorge Iván Álvarez Vigilante de planta de la Universidad de Antioquia “Hace aproximadamente 15 años, el cuidado total en las instalaciones de la Universidad estaba a cargo de vigilancia de planta; nuestro objetivo era respaldar y defender bienes y personas. Nosotros teníamos el control de porterías y facultades, hacíamos todo el proceso de identificación y requisa y solo había algunos hombres de vigilancia privada que en las noches se encargaban de las mallas. Pero nosotros ya estamos desapareciendo; la administración no contrata a un vigilante de planta desde hace más o menos 14 años. Este año por ejemplo, se pueden ir cinco, es decir, cada día somos menos; pasaron a desconocernos el derecho de la carrera administrativa, por el cual se cubrían las vacantes vía concurso de la vigilancia de planta. “El Consejo Superior aprobó la contratación de la seguridad privada con el argumento de la austeridad porque económicamente son más favorables; pero tú compras lo más favorable y estás comprando lo más malo. ¿Cuánto no hemos perdido? Hemos perdido vidas humanas, profesores, estudiantes, elementos logísticos. ¿Cuántas cosas que nos han hurtado? Entonces se invierte un dinero del presupuesto de la Universidad en esa vigilancia y

“Es increíble que la Universidad permita una zona de tolerancia para que los jóvenes consuman”.

lo que recibimos es poco. Optaron por la más fácil: contratar con compañías privadas que no tienen sentido de pertenencia con la institución y responsabilidad. Por ejemplo firmaron un contrato de casi siete mil millones de pesos por un periodo de dos años. Considero que es una suma bastante onerosa para que ellos no respondan por ese compromiso de seguridad, control e ingreso en las porterías. En la Universidad se hurtan instrumentos y nadie sabe nada; se hurtan una computadora y ésta se saca sin detectarla. “En estos últimos años ha sido desastroso el control. Un ejemplo es el ‘Aeropuerto’. Allá se entra licor, vicio, armas. El ‘Aeropuerto’, que ya es considerado una ‘zona tolerancia’ se volvió costumbre y tradición. Es increíble que la administración permita una zona de tolerancia para que los jóvenes consuman. Sin embargo hay vigilantes en esa zona, y creo que son vigilantes que se pierden porque no hacen el control. El mensaje parece ser: ‘Fúmeselo bien y tranquilo que aquí estoy yo’. Considero que los vigilantes de planta inspirábamos más respeto y la Universidad no era tan caótica. “La Ley 356 de 1994 obliga a la vigilancia privada a ser informante y colaboradora. Y cuando el Estado sacó esa Ley pensó más en lo subversivo o en el terrorismo que podía estar en la Universidad. El Estado debe tener en la Universidad personal de inteligencia que haga eso porque la vigilancia quedaría muy expuesta y vulnerable. Si alguien llega armado quedaríamos impotentes y sería difícil de evitar, como ha ocurrido en varios años atrás, que hemos tenido tantas víctimas de violencia por arma de fuego. Más bien ese control sí lo evitaría la vigilancia que asume las porterías porque a la Universidad no se debe ingresar un arma. Sin embargo, creo que la seguridad en la Universidad es totalmente recuperable mediante el control y mediante los compromisos”.

“Respetar el principio de autonomía intelectual” Jairo Herrán Vargas Personero de Medellín

“La Universidad de Antioquia viene afrontando desde hace muchos años, yo diría que desde mitad de la década del 90, una serie de situaciones bastante complicadas: los homicidios que se venían produciendo, el tema de la actividad de sectores afectos al paramilitarismo o el mismo paramilitarismo. Carlos Castaño en su libro mi Confesión, señala que las Autodefensas intervinieron allá para frenar lo que ellos consideraban el ascenso de las guerrillas a través de las universidades. “Nosotros defendemos la libertad de cátedra, la libertad de expresión, la libertad de manifestación y todas las libertades que se expresan en un escenario como el de la Universidad, sin decir que vamos a defender posiciones de extrema radical. No porque hay derecho a la libre expresión voy a insultar a todo el mundo. No porque hay derecho a la manifestación pública debo hacer ‘papas’ y tirárselas a un policía. Acompañamos los derechos entendidos dentro de un contexto de un Estado Social de Derecho. “El solo asesinato merece nuestro rechazo. Frente al homicidio del ex alumno Jorge Andrés Isaza, recuerdo que lo primero que salieron a decir las autoridades fue: “No, es que ese señor no estudiaba aquí”. La primera preocupación fue señalarlo como un intruso, al menos como una persona extraña a la Universidad que por cualquier situación estaba allí pero que no debería estarlo, buscando con eso quitarle el significado al lugar en donde se produce el homicidio. Luego se reunieron el Alcalde y el Secretario de Gobierno, ambos egresados de la Universidad de Antioquia, con el Gobernador y tomaron unas medidas que a mí me parecieron un poco arbitrarias. Entonces el Gobernador cuando se presenta el hecho, hace el examen de ese escenario y lo que dice es: fuerza pública, componente represivo, intervenga en la Universidad porque allá hay una manada de delincuentes. “Y así fue. A los días se metió la fuerza pública y se creó todo un caos y zozobra. Además, se hizo una conexión entre los venteros ambulantes y los hechos; y lo que queda en el imaginario del colectivo es que los venteros tienen algo que ver. Faltó una posición más radical de las directivas de la Universidad frente a esa situación. Pero es un poco más explicable porque estaban en plena elección del nuevo Rector. Me pareció que toda esa actitud del Gobernador fue como una especie de escarnio contra la Universidad, una Universidad donde hay mucha gente de todas partes del país, es muy connotada y no debe ser sometida a esta afrenta. De pronto él, llevado por sus parámetros de seguridad democrática, se desbocó un poco y había que colocar un freno institucional y lo hizo la Personería. “No estábamos de acuerdo con lo que dijo el Gobernador porque todos sabemos que la fuerza pública puede ingresar a la Universidad en el momento en que quiera, desde que existan razones y motivos para ello y que ahora sí los servicios de inteligencia van a poder ingresar a la Universidad. ¡Pero si los servicios de inteligencia siempre han estado en la Universidad! A mí que me muestren “Usted no puede intervenir como Estado, ni como autouna universidad que presente niveles de ridad gubernamental en la Universidad de Antioquia, conflictividad y que no tenga servicios de como si estuviera interviniendo en la Plaza Mayorista”. seguridad del Estado: agentes encubiertos Jairo Herrán Vargas, Personero de Medellín. que están mirando todo, siempre han existido. Entonces anunciar que ahora sí la fuerza pública va a entrar, eso ocasiona un golpe contra la Universidad, un impacto y un golpe de opinión. Entonces en el imaginario colectivo queda la sensación de que el Gobernador sí está gobernando. Además, eso legítima arbitrariedades. “Respecto de los enfrentamientos entre la policía y los estudiantes hay que aclarar que en un Estado de derecho la policía no puede arremeter contra una manifestación pacífica, así estén agresivos verbalmente. La Corte Constitucional ha establecido los principios de proporcionalidad, de razonabilidad y de oportunidad para el tema del tratamiento policial; además hay unos principios del Derecho Internacional en relación con el tratamiento de manifestaciones y disturbios. Usted tiene que reprimir en la medida en que se produce el desmán, usted tiene que ser razonable: si ellos están tirando piedras, usted no puede ir a darles bala. La violencia es en los dos sentidos: la policía con el escudo, el bastón y toda su coraza; y los estudiantes con la piedra, las ‘papas’, los insultos, los gritos y una minoría, con capuchas. Pero lo más complicado son las ‘papas’ y las molotov; se crean situaciones de riesgo para ambas partes. “En general yo diría que los derechos humanos en la Universidad, mirándolos como garantías al día de hoy, están es una situación de vulnerabilidad. La garantía que debe brindar la Universidad para el ejercicio de todos esos derechos está siendo vulnerada por algunos factores como el tema de la intimidación y las amenazas; éste vulnera el derecho porque si usted sabe que hay una amenaza en el ambiente, usted ya no tiene libertad para expresarse, usted se va a callar porque esas amenazas implican la famosa mordaza: no hable, no diga, no opine. Muchos estudiantes se sustraen de todo, es decir, el derecho a la participación se ve plenamente afectado y de alguna manera, también se ven afectados otros derechos como el libre desarrollo de la personalidad. “La Universidad es un espacio que merece un especial tratamiento. Usted no puede intervenir como Estado, ni como autoridad gubernamental en la Universidad de Antioquia, como si estuviera interviniendo en la Plaza Mayorista; son espacios muy distintos. Se debe respetar el principio de autonomía de la Universidad y se debe respetar el principio de soberanía intelectual. Para eso lo que debe hacer la autoridad estatal es que la misma Universidad procese cuál es el modelo de seguridad que quiere: que se convoque a los universitarios, directivos, docentes, trabajadores, jubilados y egresados para que sean ellos quienes discutan, produzcan y acuerden unas medidas de seguridad. Esto permite legitimar las medidas que se tomen como consecuencia del modelo. Entonces ya no es una intervención desde afuera que se le pega a la Universidad, sino que son unas medidas que se toman a partir de toda una discusión democrática y participativa, donde todo el mundo se compromete y es copartícipe. “Nuestra posición es seguir acompañando a la Universidad, al movimiento estudiantil. Acompañar las marchas o manifestaciones de protesta, respaldar a los estamentos universitarios para que luchen por la autonomía y por todos los principios que conocemos y que así la Universidad cumpla el papel que debe cumplir”.




Las coordenadas del delito Un breve recorrido por la ciudad universitaria permitió a los reporteros de De la Urbe ubicar puntos que han sido escenarios de hechos violentos. Testimonios y cifras muestran que en pasillos, oficinas, plazoletas, porterías, auditorios, bodegas, Portería Bqlla. cafeterías, zonas verdes ocurren delitos que otrora Por enfrentamientos El 10 de febrero de 2005, mientras en la portería de Base consideraban mitos urbanos. rranquilla se enfrentaban encapuchados y agentes del

MUERTES EN EL CAMPUS

ESMAD, en un laboratorio de la Facultad de Química Farmacéutica se produjo una explosión que le quitó la vida a Paula Ospina, estudiante de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional y Magaly Betancur, de Ingeniería Física de esa misma universidad. En el incidente resultaron heridas 32 personas más.

CAPTURAS Aeropuerto

El viernes 20 de marzo, a las 4:45 de la tarde, en el sector conocido como “El Aeropuerto”, agentes de la policía capturaron a un grupo de 30 estudiantes.

ASALTOS Y ROBOS Bloque 20 El 27 de agosto del 2001 se presentó un intento de atraco en el Departamento de Recursos Informáticos de la Facultad de Ingeniería. Los asaltantes huyeron. También se robaron implementos de oficina en el Museo y una escultura.

Equipos

Bloque 25 En noviembre de 2006 fueron reportados como robados de la bodega de la Facultad de Artes, 97 instrumentos musicales, cuyo valor comercial era de aproximadamente 130 millones de pesos. La Universidad instauró una demanda, aún en curso, en contra del bodeguero por considerarlo sospechoso. A 95 millones asciende el total de los bienes hurtados a la Universidad en 2008.

Instrumentos

Librería

Por sobredosis

Bloque 20

El 24 de febrero de 2008 fueron encontrados dos estudiantes de Filosofía con sobredosis de heroína en el auditorio 20-146 de la Facultad de Ingeniería. Uno de ellos murió. En la actualidad en el “Aeropuerto” se puede adquirir un gramo de clorhidrato de cocaína en 5 mil pesos, diez “diablitos” de bazuco por 5 mil pesos, un “bareto” de marihuana en mil pesos, además botellas de vino casero, aguardiente, ron y cerveza. Bloques 14 y 6 Homicidio -- El 12 de marzo de 2009 dos encapuchados asesinaron a Jorge Andrés Isaza, en la Facultad de Derecho. En los últimos cinco años, dentro de las instalaciones de la Universidad, han sido asesinados, con arma de fuego, cinco personas. -- El 8 de noviembre de 2001, mientras jugaban ajedrez, fueron asesinados Juan Manuel Jiménez Escobar y David Santiago Jaramillo Urrego, estudiantes de la Facultad de Química Farmacéutica.

HERIDOS Y LESIONADOS Por gases

Portería Bqlla.

Cuando Cecilia* cursaba su primer semestre, recibió en la cara el impacto de una granada de gas lacrimógeno, causándole un hematoma y una herida cerca a su ojo izquierdo. Durante el 2008 la seguridad interna de la Universidad reportó 54 delitos contra la seguridad pública, dentro de los que se cuentan enfrentamientos entre estudiantes y policías. Portería Bqlla. En el mes de febrero de 2005, en disturbios presentados en la Universidad, el patrullero Flórez Gómez resulto herido perdiendo un 50 por ciento de visibilidad de por vida. En los últimos años, 34 uniformados del ESMAD han sufrido lesiones.

Por enfrentamientos

Bala perdida

Bloque 13

El 4 de abril de 2001 una bala perdida cerca del Bloque 13 causó heridas a un estudiante.

HALLAZGOS Explosivos

Bloques 6 y 25

-- El 27 de marzo de 2001 fueron encontrados y entregados a las autoridades 70 tacos de dinamita. -- El 10 de noviembre de 2001 fue encontrada una bomba con dispositivo eléctrico en la Facultad de Artes. Bloque 12 En febrero de 2009, en uno de los casilleros del bloque 12, fueron halladas dos papas bomba. En otro casillero del mismo bloque fue hallado un equipo completo de escalar que había sido hurtado días antes de Indeportes Antioquia.

Casilleros

Bloque 22

Jhon Jairo García, director de la Librería Universitaria, cuenta que este negocio ha sido asaltado cinco veces en los últimos 17 años. Algunos libros y grandes cantidades de dinero han sido hurtados. Bloque 6 De la oficina del coordinador del programa de Astronomía, Jorge Iván Zuluaga, ubicada en cuarto piso del bloque 6, fue hurtado un computador portátil, después de ausentarse por unos minutos y a pesar de haber cerrado la puerta. La seguridad interna de la Universidad reportó en 2008 cinco portátiles hurtados.

Portátiles

Bloque 25 y 22 A principios de este año, parejas de encapuchados armados con revólveres, asaltaron la Librería Universitaria y las Cafeterías de Deportes y de Artes a eso de las 2:30 de la tarde. En total se llevaron alrededor de 3 millones 500 mil pesos.

Cafeterías

Parqueaderos En ocasiones los robos se facilitan por el descuido de los mismos propietarios. Durante el 2008 se reportó que 918 vehículos que fueron dejados abiertos en los parqueaderos del campus y 1020 fueron dejados durante la noche.

Vehículos

OTROS casos Violencia Sexual Mientras Sandra* estaba sentada en un pasillo, otro estudiante se le acercó sospechosamente. Al llegar a ella sacó su pene, se lo puso en la cara y se masturbó durante unos segundos. La seguridad interna de la Universidad reportó en 2008 un caso de lo que ellos denominan actos contra la moral.

Extorsión

Dos estudiantes de la Facultad de Comunicaciones reportaron, como robados de sus casilleros, libros pertencientes a la Biblioteca Central. En una nota se les pedía recargar 50 mil pesos a un número celular; una vez que lo hicieran los libros serían devueltos. Durante 2008 se denunciaron tres casos de extorsión, al interior del Alma Mater.

Irresponsabilidad Por el descuido de los empleados de la universidad se han reportado en 582 ocasiones puertas de oficinas abiertas sin estar nadie al cuidado de ellas.

Ventas informales En un intento por legalizar las ventas informales, Bienestar Universitario negoció con algunos de los estudiantes venteros. Entre los beneficios obtenidos están: 700 mil pesos por semestre y el derecho a un Amenazas complemento alimentario; en contraprestación, los estudiantes deben El 6 de marzo de 2009, luego de la marcha contra crímenes de matricular un mínimo de 14 créditos, mantener un promedio crédito Estado, llegaron a los correos de las oficinas estudiantiles y de superior a 3.0 y estandarizar los precios. aproximadamente treinta estudiantes amenazas de un grupo que se hizo llamar “Bloque Antioqueño de las Autodefensas”. Rehenes El 13 de abril de 2001 un comando armado con fusiles y otro tipo de Inefectividad armas se toma la Ciudad Universitaria, se apodera de todas las llaves En un ejercicio ejecutado por el equipo de DE LA URBE, durante un y cierra todos los accesos al campus. Amenaza de muerte a los vigi- mes se ingresó por las distintas porterías del campus con equipos lantes y a quien intente abrir las puertas. Afuera de la Universidad se de la Universidad y ajenos a esta. En ninguna ocasión se pidió reproducen disturbios y enfrentamiento con la fuerza pública. gistro de ellos.

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Junio de 2009



“No somos autoridad”

Juan Carlos Ortiz Jefe de Seguridad de Miro Seguridad “En la Universidad de Antioquia, la función de nosotros es básicamente perimetral. Al interior de la Universidad no hay vigilancia privada; la de nosotros es para la portería y las mallas. Sabemos muy bien cuál es la problemática, pero nos ajustamos para lo que fuimos contratados. “La zona del ‘Aeropuerto’ no es un punto de nosotros. Todo depende de lo que nos diga la Universidad. Nosotros no somos autoridad, pero la Universidad tiene unas reglas y si establece que: está prohibido el consumo de alucinógenos y nos informan por escrito, nos tenemos que limitar a decirles: ‘Por favor, joven, eso no lo haga dentro de la Universidad’. Pero no podemos detener a nadie; los únicos que pueden detener son las autoridades, bien sea en situaciones de flagrancia o por orden judicial. Nunca hemos detenido a nadie y así nos lo diga la Universidad constitucionalmente no podemos. Si van a ingresar alcohol, ‘Joven, no puede ingresar eso acá porque es una orden que nos dio la Universidad’. De ahí para allá nosotros tenemos que estar quietos. Si esa persona va a confrontar al guarda, lo primero que debe hacer él es decirle: ‘Joven, cálmese por favor. ¿Va a ingresar eso? ingréselo’. Pero en ese momento, el guarda tiene que avisar a la policía. “Si detecta que se están robando algo, que están cometiendo un ilícito, en ese momento el guarda puede reaccionar como cualquier ciudadano porque todos en un momento dado somos policías cívicos en potencia; entonces en la flagrancia es en la única situación en donde podemos entrar a actuar y en una manera muy mermada pues para eso están las autoridades. “Nosotros no somos ni antimotín, ni policía, nada de eso. Cuando se presentan disturbios la orden es tratar de salvaguardar los bienes de la universidad y la integridad de los estudiantes. “Hacemos lo que la Universidad nos diga que hagamos. No podemos requisar, porque no somos autoridad. Amablemente le pedimos al estudiante que por favor nos muestre el bolso, pero no podemos meter la mano en él. Las medidas de control están pero puede que fallen. La idea es que sean estrictas y que se cumplan de la manera más correcta para tratar de minimizar esa oportunidad que tiene el delincuente de cometer actos. “Hay medidas muy interesantes con tecnología, con aplicaciones, como son los controles de acceso: el estudiante con su carné y un chip o un código de barras; hay muchas otras y que se están examinando. La seguridad física debe ir muy de la mano con la seguridad electrónica. Además, es un apoyo porque el hombre no es infalible: el hombre se cansa o se distrae o lo engañan; a una maquina no. A un arco detector de metales, no lo vas a engañar; pero no hay nada absolutamente infalible, también existe formas de engañar al arco detector de metales”.

Miradas a otras latitudes De la Urbe consultó a estudiantes de algunas universidades públicas latinoamericanas para indagar sobre los problemas de seguridad dentro de las instituciones. En nuestra búsqueda, encontramos una “Tierra de Nadie”, un “Edén” y otro “Aeropuerto”.

Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)

“La seguridad en la universidad es buena, pues se ha tratado de combatir el problema del alcohol. Habían lugares a plena vista (fuera de la Biblioteca Central, las islas y un lugar llamado el Edén, donde se reunían los universitarios a tomar), pero esto se está combatiendo con medidas de seguridad para la comunidad estudiantil”. Liliana Hernández Escamilla, estudiante “La UNAM cuenta con su propio sistema de justicia manejado por el Tribunal Universitario, encargado de conocer y resolver lo concerniente a faltas contra la Legislación Universitaria. Uno de los problemas más fuertes es que cualquier persona puede tener acceso a la UNAM: no tiene bardas ni puertas, puedes entrar al campus por donde quieras; por lo mismo, es más vulnerable. El “Aeropuerto” es un pasillo o hall, no muy amplio, que sirve como punto de reunión cuando hay audiencias de grupos revolucionarios como el EZLN o alguien quiere promover algún movimiento. En relación con las drogas lo que más se consume, o por lo menos lo que está más a la vista, es el alcohol y la marihuana. Se supone que está prohibido ingerir bebidas alcohólicas en el campus; pero desafortunadamente todos los viernes se hace, incluso entre semana”. Kerim Gutiérrez Godfrey, estudiante

Universidad de Buenos Aires (UBA)

“La UBA es una universidad pública, no necesitas ningún tipo de credencial para entrar y eso trae bastantes problemas en el sentido de que puede entrar cualquier extraño. No creo que podamos hablar de medidas de seguridad dentro del campus cuando en ningún lado hay seguridad. Hay vigilancia, hay policías; pero hasta ahí”. Noelia Oberti, estudiante “En Argentina las universidades públicas no tienen campus, la gente no hace deportes dentro de la Universidad; solo se estudia y se hace política. Los robos u otros delitos son nulos dentro de casi todas las universidades de Argentina, los delitos o problemas comienzan cuando se sale fuera de la universidad. El consumo de drogas no se ve dentro de la Universidad, ya que está prohibido fumar desde hace unos años, antes se fumaba en las aulas; ahora, casi nada. En la Universidad de Buenos Aires, hay guardias de seguridad que ejercen un control mínimo, nunca los he visto desempeñar tarea alguna; en universidades privadas sí hay tarjetas magnéticas para que sólo entren los alumnos regulares”. Gustavo Coppe, egresado

Universidad Simón Bolívar Venezuela

“No queremos la seguridad democrática en la Universidad” Jorge Aristizábal, Secretario General de la Asociación de Profesores de la Universidad de Antioquia (Asoproudea)

“Nosotros nos adherimos a lo que dice la Constitución o la tradición acerca de la verdadera Universidad: una conciencia crítica de la sociedad al margen del sistema y del Gobierno, que puede opinar, criticar a los gobernantes de turno, a la Iglesia, a la guerrilla, a quien sea. Pero no nos pueden decir que la Universidad tiene que ser como una iglesia: pura. Ésta es parte de la sociedad, aquí hay “Aeropuerto”, hasta striptease he oído que ocurre a veces. Muchachos son muchachos y la vida es vida. “Hay asuntos que mientras la sociedad no alcance a eliminarlos de su seno, menos va estar la Universidad libre de éstos. Pero existe un acuerdo con la sociedad: la Universidad es Universidad y requiere un trato distinto. “Quisiéramos disfrutar de las garantías que tenemos en nuestra propia casa: que no se entren a robar, a hacer bulla, a molestar la vida; que no nos saquen de la casa; que no nos llenen de humo o de gases; que no aparezcan encapuchados. Éstos son aspectos que a la Asociación no le gustan. “Yo he oído decir a los trabajadores oficiales y a los jubilados de Asoprudea que la inseguridad en la Universidad aumentó desde que se acabó la vigilancia de los trabajadores de planta; que las compañías privadas no son garantía. “No queremos la seguridad democrática en la Universidad; queremos la tranquilidad en el campus universitario. Tranquilidad que no significa que aquí los jíbaros hagan y deshagan y que las ventas ambulantes crezcan; todo tiene un control. “Como conclusión, yo diría que deben de haber verdaderos programas de Bienestar Estudiantil para que el estudiantado no tenga que gastar su tiempo sentado en una silla vendiendo minutos. Ese problema de la falta de ingresos tiene que resolverlo la Universidad con una beca, con verdaderos programas; no con remedos de programas, con un contratico de 200 pesos minuto. La Universidad está legalizando incluso lo ilegalizable; eso es una barbaridad. Se han hecho acciones como la del Restaurante Estudiantil que ha mejorado mucho; pero se deben montar verdaderos programas de bienestar y resolver el problema de la seguridad. Así la gente se dedica a estudiar y no a ver cómo consigue platica para poder sostener sus estudios”.

“Hablar de seguridad es hablar de autonomía”

Víctor Villa, Presidente de la Asociación de Profesores de la Universidad de Antioquia (Asoproudea) “Cada que se habla de seguridad, se está hablando de autonomía. Nosotros somos un territorio, no una república independiente, pero consideramos que el campus tiene ciertas especificidades que la ley y la Constitución favorecen. “El Gobernador en el discurso que pronunció en el Paraninfo durante la posesión del Rector, dijo que la policía no le iba a pedir permiso a nadie, que no había salón o auditorio que estuviera vedado o restringido para las fuerzas policiales. Nosotros decimos que hay ciertas prácticas sociales que se pueden configurar en lo ilícito, que pueden ser motivo de investigación, pero este discurso precisamente dentro del Paraninfo, lugar que para nosotros es sagrado, no tiene presentación: es una actitud amenazante y provocadora. La seguridad tiene que ser administrada por las autoridades universitarias. “Nosotros no estamos de acuerdo con la antisocialidad. Si vienen y destruyen un cajero que los persigan y si hay que pasar por la ciudadela universitaria, que pasen. Incluso los jíbaros, que se vayan a vender afuera. ¡Aunque defendemos la dosis

“El hecho de que entren personas sin verificar si es estudiante o empleado y no tomarle los datos, ha favorecido los pocos hurtos de vehículos que se han presenciado. Aunque, cuando éstos ocurrieron, se observó un buen despliegue de la vigilancia en detener a la mayoría de los responsables”. Martin Freytes, estudiante

Universidad Central de Venezuela

La Universidad Central hasta hace un año, estaba repleta de consumidores que se sentaban en la “Tierra de Nadie” a fumarse su ‘porrito de marihuana’; ahora la “Tierra de Nadie” se encuentra custodiada a todas horas por vigilantes con perros anti-drogas, y si alguien es encontrado con cualquier tipo de estupefacientes es expulsado de la universidad, sin derecho a volver. Los otros lugares frecuentados por consumidores, fueron iluminados y son vigilados”. Thais Castro, estudiante

Universidad Santiago de Chile (USACH)

“Los típicos problemas son el consumo de alcohol y de drogas. Debido a que son grupos de jóvenes, los inspectores de la Universidad no pueden más que sancionarlos. Pero estas sanciones no son blandas, por ejemplo, dejarlos bajo sumario, prohibirles ser ayudantes de carrera e incluso, caducar la matrícula, o sea expulsarlos. En esta universidad no existen casos de violencia; aunque también hay robos pero principalmente de gente del exterior de la universidad ya que la entrada no está controlada”. Pablo Andrés Castro Contreras, estudiante “Existe guardias en todas en las puertas de acceso quienes en caso de ver algo raro, tienen que impedir el ingreso de esa o esas personas. Sólo el día viernes se pide mostrar credencial universitaria para que no ingresen personas que no sean de la USACH. Cuando hay protestas, las puertas de la universidad son cerradas para que no entren manifestantes ni carabineros al interior de la universidad”. Daniela de la Cerda, estudiante

Universidad de Chile

“El único drama en el campus de Juan Gómez Milla son las típicas protestas de los estudiantes, no se desquitan con la comunidad universitaria, sino que hacen disturbios en la calle lo que obviamente es un riesgo para todos. Drogas: sí se ve, pero no se qué medidas existen. Eso sí no molestan a nadie pues se consume en los pastos del campus”. Nicolás Silva Izquierdo, estudiante

personal! Pero que no se le dé estatus de antisocialidad al ejercicio de la libertad de expresión, a la libertad de movilización, a la libertad de pensamiento; esa es la seguridad democrática de Uribe y del Gobernador. Para ellos conducta delincuencial es solamente la subversiva. “Por esa misma seguridad es que en la Universidad siempre se ha hablado de poner detectores de personas extrañas y nosotros siempre decimos: ésta es una institución pública. ¡Que van poner detectores de metales! Los estudiantes entran de todo en sus morrales: instrumentos para jugar tejo, rieles y ruedas de bicicleta, todo eso es metal. Pueden poner los aparatos más sofisticados para el control pero creadas la ley y la tecnología, aparece la trampa. Si no se tienen reivindicados asuntos de conciencia, de pertenencia, asuntos de querencia hacia la Alma Máter y de respeto al campus universitario, éstos la van a perratiar, a volverla una Sodoma y Gomorra. Cada quien debe responsabilizarse de sus actos y de invocar la responsabilidad”.




Nuevas historias. Nueve Trabajos de Grado. Nuevos Periodistas

Relatos guardados en la mochila Elvia Elena Acevedo Moreno Coordinadora pregrado en Periodismo periodismo@comunicaciones.udea.edu.co ¿Se puede decir que el periodista es un contador de historias? Definitivamente sí. A veces de historias que se construyen con rapidez porque la presión del medio de comunicación así lo exige. A esas las podemos llamar las noticias del día a día y son historias porque nos hablan de algo que pasó en algún lugar, que empezó de esta manera y terminó de esta otra. Son relatos cortos, redactados con una técnica específica que todo periodista domina y que satisface la necesidad inmediata de información del gran público. A los historiadores y a otros estudiosos les encantarán esos relatos porque en un futuro les ayudarán a reconstruir un hecho, una época, un personaje, una costumbre, una tendencia. Pero el periodista también cuenta historias de otro tipo, aquellas que llamamos de largo aliento. Es decir, historias que tomaron mucho más tiempo para ser desenmarañadas, entendidas y escritas. Pensemos en las revistas semanales de noticias o en los periódicos del domingo, o en los especiales de TV o de radio: allí encontraremos siempre una historia así, muchas veces una que delata situaciones y denuncia personajes. Pensemos en las revistas mensuales que mezclan noticias con arte y literatura; también allí leeremos minuciosos relatos periodísticos acerca de los temas más

singulares. Pensemos en los libros de Germán Castro Caycedo por ejemplo, y veremos cómo nos cuenta al detalle los dramas colombianos. Las historias que el lector encontrará en las páginas siguientes pertenecen a esta última clase, las de largo aliento. Fueron escritas por los estudiantes de Periodismo de la Universidad de Antioquia y han sido extraídas de sus Trabajos de Grado. Cada tema surgió del interés del propio estudiante: lo propuso, lo investigó y lo contó. Mientras a Sara, Alejandra, Mariluz y Martha Patricia se les ocurrió meterse con la violencia en Colombia, a Zahira le pareció todo un reto para sus gustos musicales adentrarse en la vida de Octavio Mesa, el Rey de la Parranda. Jonathan y Lina partieron de algo que les era familiar: él habla de tatuajes y ella, del pueblo de Donmatías. Natalia nos describe cómo es el amor entre los habitantes de la calle; Vera nos relata las peleas de gallo, a través de las espuelas de Pechinegro; y, finalmente, Angie nos cuenta cómo los gitanos llegaron hasta Itagüí. Pero, ¿qué interés tendrían para el lector esos nueve relatos?, ¿por qué publicarlos? Mencionemos cinco razones: porque al ser humano le encantan las historias; porque una historia bien contada nos permite conocer mejor esta especie a la que pertenecemos y entender los motivos que otros tienen para hacer lo que

hacen; porque con historias así comprendemos otras realidades y tal vez, aumente nuestra tolerancia hacia los demás; porque es la manera como nos reconocemos como sociedad, es decir quiénes somos y de dónde venimos; y porque así incentivamos el arte y el oficio de escribir. Y una más: con estos trabajos promovemos entre nuestros estudiantes las técnicas de la investigación periodística y social. Los 92 Trabajos de Grado que hasta el momento han sido concluidos, en sus distintas modalidades, fueron el entrenamiento final que cada alumno de Periodismo realizó con miras a su futura incursión en el mundo de la investigación y de la generación de conocimiento. Las historias que les ofrecemos en esta edición fueron construidas como todas aquellas del periodismo de largo aliento, a partir de lecturas, largas entrevistas a los protagonistas y expertos, visitas a los lugares de los hechos, consulta de datos y cifras, reflexión y un proceso personal de escritura. Es así como este tipo de periodismo trabaja; además, con algo que lo diferencia claramente de la literatura, nada allí es inventado. Tome asiento, incursione en los mundos que a continuación se narran y conozca los textos escritos por estos jóvenes, a quienes ya podemos llamar ‘contadores de historias’.

Compiladores: Katherine Panesso, Elkin Vergara, Juan Camilo Rengifo. Autores: Sara Gómez, Zahira López, Natalia Urrego, Jonathan Bonilla, Angie Palacio, Mariluz Palacio, Patricia Giraldo, Vera Agudelo, Lina Martínez, Alejandra Agudelo. Fotografías: Sara Gómez, Jonathan Bonilla, Mariluz Palacio, Camilo Rozo, Lina Martínez. Corectora: Alba Rocío Rojas León. Ilustraciones: Gustavo Uribe, Alexánder Bermúdez. Colaboradores: Elvia Elena Acevedo. Diagramación: Isabel Cristina Álvarez.

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Bojayá: resistencia y olvido Cirilo Palacio y Lucy Chamorro sobrevivieron a la destrucción de su pueblo y a la muerte de 119 de sus vecinos. Siete años después narran cómo han cambiado sus vidas.

Relatos guardados en la mochila

Sus ojos grandes se dirigen hacia el Atrato mientras pronuncia, con lentitud, algunas palabras: “Allá se podía trabajar, se podía sembrar maíz, tener sus animales bien teníos (sic)..., conversaba uno con los vecinos y vivíamos con todos los hijos en una casita pobre; pero sin problemas...”. Cirilo Palacio es un hombre alto y encorvado. Su piel negra y ajada recrea los estragos que vienen con el tiempo mientras sus manos sostienen un papel blanco y arrugado que habla del mismo destino. Aquel papel lleva escritos desde hace seis meses, los nombres de los medicamentos que requiere en este tiempo que el negro ha recorrido Quibdó para ser inspeccionado por simples curiosos o almas caritativas que han escuchado su historia y le han brindado una moneda. Su sonrisa de pocos y amarillos dientes, es prueba también de la inclemencia que le llegó con los años “viví en Bellavista toda la vida. Desde que estaba chiquito y corría por ahí y me bañaba en el río Bojayá hasta que tuve mis hijos y mi mujé (sic). Cuando llegó esa gente se acabó todo, los sembra’os ya no se podían coger y pa’ pescar ya era un problema porque estaban por ahí pidiendo cuentas...”. Cirilo ya no se molesta en diferenciar si los invasores fueron de uno u otro bando. Tiene en la memoria el verde del camuflado de muchos hombres y el sonido de las balas que hicieron que su familia gritara, corriera, se escondiera, cambiara de tierra durante algunos días y por último emigrara. Después de recorrer el malecón de la encharcada y caliente Quibdó, Cirilo se acomoda en una silla de piedra justo al lado del patrón de los de su raza quien dice lo abandonó a él hace rato.“Es muy duro vivir de la caridad y dormir por ahí arrimao (sic). Ya los hijos están grandes y se cuidan solos pero uno tiene que mirar cómo hace pa’ vivir y aquí no hay cómo trabajar la tierra, como en los buenos tiempos, en Bellavista... Además, los ánimos no son los mismos. Ya estoy cansa’o...”. La odisea de resistir A lo largo del Atrato existen 22 comunidades indígenas distribuidas en nueve resguardos. Esta población que domina el 24 por ciento del total del territorio chocoano, no ha estado aislada del conflicto. “La comunidad de Playita se quedó en la mitad de enfrentamientos entre las AUC y las Farc. Las Autodefensas vieron que la comunidad no iba a salir de ahí; entonces la cogieron como escudo. Y los otros (Farc) pidiendo que se salgan. Entonces en ese ir y venir cometieron todo tipo de atropellos desde cogerles sus enseres y dañar sus utensilios hasta comerse sus alimentos”, recuerda Lucy Chamorro, embera del municipio de Bojayá, uno de los cinco desplazamientos que, a principios de 2004, sufrió igual número de comunidades indígenas. En aquella ocasión Ejército, paramilitares y guerrilleros generaron la salida de cerca de mil 200 indígenas: tres comunidades del resguardo Bogadó; una del resguardo Unión Qüití; y otra del resguardo Hoja Blanca, las cuales permanecieron durante cerca de cuatro meses en los corregimientos Opogadó y Puerto Antioquia, habitados por comunidades negras. “Fue muy duro para indígenas y negros porque nosotros hablamos embera y ellos español. Los embera no están acostumbrados a usar servicios sanitarios sino que utilizan el río. En cuanto a alimentación no es lo mismo estar consumiendo los productos que vienen de tiendas a comer pescado natural. El vestido, el estilo de vida, todo es muy distinto y ahí hubo un choque cultural muy fuerte”. Lucy sabe que las comunidades se encuentran de nuevo en su tierra, pero es consciente del precio con el que está ‘gravado’ su retorno: “Dentro de los resguardos hay una zozobra permanente, una calma aparente, porque los grupos armados siguen alrededor y si te mueves, para

Foto: Sara Gómez de los Ríos

Sara Gómez de los Ríos gomezdelosrios@gmail.com

Del pueblo donde ocurrió la masacre, sólo quedan algunas ruinas.

acá o para allá terminas siendo informante del uno o del otro. Entonces, ¿cómo hacemos para salir a pescar o a sembrar...? El miedo no nos permite ser los mismos”. En el informe sobre el desplazamiento en Colombia publicado por Naciones Unidas en mayo de 2004 con el nombre Sala de situación humanitaria, Chocó se ubica en el puesto número ocho, durante el primer trimestre, entre los departamentos que han tenido que sortear el desarraigo de varias de sus comunidades. Han sido ocho los desplazamientos desde 2002 y el escenario no ha cambiado mucho: “La seguridad es una condición esencial para el retorno exitoso”, dice Julio Roberto Meier, representante de ACNUR en Colombia: “Mientras el conflicto se prolongue el ciclo de desplazamiento y retorno seguido de nueva violencia y escape continuará”. Las balas se abren paso entre la selva Lucy y Cirilo pueden contar su historia desde tierra ajena, pero pueden contarla. La disputa por los corredores fluviales del Atrato ha callado las voces de miles de personas desde 1996, año en el que incursionaron las Farc a ese territorio y con mayor intensidad a partir de 1997, cuando llegaron las AUC tras los mismos espacios. ¿Por qué tanto esfuerzo por controlar esas selvas, llenas de miseria y de paludismo, si por los ríos Murrí o Arquía se pasa a Vigía del Fuerte y de ahí por Riosucio, se llega al Pacífico? Son constantes las rutas clandestinas para la obtención de armas y la salida de coca, así como las facilidades que ofrecen espacios como el páramo de Frontino (justo entre Medellín y Vigía del Fuerte), de donde se saca el látex de heroína de los campos de amapola allí sembrados. Los frentes 5, 37, 38, 58 y 59 de las Farc no dejan de pelear por objetivos que han hecho públicos en diferentes oportunidades. Vía Internet resumen sus intenciones: “Construir una retaguardia para una ofensiva contra Urabá (zona agroindustrial clave) y Córdoba, en ataque directo al corazón de las AUC. Tomarse por asalto las rutas del narcotráfico hacia el Pacífico y las cocinas de coca en la zona de Riosucio... Asegurar los canales de abastecimiento con Panamá...”, desde donde traen alimentos frescos de forma permanente, pues el clima húmedo no permite guardar la comida en caletas durante mucho tiempo. Llena de promesas y aún entre el fuego El caso de la población de Bellavista es uno particular dentro de la historia reciente de la guerra colombiana. Su número de muertos sobrepasó el registrado con masacres como la matanza de las bananeras o atentados como el que padeció Machuca, un caserío minero en Segovia (Antioquia), quemado el 18 de octubre de 1998, luego de la explosión del Oleoducto Central Colombia. El hecho, atribuido al ELN, terminó con la vida de 75 personas, la mayoría de ellos niños. Ambos casos mostraron la destrucción física de comunidades pobres a manos de grupos ilegales. En ambos además se conocieron poblaciones de las cuales Colombia apenas si tenía noticia. Sin embargo, Bellavista termina siendo el ejemplo más palpable de la tragedia que atrae a medios de comunicación, a organismos no gubernamentales y por supuesto, a entes estatales

que junto a comida y a kits de aseo, se encargaron de incumplir promesas. La casa de las Agustinas Misioneras, una de las pocas edificaciones de concreto que sirvió de resguardo aquella mañana del 2 de mayo de 2002, sigue en pie, gracias a la labor de esa congregación. Como miembro del grupo y testigo del episodio, la hermana Dennis Ramírez reconoce que el panorama aún es desalentador: “La verdad, la situación aquí no ha cambiado mucho pues la gente está a la expectativa de la reubicación, con dignidad, prometida por parte del Estado”. Si bien los habitantes respiran desde un nuevo pueblo, la comunidad de misioneras se resistió a llegar allí por las condiciones en que tendrían que habitarlo. La Red de Solidaridad, hoy Acción Social, se encargó de manejar los recursos que pensaban invertirse en Bellavista después de la tragedia. Buena parte del dinero sirvió para adelantar unos proyectos que, aunque denominados “productivos”, no produjeron mayor cosa. “Teniendo en cuenta que la población de Bellavista no había retornado unos pocos que se encontraban en Vigía del Fuerte (Antioquia) participaron de los proyectos productivos, los cuales constaron de un kit de herramientas, unas gallinas, que en su mayoría se murieron porque tenían el pico mocho y solo podían comer concentrado que no existe en el pueblo y unas semillas de maíz, plátano y yuca que tampoco dieron resultado porque no germinaron debido a las condiciones de la zona...”. El balance de la Diócesis de Quibdó, un año y medio después del genocidio, dejó constancia de que entre manjar para pollos y comida para la familia, la gente terminó adoptando la segunda opción. Sin respuestas Luis Adolfo Campaz, funcionario de Acción Social para el municipio de Bojayá, tiene una opinión optimista frente a este y otros problemas: “Si preguntas por los proyectos productivos de seguridad alimentaria, seguro te dicen que no hay nada porque de alguna manera están invisibilizados; son productos que se consumen. Además, se continúan con las labores de prevención, asistencia humanitaria y atención a la población tanto desplazada como en riesgo de desplazamiento. De 2002 a 2004, se dio un retorno del 95 por ciento”. Cirilo Palacio deambula por las calles de Quibdó, mientras añora la tierra que tuvo que abandonar; aunque las estadísticas sigan siendo el motor de denuncias de unos y excusas como respuesta de otros, los organismos de ayuda y los habitantes cercados por la violencia en el territorio negro están de acuerdo en una cosa, como lo afirma Cirilo: “Ojalá no tuviera que haber muertos pa’ que se acuerden de nosotros”. Ficha técnica Título del Trabajo de Grado: El miedo a vivir entre la guerra. Testimonios de víctimas de la masacre del 2 de mayo de 2002 en Bellavista, cabecera municipal de Bojayá, Chocó. Autor: Sara Gómez De Los Ríos Asesor: Javier Arboleda García Número de páginas: 129 Año de inicio: 2004 Año de entrega: 2008


Robinson Mesa –electricista y cantante, boquisucio y verraco- quiere mantener vivo el legado de su padre: Octavio Mesa, auténtico monarca de la música popular antioqueña. Zahira López Quintero zamaloquia@yahoo.com

Foto: Cortesía Familia Mesa Quintero

Heredero del Rey de la Parranda

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Robinson Mesa es más delgado que Octavio. Usa sombrero, carriel y peinilla solo para las presentaciones, así como solo dice las palabrotas cuando está cantando las canciones de su padre. Es un hombre sencillo, de temperamento tranquilo y con una nobleza natural que lo hizo merecedor del trono de Octavio Mesa, quien alguna vez dijo: “Yo les digo a los hijos que no quiero que este conjunto se acabe porque yo a este conjunto lo quiero demasiado. Inclusive ahora estoy ensayando a Robinson Mesa, de pronto en una presentación le digo al público que, muriendo yo, ese va a ser Octavio Mesa Junior, para que quede la imagen del conjunto de Octavio Mesa”. Como los músicos parranderos autóctonos que se dedicaban a un oficio distinto al de la música para sobrevivir, Robinson Mesa también se gana la vida haciendo “marañas” como electricista. Él empezó con el conjunto haciendo coros. La primera vez que cogió el micrófono temblaba del susto, pero recuerda que le fue bien: “Ese día a la gente le gustó. Mi papá me dijo: ‘Eso, mijo, usté’ es un verraco. Siga así. No se achante. Si le da pena mirar al público, mire pa’ un la’o mientras se adapta. ¡Afínese, afínese!’. Entonces, con el tiempo fui organizando la voz para que se pareciera a la música vieja de él”. Robinson se acomoda sus gafas de hipermétrope y sonríe con su ordenada dentadura, mientras cuenta las historias más pintorescas que le ocurrieron con su padre. Aquí se seleccionaron algunas que retratan la imagen de Octavio Mesa: El aguardiente Una vez veníamos de Pereira. Nosotros íbamos mucho a la viejoteca de Octavio Otálvaro. Ese señor quería mucho a mi papá y lo llamaba a cada rato. Entonces, veníamos en el camino un conjunto vallenato, el conjunto de Octavio Mesa y Los Relicarios. Cómo le parece que yo le cargaba una tulita larga a mi papá donde guardaba el machete, el carriel y la mulera, la mulera es como un poncho. Entonces había un aguacero el tremendo bajando por Chinchiná. Algunos venían hablando y otros dormidos. Yo venía dormido, cuando mi papá me llama: —Róbinson. —Señor. —Mijo, páseme el aguardiente. —¡Ay, ‘apá…!, el aguardiente. ¿Sabe dónde está…?, en el carriel. —Por eso, sáquelo, que usté’ lo tiene ahí. —Vea, ‘apá. El carriel está en la tula y la tula está en la parte de atrás del bus, en la maleta; y vea este aguacero, cómo nos vamos a bajar. —¡Cómo así! ¡Cómo es que este güevón me guarda el aguardiente, hom’e! ¡Andá bajáte por él porque ni por el hijueputa me voy yo pues pasma’o pa’ Medellín! Un señor del otro conjunto le dijo a mi papá que estaba todo serio: —Oiga, maestro, y ¿cómo va a hacer bajar el hijo? No ve que se tuerce y ¿cómo va a cantar el muchacho después con usted? Y mi papá que no le importaba, que me tenía que bajar por él. Y yo no me quería mojar. El chofer se bajó. Le abrió la maleta y sacó la tula. Se pegó qué mojada con esa tempestad. Le saqué el aguardiente del carriel y se lo pasé. Mi papá me dijo: —Ya sabés que dentro de ocho días no vas pa’ Santa Rosa. Te voy a echar de una vez. Ni por el putas volvés a salir conmigo porque me escondés el aguardiente. Eso sí le sacó la piedra. Yo no me acordaba que el aguardiente estaba ahí.

Foto: Cortesía Familia Mesa Quintero

El bastoncito Cuando fuimos a entregar los parques con Juanes, en Cisneros, mi papá estaba en la mesa con el cantante, el alcalde, el gobernador y toda esa gente. Entonces mi papá me dice: —Fílmeme todo. —¡Ah!, listo, ‘apá. Y yo con esas ganas de quedar ahí con mi papá y con Juanes, pero esa vez no me pude dar el pantallazo porque yo era el camarógrafo. Yo estaba filmando cuando mi papá me pidió que le tuviera el bastón; entonces detrás de las sillas donde estaban ellos sentados, puse el bastón en el suelo. Seguí filmando y venía Juanes. Lo enfoqué bien. Y Juanes hablando de mi papá lo saludó, dijo lo que iba a decir, hasta que se fue. Me dio por filmar el público, cuando pillé un bastón volví y lo enfoqué. Se fue Juanes, lo despedimos. Mi papá me dijo que apagara la cámara y le pasara el bastón. La apague.

Admirador, Octavio Mesa y Róbinson Mesa en San Antonio de Pereira.

Cuando fui por el bastón no estaba: —¡Ay, apá!, ¿usté’ no lo cogió? —¡Vos es que sos güevón!¡No te lo entregué a vos! —¡Eh!, me voy a fijar a ver si se cayó. Pero nada; no lo encontraba por ninguna parte. Nos pusimos a ver en la filmadora. Claro, ‘vea el bastón aquí, vea, vea’. Entonces le dijimos al alcalde: —Cómo le parece que el bastoncito de mi papá se lo robaron, ¿cómo se va a ir mi papá bien cojo? Y mi papá ‘izque: —Oiga, entonces ¿cuál es la seguridad que hay en este hijueputa pueblo? ¡Cómo es que me roban el bastoncito! Me voy a tener que ir reco hasta el carro. Le mostré en la filmadora el bastoncito y el alcalde le dijo que después le mandaba uno. Mi papá todo enojado, me decía: —Vos sos muy güevón, ¡cómo te dejás robar el bastón! Yo en ese gentío, no sabía que ese era el bastón de mi papá. Él último concierto Cuando mi papá llegó a ese pueblo, el recibimiento que le hicieron nunca lo habíamos visto. Era un gentío impresionante. Tuvieron que poner ejército en una cuadra entera para que él entrara y saliera, como estaba en el apogeo de Juanes. Llevamos muchos cidís y se fueron todos antes de que se montara a cantar. La gente era como loca: ‘¡Octavio!’. Él se emocionó mucho después del concierto de Juanes; nunca había visto tanta gente en un concierto. Cerraron las cuadras y todo. Mi papá salió, se quitó el sombrero, como siempre: ‘Mi gente’. Y se iba a poner a llorar. Y mi hermana Cielo le dijo: ‘¡Con verraquera, con verraquera! Usté’ es un hombre, no se va a poner a llorar, pues’. Le pasaron el micrófono y empezó a cantar. Él siempre me ponía a cantar una o dos canciones para descansar. Me decía: ‘Venga cante usté’, yo descanso un momentico’. Le dijo al público: ‘Bueno, aquí les voy a presentar a mi hijo Róbinson Mesa, quien es el que va a quedar con mi música, con mi conjunto, de ahora en adelante. Yo no es que me vaya a morir, ni me vaya a ir. Es que yo pienso descansar el año entrante de la música. El hijo mío les va a seguir cantando. Ya ustedes le dan el visto bueno. No es porque sea mi hijo pero para mí, sirve’. Estaba yo más achanta’o ahí con ese micrófono. Cuando empieza a tocar el conjunto y empecé yo a cantar. Canté el primer tema que cantaba, cuando mi papá comenzó a presentame, que era El Cabrito. Es: “Cómo harán, yo no puedo, compadre/como aquel que tiene dos mujeres/ si con una que tengo no puedo/ me mantiene entre cuatro paredes”. A la gente le gustó y después canté otro. Entonces, la gente me aplaudió mucho y a mi papá se le vinieron las lágrimas, estaba en la parte de atrás del escenario. Este último concierto fue en Donmatías, el domingo 15 de octubre de 2006. Con el resurgimiento público de Octavio Mesa y su conjunto, se presentaron varios conciertos en Antioquia. La cantidad de emociones y el trabajo continuo en los últimos meses lo tenían cansado. Todavía no compraba la casa, pero tenía fe. Su familia sólo le permitía beber los fines de semana. Después de este concierto, llegó a la casa y se tomó media de aguardiente. A los dos días tuvo el primer infarto. Ficha técnica

Róbinson Mesa intenta cautivar al público antioqueño como lo hizo su padre.

Título del Trabajo de Grado: Octavio Mesa. Vida, pasión y muerte del Rey de la Parranda. Autor: Zahira María López Quintero Asesor: Juan José Hoyos Naranjo Número de páginas: 109 Año de inicio: 2007 Año de entrega: 2008

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Ilustración: Gustavo Uribe

Sólo queda el amor

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Relatos guardados en la mochila

Después de años de consumo de drogas, en la mente de los habitantes de la calle se entrelazan la realidad, la alucinación y la imaginación. Algunos hechos narrados aquí se pueden constatar por las cicatrices que han dejado en el cuerpo de Johana; otros, viven solo en sus recuerdos. Natalia Urrego nataliaurrego@gmail.com Uno Eran las tres de la tarde cuando a Johana le dieron ganas de ir al baño. Estaban muy alejados del pueblo y sólo se veía maleza. Ya llevaban 15 días aventuriando y su embarazo iba por los nueve meses. Tenía ganas de hacer popó y Juan Carlos, su marido, la ayudó a buscar un lugar a la orilla de la carretera destapada. Bajándose los bluyines hasta los tobillos, Johana vio, con terror, que por la entrepierna se asomaba la cabeza de su bebé. Las ganas de hacer popó eran las contracciones y su hijo ya estaba naciendo. “¡Dios mío!, Juan, el bebé ya está naciendo, se me va a salir, ¿qué hacemos?”. Juan corrió hasta donde estaba su mujer y la ayudó a acomodarse en la hierba, le quitó los bluyines y le puso una chaqueta debajo de la cabeza. Los dolores eran cada vez más intensos y continuos. Johana hacía fuerza como nunca antes en la vida, las venas del cuello y de la cara se le brotaron. En cuestión de un rato le corría sudor por la frente. Sentía que todas las carnes del cuerpo se le abrían. Estaban en medio de la nada. Los gritos de ella se multiplicaban, sus dolores eran un eco que nadie oía. Al cabo de media hora ya estaba disfónica. Había lanzado insultos al aire y ahora se concentraba en insultar a su marido, quien no hacía más que mirarla. Juan Carlos estaba ido. Pensaba en dejar sola a Johana por un rato, en ir a buscar una casa, un teléfono, un hospital, alguien que los ayudara. Durante el embarazo nunca habían visitado a un médico, no sabían si sería niño o niña, si podría nacer por parto natural…nada. Ahora se hacían todas estas preguntas. Los gritos de la madre primeriza se callaron cuando se escuchó el ruido de un carro. Juan Carlos se paró en medio de la carretera y le hizo señas al conductor para que parara. Del carro azul, se bajó un hombre de casco blanco, alto, de piel también blanca y pelo negro. Nos dijo que detrás de él venía una ambulancia del Seguro Social y se quedó esperando con nosotros. “Cuando llegó la ambulancia, me ayudó a subir al carro y se fue. Yo digo que era un angelito porque los de la ambulancia no querían parar, Juan les hizo señas y nada. El tipo del casco se paró en medio de la carretera y yo escuché que los de la ambulancia le dijeron: ‘Ingeniero’. Ahí sí pararon los hijueputas. ¿Qué nos iban a parar a nosotros, a un par de gamines?”. En cuestión de minutos, Johana terminó la labor de parto, el niño nació en la ambulancia. “Mi hijo es muy avispado y yo creo que no nacía porque sabía que no había quién lo atendiera. Apenas me acostaron en la camilla, salió el muchachito. Cuando llegamos al hospital de Barbosa, me dijeron que si me hubiera demorado más tiempo en llegar, nos hubiéramos muerto el bebé y yo. El niño se quedó pegado al cordón umbilical hasta que llegamos al hospital. Los de la ambulancia nos llevaron de mala gana y no nos ayudaron con nada”. Al otro día, por la mañana, Johana y Juan Carlos salieron del hospital de Barbosa con su hijo Estiven en brazos. La pareja no tenía ni un peso en el bolsillo. Se fueron caminando y pidiendo plata hasta que lograron llegar a su cambuche por la Plaza de Mercado La Minorista. Dos Después de mojarse el cabello y lavarse la cara, Johana se fuma el primer bareto del día y le da tetero a su hijo Estiven, de quince días de nacido. Al terminar el desayuno,

el niño también recibe un baño que consiste en la limpieza de la cara y la cabeza con un trapo húmedo, luego llega el cambio del pañal y la ropa. Éste es un día especial, Estiven va con su mamá a conocer a su abuelo que vive en el barrio Niquitao. Johana se recoge su cabello crespo con un caucho que se encontró en el suelo, empaca su poca ropa en un costal, también la leche, los pañales y la colcha de Estiven. El cambuche se queda abierto, no hay puertas que cerrar ni camas para tender antes de salir. Un radio, que es el único objeto de valor, está en manos de Juan Carlos. Él muy seguramente, vendrá en unas horas buscando qué comer, encontrará el cambuche vacío y quizá lo desarme. Johana no le contó nada de su visita imprevista a su papá, piensa explicárselo después. “Durante la semana que estuve en la casa mi papá a cada rato me decía que le avisara a Juan que estábamos bien porque debía estar preocupado. Yo no le hacía caso. No sé por qué, pero después de que nació Estiven no podía ver a Juan Carlos; no lo quería cerca de mí, no quería que me tocara ni que me hablara, nada. Durante ese tiempo, él se estaba portando muy bien conmigo, como nunca antes. Se la pasaba pendiente de que el niño y yo comiéramos bien, que el niño tuviera pañales; no me pegaba. Me daba plata, mejor dicho, como un marido de esos bacanos… Una noche, cuando ya me había cansado de estar donde mi papá, bajé a La Cueva con el niño para fumarme un bareto. Apenas entré todo el mundo me decía: ‘Johana, pilas que Juan Carlos está todo loco buscándola. Lleva días metiendo alcohol, basuco, de todo. Dice que usted por qué se llevó el niño, que usted estaba con otro man, que la va a matar’. Me asusté mucho. Pensé en devolverme para donde mi papá o en irme para el cambuche. Yo sabía lo que era una ira de ese hombre y más si estaba todo loco. Él, por cualquier cosa, me daba unas pelas horribles: que si un man me miraba, que si yo lo miraba, que si no lo quería hacer con él, que si la comida estaba fría; por todo me pegaba. Yo era una pelaita de 16 años y me la dejaba montar. Una dura de La Cueva me dijo que si le dejaba cargar el niño un ratico y yo se lo entregué mientras me fumaba el bareto. Cuando Juan Carlos me vio, se me dejó venir y me dijo: ‘¡Qui’ubo, maricona!, ¿te lo metieron muy rico?’. Eso fue lo único que yo le oí decir y después me metió tres puñaladas: dos en el estómago y una en el brazo. La gente de La Cueva se tuvo que meter a defenderme porque me iba a matar. Me llevaron para el hospital, pero cuando vi que ya me habían cosido, me les volé y me fui pa’ Barrio Triste a buscar mi niño. La dura de La Cueva me lo había cuidado y hasta le había comprado ropa, pañales, tetero, leche S26, de todo. De ese man no volví a saber nada. Yo creo que lo mataron unos conocidos míos que se metieron a defenderme y, si no lo mataron, yo estoy preparada para matarlo cuando lo vea”. Tres Lo primero que vio cuando abrió los ojos fue una rata negra, del tamaño de un perro pincher, durmiendo al lado de su bebé, en la misma colcha. Johana, con asco y terror, levantó a su hijo y revisó cada parte de su cuerpo; que tuviera sus dedos completos, los ojos, que no estuviera arañado o mordido, y que en su ropa no tuviera garrapatas ni pulgas. Luego de revisarlo, se percató de que la rata no se movía; seguía dormida sobre la colcha.


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Cuatro “‘Pasáme, pues, lo que tengás sino querés que te dañe la cara o te saque las tripas’. Así le dije a una pelada por allá en Carabobo. Nunca había robado, pero había visto cómo Mónica La Ratona, una parcera que ya está muerta, lo hacía. Ella era la propia, una dura, pero la mataron”. A plena luz del día, a la hora del almuerzo, Johana amenazó a una vendedora de chance, con un cuchillo sin filo. Estaba carcomida por el miedo y la amenaza salió con dificultad, tartamudeando. La mujer, igualmente asustada, buscaba con los ojos a alguien que le ayudara; todo el mundo veía, pero nadie se atrevía a intervenir. La chancera le entregó el reloj y la billetera. Johana se fue caminando. ‘¡Cójanla, cójanla!’, gritaban los curiosos atestados en las puertas y las ventanas de los negocios. ‘¡Es una ladrona, agárrenla!’. Johana arrancó a correr, con empeño. El pavimento estaba caliente; ella, descalza. En su cabeza sólo tenía la idea de salir viva de ahí, ya no le importaba lo que había robado. No pensaba en que necesitaba plata para comer ni para conseguir unos zapatos. En plena carrera, por evitar el linchamiento, las ampollas que Johana había cosechado en sus pies durante la semana, empezaron a reventarse una a una. Hacía ocho días, mientras se bañaba al lado del río, por La Macarena, se le habían metido al cambuche y le habían robado, entre otras cosas, el radio y los zapatos. Los curiosos veían correr a una mujer mugrosa, de cabello rebujado y descalza. Detrás de ella, una procesión de voluntarios espontáneos que querían lincharla. La persecución había comenzado en Carabobo con la calle Colombia y ahora iba por San Juan; los voluntarios se cansaron de perseguirla, la mayoría renunciaron a sus ansias de justicia. Johana pensó que se había salvado. Ya nadie la seguía, detuvo su ritmo cuando llegó al Edificio Vásquez. Un grupo de tres policías bachilleres, que habían observado la persecución, la agarró. Frente a los ojos de los ‘justicieros’, le dieron una paliza y le quitaron lo que le había robado a la chancera. Por fortuna, no la mataron. En el poco tiempo que llevaba robando, Johana se había ganado dos palizas; una de la gente y otra, de la policía. No era una época buena: estaba viviendo sola, aguantaba hambre y no tenía ni para lo del vicio. Lo peor era la soledad, debía hacer algo para remediarla. “Una mujer sola en la calle no sobrevive; necesita protección, ayuda y compañía”, piensa ella. Cinco Un día entrando a La Cueva, Johana escuchó la voz de un hombre que la saludó: “¡Hola, angelito!”. Ella lo miró por encima del hombro mientras le armaban un bareto. Era un tipo delgado, con overol de mecánico, de unos grandes y hermosos ojos café claro, que contrastaban con su piel trigueña; tenía el cabello corto y un lunar de canas en el lado derecho de su cabeza. La saludó de mano y se presentó como Julián. “Se veía muy educado para ser de la calle. Me encantó y, aunque lo miré por encima del hombro, eso de angelito me quedó sonando en la cabeza. Me decía así porque yo era una niña, apenas tenía 12 años. Él ya era un hombre hecho y derecho, tenía más de 20 y era el marido de Gabriela, una de las duras de La Cueva. Me gustó mucho, mucho, pero yo no podía tener nada con él; era una pelaita y él era el marido de una vieja muy peligrosa. De todas maneras, calmamos la gana, estuvimos juntos al escondido de la mujer. Cuando nos dejamos de ver, conocí a Juan Carlos, me fui a vivir con él y tuve el niño”. A Gabriela, la mujer de Julián, la metieron en la cárcel por traficar con estupefacientes. Le dieron una pena de seis años, pero por acogerse a sentencia anticipada se la redujeron a tres. Con Gabriela en la cárcel, Julián se encargó del negocio. Con Gabriela detuvieron a varios vendedores; los patrones estaban desesperados porque necesitaban cubrir esas plazas. Otra dura, la de La Cueva que cuidó a Estiven cuando lo de las puñaladas, le ofreció a Johana una de esas vacantes. La única condición era no robarse ni fumarse la plata del producido. Sin pensarlo mucho, aceptó y fue a conocer al patrón. De lejos ve a un tipo delgado, con overol de mecánico, piel trigueña, cabello corto y un lunar de canas en el lado derecho de su cabeza. De cerca vuelve a ver esos hermosos ojos cafés, grandes y de color claro. Ya junto a él percibe que su voz es serena y fuerte, que es de andar lento y ojos pícaros. Johana se queda en blanco. Es el tipo de La Cueva, el que conoció cuando tenía 12 años, Julián. Él está en una de las esquinas ofreciendo su mercancía. La ve y le extiende la mano: —‘¡Hola, angelito!’ -¿Usted es el patrón? —Sí, ¿por qué? ¿Muy maluco? Los problemas de Johana parecían arreglarse. Tenía camello y, muy seguramente, compañía. “Cuando Gabriela estaba en el cárcel yo era la otra. No me importaba. Él, de todas maneras, la seguía visitando cada ocho días, lo que uno llama marchar. Él le marchaba a ella, pero yo lo mandaba bien escurrido para la cárcel. Desde el jueves lo cogía de cuenta mía: hacíamos el amor todos los días. Cuando llegaba ella, no tenía ganas de hacerle nada”. Seis ‘María, María’, dice un mecánico. Todos en el sector se mueven rápida y sigilosamente. María es una clave que significa policía. Johana y Julián todavía están atendiendo clientes, mientras que los otros vendedores ya han guardado la mercancía y se han ido de ahí. María los agarra con las manos en la masa. A Johana, a Julián y a otro vendedor los sentencian a seis años por tráfico de estupefacientes. Como es bien sabido, lo mejor es acogerse a sentencia anticipada y eso hacen. Les reducen la pena a tres años. Con Julián en la cárcel, Gabriela era quien hacía visita conyugal. Cuidaba de Washington, un perrito pequeño que les habían regalado, y se encargó de cobrar las culebras de su ex marido. Cuando ya tenía toda la plata en sus manos, se fue sin darle un peso a Julián, y dejó al perro. Julián fue a dar a la cárcel Bellavista, tenía unos conocidos allá, pero le tocó en un patio diferente. Todo parecía indicar que no iba a tener mayores problemas. A los

Ilustración: Gustavo Uribe

“En ese momento, yo grité. Cogí el niño que estaba al lado de la rata y la desgraciada seguía durmiendo; me acuerdo y me da mucho asco. Salí del cambuche con el niño en brazos y me fui para donde mi hermana que vive en Zamora. Se lo entregué y le dije que lo cuidara porque yo no podía darle una vida buena. Me dolió mucho, y todavía me duele; pero ella lo cuida, lo cría como si fuera su hijo y yo lo puedo ver cuando quiera”.

pocos meses de haber llegado, tenía muchos conocidos y trabajaba en la limpieza de los pasillos, consiguió un buen camarote y los caciques del patio le habían cogido aprecio. “Fue bien recibido por entrón, él es muy simpático, pero serio a la vez; a la gente le gusta eso”, dice Johana. Siete A Johana no le fue tan bien en El Buen Pastor, la cárcel para mujeres. Algunos, incluido su marido, dicen que allá se enloqueció. “Desde el primer día que llegué me di cuenta de que eso iba a ser un infierno. Yo estaba haciendo la fila para el almuerzo cuando vi un sangrero (sic), le habían dañado la cara a una muchacha. Yo que no le copio a nadie, me quedé aterrada. En la primera semana nadie me hablaba ni yo le hablaba a nadie; pero después de 15 días empezó el martirio. Yo no podía entrar al baño tranquila porque todas esas viejas me decían: ‘¡Huy, mami, rico pa’ rico, venga!’. En esa cárcel todas son lesbianas y las que no son, se vuelven o las hacen volver. En la cárcel me tocó vivir la experiencia más horrible de mi vida. Una cacorra de allá se enamoró de mí. Se llamaba Lina Marcela y le decían Juan Pablo”. Lina Marcela había sido condenada a 38 años de prisión por haber matado a dos policías. Era alta, morena, de ojos pequeños y cabello crespo. “Era linda, de facciones bonitas, pero tenía una cortada en la cara que le quitaba la gracia”. Por miedo, todo el mundo en la cárcel, incluidas las guardianas, llamaban Juan Pablo a Lina Marcela. En días anteriores, una presa nueva había decidido llamarla Lina Marcela y recibió una golpiza que la mandó una semana para la enfermería. “Ella se enamoró de mí: me perseguía, me mandaba regalos, me daba para el vicio, todo. Yo, sin ser lesbiana, me metí con ella. Me daba miedo que me mataran o me dañaran la cara. Al principio me quería conquistar como si fuera un hombre, pero después se volvió agresiva. Me decía: ‘¡Maricona, picada! ¡Espere y verá que le voy a bajar los humitos, cae porque cae!’”. Lina Marcela no sólo mantenía el control de la seguridad, decidía quién barría, quién limpiaba; resolvía los conflictos internos y proveía el vicio. “Cuando yo me volví la mujer de ella, parecía la reina de esa cárcel; todo lo que yo le pidiera me lo daba, me cuidaba, no me dejaba mover un dedo. Ella sabía que yo no era cacorra, pero me aceptó así. Al principio me pegaba mucho, pero después era yo la que la cascaba a ella.” En su paso por la cárcel, Johana nunca pudo hacer o recibir visita conyugal de Julián, Lina Marcela no se lo permitía. Por el contrario, presionó una visita para conocer al hijo, a la hermana y al papá de Johana. Cuando llevaron al niño a la cárcel, le dijeron que era un internado y como él es tan inteligente dijo: ‘¿Internado? ¿Con policías? Esta es una cárcel, yo sé que sí.’ No lo llevaron más; primero porque yo no quería que me viera con Lina Marcela y segundo porque ella era muy lúcida. Ese día se desvivió en atenciones con ellos; mandó a traer gaseosas y pasteles, y no se movía de ahí. Yo la presenté como una amiga, pero mi papá y mi hermana no son güevones. En la cárcel, Johana seguía pensando en Julián. Hacía dos años que no se veían y ella estaba segura de que el rumor de su relación con Lina Marcela ya le había llegado. “Yo ya estaba loca. Allá estaba gorda, bonita; ahora estoy flaca y fea, pero no me importa porque estoy libre. Todos los días era lo mismo; la misma gente, las mismas peleas, las mismas cuatro paredes. Yo tenía todo con Lina Marcela pero a mí una mujer no me satisface”. Siendo la pareja de Juan Pablo, Johana se posicionó como una de las duras de la cárcel. Cada ocho días le llevaban cinco baretos, con eso conseguía hasta 150 mil pesos. “Yo ponía a otra china a que me ayudara a vender y listo”. Compartiendo cuarto con Lina Marcela, Johana tenía a su disposición todo en la pieza: grabadora, televisor, comedor…Sin embargo, con el paso del tiempo iba creciendo la angustia y las ganas de salir de ahí. “Si a mí me hubieran dicho que

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Junio de 2009

Relatos guardados en la mochila

14 tenía que quedarme tres o cuatro días más en la cárcel, yo hubiera matado a alguna de las de allá; ya no aguantaba, no me las aguantaba, sobre todo a Juan Pablo”. Pasé tres diciembres en la cárcel, tres cumpleaños. Cuando salí, en lo primero que pensé fue en mi lagartija, en Julián. Yo soy una mujer, yo no soy lesbiana, y después de toda la lengua que esa vieja me dio yo quería un hombre, que un hombre me lo metiera ¿Ella qué me iba a hacer a mí?”. Al salir de la cárcel Johana prometió no volver a vender droga. “Uno cae a la cárcel y lo dejan tirado, nadie se acuerda de uno. Le prometí a mi Padre Celestial que me iba a portar bien”. Ocho La noche en que Johana salió de la cárcel había luna llena, era una noche estrellada con un cielo despejado. El corazón le latía fuertemente, aunque no sabía qué podía pasar, quería ver a Julián y lo buscaba por todos lados. En plena búsqueda entró a La Cueva a fumarse un bareto. Había un hombre gritando en medio del salón, donde los demás fumaban y jugaban cartas: “Todos nos tenemos que convertir. No hay que ir a una Iglesia, hay que creer de corazón y no hacerle daño a nadie. Hay que estar dispuestos a defender el bien hasta con la propia vida”. En ese momento un impulso que no era suyo, tomó posesión de Johana; la recorrió de arriba abajo, le traspasó la garganta y quería salir por la boca. Johana sintió deseos de hablar, de gritar y así lo hizo: “¿Y a ustedes qué les importa si yo soy cacorra? ¡Nadie sabe lo de nadie! ¡No se metan conmigo que yo no me meto con ustedes! ¡Uno hace cosas que no quiere hacer porque le toca! ¡Yo no soy cacorra! Yo sé que todos ustedes dicen: ‘¡Ay! Johana se consiguió una vieja en la cárcel, que Johana se volvió cacorra, pues, no. Y si así fuera; ¡pues de malas ustedes!”. El impulso volvió a dejarla, salió de ella tal y como entró. Se sentía diferente. Siempre había sido una muchacha callada, tímida y ahora estaba hablando frente a todos en La Cueva. La gente estaba atónita. Los más viejos la miraban de reojo mientras armaban baretos y otros más jóvenes, como una mujer que dormía con el torso desnudo, abrieron los ojos de par en par, nadie comentó nada. Con el bareto en la mano, Johana volvió a salir. Afuera estaba Julián: “¡Gallina, gallina!, yo no la puedo olvidar. Ninguna otra me llega como usted, ¡yo la amo!”. Johana estaba dichosa, había soñado con ese momento en que volvería a ver a Julián, lo tenía frente a ella, sin reproches, sin preguntas; estaban juntos otra vez y eso era lo importante. Regresaron a su último cambuche por Conquistadores, allí pasaron una luna de miel inolvidable. Durante una semana no fueron a La Cueva ni a trabajar. Querían estar juntos, disfrutarse el uno al otro. “Yo quería un hombre, necesitaba a un hombre. Después de tres años con esa cacorra me tenía que desquitar. Nos quedamos solos en el cambuche, como ocho días, nada más que en esas. De esa luna de miel fue que quedé embarazada. Con el tiempo todo volvió a la normalidad, hasta Washington volvió a vivir con nosotros”. Julián se dedicó a la mecánica y Johana no tenía necesidad de trabajar. Ambos estaban felices por el embarazo. “Ya sentía el niño, tenía cinco meses. Yo estaba muy contenta, pero lo malo era que él casi no me dejaba hueler. Antes me fumaba 30 ó 40 basucos al día; con el embarazo, sólo me podía fumar seis o siete no más”. Nueve La jornada de trabajo de Julián comienza a las nueve de la mañana, hace un descanso al medio día, va al cambuche a llevarle almuerzo a Johana y luego vuelve a trabajar. Una tarde llegaron unos conocidos de la pareja hasta donde estaba Julián trabajando. No traían buenas noticias: —¡Hermano, a su mujer se la tuvieron que llevar para el hospital! —¿Cómo así?, ¿por qué? —¡Se le vino el niño! Johana llevaba varios días sangrando, por eso la pareja había acordado que debía quedarse acostada. Ella estaba cansada de quedarse sola en el cambuche y decidió salir a dar una vuelta. Se levantó, se recogió el cabello y llamó al perro para que se fuera con ella. Ambos saltaron la canalización para dejar atrás su cambuche en el barrio Conquistadores. Cuando puso los pies en tierra, Johana sintió un dolor terrible en la parte baja del abdomen, tenía un sangrado incontrolable. “Cuando yo llegué al centro de urgencias preguntando por mi mujer y el bebé, me dijeron que no había ningún bebé, que el embarazo había sido psicológico”, sostiene Julián. Johana no había vuelto a ser la misma desde su paso por la cárcel, pero su versión es distinta: “El médico me dijo que había perdido el bebé por estar saltando la canalización, que antes se me había aferrado mucho, que el bebé tenía ganas de vivir. Yo brincaba pa’ acá, brincaba pa’ allá, y eso fue lo que me hizo perder el niño”. Al cabo de cinco meses de embarazo a Johana le había crecido la barriga y lógicamente, su cuerpo había cambiado. Para ella su embarazo fue real; para su marido todo fue producto de su imaginación, consecuencia de la locura que le han producido las drogas. “Yo amo Julián y por eso sigo con él, pero cuando se me vino el niño yo me quería morir. Yo ya lo esperaba, lo sentía. El culpable de que yo hubiera perdido el niño fue él por llevarme a vivir a esa canalización”. Luego de su pérdida Johana se fue a vivir un tiempo con su papá. Quería olvidarlo todo, dejar el vicio, empezar otra vez; pero no pasó mucho tiempo antes que ella regresara al lado de Julián. Hoy como todos los días después de haber perdido a su bebé, a Johana le ocurrió algo inexplicable: “Unos manes de un camión me iban a matar con una cosa que se dispara como si fuera una pistola de fulminantes. Uno de ellos decía: ’¡Matala, matala!’. Yo no sé ni cómo me salvé. Si he matado no me acuerdo y lo que he hecho ha sido en defensa propia. Yo no sé, pero si algo me tiene que pasar en la calle que no sea en Barrio Triste, yo no me quiero morir aquí”.

Ficha técnica Título del Trabajo de Grado: Sólo queda el amor. Historias de amor y desamor de los habitantes de la calle. Autor: Natalia Urrego Guzmán Asesor: Juan José Hoyos Naranjo Número de páginas: 87 Año de inicio: 2002 Año de entrega: 2008

“Ya no soy la oveja negra sin decorar”. Todos los que lo ven mi tatuaje abren los ojos sorprendidos.

No se puede escribir sobre los tatuajes en Medellín -entrevistar a los artistas, visitar los estudios, hablar con los tatuados, observar el proceso e investigar sobre la legislación y la salud- sin sentir el compromiso de tatuarse. Mi cuerpo está decorado también. Jonathan Bonilla Sánchez jbonilla@une.net.co Simple pero efectivo: símbolo chino “Ah parce es que vos cumplís años ya en esto. Cuente con su tatuaje mijo”. Esas palabras pronunciadas por Fredy nunca se me van a olvidar. Llegué un sábado a la 1 de la tarde al estudio. Ahí estaba yo, sudando de los nervios, con Fredy y Mauro sonriendo. “Parcero, a usted lo va a tatuar Mauro, yo garantizo el trabajo”, dice Fredy riéndose. Mauro sonríe. “Bueno, pues Cojito (sobrenombre que me gané por algo obvio: cojera) ¿cuál es, pues?”. “El símbolo chino de la salud”, respondí. Dado que mi salud nunca ha sido la mejor me parece adecuado. China es un país conocido por su mística y creencia en los símbolos. Sin embargo, no me lo tatúo pensando en que mi salud va a mejorar o que voy a ser inmune a las enfermedades con este tatuaje. Simplemente, lo hago porque siempre que me he enfermado de manera grave, es decir cada año, he logrado salir de las “pestes” como si nada. El lugar escogido para el tatuaje: el omoplato derecho. Paso a la sala quirúrgica me quito la camisa y me siento. Mauro tiene todo listo. Calca el símbolo en mi omoplato y llama a Fredy quien verifica la ubicación. Comienza con la delineación. Duele. Mucho. Aunque es un dolor placentero. Las agujas entran en la piel a una alta velocidad y lentamente van delineando el símbolo. Ocasionalmente, se detiene y se burla, pues estoy sudando a cántaros. Me pellizca un brazo al tiempo que acciona la máquina en el aire. “¡Jajajaja! ¡Tranquilo, Cojito, que esto está quedando muy bueno!”. Luego de aproximadamente una hora, está listo. Símbolo negro con líneas rojas al lado izquierdo. Me cubren el tatuaje. Me pongo la camiseta. Fredy me abraza y me dice: “¡Ya está marcado El Cojo!”. Me da una palmada en el tatuaje. Arde, pero me río. Estoy tatuado. Otra vez: más grande, más complejo Hacia finales de agosto de 2007, yo quería otro tatuaje. Algo que me representara, en realidad, un diseño exclusivo, y con color. Algo con lo que no me arrepintiera jamás. Hablé con Fredy y llegamos a la idea del diseño entre los dos. Gatos egipcios, en el pecho, a todo color. El gato es mi animal favorito y también era el de mi abuelo, quien a falta de uno tenía tres. Egipto es el país que siempre quiso visitar y no pudo. El tatuaje es un homenaje


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Foto: Jonathan Bonilla

de dolor. Con calma y conversando se colorea lo que falta y se le hacen unas adiciones en rojo. “¿Qué le hacemos en el centro?”, pregunta Fredy. Pensamos durante un rato y tenemos casi simultáneamente la idea perfecta, algo que se acopla al diseño, al espacio y al color rojo: una cruz egipcia. Fredy la dibuja sobre mi esternón con un lapicero que no representa toxicidad ni riesgo alguno. Y comienza la delineación en rojo. Creo que nunca nada me había dolido tanto. Me agarro de la silla con tanta fuerza que me duelen los dedos. Mientras cambia la boquilla para rellenar un niño pasa por el local y me ve por el espejo. Tengo el pecho totalmente rojo, pues al limpiar la tinta el abdomen se unta con el residuo; parece que me estuviera desangrando. Se ve bastante macabro. El niño me mira aterrado, yo le sonrío y me burlo de su cara de horror. Mauro y Fredy se unen a mi risa. Otra media hora y está listo. Creo que nunca había soportado tanto dolor. Me miro al espejo. No tengo palabras. Mauro me cubre con vinilo y sonríe, Fredy también; los abrazo a ambos. Después de conocerlos durante casi tres años, estoy tatuado. Me tatuaron mis amigos. Y no solo mis amigos, sino que es un estudio que cuenta con las medidas de bioseguridad requeridas, un estudio donde trabajan artistas, un estudio donde nadie mira feo a nadie por ser un tatuado. Como lo dice Amy Krakow en “The Total Tattoo Book”: “Ya no soy la oveja negra sin decorar”.

a él. Arrepentirme de este tatuaje equivaldría a decir que ya no estoy orgulloso de ser el nieto de Darío, a quien tanto quise cuando estaba vivo a quien todavía quiero y de quien tanto aprendí. Sesión 1 Agosto 24, primera sesión. Llego a mediodía, todo está listo. Me afeité el pecho en la mañana, puesto que para tatuar áreas con vello ésta debe afeitarse, pues es incómodo y puede dificultar la recuperación. Se repite el proceso del anterior tatuaje. Me quito la camisa, se calcan los gatos que miran hacia el centro de mi pecho. Es enorme. Me siento y Fredy comienza. Duele exageradamente. Este dolor sí no lo estoy disfrutando. Mil inyecciones no podrían compararse. Pero lo soporto. Pienso que pese a todo heredé la fuerza de mi abuelo contra el dolor. Luego de casi dos horas, la delineación está casi completa. Sigue el sombreado de uno de los gatos (el de la derecha) en color púrpura oscuro. Comienza una vez más, las agujas entran y salen de mi piel. Pero cometí un craso error. No comí lo suficientemente bien antes de salir de mi casa. Me voy yendo, me voy yendo… y por poco me desmayo. Se me baja la presión y me pongo pálido como una hoja. Mi novia preocupada me abraza, me piden una gaseosa para recuperarme. Me la tomo. Nos reímos. Finalmente, luego de casi tres horas, está lista la primera parte. La recuperación es bastante molesta pues pica mucho. Cargo la crema en mi morral y a donde quiera que voy siempre la tengo ahí; va un tercio listo. La noticia se empieza a regar por mi familia, algunos no ven con buenos ojos el asunto; pero no podría importarme menos. Sesión 2 Para la sesión dos, casi un mes después, yo ya sabía lo que me esperaba: el sombreado del gato izquierdo y agregar el color de ambos. El mismo proceso, el mismo dolor, pero más soportable pues ya estaba sicológicamente preparado. Verde, amarillo y azul se meten en mi piel. Fredy va limpiando con la toalla y agua de rosas. Mi torso se ve manchado de amarillo y verde. “¡Parce, parece un reptil!”, comenta Mauro mientras pone música. Son gatos verdes de jade, piedra preciosa muy apreciada en el antiguo Egipto. Esta vez más calmado y mejor alimentado soporto el dolor con más calma. Otras tres horas más o menos y ya los gatos tienen color. Orgullosamente muestro el progreso de mi tatuaje a los conocidos y amigos que me encuentro. Mis papás no están contentos con el tamaño de tatuaje pues según diría mi madre, “yo esperaba algo pequeño, por ahí de 15 centímetros máximo en la mitad del pecho; no que te lo taparas todo”. Al menos ella habla. Mi papá ni me dice nada. No está feliz pero esto ya no tiene vuelta atrás. Yo no hablo del tema pero sigo manteniéndome sin camisa en casa, como lo he hecho siempre. Sesión 3 Última sesión. Noviembre 25. Es la más dolorosa: rellenar lo que falta, hacer unos sombreados leves y el centro sobre el esternón que ocupa el segundo lugar en la tabla

Masificación En Medellín se está masificando el tatuaje. No se puede negar es algo visible. Se ven en el centro, en las universidades, en el Metro. Mucho más allá de los tribales en la espalda baja de las muchachas, los delfines en los hombros, las rositas en los senos, los tribales en los hombros o en las pantorrillas de los hombres. Se ven diseños, se ven tatuajes grandes: medio brazo, un brazo completo, indicios de tatuajes de espalda completa por fuera de las camisas y nucas. Los estudios se consolidan como puntos para intervenciones, y como puntos de encuentro donde podemos ir y conversar los que estamos tatuados, en Adiction Tattoo y en otros estudios como Opio, Enigma, Wildcat y Sándalo y muchos más, que contribuyen a esta nueva masificación del arte del tatuaje. Estudios en donde la gente se decora con diseños exclusivos que los representan y con los que definitivamente se identifican y no se van a aburrir pues no es “el muñequito de moda”, como lo diría Fredy, no son “los mismos tribales caga’os, las mismas chimbadas de siempre”, como diría Fabián. Se masifica pues el público toma conciencia de la salud que va íntimamente ligada con la bioseguridad; saber escoger el estudio, que sea reconocido y cuente con elementos como el autoclave, el horno bioesterilizador, las agujas selladas, guantes, tapabocas, equipo de primeros auxilios. Los tatuadores se hacen más profesionales, están conscientes de la bioseguridad y la legalidad de los procesos; elaboran diseños buscando su propio estilo. El público va tomando conciencia de la importancia de estos elementos no solo para su salud sino para la calidad del producto final: el tatuaje o figura en la piel. Se toma conciencia además del diseño, de lo representativo del tatuaje, que no sea solo una moda, un tribal o un muñequito, sino algo que en realidad represente los gustos de la persona por insignificante o sinsentido que le parezca a quien lo vea. Un dragón que representa la paciencia, un indígena, una geisha, la virgen, el retrato de una ser amado, un símbolo chino, dos gatos egipcios. Quienes alguna vez fueran sus detractores no tienen una posición radicalizada. Desde la misma Iglesia, como lo diría el padre Jaime Torres, “La Iglesia ahora debe ser muy abierta”. Hasta mi propia abuela aprendió a aceptarme con mis tatuajes aunque decía que eran satánicos. El tatuaje es una realidad de nuestra ciudad. Es una realidad que crece y que aunque no sea totalmente aceptada por los sectores más conservadores, es tolerada. Se le considera una forma de arte. Los estudios se convierten en puntos de reunión. Día a día se tatúa más gente. Y tanto los que estamos tatuados, como los tatuadores, esperamos que el tatuaje sea algo común en la ciudad y en el país. Y todo se inicia ahí, en el estudio: un diseño, un significado, una máquina, agujas, tinta, piel. Después de todo no somos ni buenos ni malos. Solo estamos tatuados.

Luego de casi una hora, estoy listo. Mauro y yo estamos satisfechos con el resultado. Foto: Jonathan Bonilla

Ficha técnica Título del Trabajo de Grado: Ni buenos ni malos: tatuados Autor: Jonathan Bonilla Sánchez Asesor: Carlos Agudelo Castro Número de páginas: 45 Año de inicio: 2005 Año de entrega: 2008

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La magia de ser gitano Foto: Archivo personal

Cuentan las historias de Medellín que un grupo de hombres y de mujeres vivió en carpas, cocinó con leña, adivinó la suerte, viajó en carrozas y educó a sus hijos en libertad. Jaime Gómez es uno de los últimos gitanos paisas.

Relatos guardados en la mochila

Foto: Archivo personal

Martha y Jaime Gómez, en Santander (1967).

Vanesa, hija de Jaime y Martha, es una gitana que no ha leído la mano ni viajado en carroza.

Angie Palacio palacio.angie@gmail.com Aunque rodeados de mitos, los gitanos que conocíamos por cuentos, novelas y leyendas se acercaban a las verdaderas vivencias de la comunidad. Sus misteriosas formas de adivinar la suerte con harina, de ver la vida en las líneas de la mano o el futuro en las cartas, era parte de la magia que encerraba ser gitano: un ser misterioso, buen comerciante, libre para viajar a donde lo llevara su instinto, aventurero y sin más posesiones que su tradición y su carpa. Así eran los gitanos de los cuentos y así eran los gitanos de Antioquia. En caravanas y carrozas iban de pueblo en pueblo alegrando las ferias de cada región. Las mujeres conseguían clientes para leerles las palmas y los hombres para venderles caballos. Todo en ellos era misterioso, llamativo: el lenguaje, los coloridos y largos vestidos, los ojos grandes de las mujeres que veían el futuro y la sabiduría de los más viejos. Así eran los gitanos, con su magia sobrevivían. Y así era también Jaime Gómez. Las montañas de Antioquia, la tierra de Francisco de Paula Santander y las sabanas colombianas son todos sus hogares porque él según dice, es un ciudadano del mundo. Es un gitano de 61 años que ha viajado por todo el país, nació en Santander, pasó su juventud viajando de pueblo en pueblo, vivió dos décadas en el barrio Santa María de Itagüí y después de visitar otras ciudades, llegó a Envigado donde vive hace cerca de diez años. Con las carpas y los sueños a bordo, Jaime Gómez, sus padres y hermanos emprendieron un recorrido por varias ciudades colombianas después de vivir su infancia en Santander. Aún Jaime no cumplía ni los diez años pero a mediados de la década de 1950 las ciudades y pueblos que conocía alcanzaban a sumar más de la edad que tenía. Los rom, o gitanos, se hicieron famosos en Antioquia. La gente de los pueblos acudía a ellos sin falta los días de feria para hacerse adivinar la suerte, para comprar caballos o para arreglar sus pailas de cobre. Los hombres dedicados a la forja y actividades artesanales y las mujeres, dedicadas a alimentar a los niños y adivinar la suerte iban así, de pueblo en pueblo, hasta que a finales de la década del 60 se instalaron en el barrio Santa María de Itagüí. Así lo relata Marcela Jaramillo en la monografía: Las formas simbólicas de un grupo gitano. Procedentes de diferentes lugares algunas familias vieron en el barrio un buen lugar para su economía y su supervivencia. Los grandes terrenos baldíos representaban un buen tiempo de ganancias y estabilidad. Cuando Jaime Gómez llegó a Santa María, Martha, una paisa que se convertiría en su esposa, ni sabía qué era un gitano. Él y su familia fueron los segundos en llegar. Los primeros eran españoles, Pepe era el jefe de la familia, una de las que más tiempo permaneció en el barrio. “Y así llegaron todos. Cuando hay dos o tres toldas, se viene el resto”.

A diferencia de lo que hacían a su llegada a otros lugares, en Itagüí los gitanos no tuvieron que negociar con el cura ni con el alcalde para asentarse pues se establecieron en un lote privado y después arreglaron con el propietario, explica Jaime:“Cuando nosotros llegamos eso era puro potrero, puro rastrojo; entonces le compramos un lote a un viejito y pagábamos cuotas a 60 mil pesos”. Tan rápido poblaron que a los pocos meses ese era conocido como el “Barrio de los Gitanos”. Así le decían los habitantes de Medellín que pasaban por el lugar y veían el gran campamento ubicado a un costado de la vía principal del Santa María donde se conglomeraban hermosas mujeres a bailar, hombres esbeltos muy bien vestidos y elegantes que cantaban rancheras a todo pulmón. Los curiosos intentaban entender lo que en alguna extraña lengua se decían estos personajes como si de sus carpas hacia afuera no importara nada. Los curiosos podían ver este grupo que no sólo por sus carpas se diferenciaban sino también por su ropa, por su porte y por sus accesorios: las mujeres con sus faldas largas hasta el suelo, pañoletas en la cabeza y largos collares; el hombre tan varonil, con sus botas de cuero estilo tejanas, sombreros de alas anchas y grandes y delineadas patillas, casi todos altos y atléticos, cuentan las señoras del barrio. Pocas de esas costumbres sobrevivirían en los años siguientes en los que llegaron la industrialización, los ensanches viales y los proyectos de desarrollo urbanístico: carros, casas, edificios; nada compatible con la tranquilidad de las carpas y los fogones de leña. Las carpas son para acampar Por primera vez, los gitanos se encontraron con la posibilidad de construir viviendas. Algunos lo hicieron por la necesidad de resguardarse de la delincuencia común que se estaba dando en todo el país; otros por comodidad; y, los más tradicionalistas porque se los exigía un proyecto que se realizó según las expectativas de expansión del Municipio de Itagüí. Muchas de sus actividades cotidianas cambiaron a partir de su cambio de vivienda. Las noches en vela buscando un sitio dónde toldar ya no fueron parte de su itinerario. Los viajes de pueblo en pueblo comerciando diferentes mercancías tampoco eran una opción ahora que tenían un terreno y una casa qué cuidar y que no podían cargar en una carroza. Para Jaime Gómez la carpa representaba un lugar común y sobre todo, la compañía permanente. Dormir en un cuarto oscuro y solitario fue un golpe duro para las personas que dormían en una tolda en compañía de toda la familia y sin más divisiones que las que imponían las colchonetas. Muchos miembros de la comunidad se olvidaron de bañarse con agua


Foto: Archivo personal

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En las reuniones de los líderes de la comunidad, las mujeres no pierden oportunidad para danzar y compartir.

“tirada”, de vestirse detrás de la carpa y de usar el monte como baño. Eso es lo que Jaime extraña porque eran esas incomodidades las que le recordaban que era libre. “Como era de bueno cuando no había muebles ni nada de eso. Yo recuerdo que cuando llegaba un visitante importante uno lo dejaba sentar en la cabecera de la cama, todos estábamos juntos recibiendo a la visita. Ahora llega alguien y mis hijos ni salen de sus cuartos. Tampoco nos gustaba usar los baños para eso estaban los potreros; no nos gustaba el encierro”. Extraño mucho eso; mis hijos, no. Cómo lo van a extrañar si ellos nunca han vivido en carpas”. Ángelo, uno de los cuatro hijos de Jaime, reafirma lo que dijo su padre: “Yo no cambiaría mi casa por una tolda; las carpas son para acampar, no para vivir. Hay que pasar muchas incomodidades”. Las incomodidades que sí extraña Jaime. A diferencia de él, Ángelo no se dedicó a arreglar pailas de cobre sino a la mecánica de motocicletas y maquinaria pesada; Martha, aunque en alguna época leyó la mano, ahora es una ama de casa; y Anderson, el mayor de sus hijos, es bodeguero en una empresa de dulces, lo que para su comunidad es otra forma de perder la libertad. Jaime no está de acuerdo conque su hijo sea “un asalariado, un esclavo y un conformista”, pero tampoco interviene con su estilo de vida porque entiende que vivieron en épocas diferentes. Jaime por su parte, vivió casi toda la vida en carpas, viajando de un lugar a otro y compartiendo con sus amigos gitanos. Ánderson ha vivido siempre en casas, sedentario y socializando con sus amigos gadgyes, personas no gitanas, porque en Envigado son pocos los jóvenes gitanos. Para el jefe de esta familia Anderson es una vergüenza. “Un asalariado conformista que siempre va a pensar que está bien con el miserable sueldo que se gana. Y uno quiere que los hijos vivan bien tengan futuro. Una persona que no ha estudiado, no se lo gana como asalariado porque nunca va a ascender. Él tiene que hacer lo que hizo Sandro, o muchos otros gitanos de aquí, tiene que ser independiente, ser libre”. “A nosotros nos critican mucho por permitir que él sea un asalariado”, dice Marta, “pero no podemos hacer nada, cada quien elige lo que quiere”. Ánderson trata de defenderse diciendo que se puede ascender en una empresa; pero los otros tres (Martha, Ángelo y Jaime) le refutan diciendo que nadie sin haber estudiado puede ascender en ninguna parte. Pero éstas no son más que consecuencias de las nuevas formas de vida. Cuando el gitano practicaba un nomadismo tradicional se ocupaba en oficios que le permitieran la movilidad y la ganancia rápida sin necesidad de estar atado a un territorio. Así podían dedicarse a espectáculos o al comercio, pedir limosna, echar la buenaventura, hacer trueques, entre otras actividades. “Esto es libertad”, anota Jaime. Tallistas de madera o vendedores de alfombras, caballos, clavos, calderos, barriles de madera, platos y cucharas que eran fabricados por ellos. Pero cuando el sedentarismo se volvió parte de su cotidianidad se propugnó más por el trabajo que les permitiera tener estabilidad. Los gitanos que en alguna época se asentaron en Santa María, ahora se dedican a otro tipo de oficios, arrastrados por la industrialización y la modernización de las estructuras productivas y esto lleva consigo nuevos comportamientos sociales. Medio gitanos, medio paisas Una gran diferencia se interpuso entre los gitanos de los cuentos, los de la época de Jaime, y los gitanos que viven actualmente en Envigado como sus hijos. En este largo viaje por el departamento sin querer fueron dejando sus costumbres; en cada pueblo en que se asentaron quedó un pedazo de su cultura. Por lo menos es así para Jaime Gómez. Cuando él se casó con Martha vivieron en carpa. Aunque ella no era gitana, se dedicó a leer la mano como sus cuñadas y Jaime se dedicaba al comercio. Sus largos vestidos daban cuenta de que había aceptado orgullosa ser una gitana más de Santamaría, tal vez más gitana que muchas de sangre dice Jaime. Sus hijos son la nueva generación de gitanos. Anderson, Ángelo, Larry y Vanesa, entre los 25 y 30 años, son los gitanos que no conocen las carpas ni han viajado de pueblo en pueblo, tampoco Vanesa ha leído la mano; y los hombres, excepto en su infancia, no han trabajado el hierro ni el cobre. Ángelo Gómez es el más gitano de sus hijos, dice Martha. Aún sueña conque su

tradición, su idioma y sus costumbres sigan pasando de generación en generación; con casarse con una gitana y tener una familia numerosa para tratar de mantener su raza y con viajar a todos los países de América Latina para hacer negocios. Como él quedan pocos, según su familia. Jaime piensa que sus hijos no son muy gitanos por la sangre impura. “Los hijos de dos gitanos siempre son mucho más gitanos que los hijos de un gitano y una gadgye. Martha siempre ha sido muy gitana pero eso va en la sangre y la sangre de mis hijos ya no es pura”. También, la socialización de los jóvenes gitanos de Envigado como minoría étnica, dificulta las relaciones entre ellos mismos. Para salir a una finca, de fiesta o a dar una vuelta, los rom de Envigado no lo pueden hacer con otros miembros de la comunidad, pues son pocos los jóvenes que habitan allí. Así que no tienen más remedio que socializar con los ajenos a su cultura, lo que hace que sus costumbres sean cada vez menos diferentes. Sin embargo, Ángelo defiende su identidad:“Uno es gitano en la medida en que acepta y cumple las leyes gitanas porque esas leyes han probado ser buenas y positivas para el conjunto del pueblo. Son leyes que nos han permitido vivir en medio de una sociedad hostil manteniendo nuestra cohesión de grupo”. De la buenaventura a la oración Desde 1990 aproximadamente, los gitanos de Santamaría comenzaron a creer en Jehová y a olvidar, porque su religión lo impone, muchas de sus costumbres. Hacer promesas a la virgen es imposible ahora cuando está prohibido creer en ella, así que todos los festines y los quioscos que se armaban para ella se han borrado con este decisivo paso en la vida de la comunidad. De la buenaventura a la oración pasaron casi todas las gitanas que viven en Envigado. Nunca más podrían volver a practicar su ancestral arte de adivinar el futuro a través de las líneas de la mano por lo que no sólo dejarían una importante fuente de dinero, sino que cortaron una de las más tradicionales formas de relación con el otro o mejor, la transformaron, porque ahora no van a leer la mano sino el Evangelio. Uno de los más grandes misterios de los gitanos quedó en el pasado. Por eso, las nuevas generaciones encuentran cada día menos diferencias entre una gitana y una gadgye. A Ánderson por ejemplo, le importa poco con cuál de las dos se case: “A mí me da igual yo me voy a casar con la que me guste, con la que me quiera. Si me gusta una gitana me caso con ella y si me gusta una gadgye, también. Eso sí la única condición es que ellas también quieran porque no las voy a obligar, como era antes. Para mí la única diferencia que podría encontrar entre una y otra es que las gitanas son bilingües y las gadgyes no”. Para Jaime está todo muy claro, su cultura es un recuerdo: “Desafortunadamente nuestra comunidad tiende a desaparecer. Cada vez nuestra raza es menos pura y menos libre y la libertad es la magia de ser gitanos, esa magia que se pierde con cada generación sin que podamos hacer algo”. * Sandro Gómez es el esposo de Vanesa, la hija menor de Jaime Gómez. Él creó una rentable empresa de químicos que le permite llevar una vida cómoda.

Ficha técnica Título del Trabajo de Grado: Invisibilidad de la comunidad rom de Santa María, Itagüí. Autor: Angie Alexandra Palacio Sánchez Asesor: Jaime Andrés Peralta Número de páginas: 123 Año de inicio: 2004 Año de entrega: 2007

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Relatos guardados en la mochila

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Historias de

Historias de niños invisibles-Historias de niños invis niños invisibles -Historias de niños invisibles-Historias de niños invisibles-Hist Historias de niños invisibles-Historias de niños invis Sus amigos, sus juegos, sus animales, sus tierras quedaron atrás. Ellos debieron abandonarlo todo y enfrentarse a un mundo desconocido, sin más equipaje que sus recuerdos. Sus voces dan vida a sus experiencias y sueños.

Foto: Mariluz Palacio Úsuga

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Freddy Mariluz Palacio Úsuga maverde14@yahoo.es Para Freddy Vélez* las palabras zozobra y despiadado no hacen parte de su lenguaje común; sin embargo, cuando habla de su pasado violento las trae a colación. Inconscientemente establece una relación de sinonimia con otra palabra contundente: guerra, la misma que él padeció desde los cinco años en Altamira, un corregimiento de Betulia, ubicado al Suroeste de Antioquia. Aunque es un muchacho de trece años, de contextura mediana y una voz que se asemeja a la de un hombre maduro, su inocencia aún se mantiene y sus ojos de un café oscuro se observan tristes, pues no disimulan la melancolía de su rostro cuando recuerda lo que le tocó vivir. Freddy vivía con su madre, hermano, abuelos y tíos en Cuchillón, una vereda del corregimiento de Altamira. El niño sonríe y su tímida mirada da una vista al pasado recuerda que se mantenía con sus amigos compartiendo con ellos los típicos juegos de infancia en los que la tierra, la arena o los carritos eran sus más preciados juguetes: “Era bacano. Lo que más me gustaba eran los amigos, pero uno siempre andaba con esa zozobra de que fueran a venir”. La violencia de su pueblo no solo afectaba a Freddy. Juan*, su hermano menor que por ese entonces tenía cuatro años, no podía escuchar que un helicóptero sobrevolara la casa porque entraba en pánico, rompía en llanto y se escondía en donde fuera. Parecía ser que Juan viera en los sollozos la única forma para evadir ese miedo que no entendía pero que, a través de ese llanto incontenible rechazaba. El temor fue tal que Amelia, su madre, lo debió llevar a terapias psicológicas. “Todos me decían: ‘¡Mami, qué miedo!’ Yo les dije que nos viniéramos”, recuerda Amelia. “Yo vivía en medio de dos montañas y la guerrilla nos avisó que se iban a enfrentar con los paramilitares. Eso fue muy triste porque nos tocó salir a todos los que vivíamos en la vereda con lo que teníamos encima. A mí me tocó salir con mis dos muchachos y esconder toda la ropa en el rastrojo. Eran más o menos las cuatro de la tarde. Yo salí con todos los vecinos y logramos montarnos a una escalera pequeña que pasó en ese momento; pero eso era muy miedoso porque el camino estaba muy malo y parecía que esa escalera se iba a voltear con toda esa gente. A las nueve de la noche yo logré llegar al municipio de Urrao donde estaban mis papás que se habían ido antes de Altamira, ya no quería volver más que todo por miedo. Entonces

Freddy, en su labor de hermano mayor, cuida al menor de sus hermanos mientras su mamá trabaja.

ocho días después me vine para Medellín”. El rostro de Amelia se torna frío mientras recuerda el conflicto de su vereda. Y aunque llegaron a Medellín buscando huir del conflicto, una nueva guerra los esperaba en las calles de Belencito, un barrio de la Comuna 13 que por ese entonces era epicentro de los combates entre milicias y paramilitares. Freddy llegó a vivir con una tía pues su madre trabajaba toda la semana en el barrio San Germán. “A mí me hacía falta mi mamá por el cambio del campo hacia acá y salir de un conflicto y llegar a otro. En el pueblo eran los paramilitares y la guerrilla; acá los milicianos”. Amelia mira a Freddy como queriendo hurgar en lo más profundo de su pensamiento, mientras habla de la desesperación de su hijo siempre que se presentaba una balacera en Belencito. Freddy con rostro reflexivo trata de rescatar en su memoria esos sucesos que hacen parte de un pasado no muy alegre para un niño. Recuerda que siempre que sentía algún tiro los milicianos se alertaban y empezaban a salir y a sacar sus armas. “Una vez que yo estaba jugando con unos amigos en un balcón empezó una balacera. A mí me tocó ver cómo un muchacho sacó el arma y como a los dos días lo mataron. Eran como las diez u once de la mañana”. En su mente de niño también aprendió a diferenciar e identificar a estas fuerzas del crimen. “En el pueblo los paramilitares se vestían como los soldados: de camuflado. La diferencia es que los soldados usan botas que se amarran y los paramilitares botas pantaneras; pero en Belencito los milicianos se vestían como los muchachos normales”. Los militantes de estos grupos imponían reglas de terror. Un día cualquiera Freddy fue objeto de una de esas tantas órdenes: “A mí una vez me dijeron que me quitara una manilla del Che Guevara solo porque no les gustaba él”. Aún por estos días y luego de varios años Freddy no entiende por qué le dieron esta orden, ni siquiera sabía quién era el Che Guevara; sólo llevaba la manilla porque le parecía llamativa y les obedeció para que no le hicieran nada. Luego de estos episodios de violencia Freddy debió desplazarse de nuevo y arribar al asentamiento subnormal Loma Verde, cuyas condiciones son evidentemente distintas a las que estaba acostumbrado a vivir. A pesar de todo llegó y quizás por su corta edad

buscó asimilar un poco lo sucedido mimetizado en esa negación que nada acepta y en ese olvido que todo lo hace inexistente. El proceso violento que ha acompañado a Freddy desde los cinco años tiene una característica común: en el desplazamiento de Betulia se enfrentó a la pobreza y a la violencia; en Belencito, esta última fue de nuevo su anfitriona. Pero luego de este suceso, esa pobreza que también ha estado con él desde siempre se intensificó. Dejó de ser un desplazado para convertirse en un hijo de la violencia que lo ha perdido todo. Este muchacho de trece años quizás sea como muchos de nosotros y aplique la técnica de la memoria selectiva. Algo que recuerda muy bien es la fecha de su llegada al asentamiento: 2 de octubre de 2006, al tiempo define su llegada a este lugar de todos, en realidad de nadie, con una palabra: desilusión. Freddy es enfático al decir que eso fue lo que sintió cuando llegó al asentamiento subnormal Loma Verde. “Cuando llegué aquí me aburría mucho, no tenía amigos ni televisor. Sólo podía escuchar música en una carcachita de radio que me había dado mi tía. Además, siempre había vivido en casas de material y esta casa…”. Su silencio es claro aunque no lo haga explícito, establece una comparación entre sus casas anteriores y el actual rancho donde habita. Su lucha inconsciente se centra ahora en borrar de su mente esas pesadillas que pasaron de la ficción a la realidad, esos sucesos macabros que se convirtieron en su vivir cotidiano y lo persiguieron como signo fatal, esas muertes que inundaron sus ojos de llanto y su mirada de una tristeza que no quiere desaparecer de su rostro, aunque una sonrisa pretenda asomarse en sus labios. Freddy es uno de esos seres que se niega a entender y a pensar en ese conflicto tan cercano a él y tan cotidiano para miles de niños colombianos. Freddy es categórico, del pasado no quiere hablar más de lo que ya ha dicho a punta de esfuerzo y nostalgia: “No me gusta casi recordar el pasado”, palabras que culminan con un profundo silencio como quien entierra en lo más profundo de la tumba una vida dolorosa y hostil. * Los nombres fueron cambiados a petición de las fuentes


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Foto: Mariluz Palacio Úsuga

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Natalia y Alejandra Martha Patricia Giraldo patricia.giraldo.giraldo@gmail.com

Las humildes casas del asentamiento dan refugio a más de 600 familias, la mayoría de ellas desplazadas por el conflicto armado colombiano

“Yo recuerdo ese día casi como si fuera ayer. Era un 31 de diciembre y en mi casa mi papá, mi mamá, mis hermanos y yo estábamos esperando para salir a una fiesta a la que nos habían invitado unos vecinos. El problema era que no había luz, entonces mi hermanito se fue con un amigo a ver lo que pasaba y ahí fue cuando empezó todo”, dice Natalia*mientras acaricia el cabello de su hermana. Alirio*, uno de los hermanos de Natalia y Alejandra, decidió salir en compañía de un amigo a cerciorarse por sí mismo qué era lo que estaba pasando. Así que cogió su mulita y su amigo su caballo y juntos emprendieron la última travesía de sus vidas. Era un hijo obediente dedicado a las labores del campo y a ayudar a su familia en todo. “Mi hijo por ejemplo, trabajaba desyerbando el café y cogiendo fríjol. Imagínese que cuando pasó todo eso tenía cien kilos de fríjol pa’ vender; estaba más contento, no veía la hora de negociarlos”, cuenta Inés, la madre de los muchachos, mientras se dibuja en su rostro una sonrisa tímida. Granada estaba pasando entonces por una situación muy confusa para sus habitantes. Para ellos era desconcertante ver cómo se enfrentaban distintos grupos armados; lo peor era que no se lastimaban entre ellos sino que cada vez la población civil era la más afectada. Antes de esta situación los pobladores tenían diversas actividades y para la familia de Natalia y Alejandra trabajar en equipo era algo esencial: “Vivíamos en una vereda que se llamaba La Quiebra y lo que hacíamos por allá era estudiar y jugar. Y como mi papá trabajaba fuera de la casa lo ayudábamos a sembrar fríjol”, comenta Natalia. Para ella el trabajo en el campo era lo que más disfrutaba, más que jugar con muñecas o salir a pasear en compañía de su hermana y su familia. Sembrar era una actividad muy importante dentro de su vida, disfrutaba de cada paso desde sembrar las semillas hasta recoger los frutos. Alejandra, quien siempre la secunda en lo que dice, continúa: “El problema es que eso por allá ya está caído, si no hay nadie que esté pendiente de los animales y las plantas eso se muere. Entonces ya si volvemos no vemos nada. De todos modos yo sé que mi mamá por allá no vuelve otra vez”, agrega. En ese momento ambas cambian el semblante. Lo que más tristeza les da es que todo se quedó en Granada, solo y en el olvido, porque saben que nunca lo van a volver a

recuperar. Ni sus animales, ni sus cultivos, ni sus amigos, ni las actividades a las que estaban acostumbradas. Cuando estaban a punto de abandonar la vereda y venirse para Medellín, el esposo de Inés, uno de sus hijos, su yerno y su nieto de cinco años, se fueron a vender un abono que tenían para poder conseguir los pasajes para toda la familia y así escapar al fin de tanta guerra. “Ellos iban por la carretera dispuestos a vender el abonito cuando de un filo el Ejército los vio y ahí mismo los encendieron a plomo. Lo único que ellos pudieron hacer fue respaldarse en las bestias y por eso fue que no los mataron. Luego el Ejército se calmó y ellos aprovecharon y fueron a entregar el abonito”, recuerda Inés. A pesar de que son muchos los momentos tristes que han vivido, Natalia y Alejandra, ambas coinciden en que el recuerdo más triste que comparten corresponde al día en que se dieron cuenta de lo que le había pasado a su hermanito. “El caso por el que nos vinimos fue porque había mucha guerra y claro por lo de mi hermanito”, susurra Natalia. Natalia y Alejandra hacen parte de las numerosas familias desplazadas que hoy habitan la ciudad de Medellín. Su lugar específico de asentamiento fue Loma Verde, un sitio que les permitió comprar su rancho por 500 mil pesos, y empezar una nueva vida. “En este momento vivimos aquí y estudiamos en la Institución Educativa Santa Rosa de Lima. Ahora estamos muy contentas y amañadas y no nos falta la comida porque nos la dan nuestros hermanos; entonces nos va muy bien”, dice Natalia, quien al hablar no disimula el amor que tiene por el lugar en el cual habita. “A mí a veces me gusta vivir por acá y otras veces no. Lo que pasa es que me acuerdo mucho de mi hermanito y de lo que le pasó y eso me da mucha tristeza y me pongo a llorar. De lo que sí estoy segura es de que no me gustaría volver a vivir en Granada, me da mucho miedo volver a irme por allá”, dice Natalia. La vista desde este lugar es maravillosa. La ventana es privilegiada porque permite observar desde allí a la Medellín que despierta y se duerme, a la Medellín que cada día a día crece, a la Medellín que sin saberlo cada día recibe más gente que viene a mezclar sus costumbres con las propias y que trata de empezar desde cero y poder vivir tranquilamente. Pero Inés irremediablemente vuelve al pasado: “Lo que pasó ese día fue muy doloroso. Después de que salieron los muchachos nosotros sentimos cinco tiros,

uno enseguida del otro y nos empezó a dar mucho miedo porque presentíamos que eran ellos”. “Nosotros fuimos después a buscar a mi hermanito. Entonces cogimos pa’ donde él había salido. Ahí fue cuando vimos el caballo del amigo de mi hermanito muerto y las dos gorras que tenían ellos llenas de huequitos en el piso. Entonces mi mamá ahí mismo empezó a llorar y nosotras también, porque habíamos entendido qué era lo que había pasado”, relata Natalia, quien de inmediato cambia el semblante y se torna pensativa, sumergida en los recuerdos. Alejandra continúa narrando con un tono más bajo: “Después de eso un señor nos avisó que el Ejército se los había llevado y los había matado y que le habían puesto una de esas armas grandes a mi hermanito pa’ que todo el mundo creyera que ellos eran de la guerrilla; pero mi hermanito no era de la guerrilla”. Después de lo ocurrido la familia fue amenazada para que no bajara al velorio de su hijo ni fuese a reclamar el cuerpo en el pueblo. Lo único que pudieron hacer fue confiar todo en manos del párroco de Granada, quien se había comprometido con Inés para hacerle el velorio a su hijo y darle cristiana sepultura. El 12 de enero del 2008 Inés en compañía de sus dos hijas Natalia y Alejandra, fue a recoger los restos de Alirio. Fue otra oportunidad para que Inés se desahogara: “Mi mamá lloró muchísimo, tanto que nos hizo llorar a Alejandra y a mí”, cuenta Natalia. “Yo lloraba más que todo viendo a mi mamá llorar, ella como que se quería quedar allá con él y eso me da mucha tristeza. Yo sé que ella llora mucho por las noches; a veces yo también lloro porque no entiendo muchas cosas y las que entiendo, me da tristeza recordarlas”, concluye Natalia. * Los nombres fueron cambiados a petición de las fuentes Ficha técnica Título del Trabajo de Grado: Los hijos de la violencia: historias de niños invisibles. Autor: Martha Patricia Giraldo Giraldo y Mariluz Palacio Úsuga Asesor: Gonzalo Medina Número de páginas: 89 Año de inicio: 2007 Año de entrega: 2008

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El gallo de pelea El gallo de pelea Junio de 2009

Foto: Camilo Rozo

La pelea de gallos es una tradición presente en diferentes épocas y culturas, atacada por defensores de animales que la consideran cruel y promovida por los amantes de la competencia y las ganancias. Es también el instinto de pelea hasta la muerte, propio de los gallos finos, el que los convierte en grandes personajes. Vera Constanza Agudelo Estrada verita2033@gmail.com

Relatos guardados en la mochila

La noche en que a El Pechinegro lo encontró su muerte, era gallo avisado. Muchas veces antes la había retado, la había visto reflejada en los ojos de sus contrincantes, en los espasmos y sacudidas que precedían a la quietud de esos cuerpos de gallos nobles y valientes a los que había vencido ya en quince noches gloriosas a lo largo de sus nueve años de gallo fino y bien cuidado. Sabía, eso sí, que cada vez que vencía a un contrincante esa imagen quieta, como de espejo empañado, era la antesala de la fiesta y del orgullo incontenible de su cuidador. Sabía que el cansancio y el dolor de sus heridas se vería recompensado por semanas enteras de esmerado esfuerzo por sanarlo, si las heridas eran graves y prepararlo aún con más ganas, para la siguiente faena, con la fama de gallo bravo que ya tenía en toda la costa Caribe y en varias ciudades del interior. Y aunque parezca raro en un ave, sabía también que cada vez que se jugaba la vida no sólo era su vida de gallo, sino también la de Pepe, ese sucreño humilde que lo cuidaba y sobaba sus plumas como si con cada caricia pudiera darle la fuerza, el coraje y la suerte necesarios para seguir retando a la muerte y vencerla, asegurando el sustento del costeño y su renombre como gallero. Esa fatídica noche de abril, un rato antes de la pelea, en las afueras de Medellín, El Pechi presintió su muerte, como si tal cosa fuera posible para ese pequeño y primitivo cerebro de pollo. Ya había sentido ese mismo corrientazo extraño en el pescuezo, erizándole la gola, la mañana en la que Pepe entró al corral y fijó en él su mirada, cuando hubiera podido escoger a cualquier otro de los 70 gallos finos de la finca de su patrón. A uno más joven, quizás, cualquier gallito incauto que se dejase llevar por su amo a la pelea tranquilo y callado, sin saber muy bien lo que en la noche le espera. Y es que muchas veces antes El Pechi fue decidido a la faena, con esas raras ansias de sangre que sólo los gallos finos experimentan en sus entrañas y que aflora en presencia de otros machos de su especie. Ese instinto nato que se perfecciona con los cuidados humanos y que sin que el gallo sepa, enaltece su vida dándole un valor mayor que la del pollo de engorde que sólo sirve como simple y mundano alimento. Ese instinto de pelea que los incita a morir matando, es la grandeza de los gallos finos. Lo llevan en la sangre desde tiempos inmemorables, cuando en Oriente se domesticaron las primeras razas de gallos y se comenzó a disfrutar de sus riñas, iniciando una tradición que rebasa el tiempo y el espacio y que no conoce diferencias de culturas, clases u ocupación; pero que hoy por hoy enfrenta la oposición de activistas y defensores de animales para quienes esta práctica es inhumana y cruel. Y es ese instinto lo que llevaba siempre El Pechi en su pechito erguido de animal orgulloso y en el color irisado de sus plumas. Nunca antes de esa noche de luna llena sintió atisbo alguno de temor, ni siquiera esa vez en Sincelejo cuando en plena Feria Internacional el gran negro Azabache, de la cuerda de Los Lara, le clavó la espuela en el pulmón. Y se le fue la fuerza y todo fue silencio y un hálito cada vez más escaso que se le iba con la vida misma. Los segundos caían con la arena en el reloj y el público entero lo daba por muerto, hasta que con una fuerza que parecía sacada de la misma muerte, de un sólo brinco le devolvió el golpe al altivo Azabache, atravesándole la vena del pescuezo con una herida mortal que lo dejó inmóvil bajo su pata izquierda ante las caras atónitas de hombres ebrios de whisky y aguardiente que miraban sin creer lo que veían. Justo a último minuto, como el fénix saliendo de las cenizas, aturdido entre el griterío de instantes gloriosos que a El Pechi le parecieron eternos, que culminaron cuando Pepe lo rescató de la muerte. Le palpó bajo sus plumas, le tapó el agujero y le sopló su aliento por el pico fuerte de gallo fino.

La de Sincelejo fue su séptima pelea, un par de meses después de que don Elías*, ganadero del Carmen de Bolívar, aficionado a los toros y a los gallos, se lo regalara a su gran amigo paisa don Víctor*, patrón actual del Pepe Duarte, en agradecimiento por haberle conseguido un cupo a su hija en una universidad de Estados Unidos. Regalo que seguramente don Víctor tenía por bien merecido, porque el bello Pechinegro, cotizado en más de diez millones, no sólo había ganado seis peleas seguidas ante bravos contrincantes en Cartagena, en Sincelejo y en su natal Carmen, sino que pertenecía a la cuarta generación de una fina casta de gallos colorados provenientes de República Dominicana, a los que don Elías cruzaba sólo con las mejores gallinitas criollas en un estricto manejo técnico. Antonio*, su gallero, seleccionaba sólo los más finos, para entrenarlos y hacer de ellos unos verdaderos campeones: la famosa cuerda costeña de Los Canelos. El Pechi, sin embargo, no fue fruto de esa selección planificada. Su suerte más bien excepcional, se remonta a aquella tarde en que a la hija menor de don Elías, quien entonces tendría diez años, le dio por entrar al galpón y robarse un pollito de tres semanas. Lo llevó a su habitación con una bolsa de maíz y lo cuidó durante doce días, a escondidas de sus padres. Nunca nadie supo por qué fatal destino esa misma tarde llegó a la finca un costal de maíz contaminado que intoxicó a las aves y mató a todos los polluelos finos contemporáneos de ElPechi. Después de la tragedia sólo quedaron un par de gallinas viejas, un gallo de cinco años, no muy especial y que había perdido en los últimos certámenes y aquel pollito tierno que la niña había salvado sin saberlo y al que casi apesta con excesivos cariños: ponía a dormir junto a su almohada y lo cargaba en su bolsillo para esconderlo cuando se sentaba a comer y le daba pedacitos de carne masticada. A El Pechi le gustaban los cariños de la niña, a fin de cuentas ahora estaba sólo, ella era su única compañía y quien lo alimentaba y le daba calor, aunque le costó acostumbrarse a tanto manoseo que ensuciaba sus plumitas y a la incomodidad del bolsillo estrecho donde la niña lo paseaba. Después de la tragedia del galpón don Elías estuvo malhumorado toda una semana, tratando de entender si lo del maíz había sido un accidente o una mala jugada de alguno de sus eternos contrincantes. La esperanza por su pasión gallística volvió a la vida cuando se dio cuenta de que la niña tenía en su cuarto uno de los polluelos, un poco flaco y desgarbado, pero con el signo casi inconfundible de esa casta de colorados que le había hecho ganar tantas peleas. Sí, definitivamente era su única esperanza ahora que había perdido sus mejores animales y no podía reponerlos, pues eran resultado de un especial cruce genético entre gallos importados hace quince años y las gallinitas colombianas que su primo le había llevado de Santa Marta en una época de bonanza, de esas que son pasajeras y no dejan más que el recuerdo de noches de juerga, trago, mujeres, noches fugaces en las que se derrocha lo que hay sin pensar en el mañana. Era casi un milagro que la niña hubiera sacado ese polluelo del galpón justo antes de la intoxicación masiva. Ese pollo tenía que ser especial, el único sobreviviente de su brava casta, con la fiereza en la sangre, a pesar de que el cariño de la nena lo había vuelto más manso que un pollito de juguete, dócil y resignado a estar entre esas manitos que lo subían y lo bajaban y a veces lo apretaban de amor hasta dejarlo sin aire. Al principio don Elías no sabía si ese pollo podría ser su salvación y convertirse algún día en un gallo digno, pero optó por creerlo al comprobar que no tenía más opciones. En todo caso nada perdía con intentarlo, sólo era cuestión de quitarlo del


heridas de la batalla, lavó esmeradamente sus heridas y aplicó un medicamento antibacterial. Esta fue una larga noche para El Pechi, la noche de su primera batalla y de su primera victoria, la noche que lo enorgullecería de ser un gallo de pelea. Las heridas sanaron perfectamente y en las galleras y bares del Carmen de Bolívar se empezó a hablar de El Pechinegro. Su estilo y porte se comparaban con los de un legendario gallo chino de un coronel español radicado en Cartagena, que había vencido veinte batallas seguidas en los años setentas, sin perder una sola por lo que se volvió gallo padrón y murió de viejo, mientras montaba por última vez a una gallinita criolla y querendona. Al siguiente gallo le ganó en una gallera de Córdoba: lo picoteó varias veces, no sin recibir la réplica de ese bankiva negro que llegó ranqueado de varios encuentros triunfales. En el minuto doce, El Pechi atacó al Zorro, batiéndolo dos o tres veces seguidas y cuando el negro se agachó para esquivar un picotazo, le dio con la espuela izquierda un espuelazo entre ojo y ojo que lo dejó tonto, tirado en la arena. El dueño del negro paró la batalla, pagó los 500 mil pesos que se había jugado y como todo un caballero reconoció la finura de El Pechi ante un Elías contento, quien empezaba a considerar la posibilidad de convertirse nuevamente en el dueño de una de las mejores cuerdas del Carmen de Bolívar y quizás, por qué no, de toda la costa Caribe. Después del segundo triunfo don Elías compró tres gallinas finas para casar al gallo, pues ya estaba seguro de la finura de su raza; y le dio la responsabilidad a su cuidador, a quien le tenía plena confianza, de encargarse del enrace, la cría y la selección de los mejores hijos de El Pechi. Fueron varios meses en que El Pechinegro, siendo entonces todo un gallo joven, no peleó porque estuvo dedicado por completo a ejercitarse, a cantar cada mañana y a engendrar gallitos finos de combate. Después vinieron otras cinco peleas triunfales en Cartagena, en Montería, y una de las mejores, en el Coliseo Gallístico San José de Sincelejo, donde El Pechi se iba de frente, sin miedo aparente, propinando todo tipo de espuelazos y picotazos mortales y estratégicos a cuanto gallo se atravesara en su arena: valientes alazanes, atléticos pintos, bellísimos giros, y dignos retintos y colorados, de cuerdas fuertes como La Locura, El Sable o Los Jaramillos. Todos caían vencidos ante ese Pechinegro imbatible que peleaba fiero por su territorio, que era la arena en el momento de la pelea y aunque recibía heridas fuertes, estaba siempre en actitud firme de combate mostrando con ataques rápidos y persistentes, el deseo creciente de ganar la pelea. Después de casi cuatro años de haber iniciado el cruce, los corrales de don Elías ya alojaban quince ejemplares colorados, pintos y jabaos, dignos descendientes del orgulloso Pechinegro. Creó una nueva cuerda, con gallos que aún hoy en día son su orgullo y reciben los más especiales cuidados, una dieta especial, consistente en mezclas de maíz, panela y cereal, algo de corazón e hígado de vaca y hasta alfalfa picada. Fue por esa época que el famoso Pepe Duarte, un gallero costeño nacido en Colosó (Sucre), pero paisa por Foto: Camilo Rozo

tierno cariño de la niña y recuperar su coraje a fuerza de aislamiento, castigo, maíz y agua; algo que la niña finalmente perdonó. Aunque el pollo al principio no quería comer y parecía resignado a morir de soledad y encierro, terminó por aceptar su suerte; después de unos días comió y se puso bonito. Lo empezaron a entrenar, lo ejercitaban en las cuerdas, lo sacaban al patio a correr y a tomar sol, complementaban su alimentación de maíz con bolitas de carne y trigo molido, lo castigaban cuando no obedecía, lo careaban con gallitos de los vecinos y sobre todo lo mantenían alejado de la niña para que no volviera a estropear su temperamento con sus mimos y caricias. Así el gallito bravo atravesó sin ayuda esa penosa época del cambio de plumas en la que los escalofríos y un malestar incómodo lo hacían esconderse bajo unas maderas en su solitario encierro. Después de eso desarrolló un plumaje rojizo con el pecho negro, brillante y terso; pesó casi tres libras. Cuando tuvo siete meses era un gallo colorado, con garbo y pintas de orgullo en el pecho negro, satisfaciendo la esperanza de don Elías de que fuera hijo de su mejor semental, el gran Atila, cruzado con la Policarpa, su gallinita más fina, que en una nidada anterior habían engendrado al Colorado otro campeón legendario de más de diez riñas, ganador de varios trofeos en campeonatos internacionales de Medellín, Sincelejo y Cartagena. Sí, esa marca en el pecho sólo la había visto en Atila y en su hijo el Colorado. Ninguno de los otros gallos dominicanos de su extinto galpón podía ser el padre de este pollo bravo que ahora escarbaba el suelo con un ímpetu característico de su linaje. Su primera pelea fue a los trece meses en el Coliseo Gallístico La Espuela de Oro, de Cartagena que según muchos, era uno de los mejores palenques en todo el país, propiedad de los Araújo. Ya hacía exactamente tres semanas le habían tusado la cresta y las mejillas y estrenaba una gola de plumas largas y brillantes, digno presagio del triunfo de su primer combate. Lo calzaron con esfuerzo pues no se quedaba quieto; el cuidador se encargó de sacarlo al ruedo mientras Don Elías miraba desde la silla tratando de contener los nervios con una botella de whisky en la mano. El contrincante era el Machín, un jabado recio de la cuerda cartagenera de Los Maras, favorito entre los locales. Desde los primeros repelos, El Pechi erizaba su gola y se iba en picada sobre el jabado que aunque impávido, parecía algo asustado ante la rapidez del colorado que con el pico le tiraba a los ojos mientras clavaba su espuela por donde fuera, un tanto inexperto debido a su corta edad. Habían pasado siete minutos de brincos y asaltos mutuos en los que ninguno de los plumíferos parecía darse por vencido, cuando el jabao dio un brinco y sujetó a El Pechi con su pico, propinándole una “morcillera”, herida en el centro del pescuezo, la cual enfureció a El Pechinegro que entre los gritos y un montón de plumas que volaban por el aire, devolvió el golpe y le dio al jabao un “buchisangre”, espuelazo entre el pescuezo y el buche, que lo llevó a perecer antes de que el reloj marcara el minuto diez. Esa noche el cuidador recibió 200 mil pesos, el 20 porciento de la apuesta. El hombre recogió altivamente al gallo y empezó con mucho amor y cuidado a curarle las

Foto: Camilo Rozo

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El gallo de pelea representa clase, nobleza, determinación y disposición al sacrificio.

vocación y corazón, quién había trabajado desde los 17 años cuidando los gallos de famosas cuerdas de grandes hacendados cafeteros en Antioquia, Caldas y Risaralda y había asistido a los mejores y más lujosos certámenes de Bogotá y Cundinamarca, tuvo en sus manos por primera vez, al magnífico Pechinegro. Se encariñó de inmediato al ver su porte y su pelea; aunque casi lo pierde cuando lo sacó a pelear contra el Azabache de la cuerda de Los Lara, hacía seis años en Sincelejo. Aquella noche el siempre ganador Pechinegro sintió que se le iba el aliento, hasta cuando Pepe lo salvó con el suyo; se inició una amistad que perduraría hasta la muerte del gallo porque El Pechi Foto: cuidador. Camilo Rozo se sentía tranquilo y amado por su nuevo En manos de Pepe el gallito Pechi viajó al interior del país y conoció gallinas finas y sofisticadas en las fincas de Víctor Jaramillo y de sus primos más pudientes. Siguió peleando y estrenó espuelas finas, tomó vitaminas y cambió varias veces de corte de plumas, para aparecer imperioso y fiero en las diferentes contiendas. El Pechi engendró muchos hijos, varios de los cuales se volvieron excelentes gallos de pelea y llegaron a cotizarse en varios millones de pesos; sin embargo, El Pechi nunca quiso retirarse de la arena como hacen la mayoría de los gallos padrones y prefirió morir peleando porque finalmente era esta su razón de vivir y de morir, porque un gallo fino nunca pierde, simplemente muere. El Pechinegro llegó hasta las 10 batallas sin conocer derrota, hasta esa noche de abril en la que presintió su muerte, una cálida noche en las afueras de Medellín. De su contrincante, un jabado costeño al que le decían La Mecedora, se rumoraba que estaba cruzado con Guacharaca, una de esas aves frenteras que sólo habitan en el bosque seco tropical y son abundantes en la región de los Montes de María de donde El Pechi mismo venía. La pelea inicio rápidamente y en cada segundo El Pechi trataba de olvidar su temor a la muerte. Su vida había sido una continua lucha con vencer su propio miedo, porque un gallo fino debe aprender a vivir sin miedo, a no temerle a morir; solo a seguir sus instintos y a pelear como una fiera irracional impulsada por defender su territorio y alcanzar la victoria sobre su oponente. Un gallo de pelea tiene que combatir como un caballero, hasta la muerte por sus convicciones. Sin embargo, El Pechi no podía concentrarse y hacer a un lado ese miedo que le helaba el gaznate; él sabía que el momento de su muerte era inminente, que ya había vivido suficiente. Y fue justo en ese momento cuando su oponente brincó sobre el desconcentrado Pechi, con un espuelazo en el pescuezo que lo degolló y lo mató de inmediato. Ese fue el final de El Pechinegro, el soberbio gallo que no conoció derrota y que murió valientemente, bajo la mirada triste de Pepe, el cuidador de sus últimos años, quien lo hizo campeón y al lado del cual vivió sus más gloriosas victorias. * Los nombres fueron cambiados. Ficha técnica

Es quizás, la muerte, el final de todo gallo fino. El Pechinegro se topo con ella después de nueve años de pelea.

Título del Trabajo de Grado: Escenarios, personajes y roles: la vida alrededor de las peleas de gallo. Autor: Vera Constanza Agudelo Estrada Asesor: Alberto Salcedo Ramos Número de páginas: 46 Año de inicio: 2007 Año de entrega: 2008

FACULTAD DE COMUNICACIONES n UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA


Relatos guardados en la mochila

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Junio de 2009

Gente de moda En Donmatías las confecciones generan unos 2 mil empleos directos y unos 600 indirectos que pese a las malas rachas que afectan a esta industria desde la crisis mundial de la economía, posicionan al municipio como uno de los centros más importantes del país en este renglón. La Feria de la Confección es uno de los eventos más significativos pues en estas festividades la moda y la cultura engalanan las calles del pueblo.

Lina María Martínez Mejía martinezmejia@gmail.com Luces amarillas, azules y rojas dan vueltas sobre la superficie blanca de la pasarela. Las sillas vacías que rodean el escenario cada vez son más pocas. La gente impaciente mira el reloj y trata de consolarse con las promesas del hombre que maneja el micrófono detrás de la tarima: “¡En pocos minutos podrán disfrutar del lanzamiento de la última colección!”. La música electrónica y las frecuentes pruebas a la máquina de humo aumentan las expectativas y los murmullos entre los invitados. Muchos se quejan por el retraso y otros se resguardan de una lluvia menudita que les picotea la piel. “Por fin lo que todos estábamos esperando. Abriendo este desfile nuestra modelo invitada, Paula Andrea Betancur”, dice la voz del hombre tras bambalinas. Todos los ojos y las lentes de las cámaras se dirigen a la tarima ansiosos de confirmar el anuncio. Nadie se quiere perder un detalle del evento. Los que no alcanzaron boleta se empinan detrás de las barricadas en un intento desesperado por ver a la estrella de la noche. Los asistentes saben que la famosa reina de belleza ha pisado las pasarelas más prestigiosas del mundo; su rostro ha sido la imagen de exitosas campañas publicitarias y su cuerpo ha lucido trajes de alta costura. El asombro del público sería exagerado si estuvieran en un desfile de Colombiamoda, pero en la Feria de la Confección de Donmatías las cosas son diferentes. Paula Andrea aparece detrás de una nube de humo y con una sonrisa saluda a los donmatieños que corean su nombre desde los balcones y el atrio de la iglesia. La lluvia y el frío persisten pero no son una excusa para perderse el acto central de las fiestas del pueblo. En el camerino los modelos encargados de seguir con el show reciben las últimas instrucciones de los coreógrafos y de las modistas; ellos, aunque no son reconocidos en el mundo de la moda, también reciben la ovación de los espectadores. Montero es la primera marca que pone su colección en la pasarela. En sus prendas no hay espacio para las sedas ni para el algodón. Las mujeres llevan jeans ajustados y faldas cortas, mientras que los hombres lucen pantalones anchos y camisas abiertas. Cadenas gruesas que cuelgan del cuello y de la ropa de los modelos le dan un aire industrial y atrevido al montaje de la coreografía. En primera fila Enrique Gil, dueño y gerente de la empresa, observa con atención cada movimiento; por la expresión de su rostro, parece satisfecho con la presentación de sus prendas. Este hombre de voz aguda e imponente, nació en el campo pero conoce más de hilos y de moldes que de animales y de potreros. Él, como muchos otros donmatieños, no pasó desapercibido frente a la industria textil que se instaló en Donmatías. Sus manos gruesas y toscas nunca habían pegado un botón pero el buen olfato que siempre ha tenido para los negocios le mostró que en las confecciones estaba su futuro y el de su familia. Al principio consiguió trabajo en una fábrica de Medellín que montó una sucursal en el pueblo. Allí aprendió de máquinas, de jeans, de procesos de lavandería, de clientes y de telas. Cada detalle lo guardó en su cabeza y cuando todo estaba listo dio el primer paso para convertirse en un empresario independiente. En 1986 registró Creaciones Hega Ltda., un taller pequeño que le confeccionaba bluyines a terceros. Las cosas iban bien para Enrique y para las personas que lideraban la industria textil en el pueblo: grandes marcas colombianas y norteamericanas como Caribú, Polo, Diesel y Levi’s pusieron sus prendas en manos de las jóvenes y experimentadas operarias donmatieñas. La pequeña empresa estaba generando ganancias pero su propietario sabía que no era suficiente. A pocas cuadras de Creaciones Hega estaba Zafiro, la fábrica de Olga del Río, una madre divorciada que también pensaba en grande. Los intereses de estos empresarios se unieron y en 1995 registraron su propia marca, Montero: “Nosotros siempre le habíamos confeccionado a terceros, siempre recibíamos maquila, pero teníamos una inquietud y queríamos explorar nuevas propuestas; por eso empezamos a sacar nuestros propios moldes. La cosa no fue tan complicada y decidimos meternos de lleno en nuestro propio producto”, dice Enrique.

La noticia de la salida de Montero al mercado corrió por todo el pueblo; era la primera marca que nacía en Donmatías. La empresa iba en ascenso, los buenos resultados la consolidaron y alejaron de sus finanzas la mala racha que destruyó proyectos similares. Pero el éxito no estuvo solamente en los negocios. La sociedad de Enrique y de Olga pasó a un plano personal; olvidaron los fracasos de sus primeros matrimonios y juntos construyeron una nueva familia. Aunque los bluyines se estaban vendiendo era necesario conseguir nuevos clientes. Los propietarios de la empresa analizaron el mercado y pensaron en los desfiles, una estrategia que puso en la cima a las marcas y a los diseñadores más reconocidas del mundo. La idea de montar uno en Donmatías parecía descabellada, pero si tenía éxito pondría a Montero en un lugar privilegiado. El coliseo del pueblo fue el escenario que acogió a las inexpertas modelos. La invitación llegó a la alcaldía, a la casa cural y a la puerta de los personajes más prestigiosos del municipio: “Eso fue todo un boom en el pueblo. Éramos los primeros en armar un desfile. La idea gustó mucho y nos fuimos especializando en ese campo. El principal objetivo era impulsar la marca y conseguir clientes”. Con el paso de los años, el desfile fue tomando fuerza y el éxito de Montero impulsó la creación de nuevas marcas. Con la aparición de Gold Rush y Kim’s, se consolidó un estilo propio en Donmatías. Las tendencias que llegaban de afuera no eran las únicas que dictaban un patrón; la moda y la calidad también estaban en los productos propios. Pero el impacto de estas empresas se sintió con más fuerza en el año 2000. Los confeccionistas y la administración municipal buscaron como pretexto las fiestas del pueblo para institucionalizar una actividad económica que se había tomado todos los rincones del municipio. “En Donmatías no existían fiestas como en todos los pueblos de Antioquia. Pensamos en armar las de la leche pero esas las organizan en San Pedro. Entonces, vimos que como nuestro fuerte eran y siguen siendo los textiles, lo mejor era tener en el municipio la Feria de la Confección y la Cultura”. En la segunda semana de octubre propios y visitantes disfrutan de eventos dedicados a la moda, la cultura, el deporte y la religión. Charlas del Tratado de Libre Comercio, descuentos en los almacenes, comparsas, trovas, obras de teatro y procesiones, hacen parte de la apretada agenda de la celebración. Pero el desfile es el programa que se roba todas las miradas. Cada detalle es planeado con cuidado pues el propósito de los organizadores es dejar a todo el pueblo con la boca abierta: “Todo lo referente al desfile lo coordinan desde la alcaldía. Ellos nos dicen cuánto vale la inscripción, cómo se va a montar la pasarela y a quiénes debemos invitar; pero los dueños de las marcas decidimos la música que vamos a escuchar y el estilo de las colecciones que vamos a presentar”. Las modelos de talla internacional son las invitadas más consentidas de la Feria de la Confección, pues su popularidad es el gancho que los empresarios necesitan para darle categoría a su pasarela. Adriana Hurtado, Natalia París, Paula Andrea Betancur y Ana Sofía Henao han lucido, con glamour, los bluyines trazados por las manos de los diseñadores donmatieños. Cada vez que recuerdan el día que unieron sus vidas y sus empresas, Enrique y Olga saben que eligieron el camino correcto. Para ellos han sido ocho años de trabajo y de buenos resultados. El almacén donde venden sus prendas es uno de los más visitados en el pueblo y en su fábrica se producen diariamente entre 100 y 150 bluyines. Ahora, Montero se ha transformado en un negocio familiar; la diseñadora, el publicista y el contador los tienen en la casa: “Nuestro hijos se interesaron en sacar adelante el patrimonio de la familia; ellos decidieron prepararse y compartir sus conocimientos con nosotros. Estamos muy contentos porque logramos expandir nuestro mercado. Los jeans de Montero se venden en los santanderes, en la costa atlántica y en Medellín; en un futuro, esperamos que conozcan nuestros productos en todo el país y en el exterior”, es el balance que hace Enrique de su empresa.


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Fotos: Lina Martínez

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FACULTAD DE COMUNICACIONES

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Maestría en Lingüística

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La Facultad de Comunicaciones abre la convocatoria para la octava cohorte de la Maestría en Lingüística. El objetivo central es formar investigadores en Lingüística capaces de estudiar y explicar fenómenos lingüísticos relevantes, mediante la aplicación de las teorías y los métodos más apropiados. Para esta cohorte se ofrecen cuatro líneas de investigación: 1.Sociolingüística 2.Producción e Interpretación Textual 3.Lexicografía 4.Lingüística Intercultural: alemán como v extranjera. lengua x El programa está dirigido a profesionales en: x Idiomas, Español y Literatura, v Filosofía y Letras, Comunicaciones y b otras áreas afines.

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s La industria de la confección es el primer renglón de la economía de Don Matías

La presentación de Montero se cierra con una larga cadena de aplausos. La gente murmura y elogia lo que acaba de ver en la pasarela. Enrique mira a Olga y con un beso, le agradece esa compañía sincera e incondicional. Made in Donmatías Es domingo y acaba de empezar la clase de pasarela para las niñas de seis a doce años. Ellas observan con atención los movimientos de su profesor. Él dibuja con el cuerpo los pasos que sus estudiantes deben repetir sobre una tarima blanca en forma de T. “Espero que esta vez sí me pongan atención. Vamos a repetir la coreografía con los giros básicos que les enseñé la semana pasada. Empezamos con un mí-tú, luego hacemos un sinfín y terminamos con un mí-tú abierto. Recuerden la posición del cuerpo: espalda recta, cabeza al frente y meneo de caderas”, son las indicaciones que Kico Moreno les da a sus alumnas. Tatiana, Yeniffer, Alejandra y Paula llevan dos meses asistiendo a las aulas de Photo Model, la única agencia de modelaje de Donmatías. Su dueño Sergio Madrid, es el mismo hombre que tras bambalinas, anunció la aparición de Paula Andrea Betancur en la pasarela y preparó a las modelos que la acompañaron en el desfile central de la Feria de la Confección. En una casa cercana al parque de Donmatías, este fotógrafo y dos de sus más cercanos compañeros instalaron una academia, un estudio fotográfico y una boutique. En la entrada un letrero grande y luminoso resume el espíritu vanguardista del lugar. Las paredes parecen un mosaico lleno de fotografías, donde los rostros inmortalizados de las modelos reciben a los visitantes con una sonrisa o una pose sensual. Las vitrinas exhiben camisetas escotadas y vestidos vaporosos que parecen más apropiados para un pueblo soleado. Gafas grandes, pulseras anchas y collares largos también ocupan un espacio en el mostrador dispuesto en la entrada. En la habitación más grande de la agencia adecuaron el estudio fotográfico, un lugar lleno de cámaras, sillas, sombreros y luces. En lo que alguna vez fue el patio de una vieja casa campesina está la pasarela donde Kico les confía a sus alumnas los secretos para alcanzar la fama en el limitado mundo del modelaje. Las niñas repiten los giros mientras se miran en los espejos que cubren las paredes. Hace veinte años Sergio no se habría imaginado que podía ser el dueño de una academia de modelos. Aquel niño que creció en La Frisolera, una vereda lejana de Donmatías, nunca supo de textiles ni de accesorios. Llegó al casco urbano del municipio cuando apenas tenía doce años. Allí encontró un ambiente muy distinto al que respiró en el campo: “En la vereda, hice la primaria. Cuando teníamos que comprar algo salíamos a Barbosa, pues el pueblo nos quedaba más retirado. Después nos instalamos en Donmatías y allá hice el bachillerato. Recuerdo que cuando terminaban las clases del mediodía, me topaba con un montón de gente que salía de las fábricas a almorzar; eso me parecía muy raro”. El asombro duró poco tiempo. Sergio se acopló sin problemas al ritmo acelerado que las confecciones le imponían al pueblo. Su primer acercamiento con la moda lo tuvo antes de graduarse. Las clases de química y de física las combinaba con cursos de modistería y en poco tiempo aprendió de figurines y de telas. Con el

cartón de bachiller en la mano llegó la incertidumbre del futuro. Lo único que tenía claro era que no quería cargar bluyines o lavar platos en Estados Unidos, opciones que eligieron muchos de sus amigos. “Quería estudiar pero mi familia era de bajos recursos y no me podía pagar una carrera universitaria. Me presenté a Comunicación Social en la Universidad de Antioquia, pero no pasé. Entonces empecé a trabajar y a estudiar Contaduría en Medellín. Por cosas del destino la fotografía llegó a mi vida. Un día me dieron un volante en la calle que promocionaba unos talleres, averigüé y me inscribí. Empecé a estudiar las dos cosas al mismo tiempo y cuando terminé el curso, me retiré de Contaduría”. Sergio vio en la fotografía la oportunidad de crear su propio negocio. Regresó a Donmatías con una cámara y en compañía de Fredy, su amigo de infancia, abrió un estudio fotográfico: “Registramos Photo Model en septiembre de 1999. Hicimos la inversión y empezamos a tomar fotos en un local muy chiquito. A la gente le gustó el trabajo y empezamos a crecer poco a poco”. Las cámaras de Photo Model nunca persiguieron los matrimonios o las primeras comuniones de los donmatieños; sus lentes se especializaron en capturar la belleza de las modelos. Esta habilidad no pasó desapercibida frente a los ojos de los confeccionistas, quienes reconocieron el talento de los jóvenes fotógrafos y decidieron confiarles sus colecciones. “Empezamos a empaparnos del mundo de la moda. Desarrollamos nuestros propios conceptos y asesoramos a los dueños de las marcas para que se lucieran en sus desfiles. Nosotros nos encargamos de hacer los montajes y de preparar a las niñas que van a participar en el evento central de la Feria de la Confección”. Pero la intervención de Photo Model va más allá de la organización de un desfile. Ellos se concentraron en la creación de un semillero de modelos profesionales. Las jóvenes que se inscriben en su academia reciben clases de glamour, etiqueta, pasarela y fotografía. “Vimos mucho potencial en las niñas del pueblo. Sabemos que todas no van a ser las súper modelos, pero con las cosas que les enseñamos van a aprender a moverse en público y a vestirse bien. Lo que queremos es tener un top model muy exclusivo en Donmatías, pues estamos formando talentos capaces de participar en cualquier pasarela de Medellín y por qué no, del mundo”. La clase de pasarela de Kico Moreno termina al mediodía. Tatiana, Yeniffer, Alejandra y Paula memorizaron los cinco giros básicos que su profesor les repitió hasta el cansancio. Aunque apenas son unas niñas, ellas aspiran a convertirse en modelos tan reconocidas como Paula Andrea Betancur, la misma que en octubre, en la Feria de la Confección, se llevó todas las miradas y el aplauso del público.

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Guía de inscripción en la web:

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http://www.udea.edu.co/portal/page/portal/portal/ C.EstudiarEnLaUdeA/B.Posgrado/A.ProgramasPosgrado

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v Inscripciones: del 23 de abril al 5 de junio de x 2009

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Valor de la matrícula: seis salarios mínimos mensuales vigentes.

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Horario de clases: martes, miércoles y jueves de 6 a 9 de la noche B

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Universidad de Antioquia Facultad de Comunicaciones Bloque 12,voficina 234C Teléfonos: 2195915 – 2195913 maestriaenlinguistica@gmail.com

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Ficha técnica Título del Trabajo de Grado: Relatos de viejos años y nuevas memorias. Transformación de la identidad cultural de los donmatieños. Autor: Lina María Martínez Mejía Asesor: Patricia Nieto Nieto Número de páginas: 125 Año de inicio: 2004 Año de entrega: 2008

FACULTAD DE COMUNICACIONES n UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA


Historia de Marco y la mina

Las minas antipersonal son el arma perfecta dentro de la guerra. Son la mejor estrategia para debilitar al enemigo, detener su avance y controlar zonas de influencia. Su uso como arma letal, está prohibido en los tratados internacionales. Sin embargo, en el Oriente antioqueño se continúa minando y el incremento de víctimas no da tregua.

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Ilustración: - Alexander Bermúdez

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Alejandra Agudelo Cardona agualejita@yahoo.com

Relatos guardados en la mochila

Tres hombres cargaban a Marco Antonio Zuluaga, quien tenía un pie más en la tumba que en esta vida, el 23 de agosto de 2002. Bajo el sol inclemente del mediodía, descendían a toda prisa por la vereda San Lorenzo del municipio de Cocorná; intentaban salvarle la vida a Marco que una mina antipersonal le quería robar. El médico del Hospital San Juan de Dios (Cocorná) recibió a Marco Antonio Zuluaga con heridas en los ojos, las piernas, quemaduras severas en el cuerpo, además de esquirlas y arena entre las lesiones. Le realizaron los primeros auxilios para estabilizarlo y lo trasladaron en ambulancia a un hospital de mayor complejidad. Entre 1990 a octubre de 2008, se han registrado 7 mil 725 víctimas de minas antipersona, 72 de las cuales ha aportado Cocorná. El territorio tiene 76 veredas, 21 de éstas minadas por los grupos al margen de la ley. En una carrera contra la muerte, la ambulancia llevó a Marco y a Edelmira su mujer, desde Cocorná hasta el Hospital San Vicente de Paúl de la ciudad de Medellín, donde lo trasladaron a cuidados intensivos con toda la prioridad posible que se le da a las víctimas de las minas antipersonal. Los traumas múltiples de Marco lo dejaron privado por tres días. Su familia no despertaba de una pesadilla en la que nadie quiere estar. Edelmira y Valvanera, la hija mayor de Marco, dormían sentadas al lado de la cama de la habitación. Finalmente, Marco recobró la conciencia y despertó con suero, con un dolor generalizado que la morfina no podía disminuir y con casi todo el cuerpo vendado. Marco permaneció más de un mes con pesadillas que todavía lo persiguen en las noches: “Yo estuve 45 días en el Hospital en cuidados intensivos, en una camilla gota a gota. A los dos o tres días me cayó sangre dentro de los pulmones y yo no podía respirar, casi me muero. Esas noches amanecía un charolado lleno de pura sangre porque yo la desgarraba, vomitando”. Los médicos del San Vicente le quitaron las esquirlas prendidas a los ojos de Marco y otras que estaban esparcidas en el cuerpo, le salvaron una pierna que casi pierde por el impacto, le operaron ambos oídos y le curaron las quemaduras. Después del accidente inicial Marco perdió la visión en el ojo derecho y con el izquierdo, sólo podía ver un 10 por ciento, es decir veía sombras. Además, perdió el sentido del olfato y sus oídos no escuchan tan bien como antes. Las piernas se le recuperaron del impacto, aunque dice que siente dolor en los días fríos; aún así agradece pues conservó algo de sus capacidades. Las minas antipersonal son dispositivos explosivos usados desde la Primera Guerra Mundial. La clasificación se fue perdiendo por la tecnificación de la guerra, pero se usan para proteger campamentos de grupos ilegales y laboratorios de coca, también para desterrar o confinar a comunidades enteras del país y para debilitar al enemigo. En los militares colombianos es en donde más víctimas dejan estos artefactos explosivos, los cuales no diferencian entre un actor del conflicto y un civil inocente. El Tratado de Ottawa, que prohíbe el uso de estas armas, consagra el término mina antipersonal como “toda mina concebida para que explosione por la presencia, la proximidad o el contacto de una persona y que incapacite, hiera o mate a una o más personas. Las minas diseñadas para detonar por la presencia, la proximidad o el contacto de un vehículo y no de una persona, que estén provistas de un dispositivo antimanipulación, no son consideradas minas antipersonal”. El conflicto armado colombiano ha llevado a que estos artefactos sean catalogados por la Cruz Roja Internacional como Artefactos Explosivos Improvisados (AEI), elaborados con metralla, trozos metálicos, abono químico, excremento, pintura, urea, arena, tornillos, excremento humano, azufre y explosivos y un sistema de presión diferente a las minas antipersonal de fabricación industrial. Las minas antipersonal son sembradas al borde de los caminos, trochas, carreteras, orillas de los ríos, las quebradas, los árboles frutales, los árboles frondosos que bridan sombra, las fuentes de agua potable, la copa de los árboles, las escuelas, las viviendas y en las torres de energía. En una de las torres de energía de la vereda San Lorenzo, Marco encontró la mina entre el espesor de la hierba, justo un viernes antes de ir a almorzar. Fue en la última torre que arreglaron ese día y la última que arreglará en su vida. Ese mismo día a las cinco de la mañana, Marco se levantó, se cepilló los dientes y despertó a Edelmira para que le hiciera el almuerzo: sancocho con arroz, huevo y agua de panela. Una hora después estaba en El Zapote, una tienda famosa de Cocorná, junto a sus otros seis compañeros del trabajar. Un mes antes de ese viernes, Marco fue llamado por un contratista de la

Empresa Antioqueña de Energía (EADE) para realizarle mantenimiento a las torres de energía del Oriente antioqueño. El trabajo era simple. Quitar los árboles, las ramas y la vegetación recostados en las líneas de energía que interrumpía el servicio de energía eléctrica en las comunidades. Marco aceptó el trabajo del contratista sin conocer el destino que le depararían las montañas del Oriente. Desde que dejó las empresas constructoras, conseguir empleo era una tarea dura. El grupo de trabajo conocía sobre las amenazas que rodeaban la región, en especial las minas antipersonal de las que advertía el Ejército. Sin embargo, el hambre apremiaba a sus familias y no había más opciones. El viernes a las seis de la mañana partieron por las veredas de Cocorná. Atravesaron una trocha que va desde la cabecera municipal hasta las veredas más lejanas del municipio y llegaron a la primera torre. Todos estaban cansados por una semana de labores extenuantes y esperaban la paga ese fin de semana, aunque no perdían el ánimo ni las charlas matutinas. Ese día arreglaron tres torres antes de llegar a la última de la vereda San Lorenzo, alrededor de las once de la mañana. Había un sol imponente sobre sus cabezas, una sed sin saciar y un calor sofocante entre sus ropas. Marco cogió el machete y empezó a cortar la hierba que superaba su propia altura con un movimiento rápido tocó una mina antipersonal y la activó. Marco recuerda que una mina “es como tirando una papeleta, un tacto, que solo se siente la explosión”. En el momento en que la tocó con el machete, se dio cuenta de que había movido una mina antipersonal, pero no alcanzó a hacer nada. Marco y tres compañeros resultaron heridos por la explosión de la mina, pero él fue el caso más grave. Los tres compañeros ilesos pidieron ayuda a los campesinos más cercanos, y corrieron montaña abajo con Marco hasta el Hospital de Cocorná, donde comienza esta historia. Ficha técnica Título del Trabajo de Grado: Un enemigo invisible: minas antipersonal en el municipio de Cocorná. Autor: Alejandra Agudelo Cardona Asesor: Gonzalo Medina Número de páginas: 66 Año de inicio: 2006 Año de entrega: 2008


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crónica

Camino a La Romera El domingo es un día propicio para salir a caminar. En Sabaneta, el Parque Ecológico y Recreativo La Romera ofrece aire fresco, un camino bordeado por variadas especies de plantas y árboles, en donde se pueden observar aves e insectos representativos de los bosques de montaña de los Andes.

Elizabeth Correa Londoño libelul4@yahoo.es Fotos: Julián Roldán

La jornada empezó a las 8:00 de la mañana. El punto de encuentro fue la estación del metro de Itagüí en donde quedé de encontrarme con el biólogo Paulo Pulgarín, asesor de proyectos de la Sociedad Antioqueña de Ornitología, a quien invité a caminar en La Romera. Al pie de las escalas de acceso a la estación se toma el microbús con destino a Las Brisas, fonda turística de la vereda La Doctora. En este sitio está el camino de acceso a La Romera. Desde allí se puede ver la abundante vegetación de estas montañas del suroriente del Valle de Aburrá, en donde nacen las dos principales quebradas de Sabaneta, La Doctora y Buena Vista, encargadas de surtir los seis acueductos veredales: Pan de Azúcar, Cañaveralejo, San José, La Doctora, Las Lomitas y María Auxiliadora (Palenque). El viaje de la estación del metro hasta Las Brisas toma 15 minutos. Apenas descendimos del vehículo emprendimos la caminata provistos de líquido y alimentos para el ascenso, pues La Romera se encuentra a unos 2.300 metros sobre el nivel del mar. Apenas empezamos el recorrido, pudimos ver una de las aves características de este lugar. El pájaro ardilla, que debe su nombre a la forma de su cola, nos dejó apreciar su canto y su vuelo. Animado por el avistamiento, Paulo empezó a utilizar algunas tácticas de ornitólogo para llamar a las aves con un instrumento que suena similar a su canto. El cambio de un ambiente urbano a uno natural, nos llenó de un ánimo propicio para disfrutar del exuberante paisaje verde que nos rodeaba. Los sonidos nos invitaban a distinguir el canto de las aves que Paulo nombraba y el agua que fluye desde la montaña nos recordó la riqueza hídrica de este sitio. Pocos pasos debimos dar para encontrarnos con una fuente de este preciado líquido; incluso en parajes más ocultos se puede disfrutar de un baño natural. Por el camino nos encontramos con otras personas que suben de paseo a La Romera. Algunos se disponen a preparar un buen almuerzo y otros como nosotros, además del ejercicio, a dispersarse en la naturaleza. Pero otro motivo también nos llevo a este lugar. En una entrevista con Henry Madrid, presidente del Grupo Monarca, principal constructor de Sabaneta, me enteré que tiene un proyecto para construir el Parque La Gran Colombia. Según Madrid, este proyecto turístico pretende reincorporar nacionalismo e identidad en cinco barrios pequeños con la arquitectura de los países que libertó Simón Bolívar: Venezuela, Perú, Bolivia, Ecuador y Colombia. Estos barrios tendrían como principal atracción la gastronomía de cada país, su identidad cultural y los monumentos a escala de las Batallas de Boyacá y de Ayacucho, entre otras. Paulo, el biólogo, explicó que no se puede desconocer que una intervención en La Romera trae grandes cambios para los organismos que la habitan. Cabe señalar, además, que la conservación del bosque nativo y de sus especies es una obligación planteada en el Plan Básico de Ordenamiento Territorial (PBOT), del municipio aprobado en el 2000. En el documento del PBOT dice que “estas áreas son susceptibles a acciones de conservación, protección y regeneración que posibiliten su inserción en programas de

educación ambiental, turismo y recreación, sin necesidad de implementar complicadas infraestructuras para ello”. Sin embargo, la nueva administración del alcalde Guillermo León Montoya Mesa ha propuesto un proyecto de acuerdo para modificar este PBOT. En el nuevo documento se mantiene a La Romera como una zona de protección, pero se abre la puerta a proyectos como La Gran Colombia. El documento señala que “su potencialidad como área de reserva, como mirador del Municipio, la convierte en área susceptible a acciones de conservación, protección y regeneración que posibiliten su inserción en programas de educación ambiental, turismo y recreación pasiva, para lo cual se implementarán infraestructuras acordes en volumen, formas, estructura y funcionalidad con el entorno que no vayan en detrimento de las condiciones ambientales y paisajísticas de esos sitios”. Seguimos caminando y llegamos a un mirador. La madera está deteriorada y los vestigios de una fogata son evidentes por el hueco que dejaron las brasas. Desde allí pudimos ver el casco urbano, las casas campestres y los amplios pastos de fincas aledañas sembradas con árboles de aguacate. Paulo se quedó en silencio y después dijo entusiasmado que el sonido que se escuchaba entre los árboles era el de un tucán. Al tratar de ubicar al pájaro colina abajo del mirador chocamos con un escenario perturbador. Las huellas de los anteriores caminantes son evidencia; tirados y vacíos se hallan paquetes de frituras, botellas, latas de gaseosa y bolsas plásticas. En ese momento Paulo comentó que el ser humano cree que el planeta está a su merced, que puede modificarlo sin tener en cuenta que los demás organismos que habitan en él tienen el mismo derecho a existir. “Nosotros somos unos pobladores recientes que tenemos la capacidad de alterar mucho el planeta, de destruirlo, de extinguir cosas que nunca más van a volver a aparecer en la historia de la vida en la Tierra”. Retomamos el sendero. Ya estaba cerca la finca de La Romera, hacia donde nos dirigíamos. Aunque empezamos a sentir el cansancio, la oportunidad de ver los árboles, los pájaros y los nacimientos de agua fueron la recompensa. Aquellos que suben en carro o en moto, cuyo número sorprende, se la pierden. En un recorrido como éste, se puede contar con la fortuna de distinguir especies nativas de árboles como el ensenillo, el sietecueros, el roble, el arrayán, el olivo, el yarumo negro, el chagualo y el drago. Estos propician el hábitat adecuado para ardillas, guaguas, gurres, cusumbos, guacharacas, búhos, torcazas, soledades, carpinteros, tucanes, carriquíes, tángaras, turpiales, zorros, muzarallas, ratones de la selva, mapaches, perezosos e insectos que pueden ser una infinidad. Esto lleva a Paulo a expresar que La Romera es un remanente de los bosques que anteriormente cubrían el Valle de Aburrá y de los que hoy ya no queda casi nada. “En estos bosques andinos premontanos, ubicados en determinadas alturas, se encuentran el hábitat de plantas y animales únicos de lugares con estas características. Si no los protegemos, se podría perder la oportunidad de conocer especies, de investigarlas, de tomarles fotografías. Por eso es necesario comprender que a pesar de que hay bosques

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Crónica

La otra versión de un homicidio

Foto: María Paola Zuluaga

similares en la mayor parte de los Andes, estas plantas y animales que están aquí tienen una historia muy distinta a las de allá y las debemos conservar”. Llegamos a nuestro destino. Observar el imponente paisaje nos da la oportunidad de recuperar el aliento. A nuestro alrededor varias familias disfrutan del almuerzo y de la compañía de sus mascotas. Los niños corren por los mangas y algunos se deslizan por las pendientes. Atrás, el bosque de La Romera está cubierto por un poco de neblina. Nos sentamos en uno de los muros exteriores de la finca y hablamos de otro proyecto que el Grupo Monarca y la Alcaldía buscan adelantar: un metrocable hasta El Retiro, con estación en este lugar. Al igual que La Gran Colombia, el metrocable hace parte de proyectos como el Santuario a la Virgen María Auxiliadora, con capacidad para 10 mil personas; El Faro, torres de 280 metros, con un hotel de 200 habitaciones y un mirador de toda la ciudad; y el Tranvía Eléctrico. Estas obras, avaladas en el nuevo PBOT como proyectos turísticos estratégicos, buscan fomentar la vocación turística del municipio. Paulo retomó la reflexión: “Hay una cosa que nosotros no entendemos muy bien y es que los animales nos prestan servicios ambientales, como el de la polinización y el control de poblaciones de organismos introducidos. Si vamos acabando con estos bosques” expresó “ya no tendrían donde vivir porque dependen de unas características especiales que hay aquí y de la interacción con otros seres”. “Un ejemplo podría ser una rana que viva en una bromelia, que es una planta pegada de otra. Si esa rana está especializada en bromelias y el bosque se seca porque quitamos una barrera de bosque que evita que un viento fuerte llegue, entonces es posible que los árboles alrededor se sequen y las bromelias no tengan tanta agua, y la rana no pueda vivir ahí. Luego de un tiempo la población de ranas que había en ese bosque disminuye”. Esta suposición habla del impacto ambiental de quitar una barrera de bosque, pero la luz y el ruido que trae consigo la construcción de un parque y su funcionamiento tienen repercusiones sobre la vida de los organismos que habitan allí: “En aves y ranas, por ejemplo, el impacto por ruido y luz es directo”, afirma Paulo. “Si yo soy la tángara artus (ave) y mi canto natural está en la misma frecuencia baja de una grabadora o de una autopista, ese ruido interrumpiría físicamente mi mensaje o para lo que yo use ese sonido. Si el ruido es mucho, no voy a poder comunicarme bien, no voy a poder enviar el mensaje de que me quiero reproducir, no voy a poder advertir sobre la presencia de un depredador”. La polución por luz, explica Paulo, tiene un efecto directo en las aves. Por ejemplo, si ponen aquí una fuente de luz fuerte que penetre en el bosque, todo el ciclo circadiano (que indica como el cuerpo funciona dependiendo de la luz) y otros ritmos cambian. Se ha comprobado que algunas aves al ver insectos atraídos por la luz, salen a cazarlos; en ese sentido se ven beneficiadas. También es más fácil ser vistas por un mamífero nocturno que quiera comerlas. Por eso “es un reto para los animales vivir en zonas urbanizadas, muy cerca de los humanos”. Terminó la conversación y comenzamos el descenso. Por el camino, justo antes de salir de La Romera, el avistamiento de una familia de caciques candela nos llenó de satisfacción. Esta ave de pecho rojo intenso enmarcado en un plumaje negro es exclusiva de este bosque y es una de las dos aves en peligro de este lugar que podrían verse afectadas por la construcción del parque y la presencia humana. Además, La Romera también recibe variadas especies de aves migratorias que sin este lugar se verían forzadas a desplazarse largas distancias en busca de otro refugio, bajo la amenaza de morir en el intento. Antes de tomar el microbús que nos llevaría de nuevo a la ciudad, antes de abandonar este refugio natural, se dio una última reflexión: “Dañar la naturaleza tiene un problema hablando burdamente, es que no se sabe qué es lo que se pierde al dañarla, no se saben las consecuencias. Nos perdemos la posibilidad de conocer los beneficios que nos puede traer, no al corto plazo, pero sí al largo plazo. El problema es que al que no sabe eso, al que no entiende eso, no le interesa”.

Junio de 2009

Ocho jóvenes hinchas del Deportivo Independiente Medellín fueron condenados cada uno a diez años y diez meses de prisión por el homicidio de Julián Esteban Giraldo, seguidor del Atlético Nacional. Hoy detenidos en el Establecimiento Carcelario Bellavista esperan el resultado de su apelación. María Paola Zuluaga B. maria.paola310@gmail.com Un sonido fugaz, seco y penetrante retumbó en los oídos de Patricia, todavía entredormida. Era el timbre de su casa que sonó sorpresivamente a las seis de la mañana del 28 de abril de 2008. —¡¿Quién es?! —¡Somos Policía Judicial! ¡Venimos hacer un allanamiento! ¿Vive aquí David Esteban Ortega Mora? Después de registrar la casa, los agentes presentaron una orden de captura contra David, ante la mirada consternada de su madre Patricia y de su hermana, quienes no entendían nada. “Lo más duro de todo esto -diría él posteriormente- ha sido el sufrimiento de las mujeres de mi casa. Porque yo soporto lo que sea, pero ese día me mató ver a mi mamá llorando”. El último año la barra se había convertido en la pasión de tiempo completo de David, a pesar de que estudiaba y trabajaba: “Todo lo hacía pensando en el Medellín, se levantaba y se bañaba entonando las canciones de la barra -recuerda Patricia- y era feliz escribiendo en todas partes ‘Rexistencia Norte’ y ‘Paixa’”. Muchos lo conocían así entre los barristas y era popular por su liderazgo en diversos proyectos sociales y culturales. Para él, “el fin del barrismo es: en la cancha cien por ciento fiesta y afuera un proyecto sostenible con los integrantes”. El Paisa es un hombre de 1.90 de estatura. Su apodo lo tiene tatuado en el pecho y lo explica con un acento que no niega su origen, Medellín, donde nació hace 22 años. Antes de pisar Bellavista trabajaba como dependiente jurídico y cursaba el último año de Derecho en la Universidad Autónoma Latinoamericana. Su promedio sobresaliente contrastaba con un aspecto descomplicado y una cabellera larga. “Mami, llame a Tapias, él es profesor de la universidad. Cuéntele lo que pasó. Y esté tranquila que yo no hice nada”, fue su petición en el momento de la captura. Ese mismo día la Sijin se llevó esposados a otros diez jóvenes, todos ellos con apodos, como es común en los barristas: Andrés Felipe Gómez, Nana; Luis Eduardo Pérez, Vaca; Jeison Castaño, La Gula; Andrés Berrío, Caballo; Felipe Mejía, Cope; Sebastian Osorio, Flaco; Jhon William Tobón, El Chavo; Jonathan Bedoya, Güevamocha; Santiago López, El Mueco; y Cristian Bedoya, Gordo. Todos pertenecían a la Rexistencia Norte y estaban implicados en el mismo homicidio. Desde ese día fueron internados en la cárcel Bellavista mientras se resolvía el proceso judicial. ¿Qué sucedió? Tres meses antes del allanamiento, el 9 de febrero de 2008, un joven de 18 años murió quince minutos después de llegar a la Unidad Intermedia de Belén, con golpes y heridas de arma blanca. Era Esteban Giraldo, hincha del

Atlético Nacional e integrante de la barra Los del Sur. “¡Huy…, le di más chuzo que un hijueputa!”, dijo el menor Oscar Gil* cuando alcanzó a los otros y les contó que había herido a Esteban, según algunos testigos citados al juicio. “En ese momento todos decidieron irse para sus casas y al otro día supieron que el muchacho había muerto”, dice el abogado Jorge Tapias, quien fuera profesor de David y hoy es su defensor. Tapias da la versión de su representado y de los otros diez implicados: eran aproximadamente las 11:45 p.m., un viernes 8 de febrero; ellos iban caminando por Belén Las Mercedes, venían desde la plazoleta Villa de Aburrá con ánimo de seguir el festejo. Estaban repartidos en varios grupos porque eran unas 15 personas (V. gráfico). Fue cuando los primeros se encontraron con un “pelado” del Nacional, con quien tenían diferencias y comenzaron a intercambiar agravios. David, quien es diestro, estaba enyesado desde el hombro derecho hasta la mano, inmovilizado con un cabestrillo pegado al pecho, a causa de una fractura. Él iba en el primer grupo, según Tapias, con otros entre los cuales hubo uno que golpeó al “pelado”, quien comenzó a retroceder insultando a sus contrarios. Más atrás venía un segundo grupo, que el joven no había visto; y algunos de ese grupo lo agredieron. Uno de ellos, Jeison Castaño, apodado Gula, lo hirió con una navaja y le causó heridas superficiales en la espalda. En la audiencia éste aceptó los cargos, lo cual lo apartó del proceso en el que están juntos los otros diez. El joven agredido se levantó y huyó del lugar. De acuerdo con esta y otras versiones David, El Paisa, no se devolvió metros atrás, donde los del segundo grupo abordaron a Esteban y posteriormente continuó su camino con los otros muchachos. “Uno de los que estaba en el segundo

Secuencia de los hechos


Tensión, angustia y agotamiento fueron los sentimientos de los jóvenes procesados durante las audiencias.

grupo, un menor de edad, salió persiguiendo a Esteban. A las dos cuadras de donde lo habían golpeado el menor lo alcanzó y le dio unas puñaladas mortales donde ya los otros muchachos ni siquiera lo veían”, narró Tapias. La identidad de los ‘combos’ en el homicidio Varias versiones apuntan a que Esteban se refirió a “Los Sanguinarios” como sus agresores, lo cual determinó la atribución del delito. Además están los señalamientos hechos por el menor de 15 años, Óscar Gil, quien está implicado en el proceso y permanece en una correccional desde que se inició la investigación. Gil hacía parte de un ‘combo’ llamado Caminantes; El Paisa y algunos de los acusados pertenecen a Los Sanguinarios de Belén; otros, son de Chatarreros de Itagüí; derivados de La Rexistencia Norte. El joven fallecido, en cambio, era de los barristas Bandidos de Belén, la cual hace parte de Los del Sur. “Sanguinarius es una banda europea de música metal”, dice El Paisa. “De ahí tomamos el nombre del combo, porque en Belén hemos sido muy roqueros: metaleros, skates…, y el nombre gustó. Pero nunca tuvo nada que ver con ‘chupar sangre’ o conque éramos asesinos, a pesar de que ahora es el tinte que le quieren dar”. Según el sociólogo Carlos Patiño, experto en psicología social, entre los combos del mismo sector, pero hinchas de equipos contrarios, surgen disputas por el territorio que son narradas en los muros, donde algunos hacen grafitis y marcas referentes a su equipo y a la barra, y tachan las de los contrarios. Esa lucha por la apropiación del espacio termina siendo, algunas veces, el detonante de las riñas y diferencias entre combos. En esa dinámica quedó inmerso Esteban, quien comenzaba a perfilarse como un integrante de Bandidos de Belén y era un grafitero del sector. Según el abogado Tapias, las diferencias habrían comenzado en torno a esas marcas y pudo ser la circunstancia por la cual comenzó la pelea, más no la causante del homicidio que, según su versión, no corrió por cuenta de los diez muchachos procesados. El 18 de enero de 2008, la mamá de Esteban se percató de que habían rayado el frente de su casa con letras de Xanguinariox y la Fiscalía se basó en este incidente para asegurar que a raíz de ahí comenzó la intención de la ofensiva. Pero David asegura que Los Sanguinarios tiene alrededor de 50 integrantes y “no fue ninguno de nosotros el que le rayó la casa”. Del otro lado Olga Cecilia Quiroz, la madre de Esteban, quien conoció los sucesos por vecinos y personas que vieron la trifulca, se refiere “al hombre de la casa”. “Esa noche, como a las 11:30 p.m., mi hijo se fue a jugar play station donde un amigo suyo que vive por acá cerca. Según ese amigo, Esteban iba tambaleándose y luego se desplomó. Cuando fueron a recogerlo le preguntaron quién habían sido y él dijo: Los Sanguinarios”, narró Olga Cecilia. Según ella, al parecer todos lo golpearon pero el tumulto no permitió determinar quiénes lo hirieron con puñal. “Sólo vieron a Óscar Gil, el menor, que le dio las últimas puñaladas en el corazón”, dijo. Esteban Giraldo había entrado a la barra de El Nacional, aproximadamente dos años antes de su muerte y no ejercía ningún tipo de liderazgo. Colaboraba en los oficios de la barra, pero no era un seguidor fanático. Su relación con algunos procesados era buena, inclusive jugó fútbol con ellos alguna vez. De Esteban hoy sólo yace en la tribuna sur una bandera que dice: “Esteban presente”, la cual reafirma que la muerte de un barrista significa la eternidad en la tribuna y su amor por el equipo.

El juicio Después de once meses de proceso judicial, fueron más de dos semanas de juicio en las que la ansiedad, las neuronas y las oraciones no tuvieron descanso. El fallo del juez provocó en la sala la sensación de un sepelio. Los padres parecían tambalear al imaginar que sus hijos estarían lejos de ellos el resto de sus vidas. Algunas mujeres jóvenes, que acompañaron el pesado ritmo de las sesiones, salieron para rasgar el silencio de los pasillos con gritos de impotencia y desesperación. La Fiscalía pretendió demostrar que en la calle 32 B con la 84 perdió la vida Julián Esteban Giraldo; que el móvil del homicidio fueron los grafitis y la pertenencia a un equipo y que hubo una intención homicida por parte de los acusados, de los cuales se comprometió a individualizar su participación. Con éste fin citó a varios testigos, entre ellos a la forense Dianeth Bravo, quien en su descripción del cuerpo de la víctima señala, como causante de la muerte, una herida en el corazón que al perforar el miocardio bastó un minuto y medio para producir el fallecimiento. El cadáver presentaba además, una herida superficial en el labio, rastros de un golpe en la pierna, cuatro heridas no penetrantes en la espalda producidas por arma blanca, una herida muy leve que penetró el pulmón y lesiones de defensa en los brazos, con los que buscaba protegerse de la herida mortal. La perita aclaró que la muerte no estuvo asociada a la pérdida de sangre. Al tercer día de juicio, Olga Quiroz, madre de la víctima, fue llamada a atestiguar. Sin manifestaciones de rencor habló de lo que sabía e incluyó las palabras de un joven del barrio en las exequias de su hijo; cuando los periodistas se le acercaron, él les expresó: “Dígales que fue Óscar. Él trabaja en el barrio Antioquia vendiendo drogas”. Dos habitantes del sector Belén Las Mercedes también asistieron como testigos de la Fiscalía. Gloria Castañeda y su hijo, Yefferson Betancur, quienes a las 12:15 de la madrugada vieron la trifulca que se suscitó al frente de su vivienda. Ella aseguró ver que varios jóvenes golpeaban a otro, “como diez” dijo; pero en una entrevista, diez meses antes, habló sólo de seis personas agresoras a quienes no estaba en capacidad de reconocer. Ambos testigos coincidieron en que sólo un “morenito de baja estatura”, (características del menor Óscar Gil) persiguió a la víctima, mientras que los otros muchachos siguieron su camino en dirección contraria. “En cuestión de minutos el moreno bajó y ya los otros muchachos iban lejos, en la 84”, agregó Castañeda. Óscar Gil, el menor implicado en el caso, también rindió testimonio. Después de haber dado tres declaraciones en las que negaba su participación y entre las cuales mencionaba a El Paisa como agresor, aceptó en el juicio haber perseguido a Esteban después de la golpiza con la intención de “chuzarlo más”. Agregó que luego de seguirlo durante dos cuadras desistió de su idea y al regresar para encontrarse con los otros muchachos botó el cuchillo “porque estaba muy ensangrentado”.

Entre otros testigos presenciales que hacían parte del grupo de quince compañeros, estuvo el joven apodado Gula, quien aceptó cargos por homicidio preterintencional (delito de menor gravedad) y fue condenado a 17 años de prisión. En juicio confirmó ser el autor de las cuatro heridas de la espalda causadas a la víctima y él aseguró ser el único que lo había agredido con armas en el ataque inicial. Señaló a algunos de haber golpeado a la víctima y de David dijo: “No vi que hiciera nada”. Felipe Giraldo, Añoviejo, testigo que estuvo presente la noche de los sucesos, dijo que El Paisa se encontraba a varios metros de la golpiza. Lo recuerda que gritaba: “¡No le peguen más, ya lo aporrearon!”. Así el único testigo que señaló a David Ortega como agresor fue Óscar Gil. Entre los testigos de la defensa hubo una habitante de Belén Las Mercedes, quien vive en la calle donde se dio presuntamente un segundo ataque. Ella aseguró ver cuando “un joven bajito de piel oscura” alcanzó a otro de estatura más alta y lo atacó con un objeto mientras la víctima se defendía con los brazos. Finalmente, la Fiscalía argumentó su petición de fallo condenatorio diciendo que las patadas y los puños contribuyeron a propiciar el estado de indefensión de la víctima y expresó la duda sobre la participación de los jóvenes apodados Nana y Vaca, a quienes Óscar Gil no señaló como agresores en su testimonio. Condena El juez Jaime Taborda, después de declarar un fallo condenatorio por homicidio agravado a ocho de los diez acusados, excluidos a alias La Gula y alias Nana, los condenó a cada uno a diez años y diez meses de prisión. Argumentó que los muchachos habían actuado en estado de ira e intenso dolor por el tema de los grafitis, teoría que no se había planteado por ninguna de las partes, lo cual significaba una rebaja en la pena que según el fallo de no ser así podría haber oscilado entre los 40 y 60 años de prisión. Los defensores apelaron la sentencia, solicitan otra revisión y la Fiscalía pidió reevaluar el argumento. El sustento de apelación se realizó el 23 de abril y la sentencia se espera para el 29 de mayo. Al referirse al caso, Jesús Ramírez, secretario de Gobierno de Medellín, dijo: “La Administración, la Fiscalía y la Policía Judicial se esforzaron por investigar y sancionar a los autores, para enviar un mensaje claro de que no aceptamos que se viole el derecho a la vida de un hincha. Y el que lo haga va ser severamente sancionado”. Declaración que contrasta con la opinión de Patricia Mora y muchos familiares de los acusados, quienes dicen que detrás de este proceso hay intereses políticos encaminados a que el caso sirva de escarmiento y muestre resultados, sin importar el esclarecimiento en la actuación individual de los condenados.

Otro caso

En un proceso similar, los ocho hinchas del Nacional acusados de homicidio agravado por la muerte de un seguidor del Medellín y, quienes en Bellavista compartieron el mismo patio con los hinchas del DIM, fueron beneficiados con la medida de la casa por cárcel, después de que el juez aceptara el argumento de la defensa: no representaban un peligro para la sociedad. De ser así, ¿Por qué los hinchas del Independiente Medellín si serían aislados por más de diez años?

* El nombre se cambió para proteger la identidad del joven menor de edad. *Las imágenes se modificaron para protección

Leer el texto completo en: Foto: María Paola Zuluaga

Foto: María Paola Zuluaga

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David Ortega, estudiante de Derecho, espera el fallo después de presentar su apelación.

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Jaime Andrés Mesa Bedoya jimmy12384@hotmail.com Jorge Adrián Atehortúa Taborda Jorgeaat4@hotmail.com

Foto: Anamaría Bedoya

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letras urbanas

Libros y lectores:

Detrás de un gran libro siempre hay un gran lector. En Medellín, no escasean estos personajes cuyas bibliotecas crecen y se multiplican. Los hay excéntricos, cuidadosos, ambiciosos y reflexivos. De La Urbe conoció a algunos de los lectores más rigurosos y a sus particulares colecciones. Ellos dan una razón de ser a la existencia de los libros. Macondo en las manos de Gustavo Muchos años después, durante su primera Semana Santa en Bogotá, Gustavo Ramírez habría de recordar aquellos días remotos en que era un afiebrado lector. Allí nació su vasta biblioteca personal, iniciada con dos libros: la obra completa de José Asunción Silva y Cien Años de Soledad. En aquella biblioteca personal, que hoy contiene alrededor de once mil volúmenes de todo tipo de libros, Gabriel García Márquez ocupa un privilegiado lugar, ya que desde aquel día se ganó la admiración de este costeño radicado en la capital del país. Ramírez ha conseguido coleccionar toda la obra de Gabo en sus primeras ediciones con dedicatoria del autor, en cada una de ellas. Y no sólo eso. También entre sus tesoros están cincuenta libros de García Márquez en diferentes idiomas y ochenta ediciones distintas de Cien años de Soledad. Considera como la joya más especial la primera edición que tiene de esta obra con dedicatoria del autor y de Rafael Escalona, quien inspiró uno de los personajes del libro. No hay persona más pertinente para hablar de Gabo que este abogado de profesión y lector de vocación, quien es además, “pariente comprobado” del Nobel, como se lee en la dedicatoria de uno de los libros, y ha vivido experiencias semejantes o más alucinantes que las del escritor colombiano. Una de ellas es la forma como aprendió a leer. Recuerda que a sus cuatro años de edad, en su Valledupar natal, el desespero de su madre por hacerlo un niño juicioso la llevó a hacerle una propuesta nada despreciable: le pagaría por cada clase que tomara para aprender a leer. En menos de dos semanas, Gustavo había aprendido a leer, ahorró una buena suma de dinero y conservó una de sus cualidades más relevantes: la buena lectura. “Al final de cuentas, lo que a un lector le interesa no es leer, sino releer”, explica Ramírez, quien agrega con contundencia: “Por eso yo no tengo libros que no me interese releer”.

Guillermo y Socorro: hermandad bolivariana Socorro y Juan Guillermo Restrepo son hermanos. Aparte del vínculo familiar, comparten la gran casa en la que viven, un conocimiento del arte y la literatura único y sobre todo una pasión desbordante por Simón Bolívar. Prueba de esto es la vasta compilación bibliográfica y artística que han construido con el paso de los años, que ellos denominan Biblioteca Bolivariana. Esta colección se diferencia del resto de su biblioteca personal por el lugar en el que se encuentra: sólo está dedicada a la vida, obra y apreciación por El Libertador. Además, clasificada en tres partes: bibliografía, archivo y hemeroteca. Entre lo más destacado que hay en los estantes se encuentran cincuenta tomos de recortes de prensa que hablan sobre Bolívar; otros catorce con postales; un libro con cartas de El Libertador editado tres años antes de su muerte; otro, elaborado por Marco Tulio Vanegas, quien reciclaba boletines publicitarios en cuyo respaldo escribía sobre Bolívar; y una cantidad de libros variables en sus tamaños, formas, temas y tiempo, que aún siguen sin contar pero que a simple vista superan más de mil unidades. La historia de esta biblioteca comenzó cuando Guillermo estaba en sexto de bachillerato, por la década del treinta cuando en los colegios aún se daba Cátedra Bolivariana, la cual recibió del profesor Juan Manuel Saldarriaga, quien logró transmitirle su admiración por Simón Bolívar. Ese mismo año (no lo recuerda exactamente) compró su primer libro sobre el venezolano que comenzaba a conocer. No tomó mucho tiempo para que Socorro, quien ha sido siempre una enamorada de la Filosofía, comenzara a compartir el afecto que su hermano había adquirido por El Libertador. “Si hubiéramos vivido en la época de Bolívar, no tendríamos esta oportunidad de conocerlo así”, afirma Guillermo contemplando aquel rincón bolivariano. Ese lugar se ha convertido en un patrimonio que ambos han construido, pero que aún no saben a quién dejar. Aquí se conserva una importante etapa de su vida como lectores, de la que tienen vagos recuerdos sobre su origen, pero que Socorro define como “una sintonía que se crea con el autor”. Así es como se sienten ambos al leer la vida y obra de Simón Bolívar.

Foto: Jorge Adrián Atehortúa

Leer y releer: la tarea de Germán Para Germán Sierra, director del Departamento de Extensión en la Biblioteca de la Universidad de Antioquia, leer no es un pasatiempo, es una necesidad. Cuando se es director de la revista Leer y Releer dedicada a lectores de tiempo completo. Cada reseña literaria que aparece en esta publicación es una lectura más para agregar a la vida de lector de este bibliotecólogo, una etapa importante de sí mismo. “La lectura es un conocimiento que se disfruta”, dice Germán. Su biblioteca personal ha servido de materia prima para cada uno de sus textos que son seguidos por lectores y relectores que coleccionan la revista que dirige. En esta biblioteca, a la que ha dedicado 20 de sus 50 años, se conservan más de mil volúmenes de obras literarias de todos los países y géneros como poesía, novela, biografía novelada, ciencia ficción, romanticismo, novela policíaca, etc. No hay una sola respuesta para definir sus preferencias literarias. Entre los libros más representativos se encuentran los de Fedor Dostoievski, Stefan Zweig, Julio Cortázar, Juan Rulfo y Fernando Pessoa, entre muchos otros. Cada uno de estos libros representa una anécdota en la vida de Germán, es decir, más de mil anécdotas que recordar, y la cifra va en aumento. La primera que recuerda es la cartilla Coquito, con la cual aprendió a leer en la escuela. Con la ayuda de tantas lecturas, su experiencia ha formado un criterio que es referencia para muchos lectores de toda la ciudad. Aunque sólo se ha limitado a escribir sobre lo que lee, considera que “no se concibe un gran escritor sin ser un gran lector”. La lectura y la relectura, en palabras de Germán, son “un goce estético, no exento de dificultad; una actividad humana que conjuga ambas cosas y ayuda a conocer”. Es y ha sido su tarea: gozar, aprender y ayudar a conocer, a partir de la lectura. Una tarea que hoy es reconocida y admirada por colegas y seguidores, dentro y fuera de la Biblioteca de la Universidad de Antioquia. Foto: Jorge Adrián Atehortúa


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la pasión por conocer

Foto: Jorge Adrián Atehortúa

De la A a la Z A Germán Valencia le sobran las palabras, porque de ellas tiene muchas en su biblioteca personal. Este economista y politólogo de 37 años, además de ser investigador del Centro de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia, es un consagrado lector desde hace ya varias décadas. Su paso por las páginas de librerías y bibliotecas le dejó una afición personal: los diccionarios. Con la avidez de conocimiento que caracteriza a todo intelectual, Germán descubrió una herramienta que, además de ser de gran ayuda para su trabajo, es en sí misma apasionante: “Los diccionarios- dice él- no reemplazan los textos de los grandes autores, pero son una ayuda muy grande para atar conceptos”. Más de 400 diccionarios componen su colección personal, dividida en tres secciones básicas: manejo de la lengua, diccionarios teóricos y, por último, guardados con especial cariño en uno de los rincones de su biblioteca, los diccionarios de curiosidades, entre los que destacan el Diccionario de Nombres, el Diccionario de Apellidos y el Diccionario de Chistes, que si bien no utiliza constantemente en su trabajo, sí le sirven para compartir un buen momento con familiares y amigos. Desde sus días como estudiante de Economía, el conocimiento llamó a la puerta de este hombre que, con una vocación académica definida, lo recibió con los brazos abiertos. “Yo comencé leyendo los clásicos del pensamiento económico: Adam Smith, Marx y otros. Luego descubrí que el conocimiento tenía sus raíces en la filosofía y que había que saber de todo un poco. Así que comencé a leer a pensadores como Montesquieu y Bertrand Russell”, recuerda Germán Valencia mientras mira su biblioteca que, con tomos sobre tomos, amenaza ya con desbordar anaqueles y armarios. Hace 14 años aproximadamente, comenzó a coleccionar libros pero siempre con una idea clara: enriquecerse con el conocimiento de los grandes pensadores de la historia. Es por esto que todos los libros que compra los lee, no son sólo colecciones; son instrumentos de aprendizaje. “Existen dos tipos de personas que compran diccionarios: los que los utilizan y los que no, yo hago parte de los primeros”, dice él. Y es que un recuerdo ha estado siempre presente en su mente, las palabras de un profesor que alguna vez le dijo: “Así como para el cirujano el bisturí es su utensilio de trabajo, para un profesional de las ciencias sociales sólo hay un instrumento: los libros”.

Libros y números: después de un largo viaje. Terminado el fin de semana, Armando Bedoya llega cansado a su hogar, abre la puerta de su apartamento, saluda a su esposa y a sus dos gatos, y comienza a desempacar: libros, talleres de matemáticas y trozos de cartulina salen del equipaje de este profesor que cada semana recorre los diferentes municipios del territorio antioqueño transmitiendo de manera didáctica los saberes de los números. Armando, de 44 años de edad, es Licenciado en Matemáticas de la Universidad de Antioquia, donde además de trabajar en el programa de Regionalización, dicta un curso de Didáctica de las Matemáticas. Una amplia colección de textos escolares, acompañada por los teóricos de la didáctica de las ciencias exactas, así como por libros de física electromagnética, componen la biblioteca de este docente para quien los libros fueron una experiencia que le ayudó a perfeccionar el ejercicio de su profesión. El origen de su particular colección se encuentra en su relación con un viejo compañero, Jairo Ibardo, un amante de los libros a quien llama su maestro y de quien recuerda una frase en particular: “El conocimiento está en los textos”. Pero fue un autor en especial el que marcó su camino: Carlos Eduardo Vasco, quien creó un programa de Enseñanza de las Matemáticas para la Educación Básica y Media en Colombia, catalogado como el octavo mejor del mundo. Antes de encontrar la obra de este autor, Armando buscó desesperadamente una solución para su mayor problema: sus alumnos no le entendían. Él y algunos compañeros de la universidad se reunieron entonces para diseñar estrategias de enseñanza; algunas tuvieron efecto, otras no. Más tarde los libros de Vasco le confirmaron que la enseñanza de las matemáticas era posible; cambió definitivamente los tableros repletos de números por figuras de cartulina con las que Foto: Jorge Adrián Atehortúa enseña desde factorización hasta ecuaciones algebraicas. Con los libros aprende él; con los objetos didácticos enseña lo que sabe. “El problema es que los profesores olvidamos cómo se aprenden las matemáticas: desde lo tangible. Es desde allí como se llega a la conceptualización y luego a la abstracción”, asegura Armando. A partir de entonces, comenzó a comprar libros y talleres que le ayudaran a perfeccionar y a mejorar su labor docente, mientras emprendía una nueva aventura: el reto de leer literatura contemporánea, algo que nunca antes había hecho. Cuando sale de viaje y deja atrás el calor de su hogar, dos cosas lo acompañan siempre: la pasión por lo que hace y un buen libro pues, como dice al recordar las palabras de su “maestro”; “cuando lees, nunca estás solo”.

Foto: Jorge Adrián Atehortúa

Foto: Jorge Adrián Atehortúa

Literatura con ritmo y son cubano Siempre se ha dicho que las antiguas casas de Prado guardan secretos ocultos en su interior; pero otras, como la del profesor Fabio Betancourt, guardan libros y ritmos musicales. Este hombre, de 59 años de edad, se hizo famoso por sus grandes conocimientos sobre música; pero sus orígenes no son sólo melódicos sino también literarios. En su biblioteca, en la que la música y el arte poseen un papel preponderante, se destacan también los clásicos de la filosofía y la literatura que, llenan varios anaqueles. Su afición por las letras llegó en su juventud, mucho antes de que la música cubana lo catapultara como uno de los grandes conocedores de los ritmos latinoamericanos. De aquellos años recuerda sus primeros poemas, los cuales compartía con algunos compañeros de escuela, y los libros de filosofía con los que se bañaba de ideas nihilistas: Nietzsche, Fernando González, Heidegger y algunos otros que fueron los primeros que ocuparon un papel en su biblioteca, la cual descansa en las empinadas cumbres del barrio Prado. Entre los libros de este sociólogo e investigador jubilado, rezan títulos como Compositores Colombianos, Historia de la Música en Colombia, La música en Cuba, Los Impresionistas y, claro está, el libro que escribió sobre música cubana con el apoyo del Ministerio de Cultura: Sin clave y bongó no hay son. “Uno se hace especialista en un tema en la medida en que se apasiona y se encarreta por él (…). Es leyendo y leyendo como se aprende y se conoce sobre algo; ya después viene la escritura. Yo me hice experto cuando escribí ese libro”, asegura Fabio. Con temas bibliográficos que van desde la historia del cine, y pasando por las expresiones musicales del Caribe que se incrustan en la literatura y la poesía, este hombre se declara “musicógrafo” y poeta, un escritor y lector ávido de la tradición musical y del arte en todas sus expresiones. A su gran colección bibliográfica, la acompaña una compilación de elepés, casetes, CD-Rs, catálogos discográficos, instrumentos musicales y hasta rollos de pianola; además, del sueño de hacer de su casa un espacio abierto para la cultura en Medellín.

FACULTAD DE COMUNICACIONES n UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA


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Informe

Junio de 2009

El salario del periodista: cada vez más una ilusión

Entre la venta de publicidad y el pago de honorarios y compensaciones, además de los salarios que ofenden la dignidad humana y profesional, discurre el actual sistema de pago de buena parte de nuestros colegas. Gonzalo Medina lmedina@une.net.co

¿Y por qué tales postulados no se cumplen? Porque las leyes todopoderosas del mercado también penetraron el mundo de la información y la han convertido en un servicio que se rige por la oferta y la demanda, más allá de su carácter público. Dicho de otra manera, el espíritu y el interés privados se han impuesto sobre el interés público y condicionan su comportamiento. En el quehacer del periodista, tal orientación se expresa, por ejemplo, en el doble papel que juega en el escenario público: no sólo informa sino que también vende. Es decir, la imagen de credibilidad y de respeto, ganada por el informador en ejercicio de su profesión, se pone al servicio de la promoción de bienes y servicios que él mismo hace. Surge la inevitable pregunta: ¿Se trata de un vendedor con perfil de periodista o de un periodista con perfil de vendedor? Pero resulta que ese predominio de lo privado, también se proyecta en el ámbito laboral del periodista, como en una suerte de bumerán que se devuelve en contra del profesional de la información, el mismo que, a lo mejor, se ha prestado para promocionar bienes y servicios. Resulta que distintas empresas periodísticas desde hace ya varios años vienen promoviendo contratos desventajosos para el profesional: una mínima parte de dinero se le reconoce como salario, mientras otro porcentaje corresponde a honorarios mediante las utilidades derivadas de la venta de cupos publicitarios por parte del trabajador. Se trata de una estrategia empresarial que no es de ahora y que no solo se les aplica a los periodistas: locutores, controles, administradores, libretistas, entre otros, también han sido víctimas de tan nefastas políticas laborales. Con ello se pretende evadir o reducir las obligaciones prestacionales y demás derechos salariales que debe disfrutar el trabajador de las comunicaciones. En varios casos, la justicia ha fallado a favor de los afectados por considerar que se trata de una violación abierta de las disposiciones legales existentes. Entre numerosos casos conocidos, podemos destacar el del colega y egresado de Comunicación Social de la Universidad de Antioquia, Jorge Carvalho Betancur, quien fue reportero y director del Noticiero Todelar en Antioquia. Jorge tuvo que crear una sociedad con su esposa para poder firmar el contrato con esta empresa. El caso fue demandado y fallado en las dos instancias legales a favor del colega Carvalho. Al respecto vale la pena destacar los malabares lingüísticos a los que acuden algunas empresas informativas para evadir la responsabilidad de contratar con una persona natural y en su lugar hacerlo con una presunta persona jurídica. Para ello crean figuras como “Contrato de prestación de servicios de carácter independiente y artístico”; u otro que es definido como “Contrato de compraventa de material artístico”; además de un tercero en el cual el trabajador es calificado como “Sociedad contratista” y como tal estampa su firma en el documento. También figura como otro recurso propicio para eludir responsabilidades salariales y prestacionales, la creación de sociedades fantasmas por las propias empresas informativas. Es el caso de Asociación Radial Colombiana Limitada (ARCO), cuyo representante –actuando como “Sociedad contratante”-, firma un contrato con la “Sociedad contratista” para realizar labores publicitarias en la cadena Todelar (poseo copias de tales documentos). De otro lado, los periodistas no han escapado a una de las nuevas modalidades de evitar el reconocimiento de diversos derechos laborales, como son las denominadas cooperativas de trabajo asociado. Su nombre no siempre se compadece con el espíritu solidario que existe en una auténtica cooperativa, en la cual el asociado es el más importante porque, entre otras cosas, es codueño de la organización y participa de sus decisiones y orientaciones. Hace pocos días, uno de los periódicos locales, en la columna de uno de sus colaboradores, denunció la presencia de las cooperativas de trabajo asociado como el mecanismo mediante el cual se contrata a los periodistas de uno de los noticieros de la televisión regional. La empresa contratante de ése y de otros 17 espacios en el canal Teleantioquia –

Foto: http://www.flickr.com/photos/9289722@n07/3028876622/

Si partimos de concebir al periodismo como una actividad de servicio público, debemos concluir entonces que la función informativa como tal es el resultado del trabajo serio de profesionales capaces y éticos y de medios periodísticos empeñados en servir a la sociedad, dotados para ello de los recursos técnicos necesarios como también de la voluntad política del Estado para garantizar el libre ejercicio de esta actividad – trátese de medios impresos o electrónicos-. Los periodistas requieren además que las empresas les permitan ejercer su autonomía. O sea, desplegar toda su iniciativa a la hora de pensar o investigar temas y sobre todo, de poderlos difundir, siempre y cuando cumplan con criterios periodísticos como por ejemplo, el rigor, la pertinencia, el manejo responsable de las fuentes, el análisis de información, entre otros. Y como simple deducción esos mismos periodistas esperan que sus empresas les reconozcan, con justicia y dignidad, un pago acorde con la importancia de la tarea, con la función pública que cumplen, incluso con las ganancias que éstas reciben por la circulación de la información, no sólo como objeto social sino como mercancía.

identificados por ella misma– es Setelgroup, acrónimo de “Servicios Especializados de Televisión”: “[…] la primera empresa de trabajo asociado de Colombia especializada en servicios profesionales de televisión que ofrece productos, equipos y servicios de alta calidad a entidades particulares, públicas y privadas, brindando soluciones y alternativas creativas en videos, comerciales, programas, transmisiones pregrabadas y en directo, asesorías en diseño y montaje de medios audiovisuales […]. Para ello contamos con directores, realizadores, periodistas, presentadores, libretistas, creativos, productores, locutores, diseñadores gráficos, ingenieros, editores, camarógrafos, luminotécnicos, sonidistas, escenógrafos, asistentes técnicos y otros relacionados con el medio, lo que nos hace una empresa asociativa única, apta para realizar lo que sabemos hacer con calidad”. De ello se concluye que no es el reportero quien contrata con el medio como tal, sino que lo hacen las hoy llamadas cooperativas de trabajo asociado, las cuales le reconocen a aquél lo que en la parte estatutaria de Setelgroup se denomina “compensación”, no se habla de salario. A estas mismas cooperativas de trabajo asociado han estado vinculados los corteros de caña en el Valle de Cauca, quienes decidieron lanzarse a la huelga para protestar por las desventajosas condiciones laborales a que están sometidos. De tal situación contractual es fácil deducir en lo profesional un débil sentido de pertenencia del periodista hacia el medio al cual presta sus servicios. Al fin y al cabo está “alquilado” a esa empresa y no se siente parte de ella; más bien está de paso. Con base en el panorama que hemos tratado de describir, orientado a dibujar las tendencias laborales que vienen marcando el ejercicio del periodismo en nuestro medio, podemos señalar algunas primeras anotaciones a modo de conclusión: Más que asumirse como mediadoras entre el Estado y la sociedad civil, buena parte de las empresas informativas se están convirtiendo en un fin en sí mismo, sea que hablemos desde lo político o desde lo económico; sea porque se trate de medios fuertes en esos ámbitos o porque aspiren a lograrlo. Por ello, no se les hace difícil envilecer el oficio periodístico y, con él, la calidad de vida de quien lo ejerce. Ingenuo sería desconocer el vínculo existente entre estas tendencias empresariales en varios de los medios de comunicación locales y nacionales, y los procesos de trasnacionalización del mundo de la información, tanto en la concentración de la propiedad de tales empresas como en los manejos políticos de las mismas, empezando por las agendas públicas. Si nos situamos de cara a la realidad actual predominante en los medios y al contexto marcado por el conflicto armado, es evidente que se hace mucho más difícil pensar en la posibilidad de que la información, entendida en su dimensión política, pueda contribuir a la preparación de auténticos ciudadanos y a la formación de una verdadera sociedad civil. Porque sólo con la existencia de ciudadanos informados y conscientes de sus deberes y derechos es posible pensar en su participación activa en la necesaria solución política de nuestro conflicto. De ese tamaño es la responsabilidad que les cabe al común de las empresas informativas, hoy más dedicadas a enriquecerse, burlando impunemente la tarea pública que les da su razón de ser.

. Setelgroup. Presentación de la empresa. Documento oficial elaborado por sus directivos y facilitado al autor de este artículo.

. En el artículo 1, del Capítulo I, del Régimen de Compensación de Setelgroup, se consagra que: “Es compensación toda retribución económica en dinero que perciba el Asociado trabajador por su aporte de trabajo en la Precooperativa y con base en los resultados del mismo. Por su naturaleza, características y de conformidad con la ley, la compensación por el trabajo asociado no constituye salario y no se rige por la legislación laboral colombiana” (el destacado es nuestro).


Crónica

¡Pilas con el hueco!

Harrison Rentería Rentería rentegol@hotmail.com

Los ingenieros dicen que son topos, resistentes a las condiciones subterráneas, y especialistas en la excavación de túneles. Ellos soportan la oscuridad, el calor y la falta de oxígeno para sobrevivir en Medellín.

Su nombre es Cristian Perea, a quien sus amigos le dicen Cholo, un pilero respetado en su gremio. Los callos en sus manos dan cuenta de los 18 años que ha excavado la tierra para darle forma a las pilas: huecos que generalmente tienen metro y medio de ancho y más de 25 metros de profundidad. Cristian es un afrocolombiano delgado, fuerte, acucioso, alegre y enamorado de las profundidades en las que se ha sumergido. Vive en una ladera del barrio Bello Oriente. Sus vecinos y amigos son sus compañeros de trabajo quienes, al igual que él, algún día migraron del Chocó o de Urrao (Antioquia), para darle golpes a la tierra y “rebuscarse” la papita, el trago, la pinta y las mujeres. Con las pilas puestas Se acerca la mañana. Las luces nocturnas siguen vivas. Cholo se levanta, se baña, toma una aguadepanela y espera que Sunilda, su esposa, le empaque el almuerzo. Toma el bus que demora una hora en bajar al centro de la ciudad. Allí coge otro que lo lleva a la obra en construcción en la que como topo desesperado empieza a perforar la tierra. En esas profundidades se sumergen, al igual que Cholo, cientos de hombres que arriesgan sus vidas para brindar seguridad a los futuros inquilinos de las obras terminadas ya que en cualquier obra de construcción vertical las pilas son fundamentales. Éstas funcionan como “los pies del ser humano que tienen que proporcionar la fortaleza para sostener el cuerpo”, explica Víctor Alberto Vargas, docente de la Escuela de Construcción de la Universidad Nacional. Para esta ardua labor es común que llamen a los especialistas, a los encargados del “sistema NTL” que cualquier persona asociaría con una estrategia a la que recurren los profesionales en la construcción pero que utilizada por el gremio de los ingenieros, traduce: “Negro Tirando Lazo” o “Negro, Tarro, Lazo”. Al consultar a los ingenieros por el término se asombraban, luego soltaban carcajadas burlescas y en medio de titubeos decían su significado. Al preguntarle al Cholo, quien lleva casi dos décadas como pilero y es orgullosamente negro, dibuja en su cara una expresión de extrañeza, como si le preguntara en un lenguaje especializado, agacha su cabeza y me contesta que jamás lo había escuchado. Pero él, para los ingenieros, es un “NTL”. Según el DANE 200 mil metros cuadrados destinados a la construcción en Medellín obtuvieron sus licencias en el 2007, lo que hace que el trabajo de las pilas emplee a muchas personas “que generalmente son emigrantes del Chocó y de otros regiones del Pacífico”, comenta Víctor Alberto Vargas. Negros que sin saber qué es “NTL”, llegan por necesidad porque construir pilas resulta ser un trabajo duro, pero rentable. Cholo empieza a descender. Ya tiene puesto su arnés, su casco, su lazo, su balde y su pala; su valentía le permite afrontar el reto de todos los días: bajar la mayor cantidad de metros posible. Su compañero de trabajo es un negro fuerte y “camellador para que rinda el trabajo”, como dice él; se ubica en la superficie y es el encargado del molinete, herramienta que consta de una rueda y un par de palancas de funcionamiento manual. Ésta sirve como polea para subir la tierra que se excava en la profundidad y al compañero que está a decenas de metros abajo. ¡Pilas, cuidado! Trabajar en una pila, la cual tiene un poco más de un metro cuadrado de ancho y en donde el calor es extremo por la poca cantidad de oxígeno que puede ingresar, resulta ser más que un trabajo, una prueba de resistencia. Cholo afirma que él y sus compañeros tienen “mucho pulmón” para soportar cinco horas tierra adentro y además, confianza con su compañero de trabajo, ya que si el encargado del molinete se desgarra, sufre un decaimiento físico o se cansa en el momento de bajar o subir a su compañero, provocaría un accidente mortal. Además, los pileros deben de trabajar con cuidado para no romper ningún tubo conductor de gas con el que se pueden topar en el camino, en menos de cinco minutos podría acabar con su vida. Cholo recuerda que en unas pilas de un proyecto de edificios

para vivienda en Villa Hermosa, bajó cinco, 10, 15, 20 metros y un fogaje empezó a arropar su cuerpo: “Pensaba que era el calor normal que se siente adentro; entonces, me quité la camisa, pero el calor no se iba. Seguí trabajando: clavé la pala y un olor empezó a salir de ahí. Era el gas que casi acaba conmigo”. Cholo fue astuto, haló la polea y avisó inmediatamente a su compañero para que lo subiera. Ya en la superficie volvió el aire puro a sus pulmones y la tranquilidad a su cuerpo. El tema de seguridad industrial en ese tipo de obras es de sumo cuidado: las constructoras deben proporcionar la suficiente confianza en sus empleados. En el caso de las pilas, las empresas deben hacer el estudio riguroso sobre gases y estado del terreno que se va a explotar, y bombeo constante del agua de las pilas para evitar derrumbes y velar por la vida de los pileros. El artículo 50 de la Ley 400 de 1997 es claro en ello: “Profesionales y funcionarios que adelanten o permitan la realización de obras de construcción sin sujetarse a las prescripciones, normas y disposiciones previstas en la presente Ley y sus reglamentos, incurrirán en violación del Código de Ética Profesional y podrán ser sancionados por el Consejo Profesional Nacional de Ingeniería”. El trabajo en las pilas es temporal y el contrato requiere más precaución en el tema de seguridad. En muchos casos los seguros laborales son asumidos por los mismos trabajadores. Leidy Hinestroza, asesora en seguros y con experiencia en el tema, dice: “Deberían tener pólizas de vida grupo o vida individual, las cuales cubren accidentes personales, muerte accidental, entre otras, ya que las afiliaciones que utilizan estas personas son temporales y las coberturas son mínimas, solo cubren ARP y salud, es decir, quedaría faltando la pensión”. Las deficiencias en la seguridad industrial para los pileros han desembocado en accidentes nefastos. Uno de éstos inmortalizó el nombre de un chocoano, Óscar Becerra, uno de los primeros pileros que llegó a Medellín. Cholo no lo conoció, pero sabe su historia, que es narrada por varias generaciones de pileros. Se cuenta que Óscar estaba a cargo de unas pilas y una pareja estaba trabajando: ya habían avanzado muchos metros. En medio de la oscuridad y el desespero, el pilero pidió que lo subieran; el encargado del molinete entró en pánico. Para ese entonces, hace 20 años, no se utilizaba el arnés, por lo que resultó difícil sacarlo. Entre gritos y jalones de lazo, Óscar se metió a la pila, amarrado de la polea. En cuestión de minutos, el gas ya había sido absorbido por el excavador. También acabó con la vida de Óscar antes de que éste llegara al fondo del agujero. A partir del suceso, dice Cholo, se implementó el arnés y más seguridad en este trabajo. Pilas con la platica Extraer tierra bajo la superficie es un trabajo muy rentable para los “topos” y también para las constructoras, ya que las máquinas que pueden reemplazar el trabajo humano, las palas mecánicas o las excavadoras verticales, sería más costoso. Cada metro de profundidad generalmente es pagado a 50 mil pesos. Cholo y su compañero pueden hacer hasta cinco metros diarios, equivalentes a 250 mil pesos que multiplicados por 20 días de trabajo, serían 3 millones de pesos, aunque Cholo dice que se puede hacer más. Sin embargo, Cholo afirma que los contratistas les “chupan la sangre”, ya que no les pagan cada metro proporcionalmente con lo que los ingenieros destinan para la ejecución del trabajo. Después de haber terminado su tarea en la construcción, “uno no quiere hacer más nada”, expresa Cholo. Incluso prefiere rechazar otros trabajos y esperar, así sea un mes, hasta que haya nuevamente huecos por hacer. Aunque entre los ingenieros se mantenga el mito de que es un trabajo para negros, por su fuerza y resistencia al calor, Cholo aclara que si existiera un trabajo en la construcción donde le pagaran una suma similar, renunciaría a las pilas para trabajar en un ambiente donde se respire el aire puro. Hasta hoy Cholo, satisfecho con sus jornadas, sigue saliendo glorioso de los huecos con la ayuda del arnés, el molinete y la fuerza de su compañero y espera superar su récord de 35 metros bajo tierra.

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Foto: Escuela de Construcción UNAL

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REPORTAJE GRÁFICO

Junio de 2009

La Guajira, desierto y paraíso

La Guajira, desierto y paraíso José Fernando Serna Osorio jofeso1989@gmail.com

Los paisajes amarillos, los ancestros indígenas y la brisa del mar adornan la región norte de Colombia. La Guajira extasía a los visitantes y a los empresarios: los primeros disfrutan del sol, la arena, el mar y la inmensidad de un paisaje que parece no tener fronteras; los segundos aprovechan los recursos naturales para generar riqueza: explotan las minas de sal y los vientos, entre otros. De Manaure se extrae el 60 por ciento de la sal criolla del país y Empresas Públicas de Medellín ha instalado un Parque Eólico para generar energía limpia a partir de los vientos.

Sin embargo, la población rural no tiene acceso al agua potable: las familias la toman de los jagüeyes, pozos abiertos en el desierto. La energía eléctrica solo es accesible en las cabeceras municipales; por eso los campesinos deben caminar varias horas para encontrar leña y llevarla a sus hogares. Las vías de comunicación son escasas e intransitables en invierno y en verano; en ambas temporadas los caminos desaparecen por efecto del agua o de la arena.

Para preparar los platos diarios a base de frijol, yuca, ahuyama, pepino, melón, sandía y carne de chivo, las mujeres deben transportar la leña. En las minas de sal de Manaure, los paleros trabajan en la extracción y transporte del mineral. Los habitantes del desierto de La Guajira han aprendido a proteger sus pieles y sus ojos del clima: viven en la zona más seca de Colombia donde la temperatura puede llegar a 45 grados centígrados.

Los vientos de La Guajira son utilizados para la producción de energía. El Parque Eólico Jepírachi puede ser monitoreado vía satélite desde Medellín y desde la sede del fabricante en Alemania.

Los seres coloridos sobresalen en el paisaje amarillento y desértico.

La edad y la ascendencia familiar son elementos fundamentales para la elección de las autoridades indígenas. Los rasgos particulares de las mujeres Wayúu, sus vestidos y sus tradiciones convergen para resaltar la belleza de La Guajira.

Para ir de una ranchería a otra las familias deben recorrer distancias que oscilan entre dos y seis horas.


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