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se encontraba la máquina de escribir, era de un color azul rey. Su silla de madera, estaba pintada de color naranja y sus persianas eran verdes. Su estantería, donde coleccionaba sus más apreciados libros literarios, era de un tono amarillo y todos los libros apilados ahí, variaban entre colores. La habitación en su mayoría, estaba atestada de cajas de cartón, también a colores diversos. ¿Qué hay en las cajas? Relatos, cuentos, poemas, novelas inconclusas; revistas, recortes. Todo lo que he hecho y nunca he terminado; o simplemente, no me gusta, pero tampoco me atrevo a desperdiciarlas. ¿Cuál es el motivo que le impide hacerlo? En cada letra, en cada palabra me encuentro yo, su autor, aunque no debería de ser así. Pero… sería como amputarme un pie o la lengua. Es como una madre que se aferra a su hijo impidiéndole crecer y salir del nido. Veo que hay un papel arrugado al piso. Sí. Es verdad. Intentaba escribir un poema, pero no tengo nada en mente. ¡Finito! Sólo parezco un trivial Boecio sin talento alguno. ¿Y qué ha escrito? Te leeré… Marcel levantó el papel que había lanzado furioso al piso, lo desdobló y encendió la bombilla de mesa; clavó su mira en la única línea escrita, hasta el momento, pero ésta ya se encontraba exánime al papel. El título, el cual pienso que llevaría, será: Onírico Hircismo y tan sólo he mecanografiado: No existe una pluralidad entre tú y yo. Punto. ¿Nada más?

Nada más, Carlos. Se ha marchado todo de mí. ¡Von voyage! Todo se ha vuelto como los franceses dicen, una ¡Merde! ¿Qué hora marca el reloj, señor? Pasan de las ocho. Ya es demasiado tarde. Nunca me he ido a la cama pasando las siete treinta. Pienso que la somnolencia comienza a apoderarse de mí. Espera, no te duermas aún, Carlos, quiero leerte algo; quiero que me des tu opinión, creo que no tendría mejor crítica que la tuya. Escucharé atento, señor. Pero… no sería una molestia dejar sobre de su escritorio la caja, se me han engarrotado los dedos, ¡Mire! Claro que no, Carlos. Déjame llevarla. ¡No! Le he dicho que sólo yo tengo la autorización de cargar con esta caja. Está bien. Perdona, no era mi intención hacerte exasperar. Carlos caminó hacia el escritorio. Asentó delicadamente la caja de madera, a un lado del cenicero atestado de colillas y cenizas. Sus palmas, finamente deliñadas, se encontraban marcadas con los bordes puntiagudos de la caja. Marcel le miró con el rabillo del ojo y la duda de qué era lo que tanto Carlos ocultaba en aquella caja, se hizo presente. Sé lo que piensa, señor. ¿Y qué, según tú? Piensa que eso de escribir poesía, quizás, en un futuro estaría bien, porque aún es bastante joven como para plasmar sus sentimientos más lacerados en ese simple papel; y mecanografiarlo en esa vieja máquina de escribir, sería una rotunda pérdida de tiempo. Una “nueva” narrativa, no le caería nada mal. Algo nuevo y delicioso. Algo que nunca delatripa: narrativa y algo más

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Revista delatripa no 10  

Ya puedes leer el número 10 de la revista delatripa.

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