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La princesa y el ladrón

—¿Se ha dormido? —pregunté haciendo una mueca con la cara y observando constantemente sin afán de parecer molesto a Der—. ¿Se ha dormido o ha caído inconsciente?

Der tenía la vista clavada en el suelo. No se había inmutado, como si no me estuviera oyendo. Aumentaba mi nerviosismo por momentos imaginándome lo peor para la muchacha. Era una pena que muriera tan joven y por culpa de esos canallas. A saber quién era...

—Espera —saltó Der de repente, usando mis piernas como soporte para la muchacha y acercó su oído al pecho de la mujer—.

—¿Qué estás haciendo? Apártate de ahí —grité tratando de defenderla. No sabía lo que le iba hacer pero no me gustaba—. ¡Te he dicho que te apartes!

—Tranquilo, fiera. Estoy acercando la oreja para escuchar latidos del corazón. A ver si me entiendes chaval, si el corazón late, la persona vive. ¿Entendido? —comentó con un tono burlón. Vaya educación, hasta para un ladrón al que le acabas de salvar la vida pensé mientras retiraba mis sucias manos del aparentemente inerte cuerpo de la chica—. Pasa lo mismo con los pulmones, si respira es que vive. ¿Lo entiendes ahora? Sí vive, está dormida. ¿Qué hacemos?

Había caído la noche y suaves brisas frías chocaban constantemente contra nosotros. El frío me había calado hasta los huesos y era irresistible. Me llegaba con lo mío para pensar en como les iría a ellos con esas ropas descuadradas y deshilachadas. Si yo tenía frío, ellos más, mucho más.

—Venid, venid a mi cabaña. No creo que mate el frío pero podemos


pasar allí lo que queda de noche —hablé con un tono amable y en plural aunque dirigiéndome a Der—. Yo la llevo, descansa.

Mi madre siempre me decía que me tratase educadamente a la gente y que me portara bien con todo el mundo. Yo lo que quería era que creyese que había confianza, y daba a entenderla portándome bien. Quería su amistad para beneficiarme en un futuro, como hacer un esfuerzo hoy para ver la recompensa mañana.

Estaba en la cabaña, la chica dormía a mis pies y Der acostado fuera con una manta que tenía guardada en la casucha de madera. Había otra para mí. Por lo menos pasaría la noche sin frío. Fuera la hierba estaba mojada y espesa, había mucha humedad. Por el contrario, ese día estuvo el sol brillante y resplandeciente que calentó la superficie terrestre.

—Algo habrá que dormir. En pocas horas amanece... —susurré a Der esperando una respuesta. No la hubo.

Decidí poner la manta debajo de mi cuerpo para no manchar más la ropa, con el trozo de lana que sobraba me lo eché por encima para tapar mitad del cuerpo. Así pasó el tiempo y cuando había conciliado el sueño empecé a escuchar voces, al principio prácticamente inaudibles pero se acercaban rápidamente. Oía sonidos de las herraduras de los caballos chocar contra el suelo. Las espuelas golpear bruscamente la piel de los caballos. Voces que dicen:

—¡Hay que encontrar a la princesa! ¡Buscad por todo el bosque, la tenemos que encontrar! —cada vez más cerca—. Vosotros cuatro, buscad por allí.

—¡Por aquí no está capitán! —no tardé en reconocer una voz distinta, un poco menos dura y sin ánimo de superar a la del capitán. Debía de ser un guerrero o escolta, alguien inferior en el estatus militar—. ¡Busquemos por allí!

—Aquí no hay ninguna princesa, yo no he visto ninguna princesa en toda la noche —se acercan los sonidos de las pisadas de los caballos—. Además,


una princesa de donde, de Asghar imposible. Mi rey no tiene hijas —deduje susurrando. En un mínimo esfuerzo de mi mente recordé que cerda de mi ciudad existía un pueblecillo autónomo. Era mucho más pequeño en comparación, una simple aldea. Pero rumores contaban que tenían sus propias leyes y su reinado. Eran absolutamente inferiores a mi ciudad pero constaban de un pacto de no agresión—. Quizás ella sea... ¡La princesa!

Sonido ahogado, las grandes siluetas de los soldados se estaban organizando para dividir las zonas de búsqueda. Cinco eran los que se dirigían a nuestra posición, sería interesante ver sus caras al encontrar a Der y a la "princesa" semidesnudos y a mi recostado dentro de una manta. Por el vocerío deduje que venía también el general, no fallé en mi suposición.

—¿Veis algo? —comentó el general para asegurar la zona—. ¿Eso qué es? ¡Vosotros dos, ir allí a comprobadlo! —dijo abriendo la boca y señalando a un lugar lejano. Giró la cabeza y me vio, por mala suerte mi manta no me tapaba la cabeza. Abrió la boca y pensé en que diría una frase interesante, victoriosa y magistral pero simplemente se acercó un poco más. Levantando los brazos y bajando del caballo reaccionó ante mi presencia—. ¡Mirad que tenemos aquí, un pequeño huérfano de Asghar! ¡Vaya un panorama!

Rió, y con el sus súbditos. Había soltado una broma penosa, los soldados rieron para seguir su tema y no ser castigados por no hacerlo. Me hice el muerto pero sabía que ya me habían visto. Iba a acabar mal, y lo sabía.

—Mira que tenemos aquí, otro huérfano —soltó otra persona.

—¡Y aquí hay una cabaña! —dijo la pareja a la que había mandado registrar la zona. Seguramente, probablemente era mi cabaña. Estaban eufóricos, se notaba en su tono de voz.

—Der —dije, traté de levantarme lo más rápido posible para sorprender al general. Saqué —a mi pesar— la espada mala y me encaré con él.

—¿Qué haces? — se dirigió a mi sin ni siquiera desenfundar espada o amagar una defensa—. ¿Quién te crees?


Miró hacia mi derecha impresionado, giré la vista y vi a un soldado cabalgar contra mi con una maza. No se propondría a darme, era imposible. Una maza de tal envergadura me mataría. Enfrascado en mis pensamientos y aunque observaba el golpe inminente intenté zafarme. No lo conseguí.

—¿Qué has hecho? — pronuncia el capitán enfadado. Se me nubla la vista y pierdo características de los sentidos. Caigo, el suelo está fangoso y con muchas raíces sueltas y plantas podridas y deshechas. Oigo los últimos rugidos del capitán hacia el soldado y luego una serie de burlas del segundo con sus compañeros. Veo la luna nublada, un punto blanco en el cielo. Las estrellas se funden con el espacio y caigo al suelo

*** —Nagar, trae la bola de oscuridad. Hay que terminar la primera fase cuánto antes, no podemos retrasarnos más —ordenó el viejo del sombrero negro. De pie en frente a la Puerta del Sello, sin mirar a su sirviente.

—Toma —respondió Nagar, el sirviente. Mientras sacaba la bola de la bolsa que llevaba sujeta con una cuerda en el hombro. Tratando de no tropezar con ningún obstáculo, pequeñas tortugas salidas de las orillas del río se cruzaban en su camino. Ajenas al mundo exterior, parecían inteligentes luchando por llegar primero a la otra orilla del río.

Apenas había luz en la cueva, dos antorchas colgadas en las columnas que flanqueaban la puerta y otra en la mano de Nagar. Con un suave fuego que retorcía el rollo de papel. Hacía frío, llegaban rápidas brisas de todas direcciones, sumado a la baja temperatura ambiental formaba estalactitas en el techo de la caverna. El agua estaba templada, era un efecto lógico, estaba cerrada con paredes. Todas estaban hechas de ladrillos, menos la frontal.

—Ladrillos mágicos, interesante. Esta maldita puerta no se abrirá a golpes. Hay que usar las bolas. Las cinco bolas del apocalípsis. Las cuatro bolas de los elementos y la bola de oscuridad. Mi bola de oscuridad.


—Señor —dijo el apresurado Nagar—. No acabo de entender para que quiere usar las bolas. ¿Con qué fin vamos a abrir esa puerta?

—Nagar, este tema es muy serio. Detrás de esta puerta se encuentra la tumba del Invocador Rojo —respondió arrebatando la bolsa de tela a su compañero. El hombre viejo llevaba encima por lo menos dos mantos que daban de por sí una temperatura ilícita para el lugar—. Obsérvala, ¿que ves?

—Veo, veo oscuridad —apuntó el aprendiz desconcertado. El ropaje de este era bastante menos caluroso, una camisa de manga larga y una pequeña chaqueta. Dio unas suaves palmadas en su hombro para volver a alisar la ropa y aliviar el dolor. Se dirigió a su maestro—. Un foco de oscuridad en el centro de la esfera. Diría yo que si no fuera por la antorcha, la confundiría con el lugar.

—Ciertamente, eso es lo que se ve al echarle una simple ojeada. Pero esta bola contiene un poder inmenso. Con las cinco se puede abrir la puerta y entrar en la recámara. Con el cetro se puede pasar esta y... Después está el Invocador Rojo. Eso era lo que ponía en los mapas, seguramente sea así.

Sujetando la esfera de oscuridad con las dos manos con mucho cuidado, se acercó el hombre a la puerta. Ésta tenía cinco huecos, formaban una perfecta línea horizontal. Por orden aparecían los colores: Negro, Rojo, Verde, Azul y Blanco. Metió suavemente la bola en el negro y encajó perfectamente. La pared, por arte de magia hizo aparecer un haz de luz que deslumbró en la sala. Y cuándo paró de brillar, Nagar y el viejo pudieron observar que ya no había ningún artilugio para meter la esfera ni estaba esta.

—¡Ya estamos! Creo que la bola Blanca se encuentra cerca de Asghar, la guarda el que llaman: El curandero, o eso tengo escuchado. ¡Vámonos que nos esperan allá fuera!


Capítulo 3-1; La princesa y el ladrón