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diariodepontevedra|Domingo, 8 de agosto de 2010

“A medida que envejezco, me voy librando más de los adjetivos”, decía el gran modernista, poeta y también periodista brasileño Drumond de Andrade, haciendo, sin saber, un magnífico resumen de la concepción artística de nuestros días. Después de un siglo XX azotado por dos guerras mundiales, la humanidad se ha adentrado más en la noche de los conceptos, en la oscuridad que no necesita de palabras descriptivas como tétrica, escalofriante o tenebrosa, porque simplemente es oscuridad.

Autorretrato. El artista que muestra su imagen, para nosotros es el protagonista de un renacimiento de su identidad. Él traslada al espectador sus dudas, sus deseos, búsquedas y voluntades al respecto de esta autoidentidad. Miquel Barceló exhibió recientemente el cuadro de un gorila, titulado ‘Autorretrato’. La identificación con el mundo en el que vivió y le afectó durante sus viajes por África y en definitiva la equivalencia entre el hombre y el animal, renunciando a los adjetivos, como decía Drumond de Andrade, se hacen patentes en la obra. Por otra parte puede ser una falacia, puesto que la renuncia no implica, por ser imposible, el cambio de rostro. Por mucho que lo desee, Barceló no podría vivir dentro de un primate. Goya revela en sus autorretratos todas las posibilidades de la psicología individual, logrando acentuar con matices una nueva definición del tipo humano. El rostro cambia para expresar la evolución con el paso del tiempo, tanto de la personalidad como de su cuerpo. Es difícil precisar en qué medida un gorila ‘autorretrato’ puede ser una expresión acertada de la personalidad. Romeo Niram opta por un autorretrato ‘clásico’ y antes de construirlo realizó estudios sobre su vida, elaborando perfiles psicológicos de su propia personalidad. “El autorretrato es, tal vez el cuadro más difícil de pintar, paradójicamente, pues deberíamos ser capaces de saber con exactitud quiénes somos, pero no lo sabemos. Hace falta ser sincero y estar preparado para mostrarse tal como se es ante el público”. En el cuadro, el artista está desnudo ante un futuro que contempla y construye. Los colores cálidos, humanos, emanan vida y esperanza, recuperando el canon, cobrando formas de un modo distinto al estilo de Barceló. Se puede entrever, a través de un espejo difuso, un elogio a la belleza, el optimismo cargado de adjetivos y es, ciertamente, un acto estético, en un mundo artístico desprovisto de las normas estéticas; es una liberación de la carga del siglo XX, una recuperación pacífica del alma humana, dejando atrás lo simbólico, lo abstracto carente de vida y de luz.

Recuperando el rostro del arte Occidente ha visto morir a Dios de la mano de Nietzche, ha vivido durante las dos vanguardias del siglo pasado la ‘destrucción de las formas’ (María Zambrano), la irrupción de lo abstracto y el retorno al primitivismo, reformulado hasta que dejó de causar reacción. El arte se ha reinventado tantas veces durante los últimos 100 años que es imposible hoy definirlo, atribuirle adjetivos. Uno de los aspectos que ha definido al hombre en su cualidad de ser pensante, ha sido la conciencia del yo. El retrato gráfico, reinterpretado por los pintores durante la evolución de las artes, es una de las principales formas de investigación de la identidad humana. Un retrato es como un mapa, un

[repOrtaje] Poco a poco el arte se va librando de la pesada carga del siglo XX. En medio de tantos ‘retornos’ y crisis, se produce un adelanto [escribe Fabianni Belemuski] esquema de la personalidad. Miquel Barceló retrató a John Berger mostrando una figura atormentada, casi monstruosa. Podemos vislumbrar su personalidad sin conocerlo. Una obra de arte no tiene que ser necesariamente bella. Para serlo basta con transmitir de un modo sutil, intuitivo, aspectos del espíritu, de las preocupaciones del personaje. Barceló, el artista español más internacional, afirma por su parte el placer de pintar. El placer de ju-

gar con pocos colores, expresando una actitud libre ante la realidad, el poder de la pintura, capaz de generar superficies perturbadoras. En el pasado, el retrato se centraba en una deontología específica, que determinaba y evocaba unos tipos bien definidos de representar la identidad, en el retrato. En la actualidad las maneras son infinitamente más libres, desde Mueck y su hiperrealismo tardío hasta las madonas sin cara de Onik Sahakian, el discípulo de

Dalí que no quiso ponerle rostro a la virgen, para diluir todavía más la identidad de la santa. Los retratos en la obra de pintor israelita Romeo Niram, tienen la fuerza de la pintura de Barceló pero la transmite de una forma totalmente distinta. Su cuidadoso pincel sabe sorprender a un Saramago atrapado entre sueños, entre las paredes de las que intentó salir a través de la literatura. En el cuadro hay un tablero de ajedrez que completa una versión de Saramago que todos conocemos: su faceta política. El juego de ajedrez representa la lucha muy vigente por distribuirse el mundo y fue una constante preocupación del Nobel a lo largo de su vida.

‘Essay on José Saramago’, de la serie ‘Essay on lucidity’ y ‘Autorretrato’, son obras del pintor Romeo Niram. Decidido a romper con el abstraccionismo lánguido, “Niram es sobre todo un retratista y el retrato es la medida suprema del talento artístico”, opina el crítico Dan Caragea. Sobre estas líneas el gorila ‘Autorretrato’ y ‘Retrato de John Berger’, obras de Barceló. La complejidad del polémico artista español queda patente en todos sus trabajos.

Romeo Niram, recuperando el rostro del arte por Fabianni Belemuski  

Diario de Pontevedra