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CUENCA Y MIS CINCO SENTIDOS

Los sentidos son las ventanas por las que el ser humano percibe el mundo que le rodea: la vista, el olfato, el gusto, el tacto y el oído. Cada uno de ellos con un trabajo que realizar (la mayoría de los casos un trabajo en equipo) para que nuestro cerebro, que es quien realmente percibe, nos informe, nos advierta o avise, nos comunique o notifique o anuncie qué es lo que está pasando. Dicen que hay un sexto sentido que está alojado en un lugar de nuestra corteza cerebral, entre los dos hemisferios, que sería el encargado de avisarnos de que algo no va bien, alguna cosa no anda bien o cuando alguna de nuestras acciones puede comprometer nuestra integridad. Se trata de un circuito que da informaciones para ajustar el rumbo de nuestro comportamiento y hacer que nos pongamos a resguardo de los peligros. Pero mi artículo no es una lección de anatomía. Pretendo reflexionar acerca cómo mis sentidos han creado mi percepción o comprensión de Cuenca. Empezaré con la VISTA, la que nos informa del tamaño, la forma, el color, la posición, la distancia y la velocidad a la que se desplazan los objetos, y no porque sea el sentido más valorado por las personas, sino porque el primer contacto que tuve con Cuenca fue el visual. Efectivamente, una lejana tarde de 1979 al tomar la curva que está frente al cortijo de Mama Julia, y dejando el Romeral a la derecha allá en lo alto de la loma, vi por primera vez el pueblo al que venía destinado y que a la postre cambiaría mi vida. Y desde entonces cada vez que tomo esa curva (o bajo el barrio Cuenca de la Granja, una visión parecida) me siento en casa, en territorio conocido, a cobijo, a resguardo, fin del viaje. Con el tiempo mi vista me ha enseñado a disfrutar de otras visiones relacionadas con Cuenca como, por ejemplo, la curva mansedumbre de la calle Nueva, la tranquila vista que ofrece el Zújar y la Granja desde el barrio Parché por las mañanas a la que soy tan aficionado o mirar desde la parte trasera del edificio de la mina el cerro de las Angorrillas, la Finca y el valle que modela el Jinglar. Con el OÍDO, que es el sentido que nos permite percibir los sonidos, mi relación con Cuenca empieza con las voces de los niños en el autobús en el que viajábamos desde Fuente Obejuna, ellos de regreso después de las clases yo en mi viaje iniciático, voces parecidas a las de “esos locos bajitos”, como los llama Serrat, acudiendo a la Capilla, a su primer día de clase con un maestro nuevo. Otros sonidos que yo asocio cuenqueños son el gruñido de pánico y lastimero y de muerte del cerdo en el momento de entregar la vida para alimentar la vida de otros, sonido que yo no oía desde mi niñez y que creía olvidado pero que recuperé de golpe, probablemente una mañana de Noviembre o Diciembre. El sonido incesante de los cohetes en la noche del Sábado de Gloria y de los disparos matadores del Judas, también son sonidos que registra mi memoria cuenqueña. Y, como no, el sonido del silencio en la noche roto al amanecer por un “buenos días” o un “vaya diita que hace hoy” o el piar de las golondrinas en la primavera.


El TACTO, que es el sentido cuyo órgano es más grande ya que se encuentra en toda la piel y nos permite percibir la temperatura, la presión, la aspereza, la suavidad, la dureza, etc., fue el encargado de informarme, apenas avanzado Octubre, después de mi llegada a Cuenca, del frío al que tendría que acostumbrarme, toda vez que yo venía de un sitio donde no hacía tanto. No se me olvida, de aquellos dos años de residencia continuada, que, en cuanto empezaba a hacer frío, los pies no se me calentaban nunca y sólo cuando iba a Fuente Palmera de fin de semana o de vacaciones, estos cambiaban de temperatura y se aliviaban y me aliviaban. En cuanto a las demás sensaciones tactiles recibidas en Cuenca, muy importantes, imprescindibles, insustituibles pertenecen al ámbito particular e íntimo y como tales me las guardo para yo, mí, me, conmigo. El GUSTO es un sentido que nos proporciona una gran cantidad de información y de placer, somos capaces de percibir un amplio repertorio de sabores, aunque estrictamente el sentido del gusto sólo percibe lo dulce, lo salado, lo ácido y lo amargo, los demás son una combinación de sensaciones, especialmente olfativas. Pero yo no me paré a pensar en estas cosas cuando probé por primera vez el lechón frito con el “machacaíllo”. Era un sabor nuevo para mí que hacía bailar a mis papilas gustativas y a mi estómago sentirse agradecido. Algo parecido me ocurrió con los dulces hechos en la panadería, y eso que yo no soy lo que se dice un goloso, galgo, golimbro o lambrucio, sino todo lo contrario, pero me gustan esos sabores tradicionales que, seguramente, mis genes llevan grabados como herencia de mis antepasados. Y que me dicen ustedes de esa chuletita de borrego o de chivo hechas a las brasas de nuestra madera y regadas generosamente con un buen vino, eso es ambrosía o comida de dioses que le hacen a uno decir aquello de “el gusto es mío”. Y por último el OLFATO, ese sentido que nos permite percibir los olores y que es el que tiene un mayor poder evocador ya que los olores alimentan nuestra memoria y son capaces de transportarnos a cualquier lugar, edad, y situación vivida o, incluso, imaginada. Hay varios olores que yo identifico con Cuenca. Uno se produce en invierno cuando, al bajar del coche que nos trae de fin de semana o vacaciones, se percibe el aire impregnado del olor de la madera quemándose en las chimeneas o estufas. Otro se produce en verano cuando, a la hora de la cena, viaja a través de los corrales y calles el aroma de las sardinas asadas que te provoca un deseo irrefrenable de comerlas acompañadas de una cerveza fría. Otro olor de gran poder evocador es el del pasto mojado en verano que te permite vislumbrar, más como deseo que como certeza, un cambio del tiempo. Y qué decir del olor a pólvora en Semana Santa, del olor de la vida cuando la primavera rompe, del olor de los cochinos, sí, también de ese olor desagradable pero natural, en nada artificial, como la mayoría de los olores que, para nuestra desgracia, nos rodean en este mundo de hoy. En cuanto al sexto sentido supongo que lo tendré, como todo el mundo, unos más desarrollado que otros. Lo que está claro es que ese sexto sentido que avisa de que algo no va bien abandonó a nuestro amigo Corchete y no le hizo ver su prematura muerte. Descanse en paz en el cielo –o en el infierno- de los libros y poetas. Manuel Álvarez Reyes Sevilla. Junio 2009


Cuenca y mis cinco sentidos