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PARAGUAY / PELOTA SUDACA

no-guaraní, se decidieron a no volver a sufrir la humillación de la derrota, y se internaron en las misteriosas y hasta entonces poco exploradas tierras del Chaco Boreal, que Carlos Arce describiera como el absurdo mismo materializado en árboles, como el terrible mundo de la desorientación. Este violentísimo suceso, que llenó estas tierras de desolación y muerte, tuvo consecuencias tenebrosas, como dan cuenta los testimonios de quienes, luego de terminada la guerra, pasaban por un conocido pozo de agua en Platanillos, asegurando que de esas aguas antes puras y cristalinas, ahora emanaba el putrefacto olor de la carne humana avanzando en el camino sin regreso de la descomposición. Cada cierto tiempo, cuando se celebra la fiesta del fútbol en Asunción, los incesantes cánticos de la bravísima hinchada paraguaya, invocan el recuerdo de los mártires de la guerra, quienes solo internados en la desconocida realidad energética post mortuoria, desesperados ante el sinsentido del sacrificio humano y la lucha por el poder, son atraídos por las furiosas vibraciones que emanan del Defensores del Chaco, y se reúnen en torno a la lucha de sus herederos, quienes persiguen furiosamente el balón, y a punta de empellones, manotazos, saltos, barridas y carreras imposibles, hacen que aquella vieja lucha tenga eternos homenajes.

JULIO CÉSAR ROMERO

En el espíritu de un escultor guaraní que había devenido en José, atrás habían quedado los Porá. Y´porá, el señor de las aguas, Caaygüra, el señor de la Selva, se extinguían en sus recuerdos, se difuminaban con las sombras de un pasado que parecía cada vez más remoto, perdido en el exitoso adoctrinamiento de los misioneros jesuitas. Los genios de la naturaleza habían sido reemplazados por las figuras cristianas, y entre estas imágenes, la madre de Jesús de Nazaret, había calado profundo en el corazón de José. Así, no fue extraño que el indio, en medio de un bosque, al experimentar la posibilidad cierta de verse aniquilado por una furiosa horda de mbayás que se dirigían hacia donde estaba, se encomendara a la Virgen María, prometiendo dedicar su arte a venerarla. “¡Ka’aguý cupe-pe!”, fueron los poderosos gritos que le profirió una morena Virgen María en perfecto guaraní, lo que quiere decir: “¡Vete detrás de los arbustos de yerba mate!”; y José, obnubilado, corrió hacia los arbustos. Oculto detrás de un inmenso tronco de yerba, vio perderse a las espeluznantes figuras de los mbayás y sus ojos inyectados de rojo. Presuroso, llegó a esculpir con esa misma madera representaciones de la virgen, dando origen al desmedido

fervor que hasta el día de hoy tienen los paraguayos hacia la Virgen de Caacupé. Esa profunda devoción animaba cada una de las geniales jugadas con que el niño Romerito lograba quebrar los brutales cercos que formaban descendientes de guaraníes y mbyás en las tosquísimos picados que se celebraban en su natal Luque. Entremedio de barridas asesinas, codazos capaces de noquear, fouls de todas las especies, furibundos despejes, cabezazos que expulsaban la pelota hasta 30 metros fuera de los improvisados límites de la cancha y desmedidos remates, aparecía como venida de otros confines, la sutileza de Romerito, que esculpía su obra de arte con finísima precisión desde la más profunda rusticidad del fútbol paraguayo. Ungidas por interminables horas de amor a la Virgen de Caacupé, las piernas de Romerito tocaban el balón con delicadeza, lo apartaban abismalmente del salvaje estilo de sus compatriotas, lo distanciaban brutalmente de sus

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Edición N°3  

Especial Copa América

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