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NIÑOS DE CUENTO

Armando Trasviña Taylor


Mi profesiรณn es ser abuelo.

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LA NIÑA DEL...

La casa tenía, vista de frente, un enorme pasillo a la izquierda, en donde podrían caber hasta cuatro autos si los hubiera, y a través de ese espacio de treinta y tantos metros de fondo y treinta y tantos metros de gozo, existía una amplia ventana que mostraba lo que adentro existía: la sala, el piano, los muebles, los cuadros... etc. y dejaba al aire sus partes sin pudor ni recato. Era una angosta cochera que se usaba de patio para el recreo de los hijos, más primos, más amigos, más vecinos que iban cada fin de semana al salir del colegio. Era un paso de gloria como el que vive en los sueños con luz propia en las noches y regio sol en el día. Era patio-cochera-galería-jardín-zona de juegos, larga y fecunda, all in one, largo cual sueño de mísero, era un campo infinito de juegos y bulla. Por ese especio entubado acostumbraba a pasear a la niña en su carriola de ídem (handly carrier), de un año y

meses

de

vida

y

disfrutaba

2

el

paseo

con

gozo

y


fortuna, alegría desbordada y sin medida a la vista. Lo hacían grato y humano desde el césped de entrada hasta el pasto trasero, era el alfa y omega de ese mundo minúsculo. A esa hora del día se reflejaba en el vidrio lo que por él se cruzara y cada vez que lo hacía, acostumbraba a decir a la imagen-retrato: -¡Adiós, niña del vidrio! Y respondía a mi mismo, ¡hola, adiós!, y volvía a decir,

¿cómo

siempre

con

estás?, ella

en

¿cómo ese

te

piso

ha

ido?,

disforme,

dialogaba rupestre

y

solar, y la niña del vidrio...

NO CABEN...

El

paisaje

era

jade,

rural,

de

cinema,

hora

de

rancho, las reses rumiaban y la tercia de cabras comían presurosas con mecánico hartazgo. Las vacas, con las testas al aire, por tallas, como hilera de escuela, el alfalfar

devoraban.

A

un

lado,

3

un

árbol

verdoso

y


gigante, crencha

de

los

revuelta;

que al

ahora

llaman

azul

del

ficus, cielo

mecía

aplacaba

su y

despeinaba con gracia. Comían los cerdos con prisa, las artesas vaciaban y al empezar el sembrado un modelo T de museo que dejó de andar hace siglos, estaba ahí, jubilado,

después

de

viajar

de

continuo

por

la

carretera de la vida, toda una historia neumática de cuento y novela; tenía las llantas sin aire, es decir, desairadas. Lo vio todo Inés, sorprendida, desde el sitio en que estaba, -un asiento en la pila- parecía gozar de la cinta que ahora hacen de estreno. Era niña de kinder, de cinco años corridos, iba a ver

la

alquería

con

su

adentro

y

su

fuera

del

promontorio rural y bucólico: el bohío, la acequia, el rostro del campo, la mies, las pezuñas, la fauna y la flora, la feracidad de las tierras que exaltaban las áreas y ante el techo de nubes que amenazaban con baño, extendió su paraguas, con tiento y prudencia, así de mecánica. La niña observaba al ganado y al hombre que

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ofrece, una vez y otra vez, a ambos lados, veía las reses, las mamas y luego al recio granjero, de hito en hito, y repetía las ojeadas por tramos, y calculando la alzada del choncho ganado le dijo a su madre con duelo: -Mamá –arrugando la cara- ¡no tomará leche el señor! -Pero,

¿por

qué,

Inés?

–dijo

la

madre

con

pasmo, viendo las ubres pletóricas. -¡No, dijo la niña oteando las vacas, no está fría la leche y no caben en el refrigerador.

COMO TÚ Llegaron a tiempo los tres casi en punto: la madre, el padre y el hijo y empezaron a darle al palique con quienes

ya

lo

ejercían,

festejaban,

practicaban

la

vieja costumbre, pero no por vieja la peor, de pelar la sinhueso y era cita que todas los niños hacían de lo suyo, jugaban, corrían; el jardín era propio y sentíase grato; barrido y regado, y cegado para un acto como este,

indemorable;

dispuesto

5

a

aceptar

a

la

turba


durante el tiempo que fuere. Formaban las sillas el ruedo hogareño y se asoleaba la verde campiña buscando el aire y confort y el favor de la acústica. Acomodaron para ello toda clase de asientos: tumbonas, sillones y tablas, taburetes y bancas, equipales y poyos, todos con rostro de uso, de manera que el grupo pudieran oír y

charlar;

desvestir

a

las

que,

por

desgracia,

no

vinieron al tibio cotarro. El clamor aumentaba entre padres e hijos y decibeles corrían como el perro que, al fin, no llegaba, ¡bendito sea Dios! La

charla

surgía,

balancín

de

molino,

bajaba

y

subía, y los niños inquietos, con derecho a gritar, bramaban

ruidosos,

interrogaban

en

alto,

reían,

no

dejaban en hacer y parlaban todos juntos y a la vez todos

riendo:

aquello

era,

no

sólo

cena

de

negros,

años

apenas,

¡sino banquete! De pronto, al abrirse el silencio: -¡Ptrrrr!... que resuena un soplido. La

ventosidad

de

Miguel,

de

tres

desmontó las sonrisas de todos y todas.

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Al pena,

darse

cuenta,

y

con

los

ojos

de

las

otras

abiertas

nervioso, de

buscó

fuera,

señoras,

y

a ante

con

la

madre

las

súbito

con

cuencas asombro,

conteniendo la risa, oyóse: -Mamá, me tiré un pedo como tú.

DE ÁGUILA

El aula estaba, juntó los dedos, hasta arriba, era lata

de

angulas;

el

grupo

de

kinder

oía,

veía,

comentaba, y por ley de la Miss, esperaban la fecha que de antemano sabían: Día de la Bandera, hoy no, mañana, 24

de

febrero,

e

inquirió

al

grupo

todo

con

inquietas: -¿Quiénes quieren venir mañana de verde? Se levantaron las manos. -¿Quiénes de blanco? Otras. -¿Y de rojo? El resto.

7

voces


Cuando

acabaron

los

¿quiénes?,

intuían

los

chiquillos para qué lo deseaban- formarían la bandera, justo ese día. María Paula esperó, no izó manos, y callaba. -Y tú, María, ¿de qué quieres venir mañana? -¿Yo?, respondió de café. -Pero, ¿por qué, María?, si los colores son verde, blanco y rojo. -No –dijo ella- yo quiero venir de águila.

ESTÁN...

Era domingo y estaban en casa de uno de ellos: padres, hijos y yernos, nueras, tíos y nietos. El jaleo se llevaba en la sala de junto y estaban dispuestas la mesa y cocina. Mojaban la charla con marcas de Escocia, de

España

y

de

México

y

de

Rusia,

inclusive,

Alemania y de Francia, internacional el copeo.

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de


Los niños fletaban el área donde ahí se escanciaba las copas y vasos, y el patio, reservado para ellos, estaba solo, soleado, sajado y salido y si hubieran dicho

que

al

techo

subieran,

treparían

gustosos.

El

césped gritaba la sobra de incuria, lloraba la poda y la inmensa desidia que flotaba en la hoz de la esquina asombrada contra el muro arrimada. El correr por la casa se hizo de uso y modus fregandi de pibes y chicas, un saldo de agobio y sofoco se hacía; saltaban los muebles, las sillas y bancas, comían de todo, botanas y frutas, dulces, refritos, refrescos y tortas. Pero, luego... Un combate de perros rompió la velada y un gran revoltijo se armó por la acera que está frente a la casa. -Adrián,

le

pidieron

al

chico,

de

cuatro

años

cumplidos- ¡ve a ver qué sucede! Y el niño fue hasta la puerta, ganó la salida y entreabrió las dos hojas y vio la gran algarada, gresca y sofoco que había. Y regresó de inmediato:

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-¿Qué pasa? –preguntaron. -Nada, -contestó más que serio- no pasa nada, están fecundando a una perra.

¡QUÉ LENGUAJE...!

En el asiento de atrás iba Martha, Linette y la que ahora

evoca.

chauffier

que

Adelante, era,

la

madre,

como

el

siempre,

hermano mi

padre.

y

el Nos

dirigíamos con prisa a la estación de autobuses para ir a Guadalajara, cuando, de pronto, desde el vehículo en marcha, miró Ana el fulgor de un gran puesto de frutas de

gran

brillantez,

una

cornucopia,

en

si,

¡de

concurso!, un anaquel de entrepaños con veinte y tantos colores que indujeron al gusto, al regusto y resabio, ¡qué

delicia!,

catálogo: limones,

un

stand

naranjas, duraznos

y

de

certamen,

piñas,

sandías,

uvas

y...¡oh!...

de

muestra

melones,

y

fresas,

papayas,

¡sí!,

¡papayas!, ¡colosales, gigantes!, un arcón de mercado y

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una

feria

de

pueblo,

insuperable,

¡para

Ripley!

a

degustar impelía. Impresionó tanto el lugar que la ilusión se hizo hilera:

jugos,

licuados,

revoltijos,

pico

de

gallo,

ensaladas que con los ojos en alto, repuse: -¡Puchi, los papayones...! ¡Puchi!, era como decir ¡puta! en el pueblo y la madre, al oír ese término, pajareó y reconvino, volvió la vista a la hija y explotó disgustada con rudeza: -Hija, te he mandado a la universidad para evitar eso, ¡qué estulticia!

¡ES UN TÍPICO...! A Veracruz, ¡todos, sí, vamos, vamos!, ¿todos listos?, con rapidez nos subimos al ir de crucero hasta ese ancladero. Iba Adrián y Gabriel, papá y mamá, en el auto

minúsculo.

Este

último,

atrás,

al

lado

del

vidrio, observaba el pueblo ruinoso que a su paso se hallaba.

Cavilaba:

fango

ramales!,

y

¡qué

de

insalubres

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calles, y

casas

sucios.

y

moscos,

Terminaba

la


lluvia y lo que ahora observaba turbaba y hería. Iba absorto, sumido, adherida la boca al calor de su vidrio y atisbaba perplejo. La más leve minucia lo alteraba y sumía, lo hacía sufrir como nunca, veía circular a la gente con ese aire mezclado de pueblo harapiento. Él, de cinco años apenas, pantalón corto y playera, gorra negra y de tenis, rompe-vientos dorado que no hacía juego con nada, ni con la audacia de usar, era en si un esperpento. No hablaba. Se pegaba al cristal y miraba, echaba vaho y lo untaba, le avergonzaba el aspecto de aquel pago deshecho. Al pasar el tramo último de esa aldea perdida, confín del villorrio, vio a un hombre cascado, de pie y con desgano, fumaba pipa en la verja y era un tipo de costra, de pellejo y miseria, estaba el

uno

para

rugientes,

el

de

otro,

los

de

mirador antes

y

mirado:

ahora,

calcetines

sandalias

de

uso

entre el gordo y el índice y un cinturón de pañuelo que rodeaba su vientre de cuba y bodega, grande y agudo, camisa

rota

y

fieltro

con

riscos,

y

una

piel

de

africano, hecha grietas y mugre, casi frita o refrita.

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Le impactó tanto el aspecto de aquel viejo vecino, que lanzó la duda de pronto con pregunta incluida: -¿Se fijaron en el tipo ese? -Sí –respondieron. -Es un típico pelangoche, ¿no?

¿ME LA...? Ajustaron tanto a la mesa la silla de Ana, que sintióse reclusa, presa y cautiva, con su Barbie en la mano

entre

abrazos

y

besos,

la

mimaba,

arropaba,

arrullaba y gorjeaba, como toda madre que halaga y que anima.

Anita tomó la muñeca y la apretó contra el

pecho, la puso en pie y caminaba, la engreía y colmaba de besos, destramaba su pelo y acunaba melosa: estaba boba, embaucada. La anoréxica moña de Amadeo Modigliani que

parecía

su

figura,

anglo-gringa,

de

moda,

tiene

lugar en vitrinas, es y parece de alcurnia. Resulta, pues, cautivante, una estrella de cine que toda niña pretende y persiste en tener para amarla y cuidarla, rodear de caricias y de tratos melifluos. Movía los

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brazos y piernas, el tronco y cabeza, probaba vestidos, era una linda pepona, irreal e ilusoria, vanidosa y serena, de anaquel y de armario. Siguió manejando su talle,

cuando

de

pronto,

que

truena,

se

escuchó

el

¡crac! fulminante y se apartaron las partes desunidas y anexas. Anita fue con su madre que estaba cerca de ella, mostró el desorden de miembros y con agua en los ojos, dijo excusándose: -Mira, mami, destruí mi muñeca. Y mostró los brazos aislados que estaban sueltos, dispersos, y ante súbitas lágrimas, le dijo: -¿Me la... –y se quedó cavilando. -¿Me la truyes, mami?

¿ME DES...? Tenía apetito de más como siempre lo tiene. Los platos estaban ante ella colmados, pringosos y grasos, así, junté los dedos, y esperaba que todos llegaran para decir ¡buen provecho! tomar la cuchara y entrarle a los guisos. Se montaba en su silla la niña de meses y

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sentía hambre de fiera, agresiva y airada, no era buena para eso de moras inútiles y esperas tardías en la hora dedicada a los platos hirvientes. La ajustaron tanto a la mesa que parecía barco en el muelle y, aún así, fue prudente, y esperó con paciencia que los otros lanzaran su ¡ya! gastronómico para exclamar ¡con permiso! con quienes

rodeaban

e

iniciar

así

la

panzada.

Cuando

empezó el glotoneo, consumió lo que había, comió mucho, se

atragantó

hermanos

y

y

empezó

otros:

el

sobado

¡gracias,

estribillo

buen

entre

provecho,

con

permiso!, ¿puedo levantarme?, –era quitar la tranquilla para abrir el postigo- señal de respeto, gratitud y contento que conocieron de niños y de años apenas. -Buen

provecho,

muchas

gracias,

¿puedo

retirarme? -Puedes, buen provecho. Los comensales se iban. Se fueron todos, y Ana, con el asiento ajustado a la mesa vidriada, deseó la ayuda de alguien para bajar de

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la silla e imploró luego al vecino que era entonces su padre: -¡Papá!, por favor, ¿me desacercas?

¿CON QUÉ...?

Persistían

en

trabajos

los

tres,

diccionarios

y

libros, cuadernos y plumas, ganas y no, pero todos lo hacían.

Dejaban

al

lado

la

juerga

y

bullicio

e

indagaban felices, escudriñaban, estaban más idos que búhos, buscaban, pensaban, ¡tablas odiosas!, y hacían todo

aquello

que

buenamente

podían

en

las

horas

de

clase -rezongaban. Martha hojeaba en el tumba... tumbaburros... tenía que

saber

la

escritura

de

alguna

palabra

y

no

encontraba y seguía, perseveraba y se fiaba, pensó en la madre y maestra y salió corriendo en su búsqueda, carpeta en mano y pregunta en la otra. -¡Mamá,

mamá!,

le

escribe azul.

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dijo,

¿con

que

zeta

se


NO ES Ambos chicos se hallaban, mal que bien, atendidos, amparados,

validos,

niños

peques,

al

fin,

y

se

alegraban de ello; convenían en que ambos como reyes actuales vivían y hacían a falta de madre. La chica que velaba era todo para ellos: oía, servía, atendía y era asa y garrafa de esa alta cocina. Adrián y Gabriel, la pareja, la aceptaban en todo, por todo y para todo, y por

si

más

requerían,

preparaba

los

sándwiches,

les

daba la leche y licuados con todo, hacía pop corn y malteadas, horneaba panes a diario y trataba a los dos como joyas, diamantinas y caras. Por la forma de ser, era única y bella: los bañaba, vestía, daba leche y dejaba

al

portón

de

la

escuela,

sonriente

y

feliz.

Trabajaba su padre y le rogaba a la chica que atendiera a esa dupla al mando del barco, timonel y velamen. Un día se fue para siempre y no volvió nunca más; fue pedida por boda, se encintó de repente, tendría otro chiquillo, o a lo mejor, otro empleo, ¡qui lo sá!

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Se fue de improviso y, al poco tiempo y bregar, cuando empezó el agua a inundar, requirieron a otra que fuera de vela y timón y escoltara a ese par de criaturas sumisas, estaban refritos, hasta la m... édula ósea, sin chacha. Llamaron luego a la fámula de otra costura y cuando llegó

la

interfecta,

entró

cubierta

de

dones,

de

gracias y dotes: servicial y educada, de la universidad de

los

chicos,

con

diploma

y

trofeo

y

vacunada

de

todos. Recomendaciones había y de más inclusive. Con hacer la comida, bañar a ese dúo, extremar la custodia, vigilar

las

tareas

y

llevarlos

a

clases,

más

que

bastante; no requería doctorado, ni post-doc menos. Se llamaba Rufina y le decían Rufinita. Los cuidaba de día y olvidaba de noche. Después de semanas de ajustes y arreglos, tratos y tactos, se adaptaron los dos a la nueva doméstica, y la tía, que se angustiaba por ellos, indagó la conducta y la anexión que existía entre el dueto y la chica. -Oyes, Adri, ¿y cómo es Rufinita? –pesquisó.

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Y

el

chiquillo,

de

seis

años,

y

como

diez

de

ocurrencias, respondió: -No es.

LOS CHOCOLATES -¡Carlos Andrés, por tu vida, no comas chocolates, te hacen daño y te alteran, te energizan, caramba!, ¡no hay

poder

humano

que

por

ti

algo

pueda,

no

te

aguantas!, ¡no los pruebes, por favor! Tras la advertencia materna, nos olvidamos de darle nunca más chocolates a Carlos o Iván (porque era El Terrible),

debían

de

ocultarse

porque

hasta

me

encendían y los devoraba con furia. Procuraba huecos, rincones y grietas, escondrijos y ménsulas, porque si de

Carlos

guardaba,

Andrés

descubría;

era

un

hábil

sabueso: criptas, clóset, sacos y cajas, era pan para él, tenía astucia para ello. Se convirtió el chocolate en

camuflaje

y

abrigo:

uno

guardaba

y

el

otro

encontraba, exploraba y topaba, yo escondía mal y él acertaba

bien,

trataba

de

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hurtar,

como

fuere,

sus


chocolates dilectos eran de arrobo y de éxtasis; se hicieron, pues, de cancela, caja fuerte y bodega. Yo, por mi parte, escondí en la repisa más alta de casa los chocolates famosos italianos y suizos. El abuelo (o sea yo) que no sabe –ni quiere- de rigores ni frenos, invitó a Carlos Andrés, por una vez última, un chocolate epicúreo, con el convenio jurado de que jamás lo diría, no debía a nadie decir, ni a su almohada lo menos. Lo llevé con misterio al lugar del cambucho, cielo arriba, hasta alcanzar los Ferrero, la marca conspicua del chocolate de Italia, de deleite y antojo.

Le

estricta

dije:

promesa,

¡Chitón, nunca

Carlos!,

debes

no

decir

delates, nada

a

bajo

nadie,

entregué dos en sus manos que parecían dos fulgores: ¡por el Corán y la Biblia, no me culpes! En

cuanto

puse

en

sus

manos

las

ocres

esferas,

melosas y tiernas, con cubierta amarilla, quiso otra y otra luego, no se bastaba. Se volvió ofidio dientón y salió a la carrera a donde estaba la estufa y ahí se encontraba su madre, toda afanada:

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-¡Mamá, mamá, -dijo el taimado- no cumplió la promesa mi abuelo, me dio tres chocolates!

LA MADRE

-¡Estáte quieto, Roberto, por favor, vete a tu cama, no molestes, ve a tu tu diván y repasa, estudia, anda, ve! Roberto, de ocho años, se retiró y se lanzó como pesa a su almohada, no se explicaba el por qué de la acción de su madre que no era así de explosiva, casi nunca, no parecía estar en lo justo, raras veces lo hacía, ¿y ahora? Se puso a hojear sus apuntes, repasó libros y datos e insistía en excavar la conducta de aquella madre que le

hería,

no

hallaba

razón

para

ello,

eso

de

ser

irascible, y de pronto, era raro, impensado e in de todo, arruinó su paciencia, no era ella así, ¡qué raro!

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Pasó la hora y, de súbito, entró la madre a su cuarto

y

se

disculpó

con

Roberto

por

el

severo

respingo. -Perdóname, hijo, le dijo, pero, los problemas agobian, salen y cansan, te estrujan, te sacan de quicio, pierdo las bridas, disculpa los gritos –se justificaba. Roberto, pensando en aquello y preocupado por eso, sondeó confundido, y más que ingenuo pregunta: -¿Te sientes bien, mamá?, ¿tienes la regla?

LA... ESA

Michelle pidió a la madre al salir a la calle, lo siguiente: -¿Me traes una juala, por favor? -¿Y ahora, qué?, ¿qué te pasa?, ¿es acertijo o tomada...? –calculó lo segundo- ¿una qué?, ¿una juala?, ¿qué quieres decir?

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Michelle, de tres años, era un pez en el agua que hasta

sin

agua

nadaba,

tenía

urgencia

de

hallar

un

libro de monos que explicara su enredo. -Sí,

dijo

la

niña,

una

juala,

una

casa

de

alambres para el pàjaro que trajiste. -¡Ah, jaula!, repuso la madre, sonriendo, habla bien. -¿Jaula?, respondió, pensativa Michelle- ¿Qué no son de los leones esas?

FACHA

La tía al visitar a Michelle en la casa materna, la recibió

sin

afeites

y

hasta

en

bata

de

cama,

descuidada. Tenía seis años de edad y largaba bucles y muchos

hasta

los

hombros

de

ella,

era

un

ser

de

culebras en su pelo castaño. Se veía bien en domingo, a pesar de llevar a esa hora su ropa de estar y sestear. Existía la moda del rulo, de los que caen hasta el cuello y daba la idea de ser la señora de casa.

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-Mira nomás... ¡qué fachada!... fue lo primero que dijo al recrear su figura la tía fisgona. Escuchó la expresión como ida, se quedó inmóvil, y pensó en la estampa que daba de poco afeite y aliño, una imagen no grata,

de

poco

aseo,

sin

baño,

con

mínimo

arreglo,

parecía muña de piso, fea, dejada, desecha. Con tal aspecto que vio la tía remolona, remojó sus mejillas. Cuando venga de nuevo me aviaré y seré otra, dijo, asearía

y

mudaría,

renovaría

su

piel,

elegiría

las

galas del fin de semana, iría al espejo y saldría bien adecuada. Estaría de verse, molestaban las crìticas. Michelle estuvo esperando el toc, toc de la tía y la aguardó reformada, cambiada completa, se amoldó como pudo

y

convirtióse

en

modelo

de

Vogue

o

de

Hola,

emperifollada bien. Lanzaba besos y guiños la tía al arribar, estiraba las chapas y largaba los rizos, alborotaba su pelo y no decía nada de nada, ¡qué extraño!: un elogio esperaba. ¿Se daría cuenta la tía del cambio que hubo en ese cuerpo vistoso?, ¿o mal dedujo el saludo?

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Dedujo mal, en efecto. Al

escuchar

¡qué

fachada!

y

recorrer

la

figura,

pensó que decía: -¡Qué fachosa!

EL INFANTIL DES...

Estaba

absorta

Michelle.

Buscaba

y

buscaba,

no

hallaba la bolsa donde al abuelo situó el domingo de siempre.

Escrutábalo

todo:

faldas,

blusas,

jeans,

cajas, cofres, baúles, canastos, mandiles, ¿cómo?, no puede ser, no puede extraviarse ni eso ni más, debía de encontrarlo, debe estar en los capri, en los shorts o en los pants, pero ¿cuáles? Se fue directo al canasto donde guardaba la ropa de la fiel lavadora. -¿Qué buscas?, preguntó la madre. -Los

diez

pesos

que

respondió. -Piensa en dónde dejaste. -En alguna bolsa, repuso.

25

el

abuelo

me

dio,


-Busca de nuevo, en otro lado, registra, dijo la madre. -No

está,

concluyó

Michelle,

he

querido

“desguardar” y no lo encuentro.

MARÍA -Acuérdate de Acapulco, María Bonita, Maríaaaa del alma... El canto salió como arroyo a la sala poco llena, saltó mesas y sillas, raptó platos y tazas, y brincó con temor buscando algún nacional que voceara o coreara con el clásico ¡ajuuú! Por el norte de España viajaban los tres (Ana, Roberto y la hermana), por el País Vasco y gustaban de tapas y saldrían a Guipúzcoa en tanto comieran a media hora de viaje, ¿cuál era el nombre del sitio?, ¡quién sabe!, ¿y del pueblo?, menos. No dejó de asombrarme el gorjeo repetido estando los tres acodados en la barra del bar con un pie en el estribo que es la clásica forma de los bares plurales saboreando vinos y fritos y algunos pinchos y tartas, y se admiraron de

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oír...

¡oye!...

¡de

México!...

¡un

gallo

de

México!

¡Pedro Infante!... cantando en ámbito ajeno. -Acuérdate de Acapulco, María Bonita, Maríaaaa del alma... La canción, de 1945, era un himno del alma y de alta factura, no sólo del México, sino de otros países, se había saltado las bardas y escalado las tapias, sin un grito

siquiera

del

hogar

de

los

gritos.

La

canción

sola, sin par, no había quien la siguiera. El

restaurante

de

Euzkadi

comenzó

a

abarrotarse,

llegaban más y más vino-adictos, coperos asiduos más acá

de

Bilbao,

a

treinta

millas

en

auto

por

el

Cantábrico vasco que a lo lejos se oía. Gustaban de viandas, arteroesclerosis subido y de lípidos vastos, iba la tercia a Donostia, a San Sebastián de Vasconia en viaje de paz y recreo y colofón de semana. ¿Quién iba a pensar que, más tarde, Roberto y Anita, se

anudaran

estudiaría

el

en

boda

esposo

y

a

en

la

Guipúzcoa

viajaran

Universidad

de

y

ahí

Pamplona,

habitaran Donostia cuatro años seguidos y cinco hijos

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procrearan, fueron,

y

de la

los

cuales

tercera,

dos

María,

de como

ellos la

vascos

canción

lo que

escuchaban, era de México: -Acuérdate de Acapulco, María Bonita,

Maríaaaa del

alma...

PARA TITO

Era igual llamarlo Tito que Robertito o Roberto o como mejor lo llamaban sus cuatro hermanos menores con el

nombre

primero.

Un

día

quise

asombrarlos

con

un

breve aparato que teléfono móvil era, que conectaba por letras hasta el fin del planeta, un ratón medianero que apenas a España llegaba. Esperé la ocasión para hacerlo y convoqué a la quinteta a la sala de junto: -¡Tengo una sorpresa!, les dije. Se

trataba

comunicaba

a

de

mostrar

distancia

un

con

jabón

alcance

con

astenia

polar

que

increíble,

fuera de serie, se estimaba el non plus ultra del año.

28


Lo

saqué

del

bolsillo,

comparé

con

los

dedos

y

exclamé satisfecho: -¡Miren, compré este aparatito!, y enseñé. Ana Lucía que oyó y acostumbrada a los pares, uno para

uno

o

nada

para

nadie,

con

los

ojos

de

uva,

exclamó: -¡Qué, queeeé!, abuelo, ¿qué dijiste? -Que compré este aparatito, y levanté el artefacto apenas visible. -¡Ah...!

suspiró

tranquila,

yo

pensé

que

decías:

“compre este para Tito”.

PAPALOTEO María papaloteo

Paula

continuo.

heredó Era

de

su

plácido

hermana verla,

Lucía una

el

forma

atractiva de abstraerse y sumirse, dejar el ser sin sentirlo: tuviera

manoteaba, mal

de

San

temblaba, Vito

o

canturreaba, seísmo

de

como

si

Parkinson.

Palmoteaba en la sala con los brazos en alto y en el pecho y cabeza por el cuarto y pasillos, por el patio

29


de juegos y, podía jurar, por doquiera, y estoy seguro que, si la dejaban subir, lo hacía techo arriba. Tenía un gusto especial para crearlo con gracia, una especie de instinto o fantásticos sueños, era el amor hecho éxtasis, caminaba, tarareaba, se subía, se forjabaa su mundo, chachareaba, parecía hablar en bantú, en ligur o arameo. Sola, a su ritmo, realizaba su trémolo a la vista

de

todos,

agitaba

las

manos

como

breando

las

aguas, los dos brazos cobraban ritmo vibrátil que a sus horas

urdía,

cada

día,

cada

vez,

cada

instante.

Su

ficción era una, la conmoción de las manos eran alas al viento. La recámara, la mía, le faltaba: -¿Abuelo, puedo papalotear en tu cuarto? -Desde luego. Y empezaba. Ana Lucía, la mayor, acuñó, desde tiempo, ese verbo que danza, y conjugó como pocas, destrísima y apta: papalotear.

30


-¿Han visto, ustedes, volar un cometa que papalote le llaman papalote?, de papálotl, mariposa, en náhuatl de aquí, ¿con vientos en contra? Ándale. Papalotear era eso. Después de efectuar en el piso su tenaz movimiento, María Paula expresó, pensándolo bien: -Oyes, abue, he papaloteado en tu cuarto, ¿cuánto te cobro?

TE OYO... Al llegar navidad y año nuevo y las fiestas de Reyes por largo tiempo esperados, arribaban también los juguetes y ajuares, furgones que Santa cursaba y con los Magos seguía con presencia y estilo. Con el fin de atrapar

el

deleite

tamaño,

empleábamos

y

cubrir

verbos

expediente como

“ven”

de y

monto

y

“báñate”,

“cuídate” y “vístete”, “estudia” y “detente”; el “no hagas eso” o “saca diez en la escuela” u otras frases afines. Concluí que, en efecto, más de eso lo hacían por sacar diez en la escuela, por los diarios rigores y

31


la extrema exigencia. Autos, barcos, muñecas, pistolas, triciclos, aviones, dardos, arcos y flechas, ropa y uno que otro artilugio que imantó sus sentidos, fue lo que al cabo logré con un chico aparato que a todo mundo asombraba,

una

novedad

para

niños

y

también

para

adultos que “woquitoquis” llamaban, woqui... ¿what? -¿Y cómo funciona? Era un artículo nuevo de presencia y jactancia, en especial para aquellos que Mosqueteros se sienten: uno para todos y todos para uno. Había vínculo estrecho, vecindad y primazgo, y en la mañana de Chrismass se volvía

aquello

un

jaleo,

traqueteo

pero

amplio,

diversión y alegría entre el trío de primos, Martha, Adrián y Gabriel, carabina la tercia. -¡Santa

Claus

me

los

trajo!,

decía

Martha

a

los

otros que trastornaban y liaban. “Le

amanecieron”

a

Martha

las

chácharas

esas

y

parlaban cual loros en las áreas caseras y compartía con

los

afuera,

primos comiendo

y

jugueteaban o

charlando,

32

felices,

o

adentro

entre

ese

trío

o de


aliados. ¿Cómo sabría Santa que los quería?, le pareció coincidencia pediría?

Los

porque

los

trajo

“walkie-talky”

sin

ruego...

¿o

los

salían

por

vez

famosos

primera a las tiendas locales y eran moda en los súper, en

los

play

costosos,

store

pesados,

y y

en se

las

carpas;

escuchaban

a

eran larga

grandes, y

corta

distancia, en la oreja ponían el redor del micrófono y acercaban

el

otro

teléfonos

monstruos,

que,

sin

gritos,

portátiles

e

se

oía;

incómodos

eran todos,

intercomunicadores de pilas, artefactos sorpresa. -¿Me escuchas bien, Gabo?, ¡cambio! El “cambio” era clave para hacer la mudanza que en la charla de daba, no lo hacían al unísono. Se separaban... ¿qué sería?... ochenta o cien metros por el andén de la acera y comenzaban a hablar como loros con bafles, siempre alternados: -¿Me escuchas, Martha?, ¡cambio! -¡Te oyo perfectamente, Gabo!, ¡cambio!

33


LO SÉ... Expresó la madre los símiles con los que suelen llamar

a

los

hijos

que

llegan

ante

las

hijas

pre-

púberes, después de decenio de mora, cuando la niña ha cumplido los diez o los doce, o algo así, tal vez. La pregunta aparece y la niña curiosa con un monte de dudas,

consulta

o

explora,

todo

investiga.

La

curiosidad se detiene como el grano en el rostro de la moza pequeña y hay que ver el aprieto en que los padres se meten cuando inquiere la nena: Es prodigio el nacer o es misterio el hacerlo. La religión contribuye y no ha habido quien entre padres que no acudan al médico de la clínica esa, y la libran, acaso, con penas, pero lo hacen. Los padres se angustian cuando el caso aparece, los desvela y angustia, y deben tener las respuestas como pan en la mano o agua en la boca: ¿De dónde vienen los niños?, ¿cómo nacen? Cuando el enigma se asoma, la madre se tiñe de rojo tomate, “encargar” le avergüenza como si el trote de Eva en el potro de Adán fuera crimen; recorren la gama

34


de todos los tonos mientras piensan y explican y se ponen a hurgar el ¿qué? de las hijas, cuando la niña desea

el

¿cómo?

intrigada,

se

abruman,

sofocan,

¿lo

enfrento o lo cubro?, y en lo mismo se encierran: que la abeja, que el polen, que Paris, la semilla o la cigüeña hecha piernas. La madre que llega a sufrir tal extremo por primera ocasión

se

deshace

en

ficciones,

comedias

y

timos,

patrañas y giros, lo intenta todo, lo cubre, embustes o fábulas, ¿cómo?, ¡es tan pequeña la niña! Hasta que ella revela: -Mamá, lo sé todo. Se apacigua de pronto, aunque no deja de hacerse la boba o ingenua, ¿qué sabe?, ¿quién se lo ha dicho?, ¿la escuela, quizá?, seguramente, la escuela está presta a mil y una verdades sobre ese hecho y el otro, y no encuentran palabras en forma global para explicar el enredo, el proceso ese. No se detiene en deleites ni en breves detalles y, nerviosa, farfulla:

35


-Bien,

te

lo

diré

todo,

hija,

respiró

hondo,

fibrosa, cuando la joven madura, se casa, le ponen los huevos, aguardan los meses y nace el producto después de... -Sí, madre, lo sé, sé eso, dijo la moza, la panza, los tiempos, los cólicos, achaques, el hijo... todo... el

niño

que

sale

con

gritos

de

furia,

pero,

se

detiene... -¿Cómo lo meten?

MANIJAR -¡Mamá, mamá, me manijé...! Cuando la madre se entera del accidente ocurrido a Ana,

su

hija,

pensante,

la

inmensos.

Escuchó

pone

frente el

cara

se

ojiatenta,

arruga

sonido

y

levanta

de...

¿qué

cejijunta los fue

y

globos eso?...

esperó, se preocupa, pero no hubo ningún movimiento en ninguno de ellos, se imaginó que el impacto de algo o de alguien oyóse entre muchos, pero no hubo un ¡ay! que alarmara ni un quejido de pronto; el ruido fue seco,

36


¡pum!,

como

tabla

o

tronco

que

cortan.

Debió

de

inquietarse, pero no, no lo hizo, no hubo lamento ni gritos, ni énfasis claros, ni aspavientos, ni nada, se detuvo en espera. Niños de lustros jugaban, corrían y parlaban y muy propio de ellos, reñían. Pudo ver a Roberto, el hijo mayor, hermano de Ana, estirando el brazo de ella y reanudando el meneo. Sin embargo, llamó discreta a su Robert para saber lo ocurrido, lo llamó por su nombre y preguntó lo que hicieron. Roberto, de doce, acudió con su prisa muy rara de niño. -¿Qué ocurre, Robert?, ¿qué pasó?, ¿y Ana? Alterado y culpable repuso: -La

manijé,

madre,

pero

ya,

ya

está

bien,

perdón, fue un accidente. -¡La mani... qué!, por favor, explícate, ¿qué es eso de... manijar? Le di un golpe en el brazo y saltó el hueso del codo. -¿Le saltó el qué...?

37


-¡El hueso...! A

partir

de

ese

entonces,

la

hermana

mayor

de

Roberto acuñó el verbo zafar... ¿y Paula?... manijar... es un verbo que expresa luxar o salir. Acomodaba su hueso y ya, todo listo. Era común escuchar: -Me manijé, Robert. -La desmanijé, mami.

NI...

Día de citas y gran peloteo, reunión familiar del domingo a las doce, día lacio en afanes. Se reunían los padres, los hijos y abuelos, hermanos y tíos, sobrinos y suegros, todos felices. Todos se aunaban. Contaban los hechos y corría la sangre en grandes toneles por el cuento continuo de prójimos cerca y próximos lejos. En el

duelo

de

todos

era

común

escuchar

los

pasos

y

chismes, los pleitos y roces, y hasta los víveres caros de la atmósfera misma... ¿en qué va a parar todo esto?,

38


decían.

El

decano

del

corro,

especie

de

efigie

-y

esfinge lo mismo- era el don de la casa con quórum cerrado

que

estaba

quieto,

callado,

y

veía

nomás,

vaciaban las copas con prisa y denuedo y el habla era intensa,

a

fuego

vivo.

El

viejo

sentado,

ajeno

a

patrañas, no había juego en su campo, estaba lejos, a millas, faltaba nomás ser recuerdo para quedar en la sala o en la alcoba privada, jubilado de por vida, nomás escuchaba. El

tronco

definitivamente

común

olvidaba

oculto,

¿qué?,

algo no

lo

o

de

alguien,

sabía,

pero

su

rostro decía que algo olvidaba, se hallaba gris entre nubes, la memoria perdía y hasta odiar se olvidaba y para estar sin pendientes, le pregunta a su nieto que estaba a su diestra: -¿Oyes, Diego, qué día es mañana?, volviendo la cara al mozuelo. -Lunes –dijo. -¡Ah,

que

bueno!,

no

–meditó.

39

tengo

nada

que

hacer


-Ni

aunque

sea

viernes,

abuelo,

repuso

el

muchacho.

SU SURI Voló a Estados Unidos directo a Missouri y no se enteraron

de

ello

ni

los

primos

ni

amigos

por

la

premura del viaje del novio de Adriana, hoy su marido y amigo

de

siempre.

Fue

a

matar

codornices,

a

cobrar

vacaciones o a comprar hilo negro, ¡qué sé yo!, pero fue. Después de tres o cuatro días, llegó a Adriana una carta que le ofreció al despedirse. -Me escribes, ¿no?, le dijo ella. Adriana es la prima de Carlos Andrés. -Por fin, le escribieron. Carlos Andrés más tardaba en hurgar una cosa que informarse de otra, que si fue nomás a Missouri o a otros estados, que si... y repetía la novia: -A Missouri, a Missouri nomás, a Missouri. Le hizo tantas preguntas que reiteraba lo mismo sin ver ni notarlo:

40


-A Missouri, Carlos. Carlos

Andrés

acechaba,

observador

como

era,

se

había enterado de todo: itinerario, arribo, regreso, y hasta el boleto y su precio, butaca y pasillo, todo... Cuando llegó un compañero, advirtió la ausencia de Paco y la presencia de Adriana como vela sin barco: -¿Y Paco?, ¿dónde está?, indagó el llegado. Y Carlos Andrés, que sabía de él y mucho más, se adelantó presuroso y, más que luego, respondió: -Está en el Suri de Adriana.

¿A QUÉ HORAS...

Doña Conchita, invitada a la casa en verano, madre de Elsa y suegra de Carlos, abuela de Inés y de Emilio, pasaba el invierno en verano en pleno choque de fechas felices y amplias, navidad y año nuevo del año del 2000 que pasaba. Sin hacer ruido en la tarde se salió como pudo y el nieto ya joven que por sede tenía ese cuarto con ella, se fue a dormir con los primos y dejó sin

41


hombre a la abuela, y quedó desnietada y sin él. Inés resentía a su hermano infaltable que dejó como isla su cuarto y las casas de estar de los primos eran muchas y viables, si no era aquí, era allá, y si no era allá, era acá. María Paula, la prima, de seis años de vida, se acomidió a acompañarla porque no quería que durmiera sola y marchita, y apropióse María del lecho, junto a las dos. María Paula tenía por costumbre leer por las noches y estaba ahora más que atenta en los dibujos y textos del libro elegido. La abuela quedóse a cargo de ambas y entendía bien a María, ¡qué bueno que lee!, se dijo,

y

pensaba). dormiría,

dejó

que

lo

hiciera.

(Costumbre

muy

sana,

Al concluir la lectura apagaría la luz y supuso,

en

cualquier

momento

lo

haría,

no

coartaría la costumbre de leer a sus horas, abstraída y callada,

pero,

era

tarde

y

velaban,

protestaban

sus

ojos y se obturaban a ambas, ¡qué bella es María!, y paciente aguardaba. Y nada. Era casi las 12 y ambos ojos oteaban, una leía y otra esperaba, volvía la vista a la luz y reía.

42


María Paula sintió que la hora llegaba y se desvelaba no por gusto que ya parecía mucho, era ya tarde, y que se arma de juicios y le dice a su envite: -Señora,

¿a

qué

horas

apaga

la

luz

para

dormirnos?

DECISIÓN

Martha quería que Sofía, su hija primera (de sólo un par de años) se adueñara ya de su vida y tomara

ya

su

arbitraje,

decisión

y

entereza,

porque su valor requería. Aprendió a crecer y a estirarse

joven

y

presta,

debía

pensar

y

afirmarse, el albedrío era meta y el camino era uno para no darle más vueltas, hay que concluir, repetía, y si patinas, vuelves, resolver es lo básico y no titubear es la fórmula. En la comida había que escoger entre muchas frutillas: fresa o toronja, naranja o sandía, preguntaba siempre: -¿Qué fruta quieres, Sofía?

43


Si se trataba de carne, de pollo o pescado, en restaurantes o en casa, le inquirían: -¿Qué plato quieres? Cuando

debía

que

elegir

la

ropa

a

su

gusto

después de bañarse, indagaban: -¿Vestido azul, café o amarillo? Y así. Cierta vez, al visitar una tienda para adquirir algo nuevo –que siempre lo hacían- la madre, las tías y los primos, ante la opción de quedarse o aventurarse a seguirlas, preguntaron: -Sofía,

¿acompañas

al

abuelo

o

vas

y

el

con

nosotros? -Con nosotros –repuso.

¡EYY, CABRONES...!

El gigante

papá,

la

mamá,

los

de

un

magno

copeo

condujeron

a

casa

de

pre-púberes requeridos

Víctor,

44

su

para hermano

deseo ello, los


cuatro parientes, para, por un lado, convivir, y por otro, conbeber. Llegaron ansiosos con el lábaro en alto, colmaron su gusto

y

evitaron

el

gasto.

Indirectas

venían

y

alusiones se iban, y el hermano mayor, obsequioso cual siempre,

al

protegerlos

del

sol

con

el

toldo

del

césped, empezó a acomodar a cada quien en su sitio. -¡Vean la tele!, le dijo el padre a los hijos y a los otros sobrinos, y, ni tardos ni ociosos, impusieron récord de arribo en la tele del cuarto, allá arriba, en la planta alta. Tres de casa y dos invitados, eran cinco mozuelos y entonaban el canto –y bien que lo hacían-

de

las

Golondrinas

primero

y

las

Mañanitas

después, es decir, las primeras se iban y las segundas llegaban:

pubertad

encontraban

los

y

alboreo.

En

esa

edad

cinco

allegados

que

entablaron

se la

charla y escogieron canales que fueran aptos e idóneos para

ellos.

Se sentaron los padres en el césped sombreado por la carpa de plástico y el techo libraba, no el entorno de

45


ello, sino el hurgar del platillo. No bien se habían instalado cuando, de pronto, el platillo se iba a rutas tabúes y el padre risueño que ya lo esperaba, padre y tío de cinco y amo del cuenco, cortó la intentona: -¡Ey, cabrones... bájenle! y la antena volvió a su lugar donde estaba. Buscaban el Adult Channel.

EL AGUJERO

Cuando Anacé se acostó en la recácama larga y aguardaba a la madre con ganas de niña y una flor en la mano que cortó en la campiña, contaba seis

años

de

gozo

que

no

cabìan

en

su

vida

seisañera y festiva. En eso estaban, cuando de pronto la puerta se abre y penetra la madre gozosa y radiante que al ver la risa de su hija le dice hacia el sitial de la estufa que humeaba y cocía:

46


-Tengo un hueco en la panza de avidez y apetito que ya ni me aguanto. Y la hija, de seis años y abriles, levanta la

blusa,

escudriña

el

estómago,

ve

todo

el

entorno y prorrumpe: -¿Dónde tienes el hoyo?

¡QUIÉN SE ATREVE..

Éramos cinco en el kinder, en la mesa del centro, y en primer grado de pre, cuando ocurrió lo que tuvo que acontecer,

me

ruborizo

de

aquello,

tenía

que

ser

y

acaeció. Lo cuento con pena, con bochorno sentido, no me honra con nada, pero lo narro al fin. Es una balsa que flota –y aún timonea- sobre el mar de la infancia y con olas percute. Sucedió en el espacio donde los cinco trabajábamos,

dos

bribones

y

tres

malandrines.

La

educadora ya vieja, tenía treinta años, daba informes precisos

para

cualesquiera:

iniciar dibujar,

los

trabajos

colorear,

47

de

recortar

un y

día

doblar


todo,

arrugar

grupo

tercero:

y

lanzar.

¡cinco

Éramos

años,

ya

mayorcitos

teníamos!

Los

en

el

crayones

traía una bella gladiola del jardín de ese grupo que ni pero aguantaba. María era -y es aún- una Shirley Temple de podio. La mesa integrábamos cinco tunantes: Ángel, Héctor, Enrique, Raúl y el turrón de su madre. Teníamos para ello el ingenio despierto y el arrojo dispuesto, y lo que el diablo intuía, nosotros lo hacíamos. Veamos. Acostumbraba a entregar los crayones en una caja de puros una niña de cielo que belleza sobraba y traía a todos del rabo. Fue el primer astro que ardió en mi éter nublado en el quinto año de vida. Con argucias y tretas pensamos en darle un gran beso a María desde el sitio

en

arrimara frente

y

que a

la

estábamos mesa.

mostrar

los

cuando

Acordamos colores,

diera que,

la

al

¡zaz!,

cera

y

se

plantarse

de

estamparía

la

mejilla. Pensamos que, y con gusto lo hicimos, debíamos de elegir al pretenso y antes de hacer el sorteo para optar al del ósculo, sentí que, si a Raúl le atañía, o a mí, de perdida, no la hacíamos nunca. Ahora, si a

48


Héctor

compete,

a

Ángel

o

a

Enrique,

fácilmente

lo

harían. Yo, por lo menos, ni en sueños. Cuando la rifa se

hizo,

¿qué

creen

que

pasó?,

¡resultó

Raúl

con

ventaja! No, no, no podrá jamás, no se osará –penséconozco a Raúl y será incapaz. En eso viene María con la caja repleta de cromos diversos, ¡qué vergüenza!, se aproxima a la mesa, ¡qué de nervios! y se puso a hablar en la otra, la vecina, a tres pasos atrás, luego viene, vendrá. Se ve contrito Raúl. Cada uno, de pie, escoge colores. Y llegó María, por fin. Cuando a la mesa se unió, a un lado de Raúl, se asomó a la cajilla y con el hálito en vilo ¡que la besa!, ¡trompazo que tuvo!, en el pleno cachete, el contacto se daba con los labios en U

y

grande

corriendo

a

sorpresa.

Lanza

la

que

pieza

ella

la

Dirección

urna se

y

salió

llamaba

“a

acusarnos” decía, y nosotros, mitad temor y frescura, esperábamos que el cielo se fuera a su cine exclusivo. Nos mantuvieron de pie buena parte del día, frente al muro, con la sonrisa suspensa. Las maestras decían:

49


-¡Qué descaro! Y los compañeros a la vez: -¡Qué heroísmo!

UNA VEZ MÁS

La bancas,

misma las

escuela, mismas

los

Misses,

mismos la

niños,

misma

las

mismas

audacia,

pero

ahora, al cubo. Fue en el área de patios, detrás de las aulas, donde nadie soñaba lo que aquellos planeaban. Fue de épica pura, de gran aventura y altísimo rango, acción inoída. Estaba instalada la escena en el cuarto pequeño

llamada

letrina,

retrete

o

común

y

cruzaba

sobre él un brazo robusto sobre el hueco sin techo. La rama aguantaba y bien que aceptaba y cuando las niñas entraban del centro a hacer lo que sea, ocurrió lo impensado y pocas veces oído, un vodevil de primera. La intrepidez de los cinco era de celda y condena, muerte de

pena

o

pena

de

muerte,

50

ex-comunión

inmediata

y


pronto

cadalso,

penitencia

de

siglos.

Los

mancebos

treparon y pasaron momentos de éxtasis lúdico. Cuando

las

niñas

supieron

directora

del

kinder,

las

de

tal

maestras

disparate, de

grupo,

la el

conserje de turno y las madres y padres, conocieron del caso de Enrique, de Ángel, de Héctor y Raúl y yo de pasada.

Protestaron.

Hoy la planta se yergue en el mismo terreno, vive aún, sigue en pie, dando frutos y frescos, no así el inodoro que mudó de caseta y le instalaron tejado. Fue buena medida. La techumbre.

LO CORRIÓ

Miguel no cedía por nada de nada ni por nadie en el mundo, cerrara

no el

cejaba, acceso

no

podía

hacia

permitir

ella,

su

que tía,

un la

intruso de

él

solamente que frenaba lo suyo y lo no suyo también, lo que sentía por Linnette era hondo y legítimo como el mar

de

profundo

y

no

estaba

51

dispuesto

a

dejar

ese


afecto por sólo diez chocolates. Cada vez que venían de Temse,

en

su

Bélgica,

de

vacaciones

anuales,

obsequiaban las barras de leche y cacao que, si fueran de diario, tal vez cedería. Desde que entraba a la urbe y

a

recalar

en

su

casa,

ocurría

siempre

lo

mismo,

después de ocho mil –o más kilómetros- de Temse hacia México, departían placenteros pero, por más placer que sintiera por los belgas bombones, no podía aceptar, no podía, ocultar la aversión por su esposo europeo, no estaba en él, no deseaba. Desde el matrimonio de ellos, y

desde

antes,

incluso,

se

formó

ese

repudio

con

disputa ceñida y la porfía continuaba. Lo consideraba foráneo. El amor que sentía por su tía favorita, no era igual al de ayer, sin parangón lo sentía, sólo era propio. Sentía que su alta ternura de cuatro años de vida era la edad que lo hacía. Hoy llegaban de nuevo a la

casa

paterna

después

de

diez

horas

de

vuelo

de

Bélgica a México lindo y anunciaron su arribo con pompa y derroche. Miguel preguntó: -¿Y viene Frank?

52


Al escuchar la respuesta, sintió que su alma se iba por hondo agujero y regresaba por fin, la costra dolía y al rozar encrespaba. Llegaron, al fin. Los

padres

y

hermanos,

los

seis

todos

juntos,

recibieron con precio y gran bienvenida, saludaron y dieron

mil

besos

pellizcaron

en

mejillas

grupo, y,

surcaron otra

los

vez,

pelos

y

chocolates,

chocolates de Bélgica, el gran premio y tributo al ser recibidos. Al final llegó Migue, boscoso y extraño, y la tía, con el afecto de siempre, lo tomó entre sus brazos

y

estampó

sendos

besos

que

hasta

el

alma

trepaban, ya quisieran sentirlo los pobres tenorios que colman los cines o los parques del área. A Frank, el marido, al intentar levantarlo para darle un abrazo, lo retuvo y le dijo: -Ven. Al separar esa silla, lo tomó de la mano, evitó sus caricias y esquivando los muebles lo condujo hasta el

53


vano de la puerta de acceso, lo colocó sobre el quicio y empujó de ambas piernas y al lanzarlo expresó: -¡Vete! Y cerró las dos hojas.

LO ABSTRAEN

Carlos Armín se sintió mucho más que contento al saber que su grupo al que ahora ingresaba, era sólo

para

hombres

y

no

estaba

integrado

por

doncellas volubles que casi siempre turbaban y sacaban de quicio. Él entraba a pre-púber y no agradaba la mezcla de varones y hembras en el aula de estudio y su ausencia era signo de que, por lo que sea, no se incorporaran, no son piezas para

él

en

los

juegos

que

llaman

Electronics

Games, (juegos electrónicos) donde él era el rey, el mero líder y que, no había rival en lo suyo, él

era

absoluto.

Tenía

el

don

recreativo

y

creativo para ello y era impar y tajante, y no

54


había quien le ganara ni a Solitario o a Spider, ni a Carta Blanca ni Pin Ball. Al Multiplayer, ni en sueños. Consideraba que en eso, no había nadie a la vista que eclipsara su juego, mucho menos las

damas,

siquiera. altura

con

¡pobres

Carlos

tipas!,

Armín

medallas

ni

mantenía

olímpicas

y

intentaban

su

puesto

la

chica

de que

osara contra su alta figura, sería, no quimera, creo que aún no ha nacido quien se acercara a ese rango.

Nadie

ha

superado

hasta

ahora

en

los

juegos, su reflejo es de plata y su habilidad de dorado. Sin embargo, entre los diez de su grupo se encaramó la osadía por saber si el desaire es un tanto reflejo: ¿por qué odiaba a las nenas?, mal veía y execraba, con ganas por ellas, ¡ee saturaba el esquife? -¡Es que me excitan las tontas, me abstraen y distraen, no practican ni el Pacman –contestó.

55


ESTAN PEOR El sitio mejor para hablar de negocios, de credos y dioses, de política o grupos, es la casa, desatar la sin

hueso

o

silenciar

los

aplausos,

es

más

bien

ordinario. Es la estufa, la que está en la cocina, es la que reivindica. En esos juicios andaba cuando, de pronto,

que

timbra

el

de

negro

subido

y

provoca

sorpresa por la hora no apta. -¡Ring....ring... ¡ -no era nuevo. Quelo saltó de repente, tomó el aparato, (esposo, padre y abuelo) alargó los cordajes y que revienta en su ira su esposa Rosita: -¡Bueno!... ¡hola, mija!, ¿qué tal?, ¿cómo estás? Era Linette, su única herencia, y hablaba de Temse en Bélgica, a un lado de Brussel (Bruselas), y quería enterarse de todos y, en especial de su hijo, Carlos Armín, que llenaba la casa de ocio en barricas y de asueto y abulia.

56


-¡Pásamela¡, dijo la madre que, desde que escuchó los timbrazos se le tostaban las habas por hablar y escucharla. -¡Pásala!, pidió de nuevo, y mientras ambos luchaban por el teléfono diestro, persistía y aguzaba, iba y venía, daba signos de apremio y muchos de ellos en fila;

intentó

jalar

el

resorte

y

Rogelio

dio

los

omóplatos. -¡Llevas

mucho

tiempo, Rogelio, dámelo!... ¡tengo

que hablar con ella!, obligaba. Y el marido ni cuenta, estaba lelo en la charla que Carlos sentía con gran diferencia. La charla seguía y trató de hurtar la bocina y dio la espaldas de nuevo el esposo

radiante;

se

paró

frente

a

él

y

le

rogaba

insistente, hasta que el uso fue de claro abuso; para entonces gemía, alzaba la voz y plegaba, la pendencia era extrema y el debate era ácimo, seguidora y seguido propugnaban

sin

tiento

y

la

prudencia

llegaba

puerto de arribo sin atracar en los diques. Mal que bien, dio fin el palique.

57

a

su


Carlos Armín cavilaba, anestesiado y con frío, y sin ganas de hacer polvo la plática, calificó la reyerta: -¡Ay, abues, están peores que yo!, dedujo.

ALGUNA OTRA COSA -¡Qué bueno que llegas, Rogelio, necesito tu ayuda, cambia el depósito que viene del gas, conéctalo, el tanque

que

tengo

no

han

insertado

y

hace

falta

el

hacerlo; pide cuatro galones para el agua de casa, no tardes; la plancha está inútil; tiende la ropa, pero apúrate; ¿no oyes?, ¿no escuchas que timbran?, ¿estás como sordo?, ¿quieres abrir?; el fregadero está lleno y rebosan los platos, la calle está sucia y hoy la criada no vino, ¡ay, tantas bregas me matan, no tengo paz ni reposo!, mano?,

¡qué

estamos

trabajo!, de

al

malas,

concluir,

no

vino

¿me

la

echas

chacha

y

la ni

siguiera la buscan, se fue con el novio o salió con el cuento,

¡no

sé!,

¡ring...

ring...!,

¿contestas?,

la

basura está adentro, saca los botes y estáte pendiente cuando arrojen sin tiento, que no se los llevan...

58


-¿Alguna afanes,

otra

¡pobre,

cosa?,

Rogelio!,

estaba se

hasta

alquilaba

el

tope

de

como

asno

de

campo y estaba a punto de ser auto-viudo, contaba para ello con la fuerza de Carlos, un chicuelo de ocho años que era el par de la casa en el aseo doméstico. -Sí,

abue,

ahora

voy,

nomás

acabo

con

esto

–respondía con respeto. -¿Dónde

dejas

la

escoba,

Rogelio?,

¡piensa

y

coloca!, ¿regaste las plantas?, ¿barriste la acera?, ¿abriste

la

llave

y

colgaste

el

teléfono?,

¿qué

no

observas, Rogelio?, ¡qué descuido!, ¡qué forma de asear tan absurdo!, el refrigerador está mudo y no suena ni nada, ¿lo arreglas?, ¿quieres que ahora te crea?, ¿no sabes hacer nada bien?, estás peor que la fámula, es el colmo, Rogelio, debí conocerte antes de ahora. -Oyes, Caco, dijo Carlos, su nieto auxiliar como solía llamar: -¡Quién entiende a las mujeres...!

59


EL JAMONCILLO

-¡Estoy pobre!, sin nada, no tengo un quinto de sobra

y

confronto

penurias,

muchas

penurias,

insuficiencias y déficits. Pero, no es ni cáncer ni Sida ni Pariknson menos, el estado de ruina en que ahora me encuentro, me abruma y atasca, no oye, ni mira, ni palpa, ni gusta, pero, no corroe para nada, ni con estar en la ruina, ni con el gusto de urdir el subterfugio que fuere para obtener lo que quiero en la bolsa o cartera –razonaba- tengo que hallar la manera de reunir pasta fácil, diez centavos o quince que ya es una fortuna. -¿Para qué quieres dinero?, preguntaron. -Para obsequiar a mi madre hoy que es día de ella y estoy sin morralla, ¡cómo voy a comprarle!, ¡ella es tan buena y tan linda! Me enlistaré en la marina para tener subsistencia, asaltaré diligencias o atracaré las carretas pero tengo que hacer algo; tal vez cobre más por mandado y barrido en las aceras de otoño. Desde

60


entonces y hora, comencé a buscar los chelines que la madre guardaba en lugar encubierto, tal vez en cajas, sacos y blusas, tal vez en vestidos, debe ocultar, de seguro. Se dio cuenta que rascar no es lo mismo que obrar o guardarlo, ahorrar de contado, pero, no hizo caso y volvió a su terca rebusca. -¿Dónde estarán las monedas? Esculcó mesas, cajones, roperos y bolsas, buscó en sitios ocultos y quien suponga que tuvo reposo, está lejos de ello. Hasta que halló en el armario lo que tanto

esperaba,

¡aleluya!,

¡aleluya!,

tomó

diez

centavos y salió como auto a la tienda cercana donde pidió el jamoncillo como cuelga modesta y buscó a la madre de prisa y de regalo daría: un jamoncillo de leche, canela y azúcar que tanto embrujo tenía para él y para muchos, a él le encantaban y espero que a ella lo mismo gustaran. Envolvió en papeles de China y lo llevó hasta la sala donde su madre faenaba. -Mamá, te traigo un presente, y la estrechó entre sus brazos.

61


-¡Ay, qué lindo...! se les salieron las lágrimas al ver a su hijo de siete años apenas. -Espero te guste. -Está rico, lo dejaré para luego, y dio otro beso en la frente. El

jamoncillo

de

dedo,

adorado

y

dorado,

era

un

delirio para él, el Chimborazo de agrado. -¿Habrá

algo

mejor?, meditaba, de un mordisco lo

engullo y saboreó de memoria. El llegar mediodía y más tarde el ocaso y encaminada la noche, no pudo más con el ruido que el antojo le daba, se atrevió, decidióse, era mayor que su estima: -Mami, ¿recuerdas el jamoncillo de hoy? -Sí, hijo, cómo no, te agradezco mucho, de veras, repuso, probaré luego. -¿No lo has comido?, se alborozó. -No, hijo, lo dejé para postres, le mintió, ¿por qué debo hacerlo? -¿Me lo regalas?, se arriesgó.

62


ESTABA MUERTA

Tenía horario de muerte y muy apenas llegaba a la hora del chino que Tai-Chi aleccionaba, práctica china que es de arte castrense de mil años o más, procura afán y equilibrio entre el cuerpo y el alma. De las ocho a las nueve, de diario y de noche, salía a la rutina. Inés, la hija pequeña, abandonaba la cama, hacía sus

tareas,

subía

a

su

biciclo

y

aburría

a

los

neumáticos, y en la tarde, como estaba de asueto, veía la tele y cenaba, y de la mesa a la cama, rompía récord en ello como Tarzán en las lianas. Al timbrar a las nueve, Elsa, la madre, llegaba con prisa al costal la fatiga. -¡Estoy muerta! –decía. Laborar hasta tarde, atrapar autobuses, batallar a los críos, deglutir las noticias y practicar el meneo, la hacia exhausta, deshecha. Al día siguiente lo mismo.

63


Cuando la madre salía, en voz alta gritaba para que el resto escuchara: -¡Voy al Tai-Chi...! Inés, la criatura, que llora y lamenta, y temerosa, suplica: -¡Mamá, no te vayas, no me dejes sola! Al ver llorar a su hija, de cuatro años de gozos, con ojos de lluvia y lágrimas vivas, goteantes, expuso: -¿Qué pasa, Inés, por qué lloras?, debo irme. -No quiero estar sola, mami. -No estás sola, Inés, por supuesto, está Gloria, la chacha, y tu padre esta aquí, él te cuida. -No

quiero

verte

muerta,

mami,

me

haces

mucha

falta, moqueó.

¿ESTA MUERTA?

Antes de ir a la cama, le cantaban a Inés, la hija pequeña: Inés, qué bonita es, sube la escalera al revés. 64


Era

un

cántico

diario,

monótono

y

turbio

que,

después de escucharlo meses y meses, debió parecerle cargante; no había esclarecido, se fue luego a la cama y con los sueños charlaba y se entregaba a su ciclo. Un día, al desviar la mirada, vio la foto en el muro frente

a

ella

directa,

y

con

los

ojos

de

duda,

pregunta: -¿Quién es esa señora?, ¿la conozco? Sentada al pie del respaldo, re-inquiría. -¿Quién será? No había nadie en la casa para aclarar esa incógnita y, con los años de ella, no encontraba su rostro en su blanca memoria y no había cómo saberlo, ¿pregunto?, ¿a quién?, estaba sola, sin nadie. Cuando la madre llegó le interroga incesante: -Mamá, ¿quién es esa señora? -Es tu abuela, Inés, está muerta. Y soltó el llanto a raudales, no podía poner bajo arresto su pesar y su agobio, lloró como nunca, ¡cómo

65


no me dijeron que la abuela se fue!, por vez primera, sabía. -¡Mi abuelita murió, ¡ay!, y plañía. -Inés... Inés... deja decirte, decía la madre. Y volvía, de nuevo. -¡Se murió mi abuelita!, ¡ay, cuánto sufro! -Pero, Inés, escucha, espera, hace cinco años de eso, tú aún no nacías, hace mucho. Se asentó luego y convino. -Era bonita, ¿no?, concluyó.

ROBIN Lugar de reunión, la salita; visitas, amigos, un grupo

de

gente

dispuesta

a

tratar

con

esmero

a

personas, don tequila y limón, entre muchos, y otros entes llamados don vino y scotch, doña cerveza y el brandy

y

lo

que

llegare

después

sea

lo

que

fuere:

vecinos, compadres e hijos voceaban, corrían, saltaban. Consumían ocio a toneles y los licores velaban. Los autores del acto eran Carlos y Elsa, Emilio e Inés.

66


Compartían el proscenio las sillas y juegos y los que otros traían, el fuego y revuelo y ansias de todo. Con el fin de aplacar a esa turba alterada, sujetar sus desvíos y mermar su voltaje, propusieron crear un concurso personajes

con de

trajes

de

disfraz

y

héroes. vestuario

Emilio

pensó

empezando

por

en él.

Después de salir y volver, regresar y vestir el atuendo del

intrépidos:

antifaz,

guantes

y

adivinar al conjunto: -¿Quién soy?, pegó el grito. -¡Batman!, dijeron. -No, fue la respuesta. -¡Emilio!, corrigieron. -No, replicó. -¡Ah, ya sé, dijo alguien, ¡Robin! -No, repitió. -¿Entonces? -Y al quitarse la máscara, expresó: -¡Bruno Díaz!

67

capa,

invitó

a


EL SERVICIO Esperaban visitas. Cuando la puerta timbró e hizo ¡pippp! de repente, me pinté como liebre al cuarto de arriba al que todos llamábamos decirle:

cuartucho,

fue

por

un

sin

alusión

creativo

que

a

ninguno.

Antonio

Dejen

Quartuccio

llamaban, italo-gringo, por quien daba ese nombre a la pieza

de

arriba

en

donde

estaban

expuestas

algunas

pinturas de recias aguadas. Llegaban

tres

a

la

casa

que

yo

deseaba

no

ver

porque no conocía sabiendo el porte de mi alma. Sonó el timbre indicando y a leer me dispuse, ¡y a mi foso! Antes de entrar a la sala en donde el cotarro sería, le pedí a Ana, mi nieta, un encargo de altura hasta el piso de arriba. -Cuando sirvan la cena, ¿me la traes, Ana? Al empezar la velada (diría desvelada) y a poco más de las doce, se enderezó la protesta de las tripas y adláteres.

68


Ana Lucía, de diez años, aproximaba las viandas por la escala de espira y a la vez que trepaba el sapo gruñía y daba mil escozores. La escuché llegar y tocar (¡toc,

toc,

toc!)

y

parodiar

a

sus

años

breves

y

lúcidos: -¡Servicio a cuartos!

AL FIN, VASCO

Roberto llegó de París de donde vienen las crías que las de piernas transportan a todas partes del mundo y hasta

Euskera

inclusive

(País

Vasco)

donde

nació

y

mereció toda clase de halagos, creció y se paró en su Donostia (San Sebastián) un buen día de diciembre. Fue un buen primogénito dos años seguidos. Conoció la C de La Concha y la H de hoteles frente a la comba bahía, los

comercios

y

bares,

restaurantes

y

tiendas,

los

ertzanzas de rojo (gendarmes), el Peine de Chillida y hasta los ecos de ETA.

69


En incursión que efectuaba por las calles urbanas en su bebé-limoussine, iba cubierto hasta el cuello por el soplo del golfo (Cantábrico) frío que esparcía. En una de esas estaba cuando aparece un desfile de la

ETA

agrupada

(Euskadi

ta

Askatasuna),

expresión

silenciosa que hormigueaba de aliados, simpatizantes y adeptos y que en enorme trifulca empezó en esa zona en 1959. Era un brazo de ella que ocupaba la calle y eran cientos o miles con mutismo absoluto. Roberto, de dos años apenas, se detuvo en su Carrier, observó la parada y

mientras

esto

ocurría,

escurría

y

discurría

entre

mantas y enseñas, se puso en pie solidario como un miembro más de la ETA que secundaba la lucha de medio siglo

de

andanzas.

Era

un

mudo

sepelio:

semejaba

velorio. -¡Gora

Euzkadi

Askatuta!

(Viva

Euskadi

Libre)

se

leía en las telas. Roberto observó todo aquello, atento, abstraído, lo midió en su cabina, la entendió, lo hizo suyo y, como buen

donostiano,

donde

nació

70

su

sonrisa,

admiró

ese


cortejo,

su

acción

y

armonía,

se

puso

en

pie

y

saludaba, sonreía, palmoteaba, se sentía uno de ellos, se sumaba solícito. Era un auténtico etarra.

TRATO ES TRATO -Ana Sofía, ¿qué tal si hacemos un trato? Veamos. Mira, te cobro barato y te paseo cuando quieras a doce pesos la hora y, si prefieres arrullos, quince pesos, más IVA. A la rorro niña, duérmete ya, ahí viene el coyote y se la comerá. (¿Desean aterrar a la niña con el lobo mexica más chicano que el chile?, ¡qué maula!, ¿habrá visto un coyote en su vida?) Ana Sofía contaba con pocos meses y días y se vestía a la moda de un Paris libertino: libais justos, doblez en las piernas, aretes y blusa y medalla en el pecho, un pie sin calceta y otro sin calza, muslos tensos y firmes: dos émbolos.

71


Recordaba Sofía a su abuelo mermado con dos derrames que tuvo y que dejaron de muestra a un mísero trapo, estropeado

y

trapeado,

con

dificultad

para

todo:

caminar, moverse, pararse, buscaba siempre el apoyo de algo o de alguien para no irse de lado y cascarse la crisma. Midió Ana Sofía la propuesta y le dijo sonriente, supeditando el convenio: -Me parece bien, abuelo, tú me cobras por hora y yo te cobro por viaje, por uso y desgaste del coche de lujo, el empleo lo daña y el aspecto reduce, ¿no?, y te cobro lo mismo, ok!, ¡estamos a mano! La niña bonita de sus padres amados era bella Sofía, muy semejante a la madre, y cantaba al final: A la rorro niña, duérmete ya...

SUSPIROS

Pola estaba a las tres, justo a tiempo, en la estufa guisando para siete voraces: cinco hijos más dos, padre

72


y madre. Lo hacía con fe y entusiasmo, como si en ello le

fuera

la

boda

y,

¿por

qué

no?,

la

vida:

iba

a

casarme. Miguel, Miguelocho, como solía llamar al menor de los cinco, un rapaz gordi-cara y tenaz rubi-pelo, entre vikingo y normando, de tres años de juegos y vida en ascenso, buscaba a Pola, insistente, la invocaba con ansias y halaba la falda, la quería para algo, y ella, apurada, evadía. Miguel, con empeño, repetía su plegaria hasta que, hombre,

al

fin,

caballero

de

cepa,

al

sentirse

ignorado, cambió de estrategia: -Polita, te quiero mucho, quiso atraerla. -Yo también, Miguel, y siguió laborando. Roberto, el mayor, de diez años cumplidos, halló límite

en

todo

ello

al

escuchar

al

hermano

y

fiable Polita, ansias y almíbar: -¡Ah!,

suspiró hondo, la hora de la ternura,

73

a

la


DISTRAIDO Decorado común, como en un drama, simple en todo sentido:

en

primer

lugar,

lavadero,

ropa

de

cama,

cuerda estirada y dos tumbonas rellenas por dos señoras charlando, indigestas de prójimo, y un niño, a su lado, de ocho años o menos, que no oía, o parecía. -¿Te te

enteraste

de

aquel... el

mismo... el

que

dije, el porfiado?, hablaban quedo, en secreto, sin

turbar al mozuelo para que no lo entendiera. -¿De quien?, no advirtió a la primera. -Aquél... el de los mangos, con el que...

repuso.

-¡Ah, si, ya sé, el terco ese...le cayó el veinte de pronto. -Pues, fíjate, que Petra, la amiga de Ana, de quince años apenas, se comió el pastel después de pasar el recreo con todo y velas... habló con sordina. Y volvían a ver al chiquillo. -¡No me digas!, igual que su padre... le dio gusto al meneo y relanzó la mirada de nuevo al chicuelo.

74


-¿Te acuerdas de ella?... tan fina, juncal, tan esbelta, sin vientre ni nada, de un bello certamen, hoy está peor que una uva. De hito en hito miraban al chico que armaba su coche de moda y encanto. -¿Y sabes quién se lo hizo?, siguió. Otra vez lo veían y seguían con voz atenuada. -El mismo... eran novios... ¡el primero, quizá!... ¡imagínate!, repiqueteaban los ojos. El vástago, oyendo a las dos carcamales, oji-atento y callado, prorrumpió: -¿Y van a casarse, mami?

EL FERRY Cuando atracó el ferry en el muelle, estábamos todos de

público,

a

diez

metros

de

él,

de

pie

cruzado,

observando el manejo y el ajuste del barco y el hombre que a bordo gritaba cual loro. Por la puerta de egreso, de popa, salían los autos, camiones, vagones, remolques y hasta motos modernas, casas rodantes y otros. 75


Martha

estaba

de

pie,

admirando,

ojeaba

todo,

contando la fila de coches que por la popa salían se recreaba la niña, se colgaba del cabo de la proa a la bita; se trepaba, jalaba, brincaba, sus manos se asían a la cuerda tirante que no alteraba ni pizca al buque sujeto del coto portuario que ni se enteraba. La madre, deseando roer a la hija, pero en broma, la conminó a dejarla: -¡Martha,

estáte

quieta,

no

te

cuelgues

de

ahí,

hundes el barco! Y por querer aterrar, la aterraron. Soltó el calabrote y tiritó como hoja.

DE NOCHE, SÍ... Los hijos son... ¡ah, los hijos!... boletos de acceso para el tren de la vida y un riel inseguro y aunque nos cueste admitirlo, son prestados, ¿quién los presta?, la vida, el trabajo, muchas hijos. Buscamos el sol para ellos, el amor y el camino y nadie detiene. La mujer y los hijos los llevan y alejan, son islas que 76


captan y ya no regresan y desde ese momento se fugan, cumplen el ciclo de ellos, vueltas que da el cangilón sin

agua

ni

ganas.

El

carrusel

de

los

tiempos

son

piezas que giran: nacen, crecen y emigran. Viven, si bien, ocho décadas, y sólo están con los padres, dos y media. Sin embargo, son astros que brillan y escarban caminos. La menor parte del tiempo la vida cobija en la casa paterna, y la escuela, trampolín de clavados los lanza a la alberca de las aguas revueltas. En vacaciones que tienen regresan a casa y de nuevo tratamos de moldear y afirmar, o pretendemos hacer, hacer todo lo que ayer no pudimos, lo que quedó por hacerse: afianzar, aclarar, despejar; conversar con su alma y ni así se reintegran. Explorar en los hijos sobre hechos concretos a donde concurren

y

si

mal

obran,

cabriolean

o

negrean,

océano cruzamos lanzando los cebos al agua convulsa: -Oyes, hijo, ¿y hay vida nocturna donde vives? -Y al que consultan contesta: -De noche, sí.

77

su


LA SERVILLETA

-¿Servilletas, por favor, tío Carlos? Miguel Ignacio, de cuatro años, registraba en su rostro los visos de carne, de postre y de leche y todo lo

que

entraba:

estaba

sucio,

pringado.

Sus

ojos

seguían los ojos de Carlos, su tío, y rogaba: -¡Servilletas, Quería,

lo

por

favor, tío Carlos!

afirmaba,

“desensuciar”

su

carita,

negligencia de madre por no poner papelitos en el sitio llamado...

¿cómo

se

llama!...

¡servi...

eso!...

Reclamaba paño o papel, y el tío, con su mente en la plática, descuidaba el reclamo y olvidaba el chico de nuevo: -¡Tío Carlos... tío Carlos, por favor! Estaba

a

punto

de

hacer

que

su

coco

explotara

cuando, de pronto, con tantos reclamos, en un acceso de ira, exclamó:

78


-Tío

Carlos,

tío

Carlos,

servilleta,

por

favor,

¿tengo que pedirla dos veces?

LAS CANAS -¡Papá, papá, estás lleno de canas! María Paula advirtió, no sin asombro, que a los pocos

años

del

padre

tenía

plata

en

las

sienes

y

alumbraban sus hebras. -Deberían estar en la bolsa, decía a la madre. Explicó el padre a María, que las canas salían de las ganas, auténticas ganas, eran coces del tiempo. -Tu mamá me las pega cuando duermo con ella, bromeó él. Nunca pensaron que ello, broma inocente, despertaría temores e inquietudes sobradas: -¡Hilos de ganas!, ¡bahh! Censuraba a la madre: -¡Qué mala gente eres!, ¡a quién se le ocurre!

79


Días después, cuando la madre se acerca a la niña intrigada, la paró con las manos, miró al padre de lado y le dijo: -¡Mamá, no te arrimes, me pegas las canas!

LÁNCELOT

Ana Sofi contaba con año de vida cuando los padres compraron

varios

libros

de

monstruos

que

fueron

de

azoro y sin advertir la llaga que hacían aquellas, eran cuotas impresas. Sin embargo, si nos ponemos a ver las lecturas actuales (cómics, videos o libros), hallamos muestra seres

de

todo

en

cantidad

horribles

de

lóbrego

y

amplitud

aspecto:

que

brujas,

enseñan magos,

kelpíes, bestias, grifos y fénix, licántropos, hidras y dracos, mantícoras, rocs y pegazos, tetis, banshees, quimeras, vampiros, salamandras, basiliscos, minotauros y

tengus,

gorgonas,

bakus

y

arpías,

dragones

y

hechizos, engendros, y hasta monstruos locales como el

80


chupacabras famoso que, si no soñó Harry Potter debió de hacerlo. La TV favorece. En relación con endriagos, la onomatopeya surgió de los labios de Sofi. Y repetía: -¿Cómo hacen los monstruos?, preguntaban. -¡Aggghh... ¡ y rugía. No se cansaba de hacer. Láncelot, reviente)

(con

porque

esdrújula,

llamamos

aunque

Láncelot,

la

en

Academia

English,

no

Lanzelot, en Spanish, el amigo de Arturo, era un perro de

casa

y

no

de

caza

cualquiera:

Springer

Spaniel,

inquieto y pasivo que, a pesar de su crianza en la escuela de canes, ladraba, corría y vigoroso arredraba. -¡Eres un monstruo, Láncelot... ¡ renegaba la madre. Después,

al

preguntarle

a

Sofía

el

gruñido

de

perros, contestaba: -Sofi, ¿cómo ladra tu Láncelot? Y en lugar de decir guau, como todos los niños, asociaba: -¡Aggghh...!

81


NO LA CINCHARON -¡No la dejen sola, por favor, tengan miedo de ello, ajusten la silla y sujeten las cuerdas al cincho

con

fuerza,

vigilen

sin

pausa

y

tengan

cuidado de movimientos violentos; al dormir, no la dejen... no me cansaba de hacer: exhortaba, opinaba, instruía, advertía, las precauciones no sobran, hay que prever –me decía- puede ocurrir cada cosa, es una bebita, indefensa. ¿Qué causó el accidente?, no sé, no sé cómo, ¡cómo pudo ocurrir!, a mí, el medroso, el que tanto insistía, no cabe duda, en casa del... Cuando sentaron a Sofi en su auto de niña para salir a la calle, repitieron lo mismo, exactamente lo mismo que ayer precavía. abue

a

la

Sofi

Madre y tía dejaron bajo el ala del

preciosa

y,

no

bien

se

ahuyentaron

cuando el teléfono suena, ¡ring!, me paré en segundos, ¡dos segundos!, acudí a su llamado y en cuanto dije ¡quién habla!, que se cae la criatura en el piso mojado

82


y

cuando

acudí

a

la

baldosa

para

verla

tendida

la

encontré en cuatro puntos, cual gato, miraba, a dos dedos

del

mueble,

pudo

darse

un

golpazo

de

efecto

imprevisto, temí y ¡oh!, creí oír: -¿Oyes, abue, ¿no me confiaron a ti?, ¡ya ni la haces!

ESTÁS... Al recoger los platillos con los cinco cubiertos y someterlos

al

servir

gaseosa

la

grifo,

instó

alzando

Miguel el

a

su

padre

frasco

de

vidrio

para con

requisitos bien hechos, comer bien, entre otros: -Papá, ¿me das coca negra, por favor?, y mostraba su vaso. El

padre,

observando

a

Miguel

en

su

asiento

de

infante, sirvió la Coca abstraído cuando, de pronto, se derraman fue?,

al

los

líquidos,

chocar

la

se

desaguan

botella,

¡zaz!,

in

situ,

que

¿quién

empapa

el

entorno, quedó humedecido: ropa, mesa, mantel, silla,

83


piso, su ropa, hecho una sopa. De pedigüeño a culpable y de torpeza a desliz. Mudó de colores y dijo tronante: -Papá,

estás

en

graves

aprietos,

como

solían

eres

respondió

decirle, chocaste mi mano, ¿ves? -El

que

está

en

aprietos

tú,

el

padre, si no limpias el área en cinco minutos, sentirás el castigo. ¡Quedó mejor que nunca en tres minutos o menos!

PITÁGORAS El Vale (Jesús Valentín) llegó a figurar como líder en problemas de cálculo y en álgebra misma y era el Cid en problemas y cuentas de todas. No sólo era bueno, sino óptimo alumno. Su padre, engreído, hacía gala de ello, alardeaba y gozaba, y en todo momento mostraba su ingenio.

En

cónclaves

grandes

y

chicos

coloquios,

tertulias y actos, sorprendía a cualquiera. Desde su corta edad, cualquier tema de ciencias, matemática o física, le daba opción de lucirlo: leyes de Kepler, de Pitagóras o tesis de Einstein, todo podía. El padre no

84


descansaba

para

mostrar

y

blanquearlo,

ostentaba

su

gracia con grandes aciertos. En reunión de domingos o fechas de asueto, de familia o de amigos, se asombraban del

Vale

y

magnificaban

su

ciencia.

Cierta

vez,

y

aprovechando la cita de los sábados últimos, el padre le dijo a su hijo que demostrara su astucia: -A ver, Vale, le dijo, vamos a ver, dime ahora: -Y se puso en guardia. -¿Cuánto son dos más quince? Y el chico, con la vista clavada en las puertas y techos, desvió su mirada, volvió los ojos al suelo y después del análisis, repuso: -Oyes, jefe, dame más datos, ¿no? (A la fecha, no exime el Vale a su padre del chiste)

85


LOS CORTOS

-Oye, tabla

Miguel, delgada

dijo que

la

por

madre afanada en la

burro

conocen,

o

sea

pollino, ¿burro?, ¿parece asno?. -Tráeme tus pantalones. Y salió cual dardo corriendo. Las prendas, “de grandes”, las tomó Miguel en sus brazos y entregó sin descanso. Y volvió a suplicar su mamá. -Migue, ahora tráeme los cortos. Y

volvió

a

salir

como

cohete

y

trajo

todos

los

bóxers que encontró en e canasto. -No, Miguel, estos no, dijo la madre, los pantalones cortos, los shorts, los sin piernas. -¡Ah...!, respondió, ¿los de manga corta?

86


¿GLOTONERÍA?

Con apetito de fiera en el mesón de la esquina en el que suelen yantar, los cuatro almorzaban a ritmo creciente, pedían mucho y de todo, y lo que más le escocía eran los precios de aquellos que se montaban a las nubes, pero a todo le entraban y con fe de epicúreo comían, sobre todo Inés que parejo probaba. Al observar el menú, cerraba los ojos y con el dedo pedía a donde gustara, lo que ella eligiera: esto me gusta, esto también, esto lo

mismo,

entonces

y

sí,

cuando

entraba

duplicaba,

el

a

los

antojo

postres,

medía

y

la

ocasión valoraba. -Está en desarrollo, decían, y entre padres y amigos rompía récord de gula. Come

cual

comentaban,

grande era

y

buena

atracaba.

87

es

mayor

con

lo

dientes

que

come,

y

todo


En

el

cartera:

comeder pan,

de

ese

frutas,

día,

agotaba

tostadas,

carta

y

enchiladas,

frijoles y, para concluir, algo rico como cono de helado.

Al

mediodía

la

abuela

invitaba

y

manducaban con ella y, además, los padres irían a una

boda

imprevista

–dos

compromisos-

misa

de

nupcias y ágape vasto. Faltaban horas para ir a ambos festines. Estarían en misa y al pronunciar “misa est” se vendrían a la otra, previo abrazo y saludo y regalo a consortes: ¡Felicidades, que la tierra sea leve! Inés, al observar el espacio con las mesas en orden,

faltaba

nomás

la

pareja

para

inaugurar

el

banquete y se aprestaban las mesas en fila cerrada. Entonces a Inés se le dio lo siguiente: -Oyes,

madre, le dijo, te propongo

una

-Sí, ¡cómo no, Inés, dime!, dijo la madre. -¿Engañamos a la abuela? -¿Cómo, por qué?, quedó absorta.

88

cosa.


-Sí, mira, no le decimos nada y comemos aquí y seguimos allá, ¿qué te parece?

Y...

Salió Miguel con Enrique a la Ciudad de los Niños que era su mejor espectáculo, con el padre de éste que agasajaba y llevaba, y no era nomás un amigo, sino su mejor camarada. La Ciudad de los Niños

es

el

lugar

de

evento

con

trances

de

asombro y de atractivo mayor donde podían estar no toda la vida, pero buena parte de otra ¡y qué no hizo Miguel con su cuate! Coloreó los dibujos y amasó panecillos, pasó el tiempo completo en maniobras

de

autos,

lanchas

y

cohetes,

era

un

sitio de trotes para grandes maniobras y costes de creso. Al terminar la jornada y recorrer los pasillos desde lo alto a lo bajo, los recogieron a tiempo y llevaron a casa de Quique, su amigo, para hacer el receso y consultóle a su adicto:

89


-Migue, ¿quieres ir ya a tu casa? Y el chiquillo responde: -No, ¿y la cena?

SE DICE...

Miguel Ignacio y Enrique, otra vez los amigos, ambos de cinco septiembres, tomados del brazo, fueron ahora a la

feria

que

estimaban

de

lujo.

No

bien

habían

ingresado cuando iniciaron su ritmo como campeones en todo:

aupar,

saltar,

una

puentes

y

trepar, región

lagos,

rodar,

de

de

Natura

creación

resbalar, con

encaramar

lianas

infinita

y

para

y

troncos, ellos

y

muchos: tío-vivos, tazones, volantes y, ¿cómo faltar a chocones?, sin ello no hay inquietudes. Reservaron los autos para el final del jaleo. Primero a los suaves y luego

a

los

rápidos

y

enseguida

a

hubiere como esos. Como enanos gozaron.

90

los

máximos

si


Al terminar el trayecto, se regresaron a casa y al estar ya tumbados, en paz en la alcoba, evaluando los juegos, preguntó Miguel ya curioso: -¿Qué te gustó más, Quique? -A mí los carros chotones, dijo. -¡Ay, Quique, dijo Miguel, no se dice chotones, se dice chocones, con ele de vaca.

REMAR

A Jesuso le dio por remar un buen día, pero, no fue en buena hora, en el Lago de Chapultepec, gran alberca, no era entonces su día, ni la hora ni el sitio. Recibió del padre lecciones y empezó a

bogar

aguas

como

recias

Nelson y

en

turbias,

su y

océano una

vez

nervioso

de

aprendidos

todos esos detalles para cualquier circunstancia, se doctoró con los remos. Tenía diez años de vida y pondría fuero a su esquife y observaba la proa que corta y reparte las olas como si fueran de

91


diques. Subir a bordo no es nada fácil y avanzar con

los

remos

y

ir

de

cohete

aunque

fuera

a

Saturno, es captar maravillas. Lo difícil lo sé, dijo

él:

gaja,

conducir

desgaja,

y

y la

carear con las olas!

bogar. proa

¡Cuando

parte

y

la

quilla

reparte

al

Pero, era domingo y soplaba

un austral de llanura, parecía oso en diciemre y estaba

quedo

y

a

solas,

desolado

y

sin

olas.

Deseaba enviar su energía por los reinos del agua en esa calma serena que era su teatro y platea. Con el fin de empezar el trayecto manso y sedante, vio que, a su izquierda, navegaba un chicuelo con apta soltura en una lancha gemela igual que la suya en que iba

poseso.

Jesuso,

al

abordar

la

falúa,

recibió

indicaciones del padre con hábitos concretos y claros: sujetó los remos con garfios como si asiera una viga, sintió la barca a su mando y abrió los remos al mundo como

diciendo

con

Cook:

¡Australia,

ahí

te

voy!

Se

sentía otro, seguro, y la tomó como propia. Recordaba lo dicho por el padre maestro: Vas solo, no olvides, no

92


es de prisa el meneo, es de rumbo. Lo digirió con la mente

y

procuró

precaverse,

se

veía

fácil

hacerlo:

subir, pararse, sentarse, ciar, herir con la quilla, jalar, virar y moverse, sin problema a la vista bogaba. No sabía nadar y remaba. La pauta paterna llevaba a la mano al chico remante y lo malo que era fue que no le dijeron

que

guiar

es

de

remos

tranquilos

y

cautos,

factor de maestría. Esos dos que salieron a la calma laguna, iba bien en la suya, y está lejos, se ve, y confiaba en que el agua es un triste cadáver y el remar un sarcófago. Del otro, ni luces, rema lejos. Después de bogar hora y media con el alma en un hilo y las palas de hélice y a punto de atraque, se dispara a la meta como un Cid en Castilla, y le imprimió tanta prisa que llevaba el hálito tenso y los tendones de bulto, hizo un último esfuerzo para imponer nueva marca y sin mirar el entorno... ¡Que choca! El otro vuelca de lado y se quedó despistado. ¿De dónde salió?

93


CREO QUE SÍ Un

día

me

invitaron,

¡y

en

buena

hora!,

al

restaurante “El Burgués”, a comer hamburguesas de todas especies que anunciaban con neón refulgente y saltaban con toda delicia coreando con bombo y platillo, no era fácil saber, acertar y elegir las ricas bivalvas con pan

y

avestruz

filete, o

pollo

o

guanajo,

cerdo

mariscos,

y

para

buen

un

o

pescado,

sibarita

de

unicornio y de fénix. Al presentarnos la carta, no supe cual pediría, ni cuántas ni cuáles, estaban riquísimas!; leía y leía y no acababa de optar, había la opción que, si no me agradaban, podría cambiar sin problema: -¡Oye, eso está bien!, si no me gusta, la cambio, ¡bravo! Por

prudencia

presumiendo

de

pedí,

parco

y

sólo

un

par

cuando

el

gusto

al

inicio

llegó,

la

tercera y la cuarta. Tal vez alguna más. ¿Le seguimos? para atar el deleite, pensé en otra de ganso. Veremos.

94


Diego Armando, mi nieto, de 1.90 de altura, segundo en la fila de una justa docena, puso los ojos en blanco cuando escuchó que pedía otra más de otro algo y con reserva me dijo: -¡Puta, abuelo, sales más barato invitarte a Europa, que invitarte a cenar!

LA ESQUELA Cuando peinar

de

Secundaria,

sus

Rafa

pensó

años,

primero,

en

(trece

cuando

morir años

empezaba

de

chacota

tenía) la

época

fue de

al en la

década cuarta del siglo XX, (Segunda Guerra Mundial) y en esa pugna muy poco afectuosa para hurtar lo no suyo de grato atractivo. Las naciones aliadas contra el Eje de Hitler. Era

costumbre,

y

lo

es

ahora,

entregar

las

esquelas del óbito cierto, cartas impresas donde daban el tránsito, (papeles doblados de blanco y de negro) y olían

a

ídem.

Las

llamaban

esquelas,

cuando

alguien

moría, sin aviso o con él, a amistades se enviaban y a

95


familias cercanas y se registraba la misa, el sepelio y la hora del acto en su punto en los largos San Juanes. Sabían todos del occiso, de otra manera, la compañía mermaba y casi nadie asistía. En el velorio bebían café con piquete, brandy o tequila o mezcal sin gusano que ya era fiambre. El Día de Muertos, 2 de noviembre, Rafa compró las esquelas,

las

redactó

con

cuidado,

las

llevó

a

los

talleres que junto a la escuela se hallaban al volver de la esquina, rotuló los mensajes y remitió a sus amigos.

Esperó

el

lunes

para

paliar

la

sorpresa,

pero... siempre hay un pero... no previó las secuelas que

todo

esto

traía.

Al

enterarse

del

caso,

los

compañeros de él, los padres y deudos, se dirigieron a casa de Rafael, el finado, a entregar condolencias con velas y flores y escoltarían el cadáver hasta las cinco de la tarde, hora de misa. Al escuchar las palabras como

indicio

del

duelo,

los

dos

padres,

sin

duelo,

furiosos, perplejos, se dirigieron al cuarto en donde Rafa dormía, y conociéndolo de antes, de humor más que

96


oscuro, sin disculpas ni nada ni nada de excusas, le han dado una... ¡que ni en la vida!

LA FOTO

No hacía falta que Sofi estuviera en la foto que todos oteaban, ni falta que hacía... se veía... saltaba a la vista y saltaba a la tarde de crepúsculo vivo de grana y negrura, y los rayos del sol se dormían entre nubes, era inescrito. No está bien que las sombras se agranden y cubran las luces de Véspero y que los patos y garzas, por no ser de penumbra, emigren temprano. Hoy las aves se fueron con prisa inaudita, sin el cortés “con permiso”, el gris se volcó en la línea sombreada y se robó el horizonte tirante y erecto. Las sombras se asombran ante el sol del caldero, mientras el mar se deshace con cicatrices del día ante ojos de verde. La

niña

olvidó

su

barquito

en

el

blancor

de

la

espuma sin tripulación y sin brújula, pero el flujo cambiante no pensaba llevárselo y encadenó su reposo.

97


Me impactó tanto la foto que tuve en las manos, ¡qué belleza!, le faltaba, no sé, era única y fiable,

¡qué

de foto! Bogó Sofía en el sol de esa barca en el borde de la playa extenuada, quimera flotante de sueños y mitos, urgía al mundo encubrirla, sacarla de ahí, ubicarla en el patio, antes que algún bandolero de los que allí se menean lo conduzca a su asilo. ¡Qué... bella... foto,... de veras!

EL PADRE

Se quedó la chacha con él mientras los padres se iban hacia el cine de escape, a las once, cinta de adultos, era atractiva película y eran hinchas jurados. El chaval era un pillo de siete vaquetas y parecía tener como once, dejaban a ella al cuidado de la casa y del hijo que a duras penas domaba. La única forma de atar a esa fiera de jaula, era informar a los padres que habrían de dar al trasero, pero, pensó, mejor me

98


detengo

y

decido

torearlo,

agotar

los

recursos

y

aplacar sus desvíos. Cuando estaba así, de ese modo, más valía ignorar que encararlo, sus trastadas pasaban por cerrar sus caprichos y era un riesgo mayúsculo, mejor buscaría su lado flacucho. Aún cuando pudo frenar sus impulsos, pensó cambiar de estrategia: jugó a su manera,

decidió

espadas,

bañarse

correr con

a

su

agua

ritmo

de

su

y

arma

combatir de

con

chorros;

encaramarse al columpio, dibujar a sus héroes y horneó palomitas y pan de centeno, jugó al asno de carga y aceptó

sus

desmanes,

su

ánimo

era,

como

nunca,

inmenguable. Llegó

al

final

de

sus

tretas

cuando

mojó

su

organismo, toda ella, con su metralla de flujo, tiró los pasteles y vació chile en la leche y después de aguantar

más

de

cien

tropelías,

no

pudo

más

y

se

expuso; era un títere y ya era mucho, estaba harta de todo. -¡Ya me cansé de lidiarte, voy a decirle a tu padre que eres un diablo, de veras, ¡es el colmo!

99


-Y yo diré a mi mamá, dijo el chiquillo. -¿Qué les vas a decir?, temió la criada. -¡Que le chupas el pipí a papá!

JOAITO

Miguel Ángel, el abuelo, con cuatro niños en kínder y otro más en la funda, llevó a la escuela a su último de

cinco

años

de

juegos,

a

primer

grado,

en

los

párvulos, mostraba interés por los ritmos y se afanaba en lo suyo. Su inquietud y alegría salían por la boca de su ingenio, poco comunes, cimeras frescas y altas. El abuelo extrañaba su actitud de entusiasmo en que había

caído

y

advirtió,

como

siempre,

compostura

y

prudencia a Joaito, su nieto menor: ¡Pórtate bien, no platiques,

pon

atención

a

las

clases,

no

salgas

de

ella, no hagas daño en tu grupo a amigos y amigas, no juegues,

respeta

a

maestros

grupo, haz lo que indiquen y

y

a

los

compañeros

actúa, no seas corto que

no es nada bueno!... y así, hasta agotar la ringlera.

100

de


El primer día, bien; el segundo, mejor; el tercero, óptimo,

hasta

que

acabó

la

semana

con

adverbios

distintos y azoros diversos, soles y lunas, engomados de

altura

que

llevaba

a

su

casa,

comportamiento

de

pódium, ¡híjole! Al pasar la semana empezaron a fiar en el niño, padre, madre y abuelo, se quitaban la gorra ante

él

y

admiraban,

un

arquetipo,

de

veras,

y

en

conducta, lo máximo, y era único en notas. Pasaron los días y luego semanas, y después de los meses, llamaron al padre, a la madre y abuelo otra vez a

la

silla

de

reos,

y

al

presentarse

la

tercia,

rindieron informes de él: el proceder de Joao menguó, decayó

de

altura:

holgaba

y

torcía,

retorcía

y

molestaba, faltaba a sus clase y todo obstruía, lo que pasara, excitaba. Pasó de acera y de calle y se fue a la contraria, de único a díscolo.

Extrañóse el abuelo:

-¿Qué pasa?, ¿te convertiste en demonio?, ¿no eras modelo en la clase, le reconvino a su nieto y se azoró del canje increíble. -¿Qué me dices?, repreguntaba el abuelo.

101


Y el nieto repuso: -Salió brava la maestra, ¿no?

TU DILO BIEN Don

Miguel

y

Chonita

disfrutaron

al

nieto

como

abuelos de estreno y, como todos estaban felices con las

tres

llegó

de

infancias Paris

que

en

tuvo

sitio

el

inquieto

Premier,

vía

retoño cigüeña,

que la

alegría se montó en la tierna zancuda y el vuelo se hizo

con

veinte

viento

horas

disfrutaron caprichos

y

a

del

favor día,

amaron

venían

y

y

en

más

con

el

antojos

dos

horas

menos.

Las

cuatro

de

sueños,

lo

menear

que

salían,

era supo

diario, obtener

dividendos en su cofre de mimos para su área de juegos rico y soberbio. Cierta vez, cuando el niño perdió el aparato con alas

y

cola,

desfalleció

de

tristeza

y

acudió

de

inmediato a su abuela dispuesta y le inquirió por la nave: -Abue, le dijo, ¿donde “poní” mi avioncito? 102


-Lo “poniste”, dijo la abuela, abajo de mi cama, ahí búscalo. -Mira, abue, le dijeron los años, yo puedo decir “poní”, pero tú dilo bien.

¿Y PARA QUE...?

Joao, Joaito, el terrible Joao, el que agitaba en las clases y agobiaba por horas, y mosqueaba y roía, es el mismo pillastre de este no apto drama. Ponía a todos de punta en el campo de juegos y era el único diez que en la clase obtenía y en la boleta quedaba. Si lo hacía bien a deshoras, lo hacía mejor a sus horas, motivaba grescas y bullas que era de zaherir y raspar. Llamaron luego a los padres y al mediador de su abuelo al canapé de la escuela donde se juzga y censura a los padres de aquellos que tienen genes iguales de los que brincan y atontan. A la Dirección los llamaron 103


y escucharon atentos la hilera de casos, la Ilíada y Odisea de Joao, y les costó trabajo creer y admitir el descoco

por

más

vueltas

que

daban

a

los

crasos

desmanes, no aceptaban así. Con la paciencia en la mano y la fusta en la otra, escucharon los hechos de tretas y tratos, y prometieron saldar la factura pendiente y esa cuenta de pagos que consideraban no suya. Al salir del

Jardín

se

encararon

al

niño

y

le

advirtieron

severos que si volvía a salpicar su expediente armiñado abanicarían sus posadas. Aceptó todo a medias, no muy convencido, no sin antes reñir a las maestras ficciosas y sin mesura a la vista que entonces juzgó: -¡Para qué tanto estudio, a ver!

LA DE LOS NUEVE Llegó a conocerla por el mote tildado “la de los nueve” en alguna ocasión en que se hallaban en la carpa de sus buenas amigas en la casa de Ana y ahí supo de su alias y se desconcertó. Fue una tertulia pasiva que por

104


obra y gracia de ellas se prolongó hasta las nueve, cifra clave, y duró nueve horas hasta que el disco eligió

ser

ex-rodaja.

Alternó

por

momentos

con

esa

cifra numérica y se enteró de sus hilos cuando intuí que sus dones eran parte de muchos. La llamé por su nombre, se llamaba Patty, creo, Ana, Betty o Amparo o algo

así,

era

un

nido

de

nombres

que

en

la

charla

brotaba. Solía verla u oírla en la escuela o la calle o en el teléfono negro que daba gritos de ¡ring!. -¿Quién habló?, preguntaba Ana. -La de los nueve, decía. -¿Por qué así la llamaban? Era férvida, pía, católica, y tiene (porque vive) en alta estima su credo y valores talludos, por millas contaba. -¿Tienes los hijos de Dios?, le inquirían a ella, y esa era la causa de su alias por lo que decían “la de los nueve”. Había creado y formado un grupo de béisbol, ¡imagínense!, ¿y la planificación familiar? Muy bien, gracias. Como nueva.

105


-¿Te

gustan

los

niños?,

¡que

bueno!,

¡qué

linda

eres!, ¿adicta a jomrones?, sus amigas bromeaban. Con

descaro

y

frescura,

entre

bromas

y

veras,

respondía a sus aliadas, segura y contenta: -Sí, me gustan los niños, son obras de arte, ¡pero el que me gusta es mi viejo!

ESTAS SON...

Al terminar de comer los domingos sin brega en la casa de Sofi reposaban tranquilos, postrados y largos, dedicados

de

lleno

a

soñar

y

dormir,

a

jugar

y

a

sestear, y al no fácil deporte de no hacer nada en la vida. Si Ana Sofía deseaba partir a la luna o a los miles de astros, la llevaban con prisa, sin el temor a demoras, era la hora del gozo y saboreaban a pasto como expertos terrestres. Él (el padre) y ella (la madre), y la

niña

(Sofía),

la

inquietud

de

los

siglos

y

la

quietud de los años, de un año y de meses, domingueaba.

106


Mientras la madre deseaba obturar sus pestañas, el padre, con flema, se dedicaba a jugar con la hija que era la mar de impetuosa y le impedía llegar s Morfeo ya, cuanto antes. Montaba a pelo a su padre y picoteaba sus

flancos,

y

cuando

menguaban

sus

voltios

la

emprendía con la madre que soñaba entre bullas y gresca a canastos. Palpaba su rostro y sus zonas vecinas como contándolas: -Esta es la boca... -Esta es la nariz... -Estos los ojos... -Estas son las.... Y al intentar decir las pestañas, tarareo: -Estas son las mañanitas...

MISTER Solían

hablar

de

Cuauhtémoc

por

un

nombre

encubierto, para techar, buena idea, lo que de él se dijera, en clave íntima, para enmascarar y sesgarlo.

107


Era un niño pequeño y de meses dorados, bueno, más bien chapeados. Pensaban mister

que,

podrían

por

hablar

sus a

años,

si

trastienda

disfrazaban sin

que

con

a

él

mencionaran con la mayor certidumbre, sin que lo oliera siquiera. Diría: Hablan de otra persona que desconocen su nombre. Pero, la inocencia materna no era igual que al del niño, o a peque cualquiera que, por cierto, nunca deja de ser lo que es, aún siendo el primero. -¿Si mister supiera...?, ¡qué raro está mister!... cuando mister se entere... que no sepa mister... ¿está mister de malas?... y así. Cierta vez, cuando los tíos vinieron y a los niños miraron súper,

y de

primero

a

un

súper,

Temo

Cuauhtémoc, pieza

lo mayor

calificaron del

de

recreo

y

Goliat del plantel. -¡Hola,

campeón,

cómo

estás!,

vernos!, ¿cómo te va? Empezó el cuestionario. -¡Qué fuerte eres!

108

¡tanto

tiempo

sin


Sonrió. -¿En que año vas? -En primero. -¿Tienes novia? Rió sin ganas. -Oyes, dime, ¿cómo te llaman tus padres?, ¿Apolo, Aquiles o Ulises?, preguntó el tío. Fue una pregunta idiota, pensó: -Soy Cuauhtémoc y mister me llaman, y cerró.

TAMPOCO

¿Tenía la cara de ovillo, de masa o enredo?, se complicaba seguido, era un gran trabalenguas que por gusto se liaba cuando no se embrollaba, era un caos, ni con nada podía, se resarcía por ello y no lo hacía por hacer, le aparecía. Los padres tenían –no heredaban- otro modo de ser, de pensar, de hablar, de bien actuar, era un hábito propio, entendían bien y con brillo escuchaban, y no

109


sólo bien –más que bien- sino muy bien. Conectaban al hijo

con

personas

confusiones

de

patentes

luces para

y

ajenas

evitar

a

embrollos

contrasentidos

y y

desórdenes. Pensaban los padres que era un foco fundido de mil vatios o más y su forma de ser, si no óptima, de luces, no estimaban que fuera ni un grisáceo o cretino. Cierta

vez,

en

coloquio

con

Pedro,

su

tío,

se

presentó este palique que sacudió el raciocinio e hizo tiras al juicio y al equilibrio de báscula: -Hola, ¿cómo estás? -Bien. -¿Vas a la escuela? -Sí. -¿Tienes maestra? -Maestro. -¿Te gusta? -Sí. -¿Amigos?... -Muchos. Hasta ahí iba bien.

110


-¿Sabes leer? -Sí. -¿Y escribir? -Tampoco.

SE LA JALÓ

Estaba Santi agitado y persistía en agitar, pero de frente, los padres veían y pacientes jugaban porque, decían, le pasará luego, lo dejaban hacer y volvía. Cuando a la madre quebró la entereza hecha añicos, jaló la oreja al niño y riñó comedida, lo encerró en su recámara y previno: -¡No jorobes, Santi, ponte a leer! El niño, mal que bien, hizo caso, frenó un instante y volvió por los fueros más que rápido, fue algo así de minutos. Volvió a la carga, y cuando salió de su cuarto con Migue, su hermano, retozaban, corrían, empujaban, repetían

y

se

dedicaron

a

111

liar

mil

trastornos

como


expertos en ello. La madre, que estaba inmersa en un libro, regañó y condenó a su hijo, estaba brava: -¡Ya está bien, Santi!, tengo límites, jálate la oreja y vete, por favor, ¡ya está bueno! Y

tiróse

Santi

del

lóbulo

y

pegó

un

grito

estentóreo y... ¡santo remedio!

¡MI MADRE!

La exclamación reincidía y no era viable apartarla a

Sofi

de

ella.

Sofía,

de

tres

años,

tenía

gran

puntería, encañonaba y centraba más luego que tarde y aprovechaba lo dicho con fusil y mirilla. Estaba inflada la madre de ocho meses del crío, su próximo

hermano,

y

daría

pronto

a

luz

a

ese

ser

hegemónico y por la experiencia de ella estaba segura que una hermana sería, vestiría la ropa de ella y sería su compinche. Al

visitar

recomendaron

a

su

hacerse

médico un

la

¿qué?...

112

madre

pujante,

ultra...

le

¿qué?...


¿sonido?, no para ver el boleto sino para su hora de egreso, para ver su estado. No tenía dudas de ello, y cuando pasó el ratoncillo sobre el pico del Everest, se desplegó la matrícula y el galeno informó: -¡Será niño! Dar

el

celebraron

grito el

y

don

el del

salto

fue

zaguero,

todo

de

un

respingo,

chiquitibum

y

de

vivas, de enormes porras y hurras. -Habrá

de

ser,

dijo

el

padre,

un

campeón

del

América, ¡águilas, águilas, ra, ra, ra!, nótese al fan por el once, lo etiquetó de auriazul. Y faltaba lo bueno: la notificación a Sofía que daba por hecho que de calza sería, no calcetín, otra guapa princesa con quien podría jugar y ajetrear a sus horas. Cuando llegaron a casa, la madre hablaría y en serio daría la enmienda final, con mucho cuidado: -Oyes, Sofi, muy seria, ¿ya sabes qué va a ser el que viene? La niña la ojeó:

113


Vi al ginecólogo y dijo... ¿a qué ni sabes?, ¡qué va a ser niño! -¡Mi madre! –repuso.

TACOADICTO

Juan Carlos sabía que si hacía taco a su madre, lo devoraba.

Hacía

quisieran:

taco

almuerzo,

de

todo,

comida,

lo

cena,

que

pidiera

entaquizaba

o

todo,

independiente de carne, de pollo o pescado, entubaba todo en rollos de harina, ¿qué hay de otros? Entacaba todo

lo

que

su

estómago

amara:

carne

de

falda,

de

bistec o chuletas, de milanesa o brocheta, de res o de cerdo, de pollo o de pavo, pescado, avestruz, hasta queso cualquiera. De paté y de moronga, de frijol y chorizo, era su hábito diario. No enrollaba los caldos porque al liar se chorreaban y postres ni se digan, de ates y frutas, de panocha o almíbares, todo enflautaba. Cierta vez, cuando invitaron a padres a comer con los

primos

peces

de

mar

que

114

sabían,

cumplirían

sus


deseos, y les prometieron... ¡óiganlo bien!... ¡jaibas rellenas! Juan

Carlos,

que

no

había

oído

tal

nombre,

totalmente ignorado, ni le inmutó el nombrecito, y le hervía la tripa de gula y al servir el crustáceo en charolas

enormes

y

exclamar

¡buen

provecho!,

que

se

lanza a la mesa y con fiebre de toro el plato abordó con

firmeza.

Tomó

una

y

enredó

a

la

tortilla,

la

aderezó con las salsas, abrió las mandíbulas y dio gran mordisco. Ni se entibió la corteza. Volvió a la carga y lo

mismo.

Resistían

las

plagadas

y

luego

indignado

tronó: -¡Mamá, te salieron duras las jaibas!

¡AH, CHIN... ¡ La

madre

cruzaba

por

la

rúa

invadida

y

el

hijo

menor, de tres años, iba sujeto a la silla en el sofá posterior y no sentía los bordes y baches, iba preso al asiento. De pronto, cuando cruzó un muchachito por la calle nutrida y se olvidó del semáforo, ni se fijó del

115


granate,

y

la

madre,

aterrada,

ante

un

posible

accidente, explotó de repente: -¡Cabrón! –maldijo. -¿Qué dijiste, mami?, preguntó el niño. -Campeón, hijo, campeón, dijo. Siguió el auto de frente y en una calle plagada de autos y motos y de gente en los cruces, otro joven ganó, a grandes zancadas, la calzada nutrida por el paso de cebra y por poco va hasta la morgue. -¡Pendejo!, exclamó la madre de nuevo. -¿Qué dijiste, mami? -¡Conejo, hijo, conejo!, compuso. Siguió el trayecto con pausa y cuidó de brincos y hoyos, redujo las millas y siguió con cautela. Pero, al rato, los bordos y zanjas hicieron lo suyo, se

frenó

de

improviso

y

zarandeó

al

pasajero.

Alejandro, nervioso, se puso blanco y bien dijo: -¡Ah, chingao! -¿Qué dijiste, Ale?, reclamó la madre. -¡Muy meneao, madre, muy meneao!, repuso.

116


NOMBRECITO Las abuelas creían que el nieto en espera y que con gozo crearían y estaba en su curso, debía de estar bajo su égida, bajo su propia tutela en los procesos de criar, de acunar y dormir, bañar y vestir, dar la leche y menear a sus horas, era práctica diaria que sólo a ellas tocaba, al inicio, al menos. Las abuelas tenían muy graves problemas la una y la otra.

La

criatura

debía

tener

los

cuidados

de

ella

misma -decían- atención de la madre, el padre o la abuela, no hablaba en plural por aquello. En la víspera hicieron lo que nunca debieron y de rivales tenían lo que el bien al afecto, la rabia y la tirria no es lo fiable. Decían cada cual: yo compro el coche; yo el ropón, yo las andas, yo la metralla, y así. Cada una buscaba el obsequio mejor y más caro y a partir de esa fecha,

fueron

Santa

y

los

frenética.

117

Reyes

en

competencia


Los padres oían, reían y callaban, se asombraban de ellas y la reyerta tenía su soga y vigueta para empezar y no bien. ¡Qué sorpresa se dieron cuando el chico en espera iba a ser de muñecas y no de auto y pistolas. Fue ahora doble

la

pugna

y

la

contienda

de

nuevo

volvió

a

presentarse: debían darle su nombre, no, el mío primero y el tuyo después; no, al revés, el tuyo al final. Otra vez. -Bueno, paremos, los padres terciaron y calmaron a ambas, aprobamos los nombres, pero el paterno primero y el materno después, en ese orden. -¿De acuerdo? -¡De acuerdo! Una se llamaba Julia y la otra, Dora. -¡Ijjj!

SE VAN... La madre tuvo la suerte de crear siete hijos todos en fila y a la usanza de antes, a la antigua, los que 118


vinieren uno tras otro, cuatro hembras y tres varones y desde que vieron la vida desearon ser aliados y amigos y a su vez se casaron uno tras otro y conejearon igual en

serio

y

en

serie.

Uno

tuvo

tres;

otro,

dos;

la

quinta, seis, y así, hasta 21 contar. Pidió la abuela a los hijos la presencia de ellos cada fin de semana, sábados o domingo, en su casa, junto

a

nietos.

Los

quería

ver,

saludar,

platicar,

saber de ellos, intimar. Se acordó la propuesta y se aglutinaron treinta y tantos nietos y padres. Cuando todos llegaron a esa edad de ajetreo, de sudor y de brinco, la abuela expresó con calor a sus hijos: -De las doce a las cinco, aquí los quiero, en mi casa, y después de esa hora, se quedó muda, pensando: ¡A la chingada se van, voy a estar harta!

LA LUNA

-A Ana Sofía, preguntaron, ¿de qué color es la luna?

119


Ella, a sus años, eran cinco, más faro que Rodas, y es igual hasta ahora, era luz del sistema y pirotecnia brillante que al inquirir sobre aquello, Selene y el sol, esperaba la réplica, inauguraba sus pasos y su peso

menor,

concluiría,

nada

que

porque,

en

dijeran

sobre

primer

lugar,

el la

disco luna

lunar es

la

luna, y hasta donde se sabe, es hijastra del sol, no es autónoma; el sol da la luz y la luna la torna, es decir, uno la hace y otra la usa, y cualquier unión que existiera entre ambos volúmenes, no altera para nada sus masas dispares; afirmaba y juraba que la luna es así, no era asá, puede ser de pelota, pero nunca de cubo: bastaba con verla a trasluz o cristal para amarla y honrarla, hay que verla, pero sentirla primero; es espejo de luz o cuerpo de fiebre; es lámpara ideal, de candela

y

bujía

esa

luna

que

alumbra,

¿esponja

del

cielo? No faltó quien dijera: ¿y ese brillo?, ¿y esa esfera?, ¿y ese rostro que sube, que baja y que rueda, es la luna?, ¿es amante del sol?, ¿acaso lo inspira?, ¿es linterna de acera?, ¿aerolito o satélite, cuerpo de

120


lustre?, ¿aspira a ser eminencia tanto uno como otra? Con tanto juicio y análisis, examen y prueba, no la dejaban hacer, decir y enjuiciar, pensar y concluir, quería

hacer,

exploraban

a

articular

ella

a

nadie

expresiones,

un

más,

o

¿estudio

asomo; sondeo?,

estaba absorta en su lógica, la avisada y densa Sofía. -¿De qué color es la luna?, le inquirían. Al repreguntar, repensó: -¡Del color de la luz!, concluyó.

INOCENCIA En el Aviso Oportuno del diario local –prensa chica-

se

persona,

leía

con

institución

asombro: o

“Se

consejo

gratificará

que

encuentre

a

la

o

pistas, ayude o conozca, de un sentir que se dice y se hace pasar por los nombres de Pura e Ingenua, viste falda corta y parece niña o prepúber; fue vista en el cruce de las calles llamadas la Infamia y el Reto, dos calles

oscuras,

y

ella

se

llama

o

le

dicen

“sabelotodo”, “ignoralonada”, ”mosquitamuértica” o algo

121


así; se tendrá discreción para quien piense u otorgue informes de ella. Como indicios concretos se tiene la charla entre ella y su padre que así paliquean: -¿Desean saber el candor de mi hija? -¡Sí!, exclamaron todos. Pues, bien, abran bien sus ojos y vean esto ahora: -Hija, ¿qué diferencia se encuentra entre el condón y el bolígrafo? -Sí, padre, te contesto, espera, espera, déjame ver,

se

puso

el

dedo

en

las

sienes

y

hurgó

en

su

memoria: -Padre, dijo ella, ¿qué es un bolígrafo?

POR AHÍ...

Cortó Emilio la página del cuaderno que estaba en el buró de sus piernas y pensó luego en el croquis que luego lo haría en ese espacio de blanco que integraría

122


su bosquejo escribiendo rasgos y apuntes. El proyecto iniciaba y estaba incompleto y ahora concluiría. Hasta la gente que iba se notaba con prisa. Esbozó el coche primero que estaba aparcado en la acera de casa en la calle

Madera,

después

el

perro

que

olía

el

basural

dispersado, luego las casas que estaban en el fondo allá

arriba

y,

al

final,

cuando

estuviera

concluido

todo el boceto, dos criaturas que estaban en la parte trasera del auto compacto que al parecer se mostraban pardos y tristes. Le dio The End al proyecto y hasta la ausencia de alguien se atisbaba al pasar de las hojas. Uno era de pelo corto, la otra, normal, bien peinada, lacio y trigueño. Mostraban apremio, el ¡ya vamos! se oía. Cuando el acento montaba al dibujo-bosquejo con todo

y

detalles,

se

lo

mostró

a

su

abuela

y

quedó

complacido. -¿Y ese niño?, interrogó, el de pelo corto. -Soy yo, contestó Emilio. -Y la niña, indicando a la otra. -Es Inés, repuso.

123


-¿Y tus padres?, se inquietó al no verlos. -¡Ah!, respondió Emilio, olvidaron algo, quizá, y están buscándolo.

LAS DAMAS Hijos

y

padres

volvían

de

viaje

en

su

auto

después de pasar por las calles en donde fueron citados para algo y por alguien para no sé qué demonios. Al desfogar el vehículo y llegar a su casa que ha sido su techo, se adelantó Emilio para ganar a su hermana y pasar antes que ella por la puerta entreabierta. Quería ganar y entreabrir las hojuelas e indignada expresó: -Emilio, primero las damas, ¿no? -No, tú no eres dama, responde. Se

derritió

Inés

con

el

llanto,

volvió

la

vista a la madre e inquirió gimoteando: -¡Mamá, dice Emilio que no soy una dama! -¿Cómo

no?,

¡desde

responde.

124

luego!,

¿por

qué

no?,


-¡Ya

ves,

Emilio,

aunque sea una criatura,

soy una dama!, recuerda. -¡No,

repuso

el

chiquillo,

no

se

sacan

los

mocos las damas!

1. BAMBI Cuando Emilio cumplía cinco años de vida y de juegos frenéticos, Inés cumplía ¿tres? y los llevaron al cine a ver la película Bambi de Disney. Robó el alma esa cinta cuando la cérvida linda puso océano en sus ojos, moquearon los dos y el corazón se hizo líquido: era un acto crucial que con murria exhibía y hasta la tierra lloraba: la cierva, la cría, las dos y el duelo se daba con la pena a la baja. Al escucharse los tiros y concluir con agobio que era la madre la víctima, el bosque lloró por la cierva pues el fiel personaje se iba. Dejó todo en el campo, hierbajos y frutos, no bebió ni dormía, no hizo lo suyo,

se

colgaron

sus

ojos

y

se

volvió

de

repente

corazón y dulzura cuando su pena se hundió en aquella

125


abertura,

cientos

de

piedras

cayeron

en

su

pesar

quejumbroso. -¡Pobrecito, está triste, no llega su madre, expresó Inés, compungida. -Fueron, quizá, a la oficina, consoló Emilio.

FRESAS DE LA INFANCIA Los abuelos viajaron hasta el cabo del mundo para visitar a su nieta, la primera en la fila que apenas

surgía.

Se

llamaba

Ana

Gaby

y

era

una

niña

melosa que se hallaba postrada de un virus intruso que conocían por las siglas de gripa o catarro, reto de ciencias. No pudieron llevar ni al circo o la feria, ni al mar, ni a las tiendas, ni al cine, ni a nada, se quedaron en casa como norias sin agua. Entonces

cambiaron

lo

que

estrategia

se

dicen.

Alegraron, en cambio, con lo que a ella agradara y conjugaron

el

verbo

halagar

como

expertos,

consentidores éstos: lo que era leer, comer y vestir, dibujar y pegar y observar las historias, era malcriar

126


a la nieta, subliminal el jaleo. La primera vez que salieron

a

las

tiendas

o

súper,

consultaron

a

ella

para, al fin, complacerla: -¿Qué te traemos, Ana Gaby? -Petas rojas, abuelo, petas, dijo. -Cuenta con ellas, prometieron. Cuando al bazar arribaron, empezaron a darle a la búsqueda grietas

tensa y

e

indagaron

abrieron

con

vitrinas

lupa,

para

esculcaron

hallar

las

las

famosas

fragarias Rosaceae. Era de Ana Gaby el pedido, ¡cómo no hacerlo!, lockers,

exploraron siguieron

sin por

cuento

en

los

freezer

puestos

y

más

tarde

y en

expendios, en recaudos y en todo, y confirmaron al fin lo que habían escuchado: fresas no había. -No es temporada, dijeron. Así,

pues,

para

no

ir

sin

las

rojas

y

frescas

frutillas y con los dedos vacíos, llevaron frascos de fresas, rojas, melosas, pero congeladas. Cuando llegaron a casa, la pequeña inquirió: -¿Y mis petas?

127


-Hija,

no

es

tiempo

de

ellas,

te

trajimos

éstas, y mostraron los frascos. -¡Ah!, dijo la niña, ¿Petas dudas?

YA NI LA ...

Nos sentamos los cuatro a gustar sin ayuno en

las

gradas

del

viejo

y

plácido

estadio

de

béisbol local y oteábamos a alguien. Objetivo: ver

el

juego

completo,

porrear

las

jugadas;

aplaudir los aciertos, beber la cerveza, y comer empanadas, ese era el rito. Las empanadas que había en el cesto de palma dentro del público atento, las llevaba un muchacho de once años o doce que en su mimbre colgaba un cerro de fritas que creaba delicias y antojos de sobra con una toalla escocesa encima, un envase con salsa y una tal ambrosía de

poquísima

autora.

Excitaban

parejo:

crujientes,

variadas, domésticas. Las voceaban a gritos: ¡empanadas de carne, de pollo o fríjooool...!

128


Al llegar a las gradas, lo primero que hacíamos era buscar al mozuelo y exigir en ese orden: empanadas, juego y cerveza. Al hallar el canasto, lo llamábamos rápido,

lo

sentábamos

junto,

a

la

izquierda

o

la

diestra, y comenzaba el reparto: yo una, yo dos, yo tres, cuatro o seis, y así, nomás las pedíamos y el niño contaba, hasta el empacho. Un día, cuando el chico efectuaba la operación de la entrega, pasó frente a los ojos, como sol tras telilla, una flaca y pobre empanada, sin peso, ni pasa, ni papa, ni nada, ni aceituna siquiera, sólo un pringo de carne en el centro del cuerpo que indignó al de ventas: -¡Puta, dijo enojado, ya ni la chinga mi madre, no tienen nada!

BATMAN

Santiago vivía en el piso de arriba de la torre flacucha de seis plantas de altura con sus padres y hermanos y sus héroes que eran Batman y Robin, de gran

129


fantasía,

imaginación

sin

pareja,

sin

fronteras

ni

postes. Cuatro años tenía y algunos meses apenas. Era un ente delgado del torneado edificio frente al parque que nombran Parque Hundido, el del reloj en el prado, colmado de flores y árboles chonchos, verdes y vastos, frondosos y muchos, y una selva que hería y a cuanto ser motivaba. Desde lo alto del piso se observaba la urbe,

toda

construida

y

formada:

viviendas,

smog,

rascacielos; el correr de los autos y el blancor de los picos de volcanes enhiestos que hacia el fondo se lucen como dos almanques: el Popocatépetl y el Izta. Santi

gozaba

y

no

poco

lo

había

con

sus

dos

paladines, eran su cielo y su nube: Batman y Robin, parte de su épica infante y planeta en redondo. Con batimóvil y capa, antifaz y careta, podían volar hasta el éter, corregir tropelías y enmendar canalladas; como Quijote y su Sancho. Sentía Santi por ellos algo preciado, apego absoluto por la máscara y manto, y no sólo sentía, lo vivía con denuedo. El vivir en altura, frente al bosque y la

130


fronda, permitía soñar, jugar con ellos, tripular su auto móvil y aplicar correctivos que solo ambos sabían: Quijote Batman y Sancho Robin. Quería saltar Santi desde lo alto del piso pero, por suerte, escuchó el padre primero que se estacó con el hecho,

le

puso

freno

a

sus

alas

y

excomulgó

a

sus

titanes; quería saltar como fuere de haberlo dejado, lo hacía con bravura. Quería ver a su madre en el despacho del padre y llegar hasta ella en el auto de negro, volar como ave. Cuando llegó ese momento, visitó Santi a la madre con el traje de Batman y el batimóvil del padre.

POR POCO

Ana Lucía salió con su amigo a trepar por la cima saliente

del

Volcán

de

Colima:

el

Tigre

Toño.

La

acompañaba y cuidaba y no permitía que ninguno, ni las ondas del viento ni al ventear del noroeste, la rozaran siquiera.

La

montaña

se

hallaba

131

de

blanco

vestida,


nevada

y

tortuosa,

como

copa

de

helado

de

leche

o

vainilla. La subida era cruenta para quienquiera que fuere, escalar esa altura, violentaba, pero, no para ellos que son, o presumen ser, bravos e intrépidos: estaban listos para hacer aquel pródigo viaje y crítico ascenso nada fácil. Si al miedo se inflara, lo podían pinchar

cual

globo,

podían

luchar

con

la

nieve,

el

brisar e imprevistos, contra cualquier contingencia. La brizna

–decía-

no

moja,

acongoja,

y

el

peligro,

no

atora, atemora. -¿Crees que haga calor? –bromeaba el Tigre. -Hay que llevar ventimesta más bien gruesa y calente –recomendó ella. -Sí, hay que llevar –agrega- chamarra, lentes, botas y cascos, cuerdas y bolsas, rompevientos y suéter, presumió de experiencia, sobre todo de ajuares. -Si, Tigre, llevo todo, y tú debes llevar lo que falta: gafas, piolet, la mochila, el bastón y

132


crampones, anillas y brújula... –se jactó ella de piezas. El

Volcán

de

Fuego

en

Jalisco,

y

el

Nevado

en

Colima, son dos montañas gemelas y el ascender desafía, no son para nuevos que trepan, sino para expertos en ello, son dos bocas comunes de cuatro mil metros de altura, más o menos: 4,264 metros, uno, y 3,835 el otro. Veíanse cultos. -Vayamos, pues. Cuando ambos salieron de abajo se hallaba el cráter copioso a nueve millas de lejos entre el uno y el otro; era invierno y los conos formaban magnos sorbetes de coco

o

vainilla.

Empezaron

con

tiento

a

reptar

y

rodearon la cuesta con paso lento, pausado, previniendo accidentes, mojado

y

tumbos

helado,

y y

cortes, las

estaba

treinta

lábil

millas

de

el

piso,

ascenso,

resbalaban y aupaban, y cuando los dos arribaron a la cima no fácil -altímetro en mano- el abismo se abría, el cristal requería pisar más que cautos, de jabón el terreno, y de pronto, al llegar allá arriba, el Tigre

133


Toño se viene muchas millas abajo, resbala, da vueltas, por la falda se escucha rugidos de fiera y se hundió para siempre en el talud sin regreso, y Ana, temblando, gimiendo, perdió su dominio y se viene abajo expedita por la rampa de nieve y... Saltó Ana Lucía del lecho. Si no fuera que era de sueño, se la parte.

GUAU, GUAU

En

Chapultepec

por

la

calle

de

Brisa

y

Ventisca

rodaba el auto del padre con la madre y el hijo, en plena urbe, soleada, árbol al lado y tiendas arriba, y Santi, adscrito a su silla, escuchó voces de perro que de lo alto salían entre muebles y plantas, postes y cables y al cambiar el semáforo, detuvo el coche en la acera, marimba enfrente, y aguardó. Oía Santi el ladrido, en lo alto, no fuerte, se volvía

a

repetir,

ronco,

lejano,

saliera y mirara:

134

como

si

del

techo


-¡Guau, guau...! Los

padres

volvieron

la

vista

hacia

arriba

al

corpacho de bloques, no hallaban nada de cánidos, ni el retrato siquiera, ni en vivo o retrato. Observaron de nuevo los postes, los rótulos y nada. Y otra vez Santi oía: -¡Guau, guau! Los ojos se fueron hasta el pisar de los ángeles y persistían en ver sus bigotes de agujas o el rostro de ellos, una seña cualquiera que mostrara la imagen de un carne y hueso en el sitio de arriba, volvían la vista a los pisos, una y otra vez, sobre el área ahora. Nada.

En

principio

nada,

nadie

había

dicho

a

Santiago que ¡guau, guau! era la forma de ladrar de los perros, pero, él observaba: -¡Guau, guau! Estaban a punto de irse cuando, de pronto, en la torre de arriba, en la parte más alta, asoma un Terry la testa por el vidrio entreabierto, y Santi, con la

135


piel de sabueso, continuaba emulando al canino que era muy fiel a su oído. -¡Guau, guau!

VOLAR

El lógico intérprete de la lengua nativa por la cual nos tratamos, el de enjundia mexica, es el niño, antes y ahora, el señor del idioma, el que sigue las normas y las

cumple

al

minuto,

de

mente

aguzada,

intuición

obsesiva de 400 millones de hablantes, es de él el relato. Cierta vez, estando Enrique y su padre en el parque de

juegos,

viendo

volar

a

las

aves,

aterrizar

temerarias, volverse a elevar y reunirse allá arriba en el

árbol

frondoso,

acercaban

los

granos

al

pico

y

encumbraban de nuevo, hacían juegos de alas y alas de juego. Impresionó tanto al chicuelo que voceó: -¡Mira, papi, qué bonito volan las aves!

136


No se dice “volan”, Enrique, se dice “vuelan” -le aclaró el padre y maestro- es verbo irregular por diptongo,

por

diptongación

que

se

llama,

y

se

conjuga así: vuelo, vuelas, vuela y vuelan, en indicativo, ¿entiendes?, la vocal se disuelve. El niño, ignorando, ni importar la gramática, pero queriendo atender a su padre y docente, se sintió torpe e imbécil y corrigió de inmediato el vocablo fallido. La nueva oleada de aves se movía entre árboles y se agrupaba

en

el

piso

comiendo

y

trepando.

desde entonces: -Mira, papá, allá vueló una. -¡Grrr!

TURISTA

-Oyes, Pedro, ¿qué vas a ser de mayor? -Yo, ingeniero. -¿Y tú Ana? –preguntaron. -Médico.

137

Y

enmendó


-¿Y tú, Rosa? -No sé. -Y tú, Clemen. -Artista o partera, quizá. -Y tú, Inés, inquirieron a ella, de cuatro años la niña, sentada en la playa ante un sol que abrasaba sobre arenas y musgos, y una moto detrás en el filo del agua. -¿Yo?... ¿qué quiero ser?, se quedó atónita, pensando y mirando al mar como ninfa y al arenal como náyade y respondió, al fin, conclusiva: -¿Yo?, ¿qué quiero ser?... ¡turista!

TATOOMA

Era cuatro,

baja, un

delgada,

hombre

mayor

atractiva, y

tres

la

menor

sirenas

de

de

los

apellido

Martínez, que entraban, salían y liaban fogosas en el hogar del recreo: se llamaba Cecy, Cecilia, y le decían Ana,

Ana

Cecy,

y

por

hacerla

138

rabiar

y

llorar

de


bravura: Tatooma, como aquel personaje de la serie de tele llamada la “Isla de la Fantasía”, con Tatoo, el enano, ¿recuerdan? -¡Tatooma, Tatooma!, la voceaban y se encorvaba de ira. Cuando entregaron los libros en la escuela primaria, le pidió a Mary, su hermana, que rotulara y empastara como ella sabía. Así lo hizo y se leía: “Escuela Benito Juárez, Ana Cecilia Martínez, T. M.” -¡Papá,

papá!

–dijo

colérica-

mi

hermana

escribió en el cuaderno de notas las iniciales T. M., ¿qué significan? -Turno Matutino, ¿por qué? -respondió el padre. -¡Ah,

-descansó-

yo

pensé

que

decía

Totooma

Martínez.

OTRA VEZ Joao, el bravo Joao, fue el autor de este drama que produjo el asombro de los padres y amigos.

139


Cuando fue a los festejos de quince años de alguien con el par de abuelitos, un hastío mortal la traía, estaba atada a la silla y tenía cara de tedio que ni en el mercado se vende, no tenía nada que hacer, volteaba, miraba, sentía sueño, dormía; sin juegos ni amigos, ni nada, ¡pobre, niña! -¡Vámonos, abue, vámonos de aquí, me aburro! –les instaba. Hasta que, de improviso, y de tanto insistir con el ¡dale!, encontró la fórmula exacta que pudiera ser de criterio: -Oigan –les dijo- si yo fuera ustedes, me iría.

REGATEO Miguel Ignacio, de seis años, e invitado a salir con sus

padres

el

viernes

al

Toys

Store,

un

bazar

de

trofeo, sin idea alguna de comprar o pedir algo de oferta,

¿qué?,

¿cuál?,

no

tenía

deseo

de

indagar,

pero, al ver el juego mayor de sus sueños, no creía lo que veía, era bello y sencillo, no alcanzaba a creer,

140


pues

no

era

viable

tal

prodigio

que

justificaba

su

pasmo: un carrusel fabuloso que evocaba las ferias más grandes del mundo, ¡y qué de música! Vio el valor de la pieza que estaba en el potro y parecía reír, ¡oh, estaba caro!, en efecto, para él cuando menos, no era fácil comprar a ese precio tan alto

más

allá

de

las

nubes:

$

750.00

pesos,

es

demasiado –pensó- pero la espina le entró por el muslo y salió por las cejas. De cumpleaños le dio la abuelita un billete de 50 dólares y entendió el valor que tenía: le agregaban los ceros. -¿Es el último precio?, preguntó. -Quizá obtenga un descuento del 10 al 15 por ciento, al

contado, contestó el empleado.

-No me alcanza, pensó. -Oiga,

dijo

al

tendero,

¿y

se

encuentra

Gerente? -Si –se asombró- ¿para qué lo quieres?

141

el


-Quizá

me

haga

un

descuento

que

sea

mayor

al suyo, dedujo.

PRECOCIDAD

-Tengo tres meses y estoy harto de todo, me pesan los días, los viejos no dejan de arrear cada rato; padres, tíos y hermanos, primos y abuelos, todos lo mismo, todos quieren que hable, no puedo, en verdad, no puedo expresarme con voces humanas, yo hago sólo goro, pero, ¡quiero reñir!, me hacen goro, agú, y me enojo, ¡montón de insensatos!, ¡qué goro, ni agú, ni que ocho cuartos!, a quien se le ocurre que con tantos goros confiese y admita, no puedo hablar a mis meses, hay un idiota

cautivo

hablar,

y

gritar,

no hacer

soy

yo,

ruido,

pero

juzga.

poder

decir:

Quisiera ¡no

la

arruinen!, pinchen mejor a su abuelo, ¡ignaros, estos!, querer

que

¡tía!,

a

recite,

mis

¡bah!,

horas,

mejor

142

que

diga

diré

¡mamá!,

como

Toño,

¡papá!, el

tío


arrabalero, ¡tu madre! Que me parezco a ella, ni modo; que me parezco al padre, que le hago, pero, ¿qué me parezco al abuelo?, no tiznen, no soy tan ruco ni feo, ¿que en la frente se nota?, ¡no!, en esa playa arenosa ¡no se es calvo a mis meses! Otra vez... ¡no eructo a palmadas¡ ¿quién se lo ha dicho!,

¡qué

muletas!,

nomás

me

quitan

el

sueño

soñando, ¡reflexionen, caramba!, lo que más me prohíben es lo que más me seduce, ¡entiendan! Ahora esto. Azotándome el pecho no harán que me duerma,

idiotas,

estropean

intentos,

¡que

no

hay

escuelas para padres que eduquen y enseñen?, ¿o algo que los frene! No me toquen la barba, pazguatos, ¡yo no hablo!, ¡dejen chapas y bromas, no voy a reírme! ¿Qué por qué lloro?, ¿qué creen?, no, por favor, no lloro de gratis, ni me hice pipí ni popó: -¡Tengo hambre! ¡Ah, mal haya un kínder para padres, al menos para estos!,

¡basta

de

guapo

o

143

pelón,

o

dulce

Luxus

o


¿qué?...

¿bombón?,

hierve

la

sangre

y

empapo,

ya

párenle, soy León X Nicolás, ¡y punto!

¿QUE DIJE QUÉ...?

Visitaban el templo diez chicos, un grupo de niños y parecía todo aquello un domo endiablado, era un grupo al que urgían preguntas y juicios, era bribón y taimado ese corro no santo. Explicaba el trayecto una monja versada,

tanto

del

área

santuaria

como

del

área

suntuaria; cada efigie, cada vuelta, cada rasgo, cada pie y cada muro de pátina añosa, didáctica guía. Los niños que oían tenían rasgos de activos y acompañaban a padres, a abuelos y tíos, hermanas y otros, y la sor señalaba el órgano y el ábside, el altar y volutas, las columnas santos

y

y

nichos,

placas

y

la

división

hasta

la

de

virgen

la

planta

de...

¿qué

y

los hace

aquí?... ¡Guadalupe!, nieta del Tepeyac y del náhuatl ‘tepeyac’ que significa “cerro delante de los otros”, dijo la madre.

144


Aquí

se

encuentra

la

virgen

que

se

mostró

al

autóctono –ahora san Diego- y que fundió a mexicanos y a otros mexicas sólidamente, culminó expresándose. Inés, de siete años, observaba atenta la imagen, las cañas y puertas, las muchas ojivas, la construcción de la

iglesia

América,

y

de

todo

eso

estilo

y

más.

gótico,

Es

la

más

románico

y

vieja

de

barroco,

renacentista y... No entendieron. Entre el rosario de niños que ahí se encontraban, alzó su mano Inés para inquirir sobre algo: -¿Dime, niña? –dijo la sor. -Madre, ¿por qué se suicidó la Virgen? –indagó. Se deshojó la monjita. -¿Cómo

te

atreves

a

decir

esto,

chamaca?,

tamaña tontera, ¡qué bárbaro!, ¿quién te lo ha dicho? –interrogó poseída. -Mi papá –respondió la niña, segura. -¿Qué

yo

qué...?

–pareció

distancia.

145

decir

el

padre

a


COMPARTIR

Los

lentes

rojos

con

micas

¿verdes?

significan

¿quién me dice que...?, ¡ah!... compartir, repartir, distribuir. Representa algo. Hay que compartir todo con todos: comida, frutas, postres, helado, con el abuelo o los padres. en

la

Ana Sofía tenía dos años y medio y estaba

escuela

de...

Es...ti...mu...

la…

ción...

Temprana, a donde iba con otras de lunes a viernes de las nueve a la una. ¿Y si son blancos los lentes?: aguardaba, esperaba. -Sofía, cuando te pongas lentes rojos, debes compartir, le decían. Si se trataba de dulces, de pan o de bollos, contaba alternando: una para él, una para ti y otra para mí, refiriéndose al padre, a la madre y a ella. Pero,

al

comer

las

uvas,

verdes,

sabrosas

y

únicas, dulcísimas, sin semillas ni nada y que tanto le agradan, pontificaba: -Nada para ti, ni una para él, todas para mí.

146


DISTRACCIÓN DE LA BUENA

¿Entiendes?, ¿de qué forma debo decirte?, ¿sabes como te llaman en clases?, ¿no es suficiente que así te conozcan?, hablen

y

¿Ausencio?, estés

siempre

nombre,

significa

como

cien

a

hablar?,

¿crees

tonto,

millas

responder

de

es

que

como

es

ido?,

distante, lejos,

buen

normal

parece

te

alias

tu

absorto,

contesta,

hábito,

que

de

sumido,

¿no

lo

sabes

contrario

fastidias, ¿no tienes dones?, ¿quieres algo peor?, ¿qué te

hagan

fantoche, lerdo,

el

feo?,

títere,

badulaque,

chiquilicuatro?,

¿sabes

qué

te

llaman

trasto,

charlatán,

mequetrefe,

tarambana,

botarate,

sacabuches,

enredador,

¿qué

no

comprendes

ahora?,

bastante que te llamen así, so animal, zopenco? -¿Perdón? ¿me hablabas?

147

¿no

es


NANY

Nany

iba

a

bordo

del

autobús

que

corría

como

dragster con cólico, saltaba, vibraba, frenaba, iba al sur con su madre y el ardor de ese cafre que conducía y frenaba, no a paso normal, con prisa de médico, como queriendo ganarle la pieza a la muerte y al foso que estaba en oferta demente, denunciaba que era afecto por las grietas y topes y las zanjas y fango. La pequeña Nany, de tres años y meses, y agudeza de aguja, se aferraba detrás del asiento y era parte del brinco y el trote, se alarmaba y sufría, se afianzaba con todas las uñas y dientes que había en su caverna minuta de treinta y tantas piezas dentales. -Nany,

ven

a

sentarte,

abrázame,

pidió

la

madre, azorada. -¡Qué voy a sentarme!, le dijo furiosa, ¡nos va a matar este cabrón¡

148


LUTO

Luto

es

el

negro

que

visten

las

mujeres

casadas

cuando alguien se muere de viejo o de joven, es un signo de duelo. ¿Por qué sólo mujeres?, se vería mal en un hombre con tápalo y lentes de cuervo profundo. Es moda

que

viene

desde

el

siglo

XII

y

procede,

según

dicen, de un abate de Francia que se extendió en el planeta cinco siglos después en el siglo XVII. Vestían de

negro

dicho,

subido,

querían

infijables.

Hubo

verse tiempo

inmirables, que,

como

o

mejor

prenda

de

angustia, vestían ropa de gala y de lujo perpetuo para mostrar su dolencia y mientras más negro llevaran, más luto sentían, sufrían al finado. El negro era pena, congoja

y

angustia,

teñían

sus

ropas

en

tinas

y

en

magnos depósitos. En

el

siglo

pasado,

en

este

XX,

y

en

lugares

recónditos, portaban el negro en forma integral desde la falda y la blusa hasta la media y zapatos y desde el chal

al

pañuelo

y...

¿creerán?,

149

hasta

sostenes

y


bragas. Todo. Absorbe tanto lo oscuro y tuestan tanto los cuerpos que los demás languidecen como pasas de uva, se ponen blancos y mustios, parecen velas; no oyen radio ni música, no ríen ni leen, hablan en voz media y dejan de hacer el amor por respeto al occiso. ¡Cómo van a amar como fieras cuando el dolor las menea!, como ovejas, si acaso. La tradición volcó hasta los niños y en China se lleva de blanco. Un día a Pilar o Mercedes, a Encanto o Patricia, de diez años de vida, le ofrecieron fresas rojas que la familia degustaba. -¿Gustas fresas?, le inquirieron. -No, muchas gracias, viendo los tonos, estoy de luto.

JESÚS

Tenía el hábito Chucho, y lo tiene aún, de dormir a deshoras y practicarlo hasta tarde; se involucraba en

150


la charla a la edad de rapaz y hacía corro con todas, le

gustaba

la

cháchara

y

en

materia

de

bromas,

murmuraciones y dichos, hallábase al día. -¡Duérmase, cabrón!, le exhortaban cuando las sombras caían rumbo a las doce del sueño. Al día siguiente lo mismo: velaba y reía, conversaba hasta tarde y hasta el sueño aplazaba. Era grato el floreo. -¡Duérmase, cabrón!, repetían. Usaba tretas y trucos, astucias y mañas para lograr su propósito que se volvía duermevela. -¿Qué tiene de malo que escuche?, juzgaba. -¡Duérmase, cabrón!, reiteraban. Y así. Con el tiempo la ofensa se volvió práctica diaria,

Complejo

Condicionado.

Así,

pues,

si

no

lo

injuriaban, no dormía. Tuvo afectos robóticos. Asociaba la frase con el raer

de

Morfeo

y

el

¡cabrón!

se

volvía

colchón

cobija. Nomás le decían cabrón y el suelo le entraba.

151

y


LA MALDICIÓN

Hacían cola los padres en la fila del vuelo con el avión

ya

en

la

pista,

y

Sofía,

de

pocos

años,

se

volcaba en el piso que era de ónix listado al igual que las losas, parecía que la luz caminaba sobre las piezas bruñidas,

fulguraba

y

lucía.

Ella

jugaba

y

saltaba,

bajaba y subía, a ojos vistas de todos, de los padres primero. Al presentar los boletos, llamaron luego a la niña que estaba al pie de los padres que reiteraban su esmero, en tanto que ella seguía desplazándose y no dejaba de hacer, de girar y pulir el mosaico de luto, no se estaba en paz, y en una de esas estaba cuando se cae

y

tropieza

con

la

báscula

milímetros, se espanta y exclama: -¡Pa’ su madre!, ¡por poco!

152

justa

y

a

sólo


FRESCURA El autobús circulaba a la ciudad fronteriza de... esa u otra... a velocidad de crucero en un tiempo de... ¿cuántas

dijo?...

veinte

horas.

Los

conductores

dijeron, más que seguros, a las ocho llegamos del día que seguía. El niño dormía con la madre de almohada y confiaba en lo dicho, se descalzó y se borró. ¡Buenas noches!, voceó.

se

acomodó

Soñó

como

en

el

pocos,

asiento pocas

y

¡hasta

veces

lo

mañana! hacía,

despertaba a momentos y volvía a acomodarse, era un camión-dormitorio que viajaba las horas por la cinta de asfalto. Después de rodar noche y día y de ignorar hendeduras y bultos hinchados, sólo se oía el ¡run run! de la fiera

que

asestada

iba

como

y la

no

empleaba

llaman

en

la

Cuba.

siesta Se

la

guagua

interrumpía

de

repente por los largos ronquidos de los osos ruidosos de esa alcoba ceñida. Al día siguiente, como a las seis, muy temprano, un fulgor de verano velaba el sol al desnudo y el niño,

153


que ya se estiraba, abrió un bostezo profundo y lanzó un ¡aaahhh! relajado, extendió los bracitos y quebró el oasis que había. Se escuchó nada más: -¡Ay, mamá, no he dormido toda la noche! -¡Descarado!, dijo la autora.

ME VOY

Estaban

sentados

los

4

a

la

mesa

colmada

y

los

platos sesteaban mientras los padres charlaban y esa señora

que

hacía

sobremesa...

¿quién

será?...

daba

vuelo a la hilacha y no frenaban caninos, comentaba todo y siempre sabía. Arlén y Cecille, sus dos hijas, escuchaban atentas y no mudaban la charla. Hablaban de guerra, de ex-torres gemelas, de judíos y de árabes, de Bush y Husseim, de Israel y vecinos, y llegó al fin el palique

cuando

indagó

la

invitada

corrientes para traer de cigüeña.

154

si

había

ensayos


-Tal

vez,

madre,

y

quizá,

pregunta

es

posible,

su

hija,

a

respondió

Cecille,

de

la dos

años, como para tantear los camotes: -¿Oyes, Cecil, te gustaría tener un hermanito? Y la niña, pensándolo, alzó los hombres y dijo indiferente: me es igual. En eso, Arlén, de cuatro años, la mayor de la casa, al

oír

el

presagio

un

tanto

abstraida,

le

cayó

el

veinte y repuso: -¡Que,

qué,

mami!,

¿qué

voy

a

tener

un

hermanito?, se veía hosca. -No,

Arlén,

ella

dice

que...

contenida la señora encubierta... -¡No,

si

va

a

haber

otro

y

resultó

¿quién será?

hijo,

me

largo,

empujó la silla y salió.

EL SOLDADOR Cuando impartía la materia de Español en la escuela de

segunda

docencia,

en

primer

año,

veíamos

verbos

irregulares, flexiones y casos y excepciones virtuales.

155


Les

dije:

comunes, Tres

veamos

por

verbos

volcar

soldar.

–explicaba-

ejemplos,

diptongación existen

y

presentes

éstos

en en

que

son

nombran,

que

diptongan

La

irregularidad

singular

y

Indicativo

la

plural

y

de

errores

por

ejemplo.

letra:

en

Subjuntivo

se los y

forzar, presenta tiempos uno

en

Imperativo. Son éstas. Escribí las palabras en el verde encerado

de

los

casos

que

había:

fuerzo,

vuelco

y

sueldo, en singular y plural, (yo, tú, él y ellos), tiempos presentes, recuerden. Conjuguemos: -A ver, Jorge, del verbo forzar, en Indicativo, dame un ejemplo, por favor. -Tú, Israel, en Subjuntivo. -Allá, Ramón, en Imperativo. Y así, hasta concluir. Cuando

empleamos

el

verbo

soldar,

lo

dije

a

propósito, porque el hijo de un plomero integraba ese grupo y revelaba que el padre en el taller que tenía con

gran

letrero

anunciaba:

“Se

soldan

radiadores”.

Cometía, a ojos vista, mayúsculo equívoco y era deber

156


señalarlo.

Él,

para

entonces,

estaba

más

agrio

que

cítricos, irritado y arisco, como si fuera una ofensa de lo que del padre decíamos, tenía el rostro colérico que aterraba y dolía su expuesta mirada. No pudo más y saltó con el gesto de apóstata que envidiaría hasta Lutero, se puso en pie y casi grita: -Perdón, profe, eso no es cierto, tiene treinta años de ser mi padre plomero y ha escrito siempre lo mismo: Se soldan... ¡y solda mejor que usted!

EL CELULAR

Desde los diez años le dieron el móvil a Paco y hermanos y le indicaron que: ¡Escucha, nada más, no lo uses! Te lo damos para eso, para que siempre nos oigas, queremos tenerte al oído y estar siempre tranquilos y evitar

contratiempos.

Nos

quieren

tener

-como

dicen

ellos- a tiro. Fíjate bien, no nos llames, espera y, salvo emergencias, nos hablas. Le adquirieron el móvil,

157


eligieron el tono, agregaron los números y pusieron los juegos que ellos lo hacían. Un día, cuando los padres se fueron y dejaron en casa a los tres colegiales, como que a veces lo hacían, haciendo

tareas,

dibujos,

les

indicaron

que

podían

salir de sus casas con amigos cercanos los tres siempre juntos y el móvil al lado. Estaban los tres sacudiendo los muebles y asientos, cuando timbra el teléfono, el móvil aquel, y cada quien al unísono gritó descompuesto: -¡El celular! Empezaron los tres a buscarlo y el móvil que nada, trina que trina, fue un torneo procurar y otro tanto encontrar. Recorrieron la sala, los baños y mesas, el comedor y cocina, las recámaras todas, escudriñaron y nada,

no

aparecía

aquél.

Seguía

y

seguía.

¡Qué

tonadita!, le hubieran puesto mejor “La Catrina” o el “Acerejé”, ¡apúrate, ganso, se va agotar el sonido!, deben ser los padres, nos van a dar una tunda que mejor ni te digo.

158


Después de sonar y rastrear, gemir y atronar, arriba y abajo, adentro y afuera, ¿de dónde viene el sonido?, de

momento,

sin

que

nadie

pensara

en

ese

incógnito

sitio, el más baboso de todos se llevó las manos al cincho y ahí estaba el tin, tin. -¡Paco, en el cinto!

159


FALSA ALARMA

Era agosto y hacía un calor del infierno. En el despacho

oficial

que

ocupaba

por

años

con

persianas

abajo y luces arriba de más de cien vatios, obligaba al encierro y a mantener refrescado como polo en invierno ese

breve

despacho.

Refrigeraba

hasta

el

alma.

El

aparato Carrier lograba un ambiente a la baja, y más bien, destemplado, de pingüino en la Antártida, era el lugar mantenido con un témpano níveo todo aquello. La gente que entraba, la más de las veces, era de origen humilde, indigente y paupérrimo, y solían contar sus problemas y pedir de inmediato la boya de corcho para

medio

flotar

en

su

vida,

existencia

que,

por

suerte, resolvía el erario con pródiga mano. Cosa de fármacos, de viajes y gastos, madera y despensas, de auxilio y pasajes para gentes del lumpen que residían en el olvido, ¿de olvido?, ¡de asfixia! Esta vez atendía a una madre con hijo de semblante cerúleo, de cabello rizo y voz apagada, que exponía su

160


drama con agobio y acoso: lavaba y planchaba por pocas monedas, y su hijo, en la escuela, de seis años de edad, destripaba en el aula por ausencia de todo, de pan y de abrigo que no había demandado casi nunca o jamás. Con los ojos profundos se adhería a la falda de su madre carente y vestía mísera ropa de pantalón y camisa más bien reusada. Ella cubría su cuerpo con el tápalo tenue y deshilachado que estaba, los brazos sin carne y sus muslos sin chicha ni nabo. A medida que ella rogaba sin haber almorzado ni haber mal comido, pude sentir, con alarma, el trémolo tierno del crío que lloraba y a su enagua se unía como barca a su muelle. -Anemia evidente –me dije- algo pasa. -¡Va a caerse! –pensé. Cuando acabó ese vía crucis, comencé a notar que el chiquillo trepidaba del brazo de su madre como hoja silvestre, como San Vito en aumento, y ella, confusa, arropaba a su hijo entre la ropa apiñada en el pecho convulso.

161


-Señora,

tome

usted

este

dinero

y

lleve

al

médico a su hijo, ¡de prisa!, me avisa, le ruego. Al

salir

del

despacho,

cubrió

la

madre

intranquila con el manto al mozuelo que estaba fibroso y observaba bien sus piernas, le hablaba al oído y al abandonar el despacho, indagó: -¡Hijo, qué tienes! -¡Mamá -dijo el mocoso- es allá adentro, ¡puta qué frío hace!

162


LOS GALLOS

En apariencia dormían. Con las manos atrás, en la nuca, formaban todos la almohada y hasta alguno roncaba y gruñía con buen ánimo, cosas de niños, repetían el acto y fingían dormir, “de mentiritas”, como decía la maestra en broma. Palmoteaba. -¡Plap, plap, plap!, resonaban las manos y todos saltaban del lecho levantando la frente y buscaban las fotos que ya se encontraban al pie del tablero. En la ranura que había para el gis, ponía tarjetas de todas las

especies

distintas

de

aves

notorias.

Los

niños

clavaban la vista y gritaban el nombre e indicaban lo que ellos o ellas sabían. -¡Loro! -¡El que habla! -¡Águila! -¡La que vuela! -¡Quetzal! -¡De colores!

163


-¿Conoce alguien a este? Al presentar el dibujo, citaban el nombre y luego explicaban

lo

características

que

estos

hacían,

múltiples,

que

rasgos

sirve

para

y

hechos,

esto,

que

sirven para lo otro... -¡Gallo! Levantó la mano Manuel al observar el dibujo, se puso en pie e instó a la Miss para hablar: ¡Conozco a los gallos, Miss,

mi

mamá

tiene

uno!, exclamó. Bien, me alegro, Manuel, ¿qué sabes de él? ¡Sí, Miss, los gallos se suben –e hizo el modoa las gallinas -dijo.

LA NÓMINA

-¡Ring... ring¡ -¿Buenooo? -Sí, aquí es. -No, no está.

164


-¿Qué

ya

llegó

la

nómina?

Ok.

Le

diré

en

llegando. Adiós.

En las regiones de playa (y especialmente en el norte) cuando las chicas maduran y –como decía la abuela- merecen, el padre o la madre anteponen el “la”

como

parte

del

nombre

como

una

forma

de

indicarlas. Este uso perdura hasta después de la muerte y por vida perdura. -¡Qué vaya la Rosa! -¡No, que vaya la Lola! Se conoció en ese sitio este diálogo que añade tal yuxtapuesto: -¡Ya llegueeë... ¡ -Muaaá, ¿cómo estás? -Bien, hijo. -Te llamaron. -¿Quién? -La Güera. -¿Y qué dijo?

165


-Que ya llegó la nómina. -Bueno. -Oyes, mami, ¿y quién es esa señora? -¿Señora? -Sí. -¿Quién? -La Nómina.

NO FAJAN ¡Ay, mujer!, he querido verte y no he podido hasta ahora con tanto meneo, tú sabes, la chamba, los niños, las

vueltas,

el

pobre

esposo

con

horario

de

cuico,

¡pobre viejo, y por si fuera poco, el mercado, está muy lejos, tú sabes... oyes, ¿operaron a tu hijo?, ¿cómo está?, ¿bien?, ¡precioso, verdad!, ¿sufre mucho?, no parece operado, ¡está lindo!, nos preocupan los hijos como joyas de Oriente, ¿no?, te entiendo. Así estaba con

los

míos...

en

cama...

fue

de

muerte...

¿te

enteraste que enfermaron?... malos para comer, nada les gusta

y

sólo

quieren

que

166

esté

uno

a

su

lado

como


chinches cierto,

pegadas... tres

kilos

son de

una peso

vaina... en

muy

reduje, poco

por

tiempo,

¡fíjate!, voy en sesenta... estoy en mi peso, ¿verdad?, los famosos Pilates, pero, no queda tiempo para ello, sin embargo, ayer en la sala con Tere, mi amiga, me dijo que ya no le siga, que me frene, que no abuse, que estoy en los huesos, ¡ay, sí!, exagerada, a los hombres les gustan con asas para tomar y ¿tú sabes?, bueno, les gustamos, si ella lo dice es por algo... a propósito, cuando estuve en el póker, me dijeron que Tere... que Tere, pues... que a Tere... se le embaló la escopeta. Era temprano y hablaban quedo en el árbol, charlaban de cosas, se veía bien, en efecto, una moña de lujo, peinada,

pintada,

manos

finas,

de

beauty

parlor,

se

movía con preteza y gesticulaba a menudo, su rostro ocultaba el tranco de los años ya muy maduros. La

otra,

exfoliada

y

marchita,

daba

muestras

de

tedio, y el hijo, cargantes cual son, le jalaba el vestido y plañía. Del brazo colgaba la bolsa del súper, repleta y pesada.

167


-Dejemos eso –decidió-

¿cómo

chiquillo? -Bien –repuso. -¿Y el cuchillo? -Bien. -El doctor es un ogro, ¿no? -Sí. -¿Fue difícil la ope...? -No. -¿Te aterró el bisturí? -No lo vi. -¿Te durmieron? -No. -¿Puedes andar? -Sí. -¿Estás fajado? -No, de las anginas no fajan.

168

has

estado,


YA NO ERA

En los Jardines de Niños, Kindergarten o párvulos, prescolar

o

de

Infantes,

suelen

llamar

Señoritas,

Profesoras o Misses, Educadoras o Maestras, a las que atienden el ciclo. Para nosotros serán, para el efecto, Señoritas. Y punto. Imprimen hábitos nuevos, imparten cantos y juegos hasta la edad seisañera. Regresó Raquel despeinada con su uniforme de Pre, estropeado,

arrugado,

bien

contraido:

falda

sucia,

manos ídem y un sudor matinal del “trabajo” corriente, es esos lugares donde el jugar es materia y el retozo recreo. Se encaminó hacia la madre que estaba obsesa, lavando, y extendió los brazos en alto como si asiera balones. -¡Mamá,

mamá!,

-llegó

la

nena

corriendo-

Miss ya no es señorita. Se quedó más que muda la madre: -¡Que, qué! –se azoró. -Si –confirmó- es ahora Directora.

169

la


ADRIÁN Y LA ABUELA

Adrián, de seis años, esbelto y adusto, pelo largo y melena de dátil o palma, podía arruinar a los peines y postrar a los fígaros en cama constante. Cursó el arte de Cuevas desde que entró a la puericia: trazaba monos y micos en hojas grandes y chicas, decenas de ellas, las llenaba de trazos y salían de sus dedos de plástico experto. Silabeaba

la

abuela

cuando

él

bosquejaba

o

algo

apuntaba, pero –no sólo por eso- al escribir realizaba y

hacía

por

porciones,

balbuceaba

la

frase,

en

voz

alta, una y otra, las cortaba diciendo: “... y ...an ... tes... de... des... pe... dir... me... te... su... pli... co... que... y así. Adrián se evadía y no escuchaba a la abuela cortar parrafadas, pero, al pasar las semanas, el piso hablaba con hojas arrugadas y en bola, nuevas y viejas, hacía bolillo y lanzaba más que iracunda.

170


Le puso coto al murmurio de una vez y por fin, ¡ya, vamos, acabemos! Volvió los ojos a ella, a la abuela, con la paciencia en la mano, hecha astillas, y dijo: -Abuela,

¿recuerdas

cuando

al

silabar

me

enojabas? -Sí, Adrián, ¡cómo no! -Pues, todavía.

INSULTO

Lo miré venir. Iba

en

auto

en

la

calle

revuelta

y

nutrida,

acelerador de por medio, cuando de pronto noté que un pequeño intentaba rebasar la avenida, volvía quizás de la

escuela

uniforme

porque

llevaba

monstruosa

mochila

y

su

gastado y, tal vez, repensó: -Sí, sí la paso. -¡No, no la pases, muchacho, no te atrevas, no

es sitio para ello, no es adecuado, vete!, no te arriesgues, quise gritar.

171


Ya era tarde. Con zancas largas y raudas cruzaba la rúa por partes riesgosas,

y

cuando

estaba

al

minuto

de

hacer

el

crucero, me propuse jugarle una broma y advertir el peligro en que estaba: -Le daré una lección –me dije- frenaré junto a él y será una advertencia que nunca postergue y que jamás se le

olvide.

Apuré

el

paso

confiado,

calculé

la

distancia, faltaba poco para él, y, cuando estuve a su lado, se quedó exangüe, temblando, oyó el chirrido de llantas y... Estimé bien. Al

escuchar

los

neumáticos,

se

flaquearon

sus

piernas, sentí que caería, y en un acceso de ira que bien merecía, escuché: -¡Cabrón!

172


¡QUÉ POCA MA... NERA!

Acostumbraba a sentarme en el porche de casa en el centro

de

todo,

frente

al

césped

de

entrada,

ahí

ocurrió lo ocurrido que me dejó una negra experiencia nada grata y deseable. Bueno, porche, no, nada de eso, pórtico, mejor, atrio, vestíbulo, portal, arquería o entrada, cualquiera otra cosa, lo que sea, pero porche, no, los anglicismos cansan, ¿hasta eso calcamos? Tendría la madre... ¿qué será?... veinte años, y desde

el

sitio

en

que

estaba

oculto

y

licuado,

la

miraba de cerca, dieciocho años, no más. Era otero mi asiento y rincón mi refugio, eclipsado y sumido, lo oscuro me hundía y me sumaba y podía analizar a mi antojo lo que fuere y pasara. Separaba la calle un bajo murete con picos en triángulo, (llamaban píquetes) de metro y medio de altura y, al centro, una verja de hierro que daba entrada a los autos o portón de cochera al viento libre.

173


Desde ahí presencié el breve suceso que me resultó tremebundo

y

bastante

molesto:

Con

canasta

y

con

bolsas, madre y el hijo, con prisa marchaban y ella airada llamaba al chiquillo de marras, no se veía el mocoso, lo cubría la barda de media estatura: -¡Me haces el favor de apurarte! Lo veía y voceaba: -¿Te estoy llamando, ¿entiendes? Turnaba de brazo la bolsa. -Bueno, Gabriel, ¿en qué piensas?, ¡anda, camina! Por

deducción

supuse:

¡qué

poca...

cría!,

¡no

atiende a su madre!, no avanza el pequeño dado que debe

llevar

una

choncha

talega

para

su

breve

estatura, pensé. Se enfadó tanto la madre que volvió hacia él y le dio un santo sopapo, chilló y, ahora sí, vería a ese truhán. -¿Qué crees que tengo tu tiempo? –otra vez renegaba. Al rato pasó por la reja un niño de año y días que apenas trotaba y con el par de sus manos asía una bolsa

174


robusta y lo hacía con agobio y al revelarse de lleno, más que agrio, repuse: -¡Qué poca ma... dre de madre, es apenas un nene y no excede la cerca ni la bolsa la puede¡

FRASES DE RIÑA

Investigadores instituciones

y

maduros centros,

de universidad tanto

de

y colegios,

América

como

del

África, Europa y Asia y también de Oceanía, analizaron y vieron que, quien no quiere escuchar, no escucha, y charla de sordos llamaron. Otros sabios y expertos de muchas partes del mundo se abocaron a arar, excavar y concluir que, quien no quiere charlar, no habla, y llamaron charla de mudos. Un tercer grupo formado por sesos y genios, y orates conspícuos, se dedicaron a ver que, quien no quiere entender, no entiende, y charla de necios nombraron.

175


Lidiando

con

juicios,

entramos

al

ruedo

y,

con

ciencia trucaron los puntos sin frases que este diálogo omite. Así:

-¿.......? -¿Ehh? -¿........?, ¿....? -¡.....! -¿...? -¡Muuu! -¿...? -¡Ñññ! -¿...?, ¿....? -¡Ññññ!, ¡ñññññ! -¿...?., ¿....?, ¿....? -¡Ñññ, ññññ, ñññññ! -¡.....! -¡Sniff! -¡Xw&/#%”zk! -¡¡Ññññ, no seas lépero!!

176


“EL POLLO”

-¡Alcohol, vieja... alcohol¡ -¡Dios mío, otra vez... ¡ Era el temor que habitaba en la casa de duelos y ahora volvía nuevamente, un temor que apretaba la soga en el cuello e izaba en la viga, cercaba la piel de la casa y se colgaba de la última cama, descorría los manteados sombras,

y de

era la

parte pobre

del

frío

pitanza

que

y

de a

la

todos

noche

de

goteaba,

sentimiento de culpa que entraba en la casa con hez y basura. -¡Alcohol, vieja...! Ahí estaba boquiando en el vano del pórtico apoyando las manos en el marco ruinoso y los ojos se iban entre párpados

náufragos,

moribundos

de

lagos

de

mugre

y

cochambre, de mierda y de basca, de camisa floja y de fuera. Su cinturón parecía la lengua grotesca que hería y vareaba con ultraje y blasfemia. Otra vez.

177


-¡Alcohol, vieja...! En la penumbra del cuarto los ojos se abrían en la planta de Elena, su “vieja” sufrida, esperando esto y lo otro, espinas y zarzas sin gasa ni yodo desde los años podridos del ayer y de ahora. Carmen, con seis años, y sus despojos en tiras, se aferraba al extremo y sufría lo insufrible. Elena la vio y con besos de lejos calmó sus pesares y al llegar el marido que fluctuaba en

la

puerta,

pudo

ver

a

su

“Pollo”

de

nueve

años

apenas con las mantas subidas, claveteando la vista. Elena abrazó a su marido y lo arrastró hasta su lecho, cayó como saco, y con la frase que hería más que la boca, tornaba, volvía de nuevo. -¡Alcohol, vieja, por favor...! -¡No tengo, no tengo! Elena

envió

hasta

el

semblante

de

los

pequeñuelos, una palma de amor y denso consuelo. Duerman. -¡Por favor... ¡ Repetía la exigencia.

178

dos


Te casaste con un ebrio –decía su madre, ahora muerta- cuando no estaba briago, estaba beodo. Se derrumbó entre tinieblas con los pocos kilos que había en su cuerpo abatido, encerró su tropiezo entre rejas y vanos y a su “Pollo” del alma que, con el alma deshecha, decía, al fin, hijo, con terneza: -¡Mamá,

cuando

sea

grande,

trabajaré

mucho

para

comprar todo el alcohol que mi padre necesita.

ABOGADO

Estudiaría, Miguel, de seguro, abogado o jurista, leguleyo o lo que bien demandara, le quedaba bien lo que fuere. Desde que Miguel despuntó, ganó su primera reyerta, pero le atrajo la música que no se asociaba con ello, ni con litigios ni pugnas, ni es de derecho e izquierda menos. Ese fue el ritmo que guiaba sus pasos primeros desde que anduvo en su casa con penas. -Juan Pirulero mató a su mujer con un palito del tamaño de él.

179


Tenía

que

atrapar

a

ese

pillo

que

Perulero

le

llaman, según él. Cuando llegó a tercer grado, no daba su brazo a torcer ni por nada ni nadie, era terco, inflexible, indomable y astuto, rebatía todo, una astilla de miedo, porque es de hombre su nombre. -Sí, mira, mira, espera, escúchame... –y así todo el tempo, detenía lo injusto según Migue. Su criterio imponía, su autoridad y su arbitrio, lidiaba

por

todo,

siempre

mostraba

los

hechos,

su

origen y causa. Cierta vez, cuando el abuelo escuchaba la letra del cántico que lo señalaba, intentó corregirle y en lo terco imposible. -Juan Perulero mató a su mujer con... –cantó Miguel nuevamente. -No se dice así, Miguel, traté de enmendarlo. -¿Cómo se dice, pues? -Se

dice,

Pi

ru

–respondí.

180

le

ro...

es su nombre


-¡Ah!, no -dijo Miguel- ese es otro.

PAPÁ... A León X (Leondé) y Nicolás (de seguido) lo llamaron de forma más que diversa, menos por el nombre y le decían:

güeriguapo,

guapigüero,

Onésimo,

buen

mozo,

dulce Luxus, Nicolau, reyecito, papá, y hasta el abuelo llamaba León Pistolas. Su nombre era largo, en efecto, y la familia cambiaba por el que mejor le encajaba. -¿Hola, rey, como estás? –el tío. -¿Quiubo, Onésimo? –Alicia. -¿Que tal, guapo? –cualquiera. -¡León Pistolas! –el abuelo. -¿Papá, lindo? –los tíos. -¡Adiós, Nicólas! –la madre. Y cuando llegaba el padre, por las tardes o noches, dirigiéndose a él, le decía: -¡Hola, papá Nicolau.

181


ROSARIO

-¿Qué es esto, papá?, ¿es papa o camote? La pregunta quedó boca abajo y rebotó entre los niños como en mágica esfera, todos quedaron en babia, en santo sosiego, no sacó a nadie de dudas y esperaban transidos. La pequeña inquiría por el guiso que estaba en el plato

del

centro

como

gancho

de

tienda:

capeado,

relleno, salado, con pimienta, cebolla y caldillo, para ingerirlo con algo. -Este

fruto...

–dijo

el

padre-

mostrando

el

producto de quince centímetros en forma de pera, lleva el nombre de... -¿Y para qué sirve? –interrumpió la menor. -Es fruta fresca, sabrosa, adereza la carne y los pollos, se come en torta y se llama... -¿Es buena? –interceptaron de nuevo -Preparada, sí, –prosiguió. -¿Cómo se llama? –insistieron.

182


-No me han dejado decir, pero adivinen, por mejores señas detenta el nombre de la abuela, o casi –concluyó. -Chayito –pensó la niña. -No,

es

cucurbitácea

y

no

mala,

descubran

ahora, ofrezco diez pesos para quien lo descifre. Sedujo

la

oferta,

y

más

seis,

o

sean

todos,

no

habían visto jamás esa fruta verdosa, y dizque sabrosa, esperaban que alguien dijera. -Viene

del

náhuatl

chayutli,

¿ya?

–quiso

acercarlos. Se hicieron nudos y mudos. El desconcierto llegó como huésped notable, nadie habían visto ese ¿fruto? o ¿tubérculo?, ni oído tampoco, no podían nombrar porque ni idea tenían. Prefirieron callar, imposible saber, lo admitían. Es una voz que creían nunca haber escuchado. -¡Ya dilo, papá!, exclamaron. -Ok, ahí les va: ¡Chayote!

183


Cayó

el

indispuso,

silencio se

pesado

ofendieron

y

y

cada

mucho,

quien hasta

se que,

Sergio, el mayor, no aguantó más y le dijo: -No le digas así a mi abuelita.

EL PLANETA

Inauguraban

la

marcha

con

el

tema

de

moda

El

Ambiente y el Clima en la escuela primaria. Lugar: el aula. Grupo: sexto. Enseñaban los temas de los seres del hábitat, la relación que existía entre ellos y el hombre, su protección y presencia, la naturaleza y el prójimo: una ordena y otro no cumple. Convocaban a un triple

y

magno

certamen:

literario,

de

croquis

y

slogan. Se trataba de entrar, de pensar y expresar, sobre dos contenidos: ecosistema y natura. Los niños enviaban dibujos de acuerdo a las bases y premios que a todos gustaba, impresión de conjunto y expresión callejera.

184


Emilio

envió

su

proyecto,

redondo

y

juicioso,

y

estaba de lujo: un árbol al centro que arriba tenía, visto de frente, un mundo nuevo que flotaba y una frase que, al pie, describía, el medio todo: “La Tierra es un árbol, si no lo riegas, se seca” ¡Órale! Obtuvo

el

mejor

de

los

premios:

el

asombro

de

todos.

LA COLECTA

Miguel

Ignacio,

de

cinco,

y

en

segundo

grado

de

kinder en la escuela donde iban sus cuatro allegados que por hermanos tenia, lo incorporaron de pronto a una noble tarea por las monjas maestras para el sostén de misiones

en

el

mundo

católico.

Era,

como

se

puede

verse, escuela de credo. Se situó Miguel en el lleno y amplio aparcado donde los padres llegaban y subían a los hijos en diversos horarios,

a

las

una,

a

la

185

dos

y

a

las

tres,

y


acarreaban a casa. Llevaba un pomo de vidrio con una ceja en la tapa y un pegote que decía: Colecta Anual de Misiones. “Boteó” Miguel denodado tres horas continuas de las doce a las quince, caracoleando entre autos. Cuando llegó la madre por ellos –iba por cinco- se asombró con el hijo que mostraba la lata casi colmada. -¿Ora, Miguel, ¿cómo le hiciste? -Me dediqué a pordiosear –blasonó. -Pero,

es

mucho

dinero,

–se

asombró

de

la

hazaña la madre alterada. -¿Sabes por qué me donaron? –calculó. -No, hijo –repuso. -¡Por bonito! –dijo.

AFICIÓN

Emilio, de diez años, estaba bravo, sulfúrico, enfadado

con

alguien

o

por

algo

en

la

escuela.

Su

molestia era Olga, una chica no fea, que aparte de ser

186


muy ignara, hacía caso omiso a maestros y clases, era floja, trivial, común y soberbia, pagada de sí misma y se creía la bella durmiente, en fin, le caía mal, o bien le caía, ni un lazo le echaba, ¿como era posible que ignorara su garbo? -Fíjate –decía a ella, tu compañero de banco piensa que Borges es asturiano, ¡qué... -¡Ay, mira, dijo Olga, yo no sé nada de fútbol!

MONÓLOGO EN DO MENOR

-¿Por qué me atan las manos?... y pensar que, a mis meses, lo que más me interesa, es menear y subirlas y con los brazos lanzar y estirarme de piernas y dejar esta incómoda y blanda mazmorra, ¡ah!,

debo

haber

dormitado...

¡alguien

viene!...¡ay!,

puerta!...

el

silencio

se

¡han cierne

oigo

pasos...

cerrado cada

vez

la más

estrecho... las voces se pierden... esa radio de infierno

no

calla

ni

187

ceja

y

me

estropea

los


oídos... me ocuparé de mis dedos... si me muevo a la diestra, lo logro, casi afloja... ¡ah!, ¡ya está!... sacaré los otros... bien... manoteo y casi me impulso... la otra... ¡puf!, eso es... ¡bravo!,

lo

he

hecho

de

genio...

pero,

me

cansé... aguardaré... ¡ufff!, me he agitado de más y siento agua en la frente... y en la espalda y

las

piernas...

y

en

las...

¿no

será...

veremos... ¡oh, no!, parece que me hice... otra vez... esa radio de nuevo no para y conturba... siento

que...

cómo

que

quiero

comer...

¿será

apetito?... ¡qué problema no saber ni las ansias ni ardores!... si lloro nadie me escucha... si llevara la mano a la boca... ¡oh, qué animal!, rasgué

el

ojo...

¡qué

difícil

es

hacer

contorsiones!... eso es... ahora busco... ¡sabe salado mi dedo!, ¿será orín?, ojalá no, menos lo otro... ¡Ñaaa... qué atiplada voz se me escucha! Con tanto

esfuerzo

que

188

emplee

hasta

perdí

mi


postura... pudiera

tengo

frío

gritar...

llamaré...

¡lo

¡auxilio,

dolencias!...

en

siento

me

las

rodillas...

haré!...

más

puedo

morir

frío

de

si

alto... y

nuevo

dar y...

¿hambre?... no alcanzo a entender... y sólo me sale ese ¡ñaaa!, (pega un grito)... en fin... no queda de otra.... -¡Tengo

una

idea!,

cuando

el

tipo

se

calle

gritaré fuerte y seguido... esperaré... vamos a ver...

vamos,

vamos...

¡cállate,

idiota!...

¡ahora! -¡Ñaa...!, ¡qué berrido! ¡Ñaaa...¡ -esa radio. ¡Ñaaaa... ¡ creo que ya me entendieron, alguien sube,

¡vaya!,

quedé

incómodo...

me

bajé

demasiado... aplasté mi tobillo y la cabeza no muevo...

¡apúrense!...

pero ya, ¡de prisa!... Mi hermana.

189

quien

quiera

que

fuere,


-¡Qué

mi

hijito

ni

nada!,

siento

algo...

¡háblale a alguien, a tu madre, anda! -Sonreiré y veré. -¡Noooo, no es manera de tratar a un bebito... te diré lo que pienso... será mejor sonreír... -¡Bahh, quiero reír y sollozo!... ¡no me estoy riendo,

animal!...anda,

llama

a

tu

madre

o

a

quien sea, pero ya, deja de hacer arrumacos... ¡qué

“pechocho”

ni

madres!...

quién

le

habrá

dicho que hablo... ¡no!... no hay quien hable a mis meses... ¡no hagas bromas, chistosa! -¡Ñaa, ñaaa...! ¿cuándo hablaré? -Viene alguien. Ya llega. -¿Me cambias?, me hice popó.

QUE SEA MENOS

León

X

Nicolás

salió

del

abdomen

con

bombo

y

platillo, pero ¡aguas!, debió de nacer de 40 domingos o lunes...

y

empleó

34...faltaron

190

seis.

Prematuro.

No


supo

de

ambiente confort

termo sano de

un

y y

cunero

ni

corriente,

portátil

incubadora encontró

cunero

¡de

menos,

para

cinco

ello

sólo el

estrellas!

Midió... ¿cuánto midió?... 45 centímetros... y pesó... ¿cuánto pesó?... 2 kilogramos 200. Pequeñito. El Apgar registró y de una grada de 10, 8-9 mostró; pegó el grito a su tiempo y hoy es todo un Sansón, un Sansón sin melena, un campeón de... lo que sea. Antes de obviar a la madre, a la que dio una patada en plena recámara o asiento matriz, le partió la... fuente, y el padre, por tan ínclita hazaña, lo bautizó como León, tradición de familia y con una X de grado, o sea 10 de promedio, y la madre, en su turno, lo nombró Nicolás por ser zar y el final. Antes de entrar a la cancha en el tiempo futuro, ya tenía nombre y apodo para hacer goles insólitos. Será el sol del América –dijo el padre- y su debut se daría el martes 30, a las ocho, previa entrevista en la tele de México o Suiza, veinte años después como un gran mosquetero.

191


Sembró

la

duda

Roberto

sobre

su

nombre

de

pila

cuando dijo a los padres: -¿Van a llamar León X? -Sí –le dijeron. -¿Y lo creen conveniente? –repuso. -Si,

¿por

qué

no?

–contestaron

ambos,

los

padres del él. -Por prematuro. -¿Y eso qué?, -replicaron- ¿cómo debiera? -León 9.5 –supuso.

DEPRESIÓN La

soledad

cavó

hasta

el

meollo,

hizo

agujero

e

inmenso, escondrijo de cueva, lóbrega y sórdida. ¡Qué pasa!, jamás he sentido lo que ahora percibo, quiero estar

sola,

tendida,

dormida,

piense

y

piense,

me

siendo mal y no siento ganas ni de gustar, nada, quiero huir,

desertar,

tengo

sospechas

que,

si

me

llego

a

dormir, no despierto; este dolor me soflama, ¿dolor?, ¿cuál?,

la

cabeza

me

192

salta,

¿es

derrame?,


¿hipocondria?; los hemisferios se parten y no siento ni el ruido, a nadie le importo, y siento todo a la vez como que estallo, ¡oh, vida!, no tiene objeto vivirla y los hijos te abruman, allá ellos, no quiero luchar ni retar y seguir menos, no tengo más que me ate a este mundo matraca, ni la misión de vivir, me hunden los tedios, quiero morir ahora mismo, le ruego a Dios que me lleve, no tengo nada que hacer en este cosmos de mierda, estoy a punto de... -¿Qué tienes, mamá? -Nada, hija. -¿Comemos? -¡Ah, sí, cómo no! -¿Te sientes mal? -No, hija, bien. -¡Ah!, ya sé lo que tienes. -¿Qué tengo? -Mira, he venido observando a los dos desde hace tiempo, no son ustedes los mismos, es cierto

193


que el gasto, la renta, los hijos, acorralan y asustan, que... -¿Qué quieres decir? -No te quiere. -¿Quién? -Mi padre. -¿Por qué? -¡No te besa!, ¡La ex-primavera se aleja! No hay nada mejor que los hijos para que todo camine, la depre inclusive, no hay duda que el ansia, la tensión, el abismo, lo son todo. -¿Me levanto? Antidepresivos los hijos.

LA CIRUELA Y EL CHUNIQUE

194


Gabriel Figueroa

En

los

meses

de

julio,

de

agosto

y

septiembre,

cuando la tierra se dora y el calor aparece, suelen pizcar en el monte las ciruelas del Ă­dem que tienen hueso

en

el

centro

y

que

chunique

le

nombran

con

almendra en el centro que es de regalo y delicia que muy

pocas

lo

tienen.

Es

manjar

el

chunique.

Las

ciruelas se encuentran hasta que el sol achicharra, hay que hacerlo temprano y en grupo juntos. Pancho y su primo al alba caĂ­an y cortaban del ĂĄrbol o las juntaban del

suelo

en

canastos

gigantes,

195

cientos

de

ellas,


amarilleaban

la

vista

las

ciruelas

que

llaman

del

monte. Por las grietas del árbol, se filtra un sol del demonio y, además, una plaga de moscos que irritan y enmielan pestañas y ojos. Los nombran bobos o bichos, pero dicen bobitos, que salen con lluvia y bajo un sol que sofríe. El

ciruelo

glóbulos verdes

silvestre,

múltiples,

y

son

linternas

de

(yrtocarpa

gotas luz,

si

de

edulis),

mar

están

si

estas

maduras;

de son

y

el

chunique, que se extrae de las nueces, se fractura con lajas,

martillos

o

mazas,

cascanueces,

acaso,

al

epicótilo tunden. -Nunca vayan de día, no, porque se cuecen y asan tanta unas como otros –aconsejaba Pancho a los chicos. El recorrido que se hace de mañana o de tarde cuando el sol se recae y al sentarse a comer, devoran copiosos y

hacen

fiestas

de

ellas

y

una

fuerte

halitosis

denuncia el hartazgo. Pancho chuniques

decía: o

hacer

comer el

las

amor,

196

es

ciruelas, lo

mismo,

partir ahí

va

los la


tercia. Gustaban tanto las unas como las otras placían y así llamaron al par de los hijos: una Ciruela y el otro Chunique Velarde Velázquez.

PANCHA JAVI

Desde que unieron sus vidas en el templo del padre y

santo

patrono,

Francisco

Javier,

en

la

sierra

cercana, sentían amor por el clérigo, jesuita español que en el siglo XVI vivió (1506-1552) y fue aliado de Íñigo

López

de

Mendoza,

(San

Ignacio

de

Loyola)

y

entregó su garra en el mundo lejano y diverso: Japón, Portugal, la India y la China durante 12 años continuos hasta llegar a la muerte en los cielos de ésta. La Misión, piel del barroco y bastión de jesuitas, conoció

a

esta

pareja

y

fue

lugar

del

encuentro,

testigo de novios y bendición en las nupcias. Cuando procrearon al hijo, el primero que tuvo, le ofrecieron al santo imponerle su nombre si era premio o trofeo de dama vecina, pero el cazo se agrió y estuvo a

197


punto de aborto y con la fe en el macizo de San Javier y su iglesia, le rogaron que, de librar ese riesgo, le impondrían su gracia, sea del sexo que fuere, rendija o tolete. Fue

niña,

impusieron

el

por

fin,

nombre

de

y

sin

dudarlo

Francisca

siquiera

Javiera

y

en

le la

escuela llamaban, al leer en la lista: Pancha Javi.

SE PELEABAN

Cuando Roberto y Lucía adquirieron el frasco de la Coca adictiva en la tienda de OXO, en la esquina de casa, con permiso de padres observaron el caso muy poco frecuente de sus años fisgones. Al abrir la botella, vieron ambos atónitos, como la soda espumaba, subía y desafiaba el pronto derrame. Al observar el proceso, Ana Lucía le dijo a su hermano, ya adulto, asombrada: -Mira, Robert, las burbujas se pelean por salir.

198


ESTÁ MEJORITA

Ana Sofía tenía una tos de ladrido que no lograba extirpar

ni

con

salmos

ni

cánticos,

ni

con

diez

penitencias, le producía arcada la ducha que inundaba su rostro, desparramaba el catarro, odioso, mugroso, era manguera expedita. Así pasaron los días, las noches y tardes. Comenzó a sentir

el

alivio

y

la

merma

de

achaques

y

al

poco

tiempo de ello, dejó la cama en que estuvo entre ocho días o nueve. Lo primero que hicimos, todos en casa, fue indagar por su estado de agobio y ahogo, y sobre todo, por la tos de canino que no se frenaba. Pregunté: -Ana Sofía, ¿cómo estás?, ¿te sientes mejor? -Si, abuelo, estoy mejorita -respondió. El lenguaje y la lógica, otra vez.

199


LAS MOMIAS.

En

el

viajero-

viaje al

que

sur

hicimos

del

país,

–dijo

el

rico,

programamos

nuevo

visitas

y a

Chiapas, Oaxaca, Tabasco y Guerrero, y algún otro de paso, y recorrimos Cacahuamilpa, las momias de Chiapas, y las... -¿Chiapas?, ¿momias?, de Guanajuato serán, le dijo a Pablito. -No, de Chiapas -No, de Guanajuato. -¿Vivas?

LA MANO

Costumbre muy vieja esta que cuento, tiene años, ¿cómo se llama?... manos

ceradas

soy?...

(¿cómo

y

cuando te cubren los ojos con las

por

la

diablos

espalda se

200

investigas,

llama?)

¿picabú?

¿quién (peek-a-


book)... no. Es un juego de niños y de años felices, tradición muy canosa. Protagonista: Ana. Cuando Gabo llegó de repente lo cubrió con las manos disfrazando el hablado: -¿Who am I? El electo pensó y se hizo cruces, pensó en los hermanos, los primos y amigos, en Anita misma, y al hacer conjeturas, predijo: -Roberto. -No. -Santiago. -No. -Miguel. -No. -María. -No. -¡Ah...! ¡Ana Lucía! -No. -¿Entonces? -Mi mano.

201


TE VAS A PARTIR...

Ana

Sofía

abiertas

corrió,

hasta

el

como

siempre,

columpio

que

con

estaba

las al

alas margen

izquierdo del patio empastado. A su derecha se hallaba, ya

meciéndose,

León

X

Nicolás,

su

hermano,

y

se

estiraba poseso con sus pies de zaguero del equipo de su alma. Era, además, su columpio, el más bajo de todos y podía sentarse y moverse con las ansias de niño, no pedía

ayuda

a

ninguno,

lo

hacía

solo

libérrimo,

autónomo, libre. Lo lograba frenético y era obseso el chiquillo. En cambio, Sofía, al querer columpiarse, no lograba su empeño con sus siete diciembres, y volvía y volvía, jalaba las cuerdas tensas y rectas y lanzaba los pies por delante y arriba, no lograba lo que ella deseaba. Quería llegar hasta arriba y lograr el meneo de Leonde, su

hermano,

pasearse,

hasta

estaba

el

fin

necia,

del

impulso.

tozuda,

dijo:

202

fue

No

conseguía

entonces

cuando


-Abuelo, dile a mi madre que venga para que mesa el columpio. -No, mi´ja, ¿cómo voy a decirle que nomás venga a eso? Está ocupada, yo te columpio, voy con mi hacha. Y tomé el bastón y me puse. -¡No, abuelo, tú no, te vas a caer, te caerás! No, hija, ya lo he hecho antes, yo me pongo atrás, por la espalda, y te empujo con tiento. -No, te digo que no, te puedes caer. -No, no, verás, yo te aviento y te irás ya sola, pero afiánzate bien, pon las manos bien firmes. -No, abuelo, te digo, no lo hagas, te vas a partir la mandarina en gajos.

LAS GALLETAS De visita en casa de Rosa, la amiga, conversando con ella en la sala reunidos, dándole cuerda al palique, saboreamos galletas ¡exquisitas de veras, con café de talega y leche de rancho, pregunté la autoría de tales

203


ricuras para armar comilona o engalanar la merienda y respondió sin ambages: -Son de las monjas meretrices. -Las monjas ¿qué...? -Mere... digo, Adoratrices.

CONFUSIÓN

Pedro estrenaba su traje de rico y pobre de ideas, y aludiendo al sujeto de quien ahora parlaban, dijo: -Es sifilítico, ¿no? -¿Es qué...? –se frenaron. -Sifilí...

perdón... filatélico.

MÁS CONFUSIONES

Cocinaban el pulpo de ocho brazos lacios y el niño, con hambre de hombre, sacó del cuenco uno de ellos que ya se doraba, humeaba el miembro con otros y seccionó

204


en

fracciones

y

parecióle

excelente

y

otro

ex

más,

exquisito, y empezó a devorar con harto apetito: -¿Qué comes? –preguntaron. -Testículos, dijo. -Test... ¿qué...? –cuestionaron. -No, perdón, corrigió, tentáculos.

DE NUEVO

Al visitar Colombia, Ecuador y Bolivia y Venezuela de paso en un viaje que halló más que amable, recordaba el pasar por la selva nutrida y las palmas que ríen, su parada

en

Bolívar

y

el

gran

río

que

desagua

máximo océano. Fue único. -¿Y cómo se llama ese río?, preguntaron. -Mingitorio, respondió. -¿No será Orinoco?, corrigieron.

205

en

el


Y MÁS

El mismo niño bordeaba por la costa este de África y veía

el

Índico

breve,

Madagascar,

Antananarivo,

Mananjari, Manakara y otros más, conoció los vientos alisios, las siembras del área, la mandioca ignorada y la lluvia que moja la isla y la fronda, cuna del lémur. -¿Mandioca?, ¿y qué es eso?, indagaron. -Es una planta que crece de tres metros de altura y que da la tapioca, una especie de harina que emplean los autóctonos que malgaches se llaman. -¿Tapioca? -Sí, es la fécula. -¿Cómo se llama esta isla? -Madascagar, contestó. -Madagascar será, enmendaron.

¿MÁS?

206


Ya al final del periplo, al ir por tren a Véneto, nos

jaló

el

Adriático

formado

por

islas,

canales

y

puentes donde Venecia se encuentra. -Paseamos en glándulas, expresó. -¿En góndolas?, repararon.

POR ÚLTIMO

Visitamos Oslo y otras ciudades: Akershus y Ostfold, fiordos,

condados las

vecinos

Mágicas

Cuevas,

con el

glaciares salmón

y

y las

truchas que eventualmente se atrapan con la mano desnuda,

el

manejo

del

vidrio

y

las

orcas

famosas, los grandes balcones donde se admira el paisaje de este largo país con su planta en el Ártico. -Es bella Noriega, dijo alguien. -¿Nor... que?, preguntaron los otros. -Noruega, se oyó.

207


ANA MARÍA

Estaban los cinco a la mesa redonda, es decir, la familia, y presidían las criaturas Ana María y Elena en derredor del antojo de más alta factura y del podio pesquero: tacos de pescado, pero de los óptimos. Cada

quien

pidió

lo

que

quiso

y

empezó

el

manducar: tostadas, ceviches, copas con algo y todos capeados que son los del gusto. Pico de gallo, además, guacamole y limón. Y aquí empezó lo ocurrido. En cuanto abrió la de harina para exprimir el ovoide, comenzó a fabricarse. En el mismo momento en que prensó con los dedos

la

resbala

y

ácida

esfera

salpica

la

para faz

de

extraerle María

y

su

jugo,

rebotó

en

que sus

mejillas con larga sollozo. Enseguida, al exprimir otro de esos, a medio metro de ella, arrugó su semblante pensando que iría a su rostro y golpeara.

208


...DEL VIDRIO

...se convirtió en sol y figura, estaba ahí, en el lienzo, se veía otra, distinta, se alejó del cuento y novela,

de

todo

mito,

la

repetición

era

ella,

ella

misma, ahí estaba en la luna de la grande mampara. Parte de su área vital era esa, ir a pasear frente al viso y cada vez que ocurría, acostumbraba a decir: -¡Adiós, niña del vidrio, paseo...¡ -¡Adiós, niña del vidrio, voy al césped! -¡Adiós, niña del vidrio, tomo el sol! La niña reía, oteaba y volvía a ser ella misma, palmeaba su copia, el reflejo era parte de su alma pequeña y el eco volvía. Un buen día se fue, se fue para siempre, la compañera y amiga del rostro con vida, de ficción en

reuso

que

gozaba

y

reía

lo

que

por

él

se

observara, alma en vitrina, creadora de sueños y

209


voz

de

pantalla,

eso

era

nomás,

un

conejo

de

luna, de fábula. Cuando la niña se fue, se perdió su presencia y sus horas pasaron como un acto vivido, no volvió a saberse de ella ni de su eco visual y al correr de los días, de una época a otra, la niña se fue, cambió su ayer de la por su astro de hoy, de una infancia frutal a la otra en proceso, ¡ah, la vida! La niña se fue, cambió de vida, era pre-púber.

210

Niños de cuento  
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