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Sabor a mĂ­

Silvia Galvis

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Galvis, Silvia Sabor a mí / Silvia Galvis. -- Medellín : Sílaba Editores, 2013. 224 p. ; 22 cm. -- (Trazos y sílabas ; 10) ISBN 978-958-8794-10-5 1. Novela colombiana I. Tít. II. Serie. Co863.6 cd 21 ed. A1416290 CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango

Sabor a mí ISBN: 978-958-8794-10-5 © Herederos Silvia Galvis © Sílaba Editores Primera edición: Arango Editores, Bogotá, 1994 Segunda edición: Arango Editores, Bogotá, 1995 Tercera edición: Hombre Nuevo Editores, Medellín, 2003 Cuarta edición: Sílaba Editores, Medellín, Colombia, agosto 2013 Editoras: Alejandra Toro y Lucía Donadío Ilustración de carátula: Fotografía Silvia Galvis Diseño carátula y diagramación: Magnolia Valencia Distribución y ventas: Sílaba Editores. www.silaba.com.co / silabaeditores@gmail.com. Carrera 25A No. 38D sur-04. Medellín-Colombia Cel. 313-649-0459 Impreso y hecho en Colombia por: Artes y Letras S.A.S. / Printed and made in Colombia Reservados todos los derechos. Prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio o procedimiento.


Silvia vivió para combatir la aspereza del mundo, y lo hizo, en público, a punta de palabras, diciendo las cosas como son, hablando contra las injusticias, haciendo gala de su humor político y de su sarcasmo cáustico, y en privado, también a punta de palabras, del bálsamo de sus palabras y con su encanto flagrante y con la caricia de su voz. Alberto Donadio

Por sus ojos profundos y negros Silvia Galvis contempló y descifró en profundidad a este país. Gustavo Tatis

Esta es la Silvia que recuerdo, siempre sonriente, irreverente, de independencia indómita y un carácter tan recio para decir lo que pensaba, como suave con la gente que quería. Me dejó Silvia una herencia silenciosa, cada vez que tengo alguna duda ética sobre cómo resolver un problema en mi oficio… sólo decido aquello que hubiera despertado en ella una de sus lindas sonrisas. María Teresa Ronderos


1. Un deseo impúdico Ayer, Elena Olmedo y yo, Ana Peralta, fuimos al teatro Real. Vimos El Diario de Ana Frank, una película tristísima y las dos salimos con los ojos llorosos, como si en lugar de ir a cine, hubiéramos picado una libra de cebollas. Antes nos mandaban con Trinidad, pero ahora ya no. Desde que somos mayorcitas, nos dan permiso para ir a matiné, sin niñera. A vespertina todavía no nos dejan ir solas y a nocturna, ni de riesgos, pero eso no es lo importante. Lo importante fue que cuando salimos, le dije a Elena que acababa de tomar la decisión de mi vida, que iba a ser escritora y que iba a empezar mi carrera de éxitos y triunfos esa misma noche, antes de dormirme. Elena, que es mi mejor amiga, me preguntó si iba a escribir El Diario de Ana Peralta, pero yo le dije que no. “Voy a escribir como me salga y lo que me salga y voy a hacer que me lo publiquen antes de que me muera o me maten en este país que matan tanto. Si no, ¿para qué? ¿Para qué le sirvió tanta fama a Ana Frank, si nunca supo que la tenía? Vas a ser la mejor amiga de la famooosaa, geniaaal e incomparableeeee Ana Peralta”, le dije. Elena me contestó que eran puros sueños míos, que ser famosa era muy difícil. “Sí”, le dije, “pero más difícil es que Federico cumpla lo que prometió, o sea, que nos recogía en el carro de Papá, a las cinco en punto, frente al teatro. Mira que ya son las cinco y media y nada”. 


Elena miró la hora y después se limpió el bigote de sudor con el pañuelito de encaje blanco que traía doblado entre la correa del reloj, y en esas, apareció Federico, el ser más odioso y antipático del mundo, que tenía que tocarme a mí de hermano. Me costó trabajo quedarme sola en mi cuarto porque Trinidad quería que le contara la película y quería saber si el novio de Ana Frank era bueno y buen mozo como Albertico Limonta. Cuando le dije que la historia era tristísima y que a todos los mataban al final, no le gustó: “Para llorar a moco tendido, niña, mejor me pongo a pensar en mis propios recuerdos y me sale gratis”. –Cierto, Trini, pero váyase que tengo sueño y me quiero dormir. –Ya me voy, niña, espérese un momentico, le doblo la blusa del uniforme. Pero, nada que se iba. –En cambio, yo vi una buenísima, La Perversa, con Elsa Aguirre, “la mujer más malévola en la historia del mundo, fría como el acero, inhumana como una loba”, se lee en el aviso del periódico, y no se la voy a contar porque es para mayores de veintiuno, dijo para picarme, pero como lo que yo quería era empezar a escribir ligero, no le rogué que me la contara, ni siquiera recortándole las partes prohibidas. Por eso, cuando le dije “bueno, entonces no me la cuente”, Trinidad me miró con ojos resentidos y antes de cerrar la puerta, dijo pasito que ella sabía cuando su persona no era querida en algún sitio y que no fuera después a rogarle que subiera a acompañarme, muerta de miedo con el Pata Sola, la Llorona y el Jinete Descabezado y toda esa retahíla de inventos que le cuenta Rosalbina para meterle miedos. –No se ponga brava, Trinita, un día de estos le cuento un secreto importantísimo, ¿oyó? 10


Desde mi cuarto alcanzaba a escuchar el murmullo de la voz de Mamá conversando con Leonorcita de Mendoza, una de sus mejores amigas que a veces viene después de comida a oír El Derecho de Nacer y después se queda un rato para hablar de modas, de fiestas y todo eso. Papá dice que la lengua de Leonorcita es como Atila porque, por donde pasa, no vuelve a crecer la yerba. Atila rey de los Hunos es con Jeff Chandler y Anthony Quinn, la dieron en el Teatro Real hace poquito y Papá nos llevó a vespertina, a verla. Leonorcita es una señora chocantísima pero ésta noche la bendigo porque va a mantener a Mamá ocupada y yo puedo dedicarme a mi carrera de escritora sin tener que explicar lo que estoy haciendo. Cuando Trinidad por fin se fue, arreglé mi almohada y me senté en la cama. No me cubrí, ni siquiera con la sábana, porque en Semana Santa hace mucho calor y hasta el aire se siente pegajoso. Con un cuaderno nuevo sobre las rodillas, empecé a escribir el primer párrafo pero, entonces, me di cuenta de que cuando trataba de alcanzar cualquier recuerdo, todo lo que se me venía a la cabeza, eran cosas con Elena. Mis pensamientos, sí, pero enredados con historias de ella. Debe ser porque crecimos juntas y como nos conocemos desde muy chiquitas, yo casi no tengo recuerdo de nada donde ella no esté presente. Parecemos como hermanas, pensé y ahí se me ocurrió otra idea: que hiciéramos el libro entre las dos. Ella habla de mí y yo de ella, de las amigas, de las cosas que pensamos y que nos pasan en el colegio y en la casa, incluyendo las conversaciones que oímos cuando los adultos se ponen a hablar de cosas misteriosas y creen que uno no entiende nada, pero sí. Al día siguiente, mientras esperábamos el bus del colegio, le expliqué a Elena la idea. Se quedó callada como pensando y mientras pensaba apuntaba piedritas a la boca de un hormiguero de hormigas coloradas que hay al lado del poste de 11


la luz, y que Trinidad llama “beatas” porque pican durísimo y dejan una roncha colorada y grandota en la piel. Una mañana, mientras el bus pasaba, Federico se arrodilló a jugar con sus maras de cristal y cuando se dio cuenta, tenía un montón de hormigas trepándole por las piernas. Trinidad se las quitó a palmotazos, pero le alcanzaron a picar como seis. El pobre lloró como un maco, pese a que Trini le decía que no hiciera tanto escándalo, que fuera macho, que las lágrimas eran cosas de niñita consentida. En el colegio le subió fiebre y le dio dolor en una ingle y lo tuvieron que ira recoger temprano. Así son de bravas, como la lengua de la señora Leonor, que no es beata pero como si lo fuera, dice Trinidad que conoce todo el vecindario y más allá, casi entrando a Venezuela, como dice Papá riéndose. –La idea me parece muy bonita, Ana, lo que pasa es que yo no quiero volverme escritora. Y, además, no sé escribir, eso es muy difícil y yo... No la dejé terminar: –Ana Frank tampoco sabía, le dije, y mira cómo se volvió de famosa cuando encontraron su diario y no creas que porque fue la única judía que mataron los alemanes, sino porque era una niña y niñas escritoras hay muy poquitas en el mundo. Que iba a tratar solo por darme gusto, para no desanimarme porque me veía muy feliz. Pero con una condición: “que cada una escriba lo suyo, sin mostrarle nada a la otra. Así, ambas podemos decir lo que queramos y como queramos. Después, en seis meses o algo así, juntamos las historias.” En esas quedamos. Estoy segura de que Elena puso esa condición porque cree que me voy a meter en sus cosas. Trinidad me dijo que ella le había dicho que yo era muy mandona y me las daba de muy sabionda. Y, eso no es cierto, lo que pasa es que Elena 12


es como solapada y nunca dice las cosas como las siente, sino con remilgos. Esa noche, otra vez sentada en la cama con el cuaderno abierto sobre las rodillas, cerré los ojos y deje la memoria abierta para que los recuerdos me llenaran la cabeza. O quedará mejor: ¿Esa noche, con el cuaderno abierto sobre las rodillas, le abrí la puerta a la memoria para que el batallón de los recuerdos galopara en mi cabeza? Así, con esas figuras he notado que escriben los escritores famosos, como Charles Dickens, el de Oliver Twist, que leí en las vacaciones o Servidumbre Humana, de Sommerset Maugham, que esta en el Índice de los libros prohibidos, pero que cogí a escondidas de la biblioteca de Papá y lo acabe en el baño, la semana pasada. Yo copio las frases que me gustan en una libreta y las escribo hasta que las memorizo y, luego, trato de hacer unas parecidas. Así aprendo. El batallón de los recuerdos debió entrar cabalgando porque, ahí mismo, escuche, viva, la voz de la hermana Cleotilde de los Milagros: –Elena Olmedo, ¿quién es Dios Nuestro Señor? La pregunta la dejó muda de sorpresa, porque hacía poquito había contestado de corrido que los enemigos del hombre eran tres, el demonio, el mundo y la carne y que las armas para derrotar las tentaciones de la carne eran las oraciones piadosas, las lecturas ejemplares, la confesión frecuente y el santísimo sacramento. Estoy segura de que como somos treinta y cinco niñas en el curso, Elena no creyó que la vieja Cleotilde fuera a preguntarle la lección otra vez y por eso se había puesto a pensar en los huevos del gallo que es como las hermanas dicen cuando uno se distrae y no pone atención a la clase. –Dios Nuestro Señor es un Señor infinitamente sabio, misericordioso, poderoso y justo, principio y fin de todas las cosas, repitió Elena al pie de la letra, porque las dos 13


nos sabemos de memoria las respuestas con todo y preguntas. –¿Aja, con que Dios es un señor? Entonces, según usted, niña, ¿Dios Nuestro Señor no es un Ser Infinito como enseña el Catecismo, sino un señor, un pecador común y corriente como su papá? –se burló la hermana Cleotilde, que tiene la voz filosa como un hacha. “Haga el favor de sentarse a estudiar, ¡desaplicada!”. –Pero, hermana, ahí dice... –Obedezca, niña, recuerde que el orgullo fue el pecado que convirtió a Luzbel en Lucifer y por eso, Dios Nuestro Señor lo expulsó del reino de los cielos. Y, como siempre, nos repitió a todas que la práctica de la humildad era la virtud de las santas. –Eso no es humildad, sino injusticia, hermana, se me salió contradecir porque yo tenía el catecismo abierto donde se leía “Señor” como dijo Elena y no “Ser” como sostenía la vieja Cleotilde; lo dije de un tirón porque, a veces, creo que tengo otra persona por dentro que me hace decir cosas, sin que yo quiera, como La Madona de las Siete Lunas, que de día es una señora bien y de noche se sale a pecar con Stewart Granger y después no puede explicar qué fue lo que le paso ni por qué lo hizo. Entonces, la hermana Cleotilde me dejó sin recreo y me mandó para la capilla a implorar la virtud de la humildad de rodillas ante el Santo Sagrario. Menos mal que no me dejó en el salón leyendo la vida de María Goretti, la santa que prefirió morir antes de ensuciar su alma con la mancha inmunda de la impureza. Muchas veces preguntamos, pero la hermana Cleotilde de los Milagros nunca nos explicó cuál era el horrible pecado que María Goretti no quiso cometer. “Todo lo que necesitan saber, niñas, es que el acto de impureza se lo propuso un hombre y que cuando ella se negó a complacerlo, el hombre ese, arrastrado por el 14


deseo impúdico de la carne, le clavó un puñal en el corazón”. –¿Qué es un deseo impúdico, hermana Cleotilde? –Silencio, niña, que por la boca muere el pez. Cerré la boca pero la noche la pasé con los ojos abiertos pensando en que yo había visto a mi prima Susana darse un beso de amor con Euclides Sánchez, su novio, mientras los ingleses le clavaban una flecha en el hombro a Ingrid Bergman que era Juana de Arco en el matiné del sábado. Decían que Euclides se había salido del seminario por culpa de mi prima y esas cosas Dios las castiga. –Trinidad, ¿usted cree que Euclides es capaz de proponerle cometer pecados a Susana y luego, matarla de una puñalada? –¡Qué cosas dice, niña Ana!, don Euclides está como embrujado. Ojalá la Virgen de la Caridá me consiguiera a mi un hombre tan enamorado y en todo caso niña, “el cielo es testigo de sus castos amores”, como dice María Dolores Limonta. –Trina, usted se va morir de amor por Albertico Limonta, ¿no? –Y, ¿quién no, niña? Y, me voy, porque ya va a comenzar la novela y como a la niña ahora le gusta más encerrarse a escribir, pues se la va a perder porque yo no se la voy a contar por más de que me ruegue. –Trini, usted cómo es de chocante, ¿no? Bueno, camine, prenda el radio y aprovechemos que hoy Mamá se fue a oírla donde los Olmedo. Con pasos desganados, como cargando una cruz de vergüenza superior a sus fuerzas, aquella mujer misteriosa cruzó la puerta del elegante consultorio. Iba vestida de negro como si en lugar de visitar al médico, asistiera a algún funeral de persona fina. Negros y brillantes los zapatos de cuero, negro 15


el bolso de charol, negra su blusa de gasa. Todo denunciaba su rico linaje, su cuna de oro. Se detuvo un instante en vacilación, pero, luego, con decisión impetuosa, abrió la puerta y entró. El médico, un hombre de aspecto joven, atlético y ojos negros, soñadores, se levantó del elegante sillón de cuero para saludarla, pero antes de que pudiera preguntarle por el motivo de aquella inesperada visita, ella, sin poder contener más aquellas lágrimas de pena que quemaban sus hermosos ojos grises, exclamó: –Esta criatura no debe venir al mundo, sería un escándalo terrible... mis padres, nuestra posición social, compréndame doctor, ¡él no es libre! –¿Y, por qué no debe venir al mundo, Trinidad? –Porque esa señorita perdió el honor con un hombre casado y no me pregunte más, niña, porque no le puedo contestar. El joven doctor le dirigió una mirada severa: –¿Por qué no midió la enormidad de su pecado antes de cometerlo? –Una mujer enamorada no piensa en consecuencias. ¡No sé qué va a ser de mí! Se defendió ella y su voz acongojada denotaba un profundo sufrimiento, pero el médico no tuvo piedad. –Trini, ¿perder el honor es igual a meter la pata? –Sí, niña, pero deje oír. –Se preocupa usted más del medio en que vive que de la vida de su hijo. ¿No tiene usted sentimientos maternales? –No diga eso, doctor, es un ser que no siente todavía... –Pero que está amparado por un derecho, ¡el sagrado derecho de nacer! Ese ser es una vida atada por Dios a la cadena del destino para cumplir una misión en este mundo. –Son muy bonitas sus palabras, doctor, pero en mi caso es diferente ¡soy una mujer soltera! 16


–En cuyas entrañas palpita un hijo que usted quiere matar. –¿Cómo quiere matarlo, Trina? –Eso no se lo puedo explicar yo, niña Ana, pregúntele a su mamá. –Se complace en atormentarme, ¿es que se olvida de mi situación desesperada? Desgraciadamente los prejuicios sociales existen. –¡Al diablo con los prejuicios sociales! Escuche la voz de su conciencia que es la voz de Dios. No mate a su hijo y aprenda a quererlo desde este momento. Cuando nazca, verá que esa sociedad a la que tanto teme, terminará por perdonarla. –A mi Mamá no le puedo preguntar, Trini, ¿no ve que si le pregunto, ella me pregunta a mí de dónde saqué eso y yo le tengo que confesar que de la radionovela que me tiene prohibida? –No temo por mí, sino por la sociedad que me rodea. –Ya verá cómo su hijo podrá llenarle la vida de amor y de ilusiones. –¡Un hijo! Es lo que toda mujer anhela en la vida. –Esperaba esa reacción, ¡la felicito! ¿Sabe? Su problema tiene una relación muy directa conmigo. –¿Con usted, doctor Limonta? –Sí, como ese ser que fue engendrado en las mismas circunstancias, yo tampoco iba a nacer. Tal vez, la historia de mi vida pueda ayudarle en el problema moral que usted tiene. Una historia que comienza en Santiago de Cuba... –Trinidad, ¿qué quiere decir engendrar un ser? –Es quedar esperando un hijo. –¿Y, eso cómo se hace? –Pregúntele a su mamá, niña.

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Sabor a mi  

Si usted lector ya pasó la dichosa edad de los cuarenta, estas páginas lo harán sonreír, porque ellas son eco de su propia memoria; si no ha...

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