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Las sombras

Darío Ruiz Gómez

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Ruiz Gómez, Darío, 1938Las sombras / Darío Ruiz Gómez. -- Medellín : Sílaba Editores, 2014. 256 p. ; 23 cm. -- (Trazos y sílabas) ISBN 978-958-8794-34-1 1. Novela colombiana I. Tít. II. Serie. Co863.6 cd 21 ed. A1440616 CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango

ISBN: 978-958-8794-34-1 Las sombras © Darío Ruiz Gómez © Sílaba Editores Primera edición: Sílaba Editores, junio 2014, Medellín, Colombia Editoras: Alejandra Toro y Lucía Donadío Fotografías carátula e interiores: Archivo familiar autor Corrección de textos: Janeth Posada Distribución y ventas: Sílaba Editores. www.silaba.com.co / silabaeditores@gmail.com Carrera 25A No. 38D sur-04. Medellín, Colombia Impreso y hecho en Colombia por: Artes y Letras S.A.S. / Printed and made in Colombia Reservados todos los derechos. Prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio o procedimiento.


Para Alba

“Las sombras, una vez que hemos muerto, son los acusadores, los testigos, las pruebas de cuanto hemos hecho en vida; y a algunas de ellas se les presta fe total, porque siempre estĂĄn con nosotros y no abandonan nunca nuestros cuerposâ€?. Luciano de Samosata


En caso de que el invierno continúe

Hay que detenerse y tantear a ciegas antes de salir al pasillo. El piso per-

manece a oscuras, saturado de un permanente olor a gas. De pronto, si acaso, al fondo alcanza a percibirse la luz de una bombilla, lo que le confere una mayor desolación al ambiente. Nunca un niño ha osado pisar los pasillos del edifcio o irrumpir en alguno de los pisos. No es solo el silencio sino una inercia traspasada por tenues ruidos de madera, la madera que se contrae o se ensancha. Ruido seco de ollas o de un váter que al vaciarse repercute como si lo hiciera en el interior de un túnel. La voz humana ni se presiente. También el interior del piso está a oscuras y, en la helada calma, una tos resuena como indicando el contrapunto hacia un mayor mutismo. Aquello que está presente no murmura y los pesados muebles registran el paso del día gracias a la difusa claridad que se fltra a través de los visillos de la ventana que da hacia la calle. La menguada luz defne la atmósfera del estrecho y recargado comedor, la araña de cristal, los jarrones, un gastado tapiz de arabescos. Sobre la mesa hay una jarra de cuello alargado, en el cobre característico de la artesanía marroquí. Hacia la izquierda la atmósfera se hace más lóbrega, tanto, que solo es oscuridad. El reloj logra verse ya que alcanza a ponerlo en evidencia la luz que se cuela por los visillos. Es una oscuridad melancólica porque la fgura que permanece en la cama ha impregnado el espacio de una desapacible sensación de abandono, como si se echara de menos el timbre de una voz que alguna vez estuvo aquí, cualquier frase cotidiana pronunciada desde algún recodo del pasillo, para que, una vez pronunciada, se encienda a su conjuro una luz poderosa mediante la cual podría recuperarse la dimensión ausente de las cosas, el espacio difuso de las habitaciones, de la cocina, bajo un ritmo doméstico necesario. En el aislamiento el frío impone una tajante medida a las cosas, una somnolencia que condena a los objetos al mutismo y a la doliente tarea de envolver en el olvido lo que alguna vez tuvo sonido, lo que alguna vez contó con la propiedad de un nombre. No es agonía sino el proceso de mutarse hacia otra condición de la materia, propiciada por la humedad y la baja temperatura: volver a las antiguas identidades cuando regrese la luz y el calor y la vida recuperen su ciclo de eventos. Tal vez. 9


La luz precaria se hace expectativa de las voces ausentes, sin las cuales cada rincón, cada objeto podría desaparecer, perder la cualidad que lo confguraba bajo un uso, bajo una forma, una taxonomía. ¿Un espacio sin la permanente verifcación de unos recorridos? Donde la costumbre rastrea la antigua ocupación de las cosas, de los utensilios, el porqué de un material, de una textura, la pregunta sobre lo que ya no está se hace perentoria. Como si en algún rincón fuera a maullar un gato. Pero imaginar esto es algo caprichoso porque la tranquilidad que domina el lugar se defne por la manera como cada objeto ha impuesto su ausencia en el espacio, ha sabido defnir, en este, la permanencia de su espectro. El silencio está antes que la luz y esta se va menguando a medida que el día se transforma. Quizás hoy la intensa lluvia proyecte y consolide una atmósfera interior glacial. La intermitente tos ubica entre el espesor de la oscuridad al desconocido protagonista. Y la tos se expande en la atmósfera con el leve paso de una fna película de escarcha al posarse sobre la superfcie de las cosas, como una imperceptible tonalidad auspiciada por el tamborileo de la lluvia y que, fnalmente, termina por absorber el frío. Una luz se enciende de súbito, ya cuando la oscuridad ha vencido el último resquicio de claridad del día, cuando la penumbra impone su severa ascesis. Al iluminarse levemente la entrada aparece la puerta y, a un lado, el perchero, los abrigos, el paragüero y el volumen medieval de un bargueño. Una luz anaranjada, temblorosa, que descubre la solidez de la puerta, el contundente pestillo, la mirilla de cobre. Se enciende a la vez la luz de la cocina, una luz convaleciente, y que el frío dota de una aureola que se refeja en el fogón, en el vasar y la alacena, en la mesa con el mantel de hule, en los visillos de la ventana que da hacia el patio. Un espacio quieto, inhabitado, a la espera de una voz, de un hábito. Se tiene la impresión de que una capa de polvo volcánico ha ido cubriendo el suelo, el cortinaje, cada mudo mueble. La fgura se desplaza respetando la pauta que impone el marasmo, indicando su relación con los distintos objetos, con el ritmo del tiempo congelado en el pasillo. La llama circular del gas calienta con rapidez el cazo, el agua borbotea y la fgura coloca la taza, abre el pote del colacao, arroja dos cucharadas y enseguida el agua; con la cucharilla revuelve hasta que el colacao se licúa. Entonces de la alacena saca dos panecillos. No se escucha su respiración, mastica pero su mirada no está fja en ningún lugar, como si no quisiera mirar, como si no buscara alterar el orden que el frío ha impuesto a lo largo del pasillo, desde el suelo, helando los pies, los zapatos debajo de las camas, asperjando un invisible halo polar sobre los rincones ateridos. Apenas llega el eco de alguna voz en la calle, un resto de música a través del patio congelado. De nuevo la lluvia impone su letanía quejumbrosa mientras el hombre termina de consumir la merienda. Saca del bolsillo del albornoz un libro que coloca sobre la mesa y lo abre en una página determinada. 10


Al hacerlo, se oye la bulla de una radio con una canción popular, apagada entre el pálpito de la humedad. El reloj que cuelga en la pared no está funcionando, la esfera blanca, las manecillas apenas visibles semejan a ratos el ojo fjo de un monstruo. Un tiempo vacío, siberiano. ¿Cuántas hojas ha leído? ¿Cuántos capítulos ha repasado? ¿No ha llegado el momento en que se hace necesario admitir que una inusitada borrasca se ha apoderado del pasillo, ha invadido agresivamente la atmósfera vencida, las habitaciones, el retrete? Una neblina que trae olor a vaho de tapias mojadas, de sarmientos, de cárcabas, de arrumes de troncos dejados a la intemperie, pero también de cañerías que borbotean, de desagües, de alcantarillas. (El boquete producido por el impacto de la bomba sobre el edifcio, y él, hincado sobre el suelo destrozado, las paredes derrumbadas, los trozos de ventanas, los cascotes desperdigados sobre la calle, los quejidos de los sobrevivientes, las ambulancias, los vecinos surgiendo entre la nube de polvo, los muertos destrozados: la morosa reconstrucción del atentado en el estupor de los terribles días de la posguerra. ¿Dónde estaban ellos si allí no estaban? ¿Dónde estaba ella si allí no apareció su cadáver? Las bajas temperaturas distraen de la inclinación de la sangre a hacer rememoraciones: quizás porque la claridad en derrota induce al espíritu a un total abandono, los parques castellanos bajo la noche esteparia y las voces desperdigadas de los niños que se niegan al sueño, los pétreos contertulios de la taberna imaginando las llamas de un fuego que no existe, el solitario monje en la gran biblioteca sobando los lomos de los códices para que la humedad no los deteriore). Colocará el tazón, el plato y la cucharilla en el fregadero y después tratará de percibir un sonido o un eco más de la insondable noche de invierno. El libro regresará al bolsillo, se apagará la luz de la cocina y quedará atrapado entre la oscuridad y la niebla como una estatua a la intemperie. Caminará por el pasillo hacia la puerta de entrada y se colocará contra esta para tratar de escuchar un resto de voces, quizás el paso del ascensor, los fragmentados comentarios de alguien, el tintineo de unas llaves. Apagará la luz y regresará tanteando por la pared hasta la habitación. Como un hábil ciego se deslizará entre la cama helada, se arropará, acomodará las almohadas y se quedará temblando durante unos minutos mientras recupera el calor. Ahora acusa de lleno la contundencia del frío, la invisibilidad de las paredes, del gabinete de trabajo, de la biblioteca, de las pilas de legajos, de las fotos, casi ocultas, detrás del cristal sucio, empañado, de los portarretratos. Ellos, sin embargo, no dan aún señales de vida: el lugar imperceptible en que la gota de agua es sorprendida por el frío y se congela, el intervalo de silencio que alerta al oído, el tedioso transcurrir del día hacia su metamorfosis cuando ha sido despojado de los últimos girones de calor e ingresa a la era del hielo, a ese minúsculo fragmento de tiempo donde la tentación de dejarse llevar de la inmovilidad del témpano es casi una súplica: la tácita aceptación del dominio de la escarcha, del carámbano. Ateridos los libros, la humedad avanza, las hojas cóncavas, manchas de un color 11


de agua turbia brotando en cada legajo de notas, en cada lomo, imponiendo las texturas del moho. La artritis intensifca el dolor en los dedos, en las piernas; a veces se frota con un linimento que calienta el músculo, a veces enciende el caldero y trabaja en el escritorio; pero el hielo ha ido ganando la batalla y ahora carece de fuerzas para combatirlo. Con los ojos exhaustos buscará una línea de luz que no existe, tratará de acomodarse al ritmo del invierno mientras la niebla asciende sobre la cama, se espesa sobre su fgura con su quejumbroso eco de leños rodando, de charcas, de cancelas herrumbrosas, de ruinas. Hay una hipótesis –sobre todo en estas circunstancias–, un resquicio de hiriente melancolía: tratar de aproximarse a lo que ya no existe como si aún existiera. Tratar de dar vida a lo que ya no tiene vida, tratar de dotar de cuerpo y alma a lo que no es más que un espectro. Pero esta sonata de espectros que lo acompaña, en cuanto trata de aproximarse a ella, en cuanto trata de desvelar los rostros de quienes la componen, se desvanece rápidamente, evitando así cualquier constatación. No es el duermevela desquiciado, secuela del hastío que sigue a una larga siesta de invierno, sino el intento de una mente racional de oponerse a lo que considera una fatalidad física y no la consecuencia aceptada de un intento de negar la muerte, como la despiadada condena de una religión cruel. No la piedad de una mano misericordiosa sino la majestuosidad de un valle forecido que aparece por fn ante los ojos exhaustos de un desconsolado peregrino. Podría, sin embargo, hacerla regresar con la imaginación desde las cárdenas tierras de la muerte, devolverle su identidad: negar la opresión de la historia. Pero esto es una conjetura: vencer los argumentos del Estado, las contradicciones de la política, la humillación de la guerra, hacer que regrese lo amado, son aporías que ni siquiera el fervoroso anhelo de libertad es capaz de resolver. Entre el hielo el cuerpo hiberna, pero no son detenidas sus funciones en el momento en que debe responder a una incitación, en que el cerebro despierta del aparente letargo para enfrentar la crucial pregunta que esperaba. Entonces sí, la mente se entrega a la inercia esperada y la sangre se evapora más rápidamente de lo imaginado. Un resuello de la tarde repercutiendo contra el alto muro de la calle, el eco de unos pasos de mujer en la calzada, la cabeza airosa, inclinada sobre el libro abierto en el amplio salón de una biblioteca. Un informe de labores editoriales: “El pensamiento de Averroes y Santo Tomás”. Un rictus de augusta serenidad, la fgura abstraída del lector amoroso, sin agobios la columna vertebral. No es una imagen inventada por el sentimiento como podría suponerse, sino la reacción de la imaginación que empieza a constatar el deber de la libertad ante la tiranía de los textos y de las normas impuestas por la hermenéutica ofcial. Sin esta evidencia, ¿a dónde podría encaminarse la idea de la prosa, la tarea del pensar? Fatiga de materiales, crispación y sobre todo desaliento ante la tentación de la acedía. ¿Abandonar la tarea? La desolación se ha llevado la justifcación de toda una tarea, la razón de ser de los grandes veranos, la justifcación de la escri12


tura bajo las razones del entusiasmo que parecía despertar una nueva era: ¿no fue esto lo que llegó a sentir al pronunciar una y otra vez la palabra República? ¿Al traducir febrilmente los textos que consideraba necesarios para afanzar la democracia? Luz prístina de la primera aurora de la vida, allí donde, en medio de los ojos, la verdad que se vislumbra reclama optimismo. Aquí entre las sombras heladas y el agobio del polvo fermentado, la persistencia del dolor brota de la medida de la derrota de la claridad, de no haber logrado desterrar de la mente esa galería de imágenes donde quedaron fjados los instantes decisivos de la catástrofe personal. Porque la derrota histórica respondió a otras causales, las ideas, los argumentos democráticos fueron sepultados por la fuerza despiadada de las normas y disciplinas impuestas por los discursos de los triunfadores, la flosofía de la obediencia, la universidad bajo un dogma único, de manera que en su intimidad cada derrotado fue dejado a la deriva de sus propios azares hasta lograr convertirse en aquello que produce el silencio, un fantasma. Pasillo devorado por las tinieblas, anulación de cualquier posible conjetura. Meses y meses durará el largo invierno. Pero, en estas circunstancias, esto no deja de ser otra hipótesis de quien no sabe si aún existe realmente o solamente es un fantasma que se aburre. La artritis se encarga de recordarle que aún depende de un organismo doblegado, compuesto por vísceras desgastadas, incapaces sin embargo de abandonarlo para siempre, tal como lo desea, laminillas de metal acrecentándose entre el pellejo y el hueso, entre las escuálidas canillas, entre el maxilar y las raíces de la muelas. Si no es la noche ni es la oscuridad que niega la claridad, ¿dónde se ha situado entonces? La niebla avanza hasta hacerse más espesa, cubriendo la habitación; desaparece el resquicio de luz mediante el cual se certifcaba la presencia de un afuera habitado por árboles, jardines, por gentes, vehículos, carreteras, ferrocarriles, grandes ríos, montañas y lagos. La espesa capa de nieve acumulada sobre los raíles impide el funcionamiento de los tranvías; el conductor que se atrevió a desafar la tormenta estará inmovilizado en algún lugar de la ciudad, helándose: las ruedas de los autobuses podrían, peligrosamente, resbalar sobre al adoquinado; empañado el cristal del parabrisas, se desplazarán a ciegas. La nieve ha paralizado toda la actividad de la ciudad. La oscuridad aumenta y quienes esperan noticias del sol solo escuchan, como rumor de fondo, el aullido de los lobos en los desolados parajes de la meseta, el balido de la oveja extraviada. ¿A qué hora borboteará en las cafeteras el primer café? De repente, en el cielo resuena el estallido de los truenos poderosos, el estruendo del rayo ha puesto a temblar los cristales de las ventanas, ha sacudido los ensimismados edifcios, los estanques congelados en los parques. La idea de que se quedara en casa fue de la madre y de la abuela: aquel sótano podía transformarse en un hábitat perfecto. Para qué lanzarse a los azares del 13


exilio, en la penosa fla de los derrotados, bajo la ventisca y el fango, las largas marchas hacia la frontera francesa sorbiendo las lágrimas, sabiendo de antemano que lo que iba quedando atrás ya lo sería para siempre. No podría regresar a esta ciudad, a este barrio, a esta calle. Primeras canciones, primeras palabras, primeras imágenes: adiós al mundo real. Pero habló en su sangre la sabiduría del instinto. Las calles atiborradas de gentes, las calles silenciosas, las calles que desembocan en inusitados parajes. El primer olor defnitorio, el primer sabor aceptado por las papilas. Desde la penumbra, respirando con tranquilidad, reposadamente, releyendo el montón de libros que había logrado salvar de la derrota, su mirada era la de un niño salvaje que detalla, rencoroso, los restos de un naufragio, términos, fraseologías políticas, proclamas revolucionarias que se habían desgastado aceleradamente ante los argumentos esgrimidos por su instinto de conservación, ante la tortuosa contundencia de los hechos. Mediante la débil luz que lograba fltrarse hacia el sótano podía reconstruir paso a paso aquel proceso de vida, podía inventar, incluso, otras geografías urbanas; logró fnalmente desactivar la noción de horario dentro del cual había vivido, desayunar, comer, cenar, acudir al colegio, acudir a la universidad, al sindicato. El invierno, el verano, la primavera, el otoño: simples calidades de la luz en las cuales enmarcaba historias, presentimientos, de los cuales, fnalmente, emergían fguras vacilantes, que espasmódicamente se agitaban como larvas entre una sustancia incolora. Balance de vida de un hombre sin vida. Infnitas horas de sueño hasta conseguir que la tiranía del reloj desapareciera de los meandros de su cerebro: Después fotaba en un aire sin fronteras y solamente los avatares de su fsiología, las capas de sudor y sebo acumulándose, la fetidez del improvisado váter, la caspa y el dolor de muelas lo devolvían a una realidad cuyos términos creía haber superado a partir de esta situación extrema a la cual lo había llevado su cuerpo. No las historias que la memoria vejada trataba de negar, sino la evidencia fsiológica de los huesos tristes, de las nervaduras escandalizadas. Y esto mismo sucedía con los ruidos que le llegaban a través del patio y sobre todo del piso de arriba donde su familia transcurría, acostumbrándose a la nueva cotidianidad: aparecer con el rostro de la pobreza los salvó de cualquier tipo de sospecha. Quienes llegaron a ocupar los pisos abandonados del edifcio eran gente extraña, empleados de alguna ofcina de gobierno, de algún juzgado, burócratas de la Falange. Gentes sin linaje venidas de los pueblos cercanos. Las dos jóvenes hermanas, las dos tías, la madre y la abuela fueron una referencia necesaria de costumbres urbanas para aquellas familias. Y de esta manera la posguerra se hizo menos difícil, la máquina de coser se triplicó en su tarea de refundir prendas, de dar vida a los nuevos estilos; las hermanas consiguieron empleo en un negocio de mercería. Podría describir el estado de las calles, las carretas tiradas por los burros, las mujeres crispadas y blasfemas, los ladronzuelos, los chulos y su mirada despectiva, las sopas apestosas. Podría describir los pueblos congelados en el tiempo, con campesinos rencorosos, las mujeres de negro en los 14

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Las sombras  

Madrid, 1958. Aún son visibles las penurias de la postguerra: los personajes de este fresco de retratos únicos se debaten entre la anulación...

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