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Happy Halloween

...go trick-or-treating


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Los miedos nos encojen y nos ahogan. Pero cuando los dejamos volar, Nos hacen vivir historias tan espeluznantes Como magnĂ­ficas.

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Índice I.

Corazones rotos…………………………………………………............4

II.

Jack O’Lantern…………………………………………………................7

III.

Caza de brujas………………………………………………………......11

IV.

Los niños de nunca jamás…………………………………............15

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Corazones rotos «Todo es como una sombra gris, una remembranza débil e irregular, una evocación indistinta de pequeños placeres y fantasmagóricos dolores.» -Edgar Allan Poe. Wull la amaba con toda su alma. Desde el primer día que la vio quiso que fuera para él y nadie más. Fue en el recreo —todavía puede recordarlo si echa la vista atrás—, saltaba a la comba y la faldita del uniforme se le levantaba dejando ver sus piernas. Desde entonces no podía dejar de pensar en ella. Por eso decidió un día hablarle, aunque nada salió como él esperaba. Llegó con una flor que había cogido en el patio. La rosa más bonita. Incluso algún arañazo se había llevado por hacerse con ella. Paso tras paso consiguió vencer ese terror a acercarse a ella, y, medio tartamudeando, consiguió decirle: «¿Quieres salir conmigo?». Al principio se le quedó mirando, extrañada, pero todo lo que pudo contestar fue: «¿Tú eres el chico raro del colegio?». Tuvo que aguantar las risas de ella y todas sus amigas mientras regresaba al banco donde siempre se sentaba. Entonces, decidió que desde aquel momento no tendría corazón. *** Esperó hasta un 31 de octubre. Había pasado días y días en la cama sin hablar con nadie, ni siquiera con su padre que ya había hecho entrar ese hombre que siempre iba vestido de blanco a su habitación.

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Sabía que aquel día se celebraba en el colegio una fiesta en la que todo el mundo iba disfrazado. Comenzaba a refrescar, y el día caía, rojo, cuando cogió una maschera nobile que tenía colgada en la pared y se vistió con una túnica negra. Bajó las escaleras del salón, donde su padre dormitaba a causa del alcohol barato y la droga, pero Wull ya estaba acostumbrado al hedor que desprendían las paredes de su casa. Cuando llegó al instituto la noche ya caía, fría, sobre los invitados al convite. Todo era risas y música, demasiado alta para el gusto de Wull. Las parejas bailaban y reían al compás de las melodías, mientras el chico deambulaba entre las sombras que proyectaban los árboles del patio del colegio, pasando desapercibido entre el gentío. En esos momentos no era Wull es que recorría sin rumbo los pasillos del desierto y laberíntico edificio al que tanto odio tenía. Podría ser quien quisiera, no importaba, todos menos Wull; él estaba muerto. Los pensamientos revoloteaban en su cabeza, inconexos, como cuervos hambrientos, sin dirección. Le costó encontrarla. Iba vestida de Cenicienta con un vestido largo azul y el pelo recogido en un moño; estaba hablando con su grupo de amigas en una esquina

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del patio. Esperó sentado en su banco hasta que Cenicienta decidió ir al aseo. Él la siguió sigiloso. Una vez que la chica entró en el aseo, entró él, cerró de un portazo y puso el pestillo: —¿Quién eres? Me estás asustando —dijo tartamudeando la chica. —Nadie, nadie desde que tú me rechazaste. —¿Wull? ¿Eres tú? —No, Wull ya no existe. De repente, Wull sacó un cuchillo que guardaba bajo la capa y atrapó a la chica entre sus brazos. —¿Sabes lo que duele que te rompan el corazón? La chica pudo ver los ojos de Wull a través de su máscara. Estaba llorando. Nunca había visto antes a Wull llorar. Ni los insultos en el colegio, ni cuando se sentaba solo en el mismo banco, día tras día, ni siquiera cuando en clase lo sentaban con «los raros». En ese momento la chica se arrepintió de haber dejado a Wull de lado; sentía pena por él. Sus lágrimas fueron lo último que vieron sus ojos cuando el cuchillo de Wull atravesó su pecho. Un dolor de cabeza a los pies la invadió durante unos instantes. El sonido de dos corazones rotos puso fin a la noche.

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Jack O’Lantern El tiempo se lo lleva todo y al final sólo queda oscuridad. A veces encontramos a otros en esa oscuridad y otras veces los perdemos en ella. -Stephen King. Cuenta la leyenda que existía antaño un ser tan perverso que a cada lugar por donde deambulaba lo confundían con el propio mal. No es de extrañar que con el tiempo llegaran a oídos de Lucifer los rumores sobre la existencia de dicho ser que podría eclipsar los temores que él mismo infundía. Lucifer, enfurecido por las patrañas que estaba escuchando, decidió subir al mundo de los humanos para enfrentar cara a cara a ese inesperado antagonista.

Lo encontró en una taberna de la vieja Irlanda. Convertido en humano, Lucifer se presentó ante tal alma ennegrecida de mal y lo acompañó durante largas horas de bebidas. Al comprobar Lucifer que los rumores eran ciertos, reveló su identidad y se dispuso a llevar a semejante ser a las profundidades más recónditas del infierno: —Al menos déjame pedir una última voluntad. Una última cerveza con su majestad.

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Lucifer aceptó su último deseo y ambos se tomaron una última cerveza. Sin embargo, cuando acudieron al posadero, Jack no disponía del dinero suficiente para pagar tal abundantes vicios: —Si de verdad es usted el mismísimo mal rencarnado, le reto a que se convierta en moneda. Si así me lo demuestra, haga conmigo su voluntad, partiré con usted al infierno si eso es lo que desea. Lucifer, tomando alarde de sus poderes, dejó atónito a Jack cuando se desvaneció y en su lugar apareció una moneda de oro encima de la barra. No obstante, Jack aprovechó la situación para meter la moneda junto con una pequeña cruz de plata en su bolsillo para que Lucifer no pudiera escapar: —¿Pensabas que te resultaría tan fácil, bastardo? Un año. Te pido un año por tu libertad. Durante ese tiempo no te quedará otra que dejarme en paz. El abochornado Lucifer, no tuvo otra opción que aceptar el trato de Jack, y éste no volvió a recibir la visita de Lucifer en un año. Justo un año. *** Ya se había desvanecido de la mente de Jack aquel altercado con el mal, cuando 365 días después Lucifer se le volvió a presentar, cara a cara, exigiendo aquello que le pertenecía, su alma: —Una última voluntad, Lucifer. La manzana más alta de aquel manzanar. Un siervo se merece un último placer antes de descender a los infiernos. De nuevo, Lucifer le concedió su última voluntad y, mientras se encontraba cogiendo la manzana más alta de aquel árbol, Jack aprovechó para esculpir una cruz en su grueso tronco: —Otra vez te he vuelto a engañar, ¿y tú te haces llamar Lucifer? Diez años te pido esta vez. Nunca antes Lucifer había estado tan furioso, y nunca antes los infiernos habían temblado con tal magnitud. Sin embargo, Lucifer sabía que no tendría que esperar diez años para ajustar sus cuentas. 8


*** La mala fortuna en la vida de Jack hizo que este muriera antes de que se cumplieran los diez años que Lucifer le prometió. Cuando cerró los ojos y aspiró aliento por última vez, Jack pensó que había ganado la batalla; una batalla que ningún humano ganará jamás. Confiado, Jack pensaría que ascendería a los cielos, lo que se le olvidaba es que los actos que había cometido en vida le cerró las puertas a cal y canto. Sin embargo, tampoco podía descender a los infiernos, puesto que no habían pasado los diez años en los que Lucifer no podría hacerse con su alma. A Jack no le quedaba otra que deambular por el inframundo. Sosteniendo un nabo con un carbón en llamas en su interior, vagaba por el mundo, mientras llevaba a cargas el doloroso pesar de ser rechazado tanto en el cielo como el infierno. Por ello fue apodado Jack of the Lantern —Jack de la Linterna en inglés— o abreviado, Jack O’Lantern.

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*** Años después, una sociedad presa por el miedo de esta leyenda. Decora sus casas con calabazas con una vela en su interior, dado que las calabazas son más fáciles de vacías que los nabos. Cuentan que estas calabazas ahuyentan al espíritu de Jack O’Lantern, que todavía sigue vagando por el mundo y aprovecha el día de Halloween para volver a jugar con fuego.

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Noche de brujas The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown. -H.P. Lovecraft. El sonido de la multitud la había despertado aquel día, si es que a eso se le hubiera podido llamar «dormir». La cabeza le daba vueltas al compás del griterío de una multitud sedienta de morbo y tragedia. No sabía ni siquiera cuánto tiempo había pasado desde la última vez que pudo correr por la pradera que tenía al lado de casa, recoger flores para adornar su habitación y jugar con Mynx. El martirio comenzó el día que Mynx se escapó de casa a altas horas de la madrugada. Samantha salió de casa para buscar al Malamute1 que la había acompañado durante toda su vida. Serían sobre las cuatro de la mañana cuando escuchó los quejidos del pobre animal que tenía una pata herida. Samantha lo atendió y lo llevó de vuelta a casa. El sonido del cascabel que llevaba colgado en la muñeca parecía aliviar a Mynx. «Clin, clin, clin».

Al día siguiente, un oficial llamó a su casa y le entregó un escrito:

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Raza de perro originaria de la zona ártica.

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Bajo la presente se le comunica a la señorita Samantha Walles que ha sido denunciada de llevar a cabo prácticas de herejía e idolatría. Bajo esta orden se le comunica que permanecerá bajo arresto hasta la fecha de expedición el juicio. Poco después se enteraría de que había sido su vecina la que había avisado a las autoridades de que la había visto salir de casa bien entrada la noche y que había vuelto de un aquelarre en el que había utilizado a su mascota como ofrenda al mismo diablo. Sin embargo, por más que había contado los hechos tal y como ocurrieron, nadie la creía; ya no había marcha atrás. Desde aquel día las mujeres de la aldea la habían desnudado para buscar lo que ellas denominaban «la marca del mal». Y, por supuesto, la habían encontrado: Una mancha de nacimiento con forma de luna. «Simboliza la noche, la oscuridad, el gobierno del Diablo». Después llegaron las torturas; los días sin agua ni comida, las flagelaciones que sufría con el fin de que confesara que era cierto, que era una bruja. Al fin y al cabo, acabó confesando. ¿Qué ser humano preferiría vivir de aquella forma? Ya no sabía cuando vivía y cuando soñaba, apenas sentía el dolor o de qué parte del cuerpo procedía. No merecía la pena seguir con aquello. Sucedió tres días después de su confesión y nunca llegó a saber si fue en sueños o en la realidad. Samantha se encontraba acurrucada en el camastro que amueblaba su fría y oscura celda, cuando vio una sombra escabullirse entre las rejas del habitáculo. Sintió cómo se estremecía de pies a cabeza, pero no tenía fuerzas suficientes para moverse.

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—Samantha Walles, los humanos no te tratarán peor que yo. No te resistas. La sombra ascendió desde las piernas de la chica y cuando le puso la mano en la cabeza, todo se desvaneció. *** «Clin, clin, clin». Los pasos de Samantha sonaban por última vez a través de los fríos pasillos de aquella jaula en la que se había convertido su vida. Con un camisón blanco sucio y el pelo desgarbado se disponía a decir adiós a aquel mundo. La multitud seguía voceando insultos y calumnias, mientras la conducían al altar que se convertiría en su tumba. Los cuervos gorjeaban impacientes al son del tambor que llamaba al verdugo que pondría fin a todo aquello. Cinco minutos. Ya le estaban poniendo la soga al cuello y el señor de negro se acercaba a grandes zancadas. Sólo tenía que tirar de la palanca, un trabajo fácil al fin y al cabo. Los tañidos de las campanas de la catedral bajo la cual se encontraban marcaban las 3. En ese momento Samantha escupió al suelo donde se encontraban todos conglomerados y el verdugo accionó la palanca. Se escuchó el sonido de la madera ceder y el sonido del cuello de Samantha quebrarse. «Clin, clin, clin».

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*** El cadáver de Samantha fue expuesto al público durante tres días para recordar qué les pasaba a la gente que simpatizaba con Lucifer. Tres días. Lo que nadie sabe es quién descendió el cadáver de la soga, y nunca más nadie volvió a hablar de él. Cuenta la leyenda que el tintineo del cascabel que Samantha llevaba colgado en la muñeca, aún se sigue escuchando año tras año en la Noche de Brujas para recordar lo sucedido con ella y otras cientos de mujeres más.

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Los niños de nunca jamás What terrified me will terrify others; and I need only describe the spectre which had haunted my midnight pillow. -Mary W. Shelley.

Según la leyenda sucedió una noche de Halloween. El orfanato se preparaba para celebrar su día de puertas abiertas con motivo de celebrar dicho evento. Habían decorado todo el orfanato con las típicas calabazas que los propios niños habían preparado y los disfraces ya estaban listos en las habitaciones esperando a sus respectivos dueños. De entre todos los niños, había tres en especial que eran inseparables. Terk, Dot y Dym. Habían llegado los tres el mismo día al orfanato. Terk, abandonado por su familia en el viejo portal de la entrada; Dot, abandonado en los alrededores de la ciudad; y a Dym lo encontraron junto a su madre moribunda. Los tres habían crecido juntos entre las paredes de aquella vieja mansión. Ese día los tres se disfrazaban: Terk de fantasma con una vieja sábana que lo cubría de cabeza a los pies, Dot de hombre del saco con una vieja bolsa de tela sobre la cabeza y un saquito de tela a los hombros, y Dym de payaso, con toda la cara pintada.

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Los invitados comenzaron a llegar y las monjas empezaron a sacar comida y bebida para todo el mundo. Hubo muchos más invitados de los que se esperaban, por ello el servicio requería de toda la atención. Mientras tanto, los niños correteaban en el jardín trasero o iban de invitado en invitado pidiendo sus “truco o trato”. Al final de la noche todo había ido sobre ruedas. Las monjas estaban contentas, ya que habían recaudado el dinero suficiente para mantener el orfanato al menos durante unos cuantos meses más y los invitados habían quedado satisfechos por el trato recibido. Sin embargo, cuando fueron a recoger a los niños para llevarlos a las habitaciones, estalló la tragedia. Terk, Dot y Dym habían desaparecido. Se pasaron toda la noche buscándolos, llamaron a la policía y contrataron un servicio de búsqueda con el dinero recaudado; pero todo sin resultado. *** Sor Agustina se levantaba como todos los días a las cinco de la madrugada para preparar el desayuno a los niños. Como cada mañana, bajaba a la cocina para desayunar alguna cosa y despertarse de las pocas horas de sueño de las que le dejaban disfrutar. Pero esa mañana no fue como las demás. De camino a la cocina, escuchó los pasos de alguien corretear tras ella. No era la primera vez que algún niño se despertaba en mitad de la noche y salía de la cama para tramar alguna travesura: —¿Will? ¿John? —susurró sin obtener respuesta. Sor Agustina se dirigió hacia donde había escuchado los pasos, pero no vio a nadie. Cuando decidió olvidarse del altercado y volver a sus quehaceres tropezó y cayó al suelo. Bajo sus pies había un saquito de tela. Cuando lo cogió entre sus manos, de él cayeron dos figuritas pequeñas, un fantasma y un payaso que empezó a tocar los platillos y, junto a ellos, una nota escrita en letras rojas: «SOCORRO». Cuando salió el sol y los niños se levantaban para ir a clase, Sor Agustina convocó una reunión para ver quién había sido el gracioso que había preparad

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aquella broma de mal gusto. Por aquel entonces, circulaba por el orfanato la historia de los tres niños desaparecidos hace 20 años y si había algo que a los niños les gustaba, eso eran las historias de miedo. Durante aquella reunión se les amenazó a los niños con un severo castigo si nadie revelaba la identidad del niño que había preparado dicha gamberrada, pero nadie confesó. A la semana siguiente, el mismo día y a la misma hora, Sor Agustina volvió a escuchar los mismos pasos correteando por el mismo pasillo. Esta vez, la monja se dirigió sin alguna duda al lugar donde había encontrado el saquito de tela, pero no había nada en el suelo. Sin embargo pudo ver una sombra que la luz de la noche reflejaba a través del ventanal situado al final del pasillo. A sus pies podía leer las mismas letras de socorro que habían dibujadas en la nota, pero esta vez estaban dibujadas en el ventanal junto a la cara de un payaso. Sor Agustina, aterrada, se dirigió a rezar para que todo fuera una broma de mal gusto de alguno de los niños del orfanato. Esta vez, no hubo ninguna reunión ni ninguna reprimenda, Sor Agustina decidió guardarse aquel incidente para ella misma para así comprobar quién estaba detrás de aquello. Sin embargo, no podía evitar que le temblaran las piernas cada mañana cuando recorría ese pasillo. Era como si alguien la observase día tras día.

Llegó el mismo día de la semana siguiente, a la misma hora. Sor Agustina se levantó y se dirigió al pasillo, pero esta vez no escuchó los pasos. El pasillo estaba desierto. Se quedó esperando a que algo ocurriera, pero sólo había silencio, un

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silencio que inquietaba. Se decidió a adentrarse en el pasillo, paso a paso se iba acercando a la ventana que había al final. Una vez estuvo lo suficientemente cerca, se asomó. Entonces lo vio. Una sábana como azuzada por el viento se dirigía al pozo que había tapiado en el jardín trasero. Tan rápido como pudo, bajó hasta el jardín y se dirigió al pozo en el que había visto la sábana, pero esta vez no había nada. Ese mismo día, Sor Agustina llamó al servicio de rescate para que abrieran el pozo que durante tantos años había permanecido cerrado. Ayudados de amarres, consiguieron bajar al interior del pozo: —Lo lamento mucho, hermana. Esto es lo único que hemos podido encontrar ahí abajo. El muchacho le tendió a Sor Agustina una saquito de tela, una sábana con tres agujeros y un disfraz de payaso. En ese momento, Sor Agustina se desmayó. *** Por mucho que se inspeccionó el pozo antes de volver a tapiarlo, nadie logró encontrar nada más en aquel agujero que descendía cinco metros bajo tierra. ¿Sabéis por qué los llamaron los niños de nunca jamás? Porque nadie volvió a ver sus cuerpos nunca jamás.

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Happy Halloween_2012  

A mixed-up of scary stories.

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