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Cartas a Verano

Un proyecto de:

Wistful World David Miralles PĂŠrez

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Wistful World by David Miralles PĂŠrez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License. Creado a partir de la obra en www.wistfulworld.blogspot.com.

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Antes de nada me gustarĂ­a dar las gracias a cada una de las almas presentes en este proyecto. Gracias a vosotros ha evolucionado. Gracias por prestarme vuestro tiempo y, lo que es mĂĄs importante, vuestro Talento.

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Índice I. Querido Verano......................................................................5 II. 23 de julio...............................................................................6 III. Ceta, con ce de caída...............................................................8 IV. Con tan sólo un poquito d música se puede alegrar las calles de Venecia.............................................................................10 V. En las calles de París............................................................11 VI. La distancia registrada es completamente distinta...............14 VII. Debajo del antifaz................................................................16 VIII. Los cuatro vientos................................................................17 IX. Verano..................................................................................21 X. De amores veraniegos...........................................................23 XI. Veranos que tienden al olvido...............................................25 XII. La chica de los sueños azules................................................27 XIII. Nostalgia de cada julio, versos de cada martes.....................29 XIV. Verano en otoño...................................................................30 XV. Promesas de tierra y agua.....................................................31

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Alicante, 1 de julio de 2012

Querido Verano: Hace tiempo que no me decido a lanzar este mensaje a la mar. Nunca he pensado que nadie pudiera llegar a leerlo o, lo que es más, llegarle a interesar. Sin embargo, me imagino a alguien pasando sus ojos por cada una de las letras de este pequeño mensaje y todos mis miedos desaparecen. Puede que sea por eso por lo que me he decido a lanzar este mensaje a la inmensidad del océano justo hoy. Y, Verano, a ti te envío este pedazo de mí. A tus cabellos áureos y a tu piel bañada por el sol. Desde la orilla de esta pequeña playa perdida del mundo. Te siento, puedo escuchar tus susurros entre el vaivén de las mareas y las olas que me inundan poco a poco. Ahora que la brisa marina me recuerda las caricias que me dabas y ese aroma a agua y sal me cala en los huesos. ¿Te acuerdas? Te prometí escribir. A veces tengo miedo de mis propias promesas o, mejor dicho, a no ser lo suficiente valiente de cumplirlas. Sin embargo, aquí estoy, escribiéndote. Y te preguntarás, «¿por qué a mí y por qué ahora?». Porque te recuerdo y porque te siento en estos momentos más que nunca, y porque no quiero olvidarte. Por eso, cada vez que alguien lea las líneas de esta carta a Verano, te recordará, cada uno a su manera y con historias que han vivido, que te han vivido. Aún no me creo todo lo que eres capaz de sacar de ese baúl de sueños rotos e historias olvidadas, Verano. Alegrías y tristezas, nostalgia y recuerdos, alivio y dolor, como el Polo Norte y el Polo Sur de mi corazón que tú, y sólo tú, conseguiste derretir. Y es que nada es capaz de escapar a ti, año tras año. ¿Que no me crees? Tan sólo tienes que leer, y una vez que me puedas creer, vuelve a lanzar la botella al mal; puede que alguien consiga escucharme desde el otro lado del océano.

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23 de julio Autora: Babú Blog: http://conojitosdenoruega.blogspot.com.es Julio, durante una tarde en calma. Escribo esta carta para recordar el sentido de la existencia humana: amar. Concretamente, por acariciar los recuerdos perdidos y los amaneceres de verano en las azoteas. Para, cuando tenga arrugas, saber que una vez quise, amé y, por consiguiente, odié y olvidé. Extiendo la toalla, apoyo el cuerpo y me acomodo. De una bolsa pequeña, extraigo el envase de cristal y lo coloco frente a mí, en el mismo trozo de tela en el que me encuentro. Son granos de materia algo oxidada pero guardan el tesoro más preciado de los piratas. Encierran riqueza junto a retazos de mi vida, te conservo a ti entre ellos. Lo destapo y los finos granos se escapan de él. Algunos se evaporan, otros rodean mi cabeza, se pegan en mis manos. Los dejo volar cada vez más lejos y recuerdo tu mirada entre el viento de Julio que me azota los mofletes, tu cara, tus pecas… tu voz. Te clavaste tan dentro de mí que ni los especialistas han conseguido quitarme este mal de amores. Vivo de nuevo cómo nos conocimos, como tantas otras veces lo he hecho, pensando que todo tiene un final y, al fin y al cabo, no dejarte ir sería como encerrar a una golondrina. Y vuelco el bote sobre la grava marchita. Hoy las flores están podridas. El sentido de tus besos y las sílabas de tu boca, que descansaban bajo mis pies, se han ido con el último rayo de sol. Ahora vuelvo al mar para gritarle al viento, gaviotas y espuma lo feliz que soy sin ti, mostrarle mi más sincera sonrisa y reír, brindar por una buena y nueva vida. Brindo por la oportunidad de ganar, de abrirle las puertas al amor. Brindo por la vida y la ocasión de poder volar sin alas. Noto caer de mi mano algo líquido y templado. Respiro hondo y levanto la palma a la altura de mis ojos. Ahí está: de color rojo, agrediendo mi brazo y huyendo hacia las profundidades. Me dejo llevar y provoco un estruendo contra el suelo. Es curioso lo fácil que resulta desvanecerse del mundo. Algo me duele: ¿Me echará de menos esta Tierra? ¿Me echará de menos el mar? ¿Será… será doloroso?

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Con mi choque, la arena asustada, ha rodeado todo mi torso y un poco de su veneno se me cuela en los ojos. No veo luz, no es lo que decían. Esto es diferente. Sólo veo negro, poco a poco me envuelve la oscuridad y, con ella, me digo que la muerte no era tan horrible como parecía, es más: parece que me acoge con los brazos abiertos.

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Ceta, con ce de caída Autora: Clío Blog: http://piensoennopensar.blogspot.com Twitter: @dapetiteri

Llevaba el abecedario pintado en las mejillas. Ceta era inconfundible. Nunca se le quitaba de la piel. Por mucho que riera, se mojara. Mira que le vi llorar veces, noches enteras ahogados los dos entre sollozos como pánfilos mientras la tenue hoguera alumbraba improvisados campamentos. No sé cómo lo hacía. Él no quiso que lo supiera. Par de idiotas al que se le atragantaron tantos polos de verano. Será cierto eso de que no estamos hechos para la felicidad. A nosotros se nos atragantaron las piscinas, el cloro, la sal del mar, la piel tostada, las largas tardes en la hierba sin nada en qué pensar. No sé si fuimos nosotros o se nos acabó el calendario, pero cuando Ceta hizo las maletas y se fue para siempre, me sonrió, enigmático. Él se fue y a mí se me quedó la manía de cerrar los ojos bajo el agua y sentirme pez. Sentirme tritón, como era él en secreto. Hijo del océano. Nunca me crecieron las escamas que tanto gustaban a Ceta, pero bueno, es la mejor manera de espera a que me llegue su mensaje atrapado en una botella. Ceta

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siempre decĂ­a que los peces de colores eran mensajeros de recuerdos, una escama por cada sonrisa de dos amigos. Ceta era el niĂąo de ojos traviesos que me marcĂł cada verano desde entonces, esperando que reaparezca con una sonrisa, el abecedario escrito en las mejillas y un pez en la manga.

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Con tan sólo un poquito de música se puede alegrar las calles de Venecia Autora: H. Blog: http://falleenangels.blogspot.com y http://cliffsofliberty.blogspot.com.es Bendigo aquellos veranos en los que ir a Venecia y colgarse de un tipo que canta por puro amor, aún no eran presentes. Aquellos en que soñar eternamente con el hombre misterioso de la sonrisa bonita, no eran ningún tipo de ilusión en una mente tan rebuscada como la mía. Aquellos en que el calor sólo absorbía la piel de debajo el vestido rojo-negro, y no tiraba de ir más allá con las hormonas cerebrales. —¿Subes, querida? —un gondolero de camisa blanca con rayas negras y sombrero medio caído, me alarga una de sus manos invitándome a subir. Estiro de la mano permitiéndome entrar en la góndola. Patético, con haber hecho esto tantas veces antes, al tocar madera me iba a caer como una tonta, como siempre. —¡Vigila! —me sujeta de un brazo— Que te vas a caer. A ver, ¿hacia dónde vamos, señorita? Intento mantener el equilibrio como puedo mientras me asiento en uno de los bancos de la góndola y le mando ir canal abajo, sin sentido alguno. —Qué verano hace, ¿no crees? —No son demasiadas mis ganas de conversar— Todos tendrían que ser así, tan tranquilos y sosegados… Y ni te cuento el bienestar de los países del sur… con esa serenidad tanto en el cielo como en el tiempo... —Y que asustadizo está el mar. —Me mira de reojo cuando intento bajar sin volverme a caer, pero está vez con un mínimo de satisfacción.

En cuanto estoy para entrar en el bar, noto una pequeña presencia detrás de mí: —¿Gio? —dice con una gran sonrisa en la cara— ¿Giovana? —dejando ir un poco más de suspense— Sabes, se ve que ahora, con tan sólo un poquito de música, se puede alegrar las calles de Venecia— Sylvain, para variar.

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En las calles de París Autora: Andrea Neptune Blog: http://losuenosehacenrealidad.blogspot.com Twitter: @AndreaNeptune Corría por las calles de París con un paraguas sobre su cabeza, aunque de poco le servía. Sus zancadas al chocar contra el suelo hacían salpicar a los charcos, y sus piernas fueron empapadas durante todo el trayecto desde el primer momento. Esquivaba personas e iba pidiendo perdón a su paso, porque ella no era la única que acababa mojada. La mochila que llevaba a sus espaldas se movía hacia todos los lados por el ritmo de su carrera, y le daba golpecitos en la espalda. Las tormentas de verano eran encantadoras cuando las contemplabas desde la ventana de casa, pero tener que salir a la calle mientras llovía no resultaba tan agradable. El calor se hacía pegajoso, y al mezclarse con la lluvia la sensación era todavía peor. Al menos el ambiente olía a verano. Aceleró su marcha cuando vio que el semáforo iba a ponerse en rojo y cruzó la carretera corriendo lo más rápido que pudo. Como no era extraño de esperar en ella, tropezó con el escalón que subía a la acera. El paraguas cayó al suelo, y rápidamente se escuchó el sonido de una bocina replicando porque el coche acababa de arrancar y estuvo apunto de atropellar a la chica. Sus manos acabaron completamente empapadas y sucias, al igual que sus piernas y su ropa. Alguien se acercó a ella y le tendió una mano. Fue a cogerla, pero cuando se dio cuenta de que no era buena idea (puesto que llevaba hasta barro en las suyas), rechazó la idea. Alzó la cabeza y se encontró con un chico que le sonreía y que pareció comprender la situación, ya que la agarró de un brazo y la ayudó a levantarse sin siquiera mojarse. —Soy Guillaume —dijo sin perder la sonrisa—. Creo que esto es tuyo —le tendió el paraguas que anteriormente se le había caído a la chica al suelo, ya cerrado. —¡Sí! —exclamó agarrando el paraguas. Lo soltó de nuevo al darse cuenta de que haciendo aquello lo único que había conseguido era manchar el mango del paraguas. Éste volvió a caer al suelo, terminándose de manchar por completo y salpicando agua a los pies de ambos—. ¡Gracias! —gritó—. Quiero decir... ¡Perdón! —

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se corrigió de inmediato y se puso colorada viendo su error. Rápidamente se llevó una de sus manos a la boca, para tapársela de la vergüenza. La retiró en cuanto sintió el agua empapándole los labios y la cara. El rubor de sus mejillas aumentó considerablemente, pero ya no podía hacer nada por cambiar sus actos impulsivos—. Gracias por lo del paraguas, y por ayudarme a levantarme, y... y p-perdón por... por... —comenzó a tartamudear, como siempre le ocurría cuando se ponía nerviosa. El chico amplió su sonrisa y se colocó el dedo índice sobre sus propios labios, emitiendo un sonido que hizo que la chica se callara. —Tranquila, no pasa nada —dijo con voz calmada, sonriendo en todo momento—. ¿Y tú eres...? —¡Norah! Soy Norah. Encantada —tuvo la intención de tenderle la mano, pero se recordó a sí misma que aquello no era muy buena idea. Guillaume la agarró por el brazo de nuevo y la metió debajo de su paraguas, puesto que Norah se estaba empapando bajo la lluvia. —Lo mismo digo, Norah. Encantado —introdujo una de sus manos en el bolsillo de su pantalón y, tras buscar durante unos segundos, sacó un paquete de pañuelos. Lo abrió y sacó uno de ellos, haciendo malabares para que el paraguas que sostenía con la otra mano no cayera al suelo también. Se lo tendió a la chica para que lo cogiera—. Toma, creo que te hace falta —rió levemente. Norah agarró el pañuelo y se lo agradeció con una tímida sonrisa. Se limpió primero la cara y los labios. Después las manos. Y, tras coger un par de pañuelos más, acabó con las piernas también secas. O al menos más secas de lo que lo estaban antes. Guillaume le ayudó a quitar el barro del paraguas, aunque cuando se quisieron dar cuenta ya había parado de llover. —¿Dónde ibas con tanta prisa, Norah? —preguntó el chico. Norah se llevó las manos a la cabeza, abrió los ojos de par en par y se puso de puntillas para dar dos rápidos besos en las mejillas de Guillaume. El chico no comprendía nada. —¡Román! —gritó Norah. Y emprendió su marcha de nuevo, comenzando a correr—. ¡Encantada, Guillaume! ¡Gracias por todo! —exclamó mientras miraba hacia atrás cada dos pasos intentando asegurarse de que el chico la había escuchado. —¡Eh! ¡Tengo tu paraguas! —gritó él.

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—¡No importa! —¡Ten cuidado, morena! —¡Tranquilo! —estuvo a punto de volver a caer al suelo, lo que provocó una carcajada en Guillaume. Pero consiguió mantener el equilibrio. Ella misma fue riendo también durante parte del trayecto tras aquello. Cuando llegó a la estación de trenes todas las calles de París volvían a estar iluminadas por un sol espléndido. Una vez dentro comenzó a buscar a Román mirando hacia un lado y a otro como una loca. Cuando vio a Román a lo lejos entre la multitud, cargado de dos maletas, una en cada mano, salió corriendo en dirección a él. El chico dejó las maletas en el suelo en cuanto vio a Norah corriendo hacia él. Abrió los brazos y la chica cayó directa entre ellos. Sus cuerpos se dieron calor mutuamente después de mucho tiempo sin hacerlo. Las lágrimas de Norah empaparon los hombros de Román, y las de Román los de Norah. El chico agarró el rostro de la chica entre sus manos y pegó sus labios a los de ella, con más intensidad que nunca. Habían pasado tres meses. Tres meses sin verse. —Cómo te he echado de menos, preciosa —le susurró Román al oído. —Seguro que no más que yo... —se miraron a los ojos con una sonrisa de oreja a oreja, más felices que nunca—. Pensaba que este momento no iba a llegar. La espera se me ha hecho eterna... —Hay esperas que merecen la pena, como esta. Por largas que sean.

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La distancia registrada es completamente distinta Autora: Andrea Blog: http://liittledreamer.blogspot.com

Podría hablaros de que el verano ya ha llegado, de que se han terminado las clases, los exámenes y los profesores peñazos. Que las noches son largas y llenas de alcohol, histeria y quizás amor. Que la gente va a la playa, toma el sol y se baña. Que los niños sonríen y se les ve felices. Sí, todo eso sería cierto, pero no podríamos hablar de lo que realmente significa para mí este verano. Me levanto cada mañana deseando que llegue el día señalado en el calendario: 12 de Julio, día en que nuestros rostros se volverán a ver y nuestras bocas, por pura atracción magnética, se juntarán por primera vez. Un año es mucho, son cuatro estaciones, una vuelta entera y venga a empezar de nuevo. Otoño, invierno, primavera y verano. Así, por ese orden, por el orden de nuestro tiempo de espera. 500 km nos separan, pero doy fe de que el poder de las palabras es mayor y de que nuestros corazones no registran las distancias de la misma manera que los cerebros. No seremos víctimas de otro amor fallido, de otro efímero amor de verano, pues este es nuestro momento y no, no es un verano cualquiera, es el tiempo, la época donde todo a nuestro alrededor se congelará y ni siquiera el calor ni los rayos del sol

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serĂĄn capaces de derretir la burbuja donde sĂłlo tĂş y yo estaremos juntos, abrazados, unidos.

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Debajo del antifaz Autora: Andrea Blog: http://liittledreamer.blogspot.com Verano es algo más que una palabra trisílaba que comienza por V y acaba por O. Es algo más que un término, es algo más que su propia definición. El instituto ha acabado, ya no tendré que sufrir más miradas desafiantes de todos aquellos que no pueden convivir con que alguien se lleve lo correspondiente a su esfuerzo personal. Hablo de notas, sí, pero también hablo de prejuicios y de acoso psicológico. Hoy día llamar “empollón” a alguien es muy socorrido. La gente ya no se molesta en profundizar, en intentar conocer a la persona. Y es que empollón no significa aislarse del mundo y centrarse únicamente en las materias del instituto. Alguien que estudia y se esfuerza por su futuro no debería ser torturado como ocurre en la mayoría de los casaos. Pues, verano no debería de ser la época perfecta para huir de ese acoso, debería ser un período de tiempo feliz, propicio para demostrar a la gente que bajo ese antifaz puesto a la fuerza se encuentra una persona normal y corriente, capaz de divertirse, salir y pasarlo bien.

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Los cuatro vientos Autora: Srta.While Blog: http://micamisadelasuerte.blogspot.com.es —¿Me tomas por estúpido? —Bóreas lo miraba con sus impenetrables ojos azules—. Sé de muy buena tinta que ya estamos a veintiuno de Junio, y que tocan que soplen los suaves vientos de Austros, pero apenas tiene fuerzas para mantener caliente un estúpido pueblo —su mano derecha, azul como el resto de su gélido cuerpo, descansa en un bastón del mismo color y temperatura que la nieve. —¡Cállate ya! No estamos aquí para que vuelva el invierno, así que, si es eso lo que quieres, puedes volver a tus zonas frías, podemos hablar esto sin ti —Euro lo mira con los ojos entrecerrados. —Incompetentes —las barbas de Bóreas, que se veían congeladas, empiezan a gotear. —Creo que deberías irte —la voz melodiosa, parecida al canto de un pájaro, de Céfiro, hace que ambos lo miren y vuelvan a darse cuenta de que no estaban solos—. Empiezas a derretirte, no queremos que este año el invierno llegue tardío, ¿verdad? —Sonríe, provocando que flores, de colores chillones, florezcan alrededor de la redonda mesa. —¿Me estás echando? —Jamás haría eso —los ojos verdes de este muestran bondad. —Estúpidos —ruge. —Cállate, maldito cubo de hielo —suspira Euro—. Vamos a centrarnos en qué hacer mientras nuestro viento del sur está tan débil, no podemos seguir con la primavera, y no te ofendas, Céfiro. —Descuida —le guiña un ojo. —Debemos de hacer algo —continúa Euro, a la vez que se toca el agua que tiene por cabello, cayendo como una cascada y empapando la habitación redondeada. Un silencio sepulcral inunda la redonda habitación. No tenía esquinas, y tampoco estaba amueblada, apenas unas ventanas que dejaban pasar la luz del día,

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con unas cortinas del color de la sangre. Una mesa redonda, de madera gruesa y oscura, donde se veían ocupadas sólo tres sillas. Sólo tres vientos para cuatro estaciones. —Puedo seguir dando calor —salta de repente Euro—. No puedo subir las temperaturas, y tampoco evitar que haya semanas de lluvia, pero puedo continuar con mis vientos. —¡De eso nada! —Bóreas pega un grito ensordecedor—. ¿Por qué debes de ser tú el que siga con esto? El invierno puede volver por unos días, a nadie la hará mal vientos de frío, de nieve y lluvia. —Empiezas a cansarme. —Y tú a mí. ¿¡Quién te crees que eres!? —se levanta arrastrando la silla, provocando que una parte del suelo se congelara a sus pies—. ¡Siempre te has creído el líder, pero no lo eres! —su voz de ultratumba hace vibrar las ventanas a la vez que el cielo se nubla. —¡Tú jamás vas a poder ser un líder sabio! ¡Sólo piensas en tus malditos polos! —Euro le imita, y tras las ventanas ha empezado a llover. —¡Nadie piensa en los polos! —grita—. ¡¡Empiezan a descongelarse por aquellos que queréis ver entre sol y playa!! —escupe, entre dientes. —¿¡Y qué mierdas propones!? ¿Acaso quieres congelarlos a todos, pedazo de animal? —¡Sería una buena reprimenda, está claro! —¡¡Estúpido iceberg con patas!! —¡Cuidado con esa lengua! —Bóreas alza el bastón para dejarlo fuertemente contra el suelo. Apenas dos segundos después la habitación está congelada—. ¡No me trates como si fuese un niñato mimado! —¡Niñato, no, pero un viejo cascarrabias que sólo piensa en sus cosas, sí! —Euro da un fuerte puñetazo al suelo, que provoca que aparezcan varias masas de agua que recorren el techo y las paredes, derritiendo el hielo. —¿¡Viejo!? —el chillido de Bóreas hace que las ventanas se abran y que empiece a nevar al otro lado de ellas, de forma constante y agresiva.

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—¡¡Viejo incompetente, insolente, mal educado y estúpido!! —Euro hace que los rayos aparezcan por el cielo, y que una ola enorme amenace con arrasar la habitación. —¡¡Basta ya!! —el grito de Céfiro provoca un fuerte movimiento en el suelo, creándose dos agujeros, de los que salen dos árboles que atrapan a ambos vientos enfurecidos. La tormenta se calma, saliendo el sol. —¡Céfiro, suéltame! —Euro lo mira, enfadado. —Maldito —susurra Bóreas. —¿Por qué no os calmáis? Vais a terminar volviendo loca a una población ya de por sí tocada de la cabeza. Ellos mismos han querido que nuestros vientos estén destrozados por el maldito cambio climático. Cuando nosotros ya no estemos, cuando hayan surgido otros vientos más salvajes, malignos y radicales, entonces no se podrá hacer nada, nos echarán de menos, por eso hay que hacer todo lo que esté en nuestra mano para cambiarlo, ¡no para empeorarlo! Habéis provocado una nevada y una tormenta destructora, ¿qué os pasa? A Zeus no le gustará saber que ha sido provocada por una pelea. El silencio vuelve a empapar cada gota de oxígeno de la habitación. —Tienes razón —Euro suspira—. Hemos sido demasiado estúpidos, debemos de hacer algo que lo solucione, no que lo empeore. —¿Bóreas? —lo insta Céfiro ante su silencio. —Sí —gruñe—. Yo también lo siento. El césped del suelo y los árboles empiezan a desaparecer poco a poco, dejando libres a ambos vientos, que vuelven a sentarse. —Podríamos dividirnos —propone el viento del oeste—. Yo intentaré dar calor, todo el que pueda, durante unas semanas, alguna florecilla se me escapará. —Yo daré frío a los altos picos —asiente el viento del norte. —Yo haré que llueva en algunas zonas y te ayudaré con ese calor, Céfiro —medio sonríe el viento del este.

Los tres vientos se despiden con apretones de mano y desaparecen a sus respectivos hogares, deseando que el viento del sur, Austros, aquel que no pudo haber

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venido por su debilidad estacional, apareciera cuanto antes, para dar el calor que el verano pedĂ­a a gritos.

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Verano Autora: Chris Egea Blog: http://eternelprintemps.blogspot.com.es Querida yo del futuro:

Perdóname por no haber sabido hacer las cosas mejor. No soy una persona fuerte, ni mucho menos valiente, pero prometo haber luchado con todo el empeño de que fui capaz. Ojalá cuando leas esto -créeme cuando digo que soy consciente de que perdí muchas batallas- hayas conseguido ganar la guerra. Ojalá todo haya acabado, ojalá el tiempo te haya convertido en una persona mejor. Dicen que nada graba tan a fuego en la memoria como el deseo de olvidar, por eso sé muy bien que seguirás llevando el verano muy, muy adentro. Como el estigma de demasiados años de sufrimiento. Sé muy bien que las tardes a 30ºC están condenadas a ser tus quimeras. Que el mundo entero era el campo de batalla y el calor, el mayor enemigo. El mayor, sí, pero no el peor de todos. La peor de todas fui yo, por eso mismo te escribo esta carta, para pedirte disculpas, para rogarte que no me odies. Verano tras verano intenté dar lo mejor de mí misma, verano tras verano creí que aquel era mi año, que conseguiría reunir el coraje suficiente para hacer frente a los monstruos de mi imaginación y verano tras verano fracasé. Seguro que recuerdas todas y cada una de las veces que soñé con pasar un día entero en la playa, todas las que anhelé el sabor de salitre en los labios, el calor del sol en la piel. Pero el miedo me paralizaba y aunque lo intenté, fui incapaz de salir de casa. Y el verano pasaba como un fantasma más allá de estas cuatro paredes, inexorable, eterno. Nada me hizo tan vulnerable como esta estación maldita, este pedazo de infierno traído a la Tierra. Nada jamás sacó tanto a relucir mi debilidad. Por aquel entonces creí firmemente eso de que a veces hay que dar un paso atrás para poder dar dos hacia adelante. Por eso no pierdo la esperanza, por eso anhelo que el día en que leas esto, la termofobia no sea otra cosa que una conquista, la mayor de nuestras

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victorias. Ojalá ahora tus veranos sepan a verano, ojalá puedas disfrutarlos, ojalá puedas recuperar el tiempo perdido. (Y si lo haces, olvídame; acaba con el pasado antes de que el pasado acabe contigo.)

Te desea lo mejor, yo del pasado.

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De amores veraniegos Autora: Mandarina Blog: http://aquiendicestusecretodastulibertad.blogspot.com.es La piscina bulle de gritos infantiles alegres y yo permanezco a la sombra envuelta en una toalla. Me pregunto si mi cuerpo lechoso brillará a la luz del sol en plan Crepúsculo cuando me decida a descubrirme y avanzar hacia el agua. Tal vez debería erguirme y dejar caer la tela desde mis hombros en plan peliculero, de eso que la gente se volvería a mirarme porque por el gesto que habría anticipado que iba a descubrir un cuerpo atlético de mujer diez. Pero para qué nos vamos a engañar, no he hecho ni operación biquini ni triquini. En realidad hay muchas chicas más pálidas o redondas que yo dando botes bañadores escuetos pero supongo que la autoestima no es cuestión del cuerpo en realidad sino de cómo te ves. Por mucho que se puedan hacer cinco yos con Beth Ditto, sigo llorando acongojada cuando la veo porque sé que mi problema no es mi cuerpo sino mi cabeza. El caso es que por todas las lorzas flotantes que me rodean, los hombres parecen los del anuncio de Biotherm: pectorales firmes, abdominales esculpidos y tupés indespeinables. Joder, que buenos están. Los contemplo desde mi sombrita regodeándome en su vista hasta que me percato que la mayoría posan como simples maniquíes solitarios. El único chico que veo rodeado de mujeres es un joven bajito que está sentado en el borde de la piscina más profunda. Tal vez sea la postura o la distancia pero desde aquí no promete tener un cuerpo Danone, y desde luego ninguna intención de explotarlo a juzgar por el enorme bañador que le llega hasta las rodillas. Encantos ocultos, me digo a mi misma y de nuevo me repito que se me van a pasar las horas de calor sin meterme en el agua cuando le veo levantarse y venir hacia mí. Bueno, eso parece en un primer momento hasta que se dirige hacia una silla con una bolsa de deporte a pocos metros de mi refugio. Al pasar por mi lado me mira y me guiña un ojo. Pasa tan cerca que puedo ver las gotas de agua que le escurren de las pestañas. Y también claramente las ocho líneas despellejadas enrojecidas por el cloro

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que le rodean la espalda, comenzando casi en los hombros y bajando por la línea de sus costillas. Menuda gata apasionada. Entonces me río y lo entiendo. Me río y suelto mi toalla. Solo espero que con la luz de pleno, se aprecien bien los tres o cuatro chupetones que todavía me quedan. Hoy cuando me llame le podré decir que al fin, he triunfado.

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Veranos que tienden al olvido Autora: Lish Blog: http://bedtimest0ries.blogspot.com.es

Ese verano, fue uno de esos que tienden al olvido. Eran tan distintos y dispares como la cebra lo es del león pero uno, siempre necesitará al otro, para sobrevivir, para seguir adelante por instinto y sin razón aparente. Ese verano era para conocer gente nueva y abrazar sin que hiciera frío, para subir la temperatura veinte grados más con caricias, besos y algún que otro mordisco y para que todos y cada uno de sus días, tomaran el sol sobre la arena antes de nadar entre las olas. Ellos descubrieron cada uno de esos momentos con sonrisas en los labios, conocieron a personas que entrarían en su vida tan rápido como el pensamiento, dejando la marca agridulce del recuerdo en el corazón. Se abrazaron fuerte sin la bonita excusa de 'tengo frío', y subieron la temperatura ambiente tanto, que sus cuerpos parecían dos soles explosionando uno al lado de otro. Se alimentaron de rayos del sol y de besos con sabor a sal para desayunar, comer y cenar.

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Disfrutaron recreando todos aquellos momentos compartidos hasta que el otoño eligió pasar la estancia en sus entrañas. Entonces y sólo entonces, fue cuando nadaron. Nadaron a contracorriente en mares de sensaciones

conjugadas en pasado, terminando varados en orillas de

recuerdos prometidos con un 'Volveremos a vernos el verano que viene ¿verdad?' que nunca se hizo realidad. Intentaron seguir amando pese a la distancia, pero la poca luz que irradiaba el sol en sus corazones a mediados de otoño, y el viento que amenazaba con tambalear hasta los sentimientos, consiguieron destruirlos por completo. Tendieron a seguir adelante contra las tormentas de lluvias, relámpagos y truenos pero la marea de aquel invierno subió antes y los arrastró de improvisto, alejándose el uno del otro hasta desaparecer. Como ya sabéis, un amor de verano se alimenta a base de sol, calor, helados, mar, arena y sal, no soporta bien el frío y se marchita con la primera nevada si no se cuida bien. La huella que dejó aquel verano fue tan abrasadora que quemó e hizo cenizas sus corazones, ese es el motivo por el que aquel verano, fue uno de esos que tienden al olvido. Con el paso de los años entendieron que, ni el amor, ni el verano tienden a infinito, como ellos creyeron una de esas noches de amor adolescente a la orilla del mar.

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La chica de los sueños azules Autora: Andii* Blog: http://bajoelmantodelalluvia.blogspot.mx

Querido Verano: Tal vez debería decir que eres una estación especial, mágica, con calor y lluvia, llena de ideas, descanso y frescor. Pero no, no esta vez. Porque esta vez el verano significa otra cosa para mi. Significa dolor y tristeza, despedida y nostalgia. Debo decir que me encantas, porque eres la estación que más espero. Pero al mismo tiempo no, eres la estación que más me duele dejar ir. ¿Por qué? Porque adoro los suaves rayos del sol dorando mi piel, porque adoro sentir el agua fría y fresca y saber que mi piel esta en una perfecta combinación. Tomar agua fresca, una piña colada. Salir a nadar, a broncearse. Reír, dormirse hasta tarde y mojarse con la lluvia en un día soleado. ¡Ay Verano! Si supieras como me encantas… Correr un poco por la arena, sentir el pasto verde en mis pies, suspirar al ver el atardecer, ver el rocío en las hojas de los árboles, escuchar la lluvia y oírte susurrar “pronto habrá un arcoíris”. Tal vez por todo eso es difícil dejarte ir, es difícil porque se que tengo que esperar un año para que vuelvas… si es que vuelves. Dejarte ir es como tener el paraíso en las manos y decirle que no, que vuelves pronto. Por eso verano, te detesto. Detesto que me hagas sufrir de esa manera, detesto que me hagas amarte tanto que tu desaparición me deje desolada y vacía, porque entonces llega Otoño y me consuela con sus hojas color ocre. Pero no hablemos de él, hablemos de los días felices que esperan estos meses, hablemos de un día soleado, o una tarde lluviosa. ¡Oh! Querido Verano, sabes que no debería escribirte y quejarme contigo ya que no es tu culpa, pero solo te pido una cosa esta vez: no me dejes. No totalmente

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sola, envíame un rayo de luz, una gota de rocío o un arcoíris para recordarte en esos días de soledad. La pasaremos genial estos días, ya verás, me encargaré de eso. Con mucho, mucho cariño y un beso húmedo, la chica de sueños azules.

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Nostalgia de cada julio, versos de cada martes Autora: Brú Blog: http://www.lacarabdeuncduniversal.blogspot.com

Nos gustaba pensar que el tiempo era como un animal herido. Que temblaría si le acariciábamos bajo las orejas y nos acompasaría las aurículas con su respiración. Que gatearía, dócil, junto a nuestras zapatillas si le vendábamos de besos los ojos ciegos. Que se le escurrirían los sueños (y los segundos) si no se nos erizaba la piel. Que tendría tanto miedo de desvestirnos llorando que pondría carita de pena para que ahí dentro dejara de llover. Por eso nunca nos dimos cuenta de que todas las heridas de guerra (de almohadas) se acaban cosiendo y por eso yo un día dejé de escocerte, por eso ya (casi) no duele mentirme al despertar lejos de tus costillas de lobo negro. Entonces era verano, como siempre que nos perdíamos, como siempre que nos moríamos de nostalgia al encontrar un piano blanco en los escaparates de la madrugada. Era verano y mi mechero se había bebido tantas cartas a ti que se negaba a bailar más conmigo. Era verano y hacía años que los azules se me desintegraban ante los ojos. Era verano y tú no quisiste sacarme a bailar (no te culpo, yo tampoco lo habría hecho: siempre te pisaba, ¿recuerdas?). Era verano y yo le hubiera susurrado cualquier canción al oído de nuestro particular reloj herido para que fuese octubre. Para que fuese octubre y tú no supieras marcharte. Para olvidar cómo hablar de mí en todo lo que escribo, para perfilar los martes de tu olor. Para encriptar mi mirada en tus rodillas, para que tú, tú me prometieras unas cosquillas de sala de cine y me riñeras por el cigarro de después. Para poder reírnos de ese junio, que aún quedaría tan lejos, y su manía de entretejernos esquirlas en el miocardio.

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Verano en Otoño Autora: Kaleidoscope Blog: http://remainingoctober.blogspot.com.es

El hambre voraz del tiempo le ha hecho engullir con avidez otra semana más. Es viernes. Ayer fue viernes, mañana será viernes; y todos los días desde aquel viernes veinte de junio del noventa y siete serán viernes, viernes, viernes. El viento aúlla con ferocidad en mi ventana. Las luces de la ciudad parpadean atentas a kilómetros de distancia. La oscuridad de la noche abraza mis pensamientos. Yo escribo. Tú encontrarías algo poético en todo esto. Algo mágico. Algo diferente. Yo no dejo de encontrar la misma melodía de verano de cada día. Mis letras se han convertido en el teclado de un piano que entona una y otra vez la misma canción, que encontró un ritmo cómodo en el ir y venir de tu respiración; y que, aun sin escucharla, la sigue al compás. Hoy sigue siendo viernes, viernes veinte de junio del noventa y siete, y ha empezado una tormenta infernal; de aquellas de verano, con rayos y truenos. Tú el rayo. Yo el trueno. Y el resto del mundo es quien observa desde muy lejos como nunca te alcanzo, sin saber que en realidad siempre he ido a tu vera. Echo de menos el otoño. Ver cómo las hojas de octubre se desperezan de su sueño y vuelan hacia la tumba; cómo todo evoluciona, cambia, muere. Octubre siempre volverá, decías; al doblar la esquina después del eterno verano. Pero no regresa. Las calles de esta ciudad se vuelven infinitas; mis pasos insignificantes. Y siempre avanzo hacia el viernes, hacia el verano, hacia mil novecientos noventa y siete. Despierto y no sé si aún continúo durmiendo; duermo sin querer despertar jamás. Mis palabras, un puñal. Mi voz, la sentencia de muerte. Y corre la tinta. La sangre. La tinta. La sangre. Lo mismo da.

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Promesa de tierra y agua Autor: David Miralles Blog: http://www.wistfulworld.blogspot.com.es Twitter: @thatisnt_myname

Un, dos. Las gotas de sudor le caían por la frente mientras la chica recorría los dedos por su espalda. Tres, cuatro. Las agujas del reloj resonaban desde la mesita de noche. Cinco, seis. No existe el tiempo en verano. Siete. Siete pecas le dio tiempo ha contar hasta que Parker se dio media vuelta en aquella cama de matrimonio que ambos coincidían en que se les quedaba grande. —Buenos días, bonita. Arianne no respondió. Le contestó con un suave roce de sus labios en los del chico y con una sonrisa que iluminó la habitación. Parker le pasó un brazo por la cintura a la chica aún medio durmiendo; el contacto con su piel desnuda era cálido, lo que le trajo recuerdos de la noche anterior. —Despierta, dormilón. Verano nos espera fuera, hoy azota con ganas —le susurró Arianne al oído. —¿Con qué me vas a matar hoy? Espero que no seas tan dura como ayer — ironizó Parker a la vez que le revolvía los cabellos. —Tranquilo, hoy nada de tirarse al agua por acantilados. Te llevaré al faro. —¿Al faro? Allí no hay nada que ver —Parker se incorporó de la cama todavía desnudo. —Eso es porque nunca has venido conmigo —y otra vez esa sonrisa.

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***

La noche comenzaba a caer cuando el 4x4 frenaba en la cima de la montaña en la que se alzaba el faro. La luz intermitente iluminaba la bandera americana que lo acompañaba y les daba la bienvenida. Por fin el coche se detuvo dejando tras él un rastro de gravilla y polvo, como una estrella fugaz en mitad de la noche. Los faros se apagaron y Parker salió del coche; abrió la puerta del copiloto para que saliera Arianne a la oscuridad de la noche y la naturaleza. La chica no hacía más que reírse. —¡No me dijiste que me ibas a tener todo el día conduciendo! —Siempre te estás quejando, mira a tu alrededor y dime que no ha merecido la pena. Los árboles se alzaban en todas direcciones a lo largo de la falda de aquella montaña. Podían escuchar el piar de algún búho en la lejanía y el chirriar de los grillos entre la maleza. Estaba oscuro, pero la luz del faro los iluminaba. Y el mar, por supuesto. El sonido de las olas rompiendo contra las rocas bajo la montaña era la banda sonora que los acompañaba, por no hablar del olor a sal y naturaleza. Arianne lo cogió de la mano y lo condujo a los pies del faro. Desde allí contemplaron como el cielo se juntaba con el océano en una cópula infinita. Norte, Sur. Este y Oeste. Se extendía en todas direcciones. No conocían el fin del mundo, pero si tuvieran que dibujarlo, ésa hubiera sido la imagen. El rocío que se desprendía de las olas les acariciaba la cara. —Es precioso —dijo Parker asombrado. —Acamparemos aquí —afirmo Arianne apretándole la mano. —¿Podemos hacer eso? —Podemos hacer lo que queramos. Nadie nos encontrará aquí. Sacaron las toallas del maletero del coche y las pusieron en el suelo, una al lado de otra, bajo el manto luminoso que desprendía el faro. —¿Merecía o no la pena venir? Túmbate. Parker le cogió la mano a Dafne y se tumbó sobre la toalla poniendo su cabeza sobre la pierna de Arianne. La chica comenzó a acariciarle el cabello castaño que parecía moreno a la luz de la noche.

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—Mira las estrellas; desde aquí se pueden contemplar a la perfección. Cuando era pequeña solía refugiarme aquí con papá y comenzaba a contarlas, siempre me acababa durmiendo sobre su regazo. En ese momento Parker supo que no lo había llevado allí sólo para mostrarle las estrellas, sino que era un lugar especial para ella; lo que Arianne quería era mostrarle un trocito de ella. Se incorporó para darle un beso; no existían palabras para describir lo que sentía en esos momentos. El beso habló por sí solo. —Mira, también quería enseñarte esto —Arianne señaló hacia una roca. Parker pudo ver un dibujo tallado en la dura roca. Una especie de rombo cruzado por una línea curvada. Algo así:

—¿Qué significa? —Es una promesa que hice cuando era pequeña. Tierra y agua. Parker aún no comprendía la importancia de aquella promesa. Aquella noche Parker y Arianne hicieron el amor bajo la luz del faro y el manto estrellado. La noche les pertenecía. Ambos eran uno. Y tras la pasión, vino la calma. Parker se quedó dormido a su lado. La luz de la luna en su cuerpo desnudo lo hacía parecer incluso más atractivo a los ojos de Arianne. «Una, dos, tres, cuatro.» Los recuerdos se le amontonaban en la mente. «Cinco». Una bandera, el agua, árboles, estrellas. «Seis.» El faro, una roca, toallas, sexo. «Siete». Siete estrellas le dio tiempo a contar hasta que Arianne se dejó caer a las manos de Morfeo.

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Cartas a Verano  

Proyecto de Wistful World. Verano 2012

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