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JesĂşs Capo

El hijo del carpintero


JesĂşs Capo

El hijo del carpintero

Editorial Ekumene


El hijo del carpintero © 2011 by Jesús Capo © 2011

by EDITORIAL EKUMENE, S. L. Dra. Eloísa Díaz, 5475, Santiago de Chile Teléfono: 2203250

Inscripción en el Registro de Propiedad Intelectual Nº 96.735 ISBN Nº 956-258-047-4 Novena edición, abril de 2011 Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Diseño de portada: J.C. Jiménez. Diagramación y composición de textos: David Cabrera Corrales. Ilustración de portada: El expolio de El Greco. Corrección de textos: Eduardo García. Impreso por: Print on Demand Teléfono: (02) 951 59 55 www.printondemand.cabrera.cl Impreso en Chile/Printed in Chile


A mi esposa MarĂ­a Cristina y a mis hijos MarĂ­a Cristina y Eduardo


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—¡Convertíos, porque el reino de Dios está cerca! Lo creía así. Estaba completamente convencido. Aunque sabía que aquel gentío que le rodeaba no acudía a él sólo por sus palabras, sino porque el Espíritu actuaba por medio de él. Él era sólo un instrumento. Un solitario y defectuoso instrumento, que luchaba desesperadamente por ser digno de anunciar lo que vendría. La gente pugnaba por acercarse a él, pero, afortunadamente, varios de sus seguidores trataban de organizar al grupo y elegir uno a uno a los inquietos candidatos. Un joven de cabello largo y rostro cetrino estaba ante él y pedía ser bautizado. Su mano se posó sobre la cabeza del joven y, sin necesidad de presión alguna, ésta se sumergió. El sol iluminó ahora a un grupo que había aparecido tras los árboles. Parecían de Jerusalén. Quizás, enemigos, pues, por la información que tenía, su prédica había suscitado inquietud entre la aristocracia religiosa. O acaso fuera gente del tetrarca Antipas, acicateada por las diatribas que periódicamente había proclamado contra aquel libidinoso reyezuelo que vivía públicamente con la mujer de su hermano, provocando con ello un escándalo en el pueblo y un mal ejemplo que él tenía que denunciar sin temor alguno. No, no eran los de Antipas; parecían ser de Jerusalén. El joven cetrino emergió. Tosió repetidas veces –quizás había 13


entrado algo de agua en sus pulmones– y sonrió. Andrés, que trataba de ordenar la fila, le hizo una seña para ofrecerle al nuevo candidato. Era una mujer. Escuchó nítidamente un rumor como de sorpresa. Al mirar a la gente, observó el contorno que la rodeaba. Al fondo, un bosque de pinos apenas dejaba distinguir varias colinas. Había elegido aquel lugar por la profundidad de las aguas y por la posición estratégica entre Perea y Judea, para, según el caso, eludir lo más rápidamente a sus enemigos, aunque estaba casi seguro de que llegado el momento los de Antipas se adentrarían sin temor alguno en Judea y los de Jerusalén en Perea. Su misión no había terminado; por eso, aunque debía denunciar el pecado, a la vez tenía que cuidarse lo suficiente para poder seguir adelante. Hasta que él llegara. Tenía una conciencia clara. Su intuición le sugería que sería pronto. Su vida había consistido en esperar. Todo había comenzado con sus padres. Dios había actuado en ellos y su anciana y estéril madre había dado a luz un hijo: él. Hasta su nombre –Juan– obedecía a algo especial. Pero más extraordinario aún había sido lo que había ocurrido cuando María, la prima de su madre, la había visitado. Recordaba muy bien sus palabras. Descansó un momento y se acercó a la orilla y exclamó: —Como dice Isaías: “Preparad el camino del Señor y abridle un camino recto”. A su lado, la mujer recién bautizada, y chorreando todavía agua por su vestido, asintió repetidas veces. Oía un inequívoco rumor de protesta. Ahora el rumor se había transformado en un susurro agresivo. Quizás debería espaciar el bautismo de mujeres, para evitar esta actitud. Oyó varias palabras de los hombres que se acercaban. Los de Jerusalén. Que se abrían paso sin miramiento alguno. El sol caía de plano. El entorno parecía revivir. Se admiró al ver el zigzagueo de varias mariposas de inesperados colores. El agua estaba inmóvil. Varios gorriones se posaron en una retama, provocando ligeras oscilaciones en sus ramas floridas. Era primavera. Las ramas, repletas de flores de un amarillo purísimo, se balanceaban ante él, aquiescentes y sumisas, como afirmando que todo era coherente y seguía un natural proceso. 14


Se acercó a él un soldado. Se sorprendió, pues era la primera vez que ello ocurría, y no parecía peligroso ya que venía desarmado. Antes de que estuviese a su lado, Andrés lo enfrentó: —¿Qué deseas? El hombre ignoró a Andrés y se dirigió resuelto a él: —Yo soy un soldado. —Ya lo veo –contestó Juan, mientras sonreía y provocaba en su interlocutor cierto azoramiento, pues su vista se dirigió a su cintura, como sorprendido de no hallar allí su espada. —Dejé mi espada, para hablar contigo..., porque pensé que... Juan hizo un gesto aquiescente. —¿Y qué quieres saber? —Cómo debo actuar... —No te aproveches de tu posición y no le quites nada a nadie, ni con amenazas, ni acusándolo de algo que no haya hecho. —Normalmente, no lo hago. —Además, vosotros siempre os estáis quejando... —¿De qué? —De que recibís menor paga de la que merecéis. —Y creo que es así. Piensa en nuestro riesgo... —Lo comprendo, pero, aunque así sea, confórmate con lo que recibes. —Lo veo difícil, pero... –y parecía que el soldado iba a agregar algo más, cuando varias personas le interrogaron casi a la vez pues todos querían saber qué debían hacer. —El que tenga comida, compártala con el que no la tiene –respondió Juan. —Yo soy un publicano –dijo uno, de pronto, provocando una gran confusión a su alrededor e inmediatas palabras de repulsa, que Juan pareció ignorar–, dime, maestro, ¿y yo qué debo hacer para cumplir con lo que pides? —Cobra a los contribuyentes sólo lo que corresponda. El publicano quedó en silencio y pareció meditar lo escuchado, luego levantó su índice, pero calló. —¿Querías agregar algo más? –sugirió Juan. —Sí, pero no... —No temas y habla –le conminó Juan. 15


—Quería saber... si yo también puedo... —¿Ser bautizado? El publicano asintió. —Si lo deseas de corazón y te conviertes, con gusto lo haré. Ahora la protesta se generalizó, acicateada por los de Jerusalén que estaban ya a unos pasos. A éstos, nadie los detenía. Por su vestuario, deducía que eran de allí. Sintió cierto temor, pues sus intenciones no parecían pacíficas. Debía eludir en lo posible toda controversia; todo lo que podía impedir el normal desarrollo de su misión. No estaba allí para polemizar, sino para incitar a todos a la conversión. Y aunque quizás ahora lo más prudente era callar, algo incontrolable se lo impedía. Proclamaría su mensaje y trataría de soslayar una posible discusión por lo del publicano. —Volveos a Dios y bautizaos, para que Dios os perdone vuestros pecados. Tal como dice Isaías: “todo valle será rellenado, todo cerro y colina será nivelado, los caminos torcidos serán enderezados y allanados los caminos disparejos”. El soldado susurró algo, aunque no lo escuchó con nitidez. Parecía que quería confesar sus faltas. Iba a responderle, cuando uno de los recién llegados, un hombre alto, evadió sin problema alguno a sus amigos y le espetó casi con violencia: —¿Quién eres tú?; ¿por qué bautizas?, ¿y a cualquiera? —¿No lo percibís? Yo soy una voz que grita en el desierto. —Eso ya lo he comprobado, y también que lo haces en forma bastante agresiva –le replicó un hombre pequeño, pero con una voz grave. —Tu voz gritará, pero lo hace en forma desagradable –respondió otro. No sé qué tienes de particular para que acuda tanta gente a ti. Juan vio como dos hombre murmuraban algo. Uno era alto, fuerte, y recibía, al parecer, instrucciones del otro: un casi anciano de ojos verdosos. Y, antes de que él respondiera, el alto sobrepasó a sus compañeros. Su voz era fuerte, como él, pero tenía un matiz quejumbroso. —¿De qué presumes? ¿Acaso te crees el Mesías? —No, yo no soy el Mesías. —Entonces, ¿qué te crees?: ¿un segundo Elías? –insistió el alto y fuerte. 16


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