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El coordinador de alegrías trabajaba para Dios, en el departamento de parabienes, en el Séptimo Cielo. Podría decirse que era un funcionario divino, o una suerte de empleado público celestial. Los ángeles le proporcionaban cada día y de forma detallada un extenso informe en cuanto al comportamiento de los mortales que vivían allí abajo. Hechos, pensamientos y palabras eran transmitidos directamente vía telepática desde el alma de los ángeles hasta el alma del coordinador, y éste, desde su nube, recibía los informes y los procesaba vertiginosamente calculando todos y cada uno de los datos recibidos mediante un método infalible que servía siempre para resolver la incógnita de si el mortal de turno merecía o no recibir una alegría en el transcurso del día. En caso de resultar de manera positiva el cálculo, el coordinador de alegrías pasaba de inmediato a calcular esta vez y de nuevo con total precisión, qué tipo de alegría le correspondía a dicho mortal. Había alegrías a la medida de cada cual: un premio en la lotería, un trabajo fijo, un nuevo amor, un plato de comida, un reencuentro, una llamada, un hijo deseado, un beso, un abrazo...


Cada vez que quedaba definida una alegría y su naturaleza, el último paso era transmitirla a Dios y éste, a su vez, de manera absoluta e indiscutible, se encargaba de dar su conformidad haciendo parpadear un instante su ojo infinito que todo lo ve. Luego, imaginando y deseando por un instante dicha alegría, conseguía que ésta se hiciera realidad. Esto lo hacía dios casi sin darse cuenta, pues era una de la infinidad de cosas a las que se dedicaba. Además confiaba casi ciegamente en la capacidad del coordinador a la hora de determinar cuáles serían las alegrías del día. El coordinador de alegrías tenía muchísimo trabajo, pues se encargaba él solo de calcular todas las alegrías de todos los hombres y todas las mujeres del mundo, cosa que le obligaba a gestionar alegrías a razón de decenas y, en los buenos tiempos, hasta cientos de miles de alegrías por minuto, ardua tarea que , en cualquier caso, le satisfacía enormemente pues le encantaba su trabajo y estaba convencido de haber muerto para ello.


Así de sencilla y digna transcurría la trascendente muerte del coordinador de alegrías, hasta que un buen día, sucedió algo. Fue un día de verano. En algún lugar del mundo, había un joven muchacho que merecía una alegría y no la recibió. El muchacho, en su inocencia mortal, esa inocencia que permite a los mortales recibir alegrías sin esperarlas, aquel día, entristeció sin saber por qué. Su tristeza le llevó, de manera involuntaria, casi como hipnotizado, a hacer lo que no debía, y de sus actos, se derivó su muerte. El joven subió al cielo, donde se armó un enorme revuelo, pues allí, nadie lo esperaba. Ni los ángeles ni los arcángeles lo habían anunciado y su alma, confusa, se presentaba allí sin saber muy bien por qué.


Entre todos fueron tirando del hilo hasta que en los archivos de la memoria celestial encontraron los informes que los ángeles habían recojido antes de su muerte y, estando presente el coordinador de alegrías, rápidamente realizó los cálculos precisos para acabar manifestando que aquél muchacho sin duda había merecido una alegría poco antes de morir. Le preguntaron si había recibido alguna alegría y respondió que no. La primera reacción de todos fue acusar al coordinador de alegrías de no haber calculado bien en su momento la alegría del muchacho, por lo que se formó un consejo celestial donde se decidió despedir al coordinador de alegrías, cesándole en sus funciones.


La cosa comenzó a complicarse a partir de entonces, pues nadie conocía tan bien como el coordinador de alegrías, los métodos de cálculo necesarios para conceder o denegar las alegrías a los mortales, y fue así como comenzaron a entristecer muchas personas en el mundo y otras a recibir alegrías inmerecidas y comenzaron a multiplicarse las guerras, las enfermedades, y todos los males de la humanidad.

Tal era la situación, que el muchacho que había muerto sin merecerlo, comenzó a sentirse culpable y decidió presentarse ante dios, para manifestarle su pesar e incluso aceptar ser expulsado del cielo si fuera necesario. Escaló de cielo en cielo, hasta más allá del séptimo, allí donde, en lo más cerca del sol, se encontraba el sumo hacedor.


No hizo falta que el muchacho pronunciara ni un sola palabra. Dios lo reconoció al instante y le dijo: Tú eres el muchacho del reencuentro. El coordinador de alegrías me transmitió la alegría de un reencuentro importante para tí para que diese mi conformidad. Qué haces aquí, ante mi presencia? El muchacho, comprendió todo al instante y con lágrimas en los ojos habló: ese reencuentro, Señor, no se produjo. Esa persona nunca apareció porque ud. debió olvidar parpadear y yo entristecí, y acabé muriendo, por eso estoy aquí. Busque ud. en su memoria, aquella a la que nadie tiene acceso y recordará su error. El muchacho, por un momento sintió temor. Temor por la ira de dios, pues estaba poniendo en evidencia al creador de todas las cosas...


Pero dios no se enfadó, y tras un profundo silencio le dijo lo siguiente: sé lo que estás pensando. Yo soy el creador de todas las cosas y por lo tanto participo de todas ellas. Yo creé el error y también participo de él. Justo es reconocer que me he equivocado. Me he mantenido al margen de todo esto, pues no acostumbro a intervenir en los consejos celestiales, me basta con desear que sean productivos y sirvan para algo. Sabía que se había decidido despedir al coordinador de alegrías pero no sabía bien por qué. En el archivo de la memoria celestial se encuentran los informes de los ángeles. Pero a las alegrías concedidas solo tengo acceso yo. El coordinador de alegrías, según los informes de los ángeles, debe haber calculado al instante qué tipo de alegría fue la que no recibiste, y podría haberme llamado para comprobar si fue él quien se equivocó con tu alegría o yo quien me olvidé de crearla, pero debe haber callado por no desvelar mi fallo. Aprende de él. Vuelve a bajar a tu cielo y explica a todos lo que te he dicho.


El muchacho descendió de cielo en cielo y fue explicando a todos lo que dios le había dicho, de manera que se formó un nuevo consejo celestial y, como no podía ser de otra manera, el coordinador de alegrías fue readmitido en su puesto y se le indemnizó con la compañía, a partir de aquel entonces, del muchacho, quién paso a ser su ayudante y aprendiz para que, llegada la jubilación del coordinador, éste pudiera descansar en su nube, tocando la lira y viendo desde allí arriba, como poco a poco, a base de alegrías, el mundo va convirtiéndose cada día que pasa, en un sitio mejor.

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El coordinador de alegrias y la memoria de dios  

Un cuento de Lucas Delgado, ilustrado por David Allende © 2008

El coordinador de alegrias y la memoria de dios  

Un cuento de Lucas Delgado, ilustrado por David Allende © 2008

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