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Las Marraquetas y Los Bigoteados Autor: Davus Fugit

Personajes: 1. Don Rubicundo, patrón. 2. Doña Rosa, su esposa. 3. Juanita, la empleada. 4. Washington, mozo. 5. Avelino, mozo. 6. Alfredo, mayordomo. 7. Rockefeller Maldonado, invitado. 8. Flavia, su prometida. 9. Alcalde Remigio.

10. 11. 12. 13. 14. 15. 16. 17. 18.

Doña Ramira, su esposa. Conde Relucanor, invitado. Infanta Rebeca, su hermana. Rolando, invitado. Renata, su novia. Amadeus, músico. Ludwig, músico. Johan Sebastian, músico. Comisario Rex

Una mansión antigua. En ella la sala de recepción antes del salón, hay una puerta hacia el baño, un reloj de pared, una escalera, cuadros y una estatua sospechosa. Un sillón. Música. Escena 1 Aparece en escena Juanita, la empleada escuchando una canción romanticona con un plumero que utiliza como micrófono, entona: Juanita: “Hace dos años y un día que vivo sin él, Hace dos años y un día que no lo he vuelto a ver, Y aunque no he sido feliz aprendí a vivir sin su amor, Pero al ir olvidando de pronto una noche volvió... ¿Quién es?” (Entra Don Rubicundo vestido de traje y con su bastón) Don Rubicundo: Soy yo (grave) ¿Qué significa todo esto? Juanita: ¡ufff! Perdón Don Rubicundo, pensé que dormía su siesta. Don Rubicundo: Con este escándalo quién puede dormir. Además falta menos de una hora para que comiencen a llegar los invitados (mira el reloj de la pared) Juanita: ¿Usted lo dice por la hora que marca ese reloj? Don Rubicundo: Por supuesto, ese reloj antiquísimo que me heredó mi abuelo Don Bonifacio de la Cruz que en paz descanse (uno de los cuadros de la pared cobra vida se ven unos ojos que se mueven). Juanita: Pero Don Rubi, ese reloj está más malo que el Transantiago. Si hasta parece que las arañas hicieron casita en él. Don Rubicundo: ¿Y qué hora es entonces? Juanita: A ver déjeme decirle (mira su pulsera) Déjeme descifrar, mire que me cuesta saber en estos relojes con palitos. Las cinco y uno, dos, tres, cuatro, y veinte. Don Rubicundo: ¡Qué dices, mujer! Juanita: Las cinco veinte, diez, veinte, treinta y cuarenta minutos para que lleguen los invitados. ¿No llegaban a las seis? Don Rubicundo: (Exaltado) No, mujer, llegan a partir de las cinco y media ¡Anda a buscar los canapés! Juanita: ¿Qué canapés? Don Rubicundo: Los que te dije que hicieras. Juanita: Me dijo que hiciera, pero no me dijo con qué. Don Rubicundo: Con lo que hubiera, da lo mismo, lo importante es la llegada y que coman un poco. ¿No los hiciste? Juanita: No po’ Don Rubi, no ve que no había nada que echarle. Don Rubicundo: ¿Y la pasta de jamón serrano? Juanita: Se acabó. Don Rubicundo: ¿Y la mantequilla de maní? Juanita: Hace como un año que no compra, recuerde que siempre me está diciendo que el presupuesto no alcanza, recuerde también que me debe los últimos cinco, ¿o cincuenta?, meses de sueldo y que dijo que después de la fiesta me los pagaría. Don Rubicundo: Ya lo sé Juanita, no me recuerdes que el presupuesto no alcanza, porque desde que se acabó la herencia de mi abuelo Bonifacio de la Cruz, que estoy buscando nuevas formas de hacer dinero para mantener el tren de vida que llevamos, pero todo me sale mal (cae compungido en un sillón) Todo me sale mal (se toma la cabeza) Escena 2 (Entra Alfredo vestido como mayordomo, seguido de dos mozos – Avelino y Washington- , uno de ellos vestido pulcramente y el otro desordenado) Alfredo: Don Rubicundo, tenemos dos problemas. El primero es que bajé a las cavas del subterráneo y no queda ni una champaña, ni un vino que se pueda servir a los invitados.


Don Rubicundo: ¿Y el segundo? Alfredo: Bueno, el segundo está ante sus ojos. Es este experimento de la ciencia, este desparpajo de la naturaleza, este conato de humanoide, este extravío del sendero de Dios (apunta a Washington). Washington: ¿Quién yo? Alfredo: ¿Quién otro? Lo sorprendí empinándose la última botella de Don Perignon. Después durmió en el corral de los chanchos y se quedo ahí, porque como no queda ninguno, pensó que era su casa. Washington: Déjeme Don Rubito, darle mis explicaciones. Sucede que yo vi la botella que me miraba, y yo la miraba a ella. Nos miramos tanto que nos fuimos enamorando y al final… Don Rubicundo: Basta de explicaciones, no se puede explicar lo evidente. Quiero que vayas con Avelino a la botillería más cercana y traigan algo que servirle a los invitados (Saca un billete de mil pesos) Esto es lo último que queda de la fortuna de mi abuelo Bonifacio de la Cruz. (Lo observa con nostalgia) ¿Entienden? Es lo último. Hagan la compra inteligente y traigan lo que más puedan. (Les pasa el dinero y se retiran) Escena 3 Alfredo: (Dirigiéndose a Juanita con tono inquisidor) ¿Juana? Juanita: Dígame Alfred. Alfredo: ¿Limpió el baño? Juanita: No. Alfredo: ¿Y qué está esperando? No ve que ya llegan los invitados. Juanita: Pero Don Alfred, me carga limpiar el baño. La última vez me encontré con un tremendo submarino. Era así de grande. Y no se quería ir. Ah, y la otra vez me encontré con una serpiente y que le voy a decir de Willie, parece que alguien lo liberó y ya no se quería ir más. Chapoteaba y chapoteaba… Alfredo: No se lo estoy pidiendo, ¡Se lo estoy exigiendo! Vaya ahora. (Juanita se retira compungida haciendo señas de asco) Escena 4 (Suena el timbre que es como una melodía tétrica) Don Rubicundo: ¡Dios mío los invitados! ¡Y no hay siquiera un canapé para servirles! Alfredo: ¿Voy a buscar a su señora esposa? Don Rubicundo: No, ni se te ocurra molestarla, ya sabes cómo se pone cuando la distraen de sus telenovelas. Si no ha bajado es porque no han terminado. Mejor ve a buscar algo que servirle a los invitados, ¡Cualquier cosa! (suena nuevamente el timbre. Alfredo se retira). Escena 5 Don Rubicundo: Pues bien, ha llegado el momento. (Música) (A sí mismo) Comenzará la fiesta. Y espero que mis amigos, conocidos y camaradas me ayuden con la situación económica. (Observa brevemente la estatua que pareció moverse) En mi discurso no debo parecer un mendigo, siempre digno. Esta es una fiesta de beneficencia, ¡Mi beneficencia! (Se arregla la corbata, ordena un poco los cuadros, luego abre la puerta.) Escena 6 (Entra Rockefeller Maldonado y su joven maniquí prometida cuatro décadas más joven que él) Rockefeller: Rubicundo hombre, ¿cómo estás? ¡Tanto tiempo! Don Rubicundo: Rockefeller Maldonado, el hombre más rico de Chile. El hombre con más camiones de Chillán hasta Tierra del Fuego. Rockefeller: ¡Camiones! No ese es un negocio muy antiguo, añoso, vetusto, añejo, arcaico, remoto… Don Rubicundo: Viejo querrás decir. Rockefeller: Exacto. Don Rubicundo: ¿Y quién es la dama que te acompaña? Rockefeller: Te presento a mi prometida Flavia dila Fontana de Trevi, modelo profesional. Flavia: Don Rubicundo, Rockefeller me ha hablado mucho de usted, de sus millones y de sus excentricidades. Don Rubicundo: De seguro te contó esa vez cuando fuimos a su fundo en el sur y se nos acabó el papel higiénico y usamos billetes. Flavia: (con cara de asco) No, eso no me lo contó. Rockefeller: No seas inoportuno, inadecuado, impropio, impertinente, incorrecto, desacertado… Flavia: Será mejor que pasemos, me han dicho que sus fiestas siempre están repletas de los más exquisitos manjares, que son banquetes interminables donde sobra el caviar, los calamares y las langostas. Don Rubicundo: Eso han dicho. Pueden pasar, si me disculpan voy a buscar a mi mayordomo para que traiga “esos manjares”, permiso, siéntanse como en su casa. (Se retira) Escena 7 Rockefeller: Ya me muero de hambre y ganas por probar esos canapés tan sabrosos, exquisitos, suculentos, gustosos, apetitosos, deleitables, sápidos… Flavia: Ya Rockie, me muero de inanición, si ni siquiera tomamos desayuno esperando este banquete. Rockefeller: Espero que Rubicundo o cualquier invitado me pueda hacer un préstamo para salir de esta incómoda situación económica. Flavia: Y así me pueda casar contigo Rockie, porque cuando te conocí pensé que tenías mucho dinero, pero ya ves, me equivoqué, tienes menos fortuna que…


Rockefeller: ¡Ni lo menciones! No ves que alguien puede escucharte. Pasemos al salón, ahí deben estar los canapés. Flavia: Ya pasemos y apurémonos, antes que me arrepienta y me enamore de un futbolista. (Se van, observando los cuadros que mueven sus ojos.) Escena 8 (Suena el timbre. Aparece Juanita con guantes de goma y delantal blanco cantando “Seré tu amante bandido, corazón, corazón prohibido, seré tu amante bandido… Suena nuevamente el timbre.) Juanita: ¡Chuata! Vienen los invitados (Abre un poco la puerta y mira) Uyyyy, el señor alcalde y su señora señora, uyyyy, y más atrás está el Conde Relucanor y su hermana la Infanta Rebeca. Ohhh, la embarró, también viene Rolando Mijitorico, y la ex miss Universo Renata Ranota. Chaaaaa. Chaaaaa, la terrible de gente y vienen embelesados y no hay na que comer, ya, los haré pasar de a uno. (Abre la puerta, entra el señor alcalde Remigio Recabarren y su señora Ramira de las Mercedes.) Escena 9 Alcalde Remigio: Muy buenas tardes, hágale saber de mi presencia al señor Don Rubicundo y la de mi honorable esposa Doña Ramira de las Mercedes de Recabarren. Juanita: Está bien. (Se queda mirando al público) Ya po póngame música. (Se escucha una especie de marcha y al terminar) Se hace presente en la residencia de Don Rubicundo, su excelentísima persona el alcalde Don Remigio Recabarren y su ultra, pulcra, preciosa y agraciada esposa, Doña Ramira de las Mercedes de Recabarren. (Pasan haciendo reverencias, sonriendo y saludando) Alcalde Remigio: (a Ramira) Sonríe, sonríe que todos deben ver que estamos felices. Doña Ramira: No puedo sonreír mucho, que se me ve la gutapercha del diente. Alcalde Remigio: Camina más rápido que tengo hambre. Doña Ramira: No puedo caminar más rápido, que se me raja el zapato que pegué con engrudo. Alcalde Remigio: Ya pues, que hay que aparentar que nuestra pujanza sigue, nadie puede saber que estamos en decadencia. Juanita: ¡En condolencia dijo señor Alcalde! Si este no es na un funeral, es una fiesta y si supiera el tremendo banquete que les tiene Don Rubicundo… (se ríe para sí misma). Alcalde Remigio: No, empleada, dije que debieseis sentiros orgullosos de nuestra presencia (aparte) ¡Uyyy, qué banquete, se me hace agua la boca! (Entran) Escena 10 (Entran el Conde Relucanor con su terno abrochado mal y su hermana la Infanta Rebeca con unas grandes y profundas lentes.) Juanita: ¡Uyyy mijito rico el Conde Relucanor! Conde Relucanor: (Habla demasiado rápido) Primero que nada no se dice, primero que todo este es un espacio mínimo en mi agenda así que por favor háganos pasar rapidito, rápido, al instante, mire que traigo un hambre caballa y después de esto tengo en mi agenda unas tres o cuatro citas más, mire que soy un hombre muy ocupado y después me vienen a entrevistar. Juanita: (Haciendo una reverencia) Sí, sí pase nomás, está en su casa, ahí está baño, el salón, Don Rubicundo ya viene, pase pase. Rebeca: (Apenas ve por sus anteojos) ¿Dónde estamos Reluca? Conde Relucanor: Hermanita, te he dicho que no me llames así. Llámame Conde. Rebeca: Pero Reluca, sabes que lo hago de cariño, tú eres mi hermanito menor y lo hago de cariño. Conde Relucanor: No, si ese no es el problema. Es por lo de “luca”, tanta luca, lucas, gambas y no tenemos ni una. Rebeca: ¡Shhhistt! No lo digas tan alto. Nadie puede saberlo. Pasemos por esta puerta hay buen olor. (Intentan entrar por el baño) Juanita: Por esa puerta no, ése es el baño, a menos que quiera pegarse un desagüe o un follón. La sala es por acá (Le indica la puerta del salón y entran) Escena 11 Juanita: (abre la boca y se queda paralizada) Este sí que la embarró. ¡Mijito rico! Rolando Mijitorrico. Rey de la farándula criolla. Portada de toda revista sensacionalista. Me tiene que dar un autógrafo, me lo tiene que dar. (Entran Rolando y su novia Renata) Rolando: (con voz de pito) Parece que no hay muchas cámaras ni periodistas. Tal parece que no se enteraron. Juanita: Si quiere yo le traigo una cámara o llamo a los canales de televisión. Hago cualquier cosa. Cualquier cosa por un autógrafo. (Se saca un guante goma y se lo pasa) Rolando: (Él lo besa y lo autografía sacando un lápiz) Aquí lo tienes muñeca. Juanita: (Impactada) Era el guante de goma con el que acababa de limpiar el baño. (Y se desmaya. Rolando hace gestos de asco. Entran). Escena 12 (Entran Avelino y Washington, arrastran un chuico, Juanita está en el suelo)


Avelino: Listo Washington, hicimos la compra inteligente. Le compramos el mejor vino que puede haber: el bigoteado, resto de todos los tragos y mágico manjar que ameniza las jornadas de todos los que… Washington: Oye Avelino, ¿y que tal si lo probamos? Probemos un poquito, no vaya a ser que esté malo y le haga mal a los señores invitados. Avelino: (Lo abre y lo huele) Uffff, no te lo recomiendo, parece raspado de cañería de baño público. Washington: He bebido peores. Avelino: Te digo que no, hay que dejarle a los invitados. Washington: Pero si es solo un poquito (trata de quitarle el chuico y cae despertando a Juanita) Juanita: Rolando Mijitorrico es un sueño (toma entre sus brazos a Washington) Un autógrafo tuyo se merece un beso. (Besa efusivamente a Washington, luego se da cuenta y lo suelta con asombro y asco) Washington: Juanita, yo sabía que usted era tan, pero tan… y que a mí me tuviera tantas, tantas ganas… Juanita: ¿Cómo se te ocurre? El beso no era para ti, era para… (se queda pensando) Escena 13 (Entra don Rubicundo desesperado) Don Rubicundo: ¡Los invitados ya llegaron y no hay nada que servirle! ¡Dios mío! Si no comen, ¿cómo me van a poder ayudar? El vino, ¿lo trajeron? Avelino y Washington: ¡Por supuesto! Don Rubicundo: Para comer no hay nada (meditabundo) ¿Y que vamos a servir para comer? Juanita. Don Rubi, quedan como cinco marraquetas de la semana pasada y si les pegamos una tostadita, y le ponemos manteca, quedarían como unos ricos canapés. Don Rubicundo: Está bien, anda mujer a servir eso, y ustedes lleven y sirvan ese vino que cuando yo dé mi discurso deben estar los corazones blanditos. Avelino y Washington: ¡Eso haremos don Rubicundo! Washington: (a Avelino) Ya, pero dame un poquito antes. Don Rubicundo: ¡Sirvan pronto ese vino que los invitados están ansiosos! (Salen peleando Washington y Avelino. Sale Juanita) Escena 14 (Entra Alfredo con una bandeja) Alfredo: Don Rubicundo, todo solucionado. Don Rubicundo: ¿A qué te refieres, hombre? Este banquete es una perdición. Comerán marraquetas recalentadas y beberán vino bigoteado. Si alguien no se enferma del estómago será un milagro. Aunque lo que me importa es que se les ablande el corazón. Alfredo: Me refiero a la música. Contraté una orquesta. Bueno en realidad no son una orquesta, son músicos, aunque de verdad son solo tres, pero para no seguir con cuentos los conocí la otra vez en la micro. Pero tocan muy bien. Servirán para amenizar la velada. (suena el timbre) Deben ser ellos. (abre la puerta) Escena 15 Don Rubicundo: Esto va de mal en peor: comida de última categoría y ahora músicos callejeros. (Entran los tres músicos, el primero con una guitarra muy añosa, el segundo con un pandero y el tercero con una especie de bongó hecho con tarros) Amadeus: ¡No callejeros, señor! ¡Se equivoca! Ludwig: No somos simplemente músicos callejeros. Johan Sebastian: ¡Somos la alegría del señor pasajero! Amadeus: ¡El bálsamo del Transantiago! Ludwig: ¡La chispa del viajero! Johan Sebastian: ¡La música que canta y encanta! Los tres al mismo tiempo: ¡Somos la Movida Cumbianchera! Amadeus: Nuestra intención no es molestarlo… Ludwig: Ni tampoco hacerla pasar un mal rato… Johan Sebastian: Solo requerimos un momento de su tiempo… Los tres: ¡Para gozar! (Empiezan a tocar y bailan en torno a Don Rubicundo. Aparece Juanita atraída por la música) Juanita: ¡Ayyy! ¡Que está buena la música! (Terminan de tocar, se arreglan los trajes y se presentan) Amadeus: Richard Amadeus González a su servicio. Ludwig: Luis Gilberto Rivera, puede llamarme Ludwig. Johan Sebastian: Johan Sebastian Iturrieta Iturrieta. Vengan... esos cinco. Juanita: ¡Bravo! Vengan por acá que hay que amenizar a los invitados. (los toma de las manos y les indica el salón)


Don Rubicundo: ¡Un momento Juana! No puedo permitir que “este tipo de música” entretenga a mis invitados. Son gente de alcurnia y la cumbia es tan, tan… Juanita: No me venga con cosas, no tiene ni uno y se anda quejando. Alfredo: Además los señores no cobran por su show. Amadeus: Es lo que se dice: “Por amor al arte”. Nos conformamos con pasar el gorrito al final del show (se saca el gorro y hace el gesto) Don Rubicundo: Está bien, está bien. Pero, ¿no se saben algo que no sea tan “popular”? Ludwig: Por supuesto, ¿qué le parece un reggaetón? (Empiezan a tocar, Juanita baila como loca) Don Rubicundo: No, (se corta de repente) No, me refiero a algo más clásico. Johan Sebastian: Ah, por supuesto “los clásicos” Un dos tres para el “Galeón Español” ¡Un dos tres y! (Comienzan a tocar el galéon español) Don Rubicundo: ¡No! Me refiero a la música docta. Amadeus: ¡Ah la música de los doctores! ¡De los siquiatras! ¡Póngale una buena maestro! (empiezan a tocar la cumbia “Loco, Loco”, pero son interrumpidos por Don Rubicundo.) Don Rubicundo: ¡Ya no importa! Pasen nomás, que sea lo que Dios quiera. Tal vez mis invitados lo crean excéntrico, tropical o incluso vanguardista. ¡Qué pensaría mi abuelo Bonifacio de la Cruz! (Pasan los músicos. Aparece la Señora de Don Rubicundo) Escena 16 Doña Rosa: ¡Qué significa este escándalo! Don Rubicundo: Son los músicos, mi amor, que acaban de llegar. Doña Rosa: A mí me parece un escándalo de roteques. Me imagino que no será esa la música que amenice la velada. Don Rubicundo. (a Juanita) Si ella supiera en la situación que nos encontramos, pero vive en un mundo de fantasía…. Doña Rosa: ¿Qué dices Rubicundo? Don Rubicundo: Decía “Rosa del Alma Mía” vamos a la fiesta que ya llegaron los invitados. Doña Rosa: (A Juanita) ¿Quiénes llegaron? Juanita: Bueno, llegaron: El Don Rockefeller Maldonado, que venía con la tremenda modelo llena de silicona, que se llamaba Fobia o algo parecido. Además vino el señor Alcalde y la Señora Alcalda. También llegaron el Conde Relucanor y su hermana la Infanta Rebeca. Doña Rosa: Toda gente de abolengo, me parece bien Rubicundo, eso nos dará renombre. ¿Quién más Juana? Juanita: También vino él (hace un gesto) el Rolando Mijtorrico ¡Mijito Rico! Y la ex Miss Universo Renata Ranota (hace gesto de desprecio). Don Rubicundo: (A Juanita) ¿Y no vino nadie más? Juanita: No, solo ellos don Rubi. Don Rubicundo: Cien invitaciones y solo un puñado de invitados. Bueno, que sea lo que Dios quiera. Doña Rosa: Está bien. Rubicundo, vamos a saludarlos, tenemos mucho de qué conversar. (Sale Don Rubicundo y Doña Rosa) Escena 17 Alfredo: (Al público) Y bien, que comience la fiesta. Ojalá no pase nada malo (hace un gesto extraño) y mi patrón logré recaudar los fondos necesarios para salir de la banca rota (se mueve un poco la estatua. Alfredo se siente incómodo y se retira apurado). (Luces fuera) Escena 18 (Hay confusión, las luces suben y bajan y se escucha un disparo. Hay gritos y sigue la confusión) (Aparece Juanita corriendo en el escenario) Juanita: ¡Santo cielo! ¡Lo mataron, lo mataron! (Entra Washington) Washington: ¡Rechupalla! ¿A quién mataron? Juanita: ¡No sé no sé! Yo solo escuché los balazos y salí arrancando. (Entra Avelino) Avelino: Quedó la mansa embarrada allá adentro. Parece que mataron a alguien. Juanita: (Mirando al cielo en actitud de rezo) Que no sea Rolando Mijitorrico, que no sea Rolando Mijitorrico. Avelino: No sé a quién fue. Yo escuché los disparos y apreté cachete. (Entran el Alcalde Remigio y su esposa Ramira. Van ubicándose en distintos lugares del escenario) Ramira: ¡Remigio, Remigio! ¿Dónde estás? Alcalde Remigio: Aquí a tu lado mujer. ¿Qué fue lo que pasó? Ramira: No sé, escuché unos balazos y después corrí. Alcalde Remigio: ¿Alcanzaste a sacar unos canapés? Ramira: Sí, unos pocos, ¿quieres? (Le pasa unos canapés de marraqueta)


Alcalde Remigio: Bien raros estos canapés. Son muy duros y esa pastita blanca se me pega entre los dientes. Ramira: Debe ser una exquisitez, no me espero menos de un banquete de Rubicundo. Alcalde Remigio: ¿Y tienes tu copa? Ramira: Sí, hace tanto tiempo que no tomo alcohol, que lo encuentro un poco vinagre. Debe ser la poca costumbre. (Se empinan los vasos y se aglotonan con los canapés que lograron sacar). (Entran Rockefeller y Flavia) Flavia: ¿No fuiste tú, Rockie? Rockefeller: ¿Quién? ¿Al que dispararon? Flavia: No, el que disparó. Rockefeller: ¿Cómo se te ocurre bom bom? Si, hace años que no cargo un arma. Flavia: No me refiero a los disparos de pólvora. Si no que a los disparos intestinales. A mí estos canapés me pusieron un poco malo el estómago. Rockefeller: Créeme, muñeca, si hubiese sido yo, no habría nadie de pie. Habría sido espantoso, escalofriante, terrible, infumable, horrible, terrorífico. (Entran el Conde Relucanor y la Infanta Rebeca) Rebeca: ¿Dónde estamos Reluca? Conde Relucanor: Volvimos a la entrada. Rebeca: ¿Y por qué? Conde Relucanor: Parece que mataron a alguien. ¿No escuchaste los disparos? Rebeca: No, si aparte de ciega estoy sorda. Yo pensé que era la música. (Entran los músicos) Amadeus: ¡Alguien llame una ambulancia! ¡Hay un fiambre allá adentro! Todos: ¡¿Dónde?! Amadeus: No un fiambre de esos que se comen, me refiero a un muerto. Ludwig: ¿Y quién es? Johan Sebastian: No sé porque se apagó la luz. Hubo disparos y todos salimos corriendo. (Entra Don Rubicundo y Doña Rosa) Don Rubicundo: ¿Por qué no están en la fiesta? ¿Acaso no le gustaron los canapés de caviar del mar báltico, o el licor de uva milenaria que he servido? ¿Alguien sabe qué pasó? Juanita: Yo sé, yo sé, yo sé (levantando la mano) Don Rubicundo: ¿Alguien más sabe lo que pasó? ¿No les gustó la excéntrica banda de música tropical traída directamente desde París? Juanita: Yo sé, yo sé, yo lo vi. Don Rubicundo: Está bien mujer, dime qué pasó. Juanita: Sucede Don Rubicundo que mataron a alguien. Don Rubicundo: ¿Y a quién mataron, si estamos todos acá? Juanita: Sí, ¿quién falta? Amadeus: Espere caballero, que le ponemos música de suspenso (Tocan música de suspenso) Juanita: ¡Paren la música! Parece que falta… ¡Noooo! ¡Siiii! (Dramática) Falta él. Washington: Sí él, y ella. Juanita: No, ella no importa. ¡Mijitorrico! (Cae desmayada) Don Rubicundo: ¿Quiénes? Díganme por favor… (La estatua cobra vida, baja de su podio y se ubica al centro del escenario ante el asombro de todos los presentes. Es en realidad el Comisario Rex, que ha estado esperando el momento adecuado para entrar en acción) Comisario Rex: (Muestra su credencial) Comisario Rex de la Cuarta Comisaría de la capital. Están todos detenidos. (Se saca parte de su maquillaje que lo hacía parecer una estatua. Todos se asombran y gritan) ¡Silencio! Aquí se ha cometido un crimen. Todos ustedes son sospechosos. Todos: ¿Nosotros? Comisario Rex: Tienen derecho a guardar silencio. Cualquier cosa que digan puede ser usada en su contra. Tienen derecho también a un abogado defensor… (Hace una pausa) Aquí se ha cometido un crimen. Juanita: Eso ya lo dijo. Comisario Rex: Lo sé, lo sé, no me interrumpa. Hace cuatro semanas que vengo siguiendo al asesino. Es una persona que está en banca rota y que haría cualquier cosa por recuperar el dinero y la alcurnia que ha perdido. (Washington levanta la mano, el Comisario le da la palabra). Washington: ¿Podría explicarme el significado de la palabra “alcurnia”? Bueno pa’ saber si yo soy o no sospechoso. Comisario Rex: (Desconcertado) Alcurnia es como… como cuando uno es… de alcurnia. Si yo soy de alcurnia es como cuando se tiene alcurnia, ¿entiendes? Washington: No. Comisario Rex: Ya, no importa. Lo que me importa es que tengo quince sospechosos de asesinato. Rockefeller: La “alcurnia” joven mozo es el abolengo, la nobleza, la estirpe, la aristocracia, la casta, el linaje…


Comisario Rex: ¡Esta bien! Todos ustedes son sospechosos, ¿me entienden? Y nadie se moverá de aquí hasta que encuentre al culpable. (Doña Ramira levanta la mano insistentemente) Dígame señora. Doña Ramira: Sucede señor Comisario Rex, que en estos momentos tengo un problema intestinal que no puedo aguantar. Si pudiera usted dentro de su infinita amabilidad, dejarme ir al baño ¡Por favor! Comisario Rex: Imposible. Todos son sospechosos. Pero antes, podemos descartar… (El Alcalde Remigio levanta también su mano) Dígame señor Alcalde. Alcalde Remigio: Sucede señor Comisario Rex, que no solo mi señora esposa está en esos aprietos intestinales (se retuerce) ¡Yo también! Y créame, necesito ir al servicio higiénico ¡Por favor! Comisario Rex: No podemos hacer excepciones. Alcalde Remigio: Pero estoy que me c... Comisario Rex: Está bien. Está bien. Según mi investigación, el asesino es una persona que está completamente en la ruina económica. Levanten la mano quienes se encuentren en esa situación. (Levantan su mano Juanita, Avelino, Washington y los tres músicos) Ustedes están libres de toda culpa, pueden irse (Nadie se mueve) Pueden irse, dije. Washington: ¿Podemos ir al salón? Comisario Rex: Claro, que sí, ustedes ya no son sospechosos. Juanita: Voy a ir a ver al fiambre. Todos: ¡¿Cuál fiambre?! Juanita: No el fiambre que se come, al muerto. Todos: ¡Ahhhh! Washington. Voy a ver si queda un poco de bigoteado en la damajuana. Todos: ¡¿Bigoteado?! Washington: No, elixir de babas de la Filipina Europea de Madagascar. Eso. Todos: ¡Ahhhh! Amadeus: Vamos a ir a cantar unas cumbias sabrosas. (Comienzan a tocar, todos bailan) Comisario Rex: Ya, váyanse de una vez por todas. (Se retiran cantando) Escena 19 Comisario Rex: Muy bien, ya somos menos. Ahora el segundo dato que tengo del asesino es que su nombre comienza con R. (Pausa, silencio) (Levanta la mano Flavia) Flavia: Señor Comisario, sería posible que yo pudiera, antes de que prosiga, pudiera ir yo al baño. Comisario Rex: ¿Por qué? Flavia: Primero, mi nombre no comienza con R. Segundo: estoy que me c…. Comisario Rex: (la interrumpe) Vaya, vaya, antes de que esto se transforme en otra cosa. (Ella entra al baño. Se escuchan gritos en el baño.) Escena 20 Comisario Rex: Y bien, ¿quién es el asesino? (todos se observan unos a otros) El asesino que no tiene nada de dinero, que está en bancarrota y que quiso con este crimen salir de su precaria situación económica. El que todo este tiempo ha estado aparentando que sigue en bonanza económica, pero que en verdad, no tiene ni dónde caerse muerto. Todos: ¡Está bien! ¡Está bien! Lo confieso. Estoy en bancarrota. (Lo dicen al unísono con mucho pesar y sorpresa) Don Rubicundo: Pero señor Alcalde, yo pensé que tenía una de las más grandes fortunas de la capital. Rockefeller: Y usted Conde Relucanor, yo pensé que estaba bañado en oro. Conde Relucanor: Lo mismo pensé yo de usted. Todos pensamos mal. Alcalde Remigio: ¿Y usted Rubicundo? ¿Para qué organiza fiestas si no tiene nada que servir a los invitados? Don Rubicundo: ¿Cómo que no? ¿No le gustó el bigoteado y las marraquetas recalentadas con manteca? (Todos comienzan a hacer arcadas y entran al baño. Se oyen gritos de Flavia y explosiones varias) Comisario Rex: Pero eso no significa nada, todavía no encuentro al culpable. Don Rubicundo: Pero ninguno de nosotros fue. Ya no hay sospechosos en esta casa. Alfredo: (Era el que miraba por los cuadros y siempre se paseaba sin participar en la conversación. Apareciendo intempestivamente con un arma en la mano) ¡Se equivoca! ¡Yo lo maté! Doña Rosa: ¡El mayordomo! Como en todos los cuentos de misterio. Pero, ¿No te llamabas Alfredo? Alfredo: Mi nombre es Ramón Alfredo. Me presenté como Alfredo, porque Ramón es como “Ratón” Comisario Rex: ¿Por qué lo hiciste, Ramón, Alfredo? (Tratando de persuadirlo) Alfredo: No podía soportar la idea de que mi patrón fuera pobre. ¡Jamás! Un mayordomo de un patrón en quiebra es como un tornillo de una maquinaria en desuso, una hoja en un tronco sin raíz, un rayo de sol en un día nublado... Don Rubicundo: (Al Comisario) Parece que éste se volvió loco.


(En un momento de descuido el Comisario toma a Alfredo y comienzan a forcejear con la pistola. Con el alboroto entran los músicos y Juanita. Cuando viene entrando Washington con Avelino se escucha un disparo y Washington cae al suelo en cámara lenta ensangrentado. Juanita observa impávida y grita) Juanita:¡¡¡¡¡¡¡¡¡No!!!!!!!!! ¿Por qué? Un hombre tan bueno. (El Comisario reduce a Alfredo y lo esposa. Alfredo está con cara de loco) Don Rubicundo: ¡Dios mío! Pobre desgraciado. Hasta la suerte le es esquiva. (Ambiente de desolación) Juanita: Washington Pérez, un ejemplo de servicio. Nunca te dije que... (pausa) Te amaba. (Washington abre los ojos y sonríe. Se incorpora.) Washington: ¿Qué dijo Juanita? Juanita: (Sonrojándose) Ya lo dije una vez y no lo voy a repetir de nuevo. Se abrazan. ¿Y usted? ¿No estaba muerto? Washington: Más vivo que nunca y enamorao. Don Rubicundo: Ahora sí tenemos un motivo para celebrar. Y hasta usted está invitado Comisario Rex. (Comienzan a tocar la música y empieza la fiesta. Todos bailan, mientras los otros salen del baño con papeles higiénicos colgados haciendo un tren y saliendo del escenario. Una vez fuera el escenario queda vacío y entra Renata con Rolando) Renata: ¿Y dónde está la fiesta? Rolando: Sí, ¿donde está la fiesta? Renata: Se acabó la fiesta. Rolando: Si parece que se acabó la fiesta. Renata: Vámonos para la casa. Rolando: Sí vámonos para la casa. Renata: Chao Rolando: Sí, chao (al público) (Salen de escena y telón) (Para presentar a los personajes y sus actores salen los tres músicos, Amadeus con un micrófono  Actuaron en esta obra: __________________________ como Don Rubicundo __________________________ como Doña Rosa __________________________ como Avelino __________________________ como Alfredo __________________________ como Rockefeller Maldonado __________________________ como Flavia __________________________ como Alcalde Remigio __________________________ como Doña Ramira __________________________ como Conde Relucanor __________________________ como Rebeca __________________________ como Rolando __________________________ como Renata. __________________________ como Amadeus, Ludwig y Johan Sebastián __________________________ como el Comisario Rex __________________________ como Washington __________________________ como Juanita. Amadeus: Nuestra intención no ha sido molestarlos, solo una cooperación pedimos para este humilde músico chileno (con el gorro en sus manos) FIN

Las Marraquetas y Los Bigoteados  
Las Marraquetas y Los Bigoteados  

Obra de Teatro

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