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Guillermo “La Gringa” Portugal

Alias Guillermo El paradigma del faite limeño de antaño que cambió su vida por la libertad que ofrece la cotidianeidad.

Fugó de todos los penales en los que fue recluido. Fue uno de los hombres más buscados en la década de los sesenta. Formó parte de la temible “Banda de la Metralleta” e inclusive hicieron una película contando sus “hazañas”. Hoy, Guillermo Portugal no es más “La Gringa”. Solo un simple hombre que vive apaciblemente junto a su madre y que busca encontrar la normalidad dentro de la anormalidad que representa el hecho de ser él. Guillermo Portugal observa ávidamente todo lo que lo rodea. Sus ojos claros enmarcados en un par de gafas destartaladas se mueven como péndulos de un lado para el otro. Viejo habito de rufián, dicen. Cuesta creer que aquel hombre sesentón, enfundado en un chaleco con la palabra “seguridad” bordada en la espalda, haya sido tiempo atrás, uno de los delincuentes más buscados del país, al que jamás pudieron recluir permanentemente en una cárcel y que supo sembrar el terror en todo Lima durante los años sesenta. Le decían “La Gringa”, aunque hoy es simplemente Guillermo. Esos días de escabullirse de la policía utilizando una peluca rubia de mujer quedaron en el pasado. Ahora su única preocupación radica en no permitir que ningún ex colega suyo se acerque demasiado a los autos que custodia en una conocida cevicheria victoriana. Dice que la lucha contra sus demonios internos ha acabado. La Victoria es un barrio de guapos y rufianes; de negros bembones hábiles para patear una pelota, soltar un piropo y dar un mal corte a quien se cruce por su camino. Barrio de salsa e historias picantes, de gente que al margen de las limitaciones, curiosamente siempre sonríe. Guillermo Portugal no es ajeno a nada de lo que lo rodea. Él siempre sonríe. - Si no sonrío me arrugo, dice alegremente a la par que suelta al ruedo a uno de sus compañeros de trabajo – “a este también lo puedes entrevistar, sobrino. Este también ha sido asaltante de bancos”. Hoy es uno de aquellos días en los que no dan ganas de salir de casa. La bruma matutina se ha elevado y empiezan a caer pequeñas gotas de garúa sobre las cabezas. Todo parece volverse deplorable alrededor. Sin embargo Portugal sonríe. Es día laboral y hay que “echarle pa’ lante”. - Mi tío ha sido bravo, dice Miguel Cáceres, quién es otro de los ‘chalecos’ de la cevicheria, mientras frota sus manos violentamente y resopla por el frío. “Acá sabemos que nadie va a chocar con nosotros porque al tío todavía lo respetan”.


Ahora Guillermo se vacila con los nuevos rufianes del barrio. Los observa y en cierto sentido observa algo de él reflejado en ellos. Como si los años que pasaron volvieran repentinamente, pero no. Ni siquiera él, que en su momento fue uno de los más temidos y respetados maestros del hampa actuaría de esa manera. Había ciertos límites que hasta ellos debían respetar. ●●● “Lo que jodió todo fue la droga, sobrino”, dice. Antes la gente “laburaba” para comer, y había solidaridad con la gente que no tenia o en el barrio, por ejemplo. Ahora estos gandules solo roban para fumar y lo que es peor, matan por las huevas. Por un par de zapatillas, para que les den un par de soles ¿Para qué? Para comprarse un ‘tostadito’ y una ‘petaca’. Pueda que Guillermo Portugal difícilmente extrañe sus épocas de faite, aquella estirpe que hoy en día se encuentra prácticamente extinta. Le es imposible, sin embargo, no incomodarse por la manera en como las cosas terminan mutando, siempre para mal. Dicen los viejos que antiguamente, hasta los ladrones guardaban cierta caballerosidad. Códigos a los que se apegaban y que a la vez les aseguraban el respeto dentro de los bajos mundos y, claro está, el repudio de las élites. El legendario Tatán,

“Para que dispararle si el hombre ya estaba indefenso. Solo lo boté de la lancha. No se si al final se murió, no creo. Solo lo vi caer, eso es todo.

por ejemplo, de quien se decía que vestía

impecablemente,

que

únicamente dirigía sus robos contra los más pudientes y que nunca fue mezquino al repartir un botín con

quien más lo necesitase. Una suerte de padrino popular o Robin Hood de los pobres. Salvando las distancias, Portugal fue algo parecido. - “Desde chibolo fui jodido, cuenta, recordando a su padre, un ceñudo teniente de la policía. Es curioso como la contradicción ha marcado su vida, ¡que loco! - ¡Mi viejo “tombo” y yo rufián! Una carcajada estridente retumba las paredes de La Victoria. Comenzó con fechorías de poca monta allá en su barrio natal, en Surquillo. Eran tiempos donde la delincuencia aun estaba sectorizada en una Lima que recién se abría a la migración serrana. Surquillo en ese entonces formaba parte de aquellos barrios populosos donde las cantinas y los malhechores configuraban gran parte del paisaje cotidiano. Eran los inicios de la década del sesenta, para ser más exactos.


- Fue ahí donde empecé a parar con la gente que después formaríamos la “Banda de la Metralleta”-, confiesa. “En ese entonces estábamos mi compadre ‘Caman Baby’, el ‘Loco’ Perochena, ‘Oso’ Taype, ‘Gallina’ Valle y ‘Pitillo’ Cortez”. Cuenta la historia que ‘La Gringa’ junto con ‘Caman Baby’ fueron los encargados de ingresar una noche al cuartel de Chorrillos haciéndose pasar por uniformados. Fue de ahí de donde sustrajeron un par de ametralladoras para poder perpetrar sus fechorías. De ahí en adelante serían conocidos como la ‘Banda de la Metralleta’, todo esto gracias a su modus operandi. El negocio claramente estaba en los bancos y centros comerciales. Muy de vez en cuando residencias de personajes acomodados o políticos de la época. ●●● El mar del Callao ruge a su alrededor. El olor a mar hiere las narices de Guillermo Portugal. Reconoce que han pasado muchos años desde que no regresa a La Punta, en la provincia constitucional. Sus ojos, habitualmente moviéndose de un lado al otro se quedan inmóviles por un segundo. Cuesta creer que sea nostalgia. -“Fue de ahí”, dice, señalando aquel pedazo de isla bañada en excremento de ave, y que hoy una tenue neblina impide apreciar en su real magnitud. De ahí me escapé. ¡Cuanta gente murió ahí!, amigos míos que se equivocaron pero que no dejaban de ser buenas personas. La cárcel del “Frontón” llegó a albergar en su época a la crema y nata de la delincuencia y el terrorismo hasta que finalmente fue clausurada en el años 86, luego de aquel sangriento motín que cobró la vida de decenas de reclusos. Fue precisamente de ahí donde Guillermo Portugal realizó su escape más cinematográfico, literalmente. - “No recuerdo exactamente el día, pero éramos cerca de nueve presos los que estábamos siendo llevados a Lima, a una auditoría en el Poder Judicial. Era una de esas lanchas de la policía donde iban dos ‘tombos’, uno piloteaba y el otro cuidaba. Para esto, antes ya habíamos planeado todo. Había dos colombianos que también iban a ser llevados a Lima, ellos fueron a quienes se les ocurrió todo”, cuenta Portugal. “El Frontón” en pocas palabras era como un infierno en la tierra. Un lugar olvidado por Dios donde la ley de la selva era la única ley, donde sobrevivía el más fuerte y donde la autoridad hacía lo que quería con los presidiarios. Una tierra árida llena de aves guaneras, lobos de mar y pelícanos, donde las flores jamás crecían. Guillermo Portugal recuerda un caso: un recluso va al baño. Este se encontraba cerrado


porque en su interior alguien había sido asesinado y las investigaciones no permitían que nadie se acerque. Un oficial custodiaba el baño, fusil en mano. “Jefe, quiero usar el baño”, dice el preso, por lo que obtiene como respuesta una buena puteada y una invitación menos que cortes a que desaparezca. “Jefe, me cago”, responde el preso. Esta vez no obtiene respuesta. A lo que el hombre se baja los pantalones y comienza a defecar delante del oficial. ¡Bang! Y ya está. “El pobre hombre se murió con el culo sucio”, añade Portugal mientras una vez más la carcajada retumba por toda La Punta. Era bravo estar adentro. Muchos abusos, mucha argolla. A veces nos despertaban a baldazos de agua helada, agua de mar. Esta agua es helada, y con el frío del invierno… peor. Guillermo Portugal no lo dice, pero prefiere no recordar todos estos momentos. Su cotidiana locuacidad se ha detenido un poco y está más callado que de costumbre.

“Al final de que te sirve tener plata, de que te sirve estar en la calle si sabes que de una u otra forma vas a terminar preso. Yo ya quería vivir en paz, dejar esa vida”

Muchas veces el silencio dice más que el mejor de los discursos. -“Los colombianos eran unos concha de sus madres”-, continua. Uno de ellos fue que al final, en aquella

lancha que los transportaba se llegó a desenmarrocar. “Esperamos hasta llegar al camotal, ahí donde sabe Dios cuantos presos, misteriosamente caían en el trayecto hacia la isla. El colombiano se le fue encima al del fusil, los demás hicimos cargamontón. Otro se le fue encima al pilotín. Todo fue al toque”. Al final llegaron a quitarle el fusil al guardia, y con su propio fusil lo mataron. Fue uno de los colombianos. El mismo que después, con el mayor descaro del mundo le ofreciera el fusil a Guillermo: “Dispárele compadre”, apuntando al piloto completamente indefenso. - “Para que hacerlo si el hombre ya estaba hecho. Solo lo boté de la lancha. No se si al final se murió, no creo. Solo lo vi caer, eso es todo. Yo he sido pescador, sobrino. Por eso agarre el timón y derechito nos fuimos para la parte de Chucuito”. Era al fin la tan ansiada libertad, sin embargo no sería ni la primera ni la última vez. ●●● Madrid, 30 de julio de 1968. ABC de España. “Tres de los dos reclusos que se evadieron de la prisión fueron capturados a mediodía de ayer por la Policía de Investigaciones y la Guardia Civil. Entre ellos se encuentra Guillermo Portugal Delgado, alias ‘La Gringa’, considerado como uno de los cabecillas del motín”.


Eran los años sesenta y el mundo informaba acerca de la fuga de tres peligrosos reclusos del penal San José, mejor conocido como Lurigancho. Aquella vez fue la primera de muchas otras caídas que jamás llegaron a ser definitivas. Aparte de la fuga de ‘El Frontón’, Portugal supo fugar también del ‘Sepa’, aquella prisión en medio de la selva donde los reclusos tenían libertades que jamás soñarían con tener en Lima. Los mejores recuerdos de aquellos años azarosos de pillaje para Portugal están ahí, alrededor del verdor, la vegetación y los mosquitos. - Hacíamos lo que queríamos, dice Portugal-. “Yo me iba a pescar, por ejemplo, me vacilaba. Había fruta en los árboles, no había horarios ni nada. Todo estaba ahí, nadie se metía con nadie. Era casi como estar en casa…pero siempre te dabas cuenta que no era tu casa”. Ni esa calma aparente pudo alterar su espíritu de libertad. Y al igual que en otras ocasiones prefirió la fuga, la vida a salto de mata, pero que sin embargo era lo más cercano a la libertad. En ese entonces las entradas y salidas de los penales era algo cotidiano para él. Fue así como pasó gran parte de los años setenta. “Pero al final de que te sirve tener plata, de que te sirve estar en la calle si sabes que de una u otra forma vas a terminar adentro. Yo ya quería vivir en paz, dejar esa vida”. Hay momentos en los que la vida de un hombre cambia por completo. Acciones aisladas, segundos, miradas. El chispazo de lucidez para Guillermo Portugal llegó a partir de la literatura. En una de las tantas entradas conoció a un profesor de la Universidad Católica. Un español que había caído preso por narcotráfico –y que dicho sea de paso es retratado en la película “Alias La Gringa”-. Fue él quien lo inició en la literatura y que más adelante lo alentaría a escribir sus propios relatos. Son tres libros inéditos que lleva a cuentas, pero que por más de veinte años no ha podido publicar. La literatura fue el medio perfecto para dejar volar sus ansias de libertad. Mientras maquinaba las fugas más descabelladas, dice que solía refugiarse en Sábato: “Todo hombre que ha estado en prisión o perseguido si quiere escribir lo va a hacer con el estómago, con el pensamiento, transpirando”. ●●● La casa de Guillermo Portugal se ubica frente a la compañía de bomberos número ocho de La Victoria. Es una casa pequeña, humilde pero muy acogedora. Hoy no es el mejor de los días. Portugal se ve preocupado.


- Mi ‘viejita’ está en el hospital, le ha subido la presión. Estoy esperando a mi hermana para irnos para allá- dice. Camina por toda la pieza y se le ve incómodo. Mira para todas partes y de cuando en cuando se acerca a la ventana: está impaciente. - Estas son algunas de las revistas en donde aparezco sobrino. De un fólder plástico arrugado extrae algunos papeles, amarillentos ya por el paso del tiempo y le terrible humedad de la ciudad. Son afiches de la película de Alberto ‘Chicho’ Durant, quien en el año 1991 lanza ‘Alias La Gringa’ inspirada completamente en la vida de Guillermo Portugal. En aquellas fotos se le ve evidentemente más joven, contemplando la producción de la película, no ha engordado ni ha enflaquecido. Salvo unas cuantas arrugas y un par de canas diferencian al Guillermo Portugal de antes con el de ahora. Era el año 1982 cuando Guillermo, ya fuera del mundo del hampa, trabajaba como tipógrafo en el extinto diario ‘La Prensa’. Fué precisamente ahí donde conoce a quien más adelante lo introduciría al mundo del cine: Chema Salcedo. Él, al enterarse de la historia de Portugal, es quien lo lleva donde Alberto Durant, quien junto con Salcedo empiezan a darle forma a la historia. - La película la hicieron con mi libro ‘Lobos al escape’. Yo le entrego varios capítulos a Chicho para que los revise ‘¡Pasu madre!’. Pasó un montón de tiempo para que la película salga, recuerda con nostalgia Portugal. Ya para ese año Guillermo tenía escritas dos novelas que contaban muchísimas de las cosas que había vivido durante sus largos años dentro del mundo del hampa. Durante los ochentas escribió una novela más. Hoy en particular, Portugal solo tiene cabeza para preocuparse por la salud de su ‘viejita’ y de esperar a su hermana para ir al hospital. Es comprensible. Por lo que nos vemos imposibilitados a acceder a sus escritos, pero muchas de las personas que alguna vez le echaron una mirada, afirman que es un trabajo potente, evidentemente con cosas por pulir, pero un talento innato que se deja entrever. El periodista Ramiro Escobar, quien alguna vez escribió una crónica acerca de Guillermo Portugal para la revista ‘Quehacer’, afirma que muy al margen de tratarse de una persona que solo cuenta con quinto de primaria, sus escritos son fuertes, llenos de emotividad y emoción. Alguna vez Chema Salcedo intentó darle forma a las palabras dispersas de Portugal mientras este veía como sus apuntes, tan celosamente guardados eran borroneados sin piedad. - En ese entonces me daban ganas de pegarle, la firme -. Sonríe mientras recuerda con cariño al buen Chema.


- ¿Pero por qué no seguir escribiendo? Por la chamba pues hermanito. Tengo obligaciones, cosas que hacer. Hay que trabajar para tirar paila -dice. Me hubiera gustado publicar pero todavía me falta. Algún día sobrino, algún día, suspira. Finalmente llega su hermana, una mujer mayor de tez clara, muy parecida a él. Se le ve preocupada también. Ambos abandonan la casa mientras Portugal, fiel a su estilo recuerda que necesita comprar algunas medicinas. Se toma de la cabeza y de su bolsillo saca un billete arrugado de veinte soles. Se los da su hermana sin siquiera mirarla. -

Si fuera yo fuera el de antes, sobrino, te los quitaba a ti.

La carcajada final volvía a retumbar La Victoria.


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