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BRETAÑA

BRETAÑA La tradición marítima en el puerto de Sauzon, en Belle-Île-en-Mer, aún conserva rasgos de otra época

a pincel Un paseo por los pueblos y paisajes de la región francesa que sirvió de inspiración a varias generaciones de pintores del siglo XIX TEXTO Y FOTOGRAFÍAS DANIEL MARTORELL

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La catedral de SaintCorentin, en el centro de la ciudad de Quimper. Frente a ella está el Museo de Bellas Artes

IZQUIERDA Genevieve Perennou, la dueña de Chez Max, la cafetería que ocupa la antigua casa familiar de Max Jacob DERECHA Arte de inspiración bretona en las calles de Quimper

n una minúscula plaza de Kervilahouen, una aldea de la isla de Belle-Île-enMer, Michèle Bardoux ojea despreocupada un libro sobre el pintor Claude Monet. Es experta en arte y guía de la isla, condiciones ambas que en este rincón remoto del departamento de Morbihan, en Bretaña, parece que vayan de la mano. Sea por su tranquilidad, por sus paisajes o por el magnetismo del oleaje, la isla ha sido refugio para artistas de todo tipo –de Proust a Flaubert, de Matisse a Russell–, y entre ellos, Monet, que desembarcó aquí en septiembre de 1895 en busca de un paisaje que, según sus propias palabras, lo conmoviera. Si huía del ambiente académico de Normandía y París, desde luego en Bretaña encontró su fuente de inspiración… y de obsesión: en dos meses pintó 39 lienzos de la misma costa. Madame Bardoux se coloca el gorro. Acaba de salir el sol y pica sin miramientos, pese a que hace solo unos minutos caían gotas. “En Bretaña hace buen tiempo, pero solo cinco veces al día”, me dice sonriendo. Hablar de la climatología es uno de los pasatiempos nacionales en esta región de la Francia atlántica, donde 58

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los chaparrones y los cielos claros juegan constantemente al escondite, dotando al paisaje de un constante cambio de color y textura que se hace más patente cuando el agua del mar se embravece (a menudo en Belle-Île). Lo que para un fotógrafo puede ser un dolor de cabeza, para Monet, sin duda, fue una bendición. Pasamos junto a la casa donde se hospedó el pintor en Kervilahouen, una vivienda de dos plantas, sencilla, en el centro de la aldea, rodeada de campo. Un lugar idílico según el punto de vista actual, pero un infierno de incomodidades para un parisino de finales del siglo XIX. Me cuenta madame Bardoux que al artista le costaba dormir por las noches por culpa del ruido de las ratas. Para Monet, Bretaña era poco menos que otro planeta, un recóndito extremo de la península más occidental del país a merced de las tormentas atlánticas y una región que ya por algún motivo los invasores romanos habían bautizado como finis terrae ('fin de la tierra'). Estaba lejos –muy lejos– de la civilización. De hecho, pese a que la llegada del ferrocarril a mediados del XIX acerca Bretaña al resto del país, lo cierto es que el aislamiento se mantendría, por lo menos, hasta Noviembre 2015 Lonely Planet Traveller

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'Madame' Le Reste es la propietaria de la casa solariega Manoir de Lezaven, donde se encuentra el único 'atelier' antiguo de Pont-Aven

Atardecer en el puerto de Pont-Aven, una de las ciudades talismán para los pintores del siglo XIX

finalizada la Segunda Guerra Mundial, cuando la red de carreteras de la provincia se moderniza definitivamente. Mientras el resto de Francia era ya un lugar industrializado, Bretaña seguía siendo un lugar exótico y pintoresco, un ideal para los artistas del XIX, ávidos de escenas costumbristas con las que impresionar a la intelectualidad de los salones parisinos. Para aquellos primeros artistas que se adentraron en esta tierra remota, las incomodidades de Monet les hubieran sabido a suite del Ritz. Llegaron casi cinco décadas antes que el padre del impresionismo. Trazo a trazo, casi sin darse cuenta, ligaron para siempre Bretaña y la palabra pintura. 60

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Calle de Pont-Aven IZQUIERDA El pastelero Mickael Chalony sostiene un 'kouign-amann', típico de la región

Para entender esa relación hay que dejar momentáneamente a madame Bardoux y la isla de Belle-Île y viajar hasta el continente, no lejos de aquí, remontar el río Aven y llegar hasta un pequeño pueblo dominado por 14 molinos de piedra. Un rincón bucólico todavía hoy y que hace un siglo reunió a pintores llegados de todo el mundo. Entre ellos destacaba un tal Paul Gauguin. COLONIA DE PINTORES Llovizna en Pont-Aven. La piedra de granito con la que están hechas las casas del pueblo son, si cabe, más grises aún. Pese a todo, incluso en ausencia de una paleta de color, Pont-Aven conserva esa perfección

estética de los pueblos fluviales compactados en piedra y madera. Sus 14 molinos harineros de agua dieron forma a partir de la Edad Media a un floreciente centro comercial donde marinos y hombres de negocio movían las mercancías al mismo ritmo que las monedas, en un tintineo que ya no desaparecería. La fiebre de la pintura llegaría más tarde, en 1865, cuando el norteamericano Robert Wylie apareció en Pont-Aven, se enamoró del ambiente y se colocó un jersey bretón de rayas azules del que ya jamás se desharía (no solo vestía como un lugareño, también aprendió la lengua). Muchos compatriotas de Wylie siguieron sus pasos y se instalaron en el pueblo.

Año tras año se unirían nuevas hornadas de artistas llegados desde Inglaterra y el resto de Francia, además de Estados Unidos. Ante la avalancha de pintores en busca de cama y comida, dos establecimientos dirigidos por mujeres se convertirían en los hospedajes más famosos de Pont-Aven: el hotel de Julia Guillou y la posada de Marie Jeanne Gloanec. En el primero se reunían los pintores academicistas, mientras que los más creativos preferían el Gloanec. Es precisamente en el Gloanec donde, en 1886, los caminos de Paul Gauguin y Émile Bernard se encontrarían. Juntos, y en varias estancias a lo largo de ocho años, revolucionarán el arte con su simbolismo sintético de trazos

gruesos y colores llamativos, acompañados de otros creadores como Meijer de Haan, Filiger y Sérusier en lo que se conoce como la Escuela de Pont-Aven. Hoy, de aquella gloriosa década simbolista queda el escenario inspirador –tal es el caso del Bois d’Amour o la capilla de Trémola– y un pequeño tesoro escondido en una casa solariega a las afueras del pueblo, Manoir de Lezaven. En una de las estancias del edificio aún se mantiene en pie el último atelier de la época (visitas puntuales con reserva), una habitación con altos ventanales, suelos irregulares y vigas combadas por el paso del tiempo, que sirvió de taller a Robert Wylie,

Roderic O’Conor y Émile Compard, y donde Paul Gauguin pintó su célebre cuadro El Cristo amarillo en 1889. A media mañana ya ha salido el sol y los turistas se arremolinan en las barandillas del río. Huele a dulce y a galette. En la Rue des Meunières, por una ventana de la cocina, asoma la cabeza el maestro chocolatero Éric Jubin. Las manchas en manos y labios no dejan lugar a equívocos. O ha estado elaborando pasteles o se acaba de dar un atracón. Me pregunta por el Barça y antes de despedirse me regala cuatro bombones. Cerca de allí, el pastelero Mickael Chalony termina de dar forma al enésimo kouign-amann, un pastel de mantequilla típico de la región y cuyo Noviembre 2015 Lonely Planet Traveller

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La ciudad amurallada de Concarneau DERECHA un cocinero de Sauzon; el chocolatero Éric Jubin

Las agujas de Port-Coton, en Belle-Île-en-Mer, la gran obsesión de Claude Monet

El 'galette' bretón se prepara con harina sarracena y es siempre salado

Aún hoy es relativamente sencillo poder imaginar lo que número exacto de calorías nadie parece conocer. A veces, mejor vivir en la ignorancia. LA LUZ INAGOTABLE Para entender la efervescencia creativa de la que Bretaña fue tanto testigo como fuente de inspiración es imprescindible dar un salto a la ciudad de Quimper, la capital del departamento de Finisterre. La inmensa mayoría de pintores que acudían a Bretaña evitaban la ciudad a toda costa. Y Quimper no fue una excepción. Sin embargo, su Museo de Bellas Artes aloja una de las mejores colecciones de toda Francia, incluida una nutrida selección de arte de inspiración bretona, con piezas de la escuela de Pont-Aven, así como una sala permanente dedicada al poeta y pintor Max Jacob, símbolo artístico de la ciudad. La casa familiar de los Jacob, en la Rue du Parc, es hoy una cafetería, pero vale la pena entrar en este patio semiescondido y echar un vistazo a la fachada interior. Por aquí pasó de visita en 1929 Pablo Picasso, amigo íntimo de Jacob desde que ambos compartieran buhardilla en los primeros años de la bohemia parisina, a principios de siglo XX. 62

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Antes de regresar a la isla de Belle-Île –junto a madame Bardoux, que nos espera con el libro de Monet–, visito el pueblo costero de Concarneau, otro de los escenarios frecuentado en el XIX por los pintores. La popularidad de PontAven hizo que muchos artistas decidieran buscar enclaves más tranquilos, como este pueblo fortificado y eminentemente pesquero donde Gauguin pasó alguna temporada antes de partir definitivamente rumbo a la Polinesia. Desde Quiberon sale el ferri rumbo a Le Palais, la capital de Belle-Île. En menos de una hora se atraca en este puerto natural protegido por una imponente fortificación iniciada por Luis XIV y reconstruida por el ingeniero Vauban en el XVII. Le Palais es, con diferencia, el lugar que más actividad de ocio concentra la isla. Aquí atracó Monet el 12 de septiembre de 1895, pero el olor a pescado del puerto lo forzó a buscar otros emplazamientos en el interior de la isla. Y así es como llegó a Kervilahouen. A pocos kilómetros de aquí, rumbo a la costa, se llega a las agujas de PortCoton, unas solemnes espigas de roca que sobresalen del mar y que cautiva-

ron a Monet desde el momento en que aparecieron ante sus ojos. Madame Bardoux echa mano de su libro y me enseña una de las numerosas reproducciones de las agujas. “Justo aquí, día tras día, Monet plantaba su caballete y sacaba la paleta y los pinceles con el fin de poder plasmar las variaciones de la luz y el brillo de las aguas”, explica la guía con una pasión nada fingida. El artista ya había hecho ejercicios parecidos antes –La estación de Saint-Lazare en 1877, por ejemplo– y en la costa salvaje de Belle-Île volvió a obsesionarse con las variaciones lumínicas. El magnetismo de esta costa es prácticamente inagotable, por lo que aún hoy es relativamente sencillo poder imaginar lo que artistas como Matisse, Russell o el propio Monet sentían al pintar aquí. Escenarios sobrecogedores como La Pointe des Poulains, el punto más septentrional de la isla, o villas pesqueras como Sauzon, atrajeron en el pasado la mirada de los artistas y hoy cautivan al turista contemplativo. Belle-Île, Pont-Aven, Bretaña en general, requieren de una mirada especial: la que se ejecuta entornando los párpados y en completo silencio.

artistas como Matisse, Russell o Monet sentían al pintar aquí El puerto de Le Palais fotografiado desde la fortaleza de la Ciudadela

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2 QUIMPER. La capital de Finisterre cuenta con un elegante casco antiguo donde, además de la catedral gótica de Saint-Corentin, destacan las 73 casas entramadas que sobrevivieron al gran incendio de 1762. Para el alojamiento, se recomienda el hotel Kregenn (Rue des Réguaires ,15) y Le Manoir des Indes (Allée de Prad ar C’hras, 1).

CÓMO LLEGAR Existen vuelos directos desde Madrid y Barcelona a Nantes con Air Nostrum (airnostrum. es). Desde Barcelona, otra opción es volar con la compañía Vueling (vueling.com) hasta Nantes y Rennes, y a Brest de abril a octubre.

CÓMO MOVERSE Los aeropuertos de Nantes, Rennes y Brest ofrecen varios servicios de alquiler de coche. Con el ferri se puede viajar en coche a Belle-Île, aunque en Le Palais se ofrecen alquileres desde 60 euros al día (belle-ile-auto.fr).

1 PONT-AVEN. En la actualidad hay 60 galerías abiertas en el pueblo y cerca de una decena de pintores que trabajan aquí. Sin embargo, solo queda un atelier original de la época de los pintores del XIX. Está en la casa Manoir de Lezaven, de la familia Le Reste y se conserva tal y como era originariamente, cuando Gauguin, entre otros, trabajaron en él. Aunque es propiedad privada, se hacen visitas en grupo puntuales (más información en pontaven.com). Durante los meses de julio y agosto se hacen visitas guiadas al pueblo y tours en barco por el río. Para alojarse, una opción es el hotel Domaine de Pont Aven Art Gallery (6 Rue Saint-Guénolé).

DÓNDE COMER En Pont-Aven, Crêperie du Moulin du Grand Poulguin (Quai Théodore Botrel, 2) y Auberge de Ty An Heol (Place de l'Église Nizon, 1). En Belle-Île, Le Café de la Cale, en el pueblo de Sauzon, y el Café Clara, en Bangor.

MÁS INFORMACIÓN Antes de partir, viaja a través de la lectura con El misterio de Pont-Aven (Ed. Grijalbo), de JeanLuc Bannalec. Para más información, consulta la web oficial de Turismo de Bretaña (vacacionesbretana. com).

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3 CONARNEAU. Imprescindible un café matutino en L'Amiral, en Pierre Guéguin 1, frente al embarcadero. Es toda una institución. Si se hace de noche, puedes alojarte en Les Sables Blancs (hotel-lessables-blancs.com) o Manoir Dalmore (manoirdalmore.com).

4 BELLE-ÎLE-EN-MER. La manera más sencilla de llegar hasta la isla es usando el servicio de ferri de la naviera Compagnie Océane, que une los puertos de Quiberon y Le Palais siete veces al día (compagnieoceane.fr) por 30 euros ida y vuelta por persona. Dos visitas imprescindibles son el pueblo de Kervilahouen, donde residió Monet durante dos meses en1886 –en la imagen inferior, la casa rosada– y la zona conocida como La Pointe des Poulains, en el extremo norte. En esta esquina recóndita, la actriz Sarah Bernhardt adquirió un antiguo fortín militar –imagen superior–, que mandó reconstruir y al que después añadiría dos villas más. Se puede visitar una de las residencias y el museo sobre la vida de la actriz (más información en maisons-de-site@ccbi.fr). Se recomienda pasar al menos un par de noches en la isla. Para alojarse, tres buenas opciones son el hotel la Désirade (hotel-ladesirade.com), Le Grand Large (hotelgrandlarge. com) y Castel Clara (castel-clara.com), todos ellos situados en las inmediaciones de Bangor, a 5 kilómetros de Le Palais en dirección sur.

Arte en Quimper Situado frente a la catedral de SaintCorentin y ubicado en un edificio de estilo italiano del siglo XIX, el Museo de Bellas Artes de Quimper

es considerado la pinacoteca más importante de toda la región de Bretaña. Entre los artistas representados figuran Rubens, Eustache Le Sueur, Fragonard, Louis Duveau y pintores de época impresionista. En su fondo, el museo cuenta con pinturas antiguas, pinturas de inspiración bretona, una colección de la Escuela de PontAven, escultura bretona de la primera mitad el siglo XX y una sala dedicada al poeta y pintor de Quimper, Max Jacob. Todo aquel que pasee por tierras bretonas siguiendo los pasos de los pintores del XIX encontrará en este museo la guía definitiva para entender la relación de los artistas con esta

región y su obsesión por las temáticas costumbristas (la vida cotidiana, las fiestas religiosas, los monumentos, los paisajes). Antes o después de haber visitado Pont-Aven, Concarneau, Belle-Île, Lorient... vale la pena empaparse de la obra de los artistas que se adentraron por primera vez en el exotismo bretón, como los miembros de la Escuela de Pont-Aven, algunas de cuyas obras destacan en la colección, como Étude de Bretonnes, de Émile Bernard –imagen de la derecha–, Jeune Bretonne à la cruche, de Paul Sérusier, y L'Oie, de Paul Gauguin, así como Vue du port de Pont-Aven, de Maxime Maufra, y Régates à Perros-Guirec, de Maurice Denis. La entrada vale 4,50 € y es libre los domingos por la tarde de noviembre a marzo (museebeauxarts.quimper.fr).

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